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→Vida de María de Ajofrín
12.- Continuaba esta en sus santos exercicios de oración, retiro y penitencia, estimada de Dios, venerada de los hombres y favorecida de los ánge- [105r] les, pidiendo siempre a Su Majestad con fervorosas lágrimas por el estado feliz de la Iglesia y salvación de las almas redimidas con su preciosa sangre. Este era el objeto común de sus oraciones y, como fundado en caridad, le era a Dios muy agradable y por eso le regalaba con frecuentes apariciones, manifestándola sus más escondidos tesoros. En cierta ocasión, fue llevada por un ángel al Purgatorio, donde vio penas y tormentos tan terribles que no hay lengua que los pueda explicar. Oyó allí gemidos, gritos y aullidos formidables, vio también figuras de animales tan estraños y peregrinos que jamás había visto en la tierra, y tan fieros y espantosos que bastaba solo su vista para quitar la vida al hombre más animoso y valiente. Vio, igualmente, gran multitud y variedad de gusanos que roían y atormentaban a aquellas pobres almas. Examinó uno la sierva de Dios con cuidado y dice tendría [105v] como un cuarto de largo y tres o cuatro dedos de ancho, cubierto por encima de unas conchas menudas, pero encendidas de un fuego muy activo. Reparó también que tenía unas uñas sumamente fuertes y aguzadas. Preguntó al ángel qué significaban aquellos gusanos y respondió: “Estos son los gusanos de la conciencia, que están royendo las almas de los que ves aquí detenidos, y esto les mortifica más que ninguna otra pena. ¡Que no fuese yo mejor! Exclaman noche y día. ¡Que no fuese yo más solícito en ganar indulgencias! ¡Que anduviese tan descuidado! ¡Que pude haber evitado estas penas y no lo hice! Este es el gusano roedor que más los atormenta. ¡Que pude y no lo hice! Y este también – prosiguió el ángel- es el que más aflige y desconsuela a los míseros condenados: ver que pudieron salvarse y no lo hicieron, que pudieran estar en el Cielo para siempre y se ven en el infierno por toda una eternidad. Este roedor nunca se acaba, siempre vive [106r] y nunca muere”. Vio allí la santa a varias personas, entre ellas a un sacerdote que aún vivía y era cura de una parroquia de Toledo y muy conocido de la santa. Tenía enroscada por el cuerpo una grande y espantosa culebra de dos cabezas, que con la una le roía el espinazo y, con la otra, el estómago, y junto a él un dragón horrible y espantoso que llevaba sobre su lomo un niño que a grandes gritos pedía a Dios justicia contra aquel párroco. Quedó espantada la santa y preguntó al ángel qué significaba aquella visión, y el ángel le respondió: “Sábete que este niño se queja contra el párroco porque no recibió el bautismo por descuido suyo, y así pide a Dios le castigue tan gran pecado”. Desapareció la visión y, vuelta en sí, hizo oración fervorosa por él, y sucedió que, pasados algunos días, diciendo misa este párroco y oyéndola la santa, después que se acabó, fue arrebatada en éxtasis y le vio [106v] que aquel miserable sacerdote tenía rodeada al cuerpo una espantosa culebra, pero con tres cabezas: con la una le mordía la lengua, la otra el corazón y, con la tercera, las espaldas. Vio también al niño, que daba gritos delante d’él y decía: “Por tu causa no recibí el bautismo, por ti me veo desterrado del Cielo, por ti no veré a Dios jamás. Venga, pues, sobre ti el castigo de tan gran culpa”. Pasados tres días, llamó la santa a este párroco y le dijo cuánto había visto, y otras muchas cosas secretas que nadie las sabía, y le amonestó de enmendarse de tales y tales pecados graves que había cometido, y porque tenía al Señor muy ofendido. Al oír descubierto su interior, quedó desmayado aquel sacerdote y cayó como muerto en tierra; animole la sierva de Dios exhortándole a hacer penitencia y que confiase en [que] el Señor [107r] le perdonaría sus culpas, si de corazón se arrepintiese dellas. Estando otro día diciendo misa, aparecieron en la hoja del canon cinco gotas de sangre fresca y reciente, y refiriéndolo a la santa le dijo, vestido de luz su pensamiento, que en ello le daba el Señor a entender le quedaban de vida solo cinco años, como se verificó. Murió pasado este tiempo, día de San Miguel, y, haciendo oración por él la sierva de Dios, se le apareció en una figura horrible y lastimera en que daba a entender se había condenado. Adoremos los juicios de Dios siempre inescrutables mientras damos principio al capítulo siguiente.
===Capítulo 6. Recibe la sierva de Dios, María de Ajofrín, por admirable modo las llagas de Jesús, con otros favores extraordinarios===
1.- Siempre ha sido y será célebre en la Iglesia el favor sin segundo que la Majestad [107v] de Cristo hizo a mi seráfico padre san Francisco en la impresión de sus sagradas llagas. Este prodigio, a todas luces grande, que se ha merecido por todas sus circunstancias la admiración de los siglos, en nada deroga la omnipotencia del Altísimo para que, con sus siervos, se muestre el Señor liberal derramando, a manos llenas, favores y beneficios. Así lo hizo con nuestra santa virgen, la sierva de Dios María de Ajofrín. Habíala escogido el Señor no solo para fiel dechado de virtudes y perfecciones, sino para que fuera instrumento idóneo que arrancase del campo de su Iglesia la cizaña que el enemigo cautelosamente iba sembrando. La había escogido entre millares para que fuese vivo oráculo de su voluntad eterna y por eso la quiso sellar con el sello de su amor más puro, para que le diesen fe y creyesen su testimonio.
