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→Vida impresa (1)
= Vida impresa (1)=
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/aitor-boada-benito/ Aitor Boada Benito]; fecha de edición: julio de 2025.
==Fuente==
Gonzaga, Francisco [Francisci Gonzagae], 1587. ''De origine Seraphicae Religionis Franciscanae eiusque progressibus, de Regularis Observanciae institutione, forma administrationis ac legibus admirabilique eius propagatione …. Opus in quatuor parte divisum'', Romae, ex typographia Dominici Basae, pp. 644- 646
Vida en latín disponible en: [[De origine Seraphicae Religionis Franciscanae eiusque progressibus, de Regularis Observanciae institutione, forma administrationis ac legibus admirabilique eius propagatione …. Opus in quatuor parte divisum]]
==Criterios de traducción==
La traducción ha seguido los siguientes criterios:* Los nombres propios y topónimos se presentan en forma moderna (p. e. Teresa de Cárdenas [646], etc.)
* El manuscrito original no presenta separación de párrafos. Por lo tanto, se ha optado por mantener una separación que facilite la lectura sin ser demasiado invasiva.
* Aparecen entre corchetes los números de página.
==Vida de Juana de la Cruz==
[644] Sobre el monasterio de Terciarias de Santa María de la Cruz. Monasterio 11.
Hasta aquí hemos hablado de los monasterios de las Clarisas, es decir, de la Segunda Orden del Seráfico Padre San Francisco en esta Provincia. Son diez en número y albergan a más de quinientas hermanas profesas. No nos corresponde hablar sobre las novicias, puesto que tienen libertad para regresar a la casa materna durante el año de prueba o para permanecer, según deseen, sino que nos corresponde tratar los conventos de hermanas terciarias, es decir, de la Tercera Orden del mismo beato Padre San Francisco, que suman trece. Me he preguntado por qué esta tercera y última de las tres Órdenes fundadas por el Seráfico Padre Francisco floreció en otros tiempos con tanto vigor, al menos en número de hermanas, tanto en Alemania septentrional y meridional, como en Italia, Cantabria y, sobre todo, en esta Provincia, y por qué hoy no goza de tanta extensión. Lo que he llegado a entender es lo siguiente: como esta institución comenzó con un espíritu elevado y con desprecio del mundo, sin clausura y sin obligación de vida comunitaria, y como para acceder a ella no se requerían las condiciones necesarias para llevar adecuadamente la vida de otras monjas —a saber: [645] edificios amplios, talleres bien provistos, ingresos anuales fijos, iglesias para escuchar el Oficio Divino y la celebración de las horas canónicas con la dignidad debida, y otros elementos semejantes que por brevedad no se mencionan—, las hermanas de esta clase, vestidas con humilde hábito y participando en los oficios sagrados en iglesias de frailes, podían obtener su sustento y vestido mediante el trabajo, la portería o la limosna, y podían, en una casa modesta y común, cumplir su profesión. Todas las vírgenes, e incluso viudas pobres, que desearan consagrar su castidad al Dios todo poderoso ''[1]'' bajo un hábito honesto y con cierta libertad, se incorporaban a esta Orden. Sin embargo, cuando a causa de esta misma libertad comenzaron a correr peligro su castidad y su fama, y el nombre de las monjas recluidas —colocadas diametralmente en otra condición— comenzó a ser escuchado cada vez más, la mayor parte de aquellas trató de darle a sus casas forma de monasterio bajo voto solemne de clausura. Con el tiempo, tomando el velo de las clarisas, pasaron a su regla o ingresaron directamente en sus comunidades.
En España, tras aquella reforma general de todas las órdenes eclesiásticas llevada a cabo con gran piedad por los Reyes Católicos Fernando e Isabel —reforma que ejecutó con diligencia el reverendísimo padre fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, cardenal de la Santa Iglesia Romana ''[2]'' y también inquisidor general— muchas de estas religiosas se unieron a las clarisas o a las hermanas concepcionistas, cuya orden comenzaba entonces a crecer. No obstante, este convento dedicado a la santísima María de la Cruz permaneció fiel a su antigua vocación, situado a quinientos pasos ''[3]'' del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, y habitado por 38 religiosas de la mencionada Tercera Orden del beato Padre San Francisco.
