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Juana de la Cruz

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Vida impresa (8)
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==='''Cap. I. Del nacimiento, niñez y muestras primeras de santidad de esta sierva de Dios==='''
En el año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y uno, en la Sagra de Toledo, en un lugar llamado Azaña, lugar de la Santa Iglesia de Toledo, llamada Santa María, y en el día de Santa Cruz de mayo fue el muy felice y dichoso nacimiento de la bendita sor Juana. No faltaron en él señales y pronósticos de santidad admirables, porque primeramente ella vino al mundo por petición de la Reina del Cielo María Sacratísima, ''[2]'', que la pidió a su benditísimo hijo para reformación y reparo de una santa casa de religiosas de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco, que está cerca de la villa de Cubas a quinientos pasos de ella, que se llama Santa María de la Cruz. Esta iglesia fue edificada milagrosamente por mandamiento de la Virgen Santísima, la cual para este efecto apareció a una pastorcica de trece años llamada Inés guardando un ganadillo de cerda, muy devota de la Santísima Virgen: porque con ser tan niña rezaba su rosario cada día, ayunaba sus fiestas y la metad [sic] de la Cuaresma, desde que tuvo siete años. Y cuando era de más edad, comulgaba a menudo, y frecuentaba mucho la Iglesia. Pues a esta pastorcica se apareció Nuestra Señora nueve veces, en diferentes días, según lo reveló a la bienaventurada sor Juana el ángel de su guarda y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año la fiesta de estos nueve aparecimientos, con grande solemnidad y concurso de muchos pueblos. ''[3]'' Y en el mismo lugar donde se apareció la Madre de Dios y puso de su mano una cruz de madera (que hoy día se muestra en dicho convento) se edificó la iglesia con título de Santa María de la Cruz. ''[4]'' Y después de algunos años se ajuntaron algunas devotas mujeres y a su costa edificaron un convento junto a la dicha iglesia donde tomó el mismo hábito la patrona Inés. Y andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su prelada y cabeza. La cual, favorecida de la Virgen Santísima, acabó sus días santamente y con demostración de milagros, de los cuales fue uno [262] tañerse por sí solas las campanas a la hora de su dichosa muerte. Mas andando el tiempo este convento, con estar fundado en tanta santidad, vino muy a menos en razón de esto. Y la Virgen Santísima (so cuya protección estaba) pidió a su benditísimo Hijo Jesucristo enviase al mundo persona tal cual convenía para restaurar aquella quiebra. Y el Señor se lo concedió, prometiendo enviaría persona de singular perfección para este efecto. Y en cumplimiento de esta promesa nació esta sierva del Señor el sobredicho día, mes y año, habiendo pasado ya cuarenta años que acaeció el dicho aparecimiento de la Virgen Santísima. Pues aunque todo lo dicho fue milagroso pronóstico de la santidad a que había de llegar la dicha niña con el discurso del tiempo, también lo fueron otras cosas que en su nacimiento concurrieron, como fue nacer en el lugar de la santa Iglesia de Toledo, llamada Santa María, porque la que había de vivir y morir en la casa de la Santísima Virgen naciese en el lugar de su jurisdicción y señorío y que este se llamase Azaña, pues había Dios de obrar en él por intercesión de su Madre Santísima una hazaña en materia de santidad tan admirable que causase asombro y pasmo en todo el mundo, como lo vemos hoy día.
También vio muchos niños de grande belleza que le dijeron: “¿Qué haces así? Vente con nosotros y adora aquella Señora que es la Madre de Dios”. La bienaventurada niña respondió: “Yo no sé qué tengo de hacer, mas rezaré la Ave María”, y puestas en tierra las rodillas, la rezó. Y luego vio a su lado al ángel de su guarda, que la enseñó muchas cosas. ''[6]'' Y al fin de una larga plática que con él tuvo, le rogó la llevase a casa de su agüela. Y cuando volvió del rapto, contó por orden todas las cosas que había visto. En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santísimo Sacramento para un enfermo le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesús Cristo en forma de niño muy resplandeciente y hermoso. [7] Otro día de la Purificación de Nuestro Señor, oyendo misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la hostia, la vio muy clara y resplandeciente y en medio della a Nuestro Señor Jesuchristo, y alrededor de él muchos ángeles, de lo cual la humilde virgen no hizo mucho caso por entonces, creyendo que el ver aquello era común a todos, ni podía caber en su pensamiento que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró (como se verá adelante). En este tiempo y siendo de edad de 7 años, sucedió la muerte de su madre, hallándose presente su bianeventurada hija, que no poco la ayudó para [264] ser dichosa su muerte. Diole su bendición y con mucho amor se despidió de ella.
==='''Cap. II. De los deseos que tenía de ser religiosa y de las penitencias que en la tierna edad hacía==='''
Era tan inclinada la graciosa niña a todo lo que con apariencia de más santidad se le representaba que, cual suele llevar el próspero viento a la navecilla que está en el mar tendidas las velas, así era ligerísimamente llevada y, como se le asentaban los pies, de los afectos de su voluntad, en cosa alguna de la Tierra, de aquí es que corría con increíble presteza a las cosas del Cielo: entre las cuales muy particularmente la incitaba el divino espíritu a la religión de aquel santo convento de Santa María de la Cruz de Cubas (del cual quería la Virgen Santísima que fuese reformadora). Había dejado su madre cuando murió muy encargado que la llevasen a aquella santa casa con otro tanto peso de cera en cumplimiento de una promesa que había hecho. Y acordándose de esto la bendita niña, decía entre sí misma: “Qué necesidad hay de que me lleven a aquella santa casa, mejor será que yo me vaya y me quedé allí religiosa”. Comunicaba sus deseos con una tía suya que en este mismo tiempo tomó el hábito en un convento que se llama Santo Domingo el Real de Toledo, la cual después de profesa creció tanto en santidad que tuvo muchas revelaciones del Cielo. ''[8]'' Y entre otras tuvo una de que aquella sobrina suya había de ser grande santa. Por lo cual deseaba tenerla en su convento religiosa y lo trató con la priora y monjas de él, las cuales ofrecieron recibirla sin dote, por la buena noticia que tenían de ella. Mas su padre y parientes no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. La tía, muy deseosa de que tuviese efecto, dio orden con la agüela de la niña, en cuya casa se criaba, de hurtarla y traerla a su monasterio. Mas como Dios la crió para el de Santa María de la Cruz, deshizo todas sus diligencias y la niña determinó de no tomar el hábito donde tuviese parienta, por parecerla que era poca perfección y llevaba algo de carne y sangre. ''[9]'' Tan discretos eran [265] ya sus pensamientos (aunque niña), y tan enamorada como esto estaba ya de Dios su alma y tan deseosa de servirle y amarle.
