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Juana de la Cruz

342 bytes añadidos, 08:54 27 mar 2025
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Vida de Juana de la Cruz
''[3]''
Cuando el soberbio Holofernes, capitán de Nabucodonosor ''[4]'', Rey de los Asirios, estaba sitiando Betulia, salieron los hebreos una mañana de la ciudad con los estandartes desplegados, y las lanzas y espadas y otras armas en mano, amenazando dar muerte a sus enemigos, los cuales, burlándose ''[5] '' de ellos, decían que las ratas se habían atrevido a salir de sus nidos para causarles daño ''[6]''. ''[7] '' Entonces el camarero ''[8] '' fue a despertar a Holofernes creyendo que dormía en su pabellón ''[9]'', para que se levantara a ordenar la defensa: pero apenas hubo entrado, vio el cuerpo de aquel soberbio ''[10] '' sin cabeza, tendido a todo lo largo por tierra y bañado en su propia sangre. Se quedó muy confuso, conociendo ser aquello obra de la mano de Judith ''[11]'', por lo que salió dando voces y gritando en voz alta: “¡Una mujer ha puesto en confusión a la Casa de Nabucodonosor!”. Aquello fue más que verdadero, pues, oyendo ''[12] '' los asirios que su capitán había muerto, se les heló tanto el alma, presa de un frío terror ''[13]'', que echaron luego a huir y dejaron la victoria en manos de sus enemigos, y todo el saqueo y los despojos que habían juntado ''[14]''. Las razones de aquel criado de Holofernes, que una mujer había puesto en confusión a la Casa de Nabucodonosor, le cuadra y puede adaptarse muy bien a una bienaventurada dama, ''[15] '' llamada sor Juana de la Cruz, monja de la Orden de los Hermanos Menores. Pues ella es la confusión de la Casa de Nabucodonosor, por ahí se entiende que los malos, cualquiera que sea su estado, son puestos todos en confusión, junto con algunos religiosos y personas de Iglesia, que, por muy honrados que sean en el oficio de servir a Dios, son, digo yo, puestos en confusión, respecto a lo que aquella monja hizo ; aunque hayan nacido de personas ilustres y de noble sangre, y hayan sido sustentados con la buena crianza de la corte y casa real, los deja en confusión aquella dama nacida entre labradores y en la pobreza ''[16]''. Ella es, pues, la confusión de toda clase de hombres, pues los ha superado así como veremos en su vida, recogida de antiguos memoriales que están en el monasterio de la Cruz, situado a dos leguas de la villa de Illescas ''[17]'', que atestiguan las extraordinarias virtudes y las grandes perfecciones que el Cielo le otorgó a aquella bienaventurada monja, cuya vida queremos describir y dejar para la posteridad sus bellas acciones para que nos sirvan de modelo '[18]''.
[160] '''De la patria , de los padres y del nacimiento de esta sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, de los ejercicios espirituales que hacía en la infancia, tratando su cuerpo con gran austeridad. De la santa imagen de la gloriosa Virgen María, llamada de la Caridad de Cubas y de su origen'''
===Capítulo XXVIII===
''[19]''
''[20] '' La bienaventurada Juana de la Cruz nació en un lugar vecino de Toledo, llamado Azaña, de un padre cristiano y virtuoso, llamado Juan Vázquez y de su mujer Catalina Gutiérrez el año de gracia de mil cuatrocientos ochenta y uno. Fue dotada de extremada belleza, contribuyendo el Cielo con algo particular de la suya ''[21]'': su madre la crió a sus propios pechos, sin que le doliera ni pesase, antes le era de gran recreo y consuelo. Pues cuando se encontraba presa de alguna tristeza, en tomándola en brazos, ella le servía para recobrar toda su alegría. Habiendo llegado esta niña a la edad de cuatro años, mostraba tener perfecto juicio, tanto en sus palabras como en sus hechos, y jamás la vieron con otras mozas jugando a los juegos con los que las de su corta edad suelen entretenerse, ni decir palabra alguna vana ni sin provecho: sino que sus pensamientos los ponía sólo en Nuestro Señor Jesucristo, a quien llamaba su caro esposo y con quien comunicaba sus pensamientos [22]. Algunas veces tenía tanta fuerza y aprensión en sus potencias internas que sus sentidos estaban como ausentes de todo, viendo lo cual su madre, desconociendo la virtud de aquellos santos arrobos o éxtasis de los que su hija quedaba presa [23], creyó que estaba enferma y, teniéndola algunas veces