Inés de Cebreros

De Catálogo de Santas Vivas
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Inés de Cebreros
Nombre Inés de Cebreros
Orden Jerónimas
Títulos Beata del beaterio de María García y monja del Monasterio de San Pablo de Toledo
Fecha de nacimiento 1435
Fecha de fallecimiento 1525
Lugar de nacimiento Cebreros, Ávila
Lugar de fallecimiento Toledo

Vida manuscrita

Ed. de Mar Cortés Timoner; fecha de edición: septiembre de 2025.

Fuente

  • Biografía conservada en el libro custodiado en el Monasterio de Jerónimas de San Pablo con la signatura A.J.T ª. San Pablo, I libro 33. La composición se atribuye a la monja jerónima Ana de Zúñiga (Toledo c.1540-1594) y fue copiada, en 1881, en el citado libro manuscrito. El texto se halla en las páginas numeradas como 121-138.

Contexto material de la Biografía conservada en el anónimo libro custodiado en el Monasterio de Jerónimas de San Pablo con la signatura A.J.T ª. San Pablo, I libro 33.

Criterios de edición

Dada la fecha de la copia manuscrita (que contiene varios errores derivados de la influencia de la lengua oral), la transcripción actualiza el empleo de las letras mayúsculas, la separación o unión de palabras, pero conserva “a el” y “de el” (que alterna con “del” y, cuando remite al pronombre personal, se ha transcrito “d´él”) y, además, la escritura de los números y de la palabra “fee”. Asimismo, siguiendo las normas de la Real Academia Española, se moderniza la puntuación y la acentuación. Por último, se han subsanado las diversas erratas, se ha regularizado el empleo de “h”, la oscilación vocálica “e/i” (“demaseada”, “demaseado”, “quiriendo”), “o/u” (“cumunidad”) y, también, el uso de las siguientes grafías: b/v, c/z, c/d, d/z, g/j, n/m, r/rr, r/l, r/s, s/x, y/ll.

Vida de Inés de Cebreros

[121] [1] Fue esta santa religiosa que se llamó Inés de Cebreros natural de un pueblo llamado así, que es en el obispado de Ávila. Esta sierva de Dios vino a este Monasterio de San Pablo en el tiempo que eran beatas las religiosas que en él moraban, e hizo profesión el día diez y seis del mes de abril [2] del año de mil quinientos y seis.

Esta santa mujer vino a tan gran perfec[c]ión de vida, y alcanzó tanta gracia delante del Señor, por sus muchas virtudes y merecimientos, que, entre otros favores [122] y mercedes que la Majestad Divina la hizo viviendo en esta vida fue uno muy particular y grande, que estando un día en el coro puesta en oración, vio otra religiosa que también era gran sierva de Dios y se llamaba doña Teresa de Guevara, de quien dejamos ya hecha mención [3], cómo salían unos rayos de gran resplandor de la custodia donde estaba el Santísimo Sacramento y daban en el rostro y cara de la sierva de Dios Inés de Cebreros. Y espantada de esta visión la religiosa que lo veía, y admirada [4] de tan gran resplandor, fuele revelado divinalmente cómo la dicha Inés de Cebreros era tan gran sierva de Dios y tenía tanto merecimiento que alcanzaba de la Majestad Divina estos grandes dones y otros muchos.

Vino esta santa mujer a tanta perfec[c]ión, y alcanzó tanta gracia y gusto, y eran tan grande el que su Majestad Divina la hacía, especialmente en el sacrosanto sacramento de la comunión, que todas la[s] veces que le recibía, luego, a el punto, era arrobada y se trasportaba en espíritu por espacio y [123] tiempo de diez y doce horas. En el tal tiempo, se cree estar su espíritu tan recreado de las dulcedumbre[s] de Dios que ningunos de los sentidos hacía uso de ellos, y ninguno hacía su oficio, lo cual pareció muchas veces por las pruebas y experiencias que se hicieron para entender si verdaderamente estaba privada de ellos, hincándola alfileres, y haciendo otras diligencia[s] para el dicho efecto, todo lo cual no bastaba para hacerla devolver en su entendimiento y sentido hasta que, por la voluntad de Dios, volvía en sí. Y cuando volvía destos trasportamientos decía muchas veces algunas cosas muy particulares a algunas personas que se le encomendaban, así de personas difuntas como vivas, dando muchos avisos de cosas que les convenía hacer para agradar a Dios y para descargo de sus conciencias. Las cuales fueron tantas que, si se hubieran todas de referir y decir, fuera muy largo de decir y contar. Y según arriba se dijo, al punto que esta santa mujer recibía a Nuestro Señor [124] en la sagrada comunión era arrobada en espíritu totalmente, y era esto tan al punto, y tan arrebatadamente, que, en recibiendo la sagrada hostia, en ese mismo punto quedaba fuera de sí, y era robada y trasportada en espíritu, y privada de todos los sentidos, de manera que era necesario que la apartasen y mudasen de aquel lugar las otras santas hermanas, para que ellas pudiesen llegar a comulgar. Y es mucho de notar que estos trasportamientos que esta sierva de Dios tenía cuando comulgaba los tenía desde muy moza, porque [s]u ánima fue siempre muy amada de Dios, y se lo quiso dar a gustar y sentir desde los principios de su religión.

