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María de Ajofrín

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Capítulo 6. Recibe la sierva de Dios, María de Ajofrín, por admirable modo las llagas de Jesús, con otros favores extraordinarios
Llegábase la fiesta de Nuestra Señora de septiembre del año 1486 y, estando postrada en una cama con vehementes dolores y un tumor grande en la garganta, consideraba que las demás religiosas se levantarían a los maitines, asistirían al coro, oirían misa y comulgarían en tan gran festividad. De todo lo que se veía privada por sus dolores y achaques, afligíase sobremanera y esto le era más doloroso que todos sus dolores. Tocaban ya a maitines de la fiesta y, no pudiendo contener en su virginal pecho sus afectuosos deseos, hablando con María Santísima, se quejaba tiernamente en estas dulces y cordialísimas expresiones: “Reina gloriosa de mi alma, amparo de los que te invocan, consuelo de afligidos, alegría de los tristes, salud de los enfermos. ¿Es posible Señora y Madre mía que me tengo de privar de [126v] asistir a tus divinas alabanzas? ¿Que no pueda cantar con mis hermanas tus maitines? Bien conozco, Reina de los cielos, que no merezco alabaros ni estar en compañía de tan santas hermanas. Pero, Señora, ¿para cuándo son las gracias? ¿Para cuándo tus piedades y clemencias? Ahora las habéis de derramar liberal en esta indigna esclava vuestra”. Al decir esto, bajó del Cielo una gran claridad sobre la santa y luego se sintió sin dolores, sana y buena. Se levantó al punto y, llena de alegría y gozo, fue a maitines, comulgó y oyó misa a otro día. Admirándose todas las religiosas de lo que veían, pues estaba fuerte y sin aquel gran tumor que había tenido en la garganta, que todo estaba publicando un conjunto raro de prodigios. Enamora<da> salamandra de su Divino Esposo, se hallaba un día leyendo un libro devoto para divertir sus amorosas ansias y, no pudiendo por sus dolores ir a visitar a Su Majestad en la iglesia, pidió a una religiosa [127r] le trajese el Niño de la Virgen para adorarle. Recibiole con suma reverencia y le puso encima del libro, en cuyas hermosas hojas se puso a contemplar por un rato, derramando dulces y tiernas lágrimas. Llevada de tan fervoroso impulso, fue a besar el pie del divino infante y, anticipando este los favores, levantó él mismo su piececito ofreciéndoselo a su sierva con estremada caricia. Diole el ósculo llena de consuelo y el Niño se quedó con el pie levantado para eterna memoria de tan gran fineza. Notaron esto todas las religiosas y empezó aquella sagrada efigie a obrar mil prodigios y milagros. Uno solo historiaremos brevemente por haberlo obrado con la santa: tenía una peligrosísima apostema la bendita virgen, que la afligía no poco, pero luego que la tocó el pie divino del Niño se abrió y quedó sana a vista cuasi de toda la comunidad. Este Niño se mantiene en el convento con el mayor culto y devoción, es el Esposo que sirve para las profesiones de las religiosas y obra mil prodigios con los enfermos, se llama “El Niño de la Paz”.
 
===Capit. VII. Continúan los favores del Cielo con que dispone el Señor a su sierva, María de Ajofrín, para su dichosa muerte, y se refieren algunos prodigios que ha obrado después de su feliz tránsito===
 
[127v]
 
1.- No se ciñen los caminos que guían a la virtud a una sola senda. Muchas previno la divina Providencia a los viadores correspondientes a las diversas moradas de los bienaventurados en la gloria. No todos los bajeles siguen en las dilatadas playas del océano un mismo rumbo, por distintos se navega a un mismo puerto. A muchos santos ha llevado el Señor al puerto deseado de la gloria por el suave camino de la oración y la contemplación; a otros por el áspero y trabajoso de la mortificación y penitencia. A unos les ha preparado lo ardiente de la caridad para su mérito; a otros ha exercitado en las valerosas campañas de la fe, derramando la sangre por Jesucristo. A unos los ha puesto en el desierto, a otros los ha [128r] traído a los poblados. A unos los ha salvado en los palacios, a otros en las chozas, guiando aquella altísima Providencia a cada uno por el rumbo proporcionado a sus inescrutables fines. A nuestra gloriosa virgen llevó el Señor por un camino extraordinario: le regalaba con dulcísimos favores revelándole los más ocultos misterios y sanándola en sus dolencias y enfermedades, pero por otra parte la visitaba con trabajos, llagas y dolores y, no contento con eso, añadía un cúmulo admirable de austeridad y penitencias.
 