por muerta, hizo voto de llevarla con una imagen [24] de cera a una casa o monasterio llamado de nuestra Señora de la Cruz, cerca de un lugar llamado Cubas, a dos leguas [25] de Illescas, villa de la diócesis de Toledo y alejada de esta de seis leguas, ilustrada por una imagen de la madre de Dios, llamada Nuestra Señora [26] de la Caridad, adonde algunas personas acuden de varias comarcas y lugares [27] y principalmente los enfermos que son favorecidos y sanados por la intercesión de la bienaventurada Virgen [28]. Este monasterio de la Cruz, donde hay monjas de la Orden de San Francisco, ha sido edificado, según memoria transmitida de mano en mano, y tradición de generación en generación, como atestiguan los moradores de la provincia [29], por mandato de la bienaventurada Virgen María [30], quien se apareció en aquel lugar, por donde es muy reverenciada en él [31]. Y es más, según relación de las monjas antiguas, se sabe de quién era la imagen tan reverenciada en Illescas: la cual una devota mujer que servía a las monjas, acompañada por otras buenas mujeres con música y pandero, la ponían [32] encima de la puerta de la clausura donde estaban las monjas [33] y la llevaban también [34] por los pueblos de la provincia pidiendo limosna para vestirla, y, con lo que le daban, la tenían lucida y aseada. [161] Y así, la dejó un día en Illescas, y a medida que el monasterio la fue perdiendo, la villa la adquirió, quedándose en la ciudad el origen de la santa imagen, la cual así como se puede creer es esta [35]: de pequeña estatura, y en alguna manera negruzca, y se considera que ha hecho muchos milagros, lo cual es la causa de ser visitada con gran reverencia [36] y devoción de toda España [37]. Pues quedando la morada de aquella niña a dos leguas de esta imagen, su madre la consagró a la Virgen María, y prometió llevarla al monasterio con una imagen [38] de cera, como ya dijimos, y como la muerte la cogió a esta mujer antes de que pudiera cumplir su voto, ella le rogó a su marido, padre de la niña, que lo cumpliese. Habiendo oído esta niña [39] el voto que había hecho su madre por ella, sintió gran contento y se alegró no sólo por el voto, sino también de que tomó una resolución, la de quedarse monja en el monasterio [40] para servir con gran afición [41] a la Madre de Dios todo el tiempo de su vida. La madre murió, [42] y esta niña quedó de siete años de edad y con el deseo de cumplir su deseo de ser monja, y así empezó a dedicarse a los santos ejercicios propios de la religión, haciendo [43] muy grandes abstinencias y comiendo sólo una vez al día [44], y sobre todo cuando ayunaba, conformándose con pan y agua, y a veces se quedaba dos o tres días sin comer cosa alguna, de lo abstinente que era [45]. Con sus propias manos, ella tejió un cilicio asperísimo, y se lo puso sobre sus mismas carnes, con lo cual siempre andaba llagada, aunque ello le daba muy gran consuelo. Nunca estaba ociosa, [46] antes se esforzaba en lo que hacía, para atormentar más aún su débil cuerpo y que el cilicio la lastimara más [47]. Así es como, no teniendo otra cosa que ofrecer a Jesucristo, ella le [48] ofrecía sus abstinencias, infligiéndose a veces muy ásperas disciplinas hasta derramársele la sangre que corría por todos los lados de su cuerpo, mostrando siempre en todas sus acciones [49] muy gran humildad. Hablaba muy poco, y lo que decía era para alabar a Dios o para provecho o buen ejemplo de su prójimo. Un tío suyo y su mujer que también era [50] su tía [51], la pidieron con muchos ruegos a su padre para tenerla en su casa, pues ambos la amaban muy tiernamente y eran muy ricos. De manera que, teniendo en ese lugar mucha más oportunidad de emplearlo [52] en oraciones [53] u obras santas y en penitencias, no se quedaba corta en ello [54]; su tía se dio cuenta de la vida que llevaba, porque ella se quedaba la mayor parte de la noche puesta en oración, razón por la cual la amó mucho más aún. Viéndose descubierta, buscaba los lugares más recónditos de la casa donde se daba la disciplina, y de resultas se la daba con una cadena de hierro [55], y así cuando quedaba muy herida, pedía a Nuestro Señor por premio que pudiese ser recibida como religiosa en el monasterio de sus esposas y que contase como una de ellas [56], lo cual le fue otorgado por la Majestad Divina.