Aquí comenzó el Señor a descubrir sus virtudes y ella, como precioso nardo, dar de sí maravillosa fragancia. Porque todos los días de precepto ayunaba a pan y agua y aun pasaba algunas veces sin comer los dos y tres días enteros. ''[10]'' Llevaba cilicios junto a las carnes, azotábase con cadenas de hierro hasta derramar sangre y lo más de todo esto es que nunca la oyeron palabra ociosa. Cuando andaba por la casa o hacía labor se pellizcaba los brazos por sentir dolor y se repelaba los cabellos para el mismo efecto. Y en medio de todo esto, sentía de sí tan bajamente que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba. ''[11]'' Fuera de aquel cilicio de cerdas que le lastimaba el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes y, aunque fuese en tiempo de invierno cuando las noches son frías y largas después de acostadas las criadas, se levantaba ella y desnuda se quedaba con el cilicio. Y de esta manera pasaba toda la noche en oración hasta que al amanecer, con mucho silencio, y como si tal no hubiera hecho, se volvía a la cama. Mas una vez, viendo las criadas que faltaba de la cama, dieron aviso a su tía. La cual, angustiada y deseosa de saber lo que hacía, mandó a una criada que secretamente la siguiese cuando se levantaba y viese lo que hacía. Y la noche siguiente la siguió y vio que se quedaba dentro del mismo aposento y, puesta de rodillas cubierta con una estera o cilicio, la oyó sollozar delante de una imagen con muchas lágrimas. ''[12]'' Disimuló la dicha criada por entonces y a la mañana dijo a su señora cuán santa era su sobrina y los pasos en que andaba. Esto sintió mucho la santa doncella. Y viendo que sus trazas eran descubiertas, buscó otras para poder hacer sus ejercicios, sin ser vista ni entendida. Luego como entró la virgen en casa de sus tíos, entrando en un aposento vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines con sendas jarras en las manos, que no hacían otro sino sacar agua de la fuente [266] y muy apriesa hinchir y verter las jarras, los cuales miraban con atención a sor Juana y mirándola se reían y mostraban contento aunque no la hablaban. Ella muy gozosa con tan alegre vista deseaba mucho saber qué se hacía tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio donde la echaban, ni lo supo hasta que muchos años después el ángel de su guarda la dijo que aquella fuente era milagrosa y el agua que los serafines sacaban representaba la gracia del Espíritu Santo que copiosa y abundantemente infundía en su alma. Un viernes santo por la mañana, habiendo gastado buena parte de ella y de la noche (como otra Magdalena en sus lágrimas) a los pies de Christo, contemplando su Pasión, se le apareció crucificado con todas las insignias de su Pasión sagrada y las tres Marías muy angustiadas y tristes, y la santa doncella lo estuvo tanto con el sentimiento de esta visión (de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos) que de lo mucho que lloró dejó regado el lugar donde estaba, y su rostro quedó tan desfigurado que, cuando lo vieron sus tíos, espantados de la súbita mudanza que vieron en ella procuraron que comiese alguna cosa. Mas, como su mal no era de eso, ella misma los consoló diciéndoles que no la obligasen a quebrantar el ayuno en aquel día, que les aseguraba que muy presto estaría buena. Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y dejando ordenadas todas las cosas de casa, se salió sola a un corral buscando soledad para orar. Y puesta de rodillas en muy profunda oración, vio que se abría el Cielo y bajaba d’él la reina de los ángeles con su dulcísimo hijo en los brazos. ''[13]'' La cual, acercándose a ella, la miraba con ojos muy amorosos y mansos, y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su sacratísima madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese con su precioso hijo en lo que tanto deseaba como era ser religiosa. Y esto decía con tal afecto de espíritu que, a las voces que daba, sin poderlas detener salieron los de casa a ver lo que era. Y hallaron a la sierva de Dios puestas las manos y de rodillas en tierra hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados de ello y acabada la visión, echó de ver la santa que le habían visto y de ello recibió mucha pena, temiendo ser descubierta en lo que tanto deseaba ser secreto. En estos tan dichosos y acertados empleos ocupaba [267] su vida, y creciendo en la virtud más que en los años llegó a los catorce de su edad. Sus parientes deseaban que se tratase de la casar y animábales a ello el ver su mucha discreción y hermosura con otras muy buenas partes de que Dios la había dotado, las cuales les parecían muy a propósito para que muchos hombres principales deseasen tenerla por mujer (como de hecho la pedían y deseaban). Mas la santa virgen, que guardaba para solo Dios cuanto bueno tenía y para entregársele a sí misma toda entera, no podía esperar que la hablasen en esa materia, y cuanto más diligencias veía hacer a sus parientes para eso, mayores y con mayor instancia de oraciones y lágrimas las hacía ella suplicando a Dios que no la permitiese enredar con los lazos del mundo, sino que la llevase adonde pudiese cumplir su deseo de ser toda suya. Mereció ser oída del Señor y su petición fue tan bien despachada como ahora se verá.
==='''Cap. III. De como la santa doncella se fue en hábito de hombre al convento de Santa María de la Cruz para ser religiosa==='''
Considerando con la debida atención la inclinación santa y fervientes deseos de ser religiosa que Dios había plantado en su tierno pecho, los cuales, si consultara con el mundo y con la carne y sangre, se los había de estorbar y poner a pleito, estando muy asegurada la bendita doncella de que el estado más seguro y el que a Dios era agradable sería el ser religiosa, determinó de romper con todo los estorbos que podía haber para eso. Y para asegurarse más de que era acertado su deseo, había hecho un oratorio en un lugar muy apartado y solo, que era un palomar antiguo y despoblado, donde sin ser vista sino de solo Dios se daba toda a la oración multiplicando gemidos y derramando lágrimas para que diese cumplimiento a sus santos deseos. Un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro como solía, estando postrada en tierra delante una Verónica dijo: “Oh mi dulce Jesús, suplicoos Señor que por los méritos de vuestra Pasión merezca ser vuestra [268] esposa y entrar para eso en religión, para entregarme toda a vos, único deseo de mi corazón y amor dulcísimo de mi alma”.
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==='''Cap. IIII. De cómo recibió el hábito y de muchas cosas notables que sucedieron siendo novicia==='''
Habida la bendición y licencia de su padre, y deseando ya las monjas admitirla, llegó a deshora luego el Ministro Provincial, sin cuya licencia no podía ser admitida. Y fue cosa notable que llegase el perlado en aquella sazón y pareció orden del Cielo, porque había muy poco que salió de allí y no le esperaban en muchos días. Supo el caso de lo que pasaba y dio su licencia para que fuese recibida. Vistiéronla el hábito de la religión a tres de mayo, día de la Invención de la Cruz, ''[18]'' en el mismo que cumplió los quince años y en el de 1496, hallándose presentes y con muchas lágrimas de devoción su padre con toda la parentela.
Una religiosa que se halló presente a todo vio por sus ojos el milagro. Y como la sierva de Dios iba creciendo en virtudes cada día, también las religiosas iban conociendo su mucho valor [274] y talento, y así la ocuparon en oficio de sacristana, después de muy probada en la cocina, del cual dio tan buena cuenta que, sin sacarla d’él, la hicieron juntamente tornera y luego, después, portera. Todo lo cual hacía con tanto fervor de espíritu y con tanto celo del servicio de Dios, del decoro de la religión, que padeció en razón de eso muchos trabajos, porque como la veían de poca edad y nueva en la religión, y por otra parte tan cuidadosa de la observancia della, muchas se le atrevían. Mas la mansísima cordera a todas se humillaba y a las que la reñían decía su culpa, rogando al Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Parecíale estar en su gloria cuando en los ejercicios más humildes se ocupaba, y en ellos llevaba siempre a su dulcísimo Jesús presente. Y cuando volvía el torno para dar o recibir algun recaudo, le contemplaba como cuna en que al Niño Jesús mecía. Y tal vez aconteció volver el torno con este pensamiento, que vio en él a Dios niño, el cual con alegre y risueño rostro la hablaba y miraba. Otra vez, siendo portera, la apareció el santísimo Niño Jesús. Y así como le vio, extendió sus brazos para recibirle en ellos, pero luego apareció su santisíma Madre y, tomándole en los suyos, se levantó en alto con él acompañada de infinitos ángeles, que con muy dulce armonía le daban música. Mas como la sierva de Dios viese que se iba Madre e Hijo y la dejaban sola, juzgándose por indigna de tan santa compañía, quedó muy triste. Mas consolola luego la Madre del consuelo, y dijo: “No te aflijas, hija, sino vente hacia las higueras de la güerta, que allí nos hallarás”. Contentísima con este favor, y mirando a todas partes, ansiosa de ver lo que su alma deseaba, llegó a la casa del horno cerca de las higueras y vio a Nuestro Señor Jesucristo con su bendita Madre y con muchedumbre de ángeles que la esperaban, y postrada pecho por tierra, adoró a Dios y a su Madre Santísima. Y estuvo grande rato gozando de aquella visión, tan absorta que, aunque la llamaron con la campana, no lo oyó, hasta que la Madre de Dios la dijo: “Anda, hija, haz la obediencia que te han llamado tres veces, y tú nunca lo oíste”. Fuese corriendo a ver quién la buscaba y, habiendo negociado, se volvió derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Pero como algunas monjas la vieron y notaron la solicitud que llevaba y que el rostro tenía encendido [275] y resplandeciente (del qual salía suavísimo olor), siguiéronla, deseando saber en qué andaba, y sospechando alguna grande cosa, viéronla entrar en la casilla del horno y oyéronla que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, ¿tan grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora?, pues habiéndome yo ido, dejando vuestra santa compañía en tan humilde y pobre lugar, hallo ahora que os estáis en él aguardándome”. Oyeron también las monjas cómo la Virgen respondió: “Hija mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que agrada mucho a mi Hijo”.