Ni le faltaba el mérito de la caridad ardiente, pues trabajaba con un celo verdaderamente apostólico para evitar las ofensas de Dios, destruir las herejías y aniquilar los errores; perseguía con oraciones, escritos y diligencias las infames razas de moros y judíos, para lo que el Cielo le avisó repetidas veces. Igual era la paciencia, pues ni por infortunios ni enfermedades jamás se la vio enfadada. Era para con sus hermanas afable y cariñosa, ayudándoles en todo lo que podía, pero la humildad era la basa donde se fundaban todas las virtudes. Aunque tan favorecida del Cielo, siempre estaba pegada contra el suelo, se reputaba por la más ingrata de las criaturas, buscando medios para que la despreciasen. Pedía a la prelada que la reprehendiese en público as- [128v] perísimamente, mandándola postrar a la puerta del capítulo para que las demás la pisasen. Afirmaba su prelada (que lo era entonces la venerable Catalina de San Lorenzo, religiosa de no vulgar santidad y mucho mérito) que, entre todas, ninguna había más humilde que María de Ajofrín, no obstante las grandes religiosas que florecían entonces en aquella santa casa y refieren las crónicas de la orden. En premio destas y otras excelentes virtudes, fueron sin número los favores que recibió del Cielo siempre que comulgaba, o se elevaba en el aire, o quedaba en un éxtasis profundísimo que le duraba mucho tiempo. Por entonces, se fundó el Santo Tribunal de la Inquisición en Toledo con gran consuelo de nuestra santa virgen, pues veía cumplidos ya sus deseos. Uno de los nombrados para conocer de los procesos y causas del Santo Oficio era su confesor, el venerable padre fray Juan de Corrales, cuyas recomendables prendas le hicieron acreedor a tanto mérito y, como la sierva de Dios era el archivo y depósito de misterios tan re- [129r] cónditos, le ilustraba a su confesor de cuanto convenía hacer, a honra y gloria de Dios y exaltación de la santa fe católica. Le avisaba clara y distintamente (según le era revelado) los insultos que cometían los judíos, dando todas las señas de personas, caras y cuanto era necesario para la dirección de los asuntos. Le decía lo que maquinaban contra los cristianos, le descubría sus antes, le instruía en cuanto había de hacer para el mejor éxito de los negocios y, como el confesor hallaba por la experiencia ser cierto cuanto le decía, adquirió gran crédito por sus aciertos y bien fundados dictámenes y así le fiaron los negocios más arduos que ocurrían, no solo en Toledo, sino en otras provincias de España, los que desempeñó con la mayor satisfacción ayudando no poco a ello nuestra santa con sus oraciones y consejos. Nombrole el Santo Oficio para que fuese a tierra de Burgos a comisiones graves del tribunal, urgían en el día, y fue preciso tomar el camino en tiempo de invierno entre nieves y lluvias con mucha incomodidad y trabajo. La santa le animó a llevarlo con paciencia y le dijo cuánto había de padecer en el camino, señalando los días y lugares, [129v] pero le aseguró que el Señor le sacaría bien de todos los peligros y, así, puntualmente se verificó.
 
Cuando le dieron el cargo de la Inquisición, le pronosticó que había de padecer muchos trabajos y una grave enfermedad pero que, armado con el fuerte escudo de la constancia, lo vencería todo y, como lo dijo, se cumplió. Adoleció de un agudo dolor de costado muy a los principios de su oficio estando ocupado en materias muy graves del tribunal. Asaltole la enfermedad en el convento de San Pablo donde la santa estaba y, lastimada la sierva de Dios de que se atrasasen asuntos tan importantes al servicio del Señor, hizo sobre el enfermo la señal de la cruz y quedó sano, pero con mucha gracia dijo al enfermo: “Padre, ya estáis sano, aunque no por virtud de vuestra fe, pues no solo no creistes que os había de sanar, sino que os burlastes de mí en vuestro corazón y, en castigo desta poca fe, sentiréis por algunos días ciertas [130r] punzadas en el costado, pero no os impedirán las ocupaciones”. Todo pasó puntualísimamente como lo dijo la santa, pues el confesor se burlaba della sin esperar beneficio en la salud y, después, le quedó en el costado un pequeño dolor que no le impidió el trabajar.
 
2.- El año de 1488, después de haber comulgado un día de Pascua de Resurrección, fue arrebatada en espíritu delante de toda la comunidad y de su confesor, que se halló presente. Así estuvo extática hasta las 6 de la tarde, y aun hubiera estado más tiempo si la voz del confesor, a esfuerzos de la obediencia, no la hubiera llamado. Volvió en sí luego que oyó la voz de su prelado, la que antes estaba inmoble como una estatua. Mandola el confesor, después que todas se retiraron, le dijese lo que se le había revelado, y ella, compelida por la obediencia, dijo que había sido llevada delante del Señor, el cual estaba rodeado de ángeles y serafines, y que, allí, se le mostraron las muchas maldades que los judíos y moros executaban en Toledo. Exortó al confesor [130v] a la constancia esforzándole a trabajar varonilmente sin desmayar en lo comenzado. Presumiendo el confesor algún otro misterio, le preguntó si tenía abierta la llaga del costado y la santa, aunque con mucho rubor, respondió que sí. En otra ocasión fue también arrebatada en un profundo éxtasis y vio a Cristo, vida nuestra, atado a la columna y que cruelmente le azotaban los judíos. Toda llena de compasión y pena lloraba la santa lo que padecía el Señor y, volviéndose a ella, Su Majestad le dijo estas palabras: “Hija mía, desta suerte me azotaron todos los días los judíos, herejes y moros. Díselo al deán y a tu confesor, que entienden en los negocios de la Inquisición, para que no cesen en lo comenzado y que me agradan mucho en lo que trabajan”. Dio cuenta a su confesor (como lo hacía siempre por mandato suyo) de lo que el Señor le había revelado y, concurriendo con el deán, les refirió lo que había oído de la boca de Jesucristo. Demás desto, dijo a su confesor privadamente otras muchas cosas que el Señor le reveló para su gobierno y, no solo ilustraba a su venerable confesor nuestra santa en lo que pertenecía a su empleo de la Inquisición, sino también en lo que [131r] trataba a su oficio peculiar de prior de la Sisla. Viniendo en cierta [ocasión] a confesar a la santa, le dijo volviese pronto a su monasterio para remediar un daño grande que amenazaba a su comunidad, diciéndole con claridad el delito, los cómplices, con todas sus circunstancias. Hízolo y halló ser cierto cuanto le había dicho la sierva de Dios.
 
