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Juana de la Cruz

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Capítulo IV
Cómo santa Juana se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino'''
Como santa Juana tratase siempre muy de veras de agradar y servir a aquel Señor que desde el vientre de su madre la escogió para sí, y apartó de la masa de los hijos de perdición, no cesaba de pedirle desde su muy tierna edad la concediese ser religiosa, para poderle servir más de veras. Y, como en casa la espiaban, y andaban a los alcances ''[123'''']'', porque no se descubriese lo que ella tanto encubría, dio en irse a un palomar despoblado, que estaba muy apartado de la gente, aunque dentro de la misma casa, y haciendo oratorio de él, gastaba allí muy grandes ratos con Dios ''[124]''. Y un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro, estando prostrada en tierra y hablando con una Verónica que allí tenía, dijo: “¡Oh, mi dulce Jesucristo, suplico a Vuestra Divina Majestad, por los misterios de vuestra sagrada Pasión, merezca yo [11v] ser vuestra esposa y entrar en religión, para que, libre de las cosas del mundo, mejor pueda entregarme toda a vos!”. Y diciendo esto, se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro natural de Nuestro Señor Jesucristo, tan vivo —a su parecer— como si estuviera en carne pasible y mortal, que corría sangre de él ''[125]''. Y tales cosas le dijo, tales fueron sus lágrimas, tales sus congojas y ansias, y tal el amor con que lo pedía, que parece venció al invencible, el cual, aunque muy doloroso, corriendo sangre y llagado, con dulcísimas palabras que la dijo, la consoló, prometiendo recebirla por su esposa, y traerla a la religión con que de su parte se ayudase ella, y hiciese lo que pudiese ''[126]''. Y dichas estas palabras, la santa Verónica se tornó a su ser, y quedó la bienaventurada virgen con este favor tan favorecida y consolada, que desde ese punto comenzó a dar trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, donde tenía grandísima devoción y muchas inspiraciones del Cielo para tomar el hábito de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco. Consideraba que si en estas cosas una buena determinación no rompe de una vez con ánimo y valentía, poco aprovechan propósitos [12r] tibios y flacos. Mas como los desta solícita virgen no lo eran, sino fuertes y fervorosos, acordó luego que pasó la Pascua de la Santa Resurreción irse al dichoso monasterio, que está dos leguas de su lugar —y como lo imaginó lo hizo, no como mujer flaca, sino como varón fuerte y esforzado, vistiéndose los vestidos de un su primo y hecho un lío de los suyos—, en hábito de hombre, con una espada debajo del brazo, sola y a pie toma su camino una mañana, antes que el sol saliese, con harta contradición del demonio que, deseándosele estorbar, la representó muchos temores y espantos, y el enojo de su padre y parientes, que sentirían mal de aquella ida en hábito indecente a su persona y edad ''[127]''. Y tal impresión hizo en la santa doncella esta consideración que, comenzando el camino, comenzó a temblar, y, combatida de la flaqueza y temor, temblándole todo el cuerpo, se cayó en el suelo desmayada, donde oyó por tres veces una voz que la dijo: “Esfuérzate, no desmayes; acaba la buena obra comenzada, que Dios te favorecerá”. No vio entonces santa Juana quién la habló, hasta que andando el tiempo tuvo revelación que había sido el ángel de su guarda ''[128]''.
