Diferencia entre revisiones de «María de San Juan»

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Vivía en la imperial ciudad de Toledo Juan Bañares en compañía de su legítima mujer, cuyo nombre se ignora. Dioles Dios una hija, que nació el año de mil cuatrocientos y noventa y uno ''[1]'', con tan singulares señales de virtud que, desde sus niñeces, empezó a dar muestra de una vida maravillosa pues, estando en la casa de sus padres, en sus primeros años vio un pobre desnudo y, quitándole un juboncito humilde que traía las mangas, se las dio al mendigo. Pareciole a la niña que la reñiría su madre y, con la ignorancia de criatura, se quitó el jubón y lo escondió en un pajar. Mas los padres, que admirados habían notado al descuido todo el lance, la riñeron, porque estaba desnuda, pidiéndole la ropa que se había quitado y ella, atemorizada, los llevó al pajar y hallaron el jubón con las mangas, como antes estaba, que Dios [637] mejoró las que la niña dio al pobre, tejiéndolas nuevas de milagro, para que anduviese vestida con celestial gala.  
Vivía en la imperial ciudad de Toledo Juan Bañares en compañía de su legítima mujer, cuyo nombre se ignora. Dioles Dios una hija, que nació el año de mil cuatrocientos y noventa y uno ''[1]'', con tan singulares señales de virtud que, desde sus niñeces, empezó a dar muestra de una vida maravillosa pues, estando en la casa de sus padres, en sus primeros años vio un pobre desnudo y, quitándole un juboncito humilde que traía las mangas, se las dio al mendigo. Pareciole a la niña que la reñiría su madre y, con la ignorancia de criatura, se quitó el jubón y lo escondió en un pajar. Mas los padres, que admirados habían notado al descuido todo el lance, la riñeron, porque estaba desnuda, pidiéndole la ropa que se había quitado y ella, atemorizada, los llevó al pajar y hallaron el jubón con las mangas, como antes estaba, que Dios [637] mejoró las que la niña dio al pobre, tejiéndolas nuevas de milagro, para que anduviese vestida con celestial gala.  


Apenas cumplió los diez años cuando, para saciar el deseo que tenía de ser esposa de Christo, la entraron en el religiosísimo monasterio de la Villa de Torrijos, que era el segundo de religiosas de la Concepción, que fundó Sor Beatriz de Silva en Toledo ''[2]'', como más largamente veremos en la fundación del monasterio de la Concepción de la ciudad de Guadix. El tiempo que Sor María gastó en dicho santuario, antes y después de su profesión, fue tan en servicio de Dios y ejemplo de las religiosas que su vida más parecía angélica que humana. Hallábase a la ocasión en Torrijos Doña Teresa Henríquez, Duquesa de Maqueda, viuda del Duque D. Gutierre de Cárdenas, Comendador mayor de León, de la Orden de Santiago, la cual, por asistencia continua a dicho monasterio, se le aficionó tanto a la sierva de Dios que no hacía sin su parecer cosa alguna, como se vio en la fundación de Almería, que es el motivo principal de poner en esta historia. Mas por no pasar en silencio todos los ''[3]'' prodigios que obró en el monasterio donde tomó el hábito hasta que salió por fundadora, referiré brevemente algunos.  
Apenas cumplió los diez años cuando, para saciar el deseo que tenía de ser esposa de Christo, la entraron en el religiosísimo monasterio de la Villa de Torrijos, que era el segundo de religiosas de la Concepción, que fundó Sor [[Beatriz de Silva]] en Toledo ''[2]'', como más largamente veremos en la fundación del monasterio de la Concepción de la ciudad de Guadix. El tiempo que Sor María gastó en dicho santuario, antes y después de su profesión, fue tan en servicio de Dios y ejemplo de las religiosas que su vida más parecía angélica que humana. Hallábase a la ocasión en Torrijos Doña Teresa Henríquez, Duquesa de Maqueda, viuda del Duque D. Gutierre de Cárdenas, Comendador mayor de León, de la Orden de Santiago, la cual, por asistencia continua a dicho monasterio, se le aficionó tanto a la sierva de Dios que no hacía sin su parecer cosa alguna, como se vio en la fundación de Almería, que es el motivo principal de poner en esta historia. Mas por no pasar en silencio todos los ''[3]'' prodigios que obró en el monasterio donde tomó el hábito hasta que salió por fundadora, referiré brevemente algunos.  


