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María de Ajofrín

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Capítulo 6. Recibe la sierva de Dios, María de Ajofrín, por admirable modo las llagas de Jesús, con otros favores extraordinarios
3.- Después que dijo esto el Señor, se sintió herida en el costado y con tan gran dolor que faltó poco para espirar. Mostrose la llaga abierta por espacio de 20 días y, aunque siempre corría sangre, los viernes era con más abundancia, de suerte que no bastaban los paños que se ponía y corría hasta el suelo. Para que se conociese que esta llaga era misteriosa y sobrenatural, nunca se enconó ''[12]'' ni salió materia ni otro género de corrupción. La sangre que salió era tan limpia como de un tierno corderillo. Quiso al principio la humilde sierva del Señor ocultar este prodigio, pero el Señor le mandó lo dijese a sus preladas y prelados, lo que le fue aún más sensible que todos los dolores que había padecido. Obedeció; aunque [111v] muy a costa de su humildad, mostró los paños ensangrentados, que ellos mismos estaban publicando el prodigio, pues no parecía sangre humana, sino un carmín finísimo. Vio la llaga el confesor y algunas religiosas y todos quedaron atónitos y asombrados, aunque mandó seriamente a las religiosas no lo dijesen a nadie. Quiso el confesor dar parte al deán de la Santa Iglesia, pero se detuvo para obrar con más reflexión en materia tan importante; pero confirmado más en el prodigio buscó al deán y le refirió cuanto pasaba. El deán, que era don Pedro de Préxano, sujeto de no vulgar literatura, de vida muy ajustada y que sus prendas le elevaron después a la mitra de Badajoz, determinó se hiciese la averiguación con toda solemnidad, para que constase auténticamente, por lo que llamó al capellán mayor, dignidad de la misma Santa Iglesia, junto con un notario apostólico y, en compañía del confesor, entraron en el convento el día 19 de noviembre y, delante de la prelada y otras dos religiosas, vieron con la mayor decencia la llaga del costado y su circunferencia; y la tocaron con sus manos estando la llaga tan viva y fresca como si se acabara de hacer, no obstante que habían pasado 19 días, y salía sangre pu- [112r] rísima, sin mal olor, ni putrefacción alguna; y el mismo capellán mayor tomó unas hilas y las sacó llenas de sangre, confesando todos era cosa sobrenatural y mandaron al notario lo diese por testimonio. Y porque este se guarda original en el Convento de Padres Jerónimos de la Sisla de Toledo, queremos poner aquí lo que hace al caso y pertenece a la historia, y es lo siguiente:
‹‹Yo, Gracián de Berlanga, capellán de la serenísima reina doña Isabel, Nuestra Señora, notario apostólico y arzobispo, doy fe que el año de la Natividad de Nuestro Redentor y Salvador Jesucristo de 1484, en 10 de noviembre, casi 6 horas después de medio día, por ruego e instancia de don Juan de Biezma, rector de la casa de doña María García, entré en la dicha casa, en un aposento en el cual estaban los reverendos señores don Pedro de Préxano, deán de Toledo, y don Diego de Villaminaya, capellán mayor en el coro de la Santa Iglesia de Toledo, y dos o tres religiosas de la dicha casa, y vide una doncella, que verdaderamente parecía bulto de ángel, y tenía una llaga en el costado donde Nuestro Señor Jesús fue herido, tan grande como un real y no tenía hinchazón y carecía de toda putrefacción [112v]. Tenía un color muy fino, así como grana y, después que todos lo hubimos mirado, a poco rato habló aquella doncella estas palabras: “Dios Nuestro Señor vos lo demande, si non pusiéredes aquello en execución”. Y así espantado me aparté dende y me torné a salir. En fe de lo cual lo signé y firmé de mi nombre, que fue fecha en Toledo, año, mes, día de ''quibus supra. Gratianus notarius apostolicus››apostolicus''››.  
En aquellas palabras que dijo la santa, “Dios Nuestro Señor vos lo demande”, da a entender que ya los había hablado antes y sería, sin duda, lo que el Señor le había revelado que publicase. Parece no esperaba el Señor otra cosa para cerrar la prodigiosa llaga que el que se tomase testimonio della y así, a otro día, que fue el 20 de noviembre, ya se había desaparecido esta llaga, cerrándose ella misma sin medicina alguna, quedando solo una hermosa y vistosísima señal y no menos prodigiosa que la llaga misma, pues, sin verse cicatriz ni callosidad alguna, solo quedó como un hermosísimo y brillante rubí. De donde se infiere claramente que esta llaga [113r] fue milagrosa en su principio, en sus progresos y en su fin. Pero, aunque faltó la llaga, no faltaron a la santa los dolores, pues estos los padeció con mucha frecuencia y aun también se renovó no pocas veces en los cinco años que vivió después, como lo declaró a su confesor, a quien nada reservaba para no errar.
