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Juana de la Cruz

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Vida impresa (5)
==Vida de Juana de la Cruz==
[h. 1r]''' [Portada]''' ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la Tercera Orden/ de nuestro seráfico padre San Francisco''. Compuesta por fray Antonio Daza, indigno fraile menor, difinidor de la santa/ Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden. Dirigida a la reina de España, doña Margarita de Austria, nuestra señora. Año [grabado con motivos geométricos en las cuatro esquinas y dentro un óvalo con la Inmaculada, revestida de rayos de sol, con corona de once estrellas y media luna similar a un ancla a los pies, pisando la cabeza de un demonio o de la propia muerte] 1610. Con privilegio. En Madrid, por Luis Sánchez. [h. 2r] '''Suma del privilegio''' El padre fray Antonio Daza, de la Orden de San Francisco, difinidor de la Provincia de la Concepción tiene privilegio de Su Majestad para poder imprimir y vender un libro intitulado ''Vida y milagros de santa Juana de la Cruz'' por tiempo y espacio de diez años, con prohibición de que ninguna persona lo pueda imprimir ni vender sin su licencia, so las penas en el dicho privilegio contenidas, despachado en el oficio de Cristóbal Núñez de León, escribano de Cámara, y firmado del Rey nuestro señor, y rubricado de los del su Consejo y firmado de Jorge de Tovar, su secretario, su fecha en San Lorenzo, a primero de otubre de 1610 años. '''Erratas''' ''[1]'' En la ''Aprobación'': h. 2, lín. 11, “y es el unos” diga ''es el de unos'', y lín. 3, “Cesárea” diga ''Cesáreo''; fol. 4, en una nota, “''vivicimin''” diga ''Biniu''; fol. 5, lín. 21, “Theología” diga ''etiología''; fol. 7, lín. 29, “''mitigaret''” diga ''mitigaretur''; fol. 17, lín. 23, “de sobrenombre” diga ''el sobrenombre''; fol. 21, lín. 26, “eve” diga ''fue''; fol. 37, lín. 28, “y no se atreven a llegar a los que la traen” diga ''huyen de los que las traen''; fol. 58, lín. 24, “22 años” diga ''24''; fol. 62v., lín. 23, “23” diga ''25''. El licenciado Murcia de la Llana '''Suma de la tasa''' Los señores del Consejo tasaron este libro de la vida y milagros de santa Juana de la Cruz a cuatro maravadís cada pliego, el cual tiene veinte y nueve y medio, que conforme a su tasa monta tres reales y medio, como parece por la fe que se despachó en el oficio de Cristóbal Núñez de León, escribano de Cámara, en Madrid, a 4 de noviembre de 1610. [h. 2v] '''Carta del ilustrísimo señor don fray Pedro González de Mendoza, arzobispo de Granada, al autor''' Heme holgado de oír que se ocupa Vuestra Reverencia en sacar a luz la vida y milagros de la madre sor Juana, que comúnmente llaman en toda esta tierra santa Juana de la Cruz, cuyo título nació de los muchos favores y mercedes que por su intercesión ha hecho Nuestro Señor a los que a ella se encomiendan. Y de aquí resultó también ser trasladado su cuerpo después de haber siete años que estuvo enterrado y colocado tan honoríficamente como ahora está, adornado de lámparas de plata, rejas y capilla, que son testimonios que aprueban su santidad y milagros, sin que en tantos años el corriente de la devoción haya detenido su curso en las muchas gentes que allí acuden, ni los ministros hallado causa que la pueda impedir, sino muchas para llevarla adelante. Y yo soy testigo de vista, de haber abierto su sepulcro dos veces: una, siendo provincial, en compañía del señor obispo don fray Francisco de Sosa, y otra, siendo comisario general, en compañía del general fray Arcángelo de Mesina; y entrambas veces vi el cuerpo entero, con su carne y cabellos, y le así del brazo y levanté en alto, sin que por parte ninguna se deshiciese. Y el General y yo le llevamos así levantado al coro, y le mostramos a las gentes que estaban en la iglesia, que sin saberlo habían concurrido muchas, con estar el convento en despoblado. Y todos [h. 3r] con mucha devoción y lágrimas se encomendaban a la santa, como tienen de costumbre. La primera vez que se vio el cuerpo, deseando las monjas ver si tenía cuentas de las que la tradición dice que subió al Cielo el ángel de su guarda y que Nuestro Señor las bendijo a instancia de la misma santa, y las concedió las gracias y virtudes que se cuentan dellas, no se halló ninguna, porque las mesmas monjas se las debieron de quitar cuando murió para repartirlas entre personas devotas, que son muchas las que las desean, así por ser benditas por Nuestro Señor, como por los muchos milagros que se ven cada día con ellas. Y cuando no se hallan destas, procuran que sean de las tocadas a dos que tienen las monjas en el coro alto, desde el tiempo de la misma santa. Y así por esto como por las muchas revelaciones y cosas prodigiosas de su vida, de que hay dos libros grandes en el convento, me he holgado que Vuestra Reverencia tome a su cargo el disponerlas, para que salgan a vista de tantas gentes. Porque confío en Nuestro Señor será para mucha edificación de los fieles, y de grande ejemplo para los que siguen la virtud, viendo el premio que nuestro Señor dio a esta santa mujer. Él guarde a Vuestra Reverencia y dé el espíritu que ha menester para tan santa obra. De Madrid y otubre, 11 de 1610. Fray Pedro González de Mendoza, arzobispo de Granada [h. 3v] '''Aprobación de los letores de Teología''' Los letores de Teología de San Francisco de Valladolid que aquí firmamos nuestros nombres, hemos visto por mandado de nuestro padre fray Luis Velázquez, ministro provincial desta Provincia de la Concepción, el libro de la vida y milagros de la gloriosa madre santa Juana de la Cruz, compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la misma provincia, coronista general de la Orden, y todo lo que en él se contiene es católico, y las revelaciones de la santa son admirables y muy conformes a la Sagrada Escritura y dotrina de los santos, y enseñan el camino del Cielo con notable dulzura y espíritu del Señor, de que todas están llenas, por lo cual se puede y debe imprimir el dicho libro con mucha confianza que será para honra y gloria de Dios, y utilidad y provecho de los fieles, y este es nuestro parecer. En el dicho convento de San Francisco de Valladolid, a 8 de julio de 1610 años. Fray Alonso de Herrera. Fray Francisco Álvarez '''Licencia de la Orden''' Fray Luis Velázquez, de la Orden de nuestro seráfico padre San Francisco, ministro provincial en esta Provincia de la Concepción y visitador de todas las religiosas della, por la presente concedo licencia al padre fray Antonio Daza, difinidor y padre de la misma, para que pueda imprimir y sacar a luz un libro que tiene compuesto de la vida y milagros de la virgen santa Juana de la Cruz, religiosa que fue en el monesterio de la Cruz de la santa Provincia de Castilla, atento que por comisión nuestra le han visto y aprobado personas doctas de la provincia guardando en lo demás lo que las premáticas destos reinos disponen cerca de la impresión de los libros. Dada en nuestro convento de San Francisco de Valladolid, en 22 de julio de 1610 años. Fray Luis Velázquez, ministro provincial [h. 4r] '''Aprobación del padre Cetina''' Por comisión del vicario general de Madrid, he visto un libro llamado ''Vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada santa Juana de la Cruz'', compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la Provincia de la Concepción, de la Orden de nuestro padre San Francisco y coronista general della, y fuera de que en el dicho libro no he hallado cosa contra nuestra santa fe, ni contra las buenas costumbres, la lección es utilísima, por ser historia de una santa muy ejemplar que con sus santas costumbres, con sus heroicas virtudes y misteriosas revelaciones que Dios le reveló es ejemplo a todos los fieles de toda virtud y santidad, y especialmente a los que desean caminar por el camino de la perfección, en que esta sierva de Dios mucho se aventajó. El estilo del autor es dulce, claro y apacible; es muy puntual en la historia, y para la inteligencia della, cuando es necesario, hace escolias y anotaciones muy doctas, con que se allanan las dificultades que cerca della se pueden ofrecer. Y ansí soy de parecer que la lección del dicho libro será muy útil y que se le debe dar licencia para que le imprima. En San Francisco de Madrid, en 3 de agosto de 1610. Fray Melchor de Cetina Por comisión y mandado de los señores del Consejo he hecho ver este libro de santa Juana de la Cruz, compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden de San Francisco. Es libro de muchas letras, erudición y devoción, y de mucho provecho para los que le leyeren. No tiene cosa contra la fe ni buenas costumbres, y ansí se le puede dar licencia para imprimirle. Fecha en Madrid, en 4 de agosto 1610. El doctor Gutierre de Cetina [h. 4v] '''Aprobación''' Por comisión particular de Vuestra Alteza he visto y leído este libro que se intitula ''Historia, vida y milagros de santa Juana de la Cruz'', compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor y coronista del sagrado Orden del Seráfico Padre. Y quisiera —como dice el glorioso padre san Gerónimo escribiendo la vida de santa Paula— que todos los miembros del cuerpo se tornaran lenguas para engrandecer las extraordinarias mercedes que Dios comunicó a esta bendita santa. Pero el autor cumple con lo que promete explicando sus milagros, éxtasis y revelaciones con tanta erudición, dotrina y verdad, tratada con delgadeza y agudo ingenio, autorizada con las sentencias y dichos de los santos, manifestada católica y píamente. Y tengo por cierto que será muy estimada y con edificación leída de todos y de muchos imitada. Y así juzgo se le debe dar la licencia que pide. Fecha en este convento de la Santísima Trinidad, calle de Atocha de Madrid, en 6 días de agosto de 1610. El Presentado Fray Juan Baptista [¶1r] '''Petición del padre fray Antonio Daza dada al Consejo de la Santa General Inquisición, ante el ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general, y los de su Consejo. En Madrid, a 19 de agosto de 1610''' Muy poderoso señor: Fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden de San Francisco, digo que por cuanto yo he compuesto un libro de la vida y milagros de la bienaventurada santa Juana de la Cruz, religiosa de la misma Orden, el cual, aunque está visto por el Consejo de justicia y por su comisión, visto y aprobado por el ordinario de Madrid; y a todas estas aprobaciones[¶1v]han precedido las de lectores de Teología de mi Orden, por comisión de la misma religión. Y habiéndolas visto el consejo, y las informaciones y papeles originales de donde se ha sacado y compuesto el dicho libro, para mayor calificación y autoridad suya, quiere el dicho Consejo tener la aprobación de Vuestra Alteza, a quien humilmente suplico la mande dar, y su censura, que en esto se hará a Nuestro Señor gran servicio, y a mí grandísima merced. Para lo cual, etc.: Fray Antonio Daza '''Respuesta del Consejo''' Vea este libro el abad de Fitero, y dé su censura, informando primero della al ilustrísimo señor cardenal, inquisidor general. Miguel García de Molina [¶2r] Parecer y censura del maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, y uno de los que asisten a la junt'a que se hace en esta corte de Su Majestad para el nuevo ''Catálogo y Ex'Purgatorio de los libros prohibidos'' Yo, el maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, etc. digo que por mandado del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas y Sandoval, cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos y señoríos del Rey nuestro señor, y del Consejo de Estado de Su Majestad y de los señores de la santa y general Inquisición, he visto y leído con particular atención un libro intitulado ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la [¶2v] Cruz de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco'', compuesta por el muy docto y muy erudito padre fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de su Orden, para dar acerca de él mi parecer y censura. Y no solo no he hallado en él cosa ninguna que se pueda censurar, ni que sea digna de ser notada, antes me parece que el libro será de mucho provecho y utilidad para todos los que quisieren aprovecharse de él —especialmente para la gente devota y que trata de espíritu—, y que todo lo que en él se escribe es dotrina muy buena y aprobada, y muy conforme a la que enseña la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores. Y porque se me ha mandado que demás de dar mi parecer y censura de todo este libro por mayor diga también en particular todo lo que siento de él y de los milagros y revelaciones que en él se escriben, me habré de alargar más en este mi escrito y relación, para lo cual he leído fuera de lo que contiene este libro, también las informaciones auténticas que de las cosas en él contenidas se han hecho en diversos tiempos y el libro original de donde este se sacó, que es el que escribió una discípula desta sierva de Dios y contemporánea suya llamada soror María Evangelista, a quien dicen las informaciones que desto se han hecho y la tradición de aquel monasterio que milagrosamente para este efecto dio el Señor gracia de saber leer y escribir, y me parece que cuanto me ha sido posible he averiguado ser cierto y verdad lo que en esta historia se escribe de la vida, milagros y santidad desta sierva de Dios, que es lo primero que se ha de presuponer en escribir [¶3r] las vidas de los santos y lo que el santo concilio de Trento ''[2]'' manda a los pastores y prelados miren mucho cuando se hubieren de publicar y sacar a luz historias de milagros y vidas de santos para que con verdad se publiquen las maravillas de Dios y su omnipotencia. Porque como con estas cosas descubre Dios cuán admirable es en sus santos ''[3]'', es muy de su servicio que con cosas ciertas y verdaderas le alabemos y engrandezcamos su infinita grandeza y omnipotencia, sin decir ficciones ni cosas inciertas, pues, como dice el santo Job ''[4]'', no hay necesidad dellas para lo que Dios pretende. Tengo, pues, toda esta historia por muy verdadera, y entiendo —cuanto yo alcanzo con probabilidad y fe humana— que todo lo que aquí se escribe pasó así como aquí se dice, no solo en lo que es la vida ejemplar, penitente y santa que hizo esta bienaventurada virgen y los santos ejercicios, mortificaciones y penitencias que continuamente hacía, sino también en lo que es los raptos, éxtasis, visiones, revelaciones y profecías de que en esta historia se hace mención. Y lo que destas revelaciones, visiones y éxtasis siento, y lo que me parece del grado y calidad en que las hemos de tener, es que verdaderamente las tengo todas por divinas, sobrenaturales y celestiales, hechas y inspiradas por el mismo Dios, y que en aquellos raptos y elevaciones y profundas contemplaciones hablaba Dios por boca desta su sierva como por órgano y instrumento del Espíritu Santo, porque hallo en todas ellas todas las señales que la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores ''[5]'' tienen para verificar y averiguar que estas obras son sobrenatu- [¶3v] rales, divinas y hechas y comunicadas por el mismo Dios, como son ser verdaderas y ciertas las profecías y revelaciones, ser conformes a la dotrina que enseña y tiene la Iglesia católica universal y sus sagrados doctores, ser al parecer de hombres doctos y píos inspiradas del Espíritu Santo, y hallarse en ellas la verdad y pureza que es propia a cosas enseñadas por el mismo Dios, sin mezcla ninguna de falsedad ni error ''[6]''. Y finalmente ser tales que la persona y el alma en quien Dios hace estas maravillas queda con ellas mejorada en humildad, en amor de Dios, en devoción y en otras muchas virtudes ''[7]''. Todas estas señales que he considerado y notado en esta historia desta santa son las mismas que se hallan y se hallaron cuando hicieron prueba dellas en otras muchas vidas de santos y milagros y revelaciones que dellas se escriben. Tales fueron las de santa Isabel, hermana del rey Eckberto ''[8]'', santísima abadesa del monasterio de Esconaugia, a quien el ángel de su guarda —como a nuestra santa Juana el de la suya— reveló muchas cosas como estas y mandó de parte de Dios que las escribiese, como se escribe en su vida ''[9]''. Tales las de la santa Ildegardis, abadesa religiosísima del monasterio de San Ruperto, en el arzobispado de Maguncia, que desde su niñez fue muy favorecida de Nuestro Señor con revelaciones y visiones del Cielo, las cuales después, a instancia y petición de nuestro glorioso padre san Bernardo, confirmó el papa Eugenio III, su dicípulo, en un concilio que celebró en la ciudad de Trebes, como lo escriben los autores que hablan de aquel concilio y desta santa ''[10]''. Tales también fueron las de la insigne y muy [¶4r] celebrada viuda santa Brígida, canonizada por el papa Bonifacio Nono, que fueron examinadas por estas mismas señales y aprobadas por diligencias que hizo el cardenal don Juan de Turrecremata ''[11]''. Y desta misma manera y como estas que he referido son las que se contienen en este libro de nuestra santa Juana, muy parecidas las unas a las otras, así Disponible en las cosas reveladas como también en el modo con que Dios las revelaba. Y así también por esta parte se hace muy verisímil que todas estas profecías, éxtasis, revelaciones y raptos desta santa fueron divinas y celestiales, y verdaderamente inspiradas por virtud de Dios y sobrenaturalmente. Y siendo así será cierto que todo lo contenido en este libro será muy provechoso para las almas y dé mucho motivo para incitar y inflamar los corazones a la virtud, según lo que dice san Pablo escribiendo a su discípulo Timoteo: ''[12]'' ''“Omnis doctrina divinitus inspirata utilis est ad docendum et ad erudiendum ad iustitiam, etc.”'' ''[13]''. Algunas cosas he hallado en esta historia muy particulares y muy raras que aunque son verdaderas y muy ciertas es bien que se lean con más atención y mayor consideración, porque como no son de las ordinarias ni de las que comúnmente se saben, podrían parecer dificultosas de creer si no se considerasen con alguna advertencia, y aun yo la pongo en que siendo tales y de la calidad y verdad que digo se hacen más ciertas y más creíbles por haberlas Dios revelado a esta santa. Una de ellas (''habetur capitulo 17 huius historiae'' ''[14]'') ''[15]''es que a esta santa le fue revelado que algunas almas tenían su Purgatorio en lugares fuera del que está puesto y ordenado de Dios para que lo sea generalmente de todas [¶4v] las almas que tienen que purgar, como es en ríos, hielos, piedras y otras cosas como estas. Y aunque es verdad que según la ley común y general todas las almas que tienen necesidad de purgar la pena de sus pecados van al lugar que para esto está dentro de las entrañas de la tierra, pero por particular orden y dispensación divina, muchas veces tienen su Purgatorio fuera de aquel lugar, como es en ríos, en fuentes, en baños, en hielos, como lo escribe el papa san Gregorio ''[16]'', en muchas partes de sus diálogos, Pedro Damiano ''[17]'' en sus epístolas, y otros muchos autores ''[18]'', de los cuales refiere algunos santo Tomás, príncipe de los teólogos escolásticos, y los sigue en esta parte diciendo esto mismo que yo digo porque de él lo refiero y él nos lo enseñó expresamente en sus sentenciarios ''[19]'' y a él le siguen todos los autores que después de él han escrito ''[20]''. Y no solamente enseña esta dotrina santo Tomás, sino que destas historias y revelaciones saca esta regla general: ''“De loco purgatorii —ubi non invenitur aliquid espresse determinatum— dicendum est, secundum quod consonat magis sanctorum dictis et revelationi facta multis: dicendum itaque quod locus purgatorii est duplex: unus secundum legem communem et sit locus purgatorii est locus inferior, coniuctus inferno, alius est locus purgatorii secundum dispensationem. Et sic quandoque in diversis locis aliqui puniri leguntur, vel ad vivorum instructionem, vel ad mortuorum subventionem ut viventibus eorum poena innotescens, per suffragia Ecclesiae mitigaretur”'' ''[21]''. Esto dice santo Tomás y en estas palabras no solo aprueba y enseña esto de los Purgatorios particulares y extraordinarios, sino que dice más: que destas revelaciones [¶¶ 1r] particulares hechas a varones santos se confirma que los hay. Y así en esto no hay cosa que nos obligue a dudar, sino a creer que pudo ser verdad lo que dice esta historia de los Purgatorios de las almas que Dios reveló a esta su grande sierva, y que lo es cuanto se puede alcanzar con razones y probabilidad humana. También se hace mención en esta historia de un milagro bien raro, y es una revelación muy particular que Dios hizo y obró en esta santa, no menos digno de que se advierta y pondere bien que este que se hizo de las almas del Purgatorio, y es el de unos rosarios que el ángel de la guarda subió al cielo y trujo de allá con muchas bendiciones y virtudes que les concedió Cristo Nuestro Señor, para que la santa rezase por ellos y los repartiese entre sus monjas y otra gente devota, porque todas gozasen de los bienes e indulgencias que desde el Cielo Su Divina Majestad la enviaba, manifestando con esto lo mucho que le agrada la devoción del santo rosario de su Santísima Madre, y que quiere la alabemos con la oración del Ave María, rezándola por las cuentas de su sagrado rosario. Y aunque este milagro es muy superior a todos cuantos en esta materia yo he leído, harase fácil de creer, considerando que en las historias sagradas, en las de los concilios de la Iglesia católica y en muchos sagrados y antiguos escritores se hallan otros muy semejantes a este y otras cosas muy parecidas a esta. San Vincencio Bellovacense ''[22]'', san Helinando ''[23]'', san Cesáreo ''[24]'', Tomás Brabantino ''[25]'', Egidio Aurífico Cartusiano ''[26]''—si fue este el autor del ''Magnum Speculum Exemplorum'', como lo dice el padre Juan Mayor—, Pelbarto ''[27]'', Juan Bonifacio ''[28]'' [¶¶1v] y otros autores de nuestros tiempos escriben inumerables milagros que Dios ha hecho en confirmación y señal de lo que estima y le agrada, que con la salutación angélica del Ave María, y con rezarla con frecuencia por las cuentas del rosario, alaben los fieles a su gloriosa Madre y Señora Nuestra la Virgen María, que por ser muchos, y los autores que he referido ser muy comunes, no los refiero en particular. Uno solo referiré, por parecerme más nuevo y más parecido que los otros al que tenemos en este libro, y es el de un árbol muy prodigioso que milagrosamente nació de repente en un gran campo, en la isla de Irlanda, en el obispado de Corc y Clon, en el condado de Esmon ''[29]'', todo cargado de rosarios, como una parra cuando más cargada está de racimos de uvas, y los hilos o cordones de los rosarios estaban asidos al árbol y tan continuados con él como lo están los pezones de la fruta que nace de otro cualquier árbol. Deste milagro hace mención Francisco Belleforesto ''[30]'', autor grave, y otros que escribieron después de él ''[31]'', y todos advierten que parece que le hizo Dios para que se viese cómo favorecía el Cielo y aprobaba el uso de los santos rosarios. Porque fue esto en tiempo que se iba perdiendo Alemania con las malas setas de los herejes, que abominan la devoción y uso del rezar y el del santo rosario, y de las indulgencias que con ellos se nos conceden. Y es de notar que poco antes había sucedido el milagro destos rosarios y cuentas benditas que el ángel trujo del Cielo a esta santa virgen. Y así se puede creer que le obró también Dios, no solo para consuelo de su sierva y tan querida esposa, sino también [¶¶2r] como el otro de Irlanda, para mayor confirmación de la devoción de los fieles y confusión de los herejes de aquellos tiempos. Pero hay una cosa muy particular y rara en estos rosarios que el santo ángel de su guarda trujo a la gloriosa santa Juana que no la he hallado ni en los milagros que he visto y he referido de los rosarios, ni en ninguna cosa de cuantas por mano de ángeles se han traído de los cielos a la tierra. Porque de aquellos rosarios de Irlanda no se lee que los hubiesen llevado los ángeles de la Tierra al Cielo, sino que o fueron criados y hechos allí milagrosamente o traídos del cielo, como fueron traídas otras muchas cosas, como: la casulla de san Ilefonso, que trujo del cielo la Virgen gloriosa ''[32]'', la Cruz de Oviedo, la de Caravaca y otras cosas así que se dicen haber venido del cielo no porque hubiesen estado allá en el supremo cielo, sino porque por ministerio de los ángeles fueron formadas y hechas en esta región elemental y en la parte aérea que comúnmente se llama “cielo”, que por esta misma razón se dice también que el maná bajó del cielo, y la escriptura lo llama “pan del cielo” ''[33]''. Pero los rosarios de que habla nuestra historia, según que en ella se escribe, fueron llevados por el ángel de acá, de la Tierra, al Cielo, a la presencia de la majestad del Hijo de Dios, Cristo Nuestro Señor, y allá los bendijo y tocó con sus sacratísimas manos el redemptor del mundo. Y porque no pareciese al lector este milagro dificultoso de creer, bien podríamos para facilitarle traer por ejemplo lo que algunos autores dicen, y santo Tomás ''[34]'' no lo tiene por imposible, supuesta la infinita omnipotencia de Dios, que el apóstol san Pablo ''[35]'' en [¶¶2v] su misterioso rapto fue llevado al Cielo en cuerpo y en alma, así mortal y corruptible como estaba. Pero porque el mismo apóstol ''[36]'' ''dice que no sabe si aquel rapto fue “''in corpore, sine extra corpus''”—aunque ni lo niega ni lo dice como cosa imposible—, y el glorioso dotor san Agustín nos manda y advierte que: “Lo que el apóstol confiesa que no sabe no es bien que nosotros lo determinemos” ''[37]'', referiré otra historia muy auténtica y más llegada a nuestros tiempos —aunque muy antigua— de otras cosas corruptibles y terrenas que milagrosamente fueron llevadas de la Tierra al Cielo, y traídas otra vez de allí, para que esto de los rosarios de nuestra santa no parezca increíble: Muy sabida es aquella historia de aquel niño que el año 446 en Constantinopla a vista de todo el pueblo y del emperador Teodosio el Júnior y del patriarca Proclo fue llevado al Cielo hasta donde oyó a los bienaventurados que continuamente estaban alabando a Dios, y después de haber estado allí por espacio de una hora fue otra vez traído a la Tierra porque, fuera de los historiadores y coronistas griegos, Marcelino ''[38]'', Nicéforo ''[39]'', Evagrio ''[40]'', el Menologio griego ''[41]'', san Juan Damasceno ''[42]'' y otros, escríbelo también muy en particular el papa san Félix III en una epístola decretal suya ''[43]'', y escríbenla los obispos que se hallaron en el concilio constantinopolitano que se celebró en tiempo del papa Félix III contra los errores de Pedro Fullón arzobispo de Antioquía, y todos dicen que yendo en procesión toda la ciudad de Constantinopla por un gran terremoto que por seis meses continuos perseveraba en aquella ciudad, haciendo [¶¶3r] en ella gran destrozo y causando muchas ruinas de las casas y muros della, en medio de un campo donde estaba todo el pueblo con pública procesión, fue arrebatado un niño y llevado al Cielo. ''“Rursusque descendens'' —dice el papa Félix— ''nuntiavit, quae in aethere audierat dicens se de coelo quasi de multitudine psallentium, huiusmodi laudes in sonuisse auribus suis, etc.”, que oyó allá en el Cielo a los bienaventurados que alababan a Dios con aquel santísimo himno del Trifagio diciendo: “Sanctus deus, sanctus fortis, sanctus et immortalis”'' ''[44]''. Escriben esto mismo los obispos que arriba referí de aquel concilio constantinopolitano: Acacio de Constantinopla, Anteón de Arsinoi, Fausto de Apollonide, Pánfilo de Avida, Asclepiade ''[45]'' y otros muchos historiadores antiguos y nuevos. Pues así como no hubo repugnancia ni imposibilidad, supuesto el infinito poder de Dios, para que aquel niño, así como estaba, fuese llevado al Cielo, tampoco la hay para que creamos que pudo ser así lo que destos rosarios de santa Juana se escribe. Y es grandísimo argumento para creer esto y todo lo demás que destos rosarios y cuentas se escribe ver los muchos milagros que con estas cuentas hace Dios cada día, de los cuales el autor refiere algunos y yo he visto por mis ojos las informaciones y probanzas auténticas y los dichos de muchos testigos jurados, de donde con mucha verdad y fidelidad ha sacado todo lo que dice. Y no quiero decir lo que he sabido que aconteció con una destas cuentas que por particular merced que Dios me ha hecho la he alcanzado y tengo en mi poder, por no alargarme más en esta mi relación. Será Dios servido que en otra ocasión se sepa. También es necesario que se advierta y considere cómo se ha de tomar lo que se cuenta en esta historia que le fue revelado a nuestra santa que el arcángel san Miguel juzgaba las almas después que salían de los cuerpos, haciendo oficio de juez supremo, de grande poder y preeminencia, con las insignias de la corona imperial, cetro y tribunal de grande majestad (''habetur capitulo 16 huius historiae'' ''[46]'') ''[47]''. Esto, tomándolo en el sentido que se debe tomar, no puede tener dificultad para que se crea, porque ni es contra lo que enseñan los dotores sagrados y los escolásticos, ni deroga nada a la potestad judiciaria de Dios, que tomándola por la suprema absolutamente está en solo Dios, y tomándola por la potestad de excelencia y singular, participada inmediatamente de aquella suprema, está tan solamente en Cristo Nuestro Señor en cuanto hombre, como lo dicen los autores que para esto exponen aquel lugar de san Juan ''[48]'': ''“Omne iudicium dedit filio”'' ''[49]''; ni se hace dificultoso de creer, porque con esto se compadece que haya otros jueces inferiores que participen del poder de Dios y se digan jueces de las almas, como no deroga nada a la eminencia y independencia de la causa primera el haber otras causas segundas con las cuales juntamente obre, concurra y haga sus efetos la primera. Y así sin ninguna repugnancia en este sentido se dice que también los santos juzgarán las naciones ''[50]''. Y a sus sagrados discípulos prometió Cristo que sentados con él juzgarían todos los doce tribus de Israel ''[51]'', pues siendo san Miguel arcángel de tanta excelencia y majestad como lo declaran muchos y muy grandes títulos que le da la Iglesia, y los epítetos honoríficos que le canta, [¶¶4r] bien fácil será de creer lo que de él dijo nuestra santa que le reveló Nuestro Señor en lo que es juzgar las almas que van a la otra vida. Llámalo la Iglesia “prepósito” y “príncipe de la Iglesia”, “primado del Cielo”, “alférez mayor del supremo emperador”, “vencedor del gran dragón Lucifer”, “capitán fortísimo”, “recebidor de las almas que salen desta vida” y “juez” dellas ''[52]''. Todos estos epítetos y otros muchos coligen los santos ''[53]'' de lo que la Escritura Sagrada dice de san Miguel ''[54]''. Y por esto y otras razones que se hallan en los autores se tiene por muy cierto que este glorioso arcángel tiene esta potestad y jurisdición sobre las almas, para que en el juicio particular dellas, que es cuando salen de los cuerpos, las juzgue pesando y ponderando los méritos de cada una dellas, pronunciando y notificándolas la sentencia difinitiva del soberano juez. Y esto quiso dar a entender Dios a esta su santa en aquella revelación y visión imaginaria en que vio a este glorioso arcángel en aquella figura y postura de grande juez, con aquellas insignias imperiales y corona real, y esto es muy conforme al estilo y uso que la Iglesia tiene para declararnos esta grandeza y este poder de san Miguel. Porque como dijo muy bien el dotísimo y muy pío dotor Juan Molano ''[55]'' en su libro de imágines, esto que hemos dicho es lo mismo que se nos representa en las pinturas con que pintan a san Miguel con un peso en la mano, porque es decirnos que como juez recto y de grande entereza primero pondera y pesa los méritos de las almas con mucha particularidad y muy por menudo, y después las pronuncia la sentencia. Lo mismo dice aquel [¶¶4v] fortísimo defensor de la fe Juan Equio ''[56]'', y otros autores que hablan desto. Y desta misma manera se ha de entender lo que en aquella revelación dice nuestra santa: que luego, al mismo instante que san Miguel ha pronunciado su sentencia contra las malas almas, otros ángeles, como ejecutores desta sentencia, comienzan a castigar con rigurosos azotes las tales almas; que quiere decir que en aquel mismo punto comienzan a sentir y padecer el riguroso azote del justo castigo de Dios, y de las penas que tiene aparejadas para ellos. Y no digo más de lo restante desta historia, porque todo es muy fácil y no hay en qué reparar, y aun confieso que si no me fuera mandado que dijera lo dicho pudiera muy bien dejarlas de decir, porque todas estas cosas declara y apoya el autor en sus lugares tan doctamente que no deja lugar para que se dude en esto, ni en otra cosa ninguna, porque no solamente en lo que es histórico procede con tanto acertamiento y seguridad en esta su obra, hablando en las más cosas della como testigo de vista, sino que también en lo que es la etiología ''[57]'' y razón de la historia procede con mucho fundamento y con razones muy sólidas y muy teólogas, por lo cual se le deben al autor muchas gracias, por haber tomado esta ocupación tan santa y tan importante para el espíritu y aprovechamiento de las almas, y para mayor gloria de Dios, y de su santa religión y del glorioso padre y patriarca san Francisco, que cada día con nuevos nacimientos y natalicios de santos suyos nos da nuevas alegrías y gozos espirituales en la Iglesia militante y triunfante. Y por todo lo dicho, merece muy bien [¶¶¶1r] que Vuestra Alteza le admita y apruebe este su libro, para que salga a luz y se comunique a todos. Esto es lo que siento, debajo de la censura y parecer muy acertado de Vuestra Alteza. En Madrid, a 16 de setiembre del año 1610, Fray Ignacio Ibero, abad de Fitero [¶¶¶1v] '''Licencia''' En la villa de Madrid, a dieciséis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y diez años, el ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos de Su Majestad, habiendo visto esta aprobación del maestro fray don Ignacio de Ibero, abad de Fitero, del libro de santa Juana de la Cruz, concedió licencia como ordinario para que el dicho libro se imprima y ponga en él el parecer y aprobación del dicho abad. Ante mí, Miguel García de Molina, secretario del consejo de Su Majestad, de la Santa General Inquisición. Miguel García de Molina [¶¶¶2r] '''A la reina doña Margarita de Austria, nuestra señora''' Muchos días ha que deseaba ocasión para manifestar al mundo las grandes obligaciones que tenemos a Vuestra Merced los hijos de mi padre san Francisco, y dejando aparte las antiguas —que en otro lugar placiendo a Dios le tendrán más de asiento—, por las recientes y nuevas está tan reconocida esta santa religión cuanto ninguna lengua lo habrá bastantemente decir, pues no hay cosa en la Tierra que tanto estime como haberle dado Vuestra Merced sus dos hijos y a sus altezas el hábito de nuestro [¶¶¶2v] seráfico padre san Francisco: al príncipe nuestro señor siendo de doce meses, y al señor infante don Carlos de dos años, consagrando al seráfico padre los dichosos principios de la edad de sus altezas con este hecho, y dando al mundo un ejemplo sin segundo de la santidad de sus padres y de la singular devoción que tienen a esta sagrada religión, en cuyo nombre, para que Vuestra Majestad goce de la santidad que por los rincones della descubre Dios cada día, por ser tan peregrina y rara la de la bienaventurada madre santa Juana de la Cruz —hija de nuestro seráfico padre y de su tercera Orden—, ofrezco a Vuestra Majestad estampa de su milagrosa vida, con grandísima confianza que pasando los ojos por ella quedará tan aficionada que no solo será parte, sino el todo para su canonización. Hágalo Dios como puede, y a Vuestra Majestad dé su gracia y tantos años de vida como este indigno siervo desea. Deste convento de Vuestra Majestad de San Francisco de Valladolid, 4 de otubre de 1610, Fray Antonio Daza [¶¶¶3r] '''Prólogo y advertencias al letor, donde se declara qué cosa sea visión, éxtasis, raptos y otras cosas importantísimas para el entendimiento desta historia''' Con lenguas de serafines y espíritu del Cielo, quisiera manifestar al mundo las cosas tan soberanas que para honra y gloria suya depositó Dios en su fiel y devota esposa santa Juana de la Cruz, con quien alargó tanto la mano de sus misericordias que por ser tan singulares piden singular atención para leerlas y particular devoción para escribirlas, y para tenerla yo y el acierto que deseo después de haber visitado su santo cuerpo y los lugares donde nació, vivió y murió la santa, y buscado con particular cuidado los más verdaderos papeles que se han podido haber para escribir su vida, sigo seis informaciones auténticas y un libro de mano muy antiguo ''[59]'' que —ditándole la [¶¶¶3v] misma santa por mandado del ángel de su guarda— escribió una discípula suya llamada soror María Evangelista, a quien milagrosamente para este efeto dio el Señor gracia de leer y escribir, porque antes no lo sabía, según que con muchos testigos está probado, y que después de muerta esta bendita religiosa apareció a otra en el coro vestida de resplandor y con un libro de oro abierto en sus manos, que es el mismo que escribió de las cosas de la gloriosa santa Juana. (''Estas informaciones y libro están en el archivo del convento de la Cruz'') ''[59]''. Y a toda esta autoridad, con ser tan grande, se añade otra no menor que es el milagro de la incorruptibilidad de su cuerpo, visto por mis ojos y tratado por mis manos cuando esto escribo, que está incorrupto, entero y de lindo olor, según que a honra y gloria de Dios más largamente lo diremos adelante ''[60]''. Bien veo que hay en este libro cosas tan altas y subidas que no eran para todos, pero con el favor divino van tan llanas y acomodadas que sin ningún peligro cualquiera las podrá leer y sacar frutos sabrosísimos dellas, advirtiendo ''[61]'' que el llamar “santa” a esta bienaventurada virgen sin estar canonizada es porque el pueblo, cuya voz es voz de Dios, se lo llama desde el día que murió, fundado en su inculpable vida y muchos milagros que hizo ''[62]'', que con estas condiciones, que son las precisas que se requieren para canonizar a un [¶¶¶4r] bienaventurado, bien le pueden llamar “santo”, como lo dicen graves autores ''[63]'', y lo hacen los concilios y martirologios romanos, y se verá más largamente en las vidas de los santos escritas por autores graves, antiguos y modernos, así en los tomos de Lipomano, Surio y fray Luis de Granada, como en las corónicas de las órdenes monacales y mendicantes. Y casi todas las iglesias matrices y catedrales de la cristiandad hacen lo mismo, y en especial las de España, que llaman “santos” a muchos de sus patrones y a otros que no están canonizados ni beatificados. Y esta costumbre de la Iglesia es tan recibida en toda ella que tiene más fuerza que ley —pues la quita, pone y explica—, la cual permite que a los siervos de Dios que viviendo con fama de santidad hicieron milagros los honremos con el título de santos. Bien es verdad que, mientras la Iglesia no hubiere calificado sus vidas y milagros, no hay obligación con pena de pecado mortal a llamarles santos, ni a tenerlos por tales no estando canonizados. Y esta sea la primera advertencia. La segunda, que, escribiendo la vida de una santa tan llena de visiones, revelaciones, éxtasis y aparecimientos de ángeles y demonios, estoy obligado a dar alguna noticia destas cosas, siquiera lo que un breve prólogo permite ''[64]'': Será de [¶¶¶4v] mucha importancia entender muy de raíz la propiedad y fuerza de la palabra “visión” con que generalmente se comprehende y declaran todas estas cosas como con particular energía la declara la lengua santa ''[65]'', derivándola del verbo ''ra´ah'', que significa “ver con los ojos del cuerpo las cosas que Dios revela y entenderlas con los espirituales del alma”. Y de aquí es que a los profetas a quien Dios mostró tantas visiones y maravillas los llama “videntes” la Sagrada Escritura, con un participio del mismo verbo ''haroe'', y “visión” a la revelación que se les comunica, que es un género de conocimiento sobrenatural. Y porque hay tres principios de conocer en el hombre, que son: el sentido exterior, la imaginación y el entendimiento, así también los dotores y santos ''[66]'' reducen a tres géneros de visiones todas las maneras de revelaciones que Dios hace a sus siervos, conforme a uno de los tres principios con que el hombre las conoce: La primera de estas visiones, que se llama “sensitiva” ''[67]'', es cuando con los ojos del cuerpo se ven algunas cosas mediante figuras sensitivas o corporales, representadas a los sentidos exteriores, que son como símbolos o semejanzas de lo que Dios significa por ellas, las cuales no se pueden ver sin luz sobrenatural, como cuando mostró Dios a Abrahán el misterio de la Pasión de su unigénito [¶¶¶¶1r] hijo en el cordero enzarzado entre las espinas. La segunda se llama “imaginaria” ''[68]'', y es cuando el alma, sin ayudarse de los ojos corporales, ve las cosas que Dios le revela mediante alguna figura imaginaria. Deste género de visiones fueron las que vio san Juan en su ''Apocalipsi'', estando en aquel destierro injusto de la ínsula de Patmos. La tercera y última destas visiones ''[69]'' es cuando el ánima ve y conoce claramente lo que Dios la revela, y llámase “intelectual” porque el entendimiento, sin que haya de por medio figura de cosas sensibles o imaginarias, conoce todo lo que Dios la revela. Y esta última se tiene por la más alta y más principal de todas, por ser la más semejante a la visión de que gozan los bienaventurados en la gloria. Los raptos que los hebreos llaman ''tardemah'', que quiere decir “sueño profundo”, y los griegos ''extasis'' ''[70]'', que significa “salida o vuelo del alma”, no porque el alma salga del cuerpo y vuelva a él —que sería conceder un grande error y a cada paso la muerte y resurrección de los cuerpos—, sino porque en los raptos está el que los padece como si estuviese muerto o dormido, efeto propio de amor que según san Dionisio ''[71]'' es el que causa éxtasis en el alma y saca al hombre de sí, trasformándole en la cosa que ama, y a esta elevación llaman [¶¶¶¶1v] los teólogos “éxtasis”, sobre la cual añade el rapto ''[72]'' ''[73]'' cierto género de violencia de parte del objeto que mueve la potencia del alma, que la arrebata y atrae fuertemente a sí, aunque con grandísima suavidad, abstrayéndola de sus sentidos, la cual, cuando se arroba en Dios con la fuerza del amor, de tal forma se transforma en él que, suspendiendo sus potencias, acude a favorecer la porción superior del alma; y, como no tiene fuerzas para resistir al ímpetu sobrenatural y acudir juntamente a sus sentidos corporales, falta a estos y no les da virtud, ni envía la facultad animal a las partes el cuerpo, sin la cual ni los oídos pueden oír, ni los ojos ver, ni las narices oler, ni el gusto gustar, ni el tacto tocar. Y así, los que están arrobados ni sienten frío, ni calor, ni hambre, sed, ni cansancio, por lo cual piensan algunos que cuando el alma goza destos éxtasis, arrobamientos y raptos no merece en ellos ni desmerece, pensando que no la queda entera libertad para usar libremente de razón, como el que duerme ''[74]'', pero no se ha de hacer dellos el mismo juicio que se hace de los sueños ordinarios y comunes, que si en estos está impedido el