Acaeció que, siendo esta santa mujer muy moza, y habiendo un día comulgado, fue robada en espíritu<d>. Y después que volvió en sí, contaba que la había llevado una persona vestida de blanco a el Monte Calvario, y que había visto allí un crucifijo [5] muy grande, y que corría sangre de las llagas, y que la habían mostrado todos los [125] pecados que en su vida había hecho; y visto esto, que la santa mujer se había postrado y pedido misericordia a Nuestro Señor, la cual se cre[e] que la majesta[d] y clemencia divina la otorgaría luego, porque, pasada esta visión, se confesó luego generalmente, y quedó hecha su ánima morada del Espíritu Santo, pues vemos que tan de veras moró y se aposentó en ella. Una cosa de perpetua memoria se dice que acaeció a esta santa mujer Inés de Cebreros, que muchas veces entre las que se arrobaba en espíritu cuando había comulgado vio algunas ánimas en el Purgatorio ser atormentadas por sus culpas. Y una vez vio una ánima [6] de una religiosa que había sido en esta casa, la cual padecía una pena muy grande que le daba gran tormento porque tenía ceñido una culebra de fuego; y preguntándola esta sierva de Dios qué era aquello y por q[ué] padecía aquel tan grande tormento, respondiola que le era dada aquella pena por [126] la curiosidad demasiada con que se había aliñado siendo monja. Y es de saber y notar que, en aquellos tiempos, acostumbraban las religiosas de esta santa casa a ceñirse con unos orillos de los que se suelen quitar de los paños, sin otra curiosidad, porque era tanta la mortificación y menosprecio de sí mismas que [no] se curaban de otros aliños ni galas. Pero porque aún en las cosas despreciadas y de poco valor puede entrar la curiosidad vana, por esto fue castigada y penada la sobredicha religiosa, porque se debía ceñir su orillo con demasiado estudio y curiosidad. Y es lo que se condena, y lo que causa la culpa, y aún parece mayor en las cosas más bajas y viles que en las preciosas; y, finalmente, la intención y el espíritu con que se hacen las tales cosas es lo que parece ante Dios y es condenada según su fin. Aquí podrán advertir y considerar las religiosas que este hecho leyeren cómo serán juzgadas y castigadas otras mayores curio-[127] sidades y más escandalosas que, a las veces, se usan, como son las tocas y otros dijes y atavíos de celda, mayormente cuando son prohibidas por los prelados y engendran escándalos y mal ejemplo a la comunidad; lo cual debe mirar mucho la religiosa esposa de Jesucristo, y no curar de las tales vanidades, ni poner en ellas su felicidad y contento, porque da muestra de poco espíritu y de que tiene poco gusto de la dulcedumbre espiritual. Y debíamos de considerar las religiosas que el hábito que traemo[s] nos ha de servir para mortaja con que nos han de echar en la sepultura, y que es desatino usar d´él para galas y vanidad.

No es de menos memoria y digno de notar [7], para entender la santidad y pureza de alma que esta sierva de Dios tenía, lo que ahora se sigue. Muchas veces veía a el demonio, y algunas le veía andar entre las religiosas, tentándolas y persuadié[n]dolas a que murmurasen unas de otras, y a que hiciesen otros males. Y viéndole la sierva de Di- [128] os en espíritu, y entendiéndolo, comenzaba a decir a grande[s] gritos a las hermanas que se aguardasen y apartasen, y con otras señales las daba a entender que andaba el demonio entre ellas, para que, de ese modo, se guardasen de él y de sus tentaciones. Así mismo, vio esta bienaventurada mujer, otra vez, cómo el demonio estaba en unas niñas de poca edad para que no se signasen bien con la señal de la cruz, incitándolas a que no lo hiciesen como debían, porque siempre el demonio, como nuestro a[d]versario que es, procura estorbar las buenas obras, y pone asechanzas a ellas y que haya quien las contradiga o ponga duda, y den poca fee y crédito a las obras virtuosas de los siervos de Dios, como acaeció muchas veces a esta sierva de Dios, que muchas personas ponían mucha duda en la ve[r]dad de las obras maravillosas q[ue] en esta santa mujer veían, lo cual ella llevaba con grandísima paciencia.

Acaeció que, queriendo probar si el trasporta- [129] miento que en el espíritu esta santa tenía cuando comulgaba era<n> verdadero< s>, la llevaron una vez a la Sisla, adonde la hicieron comulgar, y luego fue arrobada en su espíritu como solía. Y queriendo hacer experiencia para ver si era verdad o fingido, la hicieron muchas pruebas. Echáronla agua con un cántaro, para que la diese con más fuerza el agua en la cara, y quisiéronla, por fuerza, abrir la boca, y tanta fuerza hicieron que la rompieron una muela, pero ni por uno ni por otro no volvió en sí, ni por otras muchas pruebas que hicieron, hasta que fue la voluntad de el Señor que volviese en sí, como otras veces después de haber estado arrobada por mucho espacio de tiempo. Y la sierva de Dios q[ue]jábase [8] después que la daban, y de los dolores grandes que sentía en todo su cuerpo, a causa de las experiencias que en ella hacían, y preguntándola los circunstantes si entendía la causa de aquellos dolores respondía la santa mujer que no lo sabía, por lo cual se entendía cuán [9] [130] verdadero, y no fingido, eran sus trasportamientos, y cuán [10] ajena estaba de todos los sentidos corporales.