[12v] Con este favor quedó muy alentada la santa virgen, y prosiguió su camino, y habiendo andado buena parte de él, sintió venía tras sí —aunque algo lejos— una persona a caballo; y, llegando más cerca, conoció que era aquel hidalgo que la pretendía por mujer. Turbóse mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, y, permitiéndolo Nuestro Señor, el mancebo no la conoció, y la bienaventurada santa Juana, viéndose libre de aquel peligro, arrodillándose en tierra, dio muchas gracias a Dios y a su Santísima Madre, a la cual vio en el cielo que estaba puestas las manos, y de rodillas rogando por ella, y la dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti, y te pedí a mi precioso Hijo, para que restaures mi casa de la Cruz, de la cual te doy la potestad y llaves, para que la gobiernes y rijas” ''[129]''. Con estas y otras palabras de mucho amor que Nuestra Señora la dijo, quedó su sierva muy confortada, y prosiguiendo su camino llegó al santo monasterio, y habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba, y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia y, desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba. Y levantando los ojos [13r] a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción que estaba sobre la puerta reglar del convento ''[130] ''—y, según se dice, es la misma que está ahora—, y arrodillándose a ella la santa doncella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen habló a santa Juana, y le dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa; entra alegre, que bien puedes, pues para ella te crio Dios, y yo te torno a dar la superioridad y mayoría della, y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes, y arranques y destruyas los vicios y pecados”. A esto replicó la inocente y santa doncella diciendo: “Ay, Señora, que como vengo sola y desta suerte, temo si me querrán recebir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas —dijo la santa imagen—, que mi precioso Hijo, que te trujo, hará que te reciban” ''[131]''. Y con esto la santa Virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y, dándole cuenta de quién era y qué quería, rogó la recibiese en su compañía, pues para gozar della dejaba la de su padre y parientes, y por tomar aquel santo hábito había venido en el de varón, por no ser conocida. Reprehendiole la abadesa, por haberse [13v] puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente daba muchas gracias a Dios, que tal espíritu y fortaleza había puesto en una tan tierna doncella, y aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, de tan linda gracia, tan bien hablada y compuesta, que hizo llamar a otras religiosas, y dándoles parte del suceso decía que la muchacha era un ángel: en su cara, en su discreción y en su espíritu, y que sin duda se la traía Dios a su casa para algún grande bien y reparo del convento. Las monjas le preguntaron mil cosas, y con harta vergüenza suya hubo la santa virgen de tornar a referir sus historias, y estándolas contando llegó su padre y parientes que la venían a buscar. “¿Qué has hecho hija? —decía—. ¿Qué desatino es este? ¿Qué disparates los tuyos?”. Y tales palabras la dijo, tan pesadas y tan feas, que no lo pudieran ser más cuando la hubiera hallado en un crimen de mujer perdida ''[132]''. A todo se hacía sorda la santa doncella, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre una oveja; mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, arrodillada a sus pies, le dijo a él y a sus tíos que no la molestasen más, ni [14r] se cansasen en persuadirla otra cosa, que más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito, porque ella estaba ya debajo del amparo de Nuestra Señora, y con mucha confianza de no salir de su casa en su vida, y así les suplicaba no intentasen sacarla della, porque el mismo Señor, por quien había venido, la defendería.
Llegó también a este tiempo aquel mancebo que la había encontrado en el camino y pretendía casarse con ella; hizo grandes estremos cuando supo de su ausencia, buscándola por muchas partes, y con licencia de su padre y parientes ofreció a la santa que, pues tanto rehusaba volverse con ellos, se fuese con su madre a Illescas, donde estaría muy regalada y servida mientras se componían sus cosas, con seguro de que su padre y parientes vendrían de muy buena gana en ello ''[133'''']''. Mas la sierva del Señor, con mucha humildad y entereza, satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde interiormente la llamaba el Espíritu Santo. Viendo estas cosas las religiosas, y la gran devoción [14v] y perseverancia de la humilde y devotisima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella prenda del Cielo en su casa, y que la recibirían con poco o con mucho dote, de la manera que más a cuento estuviese a su padre. Y ya aplacado algún tanto con esto, y tocado de la poderosa mano del Señor, dijo: “Líbrenos Dios, hija mía, de ir contra la divina voluntad de quien yo sé muy bien que proceden estas tus determinaciones, como lo muestra la mucha perseverancia y paciencia que has tenido, y lo confirma este nuevo hecho de ahora. Yo te doy mi bendición. Da muchas gracias a Dios y él te guíe, que yo de buena voluntad me conformo con la suya”.
===Capítulo V===

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