Estando, pues, un día en oración nuestra santa virgen en la octava del Corpus, patente el Santísimo Sacramento como se acostumbra en la orden, fue levantada en el aire más de una vara, en fuerza de la elevada y sublime meditación, cuando sintió de repente dentro de [108r] su alma una grande antorcha que, ilustrando su razón, inflamaba al mismo tiempo la voluntad en el amor de su dulce esposo. Vio que desde la custodia salían cinco hilos de oro finísimo a manera de cinco vistosos rayos de luz y se terminaban a sus pies, manos y costado. Conoció la santa el misterio y, no pudiendo su humildad sufrir tanto favor, quedó anegada en su misma miseria, absorta y fuera de sí. Los dulces efectos que causó esta visión en el pecho amoroso de la humilde sierva fueron admirables y, más para contemplarlos que para referirlos, diola el Señor a entender que quería honrarla con las señales de su pasión sacrosanta, pero que esto sería sucesivamente, y en diversos tiempos así se verificó, como iremos viendo. Un día, meditando en la corona de espinas y los acerbísimos dolores que el Señor padeció en este paso, sintió en su cabeza tan recias punzadas, como si la traspasaran con agudas y penetrantes espinas. Ni fue solo repre- [108v] sentación, sino realidad, pues luego brotaron con violencia por todo alrededor muchas gotas de sangre viva y fresca. Duró esto por muchos días, de suerte que lo vieron y notaron las demás religiosas pues, aunque ponía el mayor cuidado para ocultarlo, no podía, manifestándolo el Señor por medio de la sangre que le corría, no pocas veces, hilo a hilo por la cara, con admiración y pasmo de cuantos lo veían. Y sucedía estar sereno su rostro, sin novedad alguna y, de repente, brotar la sangre de sus sienes, frente, y demás partes de la circunferencia, y bañarse su angelical rostro con este precioso rosicler, que la hacía aún más hermosa y agraciada. Desde que recibió estas señales de la corona de Jesús (de que hay pocos ejemplos en la historia), fueron vivísimas y penetrantes las punzadas que sintió causándole acerbísimos dolores en tanto grado que, en una ocasión, llegó a separarse en la cabeza el casco superior del inferior, como si le hubieran dividido con un cuchillo; pero acompañó a este prodigio otro aún mayor, y es que por fuera nada se conocía, pues ni rompió el pellejo, ni hizo llaga alguna y solo por el tacto se percibía la separación [109r] de uno y otro casco y, con ser esta rotura claramente mortal y sin remedio, no le quitó la vida, aunque le causó tan fuertes dolores que estuvo fuera de sí por más de cuarenta horas, y después de algunos días, se volvieron a unir y solidar, sin medicina, aquellos cascos, quedando como antes. Deste raro portento hubo muchos testigos y algunos dellos físicos famosos que, contestes ''[11]'', depusieron ser obra sobrenatural y divina.
2.- Entregada toda a Dios y puesta en contemplación altísima se hallaba un día la santa virgen cuando, de repente, sintió acerbísimos dolores en las manos y en los pies y aun en todo su cuerpo, quedando como descoyuntado. Parecíale que las manos se las atravesaban con gruesos y penetrantes clavos; acudió pronta, llevada más del temor humilde que del dolor vehemente y halló las llagas, que pasaban de parte a parte una y otra mano. Después que volvió en sí y pudo valerse, se puso unas vendas con algunos paños para que las demás no lo pudiesen conocer. Y fue así, pues solo su con- [109v] fesor (que lo era entonces el ilustrado varón y religiosísimo padre fray Juan de Corrales, prior del convento de la Sisla) lo supo y él solo las vio con sus ojos y depone desta verdad y no se puede dudar della, pues demás de ser varón a todas luces respetable por su conocida santidad y literatura, se hace acreedor a esta justicia el hallarse condecorado con la prelacía de su orden y, lo que hace más al caso, por ser del tribunal de la Santa Inquisición, como veremos después. Duraron estas llagas abiertas más de 40 días sintiendo la bendita virgen recios dolores y muy en particular los viernes. Después, se cerraron sin medicina alguna, pero quedaron las señales hasta que murió, y procuraba ocultarlas. Y, aun después de cerradas, sentía no pocas veces vehementísimos dolores. No nos dice la historia si recibió también las llagas en los pies, aunque es de creer las recibió y las ocultaría por la honestidad, y solo dice que sintió en esta ocasión acerbísimos dolores en los pies. Pero aún más misteriosa es la llaga del costado: abrasada en amor divino, medita- [110r] ba un día la Pasión y muerte de Jesús (que este era por lo común el objeto de su oración), se le apareció el Señor vestido de resplandores y le previno que el día siguiente, que era la festividad de todos santos, año de 1484, le había de comunicar altísimos secretos y transformar en sí por temor haciéndola participante de los dolores de su Pasión sacrosanta. La humilde sierva se lo dijo a su prelada con el mayor secreto, suplicándole encarecidamente que, a otro día luego que comulgase, la llevase a algún sitio retirado de la casa donde nadie le viese ni notase. Prometiolo así la prelada para su consuelo, aunque no lo pudo cumplir, pues a otro día, apenas comulgó, fueron tan excesivos los gemidos y sollozos y tan violentos los golpes de corazón, que fue milagro no espirar luego al instante. Tal era el fuego que abrasaba interiormente el corazón de la santa que, encendida toda en amor, salió a buscar el exterior ambiente. Su virginal rostro arrojaba un [110v] tan vistoso carmín que, hermoseándole sobremanera, causaba admiración y respeto. Siguiose a esto un prodigioso rocío de su sangre que, sin hacer herida, salió de sus delicadas sienes y por toda la circunferencia de la cabeza. Quedose después privada de todos sus sentidos y en un profundísimo éxtasis en que perseveró por más de 40 horas sin verse en ella más acción vital que algunos lastimosos quejidos con que, tal vez, se desahogaba. Las religiosas, temiendo muriese la santa en aquel dilatado desmayo, usaron aun con sobrada violencia de cuantos remedios les dictaba su congojosa aflicción en aquel crítico lance: le dieron garrotes y ligaduras y, para que tomase alguna sustancia, hicieron tal fuerza que le quebraron una muela, pero a todo estaba la santa inmoble e insensible. Y, aunque notaron alguna sangre en el hábito, no hicieron alto sobre ello hasta que se descubrió el misterio. Volvió al fin de aquel profundo rapto y, después, dijo a su confesor que había sido llevada a la presencia de Cristo y que había visto al Señor sentado en un trono de grande majestad y grandeza, donde le fueron reveladas muchas cosas tan altas y divinas que ni podía ni sabía explicarlas. Dijo también que le había mandado el Señor, de nuevo, publicase lo que [111r] le tenía dicho en otras ocasiones: “Y para que seas creída -añadió el Señor- se te dará esta señal del cielo, que este cuchillo traspasará tu corazón y hará en él una llaga de donde saldrá sangre viva, que será verdadero testimonio a todos, tú serás participante y como un transunto en quien verán mis llagas y lo que padecí por los hombres”.