Habiendo llegado esta niña a la edad de cuatro años, mostraba tener perfecto juicio, tanto en sus palabras como en sus hechos, y jamás la vieron con otras mozas jugando a los juegos con los que las de su corta edad suelen entretenerse, ni decir palabra alguna vana ni sin provecho: sino que sus pensamientos los ponía sólo en Nuestro Señor Jesucristo, a quien llamaba su caro esposo y con quien comunicaba sus pensamientos ''[22]''. Algunas veces tenía tanta fuerza y aprensión en sus potencias internas que sus sentidos estaban como ausentes de todo, viendo lo cual su madre, desconociendo la virtud de aquellos santos arrobos o éxtasis de los que su hija quedaba presa ''[23]'', creyó que estaba enferma y, teniéndola algunas veces por muerta, hizo voto de llevarla con una imagen ''[24]'' de cera a una casa o monasterio llamado de nuestra Señora de la Cruz, cerca de un lugar llamado Cubas, a dos leguas ''[25]'' de Illescas, villa de la diócesis de Toledo y alejada de esta de seis leguas, ilustrada por una imagen de la madre de Dios, llamada Nuestra Señora ''[26]'' de la Caridad, adonde algunas personas acuden de varias comarcas y lugares ''[27]'' y principalmente los enfermos que son favorecidos y sanados por la intercesión de la bienaventurada Virgen ''[28]''. Este monasterio de la Cruz, donde hay monjas de la Orden de San Francisco, ha sido edificado, según memoria transmitida de mano en mano, y tradición de generación en generación, como atestiguan los moradores de la provincia ''[29]'', por mandato de la bienaventurada Virgen María ''[30]'', quien se apareció en aquel lugar, por donde es muy reverenciada en él ''[31]''. Y es más, según relación de las monjas antiguas, se sabe de quién era la imagen tan reverenciada en Illescas: la cual una devota mujer que servía a las monjas, acompañada por otras buenas mujeres con música y pandero, la ponían ''[32]'' encima de la puerta de la clausura donde estaban las monjas ''[33]'' y la llevaban también ''[34]'' por los pueblos de la provincia pidiendo limosna para vestirla, y, con lo que le daban, la tenían lucida y aseada. [161] Y así, la dejó un día en Illescas, y a medida que el monasterio la fue perdiendo, la villa la adquirió, quedándose en la ciudad el origen de la santa imagen, la cual así como se puede creer es esta ''[35]'': de pequeña estatura, y en alguna manera negruzca, y se considera que ha hecho muchos milagros, lo cual es la causa de ser visitada con gran reverencia ''[36]'' y devoción de toda España ''[37]''. Pues quedando la morada de aquella niña a dos leguas de esta imagen, su madre la consagró a la Virgen María, y prometió llevarla al monasterio con una imagen '[38]'' de cera, como ya dijimos, y como la muerte la cogió a esta mujer antes de que pudiera cumplir su voto, ella le rogó a su marido, padre de la niña, que lo cumpliese. Habiendo oído esta niña ''[39]'' el voto que había hecho su madre por ella, sintió gran contento y se alegró no sólo por el voto, sino también de que tomó una resolución, la de quedarse monja en el monasterio ''[40]'' para servir con gran afición ''[41]'' a la Madre de Dios todo el tiempo de su vida. La madre murió, ''[42]'' y esta niña quedó de siete años de edad y con el deseo de cumplir su deseo de ser monja, y así empezó a dedicarse a los santos ejercicios propios de la religión, haciendo ''[43]'' muy grandes abstinencias y comiendo sólo una vez al día ''[44]'', y sobre todo cuando ayunaba, conformándose con pan y agua, y a veces se quedaba dos o tres días sin comer cosa alguna, de lo abstinente que era ''[45]''. Con sus propias manos, ella tejió un cilicio asperísimo, y se lo puso sobre sus mismas carnes, con lo cual siempre andaba llagada, aunque ello le daba muy gran consuelo. Nunca estaba ociosa, ''[46]'' antes se esforzaba en lo que hacía, para atormentar más aún su débil cuerpo y que el cilicio la lastimara más ''[47]''. Así es como, no teniendo otra cosa que ofrecer a