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→Cap. VII. De la familiaridad que tenía con los ángeles y en especial con el de su guarda, y cuán devota era de san Antonio de Padua
[286] Tuvo también especial devoción y familiaridad con san Antonio de Padua, del cual fue siempre muy favorecida y regalada. ''[34]'' Una vez estando en oración, pidiendo para sí y para otras almas la misericordia del Muy Alto, la apareció el santo y dijo: “Hija, quien tanto agrada a su dulcísimo esposo, como tú, mucho le ha de pedir”. Y la santa contemplando aquel dulcísimo niño Jesús que san Antonio traía en su mano, le comenzó a decir tales dulzuras que se detuvo en ello gran rato, hasta que el mismo santo la dijo: “Vuelve, hija mía, la cara y duélete de tus hermanas y de sus necesidades”. Y volviendo el rostro vio cabe sí dos almas muy necesitadas y rogó al dulcísimo niño Jesús por ellas diciendo: “Señor mío, de estos santísimos pies no me levantaré hasta que las hagas la merced”. La cual otorgó luego el piadosísimo Señor y, dándole gracias por haberlas perdonado, extendió san Antonio sobre ella la mano; dándola su bendición dijo: “Aquí descansa en su esposa este divino Jesús, verdadero esposo de las almas”. Duró este rapto largo tiempo y volvió la bienaventurada santa d’él con tanta alegría y resplandor en su rostro, que causó admiración a las religiosas que la vieron. Otra vez, acabando de hacer cierta obra de caridad en una religiosa de su casa quedó con algún desconsuelo, por verla con otras necesidades del alma. Y creciendo en ella esta fatiga, porque la necesidad crecía también, con un gran sospiro llamó a san Antonio de Padua, diciendo: “Oh, mi padre san Antonio, ayudadme ahora con Dios para que libre a esta mi hermana”. Luego al punto se le apareció el glorioso santo y dijo: “Esposa amada de mi Señor Jesuchristo ¿qué me pides? Que sin duda lo alcanzarás”. Ella respondió con humildad profunda: “Yo me hallo tan indigna que no me atrevo a parecer ante mi dulcísimo Jesús, menos que tal intercesión como la vuestra”. Entonces el santo le echó su bendición con su bendita mano y el niño Jesús, que tenía en la otra, con amoroso semblante la dijo: “Yo te ayudaré en tus necesidades y lo que ahora me pides para tu hermana, ya te es concedido, la cual dentro de un mes pasará de esta vida a la eterna, perdonándola muchos años del purgatorio por tu intercesión”. Dadas al soberano Señor muchas gracias por tan inefable merced como la hacía se fue a la religiosa y la dijo lo que había pasado y ella con grande aparejo [287] esperó la hora de su muerte, que puntualmente sucedió cuando le fue revelado.
===Cap. VIII. De cómo la sierva de Dios fue electa abadesa y de un muerto que resucitó===
Como las religiosas sabían la rara santidad de sor Juana y junto con eso su buen talento y singular prudencia, deseaban tenerla por perlada. Mas los prelados, atendiendo a que era muy moza, pues tenía poco más de veinte y cinco años, rehusaban el admitirla para perlada. Mas ya que en esta ocasión no pudieron las monjas hacer lo que deseaban, en otra siguiente en que vacaba el oficio de abadesa y tenía ya cumplidos veinte y ocho años suplicaron a Dios con instancia pusiese en aquel oficio a su sierva. Oyolas el Señor y, llegando el provincial a hacer elección y considerando la mucha santidad de sor Juana, tuvo escrúpulo de haberla estorbado otra vez, cuando las monjas la quisieron elegir. Solo reparaba en que no podía cumplir con las obligaciones de su oficio porque lo más de el tiempo estaba elevada. Estando dudoso el provincial y combatido destos pensamientos, fue hecha la mano del Señor sobre su sierva y, estando elevada, dijo tales razones que dellas echó de ver el provincial que era la voluntad de Dios que fuese abadesa. Luego entró en la elección y todas las monjas dieron sus votos a sor Juana, sin faltar alguno. Y confirmándola el perlado dijo: “Yo, señoras, no la hago abadesa, sino la voluntad de Dios, que quiere que lo sea”. Ellas no cabían de contento por verse súbditas de tan bendita perlada, la cual en diez y siete años continuos que lo fue hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, el cual estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar que solo tenía unas terrecillas donde sembraban una miseria de trigo y nueve reales de renta cada año. ''[35]'' Mas luego