3.- Después que dijo esto el Señor, se sintió herida en el costado y con tan gran dolor que faltó poco para espirar. Mostrose la llaga abierta por espacio de 20 días y, aunque siempre corría sangre, los viernes era con más abundancia, de suerte que no bastaban los paños que se ponía y corría hasta el suelo. Para que se conociese que esta llaga era misteriosa y sobrenatural, nunca se enconó ''[12]'' ni salió materia ni otro género de corrupción. La sangre que salió era tan limpia como de un tierno corderillo. Quiso al principio la humilde sierva del Señor ocultar este prodigio, pero el Señor le mandó lo dijese a sus preladas y prelados, lo que le fue aún más sensible que todos los dolores que había padecido. Obedeció; aunque [111v] muy a costa de su humildad, mostró los paños ensangrentados, que ellos mismos estaban publicando el prodigio, pues no parecía sangre humana, sino un carmín finísimo. Vio la llaga el confesor y algunas religiosas y todos quedaron atónitos y asombrados, aunque mandó seriamente a las religiosas no lo dijesen a nadie. Quiso el confesor dar parte al deán de la Santa Iglesia, pero se detuvo para obrar con más reflexión en materia tan importante; pero confirmado más en el prodigio buscó al deán y le refirió cuanto pasaba. El deán, que era don Pedro de Préxano, sujeto de no vulgar literatura, de vida muy ajustada y que sus prendas le elevaron después a la mitra de Badajoz, determinó se hiciese la averiguación con toda solemnidad, para que constase auténticamente, por lo que llamó al capellán mayor, dignidad de la misma Santa Iglesia, junto con un notario apostólico y, en compañía del confesor, entraron en el convento el día 19 de noviembre y, delante de la prelada y otras dos religiosas, vieron con la mayor decencia la llaga del costado y su circunferencia; y la tocaron con sus manos estando la llaga tan viva y fresca como si se acabara de hacer, no obstante que habían pasado 19 días, y salía sangre pu- [112r] rísima, sin mal olor, ni putrefacción alguna; y el mismo capellán mayor tomó unas hilas y las sacó llenas de sangre, confesando todos era cosa sobrenatural y mandaron al notario lo diese por testimonio. Y porque este se guarda original en el Convento de Padres Jerónimos de la Sisla de Toledo, queremos poner aquí lo que hace al caso y pertenece a la historia, y es lo siguiente:
‹‹Yo, Gracián de Berlanga, capellán de la serenísima reina doña Isabel, Nuestra Señora, notario apostólico y arzobispo, doy fe que el año de la Natividad de Nuestro Redentor y Salvador Jesucristo de 1484, en 10 de noviembre, casi 6 horas después de medio día, por ruego e instancia de don Juan de Biezma, rector de la casa de doña María García, entré en la dicha casa, en un aposento en el cual estaban los reverendos señores don Pedro de Préxano, deán de Toledo, y don Diego de Villaminaya, capellán mayor en el coro de la Santa Iglesia de Toledo, y dos o tres religiosas de la dicha casa, y vide una doncella, que verdaderamente parecía bulto de ángel, y tenía una llaga en el costado donde Nuestro Señor Jesús fue herido, tan grande como un real y no tenía hinchazón y carecía de toda putrefacción [112v]. Tenía un color muy fino, así como grana y, después que todos lo hubimos mirado, a poco rato habló aquella doncella estas palabras: “Dios Nuestro Señor vos lo demande, si non pusiéredes aquello en execución”. Y así espantado me aparté dende y me torné a salir. En fe de lo cual lo signé y firmé de mi nombre, que fue fecha en Toledo, año, mes, día de quibus supra. Gratianus notarius apostolicus››.
En aquellas palabras que dijo la santa, “Dios Nuestro Señor vos lo demande”, da a entender que ya los había hablado antes y sería, sin duda, lo que el Señor le había revelado que publicase. Parece no esperaba el Señor otra cosa para cerrar la prodigiosa llaga que el que se tomase testimonio della y así, a otro día, que fue el 20 de noviembre, ya se había desaparecido esta llaga, cerrándose ella misma sin medicina alguna, quedando solo una hermosa y vistosísima señal y no menos prodigiosa que la llaga misma, pues, sin verse cicatriz ni callosidad alguna, solo quedó como un hermosísimo y brillante rubí. De donde se infiere claramente que esta llaga [113r] fue milagrosa en su principio, en sus progresos y en su fin. Pero, aunque faltó la llaga, no faltaron a la santa los dolores, pues estos los padeció con mucha frecuencia y aun también se renovó no pocas veces en los cinco años que vivió después, como lo declaró a su confesor, a quien nada reservaba para no errar.
4.- Adornada nuestra santa con las preciosas llagas de Jesús, no vivía ya en la Tierra este serafín humano, su conversación, su trato y su espíritu todo era del Cielo y en el Cielo. Su alimento era cortísimo y levísimo, y aun esto lo hacía no por necesidad, sino por humildad, para quitar cualquier nota y que no la tuviesen por buena. Decía a su confesor que no tenía necesidad de manjar terreno cuando recibía a Su Majestad Sacramentado, pues este le mantenía no solo el alma, sino también el cuerpo. Por eso en este tiempo eran más frecuentes los éxtasis y raptos desta feliz alma, pues, como tan desprendida de la Tierra, era fácil ser elevada hasta el Cielo. Aumentáronse las revelaciones y favores del Señor [113v] y, como la había escogido por instrumento para declarar lo irritado que estaba contra los pecadores, volvió una y otra vez a mandarla manifestase su voluntad.
