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→Capítulo XII
===Capítulo XII===
'''De algunas revelaciones y cosa''''''s cosas muy provechosas que comunicó N''''''uestro Nuestro Señor a su sierva santa Juana'''
Resplandece tanto la suavidad y alteza del espíritu del Señor en todas las revelaciones que comunicó a esta santa virgen, que aunque su vida esté tan llena dellas —que se podría llamar una revelación continuada— quise escribir este capítulo de revelaciones, atendiendo a que el comunicárselas Dios a santa Juana fue para el aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el Ángel mandándoselas escribir. Y este fue el fin que tuvo la extática virgen en manifestarlas y el que ahora tenemos en sacarlas a luz, para que leyéndolas el pecador se consuele considerando las misericordias de Dios, que respladecen mucho en ellas, como se verá en una que mostró Dios a esta santa, la cual contó ella a sus monjas, por las palabras siguientes:
“Llevándome mi santo Ángel un día de la gloriosa santa María Magdalena ''[269]'' a visitar la iglesia donde está su santo cuerpo, por ganar [49r] los perdones que allí están concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de la cual entre las llamas y el humo salía un alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio, y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo. Y díjome mi santo Ángel: ‘Porque veas lo que puede la misericordia de Dios, y la contrición en un hombre: aquella alma que viste subir desde las llamas al cielo, acompañada de los tres ángeles, es de un hombre viejo grandísimo pecador, que toda su vida estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el Infierno’. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y rigurosa justicia al juez, diciendo quería pagar su delito en esta vida; y aunque la salvara, si quisiera, escogió morir y padecer esta pena en satisfación de [49v] su culpa. Y así, después de haberle dado garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual, y de su cuerpo, sale en este punto el alma, y se va derecha al Cielo, acompañada de aquellos ángeles, como ves. Y me huelgo que lo hayas visto, porque sepas que mientras el alma está en las carnes tiene lugar la misericordia de Dios, que le halla entre la soga y la garganta del hombre”. (''Este ejemplo más es para confiar en la misericordia de Dios que para imitarlo, por lo que dice EscotEscoto ''''o [271]'''', fundado en el peligro que trae consigo la penitencia que se dilata para la hora de la muerte'''' [272]'') ''[273]''.
Abadesa era santa Juana, y estando en oración un día, le mostró nuestro Señor que a un hermitaño de santa vida, que hacía penitencia y vida solitaria en un desierto, se le apareció el demonio en figura de Cristo crucificado, y le dijo: “Adórame, que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz, y me agrada mucho tu oración y penitencia” ''[274]''. Hízolo así el hermitaño, y estando en esta postura arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios, diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del Crucificado. Y, pues sabes que se paga de voluntades, y que recibe la de este hermitaño como si adorara al mismo Dios, [50r] déjate de esas vanas adoraciones, que tan poco te aprovechan, y vuelve luego a tu miserable reino, que es lo que más te importa”. “Y quiso Nuestro Señor que oyese estas cosas el hermitaño para alumbrarle por este camino —dijo la santa virgen—, y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo, y os guardéis de él y de sus engaños, que son mayores de los que los hombres piensan”. (''En semejantes casos admite Dios la voluntad por la obra'''' [275]'') ''[276]''.
Sucedió otra vez a esta santa virgen, día de santa Lucía, que estando elevada en oración, y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio —como otro profeta Esaías— al Señor de los ejércitos sentado en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día y derramado su sangre por la honra de su nombre ''[277]''. Considerando estas cosas santa Juana, y cuán bien premiaba Dios los trabajos padecidos por su amor, la habló el mismo Señor con voz tan sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas ''[278]'', diciendo: “No os despidáis vos, hija mía, de recebir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. Y la [50v] humilde y devota virgen, con mucha confianza y amor, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias doy a Vuestra Majestad, por tan soberana merced, aunque mayor la pienso recebir de vuestra poderosa y liberalísima mano. No me hartan, Señor, esos dones, ni me satisfacen esas joyas, regocijos y fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo de esa fuente de vida. Y hasta que lo alcance y consiga, no cesaré de suplicarlo a Vuestra Divina Majestad” ''[279]''. Y entonces el piadoso Señor respondió desde un soberano trono en que estaba: “Yo te prometo, hija, de cumplir tus deseos y darte bienes sin cuento”. Con lo cual, y con la presencia de Dios de que gozó la santa virgen en este rapto, quedó muy consolada y contenta.
