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Juana de la Cruz

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Capítulo VI
Fue tan favorecida la bendita santa Juana de la Virgen Nuestra Señora que no se pueden [21v] encarecer dignamente los favores y regalos que de su poderosa mano recibió, no solo después de nacida, sino antes que naciese, pues antes que tuviese ser de persona la puso la Virgen el nombre de Juana, y por su intercesión y méritos la envió el poderoso Dios al mundo tan llena de gracias y favores del Cielo que antes que la santa niña supiese decir las primeras palabras que en los otros niños son gracias, en ella fueron celestiales gracias, porque desde la cuna y desde los pechos de su madre tuvo revelaciones, éxtasis y raptos, los cuales crecieron tanto con la edad que cuando la santa virgen llegó a los 24 años apenas hubo día que no tuviese muchos, y muchas revelaciones en ellos ''[151]'', durándole más o menos tiempo, como Dios era servido: al principio tres o cuatro horas, adelante fueron mayores, porque llegaron a catorce, y a veinte, y a cuarenta horas cada uno. Y algunas veces se estaba elevada tres días sin volver en sí; y muchas le acontecía tornar de un grandísimo rapto, y apenas haber vuelto de él, cuando de solo oír nombrar el dulcísimo nombre de Jesús o ver alguna imagen de su santísima Pasión, se volvía a elevar como de antes, sin ningún género de sentido ''[152]''. Quedaba hermosísima y resplandeciente en estos [22r] raptos, y cuando volvía dellos rogábanla las monjas les dijese dónde estaba y qué había visto en aquellas revelaciones y raptos. Y aunque lo rehusó —escusándose con humildad—, cuando fue la voluntad de Dios que lo manifestase dijo que el santo ángel de su guarda la llevaba en espíritu al Cielo, y la ponía en un trono muy resplandeciente y glorioso ''[153]'', donde el Señor la consolaba con su realísima presencia, que por su infinita misericordia la comunicaba, y vía a su Santísima Madre, y a los ángeles, a los apóstoles y evangelistas, a los patriarcas y profetas, a nuestro padre san Francisco y a otros infinitos santos y santas del Nuevo y Viejo'' ''Testamento —de que daba tan lindas señas, como si hubiera nacido y criadose con ellos— ''[154]''. Decía que andaban adornados con sus particulares insignias: los santos del Testamento Viejo, con las figuras de aquello que representaban conforme a sus profecías: Abrahán con el sacrificio del cordero, Moisén con la serpiente y la zarza, Aarón con la vara; otros con el arca del Testamento, otros con la Virgen Nuestra Señora con su precioso Hijo en brazos, según que lo profetizaron. Y que los [22v] santos del Testamento Nuevo traían también sus insignias: los apóstoles y mártires, las de su martirio; nuestro padre san Francisco, las cinco llagas, más resplandecientes que estrellas; otros traían el cáliz con el Santísimo Sacramento; otros, la pila del Bautismo, y otros las llaves de la Iglesia. Y cada uno de ellos estaba tan hermoso y resplandeciente que resplandecía más que el sol, que era cosa maravillosa y por estremo agradable ver y contemplar estas cosas, llenas de tanta hermosura y lindeza cual ninguna lengua lo podría explicar, “según que el Señor por su misericordia me las muestra —decía la santa— y quiere que yo los vea desde aquel santo lugar, donde me parece estoy como atada con unos rayos, que denotan que mi alma aún no está del todo desatada y libre de la cárcel deste cuerpo”.
Tenía santa Juana veintidós años de edad, cuando la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después no tuvo otro su semejante, porque las otras veces que se arrobaba quedaba con mucha hermosura y lindo color de rostro, pero esta vez no fue así, que todo esto le faltó y quedó como muerta ''[155]'', los ojos quebrados y hundidos, cárdenos los labios y arpillados los dientes, la nariz afilada, [23r] y todos sus miembros descoyuntados y yertos, y el rostro tan pálido y amarillo como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseando saber la causa de él, rogaron a la santa virgen se lo dijese, pero ella, como muy prudente y callada, nunca lo quiso decir, hasta que pasados algunos días se lo mandó el ángel de su guarda, y entonces dijo: “Sabrán, madres y hermanas, que la causa de ver en mí tal novedad en aquel rapto fue porque estando en él, y mi espíritu en aquel lugar donde el Señor le suele poner otras veces, vi llorar al santo ángel de mi guarda. Y preguntándole la causa de sus lágrimas y tristeza, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí han de venir, y que de pena desto lloró”. (''Llorar los ángeles es lenguaje de la Sagrada Escritura'' ''[156]'', más por similitud que por propiedad, porque el ''''ángel'''' aunque aparece en forma ''''corporal y visible a los hombres ni llora, ni come, ni habla, ni ejerce alguna operación vital ni puede —según santo Tomás'' ''[157]'''''','''' porque para obrar propiamente estas cosas que son acciones vitales había de ser alma del mismo cuerpo en que aparece y como forma suya animarle'') ''[158]''. “Y rogó a Dios que no volviese mi espíritu más al cuerpo, y Su Divina Majestad le respondió que no convenía, porque quería llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Y viendo esto, suplicó a Su Divina Majestad me concediese toda la vida [23v] esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido, y el muy poderoso Señor se lo otorgó”. Y así desde este día todos los raptos fueron muy suaves, y por ser tantos y tan largos que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía, por lo cual la dieron celda aparte, y una religiosa que cuidase siempre della.
===Capítulo VII===

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