==='''Cap. V. De un maravilloso rapto de la sierva de Dios, y de sus grandes penitencias==='''
Estaba tan adelgazada y apurada la carne desta santa doncella, y el espíritu tan elevado de todo lo que es pesadumbre y Tierra, que con mucha facilidad gozaba de raptos y éxtasis maravillosos, de los cuales fue muy notable el que diré agora. Siendo de veinte y cuatro años, la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después vieron en ella otro semejante. Porque otras veces cuando se elevaba, quedaba con muy grande resplandor en el rostro, pero esta vez quedó como muerta. Los ojos quebrados y hundidos, los labios cárdenos, arpillados los dientes y todos los miembros de su cuerpo descoyuntados y yertos, el rostro tan pálido como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseosas de saber la causa, rogáronla que se las dijese. Mas ella rehusó de hacerlo hasta que, pasado algunos días, se lo mandó el ángel de su guarda. Y así las dijo: “La causa, madres, de haber visto en mí tal novedad, fue que estando mi espíritu en el lugar donde el Señor se suele poner otras veces, vi con apariencia triste al ángel de mi guarda y, preguntándole yo la causa, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí habían de venir y que, habiéndole rogado por mí, le respondió su Divina Majestad que convenía llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Entonces le tornó a suplicar que por su clemencia me concediese esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido”. Y el Señor se lo otorgó, y así desde entonces todos los raptos fueron muy suaves, y por [276] ser tantos y tan largos, que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía. Por lo cual la dieron celda aparte y una religiosa que cuidase della. Pareciole buena ocasión esta para alargarse en ejercicios de penitencias y así lo hizo. Muchas veces la acaeció en la contemplación de los crueles azotes que el Señor padeció en la columna, deseando ella imitarle algo, pidiendo licencia a su Divina Majestad para ello y habida primero para semejantes mortificaciones de la prelada, se cerraba en un aposentillo y desnuda se amarraba a un madero (como columna) que allí tenía, y atándose ella misma con unos cordeles primero los pies y después el cuerpo, dejando libres los brazos, se azotava por todo él con una cadena de hierro. Y por que la cadena mejor la hiriese tenía en el uno extremo della un hierro grueso, tan largo como una tercia. Y tomándole en la mano, se daba con los extremos de la cadena hasta derramar sangre. Estando en este ejercicio, contemplando los azotes del Señor y abriendo sus carnes con aquellos, la apareció el bendito ángel de la guarda, y mandaba cesar diciendo: “Basta, que hasta aquí llegó la voluntad de mi Señor Jesuchristo”. Y el mismo ángel la desató a veces de la columna en que estaba. Otras veces, en aquel mismo lugar, tomaba un guijarro que pesaba siete libras, y de tal manera se daba con él que a los primeros golpes saltaba la sangre, hasta manchar las paredes. Duraba este ejercicio mientras daba de rodillas quince vueltas por aquel aposentillo, en memoria de las quince más principales llagas de Nuestro Señor Jesuchristo.
Una noche hallándose la santa muy afligida y maltratada de los demonios, que con horrendas figuras y deshonestas pretendían inducirla a deseos sensuales, se salió a la güerta y, juntando muchas zarzas (a imitación de nuestro padre san Francisco), desnuda se acostaba sobre ellas. Y luego se entró en una laguna diciendo: “Por que conozcas que eres barro, en este cieno te has de lavar”. Allí estuvo grande rato y antes de volverse a vestir, se azotó con una cadena, que para este efecto tenía. Desde entonces quedó el enemigo tan desengañado de lo poco que podía con ella que nunca más la tentó en aquella materia. Otras mil invenciones sacaba de penitencias, una veces se ceñía por los brazos y por el cuerpo con sogas y esparto, en memoria de las que [277] ataron al Señor en la columna. Otras se ceñía las mismas cadenas con que se azotaba, y por la mayor parte andaba siempre vestida de hierro, como lo prueban los espantosos cilicios de que usó toda su vida: de cerdas, de cardas de hierro y uno de malla con medias mangas hecho a modo de sayo, tan largo que le llegaba a las rodillas. Otro de planchas de hierro, en forma de corazón, que por todas partes la ceñía al cuerpo, y le traía sembrado de cruces y de los pasos de la Pasión, hechos de clavillos muy agudos, aunque de este usaba pocas veces porque con él sin mucha dificultad no podía doblar el cuerpo. Y cuando se inclinaba, se le hincaban las puntas de los clavillos por el cuerpo, lo cual ofrecía a Dios con mucha paciencia. Otras veces se solía arrastrar por el suelo, tirando de una soga que llevaba a la garganta, y azotándose con la cadena decía: “Quien tal hace que tal pague. ¿De qué te quejas cuerpo ruin y miserable, pues tienes a Dios tan ofendido?”. Otras veces, puesta en cruz, andaba con las rodillas desnudas sobre la tierra, hasta derramar sangre dellas. Otras para más dolor ataba en las mismas rodillas unas pedrecitas o tejas. Otras se ponía en cruz, arrimándose a la pared donde tenía hincados unos clavos, y ponía tan fuertemente las manos ensortijadas en ellos que se estaba en cruz una hora sin llegar los pies al suelo. En cierta ocasión, acabando de hacer una grande disciplina, sobre las llagas hechas con las cadenas se puso aquel cilicio de malla (que era el ordinario). Y apenas se vistió el hábito cuando se quedó elevada por seis horas, hasta que, echándola menos las monjas, la hallaron de aquella manera, y que decía cosas maravillosas, en orden al modo con que habían de servir y agradar a Nuestro Señor. Y eran tan llenas de devoción, que encendían y abrasaban en amor de Dios a las que las oían.
==='''Cap. VI. De cómo se desposó la santa con el niño Jesús y de su devoción al Santísimo Sacramento==='''
Han sido tales y tantas las misericordias de Dios hechas a esta sierva suya que en algunos no solo han causado admiración, que es el efecto que deberían hacer en todos, sino también alguna dificultad, y no pequeña, para [278] creerlas. La admiración es muy justa y está en su lugar, porque de ella sale luz para conocer las obras de Dios, según lo dijo David: ''Mirabilia opera tua & anima mea congnoscet nimis''.''[21]'' “Por ser Señor tan admirables tus obras, mi ánima crece en el conocimiento tuyo”; y de ellas, porque la Fe se confirma, la Caridad se enciende para más amar a tan liberal Señor, y la Esperanza se alienta de muchas maneras, esperando que obrará Dios en él lo que obró ya en su prójimo; pero sacar de la grandeza de las mercedes de Dios tibieza para creerlas (por ser grandes) es sentir bajamente de la infinita liberalidad y bondad de Dios, y medirla por la cortedad de su ánimo, triste y escaso. De manera que las mercedes hechas a santa Juana no son menos creíbles por ser grandes, porque si se leen los libros de los santos están llenos de casos maravillosos, donde se muestra haber hecho Dios Nuestro Señor mercedes grandiosas a ladrones y salteadores y a todo género de personas facinerosas (cuando parece que menos lo merecían) por sus secretos juicios y para muestra de su infinita misericordia. ¿Pues qué mucho que haya hecho lo mismo por una sierva suya, escogida desde el vientre de su madre para ser santa? Ni puedo persuadirme yo que los que ahora se espantan sea por la grandeza, porque si della se espantan es señal que no la conocen, sino de la novedad y casos extraordinarios. Y en las cosas humanas tiene esto algún fundamento, pero en las divinas es muy de hombres tibios no advertir en cosas muy grandes que hace Dios muy de ordinario, y admirarse mucho de las extraordinarias, como lo pondera san Agustín: ''Ut non maiora sed insolita videndo, stuperent, quibus quotidiana vilueruns''. ''[22]'' “Y caerán sin duda los sobredichos en la cuenta si hicieren esta consideración”. Y es que suelten las riendas al entendimiento y añadan a las mercedes que Dios hizo a esta sierva suya otras mayores, más estupendas y raras, y porque el entendimiento del hombre es corto, haga esto el más subido serafín, y todo junto esto con aquello no llegará ni en grandeza de obra, ni en firmeza de amor, ni en novedad de maravilla a lo que es solo comulgar una vez. Porque esta merced ni puede tener igual, ni el misterio semejanza. Todo esto, y mucho más a este propósito, advierte el señor Obispo Sosa. Y lo he querido referir porque, llegando a tratar de las soberanas misericordias hechas a esta bendita doncella, vaya el lector con esta prevención. [279] Y, aunque es bien que se admire dellas, por grandes e inusitadas, no por eso deje de creerlas, antes de aquello sacará luz para esto.
Una religiosa, buscando otra cosa en la celda de esta santa virgen, vio dentro de un cofrecillo una hostia. Y a este punto volvió ella del rapto en que estaba. Y con mucha agonía, se fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa y dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, porque es el Santísimo Sacramento, que le han traído ahí los ángeles”. Y declarando cómo era, dijo: “Un hombre que por sus pecados se fue al infierno murió con el Santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles y le trajeron aquí, mandándome que, pues yo lo había visto, comulgase con la santa hostia y la recibiese por una de las ánimas de purgatorio. [28] Y estando en oración supe que andaba cierta persona en mi cofre, y así quiero luego hacer lo que los ángeles me mandaron”, lo cual hizo con mucha devoción y lágrimas.
==='''Cap. VII. De la familiaridad que tenía con los ángeles y en especial con el de su guarda, y cuán devota era de san Antonio de Padua==='''
Era tan ordinario el trato que esta sierva de Dios tenía con los santos ángeles que conversaba con ellos con la misma llaneza cual suele un amigo con otro. ''[29]'' Y desto se le pegó la condición angélica y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar: porque era del Cielo, y así toda sabía a Cielo. Los ángeles que guardaban particulares provincias y reinos la visitaban a menudo y le rogaban alcanzase del Señor que templase tal y tal tempestad que quería enviar sobre la tierra de piedra, granizo o rayos. Decíanla sus nombres y oficios y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que [282] guardaban, así presentes como las que estaban por venir. Una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles y no la vieron hasta que después de haber comulgado apareció en medio de ellas. Las cuales admiradas y deseosas de saber, la rogaron se las dijese. Y ella para su edificación las dijo: “Hermanas, porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar solamente con Dios, quiso Su Majestad que los ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el Santísimo Sacramento. De allí os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se alegran con las que comulgan santa y puramente, y lo que mostraban apartarse y querellarse los que veían lo contrario en las que ellos guardaban”.
