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Juana de la Cruz

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Capítulo XIV
===Capítulo XIV===
'''Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a santa Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda'''
En los trece años que el Espíritu Santo habló por la boca desta su santa virgen, obró en ella cosas misteriosas y divinas. Y, porque a las veces tiene Dios celos de las almas que mucho ama, y se las quiere todas para sí, ensordeció a su querida esposa, porque se divertía en la consideración de las criaturas ''[332]'', y recebía alguna consolación y deleite en oír cantar los pajarillos, no queriendo que emplease su amor en otra ninguna cosa sino en él; y emprendas [62v] del que Su Majestad le tenía, obró en ella una soberana maravilla, vista y tratada de muchos, y en especial de todas las monjas del convento, de fray Alonso de Mena, su confesor, de fray Alonso de Tarracena, su compañero, y de otros religiosos y padres graves de la Orden, que la vieron y experimentaron. Fue el caso que, queriendo el Señor enriquecer y honrar a su querida esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de sus sacratísimas llagas, cuya historia y suceso milagroso pasó desta manera ''[333]'':
Un Viernes Santo por la mañana, estando santa Juana en oración, puesta en cruz, se quedó arrobada, tan estendidos y yertos los brazos y todos los demás miembros de su cuerpo como si fuera un crucifijo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura —aunque se probó algunas veces— ''[334]''. Y porque este maravilloso suceso sucedió poco después que el Espíritu Santo comenzó a manifestarse en su sierva —a los 25 años de su edad—, cuando las preladas tenían mandado que siempre que la viniese esta gracia la encerrasen de suerte que ninguna persona pudiese oír lo que la santa Virgen decía. Y así, viéndola las mon- [63r] jas arrobada, y en tan diferente postura de lo que otras veces solía, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda, y cerrándole en ella, la dejaron y se fueron todas al coro, por ser hora de entrar en los oficios divinos. Y estando en ellos mientras se decía la Pasión, entró la santa virgen en el coro, derramando muchas lágrimas. Vieron las monjas cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies; traíalos descalzos —como solía—, y porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente con los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde asentaba los pies. Y viendo esto las monjas, la preguntaron por señas —que como estaba tan sorda, no entendía de otra suerte— cómo venía de aquella manera. Respondió que no podía andar porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos —dice la monja que escribió esta historia—, y vimos que tenía en los pies y manos las señales del Crucificado —no llagas abiertas ni manantes sangre, como las de nuestro padre san Francisco, que semejantes a ellas no las ha comunicado Dios a otra criatura—. Las señales desta santa eran redondas, del tamaño de un real de plata, y de color de rosas ''[335]'' [63v] muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los empeines y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abajo, y salía dellas tanta fragrancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. (''A ''''ningún santo ni santa ha comunicado Nuestro Señor sus l''''l''''agas llagas como a san Francisco. A''''sí Así lo dice el Papa Sixto I''''I''''II IIII en una bula que comienza: ''''“''''Licet'''' ''''“Licet dum'''' ''''militans''''…''''”''''militans…”[''''336]'''', la cual se hallará auténtica en la nueva recopilación de bulas apostólicas de Rodrígue''''z Rodríguez [337]'') ''[338]''. Quejábase la santa de los grandes dolores que la causaban estas señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban de devoción, y daban gracias a Dios por lo que con sus ojos veían y con sus propias manos palpaban. Y tomándola en brazos, porque no podía andar ni sustentarse en los pies, la llevaron a la celda, y haciéndola mil caricias, lastimadas y devotas, la preguntaron por señas qué señales eran aquellas, quién se las había dado o cómo se habían hecho. A lo cual respondió la devota virgen, haciendo sus ojos fuentes, que estando en aquel hermosísimo lugar, donde por mandado de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesucristo crucificado, y que juntándose a ella Su Divina Majestad la dejó de aquella suerte, con grandísimos [64r] dolores en pies y manos. Y, acabada esta soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos, con aquellas señales que le duraron desde este día del Viernes Santo hasta el de la Ascensión, aunque no las tenía todos los días, sino solamente los viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales, sin quedarla rastro dellas, más que si nunca las hubiera tenido ''[339]''. Y como era tan humilde, con mucha humildad, lágrimas y devoción rogaba a su santísimo esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en una tan vil criatura como ella, suplicando a Su Divina Majestad se las quitase, porque la parecía cosa poco segura poner a vista de ojos ajenos las mercedes que Dios la hacía ''[340]''. Y esto pedía con tantas lágrimas, con tales congojas y ansias, que parece forzó a Dios y hizo fuerza al invencible y alcanzó de él lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión a los Cielos, la quitó estas sagradas señales ''[341]'', habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te dado; yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas yo te daré mis espinas y cosa que más te [64v] duela”. Y cumpliendo el Señor su palabra, la quitó estas señales y la dio a sentir los dolores de su sagrada Pasión en todas las partes de su cuerpo, según que lo declaran las revelaciones siguientes.
Estando santa Juana elevada, y su espíritu en aquel lugar donde el Señor le solía poner, viernes antes de amanecer, a los veinte y dos de junio, le representó todos los misterios de su sagrada Pasión, tan vivos a su parecer, como si los viera al pie de la Cruz en el Calvario, cuando Cristo padeció. También la mostró su Majestad en un gran campo el martirio del glorioso san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban, y que Nuestro Señor, desde su Cruz, los animaba, y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí crucificado y muerto por vosotros” ''[342]''. Y santa Juana, viendo todo esto, preguntó al ángel de su guarda qué significaba estar Cristo crucificado, y tantos crucificados con él. “Después que Cristo se hizo hombre —respondió el ángel—, tiene muchos compañeros, y tú también lo has de ser, y participante de los dolores de su Pasión y de su cruz, porque así lo quiere su Majestad. Y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos crucificados [65r] con él te truje a este lugar”. Y mirando Nuestro Señor a santa Juana, dijo: “¿Quieres, hija, desta fruta?” ''[343'''']''. “Señor —respondió ella—, quiero lo que vuestra Majestad quisiere. —Y abrazándola Su Majestad, la dejó los dolores de su sagrada Pasión, y tan vivo sentimiento de todos ellos que decía la santa virgen que la parecía la habían hincado clavos ardiendo por todas las partes de su cuerpo, y que oía gran ruido, como si con martillos de hierro la clavaran muchos clavos.
Otra vez, estando esta santa Virgen muy enferma en la cama, se la apareció nuestro padre san Francisco ''[344]'' —día de su propia fiesta'' [345]''— glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos, y le vio y habló, no estando elevada, sino en sus sentidos y despierta. Diola el seráfico padre su bendición, y la santa Virgen con mucha humildad y amor —después de haberla recebido— le rogó por todos los frailes y monjas de su Orden, y en especial por las de aquel santo convento, suplicándole las echase su bendición. Hízolo el santo padre, y al despedirse della, que estaba prostrada a sus santísimos pies, se los besó santa Juana, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero yo, hija mía, besar los dolores de mi señor Je- [65v] sucristo, que por su misericordia la Divina Majestad ha puesto en ti”.

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