En una ocasión, le apareció Su Majestad muy airado y, de nuevo, le dijo era su voluntad se avisase al arzobispo para que, por lo que a él le tocaba, pusiese pronto remedio en aquellos cinco vicios que, en otro lugar (I), dijimos aborrecía tanto el Señor y, también, que velase en destruir y extirpar los horrores que en Toledo iban sembrando los moros y judíos y que quitase el intolerable abuso que se había introducido de celebrar misas en casas particulares y que no lo permitiese, sino en algún caso raro o grave necesidad, pues así iba decayendo el culto divino y la asistencia de los fieles a los templos y funciones eclesiásticas. Ha querido siempre Dios a esta ciudad santa, ejemplar y edificativa, esmerándose en arrancar de su campo cualquier cizaña que el enemigo común ha instado sembrar y, por eso, ahora insta tanto en purificarla por medio de su prelado [114r] para que, a su ejemplo, otros prelados hagan también lo mismo. Con este fin, y para que le diesen crédito, adornó el Señor con sus llagas a nuestra santa virgen, pero como tan humilde no sabía cómo hacerlo, contentándose con decirle a su confesor, el cual tampoco tenía resolución para ello, permitiéndolo el Señor para escarmiento de otros. Una voluntad de Dios tan expresa y clara, tantas veces repetida y encomendada, ya se ve que el resistir a ella será culpable en los divinos ojos, ni puede escusarse con el pretexto de humildad, pues en realidad no lo es. Mandó Dios a Jonás fuese a predicar a Nínive, pero por humildad huye y se embarca para Tarsis (J). Irritado el Señor contra el desobediente profeta, le castiga mandando a una ballena se lo trague. No se han de persuadir fácilmente las almas contemplativas que el Señor las toma por instrumento para cosas grandes, pero tampoco se han de resistir con nimia tenacidad cuando una y otra vez las llama. [114v] Escarmienten las almas dedicadas a Dios en lo que sucedió a esta santa y a su confesor: murió este (que, como queda dicho, lo fue muchos años y se llamaba don Juan de Biezma) el año de 1486 cerca de la festividad de Nuestro Padre San Francisco y, en este día del Santo Patriarca, se le apareció a la sierva de Dios y le dijo, entre otras cosas, estaba penando en el Purgatorio por no haber hecho lo que la santa le dijo varias veces, que diese parte al arzobispo para que pusiese remedio oportuno en aquellas culpas y que, ahora, le exhortaba que, deponiendo todo temor, lo manifeste al arzobispo porque, sino, sería azotado rigurosamente del Señor. Pidiola le encomendase a Dios y ayudase a salir de aquellas penas y, con esto, desapareció. Quedó la santa admirada, pero aún no sabía cómo hacerlo, pues le parecía que harían burla de su dicho, despreciando como consejo de mujer lo que era oráculo divino. Estando una noche en oración, fue llevada a un tribunal, donde presidía un juez [115r] severo y, pidiéndole cuenta del cumplimiento de sus órdenes, mandó a un ángel azotarla por desobediente. Fueron tales los azotes que se alcanzaban unos a otros y, así, sus delicadas espaldas quedaron todas molidas y quebrantadas, aunque por de fuera no quedó señal alguna de llaga ni cardenal. Este solo tormento le faltaba para imitar a Jesús en su Pasión sacrosanta. Tuvo grandes dolores la santa y le duraron cerca de año y medio sufriendo por el Señor estos azotes de su mano. Tenía una vez la toca mal puesta y la prelada, para componérsela, metió la mano en la espalda, pero notó que, como si no tuviera huesos o los tuviera molidos, no tocaba sino carne, pero sin llaga ni cardenal alguno. Maravillada desto y pensando que se había puesto así por las disciplinas, le reprehendió agriamente el exceso, pero la sierva de Dios le descubrió todo lo que había pasado y se conocía ser cosa sobrenatural por no verse señal alguna exterior.
5.- Con este aviso del Cielo conoció [115v] la sierva de Dios su descuido y, habiendo quedado por su confesor el venerable padre fray Juan de Corrales, prior que era de la Sisla, comunicó con él cuanto había pasado y, como docto y experimentado, determinó dar parte de todo al arzobispo, que lo era entonces el gran Cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, y habiendo hablado largamente con su eminencia sobre el asunto, le dejó una copia del testimonio, que se había formado de la llaga del costado y otros papeles autorizados de varios prodigios y maravillas que Dios había obrado, y estaba obrando entonces con su humilde sierva. Oyole benignamente su eminencia y, a otro día, le respondió en carta lo que sigue:
‹‹Venerable padre, esta noche pasada a las dos, después de medianoche, tomé esta lectura que me dejastes y nunca la aparté de mis ojos hasta que, capítulo por capítulo, la pasé y leí toda, que en ella no quedó letra que no la leyese, y lo que más me maravilla es que, ansí, se me pegó al corazón, que no dudé de [116r] ella cosa alguna. Como quiera que soy tardío en dar crédito a estas revelaciones y, al cabo, vi el testimonio del notario y la confirmación de los testigos, varones y mujeres, a quien toda fe se debe dar y a cualquiera dellos yo lo daría, aunque fuese solo cuanto más a todos juntos, a los cuales yo conozco, excepto a la hermana mayor (era la prelada), que por tener el cargo que tiene está aprobada debajo. Conozco bien al notario, que es hombre de verdad y digno de fe. Maravillome mucho más hallarse en mujer tanta dureza en no querer decir lo que tantas veces vio y sintió, mayormente siéndole mandado por quien todo lo manda y rige, lo que es señal de su grandísima humildad y del menosprecio que tiene de la gloria mundana. Por lo que a mí me toca, le dad, vos Padre, por mí las gracias, y Dios Nuestro Señor se las dé, y la pena que padece le será en doblada gloria y, si hay alguna cosa que yo pueda hacer para consolación suya, ofrécesela vos de mi parte muy enteramente, y recomendadme a ella rogándole que me tenga presente en la oración, rogando a Nuestro Señor me deje acabar en su servicio y hacer en esta vida su voluntad››.