A otros muchos reveló las cosas más recónditas y ocultas de su interior. Un religioso de la orden, varón muy espiritual, llevado de la fama de santidad con que florecía la sierva del Señor, la buscó para tratar con ella varias cosas pertenecientes al alma. Luego que le vio la venerable virgen, le dijo: “Padre, bien sé que ha días que deseabas verme y la causa de donde nacen tus deseos. También sé que tal día empezaste a escribir cierta materia y, aunque os diste mucha prisa, no pudiste acabarla hasta la noche”. Al oír esto, se quedó admirado el religioso, pues solo Dios y él eran testigos de aquellas cosas. Después que trataron los negocios del alma con no poco consuelo suyo, al despedirse, dijo la santa: “Padre, decid a tal monje -nombrándole- que examine bien su conciencia y pida a Su Majestad perdón ''[21]'' de lo que halle, pues de aquí nace la aflicción que padece y, mientras eso no haga, no tendrá quietud su [131v] espíritu”. En otra ocasión, estando hablando cosas místicas y espirituales con un religioso también de la orden, le dijo a la sierva de Dios cómo había en el Monasterio de la Sisla cierto religioso (sin nombrarle) a que Su Majestad hacía muchos favores en la oración por la gran pureza de su alma. Entonces, la santa dijo: “Ese es padre fray Fulano -nombrándole por su nombre y apellido- y es cierto que tiene un alma muy pura, agrada mucho a Dios y el Señor le llena de bendiciones”. Refiriole algunos favores que había recibido del Cielo, y quedó maravillado, pues solo él los sabía por ser su confesor y padre espiritual.
 
Afligió a la ciudad de Toledo una gran peste el año de 1489. Eran lastimosamente funestos los estragos que en todas partes causaba. Adoleció en el convento, herida del contagio, una religiosa llamada Sancha Díez, muy estimada de toda la comunidad por su virtud y bellas prendas. Pedían por ella al Señor con la mayor eficacia, pero a la santa le fue revelado que le convenía morir entonces. Díjolo a las demás, previniéndolas para la conformidad y paciencia, y, de allí a poco, murió.
 
Un canónigo de la Santa Iglesia, varón espiritual y devoto, enfermó tan gravemente que, en pocos días, cerró todos los pasos aun a la más remota esperanza. Agotáronse los esfuerzos todos del arte y de la medicina, pero sin fruto alguno. Súpolo [132r] la santa y, haciendo oración por él, le reveló el Señor no moriría. Enviole una granada y, con ella, la alegre noticia de su salud, que tanto deseaba. Recibió el enfermo con mucha devoción y fe el regalo de la granada y, luego que comió della, se puso instantáneamente bueno, se levantó y fue a dar las gracias a su bienhechora por haber alcanzado del Señor la salud o, por mejor decir, la vida.
 
