Diferencia entre revisiones de «Juana de la Cruz»

mSin resumen de edición
 
(No se muestran 42 ediciones intermedias de la misma usuaria)
Línea 12: Línea 12:
[[Category:Lucas_de_Yanguas]]
[[Category:Lucas_de_Yanguas]]
[[Category:Luca_Waddingo]]
[[Category:Luca_Waddingo]]
[[Archivo:Santa_Juana_de_la_Cruz-devota_de_la_Santa_Cruz-sombras-M_catalogo.jpg|derecha|Juana de la Cruz|link=]]
[[Archivo:Santa_Juana_de_la_Cruz-devota_de_la_Santa_Cruz-sombras-M_catalogo.jpg|derecha|Juana de la Cruz|link=]]
{| class="wikitable"
{| class="wikitable"
Línea 38: Línea 37:


=Vida manuscrita (1)=
=Vida manuscrita (1)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-luengo-balbas/ María Luengo Balbás] y [http://visionarias.es/equipo/fructuoso-atencia/ Fructuoso Atencia Requena]; fecha de edición: abril de 2019; fecha de modificación: octubre de 2024.
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-luengo-balbas/ María Luengo Balbás] y [http://visionarias.es/equipo/fructuoso-atencia/ Fructuoso Atencia Requena]; fecha de edición: abril de 2019; fecha de modificación: agosto de 2026.


== Fuente ==
== Fuente ==
Línea 91: Línea 90:
Y el poderoso Dios le tornó a dezir con ynmensa charidad: “Por solo edificar vos, señora, la casa, y ser fundadora, quiero yo de mi propio grado y voluntad haçer mostrar grande graçia y maravilla, y más: le otorgaré y enfundaré tal graçia que no solamente se eleve y vea visiones angélicas y cosas çelestiales y maravillosas, mas aun que os vea a vos, madre mía, no una ni dos vezes, mas muchas, y aun a mí mesmo en la manera y forma que yo quisiere y fuere mi voluntad”.  
Y el poderoso Dios le tornó a dezir con ynmensa charidad: “Por solo edificar vos, señora, la casa, y ser fundadora, quiero yo de mi propio grado y voluntad haçer mostrar grande graçia y maravilla, y más: le otorgaré y enfundaré tal graçia que no solamente se eleve y vea visiones angélicas y cosas çelestiales y maravillosas, mas aun que os vea a vos, madre mía, no una ni dos vezes, mas muchas, y aun a mí mesmo en la manera y forma que yo quisiere y fuere mi voluntad”.  


Y como su Divina Magestad otorgó a su sancta madre la virtud que le mandava, y la bienabenturada Juana de la Cruz estava entonçes en el vientre de su madre enpezada a façer varón, tornola muger, como pudo y puede haçer como todopoderoso. Y no quiso su Divina Magestad deshazerle una nuez que tenía en la garganta, porque fuese testigo del milagro. Y quando la tornó muger aún [3r] no tenía spíritu de vida, y guardándola el poderoso Dios de los peligros que a otras criaturas les suelen acaezer en el vientre de sus madres, nasçió a luz en un lugar llamado Azaña de Sierra y Arçobispado de Toledo, de padres buenos y christianos, y virtuosos y limpios en las costumbres, y de gente de mediana manera. Tuvieron hijos muy nobles y bien acostumbrados, y algunos dellos fueron religiosos, de muy buena y aprovechada vida, entre los quales nasçió esta bienabenturada candela lumbrosa en el año de la Sancta Encarnación de mil y quatrozientos y ochenta y vn año, y pusiéronle nombre de Juana. Fue dotada de mucha graçia y hermosura corporal. Criola su madre a sus pechos, porque en nasçiendo tomó con ella mucho amor. Hera muy graçiosa y mansa, y deçía su madre que no tan solamente no padeçía pena ni travajo en crialla, mas consolaçión y alegría espiritual sentía en sí mesma todas las veçes la tomava en sus brazos, aunque ella estuviese muy triste e angustiada. Y esta bienabenturada, desde las tetas de su madre, tuvo arrobamientos, que muchas vezes la hallava su madre elevada en la cama y en cuna, de lo qual se angustiava mucho su madre pensando que hera dolençia, pues perdía el comer y tomar su refeçión corporal de niñez. En una vez estuvo tres días que no volvió en sí, salvo que tenía pursos y estava caliente. Y su madre, muy angustiada, supplicó muy afincadamente a Nuestra Señora la Virgen María le resucitase a su hija, y que ella le prometía de llevalla con su peso de [fol. 3v] çera a velar una noche a Santa María de la Cruz, que está cave Cubas. Y tornando esta bienaventurada en sus sentidos, consolose mucho su madre, pensando que cobrava salud corporal. Y assí creçía en grandes graçias espirituales y dones de Dios, aunque por entonçes no hera conoçido de sus padres.  
Y como su Divina Magestad otorgó a su sancta madre la virtud que le mandava, y la bienabenturada Juana de la Cruz estava entonçes en el vientre de su madre enpezada a façer varón, tornola muger, como pudo y puede haçer como todopoderoso. Y no quiso su Divina Magestad deshazerle una nuez que tenía en la garganta, por que fuese testigo del milagro. Y quando la tornó muger aún [3r] no tenía spíritu de vida, y guardándola el poderoso Dios de los peligros que a otras criaturas les suelen acaezer en el vientre de sus madres, nasçió a luz en un lugar llamado Azaña de Sierra y Arçobispado de Toledo, de padres buenos y christianos, y virtuosos y limpios en las costumbres, y de gente de mediana manera. Tuvieron hijos muy nobles y bien acostumbrados, y algunos dellos fueron religiosos, de muy buena y aprovechada vida, entre los quales nasçió esta bienabenturada candela lumbrosa en el año de la Sancta Encarnación de mil y quatrozientos y ochenta y vn año, y pusiéronle nombre de Juana. Fue dotada de mucha graçia y hermosura corporal. Criola su madre a sus pechos, porque en nasçiendo tomó con ella mucho amor. Hera muy graçiosa y mansa, y deçía su madre que no tan solamente no padeçía pena ni travajo en crialla, mas consolaçión y alegría espiritual sentía en sí mesma todas las veçes la tomava en sus brazos, aunque ella estuviese muy triste e angustiada. Y esta bienabenturada, desde las tetas de su madre, tuvo arrobamientos, que muchas vezes la hallava su madre elevada en la cama y en cuna, de lo qual se angustiava mucho su madre pensando que hera dolençia, pues perdía el comer y tomar su refeçión corporal de niñez. En una vez estuvo tres días que no volvió en sí, salvo que tenía pursos y estava caliente. Y su madre, muy angustiada, supplicó muy afincadamente a Nuestra Señora la Virgen María le resucitase a su hija, y que ella le prometía de llevalla con su peso de [fol. 3v] çera a velar una noche a Santa María de la Cruz, que está cave Cubas. Y tornando esta bienaventurada en sus sentidos, consolose mucho su madre, pensando que cobrava salud corporal. Y assí creçía en grandes graçias espirituales y dones de Dios, aunque por entonçes no hera conoçido de sus padres.  


Siendo esta bienaventurada de dos años, poco menos, hizo Nuestro Señor con ella un milagro por ynterçesión del señor sant Bartolomé, que estava muy enferma de manera que no podía mamar ni pasar ninguna cosa, y con mucha angustia y devoçión lleváronla a una yglesia del señor sant Bartolomé, que está en otro lugar que se dize Añover, en la qual haze muchos milagros. Y estava esta bienabenturada tan doliente y desbilitada que pareçía que se quería finar cumplida la vela, la qual hiço su madre. Y su madre enseñava a la niña que pusiese las manos y que mirase a sant Bartolomé, que estava en el altar, por que le diese salud. Y la niña, súpitamente, se rió, mirando la ymagen. Y preguntada de qué se havía reýdo o qué havía visto, no respondió ninguna cosa, salvo que luego pidió de comer por señas, y mamó. Y dende adelante tuvo perfeta salud con su niñez y juventud. Y andando algún tiempo, ya que hera más creçida, dezía esta bienabenturada que havía visto al señor sant Bartholomé, y la havía abrazado y besado, y le havía dicho: “Niña, acuérdate de mí, que yo me acordaré de ti”, y la havía sanado y vuelto la color, la qual tenía quitada de la dolençia.  
Siendo esta bienaventurada de dos años, poco menos, hizo Nuestro Señor con ella un milagro por ynterçesión del señor sant Bartolomé, que estava muy enferma de manera que no podía mamar ni pasar ninguna cosa, y con mucha angustia y devoçión lleváronla a una yglesia del señor sant Bartolomé, que está en otro lugar que se dize Añover, en la qual haze muchos milagros. Y estava esta bienabenturada tan doliente y desbilitada que pareçía que se quería finar cumplida la vela, la qual hiço su madre. Y su madre enseñava a la niña que pusiese las manos y que mirase a sant Bartolomé, que estava en el altar, por que le diese salud. Y la niña, súpitamente, se rió, mirando la ymagen. Y preguntada de qué se havía reýdo o qué havía visto, no respondió ninguna cosa, salvo que luego pidió de comer por señas, y mamó. Y dende adelante tuvo perfeta salud con su niñez y juventud. Y andando algún tiempo, ya que hera más creçida, dezía esta bienabenturada que havía visto al señor sant Bartholomé, y la havía abrazado y besado, y le havía dicho: “Niña, acuérdate de mí, que yo me acordaré de ti”, y la havía sanado y vuelto la color, la qual tenía quitada de la dolençia.  
Línea 97: Línea 96:
Y aquesta sancta bendicta hera de hedad de quatro años; como tuviese tan claro entendimiento y perfecto conoçimiento de Dios, aunque niña de tan poca hedad, siempre andava su pensamiento con ocupaçiones çelestiales y en hazer nuevos serviçios con su desseo y pensamiento a su muy dulçe esposo y amado [fol. 4r] Jesuchristo, Nuestro Señor. Nunca la vían jamás jugar en cosa de banidades, ni desaprovechada, ni hablar palabras banas como otros niños hazen; de manera que sus padres y parientes, y personas que la conoçían, se maravillavan mucho de las grandes virtudes que en ella vían resplandezer, y pensavan haver nasçido sanctificada, pues siendo tan niña vían en ella graçias tan singulares.  
Y aquesta sancta bendicta hera de hedad de quatro años; como tuviese tan claro entendimiento y perfecto conoçimiento de Dios, aunque niña de tan poca hedad, siempre andava su pensamiento con ocupaçiones çelestiales y en hazer nuevos serviçios con su desseo y pensamiento a su muy dulçe esposo y amado [fol. 4r] Jesuchristo, Nuestro Señor. Nunca la vían jamás jugar en cosa de banidades, ni desaprovechada, ni hablar palabras banas como otros niños hazen; de manera que sus padres y parientes, y personas que la conoçían, se maravillavan mucho de las grandes virtudes que en ella vían resplandezer, y pensavan haver nasçido sanctificada, pues siendo tan niña vían en ella graçias tan singulares.  


Siendo en tiempo de agosto, quando cogen el pan, y esta bienabenturada siendo de tan tierna edad, embiola su madre a las heras, porque se holgase ençima de una bestia, y un mochacho con ella que la llevase. Y el mochacho fuese por otra parte, dexola sola. Yba por una calle por la qual havían llevado el Sanctíssimo Sacramento a un enfermo, y ella acordose de esto: pensó: “Por aquí llevan a mi Señor Jesuchristo”. Y pensando en esto, arrovose, y cayó de la bestia en que yba. Y el cura de aquel lugar açertó a pasar por allí, y vidola caýda en el suelo como muerta, y sola. Y él, pensando de la caýda se havía amorteçido, tomola en brazos, y llevola a casa de su agüela. Y ansí como ella fue privada de sus sentidos, fue arrovada, e se vio yncontinente en un hermoso prado lleno de diversidad de berduras e flores muy hermosas, y frescas y olorosas, y fue puesta a par de un claríssimo e grande río que en aquel deleytoso prado estava. Y estando ella allí mirando, vido muchedumbre de árboles muy floridos e con frutos, e llenos de diversidad de muy hermosas aves, las quales cantavan muy dulçemente. Y también vido otra muchedumbre de niños muy hermosos, los quales cantavan a consonante, y respondíanles las aves. Y este tan dulçe canto dixo hera en otra lengua, que ella no la podía entender, salvo que la armonía hera muy dulçe y deleytosa de oýr. E allende de esto, vido allí, en aquel prado, otra muy hermosa suerte de mugeres muy apuestas [fol. 4v] e adornadas. E unas le pareçían como dueñas e otras como donzellas, e unas muy más lindas y hermosas que otras, que pareçían muy grandes señoras, e otras no tanto, como quier que toda hera gente muy benerable y luzida. Y también vido allí una grande señora, como emperatriz y señora de toda aquella suerte, y el resplandor y hermosura della hera sin comparaçión. E los niños que allí estavan cantando, hablavan a esta bienaventurada Juana de la Cruz, que todas estas cosas estava mirando, e le dezían: “Anda acá, niña, ¿qué hazes aý, por qué no vas a hazer reverençia e humiliaçión a aquella gran señora, que es la Madre de Dios e señora de todos, e a quien todas las personas deven servir e reverençiar?”.
Siendo en tiempo de agosto, quando cogen el pan, y esta bienabenturada siendo de tan tierna edad, embiola su madre a las heras, por que se holgase ençima de una bestia, y un mochacho con ella que la llevase. Y el mochacho fuese por otra parte, dexola sola. Yba por una calle por la qual havían llevado el Sanctíssimo Sacramento a un enfermo, y ella acordose de esto: pensó: “Por aquí llevan a mi Señor Jesuchristo”. Y pensando en esto, arrovose, y cayó de la bestia en que yba. Y el cura de aquel lugar açertó a pasar por allí, y vídola caýda en el suelo como muerta, y sola. Y él, pensando de la caýda se havía amorteçido, tomola en brazos, y llevola a casa de su agüela. Y ansí como ella fue privada de sus sentidos, fue arrovada, e se vio yncontinente en un hermoso prado lleno de diversidad de berduras e flores muy hermosas, y frescas y olorosas, y fue puesta a par de un claríssimo e grande río que en aquel deleytoso prado estava. Y estando ella allí mirando, vido muchedumbre de árboles muy floridos e con frutos, e llenos de diversidad de muy hermosas aves, las quales cantavan muy dulçemente. Y también vido otra muchedumbre de niños muy hermosos, los quales cantavan a consonante, y respondíanles las aves. Y este tan dulçe canto dixo hera en otra lengua, que ella no la podía entender, salvo que la armonía hera muy dulçe y deleytosa de oýr. E allende de esto, vido allí, en aquel prado, otra muy hermosa suerte de mugeres muy apuestas [fol. 4v] e adornadas. E unas le pareçían como dueñas e otras como donzellas, e unas muy más lindas y hermosas que otras, que pareçían muy grandes señoras, e otras no tanto, como quier que toda hera gente muy benerable y luzida. Y también vido allí una grande señora, como emperatriz y señora de toda aquella suerte, y el resplandor y hermosura della hera sin comparaçión. E los niños que allí estavan cantando, hablavan a esta bienaventurada Juana de la Cruz, que todas estas cosas estava mirando, e le dezían: “Anda acá, niña, ¿qué hazes aý, por qué no vas a hazer reverençia e humiliaçión a aquella gran señora, que es la Madre de Dios e señora de todos, e a quien todas las personas deven servir e reverençiar?”.


Y esta bienaventurada le respondió: “Yo no sé cómo tengo de haçer, mas rezarle he el Ave María”. E luego yncó las rodillas, e puso sus manos, y saludó a la Reyna de los Çielos con la salutaçión angelical. Y estando ansí, a desora vido aparçer ý un muy hermoso manzebo (que entonçes, como hera niña, no supo dezir que hera ángel), sino un muy lindo donzel, el qual según ella, después adelante, vido e conoçió en sus revelaçiones. Hera el sancto ángel su guardador, el qual entonçes le habló e dixo: “¿Quien te trujo acá, de dónde heres?”. Ella, como niña, le respondió: “De mi casa soy”. Y él le dixo: “¿Adónde es tu casa?”. Él [¿''sic''?] le respondió: “En casa de mi padre”. Y el sancto ángel le dixo: “¿Pues cómo veniste aquí?”. Ella le respondió: “Embiome mi madre a las heras con un muchacho, y no hallo las heras ni la borrica. Llévame vos, señor, en casa de mi madre”. Y el sancto ángel le respondió: “No estás en casa de tu madre, sino en casa de tu agüela”. Y ella le dixo: “Pues llévame en casa de mi agüela”. Y él le dixo: “Plázeme”. Y la causa porque el sancto ángel le dezía que no estava en casa de su madre hera porque la havía llevado el clérigo, quando se arrovó, en casa de su agüela, madre de su madre. Y acabó de dezir çiertas oraciones.  
Y esta bienaventurada le respondió: “Yo no sé cómo tengo de haçer, mas rezarle he el Ave María”. E luego yncó las rodillas, e puso sus manos, y saludó a la Reyna de los Çielos con la salutaçión angelical. Y estando ansí, a desora vido aparçer ý un muy hermoso manzebo (que entonçes, como hera niña, no supo dezir que hera ángel), sino un muy lindo donzel, el qual según ella, después adelante, vido e conoçió en sus revelaçiones. Hera el sancto ángel su guardador, el qual entonçes le habló e dixo: “¿Quien te trujo acá, de dónde heres?”. Ella, como niña, le respondió: “De mi casa soy”. Y él le dixo: “¿Adónde es tu casa?”. Él [¿''sic''?] le respondió: “En casa de mi padre”. Y el sancto ángel le dixo: “¿Pues cómo veniste aquí?”. Ella le respondió: “Embiome mi madre a las heras con un muchacho, y no hallo las heras ni la borrica. Llévame vos, señor, en casa de mi madre”. Y el sancto ángel le respondió: “No estás en casa de tu madre, sino en casa de tu agüela”. Y ella le dixo: “Pues llévame en casa de mi agüela”. Y él le dixo: “Plázeme”. Y la causa por que el sancto ángel le dezía que no estava en casa de su madre hera porque la havía llevado el clérigo, quando se arrovó, en casa de su agüela, madre de su madre. Y acabó de dezir çiertas oraciones.  


Tornando [fol. 5r] en sus sentidos, hallándose hechada en una cama, maravillose de verse en casa de su agüela, y empezó como niña a contar las cosas que havía visto a su agüela. Y oyéndola ella, riñola y reprendiola, y amenazándola mucho, porque dezía tales cosas, que no hera sino como havía caýdo de la borrica. Y la bienaventurada tornava a dezir, con juramento de ynoçençia, que hera todo verdad lo que havía dicho, y relatava cada una de las cosas en la manera que lo havía visto. E tornando la prudente agüela a dezille que callase, calló por entonzes.  
Tornando [fol. 5r] en sus sentidos, hallándose hechada en una cama, maravillose de verse en casa de su agüela, y empezó como niña a contar las cosas que havía visto a su agüela. Y oyéndola ella, riñola y reprendiola, y amenazándola mucho, porque dezía tales cosas, que no hera sino como havía caýdo de la borrica. Y la bienaventurada tornava a dezir, con juramento de ynoçençia, que hera todo verdad lo que havía dicho, y relatava cada una de las cosas en la manera que lo havía visto. E tornando la prudente agüela a dezille que callase, calló por entonzes.  
Línea 114: Línea 113:
Y la tía desta bienaventurada hera muy sancta y muy amada de Dios, el qual le mostrava muchas revelaçiones. Y le mostró y reveló que su sobrina havía de ser muy gran criatura y de muy singulares graçias y dones spirituales. Y contando esta revelaçión a la priora de su monasterio, fue por ella con grande aýnco, procurada y deseada para su orden y monasterio, y con mucha diligençia y ruego la pedía a su padre y parientes se la diesen para monja. Y como todos la amavan mucho no conçedieron el ruego de la priora. Y viendo la priora y monjas que no la podían alcançar por aquella manera, travajavan de hazella hurtar, y tanpoco pudieron. Y en todo este tiempo no cesavan de suplicar a Nuestro Señor, su Divina Magestad, permitiese de traer a su orden aquel tan preçioso thesoro y criatura tan sancta. Y nunca la pudieron alcançar, por quanto no la havía criado Dios para ellas, sino para el reparo de la casa de la Reyna de los Çielos, por cuyos ruegos fue criada.
Y la tía desta bienaventurada hera muy sancta y muy amada de Dios, el qual le mostrava muchas revelaçiones. Y le mostró y reveló que su sobrina havía de ser muy gran criatura y de muy singulares graçias y dones spirituales. Y contando esta revelaçión a la priora de su monasterio, fue por ella con grande aýnco, procurada y deseada para su orden y monasterio, y con mucha diligençia y ruego la pedía a su padre y parientes se la diesen para monja. Y como todos la amavan mucho no conçedieron el ruego de la priora. Y viendo la priora y monjas que no la podían alcançar por aquella manera, travajavan de hazella hurtar, y tanpoco pudieron. Y en todo este tiempo no cesavan de suplicar a Nuestro Señor, su Divina Magestad, permitiese de traer a su orden aquel tan preçioso thesoro y criatura tan sancta. Y nunca la pudieron alcançar, por quanto no la havía criado Dios para ellas, sino para el reparo de la casa de la Reyna de los Çielos, por cuyos ruegos fue criada.


Y estando esta bienaventurada en la yglesia oyendo missa con muy gran devoçión y atençión un día de la purificaçión de Nuestra Señora, con una candela ençendida en la mano, al tiempo quel preste quería alzar el Sanctíssimo [fol. 6v] Sacramento, acatándole a ella con mucho fervor para le adorar, vido la hostia en su mismo tamaño y redondez muy clara, buelta como a manera de una redoma de bidro muy hermosa e clara, e dentro della, fecho el bulto del cuerpo de nuestro Señor Jesuchristo en carne viva. Y parezíale a ella que en la mesma redondez de la hostia estavan unas como asas muy delicadas y resplandeçientes, de las quales asas o figuras dellas le pareçían los sanctos ángeles tenían asida la sancta hostia por tres partes, de arriva y de los lados. Y esto vido ella espaçio de quando el saçerdote alçó el Sanctíssimo Sacramento, y de la qual visión tan gloriosa fue muy alegre y conso[la]da; la qual revelaçión no tenía ella por entonçes por cosa muy grande, pensando que todas las personas veýan e goçavan lo mesmo. Y este pensamiento, que todos veýan esta mutaçión del Sanctíssimo Sacramento después de ser consagrado, le duró hasta vino a la sancta religión. Pero Nuestro Señor Dios truxo tiempo en que esta bendita criatura conosçió cómo no hera visto de todos el Sanctíssimo Sacramento como ella le vía y goçava.  
Y estando esta bienaventurada en la yglesia oyendo missa con muy gran devoçión y atençión un día de la Purificaçión de Nuestra Señora, con una candela ençendida en la mano, al tiempo quel preste quería alzar el Sanctíssimo [fol. 6v] Sacramento, acatándole a ella con mucho fervor para le adorar, vido la hostia en su mismo tamaño y redondez muy clara, buelta como a manera de una redoma de bidro muy hermosa e clara, e dentro della, fecho el bulto del cuerpo de nuestro Señor Jesuchristo en carne viva. Y parezíale a ella que en la mesma redondez de la hostia estavan unas como asas muy delicadas y resplandeçientes, de las quales asas o figuras dellas le pareçían los sanctos ángeles tenían asida la sancta hostia por tres partes, de arriva y de los lados. Y esto vido ella espaçio de quando el saçerdote alçó el Sanctíssimo Sacramento, y de la qual visión tan gloriosa fue muy alegre y conso[la]da; la qual revelaçión no tenía ella por entonçes por cosa muy grande, pensando que todas las personas veýan e goçavan lo mesmo. Y este pensamiento, que todos veýan esta mutaçión del Sanctíssimo Sacramento después de ser consagrado, le duró hasta vino a la sancta religión. Pero Nuestro Señor Dios truxo tiempo en que esta bendita criatura conosçió cómo no hera visto de todos el Sanctíssimo Sacramento como ella le vía y goçava.  


Fue llevada esta bienaventurada a casa de un tío suyo, muy prinçipal persona e muy abastado de bienes de este mundo, el qual lo alcanzó con muchos ruegos de su padre. E la amava en tanta manera, y su muger, que también hera su tía, como si verdaderamente fuera su hija, y así le dieron el mando en su casa y bienes. Y ella les hera muy obediente y a sus personas muy piadosa. Hera muy honesta en todas sus obras, y muy caritativa para los servidores de casa y personas que en ella travajavan; cuydadosa y diligente en los travajos corporales y muy administradora en las casa de Dios, e dadora de buenos consejos. Hera muy humilde, e tenía la voluntad muy aparejada para hazer penitençia, y lo tomava sobre sí con mucha alegría, por amor de Dios. Y assí lo ponía por obra, que en sus ayunos fue muy abstinente, que su comer hera pan e agua y no comía más de una [fol. 7r] vez al día, y desto no todo lo que havía menester; y no solamente ayunava con solo pan y agua, mas se estava dos o tres días sin comer ni beber ninguna cosa, y esto hazía ella muy ordinario y muy secreto. Todas las vezes que ella se podía desocupar para reçar y contemplar, lo hazía: oraçión muy fervorosa bañada en lágrimas, salidas de su coraçón y lloradas con compasión de la Passión de Nuestro Señor Jesuchristo, que hecha de otra manera la oracçión la tenía por yndigna de ser resçivida delante del acatamiento divino.  
Fue llevada esta bienaventurada a casa de un tío suyo, muy prinçipal persona e muy abastado de bienes de este mundo, el qual lo alcanzó con muchos ruegos de su padre. E la amava en tanta manera, y su muger, que también hera su tía, como si verdaderamente fuera su hija, y así le dieron el mando en su casa y bienes. Y ella les hera muy obediente y a sus personas muy piadosa. Hera muy honesta en todas sus obras, y muy caritativa para los servidores de casa y personas que en ella travajavan; cuydadosa y diligente en los travajos corporales y muy administradora en las casa de Dios, e dadora de buenos consejos. Hera muy humilde, e tenía la voluntad muy aparejada para hazer penitençia, y lo tomava sobre sí con mucha alegría, por amor de Dios. Y assí lo ponía por obra, que en sus ayunos fue muy abstinente, que su comer hera pan e agua y no comía más de una [fol. 7r] vez al día, y desto no todo lo que havía menester; y no solamente ayunava con solo pan y agua, mas se estava dos o tres días sin comer ni beber ninguna cosa, y esto hazía ella muy ordinario y muy secreto. Todas las vezes que ella se podía desocupar para reçar y contemplar, lo hazía: oraçión muy fervorosa bañada en lágrimas, salidas de su coraçón y lloradas con compasión de la Passión de Nuestro Señor Jesuchristo, que hecha de otra manera la oracçión la tenía por yndigna de ser resçivida delante del acatamiento divino.  
Línea 122: Línea 121:
Hazía siempre muy ásperas disçiplinas, dándose con muy gruesos cordeles dados en ellos muy grandes [¿nudos?]. Dávase con estos tan cruel y despiadadamente hasta que le salía sangre y se hazía muy lastimossos cardenales y heridas. Tenía tan gran silençio que nunca hablava palabra oçiosa que fuese fuera de Dios o la neçessidad no la pudiese escusar. Andando por casa, o haziendo labor de manos, se dava secretamente en los mureçillos de los brazos y en qualquier parte de su cuerpo que ella podía muy reçios pellizcos, y quando havía de hazer algún travajo al fuego o orno, se destocava y se arremangava mucho los brazos para hazer penitençia e quemar sus carnes e offreçerlas a Dios en sacrifiçio. Y el día que alguna de estas cosas no hazía, no se tenía por [fol. 7v] digna de comer el pan ni de ollar la tierra que Dios havía criado.  
Hazía siempre muy ásperas disçiplinas, dándose con muy gruesos cordeles dados en ellos muy grandes [¿nudos?]. Dávase con estos tan cruel y despiadadamente hasta que le salía sangre y se hazía muy lastimossos cardenales y heridas. Tenía tan gran silençio que nunca hablava palabra oçiosa que fuese fuera de Dios o la neçessidad no la pudiese escusar. Andando por casa, o haziendo labor de manos, se dava secretamente en los mureçillos de los brazos y en qualquier parte de su cuerpo que ella podía muy reçios pellizcos, y quando havía de hazer algún travajo al fuego o orno, se destocava y se arremangava mucho los brazos para hazer penitençia e quemar sus carnes e offreçerlas a Dios en sacrifiçio. Y el día que alguna de estas cosas no hazía, no se tenía por [fol. 7v] digna de comer el pan ni de ollar la tierra que Dios havía criado.  


Y como ella le tenía siempre en su memoria y coraçón, su Divina Magestad le mostrava las revelaçiones que Él hera servido, ansí de mostrársele a ssí mismo como a sus sanctos ángeles, que los veýa esta bienaventurada muchas vezes. Y en espeçial cada vez que estava en un palaçio veýa en un margen que estava puesta de un paramento delante della dos serafines muy hermosos y resplandesçientes, y entre medias de los dos seraphines estava una fuente muy hermosa y muy clara, con caños muy luçidos y corrientes de agua. Y los seraphines tenía cada uno una xarra de oro en la mano, y enchíanlas de agua de la agua de la fuente, y a deshora las baçiavan. Y no veýa ella dónde, porque no se derramava ni pareçía en ningún lugar visible. Y esto hazían los seraphines muchas vezes de llenar las xarras en la fuente y tornarlas a baçiar; la qual fuente, le dixo della su sancto ángel andando el tiempo, hera divina y, el agua, la graçia muy abundosa del Spíritu Sancto, la qual aquellos dos seraphines en figura y persona de Dios derramavan sobre ella y la infundían en su ánima. Aunque oculto por entonçes a sus ojos corporales, dezía esta bienaventurada que hera tan grande la consolaçión que sentía quando lo veýa, que en ninguna manera quisiera de allí ser apartada. Y assí hera, que ella entrava allí muy a menudo y se estava por largos ratos, en tanta manera que hera por ello muchas vezes reprehendida ásperamente. Pero sufríalo con humildad, y no ser por eso dexava de entrar todas las vezes que ella podía, y quando entrava la miravan los sanctos seraphines y se reýan y gozavan con ella, aunque no la hablavan.  
Y como ella le tenía siempre en su memoria y coraçón, su Divina Magestad le mostrava las revelaçiones que Él hera servido, ansí de mostrársele a ssí mismo como a sus sanctos ángeles, que los veýa esta bienaventurada muchas vezes. Y en espeçial cada vez que estava en un palaçio veýa en un margen que estava puesta de un paramento delante della dos serafines muy hermosos y resplandesçientes, y entre medias de los dos seraphines estava una fuente muy hermosa y muy clara, con caños muy luçidos y corrientes de agua. Y los seraphines tenía cada uno una xarra de oro en la mano, y enchíanlas de agua de la agua de la fuente, y a deshora las baçiavan. Y no veýa ella dónde, porque no se derramava ni pareçía en ningún lugar visible. Y esto hazían los seraphines muchas vezes de llenar las xarras en la fuente y tornarlas a baçiar; la qual fuente, le dixo della su sancto ángel andando el tiempo, hera divina, y el agua, la graçia muy abundosa del Spíritu Sancto, la qual aquellos dos seraphines en figura y persona de Dios derramavan sobre ella y la infundían en su ánima. Aunque oculto por entonçes a sus ojos corporales, dezía esta bienaventurada que hera tan grande la consolaçión que sentía quando lo veýa, que en ninguna manera quisiera de allí ser apartada. Y assí hera, que ella entrava allí muy a menudo y se estava por largos ratos, en tanta manera que hera por ello muchas vezes reprehendida ásperamente. Pero sufríalo con humildad, y no ser por eso dexava de entrar todas las vezes que ella podía, y quando entrava la miravan los sanctos seraphines y se reýan y gozavan con ella, aunque no la hablavan.  


Y como ella hera tan amiga de la oraçión, y del silençio y recogimiento, buscava tiempos en que ella pudiese, sin estorvo, estar en prolongada oraçión. Y para esto pareçíale que el silençio y reposo de la noche hera tiempo muy convenible. Y quando hera la gente de la casa de su tía recogida y que todos dormían, quedávase ella [fol. 8r] rezando en la cámara donde durmía. Y de que veýa muerta la candela, en el tiempo de las noches frías y largas del himbierno, para hazer mayor penitençia −junto con la ferviente oraçión− desnudávase en carnes delante de unas ymágenes, quedándosele el siliçio muy áspero, que contino traýa. Y assí estava de ynojos en oraçión hasta que veýa que la gente, e unas o dos o tres criadas de casa con quien ella dormía, era ora que se levantasen. Entonçes, por no ser sentida, ýbase acostar. Y como ella hiçiese esto muchas vezes, aconteçió, quiriéndolo Dios porque fuese conoçida, sus compañeras lo sintieron y vieron cómo se yba acostar quando quería amaneçer; y sentían cómo yba muy fría, que solo el fríor de sus carnes las depertava. Y reprehendida muchas vezes dellas, porque no se acostava quando ellas se acostavan, que qué hazía, adónde estava o venía a tales horas, la bienaventurada les respondía con mucha prudençia que alguna neçessidad tenía de venir donde venía. Y como ella no çesase de proseguir en su buena obra y perfeta oraçión, acordó una de aquellas sus compañeras de dezillo a su señora, cómo su sobrina venía tan tarde a la cama, y muy fría, y que ellas no la havían sentido levantar ni visto antes acostar; la qual se angustió mucho quando esto le dixeron. Y mandó a aquella su criada que, con cuydado y en secreto, viese dónde se yba su sobrina aquellas oras, e qué haçía. Luego, la noche siguiente, la moza, viendo que no estava en la cama la bienaventurada, acordó de ponerse a la puerta de la cámara donde dormían con yntençión de çerrarla, pensando la bienaventurada havía salido fuera. Y con este pensamiento llegó a la puerta, y hallola çerrada, y maravillose mucho. Y como estavan ascuras no la veýa, que estava en oraçión delante de las ymágines, y púsose junto a la puerta por verla quando fuese a salir. Y estando allí por algún rato, oyola llorar y gemir. Y la moça, por çertificarse, quitose de la puerta, y fue donde ella estava en oraçión descuydada, que nadie la oýa ni aguardava. Y fue a asir della y sintió cómo estava de rodillas, y desnuda en carnes, y envuelta en áspero siliçio, de lo qual la bienaventurada resçivió gran tribulaçión por ser vista. Y la moza, más maravillada que se podía dezir, disimuló con ella [fol. 8v] por entonçes, y dixo a su señora quán bienaventurada persona hera su sobrina y en quán sanctos y provechosos actos la havía hallado, de manera que su buena vida y obra se divulgó y conoçió por todas las personas de la casa y aun por otras muchas personas, de lo qual ella resçivía muy gran pesar, [dos o tres palabras con tinta desvaída y manchón] pensamiento donde se podía apartar a haçer sus acostumbradas obras que [¿no?] fuese vista, y acordose de un palomar que estava tapiado y sin texado en un corralejo y corrales en aquella casa de su tía. Y tomó una Berónica en que ella tenía gran devoçión, y púsola en un gran pedaço de terçiopelo y, doblándola, traýala consigo. Y todas las vezes que ella podía yba a aquel palomar y ponía la Berónica que traýa en una parte; y con unas cadenas que ella tenía allá escondidas, dávase muy crueles azotes, hasta que le salía sangre de sus carnes, y andava de ynojos, desnudas las rodillas sobre las grigeras y cantos, hasta que se le ollavan. Y con muchas lágrimas y gemidos andava desta manera con la más priesa que podía, considerando que yba por los lugares sanctos y por donde havían llevado a cruçificar a Nuestro Señor Jesuchristo apasionado, como quando llevava la Cuz a cuestas, y que la mirava con sus ojos de misericordia.  
Y como ella hera tan amiga de la oraçión, y del silençio y recogimiento, buscava tiempos en que ella pudiese, sin estorvo, estar en prolongada oraçión. Y para esto pareçíale que el silençio y reposo de la noche hera tiempo muy convenible. Y quando hera la gente de la casa de su tía recogida y que todos dormían, quedávase ella [fol. 8r] rezando en la cámara donde durmía. Y de que veýa muerta la candela, en el tiempo de las noches frías y largas del himbierno, para hazer mayor penitençia −junto con la ferviente oraçión− desnudávase en carnes delante de unas ymágenes, quedándosele el siliçio muy áspero, que contino traýa. Y assí estava de ynojos en oraçión hasta que veýa que la gente, e unas o dos o tres criadas de casa con quien ella dormía, era ora que se levantasen. Entonçes, por no ser sentida, ýbase acostar. Y como ella hiçiese esto muchas vezes, aconteçió, quiriéndolo Dios por que fuese conoçida, sus compañeras lo sintieron y vieron cómo se yba acostar quando quería amaneçer; y sentían cómo yba muy fría, que solo el fríor de sus carnes las depertava. Y reprehendida muchas vezes dellas, porque no se acostava quando ellas se acostavan, que qué hazía, adónde estava o venía a tales horas, la bienaventurada les respondía con mucha prudençia que alguna neçessidad tenía de venir donde venía. Y como ella no çesase de proseguir en su buena obra y perfeta oraçión, acordó una de aquellas sus compañeras de dezillo a su señora, cómo su sobrina venía tan tarde a la cama, y muy fría, y que ellas no la havían sentido levantar ni visto antes acostar; la qual se angustió mucho quando esto le dixeron. Y mandó a aquella su criada que, con cuydado y en secreto, viese dónde se yba su sobrina aquellas oras, e qué haçía. Luego, la noche siguiente, la moza, viendo que no estava en la cama la bienaventurada, acordó de ponerse a la puerta de la cámara donde dormían con yntençión de çerrarla, pensando la bienaventurada havía salido fuera. Y con este pensamiento llegó a la puerta, y hallola çerrada, y maravillose mucho. Y como estavan ascuras no la veýa, que estava en oraçión delante de las ymágines, y púsose junto a la puerta por verla quando fuese a salir. Y estando allí por algún rato, oyola llorar y gemir. Y la moça, por çertificarse, quitose de la puerta, y fue donde ella estava en oraçión descuydada, que nadie la oýa ni aguardava. Y fue a asir della y sintió cómo estava de rodillas, y desnuda en carnes, y envuelta en áspero siliçio, de lo qual la bienaventurada resçivió gran tribulaçión por ser vista. Y la moza, más maravillada que se podía dezir, disimuló con ella [fol. 8v] por entonçes, y dixo a su señora quán bienaventurada persona hera su sobrina y en quán sanctos y provechosos actos la havía hallado, de manera que su buena vida y obra se divulgó y conoçió por todas las personas de la casa y aun por otras muchas personas, de lo qual ella resçivía muy gran pesar, y [¿?] su pensamiento, donde se podía apartar a haçer sus acostumbradas obras que [¿no?] fuese vista, y acordose de un palomar que estava tapiado y sin texado en un corralejo y corrales en aquella casa de su tía. Y tomó una Berónica en que ella tenía gran devoçión, y púsola en un gran pedaço de terçiopelo y, doblándola, traýala consigo. Y todas las vezes que ella podía yba a aquel palomar y ponía la Berónica que traýa en una parte; y con unas cadenas que ella tenía allá escondidas, dávase muy crueles azotes, hasta que le salía sangre de sus carnes, y andava de ynojos, desnudas las rodillas sobre las grigeras y cantos, hasta que se le ollavan. Y con muchas lágrimas y gemidos andava desta manera con la más priesa que podía, considerando que yba por los lugares sanctos y por donde havían llevado a cruçificar a Nuestro Señor Jesuchristo apasionado, como quando llevava la Cuz a cuestas, y que la mirava con sus ojos de misericordia.  


Un día de Viernes Sancto tenía esta bienaventurada gran desseo que la llevasen a la yglesia para ver el sancto monumento y adorar y reverençiar a Nuestro Señor Jesuchristo, que estava en él, y pidiolo a su tía. Y no conçediéndoselo, fuéronse todos a la yglesia, y quedó solo ella en casa, acompañada del dolor y compasión que aquel sancto día representava. Y con esta contemplaçión tan piadosa yncose de ynojos delante un cruçifixo con muchas lágrimas, compadeçiéndose de lo qu’en tal día su Dios y Señor havía padeçido. Y fue tanta el agua que de sus ojos manó que mojó la tierra, y del dolor que sentía en su coraçón cayó en el suelo como muerta. Y estando [fol. 9r] con esta compasión, a deshora vido a Nuestro Señor Jesuchristo, o la ymagen de sancto crucifixo muy apasionado y llagado, y pareçieron allí todas las ynsignias e misterios de la Passión, y las tres Marías, todas muy llorosas y cubiertas de luto. Y tantos fueron los misterios e autos de la Sancta Passión que allí vido y sintió, y lo mucho que lloró e se traspasó su coraçón, que quando ya çesó de ver esta revelaçión, la qual vido e oyó corporalmente estando ella en sus propios sentidos e no estando arrovada, quedó tal que pareçía muerta, e su gesto tan difunto e disgustado que quando sus tías y la gente de casa vinieron se maravillaron mucho de la ver tan demudada, y le preguntavan qué le havía acontesçido o qué sentía, que tan desmayada estava, y apremiáronla que comiese y no ayunase aquel día a pan y agua. Y la bienaventurada suplicoles no la quitasen su devoçión, que muy bien podía ayunar, que bien dispuesta se hallava.  
Un día de Viernes Sancto tenía esta bienaventurada gran desseo que la llevasen a la yglesia para ver el sancto monumento y adorar y reverençiar a Nuestro Señor Jesuchristo, que estava en él, y pidiolo a su tía. Y no conçediéndoselo, fuéronse todos a la yglesia, y quedó solo ella en casa, acompañada del dolor y compasión que aquel sancto día representava. Y con esta contemplaçión tan piadosa yncose de ynojos delante un cruçifixo con muchas lágrimas, compadeçiéndose de lo qu’en tal día su Dios y Señor havía padeçido. Y fue tanta el agua que de sus ojos manó que mojó la tierra, y del dolor que sentía en su coraçón cayó en el suelo como muerta. Y estando [fol. 9r] con esta compasión, a deshora vido a Nuestro Señor Jesuchristo, o la ymagen de sancto crucifixo muy apasionado y llagado, y pareçieron allí todas las ynsignias e misterios de la Passión, y las tres Marías, todas muy llorosas y cubiertas de luto. Y tantos fueron los misterios e autos de la Sancta Passión que allí vido y sintió, y lo mucho que lloró e se traspasó su coraçón, que quando ya çesó de ver esta revelaçión, la qual vido e oyó corporalmente estando ella en sus propios sentidos e no estando arrovada, quedó tal que pareçía muerta, e su gesto tan difunto e disgustado que quando sus tías y la gente de casa vinieron se maravillaron mucho de la ver tan demudada, y le preguntavan qué le havía acontesçido o qué sentía, que tan desmayada estava, y apremiáronla que comiese y no ayunase aquel día a pan y agua. Y la bienaventurada suplicoles no la quitasen su devoçión, que muy bien podía ayunar, que bien dispuesta se hallava.  
Línea 132: Línea 131:
La bienaventurada, sitiendo que no se podía encumbrir, dávale pena y congoja tres cosas: la una, no tener tiempo y livertad para servir a Dios como ella deseava; la segunda, que hera conoçida de todos la graçia que Dios ynfundía en su sancta ánima; la terçera, el gran desseo que tenía de la sancta religión, de manera que muy públicamente y con mucho fervor y lágrimas pedía de ser religiosa a sus padres y a sus tíos, los quales con mucho desabrimiento la deshechavan, y la menospreçiavan con palabras. Y en espeçial su tío, que la havía criado, le dixo como haziendo burla della: “Mi sobrina quiere ser monja por ser sancta”. La bienaventurada le respondió con mucha humildad: “Pues si lo fuere por la graçia de Dios, rogase por vuestra merçed”.  
La bienaventurada, sitiendo que no se podía encumbrir, dávale pena y congoja tres cosas: la una, no tener tiempo y livertad para servir a Dios como ella deseava; la segunda, que hera conoçida de todos la graçia que Dios ynfundía en su sancta ánima; la terçera, el gran desseo que tenía de la sancta religión, de manera que muy públicamente y con mucho fervor y lágrimas pedía de ser religiosa a sus padres y a sus tíos, los quales con mucho desabrimiento la deshechavan, y la menospreçiavan con palabras. Y en espeçial su tío, que la havía criado, le dixo como haziendo burla della: “Mi sobrina quiere ser monja por ser sancta”. La bienaventurada le respondió con mucha humildad: “Pues si lo fuere por la graçia de Dios, rogase por vuestra merçed”.  


Y por entonzes no los ymportunó más, no perdiendo la esperanza que Nuestro Señor se lo havía de otorgar, pues ella se lo suplicava sin çesar. Y con esta esperanza fuese a aquel lugar do estava el palomar, y entrando en él puso la sancta [fol. 10r] Berónica y sacó la cadena que tenía escondida y empeçose a dar con ella muy crudamente, porque todas las vezes que ella yba a aquel lugar primero [¿secrestava?] que se pusiese en oraçión. Y hecha su desçiplina, yncó sus ojos en tierra, y derramando muchas lágrimas empeçó a decir mirando a la sancta Berónica: “O, muy dulçe señor mío Jesuchristo, suplico a la vuestra Divina Magestad por reverençia de los misterios, que tal día como oy, día de Viernes Sancto, Vos mi Señor sufristes, y por los dolores y tomentos muy crudos que por me redimir y salvar padeçistes, que me conçedáys esta miel que muchas vezes con ynportunidad he pedido: que merezca yo ser vuestra esposa y entrar en la sancta religión para que mejor os pueda servir y amar, porque ninguna cosa ni ocupaçión mundana desto me pueda apartar. Y esta merçed, mi Señor, supplico a vuestra Divina Magestad no me sea negada en este sancto día”. Y estando la bienaventurada en tan prolongada oraçión, a deshora vido la sancta Berónica mudada y transformada en el rostro y figura de Nuestro Señor Jesuchristo, como si estuviera allí vivo, en carne apasionado, y llagado y corriente sangre; y hablola y consolola con muy dulçes e amorosas palabras, diziendo que havía oýdo su petiçión y resçivía su buen desseo, y los tomava por obra muy açeptable a Él, y le plazía de la tomar por esposa. Y conçediole la religión con tal condiçión que pusiese ella diligençia en ello, que para alcançarlo havía menester alguna interçesión y soliçitud. Y de que Nuestro Señor la hubo hablado y consolado, tornose la sancta Berónica a deshora en su mesmo ser. Y dende aquella hora, buscava y procurava en su coraçón cómo y de qué manera saldría secretamente, que ninguna persona la viese [fol. 10v] yr al monasterio de Nuestra Señora Sancta María de la Cruz, que allí la alumbrava el Spíritu Sancto fuese.
Y por entonzes no los ymportunó más, no perdiendo la esperanza que Nuestro Señor se lo havía de otorgar, pues ella se lo suplicava sin çesar. Y con esta esperanza fuese a aquel lugar do estava el palomar, y entrando en él puso la sancta [fol. 10r] Berónica y sacó la cadena que tenía escondida y empeçose a dar con ella muy crudamente, porque todas las vezes que ella yba a aquel lugar primero [¿secrestava?] que se pusiese en oraçión. Y hecha su desçiplina, yncó sus ojos en tierra, y derramando muchas lágrimas empeçó a decir mirando a la sancta Berónica: “O, muy dulçe señor mío Jesuchristo, suplico a la vuestra Divina Magestad por reverençia de los misterios, que tal día como oy, día de Viernes Sancto, Vos mi Señor sufristes, y por los dolores y tomentos muy crudos que por me redimir y salvar padeçistes, que me conçedáys esta miel que muchas vezes con ynportunidad he pedido: que merezca yo ser vuestra esposa y entrar en la sancta religión para que mejor os pueda servir y amar, por que ninguna cosa ni ocupaçión mundana desto me pueda apartar. Y esta merçed, mi Señor, supplico a vuestra Divina Magestad no me sea negada en este sancto día”. Y estando la bienaventurada en tan prolongada oraçión, a deshora vido la sancta Berónica mudada y transformada en el rostro y figura de Nuestro Señor Jesuchristo, como si estuviera allí vivo, en carne apasionado, y llagado y corriente sangre; y hablola y consolola con muy dulçes e amorosas palabras, diziendo que havía oýdo su petiçión y resçivía su buen desseo, y los tomava por obra muy açeptable a Él, y le plazía de la tomar por esposa. Y conçediole la religión con tal condiçión que pusiese ella diligençia en ello, que para alcançarlo havía menester alguna interçesión y soliçitud. Y de que Nuestro Señor la hubo hablado y consolado, tornose la sancta Berónica a deshora en su mesmo ser. Y dende aquella hora, buscava y procurava en su coraçón cómo y de qué manera saldría secretamente, que ninguna persona la viese [fol. 10v] yr al monasterio de Nuestra Señora Sancta María de la Cruz, que allí la alumbrava el Spíritu Sancto fuese.


'''Capítulo III'''
'''Capítulo III'''
Línea 139: Línea 138:
Después de pasada la Pasqua de la Sancta Resurrecçión, como ya fuese cumplida en ella la voluntad del poderoso Dios para que fuese religiosa, acordó con ayuda suya de tomar una mañana de madrugada unos bestidos de un primo suyo que ella tenía en guarda, e calzas, y borçeguíes y çinto, y vistiese de hombre para salir sin ser vista e yrse al monasterio llamado Sancta María de la Cruz. Estava dos leguas del lugar donde ella vivía, y de que estuvo bien adereçeda de ávito de barón, púsose ençima los acostumbrados bestidos de muger que ella sólía traer y toda de la mesma manera que acostumbrava, y llamó a las mozas diziendo que hera tarde, y junto con ellas hizo las haziendas de la casa como acostumbrava otras vezes. Y de que todos los de la casa la huvieron visto que esta hera su yntençión, que la virgen, por que se descuydasen della por algún rato y ella pudiese yrse sin que la siguiesen, entrose aprisa en un aparte y quitose los bestidos de muger y púsose un tocador de hombre en la caveza, y arrevoçose una toca de camino, y hechose una capa en el hombro y una espada en la mano; y un lío que tenía hecho de sus aderezos de muger, tomole debajo del brazo y, santiguándose, empeçó su camino, el qual ella no savía sino por oýdas.  
Después de pasada la Pasqua de la Sancta Resurrecçión, como ya fuese cumplida en ella la voluntad del poderoso Dios para que fuese religiosa, acordó con ayuda suya de tomar una mañana de madrugada unos bestidos de un primo suyo que ella tenía en guarda, e calzas, y borçeguíes y çinto, y vistiese de hombre para salir sin ser vista e yrse al monasterio llamado Sancta María de la Cruz. Estava dos leguas del lugar donde ella vivía, y de que estuvo bien adereçeda de ávito de barón, púsose ençima los acostumbrados bestidos de muger que ella sólía traer y toda de la mesma manera que acostumbrava, y llamó a las mozas diziendo que hera tarde, y junto con ellas hizo las haziendas de la casa como acostumbrava otras vezes. Y de que todos los de la casa la huvieron visto que esta hera su yntençión, que la virgen, por que se descuydasen della por algún rato y ella pudiese yrse sin que la siguiesen, entrose aprisa en un aparte y quitose los bestidos de muger y púsose un tocador de hombre en la caveza, y arrevoçose una toca de camino, y hechose una capa en el hombro y una espada en la mano; y un lío que tenía hecho de sus aderezos de muger, tomole debajo del brazo y, santiguándose, empeçó su camino, el qual ella no savía sino por oýdas.  


Y yendo ella con mucho fervor, el Demonio, que tenía mucho pesar de la tal obra, travajó de le poner tentaçiones y peligros por [fol. 11r] estorvalle tan glorioso viaje, convatiéndola de muy reçios temores y espanto de su padre y parientes, y que no saldría con lo començado. La bienaventurada, como arrepintiéndose de lo que havía puesto en obra, creçiole el temor en tanto grado que le falleçieron las fuerças corporales y le temblava todo el cuerpo, que no podía andar paso, en tanta manera que se huvo de assentar en el mismo camino muy desmayada; y, estando assí, enconmendávase con muchas ansias a Nuestra Señora, suplicándole SSu Magestad la quisiese esforçar y ayudar en tan grande neçessidad para que ella pudiese acavar la obra començada.  
Y yendo ella con mucho fervor, el Demonio, que tenía mucho pesar de la tal obra, travajó de le poner tentaçiones y peligros por [fol. 11r] estorvalle tan glorioso viaje, convatiéndola de muy reçios temores y espanto de su padre y parientes, y que no saldría con lo començado. La bienaventurada, como arrepintiéndose de lo que havía puesto en obra, creçiole el temor en tanto grado que le falleçieron las fuerças corporales y le temblava todo el cuerpo, que no podía andar paso, en tanta manera que se huvo de assentar en el mismo camino muy desmayada; y, estando assí, enconmendávase con muchas ansias a Nuestra Señora, suplicándole Su Magestad la quisiese esforçar y ayudar en tan grande neçessidad para que ella pudiese acavar la obra començada.  


Y estando en esta esclamaçión, oyó una voz que le dixo: “Esfuérçate, esfuérçate, esfuérçate, no desmayes, acava la buena obra que as empezado”. Y no vido por entonzes quién la hablava, mas después supo en revelaçión que hera su sancto ángel, en la qual voz se esforzó mucho y se levantó muy alegre, y anduvo su camino. Y, ya que havía andado buena parte d’él, sintió venir tras sí, aunque algo lejos, una persona cavalgando en un cavallo, la qual hera un hombre muy honrado que tenía muy gran desseo de casar con esta bienaventurada virgen y lo havía procurado y rogado. Como ella alçó los ojos y conoçió que hera el susodicho manzebo, y se vido sola en un campo y que por entonzes no pareçía nadie ni aun siquiera un pastor, turbose su spíritu más de lo que se puede pensar, temiéndose por deshonrada e perdida. E alumbrada y esperida en aquella sazón del Spíritu Sancto, pensó en su coraçón de se apartar disimuladamente antes [fol. 11v] que él llegase çerca, y assí lo hizo, que se apartó del camino, y a él le çegó tanto Dios los ojos del conoçimiento que no solamente no la conoçió mal: aun la color de los bestidos de hombre que llevava la bienaventurada le paresçieron a él de otro, y quando pasó por enfrente donde ella estava, dixo en su corazón: “Mira qué cobardía de hombre; qué le havía yo de hazer que en viéndome se apartó del camino”. Y tornando él a miralla vido el lío que la bienaventurada traýa debaxo del brazo, y dixo: “Algún sastre debe de ser que viene de cortar y coser de alguno de estos lugares”. Y con este pensamiento pasó aquel manzebo su camino sin la conozer.  
Y estando en esta esclamaçión, oyó una voz que le dixo: “Esfuérçate, esfuérçate, esfuérçate, no desmayes, acava la buena obra que as empezado”. Y no vido por entonzes quién la hablava, mas después supo en revelaçión que hera su sancto ángel, en la qual voz se esforzó mucho y se levantó muy alegre, y anduvo su camino. Y, ya que havía andado buena parte d’él, sintió venir tras sí, aunque algo lejos, una persona cavalgando en un cavallo, la qual hera un hombre muy honrado que tenía muy gran desseo de casar con esta bienaventurada virgen y lo havía procurado y rogado. Como ella alçó los ojos y conoçió que hera el susodicho manzebo, y se vido sola en un campo y que por entonzes no pareçía nadie ni aun siquiera un pastor, turbose su spíritu más de lo que se puede pensar, temiéndose por deshonrada e perdida. E alumbrada y esperida en aquella sazón del Spíritu Sancto, pensó en su coraçón de se apartar disimuladamente antes [fol. 11v] que él llegase çerca, y assí lo hizo, que se apartó del camino, y a él le çegó tanto Dios los ojos del conoçimiento que no solamente no la conoçió mal: aun la color de los bestidos de hombre que llevava la bienaventurada le paresçieron a él de otro, y quando pasó por enfrente donde ella estava, dixo en su corazón: “Mira qué cobardía de hombre; qué le havía yo de hazer que en viéndome se apartó del camino”. Y tornando él a miralla vido el lío que la bienaventurada traýa debaxo del brazo, y dixo: “Algún sastre debe de ser que viene de cortar y coser de alguno de estos lugares”. Y con este pensamiento pasó aquel manzebo su camino sin la conozer.  
Línea 150: Línea 149:
Y de que fue adereçada de muger, fuese al resçivimiento o portería de la cassa, en el qual estava una ymagen de Nuestra Señora, de bulto, de mucha devoçión e milagros. E yncándose de hinojos y puestas las manos con mucho fervor, le dio gracias, porque la havía traýdo a su sancta casa sin peligro de su persona, y dezía con mucha humildad a la sancta ymagen: “¿Qué serviçio podría yo, Señora, hazer a Vuestra Real Magestad por tan gran virtud como esta? Suplícole a mi Señora me dé graçia, que yo perseveraré en serviçio de vuestro preçiosíssimo hijo Nuestro Señor Jesuchristo toda mi vida en esta vuestra sancta casa, y en ella acave mis días”. Entonzes la sancta ymagen la habló, diziéndole: “En nora buena seáys venida, hija, a esta mi casa. Entra en ella alegremente, pues para ella fuysteis criada, y yo te torno a dar la mayoría como te tengo dicho”. Entonçes esta bienaventurada le respondió: “Ay, Señora, que no sé si me querrán abrir la puerta e resçivir estas vuestras siervas”. La sancta ymagen la dixo: “No tengas temor de eso, pues mi preçioso hijo te truxo con su graçia. Él hará de manera que seas resçivida”.
Y de que fue adereçada de muger, fuese al resçivimiento o portería de la cassa, en el qual estava una ymagen de Nuestra Señora, de bulto, de mucha devoçión e milagros. E yncándose de hinojos y puestas las manos con mucho fervor, le dio gracias, porque la havía traýdo a su sancta casa sin peligro de su persona, y dezía con mucha humildad a la sancta ymagen: “¿Qué serviçio podría yo, Señora, hazer a Vuestra Real Magestad por tan gran virtud como esta? Suplícole a mi Señora me dé graçia, que yo perseveraré en serviçio de vuestro preçiosíssimo hijo Nuestro Señor Jesuchristo toda mi vida en esta vuestra sancta casa, y en ella acave mis días”. Entonzes la sancta ymagen la habló, diziéndole: “En nora buena seáys venida, hija, a esta mi casa. Entra en ella alegremente, pues para ella fuysteis criada, y yo te torno a dar la mayoría como te tengo dicho”. Entonçes esta bienaventurada le respondió: “Ay, Señora, que no sé si me querrán abrir la puerta e resçivir estas vuestras siervas”. La sancta ymagen la dixo: “No tengas temor de eso, pues mi preçioso hijo te truxo con su graçia. Él hará de manera que seas resçivida”.


Y levantándose esta bienaventurada delante la sancta ymagen, fue a llamar a la puerta, rogando que la abriesen, y preguntándole la casera de las monjas quién hera o qué [fol.12v] quería, respondió que hera una donzella que quería ser religiosa. La casera le dixo: “Las que bienen a ser religiosas no vienen solas, que sus padres o parientes las traýan”. La bienaventurada le respondió: “Vine en ábito de hombre ascondidamente, que de otra manera no viniera así, mas por amor de Dios me abrid siquiera para que me caliente, que como esta mañana llovió, tomome el agua en el camino, y vengo cansada y muerta de frío; siquiera para que me caliente y me dé por caridad un poco de pan, que vengo muy neçessitada, que si no queréys no digo yo que me metáys allá para religiosa, que, como vine ascondida, presto me hecharán menos mis parientes y me vernán a buscar, y si no me quisieredes, yr me he con ellos”.
Y levantándose esta bienaventurada delante la sancta ymagen, fue a llamar a la puerta, rogando que la abriesen, y preguntándole la casera de las monjas quién hera o qué [fol.12v] quería, respondió que hera una donzella que quería ser religiosa. La casera le dixo: “Las que bienen a ser religiosas no vienen solas, que sus padres o parientes las traýan”. La bienaventurada le respondió: “Vine en ábito de hombre ascondidamente, que de otra manera no viniera así, mas por amor de Dios me abrid siquiera para que me caliente, que como esta mañana llovió, tomome el agua en el camino, y vengo cansada y muerta de frío; siquiera para que me caliente y me dé por caridad un poco de pan, que vengo muy neçessitada, que si no queréys no digo yo que me metáys allá para religiosa, que, como vine ascondida, presto me hecharán menos mis parientes y me vernán a buscar, y si no me quisieredes, yrme he con ellos”.


Y la casera la metió dentro, en la casería, y la dio de comer y la hizo caridad, siempre preguntándola y examinándola, y la bienaventurada le dava muy çierta entera quenta de su deseo y venida. Y quando la serbienta de la casa fue a la yglesia, vido los bestidos de hombre que havía traído. Pensó en su coraçón no fuese varón que venía con alguna burla o engaño, pero ansí en los cavellos largos, como en los pechos y gestos y en otras señales, se çertificó cómo hera muger, y aun virgen y donzella, y de tierna hedad. Entonzes la dicha serbienta llegó al torno del monasterio y dixo a la portera que quería hablar a la abbadesa. Y quando la fue a hablar el abbadesa, la sirvienta le dixo: “Señora, aquí es venida una donzella de hasta quinze años, que dize que es de Hazaña, y vino sola, en ábito de hombre, y pareçe que trae muy gran fervor de ser religiosa”. El abbadesa, oýdas las palabras que la sirbienta la dixo, mandó llamar a la bienaventurada donzella, e informose muy bien della y de su desseo. Y después que la huvo muy bien esaminado, aunque fingidamente, reprehendiola, porque havía venido de tal manera. Y la bienaventurada la respondió con mucha humildad, [fol.13r] diziendo que su venida no havía sido por otra yntençión ni ocasión sino solo de servir a Dios, y vivir y morir en el dicho monasterio y sancta casa en su servicio, y hazer todo lo que la mandasen, y ser toda su vida su sirbienta.  
Y la casera la metió dentro, en la casería, y la dio de comer y la hizo caridad, siempre preguntándola y examinándola, y la bienaventurada le dava muy çierta entera quenta de su deseo y venida. Y quando la serbienta de la casa fue a la yglesia, vido los bestidos de hombre que havía traído. Pensó en su coraçón no fuese varón que venía con alguna burla o engaño, pero ansí en los cavellos largos, como en los pechos y gestos y en otras señales, se çertificó cómo hera muger, y aun virgen y donzella, y de tierna hedad. Entonzes la dicha serbienta llegó al torno del monasterio y dixo a la portera que quería hablar a la abbadesa. Y quando la fue a hablar el abbadesa, la sirvienta le dixo: “Señora, aquí es venida una donzella de hasta quinze años, que dize que es de Hazaña, y vino sola, en ábito de hombre, y pareçe que trae muy gran fervor de ser religiosa”. El abbadesa, oýdas las palabras que la sirbienta la dixo, mandó llamar a la bienaventurada donzella, e informose muy bien della y de su desseo. Y después que la huvo muy bien esaminado, aunque fingidamente, reprehendiola, porque havía venido de tal manera. Y la bienaventurada la respondió con mucha humildad, [fol.13r] diziendo que su venida no havía sido por otra yntençión ni ocasión sino solo de servir a Dios, y vivir y morir en el dicho monasterio y sancta casa en su servicio, y hazer todo lo que la mandasen, y ser toda su vida su sirbienta.  
Línea 170: Línea 169:
Queriendo Dios darle a conoçer que los misterios que ella veýa en el Sanctíssimo Sacramento le heran mostrados por singular graçia e don que Él le dava e hazía, acaeçió que fue a comulgar siendo noviçia y, comulgando, no vido ni sintió por aquella vez ningún gusto ni mutaçión en el Sanctíssimo Sacramento; de lo qual se angustió mucho en su spíritu, y resçivió tan gran tristeza e afliçión que no se pudo contener sin yr luego a su confesor a dezirle su gran pena. Y con muchas lágrimas se lo contó, diziendo pensava haver comulgado en peccado mortal e muy yndinamente, pues no havía sido dina ni mereçedora de ver ni gustar a Nuestro Señor Jesuchristo, sino assí como se estava la hostia antes que se consagrase. Al qual llanto y loable desconsuelo el confesor la respondió, diziendo: “Consolad vos, hija hermana mía, que no por eso comulgastes vos en peccado ni yndinamente, que eso que vos dezís que no fuysteis dina de ver ni sentir, ninguna persona lo ve, ni es digna dello; como quier que las [fol.15r] mutaçiones del pan en la carne de Jesuchristo sean muy çiertas y verdaderas e artículo de fee, enpero presençialmente no se ve tal cosa, que con la fee sola se á de creer, y por eso es más meritoria”. Entonzes la bienabenturada se consoló, e dio graçias a Dios con nuevo don del Spíritu Sancto de conoçimiento de los señalados dones y merçedes que hasta entonzes su Divina Magestad le havía hecho, y con muy profunda humildad se hallava yndina dello.  
Queriendo Dios darle a conoçer que los misterios que ella veýa en el Sanctíssimo Sacramento le heran mostrados por singular graçia e don que Él le dava e hazía, acaeçió que fue a comulgar siendo noviçia y, comulgando, no vido ni sintió por aquella vez ningún gusto ni mutaçión en el Sanctíssimo Sacramento; de lo qual se angustió mucho en su spíritu, y resçivió tan gran tristeza e afliçión que no se pudo contener sin yr luego a su confesor a dezirle su gran pena. Y con muchas lágrimas se lo contó, diziendo pensava haver comulgado en peccado mortal e muy yndinamente, pues no havía sido dina ni mereçedora de ver ni gustar a Nuestro Señor Jesuchristo, sino assí como se estava la hostia antes que se consagrase. Al qual llanto y loable desconsuelo el confesor la respondió, diziendo: “Consolad vos, hija hermana mía, que no por eso comulgastes vos en peccado ni yndinamente, que eso que vos dezís que no fuysteis dina de ver ni sentir, ninguna persona lo ve, ni es digna dello; como quier que las [fol.15r] mutaçiones del pan en la carne de Jesuchristo sean muy çiertas y verdaderas e artículo de fee, enpero presençialmente no se ve tal cosa, que con la fee sola se á de creer, y por eso es más meritoria”. Entonzes la bienabenturada se consoló, e dio graçias a Dios con nuevo don del Spíritu Sancto de conoçimiento de los señalados dones y merçedes que hasta entonzes su Divina Magestad le havía hecho, y con muy profunda humildad se hallava yndina dello.  