Cuéntase por relación digna de creer que, estando esta santa mujer un viernes de Cuaresma en la disciplina que se hacía conventualmente, vio esta santa mujer cómo salían unos rayos de maravilloso resplandor de la custodia y cubrían a todas las religiosas que allí estaban ocupadas en aquel santo ejercicio. De donde ha quedado por santa y devota costumbre que todas las religiosa[s], así ancianas como mozas, se hallen allí presentes en aquella obra de penitencia en memoria de los azotes que Nuestro Redentor sufrió en su sagrada Pasión, y para que todas gocen de la consolación que el Señor suele dar a sus siervos que aman y siguen con devoción los comunes trabajos que fueron ordenados por la santa orden.

En aquel tiempo que esta bienaventurada mujer vivía, oyendo la fama de su santa vida el marqués de Villena [11] que entonces era vino a esta sierva de Dios a rogarla que le encomendase [131] a Dios por algunos trabajos y aflic[c]iones que el dicho marqués, entonces, tenía. Y la santa mujer le habló muy largo, y le declaró, a el cabo de unos días, cosas muy señaladas y particulares que después sucedieron. Por cual, y por otros hechos semejantes, tenían en gran reputación a esta sierva de Dios. Y confiados de sus oraciones y merecimientos, venían muchas gentes con singular devoción a encomendarse a ella.

Acaeció una cosa digna de gran memoria, que, estando esta santa mujer en el refitorio con las demás tomando la refección necesaria para sustentación del cuerpo, fue tanto el gusto y devoción que su< s > espíritu recibía de oír la lec[c]ión que se leía a la comida que se quedó arrobada y trasportada. Y viendo esto la madre priora, mandola por santa obediencia que volviese en sí, y tuvo tanta virtud y fuerza el ma[n]damiento que luego, a el punto, volvió y estuvo en sí. Y dijo que la obedie[n]ncia que había traído a Dios del Cielo a la tierra, esa misma, la había [132] hecho y forzado a ella a volver en sí. Y quejose piadosamente porque la habían privado del gusto y mercedes que Nuestro Señor la estaba haciendo en aquel tiempo, y pidió con devoción q[ue] otro día no la mandasen cosa semejante. Aquí se puede y debe notar cuánta virtud y fuerza tiene la santa obediencia, y cuánto vale con Dios, y cuánto alcanza; pues en medio de los gustos espirituales, y estando el alma santa ocupada con Dios, tiene por bien ese mismo Dios y Señor que cese todo esto, con tal que se cumpla lo que en su nombre se manda por los que tienen sus veces en la tierra que son los prelados. Y es cosa de grande admiración, y también de mucha consolación y esfuerzo, para los verdaderos obedientes, creer y entender que la santa obediencia es el más ace[p]to sacrificio que a Dios se puede ofrecer, por el cual se merece y alcanza mucho.

Un día de los santos apóstoles San Felipe y Santiago estuvo arrobada en el espíritu<d> esta sierva de Dios por mucho tiempo, y, cuando volvió en sí, dijo a una amiga suya que se llamaba Cecilia de Santa Catalina [12] que, en aquel espacio de tiempo, la habían llevado a visitar el Monte Calvario, y que allí la habían dado un bocado. Este bocado se entiende q[ue] fue la gracia y favor que Nuestro Señor Dios quiso dar e infundir en el alma de esta su sierva por esta manera de bocado, porque, desde aquel día, se señaló en ella la gracia de Dios más particularmente, obrando grande[s] efectos y cosas más maravillosas.

Nunca comulgaba esta sierva de Dios sino cuando se lo decía y amonestaba el santo ángel de su guarda; y él se lo mandaba de parte de Dios cuando entendía ser la voluntad divina. Y eran pocas veces las que esto la mandaba, porque se entienda que no consiste la felicidad de el alma en comulgar muchas veces, sino que las que fueren sean con el debido aparejo y disposición.

Muchas veces se aparecieron a esta santa mujer las ánimas de algunos difuntos para encomendarse en sus santas oraciones, y la manifestaban sus necesidades y la pedían rogase a Dios [134] por ellas. Lo cual hacía la sierva de Dios con toda caridad, y eran ayudadas delante de Dios con los méritos y oraciones de esta su sierva. Entre muchas veces que lo susodicho le ocurrió, estando una vez la santa mujer hablando una noche con el ánima de un hermano de una monja, oyola de hablar otra santa religiosa y, no viendo con quien hablaba, la preguntó que la dijese con quién hablaba. Y ella respondió y dijo que hablaba con el ánima de fulano, nombrándole por su nombre, hermano de una religiosa de aquella casa que había muerto en aquella hora y había venido a pedirla que rogase a Dios por ella. Y a otro día se halló ser verdad el haber muerto el hermano de aquella religiosa a la hora que esta santa mujer dijo.

Murió esta bienaventurada mujer Inés de Cebreros en el año de mil quinientos y veinticinco, en el mes de setiembre, de enfermedad de dolor de costado. Y acaeció que, estando ya en los últimos, estaba leyendo junto a ella la Pasión de Nu- [135] estro Señor una religiosa, y volviéndose la madre santa a otra religiosa que también estaba allí, la cual era muy amiga de la qu[e] estaba leyendo, <y> la dijo: “Sábete que Nuestro Señor llevará muy en breve para sí a fulana tu amiga” –que era la que estaba leyendo−, “por eso, ten paciencia y conformidad con la voluntad de el Señor que es esta”. Y así sucedió, que de allí a cinco días murió de dolor de costado, lo cual se cree que Nuestro Señor quiso revelar a esta su sierva como la reveló otros muchos secretos.