3.- Ya es razón que pongamos fin a las revelaciones, profecías, éxtasis y otro favores que recibió del Señor esta asombrosa mujer, nacida más para el Cielo que para la Tierra, pues su vida, si así se puede llamar, fue siempre extática y divina, su trato más con los ángeles que con los hombres, su espíritu siempre inflamado, su caridad siempre ardiente tan apartado de todo lo terreno, que solo vivía a Dios y por Dios, de suerte que pudiéramos dudar si vivía en la tierra o en el cielo, pues los ángeles o la llevaban desde su celda al Cielo, o el Cielo se bajaba con [132v] los ángeles a su celda. Sus éxtasis profundos y visiones misteriosas fatigan con el número la memoria y la admiración con la grandeza. Todos los historiadores de su pasmosa vida dicen que omiten muchas revelaciones y nosotros hemos omitido no pocas de las que ellos escribieron, con que de aquí podrá inferir el curioso cuán habrán sido. El historiador de la orden (N) dice estas palabras: “Ya que me determiné a escribir la vida desta santa, acordé de decir las más notables cosas que Nuestro Señor le mostró y las obras milagrosas que por ella hizo, aunque omita algunas por no molestar”. Lo mismo dice Villegas en el Flos Sanctorum. Una cosa debemos advertir en crédito de la santa, que es que en las vidas que corren de la sierva de Dios, particularmente manuscritas, se han introducido por error de los escribientes o mala inteligencia de los autores, algunas inversiones en los pasajes que hacen la historia fastidiosa y poco deleitable. También hemos notado no pocas equivocaciones o adiciones nada conducentes a la historia y que pudieran servir de algún tropiezo, por eso hemos puesto gran cuidado en referir los hechos desnu- [133r] dos de todo follaje y circunstancias impertinentes, mirando solo la verdad de la sustancia y despreciando los accidentes inútiles. Las revelaciones (como en otro lugar quedó insinuado) tienen todo cuanto puede pedir la crítica más escrupulosa para acreditarlas verdaderas, pues están fundadas sobre las basas firmes de la humildad y penitencia, y se dirigen al bien y utilidad de las almas. De los milagros que obró en vida la santa, podemos decir lo mismo que de las revelaciones, fueron muchos, admirables y estupendos, pues su gran virtud abría los Cielos a milagros en favor de los enfermos y desvalidos, pero también los omitimos en gran parte haciendo este sacrificio a favor de la brevedad que profesamos, aunque quedaran quejosos los devotos de la santa. En estos últimos años de su vida, iba disponiendo su alma con mayor fervor para lograr la dulce vista de su amado Esposo. Vivió siempre tan honesta y recatada que rarísima vez se le vio el rostro, trayéndolo siempre cubierto con un velo, de suerte que su confesor no se lo vio jamás [133v] y, así, apartando su vista y consideración de lo terreno, pensaba en las cosas celestiales. Rarísima vez hablaba ni aun con las mismas religiosas, andando siempre extática y como fuera de sí. Aunque en aquel tiempo salían las religiosas del convento con decente compañía, por no tener clausura, no se dice saliese la santa alguna vez. Vivía tan ''[22]'' retirada por huir los peligros del aplauso y la lisonja. ¿Cuántas generosas virtudes se vician [23] al alhago de quien las mira o alaba? ¡Con cuánta facilidad se marchita la flor a los rayos de los ojos que lo aclaman! Padece, también, sus epidemias la virtud, como la sangre. La santidad de María, tan recatada como discreta, se teme y se retira, no solo de los aplausos, sino aun de las conversaciones. Con esta prudente cautela de vivir separada de los contagios del siglo, crecieron en asombrosa proceridad sus virtudes.
4.- Ya era tiempo que esta bendita alma subiese a gozar de la dulce presencia de su amado Esposo y, así, se lo dio a entender repetidas veces por medio de angélicas embajadas. Gusto- [134r] sa noticia para quien vivió siempre suspirando por la presencia de su Dueño. Crecía el gozo de su espíritu cuando se apresuraba el desatarse aquel lazo con que le aprisionó Dios en la cárcel de su cuerpo. Sea horroroso el año de la muerte a quien vivió tan olvidado de su memoria como medroso de su cercanía. Sea desapacible su semblante al que, habiendo vivido desbocado en la carrera de los vicios, muere despeñado en el principio del infierno. Pero a nuestra santa, que había atesorado tanto caudal de virtudes en el discurso todo de su vida, ¿cómo había de ser desapacible la muerte? Cuanto su vida se iba acercando al ocaso iba esforzando sus agitaciones el amor en aquel pecho, no teniendo sus potencias otro estudio ni los sentidos otro empleo que el amar solo, reduciendo a esta todas las operaciones del alma. Andaba tan absorta en su dulcísimo amado objeto que, el desasirse de entre sus brazos, se le arrancaba el corazón de su sitio. Así vivía extáticamente enajenada robando el amor todos los demás afectos, pudiendo cantar entonces la fama que María ni miraba, ni oía, ni sentía, sino que solo amaba. [134v] Eran, en este tiempo, más frecuentes los favores que recibía del Cielo, pero también era más profunda su humildad, confesando su miseria y viviendo recelosa de sí misma, por eso ahora más que nunca suplicaba a los santos, sus devotos, la ayudasen con sus ruegos. Quien primero ocupaba altar en su alma para la veneración y culto era María Santísima, a esta Señora acudía en sus necesidades con la mayor confianza, amándola como fiel vasalla. Después veneraba con singular devoción al glorioso San Miguel Arcángel, príncipe de las milicias del Cielo y al santo ángel de la guarda. Tenía otros muchos santos y santas a quien se encomendaba muy de veras, diremos algunos, omitiendo otros: San Pedro y San Pablo, San Juan Evangelista, San Lorenzo, San Jerónimo, San Ildefonso, Nuestro Padre San Francisco, Santa Catalina mártir, Santa Bárbara, Santa Leocadia y Santa Casilda. Esto, y aún más larga, era la letanía de sus santos, con quien tenía dulces coloquios, gozando de su presencia muchas veces, como si fuera cortesana del Cielo. Enfermó últimamente para serlo y, habiendo dado singulares muestras de tolerancia y resignación, recibió los santos sacramentos [135r] bañada su bendita alma de un extraordinario gozo que, comunicándose también al cuerpo, la transformó en un bello serafín. Abrazose después con una imagen de Cristo crucificado (cuyo sangriento retrato tenía esculpido en su virginal cuerpo) y, aplicándole a sus labios con ternísimos ósculos, le decía tan dulces palabras que causaba a todas las religiosas sentimiento y gozo. Encomendaba muy de veras al Señor los dos conventos de la Sisla y de San Pablo, pidiendo afectuosísimamente los conservase en observancia, virtud y religión, como vemos que hoy florecen acaso por las oraciones y ruegos de nuestra santa. Abrazada así con Jesucristo y con señales de crucificada, exaló su espíritu, entregándole en manos de su querido Esposo, sábado 17 de julio a las tres de la mañana del año de 1489. Su muerte más pareció dulce sueño que congojosa agonía, ni se vio gesto alguno que mirase con desagrado a la parca, pues a la verdad ella estaba bien con la muerte y, así, observaron las demás religiosas algún rato dudosas de si estaba muerta o vivía extática, como no pocas veces había sucedido y tenían repetidos exemplares. Pero de allí a poco depusieron toda la duda, pues salió su última respiración tan olorosa que se conocía en la fragrancia haberse quebrado el alabastro desta María, como en otro tiempo el de la Magdalena, y haber derramado el [135v] nardo su preciosa vida. Percibiose en todo el convento un olor suavísimo que excedía sobremanera a los bálsamos más puros, a los jazmines más blancos, en cuya comparación los aromas, flores, tomillos, ámbares, cantuesos, y cuanta fragancia exalan los mejores jardines de la Acaya, sería ofensa del olfato. Quedó tan hermoso y tratable su virginal cuerpo que más parecía bulto de quien duerme que cadáver exánime y frío. Aun agostada la vida desta mística planta, no decayó su hermosura ni su olorosa fragrancia. Verdad es que murió, pero no tuvieron en ella jurisdicción los horrores de la muerte, pues indultada de la común deformidad que ocasiona en un cadáver, era la agradable hermosura del suyo devoto asombro de quien le miraba. Finalmente, conservándose hermosa y odorífera entre los ultrajes de la muerte, manifestaba bien en los privilegios del cuerpo haberse trasplantado su alma a ser vistoso recreo del celestial paraíso.
 