uso de la razón y el entendimiento, en los raptos no lo está, sino más libre y desembarazado para entender y contem- [¶¶¶¶2r] plar las cosas que Dios comunica al alma, y se deja fácilmente entender mirando al fin que Dios tiene en estos éxtasis y raptos, que no los da para que sus amigos pierdan tiempo en ellos y estén aquel rato faltos de juicio, sino para que, recogida el alma, desatada y libre de la inquietud de los sentidos, obre más fervorosa y libremente. Y así las obras que hacen en los éxtasis y raptos son de virtud y hechas con mayor luz y claridad que las que se hacen fuera dellos, según que se colige de la dotrina de los santos ''[75]'' y nos lo enseñan personas a quien Dios hace esta tan señalada merced. Y así podríamos decir que “éxtasis” es un profundo sueño del alma, en el cual el entendimiento y voluntad están velando, y, ocupándose en tan alta obra, desfallecen los sentidos corporales y quedan como dormidos a las cosas exteriores. Para concluir con esta materia de visiones —que no querría alargarme en ella, ni dejarla ayuna de tan sabrosos bocados—, se advierta que cuando Dios habla a los hombres ''[76]'', lo más ordinario suele ser por ministerio de ángeles que representan la persona divina, y en su nombre reciben recaudos y los despachan hablando, no en tercera persona —como los mensajeros, que, en nombre ajeno, dan el recaudo y llevan también la respuesta— [¶¶¶¶2v], sino como los legados y virreyes, que tienen vez y lugar del mismo que los envía. Y esto fue más usado en la Ley Vieja que en la de Gracia, en la cual, por su dignidad y por el amor que Cristo tiene a las almas, algunas veces Él mismo se las aparece ''[77]'', las visita y consuela, como consta por lugares expresos del Testamento Nuevo ''[78]'' y los santos ''[79]'' refieren muchas historias de semejantes aparecimientos, y en esta se hallarán algunos, lo cual hace Su Divina Majestad bajando a la Tierra y quedándose juntamente en el Cielo, que —aunque dificultoso a nuestro parecer— no le es a Dios imposible, antes entre hombres doctos ''[80]'' es una opinión muy probable y segura, como lo es en buena Física y Teología la que enseña Escoto ''[81]'', con otros muchos que le siguen, que un mismo cuerpo por la virtud y potencia divina puede estar ''quantitativo modo'' ''[82]'' juntamente en dos lugares distintos y diferentes. Los ángeles, cuando aparecen y hablan a los santos y los demonios que los atormentan y azotan, toman para ejercitar estas acciones cuerpos aparentes y fantásticos del aire, imperfectamente mixto, aplicando ''activa passivis'' ''[83]'', como lo enseña la sutileza de Escoto ''[84]'' y el ingenio soberano [¶¶¶¶3r] del glorioso padre san Augustín ''[85]''. Y, aunque es verdad que estos cuerpos en que se muestran y aparecen no son verdaderos cuerpos de carne y sangre como los nuestros, con todo eso, es tanta la fuerza que los espíritus tienen sobre todas las cosas corporales y visibles, que hacen dellos lo que quieren, moviendo la lengua del cuerpo fingido para hablar, los pies para andar y el ojo para ver, porque, con la misma facilidad —y mayor— que el alma se sirve de sus miembros, se sirve el espíritu de aquellos que hace, porque a tanto como esto llega el poder del ángel bueno o malo. Y esto sirva al curioso letor para entender muchas cosas que se le ofrecerán en el discurso de la vida desta santa. [¶¶¶¶3v] [en blanco] [h. 1r] [en blanco] [h. 1v] [xilografía con imagen de la virgen Juana con cuentas al cuello, arodillada y abrazando la cruz a la derecha, la custodia a la izquierda y arriba el ángel de su guarda —pone encima: “san Laruel Áureo”— llevándole al Padre las cuentas de Juana para que las bendiga. Debajo de la escena consta: “La Vuestra Merced y sierva de Dios sor Juana de la Cruz, religiosa del Orden Tercera de nuestro padre San Francisco, de la santa Provincia de Castilla, abadesa que fue en el convento de Nuestra Señora de la Cruz 17 años a los 28 de su edad, y fue electa en 3 de mayo año de 1499, día de la Invención de la Santa Cruz, y nació en el mesmo día el año de 1481, tomó el hábito en el mesmo día, año de 1496, profesó dicho día el año de 1497, murió en el mesmo día el año de 1534, a los 53 años de su edad”] [¶¶¶¶4r] '''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco''' '''Capítulo I''' '''De la fundación del monasterio de Santa María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una pastorcica natural de Cubas''' Cinco leguas de Madrid, corte famosa de los Católicos Reyes de España, está la villa de Cubas; y aunque pequeña y pobre, felicísima y muy dichosa, por haber escogido junto a ella la Virgen Nuestra Señora su habitación y morada tan cerca que solos quinien- [¶¶¶¶4v] tos pasos deste lugar quiso tener su casa, como señora y vecina del pueblo, en cuya juridición y términos se apareció la soberana Virgen nueve veces, en los primeros nueve días de marzo del año de 1449, a una pastorcica de trece años llamada Inés, guardando un ganadillo de cerda, tan devota de Nuestra Señora que rezaba su rosario cada día, y le ayunaba sus fiestas y la mitad de la Cuaresma desde que tuvo siete años, y ahora que era mayor comulgaba a menudo y frecuentaba mucho la iglesia. Y aunque de las informaciones que se hicieron sobre este caso (''capítulo 8'') ''[86]'', no conste sino de los cinco o seis aparecimientos, es cierto que fueron nueve, según que se lo reveló Dios a la bienaventurada santa Juana por el ángel de su guarda, y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año desde entonces la fiesta destos nueve aparecimientos de Nuestra Señora con grande solenidad y concurso de muchos pueblos. La verdad desta historia se ha colegido de una información hecha por mandado del ilustrísimo señor don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, cometida a Juan Núñez, arcipreste de la villa de Madrid, y a Juan Gonzá- [1r] lez Morejón, arcipreste de la villa de Illescas, por particular provisión del dicho arzobispo, dada en la villa de Benavente, a siete de abril, del año de 1449, refrendada por Gómez de Córdoba, su secretario, y autorizada por Ruy Díaz de Madrid, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, y notario público en su Corte y en todos sus reinos. (''Esta información está en los archivos del convento de la Cruz, junto a Cubas'') ''[87]''. Y para escribir historia tan grave como esta de los nueve aparecimientos de Nuestra Señora, no hallo palabras más a propósito, ni más graves, ni verdaderas, que las propias con que la misma Inés la contó, siendo examinada sobre este artículo, que por ser suyas hacen mucho al caso, y por la llaneza y antigüedad del lenguaje darán gusto a quien las leyere, que son las siguientes ''[88]'': “E luego la dicha Inés dijo que este lunes que ahora pasó, que se contaron tres días del mes de marzo, estando ella en el campo guardando los puercos, al campo que se llama la Fuente Cecilia, a la hora del mediodía, poco más o menos, vino a ella una mujer muy fermosa vestida de paños de oro e le dijo: “¿Qué faces aquí, charita?”. (''Decía Inés que Nuestra Señora hablaba muy lindamente, que tenía suavísima voz y muy delgada'') ''[89]''. E que le respondió: “Guardo estos puercos”. Y que la dicha señora la dijo que por qué ayunaba los días de Santa María en viernes.[1v]E que respondió que ge lo mandaban sus padres. Y luego dijo la señora que bien facía e que pocos viernes la quedaban ya que ayunar en este año, pero que de allí adelante ayunase las fiestas de la señora Santa María en los mismos días que cayesen, porque los que así ayunaban ganaban ochenta mil años de perdón. (''Esto se debe entender de la fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora'') ''[90]''. ''E que también le mandó dijese a todas las gentes se confesasen y enderezasen sus ánimas, porque vendría sobre ellos grande pestilencia, e dolor de costado ''[91]'', e muchas piedras rojas envueltas en sangre, de lo cual moriría mucha gente. E luego desapareció. E dijo la dicha Inés que estas cosas no las había osado decir a su padre, ni a su madre, ni a ninguna persona. E que luego el martes siguiente dijo que andando con los dichos puercos en el pavo del arroyo de Torrejón a la hora de mediodía, volvió a ella la dicha señora en la manera que de antes la había aparecido, e le dijo: “Fija, ¿por qué no dijiste lo que te mandé ayer?”. E que respondió que no lo osó decir, pareciéndola que no sería creída. E que entonces le dijo la dicha señora: “Cata que te mando que lo digas, e si no te creyeren, yo te daré señal con que te crean”. Y entonces la dicha Inés le preguntó quién era. Y le respondió que no se lo quería decir ahora. Y con esto desapareció. (''Decía Inés que todas las veces que vio a Nuestra Señora venía con tan gran resplandor que la dislumbraba, de suerte que por aquel día casi quedaba sin vista'') ''[92]''. Y el viernes siete días del dicho mes, dijo[2r]la dicha Inés que andando guardando los puercos al prado nuevo cerca del dicho lugar del Cubas, vino a ella la dicha señora la tercera vez a la dicha hora, vestida como dicho tiene, e le dijo que si había dicho lo que la había mandado. Y respondió que lo había dicho a su padre, y a su madre, y a otras personas del lugar (''Su padre le dijo que mentía y que callase y no lo dijese a ninguna persona'') ''[93]''. Y entonces la dijo la dicha señora que lo publicase, e lo dijese al clérigo e a las gentes sin ningún miedo ni temor. E después desto dijo la dicha Inés que el domingo que ahora pasó que se contaron nueve días del dicho mes, estando guardando los dichos puercos al pavo que dicen de la Cirolera, y estando fincadas las rodillas y puesta la boca con el suelo ofreciendo las oraciones e rogando que apareciese la dicha señora, que vino a ella en la forma que otras veces le había aparecido, e le dijo: “Levántate, fija”. E que estonces hubo miedo, y se levantó. Y que la dicha señora la dijo: “No hayas temor”. E la preguntó luego quién era, y le respondió: “Yo so la Virgen Santa María” ''[94]''. Y se llegó a la dicha Inés, e la tomó su mano derecha, e ge la apretó con el pulgar, e la dejó los dedos della juntos y pegados, fechos a manera de cruz, según que lo mostró, y vimos todos los que ahí estábamos (''Esta señal vieron muchos, y aunque la probaron a deshacer no pudieron'') ''[95]''. Y que cuando le juntó los dichos dedos, se quejó la dicha Inés, e la dijo la dicha señora: “Con [2v] esta señal te creerán, y esto pasarás tú por ellos. Vete a la iglesia, y llegarás cuando salgan de misa, e enséñalo a todas las gentes, porque crean lo que dijeres”.'' ''(''Dolíala'''' todo el brazo hasta el codo y la parecía que le tenía seco'') ''[96]''. '' ''Y así se fue luego a la iglesia, e llegó al tiempo que la dicha señora había dicho. Y en entrando en la iglesia, fincó los finojos ante el altar de la Virgen María, e dijo públicamente al clérigo e a todo el pueblo todo lo susodicho. E luego el clérigo, e alcaldes, e regidores, e omes buenos del dicho lugar, habiendo mucha devoción en la dicha señora Virgen Santa María, que tal miraglo mostraba en la dicha Inés, se movieron con gran devoción con las cruces e con candelas e hachas encendidas en las manos, y descalzos todos en procesión con los más niños que se pudieron haber en el dicho lugar e con la dicha Inés, y llevaron una cruz de palo, para ponerla donde Nuestra Señora le había tomado la mano, y fecho en ella la dicha señal. Saliendo de las eras, e queriendo entrar en las viñas, la dicha Inés, que iba adelante de los niños, volvió la cabeza e dijo a Lope de Lorbes y a Andrés Ferrandes Regidor, que iban ordenando la procesión de los dichos niños, que estuviesen quedos, que había oído una voz que la llamaba la dicha señora Virgen Santa María y que le dijera dos veces: “Anda acá”. E quería [3r] ir a ver lo que le mandaba la dicha señora. E que luego el dicho Andrés Ferrandes, que llevaba la cruz de palo, se la dio a la dicha Inés, la cual se fue con la cruz e dijo que, así como se apartó de la procesión, vino la Virgen Nuestra Señora y se fueron juntas al lado derecho de la dicha Inés, e que nunca la fabló ninguna palabra, fasta que llegaron al lugar donde le había dado la dicha señal, e que entonces la dicha señora Virgen Santa María tomó la cruz en sus manos, e fincando los hinojos, la fincó en el suelo enhiesta, e la mandó a ella fincar las rodillas de cara la procesión, y que dijese a los del pueblo que la ficiesen allí una iglesia que llamasen Santa María. (''Decía Inés que tomó Nuestra Señora con la mano derecha la cruz por el medio y la hincó palmo y medio en la tierra. Estando Inés de rodillas al pie de la cruz, dijo: “Este es el lugar donde la Virgen María manda que la hagan la iglesia”. Y aquí hincó su rodilla y señalando con el dedo dijo: “Veis aquí dónde puso sus pies”. Y vieron señaladas dos pisadas muy pequeñas en la arena'') ''[97]''. E le mandó que se tornase con la procesión a la iglesia del lugar, y estuviese en ella ante el altar de Santa María con algunas criaturas inocentes, y que estuviese allí aquel día y aquella noche hasta hoy dicho día en que la dijesen dos misas de Santa María en su altar, e que pusiesen a la dicha Inés debajo de los evangelios cuando se dijesen las dichas misas, y la llevasen a Santa María de Guadalupe, donde estaría dos días, e que llevasen con ella cuatro libras de cera, e luego sería sana, e se desataría la mano, e se quitaría la señal”. [3v] Esto es lo que dijo Inés debajo de juramento. Y el pueblo viendo estas maravillas, adoró el lugar donde la Virgen puso sus benditísimos pies; y, con los granos del arena en que quedaron estampadas las señales de sus plantas, sanaron muchos enfermos. Adoraron también la santa cruz; y, poniendo hombres que la guardasen, se volvió la procesión a Cubas con la niña. Y, hecho con ella todo lo que la Virgen mandó, la llevaron sus padres a Guadalupe. En este camino hizo algunos milagros en la cura de los enfermos, y a la vuelta sanó de dolor de costado a un hombre de los que venían con ella. Estuvo en Guadalupe tres días, y al segundo se le desató la mano, y quedó perfetísimamente sana, siendo el milagro muy público y patente, porque le vieron el prior y religiosos de aquella casa, con otras muchas gentes, y le tomaron por testimonio. Y cuando Inés volvió de Guadalupe, fue primero que a su pueblo al lugar donde Nuestra Señora puso la cruz, y estándola adorando se le apareció otra vez la santísima Virgen, y la habló. Y de aquí se volvió Inés con sus padres a su casa. Tan favorecidos se hallaban los de Cubas con haberles la Madre de Dios visitado nueve [4r] veces, que dentro de un año la hicieron una iglesia con título de Santa María de la Cruz, y en ella la santísima Virgen hizo tantos milagros que pasan de setenta y seis los que por ante escribano y notario público se hallan comprobados. (''La información destos milagros está en el archivo del convento de la Cruz'') ''[98]''. Y entre ellos doce tullidos sanos, ocho libres de manifiesto peligro de muerte y once muertos resucitados. Y a la fama destas maravillas y aparecimientos de Nuestra Señora, algunas mujeres devotas que había en aquellos lugares en el contorno de Cubas se vinieron a él, y de su pobreza edificaron una casa junto a esta iglesia, la cual después les fue dada con la cruz que Nuestra Señora tuvo en sus manos, y ellas dieron la obediencia a la Orden de nuestro padre San Francisco, y tomando su hábito, profesaron la Tercera Regla. (''Esta cruz se muestra en el Convento'') ''[99]''. Tomole también la pastorcica Inés, y, andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su cabeza y prelada, por la santidad y virtudes que en ella resplandecían. Mas como el demonio donde halla mayor perfeción procura más la caída, solicitó la destas pobres mujeres, ocasionándolas con algunos tratos y amistades de seglares, de suerte que en breve tiempo desdijeron de aquel buen olor de santidad y virtud en que se habían criado, hasta [4v] salirse del monasterio. Y la triste Inés, que otro tiempo había sido la primera en la virtud, vencida del enemigo, vino también a pervertirse y apostató del convento. Pero, favorecida de la Reina de los Ángeles, hizo penitencia de su pecado y tan buena vida, según se sabe por tradición, que a la hora de su muerte milagrosamente se tañeron las campanas. '''Capítulo II''' '''Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa santa Juana, por intercesión de su Santísima Madre''' Viendo la soberana Reina del Cielo la caída de su casa, donde con tantos milagros se había aparecido, rogó a su santísimo hijo que para restaurarla, y la devoción de sus nueve aparecimientos que en ella había hecho, criase una criatura que se llamase Juana, porque hasta el nombre tuviese de gracia ''[100]''. Prometióselo el Señor, y dársela tan copiosa y sin medida que ninguna persona de las que hubiese en la tierra tuviese su semejante. Y que no solo le daría esta gracia tan liberal y copiosamente, sino otras muchas; y que tendría elevaciones y raptos, y trato fa- [5r] miliarmente con los ángeles, y vería a Dios y a su madre muchas veces. Porque cuando la divina majestad quiere que la santidad de algún santo llegue con el discurso del tiempo a grado muy excelente y heroico, toma la carrera muy de atrás, para que la santidad le venga tan nacida que parezca haber nacido con ella, como se verá en la vida desta gloriosa santa, cuyo nacimiento dichoso fue en el año del Señor de 1481, en la Sagra de Toledo, en Hazaña, lugar del mismo arzobispado y de la santa iglesia de Toledo llamada Santa María, porque la que había de vivir y morir en la casa de la santísima Virgen naciese sierva y vasalla suya en lugar de su juridición y señorío, y que este se llamase Hazaña, pues había Dios de obrar en él por intercesión de Su Santisima Madre una tan admirable hazaña y una obra tan hazañosa en materia de santidad y virtud cual nunca en aquel tiempo se vio otra semejante a ella. Sus padres, naturales deste pueblo, se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, cristianos viejos y virtuosos, y abastecidos de bienes de fortuna. Dioles Dios esta hija, y en el bautismo la llamaron Juana. Y apenas había nacido —como dicen— cuando se comenzó a manifestar en ella [5v] la grandeza de las maravillas de Dios, y en tan tierna edad comenzó a declararse por ella con notable asombro de las gentes, porque recién nacida ayunaba los viernes, mamando sola una vez al día. Desde los pechos de su madre tuvo éxtasis y raptos, y porque la hallaba algunas veces en la cuna elevada y sin sentido ''[101]'' —aunque con pulsos y calor natural—, la madre ''[102]'' angustiaba desto, pensando era alguna enfermedad que la privaba del sentido y de tomar el pecho. Y una vez estuvo tres días sin mamar ni volver en sí ''[103]''; por lo cual, la afligida madre, creyendo que su hija era muerta, suplicó a la Virgen Nuestra Señora se la resucitase, y prometió llevarla con su peso de cera al convento de Santa María de la Cruz —que estaba cerca de Cubas—, y velarla allí una noche. Volvió la niña en sus sentidos, con que se consoló mucho su madre, entendiendo había cobrado la salud y vida que deseaba. Estos y otros muchos indicios daba en su niñez la santa niña, y crecía cada día en gracias espirituales y dones de Dios, aunque por entonces no eran conocidos de sus padres. Siendo la niña de dos años, o poco menos, por estar muy descolorida y tan enferma que no podía tomar el pecho ni comer ninguna cosa, su madre y abuela, que la querían [6r] mucho, la llevaron a una romería muy devota de san Bartolomé, en el lugar de Añover, y estando en la iglesia mirando la imagen del glorioso apóstol, que estaba en el altar, se riyó la niña y pidió luego de comer, y desde este punto se halló buena. Y contaba después, cuando supo bien hablar, que había visto al apóstol san Bartolomé, que besándola en el rostro y abrazándola, le dijo: “Niña, acuérdate de mí, que yo me acordaré de ti” ''[104]''.Y la quitó el mal color de rostro que tenía. Nunca la vieron jugar con los niños de su edad, porque aunque era niña no lo parecía sino en los años. Cuando llegó a los cuatro, la sucedió que, enviándola su madre a holgar a las eras, por ser tiempo de verano, pasando por una calle se acordó que poco antes habían llevado por allí el Santísimo Sacramento a un enfermo, y de tal manera se arrobó en esta consideración, que cayó de una jumentilla en que iba. Viola el cura del lugar, y levantándola del suelo la halló sin género de sentido, y la llevó en los brazos a casa de su abuela, donde estuvo grande rato sin tornar en sí. Y, según dijo ella misma cuando después volvió en sus sentidos, fue llevada en espíritu a un hermosísimo lugar, donde vio muchas señoras a maravilla [6v] compuestas, y entre ellas una, que a su parecer era la reina de todas, según su resplandor y hermosura ''[105]''. Y también vio muchos niños de no menor hermosura, que acercándose a ella le dijeron: “¿Qué haces ahí? Vente con nosotros y adora a aquella señora, que es la Madre de Dios”. La bendita niña respondió: “Yo no sé lo que tengo de hacer, mas rezaré el Avemaría”. Y, puestas las rodillas en tierra, rezó la salutación angélica. Y habiendo saludado a la Reina del Cielo, vio a su lado al santo ángel de su guarda, que la enseñó muchas cosas. Y al fin de una larga plática que con él tuvo, le rogó la llevase en casa de su abuela. Y cuando volvió del rapto, la santa niña contó por orden todas las cosas que había visto, hasta que su abuela la mandó callar, y así lo hizo. En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santisimo Sacramento, que le llevaban a un enfermo, le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesucristo en forma de niño muy hermoso y resplandeciente ''[106]''. Otro día de la Purificación de Nuestra Señora ''[107]'' oyendo misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la hostia, la vio muy clara y resplan- [7r] deciente, y dentro della a Nuestro Señor Jesucristo ''[108]'', y alrededor de él muchos ángeles; de lo cual la inocentísima criatura no hizo mucho caso por entonces, creyendo que todos veían estas soberanas maravillas y que eran comunes a los demás, porque como era tan humilde, tan inocente y sincera, nunca llegó a su imaginación pensar que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró en la manera que adelante veremos. '''Capítulo III''' '''De las penitencias que santa Juana hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa''' En este tiempo, siendo la santa niña de solos siete años, sucedió la muerte de su madre ''[109]'', la cual viendo que se le llegaba el fin de sus días sin haber cumplido la promesa que había hecho de llevar a su hija con otro tanto peso de cera al convento de Santa María de la Cruz, rogó a su marido lo cumpliese por ella. Y despidiéndose de su hija, y dándole la bendición, dio a su Criador el alma. Mas la bendita santa Juana, considerando [7v] estas cosas, decía consigo misma: “Mejor será que me vaya yo a cumplir la promesa de mi madre a la casa de Nuestra Señora, y me quede religiosa en ella”. Comunicábalo la santa virgen con una su tía que en este mismo tiempo tomó el hábito en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo, y quisiera ser monja con ella. Y lo pidió a su padre y abuela, los cuales se lo negaron, poniéndole por delante su poca edad —que aún no tenía siete años— y las asperezas de la religión ''[110]''. Hizo profesión su tía, y creció tanto en santidad y virtud que tuvo muchas revelaciones de Dios. Y una vez estando en oración, la reveló que su sobrina había de ser una gran santa en su Iglesia ''[111]''. Y orando otra vez, se le apareció el glorioso santo Domingo, y la dijo que, por cuanto su sobrina era dotada de grandes gracias de Dios, la rogaba la procurase para su Orden. Y dando parte desto a la priora del convento, se puso luego por obra, y tan de veras lo procuraron las monjas, que ofrecieron recebirla sin dote, pero su padre y parientes de la niña no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. Y como esto no tuvo efeto, ni otras diligencias que por parte del convento se hicieron, la misma tía dio orden —con su propia madre, que era [8r] la abuela de la niña, en cuya casa se criaba— de hurtarla y llevarla a su monasterio ''[112]''. Mas como Dios no la crió para él, sino para el de Santa María de la Cruz, deshizo todos estos propósitos, y mudó a santa Juana los que tenía de ser religiosa en el convento donde estaba su tía. Y pereciéndola que serlo con ella era poca perfeción, y llevaba algo de carne y sangre, propuso firmemente de no tomar el hábito en aquel monasterio, sino en otro, sin respeto de parientes, ni de otra ninguna cosa del mundo, porque tan enamorada como esto estaba su alma de Dios, y tan deseosa de servirle ''[113]''. Tenía santa Juana un tío, persona muy principal y abastado de bienes de fortuna, y él y su mujer deseaban tenerla en su casa, pareciéndoles estaría más guardada que en la de su abuela. Alcanzáronlo de su padre, y, muy contentos con la joya, la llevaron a su casa, y la dieron el gobierno de toda ella, porque aunque de poca edad era prudentísima y muy obediente a sus tíos. Y aquí comenzó el Señor a sacar en público sus virtudes y penitencias espantosas en varones de grandes fuerzas, cuanto más en una niña tan delicada como ella: todos los días de ayuno ayunaba a pan y agua, y algunas veces se estaba dos y tres días sin comer, y —cual otra santa Cecilia— traía [8v] silicio de cerdas de alambre a raíz de las carnes, y azotábase con cadenas de hierro, hasta derramar sangre, y nunca la oyeron palabra vana ni ociosa; cuando andaba por la casa o hacía labor, se pellizcaba los brazos, y, cuando estaba en el horno en parte que no la veían, se los descubría y destocaba la cabeza, para quemarse y padecer dolores por Dios ''[114]''. Y, con esto, era tan humilde que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba; y, fuera de aquel silicio de cardas, que le traía abierto y lastimado el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes, y aunque fuese en tiempo de invierno, cuando las noches son frías y largas, después de acostadas las criadas, se levantaba ella, y desnuda se quedaba con solo el silicio, y desta manera pasaba toda la noche en oración, hasta que al amanecer, con mucho silencio y quietud, se volvía a la cama sin que nadie la sintiese ''[115]''. Pero una vez, viendo las criadas de casa que faltaba de la cama y que volvía tarde a ella, se lo dijeron a su tía, la cual, angustiada desto, mandó a una criada que con secreto la siguiese, y mirase adonde iba a tales horas. Y así la noche siguiente, viendo la moza que la santa no estaba en la cama, la esperó a la puerta del [9r] aposento, pensando que había salido fuera, mas dentro de breve rato la oyó llorar delante de unas imágines; y, llegándose a ella, la pareció que estaba de rodillas y cubierta con una estera o silicio, porque como era de noche y a escuras no la vio determinadamente ''[116]''. La moza disimuló por entonces, y a la mañana dijo a su señora la santidad de su sobrina y los pasos en que andaba, de lo cual la santa virgen quedó con muy gran pesar, y con nuevo cuidado de buscar otro lugar, donde con quietud y sosiego, sin ser vista ni entendida de las gentes, gozase a solas de Dios. Recién venida la virgen a esta casa de sus tíos, entrando en un aposento, vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines, con sendas jarras en las manos, que no hacían otro oficio sino sacar agua de la fuente, y muy a menudo hinchir y verter las jarras ''[117]'': los cuales siempre que entraba en aquel aposento —y entraba muchas veces— la miraban, y se reían y alegraban mucho con ella. Y decía la santa virgen que recebía tanto consuelo siempre que los vía que no quisiera salir de aquel aposento ''[118]''. Y aunque el consuelo que le causaba la apacible vista de los serafines era grande, no era menor [9v] la admiración que tenía de no saber qué hacían de tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio dónde la echaban, ni lo supo hasta que algunos años después la dijo el ángel de su guarda que aquella fuente era milagrosa, y el agua que los serafines derramaban era la gracia del Espíritu Santo, que copiosa y abundantemente la infundían en su alma ''[119]''. Un Viernes Santo de mañana, como la gloriosa santa Juana hubiese gastado buena parte della y de la noche, como otra nueva Magdalena, en sus lágrimas y sentimiento, arrojada a los pies de Cristo, contemplando lo que su dulce Jesu ''[120]'' había padecido aquel día, se la apareció crucificado, y así mesmo aparecieron allí todas las insignias de su sagrada Pasión, y las tres Marías muy angustiadas y tristes ''[121]''; y ella lo estuvo tanto, con el sentimiento y dolor que la causó esta soberana visión —de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos—, y tantos fueron los misterios de la Pasión del Señor que allí vio con los ojos corporales, y tanto lo que lloró, que dejó hecho agua todo el lugar donde estaba. Y su rostro quedó tan descolorido, tan disfigurado [10r] y difunto, que cuando sus tíos vinieron de la iglesia, espantados de aquella súbita mudanza que vieron en su sobrina, procuraron que comiese alguna cosa para esforzarla. Mas, como el mal de la santa virgen era de amor, ella misma los consoló, rogándoles que no tuviesen pena della, ni la obligasen a quebrar el ayuno en día de Viernes Santo, porque muy presto estaría buena. Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y cumpliendo con ellos y con todos los de casa, se salió la santa al corral, buscando soledad para sus ejercicios, y puesta de rodillas y en muy profunda oración, vio que se abría el cielo, y abajaba de él la Reina de los Ángeles con su sacratísimo hijo en los brazos, y que acercándose a ella la miraba con ojos muy amorosos y mansos ''[122]''. Y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su Santísima Madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese y ayudase con su preciosísimo Hijo en lo que tanto deseaba como ser religiosa. Y esto decía con tal afecto del espíritu que a las voces que daba salieron al corral por ver lo que era, y hallaron a santa [10v] Juana puestas las manos y las rodillas en tierra, hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados dello, y acabada la visión, se llegaron todos a ella, y la hablaron disimuladamente, de lo cual la santa virgen recibió gran turbación, temiendo se descubriese por aquí lo que ella tanto encubría. Andando santa Juana ocupada en los ejercicios que hemos dicho, y creciendo en virtud como en los años, llegó a los catorce de su edad, y sus parientes y padre comenzaron a tratar de su remedio —que este nombre pone el mundo a los casamientos de las mujeres, como si no hubiera dejado Dios otro para ellas—. Y a la fama de su gran recogimiento, honestidad y hermosura —que tanto agrada en aquella edad— fue pretendida de muchos para casarse con ella, entre los cuales el que más se señaló fue un noble mancebo, natural de la villa de Illescas; pero como los intentos de santa Juana eran de tener por esposo a Jesucristo y consagrarle su virginidad perpetuamente, de solo esto trataba, y, con tales lágrimas lo pedía, que mereció ser oída de Dios y su petición también despachada, como en el siguiente capítulo se verá. [11r] '''Capítulo IV''' '''Cómo santa Juana se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino''' Como santa Juana tratase siempre muy de veras de agradar y servir a aquel Señor que desde el vientre de su madre la escogió para sí, y apartó de la masa de los hijos de perdición, no cesaba de pedirle desde su muy tierna edad la concediese ser religiosa, para poderle servir más de veras. Y, como en casa la espiaban, y andaban a los alcances ''[123]'', porque no se descubriese lo que ella tanto encubría, dio en irse a un palomar despoblado, que estaba muy apartado de la gente, aunque dentro de la misma casa, y haciendo oratorio de él, gastaba allí muy grandes ratos con Dios ''[124]''. Y un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro, estando prostrada en tierra y hablando con una Verónica que allí tenía, dijo: “¡Oh, mi dulce Jesucristo, suplico a Vuestra Divina Majestad, por los misterios de vuestra sagrada Pasión, merezca yo [11v] ser vuestra esposa y entrar en religión, para que, libre de las cosas del mundo, mejor pueda entregarme toda a vos!”. Y diciendo esto, se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro natural de Nuestro Señor Jesucristo, tan vivo —a su parecer— como si estuviera en carne pasible y mortal, que corría sangre de él ''[125]''. Y tales cosas le dijo, tales fueron sus lágrimas, tales sus congojas y ansias, y tal el amor con que lo pedía, que parece venció al invencible, el cual, aunque muy doloroso, corriendo sangre y llagado, con dulcísimas palabras que la dijo, la consoló, prometiendo recebirla por su esposa, y traerla a la religión con que de su parte se ayudase ella, y hiciese lo que pudiese ''[126]''. Y dichas estas palabras, la santa Verónica se tornó a su ser, y quedó la bienaventurada virgen con este favor tan favorecida y consolada, que desde ese punto comenzó a dar trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, donde tenía grandísima devoción y muchas inspiraciones del Cielo para tomar el hábito de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco. Consideraba que si en estas cosas una buena determinación no rompe de una vez con ánimo y valentía, poco aprovechan propósitos [12r] tibios y flacos. Mas como los desta solícita virgen no lo eran, sino fuertes y fervorosos, acordó luego que pasó la Pascua de la Santa Resurreción irse al dichoso monasterio, que está dos leguas de su lugar —y como lo imaginó lo hizo, no como mujer flaca, sino como varón fuerte y esforzado, vistiéndose los vestidos de un su primo y hecho un lío de los suyos—, en hábito de hombre, con una espada debajo del brazo, sola y a pie toma su camino una mañana, antes que el sol saliese, con harta contradición del demonio que, deseándosele estorbar, la representó muchos temores y espantos, y el enojo de su padre y parientes, que sentirían mal de aquella ida en hábito indecente a su persona y edad ''[127]''. Y tal impresión hizo en la santa doncella esta consideración que, comenzando el camino, comenzó a temblar, y, combatida de la flaqueza y temor, temblándole todo el cuerpo, se cayó en el suelo desmayada, donde oyó por tres veces una voz que la dijo: “Esfuérzate, no desmayes; acaba la buena obra comenzada, que Dios te favorecerá”. No vio entonces santa Juana quién la habló, hasta que andando el tiempo tuvo revelación que había sido el ángel de su guarda ''[128]''. [12v] Con este favor quedó muy alentada la santa virgen, y prosiguió su camino, y habiendo andado buena parte de él, sintió venía tras sí —aunque algo lejos— una persona a caballo; y, llegando más cerca, conoció que era aquel hidalgo que la pretendía por mujer. Turbóse mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, y, permitiéndolo Nuestro Señor, el mancebo no la conoció, y la bienaventurada santa Juana, viéndose libre de aquel peligro, arrodillándose en tierra, dio muchas gracias a Dios y a su Santísima Madre, a la cual vio en el cielo que estaba puestas las manos, y de rodillas rogando por ella, y la dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti, y te pedí a mi precioso Hijo, para que restaures mi casa de la Cruz, de la cual te doy la potestad y llaves, para que la gobiernes y rijas” ''[129]''. Con estas y otras palabras de mucho amor que Nuestra Señora la dijo, quedó su sierva muy confortada, y prosiguiendo su camino llegó al santo monasterio, y habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba, y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia y, desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba. Y levantando los ojos [13r] a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción que estaba sobre la puerta reglar del convento ''[130]'' —y, según se dice, es la misma que está ahora—, y arrodillándose a ella la santa doncella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen habló a santa Juana, y le dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa; entra alegre, que bien puedes, pues para ella te crio Dios, y yo te torno a dar la superioridad y mayoría della, y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes, y arranques y destruyas los vicios y pecados”. A esto replicó la inocente y santa doncella diciendo: “Ay, Señora, que como vengo sola y desta suerte, temo si me querrán recebir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas —dijo la santa imagen—, que mi precioso Hijo, que te trujo, hará que te reciban” ''[131]''. Y con esto la santa Virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y, dándole cuenta de quién era y qué quería, rogó la recibiese en su compañía, pues para gozar della dejaba la de su padre y parientes, y por tomar aquel santo hábito había venido en el de varón, por no ser conocida. Reprehendiole la abadesa, por haberse [13v] puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente daba muchas gracias a Dios, que tal espíritu y fortaleza había puesto en una tan tierna doncella, y aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, de tan linda gracia, tan bien hablada y compuesta, que hizo llamar a otras religiosas, y dándoles parte del suceso decía que la muchacha era un ángel: en su cara, en su discreción y en su espíritu, y que sin duda se la traía Dios a su casa para algún grande bien y reparo del convento. Las monjas le preguntaron mil cosas, y con harta vergüenza suya hubo la santa virgen de tornar a referir sus historias, y estándolas contando llegó su padre y parientes que la venían a buscar. “¿Qué has hecho hija? —decía—. ¿Qué desatino es este? ¿Qué disparates los tuyos?”. Y tales palabras la dijo, tan pesadas y tan feas, que no lo pudieran ser más cuando la hubiera hallado en un crimen de mujer perdida ''[132]''. A todo se hacía sorda la santa doncella, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre una oveja; mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, arrodillada a sus pies, le dijo a él y a sus tíos que no la molestasen más, ni [14r] se cansasen en persuadirla otra cosa, que más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito, porque ella estaba ya debajo del amparo de Nuestra Señora, y con mucha confianza de no salir de su casa en su vida, y así les suplicaba no intentasen sacarla della, porque el mismo Señor, por quien había venido, la defendería. Llegó también a este tiempo aquel mancebo que la había encontrado en el camino y pretendía casarse con ella; hizo grandes estremos cuando supo de su ausencia, buscándola por muchas partes, y con licencia de su padre y parientes ofreció a la santa que, pues tanto rehusaba volverse con ellos, se fuese con su madre a Illescas, donde estaría muy regalada y servida mientras se componían sus cosas, con seguro de que su padre y parientes vendrían de muy buena gana en ello ''[133]''. Mas la sierva del Señor, con mucha humildad y entereza, satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde interiormente la llamaba el Espíritu Santo. Viendo estas cosas las religiosas, y la gran devoción [14v] y perseverancia de la humilde y devotisima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella prenda del Cielo en su casa, y que la recibirían con poco o con mucho dote, de la manera que más a cuento estuviese a su padre. Y ya aplacado algún tanto con esto, y tocado de la poderosa mano del Señor, dijo: “Líbrenos Dios, hija mía, de ir contra la divina voluntad de quien yo sé muy bien que proceden estas tus determinaciones, como lo muestra la mucha perseverancia y paciencia que has tenido, y lo confirma este nuevo hecho de ahora. Yo te doy mi bendición. Da muchas gracias a Dios y él te guíe, que yo de buena voluntad me conformo con la suya”. '''Capítulo V''' '''Cómo santa Juana recibió el hábito, y de algunas cosas que la sucedieron siendo novicia''' En el estado que digo estaban las cosas de la bendita doncella, y ella con las monjas y con su padre tratando de su recibimiento, cuando [15r] llegó al monasterio el provincial. Y fue providencia del Cielo, por haber solos ocho días que había salido de él con ánimo de no volver en muchos meses, y sin su licencia no la podían recebir. Pidiósela el abadesa y diole cuenta del caso y muchas gracias a Dios por haber traído a su convento persona de tal espíritu. Viola el provincial y, satisfecho della y movido de su devoción y de las lágrimas con que le pedía el hábito, mandó al vicario del convento se le diese, y él prosiguió su camino ''[134]''. Y la santa virgen fue admitida en el convento y recibió el hábito en presencia de su padre y parientes, y comenzó desde luego a señalarse entre todas las otras religiosas, como el sol entre las estrellas. Y entregándola a la maestra de novicias, la mandó que en todo el año del noviciado no hablase sino con ella, con la abadesa o vicaria, o con su confesor, de lo cual la bendita novicia se holgó en estremo, porque naturalmente era inclinadísima a hablar poco. Y así lo guardó tan puntualmente que en todo el año del noviciado nunca habló salvo con las sobredichas personas, y eso solamente siendo preguntada o confesándose ''[135]''. Y con tanto rigor guardaba las cosas que la enseñaban, que antes se dejara matar [15v] que quebrantar sola una, por mínima que fuera. Y como deseaba tanto agradar a Dios, no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquiera virtud que oyese de otra persona la procuraba imitar en sí tanto que, oyendo leer en un libro que nuestro padre san Francisco mandó a un fraile ir a predicar desnudo, dijo: “Si mi padre san Francisco manda esto a un fraile que no tiene pecados, yo que estoy tan llena dellos, bien será me desnude para irlos a confesar”. Y, entrando en el confesionario —que de todas partes estaba cerrado y a escuras—, se desnudó; y, arrodillándose en tierra, comenzó su confesión con tan grandes temblores de frío —por ser en el rigor del invierno— que pensó el confesor le había dado aquel acidente causado de alguna nueva enfermedad, y así se lo preguntó a la santa virgen. Y, entendiendo qué era, la reprehendió por ello y mandó que no lo hiciese otra vez ''[136]''. La primera vez que la bendita novicia comulgó con las otras monjas, le sucedió una cosa de grandísimo desconsuelo y novedad para ella porque permitiéndolo el Señor, no vio entonces la Hostia consagrada lo que siempre solía ver ''[137]'', que era el pan convertido [16r] en la carne de Cristo, y desto quedó tan afligida y desconsolada que, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, fue a dar cuenta al confesor de su nuevo desconsuelo tan estremado que le puso en aprieto y no en pequeño cuidado de buscar razones para poderla consolar: “Esto, padre, ¿no merece Infierno? —decía la inocente criatura—. ¿No basta para condenarme esta ofensa de Dios? Grande debe de haber sido, pues a mí por mis pecados se me niega lo que a todos los cristianos se concede”. Consolola el prudente confesor diciendo que por no haber visto a Cristo Nuestro Señor en la Hostia consagrada no entendiese había comulgado en pecado mortal, ni que las mercedes que la había Dios hecho otras veces eran comunes a todos, porque aunque la mutación del pan en la carne de Cristo es real y verdadera no se ve con ojos corporales, sino con los del alma, por lo cual es muy meritoria la fe de los que llegan a este santísimo sacramento creyendo verdaderamente que está Cristo nuestro redemptor debajo de aquellos accidentes. Y con estas y otras razones que la dijo, quedó la santa novicia consoladísima, y dio muchas gracias a Dios por tan singulares mercedes como la había hecho hasta allí con la presencia [16v] de su dulcísimo redemptor, que tantas veces había visto en el sacramento del altar. Estando la santa novicia elevada en oración —cosa tan ordinaria en ella que desde los pechos de su madre y desde la cuna tuvo muchos éxtasis y raptos, como queda dicho— vio a los gloriosísimos patriarcas, nuestros padres santo Domingo y san Francisco, que muy amorosa y amigablemente contendían sobre a cuál de los dos pertencecía esta bendita criatura. ''[138]'' Decía el bienaventurado santo Domingo que, por haber sido primero llamada a su Orden y pretendida con mucho cuidado de sus frailes y monjas, le pertenecía a él. Nuestro padre san Francisco alegaba en su favor que, por haber tomado el hábito de su Orden y estar tan contenta en ella, era suya y solo a él pertenecía. “Y para mayor prueba desto —dijo el Seráfico Padre—, preguntémoselo a ella, y estemos por lo que dijere”. Mucho se agradó desto el glorioso santo Domingo y, aprobando el concierto, fue el primero que propuso y dijo de esta manera: “Yo, hija mía, digo que eres de mi Orden, porque esta fue tu primera vocación, y mi padre san Francisco dice que eres de la suya. Queremos salir desta duda y estar por lo que tú dijeres. Ves aquí nuestros hábitos, dinos cuál dellos te agrada más: [17r] este blanco es el mío, que significa la santidad y la pureza de la Virgen Nuestra Señora”. Nuestro padre san Francisco la mostró el suyo humilde, desechado y pobre; las manos y pies y costado con sus llagas. Y así como le vio esta alumbrada criatura, dijo: “Destos santísimos hábitos el que más me agrada es el de mi padre san Francisco, por su humildad y pobreza, y por las señales de mi redentor que veo estampadas en él”. Y tomándole en sus manos, le besó con mucho amor y humildad. Y entonces el glorioso santo Domingo, alabando a Dios, dijo a nuestro padre san Francisco, con muestras de grande amor: “No os espantéis, padre santo, que tal joya como esta desease yo para mi Orden. A la vuestra la dio Dios, en quien está bien empleada, y así me huelgo yo mucho que la tengáis y gocéis”. Y con esto desapareció la visión, y santa Juana quedó consoladísima, y de nuevo aficionada a su padre san Francisco y más devota a su hábito. Y por haberle tomado en aquella casa en el día de la Cruz a tres de mayo, tomó el sobrenombre “de la Cruz”, y tan de veras el seguir a Cristo crucificado que su vida de allí adelante fue una cruz tan espantosa al demonio, que, no pudiendo sufrir el que con rabia infer- [17v] nal derribó al primer hombre de la alteza en que Dios le había criado que una mujer niña y flaca le venciese y saliese libre de sus manos, pidió licencia a Dios para ponerlas en ella ''[139]'', y con este salvoconducto, visible y invisiblemente la persiguió y tentó el demonio de mil maneras: azotola muchas veces tan rigurosa y cruelmente que las heridas y señales de los azotes y golpes que la daba le duraban muchos días, alcanzándose unos a otros ''[140]''. ¿Quién podrá decir los malos tratamientos que la hicieron los ministros infernales, que parece andaban a una su persecución y su paciencia? ¿Quién podrá explicar la mortificación y penitencia desta santa? ¿Y la profundidad y alteza de su humildad, con que tan altamente sentía de Dios, y tan vil y bajamente de sí, maravillándose siempre de que encerrase Dios tan grandes tesoros en vaso tan frágil y miserable como ella, que no se hallaba digna de la tierra que pisaba? '''Capítulo VI''' '''De las penitencias de santa Juana y de la frecuencia de sus raptos''' Tan obligada se hallaba la recién profesa, por haberla Dios traído a la santa religión, y tan deseosa de hacerle grandes servicios [18r], que desde el día que profesó, se determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento, que se compadeciese con su rincón y clausura, deseando dar la vida por aquel Señor, que con tanto amor dio la suya por ella. Y muchas veces pensando en este amor de su Dios, con deseos de ser mártir, decía con grande ansia: “¡Oh, si me hiciese Dios esta merced, que muriese yo por él, que no deseo en la Tierra otra bienaventuranza, sino verme por su amor degollada, abrasada, hecha polvos, y quemada!”