quiso Dios, por los méritos de su sierva, que creciese y se aumentase el convento, así en lo temporal como en lo espiritual y que se echase de ver que no contradice, antes se concierta muy bien, la rara santidad con el buen acierto en el gobierno. Muchas [288] personas principales y grandes del reino la dieron gruesas limosnas. El cardenal don fray Francisco Ximénez, su gran devoto, se señaló mucho en esto. Y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba la dio quinientos mil maravedís de una vez, con que la sierva de Dios hizo un cuarto y dormitorio, el mejor que tiene el convento. Para el culto divino hizo muchos ornamentos, vasos de oro y plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Cuando tuvo la casa reparada, cuanto al edificio y rentas, hizo que las monjas guardasen clausura, que hasta allí no la guardaban ni prometían, sino que salían como otros pobres a pedir limosna por los lugares de la comarca. Con todo esto era tan amada de todas que se tenían por muy dichosas en tener tal perlada. Junto con este amor la tenían tal reverencia y temor, que acaecía cuando enviaba a llamar alguna religiosa venir luego temblando, de suerte que era necesario que la bendita perlada le quitase aquel temor para poder responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades del convento y de las monjas, públicas y secretas, temporales y espirituales y todas las remediaba y proveía y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar.''[36]'' Exhortábala todo lo bueno y reprehendía lo que no era tal. Castigaba con mucha caridad y prudencia, sin disimular culpa alguna, por muy pequeña que fuese. Y para animarlas al servicio del Señor y observancia de su regla, decía muchas cosas de las que el Señor por su misericordia le mostraba. ''[37]''
Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias por el temor de las penas del purgatorio y del infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables extremos. Viéndola así la bendita abadesa, llena de caridad y confianza dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesuchristo que te crió y redimió, y yo de su parte te aseguro que no irás al infierno, ni purgatorio, antes te concederá plenaria remisión de tus pecados”. Dicho esto se fue a comulgar la bendita abadesa y, estando arrobada, expiró la enferma y vio que llevaban a juicio su alma y le tomaban estrechísima cuenta. Viendo [289] esto la santa virgen daba voces a los ángeles diciendo: “Señores, no llevéis esa alma a purgatorio porque he suplicado a mi Señor Jesuchristo que vaya derecha al Cielo”. Luego a los ángeles fue notificado aquello de parte del Soberano Juez, y así se hizo. Donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos.
La rara virtud y celo de la honra de Dios y vida tan excelente muy justo era que el Señor la confirmara con milagros, que suelen ser el sello destas cosas. ''[38]'' Entre los cuales merece el primero lugar la resurrección de una niña que, habiéndola traído sus padres por devoción al convento de Santa Cruz, murió allí, siendo abadesa sor Juana de la Cruz, de cuya santidad tuvieron tal confianza sus padres, que creyeron si la daba su bendición, cobraría la vida. Rehusolo, excusándose con palabras y pensamientos de humildad, mas al fin, vencida de la piedad humana, de las lágrimas y ruegos de sus padres, mandó que le trujesen la niña muerta, y tomándola en sus brazos, la puso un crucifixo que traía consigo y, hecha sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y volvió a sus padres sana y buena en presencia de ochenta personas que fueron testigos deste milagro. Estaba en Madrid una gran señora, llamada doña Ana Manrique, enferma de dolor de costado y, avisándola del peligro de su vida, ''[39]'' cuando este fue mayor, se le apareció la bendita Juana, como constó por el dicho de la enferma y por una carta suya que dice de esta manera: “Yo estoy mucho mejor como vos, madre, sabéis, como la que ha estado conmigo y me ha sanado; bien os vi y conocí cuando me visitasteis al seteno día de mi enfermedad, estando yo desahuciada y con muy grandes congojas; yo os vi subir en mi cama y tocándome las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego y, con el gran placer que tuve, porque me alegró mucho vuestra visita, lo dije: ‘No me neguéis madre esta verdad, pues sabéis vos que lo es’”.
Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa y ella, deseando encubrir el caso, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte y que le publicaba la enferma, instaron en que para gloria de Dios contase cómo había sido. Entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esa caridad de ir a visitar a nuestra hermana salió de mí, sino de mi santo ángel, que, rogándole yo pidiese a Dios le diese salud, dijo: ‘Mejor será que la [290] vamos a visitar, pues es tu amiga (que para las necesidades son los amigos)’; y, entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición, por la cual sanó. Y yo me maravillo mucho que me permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”. ''[40]'' Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa. Y una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan del que había sobrado a la madre y, así como lo metió en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana.
Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso con una gran llaga y, rogando al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, repondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial y tal que no sanará, sino fuere por milagro”; el fuego se comenzó a manifestar en el brazo, ella prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma. A una niña enferma de mal de corazón dio salud haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida. Otros muchos milagros hizo semejantes a estos en la cura de los enfermos y en parecer muchas cosas perdidas que se le encomendaron.
===Cap. VIIII. De las milagrosas cuentas que nuestro Señor bendijo en el Cielo, a instancia de su sierva===
Todas las dificultades que puede haber habido, cerca de estas cuentas de que se tratará ahora, se allanan con advertir al lector de algunas cosas. La primera es que no se pretende aquí, ni el autor de quien arriba dijimos que escribió la vida desta santa quiso dar a entender, que las dichas cuentas, por haber estado en el Cielo, viniesen de allá con especiales indulgencias. Porque, aunque las pudo conceder el Señor que nos las ganó y de quien tiene autoridad el Sumo Pontífice para concederlas, pero llana cosa es que esa autoridad se la tiene dada [291] a él, como a cabeza visible de la Iglesia, y por ese medio quiere Su Majestad que se concedan todas.
Lo segundo se ha de advertir que la razón porque las dichas cuentas son en todo el mundo tan estimadas, y es razón que lo sean, ''[41]'' no es por las dichas indulgencias, que cuanto a eso muchas hay concedidas por los Sumos Pontífices, y cada día se conceden en las cuales hallamos todo lo que se puede desear para en razón de indulgencias. La causa, pues, porque deben preciarse como muy preciosas las dichas cuentas es por haber sido llevadas al divino consistorio de la gloria celestial por ministerio de el ángel de guarda de la bendita sor Juana de la Cruz y haber el mismo Dios en el trono de su gloria echado su bendición sobre ellas, de cuya bendición y contacto salieron tan maravillosamente dotadas de tantas virtudes y gracias cuanto se echa de ver en los efectos milagrosos que proceden dellas. Ni debe parecer esto ser cosa inaudita y nunca vista, como algunos han querido afirmar, que es el haber llevado el ángel y bajado de allá benditas las dichas cuentas (como consta por testimonio de un convento de religiosas entero, y por tantos milagros como en confirmación desta verdad consta haber Dios hecho), porque no es caso sin ejemplo, antes hay muchas cosas que se veneran entre los christianos por haber descendido del Cielo y por ministerio de ángeles. ''[42]'' Y dejadas aparte algunas de que se trata la Sagrada Escritura, como el manná, el alfanje o cuchillo santo, que trajo Jeremías a Judas Machabeo,hay otras muchas, que el pueblo christiano venera: ''[43]'' como la cruz de los ángeles que se conserva en la santa iglesia de Oviedo y la de Caravaca, y la casulla de san Ildefonso, el pedazo de velo que el mismo santo cortó de la santa Leocadia, la ampolla christalina, donde pareció incluso el milagro de la Eucharistía, que se conserva en Santarén, el hábito que la Virgen Nuestra Señora trajo a san Norberto, de que le vistió cuando había de instituir su religión, y lo mismo acaeció a otros fundadores de religiones. Y celebrando misa el obispo Próculo Mártir Santísimo, levantaron los ángeles el cáliz y le subieron al Cielo y después de dos horas se la bajaron y dijeron: “El Espíritu Santo le consagró, no le tornes tú a consagrar, sino recíbele”, y así lo hizo, admirándose todos los que presentes estaban. Y Nizeforo Calixto escribe en su historia Ecclesiastica lib.19 cap.20 las excelencias del glorioso Amsiloloquio de Itriana y, [292] entre otras cosas, refiere cómo le consagraron los ángeles. Y muy grandes son las historias que afirman haber descendido del Cielo los tres lirios de