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Juana de la Cruz

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Capítulo XIX
===Capítulo XIX===
'''Cómo el ángel de la guarda mandó a santa Juana que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte'''
Es tanta la caridad de Dios, y su misericordia tan grande, que las menos veces hace mercedes tan especiales —como las que se han visto en esta historia— a uno para sí solo, sino para aprovechar por medio de él a otros muchos. Y de aquí es haber mandado el ángel de su guarda tantas veces a la bienaventurada santa Juana que escribiese las misericordias y mercedes que Dios le ha- [91r] cía. Pero la santa virgen, con encogimiento de mujer y por su grande humildad, tenía vergüenza de escribirlas. Y para no hacerlo ni proseguir en lo comenzado, ponía mil achaques cada día, alegando los de su poca salud y el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma, como parece por algunas que se hallan en escrituras que otorgó siendo abadesa. Y así la mandó el ángel que lo hiciese escribir por mano de otra religiosa, que fue para ella otro trabajo mayor ''[468]'', y rehusándolo cuanto pudo dijo: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho —y cosas que su hermosura me ha dicho— han sido todas en secreto, escribiéndolas por mano ajena no podrán dejar de publicarse”. Y temiéndolo la santa y los juicios de los hombres, como estaba tan perseguida y por su causa lo estaban otras religiosas del convento, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún gran mal a mis hermanas y a mí, ¿qué sería de nosotras?”. “Dios cuida dellas y de ti —respondió el ángel—. No temas, sino haz lo que te mando, que el Señor que obra estas maravillas en ti las hace para bien de otros muchos, y quiere se escriban porque haya memoria dellas; donde no, cesarán las mer- [91v] cedes que te hace, y tus dolores y presecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. La Santa, oyendo esto con humildad y temor, hizo lo que el ángel la mandaba, y comenzó a escribir por mano de otra religiosa llamada soror María Evangelista, que —según es tradición del convento y consta de una información hecha con testigos jurados que la conocieron, y se lo oyeron decir muchas veces— no supo leer, ni escribir hasta que para este efecto milagrosamente se lo concedió Nuestro Señor, y así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta gloriosa santa. Este libro se ha tenido siempre como reliquia preciosa, valiéndose de él contra tempestades y truenos, y hoy en día está guardado en el archivo del convento de la Cruz, con grande veneración. Es muy antiguo escrito de mano en veintiocho capítulos y en ciento y setenta hojas de cuartilla, encuadernado en tablas muy viejas, con dos manecillas remendadas y cosidas con hilo blanco. Y viven hoy tres religiosas que conocieron a la misma que le escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de buena vida, muy penitente y de mucha oración y contemplación, y que después de muerta apare- [92r] ció a otra religiosa en la iglesia, con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos, que fue el que escribió de las cosas de la gloriosa santa Juana.
Mucho sentía la santa virgen ver que nunca se acabase lo que la monja escribía, y cuán de asiento se procedía en su escritura, por lo cual poco antes que le diese la última enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda se contentase con lo escrito, y no la obligase más. Concedióselo de buena gana, y dijo: “Di a tu hermana que cese la pluma y no escriba más”. Hallose tan favorecida la santa con esta licencia del ángel, que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese lo que está escrito”. “Perdone Dios tu atrevimiento —respondió el ángel—, y haz luego penitencia de él, porque le has ofendido mucho con ese mal pensamiento”. Y con esto, santa Juana se despidió de él y dijo a la monja que dejase de escribir.