Un día de los Reyes, estando en el coro oyendo misa la extática virgen se arrobó, y era tanta la hermosura y resplandor que salía de su rostro, que causaba consuelo y admiración a las monjas que la miraban, y la rogaron —cuando volvió en sus sentidos—dijese algo de lo que había visto en aquel soberano rapto. Y así dijo: “Mostrome el [51v] Señor por su misericordia las grandes fiestas que hoy le hacen en el Cielo, donde vi a la Reina de los Ángeles asentada en un soberano trono, y junto a ella estaba el santo pesebre, con su santísimo Hijo recién nacido, cercado de muchos ángeles, que al son de sus instrumentos cantaban maravillosas letras ''[282]''. Y cantando ellos, la Reina del Cielo hizo señas que callasen, y me llamó a mí, su indigna sierva, que la estaba mirando, postrada de rodillas ante las gradas de aquel soberano trono, y me dijo: ‘¿Has visto a mi hijo, como está, niño y chiquito? ¿Parécete bien?’. Yo respondí: ‘Señora, sí’. ‘¿Quiéresle mucho?’, me volvió a preguntar. Yo dije: ‘Él lo sabe’. Replicó la Santísima Virgen: ‘¿Y yo no lo sabré también?’'' [283]''. Respondí: ‘Sí, señora, sí sabrá Vuestra Majestad, y mis pecados y faltas’. Y acordándome dellas, no me hallaba digna de estar en aquel santo lugar, y vínome tal vergüenza y temor de verme en él, que no quisiera ser nacida, ni sé qué fuera de mí si Nuestra Señora no me consolara, porque mirándome con apacibles y amorosos ojos dijo: ‘No temas, hija mía, que no tienes de qué ''[242]''. Y este temor y vergüenza que te ha venido es misericordia que Dios te hace, que como me ha dado sus veces [52r] para juzgar mientras está en figura de niño recién nacido, quiere que todos me teman; mas tú no tienes de qué temer; tus hermanas sí, y quiero que parezcan aquí todas, sin que me falte ninguna’. Y dicho esto aparecieron allí vuestras figuras, de suerte que yo os conocí a todas; y Nuestra Señora no quiso hablar a ninguna, sino a mí, su indigna sierva, diciendo: ‘Dime, hija, los agravios que te han hecho tus hermanas, y las quejas que dellas tienes’. Yo respondí escusándolas a todas: ‘Señora, ni agravio, ni queja tengo de alguna dellas, ni aun —según pienso— razón de poderla tener’. Entonces mandó la soberana Señora que se apartasen todas, y viniesen cada una de por sí, y decía: ‘¿Tienes queja desta?’. Yo respondí: ‘Ninguna tengo, por cierto’ ''[285]''. Y desta manera las fue llamando a todas, y como yo no acusaba a ninguna, dijo Nuestra Señora: ‘Bien haces en dejar a Dios el juicio y la venganza de tus agravios, que Él volverá por ti y te hará muchas mercedes, y yo rogaré te las haga, que eres llave de mi casa, que te la dio Dios. Y bien saben tus hermanas la caída de Inés, a quien yo me aparecí, y para repararla, y la santidad y honra de mis aparecimientos, te pedí a mi santísimo Hijo’. Y dicho [52v] esto, dije yo: ‘Suplico a vuestra Majestad bendiga a estas mis hermanas, y las hable, pues las tiene aquí’. Mas respondióme la soberana Señora que no se hacían a todos estos favores. Y después mandó a mi santo Ángel que me volviese a mis sentidos. Y así no vi por entonces la venida y adoración de los Reyes, que esperaba”.