oro, llamados Flor de Lis, que traen los reyes de Francia por armas, inviándoselos Dios con un ángel por gran favor al rey Clodoveo cuando se convirtió a la fe y de gentil se hizo christiano. ''[44]'' Y cuando san Remigio, obispo de Remes, [sic] quiso baptizar al rey, faltando acaso la chrisma la bajó del Cielo una paloma en una redomita o ampolla que traía en el pico, ''[45]'' poniéndosela delante de muchas gentes al santo obispo en las manos; desapareció, y ungió luego al rey con la maravillosa chrisma que Dios le enviaba, la cual se guarda en la misma ampolla y se ungen con ella los reyes de Francia el día de su coronación y ha mil y cien años que conserva Dios allí aquel santo liquor. Ni hay mucho que espantarse de estas semejantes maravillas, porque es Dios grande honrador de sus siervos. Todo lo dicho, y mucho más a este propósito, se colige de lo que maravillosamente escribe el doctísimo señor obispo Sola en la aprobación del dicho libro que sale ahora revisto por el Tribunal del Santo Oficio.
Volviendo, pues, al propósito deste capítulo, como las religiosas de aquel santo convento, súbditas de la sierva de Dios sor Juana, la vieron tan favorecida del Cielo, quisieron valerse de la intercesión de su santa madre para que alcanzase del Señor, por medio del ángel de su guarda, que bendijese sus rosarios y les concediese algunas gracias para ellos. ''[46]'' La sierva de Dios con su gran caridad (que nunca supo negar cosa de cuantas por Dios le pedían) ofreció procurarlo, y habiéndolo comunicado con el ángel de su guarda, y alcanzado de Dios lo que pedían, dijo a las monjas que para cierto día ajuntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen porque el Señor por su bondad los quería bendecir y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos. No lo dijo a las sordas porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca, todos los rosarios que pudieron ajuntar, y para el día señalado se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tanta diferencia dellas. La bendita sor Juana, cuando vio juntas las cuentas, mandolas poner todas en una arquilla, que está guardada en el convento con gran veneración, y a una de las monjas más ancianas [293] que la cerrase con llave y la guardase consigo. Hecho esto se puso en oración y, viéndola arrobada, las monjas tuvieron por cierto ser aquella la hora y punto en el que el ángel había subido a bendecir los rosarios al Cielo. ''[47]'' Y así llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave de la arquilla y, abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar como estaba se fueron de allí, porque volviendo del rapto no las viese. Y quedaron con gran consuelo aguardando las gracias del Cielo que el ángel les había de traer cuando tornase la sierva de Dios de aquel rapto. ''[48]'' Y como volviese d’él, se sintió por todo el convento tan grande fragancia y suavidad de olor que, atraídas d’él, vinieron a preguntar a la santa abadesa la causa de aquella novedad. Presto (dixo): “Hermanas, lo sabréis, y la merced que Dios os ha hecho. Vengan aquí todas y en especial la que tiene la llave de la arquilla”. Fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y hallada vacía, tornándola a abrir ahora la hallaron con los mismos rosarios y cuentas que habían puesto en ella, sin faltar una sola. Porque el ángel que los llevó al Cielo los había ya vuelto benditos y puesto en la misma arquita y, cuando ahora la abrió la monja que guardó la llave, creció tanto el olor que salía della, que se admiraron todas. Y ella dijo que aquella suavidad era la que se había apegado a sus rosarios de haber estado en las sacratísimas manos de Nuestro Señor Jesuchristo, y que no solo les había dado su bendición, sino concedido muchas gracias y virtudes, las cuales iba diciendo y juntamente dando a cada religiosa sus cuentas. Y a estas unas llamaba de los Agnus, porque las había concedido el Señor las gracias que tienen lo Agnus, a otras llamaba contra los demonios por la virtud que tienen de alanzarlos, a otras contra tentaciones y enfermedades, y otras contra otros peligros, conforme a las virtudes que el Señor puso en ellas. Esta grande maravilla sucedió el año de mil quinientos veinte y tres. Quedaron muy consoladas las religiosas y obligadísimas a su bendita Madre, por la misericordia del Cielo que las había alcanzado. Pero, deseando cada una gozar más copiosamente de aquel bien que con sus cuentas tenía y de todas las gracias y virtudes que tenían las otras, rogaron a la abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias que estaban repartidas entre todas las concediese [294] generalmente todas a cada una de sus cuentas. La sierva de Dios lo suplicó a Su Majestad y se lo otorgó, advirtiéndolas que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los Sumos Pontífices concediesen en la Tierra.
