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[157] '''De su patria, de quién era hija y del nacimiento de la sierva de Dios sor Juana de la Cruz, y de los ejercicios espirituales que hacía en su infancia con gran rigidez de su cuerpo, y de la santa imagen de la Santísima Virgen, llamada de la Caridad de Cubas, y su origen'''
===Capítulo XXVIII===
[2] En un lugar cercano a Toledo, llamado Azaña, nació Juana de la Cruz de un virtuoso padre cristiano llamado Juan Vázquez y de Catalina Gutiérrez, en el año de la Encarnación 1481. Esta fue bendecida con mucha gracia y singular belleza. Su madre la amamantó en su seno sin molestia ni aburrimiento alguno, es más, le sirvió de mucho consuelo y recreación, porque solo con cogerla en brazos, aunque se encontrara melancólica y afligida, era suficiente para animarla y desterrar de ella toda pena y dolor.
Uno de sus tíos, un hombre rico, la llevó a su casa, implorando esto a su padre con muchas oraciones, y su esposa, que también era su tía, la amaba tiernamente. Ahora bien, como tenía más comodidad aquí, pasó más tiempo en obras santas y en penitencias, y pasaba la mayor parte de la noche en oración, pero llegó a tal extremo que su tía llegó a codiciar la vida que hacía ''[5]'', la cual estimaba mucho y apreciaba. Con lo cual, viéndose descubierta, buscó los lugares más recónditos y escondidos de la casa, donde guardaba sus disciplinas, dándose crueles golpes con una cadena de hierro y, cuando más apasionada se vio y más atormentada, pidió a Nuestro Señor la recompensa de sus dolores: que la recibiera en el monasterio de sus esposas y la hiciera monja. Lo cual le fue concedido por su Divina Majestad.
[159] '''Cómo la sierva del Señor, para cumplir su voto de ser monja, huyó de su familia con hábito de hombre y se fue al Monasterio de la Cruz de Cubas, donde fue aceptada, y de la dureza de su vida, y de otras virtudes ejemplares'''
===Capítulo XXIX ===
''[6]''
La maestra de novicias le encomendó esta tarea: que guardara silencio durante un año. Lo cual fue tan agradable a sus oídos como cualquier otra cosa que le pudiera ocurrir, porque por naturaleza era aficionada a hablar poco. Y, así, comenzó a vivir una vida maravillosa incluso antes de la profesión ''[9]'', que hizo en un año, y que constaba de cuatro votos: tres ordinarios y uno de clausura. Su vestido era muy pobre y humilde, más que el de las otras monjas: vestía una túnica de sarga vieja y remendada, su hábito era de lo mismo; en los pies llevaba zuecos de madera y la mayor parte del tiempo iba descalza; se ceñía con una cuerda gruesa y vestía un paño de estopa en su cabeza sobre el grueso velo; y, sobre su carne, vestía un áspero cilicio que nadie conocía, el cual no se quitaba nunca, ni de día ni de noche. Y, además, hacía otras duras penitencias: su paciencia era maravillosa, porque deseaba ser despreciada y reprehendida sin culpa e insultada, y que le fuera levantado testimonio, deseando saber de qué suerte sería ''[10]''. Deseaba tormentos, llagas, heridas, dolores, frío, cansancio y todo tipo de castigos, sufriéndolos alegremente por amor de Dios. No hablaba más que con su maestra, o con la abadesa o la vicaria, y esto cuando se le preguntaba. A veces llevaba en la boca una hierba amarga parecida al ajenjo, en recuerdo de la hiel que fue dada a Jesucristo en su Pasión; otras veces se ponía una piedra bastante grande, lo cual le causaba mucho dolor; otras veces tomaba agua en la boca y la retenía tanto tiempo que no podía soportar el dolor que le causaba; también levantaba un candelero con la boca y lo sostenía en alto hasta que le dolieran las mandíbulas. Ella pensaba que guardar silencio sin penitencia y sin dolor era poco agradable a Dios y de poco mérito. Y hacía los mismos ayunos que antes de ser monja, añadiendo a estos el ayuno de dormir: así como el que ayuna come al mediodía y toma una breve refección por la noche, ella, en lugar de comer al mediodía, recitaba también maitines por la noche, y en lugar de una breve refección, lo cambiaba por un breve sueño al final de la noche, cuando aparecía el alba.