Oyendo esta sancta virgen leer una liçión en el libro llamado ''Floreto del glorioso padre sant Françisco'', cómo havía mandado yr a un frayle desnudo en carnes a predicar, pensó entre sí: “Si el padre sant Françisco mandava yr al frayle a predicar desnudo no teniendo peccados, cómo yo no yré a confesarme de los míos e desnudarme dellos, desnuda en carnes e yriéndolas con piedra y palo a cada peccado que dixere. Encomiéndome a Dios y a vos, padre sant Francisco, y sola la cuerda ceñida a mi cuerpo y cuello quiero yr a confesar como malhechora, y por tal me pregonaré ante Dios y mi confesor frayle de vuestra sancta orden”. Y con este pensamiento, llevando a Jesuchristo y a su Passión en su coraçón, y arta contriçión de sus peccados, entró en el confisionario, el qual es de manera que no se puede ver ninguna cosa de una parte a otra, que ay pared en medio e una regeçita de yerro a manera de rallo espeso, y ençima un belo grueso. Y empezó a confesar yncada de ynojos, con muchas lágrimas. Y hera tiempo de mucho frío, y como ella lo sintiese tanto, empezó a dar muy grandes temblores del gran frío que sentía, de manera que no lo podía encubrir; y fue tanto que la habló el confesor, pensando que hera enfermedad, y díxole: “¿Estáys enferma, hermana, tenéys çiçiones, que templáys tanto?”. Respondió la bienaventurada que no, que de frío lo hazía. Y acavada de confesar, [fol.15v] salió del confisionario. Y ella, que se empezava a vestir, y otra religiosa que yba a confesar, vidola, y entró en el confisionario, y dixo al confesor que riñese a Juana de la Cruz por tan áspera y estremadas penitençias como hazía, que entró a confesar desnuda como naçió. Y el confesor le respondió: “Verdaderamente yo la sentí temblar muy reçiamente, y pensé estava enferma y preguntele si lo estava, e dixo que no”. Y de allí adelante no solamente en hymbierno, mas aun en verano le preguntava quando yba a confesar si yba cubierta y, si no, no la confesaría.  
Oyendo esta sancta virgen leer una liçión en el libro llamado ''Floreto del glorioso padre sant Françisco'', cómo havía mandado yr a un frayle desnudo en carnes a predicar, pensó entre sí: “Si el padre sant Françisco mandava yr al frayle a predicar desnudo no teniendo peccados, cómo yo no yré a confesarme de los míos e desnudarme dellos, desnuda en carnes e yriéndolas con piedra y palo a cada peccado que dixere. Encomiéndome a Dios y a vos, padre sant Francisco, y sola la cuerda ceñida a mi cuerpo y cuello quiero yr a confesar como malhechora, y por tal me pregonaré ante Dios y mi confesor frayle de vuestra sancta orden”. Y con este pensamiento, llevando a Jesuchristo y a su Passión en su coraçón, y arta contriçión de sus peccados, entró en el confisionario, el qual es de manera que no se puede ver ninguna cosa de una parte a otra, que ay pared en medio e una regeçita de yerro a manera de rallo espeso, y ençima un belo grueso. Y empezó a confesar yncada de ynojos, con muchas lágrimas. Y hera tiempo de mucho frío, y como ella lo sintiese tanto, empezó a dar muy grandes temblores del gran frío que sentía, de manera que no lo podía encubrir; y fue tanto que la habló el confesor, pensando que hera enfermedad, y díxole: “¿Estáys enferma, hermana, tenéys çiçiones, que templáys tanto?”. Respondió la bienaventurada que no, que de frío lo hazía. Y acavada de confesar, [fol.15v] salió del confisionario. Y ella, que se empezava a vestir, y otra religiosa que yba a confesar vídola, y entró en el confisionario, y dixo al confesor que riñese a Juana de la Cruz por tan áspera y estremadas penitençias como hazía, que entró a confesar desnuda como naçió. Y el confesor le respondió: “Verdaderamente yo la sentí temblar muy reçiamente, y pensé estava enferma y preguntele si lo estava, e dixo que no”. Y de allí adelante no solamente en hymbierno, mas aun en verano le preguntava quando yba a confesar si yba cubierta y, si no, no la confesaría.  


Todas las vezes que esta bienabenturada yba a confesar, resçivió el confesor singular consolaçión en su ánima y dotrina maravillosa para la enmienda de su vida. Y no solamente este, mas todos los otros padres que la confesaron mientras ella vivió en este mundo dezían que sus peccados se podrían llamar alumbramiento y aviso de conçiençia. Dezía, quando hera muy ymportuna de sus confesores les dixese lo que sentía en su spíritu, que más vergüenza tenía de contar las cosas de virtud y graçia que Dios le havía dado que no de dezir sus peccados, porque esto hera de sí propia y lo otro hera de Dios y de su misericordia.
Todas las vezes que esta bienabenturada yba a confesar, resçivió el confesor singular consolaçión en su ánima y dotrina maravillosa para la enmienda de su vida. Y no solamente este, mas todos los otros padres que la confesaron mientras ella vivió en este mundo dezían que sus peccados se podrían llamar alumbramiento y aviso de conçiençia. Dezía, quando hera muy ymportuna de sus confesores les dixese lo que sentía en su spíritu, que más vergüenza tenía de contar las cosas de virtud y graçia que Dios le havía dado que no de dezir sus peccados, porque esto hera de sí propia y lo otro hera de Dios y de su misericordia.
Línea 206: Línea 205:
E creçió tanto en esta graçia de elevarse y perder los sentidos corporales con el gusto spiritual que, donde fuera que aquella graçia le tomava, se quedava como muerta, aunque muy hermosa, aora fuese en el coro o refitorio, o en otro qualquiera lugar de la casa, a qualquier hora del día o de la noche que hera la voluntad de Dios, e muy a menudo, y no a una hora, ni breve el spaçio de tiempo que estava elevada, mas tres horas, y cinco, y siete y doze −esto al prinçipio de sus elevaçiones−. E andando el tiempo, diole Nuestro Señor muy copiosamente esta graçia, que estava un día y una noche, e algunas vezes quarenta oras. Y la primera vez que esta bienabenturada se elevó delante el convento fue a siete años de su bien empleada religión. E todas las religiosas vieron en ella muy grandes mutaçiones, las quales en ninguna de sus elevaciones, que adelante muy continuas tuvo, nunca más en ella fueron vistas. Viéronla propiamente como difunta, assí en el gesto y ojos e labios como en el descoyuntamiento [fol. 22r] de todos sus miembros, lo qual adelante nunca más tuvo cosa de aquella manera; antes en aquellos tiempos e ratos estava muy más hermosa y colorada que quando estava en sus sentidos.
E creçió tanto en esta graçia de elevarse y perder los sentidos corporales con el gusto spiritual que, donde fuera que aquella graçia le tomava, se quedava como muerta, aunque muy hermosa, aora fuese en el coro o refitorio, o en otro qualquiera lugar de la casa, a qualquier hora del día o de la noche que hera la voluntad de Dios, e muy a menudo, y no a una hora, ni breve el spaçio de tiempo que estava elevada, mas tres horas, y cinco, y siete y doze −esto al prinçipio de sus elevaçiones−. E andando el tiempo, diole Nuestro Señor muy copiosamente esta graçia, que estava un día y una noche, e algunas vezes quarenta oras. Y la primera vez que esta bienabenturada se elevó delante el convento fue a siete años de su bien empleada religión. E todas las religiosas vieron en ella muy grandes mutaçiones, las quales en ninguna de sus elevaciones, que adelante muy continuas tuvo, nunca más en ella fueron vistas. Viéronla propiamente como difunta, assí en el gesto y ojos e labios como en el descoyuntamiento [fol. 22r] de todos sus miembros, lo qual adelante nunca más tuvo cosa de aquella manera; antes en aquellos tiempos e ratos estava muy más hermosa y colorada que quando estava en sus sentidos.


Después que fue tornada, ymportunáronla mucho las religosas les dixese qué hera lo que havía sentido. Y ella, por entonçes, no les dixo ninguna cosa, hasta passados algunos días que, hablando con el sancto ángel su guardador, le dixo quán ymportunada hera de sus hermanas las religiosas les respondiese a tal pregunta que le havían hecho. E dada por el sancto ángel la liçençia de voluntad de Dios, les dixo esta sancta virgen: “Señoras, quiero satisfazer vuestro desseo, pues desseáys saver qué es lo que vi y sentía aquella vez que dezís que acá en el cuerpo estava muy demudada, a manera de muerta. Yo me vi en un lugar escuro, donde huve mucho temor, y apareçió allí un ángel lleno de resplandores, que alumbró aquellas tinieblas, al qual después acá he conoçido que hera el sancto ángel mi guardador. Empero no le osé hablar ni preguntar, mas mirávale, que se gozava e deleytava mi ánima de verle tan hermoso. E conoçiendo él el demasiado temor que yo tenía, hablome, diziendo: ‘No ayáis miedo ni temor’. E dicho esto, acatome, y mirándome, como que lloró. E por entonçes no vi más, sino tornome acá. Pero como otras vezes le he visto y hablado, y perdido el temor, e cobrale entrañable amor, porque es de muy dulçe conversación. E suplicándole, le pregunté me dixese por qué havía llorado aquella primera vez que le vi en la escuridad, que entonçes de temor e reverençia suya no se lo osé preguntar, e respondiome, diziendo: ‘Por compasión que huve de ti, lloré de verte cercada de muchas persecuçiones que has de tener. E te as de ver en ellas así de enemigos spirituales, que son los demonios, como temporales, que son las criaturas de la Tierra, e de muchas enfermedades y maneras de tribulaçiones que as de pasar; e de ver que tu spíritu estava [fol. 22v] fuera de tu cuerpo, y hera voluntad de Dios que tornases a él’. E yo preguntele: ‘¿Pues cómo, señor, dize, si allá en la Tierra que los sanctos ángeles no pueden llorar, y vos, señor, dezís que llorasteis? Y a mí así me pareçió que lo vi’. Respondió: ‘No te maravilles, que assí como el Señor nos da poder e liçençia que tenemos estos cuerpos con que pareçemos los mesmos ángeles como en bulto humano, assí Él nos da liçençia e poder que mostremos algunas veçes sentimientos como de dolor, con vestigios de lágrimas, en tiempos y cosas convenientes, a compasaçión y charidad como es aver compasaçión de la pasión de Nuestro Señor Jesuchristo; o quando vemos que se van las ánimas de los christianos al Infierno, en espeçial aquellas que el poderoso Dios nos da en guarda, e las tenemos en nuestro cargo; o quando vemos la sancta Yglesia e sancta fe cathólica seca, e quando vemos que ay muchos pecados, e las personas christianas del mundo están en ellas olvidando a su Dios de estas tales cosas, havemos muy gran compasión los ángeles, e lloramos por ello quando Dios quiere. E verdaderamente te digo que si el Señor Dios fuera servido, no quisiera yo que más desde aquel día te mandara Su Magestad tornar al cuerpo. Supliquelo a su muy alta grandeza, e respondiome: ‘Déxala, que ansí la quiero yo que vaya y venga. Y quiero ver qué muger será, y como peleará hasta que venga su ora’. Yo, vista la voluntad divinal, callé en aquel caso. Y supliquele, pues hera servido, tuvieses toda tu vida esta graçia de elevarte, no fuese con tanto trabajo, como fue la primera vez. Su Divina Magestad me lo otorgó, y que antes sería con demasiado gozo, e otras veçes con amor e compasión suya. E dende aquella hora tuve, e tengo, e terné mucho cuydado de ti, e procuraré de te consolar con mucho cuydado e todas mis posibilidades, e quanto fuere la voluntad de Dios de me dar liçençia’”.  
Después que fue tornada, ymportunáronla mucho las religosas les dixese qué hera lo que havía sentido. Y ella, por entonçes, no les dixo ninguna cosa, hasta passados algunos días que, hablando con el sancto ángel su guardador, le dixo quán ymportunada hera de sus hermanas las religiosas les respondiese a tal pregunta que le havían hecho. E dada por el sancto ángel la liçençia de voluntad de Dios, les dixo esta sancta virgen: “Señoras, quiero satisfazer vuestro desseo, pues desseáys saver qué es lo que vi y sentía aquella vez que dezís que acá en el cuerpo estava muy demudada, a manera de muerta. Yo me vi en un lugar escuro, donde huve mucho temor, y apareçió allí un ángel lleno de resplandores, que alumbró aquellas tinieblas, al qual después acá he conoçido que hera el sancto ángel mi guardador. Empero no le osé hablar ni preguntar, mas mirávale, que se gozava e deleytava mi ánima de verle tan hermoso. E conoçiendo él el demasiado temor que yo tenía, hablome, diziendo: ‘No ayáis miedo ni temor’. E dicho esto, acatome, y mirándome, como que lloró. E por entonçes no vi más, sino tornome acá. Pero como otras vezes le he visto y hablado, y perdido el temor, e cobrale entrañable amor, porque es de muy dulçe conversación. E suplicándole, le pregunté me dixese por qué havía llorado aquella primera vez que le vi en la escuridad, que entonçes de temor e reverençia suya no se lo osé preguntar, e respondiome, diziendo: ‘Por compasión que huve de ti, lloré de verte cercada de muchas persecuçiones que has de tener. E te as de ver en ellas así de enemigos spirituales, que son los demonios, como temporales, que son las criaturas de la Tierra, e de muchas enfermedades y maneras de tribulaçiones que as de pasar; e de ver que tu spíritu estava [fol. 22v] fuera de tu cuerpo, y hera voluntad de Dios que tornases a él’. E yo preguntele: ‘¿Pues cómo, señor, dize, si allá en la Tierra que los sanctos ángeles no pueden llorar, y vos, señor, dezís que llorasteis? Y a mí así me pareçió que lo vi’. Respondió: ‘No te maravilles, que assí como el Señor nos da poder e liçençia que tenemos estos cuerpos con que pareçemos los mesmos ángeles como en bulto humano, assí Él nos da liçençia e poder que mostremos algunas veçes sentimientos como de dolor, con vestigios de lágrimas, en tiempos y cosas convenientes, a compasaçión y charidad como es aver compasaçión de la pasión de Nuestro Señor Jesuchristo; o quando vemos que se van las ánimas de los christianos al Infierno, en espeçial aquellas que el poderoso Dios nos da en guarda, e las tenemos en nuestro cargo; o quando vemos la sancta Yglesia e sancta fe cathólica seca, e quando vemos que ay muchos pecados, e las personas christianas del mundo están en ellas olvidando a su Dios de estas tales cosas, havemos muy gran compasión los ángeles, e lloramos por ello quando Dios quiere. E verdaderamente te digo que si el Señor Dios fuera servido, no quisiera yo que más desde aquel día te mandara Su Magestad tornar al cuerpo. Supliquelo a su muy alta grandeza, e respondiome: ‘Déxala, que ansí la quiero yo que vaya y venga. Y quiero ver qué muger será, y cómo peleará hasta que venga su ora’. Yo, vista la voluntad divinal, callé en aquel caso. Y supliquele, pues hera servido, tuvieses toda tu vida esta graçia de elevarte, no fuese con tanto trabajo, como fue la primera vez. Su Divina Magestad me lo otorgó, y que antes sería con demasiado gozo, e otras veçes con amor e compasión suya. E dende aquella hora tuve, e tengo, e terné mucho cuydado de ti, e procuraré de te consolar con mucho cuydado e todas mis posibilidades, e quanto fuere la voluntad de Dios de me dar liçençia’”.  


Tuvo esta bienabenturada, al prinçipio de sus elevaçiones e graçia, mucha angustia y tribulaciones. Como heran tan copiosas, algunas personas se escandaliçavan de verla, e la angustiavan e molestavan con palabras. [fol. 23r] E quexándose ella a su sancto ángel, le rogava la ganase de Dios la desatase presto de la carne, que no podía sufrir tantas adversidades e presecuçiones porque, según hera de flaca, tenía temor de perder la paçiençia. Y él la consolava en muchas maneras, dándole muy sanctos consejos e avisos, y diziéndole que por eso la mandava el Señor tornar en sus sentidos a ratos e tiempos, para que pelease e padeçiese penas en el mundo mientras venía su hora. Ella le dixo: “Señor, ¿qué hora es esta que algunas veçes me diçe vuestra hermosura?”. El sancto ángel la respondió: “La hora de que te hablo es la hora de la muerte, que es salir el alma del cuerpo para nunca más tornar a él, hasta el final juyzio”. La sancta virgen le tornó a preguntar, diziendo: “Señor, ¿quando será esta mi hora?”. El sancto ángel, oýda la pregunta, le respondió: “No tengas cuydado de preguntar tales cosas, sino déxate en las manos de Dios, tu criador, e consuélate con su amor, e con sufrir e padeçer por amor d’Él todos los tormentos e angustias que te tuviere por bien de darte”.
Tuvo esta bienabenturada, al prinçipio de sus elevaçiones e graçia, mucha angustia y tribulaciones. Como heran tan copiosas, algunas personas se escandaliçavan de verla, e la angustiavan e molestavan con palabras. [fol. 23r] E quexándose ella a su sancto ángel, le rogava la ganase de Dios la desatase presto de la carne, que no podía sufrir tantas adversidades e presecuçiones porque, según hera de flaca, tenía temor de perder la paçiençia. Y él la consolava en muchas maneras, dándole muy sanctos consejos e avisos, y diziéndole que por eso la mandava el Señor tornar en sus sentidos a ratos e tiempos, para que pelease e padeçiese penas en el mundo mientras venía su hora. Ella le dixo: “Señor, ¿qué hora es esta que algunas veçes me diçe vuestra hermosura?”. El sancto ángel la respondió: “La hora de que te hablo es la hora de la muerte, que es salir el alma del cuerpo para nunca más tornar a él, hasta el final juyzio”. La sancta virgen le tornó a preguntar, diziendo: “Señor, ¿quando será esta mi hora?”. El sancto ángel, oýda la pregunta, le respondió: “No tengas cuydado de preguntar tales cosas, sino déxate en las manos de Dios, tu criador, e consuélate con su amor, e con sufrir e padeçer por amor d’Él todos los tormentos e angustias que te tuviere por bien de darte”.
Línea 252: Línea 251:


Estando elevada esta bienabenturada, vido a Nuestra Señora la Virgen Sancta María que venía hazia donde ella estava, y traýa en los sagrados braços el Niño Jesús, hijo de Dios e suyo. Venía acompañada de muchedumbre de ángeles e vírgines. Viéndola tan çercana, assí suplicole con grande humildad [fol. 26v] y soberano desseo rogase a su preçioso hijo la quisiese tomar por esposa, aunque ella no fuese digna de tan gran niño. E la Reyna de los Çielos e Señora Nuestra le dixo le plaçía de rogarlo a su preçioso hijo, y no solamente suplicó a la madre para con el hijo, mas a los sanctos ángeles e vírgines que la ayudasen a suplicar a su Divina Magestad le otorgase el don que le pedía de tomarla por su esposa, e para ello darle su palabra e mano, e todos respondieron les plaçía. Yncontinenti, yncaron los hinojos, y suplicaron a su Divina Clemençia del poderoso Dios otorgase aquella persona la tan loable y desseada petiçión que demandava. Y estando todos en esta esclamaçión, el dulce Niño Jesús volvió sus ojos de misericordia hazia esta bienabenturada, con gesto muy alegre e amoroso, e mirándola, e díxole palabras muy entrañables, hablando a manera de niño muy graçioso, diziendo: “Pláçeme de ser tu esposo, e de tomarte por amiga y esposa”. Y estendió su mano poderosa, e diósela a ella en señal de desposorio, e mostrole señales de amor. E la bienabenturada tornó a su torno a suplicar a la Reyna de los Çielos que, pues su dulçe hijo havía tenido por bien de la tomar por esposa, su clemençia se la quisiese dar para lo tener en sus braços como a señor y a esposo suyo, e se goçar e consolar con él. Nuestra Señora le dixo le plaçía, e se le dio luego a ella en sus braços. E dándosele, habló a su preçioso hijo, diziendo: “Muy dulçe y amado hijo mío, pues havéys tenido por bien de tomar a esta persona por esposa, e os humillastis a haçer tan copiosa virtud, bien será, hijo mío, le déys alguna empresa, en señal del fiel desposorio e amor que le tenéys”. Y el dulçe Jesús hiço de señal a la sagrada madre que le plaçía, e que le diese ella de su mano alguna cosa para aquella su esposa. Nuestra Señora la Virgen María sacó de su preçioso dedo una sortija, e diola al sagrado hijo para que él de su mano la diese a su esposa. Y ansí fue hecho, que el mesmo Niño Jesús se la dio e puso en su mano.
Estando elevada esta bienabenturada, vido a Nuestra Señora la Virgen Sancta María que venía hazia donde ella estava, y traýa en los sagrados braços el Niño Jesús, hijo de Dios e suyo. Venía acompañada de muchedumbre de ángeles e vírgines. Viéndola tan çercana, assí suplicole con grande humildad [fol. 26v] y soberano desseo rogase a su preçioso hijo la quisiese tomar por esposa, aunque ella no fuese digna de tan gran niño. E la Reyna de los Çielos e Señora Nuestra le dixo le plaçía de rogarlo a su preçioso hijo, y no solamente suplicó a la madre para con el hijo, mas a los sanctos ángeles e vírgines que la ayudasen a suplicar a su Divina Magestad le otorgase el don que le pedía de tomarla por su esposa, e para ello darle su palabra e mano, e todos respondieron les plaçía. Yncontinenti, yncaron los hinojos, y suplicaron a su Divina Clemençia del poderoso Dios otorgase aquella persona la tan loable y desseada petiçión que demandava. Y estando todos en esta esclamaçión, el dulce Niño Jesús volvió sus ojos de misericordia hazia esta bienabenturada, con gesto muy alegre e amoroso, e mirándola, e díxole palabras muy entrañables, hablando a manera de niño muy graçioso, diziendo: “Pláçeme de ser tu esposo, e de tomarte por amiga y esposa”. Y estendió su mano poderosa, e diósela a ella en señal de desposorio, e mostrole señales de amor. E la bienabenturada tornó a su torno a suplicar a la Reyna de los Çielos que, pues su dulçe hijo havía tenido por bien de la tomar por esposa, su clemençia se la quisiese dar para lo tener en sus braços como a señor y a esposo suyo, e se goçar e consolar con él. Nuestra Señora le dixo le plaçía, e se le dio luego a ella en sus braços. E dándosele, habló a su preçioso hijo, diziendo: “Muy dulçe y amado hijo mío, pues havéys tenido por bien de tomar a esta persona por esposa, e os humillastis a haçer tan copiosa virtud, bien será, hijo mío, le déys alguna empresa, en señal del fiel desposorio e amor que le tenéys”. Y el dulçe Jesús hiço de señal a la sagrada madre que le plaçía, e que le diese ella de su mano alguna cosa para aquella su esposa. Nuestra Señora la Virgen María sacó de su preçioso dedo una sortija, e diola al sagrado hijo para que él de su mano la diese a su esposa. Y ansí fue hecho, que el mesmo Niño Jesús se la dio e puso en su mano.
Acaeçió que, yendo camino un padre compañero del confesor de las monjas del monasterio en que esta bienaventurada morava, por olvido llevose en la cuerda la [fol. 27r] llave de la capilla donde Nuestra Señora se havía apareçido, porque allí está el altar mayor y deçía contino la missa. Las monjas, no pudiendo oýr missa por la falta de la llave, fueron con mucha pena a la sancta virgen que rogase a Dios apareçiese la llave, que no savían si el padre se la avía llevado o si hera perdida, que estavan desconsoladas por la falta de la missa. Ella dixo le plaçía de rogar a Dios la deparase, y estando aquella noche recogida adonde acostumbrava estar, e con ella dos religiosas, a la hora de las nueve o diez, a deshora sonó un golpe de cómo la llave cayó de alto en el suelo, en presençia de aquellas religiosas que con ella estavan, que lo vieron y oyeron. La bienaventurada riose de ver caer la llabe en el suelo, porque veýa muy bien el que la traýa, que hera su sancto ángel, que por los ruegos della e consolaçión de las religiosas la tomó al padre de la cuerda e la traxo, porque no perdiesen de oýr misa. Dixo la bendita sancta a una de aquellas religiosas: “Levantaos, hermana, e toma aquella llave”. Y assí fue visto e savido este milagro. Estando el dicho padre en el camino, vido cómo llevava en la cuerda la llave, e huvo pena de la falta que en el monasterio había. Pero quando vido que la llevaba, hera ya noche, que se fue acostar, y quando a la mañana se levantó mirose acaso la cuerda e vido cómo le faltava la llave. Maravillose dello, y dende a días, quando tornó al monasterio, contó a las monjas lo que havía aconteçido con la llave, y por semejante ellas le contaron cómo a deshora, tal día en la noche, la vieron caer en la çelda de la madre Juana de la Cruz. Y assí dieron graçias a Dios por el milagro.
Acaeçió que, yendo camino un padre compañero del confesor de las monjas del monasterio en que esta bienaventurada morava, por olvido llevose en la cuerda la [fol. 27r] llave de la capilla donde Nuestra Señora se havía apareçido, porque allí está el altar mayor y deçía contino la missa. Las monjas, no pudiendo oýr missa por la falta de la llave, fueron con mucha pena a la sancta virgen que rogase a Dios apareçiese la llave, que no savían si el padre se la avía llevado o si hera perdida, que estavan desconsoladas por la falta de la missa. Ella dixo le plaçía de rogar a Dios la deparase, y estando aquella noche recogida adonde acostumbrava estar, e con ella dos religiosas, a la hora de las nueve o diez, a deshora sonó un golpe de cómo la llave cayó de alto en el suelo, en presençia de aquellas religiosas que con ella estavan, que lo vieron y oyeron. La bienaventurada riose de ver caer la llabe en el suelo, porque veýa muy bien el que la traýa, que hera su sancto ángel, que por los ruegos della e consolaçión de las religiosas la tomó al padre de la cuerda e la traxo, por que no perdiesen de oýr misa. Dixo la bendita sancta a una de aquellas religiosas: “Levantaos, hermana, e toma aquella llave”. Y assí fue visto e savido este milagro. Estando el dicho padre en el camino, vido cómo llevava en la cuerda la llave, e huvo pena de la falta que en el monasterio había. Pero quando vido que la llevaba, hera ya noche, que se fue acostar, y quando a la mañana se levantó mirose acaso la cuerda e vido cómo le faltava la llave. Maravillose dello, y dende a días, quando tornó al monasterio, contó a las monjas lo que havía aconteçido con la llave, y por semejante ellas le contaron cómo a deshora, tal día en la noche, la vieron caer en la çelda de la madre Juana de la Cruz. Y assí dieron graçias a Dios por el milagro.


Perdiose un asno con que traýan las cosas de provisión al monasterio, y havía dos días que hera perdido, e le andavan a buscar e no le podían hallar. E fueron a esta bienabenturada que rogase a Dios que pareçiese, que havía mucha neçessidad de çiertas cosas, y no havía en qué las traer. Y ella respondió lo haría. Y estando en esto, elevose como acostumbrava, e quando tornó en sus sentidos, preguntó si hera pareçido el asno. Respondieron las religiosas que no. Entonçes dixo ella: “Pareçido es, e presto vernán con él”. Y dende a poco espaçio, vinieron los que le havían ydo a buscar e le traxeron bueno [fol. 27v] e sano. Y de esta calidad de saber cosas occultas y depararlas el Señor por sus ruegos acaesçió muchas vezes, no solamente en el monasterio, mas a otras personas que se venían a encommendar a ella.  
Perdiose un asno con que traýan las cosas de provisión al monasterio, y havía dos días que hera perdido, e le andavan a buscar e no le podían hallar. E fueron a esta bienabenturada que rogase a Dios que pareçiese, que havía mucha neçessidad de çiertas cosas, y no havía en qué las traer. Y ella respondió lo haría. Y estando en esto, elevose como acostumbrava, e quando tornó en sus sentidos, preguntó si hera pareçido el asno. Respondieron las religiosas que no. Entonçes dixo ella: “Pareçido es, e presto vernán con él”. Y dende a poco espaçio, vinieron los que le havían ydo a buscar e le traxeron bueno [fol. 27v] e sano. Y de esta calidad de saber cosas occultas y depararlas el Señor por sus ruegos acaesçió muchas vezes, no solamente en el monasterio, mas a otras personas que se venían a encommendar a ella.  
Línea 263: Línea 262:
Y hablando el Spíritu Sancto sin descubrir ni señalar quién hera, dezía: “Az lo que pudieres si tienes poder para ello; si me quieres conjurar, conjúrame, que yo te esperaré como espero al saçerdote en el altar”. Quando çesava el Spíritu Sancto de hablar, dezía cada uno la yntençión con que havía venido.
Y hablando el Spíritu Sancto sin descubrir ni señalar quién hera, dezía: “Az lo que pudieres si tienes poder para ello; si me quieres conjurar, conjúrame, que yo te esperaré como espero al saçerdote en el altar”. Quando çesava el Spíritu Sancto de hablar, dezía cada uno la yntençión con que havía venido.


Quando ella llamava al Señor, dava muy clamorosas he reçias vozes, haziendo muy devotas e humildes suplicaçiones [fol. 28v] e ruegos, para que llegase çerca donde ella estava. E de rato en ratos llamava muy apriesa, con el brazo derecho; e quando çesavan las vozes e llamamientos con el braço, quedava muy sosegada, e no solamente suplicava a Nuestro Señor Jesuchristo tuviese por bien de açercarse a ella, mas aun a los sagrados ángeles haçía muy grandes ruegos y plegarias, diziéndoles: “O, señores, vosotros que traéys el trono muy luçido e aseado de mi Señor; y vosotros, señores, los que traéys los ençensarios de oro e taças de perfumes delante el Rey del Çielo, e los que traéys las hachas ynçendidas y floridas; vosotros, señores, los que traéys los paramientos e las cortinas del pavellón de mi Señor y mi Dios; e vosotros, señores, los que tendéys los doseles muy ricos e paramentos de oro por el suelo, por donde pasa su Real Magestad; e vosotros, señores, los que venís en el ayre volando con los candeleros de oro e velas ençendidas sobre las caveças: suplico a mi Señor que venga por aquí su Divina Magestad. E vosotros, señores, que lleváys los pendones e guiáys las danças, guiad haçia acá, por donde yo estoy; no guiéys por esotras calles, que aquellos señores y señoras contino le ven, e muchas veçes le goçan, mas yo, peccadora, aún no soy digna d’Él ver y goçar sino muy poquito, y contino estoy ambrienta y deseosa d’Él”. Y después volvía su habla con los sanctos apóstoles e mártires, e confesores y vírgenes, e otros muchos sanctos e sanctas.
Quando ella llamava al Señor, dava muy clamorosas he reçias vozes, haziendo muy devotas e humildes suplicaçiones [fol. 28v] e ruegos, para que llegase çerca donde ella estava. E de rato en ratos llamava muy apriesa, con el brazo derecho; e quando çesavan las vozes e llamamientos con el braço, quedava muy sosegada, e no solamente suplicava a Nuestro Señor Jesuchristo tuviese por bien de açercarse a ella, mas aun a los sagrados ángeles haçía muy grandes ruegos y plegarias, diziéndoles: “O, señores, vosotros que traéys el trono muy luçido e aseado de mi Señor; y vosotros, señores, los que traéys los ençensarios de oro e taças de perfumes delante el Rey del Çielo, e los que traéys las hachas ynçendidas y floridas; vosotros, señores, los que traéys los paramientos e las cortinas del pavellón de mi Señor y mi Dios; e vosotros, señores, los que tendéys los doseles muy ricos e paramentos de oro por el suelo, por donde pasa su Real Magestad; e vosotros, señores, los que venís en el ayre volando con los candeleros de oro e velas ençendidas sobre las caveças: suplico a mi Señor que venga por aquí su Divina Magestad. E vosotros, señores, que lleváys los pendones e guiáys las danças, guiad haçia acá, por donde yo estoy; no guiéys por esotras calles, que aquellos señores y señoras contino le ven, e muchas veçes le goçan, mas yo, peccadora, aún no soy digna de le ver y goçar sino muy poquito, y contino estoy ambrienta y deseosa d’Él”. Y después volvía su habla con los sanctos apóstoles e mártires, e confesores y vírgenes, e otros muchos sanctos e sanctas señalava algunas veçes por sus propios nombres, diziéndoles y suplicándoles rogasen al Rey del Çielo, su esposo y su [¿señor?], viniese por donde ella estava a la bendeçir y santiguar, como haçía a los otros señores e señoras. E después tornava su habla con Él, Nuestro Señor, suplicándole por muchas maneras de suplicaciones, e dulçes e amorosas palabras, diziendo la quisiese venir a bendeçir y consolar, aunque ella no hera dina de tan gran benefiçio, viniese su Alta Magestad, porque tenía muchas cosas que le offreçer e dezir y suplicar, ansí de oraçiones que a ella le havían dado le offreçiese e suplicaciones que le havían encomendado le hiçiese; e que tenía muchos padres, y madres y hermanos, y se los quería offreçer y dar. Y esto dezía ella por los frayles y monjas, hijas [fol. 29r] y hermanas suyas spirituales, e perlados mayores e menores, e señoras e amigas, e devotas que assí se lo havían mandado y encomendado, e por todas las personas que se encomendavan en sus oraçiones.  
 
Señalava algunas veçes por sus propios nombres, diziéndoles y suplicándoles rogasen al Rey del Çielo, su esposo y su [¿señor?], viniese por donde ella estava a la bendeçir y santiguar, como haçía a los otros señores e señoras. E después tornava su habla con Él, Nuestro Señor, suplicándole por muchas maneras de suplicaciones, e dulçes e amorosas palabras, diziendo la quisiese venir a bendeçir y consolar, aunque ella no hera dina de tan gran benefiçio, viniese su Alta Magestad, porque tenía muchas cosas que le offreçer e dezir y suplicar, ansí de oraçiones que a ella le havían dado le offreçiese e suplicaciones que le havían encomendado le hiçiese; e que tenía muchos padres, y madres y hermanos, y se los quería offreçer y dar. Y esto dezía ella por los frayles y monjas, hijas [fol. 29r] y hermanas suyas spirituales, e perlados mayores e menores, e señoras e amigas, e devotas que assí se lo havían mandado y encomendado, e por todas las personas que se encomendavan en sus oraçiones.  


E durávale hazer estas exclamaciones: primero que la graçia del Spíritu Sancto hablava en ella espaçio de hora y media, y pasado este yntervalo vía señales en su cuerpo cómo el Señor, por su clemençia, se açercava adonde ella estava, e tanto que, según acá se mostraba, le podía adorar e besar el estrado de sus sagrados pies, e ver goçar muy çerca. Y entonçes le haçía muchas suplicaçiones públicas, e otras secretas que nadie no las podía oýr, e grandes adoraçiones por sí mesma e por todas las personas de la Tierra, y se las encomendava en general, y algunos en especial, e todo el estado de la sancta Madre Yglesia e religión christiana, e a los que están en peccado mortal, e a las ánimas de Purgatorio. E algunas vezes permitía el poderoso Dios que en la propia bestidura de su Divina Magestad y en su estrado e trono real, viese ella todos los estados del mundo: primeramente el estado del Sancto Padre, e cardenales e obispos, con toda la clereçía e todas las órdenes, e las perfeçiones e ymperfeçiones dellas; e los emperadores e reyes, e todas las maneras de estados, de grandes e cavalleros que havía en los reynos e ymperios e toda la república, e los mereçimientos e desmereçimientos de cada unos. E vía cómo los ángeles se llegavan a las personas mansas e humildes, e castas e pobres, e despreçiadas e de perfetas obras, mas que no a los malos, e ynchados de riquezas e avariçia, e sobervia e simonía.  
E durávale hazer estas exclamaciones: primero que la graçia del Spíritu Sancto hablava en ella espaçio de hora y media, y pasado este yntervalo vía señales en su cuerpo cómo el Señor, por su clemençia, se açercava adonde ella estava, e tanto que, según acá se mostraba, le podía adorar e besar el estrado de sus sagrados pies, e ver goçar muy çerca. Y entonçes le haçía muchas suplicaçiones públicas, e otras secretas que nadie no las podía oýr, e grandes adoraçiones por sí mesma e por todas las personas de la Tierra, y se las encomendava en general, y algunos en especial, e todo el estado de la sancta Madre Yglesia e religión christiana, e a los que están en peccado mortal, e a las ánimas de Purgatorio. E algunas vezes permitía el poderoso Dios que en la propia bestidura de su Divina Magestad y en su estrado e trono real, viese ella todos los estados del mundo: primeramente el estado del Sancto Padre, e cardenales e obispos, con toda la clereçía e todas las órdenes, e las perfeçiones e ymperfeçiones dellas; e los emperadores e reyes, e todas las maneras de estados, de grandes e cavalleros que havía en los reynos e ymperios e toda la república, e los mereçimientos e desmereçimientos de cada unos. E vía cómo los ángeles se llegavan a las personas mansas e humildes, e castas e pobres, e despreçiadas e de perfetas obras, mas que no a los malos, e ynchados de riquezas e avariçia, e sobervia e simonía.  
Línea 276: Línea 273:
Heran todas las palabras muy notables e provechosas, e saludables e consolativas a todos los oidores. Y si entre aquella gente que la estava oyendo havía tentados de qualquiera tentaçión que fuese, o encrédulos o desesperadicos, o de otra qualquier manera que tuviesen neçessidad sus almas, a todos satisfaçía y consolava, e aconsejava y reprehendía, e administrava de qué manera se havían de salvar. Y esto haçía hablando a todos en general, y a cada uno de los oydores le pareçía hablava a su propósito, según lo que tenía en su conçiençia e ánima. Yban muy edificados y consolados. Quando el Señor acavava el habla, dava su sancta bendición, diziendo: “La bendiçión del Padre, y de mí, su Hijo Jesuchristo, y del Spíritu Sancto consolador; que me voy, quedad en paz, mas no del coraçón, que bien me quisiere y me amare, y de mí no se apartare”. A esta sancta bendición toda la gente que allí estava hincava los hinojos, e los hombres, quitados los bonetes y abaxadas las caveças, la resçivían con mucha devoçión. E luego salían todos del monasterio. Y para la entrar a oýr, los prelados davan liçençia.  
Heran todas las palabras muy notables e provechosas, e saludables e consolativas a todos los oidores. Y si entre aquella gente que la estava oyendo havía tentados de qualquiera tentaçión que fuese, o encrédulos o desesperadicos, o de otra qualquier manera que tuviesen neçessidad sus almas, a todos satisfaçía y consolava, e aconsejava y reprehendía, e administrava de qué manera se havían de salvar. Y esto haçía hablando a todos en general, y a cada uno de los oydores le pareçía hablava a su propósito, según lo que tenía en su conçiençia e ánima. Yban muy edificados y consolados. Quando el Señor acavava el habla, dava su sancta bendición, diziendo: “La bendiçión del Padre, y de mí, su Hijo Jesuchristo, y del Spíritu Sancto consolador; que me voy, quedad en paz, mas no del coraçón, que bien me quisiere y me amare, y de mí no se apartare”. A esta sancta bendición toda la gente que allí estava hincava los hinojos, e los hombres, quitados los bonetes y abaxadas las caveças, la resçivían con mucha devoçión. E luego salían todos del monasterio. Y para la entrar a oýr, los prelados davan liçençia.  


Duró esta graçia de hablar el Spíritu Sancto en esta bienabenturada treze años, la qual le venía algunas veçes, entre día y noche, dos vezes, y esto no haviendo tornado en sus sentidos entre la una vez e la otra; e otras vezes a terçer día, e otras vezes a quatro días, e a ocho e quinçe, como hera la voluntad de Dios. Mas las elevaçiones e arrobamientos tenía siempre día y noche, e desde su niñez hasta que Dios la llevó desta presente vida. E aunque havía çesado la graçia del habla, no careçía de sus muy altas elevaciones, e gozosas e [fol. 30v] alumbradas revelaçiones, e de ver a Dios, e gozarse con Él y con su sanctíssima madre, e con los ángeles, según en esta Vida se puede ver, y con todos los sanctos e sanctas de la corte celestial. Porque más hera su conversaçión en el Çielo que con la Tierra, que muchas veçes le acaeçía aver acavado de entrar en sus sentidos de muy larga elebaçión, e de oýr nombrar el dulçe nombre de Jesuchristo, tornarse a elevar. E otras vezes de oýr nombrar la sancta Passión, o ver alguna ymagen de Nuestro Señor apasionada, e otras vezes de goço. E quien la quería hablar cosas secretas de su ánima y conçiençia, se guardava de no nombralle cosas de devoçión, en espeçial de la Passión del Señor, porque no se elevase. Acaeçíale muchas veçes estar sin tomar ninguna refeçción corporal hasta terçer día, por estar elevada y no tener dispusiçión de tomar el cuerpo mantenimiento.  
Duró esta graçia de hablar el Spíritu Sancto en esta bienabenturada treze años, la qual le venía algunas veçes, entre día y noche, dos vezes, y esto no haviendo tornado en sus sentidos entre la una vez e la otra; e otras vezes a terçer día, e otras vezes a quatro días, e a ocho e quinçe, como hera la voluntad de Dios. Mas las elevaçiones e arrobamientos tenía siempre día y noche, e desde su niñez hasta que Dios la llevó desta presente vida. E aunque havía çesado la graçia del habla, no careçía de sus muy altas elevaciones, e gozosas e [fol. 30v] alumbradas revelaçiones, e de ver a Dios, e gozarse con Él y con su sanctíssima madre, e con los ángeles, según en esta Vida se puede ver, y con todos los sanctos e sanctas de la corte celestial. Porque más hera su conversaçión en el Çielo que con la Tierra, que muchas veçes le acaeçía aver acavado de entrar en sus sentidos de muy larga elebaçión, e de oýr nombrar el dulçe nombre de Jesuchristo, tornarse a elevar. E otras vezes de oýr nombrar la sancta Passión, o ver alguna ymagen de Nuestro Señor apasionada, e otras vezes de goço. E quien la quería hablar cosas secretas de su ánima y conçiençia, se guardava de no nombralle cosas de devoçión, en espeçial de la Passión del Señor, por que no se elevase. Acaeçíale muchas veçes estar sin tomar ninguna refeçción corporal hasta terçer día, por estar elevada y no tener dispusiçión de tomar el cuerpo mantenimiento.  


Viendo los prelados cómo la graçia del Spíritu Sancto creçía tanto en esta bienabenturada, y hera tan pública a grandes y menores, quisieron probarla bien en sus prinçipios por muchas maneras, que para ello hicieron públicas e secretas, con que se conoçió e afirmó muy bien, e dio testimonio de ser obra de Spíritu Sancto. Mandó el prelado, por sancta obediencia, que no la oyese nadie quando aquella habla le viniese, ni diesen lugar a ningún seglar para que la oyesen. Y assí fue obedeçido por el abbadesa y monjas, que quando le vino la graçia del habla del Señor la dexaron sola en la çelda que el abbadesa e monjas le havían dado para que allí estuviese apartada en sus elevaçiones e contemplaçiones. E le dieron una monja que tuviese cuydados della en aquellos tiempos e la acompañase e sirviese. E dexándola sola, çerraron la çelda, que ninguna ossó entrar dentro ni escucharla por de fuera. E desde a un buen plazo, mandó el abbadesa a una religiosa fuese a ver si havía acavado de fablar, o si hera tornada, [fol. 31r] o qué haçía. E yendo, vido cómo aún el Señor todavía hablaba, y el suelo de la çelda estava lleno de muchas maneras de aves volantías, e todas muy atentas y quietas, escuchando la palabra de Dios, e las más e todas estavan muy çercanas a ella y alrededor de su cama, y assí estuvieron hasta que el Señor huvo acavado de hablar e dado la bendiçión, según otras veçes ascostumbrava haçer. E quando la religiosa entró e vido aquel tan gran milagro de hablar el Señor e la çelda llena ''[1]'' de aves tan quietas oyéndole, maravillose mucho, e con muchas lágrimas fue aprisa al abadesa e le dixo el misterio. Y el abadesa fue a verlo con otras tres o quatro religiosas, las más ançianas de la casa, e todas las vieron el milagro, e se maravillaron mucho, e dieron quenta a los perlados de la gran maravilla que havían visto, e cómo pasado un poco de yntervalo, después que la habla çesó, tornó la bienaventurada en sus sentidos e se halló un paxarico dentro en la manga que se le havía quedado en testimonyo del milagro; en lo qual se vía claramente hera voluntad de Dios la tan grande obra no fuese yncubierta, pues faltando las criaturas raçionales que tienen ánimas vivientes para lo oýr y goçar, permitía Dios viniesen las aves a lo oýr y escuchar. E oyendo esto los perlados, resçivieron con humildad la reprehensión que Nuestro Señor les dava por vía de las aves, e de aý adelante tuvieron por bien que todos la oyesen, assí religiosos como seglares, e dexaron liçençia a la abbadesa para que no estorvase la entrada a todos los que viniesen con devoçión a oýrla. Y assí lo hiçieron todos los perlados que subçedieron todo el tiempo que esta graçia duró, que fue treçe años.
Viendo los prelados cómo la graçia del Spíritu Sancto creçía tanto en esta bienabenturada, y hera tan pública a grandes y menores, quisieron probarla bien en sus prinçipios por muchas maneras, que para ello hicieron públicas e secretas, con que se conoçió e afirmó muy bien, e dio testimonio de ser obra de Spíritu Sancto. Mandó el prelado, por sancta obediencia, que no la oyese nadie quando aquella habla le viniese, ni diesen lugar a ningún seglar para que la oyesen. Y assí fue obedeçido por el abbadesa y monjas, que quando le vino la graçia del habla del Señor la dexaron sola en la çelda que el abbadesa e monjas le havían dado para que allí estuviese apartada en sus elevaçiones e contemplaçiones. E le dieron una monja que tuviese cuydados della en aquellos tiempos e la acompañase e sirviese. E dexándola sola, çerraron la çelda, que ninguna ossó entrar dentro ni escucharla por de fuera. E desde a un buen plazo, mandó el abbadesa a una religiosa fuese a ver si havía acavado de fablar, o si hera tornada, [fol. 31r] o qué haçía. E yendo, vido cómo aún el Señor todavía hablaba, y el suelo de la çelda estava lleno de muchas maneras de aves volantías, e todas muy atentas y quietas, escuchando la palabra de Dios, e las más e todas estavan muy çercanas a ella y alrededor de su cama, y assí estuvieron hasta que el Señor huvo acavado de hablar e dado la bendiçión, según otras veçes ascostumbrava haçer. E quando la religiosa entró e vido aquel tan gran milagro de hablar el Señor e la çelda llena ''[1]'' de aves tan quietas oyéndole, maravillose mucho, e con muchas lágrimas fue aprisa al abadesa e le dixo el misterio. Y el abadesa fue a verlo con otras tres o quatro religiosas, las más ançianas de la casa, e todas las vieron el milagro, e se maravillaron mucho, e dieron quenta a los perlados de la gran maravilla que havían visto, e cómo pasado un poco de yntervalo, después que la habla çesó, tornó la bienaventurada en sus sentidos e se halló un paxarico dentro en la manga que se le havía quedado en testimonyo del milagro; en lo qual se vía claramente hera voluntad de Dios la tan grande obra no fuese yncubierta, pues faltando las criaturas raçionales que tienen ánimas vivientes para lo oýr y goçar, permitía Dios viniesen las aves a lo oýr y escuchar. E oyendo esto los perlados, resçivieron con humildad la reprehensión que Nuestro Señor les dava por vía de las aves, e de aý adelante tuvieron por bien que todos la oyesen, assí religiosos como seglares, e dexaron liçençia a la abbadesa para que no estorvase la entrada a todos los que viniesen con devoçión a oýrla. Y assí lo hiçieron todos los perlados que subçedieron todo el tiempo que esta graçia duró, que fue treçe años.
Línea 297: Línea 294:
Hera esta sancta virgen muy ynclinada a servir e haçer piedad a los enfermos. E havía en el monasterio una enferma que estava en la enfermería, [¿hetría?] e algo penosa, y asquerosa, e serbíala esta bienabenturada quando sus elevaçiones le davan lugar. E llevándole una vez el servidor, olía muy mal. Y ella huvo asco, y empeçó a dar arcadas, y enojándose contra sí mesma e reprehendiéndose con el pensamiento he palabras, metió la caveza dentro en él, e resçivió por la boca e nariz el mal olor. Y andando más adelante con el bazín, llevándole al lugar donde le havía de alimpiar, tornó a haver muy grande asco, e moviéndosele el estómago, dio muchas arcadas como primero las havía dado. Y quiriendo vençer esta tentaçión, esforçose e tomó con la caveza a resçivir del hedor de lo que estava dentro del servidor. Y assí vençió muy poderosamente aquella tentaçión.
Hera esta sancta virgen muy ynclinada a servir e haçer piedad a los enfermos. E havía en el monasterio una enferma que estava en la enfermería, [¿hetría?] e algo penosa, y asquerosa, e serbíala esta bienabenturada quando sus elevaçiones le davan lugar. E llevándole una vez el servidor, olía muy mal. Y ella huvo asco, y empeçó a dar arcadas, y enojándose contra sí mesma e reprehendiéndose con el pensamiento he palabras, metió la caveza dentro en él, e resçivió por la boca e nariz el mal olor. Y andando más adelante con el bazín, llevándole al lugar donde le havía de alimpiar, tornó a haver muy grande asco, e moviéndosele el estómago, dio muchas arcadas como primero las havía dado. Y quiriendo vençer esta tentaçión, esforçose e tomó con la caveza a resçivir del hedor de lo que estava dentro del servidor. Y assí vençió muy poderosamente aquella tentaçión.


Vino a esta bienaventurada una religiosa con mucho frío y dolor de estómago, y díxole: “Señora, por la caridad, que pidáys para vos un trago de vino, diziendo que lo havéys menester por algún dolor que tenéys, y dármelo heys a mí, que traygo gran dolor del estómago, e no lo oso pedir”. Ella dixo que sí haría, e considerando en su coraçón que dezir tenía dolor de estómago por entonçes que no dizía verdad, e dexarlo de pedir hera falta de charidad, supplicó a Nuestro Señor, porque ella pudiese dezir verdad y la religiosa resçiviese refrigerio en su neçessidad, le diese a ella dolor de estómago por algún rato. Y el poderoso Dios le conçedió su petiçión, que le dio dolor en el estómago, y ansí pidió el vino con verdad, e diolo a la religiosa que se lo havía pedido.  
Vino a esta bienaventurada una religiosa con mucho frío y dolor de estómago, y díxole: “Señora, por la caridad, que pidáys para vos un trago de vino, diziendo que lo havéys menester por algún dolor que tenéys, y dármelo heys a mí, que traygo gran dolor del estómago, e no lo oso pedir”. Ella dixo que sí haría, e considerando en su coraçón que dezir tenía dolor de estómago por entonçes que no dizía verdad, e dexarlo de pedir hera falta de charidad, supplicó a Nuestro Señor, por que ella pudiese dezir verdad y la religiosa resçiviese refrigerio en su neçessidad, le diese a ella dolor de estómago por algún rato. Y el poderoso Dios le conçedió su petiçión, que le dio dolor en el estómago, y ansí pidió el vino con verdad, e diolo a la religiosa que se lo havía pedido.  


El abbadesa y monjas del monasterio en que esta bienaventurada morava tenían desseo le dixese cómo llamavan a su sancto ángel, e preguntádoselo, respondió, diziendo: “Yo tengo el mesmo desseo, e muchas veçes se lo he suplicado, y ame respondido que no ay neçessidad de saver su nombre señalado, mas de quanto se llama ángel de Dios y spíritu çelestial”. Y el abbadesa y monjas la tornaron a ymportunar, que no çesase de suplicar le dixese su nombre, porque le tuviesen en memoria e hiçiesen muy señalados serviçios [fol. 33v] e conmemoraçión. E desque le tornó a ver, suplicole le dixese su nombre, que el abbadesa y monjas se lo suplicavan porque le querían hazer señalado serviçio. Y el sancto ángel se escusó como primero, diziendo se llamava ángel de Dios, y spíritu çelestial y bienaventurado. E de que vido esto esta sancta virgen, supplicó a la Emperadora de los Çielos le alcançase esta virtud que ella supiese el nombre señalado de su sancto ángel. E la Soberana Emperadora se lo otorgó luego. E para esto llamó luego al alto seraphín Sant Gabriel, y díxole: “Ven acá, Gabriel, llámame a Laurel Aureum. E obedesçiendo Sant Gabriel al mandamiento de la Madre de Dios y Señora Nuestra, fue luego, e llamó a este sancto ángel, que estava junto con esta bienaventurada su ánima, y díxole: “Señor sant Laurel Aureum, andad acá, que os llama la Reyna Nuestra Señora”. Y él obedeçió de hinojos, e a deshora voló en alto, e fue a ver lo que le mandava. Y assí conoçió esta bienabenturada que hera su sancto ángel aquel que llamavan aquel nombre. Y quando el sancto ángel bolvió donde ella estava, díxole con mucho gozo: “Señor, ya he savido vuestro nombre. Aunque vuestra hermosura nunca me lo a querido dezir, mi Señora, la Reyna de los Çielos, me a hecho esta virtud, que me encomendé yo a su clemençia y otorgó mi petiçión”. E de que tornó en sus sentidos, dixo con mucho lo que le havía aconteçido, e de qué manera havía savido el nombre de su sancto ángel. E díxosele a las religiosas, y ellas se goçaron mucho e dieron graçias a Dios, e tenían muy gran devoción a este sancto ángel, y encomendávanse a él en todas sus tribulaçiones spirituales, y él las socorría e ayudava e favoreçía e suplicava a la Divina Magestad por sus ánimas e petiçiones.  
El abbadesa y monjas del monasterio en que esta bienaventurada morava tenían desseo le dixese cómo llamavan a su sancto ángel, e preguntádoselo, respondió, diziendo: “Yo tengo el mesmo desseo, e muchas veçes se lo he suplicado, y ame respondido que no ay neçessidad de saver su nombre señalado, mas de quanto se llama ángel de Dios y spíritu çelestial”. Y el abbadesa y monjas la tornaron a ymportunar, que no çesase de suplicar le dixese su nombre, por que le tuviesen en memoria e hiçiesen muy señalados serviçios [fol. 33v] e conmemoraçión. E desque le tornó a ver, suplicole le dixese su nombre, que el abbadesa y monjas se lo suplicavan porque le querían hazer señalado serviçio. Y el sancto ángel se escusó como primero, diziendo se llamava ángel de Dios, y spíritu çelestial y bienaventurado. E de que vido esto esta sancta virgen, supplicó a la Emperadora de los Çielos le alcançase esta virtud que ella supiese el nombre señalado de su sancto ángel. E la Soberana Emperadora se lo otorgó luego. E para esto llamó luego al alto seraphín Sant Gabriel, y díxole: “Ven acá, Gabriel, llámame a Laurel Aureum. E obedesçiendo Sant Gabriel al mandamiento de la Madre de Dios y Señora Nuestra, fue luego, e llamó a este sancto ángel, que estava junto con esta bienaventurada su ánima, y díxole: “Señor sant Laurel Aureum, andad acá, que os llama la Reyna Nuestra Señora”. Y él obedeçió de hinojos, e a deshora voló en alto, e fue a ver lo que le mandava. Y assí conoçió esta bienabenturada que hera su sancto ángel aquel que llamavan aquel nombre. Y quando el sancto ángel bolvió donde ella estava, díxole con mucho gozo: “Señor, ya he savido vuestro nombre. Aunque vuestra hermosura nunca me lo a querido dezir, mi Señora, la Reyna de los Çielos, me a hecho esta virtud, que me encomendé yo a su clemençia y otorgó mi petiçión”. E de que tornó en sus sentidos, dixo con mucho lo que le havía aconteçido, e de qué manera havía savido el nombre de su sancto ángel. E díxosele a las religiosas, y ellas se goçaron mucho e dieron graçias a Dios, e tenían muy gran devoción a este sancto ángel, y encomendávanse a él en todas sus tribulaçiones spirituales, y él las socorría e ayudava e favoreçía e suplicava a la Divina Magestad por sus ánimas e petiçiones.  


E de que tornó a ver a su sancto ángel, díxole: “Señor, allá he dicho a mis hermanas vuestro nombre, y anse goçado mucho con él”. Y él respondió: “Ya lo sé, mas no me saven nombrar, que algunas me llaman Laurel y me haçen árbol, mas no yerran mucho en ello, que la sustançia de mi nombre casi eso quiere dezir, que ansí soy yo por la voluntad del muy alto reverdeçedor de ánimas e amparador  de los que devajo de sus alas e de las mías se pusieren, e de los que mi nombre con devoçión e amor ynvocasen”.
E de que tornó a ver a su sancto ángel, díxole: “Señor, allá he dicho a mis hermanas vuestro nombre, y anse goçado mucho con él”. Y él respondió: “Ya lo sé, mas no me saven nombrar, que algunas me llaman Laurel y me haçen árbol, mas no yerran mucho en ello, que la sustançia de mi nombre casi eso quiere dezir, que ansí soy yo por la voluntad del muy alto reverdeçedor de ánimas e amparador  de los que devajo de sus alas e de las mías se pusieren, e de los que mi nombre con devoçión e amor ynvocasen”.
Línea 313: Línea 310:
Hablando el Señor por la boca de esta bienaventurada, la llamava [fol. 35r] algunas vezes por su nombre, diziéndole “Juanica”, e luego declarava que la llamava este nombre diminutivo porque aún no hera del todo nasçida su ánima de su cuerpo, ni naçida perfetamente a luz, que entonzes es digna la persona de nombre entero. Quando después de passada de esta vida el alma se salva e ba al Çielo, queda que, quando muere, si se va al Infierno, no se puede a tal dezir naçida, sino abortada, e no es dina tampoco entonzes de nombre. Algunas vezes la llamava el Señor mesmo por la mesma habla el nombre entero de “Juana”. Dezía su Divina Magestad que la llamava e dezía este nombre entero de “Juana” porque quería dezir nombre de graçia, e de conoçer e amar a Dios; e otra alguna vez la llamava “Juana”, que deçía el mesmo Señor que quiere deçir graçia, graçiosa, dada de ánima.  
Hablando el Señor por la boca de esta bienaventurada, la llamava [fol. 35r] algunas vezes por su nombre, diziéndole “Juanica”, e luego declarava que la llamava este nombre diminutivo porque aún no hera del todo nasçida su ánima de su cuerpo, ni naçida perfetamente a luz, que entonzes es digna la persona de nombre entero. Quando después de passada de esta vida el alma se salva e ba al Çielo, queda que, quando muere, si se va al Infierno, no se puede a tal dezir naçida, sino abortada, e no es dina tampoco entonzes de nombre. Algunas vezes la llamava el Señor mesmo por la mesma habla el nombre entero de “Juana”. Dezía su Divina Magestad que la llamava e dezía este nombre entero de “Juana” porque quería dezir nombre de graçia, e de conoçer e amar a Dios; e otra alguna vez la llamava “Juana”, que deçía el mesmo Señor que quiere deçir graçia, graçiosa, dada de ánima.  


Dezía el Señor, quando hablava por la boca de esta sancta virgen, que quando se diçen e tratan los misterios de la sancta misa, son tan ynumerables las yndulgençias e perdones que ganan los que con devoçión y limpieza de conçiençia los oyen que no ay en la Tierra sentido humano que los pueda numerar ni deçir, por estar allí presençialmente la Magestad de Dios. Deçía el mesmo Dios e Señor que, aunque al parezer de los ojos humanos está puesto el Sancto Sacramento en altar de barro o de madera, y en los paños, y lienços e sedas, e plata e oro que acá le ponen, que también le traen los sanctos ángeles del Çielo yglesia nueva e altar nuevo, y entoldaduras nuevas e frontales, e sábanas e corporales, cáliçes e patenas, e todos los aparejos del altar he hornamentos nuevos para el preste; e aún guantes o sandalias para las manos, porque las manos de los sacerdotes, por limpias e sanas que sean, por ser humanas, no son dinas de tomar a Dios en ellas, e todas las cosas que acá se ponen en los altares, por valerosas e ricas que sean, no son para otra cosa perteneçientes sino para [¿foros?] de los celestiales que traen los ángeles para serviçio de Nuestro Señor. Y aun quando sean dinas las cosas e serviçios que los humanos ponen por hornamento en las yglesias y altares de Dios, an de ser muy limpias e valerosas, reverençiales; y si tales no son, pudiéndolas poner, el mesmo Dios lo demandara a cada un ánima que tiene cargo dello, así de lo mandar como de lo haçer alimpiar.
Dezía el Señor, quando hablava por la boca de esta sancta virgen, que quando se diçen e tratan los misterios de la sancta misa, son tan ynumerables las yndulgençias e perdones que ganan los que con devoçión y limpieza de conçiençia los oyen que no ay en la Tierra sentido humano que los pueda numerar ni deçir, por estar allí presençialmente la Magestad de Dios. Deçía el mesmo Dios e Señor que, aunque al parezer de los ojos humanos está puesto el Sancto Sacramento en altar de barro o de madera, y en los paños, y lienços e sedas, e plata e oro que acá le ponen, que también le traen los sanctos ángeles del Çielo yglesia nueva e altar nuevo, y entoldaduras nuevas e frontales, e sábanas e corporales, cáliçes e patenas, e todos los aparejos del altar he hornamentos nuevos para el preste; e aun guantes o sandalias para las manos, porque las manos de los sacerdotes, por limpias e sanas que sean, por ser humanas, no son dinas de tomar a Dios en ellas, e todas las cosas que acá se ponen en los altares, por valerosas e ricas que sean, no son para otra cosa perteneçientes sino para [¿foros?] de los celestiales que traen los ángeles para serviçio de Nuestro Señor. Y aun quando sean dinas las cosas e serviçios que los humanos ponen por hornamento en las yglesias y altares de Dios, an de ser muy limpias e valerosas, reverençiales; y si tales no son, pudiéndolas poner, el mesmo Dios lo demandara a cada un ánima que tiene cargo dello, así de lo mandar como de lo haçer alimpiar.


Dezía el Nuestro Señor, quexándose e reprehendiendo a los que diçen que no es bien que se ponga oro ni plata, ni brocados ni cosas valedoras en los altares para honra de culto divino, que el mesmo Spíritu Sancto responde a esto, el qual tiene cuydado de tornar por la [fol. 35v] honrra de Dios, e dize, a quién le perteneçen todas las cosas valerosas limpias e preçiosas, e dulçes ministriles e famosos cantores, e todas cosas que buenas sean, sino a solo Dios, criador e haçedor del Çielo y de la Tierra.  
Dezía el Nuestro Señor, quexándose e reprehendiendo a los que diçen que no es bien que se ponga oro ni plata, ni brocados ni cosas valedoras en los altares para honra de culto divino, que el mesmo Spíritu Sancto responde a esto, el qual tiene cuydado de tornar por la [fol. 35v] honrra de Dios, e dize, a quién le perteneçen todas las cosas valerosas limpias e preçiosas, e dulçes ministriles e famosos cantores, e todas cosas que buenas sean, sino a solo Dios, criador e haçedor del Çielo y de la Tierra.  
Línea 319: Línea 316:
Dezía el Señor, a manera de quexa e reprehensión: “Dizen en la Tierra los humanos que Dios y su madre quisieron andar pobres e menospreçiados. Es verdad, empero hiziéronlo por dar exemplo, y si nos quisimos humillar, tanto más son los humanos obligados a nos ensalçar y servir con las cosas mejores y más preçiadas que tuvieren, honrar y solemnizar sus sanctos templos e altares”. Pues todos los bienes que tenemos los humanos, así spirituales como temporales son suyos, e no nuestros, e los alcançamos por ruego e ynterassión de su preçiosa madre Nuestra Señora. E por tanto, quiere su Divina Magestad e le plaçe que con todos sirvamos a su preçiosa madre junto con Él, pues se lo debemos; e que si no se quisieron tratar quando estavan en la Tierra entre sus criaturas, según su estado e dignidad lo mereçía, que nosotros, que somos sus basallos, so pena de la pena, somos obligados a los servir como siervos a señores, e como basallos a reyes, e como criaturas al Criador y madre suya e, si no lo hiçiéremos, o a lo menos todas nuestras fuerças o posibilidad −dezía el Señor− pagaremos en su juyzio divino.
Dezía el Señor, a manera de quexa e reprehensión: “Dizen en la Tierra los humanos que Dios y su madre quisieron andar pobres e menospreçiados. Es verdad, empero hiziéronlo por dar exemplo, y si nos quisimos humillar, tanto más son los humanos obligados a nos ensalçar y servir con las cosas mejores y más preçiadas que tuvieren, honrar y solemnizar sus sanctos templos e altares”. Pues todos los bienes que tenemos los humanos, así spirituales como temporales son suyos, e no nuestros, e los alcançamos por ruego e ynterassión de su preçiosa madre Nuestra Señora. E por tanto, quiere su Divina Magestad e le plaçe que con todos sirvamos a su preçiosa madre junto con Él, pues se lo debemos; e que si no se quisieron tratar quando estavan en la Tierra entre sus criaturas, según su estado e dignidad lo mereçía, que nosotros, que somos sus basallos, so pena de la pena, somos obligados a los servir como siervos a señores, e como basallos a reyes, e como criaturas al Criador y madre suya e, si no lo hiçiéremos, o a lo menos todas nuestras fuerças o posibilidad −dezía el Señor− pagaremos en su juyzio divino.


Dezía hablando por la boca desta bienaventurada, que quando se dize la missa y el sancto evangelio toda persona que presente estava hera obligada a estar muy atenta y en silençio, e de hinojos y en pie, e que así como quiere el preste empezar el sancto evangelio, los ángeles que allí están presentes en la missa, que son muchos, tocan todos juntos las trompetas, hablando con los humanos, diziendo: “Levantaos todos en pie y escuchad atentos con mucha devoçión, y abrid vuestros coraçones, e orejas y sentidos, para oýr al Señor, que quiere hablar; y entended sus maravillas y secretos, que os quiere deçir e descubrir como amigos; e obrad sus exemplos, que os dexó, e tomadlos y enseñadlos vosotros, christianos, e guardadlos en vuestros coraçones. Escuchad, dichoso pueblo christiano, que os habla vuestro Dios, e os declara sus misterios, e os releva sus maravillas, e os descubre su coraçón, e os manifiesta el desseo que tiene de hazeros merçedes, e os convida al Reyno de los Çielos, que os llama [fol. 36r] para que os vengáys a Él, que se desea açercar a vosotros, christianos, que os convida a bodas divinas, e os avisa de lo que os havéys de apartar. Por eso escuchad a vuestro Dios, tan venino que vino a la Tierra por vos redimir, e os dexó en memoria lo que es su sancta voluntad que hagáys para le aplaçer, y lo que es dañoso para vuestras ánimas y conçiençias, porque no lo obréys y os apartéys de lo malo. Por tanto, pueblo christiano, adora y servi, y escucha al Señor Dios tuyo, que tanto le devéys”.  
Dezía hablando por la boca desta bienaventurada, que quando se dize la missa y el sancto evangelio toda persona que presente estava hera obligada a estar muy atenta y en silençio, e de hinojos y en pie, e que así como quiere el preste empezar el sancto evangelio, los ángeles que allí están presentes en la missa, que son muchos, tocan todos juntos las trompetas, hablando con los humanos, diziendo: “Levantaos todos en pie y escuchad atentos con mucha devoçión, y abrid vuestros coraçones, e orejas y sentidos, para oýr al Señor, que quiere hablar; y entended sus maravillas y secretos, que os quiere deçir e descubrir como amigos; e obrad sus exemplos, que os dexó, e tomadlos y enseñadlos vosotros, christianos, e guardadlos en vuestros coraçones. Escuchad, dichoso pueblo christiano, que os habla vuestro Dios, e os declara sus misterios, e os releva sus maravillas, e os descubre su coraçón, e os manifiesta el desseo que tiene de hazeros merçedes, e os convida al Reyno de los Çielos, que os llama [fol. 36r] para que os vengáys a Él, que se desea açercar a vosotros, christianos, que os convida a bodas divinas, e os avisa de lo que os havéys de apartar. Por eso escuchad a vuestro Dios, tan venino que vino a la Tierra por vos redimir, e os dexó en memoria lo que es su sancta voluntad que hagáys para le aplaçer, y lo que es dañoso para vuestras ánimas y conçiençias, por que no lo obréys y os apartéys de lo malo. Por tanto, pueblo christiano, adora y servi, y escucha al Señor Dios tuyo, que tanto le devéys”.  