. Y pensando en esto, y en su dulcísimo Jesus crucificado por ella, abrasándose en su amor decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores, mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno, y a todas las criaturas de la Tierra, que ejecuten en mí todo su poder, que por muy grande que sea, será limitado y corto para lo mucho que por Vuestra Divina Majestad deseo yo padecer, único amor y bien mío”'' [141]''. Y acompañando con obras estos tan fervorosos deseos —hecha la profesión— comenzó a hacer nueva vida y muy ásperas penitencias, añadiendo a las antiguas otras nuevas, y a sus grandes rigores otros muy espantosos. Y sus ayunos lo fueron tanto, que la sucedía no desayunarse en tres [18v] días, y hartas veces estarse los ocho días enteros sin comer ningún bocado. Su vigilia era muy larga, y el sueño tan poco que no dormía hasta la hora de amanecer, y entonces solo lo que bastaba para aliviar la cabeza. Su vestido fue siempre muy humilde y pobre, más vil y remendado que el de ninguna otra monja, con ser todas pobrísimas por estremo. Traía túnica y hábito de sayal, toca de lienzo, cuerda muy gruesa y ñudosa, y en los pies unas alpargatas de cáñamo, aunque lo más del tiempo andaba descalza, traía silicio de cardas y cadenas de hierro junto a las carnes y, para mayor penitencia y mortificar más la boca, muchas veces traía en ella ajenjos amargos, en memoria de la hiel y vinagre que gustó Nuestro Señor en la Cruz ''[142]''. En la oración gastaba toda la noche, y decía que cuando no era muy fervorosa, y acompañada de muchas lágrimas, no le parecía digna de que Dios la recibiese ''[143]''. Los ratos desocupados del día gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina, consideraba que era para que comiese Dios en ellos. Y así en estos oficios humildes y bajos recibió muchas mercedes y muy particulares regalos de Dios y de su Santísima Madre. [19r] Y como sabía la santa virgen lo mucho que a Dios agrada la humildad, procuraba siempre ocuparse en los oficios humildes, y con notable caridad servía a las religiosas enfermas, desvelándose en su regalo y servicio. Y sucediola una vez que llevando a verter el de una enferma, la ofendió tanto el mal olor —por ser ella muy delicada— que con la fuerza y repugnancia que hizo por mortificar su natural complexión, la sobrevino un tan extraordinario acidente, con tan mortales congojas, que llegó a punto de espirar; y, como si esto fuera grande culpa, se condenó luego a una gravísima pena, y reprehendiéndose a sí misma, decía la humilde virgen: “No quedará tal maldad sin castigo, que muy grande le merece quien, siendo la misma miseria, se estraña de la de su propia hermana”. Y diciendo y haciendo, metió la cabeza dentro del servicio que llevaba ''[144]''. Mas el demonio, envidioso desta mortificación de la santa y moviendo fuertemente la aprehensión de sus sentidos, hizo que el sentimiento de aquel objeto presente fuese mayor, y, como si el crimen lo fuera también, tomando la santa virgen nueva venganza de sí y haciendo nuevos actos de mortificación y humildad, hizo uno de fortaleza tan heroico y superior a las fuerzas [19v] de una flaca mujer, cual nunca jamás se ha visto, mortificando el sentido del gusto con lo que tanto aborrecía el sentido de su olfato. Y, venciéndose con este hecho a sí misma, venció también la tentación del demonio, y quedó consoladísima, y su alma con mil dulzuras del Cielo. Siendo cocinera esta santísima virgen, yendo a sacar agua del pozo, quebró una orza o barreñón grande de barro que llevaba en las manos, de lo cual quedó muy confusa, y, atribuyéndolo a su flojedad y descuido, se derribó en tierra, y haciendo oración a Nuestro Señor, se juntaron los pedazos del vaso y quedó sano, y sirvió después dos o tres años en la cocina ''[145]''. Y una religiosa que se halló presente a todo esto, y vio por sus ojos el milagro, dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba este vaso hecho pedazos? ¿Cómo está ya sano?”. Respondió con mucha humildad la bendita cocinera: “Sí, hermana, pero el Señor ha remedidado por su bondad lo que yo eché a perder por mis pecados”. En tales ejercicios como estos, y en tal vida, gastó santa Juana la suya y los primeros años de la religión, los cuales como fueron tan admirables y se conoció luego el mucho talento y valor de la recién profesa, su pruden- [20r] cia y santidad —aunque la edad era poca—, la obediencia la ocupó en el oficio de sacristana, después de muy probada en el de la cocina, del cual dio tan buena cuenta, que sin sacarla de él, la hicieron juntamente tornera. Y aprobó también en estos oficios que muy en breve la dieron el de la puerta. Y como los hacía con tanta humildad y paciencia —como muy celosa del servicio de Dios, y de la santidad y religión del convento—, padeció grandes trabajos: porque por ser moza todas se le atrevían, y la mansísima cordera a cualquiera se humillaba, y arrodillada a los pies de las que la reñían decía su culpa y rogaba a Nuestro Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Y hallábase también con servir a las otras religiosas en los oficios de humildad y obediencia que esta era su gloria, su bienaventuranza y su Cielo ''[146]''. Y a la verdad así era ello, pues en estos oficios hallaba a Dios, que es la bienaventuranza y verdadero Cielo del justo, como le halló esta santa virgen en la portería y en el torno, porque estando en estos oficios andaba tan enamorada de su dulcísimo Jesús que siempre le traía presente; tanto, que si volvía el torno para dar o recebir algún recaudo, le contemplaba cuna en que mecía al dulce niño Jesús. Y tal vez le aconteció volver [20v] el torno con este pensamiento, que halló a Dios niño en él, que con rostro muy apacible y risueño la habló, alegrándose con ella ''[147]''. Otra vez, siendo portera, se le apareció el santísimo niño Jesús, y así como le vio, estendió sus brazos para recebirle en ellos, pero a este punto apareció su Santísima Madre, que tomándole en los suyos se levantó en alto con él, acompañada de infinitos ángeles que con muy dulce y concertada harmonía le daban música ''[148]''. Mas como viese santa Juana que se iban madre y hijo, y la dejaban tan sola, juzgándose por indigna de tan soberana compañía, quedó muy triste y desconsolada, mas consolándole la que es madre de consuelo dijo: “No te aflijas, hija mía, sino vente hacia las higueras de la huerta, que allí nos hallarás”. Y, contentísma con este favor, cumplió con su oficio de obediencia y se fue derecha a la huerta, mirando por todas partes, por ver lo que su ánima deseaba. Y llegando a la casa del horno, cerca de las higueras, vio a Nuestro Señor Jesucristo y a su bendita madre con muchedumbre de ángeles, que la esperaban. Y postrada, pecho por tierra, adoró a Dios y a la Virgen, y estuvo largo tiempo gozando de aquella soberana [21r] visión, tan absorta que aunque la llamaron con la campana no lo oyó, hasta que la Madre de Dios la dijo: “Anda, hija, haz la obediencia, que te han llamado tres veces y tú nunca lo has oído”. Y entonces, dejando a Dios y a su madre, por la obediencia fue a ver quién la buscaba. Y, habiendo negociado, se volvió luego derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Y encontrándola algunas monjas, notaron mucho la solicitud con que andaba, y que su rostro estaba muy resplandeciente, y salía della grande suavidad de olor, por lo cual se fueron tras ella, por ver lo que había, sospechando alguna gran cosa ''[149]''. Y viéndola entrar en la casilla del horno, acecharon y oyeron que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora, pues habiéndome yo ido y dejandoos a vos y a mi dulcísimo Esposo en este humilde y pobre lugar, hallo que me estáis aguardando en él”. Oyeron también las monjas cómo la piadosa Virgen respondió: “Hija mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que nos agrada mucho a mi Hijo, y a mí”'' [150]''. Fue tan favorecida la bendita santa Juana de la Virgen Nuestra Señora que no se pueden [21v] encarecer dignamente los favores y regalos que de su poderosa mano recibió, no solo después de nacida, sino antes que naciese, pues antes que tuviese ser de persona la puso la Virgen el nombre de Juana, y por su intercesión y méritos la envió el poderoso Dios al mundo tan llena de gracias y favores del Cielo que antes que la santa niña supiese decir las primeras palabras que en los otros niños son gracias, en ella fueron celestiales gracias, porque desde la cuna y desde los pechos de su madre tuvo revelaciones, éxtasis y raptos, los cuales crecieron tanto con la edad que cuando la santa virgen llegó a los 24 años apenas hubo día que no tuviese muchos, y muchas revelaciones en ellos ''[151]'', durándole más o menos tiempo, como Dios era servido: al principio tres o cuatro horas, adelante fueron mayores, porque llegaron a catorce, y a veinte, y a cuarenta horas cada uno. Y algunas veces se estaba elevada tres días sin volver en sí; y muchas le acontecía tornar de un grandísimo rapto, y apenas haber vuelto de él, cuando de solo oír nombrar el dulcísimo nombre de Jesús o ver alguna imagen de su santísima Pasión, se volvía a elevar como de antes, sin ningún género de sentido ''[152]''. Quedaba hermosísima y resplandeciente en estos [22r] raptos, y cuando volvía dellos rogábanla las monjas les dijese dónde estaba y qué había visto en aquellas revelaciones y raptos. Y aunque lo rehusó —escusándose con humildad—, cuando fue la voluntad de Dios que lo manifestase dijo que el santo ángel de su guarda la llevaba en espíritu al Cielo, y la ponía en un trono muy resplandeciente y glorioso ''[153]'', donde el Señor la consolaba con su realísima presencia, que por su infinita misericordia la comunicaba, y vía a su Santísima Madre, y a los ángeles, a los apóstoles y evangelistas, a los patriarcas y profetas, a nuestro padre san Francisco y a otros infinitos santos y santas del Nuevo y Viejo'' ''Testamento —de que daba tan lindas señas, como si hubiera nacido y criadose con ellos— ''[154]''. Decía que andaban adornados con sus particulares insignias: los santos del Testamento Viejo, con las figuras de aquello que representaban conforme a sus profecías: Abrahán con el sacrificio del cordero, Moisén con la serpiente y la zarza, Aarón con la vara; otros con el arca del Testamento, otros con la Virgen Nuestra Señora con su precioso Hijo en brazos, según que lo profetizaron. Y que los [22v] santos del Testamento Nuevo traían también sus insignias: los apóstoles y mártires, las de su martirio; nuestro padre san Francisco, las cinco llagas, más resplandecientes que estrellas; otros traían el cáliz con el Santísimo Sacramento; otros, la pila del Bautismo, y otros las llaves de la Iglesia. Y cada uno de ellos estaba tan hermoso y resplandeciente que resplandecía más que el sol, que era cosa maravillosa y por estremo agradable ver y contemplar estas cosas, llenas de tanta hermosura y lindeza cual ninguna lengua lo podría explicar, “según que el Señor por su misericordia me las muestra —decía la santa— y quiere que yo los vea desde aquel santo lugar, donde me parece estoy como atada con unos rayos, que denotan que mi alma aún no está del todo desatada y libre de la cárcel deste cuerpo”. Tenía santa Juana veintidós años de edad, cuando la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después no tuvo otro su semejante, porque las otras veces que se arrobaba quedaba con mucha hermosura y lindo color de rostro, pero esta vez no fue así, que todo esto le faltó y quedó como muerta ''[155]'', los ojos quebrados y hundidos, cárdenos los labios y arpillados los dientes, la nariz afilada, [23r] y todos sus miembros descoyuntados y yertos, y el rostro tan pálido y amarillo como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseando saber la causa de él, rogaron a la santa virgen se lo dijese, pero ella, como muy prudente y callada, nunca lo quiso decir, hasta que pasados algunos días se lo mandó el ángel de su guarda, y entonces dijo: “Sabrán, madres y hermanas, que la causa de ver en mí tal novedad en aquel rapto fue porque estando en él, y mi espíritu en aquel lugar donde el Señor le suele poner otras veces, vi llorar al santo ángel de mi guarda. Y preguntándole la causa de sus lágrimas y tristeza, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí han de venir, y que de pena desto lloró”. (''Llorar los ángeles es lenguaje de la Sagrada Escritura [156], más por similitud que por propiedad, porque el ángel aunque aparece en forma corporal y visible a los hombres ni llora, ni come, ni habla, ni ejerce alguna operación vital ni puede —según santo Tomás [157]—, porque para obrar propiamente estas cosas que son acciones vitales había de ser alma del mismo cuerpo en que aparece y como forma suya animarle'') ''[158]''. “Y rogó a Dios que no volviese mi espíritu más al cuerpo, y Su Divina Majestad le respondió que no convenía, porque quería llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Y viendo esto, suplicó a Su Divina Majestad me concediese toda la vida [23v] esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido, y el muy poderoso Señor se lo otorgó”. Y así desde este día todos los raptos fueron muy suaves, y por ser tantos y tan largos que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía, por lo cual la dieron celda aparte, y una religiosa que cuidase siempre della. '''Capítulo VII''' '''Cómo el niño Jesús se desposó con santa Juana, y de la devoción que tuvo al Santísimo Sacramento''' Singular atención pide este capítulo, y yo se la pido a mi Dios, y su gracia para acertar a escribir, para honra y gloria suya, dos señaladísimas mercedes y muy regalados favores, que con grande muestra de amor concedió a esta regaladísima y santa virgen, porque cuando quiso el Señor darle más ricas prendas de lo mucho que le amaba, determinó Su Divina Majestad visitarla, no por ministerio de los ángeles —como otras ve- [24r] ces solía—, sino por su misma persona, y desposarse con ella en los brazos de su Santísima Madre —tálamo sagrado y divino—, donde se celebraron estas espirituales bodas, a las cuales asistieron muchos ángeles y vírgines, que venían acompañando a su Rey y a su Señor, en quien puso santa Juana los ojos, y acordándose de la palabra que le había dado de desposarse con ella, con mucha humildad y amor rogó a la Reina del Cielo, alcanzase de Su hijo cumpliese lo prometido ''[159]''. Rogaba también a las santas vírgines y ángeles le ayudasen en su pretensión y demanda, y todos arrodillados en la presencia de Dios, le suplicaron concediese lo que su humilde sierva pedía. Y ella con mucha fe y humildad no cesaba en su oración hasta que el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su Santísima Madre y de los ángeles y vírgines, puso en santa Juana los ojos de su misericordia, y, con rostro muy alegre y amoroso, dijo: “Pláceme, hija, de desposarme contigo”. Y estendiendo su poderosa mano se la dio, en señal de desposorio, con muchas muestras de amor, y con el que tenía santa Juana a su amado y dulce esposo suplicó a la [24v] Reina del Cielo, que pues Su santísimo Hijo se había ya desposado con ella, se le diese para gozarse con él. Hizolo así la soberana Señora, y ella misma puso el Niño Jesús a santa Juana en los brazos, y le dijo: “Bien será, Señor, que en señal de desposorio y del amor que Vuestra Majestad tiene a su esposa, le dé alguna joya de estima”. Y quitándose de su dedo una muy rica sortija, se la dio a Su dulcísimo hijo, y él mismo, tomándola con su poderosa mano, se la puso a santa Juana en el dedo, en presencia de su Santísima Madre, que fue la madrina, y de muchos ángeles y vírgines, testigos muy verdaderos y ciertos deste espiritual y soberano desposorio. (''Este desposorio espiritual fue en visión imaginaria, como el que se lee de santa Catalina de Sena y de Alejandría [160]'') ''[161] ''[162]''. Otra vez estando santa Juana en sus sentidos, no arrobada sino velando con las otras monjas en la casa de labor, con el aguja en la mano y los ojos en la almohadilla, puestos los del alma en su santísimo Esposo, se la apareció la Madre de Dios con su Hijo en los brazos ''[163]'', y, llena de amor y confianza, después de haber adorado a Hijo y Madre, la rogó con mucha humildad le diese a su dulce Esposo, para tenerle consigo [25r] y regalarse con él. Y la piadosa Señora, inclinada a la petición de su sierva, con rostro alegre y gozoso dijo: “Toma, hija mía, el precioso fruto de mis entrañas, que esos son mis regalos: dársele a quien también como tú le merece”. Y, estendiendo santa Juana su escapulario, recibió en él aquel soberano tesoro y precio inestimable del mundo, el cual otras muchas veces tuvo también en sus brazos ''[164]''. La devoción que tuvo santa Juana al Santísimo Sacramento fue superior a todo lo que se puede decir, porque cuanto hacía antes de comulgar guiaba en orden a disponerse para la sagrada comunión, y lo que después della se seguía era todo hacimiento de gracias. Y tal gusto y consuelo recebía en este celestial manjar que mientras más gustaba de él más crecía la hambre que de él tenía. Y así procuraba llegarse a este divino sacramento las más veces que podía, y cuando no le era concedido comulgaba espiritualmente, tan a menudo y sin tasa que su vida era una comunión espiritual contínua y muy prolongada ''[165]''. (''No es esta la gracia que se da “ex opere operato” [166]'') ''[167]''. Tanto que estando una vez arrobada en aquellos maravillosos raptos [25v] que adelante veremos, dijo el Señor, hablando en ella, que cada hora y cada momento, y cuantas veces respiraba, comulgaba espiritualmente y recibía en su alma la mesma consolación y gracia, y aquellos regalos del Cielo que cuando recebía sacramentalmente la Hostia consagrada. (''Comunión espiritual es cuando una persona no pudiendo recebir el cuerpo de Cristo Nuestro Señor sacramentado le recibe en su alma interior y espiritualmente con fe y caridad, como lo difine el concilio tridentino [168], y a los que así comulgan espiritualmente se les comunica el efeto y virtud del sacramento conforme a su devoción, y desta manera puede un alma comulgar espiritualmente muchas veces al día'') ''[169]''. Y, reconociendo la santa virgen este soberano beneficio, solía decir muchas veces: “¡Oh, Señor, y qué buena manera de comulgar es esta, sin ser vista, ni registrada, y sin dar pesadumbre al padre espiritual, ni cuenta dello a ninguna criatura humana, sino a vos, Criador y Señor mío, que me hacéis tanto regalo y sustentáis con los dulces y sabrosos bocados de vuestro santísimo cuerpo a mí, pobre pecadora, indigna deste altísimo don, la más vil y desechada del mundo, y que me hagáis tan singular favor que cada hora y momento reciba mi alma el gusto, la suavidad y regalo que cuando comulgo sacramentalmente, y que siempre esté endulzada de vos, mi dulce Jesús, Esposo y Señor mío, si yo por la amargura de mis pecados no me hago indigna de vos, dulcedumbre divina!¡Oh, maravilloso manjar!¡Oh, sacramento de ma- [26r] ravillosa virtud!¡Oh, pan de ángeles!: ¿qué convite es este? ¿Qué piedad es esta, mi dulce Jesús? ¿Y qué misericordia y liberalidad la que hace vuestra Divina Majestad con una indigna y miserable esclava?”. Esto decía santa Juana, agradeciendo a Dios el comulgarla espiritualmente tan a menudo. Y acerca del cuerpo de Cristo sacramentado, la sucedieron cosas tan maravillosas como lo declaran las siguientes: Estándose una vez confesando la santa virgen mientras se decía la misa, por ser ya hora de alzar ''[170]'' la mandó el confesor que se fuese a ver a Dios, y llegando a un portal cerca de la iglesia antes de entrar en el coro della y oyendo tañer a alzar, se hincó de rodillas para adorar desde allí con los ojos del alma al que no podía ver con los del cuerpo. Y estando así arrodillada, se abrió a la larga casi toda la pared del portal —que dividía el convento de la iglesia— y vio el santísimo sacramento en el altar, y al sacerdote que decía la misa, y toda la iglesia y las personas que estaban en ella ''[171]''. Y, habiendo adorado la sagrada Hostia, y cáliz, se tornó a juntar la pared, quedándose arrodillada santa Juana en aquel mismo lugar. Y cuando el sacerdote alzó segunda vez la Hostia [26v] se volvió a abrir la pared. Y para perpetua memoria deste milagro, quiso Nuestro Señor que la última piedra en que se remató la juntura de la pared quedase más blanca que las otras y hendida en tres partes, a manera de cruz, como se muestra hoy, y desde aquel tiempo se tuvo en gran veneración. Y cuando adelante se deshizo aquella pared para hacer la de la iglesia en la forma que ahora está, la mayor parte desta piedra, como reliquia preciosa, se puso en el claustro alto, como ahora está, cubierta con una rejita de hierro dorada, donde las monjas van a rezar y a tocar sus rosarios. Semejante a esto sucedió a la humilde sierva de Dios haciendo la cocina, que oyendo tañer a alzar, entre los tizones y ollas donde estaba, se hincaba de rodillas y adoraba y vía el Santísimo Sacramento, con haber de por medio cuatro o cinco paredes, y otros tantos aposentos ''[172]''. Y una vez la habló Cristo Nuestro Señor en la Hostia consagrada, prometiéndole la salvación de una monja de su convento que estaba en la agonía de la muerte, por quien la santa rogaba ''[173]''. Un Sábado Santo, estando esta santa virgen en su celda, oyó tañer a la gloria, y no pu- [27r] diendo ir a la misa, por estar enferma, arrodillándose en la cama para dar gracias a Dios, vio desde allí y oyó todo lo que el preste decía en el altar y lo que las monjas decían en el coro ''[174]'', y, lo que más es, vio a Cristo resucitado, resplandeciente y glorioso, que salía del sepulcro, con muchos ángeles que le daban música y cantaban muchos motetes y letras ''[175]''. Y otras veces sucedió a esta virgen tan regalada de Dios, hallándose lejos del coro, oír el oficio divino que rezaban las monjas. Una religiosa, buscando otra cosa en la celda desta santa virgen, halló dentro de un cofrecillo la santa Hostia consagrada —permitiéndolo Dios, que quiso por este medio proclamar tan soberano milagro—. Y a este mismo punto volvió la santa del rapto en que estaba, y con harta agonía fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa, y la dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, que es el Santísimo Sacramento, que trujeron los ángeles” ''[176]''. Y la religiosa, atónita de oírlo, rogó a santa Juana le declarase cómo había sido, y dijo: “Un hombre —que por sus pecados se fue al Infierno— murió con el santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles con grandísima reverencia y le trujeron aquí, [27v] mandándome que pues yo lo había visto comulgase con la santa Hostia y la recibiese por una de las ánimas de Purgatorio. Y estando arrobada me dijeron que cierta persona llegaba al cofre donde estaba la santa Hostia, y así quiero luego hacer la obediencia y lo que los ángeles me mandan, y recebir a mi Señor”. Y, hincándose de rodillas con muchas lágrimas y devoción, recibió el santísimo Sacramento, administrándosele su ángel. '''Capítulo VIII''' '''De la familiaridad con que santa Juana trataba con los ángeles, especialmente con el de su guarda''' Quien oyere decir en la Sagrada Escritura que el ángel san Rafael sirvió al mancebo Tobías en un muy largo camino, y que otro llevó por un cabello al profeta Habacuc desde Judea a Babilonia para dar de comer a Daniel, preso en el lago de los leones, no se admirará cuando oiga lo que sucedió a santa Juana con los ángeles, y en especial con el de su guarda, con quien trataba tan familiar y amigablemente, como un amigo ''[177]'' [28r] con otro, y desto se le pegó la condición angélica que tenía, y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar, porque era olor del Cielo —de donde a la verdad era ella, más que del suelo— y así no era mucho que toda ella oliese a Cielo y tuviese resabios ''[178]'' del Cielo la que tanto comunicaba con los ángeles, no solo con el de su guarda sino también con otros muchos, especialmente los que guardaban particulares provincias y reinos, que la visitaban a menudo, y le rogaban alcanzase de Nuestro Señor templase tal o tal tempestad de piedra, granizo o rayos, que quería enviar sobre la Tierra. Decíanle sus nombres y oficios, y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que guardaban, así las presentes como las que estaban por venir ''[179]''. Y una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles de delante de los ojos, y no la vieron más hasta que después de haber comulgado apareció en medio dellas, con no pequeña admiración de todas, que tan admiradas del caso cuanto deseosas de saberle, rogaron a la santa virgen se le contase ''[180]''; y ella, para su edificación, dijo: “Porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar de solo Dios, quiso Su Divina Majestad que los [28v] ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el santísimo Sacramento, y os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se gozaban con las que comulgaban santa y puramente, y cómo torcían el rostro y se apartaban algún tanto de las que no comulgaban con entera devoción”. Y persuadía a las monjas fuesen muy devotas de los ángeles de su guarda, porque: “No solo nos guardan, sino que siempre nos acompañan: si caemos, nos levantan; si estamos tibios en la devoción, nos inflaman. Ellos nos enseñan en nuestras dudas, defienden en nuestros peligros y sustentan en nuestros trabajos, y a la hora de nuestra muerte con particular vigilancia asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el Purgatorio; finalmente en nuestros trabajos y peligros nos amparan y defienden”'' [181]''. “Y porque sepáis cuán cierto es esto —dijo santa Juana a sus monjas—, el otro día vi que, tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen las religiosas, como todas no acudieron luego, vinieron los ángeles de la guarda de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”'' [182]''. Otra vez, siendo abadesa esta santa vir- [29r] gen, y reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra desobediencia, y que no quisistes barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda, y mandándoselo Dios las dieron a los ángeles custodios de las otras dos hermanas, para que se las pusiesen a ellas, porque obedecieron por vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para confusión y emienda vuestra, y enseñaros que la campanilla y otra cualquier señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer y servir” ''[183]''. Con estos ejemplos y otros que contaba santa Juana a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles de su guarda, de quien ella lo era tanto que se hacía lenguas diciendo grandezas del suyo. Decía que su hermosura y lindeza excedía a todo lo que los hombres pueden imaginar, por ser más resplandeciente que el sol, y sus vestiduras más blancas que la nieve. “Y no es su adorno como el que yo veo en los otros ángeles de guarda, que no tienen más que dos alas, porque mi santo ángel trae por lo menos seis, y algunas veces ocho y [29v] diez”. (''Píntanse los ángeles con alas, según san Dionisio [185], por la velocidad y presteza con que acuden al socorro de los hombres: y no por esto, ni por lo que dice santa Juana de la hermosura y traje de los ángeles, se entienda que son corpóreos, que no lo son ni tienen cuerpos, como muchos de los antiguos dijeron, sino que los toman para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dicen los concilios y santos [186]'') ''[187]''. “Y en su sagrada cabeza una corona y diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la Cruz, y alrededor della esta letra: ''`Confiteantur omnes angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum´ [188]''” ''[189]''. Y así mismo decía la santa virgen que traía en los pechos sobre la vestidura bordada esta letra: ''“Spiritus sancti gratia illuminet sensus et corda nostra”'', y en la manga del brazo derecho, de piedras preciosas la señal de la santa Cruz, con el siguiente letrero: ''“Ecce Crucem Domini, fugite partes adversae”'', y en la manga del brazo siniestro trae la misma divisa de la Cruz, con los clavos y las demás insignias de la sagrada Pasión, y esta letra: ''“Dulce lignum, dulces clavos”'', y en los pies trae de piedras preciosas sobrescrito este motete: ''“Quam pulchri sunt gressus tui”'', y en las rodillas otro, que dice: ''In nomine Iesu omne genuflectatur”'', y más arriba esta letra: ''“Coelestium, terrestrium, et infernorum”'' ''[190]'', y en sus sacratísimas manos suele traer un muy her- [30r] moso pendón, pintadas en él todas las insignias de la Pasión y la imagen de Nuestra Señora con su preciosísimo Hijo en los brazos. Y a este modo publicaba de su ángel tantas cosas que despertó en las monjas tal devoción y deseo de saber su nombre, para encomendarse a él, que rogaron a la santa virgen con grande instancia lo supiese del mismo ángel. Y diciéndoles se llamaba san Laruel Áureo ''[191]'', no solo le tomaron las religiosas desde entonces por su patrón y abogado, sino que dejando los apellidos de sus linajes y parentelas, tomaban por sobrenombre el del ángel san Laruel, y esta devoción dura hoy en el convento. Decía también santa Juana que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que tuvo a su cargo el alma del rey David, la de san Gregorio Papa, y la de san Jorge, y otras de algunos santos muy señalados. (''Un ángel custodio guarda diversos hombres en diversos tiempos'' ''[192]'') ''[193]''. “Y eslo tanto él que le llaman en el Cielo “el Ángel del privilegio”, por muchos que Dios le ha concedido para bien de las almas: consuela y visita las del Purgatorio, y los demonios le temen tanto que a las veces solo con levantar el brazo [30v] derecho, donde trae grabada la señal de la cruz con la letra que dice: ''“Ecce Crucem Domini, fugite partes adversae”'' ''[194]'', huyen los malaventurados, y, como perros rabiosos, mordiéndose unos a otros, se van dando espantoso aullidos; socorre también a las personas que están en peligro de muerte, y favorece mucho a mis devotos y amigos”. Preguntó una vez santa Juana a su santo ángel cómo quedaron los ángeles tan hermosos y bienaventurados, y los demonios tan obstinados y feos, y con tan gran deseo de hacer pecar a los hombres. “Muchas cosas has preguntado —dijo el Ángel—, y a todas responderé porque lo quiere Dios” ''[195]''. Y así declaró a la santa tan altos y tan profundos misterios, y la resolución de casi todas las cuestiones y sutilezas que mueven los teólogos escolásticos en la materia de ángeles, tan copiosa y distintamente que con sola esta revelación se pudiera saber casi lo que dellos está escrito: así del modo de su creación, confirmación en gracia y disposición que tuvieron para merecerla, y en qué tiempo alcanzaron la bienaventuranza, como de la caída de los demonios, su pecado y obstinación, y de la manera que fueron echados del Cielo, [31r] con otras dificultades a este modo, que son más para ejercitar los ingenios en las escuelas que para inflamar las voluntades de los que las leyeren, que es lo que principalmente pretende esta historia, por lo cual no me detengo en contarlas. Concluyó el ángel diciendo: “Sabe, amiga de Dios, que las cosas que de su parte te he dicho son tan altas y tan ocultas que hasta ahora a ninguno de los hombres se las ha revelado Su Majestad tan copiosamente como a ti”. Dijo también a la santa que los demonios habían caído más espesos que copos de nieve y que las gotas de agua cuando llueve muy apriesa ''[196]''. Y así mesmo le declaró aquellas palabras del ''Evangelio de san Juan'': ''“In principio erat Verbum”'', y las del Génesis: “In principio creavit Deus coelum et terram” [197]'', porque la santa se lo rogó. Y mandola que escribiese estas cosas y otras muchas que el Señor la revelaba ''[198]''. Y también la dijo el Ángel que nueve veces arreo ''[199]'' ''se había aparecido la Virgen Nuestra Señora en aquella santa casa, en los primeros días de marzo ''[200]'', y que en el último destos aparecimientos puso Nuestra Señora la cruz, señalando con ella el sitio donde quería la edificasen la iglesia, que es en me [31v] dio de la capilla mayor, en el mesmo lugar donde ahora está puesta una cruz, en memoria de la que puso por su propia mano la soberana Reina del Cielo. Tuvo la gloriosa santa Juana tan espantosas persecuciones y enfermedades como adelante diremos, y en todas ellas tan poco alivio y consuelo que no le tuvo en ninguna cosa ni a quien volver la cabeza, sino al ángel de su guarda, a quien con mucha familiaridad y llaneza contaba todos sus trabajos y daba parte de los escrúpulos de su conciencia. Y un día, cuando la furia y tempestad de sus persecuciones y afrentas andaba más en su punto, le dijo sería gran consuelo para ella la oyese de penitencia. ''[201]'' “No tengo autoridad para tanto —respondió el Ángel—, ni es mi oficio, sino del sacerdote, a quien solo como a ministro suyo ha concedido Dios esa gran potestad en la Tierra, que puede absolver y perdonar pecados”. (''Ninguno que no sea sacerdote, aunque sea ángel, ni serafín, puede administrar el sacramento de la penitencia [202], por lo cual esta confesión no fue sacramental, sino como cuando un amigo debajo de confesión consolándose con otro, o pidiéndole consejo, le descubre el secreto de su alma. Y así, aunque la confesión [203] que la santa hizo con su ángel no fue sacramental, sería meritoria, por lo que dice Escoto [204], por darse casos en que meritoriamente puede uno confesar sus pecados con un seglar, como lo enseñan los esclarecidos dotores de la Iglesia san Agustín [205], santo Tomás [206], san Bonaventura [207] y Gabriel, Major, Marsilio y el Maestro [208] [209]'') ''[210]''. “Ya yo he confesado sacramentalmente los míos con el vicario del convento —respondió la afligida virgen—, y así, con vuestra santa licencia, querría con- [32r] fesarme de las mismas cosas con vos”. Y comenzando su confesión, derramando muchas lágrimas, dijo: “¿Qué haré yo, pecadora y miserable mujer, que he cometido contra mi Dios y Señor gravísimos pecados, y de ninguno dellos me acuerdo? ¡Acordadmelos vos, ángel bendito!”. “Bien haces —dijo él—en llorar tan amargamente tus pecados y traerlos a la memoria, que más meritorio es que si yo te los acordase”. Replicó a esto la santa virgen: “Señor, un escrúpulo de conciencia me aflige mucho, y para salir de él, querría saber si las tentaciones son pecado” ''[211]''. “Sí —respondió el Ángel—, cuando son consentidas, mas las que no se consienten y se resisten, antes son meritorias”. A esto replicó santa Juana: “Señor, entre las que más me combaten, tengo por gran tentación, parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan, y dame notable pena, por no saber si hay en ello algo [32v] de vanagloria o soberbia”. “No la hay en eso —dijo el Ángel—, antes es justo que sientas la pérdida de tu fama y de tu honra, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman a ti”. “¡Ay Señor! —replicó la desconsolada virgen —que pienso es ya estremo el que tengo en sentir mis afrentas y deshonras, y viendo cual me han tratado y reprehendido, estoy tal que aunque no lo digo, sino a Su Hermosura —que así llamaba a su ángel, por la singular hermosura que tenía—, no puedo desechar la pena que me causa, y pensar si por ello estoy aborrecida de los venerables prelados de la Orden de mi padre San Francisco, y si ha de ser esto causa de que yo pierda las misas y sufragios que después de muerta esperaba dellos. Y cuando pienso en mis pecados, mayormente después que me han juzgado por mala, me aflijo tan demasiadamente que no lo sé decir”. Y diciendo esto, derramaba muchas lágrimas, por lo cual deseándola consolar el ángel, dijo: “Sosiégate, alma bendita, y no te atormente tanto la memoria de tus pecados, ni te fatiguen así tus tribulaciones, que por ellas serás bienaventurada, pues te purifican como el oro en el crisol ''[212]''. Y no pienses que por ser reprehendida de tus prelados eres aborrecida dellos, sino que por este camino se te labra tu co- [33r] rona y se purifica tu alma, que como dice la Sagrada Escritura, la tienes siempre en la palma de tus manos”. “No quisiera yo, Señor, que estuviera mi alma en tan ruines manos como las mías —replicó la santa—, sino solo en las de Dios, que con esto la tuviera muy segura: que, como soy tan mala y pecadora, temo mucho perderla, y me parece, Señor, que según las misericordias que usa Dios con esta gran pecadora, estuviera casi siempre o muchas veces en gracia, si no sintiera tanto lo mucho que me atribulan y persiguen. Y harto quisiera yo persuadirme a que lo hacen con razón, y no puedo todas veces, por la poca virtud que tengo. Y más quisiera no ser nacida que haber ofendido a mi Dios tantas veces”. “¡Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados! ¿Qué será de mí, si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, santo ángel, guardador mío, que perdone a esta miserable y no se pierda esta alma, que está por vuestra cuenta ''[213]''. Dadla buena desta ovejuela vuestra, no se la lleve el lobo. San Laruel bendito, consolador de las almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y perseguida, aunque la mayor de mis persecuciones es pensar que por ser tan pecadora las permite Dios, y que [33v] me fatigue tanto el demonio”. “No seas ingrata al Señor —dijo el Ángel—, que las persecuciones que padeces son mercedes que te hace Dios. Y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás le había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo al santo Job. Confía en Jesucristo nuestro redentor, y en la virtud de su Cruz, que aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará. Por tanto, desecha ese temor y congoja, y advierte que si tus persecuciones son grandes, lo son también las ayudas de costa ''[214]'' con que te las da Nuestro Señor, como lo son las muchas visitas que Su Divina Majestad, y su Santísima Madre te hacen tan amenudo, los bienes espirituales que gozas en esta vida, pues estando en la Tierra, participas tantas veces de los gustos de aquella celestial Jerusalén, la familiaridad grande con que me comunicas a mí, y el particular cuidado con que te defiendo y guardo” ''[215]''. (''De algunas santas se lee que tuvieron mucha familiaridad con el ángel de su guarda: de santa Liduvina virgen [216], de santa Francisca Romana [217] y de santa Isabel, hermana del rey Ekrberto y abadesa del monesterio de Esconaugia [218] [219]'') ''[220]''. “Infinitas gracias doy a mi Dios —dijo santa Juana— y a vos, ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones. Y deseo me digáis ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo a vos tantas veces y gozo tan [34r] a menudo de la dulce presencia de mi redentor Jesucristo y de su Santísima Madre?”