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Juana de la Cruz

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Capítulo XV
===Capítulo XV===
'''Cómo santa Juana fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo'''
Aunque santa Juana era muy moza [67r] para el oficio de prelada, no reparando tanto las monjas en su poca edad, cuanto en su mucha virtud, la pidieron algunas veces por abadesa de su convento. Mas los prelados, considerando que no tenía sino veinte y cinco años la primera vez que la quisieron hacer abadesa, lo estorbaron. Y viendo las monjas lo poco que con ellos podían sus ruegos, determinaron negociarlo con Dios con lágrimas, oraciones y diciplinas ''[349]''. Y como en otra ocasión vacase el oficio de prelada, rogaron a la Divina Majestad pusiese en él a su sierva, que tenía ya cumplidos veinte y siete o veinte y ocho años de edad. Oyolas Nuestro Señor, y viniendo el provincial a hacer elección al convento, comenzó a hacer escrúpulo de haberlo contradicho otra vez cuando las monjas la quisieron elegir. Pero siempre se le hacía duro poner por abadesa a quien la mayor parte del tiempo se estaba arrobada en oración, pareciéndole que se aventuraba mucho en esto, porque oficios y negocios, por más santos que sean, suelen distraer muchas veces las personas. Estaba dudoso el provincial y combatido destos pensamientos y de la instancia que las monjas le hacían fue hecha la mano del Señor sobre su sierva, [67v] y el Espíritu Santo comenzó a hablar en santa Juana como solía, y convirtiendo al provincial su plática —que era vizcaíno— le habló en vascuence, mandándole la hiciese abadesa, que seguramente podía, por tener marco y valor para ello y para más. Todas las monjas la dieron sus votos, sin faltar uno, y confirmándola el provincial, dijo: “Señoras, yo no os doy esta abadesa, sino el Espíritu Santo, que lo manda”, y contó lo que se ha dicho ''[350]''. Las monjas no cabían de placer, de verse súbditas de tan santa y bendita prelada, y en diez y siete años continuos que lo fue, hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, que estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar, que solamente tenía unas tierrecillas, donde sembraban una miseria de trigo, y nueve reales de renta cada un año ''[351]''. Mas luego quiso Dios, por los méritos de la santa abadesa, que creciese y se aumentase el convento, no solo en muy gran perfeción de santidad y virtud, sino también en los edificios y en las demás cosas necesarias a la vida humana. Porque señores y grandes del reino le hicieron algunas limosnas muy gruesas. El cardenal don fray Francisco Jiménez, su gran devoto, [68r] se señaló mucho en esto, y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba le dio quinientas mil maravedís de una vez —gran limosna para aquel tiempo—, con que la sierva de Dios hizo un cuarto, el mejor que tiene el convento. Y para el culto divino hizo la santa abadesa muchos ornamentos, vasos de oro y de plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Hizo que las monjas guardasen clausura, porque antes, por su mucha pobreza, salían como frailes a demandar limosna por los lugares de la comarca ''[352]''. Y con todo esto era la santa virgen tan querida dellas que se tenían por bienaventuradas en tomar su bendición, besarle la mano o tocarla en la ropa de su hábito. Y, con amarla tiernamente, era tanto el temor y reverencia que le tenían que acaeció hartas veces, enviando a llamar a alguna religiosa, venir temblando, de suerte que era necesario que la bendita prelada le quitase aquel temor, para poderle responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades [68v] del convento y de las monjas, así públicas como secretas, espirituales o temporales, y todas las remediaba y proveía, y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar. Finalmente exhortábales a lo bueno, y reprehendía de lo que no era tal, castigando con mucha caridad y prudencia, sin disimular ninguna culpa por muy pequeña que fuese. Y para animar a las monjas al servicio de Dios y guarda de su perfeción y regla, decía en los capítulos muchas cosas de las que el Señor por su misericordia la mostraba.
Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias y congojas que le causaba la memoria de las penas del Purgatorio y del Infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables estremos. ''[353] ''Y viendo su temor santa Juana —que era abadesa—, llena de caridad y confianza, dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesucristo, que te crio y redimió, que no irás al Infierno, ni al Purgatorio; y yo, aunque miserable, suplico a Su Divina Majestad te lo otorgue y conceda, con plenaria remisión de todos tus pecados”. Y dicho esto, se fue a comulgar la bendita abadesa. Y estando arrobada espiró la enferma, y vio santa Juana que llevaban a jui- [69r] cio su alma, y la tomaban estrechísima cuenta de sus obras, palabras y pensamientos. Y viendo esto la santa virgen, daba voces a los ángeles que estaban presentes en aquel juicio, y decía: “Señores, no llevéis esa alma al Purgatorio; yo os lo ruego, porque confío en la misericordia de Dios me otorgará esta merced, que yo, indigna sierva suya, le he pedido”. Y así se lo concedió Nuestro Señor, y la libertad de aquel alma, donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos.
