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Juana de la Cruz

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Cap. X. De los milagros hechos en virtud de estas cuentas y de las tocadas a ellas
Carrillo, clérigo y cantor de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de las tocadas y pensaba él ser de las originales (porque por tal se le habían dado) y, llegando adonde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase d’él porque llevaba una cuenta de sor Juana, que, aunque era de las tocadas, tenía la misma virtud que las otras y le atormentaba mucho con ella. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, que, aunque el demonio sea padre de mentiras, no permite el Señor que en tales casos nos engañe. Otros muchos milagrosos acaecimientos están tomados por acto público, de que las dichas cuentas tocadas eran de singular virtud contra los demonios. Allende destos, un ciego cobró vista con el toque de las dichas cuentas y un niño de mal de garrotillo. Y una doncella de cataratas de ambos ojos. Y un hombre desahuciado ya con dolor de costado y calenturas terribles. Y una mujer muy enferma y apasionada de mal de corazón. Y otra de los mismos con desmayos y gota coral. Todos estos, con solo el toque de las dichas cuentas que eran de las tocadas a las originales, cobraban salud. Y lo que más es de notar, que muchos de estos milagros acaecieron en el tiempo que las dichas cuentas eran traídas a cuestión de probanzas y cuando muchos dudaban de la virtud de ellas, que fue desde el año de mil seiscientos y once hasta el de mil seiscientos y trece.
Y no solo eran estos milagros en España, sino en otras naciones muy lejos della, como se vio el año de mil seiscientos y doce por la Pascua de Resurrección en la ciudad de Aix en Francia, donde, por permisión divina, había un convento de monjas, de las cuales las veinte y cuatro estaban endemoniadas. ''[55]'' Y pasando por allí muchos religiosos graves de España que iban a la celebración del capítulo general de toda la Orden de Nuestro Padre San Francisco, que se había de tener en el convento de Araceli en Roma, algunos de los dichos padres llevaban consigo de las cuentas de la beata Juana de la Cruz y, compadeciéndose de aquella tan grande lástima, el primero día de la santa Pascua de Resurrección fueron adonde las dichas monjas estaban, y con una de [299] las dichas cuentas, puesta primero a la que más furiosa estaba y después sucesivamente a las demás, en presencia de mucha gente que se halló presente a aquel caso, salieron los demonios de los cuerpos de las dichas religiosas, a parecer de los que presentes estaban porque, al punto que las dejaban los demonios, quedaban cansadas y sudando notablemente y hacían la señal de la cruz y se santiguaban. Y las que poco antes huían de la cuenta, la besaban dando muestras de devoción y de estar libres del demonio. Y la que primero estaba libre d’él, ayudaba luego a las otras, para que les pusiesen la cuenta. A lo cual se hallaron presentes muchos padres, y dieron verdadero testimonio dello y juraron ser verdad, como más largamente se refiere en el dicho libro de la santa. Lo sobredicho se confirma con una carta escrita de la propia mano del ilustrísimo cardenal Diestrichstain, arzobispo de Nichillpurg en Alemania, para la señora marquesa de Mondéjar, su hermana, donde con mucha instancia la pide que le envíe una cuenta de la beata sor Juana de la Cruz porque con una dellas que tienen allá en Alemania hace el Señor muchos milagros, de los cuales cuenta algunos. Y la dicha señora marquesa envió la misma carta original en Madrid al Señor obispo de Canaria, don fray Francisco de Sosa, para que se tomase testimonio auténtico de ella, (como se hizo), y está en el convento de santa María de la Cruz.
 
===Cap. XI. De algunas revelaciones que el Señor reveló a su sierva y de la devoción singular que tuvo a la Virgen Santísima===
 
Atendiendo a que el comunicar tan altas revelaciones el Señor a esta sierva suya era en orden al aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el ángel de su guarda mandándoselas escribir, me pareció escribir este capítulo de algunas revelaciones suyas, para que, leyéndolas, el pecador se consuele considerando las divinas misericordias que resplandecen en ellas, como se verá en esta que contó a sus monjas de esta manera. “Llevándome mi santo ángel un día de santa Magdalena a visitar [300] la iglesia donde está su santo cuerpo para ganar los perdones allí concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de entre las llamas de la cual salía una alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo. Y díjome mi santo ángel: “Por que veas lo que puede la misericordia de Dios y la gran contrición en un hombre, aquella alma es de un hombre viejo, grandísimo pecador, que estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el infierno. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y al juez rigurosa justicia, diciendo quería pagar su delito en esta vida. Y aunque la salvara si quisiera, escogió morir y padecer esta pena y afrenta en satisfación de sus culpas. Y así, después de haberle dado el garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual sale su alma derecha al Cielo, porque sepas que mientras el alma está en el cuerpo, ha lugar la misericordia de Dios, que cabe entre la soga y la garganta del hombre”.
 