[161] '''Del amor sin límites que profesaba a Dios Nuestro Señor, de los ejercicios en que se ocupaba con gran humildad y cuán celosa era del culto divino, y lo que dijo de su ángel de la guarda'''
===Capítulo XXX===
Era costumbre que todas las monjas durmieran en un dormitorio, cada una en su celda, pero con una lámpara encendida en medio del dormitorio ''[11]''. La sierva del Señor permanecía atenta cuando todas se retiraban a sus habitaciones y dormían entonces, en el mayor silencio, tomaba una piedra y se dirigía a su habitación, ora de pie, ora de rodillas, siempre recitando o meditando en la Pasión de Jesucristo, su amado Esposo ''[12]''. Se ocupaba mucho en el servicio de su convento y lo realizaba con fruición, y consideraba alegremente que todo era para el servicio de Jesucristo, de quien era esclava: cuando lavaba los platos se persuadía de que eran de oro y de perlas, para que en ellos comiera su Divina Majestad; la escoba con que barría la tenía por rosas y flores; las piedras por tapices muy finos y para suelos del Rey del Cielo, y de esta manera se comportaba en todas las demás cosas.
[162] ''[14]'' Oyó hablar de un religioso que tuvo la tentación de no rezar sus horas canónicas y el oficio divino y que decía que Dios no tenía necesidad de sus oraciones. Habló con este religioso y le dijo que Dios no tenía necesidad de él, ni de ninguna criatura, sino que todas las criaturas juntamente con él tenían necesidad de Dios. Y que, así como el recaudador de impuestos está obligado a pagar el impuesto a su rey y señor y, si no lo paga, se muestra rebelde a su rey y por tal falta le castiga severamente, así Dios quiere que sus criaturas le paguen por el servicio y gracia recibida y, en particular, el hombre eclesiástico con el oficio divino y, si falla en esto, lo castigará con severidad. Oído lo cual, aquel religioso enmendó el error que había cometido y pidió perdón al Señor, siendo entonces más solícito y diligente en el servicio de su Divina Majestad. Luego, a una monja que le preguntó qué debía hacer para agradar a Nuestro Señor, le dijo que orase y guardase silencio, que es cosa muy agradable a su Divina Majestad. Luego, a otra que le pidió consejo para estar en gracia de Dios y perseverar en ello, le dijo: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen, y calla con los que callan”. ''[15]'' Ella aconsejaba a todos tener gran devoción a su ángel guardián, porque decía que ellos no solo nos guardan, sino que nos acompañan y, cuando alguien está en la agonía de la muerte, su ángel va al Cielo y reza e invita a los santos y las santas, que saben que esa persona les tiene devoción y ha hecho algo por lo cual se lo merece, para que junto con él oren a Dios para que le favorezca y le libere, y que lo haga en la forma que le pidan. Añadió también que, aun después de la muerte, no se olvidan de las almas de las que fueron guardianes, porque van al purgatorio y las visitan, y las consuelan, y les dan cuenta de las obras santas y meritorias que los vivos hacen por ellos.
'''Cuánto le gustaba la cruz y por qué, los notables favores que recibió de Nuestro Señor Jesucristo, y de los razonamientos que hizo estando en éxtasis varias veces'''
===Capítulo XXXI===
''[16]'' Así que esta bienaventurada monja era devota de la cruz y tenía mil razones para ello, no solo por tener el apellido y llamarse Juana de la Cruz, sino también por ser monja del Monasterio de Santa María de la Cruz y por haber obtenido gran misericordia de Dios por medio de su santísima cruz, a la que dedicaba dulces y suaves discursos para cada día de la semana, de los cuales sacaba gran provecho y consuelo espiritual. Fue favorecida de Nuestro Señor enviándole manjares de [163] su mano de admirable gusto y recreación, especialmente cuando estaba en oración, en la cual muchas veces estaba arrobada en éxtasis, permaneciendo sin sentido alguno; y para prueba de esto, estaba presente una dama secular que vino a visitarla y, viendo que ni moviéndola ni llamándola demostraba que sintiese nada, la golpeó con un hierro agudo en la cabeza, de tal manera que la hizo sangrar y, aunque no lo sintió en ese momento, después, sin embargo, sufrió mucho dolor por la herida.
