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→Vida de Juana de la Cruz
[CVI] San Pablo fue llevado al tercero Cielo (que [fol. 25v] [CVII] sería el impireo sin repugnancia a los lugares que da la astronomía a las estrellas ya errantes y fijas, pues todas pueden correr con sus regulados movimientos por un mismo cielo aunque en diversas alturas). También a san Próculo, obispo y mártir, diciendo misa le tomaron los ángeles el cáliz antes de consagrar y, después de dos horas, le volvieron al altar y le dijeron: “Cristo, Señor Nuestro, le consagró; no le vuelvas a consagrar tú si no recibe su preciosa sangre”. Y así lo hizo el santo obispo.
[CVIII] [CIX] En Constantinopla, el año de 446, iba en procesión todo el pueblo para aplacar la ira divina que le castigaba con un espantoso terremoto. Y en un campo donde se habían congregado innumerables gentes a vista del emperador Teodoro el Menor y del patriarca Proclo, fue arrebatado un niño por los ángeles y llevado al cielo. Y, después de una hora, le pusieron en el mismo campo, donde refirió cómo había estado en la patria de los bienaventurados y oyó que los ángeles y santos alababan a Dios con aquel santísimo trisagio: ''Sanctus Deus, Sactus fortis, Sanctus inmortalis''.
[CX] Sucedió pues que, deseosas las monjas de tener alguna prenda de devoción autorizada de su abadesa y madre, la pidieron con [fol. 26r] humildad que por medio de su ángel custodio alcanzase de Cristo, Señor Nuestro, algunas gracias para sus rosarios. Esta noción parece fue misteriosa, pues al mismo tiempo en Alemania hacía cruel guerra a las cuentas benditas y a los rosarios de Nuestra Señora el perverso Lutero.
[CXXXVI] Desde entonces, permitió la divina providencia que muchas ánimas se le apareciesen implorando su socorro, y otras la hablasen desde los guijarros fríos o calientes que se ponía. Y en diversas ocasiones que las religiosas la llevaban al coro en una silla porque los dolores la tenían tullida y sin poder mover, la cual ponían en el lugar que deben tener las preladas, después de compo- [fol. 32v] [CXXXVII] nerla la ropa, pretendían desviarla los guijarros que traía pegados y asidos a las coyunturas y, aunque tiraban de ellos con mucha fuerza, de ninguna manera se los podían quitar y la sierva de Dios decía: “Dejadlos estar, hijas, donde Dios les dio licencia que estuviesen, y no trabajéis en quitarlos que será por demás vuestro cuidado hasta que yo padezca lo que tiene dispuesto la divina voluntad”. De esta maravilla fueron testigos todas las monjas de aquel convento.
[CXXXVIII] En los coloquios que tenía soror Juana con su ángel, le preguntó si sería petición indiscreta suplicar a Dios que las ánimas que venían a valerse de su socorro tuviesen el Purgatorio en las hierbas y flores que las monjas ponían en su celda en unas jarras y ramilleteros, pareciéndole con sinceridad que con la mudanza del lugar se les mitigarías las penas. Respondiola el ángel que el Purgatorio no se mitigaba por mudar lugar, sino con los sufragios y oraciones y demás obras satisfactorias que pueden hacer los vivos por los difuntos pero que, si ella pretendía conseguir aquel consuelo, hiciese oración a la soberana Majestad de nuestro Dios, que era el mejor medio para alcanzar la gracia que pedía. Hízolo así la devota virgen, y la infinita piedad de nuestro Redentor la conce- [fol. 33r] [15] [CXXXIX] [CXL] dió que las ánimas que enviaba a pedirla socorro tuviesen su asiento en las hierbas y flores que la ponían en su celda para que, tiniéndolas presentes, se alentase a padecer más trabajos y dolores por ellas. Desde aquel tiempo tuvo cuidado en pedir a las religiosas la trujesen hierbas y flores de la huerta, y se las pusiesen en los ramilleteros y jarras con color de que con ellas se divertía y alegraba, callando el misterio que en ello había. Estaba un día de verano soror Juana reclinada en su pobre camilla, cercada de las flores y albahacas que la traían para su consuelo, aunque muy debilitada en las fuerzas corporales; y con voz sonora y alentada, entonó el himno ''Magnificat '' de suerte que se oyó en el convento. Las monjas, admiradas de la novedad del canto, acudieron a la celda y, por las quiebras y resquicios de la puerta, acecharon lo que hacía su abadesa. En esta curiosidad estaban y en grande silencio para no ser sentidas cuando, diciendo soror Juana el verso ''Gloria PatriaPatri'', todos los ramilleteros se inclinaron profundamente hasta tocar las hierbas y flores en la tierra; y en acabando el verso, se restituyeron a su estado primero. Las monjas, a vista de un milagro tan grande, entraron de tropel en la celda y, bañadas en lágrimas de devoción y [fol. 33v] ''[17]'' alegría, la dijeron que no podría negarles con el disimulo de hierbas y flores el misterio que encerraban aquellas profundas inclinaciones que hicieron al cantar el verso del ''Gloria Patri''. Respondiolas soror Juana que, pues Dios había permitido viesen aquella maravilla, sería para su mayor edificación y encenderlas en la devoción de las ánimas de Purgatorio, muchas de las cuales estaban en aquellas flores alabando en su compañía a su Redentor hasta que, purificadas con las penas de daño y de sentido que padecían (en que procuraba ayudarlas, aplicándolas sus oraciones, dolores y tormentos), subiesen a gozarle eternamente.
