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→Vida impresa (9)
[568] Año de Cristo 1534. Año 16 del emperador Carlos V. Año 11 de Clemente VII. Año 327 de la Reelección de Minerva.
Ese mismo año falleció la religiosa Juana de la Cruz, española, en el monasterio de Santa María de la Cruz, cerca del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, de cuya fundación hemos hablado antes. Prometimos narrar la vida y hazañas de esta virgen, célebre entre los españoles y extranjeros. El monasterio había caído en una profunda crisis debido a la desafortunada gestión de Inés, su fundadora y primera abadesa, aunque con el tiempo se arrepintió por gracia de Dios. La Virgen María quiso que Juana fuera la restauradora de esta casa. Nació en una humilde aldea de la ya mencionada diócesis, en el hogar de Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, devotos campesinos. Desde su concepción, Dios la llenó de dones y gracias, pues parecía haber sido llamada desde el vientre materno para su servicio [69] divino. De hecho, no había nacido aún cuando ya comenzaba a abundar en dones celestiales. Antes del uso de razón, no buscaba el pecho materno en los días de viernes, tenía visiones celestiales y era liberada de males y enfermedades, a veces por el favor de la bienaventurada Virgen María, a veces por san Bartolomé. A los cuatro años, vio la gloria del Paraíso, a Cristo niño bajo las especies sacramentales y al ángel que le había sido destinado como custodio. Al hacerse mayor, no se dedicaba a juegos propios de niñas, no hacía nada indecoroso, no pronunciaba palabra ociosa, sino que, siempre entregada a la oración, mantenía conversaciones sobre lo divino. A los siete años, tras la reciente muerte de su madre, decidió, junto con su piadosa tía aún joven, ingresar en el monasterio real de Santo Domingo en Toledo. Pero Dios, que la quería como restauradora de Cubas, lo impidió dos y tres veces, y frustró las artimañas de las monjas que querían capturarla con engaños. Trasladada a la casa de los tíos, administraba los asuntos domésticos con suma prudencia y castigaba su cuerpo con admirable penitencia. Se cubría con un áspero cilicio tejido por ella misma, se flagelaba con dureza, debilitaba su cuerpo con continuos ayunos a pan y agua, a veces sin comer nada durante tres días. En las noches más frías, salía de su lecho y, cubierta solo con un cilicio, prolongaba su oración ante la imagen de Cristo hasta el amanecer.
Acostumbrada a las visiones divinas, vio a los serafines vertiendo, en vasos de oro, las aguas de los beneficios celestiales; a Cristo en distintos momentos sufriendo diversos tormentos de la Pasión; a la Virgen María llevando en sus brazos al Niño Jesús y mirándolo con ojos de amor. Estos favores celestiales encendían aún más en ella el deseo de la vida monástica, que anhelaba ardientemente para poder recibir más libremente las misiones divinas, libre de las preocupaciones del mundo. Con el mayor afecto que le era posible, suplicaba ante la imagen de Cristo, que llaman la Verónica y que siempre llevaba consigo, para que finalmente le concediera esta gracia. Entonces, Cristo, apareciéndosele bajo esa misma imagen, le dijo que la tomaría como esposa. Aunque muchas veces intentó alcanzar lo que con tanto empeño deseaba, su padre y sus tíos se lo impidieron. Finalmente, con ánimo viril, decidió eliminar todos los obstáculos y, despreciando la autoridad de quienes se oponían, se cubrió con vestiduras de varón, se armó con una espada y salió cautelosamente de su casa, emprendiendo el camino hacia el monasterio de Cubas, que distaba dos leguas. Satanás se presentó de inmediato para interrumpir su camino y, mostrándole muchos peligros y dificultades, la llenó de temor y la hizo desfallecer de ánimo. Cayendo a tierra, escuchó tres veces una voz del cielo que le decía: “Sé valiente, continúa el camino emprendido, Dios será tu ayuda”. Aunque en ese momento no vio a nadie, más tarde supo que aquel que la había animado era su Ángel Custodio, que la fortalecía en su debilidad. Poco después de avanzar, vio que la seguía un joven de Illescas montado a caballo, que con frecuencia había pedido a su padre que se la concediera por esposa. Aterrorizada por tal peligro, invocó la ayuda de Dios y se desvió un poco del camino hasta que el pretendiente pasó de largo. Arrodillada, dio gracias por el favor recibido y rogó a la Madre de Dios que le fuera propicia en su viaje hacia la casa de su Señor. [Entonces] se le apareció la Santísima Virgen, animándola a tener buen ánimo y asegurándole que sería la restauradora de aquella casa. Cuando llegó al templo del monasterio, retomó sus vestiduras femeninas, que llevaba consigo envueltas en un fardo. Luego, acercándose a la puerta del convento, al ver la imagen de la bienaventurada Virgen colocada en lo alto, oró para que hiciera próspero su deseo. Recibió la respuesta de que todo le iría bien. La Virgen se alegraba de su llegada y le concedió el poder de renovar aquella casa, subsanando errores, eliminando abusos, estableciendo leyes justas y cultivando virtudes. Animada por estos favores, con gran confianza se dirigió a la abadesa, le relató el curso de su vida y de su viaje, y le pidió ser admitida en la comunidad de las hermanas. Tras consultar con ellas y con el ministro provincial –que, habiéndose ido de allí [es decir, Cubas], ya estaba de vuelta desde hace poco por disposición de Dios–, fue aceptada con la aprobación de todos, aunque con gran oposición de su padre y de sus tíos, que se presentaron [allí] antes de que ella ingresara en el monasterio.
