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→Vida manuscrita (3)
1.- Siendo todo este pueblo dichoso de Ajofrín tan proprio y peculiar de María Santísima, como dibujó en otro lienzo la pluma, se sigue por legítima convergencia que ha de haber mucha santidad en él y que toda santidad ha de venir de María ''[1]'', pues el fruto desta Señora es de honor y honestidad (A). Yo (dice por el eclesiástico) (B) estendí como terebinto ''[2]'' mis ramos, y mis ramos son de honor y de gracia. Parece no puede estar más literal el texto. María Santísima, con el gloriosísimo y dulce títu [87v] -lo de Gracia, es el objeto principal de la presente historia y, siendo esta señora terebinto hermoso, ha de ser abundante su fruto, participando d’él con mayor plenitud los que vivimos por gran fortuna nuestra bajo de sus frondosos ramos. Estos ramos, dice, que son de honor y de gracia, si a mi rudeza se permitiera una literal exposición, diría que en el honor se entiende todo lo que puede comprehenderse bajo deste título de beneficios temporales, y en la gracia de beneficios espirituales. Y, sobre lo primero, ha corrido la pluma felismente por el dilatado campo de varios capítulos (C), donde hemos visto los beneficios grandes que esta señora ha hecho a este pueblo, distinguiéndole entre millares, con el nunca bien ponderado título de vasallos suyos, haciéndole insigne en [88r] lo benigno de su temperamento, en lo saludable del terreno, en lo fértil de sus campos, en la bella índole de sus naturales, en lo alegre de su cielo, en la opulencia de sus tratos, en la hermosura de sus casas y, en una palabra, cuantos beneficios temporales goza esta villa y gozamos todos sus naturales, todo es honor, que nos hace nuestra gran Reina, todos son ramos y frutos de aquel hermoso místico terebinto, bajo de cuya sombra dispuso el Altísimo naciésemos. En los ramos, o frutos de gracia (D), se deben entender, como ya dije, los beneficios espirituales y, entre estos, señaladamente el haber florecido en [88v] esta villa insignísimos sujetos en santidad y milagros a esfuerzos de la Divina Gracia, y destos trataremos en este capítulo.
2.- Quien primero se ofrece a la historia, y con razón debe tener el primer lugar, es aquella gran mujer, ornamento de la Iglesia, gloria de la religión jeronimiana y honor grande de su patria, la venerable sierva de Dios, María de Ajofrín, a quien el pueblo por muchos siglos ha dado el decoroso y bien merecido renombre de “santa”. La historia grande de los Bolandos, al día 17 de julio, hace della el siguiente elogio: “Mariam “''Mariam de Ajofrín a Hyeronimitissam S. Pauli venerabilem Toleti anno 1489 defunctam annuntiat castellanus”castellanus''”. La vida desta sierva de Dios la tomaremos de la tercera parte del ''Flos Sanctorum '' de Villegas, que la pone el día 18 de julio; de la 3ª parte de la ''Crónica del Sagrado Orden de San Jerónimo'', escrita por el reverendo padre fray José de que, con mucha extensión, la tratan en el libro 2 desde el capítulo 44 hasta el 49; de Pedro de Alcocer al lib. 2 cap. 25 de su Historia de Toledo; del doctor don Blas Franco en la ''Vida de la venerable María de Jesús'', en la elucidación [89r] del cap. 19. 5. 2; y de otros autores así antiguos como modernos, advirtiendo antes que, aunque se le dé el título de “santa”, es solo siguiendo la voz del pueblo, al modo que se le da a santa Juana de la Cruz, sin que ni una ni otra estén por la Iglesia canonizadas, ni mi ánimo, como propuse a la frente desta historia, es prevenir el juicio de nuestra madre la Iglesia, sino que se le dé solo el asenso que merece el dicho falible de los hombres. Dio, pues, ilustre cuna la villa de Ajofrín a la sierva de Dios, María, llamada también de Ajofrín. Escogió el Cielo por padres desta agigantada heroína a Pedro Martín Maestro y María García, personas nobles, ricas y exemplares. Nació, según tradición constante, en las casas que hoy son de Tomás Díaz, a la puerta de Toledo. El padre de nuestra santa fue uno de aquellos valerosos capitanes