. “Es gracia suya —respondió el Ángel—, que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe Su Divina Majestad —respondió santa Juana— que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos, porque como tan miserable y pecadora no lo merezco, y así conozco que solo por ser quien es me hace Dios estas mercedes” ''[221]''. “Agradéceselas mucho —dijo el Ángel—, y mira que otras personas, sin gozar deste favor, son mejores que tú. Y esto ten siempre en tu memoria, y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria, ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes, y andes en lenguas de tantos”. A la fama destas cosas y de otras muchas que sucedían a santa Juana con su ángel, acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas, y a todas oía, y a todas acariciaba, sin cansarse, ni enfadarse de ninguna, que en esto tenía la condición de su ángel, a quien representaba las necesidades de todos, deseándolos consolar. Y tan fuertemente aprehendía la respuesta que le daba el Ángel que con ser de cosas tan diferentes, ninguna se le olvidaba: [34v] A una persona espiritual, que rogó a santa Juana supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que mucho aplacen a Dios”. Y a otra persona que deseaba saber lo mismo dijo: “Llore con los que lloran, ría con los que ríen y calle con los que hablan”: otra persona, necesitada de salud y consuelo, sabiendo que todos le hallaban en santa Juana, la envió a rogar alcanzase de su ángel algún saludable consejo para llevar con paciencia los dolores de su enfermedad, que eran grandes, y habiéndoselo consultado la santa virgen, le dio el Ángel esta respuesta: “Dirás a esa persona afligida y enferma que ponga por cielo en su cama a Cristo crucificado, y por cortinas las insinias de su sagrada Pasión, y ofrezca a Dios sus dolores” ''[222]''. Muchas fueron las respuestas que dio el Ángel a santa Juana en diversos negocios que por momentos le consultaba, todas ellas misteriosas, y como unos celestiales aforismos importantísimos para la vida del alma, de las cuales dejo muchas porque este volumen crece más de lo que yo quisiera, y por dar lugar a la misteriosa historia de las cuentas, llamadas comúnmente “de santa Juana”, bien conocidas y estimadas en España. Y así se tratará dellas en los tres capítulos siguientes. [35r] '''Capítulo IX''' '''De los rosarios y cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de santa Juana''' Para que se vean las maravillas de las obras de Dios y los medios que usa la Divina Majestad para llevar almas al Cielo, contaré la historia de las cuentas de la gloriosa santa Juana en la manera que está comprobada con treinta y un testigos jurados en dos informaciones hechas: la una entre religiosos, por comisión del reverendísimo padre fray Arcángel de Mesina, ministro general de nuestra sagrada Religión, y la otra entre hombres seglares, por comisión del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal de España y arzobispo de Toledo, con acuerdo de los señores de su Consejo, cuyos traslados auténticos están en el archivo del convento de la Cruz. (''Informaciones jurídicas que se hicieron acerca de la verdad destas cuentas el año de 1609'') ''[223]''. Para lo cual se advierta que, como Dios dispone todas las cosas suavemente y las ordena en número, peso y medida, hace estas en beneficio de los hombres por intercesión y méritos de sus siervos. Y como los de santa Juana eran tan grandes, y los favores que Dios la hacía tan manifiestos, las religio- [35v] sas de su convento, queriéndose valer de la intercesión de su santa madre, la rogaron alcanzase de Nuestro Señor, por medio del ángel de su guarda, bendijese sus rosarios y les concediese algunas indulgencias y gracias para ellas y para las ánimas de Purgatorio —porque en aquellos tiempos había poquísimas cuentas benditas—. La Santa, con su gran caridad, que no sabía negar cosa de cuantas por Dios la pedían, ofreció tratarlo con su ángel, y ponerle por intercesor ante la Divina Majestad. Y habiéndolo comunicado con él, y alcanzado de Dios lo que quería, dijo a las monjas, que para cierto día juntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen, porque el Señor por su bondad los quería bendecir, y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos ''[224]''. No lo dijo santa Juana a sordas, porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca cuantos rosarios, sartas y cuentas pudieron descubrir, y, para el día que la santa señaló, se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tantas diferencias dellas: unas de azabache, otras de palo, y otras de coral, etc. La Santa, cuando vio juntas tantas cuentas, las mandó poner en una ar- [36r] quilla —que yo he visto algunas veces—, y a una de las más ancianas del convento que la cerrase con llave, y la guardase consigo ''[225]''. Hecho esto, la santa se puso en oración, y viéndola arrobada las religiosas, creyeron que aquella la hora era en la que el Ángel habría subido a bendecir sus rosarios al Cielo. Llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave del arquilla, y abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar con llave, se fueron llenas de espiritual consuelo, aguardando el tesoro celestial de las indulgencias del Cielo que el Ángel les había de traer cuando tornase la santa de aquel rapto. Y como volviese de él sintieron en todo el convento tan grande fragrancia y suavidad de olor que, atraídas de él, vinieron a preguntar a la santa la causa de aquella novedad. “Presto —dijo—, hermanas, lo sabréis, y la merced que el Señor nos ha hecho. Vengan aquí todas, y en especial la que tiene la llave del arquita” ''[226]''. Y fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y visto vacía, tornándola a abrir ahora, la hallaron con los mismos rosarios que habían puesto en ella, porque el ángel que los llevó al Cielo los había bajado ben- [36v] ditos y puesto en la misma arquita. Y cuando ahora la abrió la monja que tenía la llave, creció mucho más el olor, de que las monjas quedaron consoladísimas y sumamente admiradas ''[227] [228]''. Y la santa dijo que aquella suavidad y lindo olor era de sus rosarios, que de las santísimas manos de nuestro Señor Jesucristo donde habían estado se les había pegado aquella fragrancia que tenían, y que no solo los había dado su bendición, sino concedido muchas gracias, indulgencias y virtudes, las cuales la santa las iba diciendo, y juntamente dando a cada religiosa sus rosarios. Y destos a unos llamaba “de los Agnus”, porque el Señor les había concedido las indulgencias y gracias que los sumos pontífices conceden a los agnusdeyes ''[229]''; otros llamaba “contra demonios”, por la virtud que Dios dispuso en aquellas cuentas para lanzar los demonios de los cuerpos de los endemoniados; otros contra las tentaciones y enfermedades, y otros contra otros peligros ''[230]''. Con este tesoro del Cielo, que del de la iglesia concedió Nuestro Señor Jesucristo a su sierva santa Juana, quedaron consoladísimas las religiosas, y muy obligadas a su santa madre, por la misericordia que por su intercesión [37r] habían recebido. Y con muy gran devoción comenzaron a ganar las gracias e indulgencias de aquellos santos rosarios. Mas por gozar cada cual más copiosamente de aquel bien, quisiera cada una dellas participar de las indulgencias que las otras tenían en sus cuentas, y así rogaron a la santa abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias, virtudes e indulgencias que había repartido Su Divina Majestad entre todos los rosarios, las concediese generalmente todas a cada una de sus cuentas, porque mejor participasen de sus misericordias. La sierva del Señor se lo suplicó, y Su Divina Majestad se lo otorgó, con condición que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los sumos pontífices concediesen: privilegio tan pocas veces concedido que no se lee de otras indulgencias semejantes que, a instancia de algún santo, haya Nuestro Señor concedido inmediatamente por su boca, salvo la indulgencia de Porciúncula que Su Divina Majestad concedió a nuestro padre san Francisco. Y en la una y en la otra confirmando siempre el poder que ha dado a sus vicarios, los sumos pontífices, para conceder indulgencias, pues habiendo concedido la de Porciúncula a nuestro padre [37v] san Francisco ''[231]'', le envió al Papa para que se la confirmase, y a santa Juana concede las indulgencias de sus cuentas con condición que no desprecien por ellas las que los Papas conceden ''[232]''. Y si no le mandó Nuestro Señor que fuese por la confirmación a Roma, como a nuestro padre san Francisco, sería por ser mujer encerrada y recogida, con voto de perpetua clausura. Hizo Nuestro Señor esta tan señalada merced a su Iglesia en tiempo que la hubo mucho menester, por ser en el mismo que Lutero atrevida y sacrílegamente abrió su descomulgada boca contra las indulgencias y cuentas de perdones que los sumos pontífices concedían. Las virtudes destos rosarios y cuentas son muchas, y en especial se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los cuerpos humanos, confesando que salen dellos constriñidos por la virtud de las cuentas de santa Juana, y huyen de los que las traen consigo. Tienen virtud contra el fuego, contra los truenos, rayos, tempestades y tormentas del mar, y así mismo contra las enfermedades del cuerpo y del alma, porque tienen virtud contra las calenturas y peste, contra escrúpulos, contra las ten- [38r] taciones de la fe y espantos de los demonios, y tienen las virtudes de los Agnusdeyes, y muchas indulgencias por vivos y por difuntos, que las concedió Nuestro Señor. Y aunque yo he visto algunos sumarios escritos de mano y otros impresos de molde de estas indulgencias y otras muchas que dicen concedió el papa Gregorio XIII a estas cuentas de santa Juana, por no haber visto auténtica la concesión en forma que haga fe, no lo afirmo, ni las pongo aquí, porque todo lo que en esta historia escribo, pretendo —a honra y gloria de Dios— sea tan auténtico y cierto, que con razón ninguno pueda dudar dello. Y esta es la verdad destas misteriosas cuentas de santa Juana, según lo que yo he podido entender, colegida de las informaciones susodichas, y en especial de lo que debajo de juramento dijeron algunas monjas muy ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma Santa, y en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces, y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos que estas cuentas estuvieron en el Cielo y las bendijo Nuestro Señor Jesucristo, y concedió muchas virtudes, gracias e indulgencias, sin que persona de cuenta haya puesto [38v] lengua en ellas, antes muchos señores deste reino y grandes prelados de él las han procurado y tenido en mucho. Y el Papa Clemente VIII, de gloriosa memoria, estando en España con un tío suyo, auditor de Rota, sobre los negocios de la posesión del condado de Puñonrostro, fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de santa Juana, en compañía de los señores don Juan Arias Portocarrero y doña Juana de Castro, condes de Puñonrostro, y informado de la vida y milagros desta santa virgen y de la verdad destas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su santo cuerpo, pidió a la abadesa, que se llamaba soror Juana Evangelista, alguna cuenta, y con mucha devoción y estima llevó consigo una que le dieron. Y los bienaventurados fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín ''[233]'', varones de singular virtud y santidad, por quien en vida y después de su muerte hizo Dios muchos milagros, afirman que habían subido al cielo y que Cristo nuestro redentor las había dado su bendición y concedido muchas virtudes y perdones. Y para que los fieles gozasen dellos y deste tesoro del Cielo, persuadían a los pueblos que [39r] tocasen sus rosarios a las cuentas que ellos traían consigo. Y cuando de la verdad destas cuentas no se tuviera otro testimonio sino el de la santidad desta santa virgen, y haberlo ella dicho, era bastantísimo para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia publicando indulgencias falsas. Ni menos se puede creer que fuese engañada del demonio la que fue tan alumbrada de Dios y del ángel de su guarda. Mas lo que con evidencia prueba y confirma la virtud y verdad destas cuentas son los muchos milagros que Dios ha hecho en abono y confirmación destas cuentas, y de las tocadas a ellas, que tienen la misma virtud, como se verá en los capítulos siguientes. (''Las cuentas de santa Juana pueden tocar a otras y las tocadas quedan con la misma virtud, pero las tocadas no pueden tocar a otras'') ''[234]''. '''Capítulo X''' '''De los muchos milagros con que Nuestro Señor ha confirmado las cuentas de la gloriosa santa Juana''' Son tan excelentes y pocas veces vistas en el mundo, maravillas tan soberanas y divinas como las que Nuestro Señor ha obrado por intercesión de su santa esposa, que parecen increíbles a las gentes, si los testimonios de donde se han sacado no fuesen muy sin sospecha. Y [39v] porque ninguno la pueda tener destas cuentas, a lo menos con razón, diré, para honra y gloria de Dios, algunos de los muchos milagros, con que la Divina Majestad las ha confirmado, por ser estos la piedra del toque con que se conocen y aprueban las cosas sobrenaturales y las verdaderas divinas, porque nunca hace Dios milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de cualquiera verdad la hace evidentemente creíble, como consta de los hechos en confirmación de la fe y de los muchos que la Divina Majestad hace cada día, aprobando la santidad de algunos santos. Y lo mismo se debe juzgar de los milagros que Dios ha hecho en confirmación destos rosarios y cuentas, que hacen su verdad tan evidentemente creíble que no queda lugar a la malicia humana para dejarlo de creer. Y porque los milagros nuevos y de nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos todos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones de donde se sacaron los dichos milagros están todos al presente vivos ''[235]''. Primeramente don Francisco de Rojas, señor de Mora, tenía una destas cuentas de santa [40r] Juana, y pasando por donde conjuraban una endemoniada, así como se acercó a ella, comenzó el demonio a dar grandes gritos diciendo: “Echenme de ahí ese hombre, que me causa nuevos tormentos” ''[236]''. Y preguntando el clérigo al demonio por qué lo decía, respondió que lo hacía porque aquel hombre traía consigo una cuenta de Juanilla de la Cruz ''[237]''. Y oyéndolo el sobredicho don Francisco, quitándola del rosario, se la dio al sacerdote que conjuraba, y así como se la puso a la endemoniada, salió della el demonio, y quedaron todos alabando a Dios y dándole muchas gracias por la virtud que había puesto en aquellas cuentas. Y el sobredicho don Francisco dejó esta cuenta a la endemoniada porque no la volviese a fatigar el demonio, y fue a pedir otra al monasterio de la Cruz, y dio fe deste milagro. Doña Mariana Pérez, vecina de Madrid, prestó una destas cuentas que tenía a Manuel Vázquez, clérigo del mismo lugar, para que conjurase con ella a una endemoniada ''[238]''. Y poniéndosela, dijo el demonio que no le echaría de aquel cuerpo la cuenta de santa Juana. Y oyéndolo el clérigo, dijo al demonio: “Por la virtud que Dios puso en esta cuenta de [40v] santa Juana, te mando que salgas del cuerpo desta mujer”. Y al punto salió della y quedó dando gracias al Señor, y todos con nueva devoción a las cuentas de santa Juana. Doña Inés de Luján, religiosa del convento de Santa María de la Cruz, declara con juramento que trayendo al dicho convento una mujer endemoniada, dio una cuenta que tenía de las de santa Juana y poniéndosela al cuello a la dicha mujer salió della el demonio y quedó alabando a Dios que tal virtud había puesto en estas cuentas ''[239]''. El padre fray Francisco Castañoso de la Orden de nuestro padre San Francisco, difinidor de la Provincia de Castilla, declaró que tiene unas cuentas de santa Juana, y deseando hacer experiencia dellas, siendo guardián de San Francisco de Pinto, oyó decir que un clérigo del lugar estaba conjurando una endemoniada ''[240]'', y llevando consigo sus cuentas se fue a la iglesia donde la conjuraban, la cual así como le vio dio un salto de más de treinta pies, huyendo de él. Y el dicho guardián, viendo esto, preguntó a la endemoniada por qué se espantaba de él. Y ella respondió: “Porque traes unas cuentas” ''[241]''. Y queriéndolo disimular [41r] el guardián, mostrando las manos vacías, dijo: “¿No ves que no traigo nada?”. Y el demonio, dando voces, decía: “Cuentas traes, cuentas traes de aquella Juana de la Cruz”. “¿Qué virtud tienen, que huyes dellas?”, dijo el guardián. Y, riéndose, el demonio respondió: “No te lo quiero decir”. Y tantos estremos hizo la mujer endemoniada que nunca consintió la pusiesen estas cuentas, con lo cual se experimentó lo mucho que los demonios las temen. Isabel del Cerro, vecina de la villa de Torrejón de Velasco tenía tres cuentas de santa Juana, y saliendo de oír misa de los niños de la dotrina en Madrid, encontró con una endemoniada que traía arañado todo el rostro y lleno de cardenales, mas poniéndole sus cuentas, comenzó luego a trasudar dando voces y balidos, como cabra, y de allí a poco salió della el demonio, pero quitándole las cuentas se volvió a endemoniar, y poniéndole otra de un religioso de nuestro padre san Francisco, tornó a salir della el demonio, y porque no la volviese más a fatigar, la dejó el religioso esta cuenta ''[242]''. Estando la dicha Isabel del Cerro en Torrejón, oyó decir que un mancebo que llegó [41v] a su casa estaba endemoniado, y le llevaban a conjurar a santo Toribio, y, movida de caridad, le puso sus cuentas, y comenzando a hacer grandes estremos dijo: “Si supieses el tormento que me das, tú me dejarías. ¡Oh, qué veo! ¡Oh, qué veo!”. Y diciendo esto y dando grandes voces, se fue huyendo y salió del pueblo tan apriesa que, aunque fueron tras él muchas gentes, no le pudieron alcanzar. Otra mujer endemoniada llegó en casa de la dicha Isabel del Cerro tan mal tratada que era lástima de ver. Y llegándole con las cuentas a la boca, cayó como muerta y se quedó cárdena y cubierta de un gran sudor, y el demonio salió della ''[243]''. El padre fray Pedro de Salazar, consultor del Consejo de la Santa Inquisición y provincial que ha sido de la santa Provincia de Castilla, declara en su deposición que las dichas cuentas de santa Juana no solo tienen virtud contra los demonios, sino contra el fuego, contra las tempestades y rayos, y contra las tormentas del mar, y que esto es cosa muy sabida en estos reinos, y confirmada con muchas esperiencias y milagros ''[244]''. Y especialmente declaró que el año pasado de mil y seiscientos y nueve, a los veinte de mayo, hubo una [42r] gran tempestad de truenos y rayos, y para defenderse della una mujer de Torrejoncillo del Crucifijo, que se llama Maribuena, se amparó con una cuenta de santa Juana, y creciendo la tempestad, cayó un rayo y mató un perrillo que tenía en las faldas y a ella dejó sin lisión. Y después se comprobó este milagro, y la dicha mujer juró ser verdad, como dicho es. Y dijo más el dicho padre, que yendo él a Roma, al capítulo general que se celebró en tiempo de Sixto Quinto ''[245]'', estando en el mar cerca del puerto de Niza, se levantó tan gran tempestad y tormenta, que llegaron todos a punto de perecer. Y estando muy congojados, invocando el favor del Cielo, acordándosele al dicho padre de una cuenta de santa Juana que llevaba consigo, la lanzó en el mar, en una cuerda muy larga para poderla recoger después, y al punto se serenó el cielo y cesó la tormenta, y el mar se sosegó de suerte que tomaron puerto. Y todos dieron muchas gracias a Dios por haberlos librado de tan manifiesto peligro, por la virtud de aquella cuenta. Cristóbal del Cerro, vecino de Torrejón, dice que, viniendo una gran tempestad de truenos, relámpagos y piedra, se acordó de una cuenta de santa Juana que traía consigo ''[246]''. [42v] Y deseando que todos los que allí estaban conociesen la virtud que Dios había puesto en ella, la arrojó a la parte donde venía la tempestad. Y en ese mismo punto, cesó y se aclaró el cielo, con grande admiración de todos. Luisa Román, vecina de Torrejón, tuvo una grave enfermedad, de que llegó a estar desahuciada, y estando casi muerta, le pusieron al cuello las cuentas de santa Juana, y vio en sueños que una monja del hábito del monasterio donde está su santo cuerpo, le ponía las cuentas de santa Juana ''[247]'', y decía que se esforzase ''[248]'', que con ellas sanaría. Y cuando despertó, se halló cubierta de un gran sudor y con salud, no sin grande admiración de los que la habían visto en tan grave peligro. Y todos alabaron al Señor por tan grande maravillla. Ana de Lero, viuda vecina de Torrejón, estuvo muy apretada de perlesía ''[249]'', de manera que no podía mandar el brazo, ni la pierna izquierda ''[250]''. Y encomendándose a santa Juana, y prometiendo, si sanase por su intercesión, una novena ante su santo cuerpo, poniéndose una cuenta suya, se halló repentinamente sana, sin que la aquejase más la enfermedad. Y el año de la peste tuvo dos secas [43r] mortales ''[251]'', y vino a estar desahuciada de los médicos y desamparada de la gente de su casa, que huyendo de la peste, la dejaron; pero ella, confiando en una cuenta que tenía de santa Juana, y que por los merecimientos de aquella sierva suya la daría nuestro Señor salud; quiso Su Divina Majestad que a la mesma hora en que dijo el médico moriría, se cubriese de un sudor muy copioso y quedó buena, y llamó a la gente de su casa, pidiendo que le diesen de comer. Y preguntando el médico a la mañana si era difunta, le dijeron que estaba mejor, y entrándola a ver, la halló sin calentura. Y cuando estuvo bien convalecida, vino a velar el cuerpo de la gloriosa santa Juana, y a darle gracias de la salud milagrosa que Dios por su intercesión le había dado. Doña Isabel Vallejo estuvo en Alcalá de Henares, tan apretada de mal de corazón, y con otras enfermedades tan peligrosas, que llegó a estar desahuciada. Y poniéndola una cuenta en el lado del corazón, se la pegó a las carnes, como si se la clavaran en ellas, y comenzando luego a mejorar, con mucha brevedad alcanzó entera salud de todas sus enfermedades, por la virtud que Dios puso en aquella cuenta ''[252]''. [43v] Doña Catalina de Salazar, religiosa del convento de la Cruz, declaró que, comiendo un poco de pescado, se le atravesó una espina en la garganta que le causó mucha pena y dolor. Y temiendo ahogarse, se encomendó al glorioso san Blas; mas viéndose todavía apretada de su dolor, se acordó de las cuentas de santa Juana, y llamándola en su ayuda, se puso en la garganta las dichas cuentas, y al punto saltó la espina sangrienta por aquella parte donde había estado hincada en la garganta ''[253]''. Una señora de Madrid, que no nombro, siendo fatigada de muchos escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio la inquietaba, procuró una cuenta de santa Juana, y solo con traerla consigo, quedó libre de las tentaciones del demonio ''[254]''. Y puesta la misma cuenta sobre una nieta del alcalde Villarroel en Madrid, que estaba enferma y con grandes calenturas, quedó luego buena, descubriéndose en esto la virtud que Nuestro Señor puso en estas cuentas contra los peligros del alma y cuerpo ''[255]''. María Muñoz, vecina de Torrejón, dijo a Isabel del Cerro, vecina suya, que ya no había salvación para ella ''[256]'', porque estaba condena- [44r] da, y que el ángel de su guarda la había desamparado. Y la dicha Isabel del Cerro le puso en la mano sus cuentas de santa Juana, con que se adormeció por espacio de una hora. Y, despertando, dijo: “¡Ay, señora!, ¿qué es esto que me ha puesto, que en ello está mi salvación y mi remedio?”.Y quedó libre de aquella desesperación en que estaba. Ana López, vecina del sobredicho lugar, rogó a la dicha Isabel del Cerro le diese una de sus cuentas para ponerla a un hijo suyo que veía muchas visiones malas. Y desde que se la puso, nunca más las vio, antes quedó muy sosegado y quieto. Y, pasado algún tiempo, la dicha Isabel del Cerro pidió a Ana López que la tornase su cuenta, pues su hijo estaba bueno; mas codiciosa della no se la quiso dar, por lo cual la dicha Isabel del Cerro, dijo: “Plega a Dios que no la goces”. Y rezando la dicha Ana López en la cuenta que tenía contra la voluntad de su dueño, se la desapareció de las manos, dejándola llena de confusión y temor, y nunca más la vio de sus ojos. Inés Baptista, religiosa en el monasterio de la Cruz, dio una cuenta de santa Juana a Francisco de Rojas, su primo. Y perdiéndosele en [44v] un camino, y cuando la echó menos, tornó algunas leguas buscando su cuenta, porque la estimaba en mucho. Y rogando a santa Juana se la deparase, la halló en un arenal en el aire una vara del suelo y con mucha reverencia la tomó y la hizo engastar en oro; y, lleno de lágrimas y devoción, contó a la dicha su prima esta historia, según que ella lo refiere con juramento. Así mismo consta de un testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, que el año de mil y seiscientos y siete, a los once días del mes de julio, estando Ana de Montoya, vecina de Valdemoro, en la iglesia del monasterio de la Cruz, cumpliendo una novena que había prometido a bienaventurada santa Juana —por haber librado a su marido de una enfermedad muy peligrosa— y deseando mucho tener alguna de sus cuentas, rogaba a la santa se la deparase. Y estando en esto, vino una por el aire que cayendo de lo alto la dio en la frente, viéndolo Ángela de Ávila, mujer de Juan Girón, y Catalina de Tolosa, mujer de Juan Martínez, vecinas de Ciempozuelos, que se hallaron presentes ante el dicho escribano. Y considerando el sitio donde estaba la mujer cuando cayó la [45r] cuenta, fue caso milagroso y que no pudo ser por industria humana, por no haber por allí cerca ninguna puerta, ventana, agujero, ni resquicio por donde la pudieran echar. Y así lo tienen por milagro de la gloriosa santa Juana. '''Capítulo XI''' '''De otros milagros que Nuestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas de santa Juana''' No solamente las cuentas de santa Juana que subió el Ángel al Cielo y bendijo Nuestro Señor tienen las virtudes que hemos visto, sino también las tocadas a ellas, como la santa lo dijo a sus monjas. Y comprueban mucho más la virtud destas cuentas los milagros hechos con las tocadas a ellas que los que se han hecho mediante las mesmas que bendijo Nuestro Señor en el Cielo, porque si solo por haber tocado a estas cuentas tienen tal propiedad y virtud las tocadas, que lanzan demonios y hacen otros milagros, claro está que no carecerán desta virtud las cuentas que se la die- [45v] ron a ellas, antes en buena filosofía la contienen con eminencia. Y, pues los milagros son prueba tan suficiente de las cosas sobrenaturales que ninguna los iguala, porque hecho un milagro en confirmación de la dotrina que se predica, es visto ser Dios Nuestro Señor el testigo della. Y así contaré aquí algunos, colegidos de las dos informaciones sobredichas, y de otra hecha con autoridad del Ilustrísimo de Toledo, para averiguar ciertos milagros del santo fray Julián de san Agustín, por quien ha hecho tantos Nuestro Señor que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente en noventa y dos informaciones, con mil y cuatrocientos testigos. Este siervo de Dios tenía una cuenta de santa Juana, y tanta devoción en ella que exhortaba a las gentes y pueblos tocasen sus rosarios a ella. Y en esta obra de caridad le sucedieron casos estraños con los demonios, que se lo procuraban estorbar, como lo comprueban los milagros siguientes: ''[257]'' Estando el bienaventurado padre en las eras del lugar de Villanueva, vino a él Mari Sanz, mujer de Bartolomé de Onchel, el Viejo, y rogándole tocase su rosario a la [46r] cuenta de santa Juana que el santo padre traía en el suyo, dijo: “Levanta primero esa piedra que está junto a nosotros”. Probolo la mujer por dos veces, mas no pudo, porque estaba abrasando como fuego y se quemaba. Y viendo esto el santo fray Julián, dijo: “No trabajes, hija, que no es piedra esa, aunque lo parece, sino un demonio que pretende impedir que no toque tus cuentas a la de santa Juana, porque no goces de las indulgencias y virtudes que Dios puso en ellas” ''[258]''. Y semejantes casos a este le sucedieron muchas veces en el dicho lugar de Villanueva, y en el de Camarma, como consta de la dicha información, y que las piedras desaparecían en descubriendo el santo lo que eran ''[259]''. Y en la villa de Mejorada, estando el siervo de Dios tocando otros rosarios a la cuenta que tenía de santa Juana, llegó a él Juliana Díaz, hija de Alberto de Cobeja, para que le tocase diez cuentas, y el santo dijo: “Ya esas están tocadas otra vez, y tienen la virtud de las cuentas de santa Juana”. Y constó ser así, y haber más de dos años que Francisco Moreno, vecino de Getafe, las había tocado en Madrid a una cuenta de santa Juana. Madalena Escribano, vecina de Torrejón de Velasco fue muy tentada del demonio, el cual [46v] se le apareció muchas veces, y ofreciéndole la soga, le decía que se ahorcase. Y poniéndole una cuenta tocada a las de santa Juana, nunca más el demonio le pareció, y quedó libre de él, y de los temores y espantos que le ponía. Cierto dotor estaba muy apretado de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio le traía muy inquieto y desconsolado, y habiendo oído decir las virtudes de las cuentas de santa Juana, procuró una de las tocadas, y —solo con traerla consigo— quedó libre de aquellos malos pensamientos, y con la misma cuenta lanzó al demonio de un hombre que estaba endemoniado y muy furioso ''[260]''. Fulano Carrillo, clérigo y cantor que al presente es de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de santa Juana, y pensando ser de las originales —porque por tal se la habían dado— acertando a llegar donde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase de él, porque traía una cuenta de santa Juana, que aunque era de las tocadas tenía la misma virtud que las otras, y le atormentaba mucho con ella ''[261]''. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, y supo que su cuenta no [47r] era original, sino de las tocadas, y que tenía la misma virtud que las que Cristo bendijo. María Madalena, religiosa del convento de la Cruz, declaró en su dicho que una mujer de Madrid vino a velar al dicho convento y dijo que tomasen por testimonio un gran milagro de las cuentas de santa Juana, y es que en la dicha villa de Madrid vio llevar un endemoniado a conjurar a una iglesia, y acordándose dellas, dijo: “¿Quién tuviera una de las cuentas de santa Juana?”. Respondió a esto otra mujer que iba con ella: “Yo tengo una de las tocadas, pero no la quiero dar, porque no se pierda”. Y la dicha mujer dijo: “Pues déjeme tocar otra en ella, que aunque las tocadas no valen, la fe bastará”. Y tocando una cuenta a la tocada que la mujer tenía, se fue con ella a la iglesia donde conjuraban al endemoniado ''[262]''. Y así como entró por la iglesia, comenzó el demonio a dar voces que le echasen de allí aquella mujer, que con una cuenta que traía le atormentaba más que todo el Infierno junto ''[263]''. ''[264]'' Declaró doña Catalina de Salazar que una esclava de su madre tenía una cuenta de santa Juana de las tocadas, y que yendo un día a [47v] la plaza, vio mucha gente alrededor de un endemoniado, y llegándose ella a mirarle, comenzó a dar voces el endemoniado, diciendo: “Quítenme de ahí esa esclava, que me atormenta con una cuenta que trae de aquella Juanilla” ''[265]''. Y oyendo esto la gente, dio lugar a que la dicha esclava se acercase y, poniéndole al endemoniado la cuenta, al punto salió el demonio dejando aquel hombre libre, y a él y a todos los que presentes llenos de admiración de la virtud que puso Dios en las dichas cuentas. Juan de Urriaga, vecino de Cubas, tenía una cuenta quebrada de las tocadas a las de santa Juana, y yendo a la villa de Pinto, halló que en la iglesia estaban conjurando a una mujer endemoniada ''[266]''. Y así como le vio, comenzó a dar voces el demonio, y a decir echasen de allí aquel hombre que traía una cuenta de Juanilla de la Cruz, que le atormentaba más que el Infierno ''[267]''. Y el dicho Arriaga dio la cuenta al clérigo que conjuraba, y poniéndola sobre la endemoniada, salió luego della el demonio, y la dejó libre. Catalina de Santa Ana, religiosa muy anciana del convento de la Cruz —según supe de su boca— dio a un hombre una destas cuentas ''[268]'', y pensando él que era de las originales, no vía la [48r] hora que hacer esperiencia della y de la virtud que tenía contra los demonios. Encontrando con un endemoniado, se la puso, y muy furioso el demonio, haciendo muchos extremos, dijo: “No es cuenta de santa Juana la que me lanza, sino de santa Ana”, porque así se llamaba la religiosa que se la dio, por no ser original, sino de las tocadas. Otros muchos milagros dejo de poner, por parecerme que con esto se prueba bastantemente la virtud de las cuentas de santa Juana, y la que tienen las tocadas a ellas, y destas son las más que andan, que de las originales que bendijo Nuestro Señor en el Cielo hay poquísimas, porque con el tiempo se han consumido y acabado. En el convento de la Cruz hay dos desde el tiempo de la gloriosa Santa, y entre las monjas de él se hallan algunas, y otras personas particulares también las tienen. Y en el lugar de Cubas, como tan cercano al convento de la Cruz, se hallan algunas, tan estimadas de los que las tienen que se heredan de unos en otros, y las dejan por manda de testamento cuando mueren, por la gran devoción que tienen en las dichas cuentas, y mucha experiencia de las virtudes que Dios puso en ellas. [48v] '''Capítulo XII''' '''De algunas revelaciones y cosas muy provechosas que comunicó Nuestro Señor a su sierva santa Juana''' Resplandece tanto la suavidad y alteza del espíritu del Señor en todas las revelaciones que comunicó a esta santa virgen, que aunque su vida esté tan llena dellas —que se podría llamar una revelación continuada— quise escribir este capítulo de revelaciones, atendiendo a que el comunicárselas Dios a santa Juana fue para el aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el Ángel mandándoselas escribir. Y este fue el fin que tuvo la extática virgen en manifestarlas y el que ahora tenemos en sacarlas a luz, para que leyéndolas el pecador se consuele considerando las misericordias de Dios, que respladecen mucho en ellas, como se verá en una que mostró Dios a esta santa, la cual contó ella a sus monjas, por las palabras siguientes: “Llevándome mi santo Ángel un día de la gloriosa santa María Magdalena ''[269]'' a visitar la iglesia donde está su santo cuerpo, por ganar [49r] los perdones que allí están concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de la cual entre las llamas y el humo salía un alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio, y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo. Y díjome mi santo Ángel: ‘Porque veas lo que puede la misericordia de Dios, y la contrición en un hombre: aquella alma que viste subir desde las llamas al cielo, acompañada de los tres ángeles, es de un hombre viejo grandísimo pecador, que toda su vida estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el Infierno’. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y rigurosa justicia al juez, diciendo quería pagar su delito en esta vida; y aunque la salvara, si quisiera, escogió morir y padecer esta pena en satisfación de [49v] su culpa. Y así, después de haberle dado garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual, y de su cuerpo, sale en este punto el alma, y se va derecha al Cielo, acompañada de aquellos ángeles, como ves. Y me huelgo que lo hayas visto, porque sepas que mientras el alma está en las carnes tiene lugar la misericordia de Dios, que le halla entre la soga y la garganta del hombre”. (''Este ejemplo más es para confiar en la misericordia de Dios que para imitarlo, por lo que dice Escoto ''[271]'', fundado en el peligro que trae consigo la penitencia que se dilata para la hora de la muerte ''[272]'') ''[273]''. Abadesa era santa Juana, y estando en oración un día, le mostró nuestro Señor que a un hermitaño de santa vida, que hacía penitencia y vida solitaria en un desierto, se le apareció el demonio en figura de Cristo crucificado, y le dijo: “Adórame, que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz, y me agrada mucho tu oración y penitencia” ''[274]''. Hízolo así el hermitaño, y estando en esta postura arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios, diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del Crucificado. Y, pues sabes que se paga de voluntades, y que recibe la de este hermitaño como si adorara al mismo Dios, [50r] déjate de esas vanas adoraciones, que tan poco te aprovechan, y vuelve luego a tu miserable reino, que es lo que más te importa”. “Y quiso Nuestro Señor que oyese estas cosas el hermitaño para alumbrarle por este camino —dijo la santa virgen—, y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo, y os guardéis de él y de sus engaños, que son mayores de los que los hombres piensan”. (''En semejantes casos admite Dios la voluntad por la obra [275]'') ''[276]''. Sucedió otra vez a esta santa virgen, día de santa Lucía, que estando elevada en oración, y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio —como otro profeta Esaías— al Señor de los ejércitos sentado en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día y derramado su sangre por la honra de su nombre ''[277]''. Considerando estas cosas santa Juana, y cuán bien premiaba Dios los trabajos padecidos por su amor, la habló el mismo Señor con voz tan sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas ''[278]'', diciendo: “No os despidáis vos, hija mía, de recebir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. Y la [50v] humilde y devota virgen, con mucha confianza y amor, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias doy a Vuestra Majestad, por tan soberana merced, aunque mayor la pienso recebir de vuestra poderosa y liberalísima mano. No me hartan, Señor, esos dones, ni me satisfacen esas joyas, regocijos y fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo de esa fuente de vida. Y hasta que lo alcance y consiga, no cesaré de suplicarlo a Vuestra Divina Majestad” ''[279]''. Y entonces el piadoso Señor respondió desde un soberano trono en que estaba: “Yo te prometo, hija, de cumplir tus deseos y darte bienes sin cuento”. Con lo cual, y con la presencia de Dios de que gozó la santa virgen en este rapto, quedó muy consolada y contenta. Otra vez estando en profundísimo rapto, la vino a visitar la gloriosa santa Bárbara, su muy particular devota, y razonando con ella, dijo: “Bien sabéis vos, señora, lo mucho que os amo y quiero”. “Sí sé, hermana —respondió santa Bárbara—. Y querría también que supieses tú que te amo en el Señor, y te tengo por mi singular devota y amiga” ''[280]''. Con esto pusieron fin a su plática las santas vírgines, y apenas fue [51r] acabada, cuando llegó a santa Juana la ánima de un niño que acababa de espirar, rogándola dijese a su madre que castigase a sus hijos, porque daría estrecha cuenta a Dios de lo mal que los criaba ''[281]''. “Y yo doy a Su Majestad muchas gracias por haberme traído a este santo reino en tan tierna edad, que si llegara a ser grande me condenara, por la mala crianza de mi madre. Dile que mire por mis hermanos, y los castigue antes que sean mayores y se pierdan. Mi madre se llama Fulana, y vive en tal lugar, y es mujer de Fulano”. Con esto santa Juana la envió a llamar, y contó todo lo que pasaba, con tales señas que no lo pudo poner en duda, y quedó desde entonces tan aficionada a la gloriosa Santa, que la visitaba muy amenudo, aprovechándose de los santos consejos que la daba. Un día de los Reyes, estando en el coro oyendo misa la extática virgen se arrobó, y era tanta la hermosura y resplandor que salía de su rostro, que causaba consuelo y admiración a las monjas que la miraban, y la rogaron —cuando volvió en sus sentidos—dijese algo de lo que había visto en aquel soberano rapto. Y así dijo: “Mostrome el [51v] Señor por su misericordia las grandes fiestas que hoy le hacen en el Cielo, donde vi a la Reina de los Ángeles asentada en un soberano trono, y junto a ella estaba el santo pesebre, con su santísimo Hijo recién nacido, cercado de muchos ángeles, que al son de sus instrumentos cantaban maravillosas letras ''[282]''. Y cantando ellos, la Reina del Cielo hizo señas que callasen, y me llamó a mí, su indigna sierva, que la estaba mirando, postrada de rodillas ante las gradas de aquel soberano trono, y me dijo: ‘¿Has visto a mi hijo, como está, niño y chiquito? ¿Parécete bien?’. Yo respondí: ‘Señora, sí’. ‘¿Quiéresle mucho?’, me volvió a preguntar. Yo dije: ‘Él lo sabe’. Replicó la Santísima Virgen: ‘¿Y yo no lo sabré también?’'' [283]''. Respondí: ‘Sí, señora, sí sabrá Vuestra Majestad, y mis pecados y faltas’. Y acordándome dellas, no me hallaba digna de estar en aquel santo lugar, y vínome tal vergüenza y temor de verme en él, que no quisiera ser nacida, ni sé qué fuera de mí si Nuestra Señora no me consolara, porque mirándome con apacibles y amorosos ojos dijo: ‘No temas, hija mía, que no tienes de qué ''[242]''. Y este temor y vergüenza que te ha venido es misericordia que Dios te hace, que como me ha dado sus veces [52r] para juzgar mientras está en figura de niño recién nacido, quiere que todos me teman; mas tú no tienes de qué temer; tus hermanas sí, y quiero que parezcan aquí todas, sin que me falte ninguna’. Y dicho esto aparecieron allí vuestras figuras, de suerte que yo os conocí a todas; y Nuestra Señora no quiso hablar a ninguna, sino a mí, su indigna sierva, diciendo: ‘Dime, hija, los agravios que te han hecho tus hermanas, y las quejas que dellas tienes’. Yo respondí escusándolas a todas: ‘Señora, ni agravio, ni queja tengo de alguna dellas, ni aun —según pienso— razón de poderla tener’. Entonces mandó la soberana Señora que se apartasen todas, y viniesen cada una de por sí, y decía: ‘¿Tienes queja desta?’