Estando en oración un día, la mostró el Señor que a un ermitaño de santa vida que hacía penitencia en un desierto le pareció el demonio en figura de Christo crucificado y le dijo: ''[56]'' “Adórame que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz y me agrada mucho tu oración y penitencia”. Hízolo el ermitaño y, estándole adorando, arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del crucificado y, pues sabes que se paga de voluntades y que recibe la deste ermitaño, como si adorara al mismo Dios del Cielo, déjate de esas vanas adoraciones y vuelve allá, que es lo que más te importa”. “Quiso Nuestro Señor que oyese esto el ermitaño para alumbrarse por este camino” (dijo la santa) “y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo y os guardéis de sus engaños, que son más de los que los hombres piensan”. Sucedió otra vez a esta sierva de Dios, día de santa Lucía, que estando elevada en oración y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio (cual otro Esaías) ''[57]'' al Señor de los ejércitos sentado [301] en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día. Considerando estas cosas y cuán bien premiaba los trabajos padecidos por su amor, la parecía decirle el mismo Señor con voz sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas: “No os despidáis vos, hija mía, de recibir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. Ella con mucha humildad y confianza, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias te doy, Señor mío, por tan soberana merced, mas no me hartan, Señor, estos dones, ni satisfacen esas joyas, regocijos, ni fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo de esa fuente de vida; y hasta conseguir eso, no dejaré de importunar a Vuestra Majestad”. Otra vez estando en profundísimo rapto, la vino a visitar su muy particular devota santa Bárbara y, razonando con ella, dijo: “Bien sabéis vos, señora, lo mucho que os desea servir esta indigna sierva vuestra”. ''[58]'' “Sí sé, hermana”, respondió santa Bárbara, “y querría también que tú supieses que te amo en el Señor y te tengo por mi singular devota y amiga”. Con esto pusieron fin a su plática las santas vírgines, y apenas fue acabada que le apareció el ánima de un niño que acababa de expirar, rogándola que dijese a su madre que castigase a sus hijos, porque daría rigurosa cuenta al Señor de lo mal que los criaba. ''[59]'' “Y yo” (dixo el alma) “doy mil gracias a Su Majestad, por haberme traído a este santo reino en tan tierna edad, que si llegara a ser grande, me condenara por la mala crianza de mi madre. Ella se llama fulana y vive en tal lugar y es mujer de fulano”. Con esto la sierva de Dios la envió a llamar y contó todo lo que pasaba, con tales señas que no lo pudo poner en duda y hizo lo que tan santamente la aconsejaba.
 
Todos los años desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los ángeles los primeros nueve días de marzo, en los cuales apareció la Santísima Virgen (como queda dicho), y cada año, en estos nueve días a la hora de maitines, veía la sierva de Dios una solemnísima procesión en que venía la Madre de Dios con muchos ángeles y santos y las almas de muchas monjas de aquella casa y de otras personas difuntas que estaban en la gloria y habían sido devotas del Santo Aparecimiento, y también las que estaban [302] en purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta. Y antes de entrar en el convento daba una vuelta alrededor, echando su bendición a los campos en contorno del convento, en el cual entraba luego e iba derecha al dormitorio de las monjas, donde estaban recogidas, unas en oración y otras durmiendo, y a todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y hablaba con sus ángeles custodios y ellos la representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían de aparejar para celebrar la fiesta de su Santo Aparecimiento. ''[60]'' Y decía nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas”. Otras veces mandaba a sus ángeles custodios que las pusiesen guirnaldas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo veían ni entendían, y otras veces las reprehendía con palabras dulcísimas. Desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial y asistía a los maitines, y la bienaventurada sor Juana, en espíritu, se hallaba presente a todo y andaba la procesión. A la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón y veía la procesión y, a este punto, se solía elevar y en la elevación veía lo que está dicho. Y después, vuelta en sí, lo contaba a sus monjas.
 
Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del Santo Aparecimiento. Mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron el rostro y cabeza de nuevo. Y porque la sierva de Dios la viese, que estaba enferma en la cama, se la llevaron a la celda, donde por su consuelo se la dejaron sobre un altar. Y aquella misma noche, estando la santa en oración, vio en visión imaginaria a la Reina de los ángeles, que estaba junto a la imagen, a quien la sierva de Dios suplicó concediese algún favor a su imagen. Y la noche siguiente a hora de maitines, vio cómo Christo Nuestro Señor se apareció y bendijo la dicha imagen, la cual desde entonces es muy venerada por la tradición de este milagro. Lo cual hizo el Señor en confirmación de la verdad de el uso antiguo de las santas imágenes y en confusión de los herejes que las contradicen.
 
Hallose en esta sierva de Dios lo que todos los santos enseñan ser singular medio para la perfección, esto es, la devoción de [303] la sacratísima Virgen Nuestra Señora. Fuela tan devota esta humilde sierva suya que, desde muy niña, la rezaba el rosario y, por no tenerle de cuentas, lo hacía de cordel, con ñudos por pater nostres y avemarías, y así como crecía en edad, iba creciendo en devoción. Y cuando llegaban las fiestas de la Madre de Dios, a los ejercicios de penitencias ordinarias añadía otros extraordinarios, con que se disponía a celebrarlas dignamente. Por lo cual fueron grandes las mercedes que Dios la hizo en tales días y admirables los raptos, en los cuales publicaba y decía maravillosas alabanzas de su reina. Estando en contemplación un día de la Anunciación de mil quinientos y ocho, contemplando aquella maravillosa obra de la Encarnación que aquel día representaba la Iglesia y aquella tan profunda humildad de la purísima Virgen cuando dio su consentimiento, dijo que le fueron en aquella hora revelados muchos misterios y que mereció más en aquella hora obedeciendo la voluntad de Dios y dando crédito a las palabras del ángel que merecieron todos los ángeles cuando dieron a Dios la obediencia, y más que todos los mártires en sus martirios y que todos los confesores y vírgines, en cuantas penitencias hicieron y en la virginal limpieza que guardaron. Otro día de la Presentación de Nuestro Señor del siguiente año, estando en un rapto que la duró muchas horas dijo otra verdad certísima, ''[61]'' y es que desde el punto que fue concebida la Reina del Cielo en el vientre de santa Ana, tuvo perfecto uso de razón y muy grande amor y conocimiento de Dios, en que fue siempre creciendo y en todas las virtudes, hasta llegar a ser entre las criaturas la más perfecta y santa de cuantas hubo ni habrá jamás en el Cielo ni en la Tierra. En otro rapto dijo que, cuando Nuestro Señor salió del sepulcro, apareció primero que a nadie a su Madre Santísima, por ser ella la que más había sentido su muerte y Pasión, y en quien más viva estaba la esperanza de la resurrección. En el día de la Purísima Concepción de la Virgen Santísima era inefable la devoción que mostraba, y después de muy largos raptos, hacía dulcísimas pláticas a las monjas en alabanzas de su Señora y declaraba profundamente lugares de la Sagrada Escriptura que trataban della. ''[62]'' Trujéronla un día una niña de teta muy enferma, para que la diese su bendición, y viéndola, supo por revelación que estaba endemoniada. Y dijo la santa a las monjas [304] con gran sentimiento: “Grande es la alteza de los secretos de Dios. ¿Que sea posible que el demonio tenga poder para atormentar esta niña, que no ha más de siete meses que nació? Ruégoos hermanas, que la encomendemos a Dios”. ''[63]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz, y quedó libre de aquel espíritu malo, que la atormentaba. Sucediola muchas veces estando en oración, que veía presentes todas aquellas personas por quien rogaba, aunque estuviesen muy lejos y todas sus necesidades. Y su ángel custodio la dijo un día que con tanto afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión del Señor, que le fuese tan acepto sacrificio como si derramase toda su sangre y padeciese grandes tormentos por su amor. Tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión. “Estas cosas y otras muchas” (decía la sierva de Dios a sus monjas) “me muestra mi santo ángel, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo. Y que me ha hecho el Señor tanta merced, que ha dado tanta luz y claridad en ellas, que certerísimamente conozco ser suyas y, por tan verdaderas y ciertas, que así lo juraría si me obligasen a ello. Aunque por no haber tenido mi alma tanta claridad y certeza al principio, no recibía tanto consuelo como ahora, por lo cual da esta miserable pecadora infinitas gracias a su Dios”.
 
