3932
ediciones
Cambios
m
→Capítulo VIII
===Capítulo VIII===
'''De la familiaridad con que santa Juana trataba con los ángeles, es''''''pecialmente especialmente con el de su guarda'''
Quien oyere decir en la Sagrada Escritura que el ángel san Rafael sirvió al mancebo Tobías en un muy largo camino, y que otro llevó por un cabello al profeta Habacuc desde Judea a Babilonia para dar de comer a Daniel, preso en el lago de los leones, no se admirará cuando oiga lo que sucedió a santa Juana con los ángeles, y en especial con el de su guarda, con quien trataba tan familiar y amigablemente, como un amigo ''[177]'' [28r] con otro, y desto se le pegó la condición angélica que tenía, y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar, porque era olor del Cielo —de donde a la verdad era ella, más que del suelo— y así no era mucho que toda ella oliese a Cielo y tuviese resabios ''[178]'' del Cielo la que tanto comunicaba con los ángeles, no solo con el de su guarda sino también con otros muchos, especialmente los que guardaban particulares provincias y reinos, que la visitaban a menudo, y le rogaban alcanzase de Nuestro Señor templase tal o tal tempestad de piedra, granizo o rayos, que quería enviar sobre la Tierra. Decíanle sus nombres y oficios, y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que guardaban, así las presentes como las que estaban por venir ''[179]''. Y una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles de delante de los ojos, y no la vieron más hasta que después de haber comulgado apareció en medio dellas, con no pequeña admiración de todas, que tan admiradas del caso cuanto deseosas de saberle, rogaron a la santa virgen se le contase ''[180]''; y ella, para su edificación, dijo: “Porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar de solo Dios, quiso Su Divina Majestad que los [28v] ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el santísimo Sacramento, y os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se gozaban con las que comulgaban santa y puramente, y cómo torcían el rostro y se apartaban algún tanto de las que no comulgaban con entera devoción”. Y persuadía a las monjas fuesen muy devotas de los ángeles de su guarda, porque: “No solo nos guardan, sino que siempre nos acompañan: si caemos, nos levantan; si estamos tibios en la devoción, nos inflaman. Ellos nos enseñan en nuestras dudas, defienden en nuestros peligros y sustentan en nuestros trabajos, y a la hora de nuestra muerte con particular vigilancia asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el Purgatorio; finalmente en nuestros trabajos y peligros nos amparan y defienden”'' [181]''. “Y porque sepáis cuán cierto es esto —dijo santa Juana a sus monjas—, el otro día vi que, tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen las religiosas, como todas no acudieron luego, vinieron los ángeles de la guarda de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”'' [182]''.
Otra vez, siendo abadesa esta santa vir- [29r] gen, y reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra desobediencia, y que no quisistes barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda, y mandándoselo Dios las dieron a los ángeles custodios de las otras dos hermanas, para que se las pusiesen a ellas, porque obedecieron por vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para confusión y emienda vuestra, y enseñaros que la campanilla y otra cualquier señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer y servir” ''[183]''.
Con estos ejemplos y otros que contaba santa Juana a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles de su guarda, de quien ella lo era tanto que se hacía lenguas diciendo grandezas del suyo. Decía que su hermosura y lindeza excedía a todo lo que los hombres pueden imaginar, por ser más resplandeciente que el sol, y sus vestiduras más blancas que la nieve. “Y no es su adorno como el que yo veo en los otros ángeles de guarda, que no tienen más que dos alas, porque mi santo ángel trae por lo menos seis, y algunas veces ocho y [29v] diez”. (''Pínta''''nse'''' Píntanse los ángeles con alas, según san Dionisio'' ''[185'''']'''', por la velocidad y presteza con que acuden al socorro de los hombres: y no por esto, ni por lo que dice santa Juana de la hermosura y traje de los ángeles, se entienda que son corpóreos, que no lo son ni tienen cuerpos, como muchos de los antiguos dijeron, sino que los toman para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dicen los concilios y santos'''' [186'''']'') ''[187'''']''. “Y en su sagrada cabeza una corona y diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la Cruz, y alrededor della esta letra: `''`Confiteantur'''' omnes ''''angeli'''', ''''quoniam'''' ''''Christus'''' ''''est'''' Rex ''''Angelorum''´ ''Angelorum´ [188]''” ''[189]''. Y así mismo decía la santa virgen