Una vez alcanzado su deseo, abrazó con el máximo fervor la vida monástica. Se impuso a sí misma un silencio perpetuo, la máxima abstinencia posible, admirables formas de penitencia, un sueño brevísimo, vestiduras humildes, el desprecio de sí misma, y hallaba consuelo en los trabajos y en las labores manuales. En todo consideraba por [579] quién y para quiénes trabajaba. No obstante, siempre siguió la vida común, sin emprender nada singular que no fuera aprobado por el juicio de la priora o del confesor. Una vez, se acercó a este último, consumida por el dolor y las lágrimas porque, estando acostumbrada desde la infancia a ver a Cristo en la comunión sacramental, en la última ocasión no lo había visto. Con una asombrosa simplicidad, creía que todos los que recibían el sacramento de la Eucaristía veían a Cristo corporalmente y que, por lo tanto, se le había negado esta gracia, bien por alguna culpa suya, bien por algún defecto del sacerdote en la consagración. El confesor, actuando como padre y consolador, le explicó que debía considerar aquello como un beneficio, pues el Señor a veces se oculta y retira sus favores para que sean buscados con mayor ardor y para que quienes los reciben en tal abundancia se humillen ante Dios. Pues, así como a Pablo le fue dado un aguijón en la carne y un ángel de Satanás que lo golpeara, para que la grandeza de sus revelaciones no lo enalteciera, de la misma manera Dios priva a sus elegidos de ciertos dones para fortalecerlos en la humildad.
Justo después de emitir solemnemente su profesión —en la que quiso llamarse “de la santa Cruz”, tanto porque el monasterio se llamaba Santa María de la Cruz como porque había nacido el día de la Invención de la Santa Cruz—, comenzó a florecer con una virtud aún más robusta y a brillar con una santidad más evidente. Dios confirmó esto con muchas y grandes señales. Un vaso de alfarero, roto por descuido, fue completamente restaurado por sus oraciones. Una monja fue sanada, primero de una fiebre terciana y luego de un peligroso tumor en el pecho gracias a sus méritos. Una joven, afligida por una dolencia en el corazón, fue liberada cuando ella le impuso las manos. Siendo encargada del hospital, atendía a las enfermas con una caridad increíble. En ocasiones, pedía a Dios que le transfiriera sus enfermedades, y era escuchada. Por más vil o impuro que fuera, en este ejercicio de amor religioso no rechazaba nada. Más tarde, al ser trasladada al oficio de portera y encargada de la rueda del torno, ejercitó con frecuencia la virtud de la paciencia, tanto por la dureza de aquel tipo de servicio como por la autoridad de su compañera mayor, que le daba órdenes con un modo de proceder poco prudente. Pero ella, en todo muy obediente, jamás se resistió a los mandatos ni respondió con impaciencia, sino que, con la mayor humildad, terminaba todo rápidamente. Por ello, mereció tener a Cristo como su alentador con frecuencia y verlo bajo la apariencia de un niño. En una ocasión, la bienaventurada Virgen María lo tomó de sus brazos y la invitó a un jardín, donde, disfrutando de la conversación de la Madre y el Hijo, fue llamada por el repique de una campana a la puerta. Tras cumplir su deber, regresó y los encontró todavía esperándola, alabando su virtud de obediencia, y enseñándole así que a veces es necesario dejar a Dios por Dios. Por el resplandor del amor divino se iluminaba su rostro, y sus hermanas comprendieron que había tenido visiones celestiales. En otra ocasión, mientras trabajaba en la sala común, fue arrebatada en éxtasis y mereció recibir a Cristo de las manos de su Madre.
Ardía de tal deseo que deseaba recibir todos los días el santísimo Sacramento de la Eucaristía, pero, por la debida reverencia y humildad, se abstuvo, contentándose con aquellos que su confesor le indicaba. Los otros [días] lo [el sacramento] recibía espiritualmente con su afecto interno, y al hacer voto de comer ese pan celestial, sentía el fruto y la utilidad de este, a través de una fe viva que obra por el amor. Al oír la campanilla anunciando la hostia para la adoración, a la que el sacerdote se disponía a elevar, acudió rápidamente para venerarla. Pero, cuando intentó llegar al altar desde donde poder contemplarla, no pudo llegar a tiempo. Entonces, inclinándose en el suelo con el deseo de adorar lo que no podía ver con los ojos, de repente, por una gran grieta en la pared, le fue permitido ver claramente lo que deseaba venerar con devoción; aún permanecen señales de esa grieta. Como un milagro aún mayor, desde las dependencias del monasterio, a través de tres o cuatro paredes, veía y adoraba el mismo objeto divino que Dios, accediendo a los votos de su esposa, le mostraba. A un hombre que moría en pecado, sin saberlo el párroco, administró la santa comida para el viático, pero rápidamente falleció. Los ángeles, llevándolo por su boca impura, lo acercaron a la habitación de Juana y lo colocaron en un lugar adecuado. El ángel custodio reveló este asunto a Juana. Ella, al regresar de un largo éxtasis, recibió la santa comunión de manera piadosa y reverente, tal como el ángel le había ordenado. Este hecho lo relata con mayor detalle Pedro Navarro haciendo uso de notables testimonios.
