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→Capítulo XXVII
A la qual suplicaçión respondió el poderoso Dios, diziendo: “Sí, he resçivido, y bien me an sabido, y muy mejor me sabrán las mesmas personas, que son las oraçiones y ánimas. Y las ánimas que yo como an de estar tiernas, como novillo y ternera que tienen la carne sabrosa, y no dura como las terneras viejas, que estas tienen la carne dura y desabrida. Y entonçes está el ánima tierna e sabrosa, como ternera, quando está tierna en el coraçón, e obrar la palabra de Dios y sufrir por amor d’Él todas las penas y tribulaçiones que se le offreçieren; y la carne dura y desabrida, de la bacca vieja, se entiende por el ánima endureçida en peccados y malas costumbres, la qual, aunque oye la palabra de [fol. 125v] Dios, no tiene el coraçón tierno para resçivirla y obrarla, mas antes está endureçida, y en su dureça y penitençia y desaprovechamiento de toda buena obra”.
La sancta virgen, oýda la respuesta del Señor, suplicó, diziendo: “Mi Señor, la alma endureçida, ¿qué remedio o penitençia podría hazer para alcanzar la graçia y perdón de vuestra gran clemençia?”. Respondió su Divina Magestad: “La tal alma á menester desollar el pellejo y apartarlo de sí, assí como se aparta el jabón del paño de que está jabonado, y como se aparta la mano de la masa de que está amasada, y como se aparta el suero de la quajada de que es bien apretada”. La bienabenturada tornó a preguntrar al Señor, diziendo: “Señor mío y Dios mío, ¿de qué manera se á de desollar la misma persona el pellejo?”. Respondió el Señor: “Con apartar y deshechar de sí la vieja y mala costumbre del peccado, porque yo estoy mirando y contemplando toda ánima devota, y veo todos sus buenos desseos, y pensamientos y cogitaçiones, y me deleyto y goço con ellos. Y por semejante, miro el ánima endureçida en mal obrar, y la contemplo, y ayrado le estoy diziendo: ‘Conviértete, ánima, a mí, mira que soy tu Dios, y tu criador y redemptor. Conviértete a mí’. E aunque me aýro contra la tal ánima viviendo en la carne, no me aýro del todo hasta que sale del cuerpo. Y quando estoy ayrado contra las tales ánimas que no se enmiendan ninguna vez, alço mi poderoso brazo en mano, con yra, para castigar mis offendedores. Mas los abogados çelestiales, en espeçial mi madre Sancta sancta María, con sus muy humildes ruegos, me haze abajar la mano; y algunas vezes me escondo a mi piadosa madre, porque no me ruegue ni pida virtudes para las ánimas injustas. E asta ora la veo cave mí, de rodillas, rogando por todo el humanal linaje”.
Y dixo la bienabenturada: “Mi Señor, ¿con qué castigará vuestra Divina Magestad?”. Respondió su gran clemençia: “Con una bara que yo tengo de yerro para castigar a quien yo quiero”. Y dixo la sancta virgen: [fol. 126r] “¿Cómo, mi Dios y Señor, vara tiene de yerro, y no de oro?”. Respondió el poderoso Dios: “Quando quiero, la torno de oro, y de azero u de plomo, y de otros metales, según la manera de castigar; porque algunas personas castigo con bara de oro, y a otras con bara de yerro, o de azero o plomo. Esto es para las personas muy reveldes y duras en la enmienda de sus peccados, y en esto no te quiero más declarar. Quando yo estava subido y enclavado en la cruz, tuve capítulo general a todo el mundo, assí çelestiales como terrenales e infernales, y púseme en medio de todo el mundo en aquella cruz muy alta para que me viesen y conoçiesen todos cómo hera yo, su redemptor. Porque assí como el perlado se asienta a tener capítulo en lugar donde todos sus súbditos le vean y conozcan, assí, por semejante, estuve yo en la cruz, diziendo a los ángeles y a las criaturas, y a las aves y a las piedras: ‘Ansí que muero, ¿quién me á compasión?’. Y por cada una de mis llagas y heridas salían sermones y palabras, las quales embiava el Padre mío çelestial, como ruydo de muchas aguas, las quales palabras oyen los ángeles. Y por las unas llagas, salían palabras pidiendo al Padre mío misericordia para mis atormentadores, y por las otras llagas salían palabras pidiendo justiçia, y no para que se condenasen, mas para que en esta vida les diese a sentir mi Padre çelestial qué cosa heran llagas y conoçiesen y sintiesen qué cosa heran dolores, los quales yo padesçía por ellos, y porque se mereçiesen salvar. Y por la boca me salieron siete palabras, que cada una hera un sermón, que nunca se olvidó ni olvidará, hasta la fin del mundo. Y assí estava puesto en la cruz, rogando por todas las penas nasçidas y por nasçer”.