que socorrieron a la ciudad de Toledo cuando se hallaba tan afligida, como vimos en otro lugar (E). Dieron sus padres a esta feliz alma la educación propria a su nobleza, infundi [89v] -endo en ella, insensiblemente desde los primeros crepúsculos de la vida, espíritus, exemplos y virtudes. Imbuida altamente esta inocente niña en las más saludables cristianas máximas, no es mucho se descollase en santidades sublimes en tan tierna edad. Muy temprano empezó a dar muestras admirables de extremado desprecio de las vanidades del mundo, principalmente de aquellas que son más del genio de las de su femenil sexo. Miraba con aversión, y aun con enfado, todo género de galas y compostura, pereciéndola (y con razón) que la más preciosa gala que debe vestir un alma destinada al Cielo es la gracia adquirida con el continuo exercicio de las más heroicas virtudes y, advirtiendo que las más hermosas se adornaban más, le pareció que era agraviar la alta [90r] providencia del Supremo Hacedor que, como infinitamente sabio, viste a cada criatura con aquellas joyas que le parece conducen a los fines altísimos de su incomprehensible saber. Penetraba aún en aquella edad tierna que el vestido en los de uno y otro sexo no debe tener más objeto que la decencia y honestidad debida y, todo lo que de aquí pasaba, pasaba a ser exceso. Severa reprehensión la desta niña y confusión vergonzosa para lo que en el día estamos viendo con el mayor escándalo en hombres y mujeres, ni me persuado, les falte a los adultos las luces que el Cielo concedió a esta tierna criatura con que serán más culpados en el tribunal supremo.
3.- Estos eran los sentimientos que [90v] formaba en su inocencia aquella grande alma en todo grande, aunque en la apariencia chica, siendo estos como anuncios de la excelsa santidad a que el Señor elevó después su espíritu. De niña no tuvo María más que la candidez y la inocencia; cuando estaba su edad en la primera flor se hallaba ya su alma rica de sazonados y abundantes frutos. Embargó en esta ocasión la gracia las operaciones de la naturaleza, despojando a esta criatura de sus comunes leyes y marcándola con vistosos caracteres de virtudes. Lo que en otras niñas son gracejo y juguetes de la edad primera, fueron en ella primores y seriedades de perfección cristiana. En esta tan tierna edad, inflamada del Espíritu Santo, hizo a Dios un sacrificio de los más altos y meritorios que puede hacer una pura criatura. Estando un día en oración, propuso con la mayor firmeza consagrarse al Señor en una religión para servirla perpetuamente, acción sin duda de las más heroicas que se leen en la historia. La obediencia a sus padres, el respeto a los mayores, la atención a las cosas divinas, la honestidad y recato, el silen- [91r] cio y retiro, se admiraban en esta niña desde su primera infancia. Con estos y otros prodigios, iba creciendo María en días y en virtudes, pero muy sin proporción en los aumentos, porque corría con tan ventajosos excesos la gracia, que dejaba muy atrás a la naturaleza. No anduvo esta escasa en adornar a la niña con todos aquellos primores que deposita el Señor en sus ocultos senos. Dotola, pues, de relevantes prendas de discreción, donaire y hermosura con que era el imán dulce de las voluntades y objeto común de los cariños. Pintar aquí la hermosura de un serafín humano sería, sin duda, empleo digno de la pluma, pero esta la debía manejar un ángel para que saliese la copia [91v] parecida a su original, pues solo un ángel pudiera hallar colores, vivacidad y espíritu para formar una idea que a él en todo se le pareciese. De que tuviese el rostro como un ángel nuestra María da testimonio un gran hombre citado por el doctor Villegas en su ''Flos Sanctorum'', con que, no pudiendo dudarse desta verdad, queda abierto campo a la más traviesa fantasía para que finja Dianas, dibuje Ninfas, forme Lucrecias y pinte Florindas. A tanto lleno de hermosura se unía la blandura de su genio siempre amable y cariñoso, con que dulcemente robaba los corazones de todos.