Jesucristo, ella le ''[48]'' ofrecía sus abstinencias, infligiéndose a veces muy ásperas disciplinas hasta derramársele la sangre que corría por todos los lados de su cuerpo, mostrando siempre en todas sus acciones ''[49]'' muy gran humildad. Hablaba muy poco, y lo que decía era para alabar a Dios o para provecho o buen ejemplo de su prójimo. Un tío suyo y su mujer que también era ''[50]'' su tía ''[51]'', la pidieron con muchos ruegos a su padre para tenerla en su casa, pues ambos la amaban muy tiernamente y eran muy ricos. De manera que, teniendo en ese lugar mucha más oportunidad de emplearlo ''[52]'' en oraciones ''[53]'' u obras santas y en penitencias, no se quedaba corta en ello ''[54]''; su tía se dio cuenta de la vida que llevaba, porque ella se quedaba la mayor parte de la noche puesta en oración, razón por la cual la amó mucho más aún. Viéndose descubierta, buscaba los lugares más recónditos de la casa donde se daba la disciplina, y de resultas se la daba con una cadena de hierro ''[55]'', y así cuando quedaba muy herida, pedía a Nuestro Señor por premio que pudiese ser recibida como religiosa en el monasterio de sus esposas y que contase como una de ellas ''[56]'', lo cual le fue otorgado por la Majestad Divina. [162] '''Como la sierva de Dios ''[57] '' para cumplir su voto de ser Monja, huyó de casa de sus parientes vestida de hombre y se fue al monasterio de la Santa Cruz de Cubas donde fue recibida, de la aspereza de la vida que hacía y de otras virtudes suyas ejemplares'''
===Capítulo XXIX===
''[58]''
Habiendo llegado a la edad de quince años, inspirada por Dios por lo que se vio más tarde ''[59]'', viendo que no podía salir de casa de sus parientes, que la guardaban consigo y que deseaban casarla, una mañana se vistió con hábitos de hombre, y habiendo hecho un hatillo de sus propios hábitos, salió de esta guisa con intento ''[60] '' de ir al monasterio de las monjas de Santa Cruz, que distaba de dos leguas, como se ha dicho. Cuando emprendía el camino, el demonio le quiso impedir el paso, poniéndole a la vista el disgusto que su padre y sus parientes recibirían de ello, y los peligros en los que podría incurrir en aquel viaje. Y así, aquello le llenó el alma con tal aprensión que cayó a tierra muy desalentada, aunque le fue dicho que Dios la favorecería y cumpliría su santo deseo ''[61]''. Así pues, tornó a proseguir su viaje, y habiendo caminado buena parte del camino, vio venir a una persona a caballo, a quien conoció y vio que era un mozo rico ''[62] '' que la había pedido por esposa y que deseaba grandemente conseguirla en matrimonio. Aquello le infundió gran temor, viéndose sola en un lugar solitario, pero fue favorecida de Dios, pues cegó al mozo, que no la conoció, habiéndose apartado ella un poco del camino cuando pasaba ''[63]''. De esta manera caminó con seguridad ''[64] '' a la casa de la Madre de Dios, a cuya iglesia antes de entrar quiso primero ir, y no vio a nadie en ella, y así fue a hacer oración y a reverenciar a Nuestra Señora. Luego se apartó a un rincón y quitándose el vestido de hombre, se vistió con el de mujer y se fue a hablar a las monjas, dando cuenta de quién era y del deseo que tenía de guardar clausura, rogándolas que la recibiesen, a pesar de los impedimentos que le ponían. Sucedió que en ese mismo tiempo llegasen sus parientes que la habían seguido pisando los talones y la regañaron en extremo por haberse ido de su casa sin decirles nada ''[65] '' y se la quisieron llevar consigo. Les pidió perdón por el disgusto causado, con mucha humildad, y les dijo que su intento era servir a Dios en esa casa y que sólo Él podría sacarla de ella. El ''[66] '' prelado vino igualmente ''[67]'', el cual habiendo visto el deseo y la constancia de aquella virgen, mandó que la recibiesen a la religión, lo que las monjas hicieron con gran contento. Visto todo esto por sus parientes, ellos empezaron a tener muy buena opinión de ello.