. Yo respondí: ‘Ninguna tengo, por cierto’ ''[285]''. Y desta manera las fue llamando a todas, y como yo no acusaba a ninguna, dijo Nuestra Señora: ‘Bien haces en dejar a Dios el juicio y la venganza de tus agravios, que Él volverá por ti y te hará muchas mercedes, y yo rogaré te las haga, que eres llave de mi casa, que te la dio Dios. Y bien saben tus hermanas la caída de Inés, a quien yo me aparecí, y para repararla, y la santidad y honra de mis aparecimientos, te pedí a mi santísimo Hijo’. Y dicho [52v] esto, dije yo: ‘Suplico a vuestra Majestad bendiga a estas mis hermanas, y las hable, pues las tiene aquí’. Mas respondióme la soberana Señora que no se hacían a todos estos favores. Y después mandó a mi santo Ángel que me volviese a mis sentidos. Y así no vi por entonces la venida y adoración de los Reyes, que esperaba”. Todos los años, desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los Ángeles, los primeros nueve días de marzo, en los cuales se apareció la Santísima Virgen —como queda dicho—. Y cada año en estos nueve días, a la hora de maitines, vía santa Juana una solenísima procesión en que venía la Madre de Dios, con muchos ángeles y santos, y las almas de muchas monjas de aquella casa, y de otras personas difuntas que estaban en la bienaventuranza y habían sido devotas del santo aparecimiento, y también las que estaban en Purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta ''[286]''. Y antes de entrar en el convento, daba una vuelta alrededor de él, echando su bendición a los campos, media legua en contorno del monasterio ''[287]''. Y entrando luego en él, iba derecha [53r] al dormitorio, donde estaban las monjas recogidas, unas en oración y otras durmiendo. Y a todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y amor, y hablaba con sus ángeles custodios, y ellos le representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían aparejado para celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y decía Nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas. Las vuestras tengo en depósito y están guardadas en mi poder”. Otras veces mandaba a sus ángeles custodios, que les pusiesen guirnalas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo vían, ni entendían ''[288]''. Y algunas veces las reprehendía con palabras dulcísimas, y desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial, y asistía a los maitines. Y la bienaventurada santa Juana, en espíritu, se hallaba presente a todo, y andaba la procesión. Y a la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón, y veía con los ojos corporales a la Reina del Cielo con aquella santa procesión que asistía a la misa y bendecía a las gentes que habían venido a celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y cuando se volvían a sus [53v] casas, también les daba la bendición. Y a este punto se solía elevar santa Juana, y cuando volvía en sí, la rogaban las monjas dijese lo que había visto. Y ella, con mucha humildad, contando lo que se ha dicho, les decía que ''[289]'': “fuesen muy devotas deste aparecimiento de Nuestra Señora, porque a su instancia tenía Dios otorgados en esta iglesia tantos perdones como había flores, hojas y yerbas nacidas sobre la tierra, media legua en contorno del lugar donde la santísima Virgen se apareció, según que la clementísima Señora me lo ha revelado por su misericordia, y que tiene Nuestro Señor concedido a los que visitaren esta santa casa los perdones que se ganan en la de Asís, estando verdaderamente contritos de sus pecados, aunque no estén confesados. Mas como estas cosas son secretas, y no están otorgadas por los sumos pontífices, no vienen a noticia de las gentes, y así pocos se aprovechan dellas, de que yo tengo harta pena, por lo que pierden las almas”. (''No espantará esto a quien supiere que se ganan en Roma cada día tres indulgencias plenarias y cuarenta mil años de perdón y ocho veces remisión de la tercera parte de los pecados, y en los días de Cuaresma las dichas indulgencias son dobladas [290]'') ''[291]''. [54r] Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, bendita por un obispo, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del santo aparecimiento; mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron otro rostro y cabeza, y pintándola de nuevo porque la santa la viese, se la llevaron a la celda, porque estaba muy enferma, y por su consuelo se la dejaron allí. Y el primer día se le apareció la Reina de los Ángeles junto a la imagen, y dijo: “Yo me contento della, y la quiero para mi morada” ''[292]''. Rogóla entonces santa Juana que pues tanto le aplacía se pusiese dentro della, para que mejor aceptase las oraciones que se la hiciesen. “No puede eso ser, hija mía —respondió la soberana Señora—, hasta que se consagre y bendiga, y se haga morada digna de mí”. Y la noche siguiente a la hora de maitines vio la bendita santa Juana a Cristo Nuestro Señor vestido de pontifical que bajaba del cielo con infinitos ángeles, santos y santas a consagrar esta imagen ''[293]''. Y antes de comenzar la bendición, mandó que viniesen los demonios a ver consagrar la imagen, porque temiesen viendo la virtud que Dios ponía en ella ''[294]'': los cua- [54v] les vinieron a mal de su grado, y estuvieron presentes a toda la bendición, la cual comenzó el Señor, cantando aquellas palabras: ''“Ego sum, qui sum”''. Y prosiguió Su Divina Majestad, diciendo: ''“Ecce nova facio omnia”'' ''[295]''. Y, mirando la imagen y adornándola con muchas cruces, decía: “¿Quién te desprecia, Madre mía?”. Y después de muchas bendiciones, cantó su Majestad esta antífona: ''“Hanc quam tu despicis, Manichae, mater mea est, et de manu mea fabricata” [296]''. Y los ángeles prosiguieron con su soberana harmonía, tocando sus instrumentos y cantando otras antífonas y psalmos. Y hecho esto, desapareció la visión, quedando la imagen consagrada por Nuestro Señor Jesucristo. Y las monjas, habiéndoles contado santa Juana la revelación, llevaron la santa imagen al coro, donde ahora la tienen con velas encendidas y solene procesión, cantándole el ''Te Deum laudamus [297]''. Víspera de los apóstoles san Pedro y san Pablo, estando santa Juana juntamente con las otras religiosas en la casa de labor, con los ojos en la almohadilla y con la aguja en la mano —no elevada, ni fuera de sus sentidos, sino despierta y velando— vio con los ojos del cuerpo a Nuestro [55r] Señor Jesucristo y a los doce apóstoles, vestidos de blanco ''[298]''. Y aquí le declaró el Señor grandes misterios de la bienaventuranza y de los premios de la gloria. Y estuvo tan en sí la bendita virgen todo el tiempo que gozó desta soberana visión que nunca dejó la aguja de la mano, ni levantó los ojos de la almohadilla, procurando con esto que las otras monjas que estaban con ella no entendiesen los favores que Dios la hacía. Trujeron a santa Juana una niña de teta muy enferma para que la diese su bendición, y así como la vio, la reveló el Señor que estaba endemoniada, y dijo a las monjas con grande aflición de su espíritu: “Grande es la alteza de los secretos de Dios, pues permite Su Divina Majestad que el demonio tenga poder para atormentar esta niña inocente, que no ha más de siete meses que nació. Ruego os hermanas que la encomendemos a Dios” ''[299]''. Y haciendo sobre ella la señal de la cruz, quedó libre de aquel espíritu malo, que tanto la atormentaba. Y sucedióla muchas veces estando en oración en su celda, rogando a Dios por las personas que se le encomendaban, verlas a todas ellas y sus necesidades y trabajos, tan clara y distintamente como si las tuviera presentes. Y contándoselo al [55v] ángel de su guarda, le respondió que se las mostraba Dios porque quería le rogase por ellas ''[300]''. Y en cierta ocasión le dijeron los santos ángeles que con tan grande afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo que le fuese tan acepto sacrificio a Su Divina Majestad como si derramase sangre y padeciese martirio por él ''[301] ''—que tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión—. “Estas cosas y otras muchas —decía santa Juana a sus monjas— me muestra mi santo Ángel, por la voluntad de Dios, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo, y que me ha hecho el Señor tanta merced, que me ha dado tanta luz y claridad en ellas que certísimamente conozco ser suyas, y las tengo por más verdaderas y ciertas que todo lo que veo en este mundo, y así lo juraría, si me obligasen a ello ''[302]''. Y por no haber tenido mi alma tanta claridad al principio, no recebía tanto consuelo en las revelaciones que el Señor me mostraba, como ahora. Por lo cual esta miserable pecadora da infinitas gracias a Su Divina Majestad”. [56r] '''Capítulo XIII''' '''Cómo el Espíritu Santo habló trece años por la boca de santa Juana, y del don de lenguas que la dio''' Uno de los mayores trabajos que tuvo santa Juana en esta vida fue que muchas personas, deseando saber las mercedes que Dios le hacía, y secretos que en aquellos éxtasis y raptos la revelaba, se lo preguntaban muchas veces, y como la santa virgen era tan humilde, sentía esto de manera que decía quisiera más decir sus faltas, sus pecados y miserias que las misericordias y mercedes que Dios le hacía. Y si dijo algunas, y muchas de las que en esta historia van escritas, fue por mandárselo Dios, unas veces por sí y otras por el ángel de su guarda ''[303]''. Y como la santa virgen por esta ocasión estuviese muy desconsolada, queriendo el Señor librarla destas fatigas —y consolar también a sus siervos, que deseaban saber estas cosas, para cuyo bien obraba Su Majestad muchas dellas—, tomó por medio enmudecerla y hablar por la boca de su santa Esposa, y así le dijo el Señor: “Hija, callarás tú ahora” ''[304]''. Y desde [56v] este día quedó muda, y lo estuvo algunos meses, hasta que el mismo Señor se le apareció en otro rapto, y tocándola en la boca con su santísima mano, la dejó sana y dijo: “De aquí adelante hablaré yo por tu boca y callarás tú, aunque también quiero que digas algunas cosas de las que te mostrare” ''[305]''. Y dicho esto desapareció el Señor y comenzó a hablar por la boca de santa Juana el Espíritu Santo, visible y públicamente, profetizando muchas cosas. Y decía sentencias de la Sagrada Escritura y cosas de gran dotrina, de que todos se admiraban. Durole esta singularísima gracia trece años, hablando el Espíritu Santo en ella, unas veces de ocho en ocho días, y de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras a tercer día, otras un día tras otro, y algunas temporadas dos veces al día, más o menos, como el Señor era servido ''[306]''. Y divulgándose por el reino esta grande maravilla, la venían a ver muchas gentes, aunque no todos con igual intención, porque algunos la traían muy dañada, y para confusión destos y de otros incrédulos, estando santa Juana arrobada y sin género de sentido, hablando el Espíritu Santo en ella, dijo que los campos y [57r] aires, una legua en contorno del monasterio, estaban llenos de ángeles y de ánimas de Purgatorio que la venían a oír para dar testimonio en el juicio de Dios de su dotrina, y de los que por su malicia oyéndola, no se aprovechasen della ''[307]''. Otras veces, reprehendiendo a estos mesmos, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mesmo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere, hallando vaso en que quepa?”. Y a este propósito sucedió que un inquisidor muy celoso de las cosas de la fe, no pudiendo sufrir se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca desta santa mujer, vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras. Y fueron tales las que el Espíritu Santo habló en ella aquel día que a la mitad del sermón se hincó de rodillas el inquisidor, y estuvo así derramando lágrimas hasta que la santa acabó su sermón, y vuelta en sus sentidos, rogó al abadesa se la dejase ver a la grada, y dándose recios golpes en los pechos, decía: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta santa mujer he oído” ''[308]''. Y después de haberla hablado a solas, y encomendado en sus oraciones, se volvió, no poco [57v] edificado de la humildad que conoció en la santa, y muy aficionado a su dotrina. Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, de que la santa nunca tuvo noticia, especialmente en la latina, arábiga y vizcaína ''[309]''. El obispo de Ávila, don fray Francisco Ruiz, fue devotísimo de esta santa virgen, y por la devoción que la tenía, dio a su convento dos esclavas moras de Orán, tan obstinadas en la ley de Mahoma que de solo proponerlas la de Cristo y decirles si querían ser cristianas, lloraban amargamente, y se arañaban las caras hasta derramar sangre dellas. Lleváronselas una vez a santa Juana, en ocasión que el Espíritu Santo hablaba en ella, y convirtiendo a las moras su plática, les habló en algarabía y ellas también la respondieron en el mesmo lenguaje ''[310]''. Y tales cosas les dijo que las convirtió a la fe y se baptizaron ''[311]''. Y después, estando arrobada, las habló otras veces en arábigo y muchas en latín, con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de cosas y defetos particulares suyos ''[312]''. Con todas estas experiencias y otras mu- [58r] chas que se vieron, por ser cosa nunca oída de algún santo que hablando el Espíritu Santo por su lengua dijese las cosas que decía por la desta santa mujer. Los prelados de la Orden, por obiar lo que algunos mal intencionados decían, mandaron a la abadesa que cuando hablase santa Juana de aquella manera la encerrasen en la celda, sin que ninguna persona la oyese, aunque fuese de las mismas monjas ''[313]''. Pero una vez quiso Nuestro Señor que, habiéndola dejado sola y encerrada —como lo tenía ordenado el provincial—, tardó tanto en volver del rapto que la abadesa, cuidadosa del suceso, envió una monja que supiese lo que había. Y llegando a la celda donde la santa virgen estaba, vio muchas aves de diversos colores, levantados los cuellos, como que escuchaban lo que la santa decía —que las había Dios enviado para que la oyesen, pues los hombres no querían oírla— ''[314]''. Y contando esto a la abadesa, fue con algunas religiosas, y hallaron ser verdad lo que la monja había dicho, en lo cual se conoció ser la voluntad del Señor que oyesen a su sierva y lo que por su boca decía. Pero mientras se dudó desto y de la virtud destas cosas, bien fue esconderlas al mundo, para escusar la temeridad [58v] de sus juicios, mas cuando ellas mismas hacen certidumbre que es Dios el autor, y el milagro de los pájaros lo comprueba y publica, justo es que no lo encubran los hombres. Y así el provincial, informado desta maravilla, dio licencia para que hablando la santa en aquellos raptos la pudiesen oír, y se diese puerta franca a quien él diese licencia —porque el convento en aquel tiempo no era de los encerrados—. Y con esta nueva licencia y a la fama destas grandes maravillas, venían infinitas gentes eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, religiosos de todas órdenes, canónigos, inquisidores, obispos, arzobispos, el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, el cardenal de Toledo don fray Francisco Jiménez, el emperador Carlos V, muchos condes, duques, marqueses, señores y señoras de todos estados, testigos deste misterio, que lo vieron muchas veces por tiempo de trece años ''[315]''. Cuando el Señor dio a su sierva esta gracia de hablar el Espíritu Santo en ella a los veinte y dos años de su edad, siempre que la recebía era estando arrobada ''[316]''. Y conocíase la venida del Señor en que la oían hablar con los ángeles, con los apóstoles y santos, que [59r] venían con él, según que de sus palabras se entendía, y cuando el Señor se acercaba a ella, estendía la santa virgen el brazo, y haciendo señas con la mano le llamaba, suplicándole se acercase más. Hacía luego grandes plegarias a los ángeles que venían con él, rogándoles llegasen presto a donde ella estaba. “Señores, —les decía— aunque no soy digna de ver a mi Señor, traédmele por aquí”. A los apóstoles, mártires, vírgines y confesores rogaba lo mismo, nombrándolos muchas veces por sus nombres. Y al mismo Señor suplicaba también la viniese a consolar, porque tenía muchas cosas que ofrecerle: oraciones, necesidades y fatigas de muchos que se le habían encomendado. Y en estas plegarias se tardaba de ordinario una hora antes que Nuestro Señor acabase de llegar a donde la santa virgen estaba. Y en llegando la hablaba con voz inteligible y clara, que todos le oían, y esta era la más clara y cierta señal de tener a Dios presente ''[317]''. Y entonces le hacía sus peticiones, rogando por todas las personas del mundo en general, y por algunas en particular, y por las ánimas de Purgatorio. Y algunas veces permitía la Divina Majestad que viese en el mismo Señor —según que la santa virgen [59v] decía— todos estados del mundo, al Santo Padre, cardenales y clerecía, todas las religiones, los reyes y emperadores, y todos los estados, grandes y pequeños, con las perfecciones, méritos y deméritos de cada uno. Hecho esto, juntaba sus manos —viéndolo todos— y, haciendo muchas inclinaciones con la cabeza, muy humildes y profundas, oraba tan en secreto que ninguna palabra se le oía, salvo verla mover los labios como persona que habla. Y entonces inspirando en ella Nuestro Señor su divino soplo y aliento, le daba el Espíritu Santo, como se le dio a los sagrados apóstoles cuando los envió a predicar por el mundo ''[318]''. Y así como le recibía, santa Juana se postraba en tierra sobre su rostro, y puestas las manos se quedaba con grandísimo silencio, y entonces llegaban las religiosas, y levantándola del suelo sin que ella lo sintiese, la llevaban a su celda y ponían sobre su cama. Y luego con voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono —que todos los que allí estaban lo entendían— comenzaba el Espíritu Santo a hablar por la boca desta su sierva, y nombrándola por su nombre, solía decir: “Dios te salve, Juana. ¿Quién eres tú, que me llamas? ¿No sabes que ninguna criatura por sí sola es digna ni merecedora de Dios?”. Otras veces [60r] decía: “Tú, Juana, ¿no viste tal y tal cosa que pasó en mi reino celestial?”. Y de aquí proseguía el Señor sus pláticas y sermones, con cosas de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y los Evangelios del año, conforme a las fiestas de él, durando en cada sermón cuatro, cinco, seis y siete horas sin descansar, ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta ''[319]''. Tanto que cierta señora, estando una vez oyendo el sermón muy cerca de la santa predicadora, le hincó por la cabeza un alfiler de manera que la sacó sangre, y aunque por entonces no lo sintió, vuelta del rapto se quejó dello ''[320]''. Otra vez predicando la santa virgen, se llegó a ella una persona eclesiástica muy ilustre, y asiéndola del brazo, que le tenía recogido sobre el pecho, se le arrojó fuertemente, por ver si hacía algún movimiento o se quejaba del dolor, pero ella, insensible a todo esto, prosiguió con lo que iba diciendo, y el brazo se estuvo así caído, hasta que llegó una religiosa y se le puso sobre el pecho, como antes le tenía ''[321]''. Cuando el Espíritu Santo quería acabar el sermón, por remate de él daba su bendición a los oyentes con estas formales palabras ''[322]'': “La bendición del Padre y de su Hijo Jesucristo, y de mí, su Espíritu Santo consolador, sea con [60v] vosotros. Quedaos en paz, que me voy” ''[323] [324]''. Y, bajando todos las cabezas y arrodillándose en tierra, recibían esta santa bendición y se salían del convento. Quedaba la santa virgen hermosísima; el rostro, muy resplandeciente, y su persona y vestidos y todas las cosas que a ella tocaban, llenas de un olor celestial. Y de la gran fuerza con que el Espíritu Santo había hablado en ella, la dejaba con un sudor tan copioso, que la mudaban de ordinario el hábito y tocas ''[325]''. Y cuando tornaba en sus sentidos la hacían comer, porque quedaba muy desfallecida y desmayada. Y era cosa admirable que no sentía la santa virgen cosa de cuantas por ella exteriormente habían pasado, si después no se lo decían. Para que el mundo tuviese noticia destas maravillas, y no se perdiese en los siglos venideros la memoria de las cosas que el Espíritu Santo habló por la boca de su esposa, dio gracia y sabiduría a tres monjas del mismo convento para que escribiesen muchas dellas, y compusieron un gran libro llamado del ''Conorte'', donde están escritos algunos de los sermones que la santa predicó en uno de los trece años que el Espíritu Santo habló por ella ''[326]''. Y son las siguientes: [61r] ''[327] ''”De la Encarnación”, “Natividad” y “Circuncisión”, “De la Epifanía”, “Huida a Egipto”, “Excelencias del santo Bautismo”, “Reprehensiones y consejos”; “De la Purificación de Nuestra Señora”, “De la creación de Adán”, “Septuagésima”; “Verdaderas dotrinas de san Pedro” y “De la Parábola del Evangelio del Sembrador”, “De cómo el redemptor se perdió en Jerusalén”, “De cómo ayunó y fue tentado”, “De cómo los pecadores piden al Señor mercedes”, “Del Domingo de Ramos y fiestas del Cielo”, “Del Miércoles Santo”, “Jueves” y “Viernes”, “De los misterios de la santísima Resurrección”, “Del buen Pastor”, “De la Cruz”, “De la Ascensión del Señor”, “De la Santísima Trinidad”, “Del Corpus Christi”, “Excelencias del día del Viernes”, “De la Visitación de Nuestra Señora”, “De san Juan Baptista”, “De la santa Cruz”, “De la Madalena”, “De la Transfiguración”, “De san Lorenzo”, “De santa Clara”, “De la Asumpción de Nuestra Señora”, “De san Bartolomé”, “De la degollación de san Juan Baptista”, “De la Natividad de Nuestra Señora”, “De la Exaltación de la Cruz, de figuras celestiales y dotrinas”, “De reprehensiones por nuestros pecados”, “De san Miguel y de todos los ángeles”, “Del glorioso padre nuestro san Francisco”, “De las fiestas que hacen a nuestro redemptor los [61v] días de viernes”, “De fiestas celestiales del Señor”, “De san Lucas”, “De san Simón y Judas”, “De Todos los Santos”, “De las penas del Infierno”, “De las cosas del Antecristo”, “De la dedicación de la Iglesia”, “De la Presentación de Nuestra Señora”, “De la Concepción”, “De reprehensiones” y “Del Adviento”. Las religiosas que escribieron este libro fueron: la madre soror María Evangelista —y esta la que más escribió, y a quien sin saber leer ni escribir dio nuestro Señor esta gracia, según que adelante veremos—; soror Catalina de San Francisco se llamó la segunda, y soror Catalina de los Mártires la tercera, de lo cual hay tradición y es pública voz y fama en el Monasterio de la Cruz ''[329]''. Y monjas ancianas que hoy viven y conocieron a la dicha soror María Evangelista, y se lo oyeron contar muchas veces; y el libro —como preciosa reliquia— se guarda en el mismo convento. Y aunque de ley común y ordinaria —como parece por muchos derechos y concilios de la Iglesia ''[330]''— no pueden las mujeres predicar, y, por consiguiente, ni merecer la aureola de dotores de vida a los que predican o enseñan la virtud, por haberlo hecho santa [62r] Juana con particular asistencia del Espíritu Santo, que la concedió esta singular prerrogativa, gozará en el Cielo las dos aureolas, de virgen y de dotor, merecidas por su predicación y virginidad, y así la suelen pintar con una palma en la mano y dos coronas en ella ''[331]''. '''Capítulo XIV''' '''Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a santa Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda''' En los trece años que el Espíritu Santo habló por la boca desta su santa virgen, obró en ella cosas misteriosas y divinas. Y, porque a las veces tiene Dios celos de las almas que mucho ama, y se las quiere todas para sí, ensordeció a su querida esposa, porque se divertía en la consideración de las criaturas ''[332]'', y recebía alguna consolación y deleite en oír cantar los pajarillos, no queriendo que emplease su amor en otra ninguna cosa sino en él; y emprendas [62v] del que Su Majestad le tenía, obró en ella una soberana maravilla, vista y tratada de muchos, y en especial de todas las monjas del convento, de fray Alonso de Mena, su confesor, de fray Alonso de Tarracena, su compañero, y de otros religiosos y padres graves de la Orden, que la vieron y experimentaron. Fue el caso que, queriendo el Señor enriquecer y honrar a su querida esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de sus sacratísimas llagas, cuya historia y suceso milagroso pasó desta manera ''[333]'': Un Viernes Santo por la mañana, estando santa Juana en oración, puesta en cruz, se quedó arrobada, tan estendidos y yertos los brazos y todos los demás miembros de su cuerpo como si fuera un crucifijo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura —aunque se probó algunas veces— ''[334]''. Y porque este maravilloso suceso sucedió poco después que el Espíritu Santo comenzó a manifestarse en su sierva —a los 25 años de su edad—, cuando las preladas tenían mandado que siempre que la viniese esta gracia la encerrasen de suerte que ninguna persona pudiese oír lo que la santa Virgen decía. Y así, viéndola las mon- [63r] jas arrobada, y en tan diferente postura de lo que otras veces solía, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda, y cerrándole en ella, la dejaron y se fueron todas al coro, por ser hora de entrar en los oficios divinos. Y estando en ellos mientras se decía la Pasión, entró la santa virgen en el coro, derramando muchas lágrimas. Vieron las monjas cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies; traíalos descalzos —como solía—, y porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente con los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde asentaba los pies. Y viendo esto las monjas, la preguntaron por señas —que como estaba tan sorda, no entendía de otra suerte— cómo venía de aquella manera. Respondió que no podía andar porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos —dice la monja que escribió esta historia—, y vimos que tenía en los pies y manos las señales del Crucificado —no llagas abiertas ni manantes sangre, como las de nuestro padre san Francisco, que semejantes a ellas no las ha comunicado Dios a otra criatura—. Las señales desta santa eran redondas, del tamaño de un real de plata, y de color de rosas ''[335]'' [63v] muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los empeines y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abajo, y salía dellas tanta fragrancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. (''A ningún santo ni santa ha comunicado Nuestro Señor sus llagas como a san Francisco. Así lo dice el Papa Sixto IIII en una bula que comienza: “Licet dum militans…” [336], la cual se hallará auténtica en la nueva recopilación de bulas apostólicas de Rodríguez [337]'') ''[338]''. Quejábase la santa de los grandes dolores que la causaban estas señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban de devoción, y daban gracias a Dios por lo que con sus ojos veían y con sus propias manos palpaban. Y tomándola en brazos, porque no podía andar ni sustentarse en los pies, la llevaron a la celda, y haciéndola mil caricias, lastimadas y devotas, la preguntaron por señas qué señales eran aquellas, quién se las había dado o cómo se habían hecho. A lo cual respondió la devota virgen, haciendo sus ojos fuentes, que estando en aquel hermosísimo lugar, donde por mandado de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesucristo crucificado, y que juntándose a ella Su Divina Majestad la dejó de aquella suerte, con grandísimos [64r] dolores en pies y manos. Y, acabada esta soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos, con aquellas señales que le duraron desde este día del Viernes Santo hasta el de la Ascensión, aunque no las tenía todos los días, sino solamente los viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales, sin quedarla rastro dellas, más que si nunca las hubiera tenido ''[339]''. Y como era tan humilde, con mucha humildad, lágrimas y devoción rogaba a su santísimo esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en una tan vil criatura como ella, suplicando a Su Divina Majestad se las quitase, porque la parecía cosa poco segura poner a vista de ojos ajenos las mercedes que Dios la hacía ''[340]''. Y esto pedía con tantas lágrimas, con tales congojas y ansias, que parece forzó a Dios y hizo fuerza al invencible y alcanzó de él lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión a los Cielos, la quitó estas sagradas señales ''[341]'', habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te dado; yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas yo te daré mis espinas y cosa que más te [64v] duela”. Y cumpliendo el Señor su palabra, la quitó estas señales y la dio a sentir los dolores de su sagrada Pasión en todas las partes de su cuerpo, según que lo declaran las revelaciones siguientes. Estando santa Juana elevada, y su espíritu en aquel lugar donde el Señor le solía poner, viernes antes de amanecer, a los veinte y dos de junio, le representó todos los misterios de su sagrada Pasión, tan vivos a su parecer, como si los viera al pie de la Cruz en el Calvario, cuando Cristo padeció. También la mostró su Majestad en un gran campo el martirio del glorioso san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban, y que Nuestro Señor, desde su Cruz, los animaba, y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí crucificado y muerto por vosotros” ''[342]''. Y santa Juana, viendo todo esto, preguntó al ángel de su guarda qué significaba estar Cristo crucificado, y tantos crucificados con él. “Después que Cristo se hizo hombre —respondió el ángel—, tiene muchos compañeros, y tú también lo has de ser, y participante de los dolores de su Pasión y de su cruz, porque así lo quiere su Majestad. Y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos crucificados [65r] con él te truje a este lugar”. Y mirando Nuestro Señor a santa Juana, dijo: “¿Quieres, hija, desta fruta?” ''[343]''. “Señor —respondió ella—, quiero lo que vuestra Majestad quisiere. —Y abrazándola Su Majestad, la dejó los dolores de su sagrada Pasión, y tan vivo sentimiento de todos ellos que decía la santa virgen que la parecía la habían hincado clavos ardiendo por todas las partes de su cuerpo, y que oía gran ruido, como si con martillos de hierro la clavaran muchos clavos. Otra vez, estando esta santa Virgen muy enferma en la cama, se la apareció nuestro padre san Francisco ''[344]'' —día de su propia fiesta'' [345]''— glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos, y le vio y habló, no estando elevada, sino en sus sentidos y despierta. Diola el seráfico padre su bendición, y la santa Virgen con mucha humildad y amor —después de haberla recebido— le rogó por todos los frailes y monjas de su Orden, y en especial por las de aquel santo convento, suplicándole las echase su bendición. Hízolo el santo padre, y al despedirse della, que estaba prostrada a sus santísimos pies, se los besó santa Juana, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero yo, hija mía, besar los dolores de mi señor Je- [65v] sucristo, que por su misericordia la Divina Majestad ha puesto en ti”. Al principio de las grandes enfermedades de la santa, como sus dolores eran grandísimos, aconteciola con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse —cosa muy nueva para ella—, y atribuyéndolo a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. Y pensando en esto le apareció el ángel de su guarda, y le dijo: “Escucha y oye al Señor, que te quiere hablar, y guarda lo que te dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesucristo en un trono de majestad, acompañado de muchos ángeles y hablándola con palabras dulcísimas, y amorosas, dijo: “¿Qué haces, hija, en esa cama?” ''[346]''. Y ella respondió —regalándose con él, después de haberle adorado—: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia vuestra Majestad, ni goza mi alma de vuestros soberanos regalos, como solía?”. Respondió a esto el piadoso Señor: “No es mucho que padezcas dolores y enfermedades, pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi pasión fui varón de dolores: algo se te ha de pegar de los míos, que justo es que quien bien ama participe los dolores de su amado”. [66r] “Gran favor y merced es esta para mí —replicó la santa virgen—. Pero, ¿cómo, Señor, siendo esto así, me hallo tan tibia en vuestro amor, y no mandáis a mi santo Ángel que me lleve al Cielo tan a menudo como solía?”. “Amiga mía —dijo el Señor—, donde yo estoy está el Cielo y la bienaventuranza, y no hay otra gloria sino esta. Y así, aunque estés en esa cama, ese es tu Cielo, pues ahí estoy contigo”. Y dicho esto, desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, sin saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo. Pero siempre conoció y supo certísimamente que era su redemptor el que la había aparecido y hablado. Y para quitarle la duda que tenía, se le apareció otra vez, según que la misma Santa dijo, y que entonces, no solamente quedó satisfecha, sino esforzadísima, y con nuevo ánimo para sufrir todos los trabajos y dolores del mundo por su amor. Aunque el Señor regalaba tanto a su esposa, y la había adornado con las señales de su sagrada Pasión, siempre la tenía sorda, y en tanta sinceridad como si fuera una criatura de un año, y esto era grandísimo desconsuelo, no solo para las religiosas de su casa, sino [66v] también para las personas de fuera, que la venían a comunicar, y consolarse con ella. Y así rogaban al Señor la restituyese el oír por la falta que las hacía. Oyó la Divina Majestad sus oraciones, y apareciéndose a su esposa día de santa Clara ''[347]''—habiendo seis meses que la tenía sorda— inspiró en ella el Espíritu Santo, mediante su celestial soplo, y hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes misterios dijo que la había ensordecido porque tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Divina Majestad, y no en otra cosa de la Tierra, y que por haber sido importunado de muchos, le aplacía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el glorioso san Pedro y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír y quedó sana, y ella y las religiosas dando muchas gracias a Dios por la merced recebida y haber oído sus oraciones ''[348]''. '''Capítulo XV''' '''Cómo santa Juana fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo''' Aunque santa Juana era muy moza [67r] para el oficio de prelada, no reparando tanto las monjas en su poca edad, cuanto en su mucha virtud, la pidieron algunas veces por abadesa de su convento. Mas los prelados, considerando que no tenía sino veinte y cinco años la primera vez que la quisieron hacer abadesa, lo estorbaron. Y viendo las monjas lo poco que con ellos podían sus ruegos, determinaron negociarlo con Dios con lágrimas, oraciones y diciplinas ''[349]''. Y como en otra ocasión vacase el oficio de prelada, rogaron a la Divina Majestad pusiese en él a su sierva, que tenía ya cumplidos veinte y siete o veinte y ocho años de edad. Oyolas Nuestro Señor, y viniendo el provincial a hacer elección al convento, comenzó a hacer escrúpulo de haberlo contradicho otra vez cuando las monjas la quisieron elegir. Pero siempre se le hacía duro poner por abadesa a quien la mayor parte del tiempo se estaba arrobada en oración, pareciéndole que se aventuraba mucho en esto, porque oficios y negocios, por más santos que sean, suelen distraer muchas veces las personas. Estaba dudoso el provincial y combatido destos pensamientos y de la instancia que las monjas le hacían fue hecha la mano del Señor sobre su sierva, [67v] y el Espíritu Santo comenzó a hablar en santa Juana como solía, y convirtiendo al provincial su plática —que era vizcaíno— le habló en vascuence, mandándole la hiciese abadesa, que seguramente podía, por tener marco y valor para ello y para más. Todas las monjas la dieron sus votos, sin faltar uno, y confirmándola el provincial, dijo: “Señoras, yo no os doy esta abadesa, sino el Espíritu Santo, que lo manda”, y contó lo que se ha dicho ''[350]''. Las monjas no cabían de placer, de verse súbditas de tan santa y bendita prelada, y en diez y siete años continuos que lo fue, hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, que estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar, que solamente tenía unas tierrecillas, donde sembraban una miseria de trigo, y nueve reales de renta cada un año ''[351]''. Mas luego quiso Dios, por los méritos de la santa abadesa, que creciese y se aumentase el convento, no solo en muy gran perfeción de santidad y virtud, sino también en los edificios y en las demás cosas necesarias a la vida humana. Porque señores y grandes del reino le hicieron algunas limosnas muy gruesas. El cardenal don fray Francisco Jiménez, su gran devoto, [68r] se señaló mucho en esto, y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba le dio quinientas mil maravedís de una vez —gran limosna para aquel tiempo—, con que la sierva de Dios hizo un cuarto, el mejor que tiene el convento. Y para el culto divino hizo la santa abadesa muchos ornamentos, vasos de oro y de plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Hizo que las monjas guardasen clausura, porque antes, por su mucha pobreza, salían como frailes a demandar limosna por los lugares de la comarca ''[352]''. Y con todo esto era la santa virgen tan querida dellas que se tenían por bienaventuradas en tomar su bendición, besarle la mano o tocarla en la ropa de su hábito. Y, con amarla tiernamente, era tanto el temor y reverencia que le tenían que acaeció hartas veces, enviando a llamar a alguna religiosa, venir temblando, de suerte que era necesario que la bendita prelada le quitase aquel temor, para poderle responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades [68v] del convento y de las monjas, así públicas como secretas, espirituales o temporales, y todas las remediaba y proveía, y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar. Finalmente exhortábales a lo bueno, y reprehendía de lo que no era tal, castigando con mucha caridad y prudencia, sin disimular ninguna culpa por muy pequeña que fuese. Y para animar a las monjas al servicio de Dios y guarda de su perfeción y regla, decía en los capítulos muchas cosas de las que el Señor por su misericordia la mostraba. Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias y congojas que le causaba la memoria de las penas del Purgatorio y del Infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables estremos. ''[353]'' Y viendo su temor santa Juana —que era abadesa—, llena de caridad y confianza, dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesucristo, que te crio y redimió, que no irás al Infierno, ni al Purgatorio; y yo, aunque miserable, suplico a Su Divina Majestad te lo otorgue y conceda, con plenaria remisión de todos tus pecados”. Y dicho esto, se fue a comulgar la bendita abadesa. Y estando arrobada espiró la enferma, y vio santa Juana que llevaban a jui- [69r] cio su alma, y la tomaban estrechísima cuenta de sus obras, palabras y pensamientos. Y viendo esto la santa virgen, daba voces a los ángeles que estaban presentes en aquel juicio, y decía: “Señores, no llevéis esa alma al Purgatorio; yo os lo ruego, porque confío en la misericordia de Dios me otorgará esta merced, que yo, indigna sierva suya, le he pedido”. Y así se lo concedió Nuestro Señor, y la libertad de aquel alma, donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos. A tanta virtud como la desta santa mujer, a tanto amor de Dios y celo de su honra como tenía, parece debía el Señor autorizarlo todo con milagros, que suele ser el sello de todas estas cosas. Y como las de santa Juana, tomadas desde sus primeros principios, fueron todas tan milagrosas y divinas, era menester que los testimonios para creerlas fuesen también sobrenaturales y divinos. Entre los cuales merece el primer lugar la resurrección de una niña recién muerta, que habiéndola traído sus padres en romería al convento de la Cruz murió, siendo abadesa santa Juana, de cuya santidad tenía el mundo tal opinión y crédito, que se persuadieron [69v] los padres de la difunta que si la diese su bendición le daría también la vida, y así se lo rogaron. Rehusolo la humilde abadesa, escusándose con palabras de humildad, pero al fin, vencida de la piedad humana y de las lágrimas de los afligidos padres, mandó que le trujesen la niña muerta, y tomándola en sus brazos la dio a besar un crucifijo que traía consigo, y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y se la volvió a sus padres sana y buena, en presencia de más de ochenta personas testigos deste milagro ''[354]''. ''[355]''Estaba en Madrid una gran señora, deuda del emperador Carlos Quinto, llamada doña Ana Manrique, devotísima de santa Juana, enferma de un dolor de costado, y avisándola del peligro de su vida, cuando este fue mayor, se le apareció santa Juana, como constó por el dicho de la enferma, y por una carta suya, con una cláusula que dice desta manera: ''Yo estoy mucho mejor —como vos, madre, sabéis—, como la que ha estado conmigo y me ha sanado. Bien os vi y conocí cuando me visitastes al seteno día de mi enfermedad, y estando yo desahuciada, y con muy grandes congojas, os vi subir en mi cama, y que tocándome'' [70r] ''las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego, y con el gran placer que tuve —porque me alegró mucho vuestra vista— lo dije. No me neguéis, madre, esta verdad, pues sabéis vos que lo es [356]''. Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa; pero ella, deseando encubrir el caso más que manifestarle, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte, y que lo divulgaba la enferma, instaron de nuevo en que no lo encubriese, sino que para honra y gloria de Dios contase cómo había sido. Y entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esta caridad de haber ido a visitar a nuestra hermana salió de mí, sino de mi santo Ángel, que rogándole yo pidiese a Dios la diese salud, me dijo: “Mejor será que la vamos a visitar, pues es tu amiga, que para las necesidades son los amigos”. Y entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición. Y si sanó fue por haberla él santiguado, y yo me maravillo mucho que permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”. [70v] Otro caso muy semejante a este sucedió a la santa con otra religiosa de su mesmo convento, que habiéndola llevado a fundar muchas leguas de allí, pasados algunos años, la dio Nuestro Señor una enfermedad de que murió. Y estando con los accidentes de la muerte, y con grandes deseos de ver a esta sierva de Dios, decía con muchas angustias y ansias: “¡¿Quién viese a mi madre Juana de la Cruz?!”. Y acercándose más a su fin, dijo con grandísima alegría: “¡Hela allí, aquella es mi madre Juana de la Cruz!”