[286] Tuvo también especial devoción y familiaridad con san Antonio de Padua, del cual fue siempre muy favorecida y regalada. ''[34]'' Una vez estando en oración, pidiendo para sí y para otras almas la misericordia del Muy Alto, la apareció el santo y dijo: “Hija, quien tanto agrada a su dulcísimo esposo, como tú, mucho le ha de pedir”. Y la santa contemplando aquel dulcísimo niño Jesús que san Antonio traía en su mano, le comenzó a decir tales dulzuras que se detuvo en ello gran rato, hasta que el mismo santo la dijo: “Vuelve, hija mía, la cara y duélete de tus hermanas y de sus necesidades”. Y volviendo el rostro vio cabe sí dos almas muy necesitadas y rogó al dulcísimo niño Jesús por ellas diciendo: “Señor mío, de estos santísimos pies no me levantaré hasta que las hagas la merced”. La cual otorgó luego el piadosísimo Señor y, dándole gracias por haberlas perdonado, extendió san Antonio sobre ella la mano; dándola su bendición dijo: “Aquí descansa en su esposa este divino Jesús, verdadero esposo de las almas”. Duró este rapto largo tiempo y volvió la bienaventurada santa d’él con tanta alegría y resplandor en su rostro, que causó admiración a las religiosas que la vieron. Otra vez, acabando de hacer cierta obra de caridad en una religiosa de su casa quedó con algún desconsuelo, por verla con otras necesidades del alma. Y creciendo en ella esta fatiga, porque la necesidad crecía también, con un gran sospiro llamó a san Antonio de Padua, diciendo: “Oh, mi padre san Antonio, ayudadme ahora con Dios para que libre a esta mi hermana”. Luego al punto se le apareció el glorioso santo y dijo: “Esposa amada de mi Señor Jesuchristo ¿qué me pides? Que sin duda lo alcanzarás”. Ella respondió con humildad profunda: “Yo me hallo tan indigna que no me atrevo a parecer ante mi dulcísimo Jesús, menos que tal intercesión como la vuestra”. Entonces el santo le echó su bendición con su bendita mano y el niño Jesús, que tenía en la otra, con amoroso semblante la dijo: “Yo te ayudaré en tus necesidades y lo que ahora me pides para tu hermana, ya te es concedido, la cual dentro de un mes pasará de esta vida a la eterna, perdonándola muchos años del purgatorio por tu intercesión”. Dadas al soberano Señor muchas gracias por tan inefable merced como la hacía se fue a la religiosa y la dijo lo que había pasado y ella con grande aparejo [287] esperó la hora de su muerte, que puntualmente sucedió cuando le fue revelado.
==='''Cap. VIII. De cómo la sierva de Dios fue electa abadesa y de un muerto que resucitó==='''
Como las religiosas sabían la rara santidad de sor Juana y junto con eso su buen talento y singular prudencia, deseaban tenerla por perlada. Mas los prelados, atendiendo a que era muy moza, pues tenía poco más de veinte y cinco años, rehusaban el admitirla para perlada. Mas ya que en esta ocasión no pudieron las monjas hacer lo que deseaban, en otra siguiente en que vacaba el oficio de abadesa y tenía ya cumplidos veinte y ocho años suplicaron a Dios con instancia pusiese en aquel oficio a su sierva. Oyolas el Señor y, llegando el provincial a hacer elección y considerando la mucha santidad de sor Juana, tuvo escrúpulo de haberla estorbado otra vez, cuando las monjas la quisieron elegir. Solo reparaba en que no podía cumplir con las obligaciones de su oficio porque lo más de el tiempo estaba elevada. Estando dudoso el provincial y combatido destos pensamientos, fue hecha la mano del Señor sobre su sierva y, estando elevada, dijo tales razones que dellas echó de ver el provincial que era la voluntad de Dios que fuese abadesa. Luego entró en la elección y todas las monjas dieron sus votos a sor Juana, sin faltar alguno. Y confirmándola el perlado dijo: “Yo, señoras, no la hago abadesa, sino la voluntad de Dios, que quiere que lo sea”. Ellas no cabían de contento por verse súbditas de tan bendita perlada, la cual en diez y siete años continuos que lo fue hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, el cual estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar que solo tenía unas terrecillas donde sembraban una miseria de trigo y nueve reales de renta cada año. ''[35]'' Mas luego quiso Dios, por los méritos de su sierva, que creciese y se aumentase el convento, así en lo temporal como en lo espiritual y que se echase de ver que no contradice, antes se concierta muy bien, la rara santidad con el buen acierto en el gobierno. Muchas [288] personas principales y grandes del reino la dieron gruesas limosnas. El cardenal don fray Francisco Ximénez, su gran devoto, se señaló mucho en esto. Y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba la dio quinientos mil maravedís de una vez, con que la sierva de Dios hizo un cuarto y dormitorio, el mejor que tiene el convento. Para el culto divino hizo muchos ornamentos, vasos de oro y plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Cuando tuvo la casa reparada, cuanto al edificio y rentas, hizo que las monjas guardasen clausura, que hasta allí no la guardaban ni prometían, sino que salían como otros pobres a pedir limosna por los lugares de la comarca. Con todo esto era tan amada de todas que se tenían por muy dichosas en tener tal perlada. Junto con este amor la tenían tal reverencia y temor, que acaecía cuando enviaba a llamar alguna religiosa venir luego temblando, de suerte que era necesario que la bendita perlada le quitase aquel temor para poder responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades del convento y de las monjas, públicas y secretas, temporales y espirituales y todas las remediaba y proveía y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar.''[36]'' Exhortábala todo lo bueno y reprehendía lo que no era tal. Castigaba con mucha caridad y prudencia, sin disimular culpa alguna, por muy pequeña que fuese. Y para animarlas al servicio del Señor y observancia de su regla, decía muchas cosas de las que el Señor por su misericordia le mostraba. ''[37]''
Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso con una gran llaga y, rogando al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, repondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial y tal que no sanará, sino fuere por milagro”; el fuego se comenzó a manifestar en el brazo, ella prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma. A una niña enferma de mal de corazón dio salud haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida. Otros muchos milagros hizo semejantes a estos en la cura de los enfermos y en parecer muchas cosas perdidas que se le encomendaron.
==='''Cap. VIIII. De las milagrosas cuentas que nuestro Señor bendijo en el Cielo, a instancia de su sierva==='''
Todas las dificultades que puede haber habido, cerca de estas cuentas de que se tratará ahora, se allanan con advertir al lector de algunas cosas. La primera es que no se pretende aquí, ni el autor de quien arriba dijimos que escribió la vida desta santa quiso dar a entender, que las dichas cuentas, por haber estado en el Cielo, viniesen de allá con especiales indulgencias. Porque, aunque las pudo conceder el Señor que nos las ganó y de quien tiene autoridad el Sumo Pontífice para concederlas, pero llana cosa es que esa autoridad se la tiene dada [291] a él, como a cabeza visible de la Iglesia, y por ese medio quiere Su Majestad que se concedan todas.
Las virtudes de estas cuentas son muchas y por experiencia se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los obsesos y confiesan que salen por virtud de estas cuentas y huyen de los que las traen consigo. ''[49]'' Tiénenlas también contra el fuego, contra los truenos y rayos, tempestades y tormentas del mar, y contra muchas enfermedades del cuerpo y del alma. Valen contra escrúpulos, tentaciones y espantos de demonios, y esto sacaron de la virtud que les dio el Señor, como consta por los milagros que están comprobados. Todo esto se ha colegido de lo que, debajo juramento, dijeron las monjas ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma sierva de Dios, que en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos, que estas cuentas estuvieron en el Cielo y todo lo demás que queda dicho dellas. Y muchas personas de cuenta y grandes perlados de Castilla las tienen en mucha veneración, y las han procurado y tenido en mucho. Una tuvo el rey Filipo Segundo de buena memoria; y Filipo Tercero, legítimo heredero de la fe y la devoción de su padre, y la christianísima reina doña Margarita, mujer suya, las han tenido consigo. ''[50]'' Y el Papa Clemente Octavo de gloriosa memoria, antes de ser Pontífice vino a España, con un hermano suyo, auditor de Rota, sobre los negocios del Condado de Puñoenrrostro ''[51]'' y fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de la beata Juana e, informado de la sancta vida y milagros desta virgen y de la verdad de estas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su cuerpo, pidió a sor Juana Evangelista, abadesa que era del convento, una de las dichas cuentas y con mucha devoción la recibió y llevó consigo. Los benditos fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín, varones apostólicos de tan aprobadas y santas vidas que después de sus muertes hizo Dios por ellos muchos milagros, ''[52]'' afirman en sus testimonios que dieron que habían subido al Cielo estas cuentas y que Christo Nuestro Señor las bendijo y concedió [295] muchas virtudes y perdones, y persuadían a los pueblos donde llegaban que tocasen los fieles sus rosarios en las cuentas que llevaban ellos. Y cuando de esta verdad no hubiera tantos y tan calificados testimonios, bastaba el de esta sierva de Dios, y el haberlo ella dicho y aseverado, para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia, publicando virtudes y gracias falsas. Mas lo que bastantemente prueba esta verdad son los milagros que Dios ha hecho en su confirmación, de los cuales diremos algunos en el siguiente capítulo.