===Cap. XII. De las maravillosas cosas que dijo la sierva de Dios estando elevada y del don de lenguas que el Señor la comunicó===
 
Como toda la virtud desta bendita virgen estaba sobre el fundamento firme de la santa humildad, fundado de aquí es que todo lo que era dar muestras exteriores de los beneficios que el Señor la hacía grandemente la atormentaba. Y si algunas veces las daba, diciendo lo que en las elevaciones y raptos le acaecía, era compelida de la caridad, y por saber que era la voluntad del Señor que lo hiciese. El cual ordenó que estuviese muchos días y meses muda privada de la habla, de tal manera que, si no era el rato que estaba en éxtasis (cuando se vio cumplida la palabra del Señor en el Evangelio, ''[64]'' que no era ella la que [305] hablaba, sino el espíritu de su Padre Celestial que hablaba por ella), fuera de eso, ni hablaba ni aun podía hablar palabra. En todo este tiempo de su mudez predicaba diciendo altísimas cosas y declaraba lugares difíciles de la Escritura, no sin grande admiración de los que la oían. Y esta gracia la duró no solo el tiempo que estuvo muda, sino también mucho después, hasta trece años enteros: hablando unas veces de ocho en ocho días, otras de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras al tercero día, otras un día tras otro, como el Señor era servido. Divulgose por el reino de Castilla esta grande maravilla, venían a verla muchas gentes (aunque muchos venían con intención dañada.) Y para confusión destos y de otros incrédulos, estaba arrobada y hablaba con ellos, mostrando que la recelaba Dios lo que tenían en el corazón y así, reprehendiéndoles, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mismo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere? ¿No puede hacer vaso en que quepa?”. A este propósito sucedió que una persona muy grave, con celo de las cosas de la fe, no podía sufrir que se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca de aquella mujer; vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras y fueron tales las que le dijo en una plática espiritual que hizo que a la mitad della se hincase de rodillas, derramando muchas lágrimas, hasta que la sierva de Dios acabó de predicar y, vuelta en sus sentidos, rogó con instancia que se le dejase ver. Y puesto delante della, dijo: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta bendita mujer he oído”. Y después de haberla hablado a solas y encomendádose en sus oraciones, se volvió muy edificado de la humildad que conoció en ella y muy devoto a su doctrina. Cumpliose en ella lo que dijo el Señor en el Evangelio a sus siervos: “Daros he boca y sabiduría, a la cual no podrán contradecir todos los adversarios vuestros”. [65] Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, las cuales nunca había aprendido, como eran latina, griega, arábiga y otras. ''[66]''
 