[136r] 5.- Temiendo las religiosas que, divulgándose la muerte de su santa hermana por Toledo, sería crecidísimo el concurso del pueblo que viniese a venerar su venerable cadáver y que, pasando a devoción indiscreta, cometerían no pocos excesos. La llevaron luego al Monasterio de la Sisla, situado entre unos ásperos montes a media legua de distancia de Toledo. Aquí le dieron honorífica sepultura los religiosos en la sala que llaman de capítulo y, aquí también, se enterraron por muchos años todas las religiosas que morían en el Convento de San Pablo. Pero no se enterró con su cuerpo su fama, pues ni la muerte ni el sepulcro pudieron borrar el crédito de la vida asombrosa y portentos ilustres de María. La tierra en que se depositaba difunta pudo usurpar a la vista su cadáver, pero no estrechar la fragrancia de sus milagros, ni la fama de sus virtudes. Pudiéramos decir que no se enterró su cuerpo, sino que se sembró su memoria para que, multiplicada, exalase aún mayor suavidad de portentos y milagros. [136v] No pusieron lápida a su sepulcro, sirviendo de más decoroso epitafio las maravillas que el Señor empezó a obrar en su túmulo, que las majestuosas vanidades que esculpe la soberbia en las losas frías de sus tristes panteones. Apenas la enterraron cuando en repetidos prodigios y milagros empezó a gritar la fama desde la cima de aquellos montes, haciéndola a todos espectables. Consumido y cuasi exánime se hallaba un canónigo de Toledo a fuerza de unas calenturas ardientes y malignas sin hallar alivio en la medicina. Amor dio confiado a la santa por las muchas noticias que tenía de su gran virtud y prodigios estupendos que había obrado en vida. Envió un criado a la Sisla suplicando a los padres que le encomendasen muy de veras a la sierva de Dios, María de Ajofrín. Hiciéronlo los religiosos y, aquella noche, le apareció la santa al enfermo rodeada de vistosos resplandores y le dijo: “Ya estás sano, pero de aquí adelante procura arreglar tu vida emendándote de tales [137r] y tales defectos”, señalándolos distintamente. Quedose dulcemente dormido y, por la mañana, entrando los criados y dispertándole, se halló con fuerzas, conoció había faltado la calentura y que estaba bueno. Pidió a los criados le traxesen de comer, asombrados estos y temiendo no fuese algún letargo, lo suspendían, pero viendo guardaba consecuencia en lo que hablaba y oyendo que aquella santa se le había aparecido, le trajeron de comer, comió con gusto, levantose luego y, aquel mismo día, envió a la Sisla, en reconocimiento de tan singular beneficio, un cirio grande para que ardiese en el sepulcro de la santa y una cabeza de cera para que la colgasen por voto y, a otro día, fue él mismo a dar las gracias a la sierva de Dios, María de Ajofrín, y postrándose en su sepultura, la regaba con muchas lágrimas sin saber apartarse della. Dijo misa y quedó tan agradecido a su bienhechora que, a boca llena, la llamaba santa. Fue tan público y tan patente este milagro que no solo en Toledo, sino en otras muchas partes se estendió [137v] la fama de la sierva de Dios.
 
Cuasi al mismo tiempo se hallaba a los umbrales de la muerte otro canónigo de la misma Santa Iglesia, hijo de la condesa de Paredes. Era muy edificativo y exemplar este prevendo y, sintiendo la madre perder tal hijo, así él como ella, sabiendo los prodigios que obraba la santa en su sepulcro, enviaron a rogar a los padres pidiesen a la sierva de Dios, María de Ajofrín, los socorriese en aquel conflicto. Hiciéronlo así y, no contentos con eso, enviaron al enfermo una almohada que había servido a la santa mientras estuvo en el féretro, y, apenas se la aplicaron, instantáneamente se puso bueno, con admiración y asombro de todos los presentes. Levantose al punto de la cama y fue sin detenerse a la Sisla, donde hizo devotas novenas a la santa, ofreciendo en su sepulcro muchos y ricos dones de votos y presentallas.
 
Estos dos casos tan portentosos en [138r] personas tan ilustres y de carácter tan distinguido dieron mucho vuelo a la fama de nuestra sierva de Dios, María de Ajofrín, hablando todos con el mayor respeto y aumentándose cada día más y más su devoción y culto, aun en las provincias más remotas.
 