En otra ocasión, el obispo de Ávila dio dos esclavas moras al convento para que las monjas se sirviesen de ellas, las cuales habían sido traídas de Orán (que entonces se compraban), y las monjas les dijeron que se hiciesen cristianas, y lloraron amargamente y se rascaron sus rostros de tal manera que les manaba sangre y, en particular, una que era mayor. Mientras esta bendita doncella estaba en éxtasis habló en lengua arábiga y ellas la oyeron de buena gana y le respondieron; tras lo cual las dos se bautizaron por su propia voluntad y, después de bautizadas, la oyeron hablar en la misma lengua mientras estaba arrebatada e, inmediatamente, fueron a ella y se consolaron mucho de haberla oído.
[164] '''Cómo personas ilustres la oyeron hablar mientras estaba en éxtasis y de un milagro que ella imploró al Señor Dios mediante la oración'''
===Capítulo XXXII===
Siendo todas estas experiencias algo nuevo e inaudito para cualquier santo, los prelados ordenaron a la abadesa que estaba allí en ese momento que siempre que hablase tan embelesada la dejasen sola. Y la primera vez que la vieron en éxtasis y que habló, mandó la abadesa a las monjas que allí estaban que saliesen de la cámara y, así, se quedó sola y, pasado algún tiempo, mandó ver si hablaba más, y la monja que entró con esta orden vio en la cámara gran número de pájaros de diferentes naturalezas, todos con el cuello levantado en alto como si oyesen hablar a la bienaventurada. Y, volviendo a contarle lo que había visto, volvió con ella la abadesa y otras muchas monjas que vieron lo mismo, aunque los pájaros huyeron a su venida y, para que se viese que eran verdaderos y no fantasía, uno de ellos voló al lado donde estaba la bienaventurada joven y se paró en su manga. Habiendo vuelto a su sentir ''[19]'', en que parecía ser voluntad de Dios que oyesen lo que dijo a tal hora y que prohibieran a las personas de entendimiento y de razón que la oyeran, vieron ángeles que, careciendo de todas estas cosas, lo oyeron, y así fue visto y oído varias veces del cardenal y archidiácono de Toledo, fray Francisco Ximénez, que era fraile de la orden; mencionado por muchos obispos, inquisidores, predicadores, duques, marqueses, condes y gentes que se burlaban de ella. Al oírle contar la historia y viéndolo luego con sus propios ojos quedaron confundidos y, en lo futuro, sintieron no poco cariño por ella.
''[20]'' Nuestro Señor obró algunos milagros en ella, uno de los cuales fue que, cuando llevaba un gran jarrón de barro para el servicio del convento, se rompió en pedazos al tocar una piedra, y ella, muy desconsolada, se arrojó al suelo y rezó a Nuestro Señor y, cuando juntó los pedazos, quedó perfectamente sano y entero. Otra monja vio todo esto y le dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba este jarrón en el suelo hecho pedazos? ¿Cómo está ahora completo?”. Ella respondió con gran humildad: “Así es, hermana mía, el Señor en su bondad ha podido remediar lo que yo había perdido por mis pecados”.
[165] '''De ciertos milagros y gracias que la sierva de Dios obtuvo de Nuestro Señor por medio de la oración'''
===Capítulo XXXIII===
Un milagro igualmente grande fue el que le ocurrió varias veces: que, estando ocupada en cosas de su obediencia ''[21]'' y estando muy lejos del oficio divino, que se rezaba en el coro, mereció ver el Santísimo Sacramento, aunque había una gruesa pared en medio, la cual, en el momento en que alzaban a Nuestro Señor en la misa, pareció romperse de tal manera que vio la sagrada hostia y el cáliz, y luego la pared volvió a juntarse. Y, como prueba del milagro, permaneció la señal en la piedra mal incrustada durante muchos años.