Declaró más el Señor, que havía Él dicho, estando en la Tierra, quando consagró su sancto cuerpo, tornando del pan en carne, y el vino en sangre: “Esto haréys en mi commemoraçión”, que quería tanto deçir como si dixera: “Cada vez que este Sancto Sacramento de mi cuerpo consagráredes, anunçiaréys y declamaréys mi muerte e Passión, e lo offreceréys al Padre mío celestial en memoria mía, y assí renovarés mi sagrada muerte e Passión para remedio e salvaçión de vuestras almas, como si yo estuviese en aquella hora puesto y colgado en la cruz, haziendo nuevamente la obra de vuestra redempçión”. Y esto deçía el Señor havía Él hecho con sobra de amor que tiene al linage humano, de querer venir en el Sancto Sacramento del Altar cada vez que es llamado con las palabras de la sancta consagraçión.
Declaró más el Señor, que havía Él dicho, estando en la Tierra, quando consagró su sancto cuerpo, tornando del pan en carne, y el vino en sangre: “Esto haréys en mi commemoraçión”, que quería tanto deçir como si dixera: “Cada vez que este Sancto Sacramento de mi cuerpo consagráredes, anunçiaréys y declamaréys mi muerte e Passión, e lo offreceréys al Padre mío celestial en memoria mía, y assí renovarés mi sagrada muerte e Passión para remedio e salvaçión de vuestras almas, como si yo estuviese en aquella hora puesto y colgado en la cruz, haziendo nuevamente la obra de vuestra redempçión”. Y esto deçía el Señor havía Él hecho con sobra de amor que tiene al linage humano, de querer venir en el Sancto Sacramento del Altar cada vez que es llamado con las palabras de la sancta consagraçión.
Línea 325: Línea 322:
Como el Señor descubría e mostrava a esta bienaventurada algunos de sus secretos, así de los gozos çelestiales como de las penas que las ánimas padeçen por sus pecados, y aun de las ánimas que andavan por los ayres, yendo ella una noche a tañer a maytines, que hera sacristana, oyó gritos muy espantosos como de persona que se quexava muy triste y dolorosamente. Y ella, muy maravillada dello, preguntó a su sancto ángel qué voçes heran aquellas tan espantosas que havía oýdo, si se le havía antojado. El sancto ángel le respondió: “No te se antojó, que gritos heran de ánima neçessitada, que con liçençia de Dios se le venía a encomendar que la hiçieses haçer çiertos bienes. Y no te maravilles que lo oyeses tú, que María de Sant Gabriel, religiosa de tu convento, lo oyó también, aý en tu casa, quando tú la oýste”. Y dende a pocos días, apareçió aquel ánima a esta sancta virgen, la qual ánima hera una gran señora del mesmo reyno de Castilla que havía pocos días hera difunta, e padeçía muy grandes penas, la qual le dixo: “Ruégote, por amor de Dios, que ayas compasión de mí, y scrivas a tal çiudad de este reyno, a tal señora que es mi madre. E yo soy fulana, hija suya. E dile cómo te apareçí y estoy en [fol. 36v] grandes penas, e tengo neçessidad que me hagas tales y tales bienes, y abré muy gran remedio con ellos”.  
Como el Señor descubría e mostrava a esta bienaventurada algunos de sus secretos, así de los gozos çelestiales como de las penas que las ánimas padeçen por sus pecados, y aun de las ánimas que andavan por los ayres, yendo ella una noche a tañer a maytines, que hera sacristana, oyó gritos muy espantosos como de persona que se quexava muy triste y dolorosamente. Y ella, muy maravillada dello, preguntó a su sancto ángel qué voçes heran aquellas tan espantosas que havía oýdo, si se le havía antojado. El sancto ángel le respondió: “No te se antojó, que gritos heran de ánima neçessitada, que con liçençia de Dios se le venía a encomendar que la hiçieses haçer çiertos bienes. Y no te maravilles que lo oyeses tú, que María de Sant Gabriel, religiosa de tu convento, lo oyó también, aý en tu casa, quando tú la oýste”. Y dende a pocos días, apareçió aquel ánima a esta sancta virgen, la qual ánima hera una gran señora del mesmo reyno de Castilla que havía pocos días hera difunta, e padeçía muy grandes penas, la qual le dixo: “Ruégote, por amor de Dios, que ayas compasión de mí, y scrivas a tal çiudad de este reyno, a tal señora que es mi madre. E yo soy fulana, hija suya. E dile cómo te apareçí y estoy en [fol. 36v] grandes penas, e tengo neçessidad que me hagas tales y tales bienes, y abré muy gran remedio con ellos”.  


Y con esta ánima desta señora venía otra ánima de un su hermano, con liçençia y voluntad, que en este mundo havía sido muy gran cavallero e havía tenido algunos cargos e viçios por lo qu’él padeçía en el otro mundo. E ansimesmo, aquel ánima habló a esta bienaventurada, e le dixo que embiase a deçir que rogasen a Dios por él, que tenía mucha neçessidad. Ella, movida de compasión y caridad ''[4]'' de aquellas ánimas, scrivió aquella señora, diziéndole que hiçiese hazer por fulana su hija, que estava en mucha neçessidad e penas de Purgatorio, tales bienes; la qual señora no lo quiso creher, ni mandar hazer ningunos bienes por el ánima de su hija. E quando esta sancta virgen vido tal respuesta, congoxose mucho, y dixo: “Pésame por haver scripto aquella señora e descubierto el secreto de aquel alma, pues a sido sin fruto e provecho. Empero, yo sé çierto que esta señora a quien yo agora scrivo no vivirá mucho en este mundo,porque, allende de ser sus días cumplidos, su mesma hija demanda justiçia de Dios della, y ruega que vaya muy presto a sentir las penas que ella siente, pues ni las creyó ni para salir dellas la quiso ayudar”. E así, cumplido por la voluntad de Dios, que luego en muy breve tiempo finó aquella señora tras su hija, e le fue revelado a esta bienaventurada cómo estava en muchas penas.  
Y con esta ánima desta señora venía otra ánima de un su hermano, con liçençia y voluntad, que en este mundo havía sido muy gran cavallero e havía tenido algunos cargos e viçios por lo qu’él padeçía en el otro mundo. E ansimesmo, aquel ánima habló a esta bienaventurada, e le dixo que embiase a deçir que rogasen a Dios por él, que tenía mucha neçessidad. Ella, movida de compasión y caridad ''[4]'' de aquellas ánimas, scrivió aquella señora, diziéndole que hiçiese hazer por fulana su hija, que estava en mucha neçessidad e penas de Purgatorio, tales bienes; la qual señora no lo quiso creher, ni mandar hazer ningunos bienes por el ánima de su hija. E quando esta sancta virgen vido tal respuesta, congoxose mucho, y dixo: “Pésame por haver scripto aquella señora e descubierto el secreto de aquel alma, pues a sido sin fruto e provecho. Empero, yo sé çierto que esta señora a quien yo agora scrivo no vivirá mucho en este mundo, porque, allende de ser sus días cumplidos, su mesma hija demanda justiçia de Dios della, y ruega que vaya muy presto a sentir las penas que ella siente, pues ni las creyó ni para salir dellas la quiso ayudar”. E así, cumplido por la voluntad de Dios, que luego en muy breve tiempo finó aquella señora tras su hija, e le fue revelado a esta bienaventurada cómo estava en muchas penas.  


Y el ánima del cavallero, viendo que no la havían creýdo lo que havía dicho de su hermana, y que por eso no embió a dezir a su muger hiziese hazer por él los bienes que él mandava, tornó otra vez a pareçerle e mostrársele muy bravo y enojado contra ella, diziéndole: “Por çierto, tú me as sido muy cruel e sin piedad para mí, porque si mi madre no creyó lo que le embiaste a deçir de mi hermana, mi muger bien creyría lo que le embiaras a dezir. Y si no lo hazes, por çierto yo te tornaré apareçer otra vez, e te espantaré de tal manera que se te acuerde”. Y diziendo estas palabras, asió della, elevola desde el dormitorio donde estava una çelda, y díxole: “Por que veas qué son las penas que padezco, quiero demostrar algo dellas”. E sacó la mano, e tocole tan mala vez e quemole los cavellos [fol. 37r] en señal de sus muy sobradas penas e tormentos; la qual señal de quemarle los cavellos e de llevarla de una parte a otra supieron todas las religiosas, e la causa e secreto dello. E contreñida de charidad, scrivió a su muger deste cavallero, y ella lo creyó muy bien, e hiço lo que esta bienabenturada le dixo; la qual, por la graçia que le hera dada del poderoso Dios, conoçió las cosas secretas de algunas personas, e le hera revelado lo que le querían hablar antes que se lo dixesen.  
Y el ánima del cavallero, viendo que no la havían creýdo lo que havía dicho de su hermana, y que por eso no embió a dezir a su muger hiziese hazer por él los bienes que él mandava, tornó otra vez a pareçerle e mostrársele muy bravo y enojado contra ella, diziéndole: “Por çierto, tú me as sido muy cruel e sin piedad para mí, porque si mi madre no creyó lo que le embiaste a deçir de mi hermana, mi muger bien creyría lo que le embiaras a dezir. Y si no lo hazes, por çierto yo te tornaré apareçer otra vez, e te espantaré de tal manera que se te acuerde”. Y diziendo estas palabras, asió della, elevola desde el dormitorio donde estava una çelda, y díxole: “Por que veas qué son las penas que padezco, quiero demostrar algo dellas”. E sacó la mano, e tocole tan mala vez e quemole los cavellos [fol. 37r] en señal de sus muy sobradas penas e tormentos; la qual señal de quemarle los cavellos e de llevarla de una parte a otra supieron todas las religiosas, e la causa e secreto dello. E contreñida de charidad, scrivió a su muger deste cavallero, y ella lo creyó muy bien, e hiço lo que esta bienabenturada le dixo; la qual, por la graçia que le hera dada del poderoso Dios, conoçió las cosas secretas de algunas personas, e le hera revelado lo que le querían hablar antes que se lo dixesen.  
Línea 341: Línea 338:
Estavan todas las religiosas de su convento e otras muchas personas muy angustiadas por la neçessidad que tenían de su habla e consolaçión, porque no las oýa, aunque ellas le querían deçir y encomendar sus desseos y cosas tocantes a su consolaçión y conçiençia; por lo qual suplicavan mucho a Nuestro Señor le volviese el sentido del oýr. Y su Divina Magestad tuvo por bien de oýr las plegarias de todos, e tornole el oýr día de la señora sancta Clara. E híçolo desta manera: que estando ella elevada como solía, vido a Nuestro Señor Jesuchristo en spíritu, e la habló e consoló, e le dio el soplo del Spíritu Sancto, e hiço un sermón maravilloso, declarando muy grandes excelençias e maravillas. E hablando, dixo su Divina Magestad que quería dezir por qué la havía ensordeçido, aunque él no tenía neçessidad de dar quenta por qué haçía estas ni otras más cosas: pero que le havía quitado el oýr por tenella más quieta e junta a Él, e recoxidos sus sentidos e pensamientos en Él e no en otra cosa terrena, e tenerla en sancta y simple ynoçençia de niña, y en una puredad de spíritu sin ninguna maliçia, y que no oýa otra cosa sino cosas çélestiales. Mas pues hera tan importunada y rogada de muchas personas, que a Él le plaçía de la sanar. Y en çesando su Divina Magestad de hablar, antes que ella tornase en sus sentidos, vino a ella el apóstol San Pedro, por mandado del poderoso Dios, e metiole los dedos en los oýdos, e bendiciéndola con la señal de la sancta cruz de parte de Dios. Tornando ella en sus sentidos, a deshora se vido sana, e tornado el oýr tan perfetamente como de primero, de lo qual ella y todas las religiosas fueron muy alegres y dieron graçias a su Divina Magestad por la misericordia de ynclinar a su oreja las suplicaçiones que le havían hecho.
Estavan todas las religiosas de su convento e otras muchas personas muy angustiadas por la neçessidad que tenían de su habla e consolaçión, porque no las oýa, aunque ellas le querían deçir y encomendar sus desseos y cosas tocantes a su consolaçión y conçiençia; por lo qual suplicavan mucho a Nuestro Señor le volviese el sentido del oýr. Y su Divina Magestad tuvo por bien de oýr las plegarias de todos, e tornole el oýr día de la señora sancta Clara. E híçolo desta manera: que estando ella elevada como solía, vido a Nuestro Señor Jesuchristo en spíritu, e la habló e consoló, e le dio el soplo del Spíritu Sancto, e hiço un sermón maravilloso, declarando muy grandes excelençias e maravillas. E hablando, dixo su Divina Magestad que quería dezir por qué la havía ensordeçido, aunque él no tenía neçessidad de dar quenta por qué haçía estas ni otras más cosas: pero que le havía quitado el oýr por tenella más quieta e junta a Él, e recoxidos sus sentidos e pensamientos en Él e no en otra cosa terrena, e tenerla en sancta y simple ynoçençia de niña, y en una puredad de spíritu sin ninguna maliçia, y que no oýa otra cosa sino cosas çélestiales. Mas pues hera tan importunada y rogada de muchas personas, que a Él le plaçía de la sanar. Y en çesando su Divina Magestad de hablar, antes que ella tornase en sus sentidos, vino a ella el apóstol San Pedro, por mandado del poderoso Dios, e metiole los dedos en los oýdos, e bendiciéndola con la señal de la sancta cruz de parte de Dios. Tornando ella en sus sentidos, a deshora se vido sana, e tornado el oýr tan perfetamente como de primero, de lo qual ella y todas las religiosas fueron muy alegres y dieron graçias a su Divina Magestad por la misericordia de ynclinar a su oreja las suplicaçiones que le havían hecho.


Viernes Sancto siguiente, luego que esta bienabenturada ensordeció, estando ella [fol. 38v] elevada e puesta en cruz, assí en la elevaçión tenía tan fijos sus brazos y piernas, e todos sus miembros, como si no fuera de carne sino un crucifixo, de manera que ninguna fuerça bastava para la quitar de así, aunque se provó muchas vezes por las religiosas en otros días que la veýan muchas vezes estar elevada e puesta en cruz. Pero no estava en pie, sino hechada donde las religiosas la ponían. Y en este mesmo ora del Viernes Sancto, estando todas las religiosas en el choro, que hera por la mañana, quando se diçe el sancto offiçio, ella estava en una çelda ençerrada, porque assí hera la voluntad de Dios y de los prelados, que, quando estuviese en rapto, estuviese desta manera. Estando diziendo la sancta Passión, tornó en sí, e fuese al choro, e yba llorando y descalça. Y no pudiendo andar, ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena. E viéndola las religiosas entrar en el choro, assí fueron a ella, e preguntáronla por señas por qué yba de aquella manera. Respondió que le dolían mucho los pies e no podía andar con ellos. E mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, de las señales del Señor: no llagas abiertas ni manantes sangre, sino unas señales redondas, del tamaño de un real, e muy coloradas, de manera que pareçían por las palmas de las manos que estavan ympresas por la parte de ençima, e por semejante pareçía en las plantas de los pies. Tenía también estas preçiosas señales, e muy maravilloso olor, e no de ninguna manera de las flores de la tierra. E quexávase muy reçiamente, e llorava de los dolores que en las partes de las señales tenía. E viéndola las religiosas de aquella manera, llorando e con mucha devoçión, davan muchas graçias a Dios. E tomáronla en sus brazos, e lleváronla a su çelda y hecháronla. Hera tan grande el ardor e fuego que en las manos e pies tenía en el lugar do tenía las señales, que le ponían las religiosas unos pañeçitos de agua fría, y en muy breve espaçio se enjugavan del gran fuego que de allí salía. E muy a menudo le ponían los pañeçitos mojados y ella mesma se soplava las palmas de las [fol. 39r] manos, por mitigarse el gran fuego e dolor que sentía. E las religiosas le preguntavan qué hera aquello o quién le havía dado aquellas señales. Ella, entendiendo, les respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía, diziendo: “Vi a Nuestro Señor Jesuchristo cruçificado en aquel lugar donde mi sancto ángel me suele poner, y assí, llagado y cruçificado como venía, se juntó conmigo, e puso sus manos junto con las mías, e sus pies con los míos; y así como esto hiço, sentí en mi spíritu gran dolor e sentimiento en mis manos e pies y, a deshora, me vi tornada acá en mis sentidos, con estas señales que véys, y con muchos dolores en ellas, y tan reçios que casi no los pudo sufrir”. Tuvo estas señales tan maravillosas y creçidos dolores dende el día del Viernes Sancto, hasta el día de la Sancta Asçençión. Y esto no contino, sino los viernes, y sábados y domingos, tres días arreo hasta la hora que fue la Sancta Resurreçión, y dende aquella ora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta bienaventurada cómo no podía encubrir estas preçiosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio −pues ya se publicava, y su confesor y el compañero se las havían visto junto con las religiosas−, suplicó a Nuestro Señor muy afetuosamente que en ninguna manera permitiese su Divina Magestad que en ella, su yndigna sierva, pareçiesen ni tuviese tal thesoro ni tan ricas joyas, que no hera digna dellas, ni quería tal don, pues no le podía encubrir. E nunca çesó de haçer esta suplicación, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcançó del poderoso Dios. E hablando un día su Divina Magestad por la lengua y boca della, dixo: “Mucho me ruegas e ymportunas que te quite ese don que te he dado. Yo lo haré, y pues no as querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y assí le fue otorgado del Señor no tener ya más aquellas señales.  
Viernes Sancto siguiente, luego que esta bienabenturada ensordeció, estando ella [fol. 38v] elevada e puesta en cruz, assí en la elevaçión tenía tan fijos sus brazos y piernas, e todos sus miembros, como si no fuera de carne sino un crucifixo, de manera que ninguna fuerça bastava para la quitar de así, aunque se provó muchas vezes por las religiosas en otros días que la veýan muchas vezes estar elevada e puesta en cruz. Pero no estava en pie, sino hechada donde las religiosas la ponían. Y en este mesmo ora del Viernes Sancto, estando todas las religiosas en el choro, que hera por la mañana, quando se diçe el sancto offiçio, ella estava en una çelda ençerrada, porque assí hera la voluntad de Dios y de los prelados, que, quando estuviese en rapto, estuviese desta manera. Estando diziendo la sancta Passión, tornó en sí, e fuese al choro, e yba llorando y descalça. Y no pudiendo andar, ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena. E viéndola las religiosas entrar en el choro, assí fueron a ella, e preguntáronla por señas por qué yba de aquella manera. Respondió que le dolían mucho los pies e no podía andar con ellos. E mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, de las señales del Señor: no llagas abiertas ni manantes sangre, sino unas señales redondas, del tamaño de un real, e muy coloradas, de manera que pareçían por las palmas de las manos que estavan ympresas por la parte de ençima, e por semejante pareçía en las plantas de los pies. Tenía también estas preçiosas señales, e muy maravilloso olor, e no de ninguna manera de las flores de la tierra. E quexávase muy reçiamente, e llorava de los dolores que en las partes de las señales tenía. E viéndola las religiosas de aquella manera, llorando e con mucha devoçión, davan muchas graçias a Dios. E tomáronla en sus brazos, e lleváronla a su çelda y hecháronla. Hera tan grande el ardor e fuego que en las manos e pies tenía en el lugar do tenía las señales, que le ponían las religiosas unos pañeçitos de agua fría, y en muy breve espaçio se enjugavan del gran fuego que de allí salía. E muy a menudo le ponían los pañeçitos mojados y ella mesma se soplava las palmas de las [fol. 39r] manos, por mitigarse el gran fuego e dolor que sentía. E las religiosas le preguntavan qué hera aquello o quién le havía dado aquellas señales. Ella, entendiendo, les respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía, diziendo: “Vi a Nuestro Señor Jesuchristo cruçificado en aquel lugar donde mi sancto ángel me suele poner, y assí, llagado y cruçificado como venía, se juntó conmigo, e puso sus manos junto con las mías, e sus pies con los míos; y así como esto hiço, sentí en mi spíritu gran dolor e sentimiento en mis manos e pies y, a deshora, me vi tornada acá en mis sentidos, con estas señales que véys, y con muchos dolores en ellas”. Y tan reçios que casi no los pudo sufrir; tuvo estas señales tan maravillosas y creçidos dolores dende el día del Viernes Sancto, hasta el día de la Sancta Asçençión. Y esto no contino, sino los viernes, y sábados y domingos, tres días arreo hasta la hora que fue la Sancta Resurreçión, y dende aquella ora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta bienaventurada cómo no podía encubrir estas preçiosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio −pues ya se publicava, y su confesor y el compañero se las havían visto junto con las religiosas−, suplicó a Nuestro Señor muy afetuosamente que en ninguna manera permitiese su Divina Magestad que en ella, su yndigna sierva, pareçiesen ni tuviese tal thesoro ni tan ricas joyas, que no hera digna dellas, ni quería tal don, pues no le podía encubrir. E nunca çesó de haçer esta suplicación, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcançó del poderoso Dios. E hablando un día su Divina Magestad por la lengua y boca della, dixo: “Mucho me ruegas e ymportunas que te quite ese don que te he dado. Yo lo haré, y pues no as querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y assí le fue otorgado del Señor no tener ya más aquellas señales.  


Por entonçes, muchas personas heran consoladas spiritualmente e libradas de sus tentaçiones por consejo e lumbre de esta bienaventurada. Y aunque fuesen más de çiento las que juntamente se le encomendasen para que rogase a Dios por ellas y que huviese respuesta de su sancto ángel, dotola Dios de tanta graçia que ninguna se le olvidava; que por todas rogava a Dios a su sancto ángel le dixese qué respondería a cada una de aquellas [fol. 39v] personas.Y el sancto ángel la respondía en cada cosa, según el poderoso Dios le dava liçençia para ello. E havidas ella las respuestas, las dava a las personas que se le havían encomendado, sin trocar ninguna cosa de lo que el sancto ángel le deçía, e savía lo que havía de dezir a cada persona. Y esto, de una vez que se elevase, traýa todo esto en su memoria.
Por entonçes, muchas personas heran consoladas spiritualmente e libradas de sus tentaçiones por consejo e lumbre de esta bienaventurada. Y aunque fuesen más de çiento las que juntamente se le encomendasen para que rogase a Dios por ellas y que huviese respuesta de su sancto ángel, dotola Dios de tanta graçia que ninguna se le olvidava; que por todas rogava a Dios a su sancto ángel le dixese qué respondería a cada una de aquellas [fol. 39v] personas.Y el sancto ángel la respondía en cada cosa, según el poderoso Dios le dava liçençia para ello. E havidas ella las respuestas, las dava a las personas que se le havían encomendado, sin trocar ninguna cosa de lo que el sancto ángel le deçía, e savía lo que havía de dezir a cada persona. Y esto, de una vez que se elevase, traýa todo esto en su memoria.
Línea 353: Línea 350:
Consejo a otro: una persona suplicava la respondiese el sancto ángel, por ynterçessión de esta bienabenturada, y asý fue, que digo: “Dile a esa persona que se enmiende, e guarde de ofender a Dios, que le hago saver que se demanda por hurto en el juizio de Dios qualquier tiempo e palabras mal dispendidas e habladas, e se pagan con las setenas como hurto, e se an de restituyr como fama qualquier mal exemplo o enseñamiento u ocasión que dé para que otra peque. Por eso, que se avisen hechos e horas e palabras”.
Consejo a otro: una persona suplicava la respondiese el sancto ángel, por ynterçessión de esta bienabenturada, y asý fue, que digo: “Dile a esa persona que se enmiende, e guarde de ofender a Dios, que le hago saver que se demanda por hurto en el juizio de Dios qualquier tiempo e palabras mal dispendidas e habladas, e se pagan con las setenas como hurto, e se an de restituyr como fama qualquier mal exemplo o enseñamiento u ocasión que dé para que otra peque. Por eso, que se avisen hechos e horas e palabras”.


Estando aparejadas las monjas para comulgar, e juntas en un lugar que para ello tenían diputado, hallose con ellas esta sancta virgen, la qual no yba a comulgar, sino a ver y adorar este Sanctíssimo Sacramento. Y como estuviese allí, llegáronse las religiosas a ella, y ocupávanse en la hablar, encomendándole algunas cosas de sus ánimas. A deshora fue tomada y arrevatada dentre las religiosas, e de los ojos dellas, e alçada en alto. Todas, muy maravilladas, allegaron a comulgar, cada una como mejor pudo. E de que huvieron comulgado, pasado algún yntervalo, a deshora la vieron entre ellas. Todas, muy espantadas, se hallegaron çerca della, y la rogaron muy afincadamente les dixese dónde havía estado mientras ellas comulgaron, que a deshora se havía desapareçido. Y enportunándola mucho, les respondió, diziendo: “Los ángeles me llevaron porque no os ocupásedes conmigo, sino con solo Dios, e dixéronme: ‘Anda acá, súbete aquí, a la cumbre de la casa con nosotros, por que no se ocupen en ti las religiosas el tiempo del comulgar’. Y allí me tuvieron en el ayre entre ellos, e me cubrieron con sus hermosas alas porque vosotras no me viésedes. E dende allí goçávamos todos del Sanctíssimo Sacramento. E quando me bajaron, dixéronme: ‘Anda acá, que aora no estorvarás nada’. E las monjas dieron [fol. 41r] graçias a Dios por tan gran milagro, e rogaronle mucho les dixese lo que Nuestro Señor le havía mostrado en la comunión de ellas. Ella les dixo: “Las que comulgavan muy devotamente, llegava el sancto ángel su guardador e tomavale del braço, e abraçávala, e besávala e goçávase mucho con ella; e la que no comulgava devotamente, desviávase algo de ella su sancto ángel, e orava al Señor muy devotamente por ella, que la cumpliese de su graçia”.
Estando aparejadas las monjas para comulgar, e juntas en un lugar que para ello tenían diputado, hallose con ellas esta sancta virgen, la qual no yba a comulgar, sino a ver y adorar este Sanctíssimo Sacramento. Y como estuviese allí, llegáronse las religiosas a ella, y ocupávanse en la hablar, encomendándole algunas cosas de sus ánimas. A deshora fue tomada y arrevatada dentre las religiosas, e de los ojos dellas, e alçada en alto. Todas, muy maravilladas, allegaron a comulgar, cada una como mejor pudo. E de que huvieron comulgado, pasado algún yntervalo, a deshora la vieron entre ellas. Todas, muy espantadas, se hallegaron çerca della, y la rogaron muy afincadamente les dixese dónde havía estado mientras ellas comulgaron, que a deshora se havía desapareçido. Y enportunándola mucho, les respondió, diziendo: “Los ángeles me llevaron por que no os ocupásedes conmigo, sino con solo Dios, e dixéronme: ‘Anda acá, súbete aquí, a la cumbre de la casa con nosotros, por que no se ocupen en ti las religiosas el tiempo del comulgar’. Y allí me tuvieron en el ayre entre ellos, e me cubrieron con sus hermosas alas por que vosotras no me viésedes. E dende allí goçávamos todos del Sanctíssimo Sacramento. E quando me bajaron, dixéronme: ‘Anda acá, que aora no estorvarás nada’. E las monjas dieron [fol. 41r] graçias a Dios por tan gran milagro, e rogaronle mucho les dixese lo que Nuestro Señor le havía mostrado en la comunión de ellas. Ella les dixo: “Las que comulgavan muy devotamente, llegava el sancto ángel su guardador e tomavale del braço, e abraçávala, e besávala e goçávase mucho con ella; e la que no comulgava devotamente, desviávase algo de ella su sancto ángel, e orava al Señor muy devotamente por ella, que la cumpliese de su graçia”.


E no solo esta vez fue esta bienabenturada alçada en cuerpo y en alma dentre las religiosas, mas otras vezes lo vieron y supieron las mismas monjas que los sanctos ángeles le alçavan en contemplaçión, y assí tenía condiçión angelical e sanctas hablas e consejos. Desde a çiertos días que este milagro vieron las religiosas de alçarla en alto los ángeles quando comulgavan, pidiola la provisora una cosa que tenía neçessidad, e deçía no la havía en la casa, y ansí lo creýa de çierto. E oyéndolo esta sancta virgen, dixo a la provisora: “Sí tenéys, hermana, aunque no se os acuerda. Que yo le vi el otro día, quando las religiosas comulgaron en tal zaquizamí, quando los sanctos ángeles me subieron en alto”. E fue la provisora, e halló lo que buscaba.  
E no solo esta vez fue esta bienabenturada alçada en cuerpo y en alma dentre las religiosas, mas otras vezes lo vieron y supieron las mismas monjas que los sanctos ángeles le alçavan en contemplaçión, y assí tenía condiçión angelical e sanctas hablas e consejos. Desde a çiertos días que este milagro vieron las religiosas de alçarla en alto los ángeles quando comulgavan, pidiola la provisora una cosa que tenía neçessidad, e deçía no la havía en la casa, y ansí lo creýa de çierto. E oyéndolo esta sancta virgen, dixo a la provisora: “Sí tenéys, hermana, aunque no se os acuerda. Que yo le vi el otro día, quando las religiosas comulgaron en tal zaquizamí, quando los sanctos ángeles me subieron en alto”. E fue la provisora, e halló lo que buscaba.  
Línea 438: Línea 435:
”Y en todo esto calla el ánima, que ninguna cosa responden. Se escusa, mas está muy encogida y temerosa, temblando si la an de condenar o no. E oýdas el señor Sant Miguel ambas partes, juzga e sentencia, según la voluntad de Dios e la justiçia, del ánima, y embía cada una dellas al lugar diputado, donde por entonçes á de estar: a la gloria de Paraýso, si tan perfetas obras tiene, o penas de Purgatorio, si desta vida no va perfetamente acavada de purgar, o a penas infernales, si tan mala y peccadora fue que no quiso amar ni servir a Dios o si le tomó la muerte en peccado. Mas [fol. 55r] que en el estado que le tomó la muerte la juzga Dios. Después que Sant Miguel a dado la sentençia a cada ánima según la volutad de Dios, todavía tiene el sancto ángel el ánima a par de sí, la qual tuvo a su cargo, mientras en este mundo vivió. E si la tal ánima por sus peccados es condenada, aunque sea christiana, el sancto ángel, con semblante triste e de mucha compasión, llama a los demonios con çierta señal que ellos tienen. E oýda dellos, van con mucha priesa, como bestias fieras, recogiendo los dientes he hiriendo las colas, e abriendo las bocas para las tragar.  
”Y en todo esto calla el ánima, que ninguna cosa responden. Se escusa, mas está muy encogida y temerosa, temblando si la an de condenar o no. E oýdas el señor Sant Miguel ambas partes, juzga e sentencia, según la voluntad de Dios e la justiçia, del ánima, y embía cada una dellas al lugar diputado, donde por entonçes á de estar: a la gloria de Paraýso, si tan perfetas obras tiene, o penas de Purgatorio, si desta vida no va perfetamente acavada de purgar, o a penas infernales, si tan mala y peccadora fue que no quiso amar ni servir a Dios o si le tomó la muerte en peccado. Mas [fol. 55r] que en el estado que le tomó la muerte la juzga Dios. Después que Sant Miguel a dado la sentençia a cada ánima según la volutad de Dios, todavía tiene el sancto ángel el ánima a par de sí, la qual tuvo a su cargo, mientras en este mundo vivió. E si la tal ánima por sus peccados es condenada, aunque sea christiana, el sancto ángel, con semblante triste e de mucha compasión, llama a los demonios con çierta señal que ellos tienen. E oýda dellos, van con mucha priesa, como bestias fieras, recogiendo los dientes he hiriendo las colas, e abriendo las bocas para las tragar.  


“Los sanctos ángeles héchanles las ánimas condenadas a manera de quien convida a canes, diziéndole: ‘[¿Çito?], tú, toma, mata tu ambre de lo que as desseado’. Luego los demonios las recogen en las bocas, e con las uñas las van despedazando, e tragándolas, haziéndoles muchos tormentos, las llevan adonde la justizia de Dios quiere que padezcan. E las ánimas que van a pagar a Purgatorio, llévanlas los sanctos ángeles en los braços e manos, e vanlas hablando e consolando, y esforçando quanto pueden. Y ellos, por sus propias manos, las arrojan de presto em purgatorio, en el lugar de penas que Dios quiere que paguen. Y el sancto ángel vuela en alto, e sube al Çielo, e quedan las ánimas dando muy grandes gritos y alaridos, e padesçiendo muy grandes penas. E nadie por entonçes las bale ni consuela, hasta que nuestro Señor Dios otra cosa manda. Porque así es justa su justiçia, aunque las sufragias y oraçiones hechas por las ánimas de Purgatorio quiere su Divina Magestad les aprovechen.
“Los sanctos ángeles héchanles las ánimas condenadas a manera de quien convida a canes, diziéndole: ‘[¿Çito?], tú, toma, mata tu ambre de lo que as desseado’. Luego los demonios las recogen en las bocas, e con las uñas las van despedazando, e tragándolas, haziéndoles muchos tormentos, las llevan adonde la justizia de Dios quiere que padezcan. E las ánimas que van a pagar a Purgatorio, llévanlas los sanctos ángeles en los braços e manos, e vanlas hablando e consolando, y esforçando quanto pueden. Y ellos, por sus propias manos, las arrojan de presto em Purgatorio, en el lugar de penas que Dios quiere que paguen. Y el sancto ángel vuela en alto, e sube al Çielo, e quedan las ánimas dando muy grandes gritos y alaridos, e padesçiendo muy grandes penas. E nadie por entonçes las bale ni consuela, hasta que nuestro Señor Dios otra cosa manda. Porque así es justa su justiçia, aunque las sufragias y oraçiones hechas por las ánimas de Purgatorio quiere su Divina Magestad les aprovechen.


”En aquel lugar que juzga Sant Miguel, ay çierto número de sanctos ángeles que tienen un offiçio, por mandamiento del poderoso Dios, que con azotes en las manos açotan las ánimas, e las hechan de allí del Çielo, donde son juzgadas, afrentándolas públicamente, diziéndoles: ‘Anda, sal fuera, e ve para las aguas de Purgatorio, que así lo mereçes por tus peccados yr al lugar de penas, y no de [fol. 55v] gloria. Toma este azote por tal y tal peccado que hiziste contra la Divina Magestad, e toma este por la offensa que hiziste hazer a tu próximo, y este por el mal exemplo que diste’. E desta manera de vituperio e injurias hechan los sanctos ángeles las tales ánimas del Çielo, e las embían a Purgatorio, y ellas resçiven muy grande afrenta en ser heridas e ynjuriadas de los sanctos ángeles. Y estas tribulaçiones e otras muchas padesçen las ánimas que an offendido a Dios, aunque son christianas y se salvan.
”En aquel lugar que juzga Sant Miguel, ay çierto número de sanctos ángeles que tienen un offiçio, por mandamiento del poderoso Dios, que con azotes en las manos açotan las ánimas, e las hechan de allí del Çielo, donde son juzgadas, afrentándolas públicamente, diziéndoles: ‘Anda, sal fuera, e ve para las aguas de Purgatorio, que así lo mereçes por tus peccados yr al lugar de penas, y no de [fol. 55v] gloria. Toma este azote por tal y tal peccado que hiziste contra la Divina Magestad, e toma este por la offensa que hiziste hazer a tu próximo, y este por el mal exemplo que diste’. E desta manera de vituperio e injurias hechan los sanctos ángeles las tales ánimas del Çielo, e las embían a Purgatorio, y ellas resçiven muy grande afrenta en ser heridas e ynjuriadas de los sanctos ángeles. Y estas tribulaçiones e otras muchas padesçen las ánimas que an offendido a Dios, aunque son christianas y se salvan.
Línea 452: Línea 449:
”Algunas vezes he visto juzgar y condenar ánimas de algunas personas que en esta vida havían sido hipróquitas. Y es tan reçio y espantable su juyzio, que es cosa maravillosa de ver. Después de haverlas juzgado y esaminado, traen allí los sanctos ángeles bestiduras, e coronas e adornamientos muy preçiosos, e adórnanlas con ellos, e pónenles cada cosa por sí, diziéndoles: ‘Por tal y tal obra que hiziste, que al pareçer de las gentes era muy buena, y si verdaderamente lo hiçieras por solo Dios, huvieras mereçido esto y esto, que nosotros agora te ponemos; e por tal e tal penitençia, si la hizieras por amor de Dios, tuvieras galardón de esto, y de esto con que agora [fol. 56v] te adornamos’. E desta manera adornan e coronan los sanctos ángeles aquellas tristes ánimas de todas las maneras de mereçimientos e galardones que tuvieran y poseyeran, si reta e verdaderamente lo hiziera por solo amor de Dios, e de su sagrada Passión e penitençia de sus peccados. Después tornan los sanctos ángeles a descomponer estas desdichadas ánimas, quitándoles cada cosa por sí, a manera de quando desgradúan en este mundo algún saçerdote. Y a cada cosa que les quitan, los sanctos ángeles los maldiçen de muchedumbre de maldiçiones, diziendo: ‘Yd, malditas, al fuego eterno e perdurable, que desto soys vosotras dignas e mereçedoras, que no de esta gloria e bienaventuranzas que aquí os havemos mostrado. E para mayor pena vuestra, e para que siempre lo lloréys, os vestimos e adornamos, pues por la banidad del mundo lo hiçistes. Allá resçivistes vuestro galardón, que así es la justicia de Dios, que, quien por su amor algo haçe, Él se lo bien galardona y paga, e quien por la banidad del siglo, e por su propia honra y banagloria, también se la bien demanda. Por tanto, yd, malditas, de entre la compañía de los ángeles buenos, e sed para siempre en la de los malos, que con una pena y trabajos ganastis otros. Yd adonde ay siempre dolor, e llanto, e batimiento de dientes, donde nunca alegres, ni consolados ni descansados os veréys. Mirad quán derecha es la justiçia de Dios, que por sola aquella buena haz qual fuera mostrávades, os quiso aún dar este breve espacio, e proveheros de nobles bestidos e adornamentos, como quier que por agora, ni en ningún tiempo para vosotras, esto ni ninguna otra cosa os aprovechara’. E desta manera, desnudas e maldeçidas e menospreçiadas, son hechadas estas ánimas del lugar del juyzio, e dadas a los demonios, los quales las arrebatan e llevan en sus dientes e uñas, dándoles muchas maneras de penas. E muy más estrecho es el juyzio de los hypróquitas, e más largo que no de ningunas otras ánimas, e más penado, e más maldeçido cada vno de los miembros de los tales que otros ningunos peccadores, por ser tan engañoso e falso el tal viçio e peccado. Que es cosa de que mucho se offende y enoja Dios: atormentarse a ssí mesmos por banagloria, lo que por él mesmo se les haría muy grave de hazer e se quexaría, diziendo que hera Dios cruel, pues tales cosas les mandava hazer, las [fol. 57r] quales heran insufribles.
”Algunas vezes he visto juzgar y condenar ánimas de algunas personas que en esta vida havían sido hipróquitas. Y es tan reçio y espantable su juyzio, que es cosa maravillosa de ver. Después de haverlas juzgado y esaminado, traen allí los sanctos ángeles bestiduras, e coronas e adornamientos muy preçiosos, e adórnanlas con ellos, e pónenles cada cosa por sí, diziéndoles: ‘Por tal y tal obra que hiziste, que al pareçer de las gentes era muy buena, y si verdaderamente lo hiçieras por solo Dios, huvieras mereçido esto y esto, que nosotros agora te ponemos; e por tal e tal penitençia, si la hizieras por amor de Dios, tuvieras galardón de esto, y de esto con que agora [fol. 56v] te adornamos’. E desta manera adornan e coronan los sanctos ángeles aquellas tristes ánimas de todas las maneras de mereçimientos e galardones que tuvieran y poseyeran, si reta e verdaderamente lo hiziera por solo amor de Dios, e de su sagrada Passión e penitençia de sus peccados. Después tornan los sanctos ángeles a descomponer estas desdichadas ánimas, quitándoles cada cosa por sí, a manera de quando desgradúan en este mundo algún saçerdote. Y a cada cosa que les quitan, los sanctos ángeles los maldiçen de muchedumbre de maldiçiones, diziendo: ‘Yd, malditas, al fuego eterno e perdurable, que desto soys vosotras dignas e mereçedoras, que no de esta gloria e bienaventuranzas que aquí os havemos mostrado. E para mayor pena vuestra, e para que siempre lo lloréys, os vestimos e adornamos, pues por la banidad del mundo lo hiçistes. Allá resçivistes vuestro galardón, que así es la justicia de Dios, que, quien por su amor algo haçe, Él se lo bien galardona y paga, e quien por la banidad del siglo, e por su propia honra y banagloria, también se la bien demanda. Por tanto, yd, malditas, de entre la compañía de los ángeles buenos, e sed para siempre en la de los malos, que con una pena y trabajos ganastis otros. Yd adonde ay siempre dolor, e llanto, e batimiento de dientes, donde nunca alegres, ni consolados ni descansados os veréys. Mirad quán derecha es la justiçia de Dios, que por sola aquella buena haz qual fuera mostrávades, os quiso aún dar este breve espacio, e proveheros de nobles bestidos e adornamentos, como quier que por agora, ni en ningún tiempo para vosotras, esto ni ninguna otra cosa os aprovechara’. E desta manera, desnudas e maldeçidas e menospreçiadas, son hechadas estas ánimas del lugar del juyzio, e dadas a los demonios, los quales las arrebatan e llevan en sus dientes e uñas, dándoles muchas maneras de penas. E muy más estrecho es el juyzio de los hypróquitas, e más largo que no de ningunas otras ánimas, e más penado, e más maldeçido cada vno de los miembros de los tales que otros ningunos peccadores, por ser tan engañoso e falso el tal viçio e peccado. Que es cosa de que mucho se offende y enoja Dios: atormentarse a ssí mesmos por banagloria, lo que por él mesmo se les haría muy grave de hazer e se quexaría, diziendo que hera Dios cruel, pues tales cosas les mandava hazer, las [fol. 57r] quales heran insufribles.


”Haviendo sentençiado vnas ánimas de unos hipróquitas, díxome mi sancto ángel: ‘¿Qué te pareçe de estas cosas, o qué tomas dellas para tu aviso?’. Yo le respondí: ‘Dígame, vuestra hermosura, su alumbrado consejo’. Respondiome: ‘No se te entiende que este fuerte juyzio se da de sentençia sobre los hypróquitas. Son obligados, los juezes de la Tierra o otras personas, a sentençiar y juzgar a sus próximos quando los vean haçer alguna obra justa y sancta, en serviçio de Dios e salvaçión de sus ánimas e buena edificaçión del próximo. Porque no son todos hipróquitas ni falsos christianos. Y pues la cosa es secreta y está solo en la yntençión e condiçión del que la obra, e Dios solo lo save e juzga al tal, según su yntençión e obras buenas o malas, a solo Él se deve dar el juyzio dello, pues es verdadero juez, executor poderoso e galardonador de qualquiera buena obra hecha puramente por su serviçio. E las personas malévolas, que se meten en juzgar e mormurar, peor lo librarán con Dios que los hypróquitas el día del juyzio, e con los ángeles, que no avrá quien abogue ni ruegue por las tales personas, y ternán sobre sí muy cruel sentençia de Dios, porque se atrevieron a robar e tomar el juyzio para sí en cosas. Que a solo Dios pertenece el saber lo çierto de aquello que los hombres o gentes juzgan sobre sospecha, no saviendo la verdad e como Dios, y el buen christiano, que obra las obras de virtud, aunque sean exemplares, públicamente, según el evangelio que dize: ‘Luzga vuestra lumbre delante de los hombres, porque vean vuestras buenas obras e glorifiquen a vuestro Padre, que es en los Çielos’, e en otra parte dize: ‘No arranquéys la çizaña o ballico, mas dexaldo creçer juntamente’, porque a bueltas de la çiçaña no se arranque el trigo bueno y perfeto que perteneçe para mi granero, que el día del juyzio los ángeles harán manojos de lo uno, de lo otro, e la çizaña será hechada en el Infierno por que allí se queme, y el trigo apartado y escogido será puesto en el alholí de Dios’, conviene a saver, que los ángeles apartarán los malos de los buenos [fol. 57v] por mandado de Dios, e será puesta cada ánima en el lugar que mereçieren, Paraýso o en el Infierno, del qual Dios nos libre a bien’.  
”Haviendo sentençiado vnas ánimas de unos hipróquitas, díxome mi sancto ángel: ‘¿Qué te pareçe de estas cosas, o qué tomas dellas para tu aviso?’. Yo le respondí: ‘Dígame, vuestra hermosura, su alumbrado consejo’. Respondiome: ‘No se te entiende que este fuerte juyzio se da de sentençia sobre los hypróquitas. Son obligados, los juezes de la Tierra o otras personas, a sentençiar y juzgar a sus próximos quando los vean haçer alguna obra justa y sancta, en serviçio de Dios e salvaçión de sus ánimas e buena edificaçión del próximo. Porque no son todos hipróquitas ni falsos christianos. Y pues la cosa es secreta y está solo en la yntençión e condiçión del que la obra, e Dios solo lo save e juzga al tal, según su yntençión e obras buenas o malas, a solo Él se deve dar el juyzio dello, pues es verdadero juez, executor poderoso e galardonador de qualquiera buena obra hecha puramente por su serviçio. E las personas malévolas, que se meten en juzgar e mormurar, peor lo librarán con Dios que los hypróquitas el día del juyzio, e con los ángeles, que no avrá quien abogue ni ruegue por las tales personas, y ternán sobre sí muy cruel sentençia de Dios, porque se atrevieron a robar e tomar el juyzio para sí en cosas. Que a solo Dios pertenece el saber lo çierto de aquello que los hombres o gentes juzgan sobre sospecha, no saviendo la verdad e como Dios, y el buen christiano, que obra las obras de virtud, aunque sean exemplares, públicamente, según el evangelio que dize: ‘Luzga vuestra lumbre delante de los hombres, por que vean vuestras buenas obras e glorifiquen a vuestro Padre, que es en los Çielos’, e en otra parte dize: ‘No arranquéys la çizaña o ballico, mas dexaldo creçer juntamente’, porque a bueltas de la çiçaña no se arranque el trigo bueno y perfeto que perteneçe para mi granero, que el día del juyzio los ángeles harán manojos de lo uno, de lo otro, e la çizaña será hechada en el Infierno por que allí se queme, y el trigo apartado y escogido será puesto en el alholí de Dios’, conviene a saver, que los ángeles apartarán los malos de los buenos [fol. 57v] por mandado de Dios, e será puesta cada ánima en el lugar que mereçieren, Paraýso o en el Infierno, del qual Dios nos libre a bien’.  


”Aquel lugar del juyzio, con el señor san Michael, otro çierto número de ángeles, que heran scrivanos, y otros notarios, e otros vehedores, e otros examinadores, y estos scriven, y notan y examinan todo lo que los sanctos ángeles e los demonios dizen de las ánimas que al presente están en juyzio, en las cosas que les acusan o abogan para ellas, e la sentencia, e causas et raçones, que Sant Miguel dize o da para salvar o condenar las ánimas. Y assí lo toman por testimonio y lo llevan a presentar delante el trono real de la Sanctíssima Trinidad, porque assí lo quiere Su Magestad Divina se haga. E otros sanctos ángeles están en el lugar de juyzio a manera de gente armada de pelea: y estos para defender las ánimas que allí están presentes, assí buenas como malas, de los demonios, que allí van gran multitud dellos deseándolas tragar. Que como las ánimas, por buenas que ayan sido en este mundo, ninguna se halla assí justa, atrévense algunas vezes los demonios a arremeter a ellas, y los sanctos ángeles no consienten que las toquen, ni enpezcan ni lleguen a ellas hasta que el juyzio dellas sea difinido. Y assí están allí los sanctos ángeles, en honor y serviçio del soberano Dios, y en ayuda y favor de san Michael, e reguarda de las ánimas. E quanto mejores obras been en el juyzio los demonios que tienen las ánimas, tanto más gritos e aullidos dan, diziendo se las den, que suyas son; e viendo que no lo pueden alcanzar, travajasen allí donde están, en juyzio, demoderlas [sic] e asombrarlas. Todos los sanctos ángeles que en el lugar del juyzio están son de los nueve choros del Çielo.
”Aquel lugar del juyzio, con el señor san Michael, otro çierto número de ángeles, que heran scrivanos, y otros notarios, e otros vehedores, e otros examinadores, y estos scriven, y notan y examinan todo lo que los sanctos ángeles e los demonios dizen de las ánimas que al presente están en juyzio, en las cosas que les acusan o abogan para ellas, e la sentencia, e causas et raçones, que Sant Miguel dize o da para salvar o condenar las ánimas. Y assí lo toman por testimonio y lo llevan a presentar delante el trono real de la Sanctíssima Trinidad, porque assí lo quiere Su Magestad Divina se haga. E otros sanctos ángeles están en el lugar de juyzio a manera de gente armada de pelea: y estos para defender las ánimas que allí están presentes, assí buenas como malas, de los demonios, que allí van gran multitud dellos deseándolas tragar. Que como las ánimas, por buenas que ayan sido en este mundo, ninguna se halla assí justa, atrévense algunas vezes los demonios a arremeter a ellas, y los sanctos ángeles no consienten que las toquen, ni enpezcan ni lleguen a ellas hasta que el juyzio dellas sea difinido. Y assí están allí los sanctos ángeles, en honor y serviçio del soberano Dios, y en ayuda y favor de san Michael, e reguarda de las ánimas. E quanto mejores obras been en el juyzio los demonios que tienen las ánimas, tanto más gritos e aullidos dan, diziendo se las den, que suyas son; e viendo que no lo pueden alcanzar, travájasen allí donde están, en juyzio, de moderlas e asombrarlas. Todos los sanctos ángeles que en el lugar del juyzio están son de los nueve choros del Çielo.


”Tienen los demonios muy grande enemistad y miedo a Sant Michael dende que peleó con Luçifer y le hechó del Çielo. Tienen gran pesar y enojo de ber que Sant Miguel tiene la sancta Madre Yglesia de los christianos a cargo, y le tiene Dios dado por prínçipe e defensor dellos, e por juez de todas las ánimas, e aún por su abogado e favoreçidor. Pero antes que el ánima vaya a ser juzgada [fol. 58r] de los ángeles, la tiene ya Dios juzgada y sentençiada para condenaçión o salvación. Entre Él y el ánima, por quanto en el tiempo que cada una persona muere, antes que del todo sea acavada de arrancar el ánima del cuerpo, le apareze Nuestro Señor Jesuchristo en la manera que estava en la cruz, padesçiendo la Passión, porque esta es su sancta voluntad: que todos sus redemidos sepan, y vean y conozcan, que tuvieron redemptor que los redimiese, si ellos dello se quisiesen aprovechar. Y este aperçivimiento, que Nuestro Señor Jesuchristo haze a qualquiera de sus criaturas raçionales que Él crió, haze tan general, que moros e judíos e christianos le veen en aquella ora de su pasamiento de esta vida a la eterna, buena o mala, y en solo una palabra que le diçe quando ella le ve, que es: ‘Bendita eres por tus obras, o heres por tus obras maldita’, la sentençia y juzga, e luego vuelve las espaldas e desapareçe, que no le ven más”.
”Tienen los demonios muy grande enemistad y miedo a Sant Michael dende que peleó con Luçifer y le hechó del Çielo. Tienen gran pesar y enojo de ber que Sant Miguel tiene la sancta Madre Yglesia de los christianos a cargo, y le tiene Dios dado por prínçipe e defensor dellos, e por juez de todas las ánimas, e aún por su abogado e favoreçidor. Pero antes que el ánima vaya a ser juzgada [fol. 58r] de los ángeles, la tiene ya Dios juzgada y sentençiada para condenaçión o salvación. Entre Él y el ánima, por quanto en el tiempo que cada una persona muere, antes que del todo sea acavada de arrancar el ánima del cuerpo, le apareze Nuestro Señor Jesuchristo en la manera que estava en la cruz, padesçiendo la Passión, porque esta es su sancta voluntad: que todos sus redemidos sepan, y vean y conozcan, que tuvieron redemptor que los redimiese, si ellos dello se quisiesen aprovechar. Y este aperçivimiento, que Nuestro Señor Jesuchristo haze a qualquiera de sus criaturas raçionales que Él crió, haze tan general, que moros e judíos e christianos le veen en aquella ora de su pasamiento de esta vida a la eterna, buena o mala, y en solo una palabra que le diçe quando ella le ve, que es: ‘Bendita eres por tus obras, o heres por tus obras maldita’, la sentençia y juzga, e luego vuelve las espaldas e desapareçe, que no le ven más”.
Línea 469: Línea 466:
E preguntando esta bienabenturada a las religiosas lo que el sancto ángel le mandó, respondiéronle diziendo: “Nosotras no savemos si es postrera vez o no la plática que oýmos al Señor pocos días á, que pareçía profetiçava. E las profeçías heran rezias, con palabras de amor, e otras de reguridad. En las de amor, dezía quería hazer vna prueba en su esposa querida e amada. E amostrava a las que la oýan de ninguna cosa se maravillasen ni escandaliçasen, ni pensasen en sus coraçones hazía Dios aquella prueba o castigo en aquella persona por peccados que en ella hiçiese, ni porque Él estuviese enojado con ella por ninguna cosa, mas de quererlo Él haçer, e lo haría porque le plaçía, y hera su voluntad de quebrar aquel órgano o trompeta en qu’ Él hablava. E le quería mudar e trasmudar en otro estado que pareciese muy menospreçiado y enfermo, y muy lastimado, e doloroso e quexoso, que casi no pareçiese el que solía”.  
E preguntando esta bienabenturada a las religiosas lo que el sancto ángel le mandó, respondiéronle diziendo: “Nosotras no savemos si es postrera vez o no la plática que oýmos al Señor pocos días á, que pareçía profetiçava. E las profeçías heran rezias, con palabras de amor, e otras de reguridad. En las de amor, dezía quería hazer vna prueba en su esposa querida e amada. E amostrava a las que la oýan de ninguna cosa se maravillasen ni escandaliçasen, ni pensasen en sus coraçones hazía Dios aquella prueba o castigo en aquella persona por peccados que en ella hiçiese, ni porque Él estuviese enojado con ella por ninguna cosa, mas de quererlo Él haçer, e lo haría porque le plaçía, y hera su voluntad de quebrar aquel órgano o trompeta en qu’ Él hablava. E le quería mudar e trasmudar en otro estado que pareciese muy menospreçiado y enfermo, y muy lastimado, e doloroso e quexoso, que casi no pareçiese el que solía”.  


E hablava con la mesma, diziendo: “Juanica, tú heres este órgano, que digo que quiero que seas despreçiada e abilitada, e gravemente atormentada, por probar tu paçiençia. Yo me ataré de ti por algún tiempo, y çesará mi habla. E convertirse te an los gozos en dolores, y las risas en gemidos e tristeza, e quanto a lo corporal; que en quanto a lo espiritual, la enfermedad enfortaleza la fee, e la virtud del ánima no está en fuerça de brazos, ni de miembros corporales”.  
E hablava con la mesma, diziendo: “Juanica, tú heres este órgano, que digo que quiero que seas despreçiada e abilitada, e gravemente atormentada, por probar tu paçiençia. Yo me ataré de ti por algún tiempo, y çesará mi habla. E convertirse te an los gozos en dolores, y las risas en gemidos e tristeza, en quanto a lo corporal; que en quanto a lo espiritual, la enfermedad en fortaleza; la fee e la virtud del ánima no está en fuerça de brazos ni de miembros corporales”.  


E todo esto que el Señor dezía e profetiçava no lo entendían las personas que lo oýan, hasta que después, dende a pocos días, veýan a esta bienabenturada tullirse toda en tanto grado que no le quedaron fuerças ningunas, ni miembro sano, ni coyuntura en su cuerpo que no estuviesen desparçidos los huesos unos de otros, hasta los dedos [fol. 59v] de las manos e pies, que no se podía encubrir ni sus dolores sin gemidos. Sufrir tenía muy gran conformidad, e paçiençia en su larga e grande enfermedad e yncreýbles dolores, sugetándose a la voluntad del poderoso Dios con gran desseo de padesçer siempre por su amor. Encogiéronsele las rodillas, que nunca más las estendió, e los brazos e manos, por semejante, teníalas tan tullidas, y los dedos bueltos e quebradas las coyunturas, de manera que no podía comer con sus manos, ni las podía menear si no se las meneaban, ni volviese de ninguna parte si no la volvían, ni comer ni vever si no se lo davan por mano agena. Ningún miembro de su persona podía menear, si no hera la lengua.
E todo esto que el Señor dezía e profetiçava no lo entendían las personas que lo oýan, hasta que después, dende a pocos días, veýan a esta bienabenturada tullirse toda en tanto grado que no le quedaron fuerças ningunas, ni miembro sano, ni coyuntura en su cuerpo que no estuviesen desparçidos los huesos unos de otros, hasta los dedos [fol. 59v] de las manos e pies, que no se podía encubrir ni sus dolores sin gemidos. Sufrir tenía muy gran conformidad, e paçiençia en su larga e grande enfermedad e yncreýbles dolores, sugetándose a la voluntad del poderoso Dios con gran desseo de padesçer siempre por su amor. Encogiéronsele las rodillas, que nunca más las estendió, e los brazos e manos, por semejante, teníalas tan tullidas, y los dedos bueltos e quebradas las coyunturas, de manera que no podía comer con sus manos, ni las podía menear si no se las meneaban, ni volviese de ninguna parte si no la volvían, ni comer ni vever si no se lo davan por mano agena. Ningún miembro de su persona podía menear, si no hera la lengua.
Línea 488: Línea 485:
”E ansí çesó por entonzes el habla del Señor, y desapareçió. E yo quedé muy maravillada y consolada, e pensava en mi coraçón si esta revelaçión me havía sido mostrada en el cuerpo o fuera del cuerpo. Empero no me havía visto en aquellas partes altas del Çielo adonde otras veçes me solía ver y gozar la visión divina, que dende mi cama lo vi e gozé agora. Y estando yo tan pensativa e sospechosa, a causa de los muchos e grandes dolores que tengo, que el Señor está enojado conmigo, y que por eso me los da, a deshora le torné a ver en la forma primera, muy triunfamte e glorioso. Y me habló su Divina Magestad con gesto muy amoroso. E sus sagradas palabras heran muchas, y muy notables e ordenadas, a manera de sermón, y entreponiendo en ellas, para exemplo y doctrina, algunas palabras de la sagrada scriptura e sagrados evangelios, las quales palabras me gozava yo mucho de oýr, por ser habladas de la boca de Dios y endereçadas a mi consolaçión e propósito. E no hablava el Señor esta segunda vez conmigo sola, que también hablava con todos los bienaventurados çelestiales que con Él venían. No pude retener en la memoria sino una o dos comparaçiones de las muchas que habló: la una, que si los hombres de la Tierra tienen cuydado y travajan por que sus hijos sean muy prósperos, y el cuydado que aquellos hijos tienen es casi ninguno en comparaçión de lo que [fol. 62r] tiene el padre, que mucho los ama, que por les alcançar prosperidades e bienabenturanzas se pone a muchas afrentas e travajos, que quánto más cuydado y amor a tenido y tiene Dios de sus hijos, que es todo el linaje humano; e quánto mejor se supo poner por él a penas, e tormentos e injurias, e fatigas e neçessidades, tanto que, por subir sus hijos al Çielo, desçendió Él a la Tierra. Y por librarlos de la muerte del Ynfierno, murió Él muerte muy cruel de cruz; e por haçerlos muy ricos en las almas, se hizo Él pobre en el cuerpo; e por haçerlos señores en el Paraýso, e yguales con los ángeles, se hizo Él, en quanto hombre, como sierbo sujeto a muchas neçessidades y a las cosas de la ley.
”E ansí çesó por entonzes el habla del Señor, y desapareçió. E yo quedé muy maravillada y consolada, e pensava en mi coraçón si esta revelaçión me havía sido mostrada en el cuerpo o fuera del cuerpo. Empero no me havía visto en aquellas partes altas del Çielo adonde otras veçes me solía ver y gozar la visión divina, que dende mi cama lo vi e gozé agora. Y estando yo tan pensativa e sospechosa, a causa de los muchos e grandes dolores que tengo, que el Señor está enojado conmigo, y que por eso me los da, a deshora le torné a ver en la forma primera, muy triunfamte e glorioso. Y me habló su Divina Magestad con gesto muy amoroso. E sus sagradas palabras heran muchas, y muy notables e ordenadas, a manera de sermón, y entreponiendo en ellas, para exemplo y doctrina, algunas palabras de la sagrada scriptura e sagrados evangelios, las quales palabras me gozava yo mucho de oýr, por ser habladas de la boca de Dios y endereçadas a mi consolaçión e propósito. E no hablava el Señor esta segunda vez conmigo sola, que también hablava con todos los bienaventurados çelestiales que con Él venían. No pude retener en la memoria sino una o dos comparaçiones de las muchas que habló: la una, que si los hombres de la Tierra tienen cuydado y travajan por que sus hijos sean muy prósperos, y el cuydado que aquellos hijos tienen es casi ninguno en comparaçión de lo que [fol. 62r] tiene el padre, que mucho los ama, que por les alcançar prosperidades e bienabenturanzas se pone a muchas afrentas e travajos, que quánto más cuydado y amor a tenido y tiene Dios de sus hijos, que es todo el linaje humano; e quánto mejor se supo poner por él a penas, e tormentos e injurias, e fatigas e neçessidades, tanto que, por subir sus hijos al Çielo, desçendió Él a la Tierra. Y por librarlos de la muerte del Ynfierno, murió Él muerte muy cruel de cruz; e por haçerlos muy ricos en las almas, se hizo Él pobre en el cuerpo; e por haçerlos señores en el Paraýso, e yguales con los ángeles, se hizo Él, en quanto hombre, como sierbo sujeto a muchas neçessidades y a las cosas de la ley.


‘E por mucho que los mis hijos de los mis redemidos se pueden querer o se quieren ellos mesmos, y desean su bien e su salvaçión, mucho más los quiero yo. Y estoy aparejado para les dar la gloria e grados de bienabenturanças, e hazerlos herederos de mi reyno. E por sus amores dellos, siendo criador, me hize criatura, porque a todos mis fieles e leales hijos christianos me puedan mejor comprehender e gozar. Mas tengo gran queja: que este linaje humano es muy yngrato y asido, y pocos de estos mis hijos quieren pasar, ni sufrir ni haçer, ninguna cosa penosa por mí. Y lo que es peor es que están contino quejosos, lo qual havía yo de estar, porque me ofenden, e no ellos, que lo haçen sin raçón. Empero, ni aun por todo esto, pues lo crié y redemí, no dexaré de los esperar para que se enmienden, e de les offreçer e otorgar graçia de los perdonar, e resçivir cada vez que fielmente a mí se conviertan, e aún de los mantener e dar corporalmente lo que an menester sin ellos mereçerlo. Que yo, su padre Dios, sé mejor lo que cumple a mis [fol. 62v] hijos que ellos lo que me piden. E contino los llamo, e les doy vezes que se vengan para mí, a vezes con halagos, dándomeles yo mesmo, assí en graçia espiritual como en manjar del Sanctíssimo Sacramento, e a vezes con azotes, porque sean buenos e perfetos en la virtud, ansí en la paçiençia como en las otras virtudes, las quales enseña el Spíritu Sancto, junto con la prudençia en las personas discretas’.
‘E por mucho que los mis hijos de los mis redemidos se pueden querer o se quieren ellos mesmos, y desean su bien e su salvaçión, mucho más los quiero yo. Y estoy aparejado para les dar la gloria e grados de bienabenturanças, e hazerlos herederos de mi reyno. E por sus amores dellos, siendo criador, me hize criatura, porque a todos mis fieles e leales hijos christianos me puedan mejor comprehender e gozar. Mas tengo gran queja: que este linaje humano es muy yngrato y asido, y pocos de estos mis hijos quieren pasar, ni sufrir ni haçer, ninguna cosa penosa por mí. Y lo que es peor es que están contino quejosos, lo qual havía yo de estar, porque me ofenden, e no ellos, que lo haçen sin raçón. Empero, ni aun por todo esto, pues lo crié y redemí, no dexaré de los esperar para que se enmienden, e de les offreçer e otorgar graçia de los perdonar, e resçivir cada vez que fielmente a mí se conviertan, e aún de los mantener e dar corporalmente lo que an menester sin ellos mereçerlo. Que yo, su padre Dios, sé mejor lo que cumple a mis [fol. 62v] hijos que ellos lo que me piden. E contino los llamo, e les doy vezes que se vengan para mí, a vezes con halagos, dándomeles yo mesmo, assí en graçia espiritual como en manjar del Sanctíssimo Sacramento, e a vezes con azotes, por que sean buenos e perfetos en la virtud, ansí en la paçiençia como en las otras virtudes, las quales enseña el Spíritu Sancto, junto con la prudençia en las personas discretas’.


”Y ansí cesó el habla del Señor, y desapareció, y toda la hueste çelestial que con Él havía venido y estado. E yo, su sierva, quedé muy consolada para sufrir mis dolores y penas, e muy satisfecha de las dudas e pensamientos que tenía. E bien supe e conoçí que aquel que me apareçió e habló hera Dios verdadero. Que como yo, en los prinçipios de mi enfermedad me acaezía estar dos o tres días que no me elevava con la reçiura de los grandes dolores que sentía, tenía muy grandes combates en mi corazón, e quexábame a mi sancto ángel, diziéndole cómo ya no gozava de las dulçedumbres e arrovamientos e vista comunicable de Dios, como solía antes que tuviese la enfermedad, respondiome, diziendo: ‘Anímate, no te maravilles de lo que el Señor haze contigo, que assí lo acostumbra su Divina Magestad provar a sus amigos, que a su muy amadora sancta madre Madalena, al prinçipio de su conversión, con muchos alagos, e dulçedumbres et asimientos de sí mesmo, la llevó, e después de tenerla bien confirmada en su amor, quando se quiso subir a los Çielos y asconder su divinal presençia della y de los otros, después de su gloriosa resurecçión, no consintió le tocase, sino apartola de sí. E subiose a los Çielos, y mandole a ella hazer penitençia en el desierto por çierto tiempo, donde no gozava sino algunas veçes de bisiones de ángeles. Empero, después la tornó a abastar de sí mesmo en el Reyno [fol. 63r] de los Çielos para siempre. Por semejante, agora a ti no quiere el Señor le tengas por çierto tiempo, hasta que su divinal sabiduría otra cosa ordene. Y, entre tanto, harás penitençia en la esterilidad de los dolores. E según veo, te a mudado tus miembros, e toda tu persona, e te quiere ansimesmo mudar la sustançia de las cosas spirituales; empero, no te faltarán misterios en que contemples, e alguna obra pía en que spiritualmente aproveches a las ánimas. E la voluntad de Dios es que estés al pie del árbol de la cruz, padesçiendo qualesquier manera de tormentos que tuviere por bien de te dar. Que ansí lo estuvo su sacratíssima madre Nuestra Señora, e su muy amado primo Sant Juan, que tan grande fue el mereçimiento que allí mereçieron e ganaron, e acompañaron a su Dios e conpadeçerse d’Él, que fueron contados por más que mártires. No quiso Dios que para pasar de ese mundo al Çielo derramasen sangre de martirio, pues por la voluntad la derramaron, y quisieran ellos morir más aquella muerte que vérsela morir a Él con tanto dolor como le veýan’.  
”Y ansí cesó el habla del Señor, y desapareció, y toda la hueste çelestial que con Él havía venido y estado. E yo, su sierva, quedé muy consolada para sufrir mis dolores y penas, e muy satisfecha de las dudas e pensamientos que tenía. E bien supe e conoçí que aquel que me apareçió e habló hera Dios verdadero. Que como yo, en los prinçipios de mi enfermedad me acaezía estar dos o tres días que no me elevava con la reçiura de los grandes dolores que sentía, tenía muy grandes combates en mi corazón, e quexábame a mi sancto ángel, diziéndole cómo ya no gozava de las dulçedumbres e arrovamientos e vista comunicable de Dios, como solía antes que tuviese la enfermedad, respondiome, diziendo: ‘Anímate, no te maravilles de lo que el Señor haze contigo, que assí lo acostumbra su Divina Magestad provar a sus amigos, que a su muy amadora sancta madre Madalena, al prinçipio de su conversión, con muchos alagos, e dulçedumbres et asimientos de sí mesmo, la llevó, e después de tenerla bien confirmada en su amor, quando se quiso subir a los Çielos y asconder su divinal presençia della y de los otros, después de su gloriosa resurecçión, no consintió le tocase, sino apartola de sí. E subiose a los Çielos, y mandole a ella hazer penitençia en el desierto por çierto tiempo, donde no gozava sino algunas veçes de bisiones de ángeles. Empero, después la tornó a abastar de sí mesmo en el Reyno [fol. 63r] de los Çielos para siempre. Por semejante, agora a ti no quiere el Señor le tengas por çierto tiempo, hasta que su divinal sabiduría otra cosa ordene. Y, entre tanto, harás penitençia en la esterilidad de los dolores. E según veo, te a mudado tus miembros, e toda tu persona, e te quiere ansimesmo mudar la sustançia de las cosas spirituales; empero, no te faltarán misterios en que contemples, e alguna obra pía en que spiritualmente aproveches a las ánimas. E la voluntad de Dios es que estés al pie del árbol de la cruz, padesçiendo qualesquier manera de tormentos que tuviere por bien de te dar. Que ansí lo estuvo su sacratíssima madre Nuestra Señora, e su muy amado primo Sant Juan, que tan grande fue el mereçimiento que allí mereçieron e ganaron, e acompañaron a su Dios e conpadeçerse d’Él, que fueron contados por más que mártires. No quiso Dios que para pasar de ese mundo al Çielo derramasen sangre de martirio, pues por la voluntad la derramaron, y quisieran ellos morir más aquella muerte que vérsela morir a Él con tanto dolor como le veýan’.  
Línea 601: Línea 598:
Y pasadas todas las cosas ya dichas, tornó el perlado al monasterio muy acompañado de frayles para que él y ellos fuesen en el quitamiento de esta bienabenturada, los quales venían muy indignados por las grandes acusaçiones que les havían dicho della. Trayendo el perlado voluntad de executar en la sancta virgen la bara de su justicia −lo qual puso en obra, que, ayuntadas las monjas a capítulo donde esta bienabenturada estava, hizo su plática reprehendiéndola muy ásperamente, como si por obra huviera hecho todos los levantamientos que contra ella heran dichos−, e por mostrar que ella tenía culpa y él raçón de reprehenderla, diole una disçiplina en el hombro, sobre la ropa de la cama. Viendo las monjas la reprenhensión que el perlado le dava sin ella mereçerla, y cómo se la quitava de abbadessa, lloravan sin poderse sufrir, por lo mucho que la amavan, por la sanctidad que en ella siempre havían visto. Y no queriendo ellas dar votos para elegir otra abbadessa, aunque el perlado se los demandava por semejante, las maltrató con reprehensión e hirimento de palos, él y los frayles que con él venían, en tanta manera que en algunas hizieron sangre e[n] las caras y cavezas, e puso por presidente a la religiosa que havía sido causa del perseguimiento e daños [fol. 81r] que contra esta bienabenturada se hizieron, mandando por obediençia a las monjas la obedeçiesen por su presidente. Y hecho esto, fuese el perlado.  
Y pasadas todas las cosas ya dichas, tornó el perlado al monasterio muy acompañado de frayles para que él y ellos fuesen en el quitamiento de esta bienabenturada, los quales venían muy indignados por las grandes acusaçiones que les havían dicho della. Trayendo el perlado voluntad de executar en la sancta virgen la bara de su justicia −lo qual puso en obra, que, ayuntadas las monjas a capítulo donde esta bienabenturada estava, hizo su plática reprehendiéndola muy ásperamente, como si por obra huviera hecho todos los levantamientos que contra ella heran dichos−, e por mostrar que ella tenía culpa y él raçón de reprehenderla, diole una disçiplina en el hombro, sobre la ropa de la cama. Viendo las monjas la reprenhensión que el perlado le dava sin ella mereçerla, y cómo se la quitava de abbadessa, lloravan sin poderse sufrir, por lo mucho que la amavan, por la sanctidad que en ella siempre havían visto. Y no queriendo ellas dar votos para elegir otra abbadessa, aunque el perlado se los demandava por semejante, las maltrató con reprehensión e hirimento de palos, él y los frayles que con él venían, en tanta manera que en algunas hizieron sangre e[n] las caras y cavezas, e puso por presidente a la religiosa que havía sido causa del perseguimiento e daños [fol. 81r] que contra esta bienabenturada se hizieron, mandando por obediençia a las monjas la obedeçiesen por su presidente. Y hecho esto, fuese el perlado.  