[CXLI] Admiradas las religiosas de lo que obraba Dios por los méritos de su sierva, y para confirmarse en la fe y devoción que tenían de lo que obran los sufragios en beneficio de los difuntos fieles y de la reverencia que tienen todas las criaturas celestes, terrestres e infernales al inefable nombre de Dios trino y uno, pidieron con muchas lágrimas a su virtuosa madre volviese a cantar el verso mismo; y, aunque rehusó el hacerlo, vencida de los ruegos importunos de sus hijas entonó delante de todas el verso del de ''Gloria Patri''. Apenas había empezado la primera palabra cuando las albahacas y flores se inclinaron [fol. 34r] [18] otra vez hasta tocar con sus puntas a la tierra, perseverando en aquella forma hasta que soror Juana acabó de cantar enteramente todo el verso, volviéndose a poner después como estaban antes.
[CXLII] Las religiosas dieron, en compañía de su madre abadesa, repetidas gracias al Autor de la naturaleza que las había favorecido con aquel milagro. Y su devoción con las ánimas creció mucho, y en adelante tenían gran cuidado de renovar las hierbas y flores, y las que quitaban las guardaban como por reliquias; y en ellas se hallaba tanta fragancia y olor tan suave, aunque marchitas y lacias, que excedía con grandes ventajas a las flores y hierbas frescas que ponían de nuevo en los ramilleteros. Esto también despertó la curiosidad de las monjas para preguntar a soror Juana de qué procedía aquel olor. Respondiolas que era un rastro que dejaban en aquellas flores de su asistencia los ángeles custodios de las ánimas que allí habían estado, a las cuales consolaban y visitaban con frecuencia sin desampararlas hasta haberlas puesto en la presencia de Dios. Y como uno de los tormentos que padecen en el Infierno los condenados consiste en el mal olor, así uno de los dotes de que se adornan los espíritus gloriosos es el de los olores fragantes [fol. 34v] ''[19]'' [CXLIII] y excelentes de que gozan y que exhalan; lo cual se prueba bien con el don y privilegio que se experimenta en muchos cuerpos de santos, pues la hediondez y corrupción a que estaban sujetos por la condición de su propia naturaleza se truecan en suavísimos y celestiales olores como en señal de los que han de gozar desde el día de la resurrección general.
Un niño llamado Juan, en el lugar del Almonacid junto a la ciudad de Toledo, cayó en un pozo de donde le sacaron a vista de más de cien personas sin pulsos, ni aliento ni otra señal de vivo. Los padres le encomendaron a soror Juana de la Cruz y el niño empezó a [fol. 48r] mover brazos y pies, y a echar mucha agua por la boca. Luego abrió los ojos y, dentro de dos horas, andaba por la calle entre los demás niños de edad.
Otros casos milagrosos de esta calidad están comprobados en las informaciones que hicieron los obispos de Troya y de Cirene, que se remitieron al proceso de la canonización y se refieren por los escritores que hicieron particular memoria de soror Juana: como fueron don fray Francisco Gonzaga, arzobispo de Mantua, en su crónica; el obispo de Jaén en el ''Libro de la veneración de las reliquias''; el maestro Villegas en el ''Flos Sactorum''; fray Pedro de Salazar en la crónica que escribió de los religiosos de san Francisco de la provincia de Castilla; el maestro Peredo en la ''Historia de Nuestra Señora de Atocha''; fray Antonio Daza en la ''Cuarta parte de las crónicas de la orden de san Francisco '' y en un tratado particular de la vida de soror Juana; y fray Pedro Navarro en su erudito libro intitulado ''Favores del rey del cielo'', ocupando estos escritores sus plumas en alabanza de esta virgen virtuosa con la esperanza de que había de llegar el día en que los pontífices sumos la escribiesen en el ''Catálogo de los santos canonizados '' o lleguen ya para honra y gloria de Dios Omnipotente, Autor y Criador, de todo lo perfecto y santo.
FIN.