Sea el primero el que contó y afirmó con juramento una gran sierva de Dios, llamada Sor María de la Concepción, la cual tuvo por maestra a Sor María de San Juan y por compañera en esta fundación, y dice que, estando las dos en el monasterio de Torrijos, le dio a Sor María una tan grave enfermedad, de que murió, al parecer del médico, religiosas y la duquesa, que la asistía dentro de la clausura. Pasaron algunas horas en este rapto y, a la una del día, volvió, como quien despierta de un sueño muy profundo. Admiráronse los circunstantes y más al verle en la mano un pedazo de vela, sin haberle nadie puesto. Mandole, por santa obediencia, la abadesa dijese donde había estado y ''[4]'' ella respondió que en un lugar que le pareció ser el Cielo, y había visto y asistido en la procesión de la Candelaria, que era aquel día, y que San Juan Evangelista, su devoto, le había dado una vela y que, al tiempo de quitársela, le dejó aquel pedazo, el cual se llevó por reliquia la Duquesa.  
Sea el primero el que contó y afirmó con juramento una gran sierva de Dios, llamada Sor María de la Concepción, la cual tuvo por maestra a Sor María de San Juan y por compañera en esta fundación, y dice que, estando las dos en el monasterio de Torrijos, le dio a Sor María una tan grave enfermedad, de que murió, al parecer del médico, religiosas y la duquesa, que la asistía dentro de la clausura. Pasaron algunas horas en este rapto y, a la una del día, volvió, como quien despierta de un sueño muy profundo. Admiráronse los circunstantes y más al verle en la mano un pedazo de vela, sin haberle nadie puesto. Mandole, por santa obediencia, la abadesa dijese donde había estado y ''[4]'' ella respondió que en un lugar que le pareció ser el Cielo, y había visto y asistido en la procesión de la Candelaria, que era aquel día, y que San Juan Evangelista, su devoto, le había dado una vela y que, al tiempo de quitársela, le dejó aquel pedazo, el cual se llevó por reliquia la Duquesa.  
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Estando fregando la comunidad después de comer, como es costumbre, se vio sobre el fregadero una nubecita ligera, la cual habían visto las religiosas otros días. Púsolas en gran cuidado, mandó la abadesa por obediencia a Sor María le rogase a Dios manifestase lo que la nube significaba. Y después de una oración prolija, respondió: “Es el alma de fulana” (nombrando una religiosa difunta) “la cual nunca quiso ir a fregar con la comunidad y esta allí purgando su culpa”. Hicieron oración a Dios por ella y nunca más fue vista. Otros muchos portentos se pudieran poner, sucedidos en el monasterio de Torrijos, que constan de una información jurídica, hecha el año de mil seiscientos y veinte, donde se podrá ver.
Estando fregando la comunidad después de comer, como es costumbre, se vio sobre el fregadero una nubecita ligera, la cual habían visto las religiosas otros días. Púsolas en gran cuidado, mandó la abadesa por obediencia a Sor María le rogase a Dios manifestase lo que la nube significaba. Y después de una oración prolija, respondió: “Es el alma de fulana” (nombrando una religiosa difunta) “la cual nunca quiso ir a fregar con la comunidad y esta allí purgando su culpa”. Hicieron oración a Dios por ella y nunca más fue vista. Otros muchos portentos se pudieran poner, sucedidos en el monasterio de Torrijos, que constan de una información jurídica, hecha el año de mil seiscientos y veinte, donde se podrá ver.