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Es un gran beneficio de Dios hacia la virgen el que haya designado para su custodia a uno de los supremos espíritus. Este, como protector de grandes y eminentes santos, cuidaba de ella con tanto esmero, tanto amor y prontitud, apartando el daño tanto del cuerpo como del alma, asistiendo a quien lo invocaba, renovando con consuelos celestiales, de tal modo que en las necesidades se mostraba como un padre, en las tribulaciones como refugio, en las dudas como maestro, en la tristeza como lenitivo, y finalmente, en todo, parecía estar dispuesto a cumplir con su deseo. A menudo se le aparecía bajo diversas y preciosísimas formas, y revelaba secretos celestiales; cuidaba de los asuntos del monasterio de sus amigas y hermanas de tal modo que los beneficios que le proporcionaba a ella eran evidentes para sus compañeras, quienes se le entregaban completamente y se encomendaban a su custodio y a sí mismas [redactar mejor, no sé si esto tiene sentido]. También tuvo conversaciones familiares con otros ángeles, especialmente con los custodios de sus hermanas del monasterio. A través de sus apariciones, y de los rostros tristes o alegres, podía reconocer en qué aspectos algunas fallaban y en cuáles otras progresaban. De ellos aprendió muchas enseñanzas santas y salutíferas, con las cuales instruía a las monjas del monasterio mientras las dirigía. A menudo era transportada en el aire, disfrutando de los deleites celestiales, de los cuales recibía además conocimiento sobre lo que ocurría entre las hermanas del monasterio. Su Custodio le reveló lo que más deseaba: la causa y la secuencia de la batalla de los ángeles, la victoria de los buenos, la caída de los malvados, y su castigo final a través de diversas regiones sublunares.
Frecuentemente, se le veía arrebatada y elevada por encima de sí misma, y en tales momentos de alienación sensorial veía glorias y triunfos celestiales, experimentaba los más dulces afectos del corazón y resplandecía con el rostro más hermoso. Una vez, ocurrió que en un éxtasis muy fuerte fue arrebatada de forma violenta: su rostro palideció, los ojos se apagaron, los labios se oscurecieron, los dientes rechinaban, los brazos caían, y no se veía nada en su cuerpo sin sufrimiento. Cuando volvió en sí, y al ser interpelada varias veces para que explicara la causa de tan dolorosa transformación, dijo que entonces le fue revelado cuántos y qué tipos de penas, tribulaciones y persecuciones debían sufrir tanto los espíritus impuros como los hombres malvados; que, al recordar tales tormentos, se sintió tan aterrada que perdió el juicio y su cuerpo entero fue arrebatado por el dolor.
Daba respuestas muy prudentes y consejos muy saludables a todos los que pedían remedios para males tanto espirituales como corporales. Desde todas partes acudían a ella como si fuera un oráculo celestial, pero ella nunca los pronunciaba sin consultar primero a su custodio y maestro. De él aprendía las necesidades, cualidades y disposiciones del cuerpo y del alma de todos los que acudían a ella. Él, al revelarle los pensamientos de las personas, le permitía saber lo que sucedía con aquellos que, desde lejos, se encomendaban a ella. Cuando él la llevaba, se aparecía a los enfermos y a los que estaban en peligro y los liberaba de las adversidades. Con su ayuda, superaba las constricciones de las tinieblas, ya fuera para ella o para otros que se oponían. Trece años después de que quedara muda durante varios meses, hablaba en éxtasis en diversas lenguas, explicaba pasajes difíciles de las Escrituras y revelaba muchos misterios, pronunciando sermones muy instruidos –cuyo volumen completo aún existe– que duraban hasta la segunda o tercera hora. Para escuchar esos sermones, acudía una gran multitud de personas de toda clase, y entre ellas muchos héroes, príncipes, prelados, obispos, el cardenal Francisco Jiménez, el gran duque Gonzalo Fernández de Córdoba, y el mismo Carlos <César Augusto> ''[1]''. Todos eran admitidos a la presencia de la extática (pues aún no se había introducido el régimen de las monjas recluidas), y a cada uno de ellos, aunque no los viera, les decía lo que era apropiado para su condición y los males que padecían. Sus palabras penetraban en lo más íntimo del corazón, y no hubo nadie que no se sintiera apelado a cambiar sus costumbres.
Muchos quisieron poner a prueba si estos éxtasis y sermones venían de Dios. Fue enviado un Inquisidor de la fe a Toledo, disfrazado, y escuchó a la predicadora en éxtasis. Habló de tal manera que conmovió al hombre y este, a mitad del sermón, se arrodilló. Con ese gesto, envuelto en lágrimas, escuchó el resto. Después, al regresar en sí, habló con ella [572] sobre asuntos concernientes al alma, y se despidió de ella recomendando con fervor sus oraciones. Otros, deseando saber imprudentemente si realmente se estaba transformando o si tales éxtasis eran falsificados, realizaron investigaciones que ofendieron a la virgen. Cierta heroína, estando cerca de la cama, mientras Juana predicaba en éxtasis, le clavó una gran aguja en la nuca, que le atravesó el cráneo. La virgen, inmóvil y sin sentir nada, continuó predicando. Al regresar en sí, entonces comenzó a sentir dolor, y pareció que la sangre se derramaba por su cuello. En otro sermón, un eclesiástico de gran renombre la agarró violentamente por el brazo para sacarla del éxtasis. Sin embargo, no sirvió de nada, pues ella permaneció inmóvil y continuó su discurso. Ante tal multitud y las investigaciones indiscretas de algunos, el provincial de la provincia de Castilla, cuyo monasterio dependía [de esa región], ordenó que no fuera aceptado que nadie viera a la predicadora. Así se hizo. Pero, mientras una de las hermanas se acercaba a la puerta de la celda para escuchar lo que decía y miraba por las rendijas, vio muchas aves con los picos alzados, como si escucharan lo que decía. Cuando llamaron a otras que vieron lo mismo, se concluyó que Dios quería que escucharan las personas cuya ausencia las aves suplían. Tras probarse ante la superiora, se permitió escuchar.
