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María García

29 bytes añadidos, 16:49 27 ago 2017
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Si alguno, hablando con ella, le decía de merced o de reverencia, llena de humildad respondía que la merced era de Dios, de quien es propio hacer mercedes y misericordias, y la reverencia se debe a quien todas las criaturas hacen reverencias, porque ella miserable era e indigna de reverencia. Después que los dos santos gozaron algunos años de la conversación santa, aprovechándose a veces y aprendiendo el uno del otro, gobernando sus conventos, con el aprovechamiento que hemos visto, cansado ya, o diremos mejor, derribado ya Fr. Pedro Pecha de sus rigurosas asperezas, y por esto con mil ajes, pareciéndole que estaba inútil para el gobierno, determinó de ir a acabar su vida a Nuestra Señora de Guadalupe, como lo vimos en su vida. Quedó con esto muy desconsolada nuestra santa, y no le sucedió cosa en esta vida que sintiese tanto, y todas las otras hermanas se lastimaron en el alma, llamándose desamparadas, sin padre y sin maestro, que con su aviso y prudencia las sus- [764] tentaba, doctrinaba y regía, y las animaba con su ejemplo a continuar el curso comenzado.
 
Sintiéndose pues, nuestra devota virgen, tan desconsolada, volvió los ojos al Señor llena de fe y esperanza, y díjole con amorosas lágrimas: “ Confirma, Señor, esto que obraste en nosotras, y no desampares desde tu alto templo el edificio deste en que tú quieres morar por tu misericordia, da esfuerzo a tus siervas para que perseveren hasta alcanzar el fin de su deseo, que no es otro sino unirse contigo como último fin de todas nuestras esperanzas, y abrazarte como a Esposo único de las almas. Flacas somos, Señor, y llenas de pobreza y miseria, mas tú eres gigante fuerte, y pastor vigilantísimo, que nadie será poderoso para sacar estas ovejicas de tu mano”.
Oyó el Señor su oración, como se vio por el efecto, pues fueron siempre creciendo en tanto hervor y devoción en aquella santa casa. Vivió después de la ausencia de su fiel compañero la sierva de Dios veinticuatro años. Era ya de mucha edad, las penitencias y mal tratamiento del cuerpo, dormir en el suelo, vigilias, ayunos habían estragado mucho aquel cuerpo delicado. Veníanle a faltar poco a poco los sentidos, veía poco, oía menos, con todo esto no quería faltar a las cosas de la comunidad.
Aunque estaba por de fuera el cuerpo tan consumido, tenía dentro el alma muy despierta en la contemplación que había ejercitado toda su vida, gozando en lo secreto de favores y regalos divinos que la alentaban para tan larga jornada. Llegado el fin de la carrera dichosa, queriendo el Señor darle el galardón de tan santa vida y trabajos tan piadosos, vínole una calentura lenta, que bastaba para consumir aquello poco que había quedado de la penitencia. Cayó en la cama, porque no podía sostenerse. Sintiendo ya su fin cerca, llamó a sus hijas que, a esta sazón, eran veinticinco o veintiséis, rebaño precioso y rico en los ojos de Dios. Cuando las tuvo delante abrazolas una a una con notable ternura y lágrimas, queriendo poner a cada una en sus entrañas, dábales paz en el rostro y se juntaban las unas lágrimas con las otras. Después les dijo desta manera: “Hermanas queridas y compañeras de mi peregrinación, que habéis perseverado conmigo en estos trabajos de pobreza y penitencia, yo me parto a la bienaventuranza que ha prometido nuestro Esposo a los que perseveraren hasta la fin. Deseo mucho que no os ponga espanto lo que os falta de la corrida de vuestro curso, y que mi ausencia no os cause alguna flaqueza en los ánimos, ni penséis que he sido yo alguna parte para sustentaros hasta este punto en la vida religiosa que habéis comenzado, de que tenéis pasada ya mucha parte, las más de las que estáis presentes. Otra fuerza mayor es la que os sustenta, que es la virtud del Señor, que nunca se cansa, ni puede morir, y está siempre cerca de vosotras si por vuestra [764] culpa no la desecháis y hacéis fuerza para que se vaya, porque os ama mucho y tiene gran cuidado de vuestra salud. Lo que desea y lo que siempre nos pide es que no pongamos el amor en otra cosa, que es muy celoso, y no admite compañía alguna: o todas habéis de ser suyas o de otro, y mirad quién será el otro si dejáis a Dios. Fuera d’Él todo es feo, todo es miseria, enfermedad y muerte. Una quiere que sea su paloma, y una su amiga y una su querida, que no cabe con otro. Ponedle en vuestro corazón y en vuestro brazo, haced que vuestros pensamientos, palabras y obras no tiren a otra señal, porque, si no, sabed que se enojará mucho, y cuanto estáis en más alto estado y cuanto habéis venido a más secretos abrazos y favores, tanto será mayor la ira de sus celos. Porque el amor es como la muerte fuerte y más duro que el infierno que, como la muerte, nunca se aplaca ni perdona y, como el infierno, nunca se apiada ni ablanda; ni al uno ni al otro podremos con ruegos ni con fuerza detenerlos, ni mudarlos de su rigor: ansí el amor, cuando es tan gravemente ofendido y quebrantadas sus leyes, no sabe perdonar, ni aplacarse, ni la ira de los celos tiene remedio. Las caídas de muy alto de ordinario son mortales. Por eso, carísimas hermanas, mirad donde subisteis, temed mucho la caída y, pues tenéis tan cierto el socorro, pedidle sin cesar que no hayáis miedo que falte. Mirad cuán presto se acaba la vida, cuán poco duran los gozos vanos deste suelo, qué presto se marchitan estas florecillas de la primavera que, de ordinario, antes de la noche se enlacian y caen, y los trabajos, qué momentáneos y de poca dura, y qué de bienes se siguen tras ellos, cuando se llevan en paciencia y por Dios. No os turbe ver a las que dejasteis en el siglo, cuando vienen compuestas y galanas a visitarnos, porque son figuras del retablo de este mundo, que pasa como una farsa. Ya veis cuántas, en medio de sus regalos, las ha arrebatado la muerte, y cuántas de las que viven querrían ser muertas, porque viven una vida de infierno. Poned los ojos en la ribera deste río por donde vais atravesando a vuestra gloria, para que no os desvanezcan las ondas y sus olas, que pasan a dar en el mar. Veisme aquí, estoy ya a las puertas de la muerte, alegre y segura, sin temer la contradicción de mis enemigos, confiada en el mérito de la pasión de mi esposo y en la virtud de su sangre, que cuando con Él me desposé me las dio en arras y en dote, y ahora que viene el día de las bodas, saldré adornada con ellas. Imaginad que me casé con un hombre de los del siglo, y que he vivido en muchos regalos, y que tengo muchos hijos, y que he llegado a este punto que tuviera ahora aquí sino congojas, y rabias y ansias, un temor y una tristeza irremediable. Pues mirad la diferencia y deprended en este trance lo que no se os olvide jamás. Quiéroos dar en mi partida un consejo y un precepto; el precepto no es nuevo ni mío, sino del Esposo y Señor Jesucristo, que os améis unas a otras y sufráis las faltas con caridad, y esta es deuda que la debéis siempre, en tanto que durare la vida: cada una quiera el bien de la otra como el suyo propio, porque en esto consiste el verdadero amor. El consejo es que os guardéis de salir del claustro cuanto os fuere posible y que no os vean en la calle para siempre, ni aun en la red, sino con mucha necesidad. Mirad que las palomas, aunque son tan puras y sin malicia, si ven la red huyen de ella, porque en la red está el lazo que prende con las palabras o con la vista la inocencia del alma”. [766]
Esto les dijo en común. Después, en particular, habló a cada una por sí, y no adivinando ni sacando por conjeturas, sino con un espíritu profético, les declaró todo el discurso de sus vidas, diciendo a muchas dellas lo que después sucedió sin faltar punto. A unas que no habían de perseverar y los fines que habían de hacer, y a otras les declaró cómo habían de ir aprovechando; y aunque entonces les pareció que debía de hablar a tientas o no la entendían, después se desengañaron y vieron claro que el Señor les avisaba por la boca de su sierva. Acabado esto, pidió la extremaunción; recibiola con gran espíritu y entereza, ayudando a todos los salmos y letanías, como si estuviera sana. De allí a un poco, descendió sobre ella una claridad admirable, y anduvo volando por la celda una palomica blanca, aunque no fueron todas las que allí estaban dignas de verla. Alegrose su rostro en gran manera, mirando atenta a la luz que tenía sobre sí; hablaba con ella tan quedo, que no podían entenderla. De allí a un poco, aleó los brazos en alto y juntó las manos, como quien quiere abrazar alguno, haciendo cruz, y ansí salió la santa alma, dando a entender que se abrazó luego con su amado y dulce Esposo Jesucristo. Su muerte fue el diez de enero, año de 1426''[6]'', y ochenta y seis su edad, según la mejor cuenta, porque no se sabe precisamente el año en que nació. Había ordenado viviendo que sin ruido, y sin dar cuenta a nadie, llevasen su cuerpo al monasterio de Nuestra Señora de la Sisla. Hízose ansí y fue bien menester, porque la ciudad estaba alterada sobre querer llevar el cuerpo cada cual adonde le parecía que tenía más derecho.
Los parientes pretendían hacerle en la iglesia mayor un sepulcro suntuoso; otros pretendían llevarla a otras partes; las religiosas, con gran silencio, teniendo entendido el humilde pensamiento de su Santa Madre, sin que nadie lo supiese, lo llevaron a la Sisla. Recibieron los religiosos con gran reverencia el cuerpo santo. Llevábanla vestida con sus hábitos de San Jerónimo y una corona de laurel en la cabeza, insignia de triunfadores. Hiciéronle el más solemne entierro que pudieron. Y como a principal bienhechora y más principalmente como a santa, la pusieron junto al altar mayor, al lado del Evangelio, y labraron un rico sepulcro.
 