Murió el Duque de Maqueda, Don Gutierre de Cárdenas, ya referido, y, por algunas cosas que sucedían de no- [638] che en Almería, se entendió andaba su alma penando por la ciudad. Diose aviso a la Duquesa, que estaba en Torrijos, consultó a la madre María de San Juan y la respondió que las penas del Duque se acabarían si se fundaba en Almería el monasterio que por su testamento había mandado. Púsolo todo por la obra la Duquesa, como dijimos en su fundación y, para feliz principio y más sólido fundamento de la religiosa observancia y perfección ''[5]'', llevó por fundadora a la madre María de S. Juan, con otras religiosas, todas profesas en Torrijos. Conociose bien en este viaje el amor y voluntad de la Duquesa a la sierva de dios, pues la entró consigo en su litera, si bien recibió el pago de contado, librándose de muchos peligros del camino. Uno fue que la litera en que iban las dos se encalló entre dos peñas, tan sin remedio que era imposible el sacarla. Vio la Duquesa que no era fácil el salir de ella sin perder la vida por un despeñadero grande en que estaba y la dijo afligida: “Hija, perdidas somos”, mas la sierva de Dios la consoló, dándole fijas esperanzas y, puesta de rodillas delante de una imagen que consigo traía, que hoy se guarda con veneración en el monasterio, la hizo una oración muy devota, y al instante las dos peñas o retirándose a un lado o convirtiendo su dureza en blanda cera, le dieron a la litera paso franco, con admiración de todos y rendida acción de gracias al Señor, por haberles librado de tan manifiesto peligro por las oraciones de su sierva.  
Murió el Duque de Maqueda, Don Gutierre de Cárdenas, ya referido, y, por algunas cosas que sucedían de no- [638] che en Almería, se entendió andaba su alma penando por la ciudad. Diose aviso a la Duquesa, que estaba en Torrijos, consultó a la madre María de San Juan y la respondió que las penas del Duque se acabarían si se fundaba en Almería el monasterio que por su testamento había mandado. Púsolo todo por la obra la Duquesa, como dijimos en su fundación y, para feliz principio y más sólido fundamento de la religiosa observancia y perfección ''[5]'', llevó por fundadora a la madre María de San Juan, con otras religiosas, todas profesas en Torrijos. Conociose bien en este viaje el amor y voluntad de la Duquesa a la sierva de dios, pues la entró consigo en su litera, si bien recibió el pago de contado, librándose de muchos peligros del camino. Uno fue que la litera en que iban las dos se encalló entre dos peñas, tan sin remedio que era imposible el sacarla. Vio la Duquesa que no era fácil el salir de ella sin perder la vida por un despeñadero grande en que estaba y la dijo afligida: “Hija, perdidas somos”, mas la sierva de Dios la consoló, dándole fijas esperanzas y, puesta de rodillas delante de una imagen que consigo traía, que hoy se guarda con veneración en el monasterio, la hizo una oración muy devota, y al instante las dos peñas o retirándose a un lado o convirtiendo su dureza en blanda cera, le dieron a la litera paso franco, con admiración de todos y rendida acción de gracias al Señor, por haberles librado de tan manifiesto peligro por las oraciones de su sierva.  


Llegaron a Almería y, al ver Sor María de San Juan el mar, dijo: “Qué piélago ha criado aquí el Señor” ''[6]''. Y levantando los ojos al Cielo, se quedó arrobada y su rostro algo resplandeciente. Mandó la Duquesa sacarla de la litera y, puesta en una silla de manos, entró por la puerta de la ciudad: acudieron todos sus moradores, aclamando a voces a la sierva de Dios, por la noticia que ya tenían de su virtud. Entre el demás concurso salió en la calle Real una mujer preñada, implorando sus oraciones, enterneciose la Duquesa, mandó parar la filla y, viendo que había vuelto en sí, la pidió pusiese las manos sobre el vientre y, habiéndolo hecho, le aseguro la felicidad del parto, que sería de una niña y el nombre que le habían de poner, todo lo cual se cumplió. Y creciendo en edad esta niña, fue muy familiar de la santa y, habiéndose casado, le profetizó lo mesmo que a la madre, y que la hija que había de parir sería religiosa en aquel monasterio y gran sierva de Dios, como sucedió.  