Las virtudes de estas cuentas son muchas y por experiencia se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los obsesos y confiesan que salen por virtud de estas cuentas y huyen de los que las traen consigo. ''[49]'' Tiénenlas también contra el fuego, contra los truenos y rayos, tempestades y tormentas del mar, y contra muchas enfermedades del cuerpo y del alma. Valen contra escrúpulos, tentaciones y espantos de demonios, y esto sacaron de la virtud que les dio el Señor, como consta por los milagros que están comprobados. Todo esto se ha colegido de lo que, debajo juramento, dijeron las monjas ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma sierva de Dios, que en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos, que estas cuentas estuvieron en el Cielo y todo lo demás que queda dicho dellas. Y muchas personas de cuenta y grandes perlados de Castilla las tienen en mucha veneración, y las han procurado y tenido en mucho. Una tuvo el rey Filipo Segundo de buena memoria; y Filipo Tercero, legítimo heredero de la fe y la devoción de su padre, y la christianísima reina doña Margarita, mujer suya, las han tenido consigo. ''[50]'' Y el Papa Clemente Octavo de gloriosa memoria, antes de ser Pontífice vino a España, con un hermano suyo, auditor de Rota, sobre los negocios del Condado de Puñoenrrostro ''[51]'' y fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de la beata Juana e, informado de la sancta vida y milagros desta virgen y de la verdad de estas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su cuerpo, pidió a sor Juana Evangelista, abadesa que era del convento, una de las dichas cuentas y con mucha devoción la recibió y llevó consigo. Los benditos fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín, varones apostólicos de tan aprobadas y santas vidas que después de sus muertes hizo Dios por ellos muchos milagros, ''[52]'' afirman en sus testimonios que dieron que habían subido al Cielo estas cuentas y que Christo Nuestro Señor las bendijo y concedió [295] muchas virtudes y perdones, y persuadían a los pueblos donde llegaban que tocasen los fieles sus rosarios en las cuentas que llevaban ellos. Y cuando de esta verdad no hubiera tantos y tan calificados testimonios, bastaba el de esta sierva de Dios, y el haberlo ella dicho y aseverado, para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia, publicando virtudes y gracias falsas. Mas lo que bastantemente prueba esta verdad son los milagros que Dios ha hecho en su confirmación, de los cuales diremos algunos en el siguiente capítulo.
===Cap. X. De los milagros hechos en virtud de estas cuentas y de las tocadas a ellas===
Para que nadie pueda dudar con razón de estas santas cuentas, diré aquí para gloria de Dios algunos de los muchos milagros que el Señor ha obrado por ellas, pues es cosa cierta y llana que nunca Dios hace milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de alguna verdad la hacen evidentemente creíble. Y porque los milagros hechos en nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones están aun hoy vivos, y las mismas informaciones originales o sus traslados aunténticos, en los archivos del convento de la Cruz.
Doña María Pérez, vecina de Madrid, prestó una cuenta que tenía a Manuel Vázquez, clérigo del mismo lugar, para conjurar con ella una endemoniada y, así como se la pusieron, dijo el demonio que no le echaría de aquel cuerpo la cuenta de Juana. ''[53]'' Mas oyendo el clérigo, dijo: “Por la virtud que Dios puso en esta cuenta de la bendita Juana, te mando, demonio, que salgas luego del cuerpo desta mujer”. Y al punto salió y quedó libre la mujer, de lo cual se hizo acto público.