6.- Juana Martínez, vecina de Cuacos, obispado de Palencia, se hallaba tullida de una pierna y, oyendo los muchos milagros que obraba Dios en su sierva, un día que más afligida estaba, llenando su pecho de fe, se encomendó a ella muy de veras y, hablando con una niña que tenía como de seis años, la mandó la ayudase también con sus oraciones. Hincose de rodillas el angelito y, poniendo sus manecitas, empezó a rezar y, de allí a poco, se sintió sana la doliente, se levantó de la cama y empezó a an- [138v] dar sin impedimento alguno, alabando a Dios en sus santos todos los presentes. Después, envió a la Sisla una pierna de cera, para que colgase ante su sepulcro y un rollo grande, que ardiese en memoria y agradecimiento del beneficio recibido. No lejos del dicho pueblo, en otro que llaman Jaraíz, se hallaba agonizando con la candela en la mano Francisco Díaz. Asistíale un primo suyo sacerdote y, viéndole ya agonizar y sin remedio, sabiendo las maravillas que obraba la sierva de Dios, María de Ajofrín, hizo voto de visitar su sepulcro si daba salud al enfermo. Apenas lo había hecho cuando mejoró y, de allí a poco tiempo, se puso sano y, uno y otro, fueron a cumplir la promesa, llevando mucha cera al sepulcro de la santa y dejaron testimonio auténtico, firmado de su mano, de todo lo sucedido. Juana de San Miguel, tercera de Nuestro Padre [139r] San Francisco y vecina de Toledo, tenía un zaratán en un pecho y, después de cinco años de medicina, se le vino a encancerar, a que se llegaba una ardiente calentura que del todo cerraba los pasos a la esperanza. Afligida y sin remedio, puso toda su esperanza en la sierva de Dios, María. Hízose llevar a la Sisla, aunque con trabajo y, entrando en el capítulo, percibió luego un olor suavísimo que, sin otra guía ni noticia alguna, la llevó derecha a la sepultura de la santa. Postrose en tierra, besó las losas que ocultaban el sagrado cadáver, derramó tiernas y devotas lágrimas y, luego, instantáneamente se sintió libre de todos sus males y, después de dar afectuosas gracias, se volvió ella sola a su casa, dejando llenos de admiración a cuantos fueron testigos [139v] de tan rara maravilla. Otra mujer, vecina también de Toledo, padecía igual accidente en los pechos y, después de haber pasado por el tormento del fuego y la crueldad del cuchillo, llegó por su desgracia al último vale de su vida. Ya en este tiempo se habían escrito varias copias de la admirable vida de nuestra santa y, habiendo oído leer parte desta sagrada historia, concibió gran fe en sus méritos y, habiéndole aplicado una reliquia de la santa, quedó buena instantáneamente sin otra medicina y fue a la Sisla a dar gracias por el beneficio. Un religioso lego de la orden, morador del Monasterio de San Jerónimo de Madrid, se hallaba sumamente afligido por un tenaz y peligroso tumor que le había salido en un ojo. Iban ya a darle [140r] un botón de fuego con no pequeño peligro de perder la vista, estando ya en su presencia el brasero encendido y los instrumentos prevenidos para la operación, aterrado por una parte del martirio cruel que le esperaba y, por otra, inflamado del afecto y devoción a la sierva de Dios, exclamó diciendo: “Santa mía, pues eres tan liberal para con todos, sedlo también con este indigno hermano vuestro. Dadme salud, santa mía, y libradme destos tormentos”. Apenas hubo dicho esto, quedó de repente a vista de los cirujanos, y otros muchos que habían concurrido a la operación, se desvaneció el tumor y quedó sano y bueno sin lesión alguna, y los circunstantes llenos de admiración y espanto. Otros infinitos prodigios y estupendas maravillas obró Dios por esta su sierva, que sería nunca acabar como dice el historiador Sigüenza (O) si todas se hubieran [140v] de referir. No había enfermedad que no sanase, a todos socorría, a todos remediaba, a todos consolaba y a todos atendía, siendo tan raros y esquisitos los milagros que cada día obraba que, por tan frecuentes, ya no eran admirados.
 