Llegaron a Almería y, al ver Sor María de San Juan el mar, dijo: “Qué piélago ha criado aquí el Señor” ''[6]''. Y levantando los ojos al Cielo, se quedó arrobada y su rostro algo resplandeciente. Mandó la Duquesa sacarla de la litera y, puesta en una silla de manos, entró por la puerta de la ciudad: acudieron todos sus moradores, aclamando a voces a la sierva de Dios, por la noticia que ya tenían de su virtud. Entre el demás concurso salió en la calle Real una mujer preñada, implorando sus oraciones, enterneciose la Duquesa, mandó parar la filla y, viendo que había vuelto en sí, la pidió pusiese las manos sobre el vientre y, habiéndolo hecho, le aseguro la felicidad del parto, que sería de una niña y el nombre que le habían de poner, todo lo cual se cumplió. Y creciendo en edad esta niña, fue muy familiar de la santa y, habiéndose casado, le profetizó lo mesmo que a la madre, y que la hija que había de parir sería religiosa en aquel monasterio y gran sierva de Dios, como sucedió.  


Entró en la clausura con las demás compañeras ''[7]'' y empezaron la nueva vida con tal perfección que su humildad, obediencia, pobreza, caridad y demás virtudes labraron a los ciudadanos el mejor espejo y ejemplar. Excedía a todas Sor María de San Juan, dábanla copiosas limosnas personas principales, las cuales repartía entre los pobres de la ciudad y algunas necesitadas religiosas. Su obediencia fue tan rara que, no bastando en sus raptos para volverla puntas de acero y otras cosas con que la molestaban, al mandarle la abadesa que volviese volvía al punto aunque estuviera más elevada. Era tan amiga de la soledad y silencio como dedicada a la alta contemplación y así huía las conversaciones de las demás y amaba el retiro de su celda, en la cual de día y de noche y a todas horas que la buscaba la hallaban vestida y tocada, con tanto punto y compostura como si estuviese en el acto más grave de la comunidad. Su recato fue tanto en ocultar las criaturas las mercedes que Dios la hacía que, con tener en el monasterio una hermana y sobrina profesas, nunca alcanzaron cosa alguna y, con ser tan ordinario el comunicarse en el espíritu y aun el verse y hablarse con Sor Juana de la Cruz, nadie lo supo hasta que fue preciso ponerlo en el libro de su vida, como veremos.  
Entró en la clausura con las demás compañeras ''[7]'' y empezaron la nueva vida con tal perfección que su humildad, obediencia, pobreza, caridad y demás virtudes labraron a los ciudadanos el mejor espejo y ejemplar. Excedía a todas Sor María de San Juan, dábanla copiosas limosnas personas principales, las cuales repartía entre los pobres de la ciudad y algunas necesitadas religiosas. Su obediencia fue tan rara que, no bastando en sus raptos para volverla puntas de acero y otras cosas con que la molestaban, al mandarle la abadesa que volviese volvía al punto aunque estuviera más elevada. Era tan amiga de la soledad y silencio como dedicada a la alta contemplación y así huía las conversaciones de las demás y amaba el retiro de su celda, en la cual de día y de noche y a todas horas que la buscaba la hallaban vestida y tocada, con tanto punto y compostura como si estuviese en el acto más grave de la comunidad. Su recato fue tanto en ocultar las criaturas las mercedes que Dios la hacía que, con tener en el monasterio una hermana y sobrina profesas, nunca alcanzaron cosa alguna y, con ser tan ordinario el comunicarse en el espíritu y aun el verse y hablarse con Sor [[Juana de la Cruz]], nadie lo supo hasta que fue preciso ponerlo en el libro de su vida, como veremos.  


Al paso que la bendita madre ocul- [639] taua los favores divinos, los manifestaba Dios con patentes milagros, como fue el de las aves, que referimos en la fundación. En otra ocasión que hubo en Almería un gran temblor de tierra, iba la sierva de Dios pasando por un aposento, abriose una pared donde ella llegaba y le cogió el hábito y, sin turbación alguna ni diligencia para salir de aquella peligrosa prisión, levantó el corazón a Dios N. S. y al punto se volvió la pared a abrir dejándola libre, teniendo todas por milagro, y no por nuevo temblor y natural.  