4.- Ya había cumplido los 15 años cuando, tan bellas prendas, junto con la calidad de su heredada nobleza, la riqueza de sus padres no podía ocultarse [92r] de los jóvenes que a porfía la solicitaban por esposa. No desagradaban a los padres de la bendita doncella semejantes pretensiones, deseando colocarla ventajosamente en el estado santo del matrimonio. A esto la inclinaban con ruegos, súplicas y halagos, pero firme la castísima doncella en el propósito que, aun siendo niña, había hecho de entrarse en religión, resistía varonilmente a estos importunos asaltos. Les era muy sensible a los padres y aun a sus hermanos tan fuerte resistencia y propusieron amenazarla para ablandar su pecho y aun tratarla con el mayor rigor, si fuese necesario. Cuanto padeció la inocente virgen por cumplir a su esposo lo ofrecido se deja discurrir del gran de- [92v] seo que los suyos tenían de casarla, pero ni la ablandaron los suspiros y lágrimas de sus padres, ni la movieron los halagos y caricias de sus parientes, ni la asustaron las perseveraciones y malos tratamientos de sus hermanos y, así, siempre firme, siempre constante en servir a Dios, se oponía como incontrastable muro a los designios del siglo, anhelando ansiosa por consagrar a Dios su virginidad, sus haberes y albedrío, no reservándose para sí aun la más leve respiración, siendo ya de 16 años. Viendo los padres su firmeza, la llevaron a Toledo para divertirla y, con este fin, ablandarla. Entre las diversiones, vanidad, fausto y grandeza que ofrece el embeleso desta populosa ciudad, no hallaba quietud su espíritu anhelando, con más fervor, buscar a su amado en el retiro. Los paseos, las visitas, los regalos, el luxo, y cuanto precioso y deleitable le ofrecía oficioso su padre para divertirla, eran otros [93r] tantos estímulos que la llevaban a Dios y la apartaban del siglo. No faltaba entre los caballeros jóvenes de la ciudad quien la observase y sirviese, pues como tenía las relevantes prendas de hermosa, noble y bizarra, se arrastraba dulcemente las voluntades de todos y en nada hallaba consuelo quien solo lo buscaba en Dios. De suerte que, leyendo desengaños la bendita doncella en todos los gustos con que la pretendía lisonjear el mundo, acariciar la carne y tentar al demonio, vivía cada día más ansiosa de dejar las vanidades y abrazarse con Jesús. Y, así, los mismos medios que ponía su padre para apartarla de su propósito, estos mismos la conducían fuerte y suavemente a conseguirlo.