Y las monjas quedaron muy angustiadas e llorando, a las quales consolava la sancta virgen, diziendo: “Ruégoos, hermanas mías, que os consoléys y çesen vuestras lágrimas, que me days mucha pena en veros tan fatigadas por cosa que a mí toque. Poneos, señoras, al pie de la cruz con toda paçiençia, y padeçed lo que os viniere por amor de Jesuchristo, cuyas esposas soys, obedeçiendo a vuestros perlados en todo lo que os mandasen, no siendo cosa en que Dios sea offendido. N’os curéys de poneros en pena por mí desculpándome, que si en estas culpas no estoy caýda, podrá ser que aya hecho alguna cosa ante el acatamiento de Dios digna de reprensión. Obedeçed de buena gana e voluntad a la madre presidenta, tenedle mucho amor e reverençia, que yo nunca tanto amor le tuve como aora le tengo, y con los ojos querría haçer lo que su reverençia me mandase. En lo que me dixistes no me olvide de rogar a Dios os consuele, yo me tengo cuydado, que más é sentido vuestras penas que las mías. Y porque veáys si no me olvido, estando un día elevada donde Dios tiene por bien de ponerme, suplicando con mucho ahínco a Nuestra Señora la Virgen María Su Magestad tuviese por bien de consolaros e rogar a su preçioso Hijo por vosotras, pareçiome que veýa un trono muy resplandeçiente, e adornado y enriquezido de admirable hermosura, y en él assentado a Nuestro Señor con muy gran poderío y magestad, y su gloriosa madre y Señora Nuestra assentada a su lado; y rogava por los peccadores como contino haze, y por vosotras, hijas de su amparo. E respondía el Señor a su preçiosa madre como a manera de canto, diziendo:  
Y las monjas quedaron muy angustiadas e llorando, a las quales consolava la sancta virgen, diziendo: “Ruégoos, hermanas mías, que os consoléys y çesen vuestras lágrimas, que me days mucha pena en veros tan fatigadas por cosa que a mí toque. Poneos, señoras, al pie de la cruz con toda paçiençia, y padeçed lo que os viniere por amor de Jesuchristo, cuyas esposas soys, obedeçiendo a vuestros perlados en todo lo que os mandasen, no siendo cosa en que Dios sea offendido. N’os curéys de poneros en pena por mí desculpándome, que si en estas culpas no estoy caýda, podrá ser que aya hecho alguna cosa ante el acatamiento de Dios digna de reprensión. Obedeçed de buena gana e voluntad a la madre presidenta, tenedle mucho amor e reverençia, que yo nunca tanto amor le tuve como aora le tengo, y con los ojos querría haçer lo que su reverençia me mandase. En lo que me dixistes no me olvide de rogar a Dios os consuele, yo me tengo cuydado, que más é sentido vuestras penas que las mías. Y por que veáys si no me olvido, estando un día elevada donde Dios tiene por bien de ponerme, suplicando con mucho ahínco a Nuestra Señora la Virgen María Su Magestad tuviese por bien de consolaros e rogar a su preçioso Hijo por vosotras, pareçiome que veýa un trono muy resplandeçiente, e adornado y enriquezido de admirable hermosura, y en él assentado a Nuestro Señor con muy gran poderío y magestad, y su gloriosa madre y Señora Nuestra assentada a su lado; y rogava por los peccadores como contino haze, y por vosotras, hijas de su amparo. E respondía el Señor a su preçiosa madre como a manera de canto, diziendo:  


‘Callad, Señora, Señora ýnclita,  
‘Callad, Señora, Señora ýnclita,  
Línea 694: Línea 691:
Dixo esta sancta virgen al ángel: “Ay, dolor, dízese entre los frayles de nuestra sancta religión del bienabenturado padre nuestro sant Francisco, y casi en toda la orden, que yo no tenía buen regimiento ni buenas costumbres en mí mesma ni en mis religiosas. Y dízeme vuestra señoría esas cosas, las quales parezen contrarias, y lo son a los juyzios humanos, en espeçial a los que juzgaron así, religiosos como seglares, y aun mis propias hermanas, algunas pocas y no muchas, ni todas de las quales tuve sospecha me havían juzgado o causado. Y en las tales ocasiones me a faltado la paçiençia, y fáltame contino. Tengo en esto mucho que confesar. Rogá, señor, por mí al Señor”. Respondió el sancto ángel: “Consuélete Dios, hija de Dios, no me maravillo que tengas pena y algunas faltas de perfeçión que mientras estás en la carne caýble tienes. Y Sansón, con quánta graçia Dios le dio desde el vientre de su madre, no le sanctificó Dios en manera que no pudiese peccar si él quisiese errar; y Salomón, comoquier que sus fines [fol. 84v] fueron malos, no por eso dexaron de ser buenos los dones que Dios le dio por la graçia del Spíritu Sancto. Y ansí, tú no temas, aunque seas juzgada, que Dios sabe tu coraçón reconoçe, y los sanctos no pueden conoçerse ni ningún juyzio humano puede dar sentençia sin saver lo que juzga; e si da sentençia sin saber el mal, pecca en dar la tal sentencia. Por eso es bueno dexar el juyzio a Dios de las cosas secretas y no sabidas, y no curar de dar sentencia condenable con sola sospecha, pues Dios es el savedor de las verdades, mejor que los jueçes de la Tierra, y muchas veçes aconteze que testigos falsos matan los cuerpos a los hombres, mas no pueden matar las ánimas que delante Dios son puras e salvas de los delitos que fueron acusadas o sentençiadas”.
Dixo esta sancta virgen al ángel: “Ay, dolor, dízese entre los frayles de nuestra sancta religión del bienabenturado padre nuestro sant Francisco, y casi en toda la orden, que yo no tenía buen regimiento ni buenas costumbres en mí mesma ni en mis religiosas. Y dízeme vuestra señoría esas cosas, las quales parezen contrarias, y lo son a los juyzios humanos, en espeçial a los que juzgaron así, religiosos como seglares, y aun mis propias hermanas, algunas pocas y no muchas, ni todas de las quales tuve sospecha me havían juzgado o causado. Y en las tales ocasiones me a faltado la paçiençia, y fáltame contino. Tengo en esto mucho que confesar. Rogá, señor, por mí al Señor”. Respondió el sancto ángel: “Consuélete Dios, hija de Dios, no me maravillo que tengas pena y algunas faltas de perfeçión que mientras estás en la carne caýble tienes. Y Sansón, con quánta graçia Dios le dio desde el vientre de su madre, no le sanctificó Dios en manera que no pudiese peccar si él quisiese errar; y Salomón, comoquier que sus fines [fol. 84v] fueron malos, no por eso dexaron de ser buenos los dones que Dios le dio por la graçia del Spíritu Sancto. Y ansí, tú no temas, aunque seas juzgada, que Dios sabe tu coraçón reconoçe, y los sanctos no pueden conoçerse ni ningún juyzio humano puede dar sentençia sin saver lo que juzga; e si da sentençia sin saber el mal, pecca en dar la tal sentencia. Por eso es bueno dexar el juyzio a Dios de las cosas secretas y no sabidas, y no curar de dar sentencia condenable con sola sospecha, pues Dios es el savedor de las verdades, mejor que los jueçes de la Tierra, y muchas veçes aconteze que testigos falsos matan los cuerpos a los hombres, mas no pueden matar las ánimas que delante Dios son puras e salvas de los delitos que fueron acusadas o sentençiadas”.


Dixo esta bienabenturada al ángel: “Ay, señor, que aquel yerro que yo hiçe, o peccado que me havéys dicho, verdad fue que le hize yo no pensando que haçía tanto mal como me havéys dicho que pareçió el de Eva. Y en ser tan malo, diría fuy, y soy, de gran penitençia. Creo que aunque me costase la vida lo mereçía todo, y después en el otro mundo donde las ánimas penan después de muertas”. El sancto ángel respondió: “Ya saves tú qué te dixe yo quando me preguntaste si hera peccado, y te dixe que no, sino caridad, mas que podría ser venirte por ello alguna reprehensión y menospreçio a tu persona. Tú dixiste que si no hera peccado en lo demás, tú te querías atrever, aunque hubieses de resçivir reprehensión y menospreçio, que eso hera lo que deseavas, más que ser preçiada y estimada”. La bienabenturada le preguntó: “Señor, ¿pequé yo más por ser mi hermano aquel que si fuera otra persona para la qual se procurava aquella bula?”. Respondió el ángel, y dixo: “Si para alguno otro los procuraras que no fuera tu hermano, mi deudo, también peccaras, y más, salvo si no ocurriera en el caso alguna buena yntençión, simple y sin [fol. 85r] maliçia, y con codiçia de hazer bien al monasterio y no mal, como pensaste ser al monasterio en lo temporal aquella procuraçión, de la qual te culparon con razón, puesto que él tornó a deçir que la yntençión no fue peccado, mas púdose juzgar por peccado entre las gentes, en espeçial no saviendo enteramente el secreto de tu yntençión, e no se creyendo tus palabras que en su salvaçión de tu culpa dixiste; las quales yo sé que heran verdaderas, y soy testigo que lo hiçiste por dos cosas: la una, porque fuiste consejada, y la otra, por miedo que te ponían que te podía ympetrar aquel benefiçio o pitanza eclesiástica por tiempo. Y puesto que por vía de afiçción te ynclinaras a darlo a persona de tu sangre o parentela, siendo la yntençión recta y sin engaño, hera mérito y no peccado. Esto digo porque te consueles, y resçivas la penitençia fructuosamente y sin desesperaçión, pensando que por aquel peccado heres condenada. Dios te lo perdonó Él, y los otros”.
Dixo esta bienabenturada al ángel: “Ay, señor, que aquel yerro que yo hiçe, o peccado que me havéys dicho, verdad fue que le hize yo no pensando que haçía tanto mal como me havéys dicho que pareçió el de Eva. Y en ser tan malo, diría fuy, y soy, de gran penitençia. Creo que aunque me costase la vida lo mereçía todo, y después en el otro mundo donde las ánimas penan después de muertas”. El sancto ángel respondió: “Ya saves tú qué te dixe yo quando me preguntaste si hera peccado, y te dixe que no, sino caridad, mas que podría ser venirte por ello alguna reprehensión y menospreçio a tu persona. Tú dixiste que si no hera peccado en lo demás, tú te querías atrever, aunque hubieses de resçivir reprehensión y menospreçio, que eso hera lo que deseavas, más que ser preçiada y estimada”. La bienabenturada le preguntó: “Señor, ¿pequé yo más por ser mi hermano aquel que si fuera otra persona para la qual se procurava aquella bula?”. Respondió el ángel, y dixo: “Si para alguno otro los procuraras que no fuera tu hermano, mi deudo, también peccaras, y más, salvo si no ocurriera en el caso alguna buena yntençión, simple y sin [fol. 85r] maliçia, y con codiçia de hazer bien al monasterio y no mal, como pensaste ser al monasterio en lo temporal aquella procuraçión, de la qual te culparon con razón, puesto que él tornó a deçir que la yntençión no fue peccado, mas púdose juzgar por peccado entre las gentes, en espeçial no saviendo enteramente el secreto de tu yntençión, e no se creyendo tus palabras que en su salvaçión de tu culpa dixiste; las quales yo sé que heran verdaderas, y soy testigo que lo hiçiste por dos cosas: la una, porque fuiste consejada, y la otra, por miedo que te ponían que te podía ympetrar aquel benefiçio o pitanza eclesiástica por tiempo. Y puesto que por vía de afiçción te ynclinaras a darlo a persona de tu sangre o parentela, siendo la yntençión recta y sin engaño, hera mérito y no peccado. Esto digo por que te consueles, y resçivas la penitençia fructuosamente y sin desesperaçión, pensando que por aquel peccado heres condenada. Dios te lo perdonó Él, y los otros”.


Dixo la sancta virgen al sancto ángel: “Señor, yo os doy muchas graçias por las virtudes de mi Señor Dios, y por esta consolaçión, que muy grande es para mí, y mi ánima a resçivido en ella grande consolaçión sin medida, según estava angustiada e ayrada conmigo mesma, y en tanta manera penada”. Respondió el sancto ángel: “No te deseo penes por ninguna cosa, que mejor es esperando en Dios padeçer que desesperando peccar, que es añidir peccado sobre peccado”.
Dixo la sancta virgen al sancto ángel: “Señor, yo os doy muchas graçias por las virtudes de mi Señor Dios, y por esta consolaçión, que muy grande es para mí, y mi ánima a resçivido en ella grande consolaçión sin medida, según estava angustiada e ayrada conmigo mesma, y en tanta manera penada”. Respondió el sancto ángel: “No te deseo penes por ninguna cosa, que mejor es esperando en Dios padeçer que desesperando peccar, que es añidir peccado sobre peccado”.
Línea 740: Línea 737:
Dixo la sancta virgen: “Señor, mi menospreçio y murmuraçiones contra mí hechas, yo mesma me los ganado con mis peccados y defetos y tachas malas que ay en mí, y a havido, por ser yo tan peccadora, como dicho tengo y me he confesado con vos, señor”. Dixo el sancto ángel: “No digas que tienes malas tachas, que es cosa de animales brutos sin conoçimiento de Dios, que si tú as offendido como peccadora y criatura caýble, tan poco a sido en tanto grado quanto ''[14]'' tú te acusas e pones los defetos, e si otras personas te los an puesto y tales ayudas, no quiero yo favoreçer en eso e tan demasiado grado, que persona que ve a Dios y a mí, que soy ángel y tiene graçia [fol. 94r] de ver los demonios, no es razón desfavoreçerle en tanto grado. Y si las gentes desfavoreçieren, Dios no desampara del todo a sus amigos. Y si en esa vida quedan vençidos o muertos de sus enemigos, visibles delante de Dios, los muertos sin culpas ''[15]'' quedan venzedores, y con gloria triunfadores, y los vivos, aunque victoriosos al parezer visiblemente, quedan muertos y sepultados en el peccado de su omiçidio y malquerençia y crueldad”. Dixo la sancta virgen: “Señor, cosas maravillosas me dize vuestra señoría, que mi entendimiento no basta para entenderlas”. Dixo el sancto ángel: “Capaz está tu entendimiento de entender y sentir bien de Dios y de esas cosas y escondidas sçiençias si quieres usar tú de la virtud y lumbre que Dios te dará, con la qual alumbra su sancta fee cathólica, la qual te consejo reluzga en ti como piedra preçiosa puesta en oro o en plata, o como el luzero planeta del çielo”.
Dixo la sancta virgen: “Señor, mi menospreçio y murmuraçiones contra mí hechas, yo mesma me los ganado con mis peccados y defetos y tachas malas que ay en mí, y a havido, por ser yo tan peccadora, como dicho tengo y me he confesado con vos, señor”. Dixo el sancto ángel: “No digas que tienes malas tachas, que es cosa de animales brutos sin conoçimiento de Dios, que si tú as offendido como peccadora y criatura caýble, tan poco a sido en tanto grado quanto ''[14]'' tú te acusas e pones los defetos, e si otras personas te los an puesto y tales ayudas, no quiero yo favoreçer en eso e tan demasiado grado, que persona que ve a Dios y a mí, que soy ángel y tiene graçia [fol. 94r] de ver los demonios, no es razón desfavoreçerle en tanto grado. Y si las gentes desfavoreçieren, Dios no desampara del todo a sus amigos. Y si en esa vida quedan vençidos o muertos de sus enemigos, visibles delante de Dios, los muertos sin culpas ''[15]'' quedan venzedores, y con gloria triunfadores, y los vivos, aunque victoriosos al parezer visiblemente, quedan muertos y sepultados en el peccado de su omiçidio y malquerençia y crueldad”. Dixo la sancta virgen: “Señor, cosas maravillosas me dize vuestra señoría, que mi entendimiento no basta para entenderlas”. Dixo el sancto ángel: “Capaz está tu entendimiento de entender y sentir bien de Dios y de esas cosas y escondidas sçiençias si quieres usar tú de la virtud y lumbre que Dios te dará, con la qual alumbra su sancta fee cathólica, la qual te consejo reluzga en ti como piedra preçiosa puesta en oro o en plata, o como el luzero planeta del çielo”.


La bienabenturada preguntó al sancto ángel, diziendo: “Señor, ¿qué es la causa porque el Señor permitió sobre mí fuese atormentada en vida como Job, que ansí me pareze que estoy cubierta de dolores y ansí me duelen como si fuesen llagas o lepra?”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Da graçias a Dios trino y uno y verdadero por todos los dolores que te dio, secos y sin llagas. Y aunque fueran llagas y lepra, es más ydiondo y feo el peccado que afea el alma que no la lepra y hedor que atormenta el cuerpo. Antes muchas vezes da Dios las tales cosas para purificaçión y hermoseamiento del alma. Y acordarte deves de cuando yo te dixe que havía el demonio demandado liçençia a Dios para perseguirte y tentarte de diversas maneras ansí como lo hizo. Contraxole, comoquier que le fue dado algún poder y liçençia, no fue en tanta cantidad como el mesmo demonio pedía. Tú sanctíguate d’él y no le ayas miedo, que si fee y devoçión tienes en las virtudes de la cruz, valerte an ante Dios, y el demonio no avrá poder sobre ti en grado enpezible a tu ánima, aunque el cuerpo padezca y sea atormentado. Y sé fiel a Dios, enbuélbete en su amor, afórrate en su esperanza, consuélate en su serviçio. Esto haciendo, y siendo Dios contigo, no temerás cosa que los [fol. 94v] hombres te hagan, que, quando te mataren, heres viva; quando te dieren vida los hombres y no Dios, quedas muerta. Ansí están muertos los favoreçidos de los hombres, mas los favoreçidos de Dios, aunque sean muertos, quedan vivos”. La sancta virgen dixo al ángel: “Señor, mucho me consuelo oyendo palabras, sanctas palabras, mas miedo he a los hombres, y asombrada me tienen los sanctos e humildes religiosos e religiosas. ¿Qué haría, y en quánto grado más abría miedo a los crueles seglares, si, a desdicha mía, por sus manos huviese de ser castigada o penitençiada? Que aunque fuese permisión del Señor, y por bien de mi alma, en tales cosas no sé si avría paçiençia y si el tal martirio sería en mí meritorio”.
La bienabenturada preguntó al sancto ángel, diziendo: “Señor, ¿qué es la causa por que el Señor permitió sobre mí fuese atormentada en vida como Job, que ansí me pareze que estoy cubierta de dolores y ansí me duelen como si fuesen llagas o lepra?”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Da graçias a Dios trino y uno y verdadero por todos los dolores que te dio, secos y sin llagas. Y aunque fueran llagas y lepra, es más ydiondo y feo el peccado que afea el alma que no la lepra y hedor que atormenta el cuerpo. Antes muchas vezes da Dios las tales cosas para purificaçión y hermoseamiento del alma. Y acordarte deves de cuando yo te dixe que havía el demonio demandado liçençia a Dios para perseguirte y tentarte de diversas maneras ansí como lo hizo. Contraxole, comoquier que le fue dado algún poder y liçençia, no fue en tanta cantidad como el mesmo demonio pedía. Tú sanctíguate d’él y no le ayas miedo, que si fee y devoçión tienes en las virtudes de la cruz, valerte an ante Dios, y el demonio no avrá poder sobre ti en grado enpezible a tu ánima, aunque el cuerpo padezca y sea atormentado. Y sé fiel a Dios, enbuélbete en su amor, afórrate en su esperanza, consuélate en su serviçio. Esto haciendo, y siendo Dios contigo, no temerás cosa que los [fol. 94v] hombres te hagan, que, quando te mataren, heres viva; quando te dieren vida los hombres y no Dios, quedas muerta. Ansí están muertos los favoreçidos de los hombres, mas los favoreçidos de Dios, aunque sean muertos, quedan vivos”. La sancta virgen dixo al ángel: “Señor, mucho me consuelo oyendo palabras, sanctas palabras, mas miedo he a los hombres, y asombrada me tienen los sanctos e humildes religiosos e religiosas. ¿Qué haría, y en quánto grado más abría miedo a los crueles seglares, si, a desdicha mía, por sus manos huviese de ser castigada o penitençiada? Que aunque fuese permisión del Señor, y por bien de mi alma, en tales cosas no sé si avría paçiençia y si el tal martirio sería en mí meritorio”.


El sancto ángel respondió, diziendo: “Grande es la pequeñez de tu coraçón, pues no estás aparejada para con todo esfuerço e amor de Dios sufrir las fatigas. Esfuérçate, que la sancta religión christiana piadosa es. Y las personas que son christianas y desapiadadas quedan deudoras a Dios en mayor grado que los infieles, en espeçial quando hazen mal a los amigos e sierbos de Dios, pues los religiosos e de orden sacra, ¿cómo te an de hazer a ti mal? No tengas tantos temores, ánima de Dios, que me das congoja y me hazes llorar”. La bienabenturada respondió al sancto ángel, diziendo: “Señor, no puedo más sino sentir en mí este temor, acordándome de las cosas profetizadas sobre mí, como vuestra señoría me a dicho artas; e otras me an contado mis hermanas las religiosas, las quales dizen haver ellas oýdo por sus oýdos profeçías salidas por la palabra dada de graçia del Señor en tiempos passados, las quales profeçías en mí dichas y para mí profetiçadas dizen ellas se cunplen agora y se an cumplido largamente, y aún ay más por cumplirse, y con esto estoy tan temerosa, no sé qué son”.
El sancto ángel respondió, diziendo: “Grande es la pequeñez de tu coraçón, pues no estás aparejada para con todo esfuerço e amor de Dios sufrir las fatigas. Esfuérçate, que la sancta religión christiana piadosa es. Y las personas que son christianas y desapiadadas quedan deudoras a Dios en mayor grado que los infieles, en espeçial quando hazen mal a los amigos e sierbos de Dios, pues los religiosos e de orden sacra, ¿cómo te an de hazer a ti mal? No tengas tantos temores, ánima de Dios, que me das congoja y me hazes llorar”. La bienabenturada respondió al sancto ángel, diziendo: “Señor, no puedo más sino sentir en mí este temor, acordándome de las cosas profetizadas sobre mí, como vuestra señoría me a dicho artas; e otras me an contado mis hermanas las religiosas, las quales dizen haver ellas oýdo por sus oýdos profeçías salidas por la palabra dada de graçia del Señor en tiempos passados, las quales profeçías en mí dichas y para mí profetiçadas dizen ellas se cunplen agora y se an cumplido largamente, y aún ay más por cumplirse, y con esto estoy tan temerosa, no sé qué son”.


El sancto ángel dixo: “No tengas tantos temores, porque no pierdas el tiempo ni le gastes mal gastado con el demasiado temor, olvidando y dexando de usar el fervoroso amor de Dios, el qual tú solías tener en otro tiempo y te vi yo con más ánimo y fortaleza y cuydado de Dios, y no con el relaxamiento y tibieza que agora está aposentado en tu ánima. Muchas vezes me haçes estar cuydadoso de ti, y maravillado cómo heres tan floxa, enbuelta en esos temores que te an de haçer mal las gentes. Falta el spíritu de obra en la caridad y amor de Dios, y la hambre y sed que los próximos se salven; falta en ti la oraçión devota y penetrativa, la qual es agradable a Dios, quando limpia y sin peccado vuela al Çielo, adonde Dios está assentado en su real trono, y como el [fol. 95r] humo del inzienzo es sin fastidio quando ordenadamente es quemado ante Dios y es dino sacrifiçio, ansí la oraçión es honrrosa a su alta y gran Magestad y sube bolando, no parando hasta los brazos y persona de quien ama el que la haze. Y por eso, si tú amas a Dios cruçificado, que fue en ese mundo y glorificado que está, oyrá en el Çielo tu oraçión, que es el mensagero de tu coraçón. Hasta allá sube, donde ese mesmo Dios está y mora; y ansí la oraçión de qualquier ánima devota, aunque esté en el cuerpo, e mientras más limpia y sancta vida haze, e religiosa, más açeta e sancta al acatamiento de Dios”.
El sancto ángel dixo: “No tengas tantos temores, por que no pierdas el tiempo ni le gastes mal gastado con el demasiado temor, olvidando y dexando de usar el fervoroso amor de Dios, el qual tú solías tener en otro tiempo y te vi yo con más ánimo y fortaleza y cuydado de Dios, y no con el relaxamiento y tibieza que agora está aposentado en tu ánima. Muchas vezes me haçes estar cuydadoso de ti, y maravillado cómo heres tan floxa, enbuelta en esos temores que te an de haçer mal las gentes. Falta el spíritu de obra en la caridad y amor de Dios, y la hambre y sed que los próximos se salven; falta en ti la oraçión devota y penetrativa, la qual es agradable a Dios, quando limpia y sin peccado vuela al Çielo, adonde Dios está assentado en su real trono, y como el [fol. 95r] humo del inzienzo es sin fastidio quando ordenadamente es quemado ante Dios y es dino sacrifiçio, ansí la oraçión es honrrosa a su alta y gran Magestad y sube bolando, no parando hasta los brazos y persona de quien ama el que la haze. Y por eso, si tú amas a Dios cruçificado, que fue en ese mundo y glorificado que está, oyrá en el Çielo tu oraçión, que es el mensagero de tu coraçón. Hasta allá sube, donde ese mesmo Dios está y mora; y ansí la oraçión de qualquier ánima devota, aunque esté en el cuerpo, e mientras más limpia y sancta vida haze, e religiosa, más açeta e sancta al acatamiento de Dios”.


'''Capítulo IXX'''
'''Capítulo XIX'''
'''De otras preguntas que esta bienabenturada hizo a su sancto ángel'''
'''De otras preguntas que esta bienabenturada hizo a su sancto ángel'''


Línea 757: Línea 754:
Preguntó la bienabenturada al sancto ángel, diziendo: “Señor, mis hermanas las religiosas tienen un defeto muy grande, y es que me desean a mí por su perpetua perlada, y esto es contra la voluntad de nuestros perlados. Y algunas veçes no se lo conçeden, y con su ymportunaçión los enojan. Este peccado, ¿perdonársele a Nuestro Señor? Que yo por grave le tengo en ellas”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Otros peccados avrá en el mundo tan graves y más, que no ese, puesto que ellas deven, como sierbas de Dios, obedeçer lo que les mandaren, y esforçarse a cumplir la voluntad de los perlados, en espeçial cuando no les mandan cosa que sea ofensa del señor Dios ni contra sus almas propias y su perfeta y frutuosa conçiençia e aprovechamiento spiritual en el mayor y mejor serviçio de Dios”.
Preguntó la bienabenturada al sancto ángel, diziendo: “Señor, mis hermanas las religiosas tienen un defeto muy grande, y es que me desean a mí por su perpetua perlada, y esto es contra la voluntad de nuestros perlados. Y algunas veçes no se lo conçeden, y con su ymportunaçión los enojan. Este peccado, ¿perdonársele a Nuestro Señor? Que yo por grave le tengo en ellas”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Otros peccados avrá en el mundo tan graves y más, que no ese, puesto que ellas deven, como sierbas de Dios, obedeçer lo que les mandaren, y esforçarse a cumplir la voluntad de los perlados, en espeçial cuando no les mandan cosa que sea ofensa del señor Dios ni contra sus almas propias y su perfeta y frutuosa conçiençia e aprovechamiento spiritual en el mayor y mejor serviçio de Dios”.


Dixo la virgen al sancto ángel: “Señor, el tiempo que yo he sido perlada, ¿é servido a Dios en el tal offiçio?”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Gran soberbia sería la tuya si pensases havías servido a Dios sin offensa e sin defeto. Mas de una cosa te hago çierto, porque te alegres en la virtud y te enmiendes del defeto, e te duelas quando te falta la virtud: que tu ánima siempre a sido por la graçia del Señor ynclinada a buenas obras antes que a malas, y a un zelo que se sirva el Señor de todas las criaturas, y que no se offenda dellas, ni de tu ánima mesma, la qual deseas salvar con fe verdadera christiana, devota a Dios y a su Madre, y a los sanctos ángeles y soberana corte çelestial. Y las offensas que as hecho no an sido de propia voluntad, ni perdiendo la reverençia e amor de Dios, ni a Él temor reverençial e piadoso, comoquier que atrevidamente y con agudez demasiada o pensando no ser peccado algunas cosas as offendido, e por eso mereçes penitençia. Y si la de la vida presente no bastare, en el otro mundo yrás a penar. ¡Sálvete Dios, ánima mía, encomendada! Que te salve Dios del Çielo, yo lo quiero suplicar, y entiendo ganarte graçia. Tú te deves ayudar”.
Dixo la virgen al sancto ángel: “Señor, el tiempo que yo he sido perlada, ¿é servido a Dios en el tal offiçio?”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Gran soberbia sería la tuya si pensases havías servido a Dios sin offensa e sin defeto. Mas de una cosa te hago çierto, por que te alegres en la virtud y te enmiendes del defeto, e te duelas quando te falta la virtud: que tu ánima siempre a sido por la graçia del Señor ynclinada a buenas obras antes que a malas, y a un zelo que se sirva el Señor de todas las criaturas, y que no se offenda dellas, ni de tu ánima mesma, la qual deseas salvar con fe verdadera christiana, devota a Dios y a su Madre, y a los sanctos ángeles y soberana corte çelestial. Y las offensas que as hecho no an sido de propia voluntad, ni perdiendo la reverençia e amor de Dios, ni a Él temor reverençial e piadoso, comoquier que atrevidamente y con agudez demasiada o pensando no ser peccado algunas cosas as offendido, e por eso mereçes penitençia. Y si la de la vida presente no bastare, en el otro mundo yrás a penar. ¡Sálvete Dios, ánima mía, encomendada! Que te salve Dios del Çielo, yo lo quiero suplicar, y entiendo ganarte graçia. Tú te deves ayudar”.


La bienabenturada, muy consolada de estas piadosas y sanctas palabras, dio graçias al sancto ángel, [fol. 96r] y tornole a preguntar si havía sido servida Nuestra Señora traerla a su sancta casa de la cruz y que morase en ella para siempre. El sancto ángel respondió, diziendo: “¿Por qué hazes pregunta a la cosa que bien saves? Acuérdate de aquel día quando yo te apareçí en casa de una tu tía, estando tú en oraçión delante Sancta María, e yo offreçía tu devoçión y pedías con lágrimas serbir a Dios te otorgó y te llamó para su casa, y a mí me mandó guiarte. Y ansí se hizo. ¿Qué más señales quieres para conoçer que ella fue servida traerte a su sancta casa, la qual estava derribada y arto caýda en quanto a lo temporal, que en lo spiritual su virtud se tenía? Mas fue aumentada la devoçión junto con la graçia, más contigo que sin ti”. La virgen le dixo: “Señor, ¿pues cómo agora a caýdo en mí la graçia?”. Respondió el sancto ángel: “Siempre acostumbró Dios, en el prinçipio, de dar su graçia alterada y fervorosamente, sin poderse encubrir ni meterse la candela devajo del celemín; mas de que se va haziendo ascua creçida y maçiça, puedes encubrir con la ceniça de la discreçión e abituaçión, sin que se parezca descubiertamente la luz que está en el ánima hecha ascua biba sin llama”.
La bienabenturada, muy consolada de estas piadosas y sanctas palabras, dio graçias al sancto ángel, [fol. 96r] y tornole a preguntar si havía sido servida Nuestra Señora traerla a su sancta casa de la cruz y que morase en ella para siempre. El sancto ángel respondió, diziendo: “¿Por qué hazes pregunta a la cosa que bien saves? Acuérdate de aquel día quando yo te apareçí en casa de una tu tía, estando tú en oraçión delante Sancta María, e yo offreçía tu devoçión y pedías con lágrimas serbir a Dios te otorgó y te llamó para su casa, y a mí me mandó guiarte. Y ansí se hizo. ¿Qué más señales quieres para conoçer que ella fue servida traerte a su sancta casa, la qual estava derribada y arto caýda en quanto a lo temporal, que en lo spiritual su virtud se tenía? Mas fue aumentada la devoçión junto con la graçia, más contigo que sin ti”. La virgen le dixo: “Señor, ¿pues cómo agora a caýdo en mí la graçia?”. Respondió el sancto ángel: “Siempre acostumbró Dios, en el prinçipio, de dar su graçia alterada y fervorosamente, sin poderse encubrir ni meterse la candela devajo del celemín; mas de que se va haziendo ascua creçida y maçiça, puedes encubrir con la ceniça de la discreçión e abituaçión, sin que se parezca descubiertamente la luz que está en el ánima hecha ascua biba sin llama”.
Línea 767: Línea 764:
Respondió el sancto ángel: “Esa también es graçia del Señor, que toda su Divinal Magestad por mexor dé tu ánima. Y las penas que te dan las criaturas, y los dolores y enfermedades, harán para tu ánima, y la limpiarán, y las bescosidades que se le pegan por los defetos que confiesas tener y hallarte culpada dellos. Y más perfiçión es acusarte de los peccados y defetos que no confesar virtudes y manifestallas, aunque las huviese y sean verdaderas. Conózcolas Dios, que las save, pues Él las da por su virtud y misericordia, y Él solo [fol. 97r] las alave como lo hará en el otro mundo, si fueren dinas, y en este las otras personas que te conoçiere. Y ese mesmo Dios, si lo permitiere, es bien que te alaben, mas no tú mesma, porque es bana y engañosa la lengua del que se alava a sí mismo sin que Dios le alave, o las criaturas con verdadero testimonio”.
Respondió el sancto ángel: “Esa también es graçia del Señor, que toda su Divinal Magestad por mexor dé tu ánima. Y las penas que te dan las criaturas, y los dolores y enfermedades, harán para tu ánima, y la limpiarán, y las bescosidades que se le pegan por los defetos que confiesas tener y hallarte culpada dellos. Y más perfiçión es acusarte de los peccados y defetos que no confesar virtudes y manifestallas, aunque las huviese y sean verdaderas. Conózcolas Dios, que las save, pues Él las da por su virtud y misericordia, y Él solo [fol. 97r] las alave como lo hará en el otro mundo, si fueren dinas, y en este las otras personas que te conoçiere. Y ese mesmo Dios, si lo permitiere, es bien que te alaben, mas no tú mesma, porque es bana y engañosa la lengua del que se alava a sí mismo sin que Dios le alave, o las criaturas con verdadero testimonio”.


Preguntó la bienabenturada al sancto ángel, diziendo: “Señor, ¿qué es la causa porque fuy en mis prinçipios en mucho tenida y alabada de sancta y de sierba de Dios, más que deçía ni mereçía?”. Respondió el sancto ángel: “El Señor lo permitió porque lo pareçieses en la perfecçión y travajos dignos de memoria. E ansí como su Divinal Magestad, después de nasçido en ese mundo de aquella Reyna del Çielo puríssima y sagrada donzella −que no ay vocablos perteneçientes en la Tierra ni lenguas bastantes para alabarla−, dende el prinçipio ese mismo Dios fue conoçido y alavado de muchos justos del Testamento Viejo, y de los ángeles y pastores, y después de muchos mártires y gentes que se convirtieron a su sancta fee, hombres, y mugeres, y vírgines y no vírgines, y antes de su sagrada Passión fue en mucho tenido Jesuchristo, rey de gloria, y conoçido Dios y hombre, como se muestra en la honra que le fiçieron el día de los ramos y el día de los panes y pocos pezes, y en otros muchos milagros que el Salvador hiço en el mundo, en que fue honrado y ensalçado de las gentes, y después se vino el menospreçio, quando le dieron la Passión no por peccados ni defetos suyos, mas por la maliçia de las gentes, porque hera menester su sancta Passión para salvar el mundo, o por mejor decir, las ánimas justas, conviene a saver, creyendo en el mesmo Dios y honrando su sancta fee católica”.
Preguntó la bienabenturada al sancto ángel, diziendo: “Señor, ¿qué es la causa porque fuy en mis prinçipios en mucho tenida y alabada de sancta y de sierba de Dios, más que deçía ni mereçía?”. Respondió el sancto ángel: “El Señor lo permitió por que lo pareçieses en la perfecçión y travajos dignos de memoria. E ansí como su Divinal Magestad, después de nasçido en ese mundo de aquella Reyna del Çielo puríssima y sagrada donzella −que no ay vocablos perteneçientes en la Tierra ni lenguas bastantes para alabarla−, dende el prinçipio ese mismo Dios fue conoçido y alavado de muchos justos del Testamento Viejo, y de los ángeles y pastores, y después de muchos mártires y gentes que se convirtieron a su sancta fee, hombres, y mugeres, y vírgines y no vírgines, y antes de su sagrada Passión fue en mucho tenido Jesuchristo, rey de gloria, y conoçido Dios y hombre, como se muestra en la honra que le fiçieron el día de los ramos y el día de los panes y pocos pezes, y en otros muchos milagros que el Salvador hiço en el mundo, en que fue honrado y ensalçado de las gentes, y después se vino el menospreçio, quando le dieron la Passión no por peccados ni defetos suyos, mas por la maliçia de las gentes, porque hera menester su sancta Passión para salvar el mundo, o por mejor decir, las ánimas justas, conviene a saver, creyendo en el mesmo Dios y honrando su sancta fee católica”.


Dixo la virgen al sancto ángel: “Señor, preçiosa es vuestra respuesta para mí, y muy consolatoria. Bien parecéys vos sancto ángel y bendito, que tales palabras me dezís, según yo las he menester. Mas suplícoos me dygáys si son provechosas mis penas, y si se sirve el Señor dellas, porque, si ansí es, consolarme he yo sin desfalleçer”. Dixo el sancto ángel: “Bien dizes, dándote el Señor su sancta graçia, porque sin su voluntad y mandamiento e obramiento de ese mesmo Dios no ay virtud alguna, ni se puede nadie salvar sin su querer y poderoso poder y graçia, misericordiosamente usado e obrado. E por eso no se deve engañar nadie ni confiar en sus virtudes propias, ni en su saber ni [fol. 97v] sciençias, que más seguro es siempre dudar no hallándose dino del Paraýso ni de los méritos de la sagrada Passión con que se compró y ganó que no tener por muy çertificada la salvaçión, en espeçial quando no ay méritos delante el acatamiento de Dios. Y quien pensare que los tiene dignos, él mesmo se engaña, si no es por virtud de esa mesma sagrada Pasión”.
Dixo la virgen al sancto ángel: “Señor, preçiosa es vuestra respuesta para mí, y muy consolatoria. Bien parecéys vos sancto ángel y bendito, que tales palabras me dezís, según yo las he menester. Mas suplícoos me dygáys si son provechosas mis penas, y si se sirve el Señor dellas, porque, si ansí es, consolarme he yo sin desfalleçer”. Dixo el sancto ángel: “Bien dizes, dándote el Señor su sancta graçia, porque sin su voluntad y mandamiento e obramiento de ese mesmo Dios no ay virtud alguna, ni se puede nadie salvar sin su querer y poderoso poder y graçia, misericordiosamente usado e obrado. E por eso no se deve engañar nadie ni confiar en sus virtudes propias, ni en su saber ni [fol. 97v] sciençias, que más seguro es siempre dudar no hallándose dino del Paraýso ni de los méritos de la sagrada Passión con que se compró y ganó que no tener por muy çertificada la salvaçión, en espeçial quando no ay méritos delante el acatamiento de Dios. Y quien pensare que los tiene dignos, él mesmo se engaña, si no es por virtud de esa mesma sagrada Pasión”.
Línea 778: Línea 775:
Dixo la bienabenturada ''[16]''. Respondió el sancto ángel: “En este mundo no se puede ver nada, ni saver ninguno de los secretos que Dios puso en su entendimiento y potençia escondida y prudentíssima”. Dixo la bienabenturada: “Señor, ¿pues cómo pregunto yo a vuestra señoría algunas cosas a las quales me responde algún secreto no savido?”. El sancto ángel respondió: “Si no fuese la voluntad del Señor, ninguna cosa te respondería a tus preguntas, e si alguna vez respondo es por voluntad de Dios, y con palabras encubiertas, que casi tú no las entiendes, y artas dellas; no son profeçías, y no las saves, aunque las dizes. Y bien hazes a no abalanzarte a dar sentençia sobre mis palabras pensando que las entiendes. Que scripto es ‘las palabras del sabio preñadas son’, y por eso mejor es tenerte por neçia y sin saber, que no atreverte a declarar demasiado, no sabiendo; e mejor es dexarse a la doctrina de los sanctos, y a espirimentados y canoniçados por la sancta Yglesia cathólica, que no usar ni establezer novedades, creyendo que todo es Spíritu Sancto. Que el Spíritu Sancto ya está declarado y muy manifestado, y conoçidas sus negoçiaçiones. Todo lo qual el Spíritu Sancto obró en el çentro y cuerpo de la sancta fee cathólica sancto es, e si el demonio se yngiriere por sus frutos y contraridades, del bien será conoçido; y siendo conoçido, deve ser hechado con la señal de la cruz, y con el amor de Jesuchristo, y con la codiçia y esperanza del sancto Paraýso para la otra vida, del qual Paraýso no ay otro Señor sino Jesuchristo. No huyga d’Él nadie, que quien piensa escaparse de su hermosa fee, a manos de ese mesmo juez á de morir el día del juyzio, con la cruel sentençia que el justo juez dará sobre los malos y peccadores, y pareçerse á como solo Él es el Señor”.
Dixo la bienabenturada ''[16]''. Respondió el sancto ángel: “En este mundo no se puede ver nada, ni saver ninguno de los secretos que Dios puso en su entendimiento y potençia escondida y prudentíssima”. Dixo la bienabenturada: “Señor, ¿pues cómo pregunto yo a vuestra señoría algunas cosas a las quales me responde algún secreto no savido?”. El sancto ángel respondió: “Si no fuese la voluntad del Señor, ninguna cosa te respondería a tus preguntas, e si alguna vez respondo es por voluntad de Dios, y con palabras encubiertas, que casi tú no las entiendes, y artas dellas; no son profeçías, y no las saves, aunque las dizes. Y bien hazes a no abalanzarte a dar sentençia sobre mis palabras pensando que las entiendes. Que scripto es ‘las palabras del sabio preñadas son’, y por eso mejor es tenerte por neçia y sin saber, que no atreverte a declarar demasiado, no sabiendo; e mejor es dexarse a la doctrina de los sanctos, y a espirimentados y canoniçados por la sancta Yglesia cathólica, que no usar ni establezer novedades, creyendo que todo es Spíritu Sancto. Que el Spíritu Sancto ya está declarado y muy manifestado, y conoçidas sus negoçiaçiones. Todo lo qual el Spíritu Sancto obró en el çentro y cuerpo de la sancta fee cathólica sancto es, e si el demonio se yngiriere por sus frutos y contraridades, del bien será conoçido; y siendo conoçido, deve ser hechado con la señal de la cruz, y con el amor de Jesuchristo, y con la codiçia y esperanza del sancto Paraýso para la otra vida, del qual Paraýso no ay otro Señor sino Jesuchristo. No huyga d’Él nadie, que quien piensa escaparse de su hermosa fee, a manos de ese mesmo juez á de morir el día del juyzio, con la cruel sentençia que el justo juez dará sobre los malos y peccadores, y pareçerse á como solo Él es el Señor”.


Y ansí çesó por entonzes la plática del sancto ángel y de la bienabenturada, las quales cosas y pláticas tan gloriosas le mandó con premio scrivir, lo qual ella hizo.
Y ansí çesó por entonzes la plática del sancto ángel y de la bienabenturada, las quales cosas y pláticas tan gloriosas le mandó con [a]premio scrivir, lo qual ella hizo.


'''Capítulo XXI'''
'''Capítulo XXI'''
Línea 795: Línea 792:
Entonzes, la sancta virgen llamó a una religiosa en secreto, y díxole: “Amiga, yd a la madre abadesa, y encomendádmela mucho, y deçilde de mi parte que yo he tenido mucho cuydado de rogar al Señor por ella, y que ya es tiempo que se apareje”. E la enferma, entendiendo lo que le embiava a dezir, hizo en sí una gran mudanza, a manera de mucho sentimiento, y con mucho esfuerço se tornó a confesar, e resçivió el Sancto Sacramento con mucha devoçión, e renunçió el cargo y todas las cosas que poseýa, e según religiosa pobre, pidió por amor de Dios el ábito e cuerda de sepultura a las religiosas. E resçiviendo [fol. 99v] la estrema unçión muy católicamente, espiró.
Entonzes, la sancta virgen llamó a una religiosa en secreto, y díxole: “Amiga, yd a la madre abadesa, y encomendádmela mucho, y deçilde de mi parte que yo he tenido mucho cuydado de rogar al Señor por ella, y que ya es tiempo que se apareje”. E la enferma, entendiendo lo que le embiava a dezir, hizo en sí una gran mudanza, a manera de mucho sentimiento, y con mucho esfuerço se tornó a confesar, e resçivió el Sancto Sacramento con mucha devoçión, e renunçió el cargo y todas las cosas que poseýa, e según religiosa pobre, pidió por amor de Dios el ábito e cuerda de sepultura a las religiosas. E resçiviendo [fol. 99v] la estrema unçión muy católicamente, espiró.


Quando le hera mostrado a esta sancta virgen, por la voluntad de Dios, algo de las penas que las ánimas por sus peccados padesçen, si le fuera dada liçençia de Dios ella tomara las penas sobre sí, porque ellas tuvieran descanso, aunque son muy insufribles; lo qual hiço esta bienabenturada muchas veçes, dándole Dios para ello liçençia y esfuerço caudoso. Que suplicándole ella a Nuestro Señor huviese piedad de las ánimas que ella havía visto en tan grande pena y tormentos, y le hiçiese a ella tan gran virtud que pudiese ayudarles a padesçer sus penas −aunque fuese acreçentándole a ella sus dolores, aunque los tenía muy grandes y a su pareçer ynsufribles−, todo lo padesçería por la consolaçión y quitamiento de penas de las ánimas de Purgatorio; y si para otorgarle su Divina Magestad esta virtud le quiere dar nuevas enfermedades, que con su graçia e ayuda estava aparejada para todo.
Quando le hera mostrado a esta sancta virgen, por la voluntad de Dios, algo de las penas que las ánimas por sus peccados padesçen, si le fuera dada liçençia de Dios ella tomara las penas sobre sí, por que ellas tuvieran descanso, aunque son muy insufribles; lo qual hiço esta bienabenturada muchas veçes, dándole Dios para ello liçençia y esfuerço caudoso. Que suplicándole ella a Nuestro Señor huviese piedad de las ánimas que ella havía visto en tan grande pena y tormentos, y le hiçiese a ella tan gran virtud que pudiese ayudarles a padesçer sus penas −aunque fuese acreçentándole a ella sus dolores, aunque los tenía muy grandes y a su pareçer ynsufribles−, todo lo padesçería por la consolaçión y quitamiento de penas de las ánimas de Purgatorio; y si para otorgarle su Divina Magestad esta virtud le quiere dar nuevas enfermedades, que con su graçia e ayuda estava aparejada para todo.


Y continuando esta bienabenturada en su oraçión, e ayudándole a rogar su sancto ángel, fuele otorgada su petiçión de caridad exerçitada en los próximos, vivos e difuntos; la qual ella exerçitó muy enteramente todos los días de su vida. Y exerçitando esta caridad con las ánimas, le acaesçió una cosa por donde se le descubrió un secreto açerca de las ánimas de Purgatorio. Y fue en esta manera: que teniendo esta sancta virgen a causa de sus enfermedades los miembros fríos, pareçiole a ella que unos guijarros calientes entre la ropa de su cama le darían algún refrigerio en aquella neçessidad que tenía. Rogó que se los buscasen, si los havía en el monasterio; y haviendo traýdo para una obra que haçían en la casa una carretada dellos, muchos tiempos antes de sus enfermedades, y de estos guijarros havía algunos por la casa, y buscándolos a su pedimiento, hallaron uno muy grande a una puerta de una cueva, con el [fol. 100r] qual havían molido muchas vezes pez. Y llevándole a esta bienabenturada, dixo que hera muy bueno, y mandó allí en su presençia le calentasen en un brasero de lumbre. De que fue empeçado a calentar y calentado, empeçó a oýr unos muy dolorosos gemidos, formando manera de palabras, en las quales deçía: “Ay, crueldad tan grande, ay”. Esto no lo oýa ninguna de las monjas que allí estavan, sino la sancta virgen, que dende su cama lo mirava e oýa, e le pareçía ser ánima de Purgatorio. Y mirando con su entendimiento de dónde salían aquellos gemidos e palabras, sintió salían del guixarro que a la lumbre estava. Y no diçiendo por entonçes la causa de ello, mandó aprisa no le calentasen más, y le quitasen luego, y enbuelto en un paño se le pusiesen sobre sus manos. Y de que le tuvo allí, le dixo en silençio: “Ánima, yo te ruego me perdones la pena que he sido causa resçivas. E dime, ¿cómo as venido a estar aquí?”. El ánima le respondió: “Ruégote no mandes calentar más este guijarro, donde estoy por mandato de Dios, que si quisieres calor yo se le daré, y también frío. Y a lo que preguntas, cómo estoy aquí, ya te he dicho que es voluntad de Dios. Mas primero que a este monasterio me truxesen, estava en un río que se llamava Xó, e las bestias con sus pies me sacaron d’él, e los hombres peccadores me truxeron a esta casa”.
Y continuando esta bienabenturada en su oraçión, e ayudándole a rogar su sancto ángel, fuele otorgada su petiçión de caridad exerçitada en los próximos, vivos e difuntos; la qual ella exerçitó muy enteramente todos los días de su vida. Y exerçitando esta caridad con las ánimas, le acaesçió una cosa por donde se le descubrió un secreto açerca de las ánimas de Purgatorio. Y fue en esta manera: que teniendo esta sancta virgen a causa de sus enfermedades los miembros fríos, pareçiole a ella que unos guijarros calientes entre la ropa de su cama le darían algún refrigerio en aquella neçessidad que tenía. Rogó que se los buscasen, si los havía en el monasterio; y haviendo traýdo para una obra que haçían en la casa una carretada dellos, muchos tiempos antes de sus enfermedades, y de estos guijarros havía algunos por la casa, y buscándolos a su pedimiento, hallaron uno muy grande a una puerta de una cueva, con el [fol. 100r] qual havían molido muchas vezes pez. Y llevándole a esta bienabenturada, dixo que hera muy bueno, y mandó allí en su presençia le calentasen en un brasero de lumbre. De que fue empeçado a calentar y calentado, empeçó a oýr unos muy dolorosos gemidos, formando manera de palabras, en las quales deçía: “Ay, crueldad tan grande, ay”. Esto no lo oýa ninguna de las monjas que allí estavan, sino la sancta virgen, que dende su cama lo mirava e oýa, e le pareçía ser ánima de Purgatorio. Y mirando con su entendimiento de dónde salían aquellos gemidos e palabras, sintió salían del guixarro que a la lumbre estava. Y no diçiendo por entonçes la causa de ello, mandó aprisa no le calentasen más, y le quitasen luego, y enbuelto en un paño se le pusiesen sobre sus manos. Y de que le tuvo allí, le dixo en silençio: “Ánima, yo te ruego me perdones la pena que he sido causa resçivas. E dime, ¿cómo as venido a estar aquí?”. El ánima le respondió: “Ruégote no mandes calentar más este guijarro, donde estoy por mandato de Dios, que si quisieres calor yo se le daré, y también frío. Y a lo que preguntas, cómo estoy aquí, ya te he dicho que es voluntad de Dios. Mas primero que a este monasterio me truxesen, estava en un río que se llamava Xó, e las bestias con sus pies me sacaron d’él, e los hombres peccadores me truxeron a esta casa”.
Línea 805: Línea 802:
Y de aý adelante rogava a las religiosas le traxesen los guijarros que por el monasterio hallasen, y ellas con mucho cuydado lo haçían, aunque no savían para qué hera. E quando alguno le traýan, mandavan que se le pusiesen en la cama, y teniéndole allí, conoçía si tenía dentro algunas ánimas. E las más tenían una y muchas, y las que no tenían ninguna mandávalos sacar de su çelda. Y no contenta ni satisfecha su caridad con los que en el monasterio estavan, rogó que le hiziesen traer algunas de un río que ella señaló, del qual truxeron muchos. Y todos venían con muchas ánimas de dentro de sí, de manera que siempre tenían en el hospital de sus caridosos miembros bastamiento de ánimas, e por la voluntad de Dios, y con su poder, siempre venían ánimas, y vinieron a esta sancta virgen hasta en fin de sus días a ser ayudadas por su oraçión y méritos. Quando ella las vía venir, dezíales que tomasen por lugar en que estuviesen los guijarros, donde estavan las otras que antes que ellas havían venido por la voluntad de Dios. Y aunque en cada una de aquellas piedras estavan muchas ánimas, cada una tenía la pena en sí propia que por sus peccados mereçía, diferentes unas de otras.
Y de aý adelante rogava a las religiosas le traxesen los guijarros que por el monasterio hallasen, y ellas con mucho cuydado lo haçían, aunque no savían para qué hera. E quando alguno le traýan, mandavan que se le pusiesen en la cama, y teniéndole allí, conoçía si tenía dentro algunas ánimas. E las más tenían una y muchas, y las que no tenían ninguna mandávalos sacar de su çelda. Y no contenta ni satisfecha su caridad con los que en el monasterio estavan, rogó que le hiziesen traer algunas de un río que ella señaló, del qual truxeron muchos. Y todos venían con muchas ánimas de dentro de sí, de manera que siempre tenían en el hospital de sus caridosos miembros bastamiento de ánimas, e por la voluntad de Dios, y con su poder, siempre venían ánimas, y vinieron a esta sancta virgen hasta en fin de sus días a ser ayudadas por su oraçión y méritos. Quando ella las vía venir, dezíales que tomasen por lugar en que estuviesen los guijarros, donde estavan las otras que antes que ellas havían venido por la voluntad de Dios. Y aunque en cada una de aquellas piedras estavan muchas ánimas, cada una tenía la pena en sí propia que por sus peccados mereçía, diferentes unas de otras.


Y como esta bienabenturada no tenía manos con que poner sobre sus miembros las piedras de neçessidad, preguntándoselo las religiosas, les descubrió el secreto, e les rogó que todas las vezes que ellas los pidiese se los diesen [fol. 101v] e pusiesen donde ella les dixese. Las religiosas, mucho maravilladas de saver tal secreto, le dixeron que lo harían de voluntad. Y dende entonzes, empezó esta bienabenturada a poner sobre su persona y miembros aquellas piedras, e por su desseo y voluntad ayudarles a padesçer sus penas, offreçiendo sus dolores y pidiendo a Nuestro Señor se le acrecentasen, porque aquellas ánimas, que consigo tenía, fuesen recreadas y alibiadas sus penas, y por su piadosa misericordia y sancta Passión fuesen libres de todas ellas. Aunque havían sido peccadoras, hera mayor su piedad para las perdonar y haçer virtudes, y que allí estava su cuerpo doloroso y tullido para pagar por ellos lo que su Divina Magestad mandase.
Y como esta bienabenturada no tenía manos con que poner sobre sus miembros las piedras de neçessidad, preguntándoselo las religiosas, les descubrió el secreto, e les rogó que todas las vezes que ellas los pidiese se los diesen [fol. 101v] e pusiesen donde ella les dixese. Las religiosas, mucho maravilladas de saver tal secreto, le dixeron que lo harían de voluntad. Y dende entonzes, empezó esta bienabenturada a poner sobre su persona y miembros aquellas piedras, e por su desseo y voluntad ayudarles a padesçer sus penas, offreçiendo sus dolores y pidiendo a Nuestro Señor se le acrecentasen, por que aquellas ánimas, que consigo tenía, fuesen recreadas y alibiadas sus penas, y por su piadosa misericordia y sancta Passión fuesen libres de todas ellas. Aunque havían sido peccadoras, hera mayor su piedad para las perdonar y haçer virtudes, y que allí estava su cuerpo doloroso y tullido para pagar por ellos lo que su Divina Magestad mandase.


Y puniéndose esta sancta virgen estas piedras alrededor de su cuerpo y miembros, sentían mucha consolaçión e alibiamiento de penas las ánimas que dentro dellas estavan. Y acaesçía elevarse, y esto muy contino, teniendo contino mucha de esta compañía. Y aunque los guijarros heran grandes, y sus miembros muy delicados, no se los osaban quitar las monjas hasta que Nuestro Señor la volvía en sus sentidos. Hera muy grande admiraçión y causa de mucha devoçión verla estar ansí de esta manera.  
Y puniéndose esta sancta virgen estas piedras alrededor de su cuerpo y miembros, sentían mucha consolaçión e alibiamiento de penas las ánimas que dentro dellas estavan. Y acaesçía elevarse, y esto muy contino, teniendo contino mucha de esta compañía. Y aunque los guijarros heran grandes, y sus miembros muy delicados, no se los osaban quitar las monjas hasta que Nuestro Señor la volvía en sus sentidos. Hera muy grande admiraçión y causa de mucha devoçión verla estar ansí de esta manera.  
Línea 823: Línea 820:
Quando esta bienabenturada quería que la llevasen al coro o a otra parte de la casa, quando las religiosas la sentavan en el lugar donde havía de estar, poniéndole bien la ropa que llevava bestida, topavan con los guijarros que llevava pegados a sus coyunturas, los quales no havían visto hasta entonçes, y bien asidos, unos devajo de las corbas y otros de los pies. Ellas, muy maravilladas de ver el milagro, probavan a quitarlos, y nunca podían despegarlos, aunque ponían fuerça. La sancta virgen, socorriéndose, les dezía: “Dexadlas estar donde Dios les dio liçençia que estuviesen, que con su poder están esas ánimas que aý haçen”. Y esto se vido muchas vezes de la más parte del convento, e algunas de todo.  
Quando esta bienabenturada quería que la llevasen al coro o a otra parte de la casa, quando las religiosas la sentavan en el lugar donde havía de estar, poniéndole bien la ropa que llevava bestida, topavan con los guijarros que llevava pegados a sus coyunturas, los quales no havían visto hasta entonçes, y bien asidos, unos devajo de las corbas y otros de los pies. Ellas, muy maravilladas de ver el milagro, probavan a quitarlos, y nunca podían despegarlos, aunque ponían fuerça. La sancta virgen, socorriéndose, les dezía: “Dexadlas estar donde Dios les dio liçençia que estuviesen, que con su poder están esas ánimas que aý haçen”. Y esto se vido muchas vezes de la más parte del convento, e algunas de todo.  


Estando esta bienabenturada confesando en su cama, el confesor mirando hazia ella vido uno de aquestos guijarros hazia las almoadas de su cavezera. Y muy maravillado de ver tal cosa en cama de persona tan dolorosa y tullida, con piadad por que no se hiriese tomole y arroxole en el fuego, de manera que dio un gran golpe con él. Y la sancta virgen, en su secreto, huvo gran pesar de lo que el padre hizo. Y después que fue ydo, llamó ella a una religiosa, y dixo: “Dadme ese guijarro que arrojó el padre, que tan angustiada he estado por el golpe que con él dio que no he savido lo que he confesado”. La religiosa le dixo: “No tenga, señora, pena, que no se les daña nada a las ánimas”. La bienabenturada le respondió, diziendo: “Porque [fol. 103v] os guardéys vos de hazer otro tanto, saved que quando el padre las arrojó, gimieron las ánimas, diziendo: ‘¡Ay dolor, estos son los benefiçios e sacrifiçios que de los saçerdotes resçivimos!’”.  
Estando esta bienabenturada confesando en su cama, el confesor mirando hazia ella vido uno de aquestos guijarros hazia las almoadas de su cavezera. Y muy maravillado de ver tal cosa en cama de persona tan dolorosa y tullida, con piadad por que no se hiriese tomole y arroxole en el fuego, de manera que dio un gran golpe con él. Y la sancta virgen, en su secreto, huvo gran pesar de lo que el padre hizo. Y después que fue ydo, llamó ella a una religiosa, y dixo: “Dadme ese guijarro que arrojó el padre, que tan angustiada he estado por el golpe que con él dio que no he savido lo que he confesado”. La religiosa le dixo: “No tenga, señora, pena, que no se les daña nada a las ánimas”. La bienabenturada le respondió, diziendo: “Por que [fol. 103v] os guardéys vos de hazer otro tanto, saved que quando el padre las arrojó, gimieron las ánimas, diziendo: ‘¡Ay dolor, estos son los benefiçios e sacrifiçios que de los saçerdotes resçivimos!’”.  


Y mirando la sancta virgen que otras vezes podría acaeszer lo mesmo, buscava con su pensamiento cómo lo pudiese mudar. Y de que vido a su sancto ángel, contole su pena, diziendo: “Señor, querría suplicar a Nuestro Señor, su poderosa Magestad, quisiese mudar esto de estos guijarros en otra cosa en que las ánimas pudiesen estar, por evitar algunas ocasiones que con estas piedras se pueden recreçer”. El sancto ángel le respondió: “Bien será que lo ruegues, y yo te ayudaré a suplicar te sea conçedida la graçia”. Y rogándolo entrambos se lo otorgó Dios lo trocase ella en lo que más consolada fuese. En manera que de aý adelante siempre tenía unas jarras con rosas e flores o yerbas frescas, según con el año las había, y las jarras heran de vidro, o como las podía haver. Y teniéndolas consigo, a su lado y par de sus almoadas, por la voluntad de Dios todas las ánimas se pasaron en ellas y se asentaron sobre las yerbas y flores. Y ansimismo lo haçían las que nuevamente venían, y dezían a la sancta virgen: “Mucha consolaçión havemos resçivido con esta estanzia que Dios nos a dado, que como los guijarros sean tan duros e espesos no nos consolava más en estar en ellos”.
Y mirando la sancta virgen que otras vezes podría acaeszer lo mesmo, buscava con su pensamiento cómo lo pudiese mudar. Y de que vido a su sancto ángel, contole su pena, diziendo: “Señor, querría suplicar a Nuestro Señor, su poderosa Magestad, quisiese mudar esto de estos guijarros en otra cosa en que las ánimas pudiesen estar, por evitar algunas ocasiones que con estas piedras se pueden recreçer”. El sancto ángel le respondió: “Bien será que lo ruegues, y yo te ayudaré a suplicar te sea conçedida la graçia”. Y rogándolo entrambos se lo otorgó Dios lo trocase ella en lo que más consolada fuese. En manera que de aý adelante siempre tenía unas jarras con rosas e flores o yerbas frescas, según con el año las había, y las jarras heran de vidro, o como las podía haver. Y teniéndolas consigo, a su lado y par de sus almoadas, por la voluntad de Dios todas las ánimas se pasaron en ellas y se asentaron sobre las yerbas y flores. Y ansimismo lo haçían las que nuevamente venían, y dezían a la sancta virgen: “Mucha consolaçión havemos resçivido con esta estanzia que Dios nos a dado, que como los guijarros sean tan duros e espesos no nos consolava más en estar en ellos”.
Línea 833: Línea 830:
Estando esta bienabenturada un día de verano a la puerta de su çelda, hechada en una camilla rodeada de jarras muy llenas de albaaca muy fresca y creçida, cantando la ''magnificat'', oyéronla las religiosas y fueron a verla e a oýrla con mucha alegría. Y proçediendo ella en su [fol. 104v] canto, quando acavava la ''manifica'' que dixo: “''Gloria Patri''”, abaxáronse las ramas del albahaca, tanto que también se abaxavan las jarras en que estavan. Y estavan ansí abajadas hasta que acavava la gloria, y luego se alçavan muy despaçio. Viéndolo las religiosas, dieron muchas graçias a Dios por tan gran maravilla como sus ojos veýan.
Estando esta bienabenturada un día de verano a la puerta de su çelda, hechada en una camilla rodeada de jarras muy llenas de albaaca muy fresca y creçida, cantando la ''magnificat'', oyéronla las religiosas y fueron a verla e a oýrla con mucha alegría. Y proçediendo ella en su [fol. 104v] canto, quando acavava la ''manifica'' que dixo: “''Gloria Patri''”, abaxáronse las ramas del albahaca, tanto que también se abaxavan las jarras en que estavan. Y estavan ansí abajadas hasta que acavava la gloria, y luego se alçavan muy despaçio. Viéndolo las religiosas, dieron muchas graçias a Dios por tan gran maravilla como sus ojos veýan.


Entonçes, díxoles la sancta virgen: “¿Para qué entrastis aquí, hermanas, que estávamos cantando yo y mis compañeras, yo en esta cama y ellas entre las yerbas verdes?”. Ymportunada que tornase a cantar ''Gloria Patri'', dixo: “Podrá ser no querrán delante de vosotras tornar a hazer la benia”. Y ansí como empezó a dezir ''Gloria Patri'', se abajaron las ramas del albaaca e jarras con ellas, como la primera vez. Y esto fue hecho todas las vezes que lo tornava a deçir, lo qual fue causa de mucha admiraçión a todas las religiosas. E la sancta virgen les dixo con gesto alegre: “Plázeme, amigas, aya el Señor querido ayáys visto esto, porque veáys por espiriençia que esto que está entre estas verduras son ánimas cristianas, y obedientes a su Dios, y creyentes en su sancta fee cathólica, pues hazen humiliaçión y reverençia quando se nombra la muy alta Trinidad. Y no es esta la primera vez que estas cathólicas ánimas reverençian a su Dios y criador estando en estas yerbas como havéys visto; mas otras muchas vezes lo han hecho por dar plazer a esta bienabenturada”.  
Entonçes, díxoles la sancta virgen: “¿Para qué entrastis aquí, hermanas, que estávamos cantando yo y mis compañeras, yo en esta cama y ellas entre las yerbas verdes?”. Ymportunada que tornase a cantar ''Gloria Patri'', dixo: “Podrá ser no querrán delante de vosotras tornar a hazer la benia”. Y ansí como empezó a dezir ''Gloria Patri'', se abajaron las ramas del albaaca e jarras con ellas, como la primera vez. Y esto fue hecho todas las vezes que lo tornava a deçir, lo qual fue causa de mucha admiraçión a todas las religiosas. E la sancta virgen les dixo con gesto alegre: “Plázeme, amigas, aya el Señor querido ayáys visto esto, por que veáys por espiriençia que esto que está entre estas verduras son ánimas cristianas, y obedientes a su Dios, y creyentes en su sancta fee cathólica, pues hazen humiliaçión y reverençia quando se nombra la muy alta Trinidad. Y no es esta la primera vez que estas cathólicas ánimas reverençian a su Dios y criador estando en estas yerbas como havéys visto; mas otras muchas vezes lo han hecho por dar plazer a esta bienabenturada”.  