Al paso que la bendita madre ocul- [639] taua los favores divinos, los manifestaba Dios con patentes milagros, como fue el de las aves, que referimos en la fundación. En otra ocasión que hubo en Almería un gran temblor de tierra, iba la sierva de Dios pasando por un aposento, abriose una pared donde ella llegaba y le cogió el hábito y, sin turbación alguna ni diligencia para salir de aquella peligrosa prisión, levantó el corazón a Dios N. S. y al punto se volvió la pared a abrir dejándola libre, teniendo todas por milagro, y no por nuevo temblor y natural.  
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Tanto se extendieron por España sus portentos que, naciendo el Rey Philipo Segundo en Valladolid, martes veinte y uno de mayo del año de mil quinientos y veinte y siete, la emperatriz, su madre, envió a Almería la ropita que le había de poner para que le echase Sor María de San Juan la bendición. También la Condesa de Berlanga, pariendo tres hijos consecutivamente mudos y, afligiéndose por tal fatalidad, le escribió a Sor María de San Juan la remediase con sus oraciones, pidiéndole a Dios se apiadase de su casa y sucesión; rogó al Señor por ella y luego la respondió que partiría un hijo sin el defecto que los primeros, pintole las circunstancias del parto, como sucedió después. Y en la mesma conformidad y perfección nacieron los hijos que a este le siguieron.  
Tanto se extendieron por España sus portentos que, naciendo el Rey Philipo Segundo en Valladolid, martes veinte y uno de mayo del año de mil quinientos y veinte y siete, la emperatriz, su madre, envió a Almería la ropita que le había de poner para que le echase Sor María de San Juan la bendición. También la Condesa de Berlanga, pariendo tres hijos consecutivamente mudos y, afligiéndose por tal fatalidad, le escribió a Sor María de San Juan la remediase con sus oraciones, pidiéndole a Dios se apiadase de su casa y sucesión; rogó al Señor por ella y luego la respondió que partiría un hijo sin el defecto que los primeros, pintole las circunstancias del parto, como sucedió después. Y en la mesma conformidad y perfección nacieron los hijos que a este le siguieron.  


Sirva de confirmación para los milagros referidos y otros muchos que obró en su vida una cláusula del capítulo diez y nueve de la historia de Sor Juana de la Cruz, que dice así: “Y aunque atribuyan esto a las divinas revelaciones y presencia de los santos ''[11]'' que ella decía la venían a ayudar, todavía se supo después de otra causa de estas maravillas por testimonio de otra gran sierva de Dios, llamada Sor María de San Juan, que al mesmo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a nuestra gloriosa Juana, y tan amigas las dos que, con estar tan lejos, se comunicaban en espíritu muchas veces. Y la comprobación que por algunos casos hubo en esto acredita más lo que esta sierva de Dios testificó de la gloria de la B. Juana, y fue que, cuatro días después de la muerte, le apareció cercada de algunos santos y de ángeles ''[12]'' y, admirada, preguntó al de su guarda ¿cómo la madre Sor Juana de la Cruz la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en altos grados de gloria? Respondiole el ángel que estaba ya [641] desatada de las ataduras del cuerpo y, bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: ¿Cómo, hermana, esto sin mí? Sí, hermana (respondió), que se cumplió la voluntad del poderoso Dios y a cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que espiase comenzó mi alma a sentir el gozo de la bienaventuranza, aunque a los ojos de las gentes, parecía que estaba con los dolores del tránsito de la muerte. Y cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la dicha mudanza en la sierva de Dios tantas horas antes de su tránsito”. Hasta aquí Fr. Antonio Daza, chronista de la orden, en el tratado que sacó de la vida de Sor Juana de la Cruz.  