No es justo callar una cosa maravillosa que se cuenta de esta sierva de Dios para confirmación de su gran virtud y santidad, y es que, en su tiempo, y teniendo nombre de beata, hacían de común todas las cosas que eran necesarias para el uso de la vida, como era cocer el pan en casa, y otras cosas necesarias a el convento. Acaeció, pues, una vez que esta santa mujer estaba calentando el horno para cocer, y teniéndole ya caliente y queriendo echar el pan en [136] <n> él, cayose lo que llama [13] del dicho horno, que es todo lo alto, de manera que quedó todo descubierto, y en tal disposición que no se podía echar el pan en él. Y viendo esto la sierva de Dios, tomando mucha congoja de caso semejante, mayormente que no tenían pan que comer, la sierva de Dios, poniendo toda su confianza en el Señor y llamando su santo nombre, y armándose con la señal de la santa cruz, entró en el horno y levantó lo caído, y lo arregló de manera que pudo, luego, cocer el pan sin que ella padeciese ninguna lesión, ni cosa que la diese la menor pesadumbre del mundo. El cual milagro obró Nuestro Señor por esta su sierva con grande admiración de todas las que lo vieron y entendieron, alabando en todas las maravillas a su Majestad Divina que obra para gloria de su santo nombre, y para que sus siervos sean reverenciados y para que se animen todos lo que esto oyeren a servir a tan buen [14] Señor.

La última vez que comulgó esta sierva de Dios, para [137] haber de morir, no se arrobó ni trasportó como solía porque estaba ya de camino para el verdadero trasportamiento y perpetuo arrobamiento, que es ver a Dios y gozarle sin fin, pero, oyéndolo muchas de las circunstantes, dijo esta sierva de Dios, hablando con el Señor: “Vos, Señor, todo mío, y yo toda vuestra”. Y, así, acabó en el Señor esta santa mujer. Murió teniendo noventa años de edad, y tuvo muy bienaventurado fin y muy dichoso acabamiento, porque los siervos de Dios, así como viven bien, acaban también bien, y tienen glorioso fin, que es el premio y galardón que se debe a la virtud. Está enterrada en el capítulo que ahora es en este Monasterio de San Pablo.

Y hállase, por relación de quien conoció a esta sierva de Dios que fue algo recia de condición natural, por lo cual es más de alabar en ella la virtud que tuvo por cuanto se esforzó más y contradijo a la aspereza de su condición con la mansedumbre y [138] paciencia que procuró tener, porque Dios nunca mora sino en los humildes y mansos de corazón. Y pues mora tan de veras en el ánima de esta su sierva, síguese que tenía mucha mansedumbre en lo interior, con la cual vencía la inclinación natural. Y, así, sobrepuso a lo natural con las virtudes y, llena de ellas, adornada [15] de toda gracia acabó en el servicio de Nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, del cual ahora goza [16] con sus santos escogidos en el Cielo por todos los siglos de los siglos.

Laus Deus, amen.

Notas

[1] Se presenta la vida con el siguiente epígrafe: “Empieza la historia de la muy santa y sierva de Dios Inés de Cebreros”.

[2] Siguiendo los criterios de edición, se ha transcrito “abrir” como “abril”.

[3] La vida de Teresa de Guevara aparece en las páginas 101-111 del libro A.J.T ª. San Pablo, I libro 33, y se halla editada en el Catálogo de Santas Vivas. Véase: Teresa de Guevara [A.J.T ª. San Pablo, I libro 33], ed. Mar Cortés Timoner, en Catálogo de Santas Vivas, coords. Rebeca Sanmartín Bastida y Ana Rita G. Soares, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2025: <https://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Teresa_de_Guevara>

[4] Corregimos “armirada”.

[5] Corregimos “cricijo”.

[6] En el libro está escrito “amiga” pero, considerando el sentido de la oración, hemos corregido el término por “ánima”.

[7] Se ha subsanado la metatésis: “tonar”.

[8] Parece estar escrito “qpabase”, que, siguiendo el significado de la oración, transcribimos por “quejábase”.

[9] En el libro leemos “cual”, que se ha transcrito por “cuán”.

[10] Se ha transcrito “cual” por “cuán”.

[11] Según la biografía en torno a Inés de Cebreros que compuso José de Sigüenza, se trataría de Diego López Pacheco y Portocarrero (c.1447-1529), el primogénito del primer marqués de Villena, Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón (1419-1474). Véase. “Vida de Inés de Cebreros” [de José de Sigüenza] ed. Lara Marchante, en Catálogo de Santas Vivas, coords. Rebeca Sanmartín Bastida y Ana Rita G. Soares, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2017 [reed. 2023]. <https://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/In%C3%A9s_de_Cebreros>

[12] A esta religiosa se le dedican las páginas 143 y 147 del libro A.J.T ª. San Pablo, I libro 33. Véase Cecilia de Santa Catalina [A.J.T ª. San Pablo, I libro 33], ed. Mar Cortés Timoner en Catálogo Santas Vivas, coords. Rebeca Sanmartín Bastida y Ana Rita G. Soares, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2025. <https://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Cecilia_de_Santa_Catalina>

[13] Conservamos la palabra escrita en el texto. Quizás está refiriéndose a que se cayó la cubierta que protegía de las llamas del horno de fuego.

[14] Transcribimos “bien” por “buen” conforme al significado de la oración.

[15] Está escrito “adordana”, Subsanamos la metátesis.

[16] Se ha corregido “gaza”.

Vida impresa (1)

Ed. de Mar Cortés Timoner; fecha de edición: diciembre de 2019; fecha de modificación: octubre de 2020.