Certifica una relación antigua de su vida, a quien he seguido en esta historia, que hizo por ella muchas maravillas y señales, en los que tocaron a su santo cuerpo y que lo certificaron personas de mucha religión, dignas de toda fe, y que las calla hasta que la Iglesia las publique, donde da a entender que se trataba de su canonización y, como esto es negocio que no se hace sin mucha costa, faltó quien lo solicitaba, y ansí se quedaron los milagros escondidos.
Charilatis gladio.
Aquí da a entender este poeta que eran suyas las casas donde se recogió y donde agora está fundado el Monasterio de San Pablo, aunque la historia que yo he seguido dice que las compró de su hacienda. Este monasterio se estuvo con nombre de Beatas de San Pablo y de San Jerónimo muchos años. El año de 1464''[7] '' se encargó la Orden d’él, y creció siempre en religión, criando grandes siervas de Dios, como lo veremos en la postrera parte desta historia que luego se sigue, siendo el Señor servido.
FIN
En Madrid, por Juan Flamenco. Año 1600''[8]''.
''[6] '' Figura el año en números romanos en el texto: “año de M.CCCC.XXVI”.
''[7] '' Figura el año en números romanos en el texto: “año de M.CCCC.LXIIII”.
''[8] '' Figura el año en números romanos en el texto: “M.CD”.

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