Después que recibió esta carta el [116v] confesor, le mandó a la sierva de Dios escribiese al arzobispo informándole ella misma de cuanto el Señor le había revelado sobre el particular. Llamó a una religiosa de confianza para que le escribiese y, habiéndola acabado, al quererla secar a la lumbre, se quemó gran parte y, afligiéndose la compañera por tenerla que trasladar y ser larga, le dijo que no tuviera pena, que a otro día lo harían. Pusieron la carta en un arca y, al ir a trasladarla al día siguiente, la hallaron sana y sin lesión alguna, de lo que quedó admirada su compañera, que se llamaba Inés de San Nicolás. Cerró la carta y la envió con su confesor y la llevó a su eminencia, con quien habló largamente sobre el contenido, y su eminencia respondió lo siguiente:
‹‹Devota y muy amada hermana, con vuestra carta y con lo que el Padre Prior de la Sisla me dijo, hube gran consolación. Nuestro Señor Dios, que os puso en tal estado, os deje acabar en su servicio y a mí me dé gracias, que pueda hacer su voluntad y poner en obra lo que vos me aconsejáis, y ansí, os pido que le demandéis a Nuestro Señor y a su buen- [117r] aventurada Madre y en vuestras oraciones me encomiendo. Y porque al Padre Prior de la Sisla hablé largo no digo aquí más, sino que Nuestro Señor os conserve en su gracia divina››.
Otras muchas cartas escribió la santa al cardenal en que trataba con toda eficacia del remedio de los errores que los judíos y moros iban sembrando en Toledo, y su eminencia, conociendo la santidad desta gran mujer y el espíritu que la animaba, determinó a sus ruegos establecer en Toledo el Santo Tribunal de la Inquisición. Ni paró aquí el fervor desta heroína, pues a sus eficaces instancias se movió el cardenal a tratar con los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, la expulsión de los judíos y, después, se executó el año de 1492, saliendo de toda España seiscientos y veinte y cuatro mil desta mala raza. De suerte que podemos decir que nuestra España es deudora a esta sagrada virgen destas dos cosas grandes: del establecimiento del Santo Tribunal de la Inquisición y de la expulsión de los judíos, de donde tanto bien se ha seguido a [117v] toda la monarquía española.
6.- Prosiguiendo el Cielo en favores a esta dichosa alma, eran ya por este tiempo frecuentísimas las dulzuras que recibía en repetidas apariciones de los espíritus angélicos y dulcísimas visiones de los santos, sus devotos, recreándola espiritual y corporalmente, sanándola de sus enfermedades y dirigiéndola en lo que había de hacer. Y si todas se hubieran de referir, sería necesario formar abultadísimos volúmenes y en esto convienen todos los historiadores de su admirable vida, por lo que ponemos solo algunas. Abrasada en amor de Dios, deseaba la santa comulgar en ocasión que los recios dolores que padecía en los lugares de las llagas, junto con la suma debilidad, la tenían postrada en una cama; no se atrevía la santa a pedir le trajesen a Su Majestad por evitar la singularidad. Apareciósele en esto un bello y gracioso niño, tan peregrino y hermoso que, turbada toda, no [118r] se atrevía a hablarle ni menos a llegarse a él, no obstante que se mostraba afable y cariñoso aquel soberano infante, recobrose un poco y díjole con humildad: “¿Quién eres, hermoso niño?”. Y el Señor le respondió con mucha gracia y donaire: “Yo soy tu esposo, no te turbes. ¿Por qué temes? Llégate a mí”. Y llegándose la casta virgen, le dio el Divino Infante paz en el rostro y, poniéndole la mano en la cabeza dijo: “Ea, esposa mía, ya estás sana, levántate y ve a la iglesia”. Desapareció la visión y quedó la santa tan llena de dulzura y suavidad que le parecía había estado en la gloria, levantándose de la cama buena y sana; y desde este día jamás sintió dolores en la cabeza en la parte de la corona, que fue donde la tocó el soberano Niño, pero se aumentaron considerablemente en los pies, manos, costado y espaldas, en particular los viernes desde por la mañana hasta después de vísperas, en que parecía le renovaban las llagas, cada una con el instrumento respectivo.
En una ocasión la tenía postrada en la cama un agudo dolor de costado a que se llegaba el dolor grande que entonces la afligía también de la llaga del costado, que, aunque no se mostraba para lo exterior, como se ha dicho, siempre en lo interior [118v] estaba abierta. Pensaba, según su debilidad y dolores, que era llegada su hora y solo la afligió el no poder hablar bien para confesarse. En este aprieto, se le apareció el arcángel San Miguel, de quien era muy devota y, poniéndole la mano en la llaga del costado, se la apretó y fortaleció tan bien que pudo hablar y, llamando a su prelada, le suplicó avisase a su confesor para que la oyese de penitencia y administrase el viático. Mientras fueron al convento de la Sisla a avisar al prior, que era su confesor, tuvo la visión siguiente: arrobada en un profundo éxtasis, vio en espíritu al mismo confesor que, estando diciendo misa, al llegar a las palabras de la consagración, una imagen de Nuestra Señora que estaba en el altar le dio el Niño que tenía en sus brazos. Vio también en el altar un grande resplandor y muchos ángeles que sostenían al sacerdote de sus brazos, hallándose presentes las gloriosas vírgenes Santa Catalina y Santa Bárbara. Luego estas dos santas se llegaron a María y le dijeron: “Mañana a las nueve recibirás a Nuestro Señor en este resplandor que ahora ves y luego, al punto, quedarás sana”. Así fue, pues a otro día vino el prior, se confesó y, celebrando misa, al tiempo [119r] que se volvió a la sierva de Dios con la forma consagrada para comulgarla, vio en el pecho y manos del prior un resplandor muy hermoso, con tanta claridad como si fuera un sol. Esto mismo vio también una inocente niña como de tres años que estaba presente con su madre, la cual prorrumpió con aquel desahogo natural que causa la admiración en aquella inculpable edad: “¡Ay! ¡Ay! ¡Qué hermoso!”. Y preguntada dijo que había visto un sol entre el sacerdote y la enferma. Luego que esta recibió al Señor, perdió todos sus sentidos, quedando en un profundo y soberano éxtasis que le duró nueve horas. Las demás religiosas procuraban por todos modos dispertarla, pensando desfallecía, pues no había tomado alimento alguno en muchos días. Ignoraban que estaba trasportada en Dios y que este, como esposo amante, tiene mandado en la escritura (K) que no inquieten a su esposa ni la hagan velar hasta que ella quiera, con que fueron en vano todas las diligencias hasta que ella volvió en sí y, abriendo los ojos, dijo aque- [119v] llas palabras del psalmista (L): “Alaba, ánima mía, al Señor y todas las cosas que están dentro de mí a su santo nombre”. Y luego se halló sana y sin dolor alguno. Instaron las religiosas que tomase algún alimento, pero la sierva de Dios se escusó diciendo que no tenía necesidad, pues habiendo comulgado podía pasar sin alimento alguno, aunque fuese cuarenta días.