5.- Un día, estando en la Santa Iglesia y Catedral haciendo oración delante de Nuestra Señora del Sagrario, como vasalla fiel de tan gran Reina, sintió en su interior una ''[3]'' moción singular que, dulcemente, la inclinaba a retirarse al religiosísimo monasterio de San Pablo del sagrado Orden [93v] de San Jerónimo, que acababa de fundar en Toledo la venerable e ilustre señora doña María García. Luego que tuvo oportunidad, dejando a sus padres, hermanos y parientes, abandonando riquezas, honra y estimación, renunciando al mundo y sus vanidades, se retiró al dicho monasterio para consagrarse a Dios. No se observaba clausura entonces en este exemplarísimo convento, ni se observó hasta el año de 1508 en que, voluntariamente, se obligaron las religiosas a guardarla, pero siempre ha florecido y florece ''[4]'' con gran fama de santidad y, si se hubiera de hacer relación de las mujeres famosas que han vivido en él, daría mucha materia a la admiración juiciosa y prolijo afán a la historia, léase al reverendísimo Sigüenza en su ''Crónica de San Jerónimo '' (F). Recibieron aquellas religiosas a la inocente virgen con singular gus- [94r] to y complacencia, juzgando por su angelical rostro recibían en ella una gran santa. La hermosura de su cara, la honestidad de sus costumbres, la gravedad de su trato, la humildad de su genio, la circunspección y medida en sus palabras, fueron ciertos presagios de la futura santidad a que la había de elevar la divina gracia, como luego se fue mostrando. Halló nuestra santa virgen en aquellos sagrados claustros no pocas virtudes que imitar y, como solícita abeja, iba copiando de cada una de sus compañeras lo más precioso y aquilatado ''[5]'' que veía en ellas. En brevísimo tiempo llegó a tocar en lo más sublime de la perfección cristiana, siendo común asombro de toda aquella sagrada comunidad. Era entre todas la más humilde, rendida y obediente, llegando a tanto su reputación que decía muchas [94v] veces (sintiéndolo en su interior) que no merecía besar el suelo que pisaban sus hermanas. Su oración era continua y tan fervorosa que, saliendo fuera de sus sentidos, se arrebataba en el aire por largo espacio de tiempo. Vertíanse en ella tan copiosas las influencias celestiales que, siendo estrecho cauce el corazón, sobresalían a la exterioridad en ríos de lágrimas y en ardientes suspiros.
6.- Habiéndose ya despedido del mundo la que tan desprendida vivió siempre de sus vanidades, soltó el océano de su fogoso corazón la presa a los caudalosos diques de la mortificación y penitencia. Ninguna estuvo allí ociosa, todas sí practicadas de la fervorosa virgen que, con celo de enflaquecer los verdores de la carne, no quería tasar las [95r] austeridades que le dictaba su espíritu. Discreta acción crecer para no desmedrar, que en la carrera de las medras espirituales hay poca distancia (si hay alguna) de la tibieza a la relaxación [6]. Huía con el mayor cuidado del trato y conversación de las criaturas, buscando a su esposo en la soledad y reino: aquí le hablaba dulcemente, aquí lograba de sus caricias y aquí en místicos deliquios ''[7]'' se deshacía su amante corazón en afectos tiernos a su amado. Una virtud noble, entre otras, resplandeció en esta sierva de Dios y fue la invicta paciencia en los trabajos. Disimulaba con una modestia tan agradable los sentimientos interiores que tal vez padeció, que ningún acaso turbó la serenidad de su rostro ni descompuso la armonía de su espíri- [95v] tu, regulado siempre con los compases de su santa conformidad. La sencillez nunca artificiosa y el candor desta alma pura, desnuda de la simulación del engaño y de lisonja, era amable hechizo de quien la trataba. Vestía su ánimo de obras, como su lengua de palabras, estas y aquellas eran de una misma librea. Torpe monstruosidad en los que visten de un color los labios y de otro la intención, monstruo de dos corazones (G) y que jamás le ha sufrido la naturaleza cuando los aborta a cada paso la hipocresía.