Sobre las muchas enfermedades que santa Juana tenía, la envió Nuestro Señor la última, que fue un recio mal de orina de que estuvo muy apretada, con grandisímos dolo- [92v] res y quince días continuos sin pagar a la naturaleza su acostumbrado tributo. Y aunque en todas sus enfermedades tuvo maravillosa paciencia, en esta que fue la última, se hizo mil ventajas y se excedió a sí misma. Tuvo en ella grandísimos raptos y muy familiares coloquios con el ángel de su guarda. Y como el cisne, que cuando se quiere morir canta más suave y dulcemente, así este soberano cisne, cuanto más se le acercaba su deseado y dichoso fin, tanto con mayor suavidad cantaba, descubriendo con acentos soberanos el fuego del amor divino que dentro de su pecho ardía. Y aunque en sus enfermedades nunca consintió que la curasen médicos, en esta última los admitió, por la instancia y devoción de algunas señoras que le rogaron se curase y le enviaron sus médicos; los cuales, viendo que crecía tanto la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron a las primeras visitas. Mas la santa, como virgen prudentísima y muy prevenida en las cosas de su alma, primero que llegase a este punto recibió el Viático y Extrema Unción. Y tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda que la dijo se conforma- [93r] se con la voluntad de Dios, y le rogase confirmase su sentencia, porque la había dado tres veces, y tantas la había su Majestad revocado a instancia de otras personas que le rogaban por ella ''[469]''. Y entonces la santa virgen pidió a los santos apóstoles —que tenía presentes— con mucha instancia que rogasen a Nuestro Señor no revocase su sentencia, y ellos se lo prometieron. Y el día siguiente, cuando la vino a visitar el médico, le rogó no la hiciese más beneficios, porque la voluntad de Señor era llevarla de aquella enfermedad. (''No hay mudanza en Dios, porque como primer ente, infinito y simplicísimo, lo que una vez quiere nunca lo puede ''''dejar de quere''''r querer [470]''''. ''''Y así, todo lo que quiere Dios eficazmente se cumple, ma''''s mas no lo que quiere con voluntad'''' que los teólogos llaman ''''“''''de señal''''”''''“de señal”, que es no absoluta sino condicionalmente, y esto es lo que no siempre se cumple'''' ''[471]'') ''[472]''. Esto se supo luego en Madrid y Toledo, y algunas señoras con licencia que tenían para entrar en el convento, deseando hallarse a la muerte de la santa, vinieron de muchas partes, y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de la villa de Casarrubios, y esta fue de las primeras y mereció hallarse presente a las maravillas que Nuestro Señor obró en el tránsito de su santa Esposa, [93v] tan llenas de favores y de regalos del Cielo que parece quiso la Divina Majestad echar el sello en su muerte a los grandes favores que le había hecho en el discurso de su vida.
Primeramente viernes, a primero de mayo, día de los apóstoles san Felipe y Santiago ''[473]'', estando la santa virgen en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir ninguna, aunque se lo rogaron las monjas. La mesma noche deste día, dio una gran voz, diciendo: “¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces, y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano ''[474] ''—según lo que vieron y entendieron los que se hallaron presentes, y se manifestó en las cosas que decía— porque unas veces callaba, otras respondía, y como si hablara con otra persona, decía: “¡Oh, qué cruel espada! ¡Ténganle, ténganle, no me mate con ella!”. ''[475] ''Y de allí a poco rato, dijo: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién quería le llamasen respondió que a la bendita Madalena. Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, Madre de [94r] Dios; Madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y esfuerzo: “¡Echalde de ahí, echalde de ahí!”. Y fue que en esta batalla y conflito la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor para que a solas venciese en la muerte al que había vencido tantas veces en la vida. Todo el tiempo que duró este combate —que fue gran rato—, se lamentaba mucho, diciendo: “¡Oh, a qué mal tiempo me habéis dejado!”. Y después, hablando con el que la dejó, dijo: “¿Señor, sola me dajastes? Pues echad de ahí ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y, vuelta a las religiosas, dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi Criador el alma”. Y de allí a poco, como hablando con otras personas, comenzó a decir: “Búsquenmele, búsquenme a mi señor Jesucristo. Hálleme él a mí y yo le hallaré a él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, irele yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Preguntáronle las religiosas a quién quería le buscasen. Y dijo: “A mi Señor”. “¿Pues dónde le hallaremos, madre?”