==='''Cap. X. De los milagros hechos en virtud de estas cuentas y de las tocadas a ellas==='''
Para que nadie pueda dudar con razón de estas santas cuentas, diré aquí para gloria de Dios algunos de los muchos milagros que el Señor ha obrado por ellas, pues es cosa cierta y llana que nunca Dios hace milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de alguna verdad la hacen evidentemente creíble. Y porque los milagros hechos en nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones están aun hoy vivos, y las mismas informaciones originales o sus traslados aunténticos, en los archivos del convento de la Cruz.
Y no solo eran estos milagros en España, sino en otras naciones muy lejos della, como se vio el año de mil seiscientos y doce por la Pascua de Resurrección en la ciudad de Aix en Francia, donde, por permisión divina, había un convento de monjas, de las cuales las veinte y cuatro estaban endemoniadas. ''[55]'' Y pasando por allí muchos religiosos graves de España que iban a la celebración del capítulo general de toda la Orden de Nuestro Padre San Francisco, que se había de tener en el convento de Araceli en Roma, algunos de los dichos padres llevaban consigo de las cuentas de la beata Juana de la Cruz y, compadeciéndose de aquella tan grande lástima, el primero día de la santa Pascua de Resurrección fueron adonde las dichas monjas estaban, y con una de [299] las dichas cuentas, puesta primero a la que más furiosa estaba y después sucesivamente a las demás, en presencia de mucha gente que se halló presente a aquel caso, salieron los demonios de los cuerpos de las dichas religiosas, a parecer de los que presentes estaban porque, al punto que las dejaban los demonios, quedaban cansadas y sudando notablemente y hacían la señal de la cruz y se santiguaban. Y las que poco antes huían de la cuenta, la besaban dando muestras de devoción y de estar libres del demonio. Y la que primero estaba libre d’él, ayudaba luego a las otras, para que les pusiesen la cuenta. A lo cual se hallaron presentes muchos padres, y dieron verdadero testimonio dello y juraron ser verdad, como más largamente se refiere en el dicho libro de la santa. Lo sobredicho se confirma con una carta escrita de la propia mano del ilustrísimo cardenal Diestrichstain, arzobispo de Nichillpurg en Alemania, para la señora marquesa de Mondéjar, su hermana, donde con mucha instancia la pide que le envíe una cuenta de la beata sor Juana de la Cruz porque con una dellas que tienen allá en Alemania hace el Señor muchos milagros, de los cuales cuenta algunos. Y la dicha señora marquesa envió la misma carta original en Madrid al Señor obispo de Canaria, don fray Francisco de Sosa, para que se tomase testimonio auténtico de ella, (como se hizo), y está en el convento de santa María de la Cruz.
==='''Cap. XI. De algunas revelaciones que el Señor reveló a su sierva y de la devoción singular que tuvo a la Virgen Santísima==='''
Atendiendo a que el comunicar tan altas revelaciones el Señor a esta sierva suya era en orden al aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el ángel de su guarda mandándoselas escribir, me pareció escribir este capítulo de algunas revelaciones suyas, para que, leyéndolas, el pecador se consuele considerando las divinas misericordias que resplandecen en ellas, como se verá en esta que contó a sus monjas de esta manera. “Llevándome mi santo ángel un día de santa Magdalena a visitar [300] la iglesia donde está su santo cuerpo para ganar los perdones allí concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de entre las llamas de la cual salía una alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo. Y díjome mi santo ángel: “Por que veas lo que puede la misericordia de Dios y la gran contrición en un hombre, aquella alma es de un hombre viejo, grandísimo pecador, que estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el infierno. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y al juez rigurosa justicia, diciendo quería pagar su delito en esta vida. Y aunque la salvara si quisiera, escogió morir y padecer esta pena y afrenta en satisfación de sus culpas. Y así, después de haberle dado el garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual sale su alma derecha al Cielo, porque sepas que mientras el alma está en el cuerpo, ha lugar la misericordia de Dios, que cabe entre la soga y la garganta del hombre”.
Hallose en esta sierva de Dios lo que todos los santos enseñan ser singular medio para la perfección, esto es, la devoción de [303] la sacratísima Virgen Nuestra Señora. Fuela tan devota esta humilde sierva suya que, desde muy niña, la rezaba el rosario y, por no tenerle de cuentas, lo hacía de cordel, con ñudos por pater nostres y avemarías, y así como crecía en edad, iba creciendo en devoción. Y cuando llegaban las fiestas de la Madre de Dios, a los ejercicios de penitencias ordinarias añadía otros extraordinarios, con que se disponía a celebrarlas dignamente. Por lo cual fueron grandes las mercedes que Dios la hizo en tales días y admirables los raptos, en los cuales publicaba y decía maravillosas alabanzas de su reina. Estando en contemplación un día de la Anunciación de mil quinientos y ocho, contemplando aquella maravillosa obra de la Encarnación que aquel día representaba la Iglesia y aquella tan profunda humildad de la purísima Virgen cuando dio su consentimiento, dijo que le fueron en aquella hora revelados muchos misterios y que mereció más en aquella hora obedeciendo la voluntad de Dios y dando crédito a las palabras del ángel que merecieron todos los ángeles cuando dieron a Dios la obediencia, y más que todos los mártires en sus martirios y que todos los confesores y vírgines, en cuantas penitencias hicieron y en la virginal limpieza que guardaron. Otro día de la Presentación de Nuestro Señor del siguiente año, estando en un rapto que la duró muchas horas dijo otra verdad certísima, ''[61]'' y es que desde el punto que fue concebida la Reina del Cielo en el vientre de santa Ana, tuvo perfecto uso de razón y muy grande amor y conocimiento de Dios, en que fue siempre creciendo y en todas las virtudes, hasta llegar a ser entre las criaturas la más perfecta y santa de cuantas hubo ni habrá jamás en el Cielo ni en la Tierra. En otro rapto dijo que, cuando Nuestro Señor salió del sepulcro, apareció primero que a nadie a su Madre Santísima, por ser ella la que más había sentido su muerte y Pasión, y en quien más viva estaba la esperanza de la resurrección. En el día de la Purísima Concepción de la Virgen Santísima era inefable la devoción que mostraba, y después de muy largos raptos, hacía dulcísimas pláticas a las monjas en alabanzas de su Señora y declaraba profundamente lugares de la Sagrada Escriptura que trataban della. ''[62]'' Trujéronla un día una niña de teta muy enferma, para que la diese su bendición, y viéndola, supo por revelación que estaba endemoniada. Y dijo la santa a las monjas [304] con gran sentimiento: “Grande es la alteza de los secretos de Dios. ¿Que sea posible que el demonio tenga poder para atormentar esta niña, que no ha más de siete meses que nació? Ruégoos hermanas, que la encomendemos a Dios”. ''[63]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz, y quedó libre de aquel espíritu malo, que la atormentaba. Sucediola muchas veces estando en oración, que veía presentes todas aquellas personas por quien rogaba, aunque estuviesen muy lejos y todas sus necesidades. Y su ángel custodio la dijo un día que con tanto afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión del Señor, que le fuese tan acepto sacrificio como si derramase toda su sangre y padeciese grandes tormentos por su amor. Tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión. “Estas cosas y otras muchas” (decía la sierva de Dios a sus monjas) “me muestra mi santo ángel, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo. Y que me ha hecho el Señor tanta merced, que ha dado tanta luz y claridad en ellas, que certerísimamente conozco ser suyas y, por tan verdaderas y ciertas, que así lo juraría si me obligasen a ello. Aunque por no haber tenido mi alma tanta claridad y certeza al principio, no recibía tanto consuelo como ahora, por lo cual da esta miserable pecadora infinitas gracias a su Dios”.