El provincial, originario de Cantabria, quedó sorprendido cuando Juana le habló con fluidez en su dialecto cántabro, intentando disuadirlo de un pensamiento que mantenía en secreto: asignarle la dirección del monasterio. Este hecho fortaleció aún más la convicción sobre su santidad, y finalmente la instituyó como abadesa. Cuando estaban presentes hombres doctos o personas que ignoraban la lengua española, explicaba los misterios de la Sagrada Escritura en latín y transmitía lo que era oportuno. Francisco Ruiz, fraile menor y obispo de Ávila, compañero del cardenal Jiménez en la célebre expedición que conquistó Orán, había donado al monasterio dos esclavas traídas de allí: una mujer mayor y una joven, ambas árabes. Se intentó en varias ocasiones convertirlas a la fe cristiana, pero ellas se aferraban obstinadamente al islam ''[2]''. Un día, estando presentes en una de las predicaciones extáticas de la virgen, escucharon cómo el sermón se dirigía directamente a ellas en lengua árabe fluida. Sus corazones se sintieron conmovidos y experimentaron un impulso tan fuerte hacia la verdadera religión que al finalizar la reunión pidieron inmediatamente ser bautizadas. En otras ocasiones, solía llamarlas y hablarles en árabe. Ellas respondían en la misma lengua, y Juana les instruía sobre muchos asuntos. Permanecieron en el monasterio hasta su muerte, sirviendo a las hermanas con humildad y devoción. Durante un año, [Juana] pronunció setenta y un sermones de este tipo: algunos sobre la vida de Cristo y su Madre, otros centrados en los elogios a los Apóstoles, otros sobre los Evangelios de Adviento y los domingos. En ellos se encuentran numerosas parábolas y muchas enseñanzas claras para el cambio de las costumbres. Sor María Evangelista, alumna del monasterio, registró estos sermones con gran precisión. Dios le concedió la gracia de escribir de manera clara e íntegra todo lo que esta pronunciaba en sus predicaciones, a pesar de que antes ni sabía escribir ni leer. El padre Francisco de Torres, fraile menor de gran celo apostólico, tenía estos sermones en alta estima y los recopiló en un volumen extenso, afirmando que contenían profundos misterios, no accesibles a todos ni adecuados para ser divulgados indiscriminadamente. Este mismo juicio fue confirmado por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición española, que, tras un examen riguroso, ordenó su lectura.
Todavía mayores signos de predilección mostró Cristo por esta Virgen. En presencia de la bienaventurada Virgen y una multitud de ángeles, la tomó como su amadísima esposa, colocándole un anillo precioso como símbolo de su unión. Además, un Viernes Santo, mientras meditaba con extrema intensidad en la Pasión de Cristo, recibió en sus manos, pies y costado las cinco llagas, que se imprimieron en su piel como marcas rojizas. Bajo estas, [ardía] un intenso fuego y el dolor era muy profundo. Estas aparecían visiblemente cada viernes y sábado hasta la festividad de la Ascensión. Finalmente, debido a la insoportable insistencia de quienes deseaban verlas, rogó fervientemente para que fueran suprimidas del todo. Así [573] Cristo, escuchando su petición, accedió. Aunque le anunció que, en lugar de las rosas purpúreas de las llagas que deseaba que desaparecieran, sentiría las punzantes espinas de su corona. En efecto, experimentó tormentos acompañados de numerosos dolores y sufrimientos.
Disfrutaba con el canto de los pájaros, y en ocasiones junto a ellos entonaba alabanzas y glorificaba a Dios. Pero se distraía mucho por las numerosas súplicas de quienes acudían a ella y por escuchar las penas de los afligidos. Para prepararla mejor para la recepción única de los misterios celestiales, el Señor la afligió con sordera desde el 10 de febrero hasta el 12 de agosto, festividad de Santa Clara. En esta fecha, las hermanas rogaron vehementemente que le fuera restituido el oído, puesto que era indispensable para la dirección del monasterio y para aliviar con mayor facilidad las aflicciones del prójimo. Los ruegos de la virgen fueron escuchados y fue enviado San Pedro Apóstol, que tocó sus oídos mientras se hallaba en éxtasis y le devolvió el sentido. El día de Santa Bárbara, absorta en un éxtasis, se le apareció la santa Virgen, le reveló muchas cosas y le manifestó haber sido mediadora ante Dios para que le fueran concedidas abundantes gracias. En esa misma ocasión, [Juana] vio el alma de un niño ascendiendo al cielo. Este le pidió que advirtiera a su madre —indicándole su nombre— para que tuviera mayor diligencia en la educación de sus hijos, pues sus hermanos eran tales que Dios no los aprobaría, y Él le pediría razonamientos estrictos sobre esto. En otros estados parecidos de elevación de la mente contempló en diversas ocasiones a distintos santos: Francisco, Domingo, Antonio, Lucía y Acacio, junto a sus compañeros mártires. Así parecía habitar constantemente en los cielos, acostumbrada a tantas visiones de Dios, de la Virgen María, de los ángeles y de los santos.
Con veintiocho años de edad y al decimotercer año de su ingreso en la religión, fue elegida abadesa por decisión unánime de todas las hermanas, bajo la supervisión del provincial cántabro que mencionamos. Durante diecisiete años llevó el monasterio con suma tranquilidad y admirable prudencia, ampliándolo con las edificaciones y rentas necesarias, puesto que se encontraba en un estado paupérrimo antes de que ella asumiera el cargo. Entre sus muchos y principales benefactores se encontraban los ya mencionados Gonzalo y Jiménez, que hicieron grandes aportaciones. Su mayor contribución a la vida monástica fue el establecimiento de la observancia regular, y la prevención de los escándalos que podrían haber surgido, con la introducción de la clausura monástica, pues antes las hermanas solían salir libremente a pedir limosna y los laicos tenían acceso al interior del convento. Desempeñó su oficio con facilidad, bajo la asistencia de su ángel custodio que le ayudaba en todo y le desvelaba lo que fuera necesario cuando era oportuno, además de con la protección de la Virgen María, que se constituyó a sí misma como abadesa perpetua de la casa y designó a Juana como su vicaria o sustituta. En el ejercicio de este cargo recibió muchos favores del Señor y revelaciones únicas. [Entre estas,] vio el alma de su confesor, Pedro de Santiago, vicario del monasterio y varón de vida excelsa, conocida virtud y santidad, coronado con gran gloria en los cielos.
