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→Cap. VI. De cómo se desposó la santa con el niño Jesús y de su devoción al Santísimo Sacramento
===Cap. VI. De cómo se desposó la santa con el niño Jesús y de su devoción al Santísimo Sacramento===
Han sido tales y tantas las misericordias de Dios hechas a esta sierva suya que en algunos no solo han causado admiración, que es el efecto que deberían hacer en todos, sino también alguna dificultad, y no pequeña, para [278] creerlas. La admiración es muy justa y está en su lugar, porque de ella sale luz para conocer las obras de Dios, según lo dijo David: ''Mirabilia opera tua & anima mea congnoscet nimis''.''[21]'' “Por ser Señor tan admirables tus obras, mi ánima crece en el conocimiento tuyo”; y de ellas, porque la Fe se confirma, la Caridad se enciende para más amar a tan liberal Señor, y la Esperanza se alienta de muchas maneras, esperando que obrará Dios en él lo que obró ya en su prójimo; pero sacar de la grandeza de las mercedes de Dios tibieza para creerlas (por ser grandes) es sentir bajamente de la infinita liberalidad y bondad de Dios, y medirla por la cortedad de su ánimo, triste y escaso. De manera que las mercedes hechas a santa Juana no son menos creíbles por ser grandes, porque si se leen los libros de los santos están llenos de casos maravillosos, donde se muestra haber hecho Dios Nuestro Señor mercedes grandiosas a ladrones y salteadores y a todo género de personas facinerosas (cuando parece que menos lo merecían) por sus secretos juicios y para muestra de su infinita misericordia. ¿Pues qué mucho que haya hecho lo mismo por una sierva suya, escogida desde el vientre de su madre para ser santa? Ni puedo persuadirme yo que los que ahora se espantan sea por la grandeza, porque si della se espantan es señal que no la conocen, sino de la novedad y casos extraordinarios. Y en las cosas humanas tiene esto algún fundamento, pero en las divinas es muy de hombres tibios no advertir en cosas muy grandes que hace Dios muy de ordinario, y admirarse mucho de las extraordinarias, como lo pondera san Agustín: ''Ut non maiora sed insolita videndo, stuperent, quibus quotidiana vilueruns''. ''[22]'' “Y caerán sin duda los sobredichos en la cuenta si hicieren esta consideración”. Y es que suelten las riendas al entendimiento y añadan a las mercedes que Dios hizo a esta sierva suya otras mayores, más estupendas y raras, y porque el entendimiento del hombre es corto, haga esto el más subido serafín, y todo junto esto con aquello no llegará ni en grandeza de obra, ni en firmeza de amor, ni en novedad de maravilla a lo que es solo comulgar una vez. Porque esta merced ni puede tener igual, ni el misterio semejanza. Todo esto, y mucho más a este propósito, advierte el señor Obispo Sosa. Y lo he querido referir porque, llegando a tratar de las soberanas misericordias hechas a esta bendita doncella, vaya el lector con esta prevención. [279] Y, aunque es bien que se admire dellas, por grandes e inusitadas, no por eso deje de creerlas, antes de aquello sacará luz para esto.
Pues cuando el liberalísimo Señor quiso dar a su sierva más vivas prendas de su amor, determinó visitarla, no ya por solo ministerio de ángeles (como otras veces) sino por sí mismo, y desposarse con ella, con asistencia de su santísima Madre y muchos ángeles y santas vírgenes, que acompañaban a su celestial Rey y Señor. Pues como la sierva de Dios viese a su dulcísimo esposo (en visión imaginaria y verdadera) al lado de su Madre santísima, puso los ojos en él, y favorecida para ello de la Reina del Cielo, pidiole amorosamente la palabra que en otra sazón le tenía dada de desposarse con ella, lo cual pedía también la Virgen Santísima. ''[23]'' Y perseverando con profundísima humildad en esta petición, el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su santísima Madre y de los ángeles y vírgenes, que postrados ante su presencia divina rogaban lo mismo, puso Su Majestad en su sierva los ojos de misericordia. Y mirándola con apacible rostro la dijo: “Pláceme de desposarme contigo”. Y extendiendo su poderosa mano, se la dio en señal de desposorio. Con lo cual quedó la bienaventurada virgen tan contenta y consolada (cuanto era razón) de verse del clementísimo Señor tan favorecida.