==='''Cap. XII. De las maravillosas cosas que dijo la sierva de Dios estando elevada y del don de lenguas que el Señor la comunicó==='''
Como toda la virtud desta bendita virgen estaba sobre el fundamento firme de la santa humildad, fundado de aquí es que todo lo que era dar muestras exteriores de los beneficios que el Señor la hacía grandemente la atormentaba. Y si algunas veces las daba, diciendo lo que en las elevaciones y raptos le acaecía, era compelida de la caridad, y por saber que era la voluntad del Señor que lo hiciese. El cual ordenó que estuviese muchos días y meses muda privada de la habla, de tal manera que, si no era el rato que estaba en éxtasis (cuando se vio cumplida la palabra del Señor en el Evangelio, ''[64]'' que no era ella la que [305] hablaba, sino el espíritu de su Padre Celestial que hablaba por ella), fuera de eso, ni hablaba ni aun podía hablar palabra. En todo este tiempo de su mudez predicaba diciendo altísimas cosas y declaraba lugares difíciles de la Escritura, no sin grande admiración de los que la oían. Y esta gracia la duró no solo el tiempo que estuvo muda, sino también mucho después, hasta trece años enteros: hablando unas veces de ocho en ocho días, otras de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras al tercero día, otras un día tras otro, como el Señor era servido. Divulgose por el reino de Castilla esta grande maravilla, venían a verla muchas gentes (aunque muchos venían con intención dañada.) Y para confusión destos y de otros incrédulos, estaba arrobada y hablaba con ellos, mostrando que la recelaba Dios lo que tenían en el corazón y así, reprehendiéndoles, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mismo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere? ¿No puede hacer vaso en que quepa?”. A este propósito sucedió que una persona muy grave, con celo de las cosas de la fe, no podía sufrir que se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca de aquella mujer; vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras y fueron tales las que le dijo en una plática espiritual que hizo que a la mitad della se hincase de rodillas, derramando muchas lágrimas, hasta que la sierva de Dios acabó de predicar y, vuelta en sus sentidos, rogó con instancia que se le dejase ver. Y puesto delante della, dijo: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta bendita mujer he oído”. Y después de haberla hablado a solas y encomendádose en sus oraciones, se volvió muy edificado de la humildad que conoció en ella y muy devoto a su doctrina. Cumpliose en ella lo que dijo el Señor en el Evangelio a sus siervos: “Daros he boca y sabiduría, a la cual no podrán contradecir todos los adversarios vuestros”. [65] Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, las cuales nunca había aprendido, como eran latina, griega, arábiga y otras. ''[66]''
El obispo de Ávila don fray Francisco Ruiz fue devotísimo desta santa, y por ella dio a su convento dos esclavas moras, de las que trajo de la conquista de Orán (en que estuvo en compañía [306] del cardenal don fray Francisco Ximénez). Estaban estas tan obstinadas en la ley de Mahoma que no podían oír nombrar a Christo. Lleváronselas una vez a la santa, con ocasión de que predicaba en la forma dicha, y convirtiendo a ellas su plática, las habló en algaravía y ellas también respondieron en el mismo lenguaje. Y tales cosas las dijo que se convirtieron a la fe y se bautizaron. Y después estando arrobada, las habló otra vez en arábigo. También hablaba en latín con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de defectos particulares suyos. Los perlados de la orden, por obviar lo que algunos mal intecionados decían, mandaron a la abadesa que, cuando hablase de aquella manera la sierva de Dios, la encerrasen donde no la oyesen los de fuera de casa, ni aun las mismas monjas. Y esto se guardó algún tiempo, hasta que más enterado el provincial de que no había inconviniente, antes era voluntad de Dios que fuese oída, dio licencia para que hablase ante las monjas y ante algunas personas principales y devotas que lo deseaban. Con esta licencia llegaron muchas personas eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, canónigos, inquisidores, obispos y arzobispos. El Gran Capitán Gonzalo Fernández, el cardenal don fray Francisco Ximénez, y otros muchos que fueron testigos deste milagro. Y entre ellos quiso ver esta maravilla por sus ojos el Emperador Carlos V, de buena memoria, y quedó muy aficionado a la sierva de Dios. Cuando hablaba estas cosas, siempre era estando en rapto y muchas veces se echaba de ver que hablaba con los ángeles, con los apóstoles y santos, como que tenía al Señor presente ante quien hacía sus peticiones, rogando por todos en general, y por algunas personas en particular. Hecho esto, juntaba sus manos viéndolo todos, muy humildes y profundas. Oraba tan en secreto que solo se la veían mover los labios, y después, puestas las manos, se quedaba con grandísimo silencio. Después, comenzando en voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono (que todos los que allí estaban oían) hablaba cosas maravillosas. Finalmente eran los dichos sermones y pláticas espirituales de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y Evangelios del año, conforme a las fiestas que ocurrían. Durábanla los sermones cuatro, cinco, seis y siete horas, sin descansar ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta, o como quien está en rapto. Y [307] hablaba con tanta gracia, suavidad y dulzura que con ser tan largos los sermones ninguno se cansó jamás dellos. Cuando acababa y volvía en sí, quedaba hermosísima, el rostro muy resplandeciente y su persona y vestidos y cosas que a ella tocaban llenas de un olor celestial. Y de la fuerza con que había hablado quedaba con un sudor copioso, y así la mudaban las monjas el hábito y la tocas cuando tornaba en sus sentidos. Era cosa notable que no sentía cosa de cuantas por ella habían pasado si después no se lo decían. ''[67]'' Y porque en los siglos venideros hubiese noticia de tan grandes maravillas, dio el Señor sabiduría y gracia a una religiosa que no sabía leer ni escribir, llamada sor María Evangelista, para escribir un grande libro intitulado del Conorte, que contiene los sermones que predicó en un año la bendita sor Juana, ayudándola otras dos religiosas llamadas sor Catalina de San Francisco y sor Catalina de los Mártires. De lo cual hay tradición y pública fama en el dicho convento de la Cruz, y algunas monjas ancianas que hoy viven conocieron a la dicha sor María Evangelista y juran que conocen su letra y se lo oyeron decir públicamente. Este libro del Conorte tiene setenta y un sermones, en otros tantos capítulos divididos, escritos en setecientas y treinta y tres hojas de folio, el cual se guarda en el convento como reliquia grande y con razón por ser milagroso todo cuanto hay en él, como lo es haberle escrito una mujer sin saber leer ni escribir, y que percibiese de memoria todo lo que la bendita predicadora decía, de suerte que, acabando de oír su sermón, le escribía, con ser algunos de doce y de veinte pliegos de papel, llenos de theología y de autoridades de la Sagrada Escritura.
==='''Cap. XIII. Cómo nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a su sierva, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda==='''
Queriendo el Señor de más de lo dicho enriquecer y honrar a su bendita esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de su sagrada Pasión, lo cual acaeció desta manera: un año después del acaecimiento milagroso de las cuentas, [308] siendo la virgen de cuarenta y tres años de edad, sucedió que un Viernes Santo por la mañana, estando en oración puesta en cruz, se quedó arrobada tan extendidos y yertos los brazos y todos los miembros de su cuerpo como si fuera un crucifixo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura, aunque se probó algunas veces. ''[68]'' Viéndola las monjas así, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda y se fueron todas al coro, por ser hora ya de entrar en los oficios divinos. Estando en él, mientras se decía la Pasión, la vieron entrar por el coro, derramando muchas lágrimas, y vieron cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies. Traíalos descalzos como solía y, porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente en los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde se asentaba los pies. Viendo esto las monjas, la preguntaron por señas (porque estaba también sorda) cómo venía de aquella manera; respondió que no podía andar, porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos” (dice la monja que escribió esta historia) “y vimos que tenía en los pies y manos las señales del crucificado, redondas de el tamaño de un real de plata, de color de rosas muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los pies y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abaxo, y salía de ellas tanta fragancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. Quexábase de los graves dolores que la causaban estos señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban y daban gracias a Dios por lo que veían y palpaban con sus ojos y manos en ella. Y tomándola en brazos (porque no podía andar, ni sustentarse en los pies) la llevaron a la celda y, preguntándola por señas (porque estaba sorda) qué señales eran aquellas, quién se las había dado y cómo, respondió que, estando en aquel preciosísimo lugar, donde por mandato de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesuchristo crucificado, que con el toque de sus sacratísimas llagas la dexó con gravísimos dolores en pies y manos, y acabada aquella soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos con aquellas señales, que la duraron desde el Viernes Santo hasta el día de la Ascensión. Aunque no las tenía todos los días, sino solo los [309] viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales.