Le señalaron su dote y la moza pudo quedarse en aquella casa y con el hábito. La Maestra de novicias le mandó guardar silencio durante un año, lo que le agradó más que cualquier mandamiento que jamás le hicieron. Pues ella era naturalmente amiga de hablar poco ''[68] '' y [163] así empezó a hacer vida maravillosa, incluso antes de la profesión ''[69]'', la cual hizo cumplido el año y fue de cuatro votos, los tres ordinarios y el otro de clausura. Su vestido fue pobre y humilde, más que el de las otras monjas. Traía una túnica de jerga vieja y remendada, y de lo mismo era el hábito: en los pies zuecos de madera ''[70] '' y la mayor parte del tiempo iba descalza; ceñía una gruesa cuerda y en la cabeza llevaba una gruesa tela hecha de estopa o con una gruesa red ''[71]'', y por encima gruesas tocas. Sobre sus carnes llevaba un áspero cilicio, de lo cual nadie se percataba, y el cual ella nunca dejaba, ni de día, ni de noche ; además de aquello, ella hacía muy ásperas penitencias. Era maravillosa su paciencia ''[72] '' pues deseaba ser menospreciada, injuriada y ultrajada sin causa ''[73]'', sufrir toda clase de tormentos, heridas, golpes, dolores, frío y otros trabajos por amor a Dios ; no hablaba nunca sino con su maestra o con la abadesa o madre vicaria, y esto cuando ellas le preguntaban algo. Algunas veces se llevaba a la boca alguna hierba amarga como el ajenjo en memoria de la hiel que fue dada a Nuestro Señor Jesucristo en su Pasión. Otras veces se metía en ella una piedra algo grande que le causaba grandes dolores, otras veces tomaba agua en la boca y la guardaba hasta que no podía más del dolor que le ''[74] '' causaba, otras veces asía un candelero con la boca y lo tenía en alto hasta tanto como podía ''[75]''. Creía que guardar silencio sin dolor y sin penitencia era poco mérito para Dios. Por eso hacía los mismos ayunos que hacía antes de ser monja, añadiéndoles aún el poco dormir. Pues las monjas que ayunan suelen comer al mediodía y por la noche hacer una pequeña colación, ''[76] '' ella, en lugar de comer al mediodía rezaba los maitines de la noche, y en lugar de la colación, la cambiaba por un breve sueño sobre el final de la noche, al salir el sol.