que traía en los pechos sobre la vestidura bordada esta letra: “''Spiritus'''' ''''“Spiritus sancti'''' gratia ''''illuminet'''' ''''sensus'''' et ''''cordanostra”'''' ''''nostra''”, y en la manga del brazo derecho, de piedras preciosas la señal de la santa Cruz, con el siguiente letrero: “''Ecce'''' ''''“Ecce Crucem'''' ''''Domini'''', fugite partes adversae”''''adversae''”, y en la manga del brazo siniestro trae la misma divisa de la Cruz, con los clavos y las demás insignias de la sagrada Pasión, y esta letra: “''Dulce ''''“Dulce lignum'''', dulces clavosclavos”''”, y en los pies trae de piedras preciosas sobrescrito este motete: “''Q''''uam'''' ''''“Quam pulchri'''' sunt ''''gressustui”'''' tui''”, y en las rodillas otro, que dice: “''In nomine ''''Iesu'''' ''''omnegenuflectatur”'''' ''''genuflectatur''”, y más arriba esta letra: “''Coelestium''''“Coelestium, ''''terrestrium'''', et infernorum”''''infer''''n''''orum''” ''[190]'', y en sus sacratísimas manos suele traer un muy her- [30r] moso pendón, pintadas en él todas las insignias de la Pasión y la imagen de Nuestra Señora con su preciosísimo Hijo en los brazos. Y a este modo publicaba de su ángel tantas cosas que despertó en las monjas tal devoción y deseo de saber su nombre, para encomendarse a él, que rogaron a la santa virgen con grande instancia lo supiese del mismo ángel. Y diciéndoles se llamaba san Laruel Áureo ''[191]'', no solo le tomaron las religiosas desde entonces por su patrón y abogado, sino que dejando los apellidos de sus linajes y parentelas, tomaban por sobrenombre el del ángel san Laruel, y esta devoción dura hoy en el convento.
Decía también santa Juana que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que tuvo a su cargo el alma del rey David, la de san Gregorio Papa, y la de san Jorge, y otras de algunos santos muy señalados. (''Un ángel custodio guarda diversos hombres en diversos tiempos'''' [192]'') ''[193]''. “Y eslo tanto él que le llaman en el Cielo “el Ángel del privilegio”, por muchos que Dios le ha concedido para bien de las almas: consuela y visita las del Purgatorio, y los demonios le temen tanto que a las veces solo con levantar el brazo [30v] derecho, donde trae grabada la señal de la cruz con la letra que dice: “''Ecce'''' ''''“Ecce Crucem'''' ''''Domini'''', fugite partes adversae”''''adversae''” ''[194]'', huyen los malaventurados, y, como perros rabiosos, mordiéndose unos a otros, se van dando espantoso aullidos; socorre también a las personas que están en peligro de muerte, y favorece mucho a mis devotos y amigos”.
Preguntó una vez santa Juana a su santo ángel cómo quedaron los ángeles tan hermosos y bienaventurados, y los demonios tan obstinados y feos, y con tan gran deseo de hacer pecar a los hombres. “Muchas cosas has preguntado —dijo el Ángel—, y a todas responderé porque lo quiere Dios” ''[195]''. Y así declaró a la santa tan altos y tan profundos misterios, y la resolución de casi todas las cuestiones y sutilezas que mueven los teólogos escolásticos en la materia de ángeles, tan copiosa y distintamente que con sola esta revelación se pudiera saber casi lo que dellos está escrito: así del modo de su creación, confirmación en gracia y disposición que tuvieron para merecerla, y en qué tiempo alcanzaron la bienaventuranza, como de la caída de los demonios, su pecado y obstinación, y de la manera que fueron echados del Cielo, [31r] con otras dificultades a este modo, que son más para ejercitar los ingenios en las escuelas que para inflamar las voluntades de los que las leyeren, que es lo que principalmente pretende esta historia, por lo cual no me detengo en contarlas. Concluyó el ángel diciendo: “Sabe, amiga de Dios, que las cosas que de su parte te he dicho son tan altas y tan ocultas que hasta ahora a ninguno de los hombres se las ha revelado Su Majestad tan copiosamente como a ti”. Dijo también a la santa que los demonios habían caído más espesos que copos de nieve y que las gotas de agua cuando llueve muy apriesa ''[196]''. Y así mesmo le declaró aquellas palabras del ''Evangelio de s''''an san Juan'': “''In “In principio ''''eratVerbum”'''' Verbum''”, y las del ''Génesis'': “''In “In principio ''''creavit'''' Deus ''''coelum'''' et ''''terram''”'' terram” [197]'', porque la santa se lo rogó. Y mandola que escribiese estas cosas y otras muchas que el Señor la revelaba ''[198]''. Y también la dijo el Ángel que nueve veces arreo ''[199]'' ''se había aparecido la Virgen Nuestra Señora en aquella santa casa, en los primeros días de marzo ''[200]'', y que en el último destos aparecimientos puso Nuestra Señora la cruz, señalando con ella el sitio donde quería la edificasen la iglesia, que es en me [31v] dio de la capilla mayor, en el mesmo lugar donde ahora está puesta una cruz, en memoria de la que puso por su propia mano la soberana Reina del Cielo.