Por petición insistente de las hermanas, oró al Señor para que bendijera y otorgara virtudes a los numerosos rosarios que habían reunido con fervor y que se encontraban guardados en un cofrecillo cerrado bajo la custodia y llave de otra. En éxtasis sagrado permaneció largo tiempo sin sentido. En ese tiempo las hermanas, ansiosas por averiguar lo que sucedía con los rosarios, abrieron la caja y la encontraron vacía. Pero al volver del éxtasis y revisar de nuevo, los hallaron repuestos e impregnados de una fragancia maravillosa y se sorprendieron al ver de nuevo aquello que poco antes creían desaparecido. Al preguntarle sobre esto, Juana respondió: “Fueron bendecidos por Dios, tocados por su mano, y de allí proviene el perfume impreso y la virtud infundida para rechazar múltiples males y curar enfermedades”. Que decía la verdad lo demostraron los eventos prodigiosos que siguieron, debidamente verificados ante diversos jueces en distintas localidades, y recogidos en documentos públicos legítimos. Esto, sin embargo, lo exageraron algunos por exceso de devoción, y le atribuyeron —sin fundamento alguno— numerosas gracias e indulgencias. Esto fue justamente reprobado por quien escribió por último la vida de la virgen y añadió además documentos muy fiables que corroboran la veracidad del caso.
Contemplando en visión las durísimas penas que padecen las almas fieles en el purgatorio, Juana las compadecía con suma piedad, y [574] procuraba por todos los medios, tanto personalmente como a través de otros, brindarles alivio: ofrecía sufragios de oraciones, sacrificios de misas, aflicciones corporales, obras piadosas y ejercicios religiosos en su favor siempre que le era posible, y se esforzaba además en que otros los ofrecieran. Rogó a Dios que le permitiera asumir en su propio cuerpo penas en satisfacción por las almas purgantes, y que les aliviara a ellas lo que a ella infligiera. En efecto, sufrió tormentos terribles conforme a su deseo, pero cada vez con más certeza —revelada por su custodio— de que sus penas beneficiaban a aquellas almas afligidas. Muchas almas, por tanto, se le aparecían, rogándole que también las acogiera con su caridad. Esto lo hacía de inmediato, sin negar su ayuda a ninguna, por pequeña que fuese. Por esta piedad y caridad singular alcanzó gran favor ante Dios, y se ganó el afecto de las almas. Así, liberadas por sus méritos, intercedían más eficazmente por ella en el cielo. Bien podía contarse entre aquellos de quienes el ángel dijo a santa Brígida: “Benditos sean quienes en el mundo ayudan a las almas con oraciones, buenas obras y el esfuerzo de su cuerpo” ''[3]''.
Con un afecto indescriptible veneraba la santísima cruz de Cristo, y con razón, pues en la festividad de la Invención de la Cruz recibió de Dios innumerables favores. En este día —como dijimos— nació en el siglo, renació en la vida religiosa y se consagró a Dios con voto solemne. En ese día también, por mandato divino, asumió el mandato del monasterio que debía reformar. Finalmente, ese [mismo día] partió de este valle de lágrimas a la patria celestial para recibir el premio de una vida santísima. Cada día de la semana dedicaba meditaciones únicas a los misterios de la cruz, distribuyendo así los frutos de la cruz a lo largo de toda la semana. Así, su alma, purificada en abundancia y entregada a la contemplación de las realidades divinas, siempre encontraba asuntos suficientes para meditar.
A la gloriosísima Virgen María honraba con la ternura entera de su corazón, con el afecto más íntimo de sus entrañas y con todos sus votos, sabiendo muy bien que así lo quiere Aquel que ha querido dársenos por entero a través de María; [sabiendo] que ella ha hecho la escalera celeste por la que Dios descendió a la tierra, para que merezcamos ascender al cielo por ella. En el monasterio había una antigua imagen de madera de la santísima Virgen. Ciertamente, no estaba esculpida con mucha belleza ni con arte refinado, pero gozaba de gran veneración entre las hermanas y los forasteros. Para que fuera aún mayor su veneración, consiguió de Dios que la bendijera y le concediera el poder de que quienes orasen ante ella alcanzasen lo que pedían, y que en tiempos de necesidad pública en ella pudiera encontrarse remedio. Y así ocurre: con frecuencia se obran frecuentemente grandes milagros en torno a esa imagen. Cuando acechan males colectivos, se lleva en procesión —sea para alejar la peste, para obtener lluvia o para pedir quietud— y el pueblo siempre está seguro de que puede obtener alivio en sus calamidades.
