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→Capítulo XVIII
===Capítulo XVIII===
'''De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a santa Juana, y de su grande paciencia'''
Todas las veces que santa Juana recebía el Espíritu Santo suplicaba a Nuestro Señor le diese penas, trabajos y dolores que padecer por su amor. Y como Dios conociese el que su esposa le tenía, concedió su petición a medida de su deseo. Y a los diez años de su prelacía, habiendo trece que el Espíritu Santo hablaba en ella, quiso Su Divina Majestad cerrar aquel órgano bendito por donde tanto tiempo había hablado y darle lo que pedía, comunicándoselo primero en una visión maravillosa —según que la misma Santa lo contó a sus monjas—, diciendo: “Vi al santo ángel de mi guarda en hábito de romero, pobre, mendigo y muy triste. Y preguntándole yo la causa de aquella tristeza, dijo que por haberme Dios sentenciado a grandes trabajos, enfermedades, persecuciones y penas andaba en aquel traje, pidiendo en limosna a Nuestra Señora, a los ángeles y a los santos que rogasen a Dios por mí ''[444]'', que lo [84r] había mucho menester. Mandome también que os preguntase si entendistes lo que Nuesto Señor dijo la última vez que habló en esta su indigna sierva, y así os ruego me lo digáis todo sin encubrir ninguna cosa”. A esto respondieron con mucha humildad: “Lo que el divino Espíritu dijo —a nuestro parecer— fue profecía”. Y aunque con palabras de amor, amenazaba triste suceso, porque dijo quería hacer una prueba en su querida esposa, aunque no por pecados suyos, ni por estar enojado con ella, sino solamente por su divina voluntad, que quería cerrar aquel órgano y mudarle en otro de menos precio, muy enfermo, doloroso y vil. Y dijo tras esto: “Tú eres, Juana, este órgano, que quiero seas despreciada, abatida y gravemente atormentada. Y para probar tu paciencia, quiero apartarme de ti por algún tiempo y cesar a mi habla, y convertiré tus gozos en dolores, y tu alegría en lágrimas y gemidos”'' [445]''. Esto dijo el Espíritu Santo estando las monjas presentes, y otras muchas personas que lo oyeron, y desde este día no habló más por la boca de su sierva, ni dio los oráculos que solía. Y porque siempre ha sido estilo de Dios y costumbre inviolable de su casa poner en cruz a los que moran en ella, porque no faltase a [84v] santa Juana lo que tanto agrada a Dios, quiso Su Divina Majestad que en cesando la habla del Espíritu Santo en su esposa, viniese sobre ella tan gran tropel de trabajos, dolores y enfermedades que declaraban bien la poderosa mano del que los enviaba. Porque no dejó cosa en su cuerpo que no atormentase y afligiese con muy desmedidos dolores. En la cabeza los tuvo muy grandes, cual nunca se vieron jamás, no hubo médico que los entendiese ''[446]'', y los días que le daban eran con tanto rigor que no comía, ni dormía, ni podía pasar un trago de agua, y lo que más es, ni despegar la boca para quejarse. Duráronle catorce años, no continuamente, sino a temporadas, unas veces de quince en quince días, otras de veinte en veinte, más o menos, como el Señor era servido, y veníale este mal de repente, y de repente se le quitaba.
