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Juana de la Cruz

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Capítulo IX
===Capítulo IX===
'''De los rosarios y cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de santa Juana'''
Para que se vean las maravillas de las obras de Dios y los medios que usa la Divina Majestad para llevar almas al Cielo, contaré la historia de las cuentas de la gloriosa santa Juana en la manera que está comprobada con treinta y un testigos jurados en dos informaciones hechas: la una entre religiosos, por comisión del reverendísimo padre fray Arcángel de Mesina, ministro general de nuestra sagrada Religión, y la otra entre hombres seglares, por comisión del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal de España y arzobispo de Toledo, con acuerdo de los señores de su Consejo, cuyos traslados auténticos están en el archivo del convento de la Cruz. (''Informaciones jurídicas que se hicieron acerca de la verdad ''''destas'''' cuentas el año de 1609'') ''[223]''. Para lo cual se advierta que, como Dios dispone todas las cosas suavemente y las ordena en número, peso y medida, hace estas en beneficio de los hombres por intercesión y méritos de sus siervos. Y como los de santa Juana eran tan grandes, y los favores que Dios la hacía tan manifiestos, las religio- [35v] sas de su convento, queriéndose valer de la intercesión de su santa madre, la rogaron alcanzase de Nuestro Señor, por medio del ángel de su guarda, bendijese sus rosarios y les concediese algunas indulgencias y gracias para ellas y para las ánimas de Purgatorio —porque en aquellos tiempos había poquísimas cuentas benditas—. La Santa, con su gran caridad, que no sabía negar cosa de cuantas por Dios la pedían, ofreció tratarlo con su ángel, y ponerle por intercesor ante la Divina Majestad. Y habiéndolo comunicado con él, y alcanzado de Dios lo que quería, dijo a las monjas, que para cierto día juntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen, porque el Señor por su bondad los quería bendecir, y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos ''[224]''. No lo dijo santa Juana a sordas, porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca cuantos rosarios, sartas y cuentas pudieron descubrir, y, para el día que la santa señaló, se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tantas diferencias dellas: unas de azabache, otras de palo, y otras de coral, etc. La Santa, cuando vio juntas tantas cuentas, las mandó poner en una ar- [36r] quilla —que yo he visto algunas veces—, y a una de las más ancianas del convento que la cerrase con llave, y la guardase consigo ''[225]''. Hecho esto, la santa se puso en oración, y viéndola arrobada las religiosas, creyeron que aquella la hora era en la que el Ángel habría subido a bendecir sus rosarios al Cielo. Llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave del arquilla, y abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar con llave, se fueron llenas de espiritual consuelo, aguardando el tesoro celestial de las indulgencias del Cielo que el Ángel les había de traer cuando tornase la santa de aquel rapto. Y como volviese de él sintieron en todo el convento tan grande fragrancia y suavidad de olor que, atraídas de él, vinieron a preguntar a la santa la causa de aquella novedad. “Presto —dijo—, hermanas, lo sabréis, y la merced que el Señor nos ha hecho. Vengan aquí todas, y en especial la que tiene la llave del arquita” ''[226]''. Y fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y visto vacía, tornándola a abrir ahora, la hallaron con los mismos rosarios que habían puesto en ella, porque el ángel que los llevó al Cielo los había bajado ben- [36v] ditos y puesto en la misma arquita. Y cuando ahora la abrió la monja que tenía la llave, creció mucho más el olor, de que las monjas quedaron consoladísimas y sumamente admiradas ''[''2''27227] [228]''. Y la santa dijo que aquella suavidad y lindo olor era de sus rosarios, que de las santísimas manos de nuestro Señor Jesucristo donde habían estado se les había pegado aquella fragrancia que tenían, y que no solo los había dado su bendición, sino concedido muchas gracias, indulgencias y virtudes, las cuales la santa las iba diciendo, y juntamente dando a cada religiosa sus rosarios. Y destos a unos llamaba “de los Agnus”, porque el Señor les había concedido las indulgencias y gracias que los sumos pontífices conceden a los agnusdeyes ''[229]''; otros llamaba “contra demonios”, por la virtud que Dios dispuso en aquellas cuentas para lanzar los demonios de los cuerpos de los endemoniados; otros contra las tentaciones y enfermedades, y otros contra otros peligros ''[230]''.
Con este tesoro del Cielo, que del de la iglesia concedió Nuestro Señor Jesucristo a su sierva santa Juana, quedaron consoladísimas las religiosas, y muy obligadas a su santa madre, por la misericordia que por su intercesión [37r] habían recebido. Y con muy gran devoción comenzaron a ganar las gracias e indulgencias de aquellos santos rosarios. Mas por gozar cada cual más copiosamente de aquel bien, quisiera cada una dellas participar de las indulgencias que las otras tenían en sus cuentas, y así rogaron a la santa abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias, virtudes e indulgencias que había repartido Su Divina Majestad entre todos los rosarios, las concediese generalmente todas a cada una de sus cuentas, porque mejor participasen de sus misericordias. La sierva del Señor se lo suplicó, y Su Divina Majestad se lo otorgó, con condición que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los sumos pontífices concediesen: privilegio tan pocas veces concedido que no se lee de otras indulgencias semejantes que, a instancia de algún santo, haya Nuestro Señor concedido inmediatamente por su boca, salvo la indulgencia de Porciúncula que Su Divina Majestad concedió a nuestro padre san Francisco. Y en la una y en la otra confirmando siempre el poder que ha dado a sus vicarios, los sumos pontífices, para conceder indulgencias, pues habiendo concedido la de Porciúncula a nuestro padre [37v] san Francisco ''[231]'', le envió al Papa para que se la confirmase, y a santa Juana concede las indulgencias de sus cuentas con condición que no desprecien por ellas las que los Papas conceden ''[232]''. Y si no le mandó Nuestro Señor que fuese por la confirmación a Roma, como a nuestro padre san Francisco, sería por ser mujer encerrada y recogida, con voto de perpetua clausura.

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