Al principio de sus graves enfermedades, como sus dolores eran grandísimos, acaecíale con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse (cosa muy nueva para ella), y atribuyéndola a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. A este punto la apareció el ángel de su guarda, y la dijo: “Escucha y oye al Señor que te quiere hablar y mira lo que dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesuchristo en un trono de majestad acompañado de muchos ángeles, y hablándola con palabras dulcísimas dijo: “¿Qué haces hija en esa cama?”. ''[70]'' Ella respondió después de haberle adorado: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia Vuestra Majestad ni goza mi alma de vuestros regalos como solía?”. Respondió el Señor: “No es mucho que padezcas esos dolores y enfermedades; pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi Pasión fui varón de dolores, justo es que quien bien ama, participe los dolores de su amado”. “Gran favor y merced es esta para mí” (replicó la santa), “pero ¿cómo, Señor, me hallo tan tibia en vuestro amor y no mandáis a mi santo ángel que me consuele tan a menudo como solías?”. “Amiga” (dijo el Señor), “donde yo estoy, está el consuelo y bienaventuranza, así aunque estés en esa cama, ese es tu cielo, pues estoy contigo en la tribulación y trabajo”. Dicho esto desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, por no saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo. Y para quitarla esta duda, se la apareció segunda vez (según ella lo dijo) y entonces no solo quedó satisfecha, sino esforzadísima y con nuevo ánimo para llevar todos los trabajos del mundo por su [311] amor. Y como después de todo esto estuviese aún sorda, cosa que sentían muchísimo todas las religiosas por el trabajo que tenían de declararle lo que querían, y así suplicaron al Señor la restituyese el oír, oyó la Divina Majestad sus oraciones y aparaciéndose a su esposa día de santa Clara (después de seis meses que la tenía sorda) hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes secretos, dijo que la había ensordecido por que tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Majestad y que ya al Señor placía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el gran san Pedro, y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír, y quedó sana, y ella con las religiosas dando muchas gracias a Dios por tan señalada merced.''[71]''
==='''Cap. XIIII. De la gran devoción que la santa tenía con las ánimas del purgatorio y lo mucho que rogaba por ellas==='''
La caridad de esta sierva de Dios era tan ancha que todo el mundo entero cabía en su pecho, en razón de querer y desear el bien de todos, y era tan profunda que hasta el purgatorio llegaba, con estar muy cerca del infierno, y si allí hubiera sujetos capaces della, también entrara por aquellas eternas cárceles, para beneficiar si pudiera aquellas desdichadas almas que padecen sin remedio. Siendo abadesa, con deseo de que sus monjas se fundasen de veras en el temor de Dios, las contaba muchas cosas de las que la eran reveladas cerca del riguroso juicio de las almas y de las penas de purgatorio y del infierno, de las cuales diré algunas, con el mismo deseo e intento que ella las decía. Lo primero, que en la hora de la muerte de cada uno, oye su sentencia de condenación o libertad, referida por san Miguel, porque esta constituído por príncipe de todas las almas, y así, que fuesen muy devotas deste santo, porque ella en espíritu le había visto juzgar las almas. Y que cuando condenaba alguna al infierno, cantaban otros ángeles: “¡Oh, Señor, cuán misericordiosa es vuestra justicia! Por ella os bendecimos y adoramos”. Y que maldecían a las [312] almas condenadas al infierno y que otros eran ejecutores de la divina justicia, en las que iban al purgatorio. Decía también, que los ángeles de la guarda llevan las ánimas al purgatorio y las consuelan, como lo afirman doctores santos. Y que a muchos dellos permitió Nuestro Señor que les apareciesen ánimas que penaban, para que rogasen por ellas, y que otros viesen en espíritu al purgatorio y las rigurosas penas que de tantas maneras allí padecen las almas, para que lo contasen a los vivos y, compadeciéndose dellos, escarmentasen en cabeza ajena. Esto acaeció a esta bendita virgen muchas veces y ella lo contaba. Y decía que, siendo sacristana, tañendo una noche a maitines, oyó gritos muy dolorosos, como de persona que se quejaba; y preguntando al ángel de su guarda qué voces eran aquellas, dijo: “Son de un ánima muy necesitada, que con licencia de Dios viene a encomendarse en tus oraciones”. Era esta ánima […] ''[72]'' gran señora de Castilla, que poco antes había muerto; la […] ''[73]'' la beata Juana, que por quanto sus penas eran graves ''[74]'' encomendase a Nuestro Señor y dijese a su madre la ayudase con ciertas limosnas y misas.
Volvió la santa de un rapto muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas compadecidas della, la rogaron las contase la causa de su tristeza. Mas ella dando un grito muy [314] lastimoso dijo: “¡Ay, si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida no ofenderían a Dios con tantos pecados, porque son aquellas penasmayores que cuantas en este mundo padecer se pueden”. Y entonces contó de un alma que había visto padecer y nunca dejó de rogar a Dios por ella, hasta que la sacó de penas de purgatorio. Un día de cuaresma, estando con sus graves dolores y enfermedades, se fueron a consolar con ella otras religiosas enfermas que andaban convalecientes, y, hablando con ellas, se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas preguntaron la causa de su extraordinaria alegría. Y ella por el gusto de las enfermas dijo: “Vi a la Reina del Cielo que, con grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista y de san Lázaro y de sus santas hermanas Martha y María, bajaba al purgatorio, y, pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. ''[78]'' Y fue el Señor servido por su gran misericordia que de esta vez sacase Nuestra Señora gran número de almas de purgatorio, con las cuales se volvió al Cielo y yo quedé tan consolada de esto porque todos mis dolores se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de purgatorio, y de esto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni está en mi mano poderlo disimular”.
==='''Cap. XV. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a su sierva y de su grande paciencia==='''
Revelación tenía esta sierva de Dios (desde muy al principio de su santa vida) que la tenía el Señor escogida para hacerla muy semejante así en sus trabajos y afrentas; estasjoyas deseaba extremadamente tener en su alma y nada pedía con tanta humildad y lágrimas como verse con ellos. ''[79]'' Oyó Dios su oración, y dióselos tan a la medida de sus deseos que parecían bien de su poderosa mano. En la cabeza, padeció tan excesivos dolores que ni podía comer, ni reposar los días que los tenía, ni aun abrir la boca para quexarse, siquiera para algun alivio, ni había médico que los entendiese, y duráronle catorce [315] años a temporadas, que continuos fuera imposible vivir con ellos. Dábale este mal de repente y así se le quitaba. A estos dolores sobrevinieron otros de estómago, de hijada, con tales congojas y trasudores que la habían de mudar hábito y túnica y toda la ropa de cama, cuatro o cinco veces al día. Eran estos sudores heladísimos y fríos y duraban veinte y treinta días continuos, y sobre todo esto, se le encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, los pies, las manos, de suerte que nunca más los pudo abrir ni extender y con la gran fuerza de los dolores se le desconyuntaron todos sus miembros, de suerte que quedaron muchos dellos no solo tullidos y mancos, sino torcidos, contrahechos y desencasados de sus lugares, y desta misma suerte está hoy su cuerpo, como se dirá después.
El hecho fue este, y las circunstancias que pudo haber en ello de tan poca advertencia que apenas se alcanzaban: ahora, fuese por haber sido sin consultar al perlado o por gastar aquel dinero sin su licencia o por haberles parecido a algunas que tanta santidad y tan rara como era la de aquella bendita perlada no era para sufrirle mucho tiempo, lo cierto es que la acusación e instancia que se hizo contra ella fue de manera que (permitiéndolo Dios para manifestar su paciencia) el prelado procedió a suspenderla y después a la privación de su oficio, en el cual puso a la vicaria que la había acusado. Y como la sierva de Dios estaba tan acreditada, diose con esto ocasión a que muchos hablasen del caso de muchas maneras poniendo duda en las grandes maravillas que de ella se decían. Pero como quiera que ello fuese, sacó Dios de ahí muy grandes provechos para gloria suya y alabanza de su sierva, porque no solo nos constó de su paciencia, sino de la gran quietud y serenidad de su conciencia en la gran quietud y alegría con que llevó este trabajo, juzgándose no solo digna d’él, sino de otros muchos mayores. Mostró también su ferviente caridad en lo mucho que rogaba a Dios por los que la perseguían, pues para la que más se señalaba en eso impetró perdón de su culpa por sus fervientes oraciones. ''[81]'' Porque, castigándola el Señor con pena temporal, murió poco despues de haber conseguido su pretensión en el oficio de perlada que había deseado, ordenándolo así el Señor, para que se vea cuán poco hay que anhelar por honras ni dignidades en esta vida, pues alcanzadas no pueden asegurarnos la vida, ni librar a sus poseedores de la muerte, que suele venir muchas veces codiciosa de honrarse con las personas que ve más honradas en la tierra. Pues a esta persona luego la salteó la muerte y, siendo fatigada de la última enfermedad, que fue dolor de costado muy fuerte, la sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, rogó al Señor con mucha instancia por ella, con que le dio íntimo conocimiento de su culpa y así públicamente pidió della perdón con grandes lágrimas, y murió habiendo recibido los sacramentos y con grandes muestras de contrición y consuelo de las religiosas. ''[82]'' Poco antes que esto sucediese, mostró el Señor a esta su sierva el Infierno abierto y que salían d’él [317] para su convento infinitos demonios, en figuras de diversas bestias. Entonces con muchas lágrimas pidió a Nuestro Señor socorro y que echase de su casa aquella infernal canalla. Y oyéndola Su Majestad, envió ángeles que expeliesen los demonios, de lo cual, quedando la sierva de Dios por una parte consolada y por otra muy temerosa, juntó a sus monjas a capítulo y con muchas lágrimas las dijo: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía ver lleno de ángeles y ahora le veo lleno de demonios. Mis pecados lo deben hacer y no los vuestros, emendemos nuestras vidas y procuremos ejercitarnos de veras en las virtudes y en especial en la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. En este mismo tiempo, estando la sierva de Dios cercada de enfermedades y trabajos, se puso en oración delante de una imagen de la Oración del Huerto, pidiendo al Señor la ayudase, mirando su flaqueza y el tropel de los trabajos que la cercaban. Oyó el Señor su oración y quiso, para más consuelo de su sierva, hablarla en la misma imagen con voz dolorosa y triste diciendo: “Mi padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte aunque oré y lloré, no quiere que se revoque la que se ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente, para que, fatigada de todas maneras, goces el fruto de la paciencia”. Con esto la sierva de Dios quedó tan confortada que no solo rehusaba los trabajos, sino antes los pedía y anhelaba tras ellos.