. Y diciendo las otras monjas qué se le antojaba, respondió: “No hace, por cierto, que yo bien la conozco; ella es, y bien se echa de ver en lo mucho que me ha consolado”. Y después se supo haber sido cierto este aparecimiento ''[357]''. ''[358] ''Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes ''[359]'', y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa. Y, una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan de lo que hubiese sobrado a la madre abadesa; trujéronselo de lo mismo que había comido, y así como lo metió la enferma en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana. [71r] ''[360]'' Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso, y en él una grandísima llaga, y rogando santa Juana al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, la respondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial ''[361]'', y tal que no sanará, si no fuere por milagro”. El fuego se comenzó a manifestar en el brazo, y santa Juana prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma. A una niña con mal de corazón dio salud, haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida ''[362]''. Y semejantes a estos hizo otros milagros en la cura de los enfermos y en aparecer muchas cosas perdidas que se le encomendaban. '''Capítulo XVI''' '''De la manera que se juzgan algunas almas en la otra vida, y de las penas de Purgatorio''' Entramos en un piélago tan profundo de cosas que Dios reveló a santa Juana, acerca de las ánimas y penas de Purgatorio, que por hallar particular dificultad en algu- [71v] nas, aunque todas llenas de suavidad y de dotrina muy provechosa para las almas, me hallo obligado en este capítulo y en el que se sigue a hacer no solo el oficio de historiador sino también de parafraste, y particulares escolios en las márgenes, declarando en ellos lo más dificultoso destas revelaciones. Con que se entenderá de camino cuán católicas son y cuán conformes a la dotrina de los santos, que es la condición esencialísima que han de tener las revelaciones, según santo Tomás ''[363]'', para que sean aprobadas de la Iglesia por católicas y verdaderas. Siendo abadesa esta santa virgen, con el deseo que tenía de aprovechar a sus monjas y ganarlas para Dios, en sus capítulos y pláticas espirituales les decía muchas cosas de las que Dios le mostraba, especialmente de las penas del Purgatorio, y del Infierno y de la manera con que las almas se juzgan cuando salen desta vida. “No penséis, hermanas —decía la santa prelada— que lo que allí pasa es como quiera, que solo en pensar yo lo que el Señor me muestra, algunas veces me tiemblan las carnes y me dan angustias de muerte. A cada uno de los hombres, cuando se le arranca el [72r] alma del cuerpo, se le aparece Cristo, y le juzga y sentencia, con sola una palabra que dice: ‘Bendito’ o ‘Maldito eres por tus obras’, y luego desaparece Su Majestad, que para justificación de su causa quiere que todos le vean, porque conozcan y entiendan que no faltó por él su salvación, sino por ellos”. (''En la hora de la muerte, oye cada uno su sentencia de condenación o libertad, como se colige de muchos lugares de la Sagrada Escritura, y de santos [364]. Aunque acerca del modo y cómo se deba entender hay diversas opiniones. El Papa Inocencio III [365] y Landulfo Cartusiano [366] conforman con esta revelación de santa Juana. El Abulense [367] dice que este aparecimiento de Cristo Nuestro Señor se debe entender no según su presencia sino según su eficacia y virtud [368]. Véase Gregorio de Valencia [369] y Suárez [370]) [371]''. “Y no por este juicio particular y secreto, que pasa a solas entre Dios y el hombre, se escusará ninguno de ser juzgado por el arcángel san Miguel, según que el Señor por su misericordia me lo muestra, estando yo con el ángel de mi guarda en aquel lugar donde me suele poner, de donde veo al arcángel san Miguel con otros muchos ángeles, sentado en un hermosísimo trono, con corona y cetro real en las manos, que juzga las ánimas de los difuntos. Y oídas las partes, que son los ángeles de su guarda que las defienden y los demonios que las [72v] acusan, pronuncia sentencia, declarando en ella la causa de su condenación o libertad. (''El glorioso arcángel san Miguel es el supremo juez después de Cristo, su presidente y justicia mayor de la Iglesia, y el que en el juicio particular juzga las almas cuando salen de los cuerpos, y esto significa la Iglesia, pintándole con peso y espada en la mano, declarando con esta pintura la judicatura y suprema potestad con que juzga, pondera y mide los méritos y deméritos de las almas. Y lo mismo en aquella antiphona: “Constitui te Principem, super omnes animas suscipiendas”, y en la prosa de la Misa de los difuntos: “Signifer sanctus Michael repraesentet eas, in lucem sanctam” [372] [373]) [374]''. Y si la tal alma va al Infierno, los ángeles que asisten en aquel soberano juicio la maldicen con tan grande compasión que se cubren sus hermosísimos rostros con unos velos negros, en señal de tristeza, aunque con mucha alegría, por hacerlo en honra y alabanza de Dios. Y entregándolas a los demonios, las llevan al Infierno, y los ángeles de la guarda al Purgatorio las que van sentenciadas a él, donde las consuelan y animan”. (''Ángeles de guarda llevan las ánimas al Purgatorio, y las consuelan en él [375]) [376]''. Decía también la santa abadesa que en este lugar del juicio hay ciertos ángeles con azotes en las manos, que azotan a algunas almas de las que van sentenciadas al Purgatorio, y otros que solo tienen por oficio loar y bendecir la justicia de Dios, y estos con voz de cán- [73r] tico, muy suave y concertada, dicen, cuando san Miguel condena algún alma al Infierno: “¡Oh, Señor de Majestad, cuán misericordiosa es vuestra justicia! Por ella os bendecimos y adoramos”. Y decía la santa virgen que no todas las almas se juzgan de una manera, sino conforme a los pecados y oficios de cada una. (''Los ángeles maldiciendo las almas que van condenadas al Infierno y azotando las que van al Purgatorio hacen oficio de ministros de Dios, ejecutores de su divina justicia, según aquello de san Jerónimo super Daniel [377]: “Duplex est Angelorum officium, aliorum, qui praemia iustis tribuant, aliorum, qui singulis praesint cruciatibus”. Y es muy conforme a lo que dijo san Agustín: “Sancti Angeli sine ira puniunt eos qui accipiunt aeterna lege puniendos” [378] [379]) [380]''. Y del juicio y penas de los hipócritas decía cosas maravillosas, y que para los religiosos que murmuran de sus prelados vio ella en el Purgatorio y Infierno lugares apartados de los otros, donde con particular pena y tormento son atormentados por este pecado ''[381]''. Quiso Nuestro Señor, para mayor consuelo de las ánimas de Purgatorio, que algunas se le apareciesen a santa Juana, y que ella también las visitase muchas veces. Y tantas iba al Purgatorio que, según se supo de su boca, la concedió el Señor que pudiese ir a él con el ángel de su guarda ciertos días de la semana, en especial miércoles y viernes, en los cuales sacaba muchas ánimas de purga- [73v] torio. Y en estas visitas supo la santa virgen cosas de mucha edificación, con que se le aumentó el deseo de ayudarlas en sus penas ''[382]''. Siendo esta santa virgen sacristana, y tañendo una noche a maitines, oyó gritos muy dolorosos, como de persona que se quejaba, y preguntando al ángel de su guarda qué voces eran aquellas, dijo: “Son de una ánima muy necesitada, que con licencia de Dios, viene a encomendarse en tus oraciones”. Era esta ánima de una gran señora de Castilla —que poco antes había muerto—, la cual dijo a santa Juana que por cuanto sus penas eran grandísimas, le rogaba la encomendase a Dios, y dijese a su madre le ayudase con ciertas limosnas y misas ''[383]''. (''El Maestro de las sentencias [384] tiene que los demonios atormentan las ánimas en el Purgatorio y se confirma con esta revelación de santa Juana y es muy conforme a las de otros santos a quien reveló Dios lo mismo y especialmente a san Bernardo [385], pero estas revelaciones son de casos particulares, que no se debe hacer regla general dellas) [386]''. Destos casos la sucedieron muchos, y decía que veía en el Purgatorio unos lugares tristes, escuros, muy formidables y feos, y a los demonios, que muy crudamente atormentaban las almas, y por cada culpa las daban diferentes penas, y ellas muchos gritos, diciendo: “¡Ay, ay de nosotras, que tuvimos tiempo para servir a Dios, y no lo hici- [74r] mos, ahora somos atormentadas y no nos vale contrición ni arrepentimiento!”. “Yo vi —dijo la santa abadesa a sus monjas—, por la voluntad de Dios, el ánima de cierto prelado en el Purgatorio, que padecía muchas penas, y estaba en figura de palomar, con muchas casillas y nidos, y de cuando en cuando, haciendo grandísimo estruendo y ruido, caía, y volviéndose a levantar, quedaba como las otras ánimas, y de allí a poco rato se volvía a aparecer en la figura susodicha. Admirada yo mucho desto, pregunté la causa dello a mi santo ángel. Y me dijo que aquella alma era de un prelado que por haber sido muy descuidado y negligente con las ánimas de sus súbditos padecía aquella pena muy proporcionada a su culpa. Porque como en el palomar se defienden las palomas de que no las lleve el milano, así el prelado las debe albergar en sus entrañas y rogar a Dios por ellas, y porque este no lo hizo, está ahora en la figura que viste ''[387]''. Y las caídas que da su alma en aquella grande hoguera son por las faltas que hizo en el servicio de Dios, y por las que sus súbditos hicieron por su causa y mal ejemplo”. Supo la bendita prelada que cierta perso- [74v] na eclasiástica y de grande autoridad —de quien ella había recebido particulares agravios— había muerto, y como era tan amiga de dar bien por mal, no cesaba de rogar a Dios tuviese misericordia de su alma, y haciendo oración por ella, se le apareció una noche en figura muy formidable y fea. ''[388]''. Traía una mordaza en la boca y una vestidura tan corta, que no llegaba más de hasta la cinta. Venía andando con pies y manos, como bestia, y traía sabre sí todos los pecados y ofensas que contra Dios había hecho, y algunas ánimas que por su mal ejemplo se condenaron penaban encima de él. Traía también sobre sí muchos demonios, que le daban en rostro con sus pecados, y tantos palos y golpes que era lástima de ver, y como no se podía quejar, bramaba como toro. Y quitándole la mordaza de la boca, le pusieron una trompa por donde salía una voz tan espantosa que, de solo oírla, santa Juana quedó muy lastimada, aunque mucho más de no entender si sus penas eran de Purgatorio o Infierno. Y deseándolo saber, se lo preguntó al ángel de su guarda tantas veces que, como enfadado de tantas preguntas, dijo: “Ya te he dicho, que no me lo preguntes más, que Dios te lo revelará a su [75r] tiempo”. Y así, la santa virgen rogaba al Señor se apiadase de las penas de aquel alma, y se acordase de algunas buenas obras que había hecho en esta vida. Y no sabiendo la santa otra que poder alegar en su favor, dijo: “Señor, yo sé que este hombre fue tan devoto de un santo abogado suyo que, estando en esta vida, le hizo pintar su imagen y tuvo mucha devoción con ella; y así debe Vuestra Majestad, apiadándose de su alma, librarle de las penas que padece” ''[389]''. Mucho tiempo perseveró la santa, rogando a Dios por esta alma, hasta que, pasados algunos días, vio entrar por la puerta de su celda un ferocísimo toro que traía entre los cuernos la imagen del santo que había hecho pintar aquel hombre, y él venía junto a la imagen, como favoreciéndose della, y mirando a santa Juana, dijo: “Yo soy Fulano, por quien tú tanto has rogado, y por tus merecimientos me ha hecho el Señor grandes misericordias, y me dio esta imagen para mi consuelo y defensa, que es la que yo hice pintar de aquel santo mi devoto, que me ayuda mucho en este trabajo”. “Alivie Dios tus penas, alma cristiana —dijo santa Juana—, que harto me has consolado, por lo mucho que deseaba saber si estabas en [75v] carrera de salvación, porque la otra vez que te vi venías tan atormentada que no lo pude entender”. “No te espantes —respondió el alma—, que han sido mis penas muy grandes, y cuando no tuviera otras sino las deste buey en que ando, son grandísimas, porque las padezco en él, de sed, hambre, fuego y frío”. Y dicho esto, pidió perdón a la santa de muchos agravios que la hizo en esta vida, y dijo que la devoción que algún tiempo la tuvo le había valido mucho, y con esto desapareció ''[390]''. Y santa Juana nunca dejó de rogar a Dios por él, visitándole y consolándole en el Purgatorio, hasta que le sacó de penas. Estando una vez elevada santa Juana, la llevó el ángel de su guarda al Purgatorio, donde conoció ciertas ánimas por quien rogaba, y entre ellas la de un hombre conocido suyo que los demonios la tenían atada pies arriba y cabeza abajo, y dándola cruelísimos tormentos, disparaban en ella muchos arcabuces y tiros de artillería, y con destrales ''[391]'' y hachas de hierro ardiendo despedazaban todos sus miembros, y los hacían tajadas tan menudas como sal, y en cada una dellas esta- [76r] ba el ánima entera, padeciendo grandes tormentos. Y, llegándose a ella un espantoso dragón, que con sus garras y uñas apañó todos aquellos pedazos con mucha rabia y crueldad, estrujándolos entre las manos, los metió en la boca, y mascándolos ''[392]'' ''fuertemente los tornó a juntar y comió. Y luego la vomitó el dragón y el alma volvió en su ser como de antes, pero apenas la hubo lanzado por la boca, cuando llegaron otros tan fieros y espantosos como él, y haciendo cruel presa della, tiraban unos de una parte y otros de otra tan reciamente que la despedazaron por mil partes, y se la comieron a bocados, y luego volvió a parecer entera, como de primero lo estaba. Y llegaban otros demonios, y la azotaban con vergas de hierro, y de que estos estaban cansados, llegaban otros y la atormentaban de nuevo, y desta manera, no tenían fin las penas y dolores de aquella [76v] alma. (''(Algunas veces los demonios atormentan las ánimas en el Purgatorio, como consta desta revelación y de otras muchas hechas a particulares santos, y en especial de una hecha a san Bernardo [393] [394]. Y el venerable Beda [395] y Dionisio Cartusiano [396] refieren algunas revelaciones muy semejantes a esta. Y entre los teólogos, el Maestro de las sentencias expresamente afirma en el libro 4, distinción 44, que los demonios son los que atormentan las ánimas en el Purgatorio, aunque yo pienso que el Maestro de las sentencias y todos estos santos en sus revelaciones hablan de casos particulares, como este de santa Juana, porque según santo Tomás [397] y Escoto [398], ni los ángeles, ni demonios atormentan las ánimas en Purgatorio, sino solamente la divina justicia, mediante el fuego del Purgatorio, que es el mismo del Infierno) [399]''. Volvió santa Juana deste rapto muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas, compadeciéndose della, le rogaron les contase la causa de su tristeza, y la santa virgen, porque encomendasen a Dios a aquella alma, dijo: “¡Ay, ay!” —dando un grito muy lastimoso—. “Si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida, no ofenderían a Dios, ni harían tantos pecados como hacen, porque son aquellas penas mayores que cuantas en este mundo se pueden padecer”. Y entonces contó lo que había visto, y nunca desamparó aquella alma, ni dejó de rogar a Dios por ella hasta que la sacó de penas de Purgatorio. (''Son tan grandes y crueles las penas de Purgatorio que sobrepujan y exceden a todos los tormentos que se pueden padecer en esta vida [400], por lo cual se deben temer mucho y considerar que se padecen por pecados veniales, y que dice san Vicente Ferrer que una alma estuvo un año entero en Purgatorio padeciendo estas rigurosísimas penas, solo por un pecado venial [401]) [402]''. Un día de cuaresma, estando muy enferma esta santa virgen, se fueron a consolar con ella otras religiosas enfermas que andaban convalecientes, y estando hablando con ellas se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas que lo vieron le preguntaron la causa de su extraordinaria alegría, y ella, por el gusto de las enfermas, dijo: “Vi a la Reina del Cielo, que con [77r] grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista, y san Lázaro y sus santas hermanas Marta y María, bajaba al Purgatorio, y pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora, dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. Y fue el Señor servido, por su gran misericordia, que desta vez sacase Nuestra Señora trecientas mil almas de Purgatorio, con las cuales se volvió al cielo, y a mí, como pecadora, me tornó mi santo ángel a este miserable cuerpo, a padecer en él tantos dolores como por mis pecados padezco, mas todos se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de Purgatorio. Y desto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni es en mi mano poderlo disimular” ''[403]''. '''Capítulo XVII''' '''Cómo reveló Dios a santa Juana que muchas ánimas penaban en guijarros, y de cosas maravillosas que con ellas le sucedieron''' Aunque la verdad católica constituye y pone un lugar que del efecto se llama Purgatorio, donde penan las [77v] almas, y lo hemos visto en las revelaciones del capítulo pasado, no por eso hemos de atar las manos a Dios, para que no se le pueda dar en otras partes del mundo, donde quisiere, como lo dicen los santos, y lo hace su Majestad muchas veces ''[404]''; o por el provecho de los vivos, que viendo aquellas penas se enmienden de sus culpas, o por el que consiguen las almas, que por este camino han sido socorridas muchas veces con la piedad de los vivos, como lo muestran las revelaciones de santa Juana, cuya caridad para con las ánimas de Purgatorio fue tan compasiva y piadosa que cuantas veces le mostraba Nuestro Señor sus penas, las quisiera ella padecer por librarlas. Y esto pedía a la Divina Majestad con tantas lágrimas y perseverancia que lo alcanzó de Dios, y fue público y notorio, visto infinitas veces, en catorce años continuos que el Señor le hizo esta gran misericordia, lo cual sucedió en la manera siguiente: (''Algunas almas tienen el Purgatorio en particulares lugares del mundo [405]. Y san Gregorio [406] cuenta de dos ánimas que tuvieron su Purgatorio en unos baños; y Pedro Damián, en la'' Epístola de los milagros de su tiempo '', dice que el ánima de san Severino tuvo su Purgatorio en un río, y Beda, que la de san Furseo la tuvo en este aire caliginoso[407][408]) [409]''. [78r] Como los dolores desta santa virgen eran tan grandes, y algunas veces tan excesivos los fríos que padecía, para darle algún alivio calentaban guijarros, y muy albos, se los ponían entre la ropa de la cama ''[410]''. Y una vez que trujeron uno para este efecto, estándole calentando en el brasero, dijo: “¡Ay, qué crueldad usan conmigo!”. Oyó estos gritos solamente santa Juana, y revelándole Dios quién los daba, mandó luego que le trujesen el guijarro como estaba, y teniéndole consigo, dijo —sin que nadie lo entendiese—: “Yo te ruego, alma bendita, que me perdones la pena que por mi causa te han dado, y me digas cómo veniste a este lugar”. “Por la voluntad de Dios —dijo el alma— tengo mi Purgatorio en este guijarro, que poco ha estaba en el río Tajo, de donde me sacaron las bestias con sus pies, y los hombres que andan en la obra desta casa me trujeron aquí”. “¡Válgame Dios! —dijo santa Juana— ¿En guijarros penan las almas?”. “Sí —respondió la que estaba en él—, y en aquel río donde yo estuve hay infinitas, y algunas ha muchos años que están penando en ellos, y yo soy una de las que ha mucho que penan”. Y, compadeciéndose della, dijo la piadosa virgen: “Yo te ruego, alma bendita, me digas [78v] lo que quieres, que todo lo hallarás en mí”. Contó después santa Juana al ángel de su guarda todo cuanto la sucedió con el alma. Y él la dijo: “Dios te ha concedido que con tus penas puedas ayudar a las ánimas de Purgatorio, y te ha hecho espital dellas, porque así como en el espital son socorridos los pobres y necesitados a cualquiera hora que lleguen, así tú, hecha ya espital de las ánimas, debes recebir a todas horas las que el Señor te enviare, y hospedarlas con mucha caridad en tus miembros dolorosos y descoyuntados, y aumentándose a ti tus penas, quedarán ellas libres de las suyas. Esfuérzate y ten paciencia, que has de padecer mucho por las ánimas de Purgatorio, porque así lo quiere el Señor y tú se lo pediste”. (''Esta revelación de que muchas almas tienen su Purgatorio en este mundo concierta con lo que dicen los santos san Buenaventura [411], santo Tomás [412], san Antonio [413], Hugo de san Víctor [414], Belarmino [415], Dionisio Cartusiano [416], Petrus Damianus [417], Soto [418]; y san Gregorio [419] cuenta muchas revelaciones muy semejantes a esta de santa Juana) [420]''. “Gran caridad me habéis hecho, ángel bendito, con vuestro santo aviso —dijo santa Juana—. Yo me tengo por muy dichosa de que se cumpla en mí la voluntad de mi Señor, y se quiera servir desta indigna, para [79r] obra de tanta caridad. Ayudadme vos, ángel mío, y demos gracias al Señor por tan gran merced que nos hace”. Así como supo la santa abadesa que penaban almas en aquellos guijarros, mandó a las religiosas trujesen a su celda todos los que hallasen por el convento. Y cuantos la traían hacía poner sobre su cama, y luego conocía si había en ellos ánimas o no: algunos tenían muchas; y los que estaban sin ellas mandaba echar fuera de la celda y traer otros del río, señalando que fuese de tal y de tal parte. Y en estos venían muchas almas, y como salían unas purgadas para irse al Cielo, enviaba Dios a ellos otras infinitas de nuevo ''[421]''. Y porque esta bienaventurada estaba tan gafa ''[422]'' que no podía con sus manos poner sobre sí los guijarros ni aplicárselos al cuerpo, cada momento era necesario que las otras religiosas se los pusiesen y quitasen, y así las declaró el misterio rogándoles con mucha humildad que, pues la causa era tan piadosa, no se cansasen en quitar y poner aquellos guijarros. Y sentían tan grande alivio en sus penas las ánimas que penaban en ellos, cuando la santa virgen las ponía sobre sus miembros descoyuntados y [79v] doloridos, que no quisieran apartarse dellos. Y aunque algunos guijarros eran grandes —como se ve hoy en los que están guardados en el convento— y sus miembros estaban muy delicados y enfermos, se arrobaba con ellos ''[423]''. Y era cosa maravillosa y para alabar al Señor verla elevada en aquella cama y sepultada entre guijarros. Vieron las monjas esta maravilla y otras muchas acerca deste misterio de las almas y de las misericordias que les hacía el Señor por los méritos de su sierva, y participaba tanto de sus penas, de sus fríos y calores, que aunque muy sufrida le hacían levantar el grito. Y acontecía muchos días estar en un continuo gemido, sin tener remisión, ni género de alivio: no dormía, ni podía comer, ni reposar ''[424]''. Y estando una vez fatigadísima con el calor destos recios fuegos, por el mes de enero hizo que la subiesen un yelo del estanque de la huerta, y puesto sobre sus carnes, envuelto en un paño, en breve tiempo se consumió, como si le hubieran puesto en un horno de fuego muy encendido ''[425]''. Otras ánimas había por el contrario cuyas penas eran de frío, y este era tan excesivo que solo juntar a santa Juana los guijarros en [80r] que estaban le aconteció quedar tan helada que, con ponerle cuatro braseros de lumbre alrededor de la cama y sobre su cuerpo unos paños llenos de mucho trigo tostado, tan caliente y quemado como brasas encendidas, no le daban género de calor. Y lo que es más misterioso que, estando en lo más riguroso destos dolores, se arrobaba y quedaba su rostro resplandeciente ''[426]'', tan apacible y alegre que cuando tornaba en sus sentidos, a las monjas que la preguntaban la causa de su alegría decía: “No hay lengua, hermanas mías, que pueda declarar las misericordias que hace Dios a esta miserable, y el gozo que recibo cuando estas benditas almas que han penado conmigo salen de penas, mayormente cuando veo algunas que ha cien años que las padecen, y otras trecientos y muchas quinientos, sin que ninguno de los vivientes se haya acordado dellas ''[427]''. Y cuando el Señor me las muestra gloriosas en la bienaventuranza, así me regocijo como si yo mesma la gozase, y doy por bien empleados todos los dolores que por ellas he [80v] padecido, y querría sufrir muchos más por las que quedan conmigo, y por las que de nuevo me envía Nuestro Señor. He os dicho esto hermanas para que os consoléis de verme padecer tantos tormentos, pues son tan bien empleados, y roguéis a la Divina Majestad me dé paciencia, que la he mucho menester, porque me hallo muy necesitada y falta desta preciosa virtud”. [80r] (''No solo algunas almas de cristianos son condenadas a trecientos y a quinientos años de Purgatorio, como fue revelado a santa Juana, sino muchas hasta fin del mundo. Así lo dice el venerable Beda [428], Dimas Serpi [429], Ricardo de san Víctor y Belarmino [430]. Y lo mismo le fue revelado a san Vicente Ferrer, y que su hermana [431] Francisca Ferrer estaba en el Purgatorio y condenada a sus penas hasta la fin del mundo, de las cuales fue libre dentro de pocos días, por las oraciones y misas de su santo hermano. Véase el Maestro Diego en la vida de san Vicente Ferrer. Cesáreo, en sus Diálogos, cuenta de otra ánima que fue condenada al Purgatorio por dos mil años, y por los sufragios que se hicieron por ella salió de él dentro de dos años. Y el venerable Ioan Herolt [432] dice que algunas han sido condenadas por mil años, y en los ejemplos cuenta de un religioso que fue condenado al Purgatorio hasta el día del juicio, porque cumplía las penitencias tibia y relajadamente [433]. Soto [434], de puro piadoso, vino a decir que ninguna ánima puede estar en penas de Purgatorio a lo sumo más de diez años. No funda su parecer ni es seguido de ninguno, sino impugnado de muchos [435]) [436]''. Prosiguiendo esta sierva de Dios en sus obras de tan gran piedad y misericordia con las ánimas, permitió Nuestro Señor que las religiosas viesen algunas cosas visibles, por donde creyesen otras invisibles que no veían, en cuya confirmación sucedió hartas veces, siendo abadesa esta tan caritativa criatura, que, llevándola al coro en una silla, la hallaban guijarros pegados en las coyunturas de su cuerpo, y que- [81r] riéndoselos despegar, no había fuerza humana que pudiese, y sonriéndose la bendita prelada de ver la congoja, solicitud y fuerza con que las religiosas procuraban despegar de su cuerpo los guijarros, decía con gran donaire: “Dejaldos amigas, que estén donde Dios les da licencia, que por su misericordia se consuelan ahí esas almas”. Confesándose una vez la sierva de Dios, vio el confesor uno de aquellos guijarros en su cama, y compadeciéndose della, porque no se hiriese con él, le arrojó en el suelo. Sintiolo la piadosa enferma más que sus dolores, y disimuló cuanto pudo hasta que el padre se fue, y entrando en la celda una religiosa, dijo: “Dame, hermana, ese guijarro, que he tenido tanta pena por haberle arrojado el padre vicario en el suelo que no he sabido lo que me he confesado”. “No se fatigue, madre, de eso —replicó la religiosa, que sabía el misterio de los guijarros—, que poco se les da de eso a las almas”. “Mucho lo sintieron —dijo la santa abadesa—, y tanto que con muy triste gemido dijeron: ‘¡Ay, dolor, estos son los sacrificios y sufragios que recebimos de los sacerdotes y ministros de Nuestro Señor!’” ''[437]''. Tanto sintió la piadosa virgen este su- [81v] ceso, que cuando después vio al ángel de su guarda, consolándose con él y contándole su pena, dijo: “Señor, he sentido esto de suerte que, si a su hermosura le parece, querría suplicar a mi Señor —por muchos inconvenientes que hay en ello— que mude Su Majestad estas ánimas de los guijarros en otra cosa”. “Ruégaselo tú a Dios, que yo te ayudaré”, dijo el ángel. Y pareciéndola que en ninguna cosa podrían estar más cómodamente que en unas jarras de ramilletes y flores que de ordinario tenía la santa virgen en su celda, se lo suplica a Nuestro Señor, y concediéndolo Su Divina Majestad, se pasaron las ánimas a las jarras, y allí tuvieron desde entonces su Purgatorio, como le tenían en los guijarros ''[438]''. Y, libres de sus penas, venían otras de nuevo que Nuestro Señor enviaba. Las religiosas, que imaginaban gran misterio en estas flores —porque cuanto más estaban en las jarras, aunque lacias y marchitas, tanto más olorosas las hallaban— rogaron a su bendita prelada les dijese el secreto que había en ellas. Y ella, sonriéndose, dijo: “¡Jesús, amigas, todo lo quieren saber! Mas, por el cuidado que tienen en coger las flores, no se lo puedo negar. En cada una dellas [82r] hay muchos ángeles custodios de las ánimas que aquí penan, que no las desamparan hasta llevarlas al Cielo, y se las presentan a Dios, y ahora las vienen a visitar, y consolándolas en sus penas, las dan dulcísima música. (''Ángeles custodios de las ánimas las acompañan y consuelan en sus penas [439]'') ''[440]''. Y del olor que los ángeles traen consigo permite Dios que se les pegue algo a estas flores, porque se recreen las ánimas que están en ellas”. “También se consolará vuestra reverencia con la suavidad desa música”, dijeron las monjas. “Sí hago por cierto, hermanas —respondió la santa—, y muchas veces cantamos juntos los ángeles, y las ánimas y yo. Y mucho más me consuelo cuando veo que se les alivian sus penas” [441]''. Algunas veces estando esta sierva de Dios muy apartada de las jarras, y las ánimas deseosas de juntarse con ella, las oía quejar con muy tristes y dolorosos gemidos ''[442]'', y compadeciéndose dellas decía: “Venid, ánimas católicas, fieles y benditas, y con el poder que mi Señor os ha dado, aprovechaos de mí, su indigna sierva”. Y entonces por la voluntad divina, venían todas las que estaban en las flores y hierbas, y cuando las tenía consigo, con entrañable amor las [82v] decía: “¿Habéisos consolado, amigas?”. “Sí, criatura de Dios y ayudadora nuestra —respondían las almas—, que por tus méritos y penas se alivian las nuestras, y nuestros grandes dolores”. Eran tantas las maravillas que obraba Nuestro Señor acerca de las almas de Purgatorio, que no se pudieron encubrir sin que las monjas viesen muchas. Particularmente un día de verano que estando rodeada la santa virgen de sus jarras llenas de albahacas, y cantando el cántico de ''Magnificat'', sintiéndolo las monjas, entraron en su celda, por oírla cantar de más cerca. Y reparando en el contento que la santa prelada tenía de verse rodeada de aquellas flores y jarras, vieron que diciendo la santa el verso del ''Gloria Patri'', las albahacas inclinaban sus ramas y las jarras hacían lo mismo, y se estuvieron inclinadas hasta que se acabó todo el verso, y después se levantaron poco a poco muy despacio ''[443]''. Las monjas dieron gracias a Dios por tan grande maravilla como vían con sus ojos. Mas la santa abadesa, cuando las vio, y que habían visto lo que pasaba, dijo: “¿Quién os trujo acá, hermanas? Que estábamos cantando mis compañeras y yo”. Rogáronle las religiosas tornase a cantar el ''Gloria Patri'' con las ánimas. “Podrá ser [83r] que no quieran —dijo la santa— delante de vosotras”. Mas, al fin, importunada de las monjas, volvió a cantar el ''Gloria Patri'', y las albahacas y jarras se inclinaron como de primero, y esto hicieron cuantas veces la santa repetía el verso del ''Gloria Patri''. Y maravillándose de que hubiese Dios querido hacer aquella maravilla, en presencia de las religiosas, dijo la santa virgen con grandísimo regocijo: “Harto me he consolado, hermanas mías, de que el Señor haya querido hayáis visto esta maravilla, porque entendáis y veais por experiencia que lo que está en estas jarras y flores son almas cristianas que tienen fe y obediencia a su Dios, pues se humillan y hacen reverencia a la Santisima Trinidad. Y no ha sido esta la primera vez que estas almas católicas y santas en estas yerbas han reverenciado a Dios, que otras muchas veces lo han hecho”. Y de allí adelante, ordinariamente vían las monjas que rezando santa Juana los psalmos, cuando decía el ''Gloria Patri'', se inclinaban aquellas ramas con las jarras en que estaban, cuando ella se inclinaba. Duró esto de las ánimas de Purgatorio catorce años, hasta que se acabó con su muerte: dos años en los guijarros y doce en las flores y ramilletes. [83v] '''Capítulo XVIII''' '''De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a santa Juana, y de su grande paciencia''' Todas las veces que santa Juana recebía el Espíritu Santo suplicaba a Nuestro Señor le diese penas, trabajos y dolores que padecer por su amor. Y como Dios conociese el que su esposa le tenía, concedió su petición a medida de su deseo. Y a los diez años de su prelacía, habiendo trece que el Espíritu Santo hablaba en ella, quiso Su Divina Majestad cerrar aquel órgano bendito por donde tanto tiempo había hablado y darle lo que pedía, comunicándoselo primero en una visión maravillosa —según que la misma Santa lo contó a sus monjas—, diciendo: “Vi al santo ángel de mi guarda en hábito de romero, pobre, mendigo y muy triste. Y preguntándole yo la causa de aquella tristeza, dijo que por haberme Dios sentenciado a grandes trabajos, enfermedades, persecuciones y penas andaba en aquel traje, pidiendo en limosna a Nuestra Señora, a los ángeles y a los santos que rogasen a Dios por mí ''[444]'', que lo [84r] había mucho menester. Mandome también que os preguntase si entendistes lo que Nuesto Señor dijo la última vez que habló en esta su indigna sierva, y así os ruego me lo digáis todo sin encubrir ninguna cosa”. A esto respondieron con mucha humildad: “Lo que el divino Espíritu dijo —a nuestro parecer— fue profecía”. Y aunque con palabras de amor, amenazaba triste suceso, porque dijo quería hacer una prueba en su querida esposa, aunque no por pecados suyos, ni por estar enojado con ella, sino solamente por su divina voluntad, que quería cerrar aquel órgano y mudarle en otro de menos precio, muy enfermo, doloroso y vil. Y dijo tras esto: “Tú eres, Juana, este órgano, que quiero seas despreciada, abatida y gravemente atormentada. Y para probar tu paciencia, quiero apartarme de ti por algún tiempo y cesar a mi habla, y convertiré tus gozos en dolores, y tu alegría en lágrimas y gemidos” ''[445]''. Esto dijo el Espíritu Santo estando las monjas presentes, y otras muchas personas que lo oyeron, y desde este día no habló más por la boca de su sierva, ni dio los oráculos que solía. Y porque siempre ha sido estilo de Dios y costumbre inviolable de su casa poner en cruz a los que moran en ella, porque no faltase a [84v] santa Juana lo que tanto agrada a Dios, quiso Su Divina Majestad que en cesando la habla del Espíritu Santo en su esposa, viniese sobre ella tan gran tropel de trabajos, dolores y enfermedades que declaraban bien la poderosa mano del que los enviaba. Porque no dejó cosa en su cuerpo que no atormentase y afligiese con muy desmedidos dolores. En la cabeza los tuvo muy grandes, cual nunca se vieron jamás, no hubo médico que los entendiese ''[446]'', y los días que le daban eran con tanto rigor que no comía, ni dormía, ni podía pasar un trago de agua, y lo que más es, ni despegar la boca para quejarse. Duráronle catorce años, no continuamente, sino a temporadas, unas veces de quince en quince días, otras de veinte en veinte, más o menos, como el Señor era servido, y veníale este mal de repente, y de repente se le quitaba. A estos dolores se le juntaban otros de estómago y de ijada, con grandísimas congojas y tan copiosos sudores que para sacarla dellos era necesario mudarle hábito y túnica, y la ropa de la cama cuatro y cinco veces al día, y eran unos sudores heladísimos y fríos que le duraban veinte y treinta días, sin ninguna interpolación, y sobre todos estos [85r] males la envió el Señor otro mucho mayor y de más grandes y continuos dolores, porquese la encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, pies y manos, de suerte que nunca más las pudo abrir y estender, y con la fuerza de los dolores se le descoyuntaron todos sus miembros, y los más dellos quedaron no solo mancos y tullidos, sino también torcidos, contrechos y desencasados de sus lugares. Y desta misma suerte está hoy su santo cuerpo, según que adelante veremos. Estando la santa virgen con estos grandes dolores, decía que le parecía muchas veces que las cuerdas de su cuerpo estaban tan estiradas como si fueran de vihuela, y que llegaba el Señor, y poniendo en ellas sus sacratísimas manos, hacía una lindísima música y muy suave harmonía, y que no solamente tañía su Majestad, sino que también cantaba a este son ''[447]''. Y así estaba esta sierva del Señor en su enfermedad hecha un mar de dolores y un abismo de revelaciones, y con estar continuamente en la cama los últimos siete años de su oficio, tuvo tan religioso y concertado el convento como si asistiera en las comunidades, porque sin que se lo dijesen sabía todo cuanto se hacía en [85v] él, y enmendaba lo que era digno de corrección y castigo. Por una revelación hecha a esta santa virgen, se supo que la tenía Dios escogida para hacer una imagen muy parecida a su unigénito Hijo en los trabajos, persecuciones y afrentas. Y cuando su Majestad quiso descubrir la santidad de su sierva y los quilates de su valor, fue en ocasión de haberla dado el cardenal y arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jiménez —para su convento— el beneficio de la villa de Cubas, que fue una gran limosna y el total remedio de él ''[448]''. Y las monjas ponían suficiente persona que le sirviese, de donde tomó ocasión el demonio para hacer una de las que suele, porque habiendo muerto el cardenal, ciertas personas codiciando el beneficio, trataron de impetrarle por Roma. Súpolo la bendita abadesa, y que no tenía otro remedio para asegurarle y continuar la posesión en que estaban, sino sacar una bula del Papa que confirmase al convento la posesión del beneficio para siempre, con las mesmas condiciones que hasta allí le había tenido. Y aunque le pareció bien el consejo, quiso primero tomar el del ángel de su guarda ''[449]'', que la dijo [86r] lo podía hacer sin pecado y sin escrúpulo de conciencia, aunque se ponía a peligro de ser muy reprehendida por ello. A esto respondió santa Juana: “Señor, pues no hay pecado, por el bien de mi convento lo quiero hacer, y ponerme a lo que me viniere”. Y porque una persona que iba a Roma se ofreció de sacar la bula y enviársela, por no perder tan buena ocasión hizo llamar a la vicaria y a otras monjas del convento, que en nombre de él firmaron una petición para Su Santidad, en que pedían la confirmación del beneficio en la forma susodicha, según que hoy en día le tiene y goza el convento. La vicaria, incitada del demonio y de su mucha ambición, comenzó a maquinar cosas contra su bendita abadesa, pareciéndole que lo sería ella, si la hiciese deponer del oficio. Y para esto, con mucho secreto y cautela, fingiéndose muy celosa de las cosas que tocaban a su convento y de la autoridad de los prelados, les dio aviso que la santa abadesa sin su licencia había impetrado una bula del Papa, tan en perjuicio de su convento que por haberlo hecho perderían el beneficio ''[450]''. Y, agravando más el delito de su prelada, dijo que había [86v] gastado en sacarla más de cuarenta ducados, y sin dar parte a las religiosas. Levantole también que tenía mal gobierno y desperdiciaba la hacienda del monasterio, y otras cosas a esta traza, que no faltó quien las creyese. Quiso Nuestro Señor apercibir a su sierva, porque no la cogiesen descuidada las persecuciones que se levantaban contra ella. Y, fuera de los muchos avisos que le dio por el ángel de su guarda, un viernes antes de amanecer, estando ya en la víspera destos trabajos y la santa virgen en oración, le mostró Dios el Infierno abierto, y tantos demonios que salían de él y venían al convento que desde el suelo hasta el tejado le ocupaban, y en los aires andaban tan espesos como los átomos en los rayos del sol ''[451]''. Tenían diversas figuras, como: culebras, lagartos, sapos, toros, lobos, leones y otros géneros de bestias bravas y ferocísimas. Otros andaban en el aire, a manera de cuervos, buitres, muerciélagos, y cada uno, según su especie, bramaba o graznaba. Y santa Juana, viendo esto, rogaba a Dios con muchas lágrimas la enviase socorro y quien echase de su monasterio aquella infernal canalla. Oyola [87r] Su Majestad, y envió al ángel san Miguel y al de su guarda con otros muchos, pero no pudiendo echar del convento a los demonios que resistían fuertemente fueron los santos ángeles a la iglesia, y el de su guarda con mucha reverencia tomó el santísimo Sacramento en las manos, y viniendo con él a la celda donde la santa virgen estaba, la mandó que le adorase ''[452]''. Venía la santa Hostia hecha carne, llena de grandísimo resplandor, y viéndola los demonios comenzaron luego a huir y se fueron, aunque no todos, porque algunos se quedaron en los rincones y soterráneos del monasterio, y en particular en el confesonario y cocina, y quedando la vitoria por los ángeles volvieron el santísimo Sacramento a la Custodia. (''Muy semejante fue esta pelea de los ángeles y demonios que mostró Dios a santa Juana en visión imaginaria a la que hubo en el Cielo cuando “Michael et angeli eius proeliabantur cum dracone” [453] [454], y a la que tuvo otra vez el mismo arcángel con el demonio sobre el cuerpo de Moisés [455]. Y siempre salió el demonio vencido, y si ahora resistió tanto al arcángel y a los ángeles que con él venían no fue por ser más poderoso que ellos, porque el menor de los ángeles buenos puede más que el mayor de los demonios [456], sino porque los pecados de aquel convento y agravios que se hacían contra la santa abadesa daban fuerzas a los demonios para que resistiesen a los ángeles, conforme a la dotrina el gravísimo Ruperto Abad: “Unde malo angelo virtus pugnandi, adversus bonum angelum eique resistendi? Ex hominum, vel populorum peccatis”[457] [458]) [459]''. Considerando esto la santa prelada y que la venida de aquel ejército infernal [87v] a su casa había sido a perturbar las religiosas —como ellos lo decían cuando iban huyendo, amenazando de volver con mayor fuerza a conquistarlas—, luego, en amaneciendo, mandó tañer a capítulo, y con más lágrimas que palabras dijo: “Muchas veces, hermanas en el Señor, me rogáis os diga para vuestro consuelo algo de lo que Su Majestad me muestra, y aunque lo rehúso siempre, ahora sin que me lo preguntéis os quiero decir la triste revelación que esta noche me fue mostrada” ''[460]''. Y contando lo que había visto, decía con muchas lágrimas: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía yo ver lleno de ángeles, y esta noche le vi lleno de demonios. Mis pecados lo deben de causar y no los vuestros. Enmendemos nuestras vidas y procuremos abrazar de veras la virtud, y en particular la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. Estas cosas decía la santa virgen, y otras muchas con que las religiosas quedaron admiradas y muy deseosas de cumplir sus obligaciones y servir a Dios más de veras. Como estuviese la santa abadesa muy fatigada con el tropel de trabajos que le amenzaban de cerca y con grandísima flaqueza de sus enfermedades, faltándole ya las fuerzas [88r] corporales y sobrándole los dolores, levantó los ojos a una imagen de la oración del huerto que tenía junto a sí en la cabecera de su cama, y derramando lágirmas suplicó a Nuestro Señor le ayudase en las persecuciones y trabajos que esperaba. Hablola la mesma imagen con voz dolorosa y triste, diciendo ''[461]'': “Mi Padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte —aunque oré y lloré—, no quiere se revoque la que ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente y que tus alas sean quebradas y todos los miembros de tu cuerpo tullidos y quebrantados, como se quebranta y trilla el pan en la era, cuando le sacan el grano”. Replicó a esto santa Juana: “Harto quebradas, Señor, veo mis alas, y mi cuerpo triste y tullido”. “Poco es eso —respondió la imagen— para lo que ha de ser, y lastímame tanto ver tu aflicción y fatiga que con la fuerza del amor y compasión que te tengo, lloro lágrimas por ti” ''[462]''. Oyendo esto, la santa abadesa derramó tantas con tan grandes congojas, que parecía se le arrancaba el alma, y de rato en rato decía: “¡Oh, qué triste revelación! ¡Oh, qué triste revelación ha sido esta!”. Oyolo su enfermera, que dormía en la misma celda, y compadeciéndose della le rogó la dijese la causa de aquellas lágrimas y suspiros. “No tengo qué [88v] decir, hija —respondió la afligida abadesa—, sino que soy pecadora y lloro mis pecados”. Pero, haciendo instancia la religiosa y diciendo lo que había oído, la contó lo susodicho. En este estado estaban las cosas cuando llegó el provincial al convento, y haciéndose de nuevas en el negocio de la bula, no trató cosa della. Mas la bendita abadesa le contó toda la historia y dijo: “No por esto, padre, dejo de reconocer mi culpa. Esta es la bula, a Vuestra Paternidad la doy para que della y de mí haga lo que le pareciere que conviene”. “Así se hará”, dijo el provincial. Y, presentando la bula en difinitorio, se recrecieron tantas acusaciones contra la inocente abadesa condenando su intención y obras que se trató de su deposición. Y quiso Nuestro Señor —aunque esto sucedió algunas leguas de allí— que viese las personas que la acusaban y que oyese todo lo que en aquella junta se trataba contra ella. Y, no poco admirada desto, se lo contó al ángel de su guarda, y él la dijo: “Muéstrate Dios estas cosas porque quiere que conozcas los que te labran corona de tanta gloria, para que se lo agradezcas y ruegues a Dios por ellos” ''[463]''. Año 1527, dos días antes de la fiesta de la Santísima Trinidad ''[464]'', vino el provincial al [89r] convento, tan mal informado contra la incocente abadesa que en llegando a él juntó a las monjas a capítulo, y tomando las culpas a la prelada, después de haberla reprehendido, la mandó darle una disciplina, y a las monjas que se aparejasen para elegir otra abadesa ''[465]''. Lloraban amargamente la deposición de su bendita prelada: “Nuestro bien y nuestro amparo —decían— ¿quién nos hizo tanto mal? ¿Quién pudo levantar tantos y tan grandes testimonios a una persona tan santa?”