Tuvo la gloriosa santa Juana tan espantosas persecuciones y enfermedades como adelante diremos, y en todas ellas tan poco alivio y consuelo que no le tuvo en ninguna cosa ni a quien volver la cabeza, sino al ángel de su guarda, a quien con mucha familiaridad y llaneza contaba todos sus trabajos y daba parte de los escrúpulos de su conciencia. Y un día, cuando la furia y tempestad de sus persecuciones y afrentas andaba más en su punto, le dijo sería gran consuelo para ella la oyese de penitencia. ''[201]'' “No tengo autoridad para tanto —respondió el Ángel—, ni es mi oficio, sino del sacerdote, a quien solo como a ministro suyo ha concedido Dios esa gran potestad en la Tierra, que puede absolver y perdonar pecados”. (''Ninguno que no sea sacerdote, aunque sea ángel, ni serafín, puede administrar e''''l el sacramento de la p''''enitencia'''' penitencia [202]'''', por lo'''' cual esta confesión no fue sacramental, sino como cuando un amigo debajo de confesión consolándose con otro, o pidiéndole consejo, le descubre el secreto de su alma. Y así, aun''''que aunque la confesión ''''[203] ''''que ''''la santa'''' hizo con su ángel'''' no fue sacramental, sería me''''ritoriameritoria, por lo que dice Es''''coto'''' Escoto [204]'''', por darse casos en que meritoriamente puede uno confesar sus pecados con un seglar, como lo enseñan los esclarecidos dotores de la Iglesia san Agustín'' ''[205],'''' santo Tomás'''' [206]'''', san Bonaventura'''' [207]'''' y Gabriel, ''''Major'''', Marsilio'''' y el Maestro'''' ''[208]'' [209]'') ''[210]''. “Ya yo he confesado sacramentalmente los míos con el vicario del convento —respondió la afligida virgen—, y así, con vuestra santa licencia, querría con- [32r] fesarme de las mismas cosas con vos”. Y comenzando su confesión, derramando muchas lágrimas, dijo: “¿Qué haré yo, pecadora y miserable mujer, que he cometido contra mi Dios y Señor gravísimos pecados, y de ninguno dellos me acuerdo? ¡Acordadmelos vos, ángel bendito!”. “Bien haces —dijo él—en llorar tan amargamente tus pecados y traerlos a la memoria, que más meritorio es que si yo te los acordase”. Replicó a esto la santa virgen: “Señor, un escrúpulo de conciencia me aflige mucho, y para salir de él, querría saber si las tentaciones son pecado” ''[211]''. “Sí —respondió el Ángel—, cuando son consentidas, mas las que no se consienten y se resisten, antes son meritorias”. A esto replicó santa Juana: “Señor, entre las que más me combaten, tengo por gran tentación, parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan, y dame notable pena, por no saber si hay en ello algo [32v] de vanagloria o soberbia”. “No la hay en eso —dijo el Ángel—, antes es justo que sientas la pérdida de tu fama y de tu honra, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman a ti”. “¡Ay Señor! —replicó la desconsolada virgen —que pienso es ya estremo el que tengo en sentir mis afrentas y deshonras, y viendo cual me han tratado y reprehendido, estoy tal que aunque no lo digo, sino a Su Hermosura —que así llamaba a su ángel, por la singular hermosura que tenía—, no puedo desechar la pena que me causa, y pensar si por ello estoy aborrecida de los venerables prelados de la Orden de mi padre San Francisco, y si ha de ser esto causa de que yo pierda las misas y sufragios que después de muerta esperaba dellos. Y cuando pienso en mis pecados, mayormente después que me han juzgado por mala, me aflijo tan demasiadamente que no lo sé decir”. Y diciendo esto, derramaba muchas lágrimas, por lo cual deseándola consolar el ángel, dijo: “Sosiégate, alma bendita, y no te atormente tanto la memoria de tus pecados, ni te fatiguen así tus tribulaciones, que por ellas serás bienaventurada, pues te purifican como el oro en el crisol ''[212]''. Y no pienses que por ser reprehendida de tus prelados eres aborrecida dellos, sino que por este camino se te labra tu co- [33r] rona y se purifica tu alma, que como dice la Sagrada Escritura, la tienes siempre en la palma de tus manos”. “No quisiera yo, Señor, que estuviera mi alma en tan ruines manos como las mías —replicó la santa—, sino solo en las de Dios, que con esto la tuviera muy segura: que, como soy tan mala y pecadora, temo mucho perderla, y me parece, Señor, que según las misericordias