Sirva de confirmación para los milagros referidos y otros muchos que obró en su vida una cláusula del capítulo diez y nueve de la historia de Sor [[Juana de la Cruz]], que dice así: “Y aunque atribuyan esto a las divinas revelaciones y presencia de los santos ''[11]'' que ella decía la venían a ayudar, todavía se supo después de otra causa de estas maravillas por testimonio de otra gran sierva de Dios, llamada Sor María de San Juan, que al mesmo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a nuestra gloriosa Juana, y tan amigas las dos que, con estar tan lejos, se comunicaban en espíritu muchas veces. Y la comprobación que por algunos casos hubo en esto acredita más lo que esta sierva de Dios testificó de la gloria de la B. Juana, y fue que, cuatro días después de la muerte, le apareció cercada de algunos santos y de ángeles ''[12]'' y, admirada, preguntó al de su guarda ¿cómo la madre Sor [[Juana de la Cruz]] la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en altos grados de gloria? Respondiole el ángel que estaba ya [641] desatada de las ataduras del cuerpo y, bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: ¿Cómo, hermana, esto sin mí? Sí, hermana (respondió), que se cumplió la voluntad del poderoso Dios y a cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que espiase comenzó mi alma a sentir el gozo de la bienaventuranza, aunque a los ojos de las gentes, parecía que estaba con los dolores del tránsito de la muerte. Y cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la dicha mudanza en la sierva de Dios tantas horas antes de su tránsito”. Hasta aquí Fr. Antonio Daza, chronista de la orden, en el tratado que sacó de la vida de Sor [[Juana de la Cruz]].  


Llegose el día de premiar Dios tantos trabajos y revelole su Divina Majestad la hora de su muerte, según parece por lo que le sucedió a su sobrina, la cual estaba sentada en una ventana que sale al claustro y vio un brazo de una pequeña cruz entre el bastidor y la pared, sacola con alguna violencia y, cuando la vio la tía, se la pidió encarecidamente, mostrando en su rostro gran turbación, y luego que la hubo en su poder, se entró en la celda y escribió en un pergamino estas palabras: “Señoras mías, suplico a vuestras mercedes así consigan misericordia a la hora de su muerte, que cuando mi alma salga de este miserable cuerpo me pongan esta santa cruz en la garganta”. Luego puso en un paño todo lo necesario para después de su muerte para enterrar a una religiosa y encima el pergamino y la cruz. A pocos días le dio una modorra fría, de que expiró el día sexto, que fue el veinte de julio, a la hora en que en la iglesia catedral alzaban el cuerpo de Cristo en la misa mayor de Santa Margarita, cuya es la celebración de aquel día. Fue este dichoso tránsito el año de mil quinientos y sesenta y cinco, a los setenta y cuatro de su edad ''[13]''. Convocose la ciudad, apellidándola todos por santa en altas voces. Hízosele el entierro con copiosas lágrimas y sentimiento común. Un mes después de su muerte le escribieron a la abadesa una carta del monasterio de la Concepción de la ciudad de Guadix, que una sierva de Dios, de las que fueron por fundadoras de este dicho monasterio, había dicho que si desenterraban el cuerpo de Sor María de San Juan le hallarían todo lleno de cruces, señal con que Dios pagó su penitencia.  
Llegose el día de premiar Dios tantos trabajos y revelole su Divina Majestad la hora de su muerte, según parece por lo que le sucedió a su sobrina, la cual estaba sentada en una ventana que sale al claustro y vio un brazo de una pequeña cruz entre el bastidor y la pared, sacola con alguna violencia y, cuando la vio la tía, se la pidió encarecidamente, mostrando en su rostro gran turbación, y luego que la hubo en su poder, se entró en la celda y escribió en un pergamino estas palabras: “Señoras mías, suplico a vuestras mercedes así consigan misericordia a la hora de su muerte, que cuando mi alma salga de este miserable cuerpo me pongan esta santa cruz en la garganta”. Luego puso en un paño todo lo necesario para después de su muerte para enterrar a una religiosa y encima el pergamino y la cruz. A pocos días le dio una modorra fría, de que expiró el día sexto, que fue el veinte de julio, a la hora en que en la iglesia catedral alzaban el cuerpo de Cristo en la misa mayor de Santa Margarita, cuya es la celebración de aquel día. Fue este dichoso tránsito el año de mil quinientos y sesenta y cinco, a los setenta y cuatro de su edad ''[13]''. Convocose la ciudad, apellidándola todos por santa en altas voces. Hízosele el entierro con copiosas lágrimas y sentimiento común. Un mes después de su muerte le escribieron a la abadesa una carta del monasterio de la Concepción de la ciudad de Guadix, que una sierva de Dios, de las que fueron por fundadoras de este dicho monasterio, había dicho que si desenterraban el cuerpo de Sor María de San Juan le hallarían todo lleno de cruces, señal con que Dios pagó su penitencia.