. “Sosegaos, hijas —decía la piadosa madre— enjúgense vuestras lágrimas, obedeced al prelado y no tratéis de disculparme con él, ni de afligiros por mí, que estoy la mujer más consolada y contenta del mundo: No he tenido en mi vida tal consuelo como el que hoy me ha dado Dios con esta reprehensión y disciplina; págueselo su Majestad a quien tanto bien me ha hecho”. No podía la santa virgen consolar a las monjas, que estaban desconsoladísimas, mayormente cuando se procedió a la eleción ''[466]'', que allí fue tan grande su sentimiento que como mujeres flacas, fatigadas y tristes, todo eran lágrimas, todo clamores, todo [89v] suspiros, todo voces y todo gritos, hasta caer en el suelo como muertas; aunque llegando a votar, con nuevo valor y brío daban su voto a la madre Juana de la Cruz, diciendo que mientras ella viviese no querían otra abadesa. Y viendo el prelado que todas eran deste parecer —salvo las pocas que la acusaban— y que no podía hacer eleción, puso por presidenta a la vicaria, con notable desconsuelo y tristeza de las monjas, que reventaban de dolor solo en pensar que carecían del gobierno de su dulce y santa madre, la cual no solo quedó privada del oficio, sino también de poder hablar con cualquiera persona de fuera del convento. Como santa Juana era persona tan conocida y estimada en el reino y fuera de él, sonaron mucho sus azotes, y dio grande estampida su deposición, y a cada uno licencia para decir y pensar lo que quisiese. Y así vino su grande opinión y crédito a perderse con algunos, y a ser desfavorecida y tenida en poco dellos, y muy perseguida de la nueva presidenta, que le hacía muchos agravios. Mas la paciente cordera solo sentía parecerle era poco para lo mucho que sus pecados merecían, y regalándose con su dulce Esposo [90r] decía: “¿Habéisme, Señor, olvidado? ¿Dejáisme, Dios mío? No lo permita vuestra bondad, favoreced a esta gran pecadora, infamada, azotada y castigada por mala, que harto siento yo haber perdido la honra y el buen nombre que con vuestros siervos tenía. Pero Señor, todo es poco y pequeñas estas penas para lo que mis culpas merecen, y basta quererlo vos para que yo lo quiera, y así os alabo y bendigo por ello”. Pasados nueve meses que estuvo santa Juana y todo el convento sufriendo malos tratamientos de su vicaria —que había quedado por presidenta del convento—, volvió el prelado a él y eligió por abadesa a la misma que había sido la causa de todas estas discordias, tan obstinada contra la santa que nunca se quiso aplacar por ningún servicio de los muchos que le hacía: Siempre estaba con aquella mala voluntad, y la santa virgen, que la amaba más que a sí, tomó tan a pechos la salvación de su alma, y con tantas lágrimas rogaba a Dios se compadeciese della, que fue oída y ablandó Nuestro Señor su duro y obstinado corazón ''[467]'', aunque por sus justos juicios murió de un dolor de costado sin haber gozado del oficio de abadesa [90v] más que solos diez meses. Y reconociendo su culpa en esta última enfermedad, la lloró y públicamente pidió perdón a santa Juana y a las demás religiosas de los agravios que les había hecho y malos ejemplos que había dado. Y renunciando el oficio de abadesa, murió recebidos todos los sacramentos con mucha contrición y arrepentimiento. '''Capítulo XIX''' '''Cómo el ángel de la guarda mandó a santa Juana que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte''' Es tanta la caridad de Dios, y su misericordia tan grande, que las menos veces hace mercedes tan especiales —como las que se han visto en esta historia— a uno para sí solo, sino para aprovechar por medio de él a otros muchos. Y de aquí es haber mandado el ángel de su guarda tantas veces a la bienaventurada santa Juana que escribiese las misericordias y mercedes que Dios le ha- [91r] cía. Pero la santa virgen, con encogimiento de mujer y por su grande humildad, tenía vergüenza de escribirlas. Y para no hacerlo ni proseguir en lo comenzado, ponía mil achaques cada día, alegando los de su poca salud y el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma, como parece por algunas que se hallan en escrituras que otorgó siendo abadesa. Y así la mandó el ángel que lo hiciese escribir por mano de otra religiosa, que fue para ella otro trabajo mayor ''[468]'', y rehusándolo cuanto pudo dijo: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho —y cosas que su hermosura me ha dicho— han sido todas en secreto, escribiéndolas por mano ajena no podrán dejar de publicarse”. Y temiéndolo la santa y los juicios de los hombres, como estaba tan perseguida y por su causa lo estaban otras religiosas del convento, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún gran mal a mis hermanas y a mí, ¿qué sería de nosotras?”. “Dios cuida dellas y de ti —respondió el ángel—. No temas, sino haz lo que te mando, que el Señor que obra estas maravillas en ti las hace para bien de otros muchos, y quiere se escriban porque haya memoria dellas; donde no, cesarán las mer- [91v] cedes que te hace, y tus dolores y presecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. La Santa, oyendo esto con humildad y temor, hizo lo que el ángel la mandaba, y comenzó a escribir por mano de otra religiosa llamada soror María Evangelista, que —según es tradición del convento y consta de una información hecha con testigos jurados que la conocieron, y se lo oyeron decir muchas veces— no supo leer, ni escribir hasta que para este efecto milagrosamente se lo concedió Nuestro Señor, y así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta gloriosa santa. Este libro se ha tenido siempre como reliquia preciosa, valiéndose de él contra tempestades y truenos, y hoy en día está guardado en el archivo del convento de la Cruz, con grande veneración. Es muy antiguo escrito de mano en veintiocho capítulos y en ciento y setenta hojas de cuartilla, encuadernado en tablas muy viejas, con dos manecillas remendadas y cosidas con hilo blanco. Y viven hoy tres religiosas que conocieron a la misma que le escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de buena vida, muy penitente y de mucha oración y contemplación, y que después de muerta apare- [92r] ció a otra religiosa en la iglesia, con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos, que fue el que escribió de las cosas de la gloriosa santa Juana. Mucho sentía la santa virgen ver que nunca se acabase lo que la monja escribía, y cuán de asiento se procedía en su escritura, por lo cual poco antes que le diese la última enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda se contentase con lo escrito, y no la obligase más. Concedióselo de buena gana, y dijo: “Di a tu hermana que cese la pluma y no escriba más”. Hallose tan favorecida la santa con esta licencia del ángel, que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese lo que está escrito”. “Perdone Dios tu atrevimiento —respondió el ángel—, y haz luego penitencia de él, porque le has ofendido mucho con ese mal pensamiento”. Y con esto, santa Juana se despidió de él y dijo a la monja que dejase de escribir. Sobre las muchas enfermedades que santa Juana tenía, la envió Nuestro Señor la última, que fue un recio mal de orina de que estuvo muy apretada, con grandisímos dolo- [92v] res y quince días continuos sin pagar a la naturaleza su acostumbrado tributo. Y aunque en todas sus enfermedades tuvo maravillosa paciencia, en esta que fue la última, se hizo mil ventajas y se excedió a sí misma. Tuvo en ella grandísimos raptos y muy familiares coloquios con el ángel de su guarda. Y como el cisne, que cuando se quiere morir canta más suave y dulcemente, así este soberano cisne, cuanto más se le acercaba su deseado y dichoso fin, tanto con mayor suavidad cantaba, descubriendo con acentos soberanos el fuego del amor divino que dentro de su pecho ardía. Y aunque en sus enfermedades nunca consintió que la curasen médicos, en esta última los admitió, por la instancia y devoción de algunas señoras que le rogaron se curase y le enviaron sus médicos; los cuales, viendo que crecía tanto la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron a las primeras visitas. Mas la santa, como virgen prudentísima y muy prevenida en las cosas de su alma, primero que llegase a este punto recibió el Viático y Extrema Unción. Y tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda que la dijo se conforma- [93r] se con la voluntad de Dios, y le rogase confirmase su sentencia, porque la había dado tres veces, y tantas la había su Majestad revocado a instancia de otras personas que le rogaban por ella ''[469]''. Y entonces la santa virgen pidió a los santos apóstoles —que tenía presentes— con mucha instancia que rogasen a Nuestro Señor no revocase su sentencia, y ellos se lo prometieron. Y el día siguiente, cuando la vino a visitar el médico, le rogó no la hiciese más beneficios, porque la voluntad de Señor era llevarla de aquella enfermedad. (''No hay mudanza en Dios, porque como primer ente, infinito y simplicísimo, lo que una vez quiere nunca lo puede dejar de querer [470]. Y así, todo lo que quiere Dios eficazmente se cumple, mas no lo que quiere con voluntad que los teólogos llaman “de señal”, que es no absoluta sino condicionalmente, y esto es lo que no siempre se cumple [471]) [472]''. Esto se supo luego en Madrid y Toledo, y algunas señoras con licencia que tenían para entrar en el convento, deseando hallarse a la muerte de la santa, vinieron de muchas partes, y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de la villa de Casarrubios, y esta fue de las primeras y mereció hallarse presente a las maravillas que Nuestro Señor obró en el tránsito de su santa Esposa, [93v] tan llenas de favores y de regalos del Cielo que parece quiso la Divina Majestad echar el sello en su muerte a los grandes favores que le había hecho en el discurso de su vida. Primeramente viernes, a primero de mayo, día de los apóstoles san Felipe y Santiago ''[473]'', estando la santa virgen en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir ninguna, aunque se lo rogaron las monjas. La mesma noche deste día, dio una gran voz, diciendo: “¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces, y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano ''[474] ''—según lo que vieron y entendieron los que se hallaron presentes, y se manifestó en las cosas que decía— porque unas veces callaba, otras respondía, y como si hablara con otra persona, decía: “¡Oh, qué cruel espada! ¡Ténganle, ténganle, no me mate con ella!”. ''[475] ''Y de allí a poco rato, dijo: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién quería le llamasen respondió que a la bendita Madalena. Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, Madre de [94r] Dios; Madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y esfuerzo: “¡Echalde de ahí, echalde de ahí!”. Y fue que en esta batalla y conflito la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor para que a solas venciese en la muerte al que había vencido tantas veces en la vida. Todo el tiempo que duró este combate —que fue gran rato—, se lamentaba mucho, diciendo: “¡Oh, a qué mal tiempo me habéis dejado!”. Y después, hablando con el que la dejó, dijo: “¿Señor, sola me dajastes? Pues echad de ahí ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y, vuelta a las religiosas, dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi Criador el alma”. Y de allí a poco, como hablando con otras personas, comenzó a decir: “Búsquenmele, búsquenme a mi señor Jesucristo. Hálleme él a mí y yo le hallaré a él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, irele yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Preguntáronle las religiosas a quién quería le buscasen. Y dijo: “A mi Señor”. “¿Pues dónde le hallaremos, madre?”. “En el huerto”, respondió la santa virgen. Y como aquejada de mucho dolor, con un gran suspiro, dijo: “¡Ay, Madre de Dios! ¡Jesús, qué crueldad, qué [94v] crueldad! Señor mío, sobrepuje la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!” ''[476]''. Y, volviendo el rostro a las religiosas, dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con la palabra en la boca. Y las monjas, muy afligidas, dijeron: “¿Qué quiere, madre, que le ayudemos a rogar?”. Respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “¡Vamos, vamos! ¡Oh, a qué punto! ¡Oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces. Y a una religiosa que le lavaba la boca dijo: “Quítate de ahí, que mi Señor me la lavará”. '' ''[477]'' ''Y, con mucha honestidad y gracia, sacó un poquito la lengua, como cuando una persona comulga, y preguntándole si había comulgado, dijo: “Sí, y por todas las personas que aquí están”. El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas, dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en la Tierra”. Y respondió la santa: “Podrá ser”. Y a todo esto había cuatro horas que estaba sin pulsos y tres días sin comer, y luego comenzó a menear la boca con mucho sabor y gusto. Y preguntándole el médico qué comía, respondió: “Del fruto del árbol de la santa Veracruz, que me le ha traído mi ángel”. “Con tal manjar como ese, esforzada estará [95r] vuestra reverencia”, replicó el médico. “Mucho lo estoy”, respondió la santa. Y levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronle con quién hablaba. Y respondió que con las santas y vírgines. Dijéronle: “¿Pues con quién ha de ir, madre?”. “Con Jesucristo, mi verdadero esposo”, respondió la santa. Y decía: “¿Por qué me escondéis a mi Señor y a mi Reina?”. Oyendo esto, las religiosas la mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola dijo: “No es esa, volvedme, volvedme a mi Reina y Señora”. ''[478] ''Y preguntándole si estaba allí la Madre de Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos”. Y dijo: “Vamos, Señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grandísima alegría: “Hacelde lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco dijo con gran reverencia: “¡Oh, Padre mío!”. Y pensaron las religiosas que lo decía por su padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma toda la noche del sábado, no se les hizo un momento. Y llegando la mañana del día santo del domingo, dijo: “Ea, pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío; vamos presto; vamos, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y disciplinas, suplicando a Dios no las privase de tanto bien y [95v] diese salud a Su santa Madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y ausentes y a todos sus devotos. Y tornó luego a decir: “Vamos, Señor, redentor mío, vamos de aquí”. ''[479]'' ''Preguntáronle si estaba allí el Señor; dijo que sí, y su Santísima Madre y toda la corte celestial. Comenzó luego a menear la boca, como quien come, y esto fue por dos veces en poco intervalo de tiempo. Y viéndolo todos, dijeron: “Madre, ¿torna a comer del fruto de la Cruz?” Y dijo: “Sí, y ayer le comí otra vez”. Sábado de mañana llegó el médico, y dijo a la santa enferma: “Paréceme, madre, que se nos va al Cielo. Díganos: ¿quién le acompaña en ese camino?”. “Mi Señor, la Virgen María, y mi ángel, y mis ángeles y mis santos”, respondió la santa virgen. Y púsosele luego el rostro tan resplandeciente y hermoso como cuando solía estar en los raptos ''[480]''. Y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, causado de su enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragrancia que parecía cosa del Cielo. Y de allí a un rato con nuevo fervor y espíritu, como si hablara con otras personas, dijo: “¡Albricias, dadme albricias hasta los zapatos!”. Y esto decía con tanta alegría que juzgaron los que allí estaban que su celestial Esposo adornaba ya aquella santa [96r] alma con las joyas de su desposorio. Quedó la santa virgen llena de aquel suave olor, y su rostro muy resplandeciente, y los labios encarnados como coral, y así estuvo en este ser, sin hablar palabra desde el sábado en la tarde hasta el domingo después de Vísperas, día de la Invención de la Cruz ''[481]''. Y este dichoso día a las seis de la tarde, leyéndole la Pasión, dio a su celestial Esposo el alma año de 1534, a los 53 de su edad y a los 38 de su conversión a la Orden. '''Capítulo XX''' '''De algunos milagros que Nuestro Señor obró por los méritos de la gloriosa santa Juana, y de la incorruptibilidad de su cuerpo''' Tratose luego de dar tierra al santo cuerpo, y por ser notable el concurso y devoción de la gente y mucha la instancia que hacían por verle, ordenaron los religiosos de la Orden que con buena guarda y seguro se sacase en procesión fuera del monasterio, para que todos le viesen. Y llegando un tullido a tocar el cuerpo de la santa, besando el hábito, quedó sano y dejó allí dos muletas con que andaba ''[482]''. ''[483]'' Una religiosa enferma que tenía una hinchazón muy grande y muy terribles dolores, tocando al cuerpo difunto se le aliviaron luego [96v] y muy en breve sanó. Y un hombre que estaba con gran dolor de muelas, sin poder comer ni dormir, solo con besar los pies de la santa quedó sano de su mal ''[484]''. Y tornando al convento el santo cuerpo, hallaron mensajeros de grandes señoras con cartas para que no la enterrasen hasta que llegasen, porque estaban puestas en camino, y así le detuvieron cinco días sin enterrar, saliendo siempre de él aquel suavísimo olor que hemos dicho ''[485]''. Crecía la devoción de la gente que venía de Madrid, de Toledo y de otras partes, y era tanta que cubrían los grandes y espaciosos campos de aquel santo monasterio. Y así por evitar la inquietud —que era grandísima— determinaron los padres se diese a la tierra aquel tesoro del Cielo, y sepultaron el santo cuerpo, y estuvo debajo de tierra seis o siete años, hasta que fue trasladado con mucha solenidad y fiesta, y colocado en lugar alto y eminente, como ahora está, dos varas del suelo, en una caja dorada, en el hueco de la pared de la capilla mayor, al lado del Evangelio, con una reja de hierro fuerte y dorada y una lámpara de plata que arde delante de él, donde es muy venerado, no solo de la gente de la tierra, sino de otras muchas que le vienen a visitar de muy lejos, y tienen allí sus novenas. El día en que murió la santa, celebra con particular devoción y fiesta [97r] la villa de Cubas, y va en procesión al monasterio donde está, y lo mesmo hacen otros lugares de la comarca, y dicen la misa mayor delante del santo cuerpo en un altar portátil que se pone para este efeto, y se predican las excelencias y alabanzas de la santa, y da la villa caridad de pan, y vino y queso a inumerables gentes que allí acuden atraídos de la devoción de la santa, por haber muerto en tal día en el cual comenzó su gloria y su bienaventuranza, según que para consuelo de sus devotos lo reveló Nuestro Señor a una gran sierva suya en la ciudad de Almería, religiosa de la Concepción, llamada María de San Juan, muy semejante a nuestra gloriosa Santa en santidad y virtud, y tan amigas las dos que con estar muy lejos, se comunicaban en espíritu muchas veces. Esta venerable religiosa contó a dos religiosos graves de la santa Provincia de Castilla una visión que había tenido en esta manera: ''[485] ''“Cuatro días después de la muerte de santa Juana me la mostró Dios en la bienaventuranza, con tantos grados de gloria que iguala con los ángeles, y excede a muchos santos y santas, de que yo quedé admirada, porque aunque muchas veces nos víamos las dos en [97v] aquel santo lugar donde el Señor nos juntaba, nunca la vi desta manera. Y así, preguntando a mi santo ángel cómo había tan gran diferencia de la gloria en que yo vi esta vez a la madre Juana de la Cruz a la que en otras veces la solía ver cuando el Señor me la mostraba, respondió: ‘Está ya desatada de las ataduras de su cuerpo’. Y bajando su bendita alma al lugar donde yo estaba, me abrazó y yo también la abracé y dije: ‘¿Cómo, hermana, y esto sin mí?’. ‘Sí, hermana —me respondió—, que se cumplió la voluntad del poderoso, y ha cuatro días que salí de la vida y tuve en ella mi Purgatorio y mi juicio, y dos días antes que espirase comenzó mi alma a gozar de la gloria y bienaventuranza del Cielo, aunque a los ojos de las gentes parecía que estaba con dolores’”. Esta revelación es digna de mucha estima, por la persona a quien se hizo —que por ser religiosa de gran santidad y virtud, y haber tenido en esta vida tantas revelaciones y raptos, se le debe todo crédito—, y por ser de la bendita santa Juana de la Cruz, carace de toda sospecha ''[487]''. Otras muchas maravillas que el Señor obró por su sierva dejo de escribir, por no cansar al letor, contentándome con las dichas, que son las más importantes, aunque por [98r] no dejarle ayuno de tan sabroso bocado, diré de la manera que está su santo cuerpo incorrupto y entero, habiendo setenta y seis años que le conserva Dios en un ser —que cuerpo que fue órgano del Espíritu Santo y lengua por donde dio sus divinos oráculos tan de asiento no se había de convertir en ceniza, ni ser comido de gusanos— . Y es este un soberano milagro, según que el año pasado constó por vista de ojos a muchos, como parece por un testimonio que está originalmente guardado en la villa de Cubas, en el oficio de Juan Fernández de Plaza, y su traslado auténtico en el archivo del convento, que es del tenor siguiente ''[488]'': ''[489]'' “En el monasterio de Nuestra Señora Santa María de la Cruz, que es de monjas profesas de la Regular Observancia y tercera Orden del seráfico padre San Francisco, cerca de la villa de Cubas, y en su término y jurisdición, a cuatro días del mes de febrero del año del Señor de mil y seiscientos y nueve años, estando en el dicho convento los reverendísimos padres fray Arcángelo de Mesina, Ministro General de toda la dicha Orden, y fray Pedro González de Mendoza, Comisario General della en la familia cismontana ''[490]'', habiendo tenido noticia que en el dicho convento está el cuerpo de la bienaventurada Juana de la Cruz, monja y abadesa que fue del dicho monasterio, la cual ha más de setenta años que murió, y su cuerpo está guardado en una capilla que está en el hueco de la [98v] pared de la capilla mayor de la iglesia del dicho monasterio, a la parte de Evangelio, donde siempre ha estado venerado y estimado por cuerpo santo. Y habiendo tenido el dicho reverendísimo Padre General noticia que su vida fue milagrosa y en ella fue siempre tenida y comúnmente reputada por santa, y por tal fue siempre reverenciada así de las monjas del dicho convento como de todas las personas que la conocieron. Habiéndose juntado mucha cantidad de gente así de la dicha villa de Cubas como de otras partes, pidiendo y rogando con mucha instancia que se abriese el arca donde está el dicho cuerpo de la dicha santa Juana de la Cruz. Y visto por el dicho reverendísimo Padre General la instancia y suplicación del dicho concurso de gente que a ello habían venido, y de los demás padres que se hallaron en el dicho convento, abadesa y monjas de él, para honra y gloria de Nuestro Señor, mandó abrir la dicha capilla y arca donde estaba el dicho cuerpo, lo cual poniéndose por obra, se quitó la reja de hierro que está puesta en la dicha capilla por la parte del convento, y se abrió y sacó la dicha arca, y se llevó al coro bajo del dicho convento, donde estando los dichos reverendísios padres presentes y mucha gente, que por ser tanta hubo muy grande apretura. Por ante mí, Juan Fernández de Plaza, escribano de Su Majestad Real y notario del Santo Oficio, vecino de la dicha villa de Cubas, se desclavaron las barras de hierro de la dicha arca, y habiéndose quitado la tapa dellas, se halló el dicho cuerpo entero, y con muy buen olor. Y para que le viesen los que presentes estaban, los dichos reverendísimos padres le levantaron en alto algunas veces, de lo cual hubo muy grande contento así de los dichos padres como de las monjas del dicho convento, dando gracias a Dios Nuestro [99r] Señor, y dando sus rosarios para tocarlos al dicho cuerpo santo, por la mucha devoción y estima en que le tenían y reverenciaban todos los de la tierra. Y el dicho Reverendísimo Padre General me llamó a mí para que le viese, y le levantó y alzó de la dicha caja y arca donde estaba, y la meneó los brazos y manos, para que yo diese testimonio dello, e yo vi todo lo arriba dicho y referido. A todo lo cual fueron presentes fray Pablo de Chavarri, Secretario del dicho Padre General, y fray Diego de Barasa, secretario del dicho padre Comisario General, y fray Antonio Jaca y fray Pedro de Castro Juane, sus compañeros, y fray Francisco de Mora, Guardián de Pinto, y fray Luis de Mieses, Guardián de Escalona, y fray Diego de Herrera, vicario del dicho convento, y fray Bartolomé López, su compañero, y fray Pedro de Chozas, comisario de Jerusalén, y fray Pedro de Rojas, y fray Juan de Ricaro, de la Provincia de San José ''[491]'', y fray Francisco Pascual de la dicha provincia, y el licenciado Pedro González de Sepúlveda, clérigo comisario del Santo Oficio, vecino de la dicha villa de Cubas, y Blas Martínez, clérigo de la dicha villa, y fray Blas Delgado, de la Orden de Santo Domingo, y fray Marcos Lozano, de la Orden del Carmen, y Pedro Tartalo, y Juan Martín Crespo, alcaldes ordinarios en la dicha villa de Cubas, y Diego Navarro y Francisco Hernández, regidores della, e Isidro García, escribano de la dicha villa, y otra mucha gente, y firmáronlo algunos de los susodichos de sus nombres, a todos los cuales conozco. Y así mismo lo firmaron el abadesa y discretas del dicho convento ''[492]'', fray Diego de Herrera, fray Bartolomé López, Ana de la Concepción, abadesa, Inés de la Madre de Dios, Ana de san Rafael, vicaria, María de la Purificación, Inés de Jesús, el Licenciado Pedro González de Sepúlveda, Blas Martínez, Pedro Tartalo, Juan Martínez Crespo, Isidro García [99v] escribano, ante mí, Juan Fernández de Plaza. E yo, el dicho Juan Fernández de Plaza, escribano de su Majestad Real e notario del Santo Oficio, vecino de la villa de Cubas, presente fui a lo susodicho y fice mi signo. En testimonio de verdad, Juan Fernández de Plaza”. Después de lo susodicho, primer día de julio deste presente año de 1610, el muy reverendo padre fray Juan de Guzmán, Ministro Provincial de la santa Provincia de Castilla, a instancia mía, para escribir con más acierto esta historia, hizo se me mostrase el cuerpo desta bienaventurada santa, hallándose su Paternidad presente, con otros religiosos. Yo le vi y toqué muchas veces, y para que le viesen los que estaban en la iglesia, levantándole en los brazos el padre provincial y yo, se le mostramos a todos por dos o tres veces, vestido y tocado como estaba, que parecía una religiosa viva. Y reparé yo mucho en una cosa digna de mucha consideración: que como la santa virgen estaba tan gafa y tullida cuando murió que con la fuerza de los dolores se le habían torcido y encogido todos sus miembros, así está ahora su santo cuerpo, torcido y encogido todo él, y con aquel suavísimo olor que tenía cuando murió, que es un olor celestial que conforta. Estaba entero, sin faltarle [100r] ninguna cosa, salvo el dedo meñique de un pie, que cierto prelado general se le quitó por su devoción; y por la de los que allí nos hallamos, le quitó el padre provincial el velo de la cabeza, que se repartió entre todos, y con la parte que le cupo puesta sobre su cabeza, se le quitó una muy recia jaqueca que tenía. Y una señora de Toledo sanó de un gran dolor de cabeza con el mismo pedazo de velo, aunque quitándosele la volvió el dolor, pero quiso Nuestro Señor, para que el milagro fuese más manifiesto, que tornándose a poner el dicho velo se le quitase el dolor de todo punto, por intercesión y méritos de la bienaventurada santa Juana, cuya historia tan milagrosa y divina, escrita con harto deseo de que sea Dios glorificado, acaba aquí. Y tras ella ofrezco al piadoso letor la cuarta parte de la Corónica General de nuestra seráfica religión, con 943 santos, todos hijos de la Regular Observancia de nuestro padre San Francisco, que en estos últimos tiempos, de 94 años a esta parte, ha dado a la Iglesia su sagrada religión, que ahora salen a luz en la historia que prometo, que se está imprimiendo ''[492]''. De las faltas desta y de aquella soy yo el autor, y de lo bueno que en ellas hubiere lo es Dios, a quien ofrezco mis trabajos, y a ellos [100v] y a mí a la corrección y censura de la Santa Madre Iglesia Católica Romana. Y para que los devotos desta santa virgen tengan especial oración con que encomendarse a ella, se pone aquí la siguiente, que rezándola en particular quien quisiere, como no sea en nombre de la Iglesia ni como ministro della, cosa es santísima y muy recebida en toda la Iglesia de Dios ''[493]''. (''Bien puede uno encomendarse a cualquier santo, aunque no esté canonizado ni beatificado'') ''[494].'' '''Comemoración''' ''O, Sancta Dei inclyta Cristi sponsa deuotisima Beata Ioanna, organum et lingua Spiritus Sancti benedictu: animarum in Purgatorio existentium, solatium et requies. Ora pro nobis Dominum, ut digni efficiamur gratia Dei.Versiculum: Diffusa es gratia in labiis tuis''. ''Responsa: Propter ea benedixit te Deus in aeterum [496]''. '''Oración''' ''Deus qui ineffabili prouindentia, beatam Ioanam miris illustrationibus decorasti, et ei tantam gratiam contulisti, ut non solum specialisimo modo sponsa tua effici mereretur, sed etiam ad nostram utilitatem, precibus suis, rosaria miris virtutibus a te ipso benedicta concedere voluisti: praesta quaesumus, ut eius meritis, et intercesione indulgentiam gratiae tuae consequi mereamur Per Dominum nostrum, etc [497]''. Fin [101r] '''Razón de la verdad y autoridad desta historia''' La verdad es el alma de la historia, y la que carece della es como cuerpo sin alma, que no merece nombre de historia, mayormente si es de santos, donde el mentir es sacrilegio, porque no se honran ellos sino con llaneza y verdad; la que se ha guardado en escribir la vida desta santa virgen es la mayor que en ley de historia se puede hallar, colegida de los papeles siguientes: Primeramente, lo que toca a los aparecimientos y milagros de Nuestra Señora que se escriben en el primer capítulo deste libro se ha colegido de tres informaciones auténticas hechas con noventa y tres testigos ante Ruy Díaz de Madrid, escribano de Cámara y notario público, y ante Pedro Sánchez y Juan González, notarios públicos y escribanos reales de la villa de Cubas. Están autorizadas y encuadernadas como libro en el archivo del convento de la Cruz. Ítem ''[498]'', la vida y milagros de la gloriosa santa Juana se ha colegido de un libro muy antiguo, escrito de letra de mano, en 164 hojas de cuartilla en 28 capítulos, encuadernado en tablas, con dos manecillas rotas y cosidas con hilo blanco, escrito por una religiosa, discípula de la santa, llamada soror María Evangelista, que no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente se lo concedió el Señor para este efeto, como está probado en una información que se hizo para averiguar este punto. Y el libro con las señas susodichas está originalmente guardado en el archivo de la Cruz. Ítem, de una información hecha con doce testigos, por comisión del consejo del ilustrísimo señor don Bernardo [101v] de Rojas, cardenal y arzobispo de Toledo, hecha en diferentes lugares, ante Luis de Siles, notario público y escribano real de la ciudad de Toledo. Está la original en el oficio del secretario Francisco Salgado, en Toledo. Ítem, de otra información hecha en diversos lugares, con 17 testigos, por comisión del consejo del sobredicho Ilustrísimo de Toledo. Su traslado auténtico está en el archivo de la Cruz. Ítem, de otra información con catorce testigos, hecha en diversos lugares, por comisión de nuestro reverendísimo padre fray Arcángel de Mesina. Su traslado auténtico está en el archivo del convento de la Cruz. Ítem, de otra información con once testigos, hecha en diferentes partes, por comisión de nuestro muy reverendo padre fray Juan de Guzmán, Ministro Provincial de la santa Provincia de Castilla, que está orginalmente guardada en el convento de la Cruz. Ítem, de otra información que se hizo por comisión del consejo del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal y arzobispo de Toledo, en Villanueva y Gamarra, lugares del dicho arzobispado, que se hicieron para calificar algunos milagros del santo fray Julián de San Agustín. Está la original en Toledo, en el oficio del secretario Salgado. Ítem, de un testimonio de Juan Fernández de Plaza, escribano real y notario del Santo Oficio, vecino de la villa de Cubas. El original está en el oficio del dicho escribano. Ítem, de otro testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, cuyo original está en el archivo del convento de la Cruz. [h. 1r===Tabla de los capítulos desta historia de la vida y milagros de santa Juana=== Capítulo I. De la fundación del monasterio de santa María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una pastorcica natural de Cubas. Folio I. Capítulo II. Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa santa Juana, por intercesión de su Santísima Madre. Folio 4. Capítulo III. De las penitencias que santa Juana hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa. Folio 7. Capítulo IIII. Cómo santa se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino. Folio 11. Capítulo V. Cómo santa Juana recibió el hábito, y de algunas cosas que la sucedieron siendo novicia. Folio 14. Capítulo VI. De las penitencias de santa Juana, y de la frecuencia de sus raptos. Folio. 17. Capítulo VII. Cómo el niño Jesus se desposó con santa Juana, y de la devoción que tuvo al santísimo Sacramento. Folio 23. Capítulo VIII. De la familiaridad con que santa Juana trataba con los ángeles, especialmente con el de su guarda. Folio 27. Capítulo IX. De los rosarios y cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de santa Juana. Folio 35. [h. 1v] Capítulo X. De los muchos milagros con que Nuestro Señor ha confirmado las cuentas de la gloriosa santa Juana. Folio 39. Capítulo XI. De otros milagros que Nuestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas de santa Juana. Folio 45. Capítulo XII. De algunas revelaciones y cosas muy provechosas que comunicó Nuestro Señor a santa Juana. Folio 48.  Capítulo XIII. Cómo el Espíritu Santo habló trece años por la boca de santa Juana, y del don de lenguas que la dio. Folio 56. Capítulo XIIII. Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a santa Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda. Folio 62. Capítulo XV. Cómo santa Juana fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo. Folio 66. Capítulo XVI. De la manera que se juzgan algunas almas en la otra vida y de las penas de Purgatorio. Folio 71. Capítulo XVII. Cómo reveló Dios a santa Juana que muchas almas penaban en guijarros, y de cosas maravillosas que con ellas le sucedieron. Folio. 77. Capítulo XVIII. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a santa Juana y de su grande paciencia. Folio. 83. Capítulo XIX. Cómo el ángel de la guarda mandó a santa Juana que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte. Folio. 90. Capítulo XX. De algunos milagros que Nuestro Señor obró por los méritos de la gloriosa santa Juana, y de la incorruptibilidad de su cuerpo. Folio 96. Fin de la tabla [hs. 2r-3v] [en blanco] ===Notas=== ''[1] ''Reproducimos la '''fe de erratas''' del texto base, aunque en esta edición han sido corregidas las erratas originales.  ''[2]'' [Margen derecho]: Ses. 25, in'' Decreto de Purgatorio'', § ''De invocatione et veneratione sanctorum''. ''[3]'' [Margen derecho]: ''Psalmi'' 67g. ''[4] ''[Margen derecho]: ''Iob'', 13.4. ''[5]'' [Margen derecho]: Apud Ioannes de Turrecremata in prólogo ''Defensiones revelationum sanctae Brigittae'', caps., 1, 2 y 3. ''[6]'' [Margen izquierdo] Ex St. Thomas 2.2, q. 172, art.5 ad 3. ''[7]'' [Margen izquierdo]'' Ibid.'' St. Thomas, art. 4. ''[8] '''''Isabel''' de Esconaugia, Esconangia o Schönau hasta la fecha no ha sido canonizada. El título de santa se le atribuye popularmente y en diversos textos desde su aparición en el ''Martirologio romano'' de 1584; el '''rey Eckberto''', Ekberto, Ecberto, Ecgberto de Wessex no tiene ningún parentesco probado con la santa de Schönau. La confusión de Daza se debe probablemente a la homonimia entre el citado monarca y el hermano de Isabel, que llegó a ser abad de Schönau. Al mismo tiempo, aunque la documentación fidedigna sobre este rey es escasa, se extendió la creencia popular de que Eckberto de Wessex tenía una hermana monja de clausura con fama de santidad.  ''[9]'' [Margen izquierdo]: Ex Marco Marulo, lib. 2, cap. 4, et Antonio Possevino in ''Apparatu''. ''[10]'' [Margen izquierdo]: Tom. 3 ''Concilio in Eugenium III''<nowiki>; Trithemius in </nowiki>''Chronici Hirsaugiensis'', anno 1150; Theodoricus Abbas, in vita eius apud Surius, t. 5, mense Septembris. ''[11]'' [Margen derecho]: In ''Vita beatae Brigittae'' et in eius revelationes cum notis Consal. Duranti. ''[12]'' [Margen derecho]: ''Ad Timoteum'', 3 d. ''[13]'' '''«''Omnis…iustitiam'', ''etc.»''''': «Toda enseñanza divinamente inspirada es útil para enseñar e instruir hacia la justicia, etc.».  ''[14]'' '''''habetur…historiae''''': ''se considera en el capítulo 17 de esta historia''.'' '' ''[15]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[16] ''[Margen izquierdo]: Lib. 4, ''Diálogos'', cap. 23.40.55. ''[17]<sup> ''</sup>[Margen izquierdo]:'' ''Epístola 13 ''Ad Desiderium'', cap. 7.  ''[18]'' [Margen izquierdo]: Beda, lib. 3, ''Historia Anglorum'', cap. 19, y lib. 5, cap. 13; Blos. In Moni. Spi. cap. 13; Gregorio Niseno lib. ''De anima et resurrectione''<nowiki>; Crisóstomo, </nowiki>''De praemiis beatorum''<nowiki>; Hugo de S. Victore lib. </nowiki>2 ''De sacramentis'', p.16, cap. 4; Dionisio Cartujano, ''Dialogus de iudicio'' et quattuor'' ''novis, et alii plures, apud Petrus Tirenus, ''De locis in festivitatibus'', caps. 1 et 3. ''[19]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, 4 ''Sentencias'', dist. 21 q. 1, art.I, q. 2, cor.  ''[20] ''[Margen izquierdo]:'' ''Belarmino, [margen derecho]: t. 2 ''Controversias'', 3; ''De'' ''Purgatorii'', lib. 2, cap. 7. ''[21]'' '''''De loco purgatorii…mitigaretur''''': Del lugar del Purgatorio —donde no se encuentra que se exprese nada— debemos hablar, ya que está más de acuerdo con los dichos y hechos de muchos santos que con la revelación. Por eso hay que decir que el lugar del Purgatorio es doble: uno, de acuerdo con la ley general, pues hay un lugar de Purgatorio, un lugar inferior, relacionado con el Infierno; otro es un lugar de Purgatorio de acuerdo con la dispensación. Y así a veces leemos que en diferentes lugares algunas personas son castigadas, ya sea por la instrucción de los vivos o por la asistencia de los muertos, para mitigar por los votos de la Iglesia que se vuelva conocido el castigo de los que viven.  ''[22] ''[Margen derecho]: In ''Speculum historiae'', lib. 7, cap. 84. ''[23]'' [Margen derecho]: Lib. 3 ''Magni exordium cisterciensis'', cap. 25. ''[24]'' [Margen derecho]: Lib. 7, ''Ilustr. Miraculo'', caps. 26, 27, 28, 33 et lib. 12, cap. 5. ''[25]'' [Margen derecho]: Lib. 2 ''De Apib.'' cap. 29, pág. 6, q. 23 et 24. ''[26]'' [Margen derecho]: In ''Magnum Speculum Exemplorum'', dist. 3, exempl. 32, et dist. 4, exempl. 1, et dist. 5 exempl. 58, et dist. 8, exempl. 60. ''[27]'' [Margen derecho]: Lib. I, par. 4, art. 2, cap. 4; par. 5, art. I, cap. 3 y lib. 12, últ. par. cap. 6. ''[28]'' [Margen derecho]:<sup>'' ''</sup>In ''Historia virginali'', lib. 2, cap. II. ''[29]'' Los obispados de '''Corc '''y '''Cloyne''', al suroeste de Irlanda, se unieron en el Medioevo, se separaron en la segunda mitad del siglo XVII y configuran desde el siglo XIX hasta hoy una sola diócesis junto con el antiguo obispado de Ross. El '''condado de''' '''Esmond '''original se basa en la propiedad de tierras de Munster, en la costa suroeste de Irlanda. A principios de 1600, el reino histórico de Esmond o Desmond se partiría en los condados de Cork y Kerry. ''[30]'' [Margen izquierdo]: Pedro Bovista, Claudio Teserante, Francisco Belleforest, lib. 4 ''De las historias prodigiosas'', cap 1. ''[31]''<sup> </sup>[Margen izquierdo]: Fray Juan Sagastizábal, ''Libro de la exhortación al rosario'', lib. 6, cap. 84; fray Gerónimo Román, lib. ''De las'' ''repúblicas'', cap. 12. ''[32]'' [Margen derecho]: In ''Chronicis Hispaniae ''post alios Vasaeus, circa anno 662; Baronio, in ''Anales'', año 657; Rodrigo Jiménez, lib. 2, cap. 22; Tritemio, lib. ''De scriptoribus escclesiasticis''<nowiki>; Pedro Cresp. in </nowiki>''Suma eclesiástica'','' ''lit. M et alii apud'' Locrium in Augusta Maria'', lib. 5, cap. 41. ''[33]''<sup> </sup>[Margen derecho]: ''Psalmos'', 77 e.  ''[34]'' [Margen derecho]: 2.2, ''Quaestiones'', 175, arts. 5 et 6. ''[35]'' [Margen derecho]: 2, ''Corintios'', 12 a. ''[36]''<sup> </sup>[Margen izquierdo]: 2, ''Corintios'', 12 a. ''[37]'' [Margen izquierdo]: Lib. 12, super'' Genesi ad literam'', cap. 3 post medium, t. 3.  ''[38]'' [Margen izquierdo]: In ''Chronicis'', anno 446 ''[39]'' [Margen izquierdo]: Lib. 14, cap. 46.  ''[40]'' [Margen izquierdo]: Lib. I, ''Ecclesiastica historia''. cap. 17. ''[41] Menologio'', 25 septiembre. ''[42] ''[Margen izquierdo]: Lib. 3, ''De fide orthodoxa'', cap. 10, y lib. ''De Trissa''. ''[43]'' [Margen izquierdo]: Félix III, ''Epistola ''3 ''decretalis'', t. 2, Concilio [constantinopolitano]. ''[44]'' '''“''Rursusque…suis'', ''etc.''”''': «Y bajando de nuevo contó lo que había oído en el Cielo, así como la multitud de los cantores, etc». '''“''Sanctus deus…immortalis''”''': “Dios es santo, santo, fuerte e inmortal”. ''[45]'' [Margen derecho]: ''Habentur horum epistola'', t. 2, concilio posterior al concilio constantinopolitano sub Faelice III, anno 483, vide seve biniu in notis. ''[46]''' habetur…historiae''''': ''se considera en el capítulo 16 de esta historia''. ''[47]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[48]'' [Margen izquierdo]: ''Ioann'', 5d. ''[49]'' '''''“Omne...filio''”''': “Dio todo el juicio a su hijo”. ''[50]'' [Margen izquierdo]: ''Sapientia'', 3b. ''[51]'' '''Los doce tribus de Israel''': así en el original. [Margen izquierdo]: ''Matthaeus'', 19 d., ''Luca'', 22.c. ''[52] ''[Margen derecho]: In ''Litaniae Sancti Michaelis''<nowiki>; Ambr. Cathe., I </nowiki>''Ad Hebraeos'' et alii plures quos refert Blas Viegas in ''Apocalypsim'', cap. 12, com. I, sectio 18. ''[53]'' [Margen derecho]: De Basilio, in ''Homilia de Angelo''<nowiki>; de Gregorio, homilia 3 </nowiki>''In'' ''Evangelio''<nowiki>; Clemente de Alejandría, lib. </nowiki>5 ''Stromata'' ad finem; Pantaleón diácono'' ''apud Lippomano, ''Homilia sancti Michaelis''<nowiki>; Ambrosio Cath. in I cap. </nowiki>''Epistola ad Hebraeos''<nowiki>; Blas Viegas cum aliis quos citat comm. in 12 commentarii </nowiki>''Apocalypsim'', com. I, sectio 18. ''[54]'' [Margen derecho]: ''Daniel'', 10; ''Apocalipsis'', 12. ''[55]'' [Margen derecho]: In'' Historia sacrarum imaginum'', lib. 2, cap. 28. ''[56]'' [Margen izquierdo]: Homilía 8 ''De sancti Michaelis'' et relatus de Juan Molano. ''[57]'' '''etiología''' es el estudio de las causas. ''[58]'' [Margen derecho]: Diligencias que ha hecho el autor para escribir esta vida ''[59]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[60]'' [Margen izquierdo]: No supo leer ni escribir la monja que escribió el libro de la vida de santa Juana. ''[61]'' [Margen izquierdo]: 1. Advertencia. ''[62]'' [Margen izquierdo]: Cómo se puede llamar uno «santo». ''[63]'' [Margen derecho]: Bellarmino, t. I ''De beatitudinem et canonizatione sanctorum'', lib. 1, caps. 7 et 10; Angelo Rocca'', De canonizatione sanctorum'', cap. 30; Suárez, 3 par., t.3, q. 25, art.6, disp. 55, sect. 2; Rodulpho, lib. I, fol. 155; Vincente Justiniano en la vida del santo fr.. Luis Bertrán, cap. últ. ''[64]'' [Margen derecho]: 2. Advertencia. ''[65]'' [Margen izquierdo]: Visión y lo que significa. <sup>''[66]'' </sup>[Margen San Buenaventura, ''De profectu religiosorum'', lib. 2, cap. 75; santo Tomás, 2.2, q. 174, arts. 1 al 3, glosa ordinaria'' ''in'' Prothemata'' ''Apocalypsim'', al principio, y sobre la epístola 2 ''Ad Corinthios'', cap. 12; Gilbert pinctavit en la glosa ordinaria en el prefacio sobre el ''Apocalipsis''<nowiki>; Nicolao de Lira sobre el prólogo de Gilbert, y cap. I </nowiki>''Apocalipsis''. ''[67]'' [Margen izquierdo]: Visión sensitiva o corporal. ''[68]'' [Margen derecho]: Visión imaginaria. ''[69]'' [Margen derecho]: Visión intelectual. ''[70]'' [Margen derecho]: Éxtasis. ''[71]'' [Margen derecho]: San Dionisio, ''De divinis nominibus'', cap. 4. ''[72]'' [Margen izquierdo]: Rapto. ''[73]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, 2.2, q. 28, art. 3; Enrico Arpio, ''De mystica theologia'', lib. 3, par. 5, cap. 37; Medina, I.2, q. 8, art. 3. ''[74]'' [Margen izquierdo]: St. Tomás, 2.2, q. 175, art. I; Enrico Arpio, ''De mystca theologia'', lib. 3, par. 5, cap. 39. ''[75]'' [Margen derecho]: Santo Tomás, I.2., q. 113, art. 3 ad 2 solutio 2. ''[76]'' [Margen derecho]: Dios cómo habla y se aparece a los hombres. ''[77]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, 3 par., q. 57, art. 6 ad 3 et Gaetano; Suárez, 3 par., t. 2, disp. 51, sectio 4; Ballarmino, ''De sacramento Eucharistiae'', lib. 3, cap. 3. ''[78]'' [Margen izquierdo]: ''Actorum'', caps. 9.22 et 26; ''Ad'' ''Corinthios'' I, caps. 9 y 15. ''[79]'' [Margen izquierdo]: San Dionisio, epístola 8 ''Ad Demophilum''<nowiki>; san Atanasio in </nowiki>''Vita sancti Antonii''<nowiki>; san Gregorio, lib. </nowiki>4, ''Diálogos'', cap. 16. ''[80]'' [Margen izquierdo]: Joannes Major, 4 sentencia, disp. 10, q. 4; Suárez 3 par., t. 2, q. 58, disput. 