que usa Dios con esta gran pecadora, estuviera casi siempre o muchas veces en gracia, si no sintiera tanto lo mucho que me atribulan y persiguen. Y harto quisiera yo persuadirme a que lo hacen con razón, y no puedo todas veces, por la poca virtud que tengo. Y más quisiera no ser nacida que haber ofendido a mi Dios tantas veces”. “¡Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados! ¿Qué será de mí, si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, santo ángel, guardador mío, que perdone a esta miserable y no se pierda esta alma, que está por vuestra cuenta ''[213]''. Dadla buena desta ovejuela vuestra, no se la lleve el lobo. San Laruel bendito, consolador de las almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y perseguida, aunque la mayor de mis persecuciones es pensar que por ser tan pecadora las permite Dios, y que [33v] me fatigue tanto el demonio”. “No seas ingrata al Señor —dijo el Ángel—, que las persecuciones que padeces son mercedes que te hace Dios. Y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás le había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo al santo Job. Confía en Jesucristo nuestro redentor, y en la virtud de su Cruz, que aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará. Por tanto, desecha ese temor y congoja, y advierte que si tus persecuciones son grandes, lo son también las ayudas de costa ''[214]'' con que te las da Nuestro Señor, como lo son las muchas visitas que Su Divina Majestad, y su Santísima Madre te hacen tan amenudo, los bienes espirituales que gozas en esta vida, pues estando en la Tierra, participas tantas veces de los gustos de aquella celestial Jerusalén, la familiaridad grande con que me comunicas a mí, y el particular cuidado con que te defiendo y guardo” ''[215]''. (''De algunas santas se lee'''' que tuvieron mucha familiaridad con el ángel de su guarda: de santa ''''Liduvina virgen'''' [216]'''', de santa Francisca Romana'''' [217]'''' y de santa'''' Isabel, hermana del r''''ey ''''Ek''''rberto'''' rey Ekrberto y abadesa del monesterio de ''''Esconaugia'''' ''''[218] [219'''']'') ''[220]''. “Infinitas gracias doy a mi Dios —dijo santa Juana— y a vos, ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones. Y deseo me digáis ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo a vos tantas veces y gozo tan [34r] a menudo de la dulce presencia de mi redentor Jesucristo y de su Santísima Madre?”. “Es gracia suya —respondió el Ángel—, que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe Su Divina Majestad —respondió santa Juana— que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos, porque como tan miserable y pecadora no lo merezco, y así conozco que solo por ser quien es me hace Dios estas mercedes” ''[221]''. “Agradéceselas mucho —dijo el Ángel—, y mira que otras personas, sin gozar deste favor, son mejores que tú. Y esto ten siempre en tu memoria, y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria, ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes, y andes en lenguas de tantos”.
A la fama destas cosas y de otras muchas que sucedían a santa Juana con su ángel, acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas, y a todas oía, y a todas acariciaba, sin cansarse, ni enfadarse de ninguna, que en esto tenía la condición de su ángel, a quien representaba las necesidades de todos, deseándolos consolar. Y tan fuertemente aprehendía la respuesta que le daba el Ángel que con ser de cosas tan diferentes, ninguna se le olvidaba: [34v] A una persona espiritual, que rogó a santa Juana supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que mucho aplacen a Dios”. Y a otra persona que deseaba saber lo mismo dijo: “Llore con los que lloran, ría con los que ríen y calle con los que hablan”: otra persona, necesitada de salud y consuelo, sabiendo que todos le hallaban en santa Juana, la envió a rogar alcanzase de su ángel algún saludable consejo para llevar con paciencia los dolores de su enfermedad, que eran grandes, y habiéndoselo consultado la santa virgen, le dio el Ángel esta respuesta: “Dirás a esa persona afligida y enferma que ponga por cielo en su cama a Cristo crucificado, y por cortinas las insinias de su sagrada Pasión, y ofrezca a Dios sus dolores” ''[222]''.