A estos dolores se le juntaban otros de estómago y de ijada, con grandísimas congojas y tan copiosos sudores que para sacarla dellos era necesario mudarle hábito y túnica, y la ropa de la cama cuatro y cinco veces al día, y eran unos sudores heladísimos y fríos que le duraban veinte y treinta días, sin ninguna interpolación, y sobre todos estos [85r] males la envió el Señor otro mucho mayor y de más grandes y continuos dolores, porquese la encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, pies y manos, de suerte que nunca más las pudo abrir y estender, y con la fuerza de los dolores se le descoyuntaron todos sus miembros, y los más dellos quedaron no solo mancos y tullidos, sino también torcidos, contrechos y desencasados de sus lugares. Y desta misma suerte está hoy su santo cuerpo, según que adelante veremos. Estando la santa virgen con estos grandes dolores, decía que le parecía muchas veces que las cuerdas de su cuerpo estaban tan estiradas como si fueran de vihuela, y que llegaba el Señor, y poniendo en ellas sus sacratísimas manos, hacía una lindísima música y muy suave harmonía, y que no solamente tañía su Majestad, sino que también cantaba a este son ''[447]''. Y así estaba esta sierva del Señor en su enfermedad hecha un mar de dolores y un abismo de revelaciones, y con estar continuamente en la cama los últimos siete años de su oficio, tuvo tan religioso y concertado el convento como si asistiera en las comunidades, porque sin que se lo dijesen sabía todo cuanto se hacía en [85v] él, y enmendaba lo que era digno de corrección y castigo.
Por una revelación hecha a esta santa virgen, se supo que la tenía Dios escogida para hacer una imagen muy parecida a su unigénito Hijo en los trabajos, persecuciones y afrentas. Y cuando su Majestad quiso descubrir la santidad de su sierva y los quilates de su valor, fue en ocasión de haberla dado el cardenal y arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jiménez —para su convento— el beneficio de la villa de Cubas, que fue una gran limosna y el total remedio de él ''[448]''. Y las monjas ponían suficiente persona que le sirviese, de donde tomó ocasión el demonio para hacer una de las que suele, porque habiendo muerto el cardenal, ciertas personas codiciando el beneficio, trataron de impetrarle por Roma. Súpolo la bendita abadesa, y que no tenía otro remedio para asegurarle y continuar la posesión en que estaban, sino sacar una bula del Papa que confirmase al convento la posesión del beneficio para siempre, con las mesmas condiciones que hasta allí le había tenido. Y aunque le pareció bien el consejo, quiso primero tomar el del ángel de su guarda ''[449]'', que la dijo [86r] lo podía hacer sin pecado y sin escrúpulo de conciencia, aunque se ponía a peligro de ser muy reprehendida por ello. A esto respondió santa Juana: “Señor, pues no hay pecado, por el bien de mi convento lo quiero hacer, y ponerme a lo que me viniere”. Y porque una persona que iba a Roma se ofreció de sacar la bula y enviársela, por no perder tan buena ocasión hizo llamar a la vicaria y a otras monjas del convento, que en nombre de él firmaron una petición para Su Santidad, en que pedían la confirmación del beneficio en la forma susodicha, según que hoy en día le tiene y goza el convento. La vicaria, incitada del demonio y de su mucha ambición, comenzó a maquinar cosas contra su bendita abadesa, pareciéndole que lo sería ella, si la hiciese deponer del oficio. Y para esto, con mucho secreto y cautela, fingiéndose muy celosa de las cosas que tocaban a su convento y de la autoridad de los prelados, les dio aviso que la santa abadesa sin su licencia había impetrado una bula del Papa, tan en perjuicio de su convento que por haberlo hecho perderían el beneficio ''[450]''. Y, agravando más el delito de su prelada, dijo que había [86v] gastado en sacarla más de cuarenta ducados, y sin dar parte a las religiosas. Levantole también que tenía mal gobierno y desperdiciaba la hacienda del monasterio, y otras cosas a esta traza, que no faltó quien las creyese.