Este convento es de aquellos que antes fueron casas comunes para mujeres honestas y luego fueron convertidas en monasterios. Algunas mujeres temerosas de Dios, al extenderse la fama de cierto milagro (sobre el que hablaremos más adelante), acudieron a Cubas desde diversas aldeas vecinas. Viviendo juntas, perseveraron en tal modo de vida hasta que, con limosnas recibidas y con bienes puestos en común, lograron construir un pequeño convento contiguo a la iglesia del lugar. Finalmente, en el año del Señor 1459, llegaron a habitarlo de manera estable. Como no contaban con sustento monetario alguno, iban por aldeas y pueblos mendigando lo necesario para su sustento. Mantuvieron ese estilo de vida hasta que, gracias a la intervención de cierta hermana —cuyo nombre era Juana de la Cruz—, aceptaron la clausura estricta, permaneciendo, no obstante, fieles al Instituto de la Tercera Orden de San Francisco, al que se obligaron mediante voto solemne.
Para hablar, pues, de la fundación de este lugar —que fue enteramente milagrosa—, conviene saber que la gloriosa Virgen, en el año 1449 desde su parto virginal, se apareció a una jovencita de 13 años llamada Inés, hija de un tal Alfonso Martínez y de su esposa María Sánchez, vecinos del pueblo de Cubas, mientras [la niña] cuidaba un rebaño de cerdos. [La Virgen] le ordenó que avisara a los habitantes de Cubas de que, si querían quedar inmunes del inminente castigo divino, se convirtieran a Dios por la penitencia de sus pecados. Como la niña obedeció el mandato y los otros la ignoraron [''4''], la bienaventurada Virgen se le apareció por segunda y tercera vez, repitiendo el mismo mensaje. Pero, igual que en la primera ocasión, tampoco entonces fue escuchada. Así que, según el relato, la santísima Madre de Dios se le apareció por cuarta vez y contrajo el dedo pulgar de la joven hasta la parte superior del brazo de esta. De nuevo, le encargó trasladar aquel mensaje. Cuando los habitantes de Cubas vieron la mano de la niña así contraída, comenzaron a conmoverse por la importancia del suceso. Llamaron al párroco —que de casualidad se encontraba ese día rociándolos con agua bendita al acabar el santo sacrificio, según la costumbre— y, vestidos con saco como penitentes y descalzos, salieron en procesión con gran devoción derramando muchas lágrimas, y siguieron a la niña hasta el lugar donde la santísima madre de Dios se le había aparecido. Después de detenerse un poco, Inés se adelantó con prisa. Al preguntarle hacia dónde se dirigía —pues uno de los encargados de la procesión llevaba la cruz que debía señalar el lugar de la aparición—, respondió que iba hacia la bienaventurada Virgen (la muy piadosa Madre de Dios la había llamado por su nombre desde el Cielo, aunque nadie lo comprendió). Entonces, el portador de la cruz se la entregó y la dejó marchar [con ella]. La Reina del Cielo, recibiéndola con su propia mano, le ordenó decir a los habitantes de Cubas que se ocuparan de construir una iglesia en ese mismo lugar bajo el nombre de Santa María de la Cruz.