7.- Como era tan agradable a los ojos del Señor esta su querida esposa, le regalaba dulcemente revelándola sus más ocultos misterios. Un año, en la noche de Navidad, le reveló su santo nacimiento con la adoración de los pastores. Después vio a los Reyes Magos y los ricos dones que le ofrecieron, con todos los demás misterios desta sagrada festividad. Celebrando el santo sacrificio de la misa en el Convento de San Pablo, el señor don Diego de Villaminaya, capellán mayor del coro de la Santa Iglesia, muy devoto de la santa, iba a darle la comunión y, al recibirla, dio un tan fervoroso suspiro que levantó las sagradas formas de la patena y hubieran caído en el suelo si los ángeles no las [120r] hubieran detenido prontamente. Un día de Navidad, celebrando también misa este mismo sacerdote en el referido convento, vio cómo, al salir revestido al altar, iban delante de él dos refulgentes antorchas de una luz vistosísima y extraordinaria, colocáronse sobre el altar y luego salieron cinco rayos de cada una y terminaban en la sierva de Dios, llenándola de gozo abundantísimo. Al llegar a sanctus, vio descender del Cielo al altar tanta multitud de ángeles que cubrían al sacerdote desde los pies a la cabeza, subiendo unos y bajando otros con muestras de singular alegría. Al llegar a la consagración, todos los ángeles se postraron con la mayor reverencia y, a la elevación, los mismos ángeles le levantaban los brazos. No pudo aquel fogoso espíritu de santa sufrir más y, así, antes del Pater noster le dio un deliquio amoroso, y no pudiendo mantenerse de rodillas, cayó en el suelo desmayada, y estuvo así hasta las doce del día sin movimiento alguno y, a esta hora, la llevaron a su recinto juzgándola muy fatigada, pues había estado allí desde las diez de la noche sin apartarse.
El año de 1486 fueron tales las crecientes del soberbio río Tajo por las continuas lluvias [120v] que, demás del daño que hacía en los campos, imposibilitó los molinos, de suerte que no se hallaba harina, causando mucha necesidad en el pueblo y perecían los pobres. Lastimado el corazón compasivo de la santa al ver tanta miseria, se subió una noche a un terrado desde donde se descubre [el] Tajo y, levantando los ojos y el corazón al cielo, echó al río su bendición y, después, se retiró a orar, puestos los brazos en forma de cruz, tendida en el suelo y pegado el rostro con la tierra. Así hacía ferviente y humilde oración pidiendo a el Señor y a su purísima Madre se doliesen de los pecadores y contuviesen el rigor de su justicia. Sintió luego que la levantaban en el aire y vino un rayo hermoso de claridad que, desterrando las tinieblas y lobregueces de la obscura noche, parecía el día más claro y refulgente. Vino después María santísima en un trono de mucha gloria y majestad y le dijo: “Has de saber, hija mía, que todas las aguas que han caído en el discurso de tantos días habían de haber caído en tres, y la mayor parte dellas sobre la ciudad, de que se hubieran seguido muchos estragos y muertes, pero las oraciones que has hecho por la ciudad, yo que siempre he sido y seré su pro- [121r] tectora y madre compasiva, las presenté a mi Hijo y se ha dignado contener su ira”. Y así se verificó, pues luego cesaron las aguas y el río volvió a sus antiguas corrientes. A este beneficio y a otros muchos es deudora la ciudad de Toledo a esta santa y venerable virgen, lo que debe tener presente para la gratitud y reconocimiento.
El deán de la santa iglesia de Toledo, de quien en varios pasajes desta historia hemos hecho honorífica mención, formando el concepto que se merecían las virtudes de la santa (como testigo ocular del singular prodigio de la milagrosa llaga del costado), la veneraba, fiando mucho en sus oraciones. Tenía gran consuelo en tratarla, comunicando los negocios más graves que se le ofrecían, sacando siempre luz y acierto en el consejo de María. En el citado año de 86, rogó encarecidamente a la santa pidiese al Señor por la paz entre dos grandes personajes muy inmediatos al solio ''[13]'', cuya discordia ocasionaba en el reino funestas consecuencias e irreparables males. Obedeció la santa y, estando un día en oración en un sitio donde se veía salir el sol, vio a este fogoso planeta en su primer oriente, pero tan benigno en su aspecto que, como si fuera una estrella, se dejaba registrar sin ofensa de la vista. [121v] Advirtió que dentro del sol había una cruz de oro finísimo y, allí inmediato, dos hombres que estaban peleando uno con otro, pero luego se volvieron las espaldas y apartaron. Conoció por esta visión que cesarían presto aquellas discordias y así lo dijo al deán, lo que se verificó, pues aquellos personajes desistieron de su enemistad y se apartaron de la demanda, quedando todo en suma tranquilidad. En otra ocasión, estando orando a la hora de tercia, vio un cerco grande de luna y dentro d’él dos capitanes que, cada uno con su escuadrón, peleaban varonilmente, pero el uno fue vencido habiendo muerto mucha gente de una y otra parte. No conoció la santa lo que contenía esta revelación, pero de allí pocos días llegó la triste tristeza de la prisión del conde de Cifuentes por los moros en las entradas del Reino de Granada.