==='''Cap. XVI. De cómo el ángel de su guarda mandó a la sierva de Dios que escribiese las cosas que el Señor le revelaba y de su gloriosa muerte==='''
Es la misericordia y caridad de Dios tanta que si hace a algunos siervos suyos tan especiales mercedes (como las vemos en esta sierva suya) no las hace para ellos solos, sino para que por medio dellos se aprovechen otros. Así lo afirmaba el apóstol san Pablo cuando decía: “Por eso [318] alcancé yo de mi Dios tan grandes misericordias, para que en mí primeramente mostrase toda paciencia, para información de aquellos que han de creer en él para la vida eterna”. ''[83]'' Pues las mercedes que Dios hizo a esta santa, a ese mismo fin iban encaminadas, y por eso el santo ángel de su guarda le mandó que escribiese las misericordias que Dios le hacía. ''[84]'' Mas ella por su grande humildad se encogía, para escribirlas y allegaba para no hacerlo, ya la poca salud, ya el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma. Y así le mandó el ángel que no escribiese más por su mano, sino que lo hiciese escribir por la de otra religiosa (que fue para ella no pequeño tormento), y rehusándolo, dijo a su ángel: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho (y las cosas que su hermosura me ha dicho) han sido todas en secreto, y escribiéndolas por mano ajena, no podrán dexar de publicarse”. Y así con este temor y del juicio de los hombres, como se había visto tan perseguida, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún mal a mis hermanas y a mí, ¿qué será de nosotras?”. “Dios cuida de ellas y de ti” (dijo el ángel), “no temas, sino haz lo que te mando, porque el Señor que obra estas maravillas en ti, las hace para bien de otros muchos y quiere se escriban y haya memoria dellas, donde no cesarán las mercedes que te hace y tus dolores y persecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. Ella, oyendo esto con humildad y temor, obedeció al ángel y comenzó a escribir por mano de otra religiosa, llamada sor María Evangelista, que, según es tradición del convento y consta por información hecha con testigos, no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente le concedio el Señor esta gracia para escribir el libro del Conorte, como queda dicho. ''[85]'' Así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta bendita virgen. Estos dos libros se han tenido y tienen en el convento como reliquias de mucha estima, valiéndose dellos contra tempestades y truenos y para muchas enfermedades. Viven aún hoy tres religiosas que conocieron a la que los escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de santa vida muy penitente y de mucha oración y que, después de muerta, apareció a otra religiosa en la iglesia con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos que fue el que escribió de la beata Juana. Sentía mucho [319] la sierva de Dios ver que nunca se acababa lo que la monja escribía y cuán de asiento se procedía en su escritura. Por lo cual, poco antes que le diese la enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda que se acontentase con lo escrito y no la obligase a más. Concedióselo y dijo: “Di a tu hermana que cese ya la pluma y no escriba más”. Consolose tanto con esta licencia que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese”. “Haz penitencia de ese atrevimiento” (dijo el ángel), “porque ofendiste a Dios con él”. Con esto se despidió el ángel y cesó la escritura. ''[86]''
[323]
==='''Cap. XVII. De algunos milagros que acaecieron después de su dichosa muerte y de la incorruptibilidad y entereza de su cuerpo==='''
Luego como esta gran sierva de Dios pasó desta vida, fue tan grande el concurso de la gente que venían para ver y venerar sus santos cuerpos, que pareció (a los religiosos que trataban de su sepultura) convenía que se sacase en procesión fuera del convento, para satisfacer a la devoción de todos. Y un tullido del todo llegando a tocar el santo cuerpo y a besar el hábito, quedó luego sano y dejó allí dos muletas con que andaba. ''[91]'' También una religiosa enferma que tenía una hinchazón muy grande y muchos dolores, tocando el cuerpo difunto, sanó. Lo mismo acaeció a otro hombre, que padecía gran dolor de muelas. Tornando la procesión al convento, hallaron mensajeros de grandes personas con cartas que pedían se dilatase el entierro hasta que llegasen, que ya venían, y así le tuvieron cinco días sin enterrar, saliendo siempre del cuerpo aquel suavísimo olor que dijimos. Fue la gente que vino de Madrid y Toledo y de otras partes tanta que cubría los caminos, los campos, por lo cual, y porque la inquietud era grande y determinaron que se entregase a la tierra aquel precioso tesoro, enterráronle sin ataud, ni otra defensa que pudiese conservarle entero; antes después de cubierto de tierra, echaron sobre él cantidad de agua para allanar la tierra, y fue cosa notable que depués de haber estado debajo de la tierra siete años aquel santo cuerpo, y después (a instancia grande de personas muchas y muy principales) transladándole (para lo cual se fabricó un arco al lado derecho de la capilla mayor, en el altar que divide la capilla mayor del claustro) preparado todo lo necesario, se abrió la sepultura, creyendo estaría el cuerpo ya resuelto, y se halló tan entero, tan fresco y con tan lindo olor como cuando fue sepultado. ''[92]'' Espantados desto, creció la devoción, y el hábito con que fue enterrada, se partieron pedazos, y le vistieron otro de damasco pardo, y colocándola con mucha veneración en la dicha sepultura, se le puso [324] con dos rejas de hierro fuertes y doradas y una lámpara de plata que arde delante del santo cuerpo, donde está muy venerado de todos los que de muy lejanas tierras vienen a visitarle, y tienen allí sus novenas. Y el día que murió, celebra con gran devoción fiesta la villa de Cubas y vienen en procesión al dicho convento, con otros lugares de la comarca, ''[93]'' y dicen la misa mayor delante del mismo cuerpo, en un altar portátil que se pone para este efecto, y se predican las excelencias desta gran sierva de Dios, y da la villa caridad de pan y vino y queso a innumerable gente que allí se llega. Y creciendo la devoción, por particulares beneficios que por la sierva de Dios muchos han recibido, le han ofrecido nueve lámparas de plata que arden de día y de noche delante de su cuerpo, con que está muy venerado. Después de la dicha translación, no consta que la dicha caja se haya abierto, hasta el año de 1552, cuando ajuntándose mucha gente principal en procesión, se abrió, y fue hallado entero con tan buen olor como la primera vez, de lo cual se hizo acto público y está guardado en dicho convento, y lo mismo se ve en el día de hoy y, en diferentes visuras que se han hecho, se ha hallado estar de la misma manera.
La primera vez que en este tiempo le descubrieron sucedieron algunas cosas bien dignas de memoria. El año de 1602 vino a Madrid el reverendísimo padre fray Francisco de Sosa, Ministro General de toda nuestra sagrada religión, y después de haber estado allí algunos días, partió a Toledo, y en el camino acordó de entrar en el convento de Santa Cruz de Cubas, donde fue recibido con la solemnidad que se acostumbran recibir los Generales, y entrando en el monasterio, y hecha plática espiritual a las religiosas en el coro, fue a la enfermería, donde había una religiosa muy anciana, la cual se había hallado a la última translación que se hizo del cuerpo de la beata sor Juana, y relatando al Padre General las cosas que habían acaecido en ella, le dio deseo de ver el santo cuerpo, lo cual se puso en obra con toda la diligencia posible, y abierto el ataúd, hallaron el santo cuerpo tan entero y fresco como las otras veces que le habían descubierto. ''[94]'' Estaba la sierva de Dios vestida de un hábito de damasco pardo, con dos tocas muy blancas en la cabeza, porque cuando murió no llevaban velo negro las monjas. Tenía una cruz en las [325] manos, y una sarta pequeña de naranjillas al cuello y todos con gran consolación y muchas lágrimas veneraron el santo cuerpo y le llegaron a la reja, para que la gente que allí estaba le viese, que no fue poca maravilla ajuntarse tanta gente en pocas horas que estuvo la iglesia llena, como si se hubiera publicado muchos días antes en toda la comarca. El Padre General quitó la toca de sierva de Dios y las naranjillas que tenía al cuello y lo repartió entre los frayles y monjas, y tomando de una de las circunstantes su velo y otra sarta de cuentas, se lo puso a la beata Juana. Y sucedió otra cosa el mismo día también maravillosa, y fue que quitando el Padre General al dicho cuerpo el dedo meñique de un pie, constó después que había salido sangre d’él, como se vio en la ropa que tenía vestida, aunque entonces no se advirtió en ello, ''[95]'' porque el dicho Padre General quitó el dedo con secreto tirando d’él con la mano. Después acá se ha tornado a abrir el arca varias veces, continuando el testimonio de la incorruptibilidad del dicho cuerpo, el cual se guarda en dicho monasterio, para la gloria de Dios y honra de su santa.
===Notas===
''[1]'' Al margen izquierdo: “El rey Felipo Tercero mandó que dicho libro revisto saliese otra vez”.

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