[646] Cuando llegaron al lugar, apareció la cruz clavada en el suelo y las huellas de los dos pies de la bienaventurada Virgen impresas en la arena. Al venerarlas con gran humildad, muchos enfermos de distintas dolencias fueron curados milagrosamente al contacto con la arena recogida de allí, y se prepararon para edificar la iglesia. En aquel tiempo era arzobispo de Toledo el reverendísimo Alfonso Carrillo, a quien, por oficio, correspondía otorgar la autoridad para fundar dicha iglesia. Cuando los de Cubas fueron a suplicárselo, envió al arcipreste de Illescas y al vicario de Madrid para que se desplazaran al lugar e investigaran con todo rigor si lo que aquellas personas afirmaban era cierto. Obedeciendo al mandato, y examinando con la máxima diligencia todas las cosas conforme a lo exigido por el derecho y el voto, descubrieron que no se había apartado en lo más mínimo de la purísima verdad. Por eso, el piadoso sacerdote concedió el permiso para construir la iglesia. Con fondos propios y con las numerosas limosnas que empezaron a llegar —tal era la devoción del pueblo, su generosidad y la afluencia de personas, además de la frecuencia de los milagros, que no hubo dificultad alguna ni para conseguir dinero ni para lo necesario en la construcción—, en menos de un año edificaron con éxito aquel templo sagrado.
Construida entonces la iglesia, aquellas mujeres —mencionadas antes— hicieron levantar un pequeño convento contiguo. Después de vivir allí durante treinta años consecutivos, llegó inesperadamente una joven honesta llamada Juana [''sc. ''Juana de la Cruz], a quien la bienaventurada Virgen había sugerido que sirviera a Dios en este monasterio. Con lágrimas, rogó a las hermanas que la admitieran en su comunidad. Una vez aceptada, se convirtió en ejemplo de completa santidad para todas y progresó tanto en todas las virtudes que fácilmente demostró ser poseedora de su propia vocación , y fue elegida para gobernar la casa. En cuanto recibió el cargo, aconsejó inmediatamente a las hermanas que pusieran toda la gestión doméstica en manos del Señor y confiaran en Él del todo, que renunciaran con voto solemne a la libertad de salir que hasta entonces habían tenido para poder dedicarse plenamente a la contemplación de los misterios divinos. Gracias a su intervención, desde entonces las religiosas de este lugar comenzaron a emitir también un cuarto voto. Dios todopoderoso ''[5]'' no decepcionó a sus siervas: de hecho, enseguida inspiró al reverendo padre fray ''[6]'' Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, quien, al conocer la virtud de aquellas mujeres, anexionó el beneficio parroquial del pueblo de Cubas a su monasterio por autoridad apostólica, y les concedió abundantes limosnas.
En ese tiempo, el nombre de esta santísima hermana Juana era celebérrimo en toda España. Desde distintas regiones, incluso nobles caballeros acudían a verla y le confiaban a Dios, por su mediación, sus asuntos más importantes. Entre ellos, el invicto emperador Carlos V de Alemania y el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, que por sus medios enriquecieron el convento con preciosísimos regalos y rentas. Pero entre todos brilló especialmente la piedad de los ilustres señores Pedro Zapata Osorio y su esposa Teresa de Cárdenas, que en vida fueron grandes benefactores de toda la comunidad. Además, la misma Teresa, viuda tras la muerte de su esposo, quiso unirse [a las hermanas]. Pidió que, al morir, fuera enterrada en el lado izquierdo del altar mayor. Construyó una capilla con sillar, y fue tal la perfección con la que ejecutó su legado que dejó un fondo suficiente de sus bienes para que esta santa casa recibiera cada año fácilmente 300 escudos de oro. También el poderosísimo y católico rey Felipe II de España quiso participar de las oraciones de sus habitantes y envió una generosa limosna para mejorar el convento. Como existe un libro en el que todos los milagros de este lugar —obrados tanto por la gloriosísima Virgen María como por la beata Juana— están recogidos con veracidad, he optado por omitirlos aquí.
==Notas==
''[1]'' En latín: ''Deo Opt. Max.''
''[2]'' En latín: ''S. R. E.''
''[3]'' El paso es una medida que equivale a cinco pies romanos, es decir, un total de 4,8m. Por lo tanto, según el texto, el monasterio se encuentra a 2,4 km del pueblo. Efectivamente, la Iglesia de Santa María de las Cruz está a aproximadamente 2 km del pueblo de Cubas de la Sagra.
''[4]'' Traducción libre. Literalmente “no obtuvo nada por su parte”.
''[5]'' En latín: ''S. R. E.''
''[6]'' En latín: R. P. F.
= Vida impresa (2)=