Fray Francisco Castañoso, siendo guardián de Pinto, oyó decir que un clérigo estaba conjurando una endemoniada en la iglesia del mismo lugar, fuese allá y así como le vio la mujer dio un salto de más de treinta pies, huyendo d’él y, preguntada por [296] él de qué se espantaba, respondió: “Porque traes una cuenta”. Y él, dismulándolo, mostró las manos vacías y dijo: “¿No ves que no traigo nada?”. Mas el demonio, dando voces, decía: “Cuenta traes, cuenta traes de aquella Juana de la Cruz”. “¿Qué virtud tienen, que huyes dellas?”, dijo el guardián, y el demonio respondió: “No te lo quiero decir”. Y nunca consintió la mujer le pusiesen esta cuenta, con lo cual se experimentó lo mucho que los demonios las temen.
Lo mismo acaeció otra vez a una endemoniada que llevaron al convento de Santa Cruz.
Isabel del Cerro, vecina de la villa de Torrejón de Velasco, tenía tres cuentas destas y, saliendo de oír misa de los Niños de la Doctrina en Madrid, encontró con una endemoniada y, poniéndola sus cuentas, comenzzó luego a trasudar, dando voces y balidos como cabra y salió della el demonio, pero, así como se las quitaron, se tornó luego a endemoniar. Y poniéndola otra vez otra cuenta de un religioso de san Francisco tornó a salir della y, por qué no la volviese más, se la dejó para siempre el religioso.
La dicha Isabel del Cerro, estando en Torrejón, oyó decir que un mancebo que llegó a su casa estaba endemoniado y le llevaban a conjurar a Santo Toribio y, movida de caridad, le puso sus cuentas, y haciendo el demonio grandes extremos, dijo: “Si supieses el tormento que me das tú, me dejarías”. Diciendo esto se fue huyendo del lugar tan apriesa que no le pudieron alcanzar muchos que fueron tras él.
Otra mujer endemoniada llegó a la casa de la dicha Isabel del Cerro tan maltratada que era lástima el verla, pero, tocándola con las cuentas en la boca, cayó como muerta, y se quedó cárdena y cubierta de un gran sudor y el demonio salió della.
El padre fray Pedro de Salazar declaró y depuso con juramento que sabía las dichas cuentas tener virtud contra el fuego, tempestades y rayos y contra las tormentas del mar, por ser esto cosa muy sabida en Castilla y confirmada con muchas experiencias y milagros. Y dijo en su deposición Christóbal del Cerro, vecino de Torrejón, de otro caso.
Contra diversas enfermedades de perlesía, peste, mal de corazzón y otras, hay muchas informaciones hechas en el dicho convento; [297] contra los escrúpulos y tentaciones de la fe, contra desesperaciones y tentaciones de el demonio y contra visiones y espantos de la misma manera. Y de estas informaciones, unas están hechas por comisión del Ilustrísimo de Toledo, otras del Ministro General de nuestra orden. Pues de que no solas las cuentas que subió el ángel al Cielo tengan las dichas virtudes, sino también las tocadas a ellas (como la bendita sor Juana lo dijo a sus monjas), se ve claro, por lo que ahora veremos.
El siervo de Dios fray Julián de san Agustín, por quien ha hecho el Señor tantos milagros que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente, en noventa y dos informaciones auténticas, hechas con mil y cuatrocientos testigos, primero por autoridad del ordinario y después por especial comisión de su santidad. ''[54]'' Este siervo de Dios tenía una cuenta de las originales y tanta devoción con ella que exortaba a todos tocasen sus rosarios a ella, y en esta obra de caridad le sucedieron casos extraordinarios con los demonios, que se lo procuraban estorbar, como lo comprueban los milagros siguientes.
Estando el beato padre en las eras del lugar de Villanueva, vino a él una mujer llamada Mari Sanz, rogándole tocase su rosario con la cuenta que tenía en el suyo. Y él dijo: “Levanta primero esa piedra que está ahí cerca”. Probó la mujer por dos veces, mas no pudo porque abrasaba como fuego y se quemaba. Y viendo esto fray Julián, dijo: “No te canses, hija, que no es piedra esa aunque lo parece, sino un demonio, que pretende impedir que se toquen tus cuentas a la de la beata Juana por que no goces de la virtud que Dios puso en ellas”. Otros muchos casos semejantes le sucedieron en el dicho lugar de Villanueva y en el de Camarma, y las piedras desaparecían, en descubriendo el dicho santo lo que eran. Todo lo cual consta de una información hecha por el Ilustrísimo de Toledo.