7.- Al eco glorioso de tantas maravillas, concurrían de todo el reino en crecidas tropas los devotos a venerar el sepulcro de la santa, siendo en tanto exceso que ya perturbaban el retiro y silencio de los claustros. Para evitar este inconveniente y que el sagrado cadáver tuviese más decente lugar, determinaron trasladarlo a la iglesia del monasterio desde la sala del capítulo donde estaba. Quien más promovió esta traslación fue la condesa de Fuensalida por el grande afecto que tenía a la santa. Mandó labrar al lado del evangelio, en la pared del cuerpo de la iglesia, un magnífico sepulcro de piedra con el retrato de la santa. Llegado el día de la traslación, que fue el 25 de abril del año del Señor de 1495, [141r] cuasi 6 años después de su glorioso tránsito, aunque se procuró ocultar, concurrieron al monasterio el Clavero Mayor de Calatrava, Juan Antonio de Silva, muchos prevendos, caballeros ilustres y un sin número de gente que, llevados de su afición, quisieron hallarse presentes a este sagrado acto. Descubrieron el sagrado cadáver a vista de toda la comunidad y caballeros nobles y, luego, se percibió un olor suavísimo que excedía en fragrancia a todos los aromas de por acá y llenó de consuelo a los circunstantes. Manaba del sagrado cadáver un licor como bálsamo, que también exalaba una fragrancia suavísima. Colocáronle con mucha reverencia en una rica caja, guarnecida de seda y, formándose una solemne y devota procesión con luces en las manos, y al sonido alegre de campanas y concertada música de órganos, le llevaron a la iglesia cantando el Te Deum Laudamus, no como quien lleva un cadáver en un féretro, sino unas sagradas reliquias en un trono. Pusiéronle en la iglesia al público por espacio de 13 días para satisfacer la devoción de los concurrentes, que eran infinitos. Aquí obró el Señor muchos prodigios por su sierva, pero omi- [141v] tiéndolos todos, solo diremos el que obró en beneficio de toda la provincia. Estaban los campos áridos y secos y los panes cuasi perdidos por la gran falta de agua. Crecían las necesidades y cada día era mayor la aflicción y angustia de los pueblos. Determinaron los religiosos hacer una rogativa a su santa hermana, María de Ajofrín, pidiéndole el remedio con aquel conflicto. Oyó el Señor sus votos por intercesión de la gloriosa Virgen y, luego, empezó a llover con abundancia y se remediaron las necesidades.
 
Fueron muchas las personas que, por haber recibido algún beneficio, venían a velar a la santa, entre ellas, fueron dos hijos del conde de Oropesa, a quienes la sierva de Dios dio salud milagrosamente y, después de haber velado sus sagradas reliquias, dejaron una imagen de plata de mucho valor, una palia muy rica, una cruz bordada muy singular y dos imágenes de cera con otros dones preciosos. También, vino un hombre de Jerez, llamado Santos Fernández, el que, hallándose ya olea- [142r] do y en las últimas agonías, invocó del modo que pudo el patrocinio de la santa y, de repente, se levantó de la cama bueno y sano, dejando admirados a todos los presentes. Pasados los trece días, fueron colocadas, solemnemente, las sagradas reliquias en el sepulcro que tenía labrado la condesa de Fuensalida y aquí permanecen hasta el día de hoy, visitadas frecuentemente por los raros prodigios que ha obrado y obra cada día a favor de sus devotos, pero de ninguno se ha tomado testimonio y consta por deposición de aquellos religiosísimos padres, que sí se hubieran notado todos los milagros que ha obrado, no cupieran en muchos libros, pero su singular retiro y abstracción del mundo les impide tratar negocios desta naturaleza. Y, aunque nuestra santa se ha mostrado prodigiosa en todo género de enfermedades, parece se ha señalado más en sanar de quebraduras a los niños y, así, son muchos los que llevan las criaturas y, poniéndolas en el sepulcro de la santa, luego sanan. De suerte, que no hay dolencia, trabajo ni necesidad que no remedia esta sierva de Dios. Bastará referir un solo caso por vivir el sujeto con quien obró la santa el prodigio: el reverendo padre fray Joseph Moraleda, presentador del número de sus provincias de Padres Mercedarios Calzados de Castilla, siendo de edad de dos meses [142v] cayó en el suelo de los brazos de su madre yendo en una caballería. Como era tan tierno y el golpe fue grande quedó muerto y sin sentido, pasaron siete horas y, no viendo en el niño señal alguna de vida, crecían las aflicciones y angustias de la madre pero, inspirada del cielo, poniendo toda su esperanza en Dios por los méritos de su sierva María de Ajofrín, de quien era muy devota, tomó el niño en sus brazos y dijo: “Santa mía, dad vida a mi hijo, que yo os lo ofrezco de buena gana”. Apenas pronunció estas palabras cuando el niño abrió los ojos y, como si volviera de un dulce sueño, empezó a moverse sin haberle quedado lesión alguna ni señal de la caída. Vive hoy este religioso, sujeto bien distinguido en su provincia por sus méritos, y a quien hemos oído este caso, y vive sumamente agradecido a la santa, a quien confiesa deber la vida y en este favor otros infinitos.
 
8.- Esta es la vida prodigiosa de la sierva de Dios, María de Ajofrín, natural deste afortunado pueblo, dichosa a la verdad una y mil veces por haber dado cuna a tan asombrosa mujer. Será siempre famoso en las historias por haber sido nido deste maravilloso fénix, botón desta peregrina fragracia, y esta sola gloria bastaba para eternizar su memoria en los futuros siglos. La [143r] vida, pues, de nuestra santa fue toda sembrada de luces que dirigieron a infinitos por el camino del acierto, derramó tan celestial fragrancia que, corriendo muchas almas tras el ungüento oloroso de sus virtudes, se pobló su Convento de San Pablo (y aún otros muchos) de santas y exemplares religiosas, cuyas admirables vidas pueden leerse en el ya citado Sigüenza. Desde entonces ha sido este sagrado convento vergel hermoso de las más acendradas virtudes y bastaba una sola María de Ajofrín para hacerse ilustre. Su ardiente celo de la exaltación de la fe católica y extirpación de las herejías abrazó también el fogoso pecho del Gran Cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, para que solicitase con los Reyes Católicos el establecimiento del Tribunal de la Santa Inquisición, que vio la sierva de Dios en su tiempo y, aun dicen, le mostró el Señor las admirables leyes sobre que se fundó esta gran fábrica. Y dejó también sembrado mucho fuego para expeler después todo el judaísmo, como se verificó tras años después de su feliz tránsito. La bien merecida estimación que hicieron desta heroína cardenales, arzobispos, obispos, prevendos, títulos y otros grandes sujetos, no es fácil explicar. Una cosa confiesa nuestra ingenuidad, y es que la pluma ha corrido ligera por [143v] el dilatado campo de sus virtudes y méritos, delineando en esta pequeña tabla su dedo para que, derramando la vista por el dibujo, se pueda formar algún concepto de su agigantada estatura. Pero lo que más acredita su virtud es que, por tantos siglos, se ha merecido el elogio de “santa” entre todos los escritores, que es prueba de lo bien fundada que está su opinión. Y me admiró no poco el que la sagrada reliquia jeronimiana no haya procurado su culto público y universal con la corte romana, colocándola en los altares, lo que no fuera difícil en las circunstancias en que se halla. Esta misma queja dejó estampada en su historia el padre Sigüenza (P) por estas palabras:
 