Estos y muchos otros prodigios similares demuestran cuán grande fue la gracia que Juana halló ante Dios. Cuán grande fue la gracia de sanaciones que Dios le concedió lo testimoniaron con certeza las hermanas. A una extinguió el ardor de la fiebre mortal que llaman de San Marcial; a otra la curó de un cáncer; a otra del dolor de costado; y a otra le enderezó los hombros dislocados. Por la violencia del dolor, a una hermana se le salió un ojo y cayó al suelo; Juana lo recogió con su mano, lo limpió con un paño y lo colocó de nuevo en su lugar. De inmediato, la que antes era tuerta recobró perfectamente la visión y fue liberada de todo mal. Salvó de morir ahogado al criado del monasterio, Juan de la Fuente, cuando [este] precipitadamente intentó cruzar el río Jarama crecido por la corriente desbordada. Protegió a la sirvienta Antonia Rodríguez de morir embestida por un toro; y defendió el monasterio del asalto de los rebeldes, que bajo el título de “Comunidad” y bajo la apariencia del bien común ocuparon gran parte de España ''[4]''. Un carnero infecto de rabia embistió al confesor de Juana y de las hermanas con sus cuernos y lo infectó con su enfermedad. La Virgen oró intensamente por él y se sanó. A una niña muerta la tomó en brazos y, al colocarle sobre el pecho la cruz que llevaba colgada del cuello, le devolvió la vida.
Iluminada por tantos dones celestiales y colmada de resplandor divino, empezó a pensar que, pese a haber recibido de Dios tantas gracias, no había correspondido en nada; que había tenido muchísimas y grandísimas consolaciones, pero pocas y sutiles aflicciones; ingentes recompensas, [575] y apenas méritos. Anhelaba hacer algo por Dios de igual valor e, igual que había participado de sus consuelos, deseaba también hacerse partícipe de sus tormentos. Sabía muy bien que es verdad lo que dice la Escritura: “La leve amargura del momento presente produce un peso eterno de gloria en nosotros, cada vez superior” ''[5]'', Por eso, entendía por qué el profeta, iluminado por esta verdad, exclamaba: “Que se pudran mis huesos y me devore el gusano rápidamente, con tal de que pueda hallar descanso en el día de la tribulación” ''[6]''. Así, rogaba insistentemente que su cuerpo fuera quebrado por trabajos, dolores, enfermedades y angustias, y que fuera probado como oro en horno de la tribulación. Su ángel custodio, con rostro triste, le reveló que su súplica sería escuchada, advirtiéndole que la paciencia sería indispensable para alcanzar las promesas, y que necesitaría también del auxilio y oraciones de otros para no desfallecer en la prueba. “Tu cuerpo” —le dijo— “será quebrantado por enfermedades gravísimas, y tu espíritu será afligido por persecuciones, envidias, calumnias e injurias contra tu buen nombre”.
Poco después de oír esto y comunicarlo a las hermanas, quedó paralizada de cuerpo entero, sin que quedara parte alguna libre de tal lesión. Con tal intensidad sufría que a menudo clamaba y gritaba, pidiendo a Dios ayuda y paciencia. Le dolían todos sus miembros, articulaciones y nervios, y no podía usar ninguna parte del cuerpo para nada. De todos, el más intenso era el de cabeza; tan agudo era que a veces parecía estar muerta. Sufría del estómago y de los intestinos con tal punzada que todo su cuerpo se enfriaba y se empapaba de un sudor helado. Soportó todos estos males durante catorce años con increíble fortaleza e invencible paciencia. A esto se añadían los tormentos demoníacos: golpes, latigazos y, en ocasiones, heridas que requerían días de cuidados, sin que una de ellas pudiera jamás ser curada con medicina a lo largo de su vida. No obstante, en medio de estos intensísimos dolores, en dos ocasiones recibió el consuelo de Cristo, que la reconfortó suavemente con su presencia y palabra.
La otra parte de su tormento y dolor procedía del entorno doméstico. El anuncio lo dieron los espíritus malignos, que en innumerable multitud y en forma de repugnantes animales inmundos, [como] serpientes, cuadrúpedos y tristes aves nocturnas, llenaron la casa entera, ocuparon el techo y rodearon los muros. Al contemplar esto en una visión, Juana se estremeció y pidió auxilio a los espíritus celestiales. Acudieron su ángel custodio, el Arcángel Miguel y otros muchos soldados de la corte celestial, que inmediatamente expulsaron a aquellos despreciables monstruos infernales, aunque estos se resistían con fiereza. Preguntó entonces Juana cuál era la intención de aquellos demonios y esa tétrica multitud. Su ángel custodio le respondió que venían a perturbar y destruir por completo aquella casa, y que ya se les había abierto el acceso a causa de los resentimientos y discordias recientes entre las monjas, cuyo amargo fruto iba a degustar próximamente. Así ocurrió: la vicaria, con otras hermanas, conspiró contra la abadesa Juana, acusándola de haber malgastado los bienes del monasterio —que aún era paupérrimo— para obtener una bula que confirmara la unión de un beneficio parroquial que el cardenal Jiménez había asignado al monasterio y que ella había concedido a su propio hermano. Se convocó entonces al provincial para juzgar la situación, y, creyendo demasiado pronto las acusaciones de las rivales de la abadesa, la destituyó y puso en su lugar a la vicaria, que había ambicionado el cargo valiéndose de medios indignos. Juana soportó todo esto con suma paciencia, habiendo sido advertida en múltiples ocasiones por su ángel custodio de que Dios había permitido esto para purificar aún más a su sierva, como oro en el horno del sufrimiento. [También] para evitar que, rodeada por tantos favores y revelaciones divinas, cayera en la vana gloria, dulce ladrona de las riquezas espirituales y astuta aliada del enemigo de las almas. Otros vicios también se encuentran entre los siervos del demonio; la gloria vana se encuentra incluso entre los siervos de Cristo.