En una ocasión la tenía postrada en la cama un agudo dolor de costado a que se llegaba el dolor grande que entonces la afligía también de la llaga del costado, que, aunque no se mostraba para lo exterior, como se ha dicho, siempre en lo interior [118v] estaba abierta. Pensaba, según su debilidad y dolores, que era llegada su hora y solo la afligió el no poder hablar bien para confesarse. En este aprieto, se le apareció el arcángel San Miguel, de quien era muy devota y, poniéndole la mano en la llaga del costado, se la apretó y fortaleció tan bien que pudo hablar y, llamando a su prelada, le suplicó avisase a su confesor para que la oyese de penitencia y administrase el viático. Mientras fueron al convento de la Sisla a avisar al prior, que era su confesor, tuvo la visión siguiente: arrobada en un profundo éxtasis, vio en espíritu al mismo confesor que, estando diciendo misa, al llegar a las palabras de la consagración, una imagen de Nuestra Señora que estaba en el altar le dio el Niño que tenía en sus brazos. Vio también en el altar un grande resplandor y muchos ángeles que sostenían al sacerdote de sus brazos, hallándose presentes las gloriosas vírgenes Santa Catalina y Santa Bárbara. Luego estas dos santas se llegaron a María y le dijeron: “Mañana a las nueve recibirás a Nuestro Señor en este resplandor que ahora ves y luego, al punto, quedarás sana”. Así fue, pues a otro día vino el prior, se confesó y, celebrando misa, al tiempo [119r] que se volvió a la sierva de Dios con la forma consagrada para comulgarla, vio en el pecho y manos del prior un resplandor muy hermoso, con tanta claridad como si fuera un sol. Esto mismo vio también una inocente niña como de tres años que estaba presente con su madre, la cual prorrumpió con aquel desahogo natural que causa la admiración en aquella inculpable edad: “¡Ay! ¡Ay! ¡Qué hermoso!”. Y preguntada dijo que había visto un sol entre el sacerdote y la enferma. Luego que esta recibió al Señor, perdió todos sus sentidos, quedando en un profundo y soberano éxtasis que le duró nueve horas. Las demás religiosas procuraban por todos modos dispertarla, pensando desfallecía, pues no había tomado alimento alguno en muchos días. Ignoraban que estaba trasportada en Dios y que este, como esposo amante, tiene mandado en la escritura (K) que no inquieten a su esposa ni la hagan velar hasta que ella quiera, con que fueron en vano todas las diligencias hasta que ella volvió en sí y, abriendo los ojos, dijo aque- [119v] llas palabras del psalmista (L): “Alaba, ánima mía, al Señor y todas las cosas que están dentro de mí a su santo nombre”. Y luego se halló sana y sin dolor alguno. Instaron las religiosas que tomase algún alimento, pero la sierva de Dios se escusó diciendo que no tenía necesidad, pues habiendo comulgado podía pasar sin alimento alguno, aunque fuese cuarenta días.
7.- Como era tan agradable a los ojos del Señor esta su querida esposa, le regalaba dulcemente revelándola sus más ocultos misterios. Un año, en la noche de Navidad, le reveló su santo nacimiento con la adoración de los pastores. Después vio a los Reyes Magos y los ricos dones que le ofrecieron, con todos los demás misterios desta sagrada festividad. Celebrando el santo sacrificio de la misa en el Convento de San Pablo, el señor don Diego de Villaminaya, capellán mayor del coro de la Santa Iglesia, muy devoto de la santa, iba a darle la comunión y, al recibirla, dio un tan fervoroso suspiro que levantó las sagradas formas de la patena y hubieran caído en el suelo si los ángeles no las [120r] hubieran detenido prontamente. Un día de Navidad, celebrando también misa este mismo sacerdote en el referido convento, vio cómo, al salir revestido al altar, iban delante de él dos refulgentes antorchas de una luz vistosísima y extraordinaria, colocáronse sobre el altar y luego salieron cinco rayos de cada una y terminaban en la sierva de Dios, llenándola de gozo abundantísimo. Al llegar a ''sanctus'', vio descender del Cielo al altar tanta multitud de ángeles que cubrían al sacerdote desde los pies a la cabeza, subiendo unos y bajando otros con muestras de singular alegría. Al llegar a la consagración, todos los ángeles se postraron con la mayor reverencia y, a la elevación, los mismos ángeles le levantaban los brazos. No pudo aquel fogoso espíritu de santa sufrir más y, así, antes del ''Pater noster '' le dio un deliquio amoroso, y no pudiendo mantenerse de rodillas, cayó en el suelo desmayada, y estuvo así hasta las doce del día sin movimiento alguno y, a esta hora, la llevaron a su recinto juzgándola muy fatigada, pues había estado allí desde las diez de la noche sin apartarse.
El año de 1486 fueron tales las crecientes del soberbio río Tajo por las continuas lluvias [120v] que, demás del daño que hacía en los campos, imposibilitó los molinos, de suerte que no se hallaba harina, causando mucha necesidad en el pueblo y perecían los pobres. Lastimado el corazón compasivo de la santa al ver tanta miseria, se subió una noche a un terrado desde donde se descubre [el] Tajo y, levantando los ojos y el corazón al cielo, echó al río su bendición y, después, se retiró a orar, puestos los brazos en forma de cruz, tendida en el suelo y pegado el rostro con la tierra. Así hacía ferviente y humilde oración pidiendo a el Señor y a su purísima Madre se doliesen de los pecadores y contuviesen el rigor de su justicia. Sintió luego que la levantaban en el aire y vino un rayo hermoso de claridad que, desterrando las tinieblas y lobregueces de la obscura noche, parecía el día más claro y refulgente. Vino después María santísima en un trono de mucha gloria y majestad y le dijo: “Has de saber, hija mía, que todas las aguas que han caído en el discurso de tantos días habían de haber caído en tres, y la mayor parte dellas sobre la ciudad, de que se hubieran seguido muchos estragos y muertes, pero las oraciones que has hecho por la ciudad, yo que siempre he sido y seré su pro- [121r] tectora y madre compasiva, las presenté a mi Hijo y se ha dignado contener su ira”. Y así se verificó, pues luego cesaron las aguas y el río volvió a sus antiguas corrientes. A este beneficio y a otros muchos es deudora la ciudad de Toledo a esta santa y venerable virgen, lo que debe tener presente para la gratitud y reconocimiento.

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