8.- Toda alabanza será corta para lo que se mereció don Diego de Villaminaya, capellán mayor del coro de la santa iglesia de Toledo, y de quien la pluma ha hecho comemoración repetidas veces en esta historia. Era este grande héroe sujeto de no vulgar santidad adornada de bellas prendas, piadoso, liberal, afable y, sobre todo, [122r] gran limosnero y bienhechor de las huérfanas, de los pobres, de los encarcelados y desvalidos. Amaba todo lo bueno y, como lo era tanto, la sierva de Dios, María de Ajofrín, le tenía una santa inclinación y, juntamente a todas aquellas exemplares religiosas, socorriendo largamente sus necesidades, siendo como padre y fundador de aquella casa. Murió este edificativo prebendo con universal sentimiento de toda la ciudad entre diez y once de la mañana, en ocasión que la santa estaba con las demás religiosas oyendo misa. Luego que espiró, fue arrebatada la sierva de Dios en un profundísimo éxtasis y vio cómo San Juan Bautista, San Jerónimo y Santa Catalina llevaron su alma al tribunal de Dios, y oyó que le acusaron delante de aquel severo juez de no haber cumplido un testamento que quedó a su cargo, pero a esta acusación respondió que ya lo dejaba el declarado en su testamento, mandando se cumpliese luego. Entonces, el juez dio la sentencia que fuese al Purgatorio hasta que se cumpliese lo que dejaba ordenado. Dieron de allí a poco el clamor en la Catedral y las religiosas conocieron que a la gloriosa virgen se le había revelado el estado del alma de aquel su bienhechor, aunque no se atrevieron a preguntarlo. Con [122v] esta revelación, quedó la santa muy consolada por estar aquella alma en carrera de salvación, aunque afligida de que no fuese luego a ver a Dios por aquel descuido. Llamó a su confesor y le refirió lo que había visto, y el confesor luego a informarse de los testamentarios si era cierta aquella declaración, pues nadie hasta entonces lo sabía, y halló ser así y puso gran diligencia para que inmediatamente se cumpliese, para dar alivio aquella alma y fuese a gozar de Dios. Así lo hicieron los testamentarios, dando entero crédito a la sierva del Señor por la gran fama de santidad que para con todos tenía y a vista del claro testimonio que tenían presente de la revelación divina. Eran tan fogosos los incendios de la caridad que ardían en el pecho de nuestra santa que no le permitían ver padecer a alguno y no intentase eficazmente su remedio. Enfermó de muerte (al parecer de todos los facultativos) la prelada del convento, que entonces llamaban hermana mayor y, afligida la santa por la pérdida de mujer tan exemplar, pues a la verdad lo era, se fue a la iglesia a pedir a el Señor por la salud de su prelada. Estuvo en oración desde las nueve de la noche hasta las doce delante del altar de Nuestra Señora, derramando tier- [123r] nas lágrimas por su prelada. Eran fervorosas sus súplicas a su dulcísima madre como nacidas de un corazón todo mariano. Ofrecía su vida por la de su prelada, pedía, lloraba, esperaba y se afligía. Oyó en fin sus ardientes votos la que es consuelo de afligidos y salud de los enfermos, María, Señora Nuestra, y le dijo: “He oído tus ruegos y le es concedida la salud que pides”. Al oír este favor de la boca de su dulcísima reina quedó toda absorta y enajenada y, continuando los favores del Señor con esta su fiel sierva, vio al glorioso mártir San Lorenzo que, vestido de diácono y adornado de resplandores, llegó a la enferma y le puso en la cabeza una cinta de oro y, echándole su bendición, desapareció. Volvió en sí la sierva de Dios y luego fue a visitar a la enferma y la vio trasportada en dulce sueño, dispertó de allí a poco y se halló buena y sana de repente.
''[14]'' [125r] Cayó por casualidad un ladrillo sobre la cabeza de una religiosa y, habiéndola herido gravemente, se llegó a ella la sierva de Dios, María, y lastimada de ver a su hermana padecer, le puso la mano sobre la herida con mucha blandura y suavidad pronunciando tres veces el dulcísimo nombre de Jesús, con que se detuvo la sangre, se cerró la herida y sanó perfectamente. Como era mujer poderosa y rica la madre de nuestra santa, labró en el convento un precioso altar y colocó para él una hermosísima imagen de Nuestra Señora, para desahogo piadoso de su afecto, y que su santa hija tuviese donde emplear el objeto noble de sus cariños que, como nacida en pueblo tan proprio de la Virgen, no podía ser otro más de su agrado. Era esta soberana imagen el imán de sus potencias, el asilo en sus necesidades y la obradora de infinitas maravillas y prodigios. Y si hubiéramos de historiar los beneficios que alcanzó desta sagrada imagen, [125v] los milagros que obró por su intercesión y portentos que se vieron en su tiempo, sería necesario alargarnos mucho contra el deseo que tenemos de no molestar y, así, pondremos uno u otro caso para inferir otros muchos. Un hermano de la santa, joven bizarro y de alientos, corriendo en Ajofrín un fogoso caballo, tropezó en la carrera y arrojó al jinete a una distancia desmedida con el mayor furor y violencia. Quedó el infeliz muy maltratado y casi sin sentidos. Voló a su madre esta infausta noticia en alas de la desgracia y, luego que oyó la fatalidad, le sorprendió un tan violento accidente que, torcida la boca, turbados los ojos, trémulos y lisiados los demás sentidos, causaba compasión a cuantos la veían. Dieron parte a la santa y, lleno su corazón de fe, acudió a María Santísima y, haciendo oración delante desta milagrosa imagen, mereció la respuesta que se sigue: “Hija, para el domingo estarán ya buenos tu madre y tu hermano”. Enviolo a decir a los enfermos y que tuviesen fe, que así se cumpliría. El suceso se acreditó, pues llegado este día, sanaron de repente sin medicina alguna. [15] [123r] Gemía en duras prisiones el referido hermano de la santa, tan triste y afligido que faltaba el esfuerzo y la paciencia, noticiosa su santa hermana acudió a su universal remedio, María Santísima, Nuestra Madre y, haciendo