''[25]'' También fue cierto que, por sus oraciones, el padre confesor del convento se curó de una enfermedad muy peligrosa de rabia; y, asimismo, una monja de un cancro; y otra de cierta enfermedad naciente; y así algunas otras de ciertos males muy grandes en los que siempre iban empeorando, hasta que la madre Juana de la Cruz hizo oraciones por ellas, que fueron pedidas con gran devoción y a petición de las mismas enfermas e, inmediatamente, mejoraron y en poco tiempo permanecieron sanas.
'''De algunas persecuciones que sufrió con mucha ejemplaridad y paciencia la sierva del Señor Sor Juana de la Cruz y cómo fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo con las señales de sus santísimas llagas'''
===Capítulo XXIIII===
Y porque la fama de estas obras y de su santa vida, que se extendió por todas partes del mundo, fue causa de que muchos la consideraran y veneraran como santa, para que esto no fuese ocasión de enaltecerla y para su mayor mérito, permitió Dios que fuese gravemente afligida ''[26]'' a causa de una persecución que se levantó contra ella. Y era costumbre que la abadesa y las monjas pusiesen un sacerdote en el lugar de Cubas para administrar los sacramentos, porque ese era el beneficio del convento. Algunas personas eclesiásticas trataron de imponerlo a través de Roma diciendo que las mujeres, aunque religiosas, eran incapaces de encargarse de las almas. A la bendita madre se le aconsejó lo que debía hacer en tal caso y se le dijo que, para beneficio del convento, debía enviar al papa una bula para que, anticipándose a ella, ganara esa gracia y asegurara su daño, lo cual hizo, aunque sin dar cuenta de ello a su prelado por el peligro que había en la demora. Y así sucedió que una monja del mismo convento, que no era muy amiga suya, puso este caso en conocimiento de los prelados diciendo que se había hecho sin su permiso y gastando lo que es propio del convento para dar aquel beneficio a uno de sus hermanos, que por ellos había sido designado. Y la verdad era que en conseguir la bula se habían gastado siete ducados, que pagó uno de sus devotos sin perjuicio del convento y su hermano, pues, siendo hombre de letras y de buena vida, había sido solicitado por el pueblo para esa tarea. Con todo [167] esto, uno de los prelados, y el principal, muy indignado, fue al Monasterio de la Cruz y, reduciendo el capítulo, reprehendió duramente a la madre Juana y le quitó el cargo de abadesa imponiéndole públicamente una disciplina, que ella soportó con gran paciencia, diciendo que sus pecados merecían mucho más y que había recibido el oficio de abadesa sin mérito alguno, sino solo por obediencia. Oyeron las monjas esta grave molestia y, aunque el prelado les mandó elegir abadesa, no se pudo llegar a un acuerdo con ellas, diciendo que ya la tenían y así les dio por presidenta a la misma monja que les había dado esta información. Sucedió que tanto el prelado como la monja murieron en poco tiempo a causa de la gran pena que sintieron por este suceso y, por ello, pidieron perdón a la misma madre Juana de la Cruz, la cual no poco importunó a Nuestro Señor mientras vivían para la salvación de los cuerpos, así como después de muertos para la salvación de sus almas.