Fuente

  • Villegas, Alonso de, 1589. Addicion a la Tercera Parte del Flos sanctorum: en que se ponen vidas de varones illustres, los quales, aunque no estan canonizados, mas piadosamente se cree dellos que gozan de Dios por auer sido sus vidas famosas en virtudes... Toledo: por Juan y Pedro Rodríguez hermanos.

Contexto material del impreso Addicion a la Tercera Parte del Flos sanctorum en que se ponen vidas de varones illustres, los quales, aunque no estan canonizados, mas piadosamente se cree dellos que gozan de Dios por auer sido sus vidas famosas en virtudes....

Criterios de edición

El relato aparece a partir de la impresión de 1589 de la Adición de la Tercera Parte del Flos Sanctorum (cuya primera impresión está fechada en 1588) de Alonso de Villegas. Se integra en el apartado 193, que está dedicado a María García y María de Ajofrín y destaca la ejemplaridad de religiosas relacionadas con el convento de jerónimas de San Pablo de Toledo.

Se siguen los criterios establecidos en el catálogo para fuentes impresas (con la intención de hacer accesible el texto a un público no necesariamente especializado) pero se han mantenido las contracciones y la conjugación copulativa “y” ante una palabra iniciada con i. Además, para facilitar la localización de los textos, se indica el folio (r-v) y la columna correspondiente (a-b).

Vida de Inés de Cebreros

[Fol. 64r col. b] Otra religiosa de quien hace mención en su libro la dicha Ana de Zúñiga es Inés de Cebreros, la cual nació en un pueblo del mismo nombre de Cebreros, que es el obispado de Ávila. Hizo profesión en esta casa de San Pablo en 16 días de abril de año de 1506.

Era mujer de grande oración y siempre que comulgaba quedaba por diez o doce horas arrobada y fuera de sí, y era de suerte que la herían y punzaban con alfileles, hasta venir vez a quebrarle una muela porfiando por abrirle la boca, y nada bastaba para que volviese en su sentido; mas si la priora se lo mandaba, por santa obediencia luego volvía y, siendo vuelta, decía palabras de mucho aviso y llenas de misterios divinos. En especial, a personas que se le encomendaban les daba maravillosos documentos acerca de lo que convenía hacer para agradar a Dios. Sucedíale estos arrebatamientos al punto que acababa de comulgar de suerte que, para llegar otras monjas a la Sagra- [fol. 64v col. a] da comunión, la habían de quitar de allí en brazos. También daba cuenta de cosas que veía estando arrobada y, en particular, dijo de una monja del proprio convento que la vido ceñida una culebra en Purgatorio y que le daba esta pena porque fue curiosa en ceñirle. Y hase de advertir que, en aquellos tiempos, acostumbraban las religiosas desta casa ceñirse unos orillos de los que se quitan a los paños sin otra curiosidad, porque era tanta la mortificación y menosprecio de sí mismas que no curaban de otros atavíos ni galas mas, porque en las cosas despreciadas y de poco valor puede entrar curiosidad vana, por esto fue castigada, debiendo [de] ceñirse su orillo con demasiado estudio y diligencia curiosa, que es lo que se condena y causa la culpa, y aun parece mayor en las cosas más bajas y viles que en las preciosas. Y aquí podrían advertir y considerar religiosas que esto leyeren cómo serán castigadas otras mayores curiosidades, y que causan a las veces escándalo, como son tocas amarillas o de seda y otras galas y dijes, mayormente cuando son prohibidas por los perlados y dan mal ejemplo en la comunidad, lo cual debe mucho advertir la religiosa esposa de Jesucristo y no curar de tales vanidades ni poner en ellos su felicidad y contento sino considerar que el hábito que trae le ha de servir de mortaja con que será puesta en la sepultura. También vido esta sierva de Dios diversas veces al demonio que andaba entre las monjas persuadiéndolas y incitándolas a que murmurasen unas de otras y hiciesen otras cosas mal hechas. Sucedió que, estando puesta en oración un día en el coro, vido otra monja, que también era gran sierva de Dios y se llamaba doña Teresa de Guevara, de quien se ha hecho mención, que salían unos rayos de la Custodia donde estaba el Santísimo Sacramento de grande resplandor y da- [fol. 64v col. b] ban en el rostro de la sierva de Cristo Inés de Cebreros, y espantándose de ver esto y conociéndola que era mujer tosca y en la condición, trato y palabras áspera y sin policía, como nacida entre labradores, dijo: “¿Cómo, Señor, y en aquel roble?”. Mas fuele luego revelado que era Inés de Cebreros tan grata alma a Dios que alcanzaba de su Majestad semejantes favores y gracias.

Vino a morir la sierva de Dios de dolor de costado en el mes de septiembre del año de 1525 de edad de noventa años. Enterrose en el capítulo del mismo monasterio de San Pablo.

Vida impresa (2)

Ed. Lara Marchante Fuente; fecha de edición: septiembre de 2017; fecha de modificación: junio de 2023.

Fuente

  • Sigüenza, Fray José de, 1605. “Libro Segundo de la Tercera parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo”, Tercera Parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, doctor de la Iglesia, dirigida al Rey, Nuestro Señor, Don Felipe III. Madrid: Imprenta Real, 501-505.

Contexto material del impreso Tercera Parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, doctor de la Iglesia, dirigida al Rey, Nuestro Señor, Don Felipe III.