Quiso Nuestro Señor apercibir a su sierva, porque no la cogiesen descuidada las persecuciones que se levantaban contra ella. Y, fuera de los muchos avisos que le dio por el ángel de su guarda, un viernes antes de amanecer, estando ya en la víspera destos trabajos y la santa virgen en oración, le mostró Dios el Infierno abierto, y tantos demonios que salían de él y venían al convento que desde el suelo hasta el tejado le ocupaban, y en los aires andaban tan espesos como los átomos en los rayos del sol ''[451]''. Tenían diversas figuras, como: culebras, lagartos, sapos, toros, lobos, leones y otros géneros de bestias bravas y ferocísimas. Otros andaban en el aire, a manera de cuervos, buitres, muerciélagos, y cada uno, según su especie, bramaba o graznaba. Y santa Juana, viendo esto, rogaba a Dios con muchas lágrimas la enviase socorro y quien echase de su monasterio aquella infernal canalla. Oyola [87r] Su Majestad, y envió al ángel san Miguel y al de su guarda con otros muchos, pero no pudiendo echar del convento a los demonios que resistían fuertemente fueron los santos ángeles a la iglesia, y el de su guarda con mucha reverencia tomó el santísimo Sacramento en las manos, y viniendo con él a la celda donde la santa virgen estaba, la mandó que le adorase ''[452]''. Venía la santa Hostia hecha carne, llena de grandísimo resplandor, y viéndola los demonios comenzaron luego a huir y se fueron, aunque no todos, porque algunos se quedaron en los rincones y soterráneos del monasterio, y en particular en el confesonario y cocina, y quedando la vitoria por los ángeles volvieron el santísimo Sacramento a la Custodia. (''Muy semejante fue esta pelea de los ángeles y demonios que mostró Dios a santa Juana en visión imaginaria a la que h''''ubo hubo en el C''''ielo Cielo cuando ''''“''''Michael “Michael et ''''angeli'''' ''''eius'''' ''''proeliabantur'''' cum ''''dracone''''”'' ''dracone” [453] [454]'''', y a la que tuvo otra vez el mismo arcángel con el demonio sobre el cuerpo de Moisés'''' [455]''''. Y siempre salió el demonio vencido, y si ''''ahora resistió tanto a''''l al arcángel y a los ángeles que con él venían no fue por ser más poderoso que ellos, porque el menor de los ángeles buenos puede más que el mayor de los demonios'''' [456]'''', sino porque los pecados de aquel convento y agravios que se hacían contra la santa abadesa daban fuerzas a los demonios para que resistiesen a los ángeles, conforme a la dotrina el gravísimo Ruperto Abad: ''''“''''Unde'''' ''''“Unde malo ''''angelo'''' ''''virtus'''' ''''pugnandi'''', ''''adv''''ersus'''' ''''adversus bonum'''' ''''angelum'''' ''''eique'''' ''''resistendi''''?'''' Ex ''''hominum'''', ''''vel'''' ''''populorum'''' ''''peccatis''''”''''peccatis”[''''457] [458]'') ''[459]''. Considerando esto la santa prelada y que la venida de aquel ejército infernal [87v] a su casa había sido a perturbar las religiosas —como ellos lo decían cuando iban huyendo, amenazando de volver con mayor fuerza a conquistarlas—, luego, en amaneciendo, mandó tañer a capítulo, y con más lágrimas que palabras dijo: “Muchas veces, hermanas en el Señor, me rogáis os diga para vuestro consuelo algo de lo que Su Majestad me muestra, y aunque lo rehúso siempre, ahora sin que me lo preguntéis os quiero decir la triste revelación que esta noche me fue mostrada” ''[460]''. Y contando lo que había visto, decía con muchas lágrimas: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía yo ver lleno de ángeles, y esta noche le vi lleno de demonios. Mis pecados lo deben de causar y no los vuestros. Enmendemos nuestras vidas y procuremos abrazar de veras la virtud, y en particular la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. Estas cosas decía la santa virgen, y otras muchas con que las religiosas quedaron admiradas y muy deseosas de cumplir sus obligaciones y servir a Dios más de veras.
Como estuviese la santa abadesa muy fatigada con el tropel de trabajos que le amenzaban de cerca y con grandísima flaqueza de sus enfermedades, faltándole ya las fuerzas [88r] corporales y sobrándole los dolores, levantó los ojos a una imagen de la oración del huerto que tenía junto a sí en la cabecera de su cama, y derramando lágirmas suplicó a Nuestro Señor le ayudase en las persecuciones y trabajos que esperaba. Hablola la mesma imagen con voz dolorosa y triste, diciendo ''[461]'':