El obispo de Ávila don fray Francisco Ruiz fue devotísimo desta santa, y por ella dio a su convento dos esclavas moras, de las que trajo de la conquista de Orán (en que estuvo en compañía [306] del cardenal don fray Francisco Ximénez). Estaban estas tan obstinadas en la ley de Mahoma que no podían oír nombrar a Christo. Lleváronselas una vez a la santa, con ocasión de que predicaba en la forma dicha, y convirtiendo a ellas su plática, las habló en algaravía y ellas también respondieron en el mismo lenguaje. Y tales cosas las dijo que se convirtieron a la fe y se bautizaron. Y después estando arrobada, las habló otra vez en arábigo. También hablaba en latín con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de defectos particulares suyos. Los perlados de la orden, por obviar lo que algunos mal intecionados decían, mandaron a la abadesa que, cuando hablase de aquella manera la sierva de Dios, la encerrasen donde no la oyesen los de fuera de casa, ni aun las mismas monjas. Y esto se guardó algún tiempo, hasta que más enterado el provincial de que no había inconviniente, antes era voluntad de Dios que fuese oída, dio licencia para que hablase ante las monjas y ante algunas personas principales y devotas que lo deseaban. Con esta licencia llegaron muchas personas eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, canónigos, inquisidores, obispos y arzobispos. El Gran Capitán Gonzalo Fernández, el cardenal don fray Francisco Ximénez, y otros muchos que fueron testigos deste milagro. Y entre ellos quiso ver esta maravilla por sus ojos el Emperador Carlos V, de buena memoria, y quedó muy aficionado a la sierva de Dios. Cuando hablaba estas cosas, siempre era estando en rapto y muchas veces se echaba de ver que hablaba con los ángeles, con los apóstoles y santos, como que tenía al Señor presente ante quien hacía sus peticiones, rogando por todos en general, y por algunas personas en particular. Hecho esto, juntaba sus manos viéndolo todos, muy humildes y profundas. Oraba tan en secreto que solo se la veían mover los labios, y después, puestas las manos, se quedaba con grandísimo silencio. Después, comenzando en voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono (que todos los que allí estaban oían) hablaba cosas maravillosas. Finalmente eran los dichos sermones y pláticas espirituales de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y Evangelios del año, conforme a las fiestas que ocurrían. Durábanla los sermones cuatro, cinco, seis y siete horas, sin descansar ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta, o como quien está en rapto. Y [307] hablaba con tanta gracia, suavidad y dulzura que con ser tan largos los sermones ninguno se cansó jamás dellos. Cuando acababa y volvía en sí, quedaba hermosísima, el rostro muy resplandeciente y su persona y vestidos y cosas que a ella tocaban llenas de un olor celestial. Y de la fuerza con que había hablado quedaba con un sudor copioso, y así la mudaban las monjas el hábito y la tocas cuando tornaba en sus sentidos. Era cosa notable que no sentía cosa de cuantas por ella habían pasado si después no se lo decían. ''[67]'' Y porque en los siglos venideros hubiese noticia de tan grandes maravillas, dio el Señor sabiduría y gracia a una religiosa que no sabía leer ni escribir, llamada sor María Evangelista, para escribir un grande libro intitulado del Conorte, que contiene los sermones que predicó en un año la bendita sor Juana, ayudándola otras dos religiosas llamadas sor Catalina de San Francisco y sor Catalina de los Mártires. De lo cual hay tradición y pública fama en el dicho convento de la Cruz, y algunas monjas ancianas que hoy viven conocieron a la dicha sor María Evangelista y juran que conocen su letra y se lo oyeron decir públicamente. Este libro del Conorte tiene setenta y un sermones, en otros tantos capítulos divididos, escritos en setecientas y treinta y tres hojas de folio, el cual se guarda en el convento como reliquia grande y con razón por ser milagroso todo cuanto hay en él, como lo es haberle escrito una mujer sin saber leer ni escribir, y que percibiese de memoria todo lo que la bendita predicadora decía, de suerte que, acabando de oír su sermón, le escribía, con ser algunos de doce y de veinte pliegos de papel, llenos de theología y de autoridades de la Sagrada Escritura.
 
===Cap. XIII. Cómo nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a su sierva, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda===
 
Queriendo el Señor de más de lo dicho enriquecer y honrar a su bendita esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de su sagrada Pasión, lo cual acaeció desta manera: un año después del acaecimiento milagroso de las cuentas, [308] siendo la virgen de cuarenta y tres años de edad, sucedió que un Viernes Santo por la mañana, estando en oración puesta en cruz, se quedó arrobada tan extendidos y yertos los brazos y todos los miembros de su cuerpo como si fuera un crucifixo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura, aunque se probó algunas veces. ''[68]'' Viéndola las monjas así, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda y se fueron todas al coro, por ser hora ya de entrar en los oficios divinos. Estando en él, mientras se decía la Pasión, la vieron entrar por el coro, derramando muchas lágrimas, y vieron cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies. Traíalos descalzos como solía y, porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente en los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde se asentaba los pies. Viendo esto las monjas, la preguntaron por señas (porque estaba también sorda) cómo venía de aquella manera; respondió que no podía andar, porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos” (dice la monja que escribió esta historia) “y vimos que tenía en los pies y manos las señales del crucificado, redondas de el tamaño de un real de plata, de color de rosas muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los pies y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abaxo, y salía de ellas tanta fragancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. Quexábase de los graves dolores que la causaban estos señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban y daban gracias a Dios por lo que veían y palpaban con sus ojos y manos en ella. Y tomándola en brazos (porque no podía andar, ni sustentarse en los pies) la llevaron a la celda y, preguntándola por señas (porque estaba sorda) qué señales eran aquellas, quién se las había dado y cómo, respondió que, estando en aquel preciosísimo lugar, donde por mandato de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesuchristo crucificado, que con el toque de sus sacratísimas llagas la dexó con gravísimos dolores en pies y manos, y acabada aquella soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos con aquellas señales, que la duraron desde el Viernes Santo hasta el día de la Ascensión. Aunque no las tenía todos los días, sino solo los [309] viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales.
 
