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Juana de la Cruz

No hay cambio en el tamaño, 10:41 18 sep 2020
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Capítulo IX
Dixo esta bienaventurada: “Yo sé que estava un hermano en un desierto haziendo penitençia, el qual hera hombre de muy sancta vida. E Satanás travajava mucho por destruyr su ánima si pudiese. Quando este hermitaño se ponía en oraçión, apareçíale el demonio en figura de Nuestro Señor Jesuchristo cruçificado, y deçíale que le adorase, que hera su Dios a quien él mucho servía y agradava. Y el hermitaño adorávale con mucha devoçión. E permitió la Divina Magestad que este su siervo no fuese más engañado, pues él pensava adorava a Dios, y así le hera contado.
”E acontesçió que, un día del señor Sant sant Miguel, fueron todos los ángeles a Nuestro Señor Jesuchristo, y suplicáronle les diese a Nuestra Señora la Virgen María para que le querían ellos haçer muy grandes fiestas como a Reyna y Señora suya. Y el poderoso Dios le respondió, diziendo: ‘Mis amigos, vuestra es agora la fiesta, por tanto no os quiero dar a mi sancta madre, que conmigo [fol. 48v] me la quiero tener en mi trono. Y a nosotros hágannos todos mis sanctas fiestas, e muy grandes obras, pues soys mis siervos, y a mis primos juntos, y todo lo merecéys’. Los sanctos ángeles respondieron, diziendo: ‘Nuestro Dios y criador, pues vuestra Divina Magestad no nos quiere dar nuestra Reyna y Señora, nosotros no queremos otra ninguna fiesta; antes nos yremos a pelear con los demonios’.
”He hazíendolo assí, fuéronse a Purgatorio a pelear con los demonios y sacar muchas ánimas. En viendo los demonios cómo los sanctos ángeles hazían tan grande espojo ''[6]'', fueron algunos dellos ahullando e dando muy grandes vozes al yermo a llamar aquel prínçipe malaventurado, que se estava entonçes haziendo adorar del hermitaño, en figura del cruçificado Nuestro Señor Jesuchristo. E llegaron los demonios con mucho ruydo, diziendo: ‘Andad acá, prínçipe nuestro malymíssimo, maldito seas tú, que te estás agora adorando e haziéndote Dios, y están los ángeles de Jesuchristo cruçificado destruyendo nuestros purgatorios e rovándonos las ánimas que tenemos presas y cautivas. Anda acá, que no te aprovecha nada todas esas adoraçiones que te hazen aý, que su Jesuchristo assí se lo cuenta por meritorio como si él mesmo lo hiziese. Ya saves tú que no quiere él otra cosa sino la yntençión’. E oyendo aquel demonio estas cosas que los otros sus compañeros le dezían, e que el hermitaño le havía conoçido a él y a los que havía oýdo todo lo que le havían dicho, dio un grande estalido, que pareçía que todo aquel yermo se quería destruyr, y desapareçió él y todos los otros spíritus malinos que le llamavan. Y quedó el hermitaño muy espantado y enagenado de sus sentidos de ver el yerro tan grande en que estava caýdo. [fol. 49r] Empero dava muchas graçias a Dios, por la lumbre e aviso que le havía dado.

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