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Juana de la Cruz

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Cap. VII. De la familiaridad que tenía con los ángeles y en especial con el de su guarda, y cuán devota era de san Antonio de Padua
Por tanto, persuadíalas a que fuesen muy devotas de los ángeles que las guardaban: “Porque no solo nos guardan siempre y acompañan, sino que cuando caemos nos levantan si estamos tibias, en la devoción nos inflaman, en nuestras dudas nos enseñan, en los peligros defienden y en los trabajos nos sustentan y a la hora de nuestra muerte asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el purgatorio. Y porque sepáis cuán cierto es esto (dixo la santa) el otro día vi que tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen todas las religiosas, como no acudieron luego todas, vinieron los ángeles de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”. Otra vez siendo abadesa esta santa virgen, reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra obediencia y que no quisieses barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda y, mandándoselo Dios, las dieron a los ángeles custodios de las otras dos que obedecieron mejor que vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para más confusión y enmienda vuestra y para enseñaros que la campanilla y qualquier otro señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer si le queremos agradar y servir”.
Con estos ejemplos y otros que contaba a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles custodios. Y del suyo propio decía grandezas. Decía que era más resplandeciente que el sol y sus vestiduras más blancas que la nieve y que traía alas de singular hermosura y en su sagrada cabeza [283] una diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la cruz, con esta letra: ''Confiteantur omnes Angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum. En los pechos esta: Spiritus Sancti gratia illuminet sensus, et corda nostra''. Y en la manga del brazo derecho la señal de la santa cruz de piedras preciosas, con el siguiente letrero: ''Ecce Crucens Domini fugite partes adversa''. En la del brazo siniestro la misma devisa de la cruz, con los clavos y las demás insignias de la pasión y con esta letra: ''Dulce lignum'', “dulces clavos”. Y en los pies de piedras preciosas este mote: ''Quam pulchri sunt gresus tui''. En las rodillas otro que dice: ''In nomine Iesu omne genuflectatur''. Y más arriba esta letra: ''Celestium terrestium, et infernorum''. Y en las manos suele traer un muy hermoso pendón con las insignias de la Pasión. A este modo publicaba de su ángel tantas cosas esta sierva de Dios que despertó en las monjas gran deseo de saber su nombre, para encomendarse a él. Y así la rogaron supiese cuál era su nombre. Supo que se llamaba Laruel Áureo y se les dijo. [30] Las cuales no solo le tuvieron desde entonces por abogado y patrón, sino que, dejando los apellidos a su linaje y parentela, muchas tomaron por sobrenombre el del ángel san Laruel. Y esta devoción dura hasta hoy en el convento. Mas hase de advertir que no por esto que aquí se dice se ha de entender que los ángeles de su naturaleza sean corpóreos, ''[31]'' sino que algunas veces toman cuerpos formados del aire para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dice san Thomas. ''[32]'' Decía también la santa que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que fue custodio sucesivamente de las almas de algunos santos muy señalados, y que consuela y visita las ánimas del purgatorio y a las personas que están en peligro de muerte.
Preguntó una vez a su santo ángel: “¿Cómo quedaron los buenos ángeles tan hermosos y los malos tan obstinados y feos y con tanta sed de hacer pecar a los hombres?”. “Muchas cosas has preguntado”, dijo el ángel, “mas a todas te responderé, porque lo quiere Dios”. Y así declaró a la santa tan altos y profundos misterios y la resolución de casi todas las cuestiones y subtilezas que tratan los teólogos en la materia ''de Angelis''. Las cuales no me detengo en contar, por no alargar la historia. También la dijo el ángel que nueve veces arreo se había aparecido la Virgen nuestra Señora en aquella santa casa, los primeros días [284] de marzo. Y que en el último de estos aparecimientos puso con su mano la cruz, señalando con ella el sitio donde quería le edificasen la iglesia, que es en medio de la capilla mayor, en el mismo lugar donde está ahora puesta una cruz, en memoria de la que puso por su mano la Reina del Cielo. El mismo ángel consoló a la santa en muchas persecuciones y enfermedades que padeció, que fueron increíbles, hasta llegar a confesarse con él, no sacramentalmente, sino por vía de consulta y de consuelo.