'''Del gran amor que le tenía al esposo de su alma ''[77]'', de los ejercicios a los que se dedicaba con gran humildad, del mucho celo que ponía en el servicio de Dios, y de lo que decía de su ángel custodio'''
===Capítulo XXX===
Era costumbre de las monjas dormir en un dormitorio, cada una en su cama [78], con una luz encendida en medio, pero esta [79] sierva esperaba a que todas se hubiesen recogido [80], y entonces ella, en el silencio más profundo, cogía una rueca e hilaba al lado de su cama, unas veces de pie, otras de rodillas, y siempre meditando sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo [81], su esposo íntimo [82]. Se ocupaba mucho en el servicio del monasterio, y para holgarse de ello se figuraba que era por el amor de Jesucristo, a quien servía de buen grado [83]. Cuando fregaba los platos, lo hacía como si fueran de oro o de perlas preciosas donde su [164] Majestad hubiese comido. Las escobas con las que barría la casa las tenía por flores, y las losas por pedrería [84] y por la peana [85] del Rey de los Cielos: y así hacía con las demás cosas, interpretando cada cosa en buena parte, y recogiendo de todo lo que veía, bellas florecitas que daban buen olor, tanto a su alma como a su prójimo, por el buen ejemplo que se podía sacar de todas sus acciones [86].
 
Siendo cocinera fue reprehendida por su compañera y por la provisora al no satisfacerse ellas de lo que hacía. Ella se tiraba a tierra y confesaba [87] su culpa, pero ellas no le perdonaban, antes le decían que se quitase de su presencia. La sierva de Dios se iba al coro a rogar a Dios que le perdonase su culpa y el enfado que había causado a sus hermanas, y que aplacase el disgusto que tenían con ella. Su compañera la tornaba a llamar y le preguntaba lo que hacía en el coro, ella respondía que rogaba a Nuestro Señor que le perdonara su yerro y el enojo que le había causado, y que la aviniera con ella. Su compañera y la Provisora al ver aquello se edificaron tanto que durante varios días quedaron edificadas , y derramaron muchas lágrimas en lo secreto de su corazón. De este modo se portaba con los que la afligían, haciendo por ellos oración. Ya se ha dicho que aquella virgen [88] era hermosa y de muy buena compostura [89] y de conversación muy agradable, hablaba muy bien y daba muy buenos consejos, y sólo con verla u oírla uno se sentía movido a devoción. Frecuentaba los santos sacramentos de confesión y de comunión, y si su prelado no le había concedido comulgar cada día, ella comulgaba espiritualmente en su alma, u oyendo misa [90], preparándose con antelación en esa ocasión.
 
Le informaron de un religioso que había sido tentado de no rezar las horas canónicas y el oficio divino diciendo que Dios no necesitaba de sus oraciones. Ella le habló a este religioso y le dijo que Dios no necesitaba de él ni de ninguna criatura, pero que, por lo contrario, todas las criaturas necesitaban de Dios, pues como el villano tiene obligación de pagarle la gabela al rey [91], que, si no lo hace, es castigado con severidad, así los hombres deben pagar el servicio que le deben a Dios, principalmente los eclesiásticos [92] rezando el servicio divino, que si no lo hace será castigado con gran rigor, como rebelde. Tanto fue, que aquel religioso se arrepintió de su error y de allí en adelante fue más diligente en el servicio que debemos al que nos hace día y noche tanto bien [93].
 
A una monja que le preguntaba lo que podía hacer para agradar a Dios, respondió: “Hermana, hay que dedicarse continuamente a rezos y oraciones, y a guardar estrechamente silencio” [94].
 
A otra que también le preguntaba como podría ella permanecer en gracia de Dios, le respondió: “Llorad con los que lloran, reíd con los que ríen, y callad con los que guardan silencio” [95].
 
[96] Aconsejaba a todos que tuviesen gran devoción a su ángel custodio, pues no sólo él nos guarda, sino también que nos acompaña [165] y, cuando alguien está en las ansias de la muerte, el ángel va al Cielo y mueve a los santos y a las santas, haciéndoles saber que aquella persona ha hecho algo que merece que rueguen a Dios por su libranza [97]. Añadía además que después de la muerte van al Purgatorio a consolar a las almas de quienes ellos eran custodios, las consuelan y les cuentan las buenas obras que hacen por ellos los vivos para que sean tomadas en consideración [98].