Trúxole una religiosa un gran pie de albahaca, el qual venía granado y no abiertas las flores. Ella, viéndole, mandole poner en una jarra de las que ella tenía para aquello. Otro día, trayendo otra rama más fresca, sin dezirle ninguna cosa, quitaron aquella mata grande y hecháronla a un rincón de la mesma çelda, y pusieron la fresca. Y dende a dos días, pidió la jarra que tenía el gran pie de albahaca, que como tenía muchas unas tomava una vez, y otras otras. Y trayéndosela, conoçió que no hera aquella el albahaca que ella havía mandado poner allí, y pidió que se lo diesen. Díxole una religiosa: “Ya está seca”. Ella, pidiendo que se la traxesen, aunque estuviese como dezían, y traýda, mandó quitar la fresca y poner aquella, diziendo: “Sé que poderoso es Dios, y la virtud de mis ánimas bendita, y para tornar esta albahaca en su berdor y frescor”. Y mandó que le pusiesen aquella jarra ençima de sus miembros, y túvola un gran rato. Y antes [fol. 105r] que se la quitasen, ya empeçava aquella rama a tener un poco de vigor, y continuándola a a tomar más a menudo que las otras jarras, a cavo de dos días estava tan berde como si entonzes se huviera cortado de donde estava nasçido, y abrieron las floreçitas, y ansí estuvo por artos días, sin perder su verdor ni olor.  
Trúxole una religiosa un gran pie de albahaca, el qual venía granado y no abiertas las flores. Ella, viéndole, mandole poner en una jarra de las que ella tenía para aquello. Otro día, trayendo otra rama más fresca, sin dezirle ninguna cosa, quitaron aquella mata grande y hecháronla a un rincón de la mesma çelda, y pusieron la fresca. Y dende a dos días, pidió la jarra que tenía el gran pie de albahaca, que como tenía muchas unas tomava una vez, y otras otras. Y trayéndosela, conoçió que no hera aquella el albahaca que ella havía mandado poner allí, y pidió que se lo diesen. Díxole una religiosa: “Ya está seca”. Ella, pidiendo que se la traxesen, aunque estuviese como dezían, y traýda, mandó quitar la fresca y poner aquella, diziendo: “Sé que poderoso es Dios, y la virtud de mis ánimas bendita, y para tornar esta albahaca en su berdor y frescor”. Y mandó que le pusiesen aquella jarra ençima de sus miembros, y túvola un gran rato. Y antes [fol. 105r] que se la quitasen, ya empeçava aquella rama a tener un poco de vigor, y continuándola a a tomar más a menudo que las otras jarras, a cavo de dos días estava tan berde como si entonzes se huviera cortado de donde estava nasçido, y abrieron las floreçitas, y ansí estuvo por artos días, sin perder su verdor ni olor.  


Acaesçíale algunas vezes estar apartada de donde estavan las jarras, y haver gran rato que no las havía tornado consigo, e oýr los gemidos de las ánimas y palabras que dezían en que mostravan el desseo y neçessidad que tenían de ser recreadas dellas. La sancta virgen entonzes les deçía: “Venid, venid, ánimas cristianas y cathólicas, con el poder que Nuestro Señor Jesuchristo os a dado, que os aprovechéys de mí, su yndigna sierva”. Al qual clamamiento todas quantas ánimas que en las yerbas de las jarras yban e se le ponían ençima de los miembros, desde los pies hasta la caveza. Y ella les preguntava, diziendo: “¿Havéys os consolado, amigas?”. Las ánimas dezían: “Sí, criatura de Dios e ayudadora nuestra. Muchos más havemos consolado, pues nuestras penas y tormentos se an aliviado y alivian todas las vezes que contigo nos tienes. Muchas graçias sean dadas al poderoso Dios, esta misericordia, y por todas las que de su alta Magestad havemos resçivido”.  
Acaesçíale algunas vezes estar apartada de donde estavan las jarras, y haver gran rato que no las havía tornado consigo, e oýr los gemidos de las ánimas y palabras que dezían en que mostravan el desseo y neçessidad que tenían de ser recreadas dellas. La sancta virgen entonzes les deçía: “Venid, venid, ánimas cristianas y cathólicas, con el poder que Nuestro Señor Jesuchristo os a dado, que os aprovechéys de mí, su yndigna sierva”. Al qual clamamiento todas quantas ánimas que en las yerbas de las jarras yban e se le ponían ençima de los miembros, desde los pies hasta la caveza. Y ella les preguntava, diziendo: “¿Havéys os consolado, amigas?”. Las ánimas dezían: “Sí, criatura de Dios e ayudadora nuestra. Muchos más havemos consolado, pues nuestras penas y tormentos se an aliviado y alivian todas las vezes que contigo nos tienes. Muchas graçias sean dadas al poderoso Dios [por] esta misericordia, y por todas las que de su alta magestad havemos resçivido”.  


Bolviendo un día esta bienabenturada muy alegre de la elevaçión, preguntáronle las religiosas que les dixese la causa de su alegría, si hera de libramiento de ánimas de Purgatorio, que en ella conoçían que havía ydo al lugar de las penas. Muy ymportunada, respondió: “Sí, que como el poderoso Dios a otorgado a mi sancto ángel custodio muy grandes previlegios, entre los quales le otorgó fuese a Purgatorio çiertos días de la semana, en espeçial miércoles y viernes en reverençia de la sancta Passión, y el sávado por lo masmo y por los mereçimientos de la Virgen Sancta María, su madre, y llévame consigo para que le guarde el pescado que jara de los lagos del Purgatorio. Y como él lleva el poder de Nuestro Señor, no le vedan los demonios la entrada, ni podrían, aunque mucho les pesa dello, y hazen muy grandes ruydos, y estruendos espantosos de oýr. Mas mi señor sancto ángel pásase de largo, llevándome a mí guardada dellos entre sus muy hermosas alas, y vamos a unos muy espantosos lagos y ríos, los quales son negros como la pez, y muy pesados, y de horrible hedor. E toma mi sancto ángel una grande viga llena de anzuelos muy grandes, y hechados en aquellos lagos y ríos, en el [fol. 105v] nombre de Dios y de su sancta Passión, y tiénelos allí un poco. Entre tanto, ruega al Señor y a Nuestra Señora, y yo también. Dende a un poco, tira aquella viga hazia fuera, y saca asida algún ánima o ánimas de aquellos anzuelos, e quítalas, y dámelas a mí que se las guarde de los demonios. Y torna a hechar los anzuelos, y entre tanto que él saca, más meto yo aquellas ánimas en una estançia que allí tenemos para esto, la qual llena cada vez que va a haçer esta obra de caridad. Y de esta manera saca muchas ánimas cada vez, y estas son las que la voluntad de Dios permite, y las que an sido más devotas de su sagrada Passión, y en que en semejantes, viviendo en la carne, hizieron alguna buena obra por su amor e murieron en día de viernes.
Bolviendo un día esta bienabenturada muy alegre de la elevaçión, preguntáronle las religiosas que les dixese la causa de su alegría, si hera de libramiento de ánimas de Purgatorio, que en ella conoçían que havía ydo al lugar de las penas. Muy ymportunada, respondió: “Sí, que como el poderoso Dios a otorgado a mi sancto ángel custodio muy grandes previlegios, entre los quales le otorgó fuese a Purgatorio çiertos días de la semana, en espeçial miércoles y viernes en reverençia de la sancta Passión, y el sávado por lo masmo y por los mereçimientos de la Virgen Sancta María, su madre, y llévame consigo para que le guarde el pescado que jara de los lagos del Purgatorio. Y como él lleva el poder de Nuestro Señor, no le vedan los demonios la entrada, ni podrían, aunque mucho les pesa dello, y hazen muy grandes ruydos, y estruendos espantosos de oýr. Mas mi señor sancto ángel pásase de largo, llevándome a mí guardada dellos entre sus muy hermosas alas, y vamos a unos muy espantosos lagos y ríos, los quales son negros como la pez, y muy pesados, y de horrible hedor. E toma mi sancto ángel una grande viga llena de anzuelos muy grandes, y hechados en aquellos lagos y ríos, en el [fol. 105v] nombre de Dios y de su sancta Passión, y tiénelos allí un poco. Entre tanto, ruega al Señor y a Nuestra Señora, y yo también. Dende a un poco, tira aquella viga hazia fuera, y saca asida algún ánima o ánimas de aquellos anzuelos, e quítalas, y dámelas a mí que se las guarde de los demonios. Y torna a hechar los anzuelos, y entre tanto que él saca, más meto yo aquellas ánimas en una estançia que allí tenemos para esto, la qual llena cada vez que va a haçer esta obra de caridad. Y de esta manera saca muchas ánimas cada vez, y estas son las que la voluntad de Dios permite, y las que an sido más devotas de su sagrada Passión, y en que en semejantes, viviendo en la carne, hizieron alguna buena obra por su amor e murieron en día de viernes.
Línea 847: Línea 844:
”Y los sanctos le dieron muchas graçias, y suplicaron a su preçiosa madre, que a su lado estava, quisiese yr con ellos, la qual se volvió hazia Nuestro Señor Dios, y le dixo: “Hijo mío muy amado, estas sanctas benditas me ruegan vaya con ellos a Purgatorio. Si me dáys, hijo mío, liçençia, yré de buena voluntad”. Y Nuestro Señor le respondió: “Madre mía, si vos queréys, yd en buena ora, que ellos ganarán en llamaros, que solos vuestros mereçimientos son bastantes para robar todo el Purgatorio y traerle con vos a los Çielos”. Y luego la muy poderosa Reyna del Çielo, puesta en muy grande trono, y estos gloriosos sanctos con ella, y muchos millares de ángeles de la hierarchía elegida para su poderosa guarda, y mandó llevar muchas trompetas e atabales, e otros muchos ynstrumentos de dulze melodía. Y ansí desçendieron al lugar del Purgatorio, y dende camnino pasaron por donde yo estava.
”Y los sanctos le dieron muchas graçias, y suplicaron a su preçiosa madre, que a su lado estava, quisiese yr con ellos, la qual se volvió hazia Nuestro Señor Dios, y le dixo: “Hijo mío muy amado, estas sanctas benditas me ruegan vaya con ellos a Purgatorio. Si me dáys, hijo mío, liçençia, yré de buena voluntad”. Y Nuestro Señor le respondió: “Madre mía, si vos queréys, yd en buena ora, que ellos ganarán en llamaros, que solos vuestros mereçimientos son bastantes para robar todo el Purgatorio y traerle con vos a los Çielos”. Y luego la muy poderosa Reyna del Çielo, puesta en muy grande trono, y estos gloriosos sanctos con ella, y muchos millares de ángeles de la hierarchía elegida para su poderosa guarda, y mandó llevar muchas trompetas e atabales, e otros muchos ynstrumentos de dulze melodía. Y ansí desçendieron al lugar del Purgatorio, y dende camnino pasaron por donde yo estava.


”Y díxome la muy piadosa madre de Dios, mirándome con sus ojos de misericordia: ‘Anda acá, amiga, vete con [fol. 106v] nosotros’. E yo holgué mucho de oýrlo, y tomándome de la mano mi sancto ángel, fuymos todos. Y a la entrada de Purgatorio, mandó su Real Magestad tocar todos los ynstrumentos, lo qual hera muy admirable cosa de oýr, por que las ánimas sintiesen el socorro que les yba, y se esforçasen con el sonido de las trompetas, y con la melodía de la dulze música se consolasen. Y entrando con este gran poder, los demonios empezaron a aparejarse como de guerra, con muchos tiros y armas, haziendo muy grande ruydo, y poniendo las ánimas en gran cobro, dando muy grandes alaridos. Nuestra Señora mandó empezar la pelea, y que no çesasen de tañer. Y Su Magestad los estava mirando, y los sanctos y sanctas susodichas con ella, y los Ángeles de su reguarda, unos tañendo, e otros con espadas muy luçidas peleavan muy reziamente con los demonios. Pareçíame que los ángeles con las espadas partían los demonios por medio, e caýan en el suelo. Y de verlos yo assí caýdos y partidos por medio havía yo muy gran plazer.  
”Y díxome la muy piadosa madre de Dios, mirándome con sus ojos de misericordia: ‘Anda acá, amiga, vete con [fol. 106v] nosotros’. E yo holgué mucho de oýrlo, y tomándome de la mano mi sancto ángel, fuymos todos. Y a la entrada de Purgatorio, mandó su Real Magestad tocar todos los ynstrumentos, lo qual hera muy admirable cosa de oýr, por que las ánimas sintiesen el socorro que les yba, y se esforçasen con el sonido de las trompetas, y con la melodía de la dulze música se consolasen. Y entrando con este gran poder, los demonios empezaron a aparejarse como de guerra, con muchos tiros y armas, haziendo muy grande ruydo, y poniendo las ánimas en gran cobro, dando muy grandes alaridos. Nuestra Señora mandó empezar la pelea, y que no çesasen de tañer. Y Su Magestad los estava mirando, y los sanctos y sanctas susodichas con ella, y los ángeles de su reguarda, unos tañendo, e otros con espadas muy luçidas peleavan muy reziamente con los demonios. Pareçíame que los ángeles con las espadas partían los demonios por medio, e caýan en el suelo. Y de verlos yo assí caýdos y partidos por medio havía yo muy gran plazer.  


”Y mientras que estos ángeles peleavan con los demonios, otros ángeles yban a los lugares donde estavan penando las ánimas, y traýan muchos brazados dellas, y poníanlas delante de Nuestra Señora, y volvían por más. Y otras venían huyendo adonde estava Nuestra Señora, y ellas las resçivía con ymmensa caridad, hablándoles palabra con mucho amor, y caridad y piedad. Y ansí llegaron alrededor de Nuestra Señora trezientas mill ánimas. Y conoçiendo la Reyna del Çielo que hera cumplida la voluntad de Dios para no salir ya más ánimas por entonzes, mandó çesar la pelea, y a los sanctos ángeles que tomasen las ánimas. Y ansí salimos del lugar del Purgatorio con muy grande alegría.  
”Y mientras que estos ángeles peleavan con los demonios, otros ángeles yban a los lugares donde estavan penando las ánimas, y traýan muchos brazados dellas, y poníanlas delante de Nuestra Señora, y volvían por más. Y otras venían huyendo adonde estava Nuestra Señora, y ellas las resçivía con ymmensa caridad, hablándoles palabra con mucho amor, y caridad y piedad. Y ansí llegaron alrededor de Nuestra Señora trezientas mill ánimas. Y conoçiendo la Reyna del Çielo que hera cumplida la voluntad de Dios para no salir ya más ánimas por entonzes, mandó çesar la pelea, y a los sanctos ángeles que tomasen las ánimas. Y ansí salimos del lugar del Purgatorio con muy grande alegría.  
Línea 856: Línea 853:
'''De una revelaçión que esta bienabenturada vido estando enferma'''
'''De una revelaçión que esta bienabenturada vido estando enferma'''


Estando esta bienabenturada en su cama enferma de calenturas de más de todas las enfermedades que tenía, vino a ella el padre nuestro, el glorioso sant Françisco, muy glorioso y acompañado de muchos sanctos bienabenturados. E saludola y convidola, diziéndole que se fuese con él al Paraýso, si pudiese y tiene esfuerzo para ello; y si no podía, por su mucha enfermedad, se tuviese en su cama, la qual le havía dado el Señor por nido como a páxara o gallina que está empollando sus huebos, porque dellos nazcan páxaron vivos o pollicos, de dolores salidos de los sus huebos, los quales se crían pasçiendo en las yerbas buenas.  
Estando esta bienabenturada en su cama enferma de calenturas de más de todas las enfermedades que tenía, vino a ella el padre nuestro, el glorioso sant Françisco, muy glorioso y acompañado de muchos sanctos bienabenturados. E saludola y convidola, diziéndole que se fuese con él al Paraýso, si pudiese y tiene esfuerzo para ello; y si no podía, por su mucha enfermedad, se tuviese en su cama, la qual le havía dado el Señor por nido como a páxara o gallina que está empollando sus huebos, por que dellos nazcan páxaron vivos o pollicos, de dolores salidos de los sus huebos, los quales se crían pasçiendo en las yerbas buenas.  


Y diziéndole esto, le hechó con sus benditas manos en la cama tres dozenas de huevos, unos tan grandes como de abestruz, e otros medianos, e otros más pequiñitos, los quales huevos heran muy blancos, y claros y limpios, que pareçían de nácar o aljófar. Y la sancta virgen les resçivió de muy buena voluntad, y la bendiçión que el glorioso sant Françisco le dio, e le rogó por toda su orden de frayles e monjes, en espeçial por sus hermanas y compañeras, le diese su bendición. Y bendiciendo a las religiosas, despidiose el glorioso padre, y la bienabenturada, en el despedimiento, besole sus sanctos pies, y él a ella en la caveça, diziendo: “Quiero yo besas los dolores de mi Señor Jesuchristo en ti, ''filia mea'', por su misericordia transformados”.
Y diziéndole esto, le hechó con sus benditas manos en la cama tres dozenas de huevos, unos tan grandes como de abestruz, e otros medianos, e otros más pequiñitos, los quales huevos heran muy blancos, y claros y limpios, que pareçían de nácar o aljófar. Y la sancta virgen les resçivió de muy buena voluntad, y la bendiçión que el glorioso sant Françisco le dio, e le rogó por toda su orden de frayles e monjes, en espeçial por sus hermanas y compañeras, le diese su bendición. Y bendiciendo a las religiosas, despidiose el glorioso padre, y la bienabenturada, en el despedimiento, besole sus sanctos pies, y él a ella en la caveça, diziendo: “Quiero yo besas los dolores de mi Señor Jesuchristo en ti, ''filia mea'', por su misericordia transformados”.
Línea 866: Línea 863:
Y la sancta virgen, muy admirada de ver ansí aquella ánima tan despedazada, y que todos los pedazos gemían y gritaban, dixo a su sancto ángel: “Señor, muy maravillada estoy de ver cómo un ánima pereze en muchas, porque en cada pedazo pareze estar un ánima, y en él llora, como quando estava en el vigor del padesçer entera antes que la partiesen”. Respondió el sancto ángel: “No te maravilles de oýr gemir y llorar cada taxada por sí, que como el ánima es hecha a semejanza de Dios, en el qual está todo entero en Su Magestad, aunque está en muchos pedazos de hostias en todo el mundo, en todos los pedazos está entero; assí el ánima está enteramente dondequier que está su presençia y potençia y sentimiento. Y como en cada pedazo de estos están estas tres cosas, presençia y potençia y sentimiento, por chico que sea el pedazo, tiene sentimiento de entera ánima”.
Y la sancta virgen, muy admirada de ver ansí aquella ánima tan despedazada, y que todos los pedazos gemían y gritaban, dixo a su sancto ángel: “Señor, muy maravillada estoy de ver cómo un ánima pereze en muchas, porque en cada pedazo pareze estar un ánima, y en él llora, como quando estava en el vigor del padesçer entera antes que la partiesen”. Respondió el sancto ángel: “No te maravilles de oýr gemir y llorar cada taxada por sí, que como el ánima es hecha a semejanza de Dios, en el qual está todo entero en Su Magestad, aunque está en muchos pedazos de hostias en todo el mundo, en todos los pedazos está entero; assí el ánima está enteramente dondequier que está su presençia y potençia y sentimiento. Y como en cada pedazo de estos están estas tres cosas, presençia y potençia y sentimiento, por chico que sea el pedazo, tiene sentimiento de entera ánima”.


Y estando en esta plática, vino un gran dragón muy espantable, que con sus crueles manos e uñas la la agarró, y todos los pedazos y migajas, los quales bullen todos como gusanos, con mucha rabia y crueldad, los apretó y trujó, y se los comía. Y teniéndolos assí en la boca, mazcando reçiamente, se tornava entera aquella ánima, como antes estava, y el cruel dragón la hechava fuera de la boca algo della. Y otros muy espantosos dragones se la yban a tomar, y todos asían de aquella triste ánima, unas de una parte y otras de otra, hasta que la tornavan a despedazar muy crudamente, y tragaban y mazcaban della, y después la vi entera como de primero. Y venían otros demonios, como negros como hollín, y muy crueles, y tomábanla. Poníanla en tormento de bergas de yerro, a manera de sogas, y liábanla toda, y apretávanla tanto que le hazían sobrepujar el vulto entre soga y soga un palmo [fol. 108r] más, y apretaban tanto que la partían y cortaban como con sierra. Y de que los unos estavan cansados de atormentar aquella triste ánima, tomávanla otros. Y ella dava tan espantosos gritos y gemidos que no se podrían dezir, y se maldecía, y no la valía nadie, y se desesperava, y no la aprovechava ni la consolava nadie, ni sus penas çesaban, ni se le aliviaban, sino de esta manera susodicha, y muy más cruelmente hera contino atormentada aquella triste ánima hasta que se cumplió la voluntad de Dios de sacarla dellas.
Y estando en esta plática, vino un gran dragón muy espantable, que con sus crueles manos e uñas la agarró, y todos los pedazos y migajas, los quales bullen todos como gusanos, con mucha rabia y crueldad, los apretó y trujó, y se los comía. Y teniéndolos assí en la boca, mazcando reçiamente, se tornava entera aquella ánima, como antes estava, y el cruel dragón la hechava fuera de la boca algo della. Y otros muy espantosos dragones se la yban a tomar, y todos asían de aquella triste ánima, unas de una parte y otras de otra, hasta que la tornavan a despedazar muy crudamente, y tragaban y mazcaban della, y después la vi entera como de primero. Y venían otros demonios, como negros como hollín, y muy crueles, y tomábanla. Poníanla en tormento de bergas de yerro, a manera de sogas, y liábanla toda, y apretávanla tanto que le hazían sobrepujar el vulto entre soga y soga un palmo [fol. 108r] más, y apretaban tanto que la partían y cortaban como con sierra. Y de que los unos estavan cansados de atormentar aquella triste ánima, tomávanla otros. Y ella dava tan espantosos gritos y gemidos que no se podrían dezir, y se maldecía, y no la valía nadie, y se desesperava, y no la aprovechava ni la consolava nadie, ni sus penas çesaban, ni se le aliviaban, sino de esta manera susodicha, y muy más cruelmente hera contino atormentada aquella triste ánima hasta que se cumplió la voluntad de Dios de sacarla dellas.


Héranle mostradas muchas vezes a esta bienabenturada penas de Purgatorio por su sancto ángel, porque yendo él a visitar las ánimas y llevarles refeçción, la llevava consigo, en espeçial los lunes. Y le mostrava en Purgatorio los lugares muy tristes y escuros, y feos y muy espantables, en los quales vía padesçer las ánimas de muchas maneras, y cómo los demonios les demandavan los peccados que hizieron. Y las penas que les davan por ellos a las ánimas que havían peccado en el peccado de la soberbia, por quantas vezes cayeron en este peccado, aunque le havían confesado viviendo en la carne, si no tuvieron gran contriçión no se escusa de pagado en Purgatorio, porque la contriçión destruye el peccado; empero, si no ay grande arrepentimiento, por fuerças á de estar la tal ánima siete años en penas, por cada vez que cae en este peccado de la soberbia, la caveça ayuso colgada de los pies, dándole muy reçios tormentos y diziéndole muchos vituperios e ynjurias y menospreçios los demonios. Y ansimismo por cada peccado le dan pena de su manera.  
Héranle mostradas muchas vezes a esta bienabenturada penas de Purgatorio por su sancto ángel, porque yendo él a visitar las ánimas y llevarles refeçción, la llevava consigo, en espeçial los lunes. Y le mostrava en Purgatorio los lugares muy tristes y escuros, y feos y muy espantables, en los quales vía padesçer las ánimas de muchas maneras, y cómo los demonios les demandavan los peccados que hizieron. Y las penas que les davan por ellos a las ánimas que havían peccado en el peccado de la soberbia, por quantas vezes cayeron en este peccado, aunque le havían confesado viviendo en la carne, si no tuvieron gran contriçión no se escusa de pagado en Purgatorio, porque la contriçión destruye el peccado; empero, si no ay grande arrepentimiento, por fuerças á de estar la tal ánima siete años en penas, por cada vez que cae en este peccado de la soberbia, la caveça ayuso colgada de los pies, dándole muy reçios tormentos y diziéndole muchos vituperios e ynjurias y menospreçios los demonios. Y ansimismo por cada peccado le dan pena de su manera.  
Línea 911: Línea 908:
”Estando en estos coloquios, con más gozo que se puede pensar, hizo la Reyna del Çielo señal para silençio, y llamó a mí, su yndigna sierva, que lo estava mirando. Y fuy postrada de hinojos delante las gradas, donde la poderosa Reyna estava, y díxome su Real Magestad: ‘¿Viste cómo mi hijo está aora niño chiquito?’. Respondí: ‘Sí, Señora’. ‘¿Pareçete bien mi hijo?’. Yo le dixe: ‘Sí, Señora’. ‘¿Quiéresle mucho?’. Tornele a dezir: ‘Él, señora, lo save’. Dixo ella: ‘Yo no lo savré’. ‘Pienso sí savrá Vuestra Magestad, y también las faltas más’. [fol. 111r] Y diziendo esto, huve un gran temor y vergüenza acordándome de mis faltas y defetos, viéndome en tan alto lugar no siendo yo digna.  
”Estando en estos coloquios, con más gozo que se puede pensar, hizo la Reyna del Çielo señal para silençio, y llamó a mí, su yndigna sierva, que lo estava mirando. Y fuy postrada de hinojos delante las gradas, donde la poderosa Reyna estava, y díxome su Real Magestad: ‘¿Viste cómo mi hijo está aora niño chiquito?’. Respondí: ‘Sí, Señora’. ‘¿Pareçete bien mi hijo?’. Yo le dixe: ‘Sí, Señora’. ‘¿Quiéresle mucho?’. Tornele a dezir: ‘Él, señora, lo save’. Dixo ella: ‘Yo no lo savré’. ‘Pienso sí savrá Vuestra Magestad, y también las faltas más’. [fol. 111r] Y diziendo esto, huve un gran temor y vergüenza acordándome de mis faltas y defetos, viéndome en tan alto lugar no siendo yo digna.  


”Díxome la Reyna del Çielo: ‘No temas, ¿por qué temes? Yo te digo Dios te pone ese temor porque le ayas de mí, que tengo aora sus vezes de juzgar mientras Él está en figura de niño chiquito. E ansí como delante de un alcalde mayor y otra justiçia es devida reverençia e miedo, assí a mí este tiempo del naçimiento de mi hijo, nasçido de mis entrañas enxendrado por Spíritu Sancto, algunas vezes, e todas las que yo quiero, me da auctoridad que juzgue y reprehenda si quisiere a las ánimas vivas, y a los que an salido del mundo, y que mande a los ángeles malos y buenos y los castigue si yo quisiere. Por eso, hija, con raçón temes tú, y aun tus hermanas también, las quales quiero yo que parezcan aquí ante mí’. Y diziendo esto, a deshora pareçieron allí unas ymágines o estatuas, las quales estavan en figura de las mismas personas, e pareçiome conoçía cada una. E la Reyna del Çielo no hablava ante ninguna dellas por entonzes sino a mí, su sierba, diziendo: ‘Dime, hija, los agravios que te an hecho tus hermanas o quejas que tienes dellas’. Yo le respondí: ‘Señora, a mi pensar no me an hecho ningún agravio, ni tengo ninguna queja, ni raçón para ello’. Y dixo la Reyna y Señora Nuestra: ‘Todas se aparten allá y quede aquí sola una contigo’. Y apartadas, dixo: ‘De esta, ¿qué quexa tienes?’. Respondí como de primero, no tenía ninguna. Y mandó se apartase aquella, y viniese otra. Y vino luego, y preguntome qué quexa tenía de aquella. Por semejante, respondí que ninguna tenía. Y assí vinieron todas, una a una, y me preguntó la Señora las palabras ya dichas de cada una, y respondí como a las primeras, no acusando a ninguna.  
”Díxome la Reyna del Çielo: ‘No temas, ¿por qué temes? Yo te digo Dios te pone ese temor por que le ayas de mí, que tengo aora sus vezes de juzgar mientras Él está en figura de niño chiquito. E ansí como delante de un alcalde mayor y otra justiçia es devida reverençia e miedo, assí a mí este tiempo del naçimiento de mi hijo, nasçido de mis entrañas enxendrado por Spíritu Sancto, algunas vezes, e todas las que yo quiero, me da auctoridad que juzgue y reprehenda si quisiere a las ánimas vivas, y a los que an salido del mundo, y que mande a los ángeles malos y buenos y los castigue si yo quisiere. Por eso, hija, con raçón temes tú, y aun tus hermanas también, las quales quiero yo que parezcan aquí ante mí’. Y diziendo esto, a deshora pareçieron allí unas ymágines o estatuas, las quales estavan en figura de las mismas personas, e pareçiome conoçía cada una. E la Reyna del Çielo no hablava ante ninguna dellas por entonzes sino a mí, su sierba, diziendo: ‘Dime, hija, los agravios que te an hecho tus hermanas o quejas que tienes dellas’. Yo le respondí: ‘Señora, a mi pensar no me an hecho ningún agravio, ni tengo ninguna queja, ni raçón para ello’. Y dixo la Reyna y Señora Nuestra: ‘Todas se aparten allá y quede aquí sola una contigo’. Y apartadas, dixo: ‘De esta, ¿qué quexa tienes?’. Respondí como de primero, no tenía ninguna. Y mandó se apartase aquella, y viniese otra. Y vino luego, y preguntome qué quexa tenía de aquella. Por semejante, respondí que ninguna tenía. Y assí vinieron todas, una a una, y me preguntó la Señora las palabras ya dichas de cada una, y respondí como a las primeras, no acusando a ninguna.  


”Entonzes, Nuestra Señora replicó, diziendo: ‘No acuses a ninguna de ninguna cosa, ni de alguna cosa te quexas, pues razón tienes de quexarte, y bien hazes de dexar a Dios la venganza y el juyçio. Y yo te digo que tienes previlegio de Dios todopoderoso y glorioso, hijo mío, que las ánimas que tú bendixeres serán bendeçidas, y las que maldixeres, serán maldezidas. Y tú no tienes condiçión para maldezir, y por eso no maldizirás sino lo que [fol. 111v] Dios quisiere, ni bendizirás sino lo que le pluguiere. Y las que maldixeres, serán maldeçidas. Y las que amaren y apiadaren, serán d’Él amadas e apiadadas; y las que te aborreçieren, ternán juyzio delante d’Él quando tú no las dieres causas justas para odio, porque su maliçia las condenará más que tu culpa. Por eso tú, agora, bendízelas, y no pienses que las bendizes tú sola, que yo contigo las estaré bendiçiendo. Y esta se entiende a las que tuvieren verdadera devoçión e fee, y limpieza de coraçón. Y a mi hijo rogaré por ellas y por ti, que heres llave de mi casa, y tú la tienes dada de parte de mi hijo y mía. Y bien saven tus hermanas la caýda de la primera muger a quien yo me apareçí para fundar esa mi casa, llamada Ynés, en cuyo reparo pedí yo a Dios, mi hijo, a ti, en quien se renovase mi apareçimiento y se descubriese y honrase mejor que antes estava, y tomase comienzo para yr de bien en mejor. Y por tanto, hija, como a segunda fundadora de morada, y en lugar de la primera, reestableçí, como hiço el Spíritu sancto a sancto Mathía en lugar de Judas, y como Sant Michael en lugar de Luçifer’. Yo dixe a Nuestra Señora: ‘Suplico a vuestra Magestad las bendiga, pues las tiene aquí, y las hable’. Respondiome: ‘Hija, no se dan estos dones y graçias generalmente a todas personas, sino particular a algunas; y pues tú heres una dellas, da graçias a Dios por ello, y no seas yngrata a sus misericordias y benefiçios’.
”Entonzes, Nuestra Señora replicó, diziendo: ‘No acuses a ninguna de ninguna cosa, ni de alguna cosa te quexas, pues razón tienes de quexarte, y bien hazes de dexar a Dios la venganza y el juyçio. Y yo te digo que tienes previlegio de Dios todopoderoso y glorioso, hijo mío, que las ánimas que tú bendixeres serán bendeçidas, y las que maldixeres, serán maldezidas. Y tú no tienes condiçión para maldezir, y por eso no maldizirás sino lo que [fol. 111v] Dios quisiere, ni bendizirás sino lo que le pluguiere. Y las que maldixeres, serán maldeçidas. Y las que amaren y apiadaren, serán d’Él amadas e apiadadas; y las que te aborreçieren, ternán juyzio delante d’Él quando tú no las dieres causas justas para odio, porque su maliçia las condenará más que tu culpa. Por eso tú, agora, bendízelas, y no pienses que las bendizes tú sola, que yo contigo las estaré bendiçiendo. Y esta se entiende a las que tuvieren verdadera devoçión e fee, y limpieza de coraçón. Y a mi hijo rogaré por ellas y por ti, que heres llave de mi casa, y tú la tienes dada de parte de mi hijo y mía. Y bien saven tus hermanas la caýda de la primera muger a quien yo me apareçí para fundar esa mi casa, llamada Ynés, en cuyo reparo pedí yo a Dios, mi hijo, a ti, en quien se renovase mi apareçimiento y se descubriese y honrase mejor que antes estava, y tomase comienzo para yr de bien en mejor. Y por tanto, hija, como a segunda fundadora de morada, y en lugar de la primera, reestableçí, como hiço el Spíritu Sancto a sancto Mathía en lugar de Judas, y como Sant Michael en lugar de Luçifer’. Yo dixe a Nuestra Señora: ‘Suplico a vuestra Magestad las bendiga, pues las tiene aquí, y las hable’. Respondiome: ‘Hija, no se dan estos dones y graçias generalmente a todas personas, sino particular a algunas; y pues tú heres una dellas, da graçias a Dios por ello, y no seas yngrata a sus misericordias y benefiçios’.


”Y luego, mandó a mi sancto ángel me volviese a mis sentidos y naturaleza corporal, y assí no vi la adoraçión de los reyes, ni su venida ni entrada por entonzes, lo qual yo deseava y esperaba, según las señales veýa y las palabras que oýa en las cançiones de los gloriosos ángeles. Muchas veçes en el año he visto a Nuestra Señora venir a visitar a esta sancta casa, de la qual muestra tener espeçial cuydado y deseo. Y su santo apareçimiento se a estimado y venerado, porque no fue una vez sola la que Su Magestad se apareçió en este lugar, mas nueve días arreo, me ha dicho mi sancto ángel, fueron los que se apareçió. Y el primero se empieza, y fue el primero día del mes de marzo hasta el noveno, que es el postrero, y más preçiado, porque en este día puso la cruz por señal, diziendo que quiere que le hiziesen allí su yglesia cada año. En este día, en el qual se çelebra su sancto apareçimiento, la he visto venir a ora de la medianoche en una proçessión muy admirablemente hordenada, solemníssima y enriqueçida, apos- [fol. 112r] tada de muchos resplandores y riquezas de gloria, acompañada de muchedumbre de ángeles y de sanctos y sanctas. Y también vienen con Su Magestad las religiosas difuntas hijas del monasterio, salvas por la misericordia de Dios, y ansimismo vienen todas las ánimas que en vida fueron devotas del sancto apareçimiento de Nuestra Señora, y las ánimas de los bienhechores del monasterio. Y estas ánimas, algunas dellas son libradas de penas, y otras no. Tráelas Nuestra Señora con liçençia de su preçioso hijo para darles descanso en esta su fiesta. Y esta preçiosa proçessión viene al monasterio con muy grandes cánticos, y músicas çelestiales, y ynstrumentos de diversas maneras de melodía. Y antes que entre en la yglesia y casa, da una buelta alrededor, y vendize Nuestra Señora los campos, e tierras y frutas en ellas apareçidas media legua a la redonda del monasterio; y después entra dentro y va al dormitorio, y vendize las religiosas con grande amor, y diçe:  
”Y luego, mandó a mi sancto ángel me volviese a mis sentidos y naturaleza corporal, y assí no vi la adoraçión de los reyes, ni su venida ni entrada por entonzes, lo qual yo deseava y esperaba, según las señales veýa y las palabras que oýa en las cançiones de los gloriosos ángeles. Muchas veçes en el año he visto a Nuestra Señora venir a visitar a esta sancta casa, de la qual muestra tener espeçial cuydado y deseo. Y su santo apareçimiento se a estimado y venerado, porque no fue una vez sola la que Su Magestad se apareçió en este lugar, mas nueve días arreo, me ha dicho mi sancto ángel, fueron los que se apareçió. Y el primero se empieza, y fue el primero día del mes de marzo hasta el noveno, que es el postrero, y más preçiado, porque en este día puso la cruz por señal, diziendo que quiere que le hiziesen allí su yglesia cada año. En este día, en el qual se çelebra su sancto apareçimiento, la he visto venir a ora de la medianoche en una proçessión muy admirablemente hordenada, solemníssima y enriqueçida, apos- [fol. 112r] tada de muchos resplandores y riquezas de gloria, acompañada de muchedumbre de ángeles y de sanctos y sanctas. Y también vienen con Su Magestad las religiosas difuntas hijas del monasterio, salvas por la misericordia de Dios, y ansimismo vienen todas las ánimas que en vida fueron devotas del sancto apareçimiento de Nuestra Señora, y las ánimas de los bienhechores del monasterio. Y estas ánimas, algunas dellas son libradas de penas, y otras no. Tráelas Nuestra Señora con liçençia de su preçioso hijo para darles descanso en esta su fiesta. Y esta preçiosa proçessión viene al monasterio con muy grandes cánticos, y músicas çelestiales, y ynstrumentos de diversas maneras de melodía. Y antes que entre en la yglesia y casa, da una buelta alrededor, y vendize Nuestra Señora los campos, e tierras y frutas en ellas apareçidas media legua a la redonda del monasterio; y después entra dentro y va al dormitorio, y vendize las religiosas con grande amor, y diçe:  
Línea 929: Línea 926:
no quiero dexarle de visitar’.  
no quiero dexarle de visitar’.  


’Estad constantes en los travajos y penas presentes y advenideras, que ansí se ganan las coronas, las quales yo tengo en depósito si os contentáys, siervas mías, con mi depósito; si no, dadlas a quien os las guarde. Y guardadlas vosotras, porque déys buena quenta a Dios, mi hijo, el día del juyzio, y merezcáys reynar y goçar con Él para siempre’.  
’Estad constantes en los travajos y penas presentes y advenideras, que ansí se ganan las coronas, las quales yo tengo en depósito si os contentáys, siervas mías, con mi depósito; si no, dadlas a quien os las guarde. Y guardadlas vosotras, por que déys buena quenta a Dios, mi hijo, el día del juyzio, y merezcáys reynar y goçar con Él para siempre’.  


”E manda algunas vezes a los sanctos ángeles guardadores de las mesmas religiosas les pongan guirnaldas en las cabezas, de rosas blancas e coloradas. Y de estas cosas ellas no ven ni sienten ninguna cosa. Y desde el dormitorio va la sancta proçessión al coro, y allí está hasta que se dizen los maytines. Y ansimismo está Nuestra Señora, con toda la preçiosa compaña en toda la misa y sermón, y bendize los pueblos que vienen en proçessiones a çelebrar su sancto apareçimiento, y a todos los demás; y ruega a su preçioso hijo, estando en el Sancto Sacramento del Altar, por las religiosas que avitan y moran en su casa, e por todos sus devotos, y muy en espeçial por los que allí presentes [fol. 112v] están les otorguen los perdones de su sancta Yglesia. Y dize Nuestra Señora:  
”E manda algunas vezes a los sanctos ángeles guardadores de las mesmas religiosas les pongan guirnaldas en las cabezas, de rosas blancas e coloradas. Y de estas cosas ellas no ven ni sienten ninguna cosa. Y desde el dormitorio va la sancta proçessión al coro, y allí está hasta que se dizen los maytines. Y ansimismo está Nuestra Señora, con toda la preçiosa compaña en toda la misa y sermón, y bendize los pueblos que vienen en proçessiones a çelebrar su sancto apareçimiento, y a todos los demás; y ruega a su preçioso hijo, estando en el Sancto Sacramento del Altar, por las religiosas que avitan y moran en su casa, e por todos sus devotos, y muy en espeçial por los que allí presentes [fol. 112v] están les otorguen los perdones de su sancta Yglesia. Y dize Nuestra Señora:  
Línea 981: Línea 978:
Estando elevada esta sancta virgen, hizo una pregunta a su sancto ángel, diziendo: “Señor, ¿cómo quedastis vosotros los ángeles [fol. 116r] tan hermosos, poseyendo cada uno la bienabenturanza de no poder peccar, y el claro resplandor y fineza de colores que, a mi parezer, en espaçio de çierra ojo e abre se mudan y difieren los colores en diversas maneras, que se admira el entendimiento y transforma sin saverse entender? ¿Y cómo los demonios infernales, espíritus malignos, quedaron tan abominables y feos, y suçios e hidiondos y peccadores, los quales ellos, dañados, procuran dañar a todo el mundo y humanal linaje”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Cosas son esas que para te las declarar hera menester mucho espaçio, y tú alcanzar alto entendimiento. Porque las cosas que en el Çielo pasaron y se contrataron entre Dios y los ángeles, buenas y malas, antes que cayesen los dañados en el hondón del Infierno y quedasen las buenas, piadosas y justas limpias con su Dios y Criador −el qual entonçes los sanctificó en galardón de no haver consentido con Luçifer en el menospreçio de Dios, criador dellos y de todas las cosas çelestiales e terrenales, e ynfernales−, no se podían scrivir por vía humana, ni bastaría papel ni tinta, ni abría péndola que lo sufriese”.
Estando elevada esta sancta virgen, hizo una pregunta a su sancto ángel, diziendo: “Señor, ¿cómo quedastis vosotros los ángeles [fol. 116r] tan hermosos, poseyendo cada uno la bienabenturanza de no poder peccar, y el claro resplandor y fineza de colores que, a mi parezer, en espaçio de çierra ojo e abre se mudan y difieren los colores en diversas maneras, que se admira el entendimiento y transforma sin saverse entender? ¿Y cómo los demonios infernales, espíritus malignos, quedaron tan abominables y feos, y suçios e hidiondos y peccadores, los quales ellos, dañados, procuran dañar a todo el mundo y humanal linaje”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “Cosas son esas que para te las declarar hera menester mucho espaçio, y tú alcanzar alto entendimiento. Porque las cosas que en el Çielo pasaron y se contrataron entre Dios y los ángeles, buenas y malas, antes que cayesen los dañados en el hondón del Infierno y quedasen las buenas, piadosas y justas limpias con su Dios y Criador −el qual entonçes los sanctificó en galardón de no haver consentido con Luçifer en el menospreçio de Dios, criador dellos y de todas las cosas çelestiales e terrenales, e ynfernales−, no se podían scrivir por vía humana, ni bastaría papel ni tinta, ni abría péndola que lo sufriese”.


Replicó la bienabenturada, diziendo: “Dígame, señor, siquiera alguna parteçita por me hazer virtud”. Respondió el sancto ángel: “Algo te diré en declaraçión de lo que preguntas. Quando el señor Dios, trino y uno, estava en el abismo de su deydad y magestad yncomprehensible, holgávase en sí mesmo y deleytávase en su muy alta divinidad y hermosura, y grandeza e ynumerable potençia, y contemplando en sí mesmo, y gozándose de su propio conoçimiento, y balor y dinidad, sin tener neçessidad de ninguna criatura çelestial ni terrenal para su servicio; porque Él, a ssí mesmo, con su alto poder se sabe goçar e amar e contemplar, y considerar todo lo que es menester para su alabanza y ensalçamento de honra. Y cada una de las tres personas divinales se holgaban, y se amaban y se querían la una a la otra, y con toda la alteza [fol. 116v] yncomprehensible con el poderoso, y [¿?] conoçimiento que Dios en sí mismo tiene, sin le faltar cosa alguna. Y conçertándose el Padre y el Hijo y el Spíritu Sancto, movidos de misericordia, esta muy alta Trinidad acordó de dar parte de aquellos sus gozos a quien supiese gozar dellas, e usar de justiçia e verdad y bondad. Quiso el poderoso mostrar su potencia, sapiençia y magnifiçençia, largo e yncomprehensible poderío, summa clara y altíssima bondad, justiçia, verdad, piedad, libre alvedrío, discreçión, capaçidad secreta, justo juez comprehendedor y esaminador de las cosas secretas, rico, largo, franco, poderoso en toda virtud y grandeza y saver. Plúgole, primeramente, criar el Paraýso glorioso de su reyno, por arte admiravilíssima. Y esto hizo, como buen Padre codiçioso, que sus hijos hereden [¿aser?], aunque los enjendre, y dessea para ellos muchas riquezas perpetuas sin fin, prosperidad, lindeza, hermosura, proveymiento eterno de todo lo neçessario.  
Replicó la bienabenturada, diziendo: “Dígame, señor, siquiera alguna parteçita por me hazer virtud”. Respondió el sancto ángel: “Algo te diré en declaraçión de lo que preguntas. Quando el señor Dios, trino y uno, estava en el abismo de su deydad y magestad yncomprehensible, holgávase en sí mesmo y deleytávase en su muy alta divinidad y hermosura, y grandeza e ynumerable potençia, y contemplando en sí mesmo, y gozándose de su propio conoçimiento, y balor y dinidad, sin tener neçessidad de ninguna criatura çelestial ni terrenal para su servicio; porque Él, a ssí mesmo, con su alto poder se sabe goçar e amar e contemplar, y considerar todo lo que es menester para su alabanza y ensalçamento de honra. Y cada una de las tres personas divinales se holgaban, y se amaban y se querían la una a la otra, y con toda la alteza [fol. 116v] yncomprehensible con el poderoso, y [¿?] conoçimiento que Dios en sí mismo tiene, sin le faltar cosa alguna. Y conçertándose el Padre y el Hijo y el Spíritu Sancto, movidos de misericordia, esta muy alta Trinidad acordó de dar parte de aquellos sus gozos a quien supiese gozar dellas, e usar de justiçia e verdad y bondad. Quiso el poderoso mostrar su potencia, sapiençia y magnifiçençia, largo e yncomprehensible poderío, summa clara y altíssima bondad, justiçia, verdad, piedad, libre alvedrío, discreçión, capaçidad secreta, justo juez comprehendedor y esaminador de las cosas secretas, rico, largo, franco, poderoso en toda virtud y grandeza y saver. Plúgole, primeramente, criar el Paraýso glorioso de su reyno, por arte admiravilíssima. Y esto hizo, como buen Padre codiçioso, que sus hijos hereden [¿en ser?], aunque los enjendre y dessea para ellos muchas riquezas perpetuas sin fin, prosperidad, lindeza, hermosura, proveymiento eterno de todo lo neçessario.  


”Assí Dios, antes que criase los ángeles, crió el Paraýso, real, triunfal, claro, próspero, ancho, luengo, fuerte, bien labrado, más que mill maravillas compuesto, adornado, rico, valeroso, digno de ser deseado a toda criatura çelestial y terrenal, pues crió a nos, los ángeles, por muy alta manera y artifiçio, e sabidos grados y premios, púsonos mandamiento que nos conoçiésemos a nos mesmos, pues nos dio entendimiento, memoria, voluntad, libre alvedrío, discreçión, saber, libertad, juyzio, conoçimiento, raçón para saver distinguir el bien y el mal, y el mal del bien, y disçernir, y mirar, y tantear, y escoger cada uno para sí lo bueno. Y por tanto, nos mandó Dios conoçiésemos a Él y le adorásemos, y obedeciésemos y honrrásemos, pues savíamos hera nuestro Dios y criador, y bienhechor y poderoso, e nosotros y en todas las cosas criadas y por criar, visibles y ynvesibles. Y amonestonos mirásemos nuestra hermosura y claridad, y ansimesmo delas sillas [fol. 117r] y aposentos que nos havía dado, y edifiçios no hechos de mano, criados y hechos por muy alta sçiençia, por la qual conoçiésemos que el sol es Dios, y otro no ay; que Él nos crió, y nosotros no nos criamos, ni podríamos ni savríamos haçer nada; y que le devíamos serviçio, adoraçión, obediençia, reverençia.
”Assí Dios, antes que criase los ángeles, crió el Paraýso, real, triunfal, claro, próspero, ancho, luengo, fuerte, bien labrado, más que mill maravillas compuesto, adornado, rico, valeroso, digno de ser deseado a toda criatura çelestial y terrenal, pues crió a nos, los ángeles, por muy alta manera y artifiçio, e sabidos grados y premios, púsonos mandamiento que nos conoçiésemos a nos mesmos, pues nos dio entendimiento, memoria, voluntad, libre alvedrío, discreçión, saber, libertad, juyzio, conoçimiento, raçón para saver distinguir el bien y el mal, y el mal del bien, y disçernir, y mirar, y tantear, y escoger cada uno para sí lo bueno. Y por tanto, nos mandó Dios conoçiésemos a Él y le adorásemos, y obedeciésemos y honrrásemos, pues savíamos hera nuestro Dios y criador, y bienhechor y poderoso, e nosotros y en todas las cosas criadas y por criar, visibles y ynvesibles. Y amonestonos mirásemos nuestra hermosura y claridad, y ansimesmo delas sillas [fol. 117r] y aposentos que nos havía dado, y edifiçios no hechos de mano, criados y hechos por muy alta sçiençia, por la qual conoçiésemos que el sol es Dios, y otro no ay; que Él nos crió, y nosotros no nos criamos, ni podríamos ni savríamos haçer nada; y que le devíamos serviçio, adoraçión, obediençia, reverençia.
Línea 989: Línea 986:
”Estas cosas dichas, tornó a preguntar el mesmo Dios si héramos contentos aquel dicho hombre entrase en nuestra compañía, el qual hombre él tenía escogido e ungido de sí mesmo para ser nuestro prínçipe y Señor: y esto dezía el Señor Dios por Jesuchristo salvador, cuya sancta encarnaçión fue consentida primeramente en los Çielos y determinada de Dios Padre muchos años primero que en la Tierra fuese hecho, al qual hombre, Verbo encarnado, por entonzes Dios no declaró sus secretos, juyçios, sentençias, maravillas, que entendía hazer salvo. Tornó a preguntar si héramos contentos entrase el dicho hombre en la Yglesia consagrada, triunfante, palaçio real, a señorear, mandar y vedar, al qual Prínçipe havíamos de adorar como al mismo Dios. Y comenzó con gran tronado, sin ser [fol. 117v] vista de nosotros, la Magestad Divina, la qual estava esperando a los que serían dignos de ver a Dios para mostrárseles y santificarlos.
”Estas cosas dichas, tornó a preguntar el mesmo Dios si héramos contentos aquel dicho hombre entrase en nuestra compañía, el qual hombre él tenía escogido e ungido de sí mesmo para ser nuestro prínçipe y Señor: y esto dezía el Señor Dios por Jesuchristo salvador, cuya sancta encarnaçión fue consentida primeramente en los Çielos y determinada de Dios Padre muchos años primero que en la Tierra fuese hecho, al qual hombre, Verbo encarnado, por entonzes Dios no declaró sus secretos, juyçios, sentençias, maravillas, que entendía hazer salvo. Tornó a preguntar si héramos contentos entrase el dicho hombre en la Yglesia consagrada, triunfante, palaçio real, a señorear, mandar y vedar, al qual Prínçipe havíamos de adorar como al mismo Dios. Y comenzó con gran tronado, sin ser [fol. 117v] vista de nosotros, la Magestad Divina, la qual estava esperando a los que serían dignos de ver a Dios para mostrárseles y santificarlos.


”Comenzó a dezir: ‘Mi voluntad es que aquel Prínçipe que dicho tengo, hombre que á de subir de la Tierra hecho Dios, le adoréys vos y todas las nasçiones: que a su nombre toda rodilla se yncline, ansí de los çelestiales como de los terrenales e infernales’. Esto dicho, luego comenzó Lucifer, que él hera prínçipe mayor en hermosura y valor: ‘No consintáys que entre aquí otro prínçipe ninguno sino yo, que a mí perteneçen estas dignidades y reverençias que Dios manda que hagan a otro. Y vosotros, respondelde que ya tenéys prínçipe, pues tenéys a mí, que yo responderé lo mesmo. Que a mí conviene ser ensalçado y puesto a la diestra de Dios, y no a otro ninguno’. Entonçes híçose tinieblas todo aquel reyno y corte, en que assí los buenos como los malos perdimos la claridad, empero no la sanctidad, en los que la quisieron; que no estávamos en más de ser obedientes a la voluntad de Dios y dezir que les plaçía entrase Jesuchristo o otro hombre qualquier que ordenase la divina potençia. E los que esto diximos, quedamos salvos y dignos de ver a Dios y goçarle para siempre. Luçifer, que estuvo soberbio, con todos los que con él consintieron, cayeron al Infierno, derrivándolos Dios”.
”Comenzó a dezir: ‘Mi voluntad es que aquel prínçipe que dicho tengo, hombre que á de subir de la Tierra hecho Dios, le adoréys vos y todas las nasçiones: que a su nombre toda rodilla se yncline, ansí de los çelestiales como de los terrenales e infernales’. Esto dicho, luego comenzó Lucifer, que él hera prínçipe mayor en hermosura y valor: ‘No consintáys que entre aquí otro prínçipe ninguno sino yo, que a mí perteneçen estas dignidades y reverençias que Dios manda que hagan a otro. Y vosotros, respondelde que ya tenéys prínçipe, pues tenéys a mí, que yo responderé lo mesmo. Que a mí conviene ser ensalçado y puesto a la diestra de Dios, y no a otro ninguno’. Entonçes híçose tinieblas todo aquel reyno y corte, en que assí los buenos como los malos perdimos la claridad, empero no la sanctidad, en los que la quisieron; que no estávamos en más de ser obedientes a la voluntad de Dios y dezir que les plaçía entrase Jesuchristo o otro hombre qualquier que ordenase la divina potençia. E los que esto diximos, quedamos salvos y dignos de ver a Dios y goçarle para siempre. Luçifer, que estuvo soberbio, con todos los que con él consintieron, cayeron al Infierno, derrivándolos Dios”.


Dixo el sancto ángel: “Y tú, sírvele y ámale, e témele. Vive sin offenderle, que no abrás miedo a su yra, pues es piadoso y justíssimo”. Tornando la bienabenturada a preguntar a su sancto ángel: “¿Pues cómo, señor, se le tornó la claridad a los que ansí escuros estavan, según dize vuestra señoría?”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “En la hora que el Señor se nos mostró en su esençia y exçelençia, y claridad y hermosura, luego nos vimos todos claros, y a nos mesmos se nos tornó la claridad en viendo la de Dios. Y partiçipose con nosotros, y bendíxonos, y llenonos de la graçia del Spíritu Sancto repar- [fol. 118r] tiendo sus dones, según convenía a nuestra alta capaçidad. Que por ser spíritus çelestiales, héramos muy altos, aunque unos más que otros. Empero, los menores de los ángeles son mayores que los hombres, aunque tienen el premio y señorío grande para en este mundo, y para el otro los que son buenos y cathólicos christianos, los quales gozan en la gloria de Dios con Él mesmo y con los sanctos ángeles.  
Dixo el sancto ángel: “Y tú, sírvele y ámale, e témele. Vive sin offenderle, que no abrás miedo a su yra, pues es piadoso y justíssimo”. Tornando la bienabenturada a preguntar a su sancto ángel: “¿Pues cómo, señor, se le tornó la claridad a los que ansí escuros estavan, según dize vuestra señoría?”. Respondió el sancto ángel, diziendo: “En la hora que el Señor se nos mostró en su esençia y exçelençia, y claridad y hermosura, luego nos vimos todos claros, y a nos mesmos se nos tornó la claridad en viendo la de Dios. Y partiçipose con nosotros, y bendíxonos, y llenonos de la graçia del Spíritu Sancto repar- [fol. 118r] tiendo sus dones, según convenía a nuestra alta capaçidad. Que por ser spíritus çelestiales, héramos muy altos, aunque unos más que otros. Empero, los menores de los ángeles son mayores que los hombres, aunque tienen el premio y señorío grande para en este mundo, y para el otro los que son buenos y cathólicos christianos, los quales gozan en la gloria de Dios con Él mesmo y con los sanctos ángeles.  
Línea 1012: Línea 1009:
Y traýda la ymagen a la çelda de la sancta virgen, y puesta en el altar, rogolas que la dexasen allí dos días. Y estando ella aquella noche en contemplaçión, vido Nuestra Señora en visión muy hermosíssima, y poníase enzima de la ymagen suya, y dezía: “Yo me contento de esta ymagen, y la escogo y açeto para mi morada y aposento, y como en trono mío resplandezco en ella y en mi spíritu se [fol. 120r] goza, porque los peccadores conmigo abrán refugio y consolaçión, y yo les ganaré del mi Hijo perpetuo gozo en la gloria perdurable”.
Y traýda la ymagen a la çelda de la sancta virgen, y puesta en el altar, rogolas que la dexasen allí dos días. Y estando ella aquella noche en contemplaçión, vido Nuestra Señora en visión muy hermosíssima, y poníase enzima de la ymagen suya, y dezía: “Yo me contento de esta ymagen, y la escogo y açeto para mi morada y aposento, y como en trono mío resplandezco en ella y en mi spíritu se [fol. 120r] goza, porque los peccadores conmigo abrán refugio y consolaçión, y yo les ganaré del mi Hijo perpetuo gozo en la gloria perdurable”.


Y esta bienabenturada que lo veýa, suplicava a Nuestra Señora que entrase dentro de la ymagen su spíritu, pues hera tan hermosa, y dende allí escuchase las oraçiones que le hazían, y en espeçial las suyas, porque ella viese que no caýa en vaçío hechos delante su preçiosa ymagen, como algunas vezes tienen las gentes crédito, que no está allí donde la llaman. A los quales pensamientos y  suplicaçiones, respondió Nuestra Señora, y dixo: “Por estar nuevamente puesto este madero en esta ymagen mía, no quiere Dios, ni a mí plaze, entrar dentro en ella hasta que se consagre o vendiga, de manera que se haga digna e perteneçiente de mí por virtud de la consagraçión justa que devidamente deven tener las ymágines, e yglesias enteras, y altares aparejados y limpios al culto divino”.
Y esta bienabenturada que lo veýa, suplicava a Nuestra Señora que entrase dentro de la ymagen su spíritu, pues hera tan hermosa, y dende allí escuchase las oraçiones que le hazían, y en espeçial las suyas, por que ella viese que no caýa en vaçío hechos delante su preçiosa ymagen, como algunas vezes tienen las gentes crédito, que no está allí donde la llaman. A los quales pensamientos y  suplicaçiones, respondió Nuestra Señora, y dixo: “Por estar nuevamente puesto este madero en esta ymagen mía, no quiere Dios, ni a mí plaze, entrar dentro en ella hasta que se consagre o vendiga, de manera que se haga digna e perteneçiente de mí por virtud de la consagraçión justa que devidamente deven tener las ymágines, e yglesias enteras, y altares aparejados y limpios al culto divino”.


Y la noche siguiente vido la bienabenturada, a ora de los maytines, una visión muy gloriosa. Y es que vido venir a Nuestro Señor Dios en un trono muy rico, en bestiduras pontificales, çercado y acompañado de muchedumbre de ángeles, y sanctos y sanctas. Y estava junto a la dicha ymagen de Nuestra Señora, a la qual bendeçía con palabras muy devotas e reverençiales, y cantares y dulçes sones que hazían los ángeles con diversos ynstrumentos, de las quales palabras y cançiones no pudo colegir esta bienabenturada sino pocas palabras. Y el día que vido esta revelaçión, hera octava de la dedicaçión de la yglesia, y las çeremonias que Nuestro Señor hizo en la consagraçión de esta sancta ymagen fueron muchas. Estava bestido como obispo, y la ymagen, que estava bestida de sedas, según es uso adereçar las ymágines, a deshora pareçió toda desnuda y alçada en alto, teniéndose con el poder de Dios. Esto hera antes que el Señor la bendixese, el qual día hizo llamamiento a los sanctos ángeles para que viesen lo que hazía en aquella ymagen, y assimismo los demonios, para que huviesen miedo y viesen la virtud que Dios ponía en su sancta Yglesia e ymágines y altares. E por fuerça se lo hazían mirar y reverençiar, que dava poderío a la sancta Madre Yglesia que vençiese ella al demonio, e deshechase con baldón, y resçiviese a Dios Jesuchristo y a su sancta Madre con reverençia e honor.  
Y la noche siguiente vido la bienabenturada, a ora de los maytines, una visión muy gloriosa. Y es que vido venir a Nuestro Señor Dios en un trono muy rico, en bestiduras pontificales, çercado y acompañado de muchedumbre de ángeles, y sanctos y sanctas. Y estava junto a la dicha ymagen de Nuestra Señora, a la qual bendeçía con palabras muy devotas e reverençiales, y cantares y dulçes sones que hazían los ángeles con diversos ynstrumentos, de las quales palabras y cançiones no pudo colegir esta bienabenturada sino pocas palabras. Y el día que vido esta revelaçión, hera octava de la dedicaçión de la yglesia, y las çeremonias que Nuestro Señor hizo en la consagraçión de esta sancta ymagen fueron muchas. Estava bestido como obispo, y la ymagen, que estava bestida de sedas, según es uso adereçar las ymágines, a deshora pareçió toda desnuda y alçada en alto, teniéndose con el poder de Dios. Esto hera antes que el Señor la bendixese, el qual día hizo llamamiento a los sanctos ángeles para que viesen lo que hazía en aquella ymagen, y assimismo los demonios, para que huviesen miedo y viesen la virtud que Dios ponía en su sancta Yglesia e ymágines y altares. E por fuerça se lo hazían mirar y reverençiar, que dava poderío a la sancta Madre Yglesia que vençiese ella al demonio, e deshechase con baldón, y resçiviese a Dios Jesuchristo y a su sancta Madre con reverençia e honor.  
Línea 1022: Línea 1019:
Y dixo la revelaçión susodicha, y añidió, diziendo: “Me dixo mi sancto ángel, después que desapareçió el Señor: ‘Mira qué son las maravillas de Dios, que si en un madero alla Dios bescosidad y no quiere que su sancta madre le quiera y tenga por su ymagen, hasta le haver alimpiado y puesto en él dignidad de bendiçión suya, como la tiene la sancta Yglesia, ¿qué tales estarán las ánimas, que llenas de pecados, están ensuçiadas y asquerosas?, ¿cómo serán dignas aquellas tales que venga Dios en ellas, ni su sancta Madre con graçia y piadosa caridad, si primero no son alimpiadas las tales ánimas peccadoras por espeçial graçia de Spíritu Sancto, sin el qual ninguna cosa es buena, ni justa ni sancta, ni digna ni açepta a Dios? Y por semejante, con los dones del Sancto Spíritu, las cosas que son d’él preçiadas e baxas, Dios las ensalça y tiene en ellos thesoros muy grandes, aunque ascondidos a los ojos de las personas de la Tierra. Bendito sea Dios en sus dones, e los sanctos en sus obras, y las ymágines en sus altares, y los altares en sus yglesias, y las yglesias en sus sacramentos, y los sacramentos en la cruz y Passión de Nuestro Señor Jesuchristo, y en el sancto baptismo y remisión de los peccados’”. Y acavado esto, dixo la bienabenturada: “Bien se pueden llevar la sancta ymagen”; la qual llevaron el abbadesa y monjas con mucha devoçión y reverençia con candelas ençendidas, cantando el ‘''Te Deum laudamus''’, al coro, y la pusieron en el altar acostumbrado. Y de aý adelante, se consolaron mucho las monjas con esta ymagen.  
Y dixo la revelaçión susodicha, y añidió, diziendo: “Me dixo mi sancto ángel, después que desapareçió el Señor: ‘Mira qué son las maravillas de Dios, que si en un madero alla Dios bescosidad y no quiere que su sancta madre le quiera y tenga por su ymagen, hasta le haver alimpiado y puesto en él dignidad de bendiçión suya, como la tiene la sancta Yglesia, ¿qué tales estarán las ánimas, que llenas de pecados, están ensuçiadas y asquerosas?, ¿cómo serán dignas aquellas tales que venga Dios en ellas, ni su sancta Madre con graçia y piadosa caridad, si primero no son alimpiadas las tales ánimas peccadoras por espeçial graçia de Spíritu Sancto, sin el qual ninguna cosa es buena, ni justa ni sancta, ni digna ni açepta a Dios? Y por semejante, con los dones del Sancto Spíritu, las cosas que son d’él preçiadas e baxas, Dios las ensalça y tiene en ellos thesoros muy grandes, aunque ascondidos a los ojos de las personas de la Tierra. Bendito sea Dios en sus dones, e los sanctos en sus obras, y las ymágines en sus altares, y los altares en sus yglesias, y las yglesias en sus sacramentos, y los sacramentos en la cruz y Passión de Nuestro Señor Jesuchristo, y en el sancto baptismo y remisión de los peccados’”. Y acavado esto, dixo la bienabenturada: “Bien se pueden llevar la sancta ymagen”; la qual llevaron el abbadesa y monjas con mucha devoçión y reverençia con candelas ençendidas, cantando el ‘''Te Deum laudamus''’, al coro, y la pusieron en el altar acostumbrado. Y de aý adelante, se consolaron mucho las monjas con esta ymagen.  


Deçía el sancto ángel de su guarda a esta sancta virgen: “Yo te amonesto que las graçias que resçives del poderoso Dios las guardes con humildad y las hagas creçer con agradeçimiento, porque todo lo que tienes es suyo. Mira cómo negoçias con ello, que muchas vezes estoy admirado de las cosas que la clemençia de Dios haze contigo, entre las quales te quiero dezir una, y más porque no seas yngrata ante su Real Magestad, mas singularmente le des graçias por ello: y es que muchas vezes [fol. 121v] te veo en tu cama hechada, padesçiendo muchos dolores, y que en tu entendimiento y voluntad estás gozando y viendo cosas muy grandes, çelestiales, y que las ánimas de Purgatorio te llaman y piden que las ayudes en sus neçessidades, y las gentes de la Tierra están hablando contigo, contándote las cosas secretas de sus ánimas y consçiençias, pidiéndote consejo y ayuda con tus ruegos e consuelos. Con tus palabras veo la graçia de Dios puesta en ti, que con todo cumples enteramente. No es esta pequeña graçia, avísote no seas yngrata a tan grandes benefiçios hechos en ti por la voluntad de Dios”.
Deçía el sancto ángel de su guarda a esta sancta virgen: “Yo te amonesto que las graçias que resçives del poderoso Dios las guardes con humildad y las hagas creçer con agradeçimiento, porque todo lo que tienes es suyo. Mira cómo negoçias con ello, que muchas vezes estoy admirado de las cosas que la clemençia de Dios haze contigo, entre las quales te quiero dezir una, y más por que no seas yngrata ante su Real Magestad, mas singularmente le des graçias por ello: y es que muchas vezes [fol. 121v] te veo en tu cama hechada, padesçiendo muchos dolores, y que en tu entendimiento y voluntad estás gozando y viendo cosas muy grandes, çelestiales, y que las ánimas de Purgatorio te llaman y piden que las ayudes en sus neçessidades, y las gentes de la Tierra están hablando contigo, contándote las cosas secretas de sus ánimas y consçiençias, pidiéndote consejo y ayuda con tus ruegos e consuelos. Con tus palabras veo la graçia de Dios puesta en ti, que con todo cumples enteramente. No es esta pequeña graçia, avísote no seas yngrata a tan grandes benefiçios hechos en ti por la voluntad de Dios”.