Consolada por estas palabras, animaba por todos los medios posibles a las hermanas, que llevaban con gran pesar la sustitución de su cargo decretada por el provincial. Las exhortaba a todas a obedecer prontamente a la nueva abadesa, y ella misma, la primera entre todas, le rendía a la abadesa fidelísimos servicios, venerando con todo su afecto como si hubiese sido nombrada [576] por el propio Señor. Pero el Señor no tardó en castigar la injusticia cometida contra Juana: a la falsa acusadora, que había usurpado el cargo confiado por Dios, la golpeó de repente con una grave enfermedad, infundiéndole además un gran temor y temblor por el crimen cometido. Castigada así, la desdichada mujer comenzó a confesar sus culpas y a revelar lo que había hecho contra Juana. Luego le pidió humildemente perdón, que obtuvo con facilidad, rogándole además que intercediese ante Dios para alcanzar el perdón de tantos pecados. Oró por ella Juana y obtuvo indulgencia, y le advirtió de la muerte prematura que se avecinaba, para que no la atrapara desprevenida. La mujer, en efecto, se preparó para la muerte, recibió los sacramentos y, arrepentida, falleció. Encargó a las hermanas que volvieran a elegir a Juana como abadesa y que le restituyeran por medio del sufragio lo que ella le había arrebatado injustamente. Se comprobó que Juana había sido injustamente apartada de su cargo al demostrarse, tras una investigación más precisa, que sólo se habían pagado siete escudos de oro por el diploma romano, y que su hermano había aceptado la carga del ministerio sacerdotal, [con la condición] de aportar los beneficios [obtenidos] al monasterio.
Cuando se acercaba el momento en que el Señor iba a llamar a su sierva, ya purificada por tantas presiones y pruebas, esculpida como una piedra viva para la edificación celestial, se le apareció un ángel. Dijo que a Dios le complacía que, para su mayor gloria y para la edificación e instrucción de sus siervos, se diesen a conocer los beneficios que le había concedido, tanto las consolaciones espirituales y revelaciones como las aflicciones y dolores corporales; estos debían considerarse también como un don. Por ello, debía dejar todo detalladamente por escrito. Ella, con la humildad de que fue capaz, se excusó de divulgar públicamente los dones que se le habían confiado en secreto. Pero el mensajero celestial, con argumentos razonables, con autoridad y hasta con amenazas, la convenció finalmente de que lo hiciera, y le asignó como escriba a quien hemos mencionado antes, María Evangelista, que no sabía escribir, para que resultara más evidente que esta orden procedía de Dios. Entonces escribió los dos libros que hemos mencionado más arriba, sobre los discursos y sobre la vida y hechos de Juana, con tal claridad y discreción que se concluye que contó con una ayuda superior a lo humano.
Finalmente, cuando el Señor decidió llamar a su sierva desde la prisión del cuerpo para darle la recompensa de tantos méritos, quiso anunciarlo previamente por medio del ángel custodio, en la vigilia de los apóstoles Felipe y Santiago, que también se le aparecieron y le felicitaron por la corona preparada tras su largo combate. Ella, llena de alegría y exultante, se preparó enseguida para el tránsito, deseando desaparecer y estar con Cristo. Tras recibir los sacramentos, rogó a las hermanas que la ayudasen con sus oraciones en su viaje a una tierra lejana. Luego volvió enteramente a la contemplación de los misterios divinos y de los beneficios que desde su infancia había recibido abundantemente de la misericordia divina. Durante los tres días previos al que está dedicado a la Invención de la Santa Cruz, tuvo muchas revelaciones y visiones de Cristo Señor, de la Virgen María, de María Magdalena, de su ángel custodio y de otros santos, así como terribles apariciones de demonios, que no cesaban de acechar y hostigarla en los últimos momentos de su vida. Finalmente, tras un éxtasis continuo y bellísimo que duró todo un día y comenzó con las palabras: “Alegraos conmigo, alegraos conmigo”, con el rostro resplandeciente, exhalando de su boca un suavísimo aroma, los ojos fijos en el cielo, y tras pronunciar muchísimas palabras santísimas y mantener piadosas conversaciones con las diversas personas que se le aparecieron, se durmió en el Señor el día de la mencionada Invención de la Santa Cruz, siempre para ella feliz y propicio, como hemos dicho, en el año cincuenta y tres de su edad y cuarenta desde su entrada en el monasterio.
Tras su muerte, aquel rostro exangüe, aquel semblante pálido, aquel cuerpo contraído, compuesto solo de huesos y nervios, se tornó bello y agraciado, tal como había aparecido en su juventud, cuando gozaba del consuelo del discurso divino. Permaneció sin sepultar durante cinco días, exhalando un suavísimo aroma, mientras concurría una innumerable multitud de toda clase de personas, tanto de lugares cercanos como lejanos. Para que todos pudieran satisfacer su piedad con mayor comodidad, los frailes menores, muchos de los cuales habían acudido, llevaron el cuerpo en hombros y lo expusieron fuera [577] del monasterio, ya que los espectadores deseosos no pudieron acceder al interior. Una religiosa del monasterio de la Concepción de Almería, mujer muy devota y de virtud como la de Juana, íntimamente unida a ella en espíritu, refirió que la vio en visión ascendiendo a los cielos, completamente purificada en esta vida por tantas penas. Inmediatamente después de su fallecimiento comenzaron a manifestarse milagros: curó milagrosamente a una hermana gravemente herida en la tibia y en el pecho por una caída, a un hombre con fuertes dolores en los dientes, y a otro con las piernas contraídas que caminaba con andadores. Finalmente, fue sepultada en la parte inferior del coro, sin ataúd, solo sobre la tierra desnuda, cubierta con abundante cal viva y agua. Sin embargo, permaneció incorrupta durante siete años. Ocurrió que una niña, hija del conde de Puebla, que estaba siendo educada piadosamente en el monasterio, mientras jugaba en aquel lugar percibió un grato olor y empezó a escarbar la tierra con los dedos. Al acercarse las hermanas, también fascinadas por aquel olor, decidieron averiguar la causa y comprobar en qué estado se hallaba el cuerpo de Juana. Al cavar profundamente, lo hallaron incorrupto tanto en cuerpo como en vestiduras, sin ningún daño. Lo adornaron entonces con decencia y lo trasladaron al coro superior, donde lo colocaron en una urna bajo el altar.