Criterios de edición

Para facilitar su lectura, esta edición moderniza el texto en aquellos puntos que no suponen una pérdida de los valores fonéticos, léxicos y sintácticos del periodo y conserva la morfología de las palabras con interés morfológico o fonológico o por tratarse de cultismos (como agora, ansí, monesterio, recebir, redemptor u obscuro).

Se adaptan, por tanto, las grafías a las normas de ortografía vigentes (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) y a la acentuación y puntuación de las normas gramaticales actuales. Igualmente, el uso de las mayúsculas y minúsculas respeta los criterios presentes del español, si bien se mantienen las mayúsculas como signos de respeto o de diferenciación con la palabra escrita en minúscula (Cielo, Esposo, Señor, Profeta, Reina del Cielo).

También se introducen las comillas para delimitar las intervenciones dialógicas de los personajes y se subsanan las erratas evidentes. En este sentido, conviene apuntar que, dentro de esta edición y en base a sus particularidades, se han incluido notas al pie en las que se especifican y desarrollan algunas ideas o palabras del texto impreso original.

Vida de Inés de Cebreros

CAPÍTULO L

[501] [1] La vida de Inés de Cebreros, religiosa del mismo monasterio de San Pablo de Toledo

Fue de tanto nombre y tan conocida la santidad de Inés de Cebreros que poco menos la podemos comparar a la gran sierva de Dios María de Ajofrín, porque tuvo muchas visiones y revelaciones que la larga prueba de su santidad mostró, claramente, fueron del Cielo. Diré brevemente su vida, si hubiere alguno de tanta paciencia que se atreva a llegar en el discurso de tantas y tan largas historias hasta aquí. Fue esta sierva de Dios natural de Cebreros, pueblo conocido en la tierra y Obispado de Ávila; vino a ser beata deste monasterio de San Pablo siendo de trece a catorce años, y después, al tiempo que se incorporó en la Orden este monasterio, dio la obediencia con las demás al General. Y dejado el nombre de beatas, se llamaron monjas de San Jerónimo que, como he dicho, hasta allí solo estaban sujetas al prior de la Sisla, desde los tiempos de fray Pedro Fernández Pecha, y el año de mil quinientos y seis se incorporaron en la Orden. Ejercitose esta santa en todo lo que una perfecta religiosa se puede señalar con grande perfección, viviendo por todo el discurso de su vida con grandísimo ejemplo, sin hallar en ella cosa digna de reprensión: obediente, humilde, callada, recogida, y con todas aquellas partes que se desean en una verdadera sierva de Dios. Diose muy profundamente a la oración y meditación, con el curso grande que tuvo de recoger sus sentidos, y retirar allí dentro en sus santas imaginaciones y contemplaciones el alma.

Vino a serle tan familiar el transportarse, y lo que llaman arrobarse, que todas cuantas veces se llegaba a comulgar quedaba fuera de sí, con poco o ningún uso de los sentidos: toda dentro de sí, sin percibir ninguna cosa de fuera. Algunos piensan que estos arrobamientos son siempre cosa milagrosa y sobrenatural. Engáñanse, porque los más (no se puede negar sino que hay muchos divinos) son naturales, nacidos de la costumbre del uso y ejercicio deste reconcentrarse y recogerse el alma a pensar intensa y atentísimamente alguna cosa, suspendiendo la operación de la parte animal, que mira lo de fuera. Es tan poderosa el alma, y algunas veces se enseñorea tan fuertemente desta parte, que la suspende y, como dijésemos, la desampara y deja como muerta. Hay infinitos ejemplos desto, no solo entre los cristianos, que tienen tan alta y tan fuerte ocasión de tener tan intensas meditaciones, conociendo las grandes misericordias que Dios con los hombres ha hecho, mas aun entre los filósofos y aun entre muchos gentiles se vio, con el ejercicio de la meditación, venir a tener naturalmente estos arrobamientos y éxtasis, o como quisieren llamarlos, donde ni había santidad ni aun principios della.

San Agustín refiere de un presbítero calamense que por su gusto se trasportaba o se arrobaba cuantas veces quería, especialmente si le hacían son y música. Y dice el santo que quedaba como [502] muerto, sin aliento ni respiración, y que sucedía quemarle la carne, cortarle y herirle y hacerle otros males sin sentir cosa alguna. Preguntado cuando despertaba qué sentía, decía que no otra cosa sino una armonía y consonancia de lo que se cantaba, y quien quisiere ver muchas razones desto la podrá leer en el Diálogo de Platón, que intitula “Pedro”, para que no piensen que en arrobándose son santos. Verdad es que también, algunas veces, entre aquellos gentiles el demonio los trasportaba y los ponía dentro las fantasmas de las cosas que acaecían muy lejos de donde ellos estaban, como lo que refiere Aulo Gelio de un sacerdote de los ídolos, que se llamaba Cornelio, que, estando en Patavia, fue arrebatado en el espíritu, y vio todo lo que pasaba en la batalla que se dieron César y Pompeyo en Tesalia, refiriendo por menudo los más principales casos de lo que pasó en ella, diciendo el tiempo y la hora, la entrada, el principio y el fin mejor que si se hallara presente. Y Plinio refiere también cosas admirables desto que le acontecían a Hermotimo Clazomeno, que parecía se salía el alma de aquel cuerpo y se iba a espaciar y mirar cuanto quería por todo el mundo, y cuando volvía, contaba cosas admirables que se vieron ser ansí. No quiero filosofar más desto, por ser cosa tan clara.