E tornando en sus sentidos, esta bienabenturada llorava con muy grande humildad y contriçión, y con muchos gemidos se llamava peccadora y yngrata a los dones que de Dios tenía resçividos. Y con palabras muy amorosas y dulces, haçía grandes esclamaçiones al Señor, supplicando a su Alta Magestad le perdonase las faltas que havía tenido en no serle tan agradeçida como hera obligada a los benefiçios d’Él resçividos, y le diese graçia se encomendase, que tal propósito tenía con su ayuda.  
E tornando en sus sentidos, esta bienabenturada llorava con muy grande humildad y contriçión, y con muchos gemidos se llamava peccadora y yngrata a los dones que de Dios tenía resçividos. Y con palabras muy amorosas y dulces, haçía grandes esclamaçiones al Señor, supplicando a su Alta Magestad le perdonase las faltas que havía tenido en no serle tan agradeçida como hera obligada a los benefiçios d’Él resçividos, y le diese graçia se encomendase, que tal propósito tenía con su ayuda.  
Línea 1045: Línea 1042:
La sancta virgen, oýda la respuesta del Señor, suplicó, diziendo: “Mi Señor, la alma endureçida, ¿qué remedio o penitençia podría hazer para alcanzar la graçia y perdón de vuestra gran clemençia?”. Respondió su Divina Magestad: “La tal alma á menester desollar el pellejo y apartarlo de sí, assí como se aparta el jabón del paño de que está jabonado, y como se aparta la mano de la masa de que está amasada, y como se aparta el suero de la quajada de que es bien apretada”. La bienabenturada tornó a preguntrar al Señor, diziendo: “Señor mío y Dios mío, ¿de qué manera se á de desollar la misma persona el pellejo?”. Respondió el Señor: “Con apartar y deshechar de sí la vieja y mala costumbre del peccado, porque yo estoy mirando y contemplando toda ánima devota, y veo todos sus buenos desseos, y pensamientos y cogitaçiones, y me deleyto y goço con ellos. Y por semejante, miro el ánima endureçida en mal obrar, y la contemplo, y ayrado le estoy diziendo: ‘Conviértete, ánima, a mí, mira que soy tu Dios, y tu criador y redemptor. Conviértete a mí’. E aunque me aýro contra la tal ánima viviendo en la carne, no me aýro del todo hasta que sale del cuerpo. Y quando estoy ayrado contra las tales ánimas que no se enmiendan ninguna vez, alço mi poderoso brazo en mano, con yra, para castigar mis offendedores. Mas los abogados çelestiales, en espeçial mi madre Sancta María, con sus muy humildes ruegos, me haze abajar la mano; y algunas vezes me escondo a mi piadosa madre, por que no me ruegue ni pida virtudes para las ánimas injustas. E asta ora la veo cave mí, de rodillas, rogando por todo el humanal linaje”.
La sancta virgen, oýda la respuesta del Señor, suplicó, diziendo: “Mi Señor, la alma endureçida, ¿qué remedio o penitençia podría hazer para alcanzar la graçia y perdón de vuestra gran clemençia?”. Respondió su Divina Magestad: “La tal alma á menester desollar el pellejo y apartarlo de sí, assí como se aparta el jabón del paño de que está jabonado, y como se aparta la mano de la masa de que está amasada, y como se aparta el suero de la quajada de que es bien apretada”. La bienabenturada tornó a preguntrar al Señor, diziendo: “Señor mío y Dios mío, ¿de qué manera se á de desollar la misma persona el pellejo?”. Respondió el Señor: “Con apartar y deshechar de sí la vieja y mala costumbre del peccado, porque yo estoy mirando y contemplando toda ánima devota, y veo todos sus buenos desseos, y pensamientos y cogitaçiones, y me deleyto y goço con ellos. Y por semejante, miro el ánima endureçida en mal obrar, y la contemplo, y ayrado le estoy diziendo: ‘Conviértete, ánima, a mí, mira que soy tu Dios, y tu criador y redemptor. Conviértete a mí’. E aunque me aýro contra la tal ánima viviendo en la carne, no me aýro del todo hasta que sale del cuerpo. Y quando estoy ayrado contra las tales ánimas que no se enmiendan ninguna vez, alço mi poderoso brazo en mano, con yra, para castigar mis offendedores. Mas los abogados çelestiales, en espeçial mi madre Sancta María, con sus muy humildes ruegos, me haze abajar la mano; y algunas vezes me escondo a mi piadosa madre, por que no me ruegue ni pida virtudes para las ánimas injustas. E asta ora la veo cave mí, de rodillas, rogando por todo el humanal linaje”.


Y dixo la bienabenturada: “Mi Señor, ¿con qué castigará vuestra Divina Magestad?”. Respondió su gran clemençia: “Con una bara que yo tengo de yerro para castigar a quien yo quiero”. Y dixo la sancta virgen: [fol. 126r] “¿Cómo, mi Dios y Señor, vara tiene de yerro, y no de oro?”. Respondió el poderoso Dios: “Quando quiero, la torno de oro, y de azero u de plomo, y de otros metales, según la manera de castigar; porque algunas personas castigo con bara de oro, y a otras con bara de yerro, o de azero o plomo. Esto es para las personas muy reveldes y duras en la enmienda de sus peccados, y en esto no te quiero más declarar. Quando yo estava subido y enclavado en la cruz, tuve capítulo general a todo el mundo, assí çelestiales como terrenales e infernales, y púseme en medio de todo el mundo en aquella cruz muy alta para que me viesen y conoçiesen todos cómo hera yo, su redemptor. Porque assí como el perlado se asienta a tener capítulo en lugar donde todos sus súbditos le vean y conozcan, assí, por semejante, estuve yo en la cruz, diziendo a los ángeles y a las criaturas, y a las aves y a las piedras: ‘Ansí que muero, ¿quién me á compasión?’. Y por cada una de mis llagas y heridas salían sermones y palabras, las quales embiava el Padre mío çelestial, como ruydo de muchas aguas, las quales palabras oyen los ángeles. Y por las unas llagas, salían palabras pidiendo al Padre mío misericordia para mis atormentadores, y por las otras llagas salían palabras pidiendo justiçia, y no para que se condenasen, mas para que en esta vida les diese a sentir mi Padre çelestial qué cosa heran llagas y conoçiesen y sintiesen qué cosa heran dolores, los quales yo padesçía por ellos, y porque se mereçiesen salvar. Y por la boca me salieron siete palabras, que cada una hera un sermón, que nunca se olvidó ni olvidará, hasta la fin del mundo. Y assí estava puesto en la cruz, rogando por todas las penas nasçidas y por nasçer”.
Y dixo la bienabenturada: “Mi Señor, ¿con qué castigará vuestra Divina Magestad?”. Respondió su gran clemençia: “Con una bara que yo tengo de yerro para castigar a quien yo quiero”. Y dixo la sancta virgen: [fol. 126r] “¿Cómo, mi Dios y Señor, vara tiene de yerro, y no de oro?”. Respondió el poderoso Dios: “Quando quiero, la torno de oro, y de azero u de plomo, y de otros metales, según la manera de castigar; porque algunas personas castigo con bara de oro, y a otras con bara de yerro, o de azero o plomo. Esto es para las personas muy reveldes y duras en la enmienda de sus peccados, y en esto no te quiero más declarar. Quando yo estava subido y enclavado en la cruz, tuve capítulo general a todo el mundo, assí çelestiales como terrenales e infernales, y púseme en medio de todo el mundo en aquella cruz muy alta para que me viesen y conoçiesen todos cómo hera yo, su redemptor. Porque assí como el perlado se asienta a tener capítulo en lugar donde todos sus súbditos le vean y conozcan, assí, por semejante, estuve yo en la cruz, diziendo a los ángeles y a las criaturas, y a las aves y a las piedras: ‘Ansí que muero, ¿quién me á compasión?’. Y por cada una de mis llagas y heridas salían sermones y palabras, las quales embiava el Padre mío çelestial, como ruydo de muchas aguas, las quales palabras oyen los ángeles. Y por las unas llagas, salían palabras pidiendo al Padre mío misericordia para mis atormentadores, y por las otras llagas salían palabras pidiendo justiçia, y no para que se condenasen, mas para que en esta vida les diese a sentir mi Padre çelestial qué cosa heran llagas y conoçiesen y sintiesen qué cosa heran dolores, los quales yo padesçía por ellos, y por que se mereçiesen salvar. Y por la boca me salieron siete palabras, que cada una hera un sermón, que nunca se olvidó ni olvidará, hasta la fin del mundo. Y assí estava puesto en la cruz, rogando por todas las penas nasçidas y por nasçer”.


Dixo la bienabenturada: [fol. 126v] “O, Señor mío, ¿quién supiese quándo está el alma en estado de graçia?”. Respondió: “Ese secreto guardo yo para mí, que no le he revelado a ninguno, ni aun a sant Françisco, con quantos secretos se le mostraron. Mas puede tener esperança el alma que está en estado de graçia cuando se viere que tiene fee y amor de Dios, y devoçión”. Dixo la sancta virgen: “Mucho supplico a vuesa Divina Magestad, mientras yo viviere no me dexe sin dolores, y enfermedades y persecuçiones que padezca por vuestro sancto amor, por que cada día y hora tenga muchas cosas sufridas y padesçidas con paçiençia para le offreçer. En mucho le encomiendo, Señor, a mis hermanas las religiosas, las quales le aman mucho, y por su amor se dan muchos azotes y le hazen otros serviçios”. Respondió el Señor, diziendo: “Los azotes que tus hermanas se dan poco les duelen, que no las hazen llorar; mas las que sus próximos les dieren las harán llorar”. Y volviéndose a su bendita madre, dixo: “Por esta preçiosa muger y madre mía tan amada, soy amigo del femíneo linage de las mujeres, y huelgo de estar con ellas y a par de ellas”. Dixo la bienabenturada: “¿Y a los hombres, mi Señor, no los quiere Vuestra Magestad también?”. Respondió: “El coraçón del hombre téngole yo en mi mano, y métole yo en el mío, y hágole una cosa con él”. Dixo la sancta virgen: “Señor, y los nuestros de las mugeres, ¿no los mete también en su real coraçón?”. Respondió: “Sí, porque todo coraçón de hombre o muger se entiende por el afiçción y voluntad devota, que el coraçón de carne los gusanos se le comen; y los que son malos, assí de hombre como de muger, tan apartados están de mí como el Çielo de la Tierra. Y pues diçes que tus hermanas las religiosas me quieren tanto, diles que, pues yo soy Rey y Señor, en este [fol. 127r] sancto tiempo de Quaresma me adereçen dentro en sus coraçones aposento limpio y enparamentado, con paramientos limpios y afinados y pintados, y la casa de la consçiençia barrida, con la confisión devota, y regadas con aguas olorosas de lágrimas amorosas y piadosas; y los paramentos an de ser virtudes, las quales son penitençia, humildad y ayuno, silençio y oraçión; y ponerle muchos ramos y rosas en la casa, assí adereçada, los quales an de ser buenos pensamientos y desseos. Y acordaos, tú y ellas, que escogí çenáculo emparamentado, en el qual se justificaron y sanctificaron los Apóstoles, los que lo mereçieron −aunque algunos dellos estavan ya sanctificados, se sanctificaron más−. Y también quiero me den sepultura limpia y virgen dentro de sí, que no haya nadie entrado en ella, como hizo aquel mi amigo que me dio sepultura virgen: esto se entiende por el coraçón y voluntad, que no aya amado otra criatura más que a mí”.
Dixo la bienabenturada: [fol. 126v] “O, Señor mío, ¿quién supiese quándo está el alma en estado de graçia?”. Respondió: “Ese secreto guardo yo para mí, que no le he revelado a ninguno, ni aun a sant Françisco, con quantos secretos se le mostraron. Mas puede tener esperança el alma que está en estado de graçia cuando se viere que tiene fee y amor de Dios, y devoçión”. Dixo la sancta virgen: “Mucho supplico a vuesa Divina Magestad, mientras yo viviere no me dexe sin dolores, y enfermedades y persecuçiones que padezca por vuestro sancto amor, por que cada día y hora tenga muchas cosas sufridas y padesçidas con paçiençia para le offreçer. En mucho le encomiendo, Señor, a mis hermanas las religiosas, las quales le aman mucho, y por su amor se dan muchos azotes y le hazen otros serviçios”. Respondió el Señor, diziendo: “Los azotes que tus hermanas se dan poco les duelen, que no las hazen llorar; mas las que sus próximos les dieren las harán llorar”. Y volviéndose a su bendita madre, dixo: “Por esta preçiosa muger y madre mía tan amada, soy amigo del femíneo linage de las mujeres, y huelgo de estar con ellas y a par de ellas”. Dixo la bienabenturada: “¿Y a los hombres, mi Señor, no los quiere Vuestra Magestad también?”. Respondió: “El coraçón del hombre téngole yo en mi mano, y métole yo en el mío, y hágole una cosa con él”. Dixo la sancta virgen: “Señor, y los nuestros de las mugeres, ¿no los mete también en su real coraçón?”. Respondió: “Sí, porque todo coraçón de hombre o muger se entiende por el afiçción y voluntad devota, que el coraçón de carne los gusanos se le comen; y los que son malos, assí de hombre como de muger, tan apartados están de mí como el Çielo de la Tierra. Y pues diçes que tus hermanas las religiosas me quieren tanto, diles que, pues yo soy Rey y Señor, en este [fol. 127r] sancto tiempo de Quaresma me adereçen dentro en sus coraçones aposento limpio y enparamentado, con paramientos limpios y afinados y pintados, y la casa de la consçiençia barrida, con la confisión devota, y regadas con aguas olorosas de lágrimas amorosas y piadosas; y los paramentos an de ser virtudes, las quales son penitençia, humildad y ayuno, silençio y oraçión; y ponerle muchos ramos y rosas en la casa, assí adereçada, los quales an de ser buenos pensamientos y desseos. Y acordaos, tú y ellas, que escogí çenáculo emparamentado, en el qual se justificaron y sanctificaron los Apóstoles, los que lo mereçieron −aunque algunos dellos estavan ya sanctificados, se sanctificaron más−. Y también quiero me den sepultura limpia y virgen dentro de sí, que no haya nadie entrado en ella, como hizo aquel mi amigo que me dio sepultura virgen: esto se entiende por el coraçón y voluntad, que no aya amado otra criatura más que a mí”.
Línea 1053: Línea 1050:
Deseando la bienabenturada saver de qué genero de peccados están las llagas afistoladas y arraygadas, supplicó al Señor que Su Magestad se lo dixese, y respondiole: “De los siete peccados mortales, y de sus ramos y çircunstançias, y porque soy esposo vergonçoso, y la calidad de los peccados es vergonçosa y suçia, no quiero hablar en la maliçia dellos y qualquier alma peccadora y suçia, y deshonesta y desvergonçada. Y en esto puedes ver quánta cosa es el peccado. Y ese mundo en que vivís los humanos es dicho monte: es, a saber, cada alma buena se puede deçir monte sancto del Señor, porque así como el árbol tiene raýçes y frescor, y está verde y hecha flores y ojas, assí el alma que tiene sus raýçes en Dios hecha buenos desseos y pensamientos y obras, y a esta tal tómola yo para mí”.
Deseando la bienabenturada saver de qué genero de peccados están las llagas afistoladas y arraygadas, supplicó al Señor que Su Magestad se lo dixese, y respondiole: “De los siete peccados mortales, y de sus ramos y çircunstançias, y porque soy esposo vergonçoso, y la calidad de los peccados es vergonçosa y suçia, no quiero hablar en la maliçia dellos y qualquier alma peccadora y suçia, y deshonesta y desvergonçada. Y en esto puedes ver quánta cosa es el peccado. Y ese mundo en que vivís los humanos es dicho monte: es, a saber, cada alma buena se puede deçir monte sancto del Señor, porque así como el árbol tiene raýçes y frescor, y está verde y hecha flores y ojas, assí el alma que tiene sus raýçes en Dios hecha buenos desseos y pensamientos y obras, y a esta tal tómola yo para mí”.


Dixo la sancta virgen: “Mi Señor, ¿pues yo y mis hermanas no somos monte de Vuestra Magestad?”. Respondió el Señor: “Monte soys, aunque pequeño, en el qual ay árboles frondosos. Y árbol frondoso quiere deçir árbol ancho y de grandes ramas, los quales árboles no se pueden quejar no les he hecho grandes merçedes y espeçiales en sus ánimas”. Dixo la bienabenturada: [fol. 128r] “Supplico a vuestra Divina Magestad dé a este monte de mis hermanas, las religiosas, graçia con que retengan en su memoria los sus consejos y mandamientos”. Respondió el Señor: “Doyte, doyte por respuesta lo que dixese en la Tierra a la muger que me dixo: ‘Bendito sea el vientre en que anduviste y las tetas que mamaste, y todo lo demás que te dio refeçión’. Assimismo, sea bendito el que mis palabras oye, y las guarda en su coraçón. Y assí digo a tus hermanas las guarden en sus coraçones hasta la fin de sus días, y las pongan por obra, porque merezcan la vida eterna”.
Dixo la sancta virgen: “Mi Señor, ¿pues yo y mis hermanas no somos monte de Vuestra Magestad?”. Respondió el Señor: “Monte soys, aunque pequeño, en el qual ay árboles frondosos. Y árbol frondoso quiere deçir árbol ancho y de grandes ramas, los quales árboles no se pueden quejar no les he hecho grandes merçedes y espeçiales en sus ánimas”. Dixo la bienabenturada: [fol. 128r] “Supplico a vuestra Divina Magestad dé a este monte de mis hermanas, las religiosas, graçia con que retengan en su memoria los sus consejos y mandamientos”. Respondió el Señor: “Doyte, doyte por respuesta lo que dixese en la Tierra a la muger que me dixo: ‘Bendito sea el vientre en que anduviste y las tetas que mamaste, y todo lo demás que te dio refeçión’. Assimismo, sea bendito el que mis palabras oye, y las guarda en su coraçón. Y assí digo a tus hermanas las guarden en sus coraçones hasta la fin de sus días, y las pongan por obra, por que merezcan la vida eterna”.


Estando esta bienabenturada virgen elevada, vio un saçerdote, el qual perdió los sentidos corporales diziendo misa, a manera de elevaçión. Y estando assí por un breve espaçio, tornó en sí, y hallose a la otra parte del altar, y dixo al Señor: “Señor mío, ¿qué es esto que a pasado por mí, que no lo entiendo?”. Y respondiole el poderoso Dios: “Como tú me havías de comer a mí, he te yo comido a ti primero. Y dígote que ansí me he deleytado, y tanto gusto he tomado en comerte como un buen panar de miel, esto a quanto comparaçión de gusto. Agora cómeme e gústame tú a mí, y deléytate conmigo”. Y assí acavó este saçerdote su misa con mucha consolaçión espiritual.
Estando esta bienabenturada virgen elevada, vio un saçerdote, el qual perdió los sentidos corporales diziendo misa, a manera de elevaçión. Y estando assí por un breve espaçio, tornó en sí, y hallose a la otra parte del altar, y dixo al Señor: “Señor mío, ¿qué es esto que a pasado por mí, que no lo entiendo?”. Y respondiole el poderoso Dios: “Como tú me havías de comer a mí, he te yo comido a ti primero. Y dígote que ansí me he deleytado, y tanto gusto he tomado en comerte como un buen panar de miel, esto a quanto comparaçión de gusto. Agora cómeme e gústame tú a mí, y deléytate conmigo”. Y assí acavó este saçerdote su misa con mucha consolaçión espiritual.
Línea 1059: Línea 1056:
Assimismo, vido esta sancta virgen cómo los sanctos ángeles resçiven las palabras doctrinales y fructuosas para las almas, e salen por la boca del predicador en paniçuelos muy blancos, labrados de letras cordiales. Y cada uno de los ángeles [fol. 128v] envolvía el coraçón del alma que tenía a su cargo, y le recogía los sentidos para oýr las palabras de Dios; otrosí ponía en una tovaja grande y ancha, a manera de quando quieren comulgar, la qual tenía una cruz de oro en medio muy resplandeçiente, en la qual tovaja caýan todas las sanctas palabras, que salían de la boca del predicador. Algunas pareçían sacramentos, y otras rosas y flores, y otras como nieve llena de maná o roçío. Y tornávanse confites sabrosos y olorosos, e otras como manera de oro, e como joyeles hechos relicarios. E viendo la bienabenturada cómo las sanctas palabras pareçían de tantas maneras, preguntó al sancto ángel qué figura hera aquella, el qual respondió: ‘Que assí se an de aparejar las almas justas y devotas para resçivir las palabras de Dios en sus coraçones como en relicario, y tenerlas en tanto y favoreçerse con ellas contra toda la adversidad que a la alma puede empeçer, y para tener muy çierta salvaçión. Y hágote saver que la palabra de Dios, resçivida con devoçión, fructifica y haçe raíz sembrada en el coraçón. Y qualquier persona que menospreçia la palabra de Dios, offende mucho en ello a ese mismo Dios; y por semejante quien la tiene en mucho y la guarda, le agrada y sirve en ello”.
Assimismo, vido esta sancta virgen cómo los sanctos ángeles resçiven las palabras doctrinales y fructuosas para las almas, e salen por la boca del predicador en paniçuelos muy blancos, labrados de letras cordiales. Y cada uno de los ángeles [fol. 128v] envolvía el coraçón del alma que tenía a su cargo, y le recogía los sentidos para oýr las palabras de Dios; otrosí ponía en una tovaja grande y ancha, a manera de quando quieren comulgar, la qual tenía una cruz de oro en medio muy resplandeçiente, en la qual tovaja caýan todas las sanctas palabras, que salían de la boca del predicador. Algunas pareçían sacramentos, y otras rosas y flores, y otras como nieve llena de maná o roçío. Y tornávanse confites sabrosos y olorosos, e otras como manera de oro, e como joyeles hechos relicarios. E viendo la bienabenturada cómo las sanctas palabras pareçían de tantas maneras, preguntó al sancto ángel qué figura hera aquella, el qual respondió: ‘Que assí se an de aparejar las almas justas y devotas para resçivir las palabras de Dios en sus coraçones como en relicario, y tenerlas en tanto y favoreçerse con ellas contra toda la adversidad que a la alma puede empeçer, y para tener muy çierta salvaçión. Y hágote saver que la palabra de Dios, resçivida con devoçión, fructifica y haçe raíz sembrada en el coraçón. Y qualquier persona que menospreçia la palabra de Dios, offende mucho en ello a ese mismo Dios; y por semejante quien la tiene en mucho y la guarda, le agrada y sirve en ello”.


Tenía esta virgen graçia de entender las aves e los animales, e de oýrlas se consolava mucho y loava al Señor, que las crió. Havía gran compasión de los animales, en espeçial de los que trabajan, y deçía: “Más lástima y compasión tengo de los [fol. 129r] animales que de mí, que, aunque estoy tullida, tengo lengua con que pido lo que he menester, y estoy entre personas piadosas; y los animales no tienen lengua con que se quejen, ni piden su neçessidad, y con mucha ambre, y sed y cansançio les hechan ençima grandes cargas, y los dan reçios palos cuando no lo pueden llevar. E no se deven engañar en esto las gentes, [¿puesto?] que en el juyçio de Dios toda crueldad se demanda, aunque sea hecha a las bestias, porque el Señor no las crió para que las traten y maten cruelmente, sino para que se aprovechen y sirvan dellas”. A muchos sanctos ymitaba en graçia esta sancta virgen.
Tenía esta virgen graçia de entender las aves e los animales, e de oýrlas se consolava mucho y loava al Señor, que las crió. Havía gran compasión de los animales, en espeçial de los que trabajan, y deçía: “Más lástima y compasión tengo de los [fol. 129r] animales que de mí, que, aunque estoy tullida, tengo lengua con que pido lo que he menester, y estoy entre personas piadosas; y los animales no tienen lengua con que se quejen, ni piden su neçessidad, y con mucha ambre y sed y cansançio les hechan ençima grandes cargas, y los dan reçios palos cuando no lo pueden llevar. E no se deven engañar en esto las gentes, que porque en el juyçio de Dios toda crueldad se demanda, aunque sea hecha a las bestias, porque el Señor no las crió para que las traten y maten cruelmente, sino para que se aprovechen y sirvan dellas”. A muchos sanctos ymitaba en graçia esta sancta virgen.


'''Capítulo XXVIII'''
'''Capítulo XXVIII'''
Línea 1068: Línea 1065:
Y algunas vezes, con gesto de ángel y semblante muy graçioso, se reýa con las religiosas, y deçíales palabras de muy grande amor y doctrina, y también a los físicos se les mostrava muy graçiosa, y agradeçida a su trabajo. Y viendo ellos cómo su mal yba empeorando y que hera mortal, dixéronlo a las religiosas, las quales, con muchas ansias, començaron a ynvocar la misericordia de Dios, haziendo oraçiones y derramando muchas lágrimas y sangre de sus personas, e haziendo proçesiones con grandes disçiplinas, y gemidos y sollozos, que pareçía que querían espirar, suplicando a Nuestro Señor que no quisiese su Alta Magestad quitarles tan grande amparo y consolaçión y ayuda para su salvaçión como tienen en la bienabenturada Juana de la Cruz; la qual, con muy grande fervor, mandó que le traxesen su confesor, que se quería confessar o aparejarse para morir. Y ansí lo hizo, que confesó y [fol. 130r] comulgó con admirable devoçión, y se despojó como muy pobre y perfeta religiosa, y demandó la sancta unçión.  
Y algunas vezes, con gesto de ángel y semblante muy graçioso, se reýa con las religiosas, y deçíales palabras de muy grande amor y doctrina, y también a los físicos se les mostrava muy graçiosa, y agradeçida a su trabajo. Y viendo ellos cómo su mal yba empeorando y que hera mortal, dixéronlo a las religiosas, las quales, con muchas ansias, començaron a ynvocar la misericordia de Dios, haziendo oraçiones y derramando muchas lágrimas y sangre de sus personas, e haziendo proçesiones con grandes disçiplinas, y gemidos y sollozos, que pareçía que querían espirar, suplicando a Nuestro Señor que no quisiese su Alta Magestad quitarles tan grande amparo y consolaçión y ayuda para su salvaçión como tienen en la bienabenturada Juana de la Cruz; la qual, con muy grande fervor, mandó que le traxesen su confesor, que se quería confessar o aparejarse para morir. Y ansí lo hizo, que confesó y [fol. 130r] comulgó con admirable devoçión, y se despojó como muy pobre y perfeta religiosa, y demandó la sancta unçión.  


Y todos los días que estuvo enferma de la enfermedad que murió, no pasó noche que no se elevase y hablase con su sancto ángel, el qual no le deçía ni descubría el secreto de su muerte hasta tres días antes de su bienabenturado fin. Antes le vía todos aquellos días muy alegre y resplandeçiente, con adornamientos y bestidura de gran fiesta, y deçíale al sancto ángel quando le hablava en esta su postrera enfermedad: “Muy gran compasión te tengo, criatura de Dios, de ver los grandes dolores y enfermedad que padesçes. Mucho ruego por ti al poderoso Dios te esfuerçe y dé paçiençia, y no querría que atormentasen los físicos con espiriençias, sino déxente a la voluntad de Dios, que Él hará de ti lo que fuere más servido. Y lástima tengo de tus hermanas las religiosas, porque están muy angustiadas, y yo offrezco al Señor sus piadosas lágrimas y devotas oraçiones y caridosa penitençia, y yo tendré cuydado de rogar por ellas al Señor y a la Sancta Virgen”.  
Y todos los días que estuvo enferma de la enfermedad que murió, no pasó noche que no se elevase y hablase con su sancto ángel, el qual no le deçía ni descubría el secreto de su muerte hasta tres días antes de su bienabenturado fin. Antes le vía todos aquellos días muy alegre y resplandeçiente, con adornamientos y bestidura de gran fiesta, y deçíale al sancto ángel quando le hablava en esta su postrera enfermedad: “Muy gran compasión te tengo, criatura de Dios, de ver los grandes dolores y enfermedad que padesçes. Mucho ruego por ti al poderoso Dios te esfuerçe y dé paçiençia, y no querría que atormentasen los físicos con espiriençias, sino déxente a la voluntad de Dios, que Él hará de ti lo que fuere más servido. Y lástima tengo de tus hermanas las religiosas, porque están muy angustiadas, y yo offrezco al Señor sus piadosas lágrimas y devotas oraçiones y caridosa penitençia, y yo tendré cuydado de rogar por ellas al Señor y a la sancta Virgen”.  


Aunque con mucha flaqueza, no faltando la charidad y compasión de sus hermanas, contoles estas palabras que su sancto ángel le havía dicho, por que con ellas se consolasen. Y açercándose el día de su glorioso pasamiento, tuvo una revelaçión, jueves en la anoche, vigilia de los gloriosos apóstoles Sant Phelipe y Sanctiago, en la qual conoçió que hera la voluntad de Dios llevarla de esta vida. Y súpolo en spíritu, por quanto aquella misma noche estuvo elevada desde las onze hasta la una. Y vido en esta [fol. 130v] elevaçión a los gloriosos apóstoles, Sant Phelipe y Santiago, y a su propio ángel della, al qual dixo que viese quál estava, y le suplicava rogase al Señor por ella y por los religiosos de su casa, y por sus hermanos, y parientes y amigos, y por todas las personas que a ella se encomendavan. Y el sancto ángel le respondió: “Bienabenturados son los que viven y mueren en Dios, y malabenturados se pueden llamar los que viven fuera de Dios. Tú, criatura de Dios, esfuérçate y ten paçiençia, y encomiéndate a Dios y confórmate con su sancta voluntad, y arrepiéntete de tus peccados y de las cosas que pudieres haver hecho en serviçio de Dios y no las has hecho”. La bienabenturada dixo entonçes al sancto ángel: “Pues, ¿cómo, señor, tan tarde me lo diçes?”. Y respondió él: “No es tarde, que tiempo tienes para que lo puedas haçer. E yo haré lo que me diçes, ruegue por las religiosas, y por tus hermanos, y parientes y amigos, y personas que a ti se encomendaren. Tú, amiga de Dios, confórmate con todo lo que Nuestro Señor quisiere haçer de ti, y suplica a su Divina Magestad se cumpla en ti, en bien y salvaçión tuya, la sentençia que está dada, la qual sentençia puede revocar el poderoso Dios; mas creo no lo hará, porque Él aya sobre [¿tres?], que tiempo es, amiga de Dios, de goçar de las cosas prometidas y a Dios pedidas y demandadas y por él otorgadas”.
Aunque con mucha flaqueza, no faltando la charidad y compasión de sus hermanas, contoles estas palabras que su sancto ángel le havía dicho, por que con ellas se consolasen. Y açercándose el día de su glorioso pasamiento, tuvo una revelaçión, jueves en la anoche, vigilia de los gloriosos apóstoles Sant Phelipe y Sanctiago, en la qual conoçió que hera la voluntad de Dios llevarla de esta vida. Y súpolo en spíritu, por quanto aquella misma noche estuvo elevada desde las onze hasta la una. Y vido en esta [fol. 130v] elevaçión a los gloriosos apóstoles, Sant Phelipe y Santiago, y a su propio ángel della, al qual dixo que viese quál estava, y le suplicava rogase al Señor por ella y por los religiosos de su casa, y por sus hermanos, y parientes y amigos, y por todas las personas que a ella se encomendavan. Y el sancto ángel le respondió: “Bienabenturados son los que viven y mueren en Dios, y malabenturados se pueden llamar los que viven fuera de Dios. Tú, criatura de Dios, esfuérçate y ten paçiençia, y encomiéndate a Dios y confórmate con su sancta voluntad, y arrepiéntete de tus peccados y de las cosas que pudieres haver hecho en serviçio de Dios y no las has hecho”. La bienabenturada dixo entonçes al sancto ángel: “Pues, ¿cómo, señor, tan tarde me lo diçes?”. Y respondió él: “No es tarde, que tiempo tienes para que lo puedas haçer. E yo haré lo que me diçes, ruegue por las religiosas, y por tus hermanos, y parientes y amigos, y personas que a ti se encomendaren. Tú, amiga de Dios, confórmate con todo lo que Nuestro Señor quisiere haçer de ti, y suplica a su Divina Magestad se cumpla en ti, en bien y salvaçión tuya, la sentençia que está dada, la qual sentençia puede revocar el poderoso Dios; mas creo no lo hará, porque Él aya sobre [¿tres?], que tiempo es, amiga de Dios, de goçar de las cosas prometidas y a Dios pedidas y demandadas y por él otorgadas”.
Línea 1082: Línea 1079:
El mesmo día de los apóstoles, antes de vísperas, estando en sus sentidos, vido algunas revelaçiones, las quales ella no dixo claramente, aunque mucho la ymportunaron y rogaron este mismo día. Ya que quería anocheçer, le dieron la sancta unçión, la qual resçivió con muy gran devoçión. Y dende a un rato, dixo con gran gemido y contriçción: “Ay, ay de mí, cómo me he descuydado”. Pasada una ora de yntervalo después de haver resçivido la sancta unçión, le subçedió una yndispusiçión, que pensaron hera desmayo. Y viéndola el médico, dixo que no tenía pulsos, que verdaderamente se muría. Y estuvo ansí un rato. Y tornando sobre sí, empeçó de hablar con buen semblante, en lo qual conoçieron havía sido arrobamiento, y de estos tuvo muchos aquella noche.  
El mesmo día de los apóstoles, antes de vísperas, estando en sus sentidos, vido algunas revelaçiones, las quales ella no dixo claramente, aunque mucho la ymportunaron y rogaron este mismo día. Ya que quería anocheçer, le dieron la sancta unçión, la qual resçivió con muy gran devoçión. Y dende a un rato, dixo con gran gemido y contriçción: “Ay, ay de mí, cómo me he descuydado”. Pasada una ora de yntervalo después de haver resçivido la sancta unçión, le subçedió una yndispusiçión, que pensaron hera desmayo. Y viéndola el médico, dixo que no tenía pulsos, que verdaderamente se muría. Y estuvo ansí un rato. Y tornando sobre sí, empeçó de hablar con buen semblante, en lo qual conoçieron havía sido arrobamiento, y de estos tuvo muchos aquella noche.  


Y empeçó a hablar, diziendo lo que havía visto, como quien responde a lo que le deçían. Y pareçía a todos los que la veýan lo que hablava eran respuestas que dava a quien la hablava, y dixo como persona muy admirada: “O, qué cruel espada. Ténemele, ténemele, no me mate con ella”. Y assí estuvo sosegada un rato en silençio, como persona que veýa grandes cosas. Y después dixo, con gran sosiego y manera paçífica: “Tené ese cuchillo, tenedle”. Y alçando un poquito la voz, deçía: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién le havían de llamar, respondió: “A la sancta Magdalena” −dixo−, “la que estuvo al pie de la cruz, que viene del sepulcro”. Y deçía: “Ay, ay, amiga mía de mi alma”. Preguntándole si estava allí la Magdalena, respondió: “Sí”. Y de rato en rato deçía, a manera de mucho deseo: “Pues vamos, Madre de Dios, vamos”. Y esto deçía [fol. 132r] muchas vezes, y algunas añadía: “Vamos a casa, Madre de Dios, que es tarde”, y con manera de afinco y esfuerço fervoroso, dezía: “Hechalde de aý, hechalde de aý. Ay, por qué me dexáys, por qué me dexáys, por qué me dexáys”. Y pareçía que estava angustiada, y que peleava con el Demonio. Y para esta pelea la dexaron sola, la qual vençió valerosamente, según pareçió en la plática que ella tenía con el Demonio. Que ansí como el poderoso Dios le dio graçia y fortaleza que en su vida la vençiese, por semejante en la hora de la muerte, que es en la mayor neçessidad, no la desamparó, que maravillosamente salió vençedora, lo qual muy claramente se conoçió, porque estando en la pelea se deçía entre sí misma: “O, a qué mal tiempo me havéys dexado”. Y esto dixo algunas vezes, y callando un rato, tornó a hablar con el que la havía dexado, diziendo assí: “Señor, me dexastes sola, hechad de aý ese demonio que no tiene parte aquí, mal año para él”. Y volviendo la plática a las religiosas, les dixo con admirable fervor: “Señoras y hermanas mías, levantadme de aquí, daré mi alma a Dios en sacrifiçio”. Y dende a un poco, empeçó a deçir apriesa, como quien hablava con otras personas: “Búscamele, búscamele a mi Señor. Buscarele, buscarele, y yo… hálleme Él a mí, y hallarlo he yo a Él. ¿Por qué me le llevastis? Déxame, yrle he yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Y preguntándole las religiosas a quién le havían de buscar, dixo: “A mi Señor”. Y tornándole a deçir dónde le hallarían, respondió: “En el huerto le hallaréys”. Y deçía: “Ay, Madre de Dios, Jesuchristo, qué crueldad”. Y con gran fervor otra vez deçía: “Mi Señor, sobre la misericordia a la justiçia, Jesuchristo, y qué angustia”. Y muy fatigada, volvió el rostro a las [fol. 132v] religiosas, y díxoles: “Amigas, ayudadme a rogar”. Dixéronle: “¿Qué quieres, señora, que roguemos y pidamos?”. Respondió: “Misericordia y piedad, y que sobre la misericordia a la justiçia”. Y deçía muchas vezes: “Vamos, vamos; o, qué punto; o, qué punto”.  
Y empeçó a hablar, diziendo lo que havía visto, como quien responde a lo que le deçían. Y pareçía a todos los que la veýan lo que hablava eran respuestas que dava a quien la hablava, y dixo como persona muy admirada: “O, qué cruel espada. Ténemele, ténemele, no me mate con ella”. Y assí estuvo sosegada un rato en silençio, como persona que veýa grandes cosas. Y después dixo, con gran sosiego y manera paçífica: “Tené ese cuchillo, tenedle”. Y alçando un poquito la voz, deçía: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién le havían de llamar, respondió: “A la sancta Magdalena” −dixo−, “la que estuvo al pie de la cruz, que viene del sepulcro”. Y deçía: “Ay, ay, amiga mía de mi alma”. Preguntándole si estava allí la Magdalena, respondió: “Sí”. Y de rato en rato deçía, a manera de mucho deseo: “Pues vamos, Madre de Dios, vamos”. Y esto deçía [fol. 132r] muchas vezes, y algunas añadía: “Vamos a casa, Madre de Dios, que es tarde”, y con manera de afinco y esfuerço fervoroso, dezía: “Hechalde de aý, hechalde de aý. Ay, por qué me dexáys, por qué me dexáys, por qué me dexáys”. Y pareçía que estava angustiada, y que peleava con el Demonio. Y para esta pelea la dexaron sola, la qual vençió valerosamente, según pareçió en la plática que ella tenía con el Demonio. Que ansí como el poderoso Dios le dio graçia y fortaleza que en su vida la vençiese, por semejante en la hora de la muerte, que es en la mayor neçessidad, no la desamparó, que maravillosamente salió vençedora, lo qual muy claramente se conoçió, porque estando en la pelea se deçía entre sí misma: “O, a qué mal tiempo me havéys dexado”. Y esto dixo algunas vezes, y callando un rato, tornó a hablar con el que la havía dexado, diziendo assí: “Señor, me dexastes sola, hechad de aý ese demonio que no tiene parte aquí, mal año para él”. Y volviendo la plática a las religiosas, les dixo con admirable fervor: “Señoras y hermanas mías, levantadme de aquí, daré mi alma a Dios en sacrifiçio”. Y dende a un poco, empeçó a deçir apriesa, como quien hablava con otras personas: “Búscamele, búscamele a mi Señor. Buscarele, buscarele, y yo, hálleme Él a mí, y hallarlo he yo a Él. ¿Por qué me le llevastis? Déxame, yrle he yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Y preguntándole las religiosas a quién le havían de buscar, dixo: “A mi Señor”. Y tornándole a deçir dónde le hallarían, respondió: “En el huerto le hallaréys”. Y deçía: “Ay, Madre de Dios, Jesuchristo, qué crueldad”. Y con gran fervor otra vez deçía: “Mi Señor, sobre la misericordia a la justiçia, Jesuchristo, y qué angustia”. Y muy fatigada, volvió el rostro a las [fol. 132v] religiosas, y díxoles: “Amigas, ayudadme a rogar”. Dixéronle: “¿Qué quieres, señora, que roguemos y pidamos?”. Respondió: “Misericordia y piedad, y que sobre la misericordia a la justiçia”. Y deçía muchas vezes: “Vamos, vamos; o, qué punto; o, qué punto”.  


Estando una religiosa lavándole la boca, díxole: “Sancta Virgen, quitá de aý, que mi Señor me la labará y besará”. Y desde aý a un poquito, con mucha graçiosidad y mesura, sacó la lengua a manera de persona que comulga. Y preguntándole las religiosas si havía comulgado, respondió con hermoso semblante: “Sí”. Dixéronla si havía comulgado por todos los que allí havían, estaban: dixo que sí. El médico, que la curava, viendo todas estas cosas, dixo con gran devoçión y lágrimas: “Bienabenturado [¿colesio?], que tal ánima como esta embía al Çielo. Por çierto, señoras, que creo yo serán mayores los favores que de esta señora resçivirán desde el Çielo que los que an resçivido en la Tierra, aunque an sido muchos”. Respondió la bienabenturada: “Podrá ser”. Que todo esto pasaba quando estava sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo. Estando todos mirándola, empeçó a mazcar, como persona que comía con mucho savor, y durole porquito espaçio. Y de que huvo çesado, preguntole un médico, diziendo: “Señora, pareze que come, ¿es verdad?”. Respondió la sancta virgen: “Sí”. Tornándola a ymporturar que dixese quién le havía dado, y qué hera: “El ángel me dió el fruto de la sancta vera cruz”. Dixéronle: “Con tal manjar, muy esforçada estará”. Respondió: “Sí, estoy”.
Estando una religiosa lavándole la boca, díxole: “Sancta Virgen, quitá de aý, que mi Señor me la labará y besará”. Y desde aý a un poquito, con mucha graçiosidad y mesura, sacó la lengua a manera de persona que comulga. Y preguntándole las religiosas si havía comulgado, respondió con hermoso semblante: “Sí”. Dixéronla si havía comulgado por todos los que allí havían, estaban: dixo que sí. El médico, que la curava, viendo todas estas cosas, dixo con gran devoçión y lágrimas: “Bienabenturado [¿colesio?], que tal ánima como esta embía al Çielo. Por çierto, señoras, que creo yo serán mayores los favores que de esta señora resçivirán desde el Çielo que los que an resçivido en la Tierra, aunque an sido muchos”. Respondió la bienabenturada: “Podrá ser”. Que todo esto pasaba quando estava sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo. Estando todos mirándola, empeçó a mazcar, como persona que comía con mucho savor, y durole porquito espaçio. Y de que huvo çesado, preguntole un médico, diziendo: “Señora, pareze que come, ¿es verdad?”. Respondió la sancta virgen: “Sí”. Tornándola a ymporturar que dixese quién le havía dado, y qué hera: “El ángel me dió el fruto de la sancta vera cruz”. Dixéronle: “Con tal manjar, muy esforçada estará”. Respondió: “Sí, estoy”.


Y tomándole el médico el pulso, dixo que se le havía tornado muy esforçado y grande, que pareçía ''[19]'' que de nuevo le havían dado vida, porque havía más de quatro horas que estava sin él, y dende el día [fol. 133r] de los Sanctos Apóstoles no havía pasado ninguna sustançia. Y después de esto, empezó deçir con muy hermoso gesto: “Amigas mías y señoras mías, llevadme, llevadme, ca pues avía presto”. Preguntándole con quién hablava, dixo: “Con las sanctas vírgines”. Y ymportunada dixese con quién havía de yr y adónde la havían de llevar, respondió: “Con mi verdadero esposo y marido Jesuchristo”. Y deçía: “¿Por qué me escondéys a mi Señora y mi Reyna, por qué me la escondéys?”. Oyendo estas las religiosas, pusiéronla delante una ymagen de Nuestra Señora, y de que la vido, ynclinole la caveça y dixo: “No es esa, vuélvemela, vuélvemela a mi Reyna y mi Señora”. Y preguntada si estava allí Nuestra Señora, respondió con mucha alegría y prudençia: “Sí, y mis ángeles, y mis sanctos”. Y tornando a dezir de rato a rato: “Pues vamos, señora mía, vamos”, dixo con grande alegría: “Ea cavallero, ea cavallero, hazedle lugar aquí, aquí a mi lado”. Y dende a poquito dixo, a manera de reverente: “O, padre mío”. Y en este deçir padre mío, pensaron las religioas que lo deçía por el glorioso padre sant Françisco.  
Y tomándole el médico el pulso, dixo que se le havía tornado muy esforçado y grande, que pareçía ''[19]'' que de nuevo le havían dado vida, porque havía más de quatro horas que estava sin él, y dende el día [fol. 133r] de los Sanctos Apóstoles no havía pasado ninguna sustançia. Y después de esto, empezó deçir con muy hermoso gesto: “Amigas mías y señoras mías, llevadme, llevadme, ca pues avía presto”. Preguntándole con quién hablava, dixo: “Con las sanctas vírgines”. Y ymportunada dixese con quién havía de yr y adónde la havían de llevar, respondió: “Con mi verdadero esposo y marido Jesuchristo”. Y deçía: “¿Por qué me escondéys a mi Señora y mi Reyna, por qué me la escondéys?”. Oyendo estas las religiosas, pusiéronla delante una ymagen de Nuestra Señora, y de que la vido, ynclinole la caveça y dixo: “No es esa, vuélvemela, vuélvemela a mi Reyna y mi Señora”. Y preguntada si estava allí Nuestra Señora, respondió con mucha alegría y prudençia: “Sí, y mis ángeles, y mis sanctos”. Y tornando a dezir de rato a rato: “Pues vamos, señora mía, vamos”, dixo con grande alegría: “Ea cavallero, ea cavallero, hazedle lugar aquí, aquí a mi lado”. Y dende a poquito dixo, a manera de reverente: “O, padre mío”. Y en este deçir padre mío, pensaron las religiosas que lo deçía por el glorioso padre sant Françisco.  


Y quando esto pasava ya venía el día, y hera sávado. De todos los que havían estado allí aquella noche, assí a las religiosas, como a las personas, de otra manera no se les hiço, pareçió ser aquella noche dos horas. Estando ansí esta bienabenturada, dixo: “Ea, pues, ea, pues, Jesuchristo, vamos de aquí, vamos presto, Señora, Señora mía; vamos, vamos, mi redemptor”. Entonçes, las religiosas se levantaron con muchas lágrimas y grandes sollozos, que pareçía querían espirar, y la besaron la mano con mucha devoçión. Y ella las bendixo, a presentes y ausentes, y a sus amigos y conoçientes, y tornó a deçir: “Vamos, vamos, rector mío, vamos de aquí”. Y preguntándole si estava allí el Señor, dixo: “Sí, y Nuestra Señora, y los ángeles, [fol. 133v] y toda la corte çelestial”.  
Y quando esto pasava ya venía el día, y hera sávado. De todos los que havían estado allí aquella noche, assí a las religiosas, como a las personas, de otra manera no se les hiço, pareçió ser aquella noche dos horas. Estando ansí esta bienabenturada, dixo: “Ea, pues, ea, pues, Jesuchristo, vamos de aquí, vamos presto, Señora, Señora mía; vamos, vamos, mi redemptor”. Entonçes, las religiosas se levantaron con muchas lágrimas y grandes sollozos, que pareçía querían espirar, y la besaron la mano con mucha devoçión. Y ella las bendixo, a presentes y ausentes, y a sus amigos y conoçientes, y tornó a deçir: “Vamos, vamos, rector mío, vamos de aquí”. Y preguntándole si estava allí el Señor, dixo: “Sí, y Nuestra Señora, y los ángeles, [fol. 133v] y toda la corte çelestial”.  
Línea 4608: Línea 4605:


= Vida manuscrita (3)=
= Vida manuscrita (3)=
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/veronica-torres-martin// Verónica Torres Martín]; fecha de edición: febrero de 2025.
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/veronica-torres-martin// Verónica Torres Martín]; fecha de edición: febrero de 2025; fecha de modificación: enero de 2026.


== Fuente ==
== Fuente ==
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Lucas_de_Yanguas Yanguas, Lucas de], 1684. ''Breve catálogo de los siervos de Dios así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provinxia de Castilla''. Ms. C/12 del Archivio Generale dell’Ordine dei Frati Minori AGOFM, Roma, fols. 17v-24r.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Lucas_de_Yanguas Yanguas, Lucas de], 1684. ''Breve catálogo de los siervos de Dios así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provincia de Castilla''. Ms. C/12 del Archivio Generale dell’Ordine dei Frati Minori AGOFM, Roma, fols. 17v-24r.


[[Contexto material del manuscrito Breve catálogo de los siervos de Dios]] ''así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provinxia de Castilla''.
[[Contexto material del manuscrito Breve catálogo de los siervos de Dios]] ''así religiosos como religiosas de la Tercera Orden que han fallecido con singular opinión y fama de muy virtuosos en la santa Provincia de Castilla''.


== Criterios de edición ==
== Criterios de edición ==
Línea 4692: Línea 4689:
[644] Sobre el monasterio de Terciarias de Santa María de la Cruz. Monasterio 11.
[644] Sobre el monasterio de Terciarias de Santa María de la Cruz. Monasterio 11.


Hasta aquí hemos hablado de los monasterios de las Clarisas, es decir, de la Segunda Orden del Seráfico Padre San Francisco en esta Provincia. Son diez en número y albergan a más de quinientas hermanas profesas. No nos corresponde hablar sobre las novicias, puesto que tienen libertad para regresar a la casa materna durante el año de prueba o para permanecer, según deseen, sino que nos corresponde tratar los conventos de hermanas terciarias, es decir, de la Tercera Orden del mismo beato Padre San Francisco, que suman trece. Me he preguntado por qué esta tercera y última de las tres Órdenes fundadas por el Seráfico Padre Francisco floreció en otros tiempos con tanto vigor, al menos en número de hermanas, tanto en Alemania septentrional y meridional, como en Italia, Cantabria y, sobre todo, en esta Provincia, y por qué hoy no goza de tanta extensión. Lo que he llegado a entender es lo siguiente: como esta institución comenzó con un espíritu elevado y con desprecio del mundo, sin clausura y sin obligación de vida comunitaria, y como para acceder a ella no se requerían las condiciones necesarias para llevar adecuadamente la vida de otras monjas —a saber: [645] edificios amplios, talleres bien provistos, ingresos anuales fijos, iglesias para escuchar el Oficio Divino y la celebración de las horas canónicas con la dignidad debida, y otros elementos semejantes que por brevedad no se mencionan—, las hermanas de esta clase, vestidas con humilde hábito y participando en los oficios sagrados en iglesias de frailes, podían obtener su sustento y vestido mediante el trabajo, la portería o la limosna, y podían, en una casa modesta y común, cumplir su profesión. Todas las vírgenes, e incluso viudas pobres, que desearan consagrar su castidad al Dios todo poderoso ''[1]'' bajo un hábito honesto y con cierta libertad, se incorporaban a esta Orden. Sin embargo, cuando a causa de esta misma libertad comenzaron a correr peligro su castidad y su fama, y el nombre de las monjas recluidas —colocadas diametralmente en otra condición— comenzó a ser escuchado cada vez más, la mayor parte de aquellas trató de darle a sus casas forma de monasterio bajo voto solemne de clausura. Con el tiempo, tomando el velo de las clarisas, pasaron a su regla o ingresaron directamente en sus comunidades.
Hasta aquí hemos hablado de los monasterios de las clarisas, es decir, de la Segunda Orden del Seráfico Padre San Francisco en esta Provincia. Son diez en número y albergan a más de quinientas hermanas profesas. No nos corresponde hablar sobre las novicias, puesto que tienen libertad para regresar a la casa materna durante el año de prueba o para permanecer, según deseen, sino que nos corresponde tratar los conventos de hermanas terciarias, es decir, de la Tercera Orden del mismo beato Padre San Francisco, que suman trece. Me he preguntado por qué esta tercera y última de las tres Órdenes fundadas por el Seráfico Padre Francisco floreció en otros tiempos con tanto vigor, al menos en número de hermanas, tanto en Alemania septentrional y meridional, como en Italia, Cantabria y, sobre todo, en esta Provincia, y por qué hoy no goza de tanta extensión. Lo que he llegado a entender es lo siguiente: como esta institución comenzó con un espíritu elevado y con desprecio del mundo, sin clausura y sin obligación de vida comunitaria, y como para acceder a ella no se requerían las condiciones necesarias para llevar adecuadamente la vida de otras monjas —a saber: [645] edificios amplios, talleres bien provistos, ingresos anuales fijos, iglesias para escuchar el Oficio Divino y la celebración de las horas canónicas con la dignidad debida, y otros elementos semejantes que por brevedad no se mencionan—, las hermanas de esta clase, vestidas con humilde hábito y participando en los oficios sagrados en iglesias de frailes, podían obtener su sustento y vestido mediante el trabajo, la portería o la limosna, y podían, en una casa modesta y común, cumplir su profesión. Todas las vírgenes, e incluso viudas pobres, que desearan consagrar su castidad al Dios todo poderoso ''[1]'' bajo un hábito honesto y con cierta libertad, se incorporaban a esta Orden. Sin embargo, cuando a causa de esta misma libertad comenzaron a correr peligro su castidad y su fama, y el nombre de las monjas recluidas —colocadas diametralmente en otra condición— comenzó a ser escuchado cada vez más, la mayor parte de aquellas trató de darle a sus casas forma de monasterio bajo voto solemne de clausura. Con el tiempo, tomando el velo de las clarisas, pasaron a su regla o ingresaron directamente en sus comunidades.


En España, tras aquella reforma general de todas las órdenes eclesiásticas llevada a cabo con gran piedad por los Reyes Católicos Fernando e Isabel —reforma que ejecutó con diligencia el reverendísimo padre fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, cardenal de la Santa Iglesia Romana ''[2]'' y también inquisidor general— muchas de estas religiosas se unieron a las clarisas o a las hermanas concepcionistas, cuya orden comenzaba entonces a crecer. No obstante, este convento dedicado a la santísima María de la Cruz permaneció fiel a su antigua vocación, situado a quinientos pasos ''[3]'' del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, y habitado por 38 religiosas de la mencionada Tercera Orden del beato Padre San Francisco.
En España, tras aquella reforma general de todas las órdenes eclesiásticas llevada a cabo con gran piedad por los Reyes Católicos Fernando e Isabel —reforma que ejecutó con diligencia el reverendísimo padre fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, cardenal de la Santa Iglesia Romana ''[2]'' y también inquisidor general— muchas de estas religiosas se unieron a las clarisas o a las hermanas concepcionistas, cuya orden comenzaba entonces a crecer. No obstante, este convento dedicado a la santísima María de la Cruz permaneció fiel a su antigua vocación, situado a quinientos pasos ''[3]'' del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, y habitado por 38 religiosas de la mencionada Tercera Orden del beato Padre San Francisco.
Línea 4702: Línea 4699:
[646] Cuando llegaron al lugar, apareció la cruz clavada en el suelo y las huellas de los dos pies de la bienaventurada Virgen impresas en la arena. Al venerarlas con gran humildad, muchos enfermos de distintas dolencias fueron curados milagrosamente al contacto con la arena recogida de allí, y se prepararon para edificar la iglesia. En aquel tiempo era arzobispo de Toledo el reverendísimo Alfonso Carrillo, a quien, por oficio, correspondía otorgar la autoridad para fundar dicha iglesia. Cuando los de Cubas fueron a suplicárselo, envió al arcipreste de Illescas y al vicario de Madrid para que se desplazaran al lugar e investigaran con todo rigor si lo que aquellas personas afirmaban era cierto. Obedeciendo al mandato, y examinando con la máxima diligencia todas las cosas conforme a lo exigido por el derecho y el voto, descubrieron que no se había apartado en lo más mínimo de la purísima verdad. Por eso, el piadoso sacerdote concedió el permiso para construir la iglesia. Con fondos propios y con las numerosas limosnas que empezaron a llegar —tal era la devoción del pueblo, su generosidad y la afluencia de personas, además de la frecuencia de los milagros, que no hubo dificultad alguna ni para conseguir dinero ni para lo necesario en la construcción—, en menos de un año edificaron con éxito aquel templo sagrado.  
[646] Cuando llegaron al lugar, apareció la cruz clavada en el suelo y las huellas de los dos pies de la bienaventurada Virgen impresas en la arena. Al venerarlas con gran humildad, muchos enfermos de distintas dolencias fueron curados milagrosamente al contacto con la arena recogida de allí, y se prepararon para edificar la iglesia. En aquel tiempo era arzobispo de Toledo el reverendísimo Alfonso Carrillo, a quien, por oficio, correspondía otorgar la autoridad para fundar dicha iglesia. Cuando los de Cubas fueron a suplicárselo, envió al arcipreste de Illescas y al vicario de Madrid para que se desplazaran al lugar e investigaran con todo rigor si lo que aquellas personas afirmaban era cierto. Obedeciendo al mandato, y examinando con la máxima diligencia todas las cosas conforme a lo exigido por el derecho y el voto, descubrieron que no se había apartado en lo más mínimo de la purísima verdad. Por eso, el piadoso sacerdote concedió el permiso para construir la iglesia. Con fondos propios y con las numerosas limosnas que empezaron a llegar —tal era la devoción del pueblo, su generosidad y la afluencia de personas, además de la frecuencia de los milagros, que no hubo dificultad alguna ni para conseguir dinero ni para lo necesario en la construcción—, en menos de un año edificaron con éxito aquel templo sagrado.  


Construida entonces la iglesia, aquellas mujeres —mencionadas antes— hicieron levantar un pequeño convento contiguo. Después de vivir allí durante treinta años consecutivos, llegó inesperadamente una joven honesta llamada Juana [''sc. ''Juana de la Cruz], a quien la bienaventurada Virgen había sugerido que sirviera a Dios en este monasterio. Con lágrimas, rogó a las hermanas que la admitieran en su comunidad. Una vez aceptada, se convirtió en ejemplo de completa santidad para todas y progresó tanto en todas las virtudes que fácilmente demostró ser poseedora de su propia vocación , y fue elegida para gobernar la casa. En cuanto recibió el cargo, aconsejó inmediatamente a las hermanas que pusieran toda la gestión doméstica en manos del Señor y confiaran en Él del todo, que renunciaran con voto solemne a la libertad de salir que hasta entonces habían tenido para poder dedicarse plenamente a la contemplación de los misterios divinos. Gracias a su intervención, desde entonces las religiosas de este lugar comenzaron a emitir también un cuarto voto. Dios todopoderoso ''[5]'' no decepcionó a sus siervas: de hecho, enseguida inspiró al reverendo padre fray ''[6]'' Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, quien, al conocer la virtud de aquellas mujeres, anexionó el beneficio parroquial del pueblo de Cubas a su monasterio por autoridad apostólica, y les concedió abundantes limosnas.
Construida entonces la iglesia, aquellas mujeres —mencionadas antes— hicieron levantar un pequeño convento contiguo. Después de vivir allí durante treinta años consecutivos, llegó inesperadamente una joven honesta llamada Juana, a quien la bienaventurada Virgen había sugerido que sirviera a Dios en este monasterio. Con lágrimas, rogó a las hermanas que la admitieran en su comunidad. Una vez aceptada, se convirtió en ejemplo de completa santidad para todas y progresó tanto en todas las virtudes que fácilmente demostró ser poseedora de su propia vocación , y fue elegida para gobernar la casa. En cuanto recibió el cargo, aconsejó inmediatamente a las hermanas que pusieran toda la gestión doméstica en manos del Señor y confiaran en Él del todo, que renunciaran con voto solemne a la libertad de salir que hasta entonces habían tenido para poder dedicarse plenamente a la contemplación de los misterios divinos. Gracias a su intervención, desde entonces las religiosas de este lugar comenzaron a emitir también un cuarto voto. Dios todopoderoso ''[5]'' no decepcionó a sus siervas: de hecho, enseguida inspiró al reverendo padre fray ''[6]'' Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, quien, al conocer la virtud de aquellas mujeres, anexionó el beneficio parroquial del pueblo de Cubas a su monasterio por autoridad apostólica, y les concedió abundantes limosnas.


En ese tiempo, el nombre de esta santísima hermana Juana era celebérrimo en toda España. Desde distintas regiones, incluso nobles caballeros acudían a verla y le confiaban a Dios, por su mediación, sus asuntos más importantes. Entre ellos, el invicto emperador Carlos V de Alemania y el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, que por sus medios enriquecieron el convento con preciosísimos regalos y rentas. Pero entre todos brilló especialmente la piedad de los ilustres señores Pedro Zapata Osorio y su esposa Teresa de Cárdenas, que en vida fueron grandes benefactores de toda la comunidad. Además, la misma Teresa, viuda tras la muerte de su esposo, quiso unirse [a las hermanas]. Pidió que, al morir, fuera enterrada en el lado izquierdo del altar mayor. Construyó una capilla con sillar, y fue tal la perfección con la que ejecutó su legado que dejó un fondo suficiente de sus bienes para que esta santa casa recibiera cada año fácilmente 300 escudos de oro. También el poderosísimo y católico rey Felipe II de España quiso participar de las oraciones de sus habitantes y envió una generosa limosna para mejorar el convento. Como existe un libro en el que todos los milagros de este lugar —obrados tanto por la gloriosísima Virgen María como por la beata Juana— están recogidos con veracidad, he optado por omitirlos aquí.
En ese tiempo, el nombre de esta santísima hermana Juana era celebérrimo en toda España. Desde distintas regiones, incluso nobles caballeros acudían a verla y le confiaban a Dios, por su mediación, sus asuntos más importantes. Entre ellos, el invicto emperador Carlos V de Alemania y el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, que por sus medios enriquecieron el convento con preciosísimos regalos y rentas. Pero entre todos brilló especialmente la piedad de los ilustres señores Pedro Zapata Osorio y su esposa Teresa de Cárdenas, que en vida fueron grandes benefactores de toda la comunidad. Además, la misma Teresa, viuda tras la muerte de su esposo, quiso unirse [a las hermanas]. Pidió que, al morir, fuera enterrada en el lado izquierdo del altar mayor. Construyó una capilla con sillar, y fue tal la perfección con la que ejecutó su legado que dejó un fondo suficiente de sus bienes para que esta santa casa recibiera cada año fácilmente 300 escudos de oro. También el poderosísimo y católico rey Felipe II de España quiso participar de las oraciones de sus habitantes y envió una generosa limosna para mejorar el convento. Como existe un libro en el que todos los milagros de este lugar —obrados tanto por la gloriosísima Virgen María como por la beata Juana— están recogidos con veracidad, he optado por omitirlos aquí.
Línea 4813: Línea 4810:
'''Capítulo XX'''
'''Capítulo XX'''


[fol. 85r, col. a]'''De Santa Juana de la Cruz, monja de la Orden de San Francisco'''
[fol. 85r, col. a] '''De Santa Juana de la Cruz, monja de la Orden de San Francisco'''


''[1]'' El maestro Alonso de Villegas ''[2]'', tan curioso en escrituras de vidas de santos, en su tercera parte escribe largamente la vida de esta santa religiosa, y dice fue natural de un pueblo cerca de Toledo llamado Azaña. En su tierna edad todo fue dar indicios y rastros de lo que después fue: muy dada a la oración y contemplación y servicio de Dios, continuando estos santos ejercicios con muchas abstinencias, asperezas, y mortificaciones, sintiendo siempre de sí bajamente en todas sus cosas. Tuvo siempre grande deseo de servir a Dios en religión y, porque sus padres y parientes se lo estorbaban, determinó un día por la mañana huir de su casa y acogerse al monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, de la religión y hábito de san Francisco, que estaba dos leguas de su pueblo. Aquí fue admitida por religiosa, donde se perficionó en sus santos [fol. 85r, col. b] deseos, siendo muy observante de los establecimientos de su Orden, ocupándose juntamente en los oficios más humildes del monasterio. Era muy devota del ángel de la guarda, y aconsejaba también a los demás que podía que lo fuesen, porque solía decir que no solamente nos guarda, sino que también nos acompaña en nuestros trabajos. A quien tanta solicitud como esta santa Juana de la Cruz ponía en el servicio de Dios, él la quiso ilustrar con sus maravillas, hizo yendo por su medio algunos milagros. Llevaba un día un vaso de barro en sus manos y, tocando en una piedra, se le quebró. Ella se puso en oración y, juntando los pedazos del vaso, quedó perfetamente sano. Vio todo esto otra religiosa y díjole: “Hermana, ¿no estaba este vaso en el suelo hecho pedazos? ¿Cómo está ya sano?”. Respondió con mucha humildad: “Así es hermana, mas el Señor ha tenido por bien de remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados”. Una niña muerta trajeron sus padres al monasterio de Santa María de la Cruz, a que la santa religiosa Juana hiciese oración por ella y, por ruegos de sus padres y de otras ochenta personas que estaban presentes, puso un crucifijo sobre ella, y hizo oración y luego se levantó con vida y salud entera. Otros muchos milagros hizo Nuestro Señor por su sierva, que sería largo de contar y, sin otros grandes trabajos que la santa religiosa tomaba de su voluntad por la de Dios, era atormentada de los mismos demonios para más aumento de méritos suyos.
''[1]'' El maestro Alonso de Villegas ''[2]'', tan curioso en escrituras de vidas de santos, en su tercera parte escribe largamente la vida de esta santa religiosa, y dice fue natural de un pueblo cerca de Toledo llamado Azaña. En su tierna edad todo fue dar indicios y rastros de lo que después fue: muy dada a la oración y contemplación y servicio de Dios, continuando estos santos ejercicios con muchas abstinencias, asperezas, y mortificaciones, sintiendo siempre de sí bajamente en todas sus cosas. Tuvo siempre grande deseo de servir a Dios en religión y, porque sus padres y parientes se lo estorbaban, determinó un día por la mañana huir de su casa y acogerse al monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, de la religión y hábito de san Francisco, que estaba dos leguas de su pueblo. Aquí fue admitida por religiosa, donde se perficionó en sus santos [fol. 85r, col. b] deseos, siendo muy observante de los establecimientos de su Orden, ocupándose juntamente en los oficios más humildes del monasterio. Era muy devota del ángel de la guarda, y aconsejaba también a los demás que podía que lo fuesen, porque solía decir que no solamente nos guarda, sino que también nos acompaña en nuestros trabajos. A quien tanta solicitud como esta santa Juana de la Cruz ponía en el servicio de Dios, él la quiso ilustrar con sus maravillas, hizo yendo por su medio algunos milagros. Llevaba un día un vaso de barro en sus manos y, tocando en una piedra, se le quebró. Ella se puso en oración y, juntando los pedazos del vaso, quedó perfetamente sano. Vio todo esto otra religiosa y díjole: “Hermana, ¿no estaba este vaso en el suelo hecho pedazos? ¿Cómo está ya sano?”. Respondió con mucha humildad: “Así es hermana, mas el Señor ha tenido por bien de remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados”. Una niña muerta trajeron sus padres al monasterio de Santa María de la Cruz, a que la santa religiosa Juana hiciese oración por ella y, por ruegos de sus padres y de otras ochenta personas que estaban presentes, puso un crucifijo sobre ella, y hizo oración y luego se levantó con vida y salud entera. Otros muchos milagros hizo Nuestro Señor por su sierva, que sería largo de contar y, sin otros grandes trabajos que la santa religiosa tomaba de su voluntad por la de Dios, era atormentada de los mismos demonios para más aumento de méritos suyos.
Línea 4927: Línea 4924:
'''De algunas persecuciones que sufrió con mucha ejemplaridad y paciencia la sierva del Señor Sor Juana de la Cruz y cómo fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo con las señales de sus santísimas llagas'''
'''De algunas persecuciones que sufrió con mucha ejemplaridad y paciencia la sierva del Señor Sor Juana de la Cruz y cómo fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo con las señales de sus santísimas llagas'''


'''Capítulo XXIIII'''
'''Capítulo XXXIIII''' ''[27]''


Y porque la fama de estas obras y de su santa vida, que se extendió por todas partes del mundo, fue causa de que muchos la consideraran y veneraran como santa, para que esto no fuese ocasión de enaltecerla y para su mayor mérito, permitió Dios que fuese gravemente afligida ''[27]'' a causa de una persecución que se levantó contra ella. Y era costumbre que la abadesa y las monjas pusiesen un sacerdote en el lugar de Cubas para administrar los sacramentos, porque ese era el beneficio del convento. Algunas personas eclesiásticas trataron de imponerlo a través de Roma diciendo que las mujeres, aunque religiosas, eran incapaces de encargarse de las almas. A la bendita madre se le aconsejó lo que debía hacer en tal caso y se le dijo que, para beneficio del convento, debía enviar al papa una bula para que, anticipándose a ella, ganara esa gracia y asegurara su daño, lo cual hizo, aunque sin dar cuenta de ello a su prelado por el peligro que había en la demora. Y así sucedió que una monja del mismo convento, que no era muy amiga suya, puso este caso en conocimiento de los prelados diciendo que se había hecho sin su permiso y gastando lo que es propio del convento para dar aquel beneficio a uno de sus hermanos, que por ellos había sido designado. Y la verdad era que en conseguir la bula se habían gastado siete ducados, que pagó uno de sus devotos sin perjuicio del convento y su hermano, pues, siendo hombre de letras y de buena vida, había sido solicitado por el pueblo para esa tarea. Con todo [167] esto, uno de los prelados, y el principal, muy indignado, fue al Monasterio de la Cruz y, reduciendo el capítulo, reprehendió duramente a la madre Juana y le quitó el cargo de abadesa imponiéndole públicamente una disciplina, que ella soportó con gran paciencia, diciendo que sus pecados merecían mucho más y que había recibido el oficio de abadesa sin mérito alguno, sino solo por obediencia. Oyeron las monjas esta grave molestia y, aunque el prelado les mandó elegir abadesa, no se pudo llegar a un acuerdo con ellas, diciendo que ya la tenían y así les dio por presidenta a la misma monja que les había dado esta información. Sucedió que tanto el prelado como la monja murieron en poco tiempo a causa de la gran pena que sintieron por este suceso y, por ello, pidieron perdón a la misma madre Juana de la Cruz, la cual no poco importunó a Nuestro Señor mientras vivían para la salvación de los cuerpos, así como después de muertos para la salvación de sus almas.
Y porque la fama de estas obras y de su santa vida, que se extendió por todas partes del mundo, fue causa de que muchos la consideraran y veneraran como santa, para que esto no fuese ocasión de enaltecerla y para su mayor mérito, permitió Dios que fuese gravemente afligida ''[28]'' a causa de una persecución que se levantó contra ella. Y era costumbre que la abadesa y las monjas pusiesen un sacerdote en el lugar de Cubas para administrar los sacramentos, porque ese era el beneficio del convento. Algunas personas eclesiásticas trataron de imponerlo a través de Roma diciendo que las mujeres, aunque religiosas, eran incapaces de encargarse de las almas. A la bendita madre se le aconsejó lo que debía hacer en tal caso y se le dijo que, para beneficio del convento, debía enviar al papa una bula para que, anticipándose a ella, ganara esa gracia y asegurara su daño, lo cual hizo, aunque sin dar cuenta de ello a su prelado por el peligro que había en la demora. Y así sucedió que una monja del mismo convento, que no era muy amiga suya, puso este caso en conocimiento de los prelados diciendo que se había hecho sin su permiso y gastando lo que es propio del convento para dar aquel beneficio a uno de sus hermanos, que por ellos había sido designado. Y la verdad era que en conseguir la bula se habían gastado siete ducados, que pagó uno de sus devotos sin perjuicio del convento y su hermano, pues, siendo hombre de letras y de buena vida, había sido solicitado por el pueblo para esa tarea. Con todo [167] esto, uno de los prelados, y el principal, muy indignado, fue al Monasterio de la Cruz y, reduciendo el capítulo, reprehendió duramente a la madre Juana y le quitó el cargo de abadesa imponiéndole públicamente una disciplina, que ella soportó con gran paciencia, diciendo que sus pecados merecían mucho más y que había recibido el oficio de abadesa sin mérito alguno, sino solo por obediencia. Oyeron las monjas esta grave molestia y, aunque el prelado les mandó elegir abadesa, no se pudo llegar a un acuerdo con ellas, diciendo que ya la tenían y así les dio por presidenta a la misma monja que les había dado esta información. Sucedió que tanto el prelado como la monja murieron en poco tiempo a causa de la gran pena que sintieron por este suceso y, por ello, pidieron perdón a la misma madre Juana de la Cruz, la cual no poco importunó a Nuestro Señor mientras vivían para la salvación de los cuerpos, así como después de muertos para la salvación de sus almas.