8.- Siempre que había de comulgar se disponía con el mayor fervor y reverencia, derramando afectuosa muchas lágrimas y pidiendo al Señor adornase su alma con el lleno de virtudes necesarias para recibirle. Como la santa fielmente se disponía, así el Señor dulcemente le regalaba. Un día de Pascua de Resurrección comulgó con las demás religiosas y vio en la forma consagrada un corderito vivo, hermoso y agraciado. Recibiole en su pecho y quedó tan suavemente trasportada y llena de consuelo espiritual que, en diez días [97v] con sus noches, ni durmió, ni comió, ni bebió, ni hizo acción alguna vital, sino suspirar por su amado Jesús, derramando de sus virginales ojos dulcísimas y tiernas lágrimas. Desde esta ocasión, siempre que comulgaba (que en aquellos tiempos era de tarde en tarde, por no estar introducida la frecuencia de sacramentos), se enajenaba de todos sus sentidos, quedando extática y fuera de sí, comunicándose también a su hermoso rostro estos divinos efectos, pues parecía entonces tan agraciada y bella que pudiera equivocarse con los más altos serafines. Duraban en la sierva de Dios estas dulzuras y deliquios por espacio de cuarenta días, de suerte que, a no intervenir la obediencia de su confesor, no comiera ni durmiera en este tiempo, pues aseguraba no tenía necesidad ni sentía desfallecimiento alguno en el cuerpo. “Hácensenos a nosotros estas cosas como imposibles”, dice aquí el historiador jeronimiano (H) “porque estamos muy lejos dellas”, y [98r] no hay duda que, si nos llegásemos con simplicidad de corazón a aquel Señor que todo es espíritu, nos espiritualizaríamos participando de sus celestiales dones, pero dejándonos arrastrar de la miseria, nos vamos tras las cosas terrenas, donde se pega nuestro corazón y, así, vivimos no vida espiritual, sino terrena. Estando en cierta ocasión orando la santa, se llegó a ella un varón anciano y venerable y le dijo: “Ven conmigo, que te llama la Reina”. Se hallaba entonces en Toledo la Reina Católica, doña Isabel, y pensando la sierva de Dios que la llamaba la Reina (pues entonces podían salir del convento por no tener clausura), se turbó toda y se escusó diciendo no podía ir a ver a Su Majestad. El venerable anciano le volvió a decir: “Ven, hija, conmigo, que no es la Reina de la tierra la que te llama, sino la Reina del cielo”. Al oír esto, se turbó mucho más, pues su humildad y conocimiento proprio la hacían indigna de cualquier favor. Conformada con la divina gracia, siguió a aquel anciano y, sacándola de la ciudad, se halló de repente en una [98v] iglesia donde vio una hermosísima imagen de Nuestra Señora con su Hijo en los brazos, postrose a sus pies y dijo: “Señora, aquí tenéis a esta esclava vuestra”. Entonces, aquel varón le puso en sus manos un delicado y rico paño de seda, y la Reina del Cielo le dio a su dulcísimo Hijo y, mandando a un hermoso mancebo que le acompañase con el anciano, le dijo estas palabras: “Ve con mi Hijo donde fuesen estos dos varones”. Quedó la sierva de Dios con tan rica joya llena de celestial júbilo y, haciendo reverencia a la Señora, se partió con sus dos compañeros que, sin duda, serían San Joseph y San Juan Evangelista, de quien era muy devota. El venerable anciano caminaba delante, como guía desta jornada, y el mancebo la acompañaba dándole la derecha. Llegaron breve a un pueblo grande y famoso lleno de palacios y ricas casas y, llamando a las puertas el venerable anciano, decía en voz alta y grave: “Abrid, que viene Dios a vuestra casa y os quiere visitar”. A estas voces se hacían sordos y ninguno quería abrirles y, si algunos tenían las puertas abiertas, luego que los veían, las cerraban al instante [99r] respondiendo todos que pasasen adelante, que no había posada. ¡Oh, grosera ingratitud de los mortales! Así anduvieron cuasi todo aquel dilatado pueblo sin hallar quien los acogiese. Volvíanse desconsolados y afligidos y, en el camino, encontraron a unos que iban de viaje y dijeron: “Nosotros os acogiéramos si no fuéramos deprisa, pero, mientras volvemos, os podéis recoger en ese establo”. Esta fue la mejor posada que entre los hombres halló el Criador del mundo. Volvieron a la iglesia donde estaba la Virgen y, recibiendo a su bendito Hijo de las manos de la santa, refirieron los compañeros cuanto había pasado y Nuestra Señora, hablando con la sierva de Dios, dijo: “Ya has visto cuántos esfuerzos ha hecho mi Hijo para que los hombres le reciban y cuánta ingratitud ha hallado en ellos, por eso vendrá sobre ellos su ira y serán castigados, unos con duros azotes, otros con espadas agudas y otros [con] ardientes llamas”. Desapareció la visión y, quedando [99v] afligida la santa, lo refirió a su confesor y, de a poco, se verificó puntualmente, pues no llovió en mucho tiempo, que fue un azote cruel, ni se cogieron los frutos, que fue una penetrante espada que quitó la vida a muchos; y se siguió una peste contagiosa, a cuyas voraces llamas rindieron la vida cuasi infinitos, con otros trabajos que se siguieron en toda España, pidiendo incesantemente la bendita santa al Señor mitigase su ira.