. “En el huerto”, respondió la santa virgen. Y como aquejada de mucho dolor, con un gran suspiro, dijo: “¡Ay, Madre de Dios! ¡Jesús, qué crueldad, qué [94v] crueldad! Señor mío, sobrepuje la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!” ''[476]''. Y, volviendo el rostro a las religiosas, dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con la palabra en la boca. Y las monjas, muy afligidas, dijeron: “¿Qué quiere, madre, que le ayudemos a rogar?”. Respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “¡Vamos, vamos! ¡Oh, a qué punto! ¡Oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces. Y a una religiosa que le lavaba la boca dijo: “Quítate de ahí, que mi Señor me la lavará”. '' ''[477]'' ''Y, con mucha honestidad y gracia, sacó un poquito la lengua, como cuando una persona comulga, y preguntándole si había comulgado, dijo: “Sí, y por todas las personas que aquí están”. El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas, dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en la Tierra”. Y respondió la santa: “Podrá ser”. Y a todo esto había cuatro horas que estaba sin pulsos y tres días sin comer, y luego comenzó a menear la boca con mucho sabor y gusto. Y preguntándole el médico qué comía, respondió: “Del fruto del árbol de la santa Veracruz, que me le ha traído mi ángel”. “Con tal manjar como ese, esforzada estará [95r] vuestra reverencia”, replicó el médico. “Mucho lo estoy”, respondió la santa. Y levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronle con quién hablaba. Y respondió que con las santas y vírgines. Dijéronle: “¿Pues con quién ha de ir, madre?”. “Con Jesucristo, mi verdadero esposo”, respondió la santa. Y decía: “¿Por qué me escondéis a mi Señor y a mi Reina?”. Oyendo esto, las religiosas la mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola dijo: “No es esa, volvedme, volvedme a mi Reina y Señora”. ''[478] ''Y preguntándole si estaba allí la Madre de Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos”. Y dijo: “Vamos, Señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grandísima alegría: “Hacelde lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco dijo con gran reverencia: “¡Oh, Padre mío!”. Y pensaron las religiosas que lo decía por su padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma toda la noche del sábado, no se les hizo un momento. Y llegando la mañana del día santo del domingo, dijo: “Ea, pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío; vamos presto; vamos, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y disciplinas, suplicando a Dios no las privase de tanto bien y [95v] diese salud a Su santa Madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y ausentes y a todos sus devotos. Y tornó luego a decir: “Vamos, Señor, redentor mío, vamos de aquí”. '' ''[479]'' ''Preguntáronle si estaba allí el Señor; dijo que sí, y su Santísima Madre y toda la corte celestial. Comenzó luego a menear la boca, como quien come, y esto fue por dos veces en poco intervalo de tiempo. Y viéndolo todos, dijeron: “Madre, ¿torna a comer del fruto de la Cruz?” Y dijo: “Sí, y ayer le comí otra vez”.
Sábado de mañana llegó el médico, y dijo a la santa enferma: “Paréceme, madre, que se nos va al Cielo. Díganos: ¿quién le acompaña en ese camino?”. “Mi Señor, la Virgen María, y mi ángel, y mis ángeles y mis santos”, respondió la santa virgen. Y púsosele luego el rostro tan resplandeciente y hermoso como cuando solía estar en los raptos ''[480]''. Y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, causado de su enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragrancia que parecía cosa del Cielo. Y de allí a un rato con nuevo fervor y espíritu, como si hablara con otras personas, dijo: “¡Albricias, dadme albricias hasta los zapatos!”. Y esto decía con tanta alegría que juzgaron los que allí estaban que su celestial Esposo adornaba ya aquella santa [96r] alma con las joyas de su desposorio. Quedó la santa virgen llena de aquel suave olor, y su rostro muy resplandeciente, y los labios encarnados como coral, y así estuvo en este ser, sin hablar palabra desde el sábado en la tarde hasta el domingo después de Vísperas, día de la Invención de la Cruz ''[481]''. Y este dichoso día a las seis de la tarde, leyéndole la Pasión, dio a su celestial Esposo el alma año de 1534, a los 53 de su edad y a los 38 de su conversión a la Orden.

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