'''Del mucho amor que le tuvo a la santa cruz, y por qué razones y circunstancias. De los notorios favores que recibió de Nuestro Señor, y de los discursos que hacía estando arrobada'''
===Capítulo XXXI===
[99] Aquella bienaventurada monja era muy devota de la santa cruz, y tenía muchas razones de serlo, tanto por su apellido [100] como por el monasterio, que se llamaba de la Cruz, y también por haber recibido grandes dones de Dios por medio de la santa cruz, sobre la cual hacía todos los días dulces pláticas [101] y de la que sacaba gran consuelo para su alma. Nuestro Señor la favorecía mucho, enviándole grandes regalos de su propia mano, de lo que se holgaba mucho [102]. Especialmente cuando estaba en oración, durante la cual estaba a menudo arrobada y en éxtasis, donde se quedaba sin sentido, como se vio en presencia de una señora seglar, quien, habiéndola venido a visitar, y viendo que ni llamándola, ni tambaleándola, se movía [103], la hirió con un agudo hierro en la cabeza de donde salió al instante sangre, y aunque ella no lo sintió en el momento, no dejó de sentir ese dolor habiendo salido de su arrobo. Ocurrió que, estando a veces en aquellos santos [104] arrobos y en éxtasis, hablaba y decía cosas muy levantadas, de tal manera que los que la oían resultaban muy edificados. Ahora bien, si bien era una doctrina que nuestra santa fe nos enseña, en esos momentos descubría secretos maravillosos de Dios [105], y exhortaba a amar las virtudes y a huir de los vicios, reprehendía dulcemente a los presentes, y sus razones eran de tal manera que hablaba con ellos, sin que los demás se diesen cuenta ; pero ellos lo entendían muy bien, reconociendo el mal que habían hecho, pedían perdón a Dios con el deseo de enmendarse de allí en adelante [106]. Y para testimonio de que hablaba como inspirada divinamente, la oyeron varias veces hablar en diversas lenguas, de las que ella nunca había tenido noticia, y así, a cierto provincial de la Orden Franciscana de la Observancia [107] que deseaba hacerla abadesa del monasterio, como al fin lo hizo, le dijo en lengua vizcaína, pues el padre era de Vizcaya, que ella no sería capaz para el monasterio ni para la casa en aquel oficio: pues bastante tenía que hacer consigo misma [108]. Otra vez, el Obispo de Ávila había mandado al convento a dos esclavas moras para que sirviensen en el monasterio. Aquellas esclavas habían sido traídas de Orán, que había sido conquistada en aquel tiempo, y cuando las [166] monjas las querían persuadir de hacerse cristianas, ellas se estropeaban todo el rostro con las uñas, y especialmente la mayor [109]. Pues bien, aquella santa monja, estando en éxtasis, les habló en su lengua, y ellas entendieron muy bien lo que ella les decía [110], y le contestaron siguiendo su coloquio, de tal manera que aquellas esclavas moras se bautizaron. Después de que fueron bautizadas, la oyeron una vez más hablar su misma lengua, y se pusieron luego a su lado quedando muy consoladas de oírla hablar, y de entender lo que les decía.