No se acabaron aquí los trabajos de esta bienaventurada mujer, pues un Viernes de la Cruz estaba en su celda elevada en contemplación con ambos brazos en alto en forma de cruz, con la atención puesta en ella como si estuviera en el coro cuando se dice la santa Pasión ''[28]'' y, al mismo tiempo que lloraba, estaba descalza y no podía andar y así sufría mucho en los pies con gran dolor. Las monjas, oyéndola llorar así, fueron a ella y le preguntaron: “¿Qué tienes, madre?”. Y ella respondió que le dolían mucho los pies y, mirándolos, vieron que estaban marcados, y también las manos, de las señales del Señor, aunque no tenía llagas abiertas ni salía sangre de ellas, sino ciertas marcas redondas del tamaño de un real y muy coloridas. Las monjas le preguntaron la causa de esto, a lo que ella respondió que no sabía más, sino que mientras contemplaba la Pasión de Jesucristo le parecía que lo veía puesto en la cruz y que se unía con Él y que por ello le quedaron estos signos. Lo cual fue la causa por la cual las monjas y los dos frailes que eran confesores de la casa derramaron lágrimas de ternura y de gran alegría al verlos, aunque la bendita madre se consideraba indigna de tales favores de Dios y, a causa de sus intolerables dolores, pidió a su Divina Majestad que la librase de ellos y, tanto lo importunó, que el día de su Ascensión quedó del todo libre de dolor y sin señales semejantes, aunque sus dolores no cesaron por esto, sino por permiso de Dios era atormentada por los demonios y azotada y, tan cruelmente, que, a veces, las marcas de los golpes que los demonios le daban duraban muchos días.
No se acabaron aquí los trabajos de esta bienaventurada mujer, pues un Viernes de la Cruz estaba en su celda elevada en contemplación con ambos brazos en alto en forma de cruz, con la atención puesta en ella como si estuviera en el coro cuando se dice la santa Pasión ''[29]'' y, al mismo tiempo que lloraba, estaba descalza y no podía andar y así sufría mucho en los pies con gran dolor. Las monjas, oyéndola llorar así, fueron a ella y le preguntaron: “¿Qué tienes, madre?”. Y ella respondió que le dolían mucho los pies y, mirándolos, vieron que estaban marcados, y también las manos, de las señales del Señor, aunque no tenía llagas abiertas ni salía sangre de ellas, sino ciertas marcas redondas del tamaño de un real y muy coloridas. Las monjas le preguntaron la causa de esto, a lo que ella respondió que no sabía más, sino que mientras contemplaba la Pasión de Jesucristo le parecía que lo veía puesto en la cruz y que se unía con Él y que por ello le quedaron estos signos. Lo cual fue la causa por la cual las monjas y los dos frailes que eran confesores de la casa derramaron lágrimas de ternura y de gran alegría al verlos, aunque la bendita madre se consideraba indigna de tales favores de Dios y, a causa de sus intolerables dolores, pidió a su Divina Majestad que la librase de ellos y, tanto lo importunó, que el día de su Ascensión quedó del todo libre de dolor y sin señales semejantes, aunque sus dolores no cesaron por esto, sino por permiso de Dios era atormentada por los demonios y azotada y, tan cruelmente, que, a veces, las marcas de los golpes que los demonios le daban duraban muchos días.


[168] '''Cómo la santa monja, con mucha paciencia, sufrió una extraña enfermedad y de una razón que hizo al Señor, con su respuesta, y de su muerte y dónde está sepultada'''
[168] '''Cómo la santa monja, con mucha paciencia, sufrió una extraña enfermedad y de una razón que hizo al Señor, con su respuesta, y de su muerte y dónde está sepultada'''
Línea 4937: Línea 4934:
'''Capítulo XXXV'''
'''Capítulo XXXV'''


''[29]'' Sus sufrimientos continuaron y plugo a Dios Nuestro Señor darle una terrible enfermedad que la dejó lisiada de tal manera que quedó sin fuerzas y no había miembro sano de su cuerpo ni parte alguna que no le causase gran dolor. Los huesos estaban separados unos de otros, incluso los de las manos y los pies y, de esta manera, sus dolores y angustias no podían ocultarse ni tolerarse. Sus rodillas estaban tan apretadas que nunca podía estirarlas, sus brazos y manos hacían lo mismo; sus dedos estaban tan torcidos y enroscados que no podía comer con las manos, ni manipularlos, ni volverse a ninguna parte; ni podía comer ni beber, a menos que se le diese. En fin, no podía mover ninguna parte de su cuerpo, sino la lengua, con lo cual mostraba gran conformidad con Dios ''[30]'', con quien un día, hablando tiernamente, dijo: “Señor, ¿cómo es posible que un cuerpo tan desfigurado pueda vivir? Dame paciencia o quita de mí el gran mal que sufro y mi vida, si esta es tu voluntad”. Parecía que el Señor le hablaba y le decía: “Qué maravilla es que padezcas lo que padeciste, habiéndome elegido por Esposo a mí, que en el mundo era considerado leproso y lleno de dolor; pues si ya que eres mi esposa y te comunicas conmigo como con tu esposo, aunque espiritualmente, es cierto que algunas de mis dolencias debían aplicarse en ti, ya que el que ama conviene que sufra por su amado. Tanto más, cuanto que yo he procurado esto para vuestro beneficio, puesto que también soy vuestro padre, y los que son padres en la Tierra buscan que sus hijos tengan bienes y riquezas y, para ello, se exponen a muchos peligros y aflicciones. Para hacer ricos a mis hijos, sufrí trabajos, injurias y dolores; para elevarlos al Cielo, me rebajé a la Tierra; para librarlos de la muerte en el infierno, sufrí cruel muerte de cruz; para hacerlos ricos de almas, me hice pobre de cuerpo; para hacerlos señores en el Cielo, iguales a los ángeles, me hice siervo humano, sujeto a graves necesidades; y, porque he hecho tanto por ellos, pueden comprender que los amo, y los deseo mucho, y que el amor que les profeso es mayor que el que ellos mismos se profesan. Y será mejor que lo cumpla y, para que tenga su efecto, sufran penalidades para ir al Cielo, y que sean grandes, para tener la grande y principal silla para este propósito, no porque me complazca verlos sufrir y penar, sino porque esto es lo que se requiere. Así que, hija mía, no te aflijas ni te desconsueles, si mu- [169] cho sufres para merecer mucho y, por esto mismo, el Cielo será muy tuyo y ten por seguro que, cuando vea venir el punto marcado de vuestra gloria en mi eternidad, lo sostendré inmediatamente”.  
''[30]'' Sus sufrimientos continuaron y plugo a Dios Nuestro Señor darle una terrible enfermedad que la dejó lisiada de tal manera que quedó sin fuerzas y no había miembro sano de su cuerpo ni parte alguna que no le causase gran dolor. Los huesos estaban separados unos de otros, incluso los de las manos y los pies y, de esta manera, sus dolores y angustias no podían ocultarse ni tolerarse. Sus rodillas estaban tan apretadas que nunca podía estirarlas, sus brazos y manos hacían lo mismo; sus dedos estaban tan torcidos y enroscados que no podía comer con las manos, ni manipularlos, ni volverse a ninguna parte; ni podía comer ni beber, a menos que se le diese. En fin, no podía mover ninguna parte de su cuerpo, sino la lengua, con lo cual mostraba gran conformidad con Dios ''[31]'', con quien un día, hablando tiernamente, dijo: “Señor, ¿cómo es posible que un cuerpo tan desfigurado pueda vivir? Dame paciencia o quita de mí el gran mal que sufro y mi vida, si esta es tu voluntad”. Parecía que el Señor le hablaba y le decía: “Qué maravilla es que padezcas lo que padeciste, habiéndome elegido por Esposo a mí, que en el mundo era considerado leproso y lleno de dolor; pues si ya que eres mi esposa y te comunicas conmigo como con tu esposo, aunque espiritualmente, es cierto que algunas de mis dolencias debían aplicarse en ti, ya que el que ama conviene que sufra por su amado. Tanto más, cuanto que yo he procurado esto para vuestro beneficio, puesto que también soy vuestro padre, y los que son padres en la Tierra buscan que sus hijos tengan bienes y riquezas y, para ello, se exponen a muchos peligros y aflicciones. Para hacer ricos a mis hijos, sufrí trabajos, injurias y dolores; para elevarlos al Cielo, me rebajé a la Tierra; para librarlos de la muerte en el infierno, sufrí cruel muerte de cruz; para hacerlos ricos de almas, me hice pobre de cuerpo; para hacerlos señores en el Cielo, iguales a los ángeles, me hice siervo humano, sujeto a graves necesidades; y, porque he hecho tanto por ellos, pueden comprender que los amo, y los deseo mucho, y que el amor que les profeso es mayor que el que ellos mismos se profesan. Y será mejor que lo cumpla y, para que tenga su efecto, sufran penalidades para ir al Cielo, y que sean grandes, para tener la grande y principal silla para este propósito, no porque me complazca verlos sufrir y penar, sino porque esto es lo que se requiere. Así que, hija mía, no te aflijas ni te desconsueles, si mu- [169] cho sufres para merecer mucho y, por esto mismo, el Cielo será muy tuyo y ten por seguro que, cuando vea venir el punto marcado de vuestra gloria en mi eternidad, lo sostendré inmediatamente”.  


Así fue como, habiendo padecido esta enfermedad durante algunos años, se produjo un cambio de destino: fue visitada por varios médicos, todos los cuales afirmaron que se estaba muriendo, lo que fue causa de gran melancolía y tristeza en su convento porque, aunque estaba enferma y retorcida en una cama, les fue de gran utilidad y consuelo por tener la lengua libre y el intelecto sano, con el que les daba consejos y documentos muy útiles. Llegó, pues, el día de la Santa Cruz, que es el día tres de mayo, domingo, a las seis ''[31]'' después del mediodía, del año mil quinientos treinta y cuatro, siendo de edad de cincuenta y tres años y, estando en su celda algunos religiosos de su orden y todas las monjas del convento, con velas encendidas en sus manos, habiendo recibido el sacramento de la confesión, y comunión, y de la última cena con mucha reverencia y piadosas lágrimas, y hecha la distribución de sus pobres restos, para morir en toda pobreza, y leyendo la Pasión, entregó su alma a Dios Nuestro Señor manteniéndose muy bien compuesta y mostrando una sonrisa en su rostro, que admiró mucho a los presentes. Después de lo cual, un mal olor se extendió por la habitación debido a la larga enfermedad y, de repente, se transformó en otro maravilloso olor del Cielo, que los presentes disfrutaron. Las monjas fueron con gran prisa a abrazar el bendito cuerpo derramando tiernas lágrimas y, dando vueltas alrededor de él, procuraban ver de dónde venía aquel suave olor, con una fragancia tan fuerte que no se podía comparar con nada de esta vida.  
Así fue como, habiendo padecido esta enfermedad durante algunos años, se produjo un cambio de destino: fue visitada por varios médicos, todos los cuales afirmaron que se estaba muriendo, lo que fue causa de gran melancolía y tristeza en su convento porque, aunque estaba enferma y retorcida en una cama, les fue de gran utilidad y consuelo por tener la lengua libre y el intelecto sano, con el que les daba consejos y documentos muy útiles. Llegó, pues, el día de la Santa Cruz, que es el día tres de mayo, domingo, a las seis ''[32]'' después del mediodía, del año mil quinientos treinta y cuatro, siendo de edad de cincuenta y tres años y, estando en su celda algunos religiosos de su orden y todas las monjas del convento, con velas encendidas en sus manos, habiendo recibido el sacramento de la confesión, y comunión, y de la última cena con mucha reverencia y piadosas lágrimas, y hecha la distribución de sus pobres restos, para morir en toda pobreza, y leyendo la Pasión, entregó su alma a Dios Nuestro Señor manteniéndose muy bien compuesta y mostrando una sonrisa en su rostro, que admiró mucho a los presentes. Después de lo cual, un mal olor se extendió por la habitación debido a la larga enfermedad y, de repente, se transformó en otro maravilloso olor del Cielo, que los presentes disfrutaron. Las monjas fueron con gran prisa a abrazar el bendito cuerpo derramando tiernas lágrimas y, dando vueltas alrededor de él, procuraban ver de dónde venía aquel suave olor, con una fragancia tan fuerte que no se podía comparar con nada de esta vida.  


El cuerpo permaneció insepulto cinco días debido a la multitud de gente de toda la provincia que acudió a verlo, tiempo durante el cual Dios realizó ''[32]'' algunos milagros por los méritos de su sierva: se trata de algunas personas que fueron sanadas de diversas enfermedades yendo a tocar su cuerpo con gran devoción, el cual estaba en la iglesia, fuera del claustro de las monjas, para que todos pudieran verlo y tocarlo. Después de cinco días fue enterrada en el mismo claustro, cerca del comunicatorio de las monjas, donde permaneció durante varios años. Luego, como la devoción a esta sierva de Dios creció entre muchas personas nobles, su cuerpo fue trasladado y colocado en el coro, cerca del altar mayor, de la parte del evangelio, sacada de la tierra a un sepulcro ilustre ''[33]'', y allí se la tiene con gran reverencia y con justa causa. Aunque no se la debe honrar como santa porque no está canonizada, se le debe mostrar, sin embargo, un gran respeto, como el cuerpo de una persona cuya vida muestra piadosamente que su alma está disfrutando de Nuestro Señor en un asiento muy especial de su bienaventuranza, de la que Dios hace partícipe a todo el mundo. Amén.
El cuerpo permaneció insepulto cinco días debido a la multitud de gente de toda la provincia que acudió a verlo, tiempo durante el cual Dios realizó ''[33]'' algunos milagros por los méritos de su sierva: se trata de algunas personas que fueron sanadas de diversas enfermedades yendo a tocar su cuerpo con gran devoción, el cual estaba en la iglesia, fuera del claustro de las monjas, para que todos pudieran verlo y tocarlo. Después de cinco días fue enterrada en el mismo claustro, cerca del comunicatorio de las monjas, donde permaneció durante varios años. Luego, como la devoción a esta sierva de Dios creció entre muchas personas nobles, su cuerpo fue trasladado y colocado en el coro, cerca del altar mayor, de la parte del evangelio, sacada de la tierra a un sepulcro ilustre ''[34]'', y allí se la tiene con gran reverencia y con justa causa. Aunque no se la debe honrar como santa porque no está canonizada, se le debe mostrar, sin embargo, un gran respeto, como el cuerpo de una persona cuya vida muestra piadosamente que su alma está disfrutando de Nuestro Señor en un asiento muy especial de su bienaventuranza, de la que Dios hace partícipe a todo el mundo. Amén.


===Notas===
===Notas===
Línea 4997: Línea 4994:
''[26]'' Al margen izquierdo: Con su oración imploró al Señor Dios que concediera la salud a muchos.
''[26]'' Al margen izquierdo: Con su oración imploró al Señor Dios que concediera la salud a muchos.


''[27]'' Al margen izquierdo: Las pruebas y persecuciones que soportó con gran paciencia la sierva del Señor, y la causa por qué.  
''[27]'' Se ha subsanado la errata, ya que aparecía como capítulo XXIIII.  


''[28]'' Al margen derecho: Contemplando la Pasión de Nuestro Señor quedaron en sus pies marcas que duraron muchos días, para su gran tormento.
''[28]'' Al margen izquierdo: Las pruebas y persecuciones que soportó con gran paciencia la sierva del Señor, y la causa por qué.  


''[29]'' Al margen izquierdo: Cayó enferma con graves dolores y tormentos, tanto que no se podía mover.  
''[29]'' Al margen derecho: Contemplando la Pasión de Nuestro Señor quedaron en sus pies marcas que duraron muchos días, para su gran tormento.


''[30]'' Al margen izquierdo: Razonamiento que hace al Señor y su respuesta.
''[30]'' Al margen izquierdo: Cayó enferma con graves dolores y tormentos, tanto que no se podía mover.  


''[31]'' Al margen derecho: Murió en el Señor el 3 de mayo de 1534.
''[31]'' Al margen izquierdo: Razonamiento que hace al Señor y su respuesta.


''[32]'' Al margen derecho: Por los méritos de su sierva Nuestro Señor devolvió la salud a muchos.
''[32]'' Al margen derecho: Murió en el Señor el 3 de mayo de 1534.


''[33]'' Al margen derecho: Su cuerpo fue transportado y colocado en un alto e ilustre sepulcro en el coro de su iglesia.
''[33]'' Al margen derecho: Por los méritos de su sierva Nuestro Señor devolvió la salud a muchos.
 
''[34]'' Al margen derecho: Su cuerpo fue transportado y colocado en un alto e ilustre sepulcro en el coro de su iglesia.


=Vida impresa (5)=
=Vida impresa (5)=


Ed. de [https://visionarias.es/equipo/marta-amoros-tenorio/ Marta Amorós Tenorio]; fecha de edición: julio de 2025
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/marta-amoros-tenorio/ Marta Amorós Tenorio]; fecha de edición: julio de 2025; fecha de modificación: enero de 2026.


== Fuente ==
== Fuente ==
[[Archivo:Portada1610.jpg|250px|right|link=]]


[http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Daza Daza, Antonio], 1610. ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la T'ercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco''. Madrid: Luis Sánchez.
[http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Daza Daza, Antonio], 1610. ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la T'ercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco''. Madrid: Luis Sánchez.
[[Contexto material del impreso Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco]].


== Criterios de edición ==
== Criterios de edición ==
Línea 5023: Línea 5026:
Se unifican estilo, efecto y tamaño de letra para títulos de los distintos preliminares y otros paratextos, así como de los capítulos del texto central. Se aplican reglas ortográficas en relación con títulos, términos en latín y destacado de palabras conforme a las normas actuales de la Ortografía de la RAE.
Se unifican estilo, efecto y tamaño de letra para títulos de los distintos preliminares y otros paratextos, así como de los capítulos del texto central. Se aplican reglas ortográficas en relación con títulos, términos en latín y destacado de palabras conforme a las normas actuales de la Ortografía de la RAE.


Se indica la foliación y/o signatura tipográfica expresada en el texto base o reconstruida atendiendo a su continuación lógica, añadiendo, cuando se trate de folios y no de páginas, si se trata del recto o del vuelto. Para una mejor comprensión de esta cuestión, véase la ficha bibliográfica de la obra.
Indico la foliación y/o signatura tipográfica expresada en el texto base o reconstruida atendiendo a su continuación lógica, añadiendo, cuando se trate de folios y no de páginas, si se trata del recto o del vuelto. Para una mejor comprensión de esta cuestión, véase la ficha bibliográfica de la obra.


Después de la biografía y los paratextos finales (que se editan por la importancia de lo que aportan), conforme a los criterios generales de edición del Catálogo, se añaden las aclaraciones necesarias, junto con la edición de las notas marginales del texto referidas a fuentes y las que sirven de guía. En la presente edición, sin embargo, aquellas notas que glosen el contenido del cuerpo del texto base, aportando otro tipo de aclaraciones (por ejemplo, de carácter doctrinal o teológico), se indicarán entre paréntesis y en cursiva en el cuerpo del texto; al final se explicitará su ubicación original. Así pues, las notas propias se distinguirán de las del texto editado porque estas últimas siempre vendrán acompañadas de la indicación del lugar de la hoja del que se han extraído.
Después de la biografía y los paratextos finales, conforme a los criterios generales de edición del Catálogo, se añaden las aclaraciones necesarias, junto con la edición de las notas marginales del texto referidas a fuentes y las que sirven de guía. En la presente edición, sin embargo, aquellas notas que glosen el contenido del cuerpo del texto base, aportando otro tipo de aclaraciones (por ejemplo, de carácter doctrinal o teológico), se indicarán entre paréntesis y en cursiva en el cuerpo del texto; al final se explicitará su ubicación original. Así pues, las notas propias se distinguirán de las del texto editado porque las primeras resaltarán siempre en negrita la parte del texto que se anota.


==Vida de Juana de la Cruz==
==Vida de Juana de la Cruz==


[h. 1r]''' [Portada]'''
Vida disponible en: [[Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, de 1610]]


''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la Tercera Orden/ de nuestro seráfico padre San Francisco''.
=Vida impresa (6)=


Compuesta por fray Antonio Daza, indigno fraile menor, difinidor de la santa/ Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden.
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/borja-gama-de-cossio/ Borja Gama de Cossío]; fecha de edición: noviembre de 2022.  


Dirigida a la reina de España, doña Margarita de Austria, nuestra señora.
== Fuente ==


Año [grabado con motivos geométricos en las cuatro esquinas y dentro un óvalo con la Inmaculada, revestida de rayos de sol, con corona de once estrellas y media luna similar a un ancla a los pies, pisando la cabeza de un demonio o de la propia muerte] 1610.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Daza Daza, Antonio], 1611. ''Quarta parte de la Chrónica general de Nuestro padre Francisco y su apostólica orden/compuesta por Fray Antonio Daça de su Orden''. San Francisco de Valladolid: Juan Godines de Millis y Diego de Córdoba, 121.


Con privilegio.
[[Contexto material del impreso Quarta parte de la Chrónica general de Nuestro padre Francisco]] ''y su apostólica orden/compuesta por Fray Antonio Daça de su Orden''.


En Madrid, por Luis Sánchez.
==Criterios de edición==


[h. 2r] '''Suma del privilegio'''
Este texto está extraído de un impreso de la crónica de la Orden de San Francisco de 1611, dividido en diferentes partes y que ahonda en su origen y su historia desde sus inicios hasta la fecha de publicación del impreso. En el texto se habla de los numerosos eventos de la orden franciscana teniendo en cuenta el origen, la historia y los diferentes religiosos y religiosas que fueron importantes dentro de ella, de ahí que su extensión sea de 1180 páginas.


El padre fray Antonio Daza, de la Orden de San Francisco, difinidor de la Provincia de la Concepción tiene privilegio de Su Majestad para poder imprimir y vender un libro intitulado ''Vida y milagros de santa Juana de la Cruz'' por tiempo y espacio de diez años, con prohibición de que ninguna persona lo pueda imprimir ni vender sin su licencia, so las penas en el dicho privilegio contenidas, despachado en el oficio de Cristóbal Núñez de León, escribano de Cámara, y firmado del Rey nuestro señor, y rubricado de los del su Consejo y firmado de Jorge de Tovar, su secretario, su fecha en San Lorenzo, a primero de otubre de 1610 años.
Para este catálogo se edita únicamente el capítulo LXXVII de la cuarta parte de la crónica, que es el único capítulo que incluye la vida de mujeres, se editan 18 vidas. Esta cuarta parte incluye religiosos y fundaciones desde el principio de la orden hasta 1572, como se especifica en el capítulo anterior al editado, LXXVI, en que se habla de religiosos de la orden hasta 1573. El capítulo que se edita no incluye ninguna fecha, pero se podría decir que estas mujeres tienen su foco de actuación desde el principio de la orden hasta ese año 1573, ya que no se va más allá de esta fecha en esta cuarta parte. Cada hoja está dividida en dos columnas y al margen, derecho o izquierdo, dependiendo de la columna, se introduce el nombre de la monja de la que se va a hablar en cuestión. Asimismo, también se hacen aclaraciones, al margen, sobre información que el texto provee, ya sea histórica, bíblica o biográfica.


'''Erratas''' ''[1]''
Se adoptan los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el catálogo, es decir, se moderniza la ortografía (b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) y se eliminan las consonantes geminadas. Además, se expanden las abreviaturas, primordialmente la expansión de las nasales con la virgulilla encima de la vocal y la abreviación de “que” o “qual” también con el uso de la virgulilla o la diéresis. De todos modos, algunas abreviaturas como N. S. (Nuestro Señor) o N. P. S. (Nuestro Padre Santo) se respetan en el texto. Asimismo, las abreviaturas presentadas en las notas al pie también serán respetadas. El uso de mayúsculas y minúsculas se moderniza, y se adaptan las normas acentuales a sus usos actuales. Además, se moderniza también la puntuación teniendo en cuenta el orden de la oración, pero el uso de la puntuación a día de hoy. Del mismo modo, se moderniza el uso de aglomerados, se separan algunos (della, destas) y se unen los que hoy en día se representan como una palabra (del, al).


En la ''Aprobación'': h. 2, lín. 11, “y es el unos” diga ''es el de unos'', y lín. 3, “Cesárea” diga ''Cesáreo''; fol. 4, en una nota, “''vivicimin''” diga ''Biniu''; fol. 5, lín. 21, “Theología” diga ''etiología''; fol. 7, lín. 29, “''mitigaret''” diga ''mitigaretur''; fol. 17, lín. 23, “de sobrenombre” diga ''el sobrenombre''; fol. 21, lín. 26, “eve” diga ''fue''; fol. 37, lín. 28, “y no se atreven a llegar a los que la traen” diga ''huyen de los que las traen''; fol. 58, lín. 24, “22 años” diga ''24''; fol. 62v., lín. 23, “23” diga ''25''.
==Vida de Juana de la Cruz==


El licenciado Murcia de la Llana
'''Capítulo LXXVII'''


'''Suma de la tasa'''
[121] '''De algunas Religiosas de santa vida y de sus grandes penitencias'''


Los señores del Consejo tasaron este libro de la vida y milagros de santa Juana de la Cruz a cuatro maravadís cada pliego, el cual tiene veinte y nueve y medio, que conforme a su tasa monta tres reales y medio, como parece por la fe que se despachó en el oficio de Cristóbal Núñez de León, escribano de Cámara, en Madrid, a 4 de noviembre de 1610.
La vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada madre Juana de la Cruz de la Tercera Orden de N.P.S. Francisco tenía aquí su lugar, con quien alargó tanto Dios la mano de sus misericordias que, por ser tan singulares, pide muy particular consideración el escribirlas. Y así, se deja para otra ocasión y lugar cuando, siendo Nuestro Señor servido (que los obró en ella), halla nadas algunas dificultades que por ser tan admirables tienen; ni por decir menos de su prodigiosa vida, de lo que fue se agravie, ni por decir todo lo que fue, los flacos y aquellos a quien no ha descubierto Dios cuán admirable es en sus santos, se escandalicen. Y lo cierto es, en breve suma, que su nacimiento fue por orden del Cielo, escogiéndola Dios desde su niñez para manifestar sus misericordias en ella. Su vida, toda rara en virtudes y excelencias, y su muerte, milagrosa, y tanto cuanto testifica la incorruptibilidad de su cuerpo, al cabo de más de setenta años que ha que murió, la cual consta por testimonios tan fidedignos que no es lícito dudar de la verdad. Está su cuerpo en el Convento de la Cruz, que es de religiosas de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco, cinco leguas de Madrid, media de la villa de Cubas. En este convento tomó el hábito, profesó, vivió y murió en el año de mil y quinientos y treinta y cuatro, a los cincuenta y tres de su edad, día de la Invención de la Cruz, que fue el mismo en que nació, tomó el hábito y profesó. Fue sepultado su santo cuerpo y, habiendo estado siete años debajo de tierra, se halló entero, sin corrupción alguna, antes con un olor celestial, indicio claro de la santidad extraordinaria de la bienaventurada madre. Trasladado el santo cuerpo, con mucha solemnidad, y colocado en un lugar alto y eminente, dos varas del suelo, en una caja dorada, en el hueco de la pared de la capilla mayor, al lado del Evangelio, ha sido y es tan venerado que solo acude allí la gente de la comarca. Mas con la experiencia que todos tienen del socorro de sus necesidades, así corporales como espirituales, que invocando esta santa hallan de muy lejos, vienen a visitar el [s]anto cuerpo y tienen allí sus novenas.


[h. 2v] '''Carta del ilustrísimo señor don fray Pedro González de Mendoza, arzobispo de Granada, al autor'''
El día que murió la bienaventurada santa celebra con particular devoción la villa de Cubas; va al convento en procesión, donde también acuden otros lugares de la comarca y, diciendo la misa mayor, delante de su santo cuerpo, en un altar portátil, y predicando sus excelencias, con gozo de los que allí acuden, es alabado Dios en su santa en estos últimos años, tan recibida de todos, con tanto aplauso y con tan notable experiencia de sus socorros que, pues no se ha de decir aquí más, lo que resta es dar gracias a Dios, que así se manifiesta en vasos tan frágiles, cuando quiere esforzarlos con su gracia ''[1]''.


Heme holgado de oír que se ocupa Vuestra Reverencia en sacar a luz la vida y milagros de la madre sor Juana, que comúnmente llaman en toda esta tierra santa Juana de la Cruz, cuyo título nació de los muchos favores y mercedes que por su intercesión ha hecho Nuestro Señor a los que a ella se encomiendan. Y de aquí resultó también ser trasladado su cuerpo después de haber siete años que estuvo enterrado y colocado tan honoríficamente como ahora está, adornado de lámparas de plata, rejas y capilla, que son testimonios que aprueban su santidad y milagros, sin que en tantos años el corriente de la devoción haya detenido su curso en las muchas gentes que allí acuden, ni los ministros hallado causa que la pueda impedir, sino muchas para llevarla adelante. Y yo soy testigo de vista, de haber abierto su sepulcro dos veces: una, siendo provincial, en compañía del señor obispo don fray Francisco de Sosa, y otra, siendo comisario general, en compañía del general fray Arcángelo de Mesina; y entrambas veces vi el cuerpo entero, con su carne y cabellos, y le así del brazo y levanté en alto, sin que por parte ninguna se deshiciese. Y el General y yo le llevamos así levantado al coro, y le mostramos a las gentes que estaban en la iglesia, que sin saberlo habían concurrido muchas, con estar el convento en despoblado. Y todos [h. 3r] con mucha devoción y lágrimas se encomendaban a la santa, como tienen de costumbre. La primera vez que se vio el cuerpo, deseando las monjas ver si tenía cuentas de las que la tradición dice que subió al Cielo el ángel de su guarda y que Nuestro Señor las bendijo a instancia de la misma santa, y las concedió las gracias y virtudes que se cuentan dellas, no se halló ninguna, porque las mesmas monjas se las debieron de quitar cuando murió para repartirlas entre personas devotas, que son muchas las que las desean, así por ser benditas por Nuestro Señor, como por los muchos milagros que se ven cada día con ellas. Y cuando no se hallan destas, procuran que sean de las tocadas a dos que tienen las monjas en el coro alto, desde el tiempo de la misma santa. Y así por esto como por las muchas revelaciones y cosas prodigiosas de su vida, de que hay dos libros grandes en el convento, me he holgado que Vuestra Reverencia tome a su cargo el disponerlas, para que salgan a vista de tantas gentes. Porque confío en Nuestro Señor será para mucha edificación de los fieles, y de grande ejemplo para los que siguen la virtud, viendo el premio que nuestro Señor dio a esta santa mujer. Él guarde a Vuestra Reverencia y dé el espíritu que ha menester para tan santa obra. De Madrid y otubre, 11 de 1610.
===Notas===


Fray Pedro González de Mendoza, arzobispo de Granada
''[1]'' Hay una nota al pie en el mismo folio que dice: “El número 121 se continua al número 4 y abajo en el registro de la letra A que le sigue la letra H y al capítulo primero de este libro le sigue el Capítulo XXIII y así no falta ninguna hoja ni capítulo de la historia”.


[h. 3v] '''Aprobación de los letores de Teología'''
= Vida impresa (7)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/pedro-garcia-suarez/ Pedro García Suárez]; fecha de edición: diciembre de 2016; fecha de modificación: septiembre de 2020.


Los letores de Teología de San Francisco de Valladolid que aquí firmamos nuestros nombres, hemos visto por mandado de nuestro padre fray Luis Velázquez, ministro provincial desta Provincia de la Concepción, el libro de la vida y milagros de la gloriosa madre santa Juana de la Cruz, compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la misma provincia, coronista general de la Orden, y todo lo que en él se contiene es católico, y las revelaciones de la santa son admirables y muy conformes a la Sagrada Escritura y dotrina de los santos, y enseñan el camino del Cielo con notable dulzura y espíritu del Señor, de que todas están llenas, por lo cual se puede y debe imprimir el dicho libro con mucha confianza que será para honra y gloria de Dios, y utilidad y provecho de los fieles, y este es nuestro parecer. En el dicho convento de San Francisco de Valladolid, a 8 de julio de 1610 años.
== Fuente ==


Fray Alonso de Herrera. Fray Francisco Álvarez
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Pedro_de_Salazar Salazar, Pedro de], 1612. ''Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco'', Madrid: Imprenta Real, 511-546.


'''Licencia de la Orden'''
[[Contexto material del impreso Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla]] ''de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco''.


Fray Luis Velázquez, de la Orden de nuestro seráfico padre San Francisco, ministro provincial en esta Provincia de la Concepción y visitador de todas las religiosas della, por la presente concedo licencia al padre fray Antonio Daza, difinidor y padre de la misma, para que pueda imprimir y sacar a luz un libro que tiene compuesto de la vida y milagros de la virgen santa Juana de la Cruz, religiosa que fue en el monesterio de la Cruz de la santa Provincia de Castilla, atento que por comisión nuestra le han visto y aprobado personas doctas de la provincia guardando en lo demás lo que las premáticas destos reinos disponen cerca de la impresión de los libros. Dada en nuestro convento de San Francisco de Valladolid, en 22 de julio de 1610 años.
==Criterios de edición==


Fray Luis Velázquez, ministro provincial
La vida impresa escrita por Pedro de Salazar de Juana de la Cruz (1481-1534) se encuentra recogida en la ''Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco'', de 1612.


[h. 4r] '''Aprobación del padre Cetina'''
Para su edición, se han adoptado los criterios de vidas impresas estipulados en el Catálogo. Se moderniza la ortografía (b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.), las sibilantes y se eliminan las consonantes geminadas. El uso de mayúsculas y minúsculas se moderniza, así como la acentuación y puntuación, que se adapta a la actual. No obstante, se ha mantenido la escritura de “monesterio” y la no separación en “deste”.


Por comisión del vicario general de Madrid, he visto un libro llamado ''Vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada santa Juana de la Cruz'', compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la Provincia de la Concepción, de la Orden de nuestro padre San Francisco y coronista general della, y fuera de que en el dicho libro no he hallado cosa contra nuestra santa fe, ni contra las buenas costumbres, la lección es utilísima, por ser historia de una santa muy ejemplar que con sus santas costumbres, con sus heroicas virtudes y misteriosas revelaciones que Dios le reveló es ejemplo a todos los fieles de toda virtud y santidad, y especialmente a los que desean caminar por el camino de la perfección, en que esta sierva de Dios mucho se aventajó. El estilo del autor es dulce, claro y apacible; es muy puntual en la historia, y para la inteligencia della, cuando es necesario, hace escolias y anotaciones muy doctas, con que se allanan las dificultades que cerca della se pueden ofrecer. Y ansí soy de parecer que la lección del dicho libro será muy útil y que se le debe dar licencia para que le imprima. En San Francisco de Madrid, en 3 de agosto de 1610.
==Vida de Juana de la Cruz==


Fray Melchor de Cetina
[511] '''SÍGUESE LA VIDA DE LA sierva de Dios Juana de la Cruz, que tantas personas tiene aficionadas, religiosas y seglares, que gustan mucho de verla y tenerla consigo y no es según la impresión de 1610, sino compuesto de nuevo'''


Por comisión y mandado de los señores del Consejo he hecho ver este libro de santa Juana de la Cruz, compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor de la Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden de San Francisco. Es libro de muchas letras, erudición y devoción, y de mucho provecho para los que le leyeren. No tiene cosa contra la fe ni buenas costumbres, y ansí se le puede dar licencia para imprimirle. Fecha en Madrid, en 4 de agosto 1610.
'''Capítulo I'''


El doctor Gutierre de Cetina
'''Del nacimiento de la madre Juana de la Cruz'''


[h. 4v] '''Aprobación'''
En el Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz está el cuerpo de la madre Juana de la Cruz, abadesa que fue del dicho convento y muy gran sierva de Nuestro Señor, la cual fue natural de un pueblo que se llama Azana, tierra del arzobispado de  Toledo, cerca de la dicha ciudad, en la tierra que llaman la Sagra de Toledo. Nació en el año de la Encarnación de 1481 años y en el bautismo le pusieron por nombre Juana. Sus padres fueron muy buenos cristianos y virtuosos y de gente muy honrada; su padre se llamaba Juan Vázquez y su madre Catalina Gutiérrez y tuvieron otros hijos muy virtuosos y algunos dellos fueron religiosos de muy aprobada vida. La bendita madre Juana de la Cruz fue dotada de mucha gracia y hermosura corporal; criola su madre a sus pechos, porque en naciendo tomó con ella mucho amor; era muy graciosa y mansa y decía su madre que no tan solamente no padecía pena ni trabajo en criarla, mas sentía consolación y notable alegría en sí todas las veces que la tomaba en sus brazos, aunque estuviese muy triste y angustiada. Tenía muy claro entendimiento y tan grande conocimiento de Dios que, aunque de poca edad, siempre tenía su pensamiento y ocupaciones en cosas celestiales y en hacer nuevos servicios a su esposo Jesucristo, a quien se consagró desde niña. Nunca la vían jugar ni ocupada en cosas de vanidad ni desaprovechada ni hablar palabras vanas, de manera que sus padres y parientes y personas que la conocían [512] se maravillaban mucho de las grandes virtudes que veían en ella resplandecer. Estando un día asentada a la puerta de la casa de su padre pasaba el Santísimo Sacramento por allí, que le llevaban a un enfermo, y como sus padres la tenían tan bien impuesta en las cosas de Dios y de su santa fe católica, se levantó con mucho fervor a mirar y adorar al Señor, que llevaba el clérigo en sus manos, y vido que iba sobre la custodia Nuestro Señor Jesucristo en forma de niño vivo y muy resplandeciente y por entonces no dijo nada, pensando que todos veían lo que ella veía; pero Nuestro Señor, que es dador de las gracias y descubridor de los secretos que Él se sirve de manifestar, tuvo por bien de traer tiempo en que estas y otras maravillas y grandes misterios que en su sierva había obrado desde su niñez fuesen vistos y conocidos, sin ser en su mano podellos encubrir.


Por comisión particular de Vuestra Alteza he visto y leído este libro que se intitula ''Historia, vida y milagros de santa Juana de la Cruz'', compuesto por el padre fray Antonio Daza, difinidor y coronista del sagrado Orden del Seráfico Padre. Y quisiera  —como dice el glorioso padre san Gerónimo escribiendo la vida de santa Paula— que todos los miembros del cuerpo se tornaran lenguas para engrandecer las extraordinarias mercedes que Dios comunicó a esta bendita santa. Pero el autor cumple con lo que promete explicando sus milagros, éxtasis y revelaciones con tanta erudición, dotrina y verdad, tratada con delgadeza y agudo ingenio, autorizada con las sentencias y dichos de los santos, manifestada católica y píamente. Y tengo por cierto que será muy estimada y con edificación leída de todos y de muchos imitada. Y así juzgo se le debe dar la licencia que pide. Fecha en este convento de la Santísima Trinidad, calle de Atocha de Madrid, en 6 días de agosto de 1610.
'''Capítulo II'''


El Presentado Fray Juan Baptista
'''Cómo siendo esta sierva de Dios de siete años quedó huérfana de su madre'''


[¶1r] '''Petición del padre fray Antonio Daza dada al Consejo de la Santa General Inquisición, ante el ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general, y los de su Consejo. En Madrid, a 19 de agosto de 1610'''
Llegado el tiempo en que había pasar desta vida la madre de la bendita niña Juana de la Cruz, acordándose de una promesa que tenía hecha en una enfermedad suya, de llevar a su hija con su pelo de cera a velar al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, rogó a su marido que lo cumpliese por ella y él le prometió de cumplirlo lo más presto que pudiese; y cuando esto se trataba entre los dos estaba presente la sierva de Dios Juana de la Cruz, la cual deseaba mucho que se cumpliese aquella promesa; y como quedase en casa de su padre, con la edad crecían en ella muy grandes fervores y ansias de ser religiosa por más servir a Dios, y creciendo en edad empezaba a poner por obra sus fervorosos deseos del servicio del Señor. Tenía una tía, hermana de su madre, doncella y de muy santa vida, en quien Nuestro Señor mostró muy claros y manifiestos milagros y maravillas, con la cual se consolaba y comunicaba mucho. En este tiempo su tía se metió a monja en Toledo en el Monasterio de Santo Domingo el Real, en el cual vivió y acabó su vida muy santamente. La bendita Juana de la Cruz sintió mucha soledad en faltarle tal compañía y quisiera [513] mucho irse con ella a ser religiosa, pero su padre y abuela no se lo quisieron conceder, diciéndole que tenía poca edad y no podía llevar las asperezas de la religión. Viendo ella que aprovechaba poco el rogarlo, calló por entonces y pensaba entre sí: “Ir yo a ser religiosa a aquel monasterio porque estaba allí mi tía no es perfección, más quiero ir a cualquiera otro monasterio por solo Dios y su amor, y servirle y aplacerle”. Y este deseo crecía en ella cada día y la tía desta bienaventurada era muy santa y muy regalada de Dios y tenía muchas revelaciones, y en una le dijo Dios que su sobrina había de ser muy gran persona y de muy singulares gracias y dones espirituales; y contó esta revelación a la priora de su monasterio, la cual con mucho cuidado y diligencia procuraba y deseaba que viniese a ser monja a su casa y pedía con muchos ruegos a sus padres y parientes se la diesen para monja, en lo cual jamás quisieron los padres consentir. Lo cual visto por la priora y monjas del dicho monasterio, procuraron por otras vías haberla y en todo este tiempo no cesaban las monjas de suplicar a Nuestro Señor trujese a su casa aquel precioso tesoro, lo cual no se hizo porque Dios tenía determinado otra cosa. En este tiempo esta bendita doncella fue llevada a casa de unos tíos suyos, que la amaban y querían como hija natural, y le dieron el gobierno de toda su casa y bienes y ella les era muy obediente. Era muy honesta y prudente en todas sus obras y muy caritativa para los criados de la casa y personas que en ella trabajaban, y cuidadosa y diligente en los trabajos corporales y administradora en las cosas de Dios. Daba muy buenos consejos: era muy humilde y tenía la voluntad muy aparejada para hacer penitencia y la tomaba sobre sí con mucha alegría y la ponía por obra; y en sus ayunos fue muy abstinente, que su comer era pan y agua y no comía más de una vez al día y esta no todo lo que había menester; y no solamente ayunaba con solo pan y agua, mas se estaba dos y tres días sin comer ni beber alguna cosa, y esto hacía ella muy de ordinario y con muy gran secreto. Todas las veces que ella se podía desocupar para rezar y contemplar, hacía oración muy fervorosa, bañada en lágrimas salidas de su corazón y lloradas con compasión a la Pasión [514] de Jesucristo Nuestro Señor, y, hecha de otra manera, la tenía no por tan acepta para ser recebida delante del acatamiento divino. Era rigorosa para su cuerpo porque traía junto a sus carnes un cilicio, hecho de unas cardas que buscó ella muy secretamente y las deshizo, y todas las púas y puntas cosió en una cosa muy áspera y aquello traía junto a sus carnes. Andaba de continuo dolorosa y toda llagada y muy alegre y consolada, porque tenía de continuo dolores que ofrecer al Señor en reverencia de los que padeció por nos redemir y salvar. Cuando trabajaba dábase mucha prisa porque los dolores y heridas fuesen mayores. Siempre esta sierva de Dios ofrecía tres cosas a Dios: trabajo corporal, hecho muy alegremente con la caridad del prójimo; la segunda, sacrificio de sangre y dolores, que le causaban las cosas ásperas y crueles que traía junto a sus carnes; la tercera, los pensamientos siempre puestos en Dios y en las cosas celestiales. Hacía también siempre muy ásperas disciplinas, dándose con muy gruesos cordeles; dados en ellos muy grandes nudos, dábase con estos tan cruel y despiadadamente hasta que salía sangre y se hacía muy lastimosos cardenales y heridas. Tenía tan gran silencio que nunca hablaba palabra que no fuese de Dios o que no la pudiese excusar. Andando por casa o haciendo labor de manos, dábase secretamente en los merecillos de los brazos, y en cualquier parte de su cuerpo que ella podía, muy recios pellizcos. Y cuando había de hacer algún trabajo al fuego o al horno, se destocaba y arremangaba mucho los brazos por hacer penitencia y quemar sus carnes y ofrecerlas a Dios en sacrificio; y el día que no hacía alguna cosa destas, no se tenía por digna de comer el pan ni de hollar la tierra que Dios había criado. Era tan amiga de oración, silencio y recogimiento, que buscaba siempre como estar en larga y fervorosa oración y para esto parecíale que el silencio y reposo de la noche era tiempo muy convenible, y cuando la gente estaba recorrida y dormiendo, quedábase ella en la cámara donde dormía, rezando. De que veía muerta la candela en el tiempo de las noches frías y largas del invierno, para hacer mayor penitencia se desnudaba delante de unas imágenes, quedándose en el silicio muy áspero [515] que continuo traía, y ansí estaba de rodillas en oración hasta que sentía que la gente de unas dos o tres criadas de casa con quien ella dormía era ora que se levantasen: entonces por no ser sentida íbase a acostar. Y una vez aconteció, queriéndolo Dios ansí porque fuese conocida, que sus compañeras lo sintieron que se iba a acostar cuando quería amanecer, y sentían cómo iba muy fría, que solo el frío que llevaba en sus carnes las despertaba; y ellas le dijeron muchas veces que por qué no se acostaba cuando ellas, que qué hacía o dónde venía a tales horas. La bienaventurada respondió que alguna necesidad tenía de venir donde venía. Como ella continuase este ejercicio, díjolo una de ellas a su ama, la cual se angustió mucho y mandó a aquella criada que con cuidado y secreto viese dónde iba su sobrina a aquellas horas y qué hacía. Luego la noche siguiente, la criada, viendo que la sierva de Dios no estaba en la cama, acordó de ponerse a la puerta de la cámara donde dormían con intención de cerrarla, pensando que la bendita Juana de la Cruz había salido fuera. Y con este pensamiento llegó a la puerta y hallola cerrada, y como estaban a escuras no la vía y estaba en oración delante de las imágenes y pusose junto a la puerta por verla cuando fuese a salir; y estando allí por algún rato, oyola llorar y gemir, y la moza, por certificarse, quitose de la puerta y fuese adonde ella estaba en oración, descuidada que nadie la oía ni aguardaba, y fue a asir della y sintió cómo estaba de rodillas desnuda y envuelta en un áspero silicio. De lo cual la bienaventurada sintió gran tribulación por ser vista; y la criada, maravillada, disimuló por entonces y dijo a su señora cuán bienaventurada criatura era su sobrina y en cuán santos y provechosos actos la había hallado.


Muy poderoso señor:
Desta manera su buena vida fue divulgada y se conoció por todas las personas de la casa y aun por otras muchas, de lo cual ella recebía muy gran pesar y buscaba en su pensamiento dónde se podría apartar a poder hacer sus ejercicios sin ser vista; y acordose que en aquella casa de su tía en unos corrales había un palomar tapiado y sin tejado y tomó una Verónica en que ella tenía muy grande devoción y pusola en un pedazo de terciopelo, y doblada [516] traíala consigo, y todas las veces que podía se iba a aquel palomar y ponía la Verónica en una parte y con unas cadenas que ella tenía allá escondidas hacía muy ásperas disciplinas y andaba de rodillas, desnudas las rodillas sobre las guijas y cantos hasta que se le desollaban; y con muchas lágrimas y gemidos andaba desta manera con la más prisa que podía, considerando que iba por los lugares santos y por donde habían llevado a crucificar a Nuestro Señor Jesucristo. Y andando ella con esta contemplación, se le apareció Jesucristo Nuestro Señor apasionado como cuando llevaba la cruz a cuestas y la miraba sus ojos de misericordia. Un viernes santo quisiera ir a la iglesia y ver el monumento, y su tía no le dio licencia porque en aquellos tiempos no se acostumbraba salir las doncellas de casa, sino en los días de fiesta a oír misa. Y ida la tía y la demás gente a la iglesia, quedose ella en casa acompañada del dolor y compasión que aquel santo día representa y hincose de rodillas delante de un crucifijo con muchas lágrimas, compadeciéndose de lo que en tal día su Dios y Señor había padecido; y fue tanta el agua que de sus ojos manó, que mojó la tierra, y del dolor que sintía en su corazón cayó en el suelo como muerta; y estando con esta compasión vido la imagen del santo crucificado muy apasionado y llagado y aparecieron allí todas las insignias y misterios de la Pasión y las tres Marías muy llorosas, cubiertas de luto; y tantos fueron los misterios que allí vido y sintió y lo mucho que lloró y se traspasó su corazón, que quedó tal que parecía muerta, y su gesto tan difunto y desmejado que, cuando sus tíos y la gente de casa vinieron, se maravillaron mucho de verla tan demudada y le preguntaron qué le había acontecido y apremiaronla que comiese y no ayunase aquel día a pan y agua, y ella les suplicó no le quitasen su devoción, que muy bien podía ayunar y muy bien dispuesta se hallaba. Y viendo la humilde doncella cómo no se podía encubrir su virtud, dábanle pena tres cosas: la una, no tener tiempo y libertad para servir a Dios, como ella deseaba; la segunda, que era conocida de todos la gracia y mercedes que Dios le hacía; la tercera, el gran deseo que tenía de ser religiosa, no verle cumplido. De manera [517] que ya públicamente con muchas lágrimas y fervor lo pedía a su padre y tíos, los cuales nunca condencendían con su petición, y su tío que la había criado, como haciendo burla, le dijo: “Mi sobrina quiere ser monja por ser santa”. Y ella respondió con mucha humildad: “Pues si lo fuere por la gracia de Dios, rogare a Dios por v. merced”. Y por entonces no les importunó más, no perdiendo la esperanza que Nuestro Señor se lo había de otorgar, pues ella se lo suplicaba sin cesar; y con esta esperanza un viernes santo fuese al palomar y, entrando en él, puso la santa Verónica y sacó la cadena que tenía escondida y hizo una áspera disciplina, porque todas las veces que ella iba allí, primero se disciplinaba que hiciese oración; y hecha esta disciplina, hincose de rodillas y derramando muchas lágrimas empezó a decir mirando la santa Verónica: “O muy dulce Señor mío, suplico a Vuestra Majestad por reverencia de los misterios que hoy día viernes santo vos, mi Señor, hicistes y por los dolores y tormentos muy crudos que por me redemir y salvar padecistes, que me concedáis esta merced que muchas veces con importunidad he pedido: que merezca yo ser vuestra sierva en la religión y que esta merced no se me niegue en este santo día”. Y estando en esta oración la sierva de Dios, le fue revelado que había Dios oído su petición y recibido su buen deseo, y lo tomaba por obra muy aceptada y le placía de la recibir por esposa y concederle la religión, con condición que ella pusiese la diligencia que para alcanzarlo viese que había menester; y desde aquella hora buscaba y procuraba en su corazón cómo y de qué manera saldría secretamente, que ninguna persona la viese ir al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, que allí la alumbraba el Espíritu Santo fuese.


Fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de la Orden de San Francisco, digo que por cuanto yo he compuesto un libro de la vida y milagros de la bienaventurada santa Juana de la Cruz, religiosa de la misma Orden, el cual, aunque está visto por el Consejo de justicia y por su comisión, visto y aprobado por el ordinario de Madrid; y a todas estas aprobaciones[¶1v]han precedido las de lectores de Teología de mi Orden, por comisión de la misma religión. Y habiéndolas visto el consejo, y las informaciones y papeles originales de donde se ha sacado y compuesto el dicho libro, para mayor calificación y autoridad suya, quiere el dicho Consejo tener la aprobación de Vuestra Alteza, a quien humilmente suplico la mande dar, y su censura, que en esto se hará a Nuestro Señor gran servicio, y a mí grandísima merced. Para lo cual, etc.:
'''Capítulo III'''


Fray Antonio Daza
'''Cómo esta bendita madre buscó manera para ir a ser religiosa'''


'''Respuesta del Consejo'''
Después de pasada la Pascua de Resurrección, como ya fuese cumplida en ella la voluntad del Señor para que fuese religiosa, acordó con su ayuda de tomar una mañana de madrugada unos vestidos de un primo [518] suyo, que ella tenía a guardar, y vistiose de hombre para salir sin ser conocida y irse al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, que es dos leguas de donde ella vivía, y de que estuvo bien aderezada de hábito de hombre, pusose encima los acostumbrados vestidos de mujer que ella solía traer y tocado que acostumbraba, y llamó a las mozas diciendo que era tarde y con ellas hizo los haciendas que otros días solían hacer. Y de que todos los de la casa le hubieron visto que su intento era este, porque descuidasen della por algún rato y ella pudiese irse sin que la siguiesen entrose aprisa en cierta parte y quitose los vestidos de mujer, y pusose un tocador de hombre en la cabeza y echose una capa en el hombro y una espada en la mano, y un lío que tenía hecho de sus aderezos de mujer tomole debajo del brazo y santiguándose comenzó su camino, el cual ella no sabía sino por oídas y caminando con mucho fervor. El demonio, que tenía mucho pesar desta obra, trabajó de la poner tentaciones y peligros por estorbarla, combatiéndola de muy recios temores de su padre y parientes y que no saldría con lo comenzado. La bienaventurada, como arrepintiéndose de lo que había comenzado, creciole el temor con tanto grado que le faltaron las fuerzas humanas y le temblaba todo el cuerpo, que no podía andar paso, de suerte que se hubo de asentar en el mismo camino muy desmayada, y estando ansí encomendándose con muchas veras a Nuestro Señor, suplicándole la quisiese ayudar y esforzar en tan grande necesidad para que ella pudiese acabar la obra comenzada, oyó una voz que le dijo tres veces: “Esfuérzate, no desmayes y acaba la buena obra que has empezado”; y no vido por entonces quién le hablaba, mas después supo por revelación que era su ángel custodio, con la cual voz se alegró y regocijó mucho y anduvo su camino. Ya que había andado buena parte d’él, sintió venir tras sí, aunque algo lejos, a una persona en un caballo, la cual era un hombre muy honrado, que tenía mucha gana de casar con ella y la había procurado y rogado; y como ella alzó los ojos y conoció que era el sobredicho mancebo, y viéndose sola en un campo y que por entonces no aparecía nadie, turbose su espíritu más de lo que se puede pensar, teniéndose por deshonrada y perdida; y alumbrada en aquella [519] sazón del Espíritu Santo, disimuladamente se apartó del camino antes que llegase cerca, y a él le cegó Dios de manera que no solamente no la conoció, ni aun el color de los vestidos de hombre que llevaba le parecieron a él de otra color, y cuando pasó por enfrente donde ella estaba, dijo en su corazón: “Mirad qué cobardía de hombre, qué le había yo de hacer, que en viéndome se apartó del camino”. Y tornando a mirarla, vido el lío que traía debajo del brazo y dijo: “Algún sastre debe de ser, que viene de cortar o de coser de algunos destos lugares”. Y con este pensamiento se pasó el mancebo sin la conocer. La bendita virgen, viéndose libre de aquel tan gran peligro, hincose de rodillas y dio gracias a Nuestro Señor, y suplicó a Nuestra Señora la favoreciese en aquella su obra, y en esta oración fue muy consolada de Nuestro Señor y pasó adelante con su camino. Y aportó a un lugar que se llama Casarrubuelos, y por la mucha fatiga y cansancio del camino pidió en una casa un jarro de agua, y diéronsele y asentose a descansar, y puso la espada sobre un poyo y olvidosele allí; ya que era salida de la casa, tornó por ella y dijo: “O pecadora de mí, que se me olvidaba la espada”. Y estas palabras oyó la moza que salió a darle de beber y las dijo a las personas de aquella casa, diciendo: “Mujer es aquel que pidió el agua”; y no creyendo a la moza, no la siguieron. Y llegando al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, entró luego en la iglesia a hacer oración y ofreció su ánima y su cuerpo a Jesucristo, suplicándole la quisiese recebir en aquella santa compañía y congregación. Y de que hubo orado, como no había nadie en la iglesia apartose a un rincón della y quitose los vestidos de hombre y vistiose sus propios vestidos de mujer que había traído consigo, y de que fue aderezada de mujer fuese a la portería y recibimiento de la casa, en la cual estaba una imagen de Nuestra Señora de bulto, de mucha devoción y milagros, y hincándose de rodillas le dio gracias porque la había traído a su casa sin peligro de su persona y decía con mucha humildad a la santa imagen: “¿Qué servicio podré yo hacer por tan gran merced como esta? Suplicote, mi Señora, me des gracia que yo persevere en esta casa y viva en ella todos mis días”; de lo cual le certificó la imagen, y de allí fue a llamar a la puerta, rogando que la abriesen. Y [520] preguntole la casera de las monjas quién era o qué quería.  Respondió que era una doncella que quería ser religiosa. La casera le respondió: “Las que vienen a ser religiosas no vienen solas, que sus padres o parientes las traen”. La sierva de Dios le dijo: “Vine en hábito de hombre escondidamente, que de otra manera no viniera ansí, mas por amor de Dios me abrid para que me caliente, que como esta mañana llovió, tomome el agua en el camino y vengo cansada y muerta de frío; y por caridad me dé un poco de pan, que vengo muy necesitada, que si no queréis, no diré yo que me metáis allá para religiosa, que como vine ascondida, presto me hallarán menos mis parientes y me vendrán a buscar”. Y la casera la metió dentro en los aposentos y le dio de comer, siempre preguntándole y examinándole. Yendo la criada del monasterio a la iglesia y viendo los vestidos de hombre que había traído, pensó en su corazón no fuese varón que venía con alguna burla o engaño; pero ansí en los cabellos largos como en los pechos y gesto y en otras señales se certificó cómo era mujer; y luego la criada llegó al torno del monasterio y dijo que quería hablar a la abadesa, la cual le dijo: “Señora, aquí ha venido una doncella de hasta quince años y dice que es de Azana, y vino sola en hábito de hombre y parece que trae muy gran fervor de ser religiosa”. Y luego la mandó llamar y informose muy bien della y de su deseo, y después, aunque fingidamente, la reprendió porque había venido en tal hábito y de tal manera. Y la madre Juana de la Cruz le respondió con mucha humildad: “Señora, mi venida no ha sido sino con sola intención de servir a Dios y vivir y morir en esta santa casa y hacer todo lo que me mandaren y ser toda mi vida su criada”. Y la religiosa se despidió della y entró a las monjas y les dijo: “Hermanas, una doncella está aquí, que quiere ser nuestra hermana, creo que la trae Dios por milagro porque no sabía este camino ni vístole”; y les dijo y relató la manera de su venida y cómo decía palabras de mucha prudencia. Las monjas, oído lo que les dijo, dieron gracias a Dios y pidiéronle licencia para ir a verla y hablarla y ordenándolo la divina Majestad a todas les pareció tan bien cuando la hablaron, que se determinaron [521] de recebirla en su compañía, y antes que le diesen el hábito vinieron algunos de sus parientes muy sentidos y enojados de lo que había hecho, y ella les satisfizo diciendo que muchas veces les había dicho y pedido que había de ser religiosa y que Dios la había traído a aquella casa y que lo había de ser. Concertadas todas las cosas, dieron el hábito a la virgen con mucha solenidad y espiritual alegría en presencia de sus parientes. Comenzó a hacer vida maravillosa y muy provechosa para los que la veían y oían; su vestido era muy pobre y humilde, mucho más que el de las demás religiosas. Traía túnica de sayal y una saya muy vieja y remendada y el hábito lo mismo. Calzaba unos alpargates, y lo más del tiempo andaba descalza y ceñida con la más gruesa cuerda que podía haber, y en la cabeza una albanega de estopa y encima lo más despreciado que ella podía haber, y debajo de todo esto traía de secreto un muy áspero silicio, el cual nunca se quitaba día ni noche y otras muy ásperas penitencias que hacía. Deseaba tormentos y dolores, llagas y heridas, frío y cansancio y todas maneras de penas por amor de Dios. Y no solamente en el año del noviciado tuvo esta manera de vida, mas todo el tiempo que vivió guardó el silencio, que en todo el año del noviciado no le oyeron hablar palabra, sino era con la prelada o maestra, y esto siendo preguntada. Hacía penitencia con la boca, trayendo en ella ajenjos amargos por el amargor de la hiel y vinagre que dieron a Nuestro Señor; traía siempre en su memoria su Pasión de muchas maneras y también hacía otras penitencias con la boca, trayendo una piedra algo grande que le daba dolor. Otras veces tomaba en la boca agua y teníala tanto espacio dentro hasta que del dolor no la podía sufrir. Tomaba con los labios un candelero mediano, y teníale tanto rato por la parte donde se pone la candela hasta que le dolían las quijadas; pensaba ella que guardar silencio sin dolor no era grande servicio ante Dios. Eran sus ayunos muy perfetos y muchos, porque no solo acostumbraba desde su niñez a ayunar ordinariamente, comiendo una vez al día, más aun estar tres días con sus noches sin comer algún mantenimiento corporal, y no solamente ayunaba de comer, más ayunaba de sueño y tenía puesta [522] entre sí tal traza, y decía: “Pues las personas cuando ayunan no comen hasta medio día, y después de haber comido, una vez pueden tomar alguna refección de beber entre día y alguna colación a la noche, desta manera será bien ayunar del sueño hasta la medianoche y después la comida de medianoche serán los Maitines, y en la mañana en lugar de la bebida o colación tomar un poco de sueño corporal para sustentar la naturaleza”. Y para hacer esto bien tenía este orden. Como todas las religiosas acostumbraban dormir juntas en un dormitorio y en medio d’él tienen una lámpara encendida y cada una está por sí en su cama, llevaba también la bienaventurada una rueca a prima noche a su cama, y cuando veía que todas las religiosas estaban dormiendo, tomaba su rueca y hilaba cabe su cama a veces en pie y a veces de rodillas en tierra, hasta que tañían a Maitines. Como esta virgen era tan cuidadosa de aprovechar en el espíritu, cuando trabajaba corporalmente enderezaba todos aquellos servicios o trabajos que hacía por la santa obediencia a Dios, y, contemplando decía entre sí que era su moza y esclava, que los platos que fregaba y todas las otras cosas pensaba que eran de oro y de piedras preciosas en que comía su Majestad. Cuando barría contemplaba que la escoba era un manojo de rosas y flores muy olorosas con que alimpiaba y adornaba sus estrados; y cuando guisaba de comer, contemplaba eran muy delicados y preciosos manjares para que comiese su divina Majestad y sus santos; y ansí lo ofrecía ella y desta manera y de otras muchas ofrecía sus trabajos corporales ante la Majestad Divina. Oyendo esta sierva de Dios leer en un libro llamado Floreto de santo Francisco, y oyendo cómo había mandado una vez a un fraile que fuese a predicar, sin capilla y desnudo, pensó entre sí: “Si el Padre San Francisco mandaba ir al fraile a predicar desnudo, no teniendo pecados, ¿cómo no iré yo a confesarme de los míos y desnudarme dellos, desnuda en carnes y hiriéndolas con piedra o palo a cada pecado que dijere? Encomiéndome a Dios y, a vos Padre S. Francisco, y sola la cuerda ceñida a mi cuerpo y cuello quiero ir a confesar como malhechora, y por tal me pregonaré ante Dios y mi confesor”. Y con mucha contrición [523] de sus pecados, entró en el confesionario y comenzose a confesar, hincada de rodilla con muchas lágrimas, y era tiempo de mucho frío y comenzó a dar grandes temblores del gran frío que sentía, de manera que no lo podía encubrir, y fue tanto que el confesor le preguntó que si estaba enferma, que de qué temblaba; respondió la bienaventurada que no estaba enferma, que temblaba de frío. Y acabada la confesión, salió del confesionario, y ella, que se empezaba a vestir y otra religiosa que iba a confesar, y vídola, y entró en el confesionario y dijo al confesor que riñese a Juana de la Cruz por tan ásperas penitencias como hacía, que había entrado a confesar desnuda con solo un silicio. Y el confesor le respondió: “Verdaderamente yo le sentí temblar y pensé estaba enferma y preguntéselo y díjome que no”. Y de allí adelante no solamente en invierno, más aun en verano le preguntaba cuando iba a confesar si iba cubierta, porque, si no, no la confesaría. Todas las veces que esta bienaventurada iba a confesar recibía el confesor singular consuelo en su ánima y dotrina maravillosa para enmienda de su vida, y no solamente él, mas todos los otros padres que la confesaron mientras vivió decían que de sus confesiones no solo salían ellos muy confusos, mas sacaban mucho aprovechamiento para sus almas. Decía, cuando era muy importunada de sus confesores les dijese lo que sentía en su espíritu, que más vergüenza tenía de contar las cosas de virtud y gracia que Dios le había dado que no de decir sus pecados, porque esto era de sí propria y lo otro era de Dios y de su misericordia. Era esta virgen muy prudente y de mucha discreción y capacidad y de mucha gravedad, tenía presencia de mucha autoridad, tenía piedad y admirable consejo y provechoso en las ánimas y a los cuerpos, de muy graciosa habla, de mucha mansedumbre; era mesurada en su risa y provocaba, a quien la oía y veía, a devoción: lloraba muy sereno y sin mucho clamor, salvo cuando se elevaba, que salía de sus sentidos, de algunos pasos de la Pasión, que entonces no era en su mano porque el Espíritu Santo, como dice San Pablo, pide por nosotros con gemidos, que no se pueden contar, siendo esto efecto del Espíritu Santo en nosotros. Ansí obraba [524] grandes maravillas en esta religiosa y le hacía dar algunos devotos suspiros o decir algunas palabras del paso y misterio que estaba contemplando. Era de mucha cortesía y muy grande crianza y muy humilde en todo, y holgaba más de hacer a cualquier persona demasiada reverencia y honra que no de menos: era igual a todos, tratando a cada uno según su estado y manera; era de mucha verdad, y lo contrario ni aun en burla no lo decía; era muy secreta y callada en todas y cualesquier cosas que le eran dichas y descubiertas en secreto: de tribulaciones, tentaciones y angustias y cosas de cualquiera otra calidad. Fue remediadora de muchos grandes males y daños, y libradora de grandes peligros presentes y por venir; era de tan gran santidad que jamás perjudicaba sus prójimos ni los agraviaba, aunque fuese de burla. Llegándose a ella las monjas de su convento, rogáronle que les dijese cómo harían oración que fuese agradable a Dios. La cual dijo: “Doy os por consejo, señoras, que no ofrezcáis solo a Dios un sacrificio, más tres, o cuatro, o más, si pudiéredes, porque cada hora podría cualquier persona ofrecer a Dios tres sacrificios principales, que son estos: el primero, la afección y contemplación muy viva, hecha dentro en el corazón y alma; el segundo, oración vocal y gracias y loores a la Divina Majestad; el tercero, alguna penitencia, golpes y heridas dadas secretamente; y aún para desechar la acidia se puede añadir la labor de manos, y habiendo soledad y tiempo suficiente es bueno haber lavatorio y fuente de lágrimas lloradas de contrición de los pecados o por compasión de la muerte de Nuestro Señor, y entonces podrá cualquier persona dar cinco sacrificios ofrecidos en reverencia de las cinco llagas, y cuando esto no se pudiese hacer tan secreto, podrá ofrecer tres en reverencia de la Santísima Trinidad sin ser visto ni sentido de ninguna persona”.