51, sectio 4. ''[81]'' [Margen izquierdo]: Escoto, lib. 4, dist. 10, per multas qq. et in 2; Alejandro de Alejandría, 4 par., q. 11, art. I, § últ.; Gabriel, lib. 4, q. I, art. 2 et lectio 46, in canon Ballarmino, lib. 3 ''De Eucharistiae'', caps. 3 et 4, et tract. 4 ''Physicorum'', q. 2. ''[82]'' '''''quantitativo modo''''': cuantitativamente. ''[83] '''activa passivis''''': todas las formas posibles. ''[84]'' [Margen izquierdo]: Escoto, 2 senten., dist. 18, q. I; Santo Tomás, I par., q. 51, art. 3. ''[85]'' [Margen derecho]: San Agustín, lib. ''De Genesi ad literam'', cap. 10. ''[86]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[87]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[88]'' El largo párrafo que sigue aparece en cursiva en el texto base. ''[89]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. Aunque aparentemente se trate de una nota-guía, en realidad aporta información que no está en el cuerpo de texto. ''[90]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[91]'' '''dolor de costado''': pleuresía o inflamación de las membranas que cubren las paredes de la cavidad torácica y la superficie de los pulmones. ''[92]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo; sin embargo, no se trata de nota señalética o guía, pues aporta detalles nuevos a la narración del cuerpo del texto. ''[93] ''Esta nota se encuentra en el margen derecho y es del mismo tipo que la anterior. ''[94]'' [Margen derecho]: Todos los dedos quedaron pegados, y el pulgar sobre el índice hechos cruz.  ''[95]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho pero añade información nueva que no se refiere a las fuentes. ''[96]'' Esta nota también se encuentra en el margen derecho y es del mismo tipo que la anterior. ''[97]'' Se agrupa aquí en una sola nota dos distintas que se encuentran en el margen derecho, una a continuación de otra: el primer enunciado se corresponde con la primera; el resto, con la segunda. Ambas amplían la narración del cuerpo del texto. ''[98]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.  ''[99]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[100] ''[Margen izquierdo]: Antes que santa Juana naciese le puso Nuestra Señora el nombre. ''[101] ''[Margen izquierdo]: Arróbase estando en la cuna. ''[102]'' '''la madre''': se añade el sujeto elidido para que se entienda adecuadamente el pasaje. ''[103]'' [Margen izquierdo]: Raptos de tres días siendo niña que mamaba. ''[104]'' [Margen derecho]: San Bartolomé la abraza y se regala con ella. ''[105]'' [Margen izquierdo]: Maravillosa visión. ''[106]'' [Margen izquierdo]: Ve al niño Jesús en la Hostia. ''[107]'' día de la Purificación de Nuestra Señora: 2 de febrero. ''[108]'' [Margen derecho]: Maravillosa visión. ''[109]'' [Margen derecho]: Muere la madre de santa Juana. ''[110]'' [Margen izquierdo]: Quiere ser religiosa y no se lo conceden. ''[111]'' [Margen izquierdo]: Revela Dios la santidad de santa Juana. ''[112]'' [Margen derecho]: Hacen diligencias para hurtar a santa Juana y recíbenla sin dote. ''[113]'' [Margen derecho]: Consideración santa para entrar en religión. ''[114]'' [Margen izquierdo]: Ejercicio y penitencias de santa Juana siendo niña. ''[115]'' [Margen izquierdo]: Trae cardas y cadenas junto a la carne en lugar de silicio. ''[116]'' [Margen derecho]: Hállanla en oración. ''[117]'' [Margen derecho]: Visión maravillosa. ''[118]'' [Margen derecho]: Los serafines se alegran con santa Juana. ''[119]'' [Margen izquierdo]: Declárale el ángel de su guarda la visión. ''[120]'' '''Jesu''': esta forma puede tratarse de un error o de una forma minoritaria y probablemente arcaizante, ya que el ''CORDE'' atestigua su uso principalmente en el ''Libro del caballero Cifar'' (1300-1305). ''[121]'' [Margen izquierdo]: Aparécesele Cristo crucificado con las insignias de su Pasión, y las Marías. ''[122]'' [Margen derecho]: Nuestra Señora visita a santa Juana. ''[123]'' '''andaban a los alcances''': observaban los pasos que daba para prenderla, averiguar su conducta o descubrir sus acciones ocultas (''Tesoro'' de Covarrubias). ''[124]'' [Margen derecho]: Del palomar hace oratorio. ''[125]'' [Margen izquierdo]: Aparécesela Cristo. ''[126]'' [Margen izquierdo]: Promete Cristo a santa Juana desposarse con ella y de hacerla religiosa. ''[127]'' [Margen derecho]: Sale de su casa en hábito de hombre. ''[128]'' [Margen derecho]: Esfuérzala el ángel de su guarda. ''[129]'' [Margen izquierdo]: Nuestra Señora se le aparece y la consuela. ''[130]'' '''puerta reglar''': la que da entrada a la clausura de un convento (''Autoridades''). ''[131]'' [Margen derecho]: La imagen que está sobre la puerta reglar habla con santa Juana. ''[132]'' [Margen izquierdo]: Llegan los parientes de santa Juana y hállanla a la puerta del monasterio. ''[133]'' [Margen derecho]: Llega en busca de santa Juana el que la pretende por mujer. ''[134]'' [Margen derecho]: Dan el hábito a santa Juana. ''[135]'' [Margen derecho]: Mandan que guarde silencio por un año. ''[136]'' [Margen izquierdo]: Éntrase a confesar desnuda. ''[137]'' [Margen izquierdo]: Lo que sucedió a santa Juana la primera vez que comulga siendo novicia. ''[138]'' [Margen izquierdo]: Contienda maravillosa entre los gloriososo santo Domingo y san Francisco. ''[139]'' [Margen izquierdo]: Pide licencia el demonio para tentar a la santa. ''[140]'' [Margen izquierdo]: Azótala el demonio. ''[141]'' [Margen derecho]: [Desea santa Juana padecer muchos trabajos por Nuestro Señor. ''[142]'' [Margen izquierdo]: Asperezas de santa Juana. ''[143]'' [Margen izquierdo]: Asistencia en la oración muy contínua. ''[144]'' [Margen derecho]: Notable mortificación. ''[145]'' [Margen izquierdo]: Milagro que hace el Señor por su sierva. ''[146]'' [Margen derecho]: Humildad y paciencia de santa Juana. ''[147]'' [Margen izquierdo]: Aparécesele el Niño Jesús en el torno. ''[148]'' [Margen izquierdo]: El Niño Jesús, la Virgen y muchos ángeles se le aparecen. ''[149]'' [Margen derecho]: Resplandecía el rostro y sale della grande olor. ''[150]'' [Margen derecho]: Obediencia lo que puede. ''[151]'' [Margen izquierdo]: Maravillosa frecuencia de raptos. ''[152]'' [Margen izquierdo]: Raptos que la duraban tres días. ''[153]'' [Margen derecho]: Resplandece el rostro estando elevada. ''[154]'' [Margen derecho]: Lugar celestial donde estaba santa Juana cuando se arrobaba. ''[155]'' [Margen izquierdo]: Queda como muerta en un rapto. ''[156]'' [Margen derecho]:'' Isaías'', cap.3. ''[157]'' [Margen derecho]: [Santo Tomás] I par., q. 51, art. 3. ''[158]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[159]'' [Margen derecho]: Nuestro Señor se desposa con santa Juana ''[160]'' [Margen izquierdo]: Petrus de Natalibus, lib. 10, cap. 105, y san Antonio, 3 par. ''Historia'' 32, cap. 14, §6. ''[161]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[162]'' [Margen izquierdo]: Da la Virgen el anillo y pónesele Nuestro Señor a santa Juana en el dedo. ''[163]'' [Margen izquierdo]: Cristo y su madre aparecen a santa Juana. ''[164]'' [Margen derecho]: Recibe santa Juana el Niño Jesús de mano de la Virgen. ''[165]'' [Margen derecho]: Comulga espiritualmente muchas veces cada día. ''[166]'' '''Gracia ''ex opere operato''''': literalmente, “virtud de la obra realizada»; aquí se refiere a la eficacia que depende del propio sacramento, no de la fe o de la valía de quien lo administra o lo recibe. Se aclara, por tanto, que no se pretende conceder la misma importancia a la comunión espiritual que al sacramento de la Eucaristía. ''[167]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[168]'' [Margen derecho del fol. 25r/Margen izquierdo del fol. 25v]: [Concilio tridentino] Ses.13, cap. 8; santo Tomás, 3 par., q. 80, arts. I ad 2 y lib. 4, dist. 9, art. 2; Suárez, t./ 3, p. 3, disp. 62, sectio I. ''[169] ''La parte de esta nota que prosigue lo reproducido en la anterior'' ''se encuentra ya en el margen izquierdo del fol. 25v. ''[170]''''' alzar''': momento de la misa en que el sacerdote muestra al pueblo la Hostia y el cáliz consagrados (''Diccionario de Autoridades''). ''[171] ''[Margen derecho]: Ábrese la pared y ve el Santísimo Sacramento. ''[172]'' [Margen izquierdo]: Ábrense muchas paredes y ve el Santísimo Sacramento. ''[173]'' [Margen izquierdo]: Háblala la Hostia consagrada. ''[174]'' Margen derecho]: Desde su celda oye la misa y el oficio divino. ''[175]'' [Margen derecho]: Aparécesela Cristo resucitado. ''[176]'' [Margen derecho]: Los ángeles la traen la Hostia consagrada. ''[177]'' [Margen izquierdo]: Familiaridad con que trata santa Juana con los ángeles. ''[178]'' '''resabio''': sabor extraordinario (''Diccionario de Autoridades''). ''[179]'' [Margen derecho]: ángeles que presiden en los reinos y provincias visitan a santa Juana. ''[180]'' [Margen derecho]: Levantan los ángeles a santa Juana en presencia de las monjas. ''[181]'' [Margen izquierdo]: Persuade santa Juana a las monjas que sean devotas de los ángeles de la guarda. ''[182]'' [Margen izquierdo]: Los ángeles obedecen a la campana de la obediencia. ''[183]'' [Margen derecho]: Castigo y premio de la obediencia. ''[184]'' '''ángeles de guarda''' aparece dos veces en esta edición y en las de Valladolid y Zaragoza de 1611, aunque lo esperable sería la presencia del artículo determinado detrás de la preposición. ''[185]'' [Margen izquierdo]:'' De coelesti hierarchia'', cap. 15. ''[186]'' [Margen izquierdo]: Concilio Lateranense 2, cap. I; san Dionisio ''De caelesti Hierarchia'', cap. 1.2.7, y S. Agustín, lib. ''De spiritu et anima'', caps. 13 et 15; St.Tomás, I par., q. 50, arts. 1 et 2 de ''Sentencias'', dist. 8; san Buenaventura, lib. 2 de ''Sentencias'', dist. 8, y Escoto en el mismo lugar. ''[187]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[188]'' '''‘''Confiteantur…Angelorum''’''': ‘Que todos los ángeles se regocijen porque Cristo es el Rey de los ángeles’. ''[189]'' [Margen izquierdo]: Hermosura y ornato del ángel. ''[190]'' '''“''Spiritus…nostra''”''': “La gracia del Espíritu Santo ilumina nuestros corazones y mentes». '''“''Ecce…adversae''”''': “He aquí la cruz del Señor, huid del lado contrario”. '''“''Dulce…clavos''”''': “Dulce madera, dulces clavos». '''“''Quam…tui''”''': “Cuán hermosos son tus pasos”. De manera que la inscripción '''“''Coelestium…infernorum''”''', que significa: “En el Cielo en la Tierra y en el Infierno», enmarca la de '''“''In…genuflectatur''”''', o lo que es lo mismo: “Todo en el nombre de Jesús se postra de rodillas”.  ''[191]'' [Margen derecho]: San Laruel se llama el ángel custodio de santa Juana. ''[192]'' [Margen derecho]: Magister sententias, lib. 4, dist. II; Escoto 4, ''Sententiarum'', dist. II, lit. E, en el comento al texto del Maestro. ''[193]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[194]'' '''“''Ecce…adversae''”''': véase nota ''[190]''. ''[195]'' [Margen izquierdo]: Maravillosa pregunta y mucho más la respuesta. ''[196]'' [Margen derecho]: Nota de los ángeles que cayeron. ''[197]'' '''“''In''…''Verbum''”''': “Al principio era el Verbo”. '''“''In''…''terram''”''': “A principio creó Dios el Cielo y la tierra”. ''[198]'' [Margen derecho]: Manda el ángel a santa Juana que escriba sus revelaciones. ''[199]'' '''arreo''': sucesivamente (''Diccionario de Autoridades''). ''[200]'' [Margen derecho]: Nueve veces se apareció Nuestra Señora. ''[201]'' [Margen izquierdo]: Confiésase con el ángel de su guarda. ''[202]'' [Margen izquierdo]:'' Concilio tridentino'', ses. I. 4, cap. 6 et canones 9 et 10. ''[203]'' Esta parte de la nota se encuentra en el margen izquierdo del fol. 31v. ''[204]'' [Margen derecho]: Lib. 4 ''Sententiarum, ''dist. 17, qq. I ad 2 et 3. ''[205]'' [Margen derecho]: ''De vera et falsa poenitentia'', cap. 10.  ''[206]'' [Margen derecho]: Lib. 4, ''Sententiarum'', dist. 17, q. 3 et in additionibus, ''Quaestiones'', 8, art. 2 ad I. ''[207]'' [Margen derecho]: 4, ''Sententiarum'', dist. 17, q. 2 et super literam Magistri. ''[208]'' [Margen derecho]: [Gabriel, Major, Marsilio y el Maestro] En la misma dist. [''Sententiarum'', dist. 17] in litera ad finem. ''[209]'' “'''El Maestro”''' o “el Maestro de las sentencias” es Pedro Lombardo, filósofo escolástico del siglo XII. ''[210]'' La parte de la nota que va desde ''[203]'' hasta el final de la misma se encuentra en el margen derecho del fol. 32r. ''[211]'' [Margen derecho]: Pregunta al ángel si son pecado las tentaciones. ''[212]'' [Margen izquierdo]: Consuela en ángel a santa Juana. ''[213]'' [Margen derecho]: Tiénese por muy gran pecadora. ''[214]'' '''de costa''': de lado.  ''[215]'' [Margen izquierdo]: Palabras con que consuela el ángel a santa Juana. ''[216]'' [Margen izquierdo]: Surio, t. 7, mense Aprilis, die 14. ''[217]'' [Margen izquierdo]: Julio Ursino in eius ''Vita'', lib. I, cap. 13. ''[218]'' [Margen izquierdo]: Marco Marulo, lib. 2, cap. 4. ''[219]'' '''Isabel...Esconaugia: '''véase la nota ''[8]''. ''[220]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[221] ''[Margen derecho]: Nota la humildad de santa Juana. ''[222]'' [Margen izquierdo]: Respuestas maravillosas que da el ángel a santa Juana. ''[223]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[224]'' [Margen izquierdo]: Manda santa Juana a las monjas que la traigan sus rosarios porque los quiere Dios bendecir. ''[225]'' [Margen derecho]: Pónense los rosarios en una arquita. ''[226]'' [Margen derecho]: Bendícense los rosarios en el Cielo. ''[227]'' [Margen izquierdo]: Bajan los rosarios del Cielo llenos de un olor celestial que tracendía. ''[228]'' '''tracendía:''' puede tratarse de un error, pues ni el ''Diccionario de Autoridades ''ni el ''Tesoro'' de Covarrubias registran la forma, y el ''CORDE'' atestigua muy pocos casos en comparación con los derivados de ''trascender''. ''[229]'' '''agnusdeyes''': pedazos de cera normalmente de forma circular o elíptica amasados por el Papa con polvos de reliquias de santos en presencia de cardenales y obispos. Tienen grabada a medio relieve por una cara el Cordero con la inscripción “''agnusdei''», y por otra, Cristo, la Virgen o algún santo con su inscripción y el nombre del Papa que las fabricó y bendijo. ''[230]'' [Margen izquierdo]: Virtudes de las cuentas de santa Juana. ''[231]'' La indulgencia '''Porciúncula''', conocida también como Perdón de Asís o Indulgencia de las rosas, es el perdón de toda pena temporal que en el seno de la Iglesia católica se concede una vez en la vida a los fieles que el 2 de agosto recen ciertas oraciones en cualquier iglesia o parroquia franciscana, y cumplan algunas condiciones en torno a esa fecha. La Porciúncula se ha ampliado desde sus orígenes, pues cuando en 1216 Honorio III la otorgara a instancias de san Francisco, solo podía obtenerse si se visitaba la pequeña iglesia incluida en la basílica de Santa María de los ángeles del municipio de Asís, en la región italiana de Umbría. ''[232]'' [Margen izquierdo]: Concede Nuestro Señor las indulgencias destos rosarios con condición que no desprecien por ellas las que los Papas concedieren. ''[233]'' '''Francisco de Torres''' podría ser el virrey y capitán general el reino de Mallorca hasta 1621 Francisco Juan de Torres, si bien este político y hombre de armas no tomaría el hábito. '''Fray Julián de San Agustín''' es Julián Martinet Gutiérrez (''c.'' 1553-1606), beato franciscano que gozó en vida de fama de santidad por sus extremadas penitencias y su don de profecía.  ''[234]'' Esta nota, a medio camino entre la nota-guía y la glosa, se encuentra en el margen derecho. ''[235]'' [Margen izquierdo]: Nota las virtudes destas cuentas. ''[236]'' [Margen derecho]: Contra los demonios. ''[237]'' [Margen derecho]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas de santa Juana. ''[238]'' [Margen derecho]: Contra demonios. ''[239]'' [Margen izquierdo]: Contra demonios. ''[240]'' [Margen izquierdo]: Contra demonios. ''[241]'' [Margen izquierdo]: Temen los demonios y conocen las cuentas de santa Juana. ''[242]'' [Margen derecho]: Contra demonios. ''[243]'' [Margen izquierdo]: Contra demonios. ''[244]'' [Margen izquierdo]: Contra el fuego, tempestades y rayos y tormentas del mar. ''[245]'' '''capítulo''' '''general''': asamblea monástica a la que asistían generalmente representantes de todos los monasterios de una orden o de todas las casas de una congregación. '''Sixto V''': fraile franciscano que fue papa de Roma desde 1585 hasta su fallecimiento en 1590. Su pontificado destacó por incidir en el riguroso cumplimiento de los decretos del concilio de Trento. ''[246]'' [Margen derecho]: Contra tempestades. ''[247]'' [Margen izquierdo]: Contra diversas enfermedades. ''[248]'' '''se esforzase''': se animase. ''[249]'' '''perlesía''': pérdida y relajación del vigor, la movilidad y la sensación de los nervios. ''[250] ''[Margen izquierdo]: Contra perlesía y peste. ''[251]'' '''seca''': inflamación de un ganglio linfático o de una glándula. ''[252]'' [Margen derecho]: Contra mal de corazón. ''[253]'' [Margen izquierdo]: Saca la espina hincada en la garganta. ''[254]'' [Margen izquierdo]: Contra los escrúpulos y tentaciones de la fe. ''[255]'' [Margen izquierdo]: Contra las calenturas. ''[256]'' [Margen izquierdo]: Contra desesperación y tentaciones del demonio. ''[257]'' [Margen izquierdo]: El santo fray Julián toca cuentas en una que tenía de las de santa Juana. ''[258]'' [Margen derecho]: Procúrale estorbar el demonio. ''[259]'' [Margen derecho]: Conocía el santo fray Julián las cuentas que estaban tocadas. ''[260]'' [Margen izquierdo]: Contra los demonios. ''[261]'' [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas tocadas. ''[262]'' [Margen derecho]: Contra los demonios. ''[263]'' [Margen derecho]: Nota lo que puede la fe y lo que dijo el demonio. ''[264]'' [Margen derecho]: Contra los demonios. ''[265]'' [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas y la santidad de santa Juana. ''[266]'' [Margen izquierdo]: Contra los demonios. ''[267]'' [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la santidad de santa Juana. ''[268]'' [Margen izquierdo]: Contra los demonios. ''[269]'' '''día de…santa María Magdalena''': el 22 de julio. ''[270]'' [Margen derecho]: Ánima de un quemado sube al Cielo acompañada de ángeles. ''[271]'' [Margen derecho del fol. 49r]: Lib. 4,'' Sententiarum'', dist. 20, q. única. ''[272]'' [Margen derecho del fol. 49r]: Et de hoc videatur D. Agustín, lib. ''De vera et falsa poenitentia''<nowiki>; san Gregorio, cap. 27 in </nowiki>''Iob''<nowiki>; san Ambrosio, lib. </nowiki>''De poenitentia sancti Hieronymi'', t. 4, in epistola'' Eusebii ad Damasum episcopum''. ''[273]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho del fol. 49r. ''[274]'' [Margen izquierdo]: El demonio se hace adorar de un ermitaño. ''[275]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, I par. ''Quaestiones'', 64, art. 2 ad 3 y art. 12; ''Quaestiones'', 20, arts. 4 y 5, y 3 par. ''Quaestiones'', 68, arts. 2 ad 3; san Buenaventura, ''De profectu religiosorum'', lib. 2, cap. 23. ''[276]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[277]'' '''día de santa Lucía''': 13 de diciembre. ''[278]'' [Margen derecho]: Habla Dios a santa Juana. ''[279]'' [Margen izquierdo]: Promesa que hace Dios a santa Juana. ''[280]'' [Margen izquierdo]: Visita santa Bárbara a santa Juana. ''[281]'' [Margen derecho]: Háblala el alma de un niño difunto. ''[282]'' [Margen izquierdo]: Visión admirable. ''[283]'' [Margen izquierdo]: Pregunta que hace Nuestra Señora a santa Juana. ''[284]'' [Margen izquierdo]: Consuela Nuestra Señora a santa Juana. ''[285]'' [Margen derecho]: Pregunta que hace Nuestra Señora a santa Juana y la caridad de su respuesta. ''[286]'' [Margen izquierdo]: Procesión en que viene Nuestra Señora. ''[287]'' [Margen izquierdo]: Visita Nuestra Señora a las monjas. ''[288]'' [Margen derecho]: Los ángeles ponen guirnaldas de rosas a las monjas. ''[289]'' [Margen izquierdo]: Perdones que ha concedido Nuestro Señor en la iglesia de la Cruz. ''[290]'' [Margen izquierdo]: ''Compendium privilegiorum fratrum Minorum'', verbo indulgentiae stationum quo ad fratres, fol. 65, y fray Manuel Rodríguez en la ''Explicación de la Bula de las Cruzadas'', §8, fol. 17, núm. 3 y en las ''Questiones regulares'', t. 2, q. 88, art.2. ''[291]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[292]'' [Margen derecho]: Aparécese Nuestra señora a santa Juana junto a la imagen. ''[293]'' [Margen derecho]: Consagra Dios la imagen. ''[294]'' [Margen derecho]: Manda llamar los demonios porque vean la virtud que pone en la imagen. ''[295]'' '''“''Ego…sum''”''': “Yo soy el que soy”. '''“''Ecce…omnia''”''': “He aquí que hago todas las cosas nuevas”. ''[296]'' '''“''Hanc…fabricata''”''': “Esta mujer a la que desprecias, Manicas, es mi madre y hecha por mi mano”. ''[297]'' '''''Te Deum laudamus''''' o ''A ti Dios alabamos'' es uno de los primeros himnos cristianos de acción de gracias y celebración y se reza tradicionalmente en las grandes solemnidades, especialmente el 31 de diciembre. ''[298]'' [Margen derecho]: Ve con ojos corporales a Nuestro Señor y a los doce apóstoles. ''[299]'' [Margen derecho]: Niña de siete meses endemoniada. ''[300]'' [Margen izquierdo]: Estando ausentes ve las personas que se le encomiendan. ''[301]'' [Margen izquierdo]: Llorar la Pasión es muy meritorio. ''[302]'' [Margen izquierdo]: Claridad y certeza que da Dios a santa Juana en sus revelaciones. ''[303]'' [Margen derecho]: Dios y el ángel de su guarda le demandan diga las revelaciones. ''[304]'' [Margen derecho]: Enmudece Dios a santa Juana. ''[305]'' [Margen izquierdo]: Restituye Nuestro Señor la habla a santa Juana. ''[306]'' [Margen izquierdo]: Trece años habló el Espíritu Santo por la boca de santa Juana. ''[307]'' [Margen derecho]: Las ánimas de Purgatorio y los ángeles vienen a oír a santa Juana. ''[308]'' [Margen derecho]: Suceso de un inquisidor. ''[309]'' [Margen izquierdo]: Habla en diversas lenguas. ''[310]'' [Margen izquierdo]: Habla en arábigo. ''[311]'' [Margen izquierdo]: Convierte santa Juana a dos moras ''[312]'' [Margen izquierdo]: Habla en latín muchas veces. ''[313]'' [Margen derecho]: Mandan que ninguno la oiga y que la encierren. ''[314]'' [Margen derecho]: Las aves vienen a oírla. ''[315]'' '''Gonzalo Fernández de Córdoba''', el Gran Capitán (1453-1515), fue un caballero renacentista estadista, diplomático, alcalde, almirante, capitán general, virrey de Nápoles y artífice de la nueva concepción de la infantería que dio lugar a los Tercios de Flandes.''' Fray Francisco Jiménez''' es el cardenal Cisneros, quien propuso a Fernando el Católico emprender una expedición de conquista a Orán, financiando él mismo los gastos con la condición de que la plaza tomada quedara bajo la jurisdicción de la archidiócesis de Toledo. En agosto de 1608 fray Francisco Jiménez de Cisneros recibiría el título de capitán general de África. '''De todos estados''': así consta en el texto base y en todas las ediciones consultadas, aunque hoy se preferiría introducir un artículo determinado entre el adjetivo indefinido y el sustantivo. ''[316]'' [Margen izquierdo]: Visita Nuestro Señor a santa Juana. ''[317]'' [Margen derecho]: Habla el Señor con santa Juana. ''[318]'' [Margen izquierdo]: Dale Cristo el Espíritu Santo, como a sus apóstoles. ''[319]'' [Margen derecho]: Predica declarando los Evangelios y fiestas del año. ''[320]'' [Margen derecho]: Notable en experiencia y atrevimiento. ''[321]'' [Margen derecho]: Otra experiencia. ''[322]'' [Margen derecho]: El Espíritu Santo da la bendición a los oyentes. ''[323]'' [Margen izquierdo]: Habla el Espíritu Santo. ''[324]'' Debajo de la nota marginal ''[323]'' hay dos líneas tachadas. ''[325]'' [Margen izquierdo]: Queda cansadísima y sudando. ''[326]'' [Margen izquierdo]: Solamente se escribieron los sermones que predicó en un año. ''[327]'' [Margen derecho]: Sermones que predicó santa Juana. ''[328]'' día de la''' Ascensión''': cuarenta días después del domingo de Resurrección. ''[329]'' [Margen izquierdo]: Quién compuso el ''Libro del Conorte''. ''[330]'' [Margen izquierdo]: Concil. 4, Carta canónica 99, dist. 23,'' mulier''. ''[331]'' [Margen derecho]: Santa Juana goza dos aureolas ''[332]'' [Margen derecho]: Ensordece Dios a santa Juana y porqué. ''[333]'' [Margen izquierdo]: Dala Dios los dolores y señales de sus llagas. ''[334]'' [Margen izquierdo]: Arróbase estando en cruz. ''[335]'' [Margen derecho]: Tamaño y figura de las señales. ''[336]'' '''“''Licet dum militans…''”''': ''“''Aunque al servir…”.  ''[337]'' [Margen izquierdo]: [nueva recopilación de bulas apostólicas de Rodríguez] tom. I, fol. 313. ''[338]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[339]'' [Margen derecho]: Imprímela el Señor las señales ''[340]'' [Margen derecho]: Cuanto más la ensalza Dios, tanto más se humilla ella ''[341]'' [Margen derecho]: Quítala el Señor las señales y dala en todo su cuerpo los dolores de su Pasión. ''[342]'' [Margen izquierdo]: Represéntala Dios su Pasión y la de los diez mil mártires crucificados. ''[343]'' [Margen derecho]: Pregunta que hace Nuestro Señor a santa Juana. ''[344]'' [Margen derecho]: Aparécesele nuestro padre san Francisco. ''[345]'' La '''fiesta de san Francisco de Asís''' se celebra el 4 de octubre en la Iglesia católica. ''[346]'' [Margen izquierdo]: Aparécesela Nuestro Señor y lo que la dice. ''[347]'' '''día de santa Clara''': 11 de agosto. ''[348]'' [Margen izquierdo]: Sánala el apóstol san Pedro. ''[349]'' '''diciplinas''': aparece así en el texto base. El ''Tesoro'' de Covarrubias recoge únicamente esta voz con la simplificación del grupo consonántico ''sc''. ''[350]'' [Margen izquierdo]: El Espíritu Santo la elige por abadesa. ''[351]'' [Margen izquierdo]: Fue abadesa diecisiete años. ''[352]'' [Margen derecho]: Cerró santa Juana el convento y hizo que las monjas guardasen clausura. ''[353]'' [Margen izquierdo]: Nota lo que puede la oración. ''[354]'' [Margen izquierdo]: Resucita santa Juana una niña muerta. ''[355]'' [Margen izquierdo]: Aparécese a una señora desahuciada y dale salud. ''[356]'' La reproducción de la cláusula de la carta de Ana Manrique a Juana de la Cruz aparece en cursiva en el texto base. ''[357]'' [Margen izquierdo]: Aparécese a una religiosa enferma. ''[358]'' [Margen izquierdo]: Otros milagros. ''[359]'' '''zaratán''': un tipo de cáncer de mama en las mujeres. ''[360]'' [Margen derecho]: Sana a una monja de fuego de san Marcial. ''[361]'' El '''fuego de san Marcial''' o fuego de san Antón constituyó una epidemia en la Edad Media que hoy conocemos como ergotismo y que se corresponde con el conjunto de síntomas de la intoxicación por cornezuelo de centeno. El más característico de estos síntomas es la inflamación y el enrojecimiento de la piel en alguna parte del cuerpo. ''[362]'' [Margen derecho]: Sana de mal de rabia. ''[363]'' [Santo Tomás] 2.2, q. 174, art. 6 ad 3. ''[364]'' ''Ecclesiastici'', cap. 2; ''Matthaeus'', caps. 10 y 22; ''Luca'', 16; D. Augustín: ''De civitate Dei'', lib. 10, cap. 1, et ''De anima et eius origine'', lib. 2, cap. 4; san Gerónimo in ''Ioel'', cap. 2; san Buenaventura, lib. 4 ''Sentencias'', dist. 20, I par., q. 5. ''[365]'' Lib. 2 ''De Conceptu mundi''. ''[366]'' [Landulpho Carthusiano] Tom. 3, cap. 46. ''[367]'' In ''Matthaeus'', cap. 24, q. 239. ''[368]'' '''Inocencio III''': por cómo se concretará la referencia a este testimonio en la edición de la ''Vida de Juana de la Cruz'' publicada en Madrid en 1613, sabemos que Daza alude al contenido del segundo de los tres libros que componen ''Sobre el desprecio del mundo o la miseria de la condición humana'', “En donde se determina el ascenso de la conversión de la culpabilidad humana”. '''Landulfo Cartusiano''' es una de las formas latinizadas que se usan para referirse a Ludolf von Sachsen o Ludolfo de Sajonia, el Cartujano (ca. 1300-1378?), escritor cartujo alemán, autor de la primera'' Vita Christi'' extraída de los cuatro Evangelios, que fue una obra muy leída e impresa por toda la Europa del siglo XV. '''El Abulense''' o El Tostado es Alonso Fernández Madrigal (1400-1455) y Daza cita uno de sus extensos comentarios latinos: el de ''Mateo''. ''[369]'' [Gregorio de Valencia] Tom. 4, disput. 1, q. 22, puncto 9 y disput. 10, q. 1, puncto 2. ''[370]'' [Suárez] 3 par. q. 59, disput. 523, sectio 2. ''[371]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[372]'' '''''“Constitui…suscipiendas”''''': “Te he hecho príncipe para ser respetado por todas las almas». '''“''Signifer… sanctam”''''': “Que el portaestandarte san Miguel los represente en la santa luz”. ''[373]'' Juan Molano in ''Historia sanctorum imaginum'', lib. 2, cap. 28; Viegas in ''Apocayipsi'', cap. 12, t. I, sectio 17, núm. 5, y sectio 18, núm. 7; Juan Equio, Homilía 8 ''De sancto Michaele''. ''[374]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[375]'' Santo Tomás, lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 21, q. 1, art.I; san Buenaventura, 4 ''Sententiarum'', dist. 2, par., q. 5. ''[376]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. Aunque podría considerarse una nota-guía, el hecho de que incorpore notas-fuentes y que en el original aparezca en cursiva favorecen editarla de este modo: como glosa en el cuerpo del texto. ''[377]'' [San Gerónimo super ''Daniel''] Cap. 7. ''[378]'' '''“''Duplex est… praesint cruciatibus”''''': “El oficio de los ángeles es doble: unos que dan recompensas a los justos, otros que presiden las torturas individuales”. '''“''Sancti Angeli…lege puniendos”''''': “Los santos ángeles castigan sin ira a los que aceptan la ley eterna para ser castigados”. ''[379]'' ''De Civitate Dei'', lib. 9, cap. 5. ''[380]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[381]'' [Margen derecho]: Religiosos que murmuran de sus prelados tienen particular pena y lugar en el Purgatorio y Infierno. ''[382]'' [Margen izquierdo]: Dos veces en semana va santa Juana al Purgatorio. ''[383]'' [Margen izquierdo]: Aparécesela una ánima de Purgatorio'''.''' ''[384]'' [Pedro Lombardo] Lib. 4, dist. 41. ''[385]'' Lib. I in eius vita, cap. 13. ''[386]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[387]'' [Margen derecho]: Ánima en figura de palomar. ''[388]'' [Margen izquierdo]: Aparécesele una ánima de Purgatorio. ''[389]'' [Margen izquierdo]: [Margen derecho]: Vale mucho la devoción de los santos. ''[390]'' Pena el ánima en el buey y pide perdón a santa Juana de los agravios que la hizo. ''[391]'' '''destral''': hacha pequeña (''Autoridades''). ''[392]'' '''mascándolos''': ''CORDE'' registra otros ejemplos, aunque escasos y prácticamente todos del siglo XVI, del uso de “mazcar” por “mascar”. ''[393]'' Lib. I, cap. 13 in ''Vita D. Bernardi''. ''[394]'' Este fragmento de nota se encuentra en el margen izquierdo del fol. 75v. ''[395]'' ''Historia anglicus'', lib. 3, cap. 19. ''[396]'' ''De iudicio particulari''. ''[397]'' [Santo Tomás] Lib. 2 ''Sententiarum'', dist. 6, artic. 6 ad 3 y lib. 4, dist. 20, art.5. ''[398]'' [Escoto] Lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 44, q. 3. ''[399]'' El final de esta nota se encuentra en el margen derecho del fol. 76r. ''[400]'' Santo Tomás, 3 par. ''Quaestiones'', 46, art.6 y lib. 3 ''Sententiarum'', dist. 15, q. 2, art. 3. ''[401]'' [San Vicente Ferrer] In ''Sermone de acqua benedicta'', lit. G. ''[402]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[403]'' [Margen derecho]: Trecientas mil almas saca Nuestra Señora del Purgatorio de una vez. ''[404]'' [Margen izquierdo]: Fuera del Purgatorio penan las almas en otros lugares del mundo. ''[405]'' Santo Tomás, lib. 4, ''Sententiarum'', dist. 21, q I, art. 1 ad 3; san Buenaventura, 4 ''Sententiarum'', dist. 20, in I par.I ''Quaestiones'', 6; san Antonino, 3.par., ''Historia'', tít.33, §3. ''[406]'' [San Gregorio] Lib.4 ''Dialogorum'', caps.40 y 55. ''[407]'' '''caliginoso''': tenebroso, denso. ''[408]'' Lib. 3 ''Historia Anglorum'', cap. 19. ''[409]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[410]'' [Margen derecho]: Penan las ánimas en guijarros. ''[411]'' [San Buenaventura] Lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 20 in par. I, q. 6. ''[412]'' [Santo Tomás] 4 dist. , ''Quaestiones'', 21, arts. 1 ad 3. ''[413]'' [San Antonip] 3 par. ''Historia'', tít. 31, §3. ''[414]'' ''De Sacramentis'' [''De Sacramentis christiana fidei''], par. 16, cap. 4. ''[415]'' [Belarmino] Tom. I, lib. 2, cap. 6 ''De Purgatorio.'' ''[416]'' ''Liber de quatuor novissimis''. ''[417]'' In epistola ''De miraculis sui temporis''. ''[418]'' [Soto] 4, dist. 20, art. I, q. 6. ''[419]'' Lib. 4 ''Dialogorum'', caps. 40 y 55. ''[420]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[421]'' [Margen derecho]: Conoce santa Juana si hay almas en los guijarros. ''[422]'' '''gafa''': con los dedos encorvados y paralizados. ''[423]'' [Margen izquierdo]: Elévase santa Juana entre los guijarros. ''[424]'' [Margen izquierdo]: Participa de las penas de Purgatorio. ''[425]'' [Margen izquierdo]: Padece penas de fuego. ''[426]'' [Margen derecho]: Arróbase la santa en medio de sus dolores y trabajos. ''[427]'' [Margen derecho]: Almas sentenciadas a quinientos años en el Purgatorio. ''[428]'' ''Historia Anglicus'', lib. 5, cap. 3. ''[429]'' Lib. ''De Purgatorio contra Lutero'', cap. 16. ''[430]'' t. I, lib. 5, ''De Purgatorio'', cap. 9. ''[431]'' Esta parte de la nota-glosa se encuentra en el margen derecho del fol. 80r. ''[432]'' [Juan Herolt] Sermo 41, ''De animabus''. ''[433]'' [Sermón ''De animabus'', de Juan Herolt] Ejemplos 83 y 85, littera P. ''[434]'' [Soto] Lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 19, q. 3, art. 2, in fine. ''[435]'' Véanse el cardenal Ballarmino ubi supra y Suárez, 3 par., t. 4, disput. 46, sectio 4. ''[436]'' Esta parte final de la nota se encuentra en el margen izquierdo del fol. 80v. ''[437]'' [Margen derecho]: Particular caso que sucedió con las almas que penaban en un guijarro. ''[438]'' [Margen izquierdo]: Múdanse las ánimas de los guijarros en unas jarras. ''[439]'' San Buenaventura, lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 2 in I par., q. 5; santo Tomás, lib. 4, ''Sententiarum'', dist. 21, q. I, art. I. ''[440]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[441]'' [Margen derecho]: Canta santa Juana con los ángeles y con las ánimas. ''[442]'' [Margen derecho]: Deseos que tienen las ánimas de juntarse con santa Juana. ''[444]'' [Margen izquierdo]: El ángel en hábito de romero pobre pide limosna para santa Juana. ''[445]'' [Margen derecho]: Cesa el Espíritu Santo de hablar por la boca de santa Juana. ''[446]'' [Margen izquierdo]: Dolores de cabeza muy grandes. ''[447]'' [Margen derecho]: Maravillosa visión. ''[448]'' [Margen izquierdo]: Don fray Francisco Jiménez da el beneficio de Cubas al convento de santa Juana. ''[449]'' [Margen izquierdo]: Toma parecer con el ángel de su guarda. ''[450]'' [Margen derecho]: Testimonios que levantan a santa Juana. ''[451]'' [Margen izquierdo]: Ve el Infierno abierto y su convento lleno de demonios. ''[452]'' [Margen derecho]: Envía Dios al arcángel san Miguel en defensa del convento. ''[453]'' '''“''Michael…dracone”''''': ''“Miguel y sus ángeles pelearon con el dragón”''. ''[454]'' ''Apocalipsis'', cap. 12. ''[455]'' ''Epistola Iudaeos'', cap. 5. ''[456]'' Santo Tomás, I par., q. 109, art. 4. ''[457]'' '''''“Unde…peccatis”''''': ''“¿De dónde le viene al ángel bueno la virtud de luchar contra un ángel malo y de resistirle? Del hombre y de los pecados de las personas”''. ''[458]'' Lib. 9, ''De victoria verbi Dei'', cap. 6. ''[459]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[460]'' [Margen izquierdo]: Tañen a capítulo y cuenta esta visión a las monjas. ''[461]'' [Margen derecho]: Habla la imagen a santa Juana. ''[462]'' [Margen derecho]: Profecía de los trabajos de la santa. ''[463]'' [Margen izquierdo]: Muéstrala Dios todo lo que se hace contra ella. ''[464]'' '''fiesta de la Santísima Trinidad''': 2 de junio. ''[465]'' [Margen derecho]: Azotan a santa Juana y privan del oficio. ''[466]'' [Margen derecho]: Sentimiento de las monjas cuando se trata de elegir otra abadesa. ''[467]'' [Margen derecho]: Ruega santa Juana por su perseguidora y alcanza misericordia de Dios para ella. ''[468]'' [Margen derecho]: Manda el ángel a santa Juana que escriba por mano ajena. ''[469]'' [Margen derecho]: El ángel dice a santa Juana su muerte. ''[470]'' Santo Tomás, I par. ''Quaestiones'', 9, art. 1. ''[471]'' Santo Tomás, I par. ''Quaestiones'', 19, arts. 11 y 12, y ''Quaestiones'', 23, art. 5, y lib. 4, dist. 45, art. 4 y dist. 47, art. 2, y ''De veritate'', q. 6 y q. 23. ''[472]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. ''[473]'' '''Día de los apóstoles san Felipe y Santiago''': la Iglesia católica celebra en realidad la fiesta de san Felipe y Santiago el Menor el día 3 de mayo. Es posible que la confusión se deba a una razón interna a la propia obra, ya que en el párrafo 12 del mismo capítulo se alude a una visión de ambos santos que Juana experimenta tres días antes de su muerte. Quizá el hagiógrafo hace coincidir (¿inconscientemente?) por esa razón la aparición mencionada con el día de la fiesta de ambos santos. En realidad la fiesta de los apóstoles coincide con la de la Invención de la Cruz, que servirá más adelante (en el último párrafo del mismo capítulo XIX) para datar el día exacto de la muerte de Juana. ''[474]'' [Margen izquierdo]: Entra en batalla con el demonio. ''[475]'' [Margen izquierdo]: La Madalena se le aparece. ''[476]'' [Margen izquierdo]: Nota lo que pasa en la agonía de la muerte. ''[477]'' [Margen izquierdo]: Comúlgala Nuestro Señor. ''[478]'' [Margen derecho]: Nuestra Señora, los ángeles y santos asisten a su cabecera. ''[479]'' [Margen izquierdo]: Hallose Cristo y su Santísima Madre, muchos ángeles y santos con santa Juana a la hora de su muerte. ''[480]'' [Margen izquierdo]: Resplandécele el rostro. ''[481]'' [Margen derecho]: Muere la sierva del Señor. ''[482]'' [Margen derecho]: Sana un tullido. ''[483]'' [Margen derecho]: Sana a una religiosa enferma. ''[484]'' [Margen izquierdo]: Sana a un hombre de dolor de muelas. ''[485]'' [Margen izquierdo]: Está el cuerpo 5 días sin enterrar. ''[486]'' [Margen derecho]: Maravillosa revelación de la gloria de santa Juana. ''[487]'' [Margen izquierdo]: Revelación de la gloria de santa Juana.  ''[488]'' El largo párrafo que sigue aparece en cursiva en el texto base. ''[489] ''[Margen derecho]: Testimonio de la incorruptibilidad del cuerpo de santa Juana. ''[490]'' '''familia cismontana''': parte de la orden franciscana que se encuentra en Italia y España, es decir, a esta parte de los Alpes y los Pirineos.  ''[491]'' '''comisario de Jerusalén''': fraile franciscano que atiende los distritos territoriales religiosos de Tierra Santa. La institución oficial de esta figura la establece el Papa Martín V el 14 de febrero de 1421 con la bula ''His quae''. '''Provincia de''' '''San José''': primera institución territorial de la familia descalza franciscana fundada por san Pedro de Alcántara en el siglo XVI, que abarcaba toda Castilla hasta que en 1594 pasó a dividirse en dos y a denominarse “provincia de San Pablo» a los conventos de Castilla la Vieja, quedando para la de San José los de Castilla la Nueva (hoy Castilla-La Mancha). De la provincia de San José emanarían las nuevas provincias descalzas en los mismos lugares en que estaban presentes las observantes.  ''[492]'' '''discretas''': mujeres elegidas para asistir a la superiora como consejeras en el gobierno de la comunidad. ''[493]'' [Margen derecho]: Sale la 4 parte de las ''Corónicas'', con 943 santos nuevos ''[494]'' Suárez, 3 par., t. I, q. 25, art. 6, disp. 55, sectio 2; Bellarmino, t. I ''De beatitude et canonizatione sanctorum'', lib. I, caps. 7 et 10; Angelo Rocca, ''De canonizatione sanctorum'', cap. 30; Rodulfo en la ''Historia seráfica'', lib. I, fol. 155. ''[495]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. ''[496]'' '''''O…Dei''''': Oh, santa de Dios, devotísima esposa de Cristo, beata Juana, con la bendición del órgano y lengua del Espíritu Santo, el consuelo y descanso de las almas que viven en el Purgatorio. Oremos al Señor para que seamos dignos de la gracia de Dios. '''''Versiculum…tuis''''': Versículo: La gracia se ha derramado en tus labios. '''''Responsa…aeternum''''': Respuesta: Por ella Dios te ha bendecido para siempre. ''[497]'' '''''Deus…nostrum'', etc''.''''': Dios, que con proezas indecibles has adornado a la beata Juana con maravillosas ilustraciones, y le has dado tanta gracia que no sólo merecía ser hecha tu esposa de modo muy especial, sino también para nuestro propio beneficio, por sus oraciones, y bendito por tus propias virtudes, elegiste dar rosarios por ti mismo, por sus méritos y por la intercesión de tu gracia, obtengamos el perdón de tu gracia a través de nuestro Señor, etc. ''[498]'' '''Ítem''', de aquí en adelante, puede poseer aquí el doble valor de separar artículos o partes del escrito y de añadir información que continúa en el sentido de lo anterior, pues es el modo en que Antonio Daza trata de demostrar la veracidad de lo contenido en la obra revelando las fuentes en las que la ha basado.
=Vida impresa (6)=

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