'''Como algunas personas ilustres la oyeron hablar estando arrobada en éxtasis, y de un milagro que con la santa oración alcanzó de Dios'''
===Capítulo XXXII===
Con todas esa experiencias, por ser aquellos arrobos cosa nueva y no acostumbrada entre pocos santos [111], los prelados mandaron a la abadesa de aquel tiempo que, cuando hablara de ese modo en sus arrobos, la dejasen sola. La abadesa obedeció la orden, de tal modo que, la primera vez que habló de este modo, ella quiso que todas las monjas saliesen de la cámara donde estaba su Virgen [112]. Pasado algún tiempo, la abadesa mandó ir a ver si seguía hablando, y la monja que fue allá vio alrededor de ella muchos pájaros de diversas clases, con la cabeza levantada en alto, en actitud de escuchar lo que decía. Se fue al instante a avisar a la abadesa, que fue allá con las otras monjas y vio la verdad de esto, aunque con su llegada los pájaros huyeron; y, para mostrar que no eran fantásticos, [113] uno de ellos voló y se posó sobre la manga de la bienaventurada hermana, habiendo vuelto esta en su primer sentido. Pareció que era voluntad de Dios que las monjas oyesen lo que decía en aquel momento, y que prohibían sin embargo a personas dotadas de entendimiento y razón de oírlas [114]. Así pues, la vieron y oyeron varias veces el [115] Cardenal y Arcediano [116] de Toledo, Fray Francisco Jiménez de Cisneros, que fue padre y religioso de la Orden ; varios obispos, inquisidores, predicadores, duques, marqueses, condes y personas que se reían de ella cuando les contaban aquellas maravillas, pero habiéndola visto con sus propios ojos, se asombraban mucho, y de allí en adelante le eran muy aficionados, creyendo verdaderamente que era la verdadera sierva y esposa de Jesucristo quien le daba aquellos arrobos como prendas de su divino amor [117]. Nuestro Señor hizo también por ella algunos milagros más, y uno de ellos [118] fue que, trayendo aquella humilde virgen entre sus manos un gran vaso para el servicio del convento, este se hizo pedazos sobre una piedra, tanto que ella quedó muy desconsolada, habiendo considerado lo cual ella se echó a tierra e hizo oración a Dios, y juntando ella los trozos, el vaso resultó en el acto completamente rehecho y de una sola pieza. Todo esto lo vio otra monja que le dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba roto este vaso, [167] hecho pedazos en tierra? ¿Cómo está ahora entero?”, Ella le respondió con gran humildad: “Así era hermana, pero Dios quiso remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados, y por mi culpa [119]”,
'''De algunos milagros y gracias que aquella sierva de Dios obtuvo por medio de la santa oración'''
===Capítulo XXIII===
Por estas obras y por sus raras virtudes, fue elevada [128] a abadesa [129], oficio que ejerció con mucha virtud. Porque no sólo las monjas, con su ejemplo, quedaban muy edificadas y obedientes en lo que tocaba al servicio divino, sino que también con sus fervorosas oraciones alcanzaba de Dios que fuesen como exigía su estado. Cuando fue elevada al cargo de abadesa, no ocurrió que disminuyesen sus virtudes, sino más bien que aumentasen. Dios hizo por amor a ella varias maravillas dignas de publicarse como esta. Estando enferma una señora en el Palacio del Emperador Carlos V en Madrid, llamada Doña Ana Manrique, atormentada por un mal de costado que la dejó en las últimas, ella, que era devota de la abadesa y que sabía que Dios oía las oraciones que ella le hacía y se las otorgaba, le mandó a un mensajero que le dio a entender el peligro en el que se encontraba. Esta buena monja se puso enseguida en oración por ella, y así fue el efecto que siguió, tanto más cuanto que, [130] estando la enferma desahuciada [131] y habiendo recibido la extremaunción, se le apareció sobre la medianoche a la abadesa junto a ella que le tocaba con las manos, apretándolo el ardor de su mal de costado, donde más le dolía. Pues estando así, aquella enferma dijo en voz alta: “¿No ven a mi madre que ha venido a verme y a curarme?”. Muchos que estaban presentes oyeron esas palabras aunque no vieron a nadie, sino el efecto de estas que fue recobrar el comer, el beber y su entera curación. Se enteraron de esto las monjas del Monasterio, de manera que [168] le preguntaron a su abadesa cómo lo había hecho. Ella les dijo: “Hijas mías, son obras estas de mi ángel custodio [132]”. Se averiguó también haber sanado al Padre confesor del Convento de una enfermedad muy peligrosa, una rabia que se había apoderado de él, como también a una monja de un zaratán, y a varias personas más, libradas de varios males que siempre iban aumentando hasta que los enfermos la rogaban con gran devoción que los curase, lo que alcanzaba con sus oraciones y ruegos, que agradaban más a Dios que todos los remedios naturales que se había pensado aplicar [133].
'''De algunas persecuciones que esta monja sufrió con gran paciencia y como fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo, al recibir sus santas llagas'''
===Capítulo XXXIV===

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