A tanta virtud como la desta santa mujer, a tanto amor de Dios y celo de su honra como tenía, parece debía el Señor autorizarlo todo con milagros, que suele ser el sello de todas estas cosas. Y como las de santa Juana, tomadas desde sus primeros principios, fueron todas tan milagrosas y divinas, era menester que los testimonios para creerlas fuesen también sobrenaturales y divinos. Entre los cuales merece el primer lugar la resurrección de una niña recién muerta, que habiéndola traído sus padres en romería al convento de la Cruz murió, siendo abadesa santa Juana, de cuya santidad tenía el mundo tal opinión y crédito, que se persuadieron [69v] los padres de la difunta que si la diese su bendición le daría también la vida, y así se lo rogaron. Rehusolo la humilde abadesa, escusándose con palabras de humildad, pero al fin, vencida de la piedad humana y de las lágrimas de los afligidos padres, mandó que le trujesen la niña muerta, y tomándola en sus brazos la dio a besar un crucifijo que traía consigo, y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y se la volvió a sus padres sana y buena, en presencia de más de ochenta personas testigos deste milagro ''[354]''.
''[355] ''Estaba en Madrid una gran señora, deuda del emperador Carlos Quinto, llamada doña Ana Manrique, devotísima de santa Juana, enferma de un dolor de costado, y avisándola del peligro de su vida, cuando este fue mayor, se le apareció santa Juana, como constó por el dicho de la enferma, y por una carta suya, con una cláusula que dice desta manera: ''Yo estoy mucho mejor —como vos, madre, sabéis—, como la que ha estado conmigo y me ha sanado. Bien os vi y conocí cuando me ''''visitastes'''' al seteno día de mi enfermedad, y estando yo desa''''h''''uciadadesahuciada, y con muy grandes congojas, os vi subir en mi cama, y que tocándome'' [70r] ''las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego, y con el gran placer que tuve —por''''que —porque me alegró mucho vuestra vis''''ta— vista— lo dije. No me neguéis, madre, esta ve''''rdadverdad, pues sabéis vos que lo es'''' [356]''. Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa; pero ella, deseando encubrir el caso más que manifestarle, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte, y que lo divulgaba la enferma, instaron de nuevo en que no lo encubriese, sino que para honra y gloria de Dios contase cómo había sido. Y entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esta caridad de haber ido a visitar a nuestra hermana salió de mí, sino de mi santo Ángel, que rogándole yo pidiese a Dios la diese salud, me dijo: “Mejor será que la vamos a visitar, pues es tu amiga, que para las necesidades son los amigos”. Y entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición. Y si sanó fue por haberla él santiguado, y yo me maravillo mucho que permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”.
[70v] Otro caso muy semejante a este sucedió a la santa con otra religiosa de su mesmo convento, que habiéndola llevado a fundar muchas leguas de allí, pasados algunos años, la dio Nuestro Señor una enfermedad de que murió. Y estando con los accidentes de la muerte, y con grandes deseos de ver a esta sierva de Dios, decía con muchas angustias y ansias: “¡¿Quién viese a mi madre Juana de la Cruz?!”. Y acercándose más a su fin, dijo con grandísima alegría: “¡Hela allí, aquella es mi madre Juana de la Cruz!”. Y diciendo las otras monjas qué se le antojaba, respondió: “No hace, por cierto, que yo bien la conozco; ella es, y bien se echa de ver en lo mucho que me ha consolado”. Y después se supo haber sido cierto este aparecimiento ''[357]''.
''[358] ''Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes ''[359]'', y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa. Y, una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan de lo que hubiese sobrado a la madre abadesa; trujéronselo de lo mismo que había comido, y así como lo metió la enferma en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana.
[71r] ''[360] ''Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso, y en él una grandísima llaga, y rogando santa Juana al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, la respondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial ''[361]'', y tal que no sanará, si no fuere por milagro”. El fuego se comenzó a manifestar en el brazo, y santa Juana prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma.
A una niña con mal de corazón dio salud, haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida ''[362]''. Y semejantes a estos hizo otros milagros en la cura de los enfermos y en aparecer muchas cosas perdidas que se le encomendaban.

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