Allí permaneció durante catorce años, frecuentemente manipulado por las hermanas, despojado de sus antiguos hábitos y revestido con nuevos, hasta que una noble dama, Isabel Mendoza, esposa de Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, se encargó de trasladarlo a la principal capilla del templo. Allí lo colocaron, en el lado del Evangelio, dentro de un túmulo arqueado, desde el que tanto las hermanas por el interior como los seglares por el exterior podían contemplar y tocar la noble arqueta reforzada con anillos de hierro en la que reposa el sagrado cuerpo. La traslación tuvo lugar el 14 de septiembre de 1552, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, con la presencia de numerosos nobles y damas. En el año 1600, Francisco de Sosa, general de la orden y luego obispo de Canarias, Osma y Segovia, junto con Pedro González de Mendoza, provincial de la provincia de Castilla, más tarde comisario general de la familia ultramontana, arzobispo de Granada y luego de Zaragoza, y finalmente obispo de Sigüenza, al acudir al monasterio ordenó abrir la urna. Todos los presentes vieron el cuerpo íntegro, salvo por el rostro y las manos, ligeramente oscurecidos. El resto del cuerpo permanecía intacto, fresco y firmemente unido. Le quitaron el antiguo hábito y le pusieron uno nuevo. En lugar de los dos velos blancos de la cabeza, el provincial general restituyó uno blanco y añadió otro negro, dignándola con este honor póstumo a quien en vida tanto había anhelado esa distinción para todas sus hermanas. Sin embargo, al cortar un dedito del pie izquierdo para colocarlo en otro monasterio, quedó sobrecogido al ver que, tras sesenta y seis años, brotaba sangre de la herida.
Sería difícil expresar cuánta es la devoción que se dice que sienten hacia la santa virgen todos los pueblos de los alrededores, y cuántos dones adornan su sepulcro. Así fue fácil para las hermanas, por medio del procurador del monasterio Alfonso de Espinosa, adquirir una nobilísima urna de plata, profusamente elaborada con magníficos relieves, por un valor de cinco mil ducados de oro, donde el cuerpo fue depositado el día de Todos los Santos del año 1614. Estuvieron presentes Antonio de Trejo, vicario general de toda la Orden (más tarde orador ante la Santa Sede y obispo de Cartagena), y Francisco de Ocaña, ministro provincial, junto con una inmensa multitud de fieles procedentes de la corte del rey católico y de los pueblos vecinos. Para satisfacer la devoción de todos, el cuerpo fue expuesto durante dos días en un lugar elevado del presbiterio del templo, a plena vista de todos. Finalmente, se colocó en la mencionada urna, con dos cerraduras: una llave se entregó al provincial y otra a la abadesa. Al año siguiente, el rey Felipe III, con la familia real al completo, el cardenal de Lerma y los principales nobles de la corte, acudieron a venerar el sagrado depósito. El cuerpo fue expuesto para veneración durante todo el día, reposando en un lecho adornado noblemente, en el coro, salvo durante la hora del almuerzo, que tomaron en el atrio del monasterio. Finalmente, en el año 1622, la dignísima reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, acompañada del infante Carlos, el cardenal Fernando de Toledo (hermanos del rey) y los principales dignatarios de la corte, quiso contemplar ese precioso tesoro y honrarlo con sus dones.
Por último, los obispos de Troya y de Cirene, comisarios apostólicos delegados para examinar los hechos relativos a la santa virgen, al abrir el arca declararon haber visto el cuerpo incorrupto y de bello aspecto, y lo expusieron durante tres días a la vista de más de cuarenta mil personas llegadas de todas partes. En Roma se está tratando ahora su inclusión en el catálogo de los santos; en su momento, Gabriel, cardenal de Trejo —hermano del mencionado Antonio—, cubría los gastos para promover la causa, y las Cortes Generales del Reino de Castilla decretaron destinar a este fin cuatro mil escudos de oro. La veneración y el culto en ese lugar son sumamente fervorosos, y su fama está muy extendida por todos los reinos de España. Su glorioso sepulcro se encuentra rodeado de muchas lámparas de plata encendidas, colmado de preciosas ofrendas, y se ha depositado junto al sacristán un ajuar valioso.
Los documentos relativos a la santidad y al proceso, enviados a Roma, contienen innumerables y grandes milagros, con toda clase de curaciones e incluso resurrecciones. De los más notables y atestiguados con firmeza da cuenta Pedro Navarro. Este fue el último en redactar los hechos de la santa virgen, haciéndolo con sabiduría y prudencia, tras haber consultado cuidadosamente los escritos de María Evangelista, a quien ya dijimos que se considera la primera en haber escrito sobre su maestra. Antonio Daza, además de lo que publicó en sus ''Crónicas'', realizó un peculiar librito que recoge su vida, aunque más con devoción que con rigor. Esto ha provocado que algunos hombres importantes formularan objeciones y emitieran juicios inexorables, en gran ofensa de tal virgen. A esto respondió con una docta apología Francisco de Sosa —que mencionamos arriba— junto con otros hombres sabios. Pero el más preciso de todos fue el mencionado Navarro. La obra de Daza, con notas añadidas de Sosa, fue traducida al italiano e incorporada por Bartolomé Cimarella como cuarta parte de sus ''Crónicas''. Francisco Gonzaga, Pedro Salazar y muchos otros autores recientes hacen mención destacada a esta virgen.
===Notas===
''[1]'' ''Codd. ipse Carolus Caesar Augustus'', es decir, Carlos I.