No se acabaron aquí los trabajos de esta bienaventurada mujer, pues un Viernes de la Cruz estaba en su celda elevada en contemplación con ambos brazos en alto en forma de cruz, con la atención puesta en ella como si estuviera en el coro cuando se dice la santa Pasión ''[27]'' y, al mismo tiempo que lloraba, estaba descalza y no podía andar y así sufría mucho en los pies con gran dolor. Las monjas, oyéndola llorar así, fueron a ella y le preguntaron: “¿Qué tienes, madre?”. Y ella respondió que le dolían mucho los pies y, mirándolos, vieron que estaban marcados, y también las manos, de las señales del Señor, aunque no tenía llagas abiertas ni salía sangre de ellas, sino ciertas marcas redondas del tamaño de un real y muy coloridas. Las monjas le preguntaron la causa de esto, a lo que ella respondió que no sabía más, sino que mientras contemplaba la Pasión de Jesucristo le parecía que lo veía puesto en la cruz y que se unía con Él y que por ello le quedaron estos signos. Lo cual fue la causa por la cual las monjas y los dos frailes que eran confesores de la casa derramaron lágrimas de ternura y de gran alegría al verlos, aunque la bendita madre se consideraba indigna de tales favores de Dios y, a causa de sus intolerables dolores, pidió a su Divina Majestad que la librase de ellos y, tanto lo importunó, que el día de su Ascensión quedó del todo libre de dolor y sin señales semejantes, aunque sus dolores no cesaron por esto, sino por permiso de Dios era atormentada por los demonios y azotada y, tan cruelmente, que, a veces, las marcas de los golpes que los demonios le daban duraban muchos días.
[168] '''Cómo la santa monja, con mucha paciencia, sufrió una extraña enfermedad y de una razón que hizo al Señor, con su respuesta, y de su muerte y dónde está sepultada'''
===Capítulo XXXV===
''[28]'' Sus sufrimientos continuaron y plugo a Dios Nuestro Señor darle una terrible enfermedad que la dejó lisiada de tal manera que quedó sin fuerzas y no había miembro sano de su cuerpo ni parte alguna que no le causase gran dolor. Los huesos estaban separados unos de otros, incluso los de las manos y los pies y, de esta manera, sus dolores y angustias no podían ocultarse ni tolerarse. Sus rodillas estaban tan apretadas que nunca podía estirarlas, sus brazos y manos hacían lo mismo; sus dedos estaban tan torcidos y enroscados que no podía comer con las manos, ni manipularlos, ni volverse a ninguna parte; ni podía comer ni beber, a menos que se le diese. En fin, no podía mover ninguna parte de su cuerpo, sino la lengua, con lo cual mostraba gran conformidad con Dios ''[29]'', con quien un día, hablando tiernamente, dijo: “Señor, ¿cómo es posible que un cuerpo tan desfigurado pueda vivir? Dame paciencia o quita de mí el gran mal que sufro y mi vida, si esta es tu voluntad”. Parecía que el Señor le hablaba y le decía: “Qué maravilla es que padezcas lo que padeciste, habiéndome elegido por Esposo a mí, que en el mundo era considerado leproso y lleno de dolor; pues si ya que eres mi esposa y te comunicas conmigo como con tu esposo, aunque espiritualmente, es cierto que algunas de mis dolencias debían aplicarse en ti, ya que el que ama conviene que sufra por su amado. Tanto más, cuanto que yo he procurado esto para vuestro beneficio, puesto que también soy vuestro padre, y los que son padres en la Tierra buscan que sus hijos tengan bienes y riquezas y, para ello, se exponen a muchos peligros y aflicciones. Para hacer ricos a mis hijos, sufrí trabajos, injurias y dolores; para elevarlos al Cielo, me rebajé a la Tierra; para librarlos de la muerte en el infierno, sufrí cruel muerte de cruz; para hacerlos ricos de almas, me hice pobre de cuerpo; para hacerlos señores en el Cielo, iguales a los ángeles, me hice siervo humano, sujeto a graves necesidades; y, porque he hecho tanto por ellos, pueden comprender que los amo, y los deseo mucho, y que el amor que les profeso es mayor que el que ellos mismos se profesan. Y será mejor que lo cumpla y, para que tenga su efecto, sufran penalidades para ir al Cielo, y que sean grandes, para tener la grande y principal silla para este propósito, no porque me complazca verlos sufrir y penar, sino porque esto es lo que se requiere. Así que, hija mía, no te aflijas ni te desconsueles, si mu- [169] cho sufres para merecer mucho y, por esto mismo, el Cielo será muy tuyo y ten por seguro que, cuando vea venir el punto marcado de vuestra gloria en mi eternidad, lo sostendré inmediatamente”.