Ansí a los verdaderos religiosos y siervos de Dios, con la costumbre de pensar en los misterios de nuestra redención y ponerse con muchas veras y con todas las fuerzas de su alma a meditar en esto, les sucede venir a padecer estos arrobamientos, ayudándoles mucho la complexión melancólica, que, como terrestre, le es muy natural reconcentrarse y tirar a lo hondo y a lo interior; y nuestro Señor les infunde, por sus santos ángeles, especies o la noticia de lo que se hace en lugares muy remotos, o de lo que sucederá para aviso y enmienda de nuestras vidas. Esto he dicho por las muchas y continuas abstracciones y arrobamientos que tenía esta santa, y porque muchos dudaban si era cosa fingida; y para prueba desto hicieron en ella demasiadas experiencias, lastimándola y maltratándola indiscretamente, estando después de haber comulgado muchas veces sin ningún género de sentido exterior. Ayudábale también su complexión natural, que se entendió era melancólica, y ansí tenía aspereza en la condición, aunque como sierva de Dios la corregía y enfrenaba admirablemente por no ser penosa a las hermanas. De aquí también nacía que vía las ánimas de los difuntos, y le hablaban y revelaban sus necesidades que, aunque ni las estrellas, ni la complexión, ni otra cosa natural puede ser legítima causa desto, son a lo menos alguna disposición, y apartan lo que impide estas abstracciones y reconcentramientos del alma. Para mí, la mayor prueba de su gran perfección fue que murió de noventa años, y en todos ellos, viviendo en comunidad y entre tanto número de religiosas, no se le vio cosa que no fuese de un alma muy puesta con Dios. Estaba una vez en el coro orando, vio la sierva de Dios doña Teresa de Guevara, de quien ahora acabamos de hablar, que salían unos rayos de gran resplandor de la custodia del Santo Sacramento, y llegaban hasta el rostro de Inés de Cebreros. Espantada doña Teresa desta tan extraña maravilla, tuvo revelación de que aquella era gran sierva de Nuestro Señor, y que la amaba mucho. En los primeros años de su religión, después de haber comulgado, fue arrebatada en espíritu y pareciole [503] que la llevó al monte Calvario una persona vestida de blanco, y allí vio un crucifijo corriendo sangre de las llagas; y estando ansí se le representaron todos los pecados que había hecho en su vida, más claros que si cada uno le cometiera allí de presente. Cuando volvió deste éxtasis, hizo luego una confesión general para de todo punto quedar limpia de las manchas de la vida pasada.

Otra vez, en uno destos trances de espíritu, fue llevada al Purgatorio, y conoció entre aquellas almas que purgaban una religiosa de San Pablo, con quien ella había tratado, y padecía una pena extraña, que tenía una serpiente de fuego ceñida por la cintura, y preguntándole esta sierva de Dios por qué padecía esto, respondió que por la vanidad y curiosidad que había tenido en ceñirse pulidamente, por parecer de linda cintura; y si es ansí como lo es, que allá se menudea esto tanto, muchas culebras nos aguardan para roernos las almas. Esto no se mostró, ni ahora se escribe sino para que temamos.

Mostrábale también Dios, como antiguamente a muchos de los padres de aquellos yermos antiguos, las astucias de los demonios, y cómo turban el sosiego espiritual de las siervas de Dios, y ansí los vio muchas veces, con ojos corporales, andar discurriendo entre las religiosas del convento, persuadiéndolas y incitándolas a que se ocupasen en niñerías y cosas de poca importancia, reír y decir palabras ociosas, vanas, tener rencillas y pesadumbres. La santa se condolía y lastimaba mucho desto, y las avisaba diciéndolas que se guardasen y apartasen, anduviesen con recato y con modestia, porque andaban entre ellas los enemigos como leones hambrientos, buscando a quien tragar. Aun hasta unas niñas que se criaban allí, en el monasterio, vio que el demonio les hacía que se persignasen mal y deprisa, porque desde aquella tierna edad cobrasen costumbre de no hacer aquello con consideración.

Refieren también por cosa muy cierta que, estando un viernes de Cuaresma las religiosas haciendo la disciplina conventual en el coro, vio esta sierva de Dios salir un resplandor clarísimo de la custodia del Santo Sacramento, que cubría a todas las monjas como un pabellón celestial en tanto que duró aquel ejercicio de penitencia. De allí ha quedado en aquel convento por tradición que ninguna sin notable enfermedad ha de faltar de la disciplina de los viernes, aun hasta las monjas muy ancianas, aunque no se disciplinen, y es particular estatuto de aquel convento, por la gran devoción y pía memoria de los azotes que Nuestro Señor sufrió, azotándole su Padre Eterno, por nuestras gravísimas culpas, como lo dice el Profeta Real y otros.

Estaba otra vez comiendo con las hermanas en el refectorio. Era la lección que se leía (según la costumbre) muy devota, y la sierva de Dios, dejándose llevar de la dulzura de la contemplación, fue arrebatada en espíritu, quedando tan sin sentido como otras veces y, aunque las que estaban a par della procuraron despertarla y volverla en sí, nunca pudieron. Entendiolo la priora, y pareciéndole que aquella era singularidad, y que no era lugar de aquello, le envió a mandar por obediencia que despertase y volviese en sí, y en intimándole el mandato, aunque muy a baja voz, luego se puso en acuerdo como antes. Tanto puede en el alma de los justos la virtud de la obediencia, que entra hasta lo secreto dellas, aun estando cerradas las puertas.