Todos los años, desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los Ángeles, los primeros nueve días de marzo, en los cuales se apareció la Santísima Virgen —como queda dicho—. Y cada año en estos nueve días, a la hora de maitines, vía santa Juana una solenísima procesión en que venía la Madre de Dios, con muchos ángeles y santos, y las almas de muchas monjas de aquella casa, y de otras personas difuntas que estaban en la bienaventuranza y habían sido devotas del santo aparecimiento, y también las que estaban en Purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta ''[286]''. Y antes de entrar en el convento, daba una vuelta alrededor de él, echando su bendición a los campos, media legua en contorno del monasterio ''[287]''. Y entrando luego en él, iba derecha [53r] al dormitorio, donde estaban las monjas recogidas, unas en oración y otras durmiendo. Y a todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y amor, y hablaba con sus ángeles custodios, y ellos le representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían aparejado para celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y decía Nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas. Las vuestras tengo en depósito y están guardadas en mi poder”. Otras veces mandaba a sus ángeles custodios, que les pusiesen guirnalas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo vían, ni entendían ''[288]''. Y algunas veces las reprehendía con palabras dulcísimas, y desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial, y asistía a los maitines. Y la bienaventurada santa Juana, en espíritu, se hallaba presente a todo, y andaba la procesión. Y a la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón, y veía con los ojos corporales a la Reina del Cielo con aquella santa procesión que asistía a la misa y bendecía a las gentes que habían venido a celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y cuando se volvían a sus [53v] casas, también les daba la bendición. Y a este punto se solía elevar santa Juana, y cuando volvía en sí, la rogaban las monjas dijese lo que había visto. Y ella, con mucha humildad, contando lo que se ha dicho, les decía que ''[289]'': “fuesen muy devotas deste aparecimiento de Nuestra Señora, porque a su instancia tenía Dios otorgados en esta iglesia tantos perdones como había flores, hojas y yerbas nacidas sobre la tierra, media legua en contorno del lugar donde la santísima Virgen se apareció, según que la clementísima Señora me lo ha revelado por su misericordia, y que tiene Nuestro Señor concedido a los que visitaren esta santa casa los perdones que se ganan en la de Asís, estando verdaderamente contritos de sus pecados, aunque no estén confesados. Mas como estas cosas son secretas, y no están otorgadas por los sumos pontífices, no vienen a noticia de las gentes, y así pocos se aprovechan dellas, de que yo tengo harta pena, por lo que pierden las almas”. (''No espantará esto a quien supiere que se ganan en Roma cada día tres indulgencias plenarias y cuarenta mil años de perdón y ocho veces remisión de la tercera parte de los pecados, y en los días de Cuaresma las dichas indulgencias son dobladas'''' [290]'') ''[291]''.
[54r] Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, bendita por un obispo, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del santo aparecimiento; mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron otro rostro y cabeza, y pintándola de nuevo porque la santa la viese, se la llevaron a la celda, porque estaba muy enferma, y por su consuelo se la dejaron allí. Y el primer día se le apareció la Reina de los Ángeles junto a la imagen, y dijo: “Yo me contento della, y la quiero para mi morada” ''[292]''. Rogóla entonces santa Juana que pues tanto le aplacía se pusiese dentro della, para que mejor aceptase las oraciones que se la hiciesen. “No puede eso ser, hija mía —respondió la soberana Señora—, hasta que se consagre y bendiga, y se haga morada digna de mí”. Y la noche siguiente a la hora de maitines vio la bendita santa Juana a Cristo Nuestro Señor vestido de pontifical que bajaba del cielo con infinitos ángeles, santos y santas a consagrar esta imagen ''[293]''. Y antes de comenzar la bendición, mandó que viniesen los demonios a ver consagrar la imagen, porque temiesen viendo la virtud que Dios ponía en ella ''[294]'': los cua- [54v] les vinieron a mal de su grado, y estuvieron presentes a toda la bendición, la cual comenzó el Señor, cantando aquellas palabras: “''Ego “Ego sum, quisum”'''' ''''sum''”. Y prosiguió Su Divina Majestad, diciendo: “''Ecce'''' nov''''a ''''“Ecce nova facioomnia”'''' ''''omnia''” ''[295]''. Y, mirando la imagen y adornándola con muchas cruces, decía: “¿Quién te desprecia, Madre mía?”. Y después de muchas bendiciones, cantó su Majestad esta antífona: “''Hanc'''' ''''“Hanc quam'''' tu ''''despicis'''','''' ''''Manichae'''', mater mea ''''est'''', et de manu mea ''''fabricata''” ''fabricata” [296]''. Y los ángeles prosiguieron con su soberana harmonía, tocando sus instrumentos y cantando otras antífonas y psalmos. Y hecho esto, desapareció la visión, quedando la imagen consagrada por Nuestro Señor Jesucristo. Y las monjas, habiéndoles contado santa Juana la revelación, llevaron la santa imagen al coro, donde ahora la tienen con velas encendidas y solene procesión, cantándole el ''Te ''''Deum'''' ''''laudamus'''' [297]''.
Víspera de los apóstoles san Pedro y san Pablo, estando santa Juana juntamente con las otras religiosas en la casa de labor, con los ojos en la almohadilla y con la aguja en la mano —no elevada, ni fuera de sus sentidos, sino despierta y velando— vio con los ojos del cuerpo a Nuestro [55r] Señor Jesucristo y a los doce apóstoles, vestidos de blanco ''[298]''. Y aquí le declaró el Señor grandes misterios de la bienaventuranza y de los premios de la gloria. Y estuvo tan en sí la bendita virgen todo el tiempo que gozó desta soberana visión que nunca dejó la aguja de la mano, ni levantó los ojos de la almohadilla, procurando con esto que las otras monjas que estaban con ella no entendiesen los favores que Dios la hacía.