‹‹Comenzó luego Nuestro Señor a sellar con infinidad de maravillas la santidad de su sierva (María de Ajofrín) para que, con ellas, se entendiese los avisos que, por medio della, había dado al pueblo y tuviesen reverencia y devoción a la santa. De muchas diré [144r] algunas en este capítulo, por si pudiese dispensar la tibieza desta religión a que tuviese en más sus cosas y procurase levantar la memoria desta santa y la de otros muchos que se han criado en el encerramiento de sus claustros que, con tanta razón, pudieran ponerse en los calendarios de toda la iglesia››.
 
¡Raro desinterés de religiosos que, pudiendo para crédito de su santo hábito tener muchos santos manifiestos en los altares, se contenten con tenerlos ocultos en los claustros! Aún dura la parentela desta santa en Ajofrín en las familias de los Maestros y Garcías y el reverendísimo padre Comisario General de Jerusalén, fray Antonio Martín Maestro, del sagrado Orden de la Observancia de Nuestro Seráfico Padre San Francisco, es pariente muy inmediato. Ni podemos negar (para confusión de nuestra tibieza) que también nos toca muy de cerca esta santa por línea materna, sagrada vanidad pudiéramos fundar en este blasón tan ilustre, si nuestra vida se conformara con la vida de la santa. Pero será cargo terrible en el tribunal de Dios descender de santos y no imitarlos, tener estos y otros exemplos que se referirán en la historia y no arreglar la vida [144v] a ellos pero, no obstante, esperamos en su poderoso patrocinio nos alcanzarán de Su Majestad el fervor y espíritu que nos falta y que, pues han sido liberales aun con los estraños, lo serán también con los que nos preciamos de parientes. Últimamente concluimos la vida admirable de nuestra santa con las mismas palabras con que la empieza el historiador della, el padre Sigüenza (Q), y son las siguientes:
 
‹‹Si no estuviera la vida desta santa tantos años ha escrita y predicada por otros y nuestro Señor en vida y en muerte no hubiera calificado y, como si dijésemos, sellada su santidad con tantas maravillas, no me atreviera a poner la mano en ella y pasara en silencio cosas tan maravillosas››.
Hasta aquí el citado historiador y, a la verdad, es tan prodigioso y admirable que excede los límites [145r] de lo humano y, solamente sostenida con la divina gracia, pudo llegar a proceridad tan desmedida. Alabemos al Señor que la hizo tan ilustre y famosa en su iglesia santa y, ahora, pasaremos a referir la vida de otro insigne hijo de Ajofrín en el capítulo siguiente.
 
(A) Fructus honoris et honestatis. Ecclesiatt. 24. 23
 
(B) Ego quasi terebinthus extendi ramos meos, et rami mei honoris, et gratie. Ibi v. 22.
 
(C) Cap. 1, 2 y 3
 
(D) Rami mei honoris, et Gratiae, Eccli. ut supra. 8.
 
(E) Cap. 4 núm. 13
 
(F) Fray José de Sigüenza, Crónica de San Jerónimo, 3ª parte, lib. 2, cap. 49 y sig.
 
(G) Monstruosum est quod homo habeat duo corda, quod numquam est auditum, nec posibile per naturam. S. Anton de Padua, Serm. 2. Quinquag.
 
(H) Fray José de Sigüenza, tom. 3, lib. 2, cap. 43.
 
(I) Cap. 5, n. 9 y 10.
 
(J) Surge, et vade in Ninivem civitatem grandem, et praedica in ea; quia ascendit malitia ejus coram me. Et surrexit jonas, ut fugeret in Tharsis. Jon. 1 v. 2 y 3.
 
(K) Ne suscitetis neque evigilare faciatis dilectam, quod usque ipsa velit. Cantis. 2.7.
 
(L) Benedic anima mea Dominum et omnia quae intra me sunt nomini sancto ejus. Psalm. 102. 1.
 
(M) Regina a dextris tuis in vestitu deaurato, circundata varietate. Ps. 44. 10.
 
(N) Sigüenza. Hist. de la orden de S. Jer. Parte 3. lib. 2. c. 46.
 
(O) Fray José de Sigüenza, historia del Orden de S. Jerónimo. 3 parte, lib. 2, c. 48.
 
(P) Fray José de Sigüenza, parte 3, lib. 2, cap. 48.
 
(Q) Fray José de Sigüenza, parte 3, lib. 2, c. 44.
=Vida impresa (1)=

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