Estaba otra vez en la fiesta de San [504] Felipe y Santiago esta santa en sus acostumbrados éxtasis y arrobamientos; cuando volvió en sí, después de muchas horas, rebeló a una grande amiga suya que se llamaba Cecilia de Santa Catalina que la habían llevado en aquel tiempo al monte Calvario, donde traía casi siempre puestos sus pensamientos, y que allí le habían dado a comer un bocado; que recibió con él un gusto y consolación tan suave que excede a cuanto puede explicar la lengua, y viose que debió de ser esto algo de aquel maná que se cogía el viernes para que durase el sábado, porque desde entonces fue la quietud y sosiego de su alma tan grande y la pureza de su vida tan alta que parecía no vivía ya en la tierra, y que su conversación era en el Cielo. Sonaba ya la fama de su santidad y de su nombre poco menos por toda España. El Marqués de Villena, don Diego López Pacheco, caballero valeroso y pío, de quien ya hemos hecho otras veces memoria, le fue a rogar y pedir con mucha humildad le encomendase a Nuestro Señor, porque tenía algunos negocios apretados y que le ponían congoja. La santa Inés de Cebreros le habló despacio, y le dijo algunos particulares señalados, que los vio el marqués después ser todos ansí. El marqués publicó después lo que con ella había pasado, y cuán verdadera había salido en todo, y cobró con esto tanto nombre que venían de muchas partes a pedirle consejo y remedio en sus cosas, y no solo de la tierra y comarcanos venían a pedir los encomendase a Dios y rogase por ellos, mas aun del purgatorio y del otro mundo dio licencia Nuestro Señor a muchas almas para que le manifestasen la necesidad en que estaban.

Estaba una noche dentro de su celda hablando con el ánima de un difunto, que era hermano de una religiosa del mismo Monasterio de San Pablo, y oyolo otra religiosa que estaba allí cerca della y no podía ver ni entender con quién hablaba, y respondió que estaba hablando con el alma de fulano, nombrándoselo por su nombre, que había muerto aquella hora. A la mañana vinieron a decir cómo era muerto, al mismo punto que la santa dijo. No comulgaba esta santa muy frecuentemente, ni por tarea cada semana, tal día o tales días, sino cuando sentía que según la dispusición le decía allá dentro el espíritu se llegase a tan alto misterio, y así se entendía della que tenía revelación de cuándo había de comulgar.

Acaeció una vez, aun en el tiempo que tenían nombre de beatas, un caso maravilloso. Hacían entonces ellas de comunidad todos los oficios que eran menester para el sustento de las hermanas, como el lavar la ropa, cocer el pan, y otras haciendas; por su turno o rueda le cupo a la santa ir con otras hermanas a cocer el pan. Estaba esta santa dando fuego al horno, y cuando estaba ya bien caliente para echar el pan, se cayó la cubierta del horno sobre el fuego, y quedó de tal dispusición que no era posible por entonces cocerse en él. Congojose la sierva de Dios porque no tenía el convento bocado de pan que comer aquel día; volvió sus ojos al Cielo, y poniendo toda su fe y esperanza en Dios, hizo la señal de la cruz, llamando su santo nombre. Entró en el horno, y levantó lo que se había caído, dejándolo en buena dispusición, y saliose de su espacio sin lesión ni daño alguno, ni aun señal en un pelo de la ropa. Las siervas de Dios que vieron tan extraña maravilla hicieron gracias a Nuestro Señor porque con tan manifiesta señal declaraba la santidad de su sierva, estimán- [505] dola de allí adelante en mucho, y teniéndola en gran reverencia.

Cuando el Señor la quiso llevar a descansar a su gloria, por la lealtad con que toda su vida había empleado en su santo servicio y en el de las hermanas, siendo ya de noventa años, le dio un dolor de costado, y luego entendió que Nuestro Señor la llamaba. Recibió los sacramentos con una devoción singular, estando tan sana y con tan claro juicio y sentidos como cuando era de cuarenta años, y esta postrera y última vez que comulgó no tuvo arrobamiento ninguno, lo que fue en ella singular cosa, porque en más de cincuenta años jamás comulgó que no lo tuviese, y de muchas horas y tan repentinos que era menester tener cuidado en comulgando de apartarla las hermanas de la ventana por donde comulgan, para que pudiesen llegar las demás. Esta última vez quedó sin mudanza alguna, porque ya el cuerpo no era parte para estorbar la admirable unión que allí hace el alma con su querido Señor y Esposo. Pidió un poco antes que muriese que la leyesen la Pasión. Leíala una de aquellas religiosas y volviose la santa a hablar en secreto con una religiosa, gran compañera de la que leía, y díjole: “Sabe, hermana, que muy en breve llevará Nuestro Señor a tu gran amiga; recíbelo en paciencia, hazle gracias, y guárdalo en secreto”. Ansí acaeció, que dentro de cinco días la monja que leía pasó desta vida de dolor de costado. Un poquito antes que muriese dijo a baja voz, de suerte que lo pudieron oír algunas que estaban muy cerca: “Vos, Señor, todo mío, y yo toda vuestra”; y con estas palabras puso su espíritu en las manos de Dios el año de mil y quinientos y veinte y cinco en el mes de setiembre. Está enterrada en el capítulo de su misma casa, en San Pablo.

Notas

[1] Figura en el texto como Capítulo L pero debería ser el LI, debido al error señalado en la edición de la vida impresa de María de Ajofrín por Sigüenza, pues repite el número de capítulo XLIV.