Madalena Escrivano, vecina de Torrejón de Velasco, fue tentada del demonio, que se la aparecía muchas veces y, ofreciéndole una soga, la decía que se ahorcase con ella. Fue Nuestro Señor servido que, poniéndola una cuenta tocada, nunca más el demonio la apareció y quedó libre de aquella tentación. Cierto doctor estaba muy apretado de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio le acosaba. Y procurando [298] haber una cuenta de las tocadas de la santa, solo con traerla consigo quedó libre y con la misma cuenta lanzó al demonio de un hombre.
Carrillo, clérigo y cantor de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de las tocadas y pensaba él ser de las originales (porque por tal se le habían dado) y, llegando adonde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase d’él porque llevaba una cuenta de sor Juana, que, aunque era de las tocadas, tenía la misma virtud que las otras y le atormentaba mucho con ella. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, que, aunque el demonio sea padre de mentiras, no permite el Señor que en tales casos nos engañe. Otros muchos milagrosos acaecimientos están tomados por acto público, de que las dichas cuentas tocadas eran de singular virtud contra los demonios. Allende destos, un ciego cobró vista con el toque de las dichas cuentas y un niño de mal de garrotillo. Y una doncella de cataratas de ambos ojos. Y un hombre desahuciado ya con dolor de costado y calenturas terribles. Y una mujer muy enferma y apasionada de mal de corazón. Y otra de los mismos con desmayos y gota coral. Todos estos, con solo el toque de las dichas cuentas que eran de las tocadas a las originales, cobraban salud. Y lo que más es de notar, que muchos de estos milagros acaecieron en el tiempo que las dichas cuentas eran traídas a cuestión de probanzas y cuando muchos dudaban de la virtud de ellas, que fue desde el año de mil seiscientos y once hasta el de mil seiscientos y trece.
Y no solo eran estos milagros en España, sino en otras naciones muy lejos della, como se vio el año de mil seiscientos y doce por la Pascua de Resurrección en la ciudad de Aix en Francia, donde, por permisión divina, había un convento de monjas, de las cuales las veinte y cuatro estaban endemoniadas. ''[55]'' Y pasando por allí muchos religiosos graves de España que iban a la celebración del capítulo general de toda la Orden de Nuestro Padre San Francisco, que se había de tener en el convento de Araceli en Roma, algunos de los dichos padres llevaban consigo de las cuentas de la beata Juana de la Cruz y, compadeciéndose de aquella tan grande lástima, el primero día de la santa Pascua de Resurrección fueron adonde las dichas monjas estaban, y con una de [299] las dichas cuentas, puesta primero a la que más furiosa estaba y después sucesivamente a las demás, en presencia de mucha gente que se halló presente a aquel caso, salieron los demonios de los cuerpos de las dichas religiosas, a parecer de los que presentes estaban porque, al punto que las dejaban los demonios, quedaban cansadas y sudando notablemente y hacían la señal de la cruz y se santiguaban. Y las que poco antes huían de la cuenta, la besaban dando muestras de devoción y de estar libres del demonio. Y la que primero estaba libre d’él, ayudaba luego a las otras, para que les pusiesen la cuenta. A lo cual se hallaron presentes muchos padres, y dieron verdadero testimonio dello y juraron ser verdad, como más largamente se refiere en el dicho libro de la santa. Lo sobredicho se confirma con una carta escrita de la propia mano del ilustrísimo cardenal Diestrichstain, arzobispo de Nichillpurg en Alemania, para la señora marquesa de Mondéjar, su hermana, donde con mucha instancia la pide que le envíe una cuenta de la beata sor Juana de la Cruz porque con una dellas que tienen allá en Alemania hace el Señor muchos milagros, de los cuales cuenta algunos. Y la dicha señora marquesa envió la misma carta original en Madrid al Señor obispo de Canaria, don fray Francisco de Sosa, para que se tomase testimonio auténtico de ella, (como se hizo), y está en el convento de santa María de la Cruz.
= Vida impresa (6)=