Y como era tan humilde, con muchas humildad, lágrimas y devoción, suplicaba a su Santísimo Esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en tal vil criatura como era ella y también porque le parecía cosa poco segura tener a vista de los ojos humanos tan singulares mercedes como eran aquellas. Esto pedía con tales afectos y lágrimas que alcanzó lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos se las quitó el Señor, habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te di, yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas y cosa que más te duela”. Y cumpliendo esta palabra la quitó estas señales y dio a sentir el Señor los dolores de su sagrada Pasión en todo su cuerpo, mucho más que antes, porque aunque desde los siete o ocho años de su edad se los había dado el Señor a sentir, no habían sido tan rigurosos como fueron desde este día, como se verá en las revelaciones siguientes.
 
Estando elevada un día y su espíritu en aquel lugar donde el Señor la solía poner (era viernes a los veinte y dos de junio antes de amanecer) se le presentaron todos los misterios de la sagrada Pasión, tan vivos a su parecer como si los viera al pie de la cruz del Calvario, cuando Christo padeció. ''[69'' También la mostró el Señor en un gran campo el martirio de san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban y que Christo Nuestro Señor desde su cruz los animaba y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí crucificado y muerto por vosotros”. Viendo ella todo esto, preguntó al ángel de su guarda, qué significaba estar Christo crucificado y tantos crucificados con el. “Después que Dios se hizo hombre” (dijo el ángel) “tiene muchos compañeros de su cruz y tú también has de ser participante de sus dolores; porque así lo quiere, y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos, te traje a este lugar”. Y mirándola Nuestro Señor dijo: “¿Quieres hija de esta fruta?”, “Señor” (respondió ella), “quiero lo que Vuestra Majestad quisiere”. “Pues pláceme que gustes de ella” (dijo el Señor) y desde aquel punto la dejó los dolores de su sagrada Pasión y tan vivo sentimiento de todos ellos que (según decía ella) le parecía que le habían fixado clavos ardientes por todo el cuerpo y que [310] oía gran ruido, como si con martillos de hierro se los clavaran.
 
Otra vez estando muy enferma en la cama, se la apareció nuestro padre san Francisco (día de su propia fiesta) glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos y le vio y habló. El santo padre la dio su bendición y ella con mucha humildad le rogó por todos los frailes y monjas de su orden y en especial por las de aquel convento, suplicando las echase su bendición. Lo cual hizo, y al despedirse della, que estaba postrada a sus santísimos pies, se los besó, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero, hija mía, adorar los dolores de mi Señor Jesuchristo, que por su gran misericordia ha puesto en ti”.
 
Al principio de sus graves enfermedades, como sus dolores eran grandísimos, acaecíale con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse (cosa muy nueva para ella), y atribuyéndola a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. A este punto la apareció el ángel de su guarda, y la dijo: “Escucha y oye al Señor que te quiere hablar y mira lo que dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesuchristo en un trono de majestad acompañado de muchos ángeles, y hablándola con palabras dulcísimas dijo: “¿Qué haces hija en esa cama?”. ''[70]'' Ella respondió después de haberle adorado: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia Vuestra Majestad ni goza mi alma de vuestros regalos como solía?”. Respondió el Señor: “No es mucho que padezcas esos dolores y enfermedades; pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi Pasión fui varón de dolores, justo es que quien bien ama, participe los dolores de su amado”. “Gran favor y merced es esta para mí” (replicó la santa), “pero ¿cómo, Señor, me hallo tan tibia en vuestro amor y no mandáis a mi santo ángel que me consuele tan a menudo como solías?”. “Amiga” (dijo el Señor), “donde yo estoy, está el consuelo y bienaventuranza, así aunque estés en esa cama, ese es tu cielo, pues estoy contigo en la tribulación y trabajo”. Dicho esto desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, por no saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo. Y para quitarla esta duda, se la apareció segunda vez (según ella lo dijo) y entonces no solo quedó satisfecha, sino esforzadísima y con nuevo ánimo para llevar todos los trabajos del mundo por su [311] amor. Y como después de todo esto estuviese aún sorda, cosa que sentían muchísimo todas las religiosas por el trabajo que tenían de declararle lo que querían, y así suplicaron al Señor la restituyese el oír, oyó la Divina Majestad sus oraciones y aparaciéndose a su esposa día de santa Clara (después de seis meses que la tenía sorda) hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes secretos, dijo que la había ensordecido por que tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Majestad y que ya al Señor placía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el gran san Pedro, y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír, y quedó sana, y ella con las religiosas dando muchas gracias a Dios por tan señalada merced.''[71]''
= Vida impresa (6)=

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