9.- Un día de la Ascensión, quedándose la santa en el coro después de maitines, como acostumbraba, llevada del afecto y amor a Jesús, se llegó cerca del altar mayor y allí fue arrebatada en éxtasis y le mostró el Señor una visión maravillosa: pareciole que se hallaba en un campo espacioso y dilatado, lleno de flores y plantas exquisitas. En medio [100r] deste campo vio que había una magnífica iglesia y que a ella se dirigían cinco solemnísimas procesiones de sacerdotes venerables ricamente vestidos de majestad y gloria. Conforme iban entrando en aquel templo, se postraban todos delante del altar mayor, donde estaba María Santísima con su bendito Hijo en los brazos y le parecía a la santa que esto no era en visión, sino en realidad, como si estuviera en el mismo Cielo. Después cantaron todos el ''Gloria in excelsis Deo '' con mucha solemnidad y, acabado, se quedaron con gran silencio y compostura, como si estuvieran en oración sin mirarse unos a otros. Pasado un rato, les mostró la Virgen a su Santísimo Hijo, diciendo: “Veis aquí el fruto bendito de mi vientre, tomadlo y comedlo”. Entonces, se levantó un sacerdote, que parecía de más autoridad que los otros, y se vistió para celebrar el santo sacrificio de la misa y, al ir a consagrar, le puso Nuestra Señora en sus manos a su Santísimo Hijo, y luego quedó en forma de hostia. Hizo la elevación para que [100v] todos la adorasen y apareció como un rayo de sol que la bañaba y, poco a poco, se fue subiendo al Cielo hasta que el Padre Eterno la recibió en su seno y se oyó luego una voz que dijo: “Este es mi hijo muy amado, oídle a Él”. Entonces, uno de los sacerdotes que estaban presentes y era conocido de la sierva de Dios por haber sido capellán del convento y que había muerto poco antes, se llegó a la santa y le dijo: “En lo que has visto conocerás la verdad del misterio eucarístico y la reverencia con que se debe celebrar. Advierte que es la voluntad de Dios que tú lo digas a otros”. Desapareció la visión y quedó la sierva de Jesús entre mil temores, pensando fuese alguna ilusión o engaño de Satanás, pues se tenía por indigna de cosas tan altas. Díjolo a su confesor, que lo era entonces don Juan de Biezma, capellán del monasterio y varón de suma integridad y pureza, y este, como prudente, aunque conoció eran verdades aquellas revelaciones, pues se dirigían al provecho y utilidad de las almas, le dijo que no hiciese caso de semejantes fantasías, que todo procedía de la debilidad de la cabeza. En otra ocasión, le apareció [101r] la Virgen María rodeada de luces y le dijo: “Cinco pecados aborrece mi Hijo en los sacerdotes y le ofenden en gran manera: el primero, la falta de fe en los misterios que tratan; el segundo, la codicia y apego a las cosas de la tierra; el tercero, el vicio horrendo de la luxuria; el cuarto, la ignorancia de sus obligaciones y, el quinto, la poca reverencia con que tratan las cosas divinas. Estas cosas irritan el justo enojo de mi Hijo. Publícalo así para que se enmienden”. Con el mismo temor se lo dijo a su confesor y este le respondió como antes, aunque observaba con cuidado para hacer el uso debido destas revelaciones a su tiempo, como con efecto se hizo con no poca utilidad de las almas. Estos fueron los primeros vuelos desta águila generosa que, remontada sobre todo lo criado, no paraba hasta tocar lo más alto y sublime de los cielos.