oración [123v] delante de una sagrada imagen, a quien tiernamente amaba y era todo su consuelo, se le apareció esta misma imagen al preso y, quitándole los grillos y cadenas, le dijo que saliese de la cárcel, que ya estaba suelto y libre por las oraciones de su santa hermana. Estaba entonces dormido y, al dispertar, se halló fuera de la cárcel, sin prisiones, añadiéndose a este otro prodigio que fue verse también sano de una grande inflamación que tenía en un pie a causa del mucho peso de las prisiones. Fue luego a ver a su hermana, refirió el milagro y, viendo la imagen de Nuestra Señora, conoció era la misma que le había quitado las prisiones y librado de la cárcel. Con este justo motivo, ofreció a la Virgen venir todos los sábados desde Ajofrín a Toledo, que dista tres leguas, a visitarla y traer cera para su culto. Cumpliolo puntualmente por el espacio de 9 años y, viniendo un sábado a traer la cera y visitar a Su Majestad, se cayó muerto en el camino de repente. Mucho sintió este accidente su santa hermana afligiéndose por haber muerto de repente y sin sacramentos. Pedía fervorosa a la Sagrada Virgen que, pues vivo le había librado de la cárcel del cuerpo, le librase muerto de la cárcel eterna. Pasados ocho días, se le apareció su hermano y, dándole gracias por sus oraciones, le dijo cómo a la hora de su muerte se había visto en grande riesgo, pero que invocan- ''[16]'' [125r] do en su ayuda a Madre Santísima le libró esta Señora y que se hallaba por su patrocinio en carrera de salvación. Pidiola que cumpliese ciertas obligaciones que tenía y que solo esperaba eso para irse a gozar de Dios para siempre ''[17]''. [124r] Esta sagrada imagen que, como hemos dicho, era el imán de los cariños de la sierva de Dios y por cuya intercesión obró infinitos milagros, se intitula “Nuestra Señora de la Encarnación” y la dejó muy encomendada a las religiosas. Hoy se venera con el mayor culto y decencia en el coro deste religiosísimo convento, siendo el asilo común de todas las necesidades y aflicciones, continuando en los prodigios y milagros como antes. Es de talla muy hermosa y en el pecho tiene un óvalo cerrado con un cristal, por el cual se registra un niño pequeño, pero hermosísimo, que tiene dentro. Está vestida de tela de variedad de colores, por habérselo pedido así a una sierva de Dios deste mismo convento. Después que murió la santa, diciéndola quería que la adornasen como a Reina, según la pinta David (M) con vestido de oro, y de hermosa variedad, or el mes de agosto le mudan ''[18]'' vestido y concurre toda la comunidad a este acto [124v] [19] devoto y tierno y, con este motivo la adoran, y al niño que tiene en el pecho. Todos los sábados cantan las letanías y, todos los días, el santo rosario y otras devociones.
9.- ''[20]'' [126r] Descollaba cada día más y más nuestra santa en religiosas perfecciones y, aunque su corazón era un precioso relicario en el cual descansaban, como en su centro, los esmaltes de todas las virtudes, se aventajó con especialidad en la de ser ternísima devota de la Virgen María, como su fiel vasalla, esperando de su patrocinio aun el mayor imposible.
Llegábase la fiesta de Nuestra Señora de septiembre del año 1486 y, estando postrada en una cama con vehementes dolores y un tumor grande en la garganta, consideraba que las demás religiosas se levantarían a los maitines, asistirían al coro, oirían misa y comulgarían en tan gran festividad. De todo lo que se veía privada por sus dolores y achaques, afligíase sobremanera y esto le era más doloroso que todos sus dolores. Tocaban ya a maitines de la fiesta y, no pudiendo contener en su virginal pecho sus afectuosos deseos, hablando con María Santísima, se quejaba tiernamente en estas dulces y cordialísimas expresiones: “Reina gloriosa de mi alma, amparo de los que te invocan, consuelo de afligidos, alegría de los tristes, salud de los enfermos. ¿Es posible Señora y Madre mía que me tengo de privar de [126v] asistir a tus divinas alabanzas? ¿Que no pueda cantar con mis hermanas tus maitines? Bien conozco, Reina de los cielos, que no merezco alabaros ni estar en compañía de tan santas hermanas. Pero, Señora, ¿para cuándo son las gracias? ¿Para cuándo tus piedades y clemencias? Ahora las habéis de derramar liberal en esta indigna esclava vuestra”. Al decir esto, bajó del Cielo una gran claridad sobre la santa y luego se sintió sin dolores, sana y buena. Se levantó al punto y, llena de alegría y gozo, fue a maitines, comulgó y oyó misa a otro día. Admirándose todas las religiosas de lo que veían, pues estaba fuerte y sin aquel gran tumor que había tenido en la garganta, que todo estaba publicando un conjunto raro de prodigios. Enamora<da> salamandra de su Divino Esposo, se hallaba un día leyendo un libro devoto para divertir sus amorosas ansias y, no pudiendo por sus dolores ir a visitar a Su Majestad en la iglesia, pidió a una religiosa [127r] le trajese el Niño de la Virgen para adorarle. Recibiole con suma reverencia y le puso encima del libro, en cuyas hermosas hojas se puso a contemplar por un rato, derramando dulces y tiernas lágrimas. Llevada de tan fervoroso impulso, fue a besar el pie del divino infante y, anticipando este los favores, levantó él mismo su piececito ofreciéndoselo a su sierva con estremada caricia. Diole el ósculo llena de consuelo y el Niño se quedó con el pie levantado para eterna memoria de tan gran fineza. Notaron esto todas las religiosas y empezó aquella sagrada efigie a obrar mil prodigios y milagros. Uno solo historiaremos brevemente por haberlo obrado con la santa: tenía una peligrosísima apostema la bendita virgen, que la afligía no poco, pero luego que la tocó el pie divino del Niño se abrió y quedó sana a vista cuasi de toda la comunidad. Este Niño se mantiene en el convento con el mayor culto y devoción, es el Esposo que sirve para las profesiones de las religiosas y obra mil prodigios con los enfermos, se llama “El Niño de la Paz”.
=Vida impresa (1)=