Y una vez entre otras le dijo: “Un escrúpulo me atormenta grandemente y es saber si las tentaciones son pecados”. “Sí, respondió el ángel, cuando son consentidas: mas las que no, antes son meritorias”. A esto replicó: “Señor, entre las que me combaten más, tengo por gran tentación parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan”. “No hay que temer en eso”, dijo el ángel, “antes es justo que sientas la pérdida de tu fama, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman”. “Ay Señor”, dijo ella, “que pienso llegar a ser extremo el que tengo en sentir mis afrentas, porque estoy tal viendo cual me han tratado que, aunque nunca lo digo sino a tu hermosura (que así llamaba a su ángel por la extremada hermosura que tenía), no puedo desechar la pena que me causa y el pensar si por ello estoy aborrecida de los perlados de mi orden, y si por esta causa perderé después de muerte las misas y sufragios que esperaba dellos”. ''[33]'' Diciendo esto derramaba muchas lágrimas, y deseándola consolar la dijo el ángel: “Sosiégate, alma bendita, no pienses que por ser reprehendida de tus perlados eres aborrecida dellos, antes por este camino se labra tu corona y es purificada tu alma, la cual está siempre como la santa escriptura dice, en tus manos”. “No quisiera yo (replicó ella) que mi alma estuviera en tan ruines manos como son las mías, sino en las de Dios, que como soy tan mala y pecadora temo mucho el perderla. Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados, ¿qué será de mí si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, guardador mío, no se pierda esta alma que está por vuestra cuenta. Dalda buena desta ovejuela vuestra, no se la llevo el lobo. Salvador bendito, consolador de almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y afligida, aunque mi mayor aflicción es pensar, que por ser tan pecadora padezco estas persecuciones y trabajos, y por eso el Señor permite que me [285] fatigue tanto el Demonio”. “No seas ingrata al Señor”, dijo el ángel, que las persecuciones que padeces mercedes son que Dios te hace: y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo el santo Job. Confía en Jesúchristo y en la virtud de su cruz, que, aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará”. Estas y otras muy familiares y espirituales razones pasó la sierva de Dios con su santo ángel. Después de las cuales le dijo: “Gracias doy a mi Dios y a vos, santo ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones, pero deseo ahora me digáis: ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo tantas veces y gozo tan amenudo de la dulce presencia de mi Señor Jesúchristo y de su Santísima Madre?”. Es gracia suya”, dijo el ángel, “que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe su divina Majestad (dijo ella) que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos: porque como tan miserable pecadora no lo merezco. Y así conozco que solo por ser quien es me hace estas mercedes”. “Agradéceselas mucho”, dijo el ángel, “y mira que otras personas sin gozar de este favor son mejores que tú, y esto ten siempre en tu memoria. Y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes y andes en lenguas de tantos”. A la fama de estas cosas acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas y a todas oía y trataba sus necesidades con el santo ángel. Y aprendía tan bien las respuestas que la daba que, con ser muchas y de muchas maneras, ninguna se la olvidaba. A una persona que la rogó supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que agradan mucho a Dios”. A otra persona que deseaba saber lo mismo, respondió: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen y calla con los que hablan”. Otra persona necesitada de salud y de consuelo, y aun de consejo, se lo vino a pedir para que de su ángel lo alcanzase. El cual la dio esta respuesta: “Di a esa persona afligida que ponga por cielo en su cama a Christo crucificado y por cortinas las insignias de la pasión y ofrezca a Dios sus dolores”. Otras muchas y muy notables respuestas la dio el ángel, de las cuales dejo algunas por no alargarme.

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