10.- Y, continuando con esta misma materia, tan fecunda de luz en la vida de nuestra santa que apenas se hallara igual en la historia, estaba una noche en oración después de maitines, cuan- [101v] do, al rayar el alba del festivo día del triunfo de la Santa Cruz, se le apareció la Majestad de Cristo, vida nuestra, con semblante grave y severo. Venía vestido de una tunicela morada, con sobrepelliz y estola al cuello, pero corriendo gotas de sangre por su divino rostro y aun por todo el cuerpo. No pudiendo contener la sierva de Dios el dolor que le causaba ver al Señor maltratado, derramando sangre, dijo: “¿Qué es esto, mi Dios? ¿Quién os tiene así?”. Y el Señor respondió: “Desta suerte me maltratan los que no me reciben en la comunión con la disposición debida. ¡Ay de los sacerdotes! Pues a estos les espera mayor tormento”. Quedó fuera de sí y, desde esa ocasión, pidió fervorosísimamente ''[8]'' a Su Majestad por los que comulgaban y, muy en particular, por los sacerdotes y ministros del altísimo. Repetidas veces orando delante de una Santa Verónica, o cara de Dios, con quien tenía singular devoción, la veía llena de resplandores y recibía mucho consuelo su alma. Un día de San Agustín, estando haciendo oración delante desta santa imagen, después que se iluminó, [102r] con vistosos rayos, apareció toda convertida en sangre. Afligiose mucho la sierva de Dios, temiendo no fuese algún engaño, pues su humildad la hacía recelar de todo pedía al Señor le diese a entender lo que quería en esto, y la significó que quería aumentase en sí la penitencia y mortificación, pues la deseaba cada día más perfecta y santa. Púsolo en execución y en esta virtud hizo progresos admirables. Desde este día no comió jamás carne ni cosa caliente y su corto alimento era un poco de pan con alguna fruta, de suerte que todas sus revelaciones eran para multiplicar en sus sienes brillantes coronas de méritos y virtudes, prueba, la más eficaz, de que eran verdaderas y no fingidas. En cierta ocasión, tuvo un rapto tan profundo que, por muchas horas, estuvo sin movimiento alguno vital. Pensaron todos que había muerto y los médicos hicieron las últimas experiencias de darle garrotes y ligaduras, a que resistió inmoble. Usaron también del fuego y del cuchillo, y la hallaron insensible, y no es mucho, pues su espíritu vivía ausente del cuerpo en regiones muy remotas y dis- [102v] tantes. Ya la lloraban muerta a la que a la verdad estaba extática, y acaso hubieran pasado a darle sepultura, si el Señor no lo hubiera impedido. En este tiempo fue arrobada en un éxtasis profundísimo y llevada por los ángeles a aquel campo espacioso y dilatado en que había visto antes las cinco procesiones que entraban en la iglesia, y volviose a repetir lo mismo que había visto. Y la Reina del Cielo le dijo con rostro severo y grave: “Mucho ha desagradado a mi Hijo que tu confesor no haya publicado lo que se te ha revelado. Vuelve a decírselo para que lo comunique con [el] deán de la iglesia y otros sacerdotes, y todos avisen al arzobispo para que ponga de su parte el remedio, haciéndole saber cómo el Señor está indignado contra los cinco vicios que te manifesté aborrece en gran manera, es a saber: falta de fe, codicia, luxuria, ignorancia y poca reverencia. También le dirás que avisen al arzobispo para que cele con rigor sobre los moros y judíos (se permitían entonces en Toledo), pues van sembrando muchos errores en la ciudad”. Desapareció [103r] la visión y volvió del rapto hallándose buena y sana, aunque con los temores que su humildad le causaban, pero fortalecida con las superiores luces que el Señor le daba. Llamó a su confesor y, con esforzado espíritu, le dijo lo que había oído de la boca de la Virgen, pero el confesor, que con madura reflexión miraba estas cosas, aunque inclinado al asenso, no se determinaba a publicarlo y le dijo: “Hermana, para que en materia tan grave no nos tengan por livianos, era menester alguna prueba o señal, porque si no se reirán y burlarán de nosotros. ¿Qué seña me das para que me crean?”