Vea este libro el abad de Fitero, y dé su censura, informando primero della al ilustrísimo señor cardenal, inquisidor general.
'''Capítulo IV'''


Miguel García de Molina
'''De cómo esta bendita virgen comulgaba espiritualmente'''


[¶2r] Parecer y censura del maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, y uno de los que asisten a la junt'a que se hace en esta corte de Su Majestad para el nuevo ''Catálogo y Ex'Purgatorio de los libros prohibidos''
Procuraba esta madre de, en amaneciendo, ahora estuviese en el coro, en los oficios divinos o en otra cualquier parte o en ocupación [525] o trabajo corporal, de aparejarse para comulgar espiritualmente, pues no podía recebir el Santísimo Sacramento cada día y hora como ella deseaba; porque era tan devota del Santísimo Sacramento del altar y de le gustar continuo que nunca otra cosa quisiera hacer día y noche, sino hartar su alma deste manjar del Cielo. Y por el mesmo Señor fue revelado a todas las monjas del convento por palabras que la oyeron estando elevada, enajenada de sus sentidos: que tanto era el gozo y gusto que esta bendita sentía en el Sacramento que comulgaba y recebía a Dios espiritualmente y sentía gran favor del Señor y consolación de su alma, y daba las gracias a Nuestro Señor por tan copioso beneficio.


Yo, el maestro fray don Ignacio de Ibero, abad del monasterio de Santa María la Real de Fitero, calificador del Santo Oficio de la Inquisición, etc. digo que por mandado del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas y Sandoval, cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos y señoríos del Rey nuestro señor, y del Consejo de Estado de Su Majestad y de los señores de la santa y general Inquisición, he visto y leído con particular atención un libro intitulado ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la [¶2v] Cruz de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco'', compuesta por el muy docto y muy erudito padre fray Antonio Daza, difinidor de la santa Provincia de la Concepción y coronista general de su Orden, para dar acerca de él mi parecer y censura. Y no solo no he hallado en él cosa ninguna que se pueda censurar, ni que sea digna de ser notada, antes me parece que el libro será de mucho provecho y utilidad para todos los que quisieren aprovecharse de él —especialmente para la gente devota y que trata de espíritu—, y que todo lo que en él se escribe es dotrina muy buena y aprobada, y muy conforme a la que enseña la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores. Y porque se me ha mandado que demás de dar mi parecer y censura de todo este libro por mayor diga también en particular todo lo que siento de él y de los milagros y revelaciones que en él se escriben, me habré de alargar más en este mi escrito y relación, para lo cual he leído fuera de lo que contiene este libro, también las informaciones auténticas que de las cosas en él contenidas se han hecho en diversos tiempos y el libro original de donde este se sacó, que es el que escribió una discípula desta sierva de Dios y contemporánea suya llamada soror María Evangelista, a quien dicen las informaciones que desto se han hecho y la tradición de aquel monasterio que milagrosamente para este efecto dio el Señor gracia de saber leer y escribir, y me parece que cuanto me ha sido posible he averiguado ser cierto y verdad lo que en esta historia se escribe de la vida, milagros y santidad desta sierva de Dios, que es lo primero que se ha de presuponer en escribir [¶3r] las vidas de los santos y lo que el santo concilio de Trento ''[2]'' manda a los pastores y prelados miren mucho cuando se hubieren de publicar y sacar a luz historias de milagros y vidas de santos para que con verdad se publiquen las maravillas de Dios y su omnipotencia. Porque como con estas cosas descubre Dios cuán admirable es en sus santos ''[3]'', es muy de su servicio que con cosas ciertas y verdaderas le alabemos y engrandezcamos su infinita grandeza y omnipotencia, sin decir ficciones ni cosas inciertas, pues, como dice el santo Job ''[4]'', no hay necesidad dellas para lo que Dios pretende. Tengo, pues, toda esta historia por muy verdadera, y entiendo —cuanto yo alcanzo con probabilidad y fe humana— que todo lo que aquí se escribe pasó así como aquí se dice, no solo en lo que es la vida ejemplar, penitente y santa que hizo esta bienaventurada virgen y los santos ejercicios, mortificaciones y penitencias que continuamente hacía, sino también en lo que es los raptos, éxtasis, visiones, revelaciones y profecías de que en esta historia se hace mención. Y lo que destas revelaciones, visiones y éxtasis siento, y lo que me parece del grado y calidad en que las hemos de tener, es que verdaderamente las tengo todas por divinas, sobrenaturales y celestiales, hechas y inspiradas por el mismo Dios, y que en aquellos raptos y elevaciones y profundas contemplaciones hablaba Dios por boca desta su sierva como por órgano y instrumento del Espíritu Santo, porque hallo en todas ellas todas las señales que la Iglesia católica nuestra madre y sus sagrados doctores ''[5]''
Estando esta bendita en la casa de la labor, víspera de los apóstoles S. Pedro y S. Pablo, vido una visión de todos los doce apóstoles, como cuando uno acaba de espirar, y luego vido doce sepulcros abiertos y muy hermosos y que salían dellos los doce apóstoles vestidos de blanco y ellos más albos que la nieve, y levantábanse puestas las manos como que adoraban al Señor y le daban gracias; y ella muy maravillada desta visión deseaba saber por qué parecía que salían los santos apóstoles de los sepulcros como difuntos, estando ya todos en el Cielo glorificados y no habiendo muerto ninguno dellos de su muerte natural, mas de muy crueles martirios por amor de Dios. Estando en este pensamiento y deseo, vido todos los apóstoles vestidos muy ricamente, coronados y cubiertos todos de pedrería y muy alegres y gloriosos, y Nuestro Señor en medio de ellos, dándoles muy grandes premios y gozos y galardones por los trabajos y buenas obras que por su amor estando en el mundo habían hecho. Ansimismo le fue mostrado cómo levantarse los santos apóstoles de los sepulcros era significación que todos habemos de ser muertos y resucitados cuando Dios nos llamare a juicio; y cómo Nuestro Señor Jesucristo hace fiesta y llamamiento en el Cielo de todos los santos apóstoles juntos el día que es fiesta de cualquiera de ellos; y cómo la Iglesia militante, ansí como la triunfante, los días de las tales fiestas siempre hacen memoria de los martirios y muerte de los santos que padecieron por amor de Dios y de la vida eterna y bienaventuranza [526] que por ello les da el Señor, y a todos y cualesquier órdenes de santos y santas, cuando es fiesta de uno o de una en especial, junto con él a todos los de aquella Orden les hace fiesta en general. Decía muchas veces que, cuando comía o bebía, tomaba gusto en aquel manjar corporal porque sabía ella Dios era todas las cosas y en todas ellas le podía hallar, y con este pensamiento en contemplación que siempre tenía puesta en Dios, en cada bocado que comía y trago que bebía hallaba dulzura y gustos divinales. Muchas veces, estando comiendo se arrobaba en espíritu; y esto de arrobarse creció en ella tanto la gracia que adonde quiera que aquella gracia le tomaba se quedaba como muerta, aunque muy hermosa, ora fuese en el coro o en el refitorio o en otro lugar de la casa, a cualquier hora del día o de la noche que era la voluntad de Dios, y muy a menudo; y no estaba elevada poco tiempo, mas tres horas, cinco y siete y doce, y esto al principio de sus elevaciones. Y andado el tiempo diole Dios muy copiosa esta gracia, porque estaba elevada un día y una noche y algunas veces cuarenta horas. La primera vez que el convento vido elevada a esta religiosa, había siete años que estaba en el monasterio y todas las religiosas vieron en ella muy nuevas mudanzas porque la vieron propiamente como difunta, ansí en el gesto, ojos y labios, como en el descoyuntamiento de todos sus miembros, lo cual nunca más tuvo en semejantes raptos, antes en ellos estaba muy hermosa y colorada. Después que volvió en sus sentidos, importunáronla mucho las religiosas les dijese qué había sentido o visto en aquel rapto y ella por entonces no les dijo nada hasta saber la voluntad de Dios; pero pasados algunos días, de voluntad de Dios les dijo: “Señoras, quiero satisfacer a vuestro deseo, pues deseáis saber qué es lo que vi y sentí aquella vez que decís que estaba en el cuerpo muy demudada, a manera de muerta. Yo me vi en un lugar oscuro, donde hube mucho temor, y apareció allí un ángel que alumbró aquellas tinieblas y me dijo: ‘No temas’. Y me fueron reveladas muchas cosas, especial el favor que los ángeles hacían a los que están en el purgatorio hasta que, saliendo de allí, gozan de Dios. Este ángel tiene oficio de ayudar a las ánimas de purgatorio, yéndolas a visitar y consolar [527] por los merecimientos y Pasión de Jesucristo y méritos de su Santa Madre. Y muchas veces va a la ayuda y socorro de las ánimas y personas que están en pasamiento, llevando consigo otros muchos ángeles que le ayuden a defender aquella persona que en tan gran batalla está de tentaciones de los demonios, y las acompaña hasta que son juzgadas y tiene cuidado dellas hasta que estén en descanso y este mesmo oficio tienen otros muchos ángeles”. Estas y otras muchas cosas decía esta bendita a las monjas, importunada de ellas y con licencia de Dios notificadas por su ángel.


tienen para verificar y averiguar que estas obras son sobrenatu- [¶3v] rales, divinas y hechas y comunicadas por el mismo Dios, como son ser verdaderas y ciertas las profecías y revelaciones, ser conformes a la dotrina que enseña y tiene la Iglesia católica universal y sus sagrados doctores, ser al parecer de hombres doctos y píos inspiradas del Espíritu Santo, y hallarse en ellas la verdad y pureza que es propia a cosas enseñadas por el mismo Dios, sin mezcla ninguna de falsedad ni error ''[6]''. Y finalmente ser tales que la persona y el alma en quien Dios hace estas maravillas queda con ellas mejorada en humildad, en amor de Dios, en devoción y en otras muchas virtudes ''[7]''. Todas estas señales que he considerado y notado en esta historia desta santa son las mismas que se hallan y se hallaron cuando hicieron prueba dellas en otras muchas vidas de santos y milagros y revelaciones que dellas se escriben. Tales fueron las de santa Isabel, hermana del rey Eckberto ''[8]'', santísima abadesa del monasterio de Esconaugia, a quien el ángel de su guarda —como a nuestra santa Juana el de la suya— reveló muchas cosas como estas y mandó de parte de Dios que las escribiese, como se escribe en su vida ''[9]''. Tales las de la santa Ildegardis, abadesa religiosísima del monasterio de San Ruperto, en el arzobispado de Maguncia, que desde su niñez fue muy favorecida de Nuestro Señor con revelaciones y visiones del Cielo, las cuales después, a instancia y petición de nuestro glorioso padre san Bernardo, confirmó el papa Eugenio III, su dicípulo, en un concilio que celebró en la ciudad de Trebes, como lo escriben los autores que hablan de aquel concilio y desta santa ''[10]''. Tales también fueron las de la insigne y muy [¶4r] celebrada viuda santa Brígida, canonizada por el papa Bonifacio Nono, que fueron examinadas por estas mismas señales y aprobadas por diligencias que hizo el cardenal don Juan de Turrecremata ''[11]''. Y desta misma manera y como estas que he referido son las que se contienen en este libro de nuestra santa Juana, muy parecidas las unas a las otras, así en las cosas reveladas como también en el modo con que Dios las revelaba. Y así también por esta parte se hace muy verisímil que todas estas profecías, éxtasis, revelaciones y raptos desta santa fueron divinas y celestiales, y verdaderamente inspiradas por virtud de Dios y sobrenaturalmente. Y siendo así será cierto que todo lo contenido en este libro será muy provechoso para las almas y dé mucho motivo para incitar y inflamar los corazones a la virtud, según lo que dice san Pablo escribiendo a su discípulo Timoteo: ''[12]'' ''“Omnis doctrina divinitus inspirata utilis est ad docendum et ad erudiendum ad iustitiam, etc.”'' ''[13]''.
'''Capítulo V'''


Algunas cosas he hallado en esta historia muy particulares y muy raras que aunque son verdaderas y muy ciertas es bien que se lean con más atención y mayor consideración, porque como no son de las ordinarias ni de las que comúnmente se saben, podrían parecer dificultosas de creer si no se considerasen con alguna advertencia, y aun yo la pongo en que siendo tales y de la calidad y verdad que digo se hacen más ciertas y más creíbles por haberlas Dios revelado a esta santa. Una de ellas (''habetur capitulo 17 huius historiae'' ''[14]'')  ''[15]''es que a esta santa le fue revelado que algunas almas tenían su Purgatorio en lugares fuera del que está puesto y ordenado de Dios para que lo sea generalmente de todas [¶4v] las almas que tienen que purgar, como es en ríos, hielos, piedras y otras cosas como estas. Y aunque es verdad que según la ley común y general todas las almas que tienen necesidad de purgar la pena de sus pecados van al lugar que para esto está dentro de las entrañas de la tierra, pero por particular orden y dispensación divina, muchas veces tienen su Purgatorio fuera de aquel lugar, como es en ríos, en fuentes, en baños, en hielos, como lo escribe el papa san Gregorio ''[16]'', en muchas partes de sus diálogos, Pedro Damiano ''[17]'' en sus epístolas, y otros muchos autores ''[18]'', de los cuales refiere algunos santo Tomás, príncipe de los teólogos escolásticos, y los sigue en esta parte diciendo esto mismo que yo digo porque de él lo refiero y él nos lo enseñó expresamente en sus sentenciarios ''[19]'' y a él le siguen todos los autores que después de él han escrito ''[20]''. Y no solamente enseña esta dotrina santo Tomás, sino que destas historias y revelaciones saca esta regla general: ''“De loco purgatorii —ubi non invenitur aliquid espresse determinatum— dicendum est, secundum quod consonat magis sanctorum dictis et revelationi facta multis: dicendum itaque quod locus purgatorii est duplex: unus secundum legem communem et sit locus purgatorii est locus inferior, coniuctus inferno, alius est locus purgatorii secundum dispensationem. Et sic quandoque in diversis locis aliqui puniri leguntur, vel ad vivorum instructionem, vel ad mortuorum subventionem ut viventibus eorum poena innotescens, per suffragia Ecclesiae mitigaretur”'' ''[21]''. Esto dice santo Tomás y en estas palabras no solo aprueba y enseña esto de los Purgatorios particulares y extraordinarios, sino que dice más: que destas revelaciones [¶¶ 1r] particulares hechas a varones santos se confirma que los hay. Y así en esto no hay cosa que nos obligue a dudar, sino a creer que pudo ser verdad lo que dice esta historia de los Purgatorios de las almas que Dios reveló a esta su grande sierva, y que lo es cuanto se puede alcanzar con razones y probabilidad humana.
'''De cómo esta bendita estando elevada hablaba'''  


También se hace mención en esta historia de un milagro bien raro, y es una revelación muy particular que Dios hizo y obró en esta santa, no menos digno de que se advierta y pondere bien que este que se hizo de las almas del Purgatorio, y es el de unos rosarios que el ángel de la guarda subió al cielo y trujo de allá con muchas bendiciones y virtudes que les concedió Cristo Nuestro Señor, para que la santa rezase por ellos y los repartiese entre sus monjas y otra gente devota, porque todas gozasen de los bienes e indulgencias que desde el Cielo Su Divina Majestad la enviaba, manifestando con esto lo mucho que le agrada la devoción del santo rosario de su Santísima Madre, y que quiere la alabemos con la oración del Ave María, rezándola por las cuentas de su sagrado rosario. Y aunque este milagro es muy superior a todos cuantos en esta materia yo he leído, harase fácil de creer, considerando que en las historias sagradas, en las de los concilios de la Iglesia católica y en muchos sagrados y antiguos escritores se hallan otros muy semejantes a este y otras cosas muy parecidas a esta. San Vincencio Bellovacense ''[22]'', san Helinando ''[23]'', san Cesáreo ''[24]'', Tomás Brabantino ''[25]'', Egidio Aurífico Cartusiano ''[26]''—si fue este el autor del ''Magnum Speculum Exemplorum'', como lo dice el padre Juan Mayor—, Pelbarto ''[27]'', Juan Bonifacio ''[28]''  [¶¶1v] y otros autores de nuestros tiempos escriben inumerables milagros que Dios ha hecho en confirmación y señal de lo que estima y le agrada, que con la salutación angélica del Ave María, y con rezarla con frecuencia por las cuentas del rosario, alaben los fieles a su gloriosa Madre y Señora Nuestra la Virgen María, que por ser muchos, y los autores que he referido ser muy comunes, no los refiero en particular. Uno solo referiré, por parecerme más nuevo y más parecido que los otros al que tenemos en este libro, y es el de un árbol muy prodigioso que milagrosamente nació de repente en un gran campo, en la isla de Irlanda, en el obispado de Corc y Clon, en el condado de Esmon ''[29]'', todo cargado de rosarios, como una parra cuando más cargada está de racimos de uvas, y los hilos o cordones de los rosarios estaban asidos al árbol y tan continuados con él como lo están los pezones de la fruta que nace de otro cualquier árbol. Deste milagro hace mención Francisco Belleforesto ''[30]'', autor grave, y otros que escribieron después de él ''[31]'', y todos advierten que parece que le hizo Dios para que se viese cómo favorecía el Cielo y aprobaba el uso de los santos rosarios. Porque fue esto en tiempo que se iba perdiendo Alemania con las malas setas de los herejes, que abominan la devoción y uso del rezar y el del santo rosario, y de las indulgencias que con ellos se nos conceden. Y es de notar que poco antes había sucedido el milagro destos rosarios y cuentas benditas que el ángel trujo del Cielo a esta santa virgen. Y así se puede creer que le obró también Dios, no solo para consuelo de su sierva y tan querida esposa, sino también [¶¶2r] como el otro de Irlanda, para mayor confirmación de la devoción de los fieles y confusión de los herejes de aquellos tiempos. Pero hay una cosa muy particular y rara en estos rosarios que el santo ángel de su guarda trujo a la gloriosa santa Juana que no la he hallado ni en los milagros que he visto y he referido de los rosarios, ni en ninguna cosa de cuantas por mano de ángeles se han traído de los cielos a la tierra. Porque de aquellos rosarios de Irlanda no se lee que los hubiesen llevado los ángeles de la Tierra al Cielo, sino que o fueron criados y hechos allí milagrosamente o traídos del cielo, como fueron traídas otras muchas cosas, como: la casulla de san Ilefonso, que trujo del cielo la Virgen gloriosa ''[32]'', la Cruz de Oviedo, la de Caravaca y otras cosas así que se dicen haber venido del cielo no porque hubiesen estado allá en el supremo cielo, sino porque por ministerio de los ángeles fueron formadas y hechas en esta región elemental y en la parte aérea que comúnmente se llama “cielo”, que por esta misma razón se dice también que el maná bajó del cielo, y la escriptura lo llama “pan del cielo” ''[33]''. Pero los rosarios de que habla nuestra historia, según que en ella se escribe, fueron llevados por el ángel de acá, de la Tierra, al Cielo, a la presencia de la majestad del Hijo de Dios, Cristo Nuestro Señor, y allá los bendijo y tocó con sus sacratísimas manos el redemptor del mundo. Y porque no pareciese al lector este milagro dificultoso de creer, bien podríamos para facilitarle traer por ejemplo lo que algunos autores dicen, y santo Tomás ''[34]'' no lo tiene por imposible, supuesta la infinita omnipotencia de Dios, que el apóstol san Pablo ''[35]'' en [¶¶2v] su misterioso rapto fue llevado al Cielo en cuerpo y en alma, así mortal y corruptible como estaba. Pero porque el mismo apóstol ''[36]'' ''dice que no sabe si aquel rapto fue “''in corpore, sine extra corpus''”—aunque ni lo niega ni lo dice como cosa imposible—, y el glorioso dotor san Agustín nos manda y advierte que: “Lo que el apóstol confiesa que no sabe no es bien que nosotros lo determinemos” ''[37]'', referiré otra historia muy auténtica y más llegada a nuestros tiempos —aunque muy antigua— de otras cosas corruptibles y terrenas que milagrosamente fueron llevadas de la Tierra al Cielo, y traídas otra vez de allí, para que esto de los rosarios de nuestra santa no parezca increíble: Muy sabida es aquella historia de aquel niño que el año 446 en Constantinopla a vista de todo el pueblo y del emperador Teodosio el Júnior y del patriarca Proclo fue llevado al Cielo hasta donde oyó a los bienaventurados que continuamente estaban alabando a Dios, y después de haber estado allí por espacio de una hora fue otra vez traído a la Tierra porque, fuera de los historiadores y coronistas griegos, Marcelino ''[38]'', Nicéforo ''[39]'', Evagrio ''[40]'', el Menologio griego ''[41]'', san Juan Damasceno ''[42]'' y otros, escríbelo también muy en particular el papa san Félix III en una epístola decretal suya ''[43]'', y escríbenla los obispos que se hallaron en el concilio constantinopolitano que se celebró en tiempo del papa Félix III contra los errores de Pedro Fullón arzobispo de Antioquía, y todos dicen que yendo en procesión toda la ciudad de Constantinopla por un gran terremoto que por seis meses continuos perseveraba en aquella ciudad, haciendo [¶¶3r] en ella gran destrozo y causando muchas ruinas de las casas y muros della, en medio de un campo donde estaba todo el pueblo con pública procesión, fue arrebatado un niño y llevado al Cielo. ''“Rursusque descendens'' —dice el papa Félix— ''nuntiavit, quae in aethere audierat dicens se de coelo quasi de multitudine psallentium, huiusmodi laudes in sonuisse auribus suis, etc., que oyó allá en el Cielo a los bienaventurados que alababan a Dios con aquel santísimo himno del Trifagio diciendo: “Sanctus deus, sanctus fortis, sanctus et immortalis”'' ''[44]''. Escriben esto mismo los obispos que arriba referí de aquel concilio constantinopolitano: Acacio de Constantinopla, Anteón de Arsinoi, Fausto de Apollonide, Pánfilo de Avida, Asclepiade ''[45]'' y otros muchos historiadores antiguos y nuevos. Pues así como no hubo repugnancia ni imposibilidad, supuesto el infinito poder de Dios, para que aquel niño, así como estaba, fuese llevado al Cielo, tampoco la hay para que creamos que pudo ser así lo que destos rosarios de santa Juana se escribe. Y es grandísimo argumento para creer esto y todo lo demás que destos rosarios y cuentas se escribe ver los muchos milagros que con estas cuentas hace Dios cada día, de los cuales el autor refiere algunos y yo he visto por mis ojos las informaciones y probanzas auténticas y los dichos de muchos testigos jurados, de donde con mucha verdad y fidelidad ha sacado todo lo que dice. Y no quiero decir lo que he sabido que aconteció con una destas cuentas que por particular merced que Dios me ha hecho la he alcanzado y tengo en mi poder, por no alargarme más en esta mi relación. Será Dios servido que en otra ocasión se sepa.
Esta bendita virgen tuvo gracia de elevación, como queda dicho; el Señor la dotó de otra muy grande gracia y es que, estando ella ansí elevada en aquel rapto, enajenada de sus sentidos, hablaba divinas cosas, altísimas y de notable admiración, sobre lo cual se hicieron grandes experiencias para ver si cuando hablaba estaba en éxtasis o fuera de sus sentidos o de otra manera. La cual experiencia hicieron inquisidores que fueron de intento a esto al monasterio y los prelados de la Orden, monjas de su casa, y otras personas graves; las cuales todas conocieron y vieron que estaba alienada de sus sentidos cuando hablaba, también por las cosas que decía tan maravillosas y provechosas para las almas, ansí para las religiosas de su casa como para las personas de todos estados y condiciones y oficios mayores y menores que la venían a oír y gozar y aprovecharse de lo que decía. Oíanla frailes de todas órdenes, predicadores y letrados, canónigos, obispos y arzobispos, el cardenal de España don fray Francisco Ximénez y condes, duques, marqueses, y caballeros muy generosos y señoras, y de todos estados, ansí de hombres como mujeres que este misterio vieron y oyeron, y estuvieron presentes, y veían cómo esta bendita estaba vestida y tocada de religiosa, echada sobre una cama y sus brazos puestos a manera de persona recogida y el cuerpo como muerto (porque estuvo mucho tiempo tullida) y los ojos cerrados y el gesto [528] muy bien puesto, y muy hermoso y resplandeciente. Su habla era tan poderosa y de tan gran dotrina para la salvación de las almas, y reprehensible a los pecadores, que cuantos la veían y oían, por grandes letrados que fuesen, se maravillaban y quisieran estar tan vecinos y cercanos al monasterio que todas las veces que había estas pláticas la pudieran oír. La cual algunas veces duraba cinco, seis y siete horas. Era tan dulce a todos los que la oían que, aunque fuesen muy pecadores e incrédulos desta santa gracia antes que la viesen y oyesen, les parecía estuvieran tres días con sus noches oyéndola con mucho gusto. Los que eran incrédulos, ellos mesmos se manifestaban diciendo: “Incrédulo era de lo que decían desta bendita”; y cuando vino a ver si podía verla hablar tan bien y cuando acababa de hablar decía a cada uno la intención con que había venido. Y cuando parecía que hablaba con Dios, hacía grandes suplicaciones públicas y otras secretas, que nadie las podía ir; y hacía oración por sí misma y por todas las personas de la tierra y por todo el estado de la Santa Madre Iglesia, por los que están en pecado mortal y por los que están en penas de purgatorio. En estos raptos, que le duraron espacio de trece años, fueron tantos y tan altos los misterios que dijo y declaró que las monjas escribieron un libro que llaman el Luznorte.


También es necesario que se advierta y considere cómo se ha de tomar lo que se cuenta en esta historia que le fue revelado a nuestra santa que el arcángel san Miguel juzgaba las almas después que salían de los cuerpos, haciendo oficio de juez supremo, de grande poder y preeminencia, con las insignias de la corona imperial, cetro y tribunal de grande majestad (''habetur capitulo 16 huius historiae'' ''[46]'') ''[47]''. Esto, tomándolo en el sentido que se debe tomar, no puede tener dificultad para que se crea, porque ni es contra lo que enseñan los dotores sagrados y los escolásticos, ni deroga nada a la potestad judiciaria de Dios, que tomándola por la suprema absolutamente está en solo Dios, y tomándola por la potestad de excelencia y singular, participada inmediatamente de aquella suprema, está tan solamente en Cristo Nuestro Señor en cuanto hombre, como lo dicen los autores que para esto exponen aquel lugar de san Juan ''[48]'': ''“Omne iudicium dedit filio”'' ''[49]''; ni se hace dificultoso de creer, porque con esto se compadece que haya otros jueces inferiores que participen del poder de Dios y se digan jueces de las almas, como no deroga nada a la eminencia y independencia de la causa primera el haber otras causas segundas con las cuales juntamente obre, concurra y haga sus efetos la primera. Y así sin ninguna repugnancia en este sentido se dice que también los santos juzgarán las naciones ''[50]''. Y a sus sagrados discípulos prometió Cristo que sentados con él juzgarían todos los doce tribus de Israel ''[51]'', pues siendo san Miguel arcángel de tanta excelencia y majestad como lo declaran muchos y muy grandes títulos que le da la Iglesia, y los epítetos honoríficos que le canta, [¶¶4r] bien fácil será de creer lo que de él dijo nuestra santa que le reveló Nuestro Señor en lo que es juzgar las almas que van a la otra vida. Llámalo la Iglesia “prepósito” y “príncipe de la Iglesia”, “primado del Cielo”, “alférez mayor del supremo emperador”, “vencedor del gran dragón Lucifer”, “capitán fortísimo”, “recebidor de las almas que salen desta vida” y “juez” dellas ''[52]''. Todos estos epítetos y otros muchos coligen los santos ''[53]'' de lo que la Escritura Sagrada dice de san Miguel ''[54]''. Y por esto y otras razones que se hallan en los autores se tiene por muy cierto que este glorioso arcángel tiene esta potestad y jurisdición sobre las almas, para que en el juicio particular dellas, que es cuando salen de los cuerpos, las juzgue pesando y ponderando los méritos de cada una dellas, pronunciando y notificándolas la sentencia difinitiva del soberano juez. Y esto quiso dar a entender Dios a esta su santa en aquella revelación y visión imaginaria en que vio a este glorioso arcángel en aquella figura y postura de grande juez, con aquellas insignias imperiales y corona real, y esto es muy conforme al estilo y uso que la Iglesia tiene para declararnos esta grandeza y este poder de san Miguel. Porque como dijo muy bien el dotísimo y muy pío dotor Juan Molano ''[55]'' en su libro de imágines, esto que hemos dicho es lo mismo que se nos representa en las pinturas con que pintan a san Miguel con un peso en la mano, porque es decirnos que como juez recto y de grande entereza primero pondera y pesa los méritos de las almas con mucha particularidad y muy por menudo, y después las pronuncia la sentencia. Lo mismo dice aquel [¶¶4v] fortísimo defensor de la fe Juan Equio ''[56]'', y otros autores que hablan desto. Y desta misma manera se ha de entender lo que en aquella revelación dice nuestra santa: que luego, al mismo instante que san Miguel ha pronunciado su sentencia contra las malas almas, otros ángeles, como ejecutores desta sentencia, comienzan a castigar con rigurosos azotes las tales almas; que quiere decir que en aquel mismo punto comienzan a sentir y padecer el riguroso azote del justo castigo de Dios, y de las penas que tiene aparejadas para ellos. Y no digo más de lo restante desta historia, porque todo es muy fácil y no hay en qué reparar, y aun confieso que si no me fuera mandado que dijera lo dicho pudiera muy bien dejarlas de decir, porque todas estas cosas declara y apoya el autor en sus lugares tan doctamente que no deja lugar para que se dude en esto, ni en otra cosa ninguna, porque no solamente en lo que es histórico procede con tanto acertamiento y seguridad en esta su obra, hablando en las más cosas della como testigo de vista, sino que también en lo que es la etiología ''[57]'' y razón de la historia procede con mucho fundamento y con razones muy sólidas y muy teólogas, por lo cual se le deben al autor muchas gracias, por haber tomado esta ocupación tan santa y tan importante para el espíritu y aprovechamiento de las almas, y para mayor gloria de Dios, y de su santa religión y del glorioso padre y patriarca san Francisco, que cada día con nuevos nacimientos y natalicios de santos suyos nos da nuevas alegrías y gozos espirituales en la Iglesia militante y triunfante. Y por todo lo dicho, merece muy bien [¶¶¶1r] que Vuestra Alteza le admita y apruebe este su libro, para que salga a luz y se comunique a todos. Esto es lo que siento, debajo de la censura y parecer muy acertado de Vuestra Alteza. En Madrid, a 16 de setiembre del año 1610,
'''Capítulo VI'''


Fray Ignacio Ibero, abad de Fitero
'''De cómo esta bendita tenía cuidado de las enfermas y de algunos casos maravillosos que le acontecieron'''


[¶¶¶1v] '''Licencia'''
Había en el monasterio una monja enferma, que estaba ética y algo penosa y asquerosa, a la cual servía esta bendita venciendo con mucha alegría todas las cosas que se le ofrecían en el tal ejercicio de caridad, con el espíritu de su mortificación, por muy graves y repugnantes que fuesen. Vino a ella una religiosa, con mucho frío y dolor de estómago, y díjole: “Señora, por caridad que pidáis para vos un trago de vino, diciendo que lo habéis menester para algún dolor que tenéis y dármele heis a mí, que traigo un gran dolor de estómago y no lo oso pedir” (en aquel tiempo no sabían las mujeres qué cosa era vino) y ella dijo que lo [529] haría y, considerando que decir tenía dolor de estómago por entonces que no diría verdad, y dejarlo de pedir era falta de caridad, suplicó a Nuestro Señor por qué ella pudiese decir verdad y la religiosa recibiese refrigerio en su necesidad: Nuestro Señor lo proveyó de manera que esta bendita no mintiese. En la vida del Padre fray Pascual Bailón, cuyo cuerpo está en San Francisco de Villareal de Valencia, se cuenta d’él las grandes diligencias y trabajos que pasó por no decir una mentira ligera, que no pasaba de pecado venial, lo cual es contra tanto como en estos tiempos se miente porque no se sabe decir verdad. Y ansí sucede a los mentirosos lo que dice Aristóteles, que cuando digan verdad no los crean, aunque hay quien nunca la diga. Muchas veces aparecieron ánimas de difuntos a esta bienaventurada, pidiéndole hiciese diligencias con deudos suyos para que hiciesen obras satisfatorias y cumpliesen obligaciones que tenían para por estos medios ser libres del purgatorio, lo cual ella siempre hacía. Las cuales ánimas le tornaban a aparecer y le decían cómo eran libres de las penas de purgatorio y le daban gracias por haberlas ayudado.


En la villa de Madrid, a dieciséis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y diez años, el ilustrísimo señor cardenal de Toledo, inquisidor general en los reinos de Su Majestad, habiendo visto esta aprobación del maestro fray don Ignacio de Ibero, abad de Fitero, del libro de santa Juana de la Cruz, concedió licencia como ordinario para que el dicho libro se imprima y ponga en él el parecer y aprobación del dicho abad. Ante mí, Miguel García de Molina, secretario del consejo de Su Majestad, de la Santa General Inquisición.
Vino a esta bendita un religioso muy tentado de que no rezaba las horas canónicas ni ninguna cosa de las que tenía obligación, diciendo que Dios no tenía necesidad de sus rogaciones; la cual hizo oración por él y le respondió: “Padre, verdad es que Dios no tiene necesidad de las oraciones de las criaturas que Él crió; empero, que todas las criaturas racionales que Él crió tienen necesidad de la ayuda de Dios y de le servir para agradarle: ansí como de necesidad y fuerza es obligado cualquier labrador pechero de pagar a su rey y señor el pecho que es obligado y le debe y si esto de su grado no lo hiciere, será castigado, ansí el religioso, si no pagare a Dios lo que le debe rezando las horas canónicas y lo que es obligado, será castigado de la mano de Dios”. Deseaba padecer muchos trabajos por Dios y suplicábalo a Nuestro Señor y ansí permitió que los demonios la azotasen muy crudamente y las señales le duraron mucho tiempo y la de uno le duró toda su vida. Y lo mesmo se cuenta haber sucedido al glorioso S. Gerónimo. También le dio Dios de ordinario un dolor [530] de cabeza que la atormentaba en gran manera y todo lo llevaba con gran paciencia. Era devotísima de la santa Cruz y enseñó a las monjas una adoración en esta manera: “Adórote, cruz preciosa; adórote, santa Cruz de Dios; adórote, santo madero; adórote, trono de Dios; adórote, escaño de sus pies con el cual justiciará y pisará los pecadores y les hará ver y conocer cómo solo Él es el Señor y Criador del Cielo y de la tierra y juez de los vivos y de los muertos; adórote, galardón de los justos por el cual se salvan y justifican; adórote, deleite de los ángeles; adórote, penitencia de los pecadores; adórote, tálamo de Dios, en el cual está puesta su corona real; adoro los clavos, tenazas, martillo, escalera y lanza; adoro al Redentor en ti puesto; adoro a mi Salvador; adoro su santo rostro; bendigo, glorifico y adoro sus santos miembros todos, desde las uñas de los pies y plantas hasta encima de la cabeza, que son los cabellos: adórote, árbol santo de la vera cruz”.  


Miguel García de Molina
'''Capítulo VII'''


[¶¶¶2r] '''A la reina doña Margarita de Austria, nuestra señora'''
'''De la enfermedad que tuvo esta bendita madre'''  


Muchos días ha que deseaba ocasión para manifestar al mundo las grandes obligaciones que tenemos a Vuestra Merced los hijos de mi padre san Francisco, y dejando aparte las antiguas —que en otro lugar placiendo a Dios le tendrán más de asiento—, por las recientes y nuevas está tan reconocida esta santa religión cuanto ninguna lengua lo habrá bastantemente decir, pues no hay cosa en la Tierra que tanto estime como haberle dado Vuestra Merced sus dos hijos y a sus altezas el hábito de nuestro [¶¶¶2v] seráfico padre san Francisco: al príncipe nuestro señor siendo de doce meses, y al señor infante don Carlos de dos años, consagrando al seráfico padre los dichosos principios de la edad de sus altezas con este hecho, y dando al mundo un ejemplo sin segundo de la santidad de sus padres y de la singular devoción que tienen a esta sagrada religión, en cuyo nombre, para que Vuestra Majestad goce de la santidad que por los rincones della descubre Dios cada día, por ser tan peregrina y rara la de la bienaventurada madre santa Juana de la Cruz —hija de nuestro seráfico padre y de su tercera Orden—, ofrezco a Vuestra Majestad estampa de su milagrosa vida, con grandísima confianza que pasando los ojos por ella quedará tan aficionada que no solo será parte, sino el todo para su canonización. Hágalo Dios como puede, y a Vuestra Majestad dé su gracia y tantos años de vida como este indigno siervo desea. Deste convento de Vuestra Majestad de San Francisco de Valladolid, 4 de otubre de 1610,
Siendo súbdita y abadesa en el dicho Monasterio de la Cruz, habiendo adquirido al monasterio muchos bienes y posesiones de personas que tenían devoción a esta bendita madre, por cuyo respeto las daban, y habiendo tenido la sierva de Dios muchos trabajos, contrariedades y aflicciones, ordenándolo Dios ansí para que fuese probada su paciencia y virtud, últimamente tuvo grandes enfermedades, sin poderse levantar en mucho tiempo de la cama, donde siempre trabajó, exhortando con palabras a las que la veían al temor y amor de Dios; y para los ausentes tenía una monja que escribía muchas cosas, concernientes y ordenadas todas al bien de los prójimos. Y estando en la cama enferma tuvo grandes consuelos espirituales y revelaciones misteriosas, secretos grandes del estado de la Iglesia, de los que están en purgatorio y otros muchos secretos, los cuales Dios le revelaba. Apareciole muchas veces Nuestra Señora y consolola. Su santo ángel custodio le hablaba muy de ordinario y fue cosa maravillosa la gran familiaridad que con él y otros ángeles, de quien era muy devota, [531] tenía, y las admirables revelaciones que tenía del Señor. Siendo esta virgen ya muy labrada como piedra para ser puesta en el edificio de la ciudad santa de Jerusalén, llegose el tiempo de su glorioso tránsito.


Fray Antonio Daza
'''Capítulo VIII'''


[¶¶¶3r] '''Prólogo y advertencias al letor, donde se declara qué cosa sea visión, éxtasis, raptos y otras cosas importantísimas para el entendimiento desta historia'''
'''De un caso prodigioso que sucedió a esta sierva de Dios'''  


Con lenguas de serafines y espíritu del Cielo, quisiera manifestar al mundo las cosas tan soberanas que para honra y gloria suya depositó Dios en su fiel y devota esposa santa Juana de la Cruz, con quien alargó tanto la mano de sus misericordias que por ser tan singulares piden singular atención para leerlas y particular devoción para escribirlas, y para tenerla yo y el acierto que deseo después de haber visitado su santo cuerpo y los lugares donde nació, vivió y murió la santa, y buscado con particular cuidado los más verdaderos papeles que se han podido haber para escribir su vida, sigo seis informaciones auténticas y un libro de mano muy antiguo ''[59]'' que —ditándole la [¶¶¶3v] misma santa por mandado del ángel de su guarda— escribió una discípula suya llamada soror María Evangelista, a quien milagrosamente para este efeto dio el Señor gracia de leer y escribir, porque antes no lo sabía, según que con muchos testigos está probado, y que después de muerta esta bendita religiosa apareció a otra en el coro vestida de resplandor y con un libro de oro abierto en sus manos, que es el mismo que escribió de las cosas de la gloriosa santa Juana. (''Estas informaciones y libro están en el archivo del convento de la Cruz'') ''[59]''. Y a toda esta autoridad, con ser tan grande, se añade otra no menor que es el milagro de la incorruptibilidad de su cuerpo, visto por mis ojos y tratado por mis manos cuando esto escribo, que está incorrupto, entero y de lindo olor, según que a honra y gloria de Dios más largamente lo diremos adelante ''[60]''.
Un viernes santo, habiendo estado toda la mañana en un rapto, volvió en sí estando diciendo la Pasión, y fuese al coro e iba llorando y descalza; y porque no podía andar ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena y dolor. Y viéndola las religiosas entrar en el coro, fuéronse para ella, preguntáronle cómo iba de aquella suerte. Respondió que le dolían mucho y los pies y no podía andar con ellos; y mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, no con llagas abiertas, sino unas señales redondas del tamaño de un real y muy coloradas, de manera que parecían por las palmas de las manos que estaban impresas. Tenían estas señales muy suave olor y la bendita lloraba de los dolores que tenía en aquellas señales. Y también las religiosas lloraban y tomáronla en sus brazos y lleváronla a su celda; y era tan grande el fuego que tenía aquellas señales que las religiosas le ponían paños mojados en agua fría y en muy breve espacio se enjugaban del gran fuego que de allí salía, y muy a menudo se los tornaban a poner mojados. Ella mesma se soplaba las palmas de las manos por mitigar el gran fuego y dolor que padecía. Y preguntándole las religiosas qué era aquello, respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía que había visto a Jesucristo Nuestro Señor crucificado, que llegándose a ella había juntado sus manos con las suyas y puesto sus pies con los suyos; y que luego había sentido gran dolor en su espíritu y gran sentimiento en sus manos y pies, que eran tan recios que no los podía sufrir. Tuvo estas señales tan maravillosas y crecidos dolores desde el día del Viernes Santo hasta el día de la Santa Ascensión. Y esto no continuo, sino los viernes, sábados y [532] domingos, tres días arreo, hasta la hora que Cristo Nuestro Señor resucitó; y desde aquella hora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta santa cómo no podía encubrir estas preciosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio, pues ya se publicaba, y el confesor del monasterio y las religiosas d’él las habían visto, suplicó a Nuestro Señor muy afectuosamente que en ninguna manera su Divina Majestad permitiese que en ella su indigna sierva pareciese ni tuviese tal tesoro ni tan ricas joyas, que no era digna de ellas ni quería tal don, pues no le podía encubrir, y nunca cesó de hacer esta súplica, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcanzó del Señor. Y en la oración oyó una voz del Señor que le dijo: “Mucho me ruegas e importunas que te quite ese don que te he dado, yo lo haré; y pues no has querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y ansí le fue otorgado del Señor no tener más aquellas señales, pero en su lugar le dio Dios muchas enfermedades y trabajos.  


Bien veo que hay en este libro cosas tan altas y subidas que no eran para todos, pero con el favor divino van tan llanas y acomodadas que sin ningún peligro cualquiera las podrá leer y sacar frutos sabrosísimos dellas, advirtiendo ''[61]'' que el llamar “santa” a esta bienaventurada virgen sin estar canonizada es porque el pueblo, cuya voz es voz de Dios, se lo llama desde el día que murió, fundado en su inculpable vida y muchos milagros que hizo ''[62]'', que con estas condiciones, que son las precisas que se requieren para canonizar a un [¶¶¶4r] bienaventurado, bien le pueden llamar “santo”, como lo dicen graves autores ''[63]'', y lo hacen los concilios y martirologios romanos, y se verá más largamente en las vidas de los santos escritas por autores graves, antiguos y modernos, así en los tomos de Lipomano, Surio y fray Luis de Granada, como en las corónicas de las órdenes monacales y mendicantes. Y casi todas las iglesias matrices y catedrales de la cristiandad hacen lo mismo, y en especial las de España, que llaman “santos” a muchos de sus patrones y a otros que no están canonizados ni beatificados. Y esta costumbre de la Iglesia es tan recibida en toda ella que tiene más fuerza que ley —pues la quita, pone y explica—, la cual permite que a los siervos de Dios que viviendo con fama de santidad hicieron milagros los honremos con el título de santos. Bien es verdad que, mientras la Iglesia no hubiere calificado sus vidas y milagros, no hay obligación con pena de pecado mortal a llamarles santos, ni a tenerlos por tales no estando canonizados. Y esta sea la primera advertencia.
'''Capítulo IX'''


La segunda, que, escribiendo la vida de una santa tan llena de visiones, revelaciones, éxtasis y aparecimientos de ángeles y demonios, estoy obligado a dar alguna noticia destas cosas, siquiera lo que un breve prólogo permite ''[64]'': Será de [¶¶¶4v] mucha importancia entender muy de raíz la propiedad y fuerza de la palabra “visión” con que generalmente se comprehende y declaran todas estas cosas como con particular energía la declara la lengua santa ''[65]'', derivándola del verbo ''ra´ah'', que significa “ver con los ojos del cuerpo las cosas que Dios revela y entenderlas con los espirituales del alma”. Y de aquí es que a los profetas a quien Dios mostró tantas visiones y maravillas los llama “videntes” la Sagrada Escritura, con un participio del mismo verbo ''haroe'', y “visión” a la revelación que se les comunica, que es un género de conocimiento sobrenatural. Y porque hay tres principios de conocer en el hombre, que son: el sentido exterior, la imaginación y el entendimiento, así también los dotores y santos ''[66]'' reducen a tres géneros de visiones todas las maneras de revelaciones que Dios hace a sus siervos, conforme a uno de los tres principios con que el hombre las conoce:
'''De cómo esta bendita pasó de esta vida'''


La primera de estas visiones, que se llama “sensitiva” ''[67]'', es cuando con los ojos del cuerpo se ven algunas cosas mediante figuras sensitivas o corporales, representadas a los sentidos exteriores, que son como símbolos o semejanzas de lo que Dios significa por ellas, las cuales no se pueden ver sin luz sobrenatural, como cuando mostró Dios a Abrahán el misterio de la Pasión de su unigénito [¶¶¶¶1r] hijo en el cordero enzarzado entre las espinas. La segunda se llama “imaginaria” ''[68]'', y es cuando el alma, sin ayudarse de los ojos corporales, ve las cosas que Dios le revela mediante alguna figura imaginaria. Deste género de visiones fueron las que vio san Juan en su ''Apocalipsi'', estando en aquel destierro injusto de la ínsula de Patmos. La tercera y última destas visiones ''[69]'' es cuando el ánima ve y conoce claramente lo que Dios la revela, y llámase “intelectual” porque el entendimiento, sin que haya de por medio figura de cosas sensibles o imaginarias, conoce todo lo que Dios la revela. Y esta última se tiene por la más alta y más principal de todas, por ser la más semejante a la visión de que gozan los bienaventurados en la gloria.
Siendo esta bendita de edad de cincuenta y tres años, los cuales había vivido muy bien y muy ejemplarmente a honra y gloria de Dios y salvación y mérito de su alma y aprovechamiento de sus prójimos, vivos y difuntos, como su historia da testimonio dello, quiso el poderoso Dios que después de la Dominica del Pastor, año de 1534, se le agravasen a esta sierva de Dios sus enfermedades, sobreviniéndole otra de nuevo, la cual fue que no pudo orinar en catorce días, y publicándose su enfermedad entre algunas personas muy generosas, devotas suyas, fue luego proveída con mucho deseo de su salud de médicos y de las cosas necesarias para su cura. Y los médicos juntos y concentrados le hicieron muchas y grandes experiencias, y ella, tomando por la consolación de las monjas que se lo rogaban todo lo que los médicos le mandaban, aunque era contra su voluntad, y algunas veces con rostro como de ángel y semblante muy gracioso [533] que reía con las monjas y les decía palabras de muy grande amor y también a los médicos, se mostraba muy agradecida a su trabajo. Y viendo ellos que su mal iba empeorando y que era mortal, dijéronlo a las religiosas, las cuales con muchas ansias comenzaron a invocar la misericordia de Dios haciendo oraciones y derramando muchas lágrimas y sangre, haciendo procesiones con gemidos y sollozos, que parece querían expirar, suplicando a Nuestro Señor no quisiese su Majestad quitarles tan grande amparo, consolación y ayuda para su salvación como tenían en la madre Juana de la Cruz. La cual con muy grande fervor pidió le trujesen su confesor, que se quería confesar y aparejarse para morir, y ansí lo hizo, que confesó y comulgó con admirable devoción y se despojó como muy pobre y perfecta religiosa, y pidió la extremaunción; y todos los días que estuvo enferma de la enfermedad que murió, no pasó noche que no se arrobase, pero no le fue descubierto el secreto de su muerte hasta tres días antes de su bienaventurado fin. Y aunque con mucha flaqueza, no faltándole caridad y compasión de sus hermanas, contoles algunas cosas de consolación que en sus raptos había visto. Y acercándose el día de su glorioso fin tuvo una revelación jueves en la noche, vigilia de los apóstoles San Felipe y Santiago, en la cual conoció que era la voluntad de Dios llevarla desta vida; y súpolo en espíritu, por cuanto aquella mesma noche estuvo elevada desde las once hasta la una, y en esta elevación vido a los gloriosos apóstoles San Felipe y Santiago. Y hablando con su santo ángel le dijo viese cuál estaba y le suplicaba rogase al Señor por ella y por las religiosas de su casa y por sus hermanos y parientes y amigos y por todas las personas que a ella se encomendaban; y la respuesta fue: “Bienaventurados son los que viven y mueren en Dios y malaventurados se pueden llamar los que viven fuera de Dios; esfuérzate y ten paciencia, y encomiéndate a Dios y confórmate con su santa voluntad, y arrepiéntete de tus pecados y de las cosas que pudieras haber hecho en su servicio y no las has hecho”; la cual dijo: “Tan tarde me lo decís”. Y respondió: “No es tarde, que tiempo tienes para lo poder hacer; tú, amiga de Dios, confórtate [534] con todo lo que Nuestro Señor quisiere hacer de ti y suplica a su Divina Majestad se cumpla en bien y salvación tuya la sentencia que está dada, y tiempo es ya, amiga de Dios, de gozar de las cosas prometidas y a Dios pedidas y por Él otorgadas”. Y suplicó esta madre a los gloriosos apóstoles San Felipe y Santiago rogasen a Dios por ella, que no deseaba la muerte por impaciencia, sino muerte con penitencia, contrición y arrepentimiento de sus pecados, y que fuese en ella cumplida la voluntad de Dios. Los santos apóstoles le dijeron: “Ansí tiene de ser para ser la muerte buena y inocente y sin pecado, y ahora es tiempo de padecer los penitentes y amigos de Dios para que después gocen de los gozos del Cielo”. Todo esto pasó estando esta sierva de Dios elevada, y tornando en sus sentidos llamó a una religiosa parienta suya, que desde niña se había criado en el monasterio y ella le tenía mucho amor, y díjole: “Hágoos saber, hermana, que según me ha sido revelado he visto que es la voluntad de mi Señor Jesucristo que muera desta enfemerdad, de lo cual yo mucho me he consolado”. Y contole la sobredicha revelación y díjole muchas cosas de gran dotrina, aconsejándola tuviese paciencia y se conformase con la voluntad de Dios. Y luego, viernes por la mañana, día de los apóstoles San Felipe y Santiago, entrando el médico a visitarla, dijo que le quería hablar en secreto y, llegándose cerca de su cama, le dijo: “Señor, ruégoos por amor de Nuestro Señor que no me curéis ya más ni hagáis algún beneficio, porque yo sé que tengo de morir desta enfermedad y todo aprovechará poco, sino es darme más tormento; y paréceme que todo mi cuerpo le meten en un grano de mostaza y allí le aprietan según que yo siento”. Y ansí estuvo todo aquel día con alguna fatiga causada por la enfermedad. Y como se divulgase mucho que estaba tan al cabo de su fin, muchas señoras generosas deseaban estar presentes a su glorioso tránsito y ansí lo pusieron por obra; y no todas llegaron a tiempo, a causa que algunas venían de lejos, sino fue una muy ilustre señora muy devota suya que se llamaba doña Isabel de Mendoza, hija del conde de Monteagudo, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, que llegó a tiempo [535] y estuvo presente a todas las cosas y maravillas que pasaron en su bienaventurado tránsito y tuvo muchas lágrimas de devoción. Y esta señora, después de viuda, fue monja en el Monasterio de la Concepción de la Puebla de Montalván.
El mesmo día de los apóstoles, antes de vísperas, estando en sus sentidos, vido algunas cosas, las cuales ella no dijo claramente, aunque mucho se lo importunaron y rogaron. Este mesmo día, ya que quería anochecer, le dieron la santa unción, la cual recibió con muy gran devoción, y desde a un rato dijo con gran gemido y contrición: “Ay, ay de mí, cómo me he descuidado”. Pasada una hora, después de recebida la santa unción, le sucedió una indisposición, que pensaron era desmayo, y viéndolo el médico dijo que no tenía pulsos, que verdaderamente se moría, y estuvo ansí un rato; y tornando sobre sí, comenzó a hablar con buen semblante, en lo cual conocieron había sido arrobamiento. Y destos tuvo muchos aquella noche y empezó a hablar, diciendo lo que había visto, como quien responde a lo que le decían, y parecía a todos los que la veían que lo que hablaba eran respuestas que daba a quien hablaba, e dijo como persona muy admirada: “O, qué cruel espada, tenédmele, tenédmele, no me mate con ella”. Y ansí estuvo sosegada un gran rato en silencio, como persona que veía grandes cosas. Y después dijo con gran sosiego y manera pacífica: “Tened ese cuchillo, tenedle”; y alzando un poquito la voz, decía: “Llamádmela, llamádmela que se va”. Y preguntándole a quién habían de llamar, respondió: “A la santa Madalena”; y diciéndole qué Madalena, dijo: “La que estuvo al pie de la cruz, que viene del sepulcro”; y decía: “Ay, ay, amiga de mi alma”. Preguntándole si estaba allí la Madalena, respondió que sí; y de rato en rato decía, a manera de mucho deseo: “Pues vamos, Madre de Dios, vamos”, y esto decía muchas veces; y algunas veces añadió: “Vamos a casa, vamos, Madre de Dios, que es tarde”. Y con manera de ahínco y esfuerzo fervoroso decía: “Echalde de ahí, echalde de ahí, ¿por qué me dejáis?”; y parecía que estaba angustiada y que peleaba con el demonio y para esta pelea la dejaron sola; la cual venció poderosamente, según pareció la plática que ella tenía con el demonio, [536] que ansí como Dios le dio gracia de fortaleza que en su vida le venciese, ni más ni menos en la hora de la muerte no la desamparó, que maravillosamente quedó vencedora. Y volviendo la plática a las religiosas, dijo: “Señoras y hermanas mías, levantadme de aquí, daré mi alma a Dios en sacrificio”. Dende a poco comenzó a decir apriesa, como quien habla con otras personas: “Buscádmele, buscádmele a mi Señor, ¿por qué me le llevastes?, dejádmele ir a buscar, aunque estoy descoyuntada”; y con gran fervor decía: “Mi Señor, la misericordia sobre la justicia: Jesús, y qué angustia”. Y muy fatigada, volvió el rostro a las religiosas, e díjoles: “Amigas, ayudadme a rogar”; y dijeron: “Señora, ¿qué quiere que roguemos y pidamos?”. Respondió que misericordia y piedad, que la misericordia era sobre la justicia. El médico que la curaba, viendo todas estas cosas, dijo con gran devoción y lágrimas: “Bienaventurado colegio que tal alma como esta envía el Cielo; por cierto, señoras, creo yo que serán mayores los favores que desta bendita recebirán desde el Cielo que los que han recebido en la tierra, aunque han sido muchos”; y respondió la bienaventurada: “Podrá ser”. Y todo esto pasaba estando sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo, y estándola todos mirando empezó a mascar, como persona que comía con mucho favor, y cesando le dijo el médico: “Señora, parece que come”. “Es verdad”, dijo ella, “sí”. Tornándole a preguntar  que quién se lo había dado y qué era, respondió que cierto manjar, y dijeronle: “con tal manjar muy esforzada estará”, y dijo: “Sí, estoy”. Y tomándole el médico el pulso dijo que se le había tornado muy esforzado y grande, que parecía de nuevo le habían dado vida porque había más de cuatro horas que estaba sin él y desde el día de los santos apóstoles no había pasado ninguna sustancia. Y después de todo esto comenzó a decir con muy alegre gesto: “Amigas mías y señoras mías, llevadme, llevadme”; y entendieron que hablaba con santas vírgines; y de a poco rato dijo con gran reverencia: “O, Padre mío”, y las religiosas pensaron que lo decía por el glorioso Padre San Francisco. Y cuando esto pasaba, ya venía el día y era sábado, y todos los que allí habían estado aquella noche, ansí a las religiosas como a las personas de otra manera, no se les hizo o pareció ser aquella [537] noche una hora. Estando ansí esta sierva de Dios, dijo: “Ea, pues, Jesús, vamos de aquí”; “vamos presto, Señora mía”; “vamos, vamos mi Redentor”. Entonces las religiosas se levantaron con muchas lágrimas y grandes sollozos y le besaron las manos con mucha devoción y ella las bendijo presentes y ausentes. Y tornó a decir: “Vamos, vamos, Redentor mío, vamos de aquí”. Y llegándose el médico a esta bienaventurada y hablándola, recibió el aliento que de la boca le salía y dijo a los que allí estaban no podía conocer ni alcanzar qué olor fuese, salvo que olía muy bien, de lo cual estaba admirado porque hasta aquella hora había tenido mal olor en el aliento, que le procedía de la corrupción de los humores, y entonces le tenía bueno. Y todos los que estaban allí que oyeron esto al médico se allegaron con mucha devoción y, recibiendo el huelgo, conocieron no ser de los olores deste mundo, y toda su persona estaba con grande olor y hermosura. Y desde el sábado a la tarde hasta el día siguiente domingo después de vísperas, día de la Invención de la Santa Cruz, no habló; y antes que entrasen por la puerta de su celda se olía los maravillosos olores que de ella salían.


Los raptos que los hebreos llaman ''tardemah'', que quiere decir “sueño profundo”, y los griegos ''extasis'' ''[70]'', que significa “salida o vuelo del alma”, no porque el alma salga del cuerpo y vuelva a él —que sería conceder un grande error y a cada paso la muerte y resurrección de los cuerpos—, sino porque en los raptos está el que los padece como si estuviese muerto o dormido, efeto propio de amor que según san Dionisio ''[71]'' es el que causa éxtasis en el alma y saca al hombre de sí, trasformándole en la cosa que ama, y a esta elevación llaman [¶¶¶¶1v] los teólogos “éxtasis”, sobre la cual añade el rapto ''[72]''  ''[73]'' cierto género de violencia de parte del objeto que mueve la potencia del alma, que la arrebata y atrae fuertemente a sí, aunque con grandísima suavidad, abstrayéndola de sus sentidos, la cual, cuando se arroba en Dios con la fuerza del amor, de tal forma se transforma en él que, suspendiendo sus potencias, acude a favorecer la porción superior del alma; y, como no tiene fuerzas para resistir al ímpetu sobrenatural y acudir juntamente a sus sentidos corporales, falta a estos y no les da virtud, ni envía la facultad animal a las partes el cuerpo, sin la cual ni los oídos pueden oír, ni los ojos ver, ni las narices oler, ni el gusto gustar, ni el tacto tocar. Y así, los que están arrobados ni sienten frío, ni calor, ni hambre, sed, ni cansancio, por lo cual piensan algunos que cuando el alma goza destos éxtasis, arrobamientos y raptos no merece en ellos ni desmerece, pensando que no la queda entera libertad para usar libremente de razón, como el que duerme ''[74]'', pero no se ha de hacer dellos el mismo juicio que se hace de los sueños ordinarios y comunes, que si en estos está impedido el uso de la razón y el entendimiento, en los raptos no lo está, sino más libre y desembarazado para entender y contem- [¶¶¶¶2r] plar las cosas que Dios comunica al alma, y se deja fácilmente entender mirando al fin que Dios tiene en estos éxtasis y raptos, que no los da para que sus amigos pierdan tiempo en ellos y estén aquel rato faltos de juicio, sino para que, recogida el alma, desatada y libre de la inquietud de los sentidos, obre más fervorosa y libremente. Y así las obras que hacen en los éxtasis y raptos son de virtud y hechas con mayor luz y claridad que las que se hacen fuera dellos, según que se colige de la dotrina de los santos ''[75]'' y nos lo enseñan personas a quien Dios hace esta tan señalada merced. Y así podríamos decir que “éxtasis” es un profundo sueño del alma, en el cual el entendimiento y voluntad están velando, y, ocupándose en tan alta obra, desfallecen los sentidos corporales y quedan como dormidos a las cosas exteriores.
'''Capítulo X'''


Para concluir con esta materia de visiones —que no querría alargarme en ella, ni dejarla ayuna de tan sabrosos bocados—, se advierta que cuando Dios habla a los hombres ''[76]'', lo más ordinario suele ser por ministerio de ángeles que representan la persona divina, y en su nombre reciben recaudos y los despachan hablando, no en tercera persona —como los mensajeros, que, en nombre ajeno, dan el recaudo y llevan también la respuesta— [¶¶¶¶2v], sino como los legados y virreyes, que tienen vez y lugar del mismo que los envía. Y esto fue más usado en la Ley Vieja que en la de Gracia, en la cual, por su dignidad y por el amor que Cristo tiene a las almas, algunas veces Él mismo se las aparece ''[77]'', las visita y consuela, como consta por lugares expresos del Testamento Nuevo ''[78]'' y los santos ''[79]'' refieren muchas historias de semejantes aparecimientos, y en esta se hallarán algunos, lo cual hace Su Divina Majestad bajando a la Tierra y quedándose juntamente en el Cielo, que —aunque dificultoso a nuestro parecer— no le es a Dios imposible, antes entre hombres doctos ''[80]'' es una opinión muy probable y segura, como lo es en buena Física y Teología la que enseña Escoto ''[81]'', con otros muchos que le siguen, que un mismo cuerpo por la virtud y potencia divina puede estar ''quantitativo modo'' ''[82]'' juntamente en dos lugares distintos y diferentes.
'''Del tránsito'''


Los ángeles, cuando aparecen y hablan a los santos y los demonios que los atormentan y azotan, toman para ejercitar estas acciones cuerpos aparentes y fantásticos del aire, imperfectamente mixto, aplicando ''activa passivis'' ''[83]'', como lo enseña la sutileza de Escoto ''[84]'' y el ingenio soberano [¶¶¶¶3r] del glorioso padre san Augustín ''[85]''. Y, aunque es verdad que estos cuerpos en que se muestran y aparecen no son verdaderos cuerpos de carne y sangre como los nuestros, con todo eso, es tanta la fuerza que los espíritus tienen sobre todas las cosas corporales y visibles, que hacen dellos lo que quieren, moviendo la lengua del cuerpo fingido para hablar, los pies para andar y el ojo para ver, porque, con la misma facilidad —y mayor— que el alma se sirve de sus miembros, se sirve el espíritu de aquellos que hace, porque a tanto como esto llega el poder del ángel bueno o malo. Y esto sirva al curioso letor para entender muchas cosas que se le ofrecerán en el discurso de la vida desta santa. [¶¶¶¶3v] [en blanco] [h. 1r] [en blanco]
Siendo la hora de las seis, después de mediodía, domingo día de la Santa Cruz, año de 1534, día en que la sierva de Dios nació y entró en la religión, acompañada su ánima de muy buenas y perfetas obras, y ansimismo su cuerpo acompañado de religiosos de su Orden y de todas las monjas de su casa, las cuales con candelas encendidas en las manos, y los padres leyendo la Pasión, dio esta sierva de Dios el alma en manos del poderoso Dios que la crió y redimió, quedando su gesto con hermosura y compostura admirable, quedándole la boca muy buen puesta, a manera de quien se ríe. Y admirados los padres que allí estaban, con gran reverencia llegaron a mirarle los ojos, y alzando los párpados vieron que no los tenía quebrados, sino con aquella hermosura que los tenía cuando era viva, y ansí como agradó con ellos mucho a Dios, permitió en la hora de su muerte que no se le quebrasen, en testimonio de las buenas obras que con [538] ellos había hecho; de lo cual todos se maravillaron mucho y dieron gracias a Nuestro Señor por las grandes maravillas y mercedes que con sus fieles amadores hace. Como acabó de expirar, allegáronse con grande ansia todas las religiosas, llorando lágrimas muy dolorosas a ver y besar el cuerpo, y como se cercaron a él, eran tan grandes los olores que d’él salían y tan subidos que no se podían comparar  con cosa desta vida, y las religiosas que tocaron el cuerpo les quedó por muchos días muy admirable olor en sus personas y manos y en cualquier cosa que se le ponía encima, y le tuvo en su persona y hábito todo el tiempo que estuvo por sepultar, que fueron cinco días. Y aderezado el cuerpo, la abadesa y monjas del convento, con candelas encendidas y rezando, le llevaron al coro y allí le fue dicho el oficio muy solenemente, y estuvieron aquella noche con él acompañándole con mucho dolor de lágrimas, y con ellas la dicha señora doña Isabel de Mendoza, que con mucha devoción se halló a su tránsito. Y divulgándose cómo ya era pasada desta vida esta sierva de Dios Juana de la Cruz, concurría mucha gente de toda la comarca con gran deseo de ver su cuerpo. Ansimismo vinieron muchos padres de la Orden a hacer sus exequias y enterramiento, y como la gente era tanta, daban licencia a algunos que entrasen en el monasterio; los cuales, cuando veía el cuerpo y olían los olores que d’él salían, daban muchas gracias a Nuestro Señor, derramando lágrimas de devoción.  


[h. 1v] [xilografía con imagen de la virgen Juana con cuentas al cuello, arodillada y abrazando la cruz a la derecha, la custodia a la izquierda y arriba el ángel de su guarda —pone encima: “san Laruel Áureo”— llevándole al Padre las cuentas de Juana para que las bendiga. Debajo de la escena consta: “La Vuestra Merced y sierva de Dios sor Juana de la Cruz, religiosa del Orden Tercera de nuestro padre San Francisco, de la santa Provincia de Castilla, abadesa que fue en el convento de Nuestra Señora de la Cruz 17 años a los 28 de su edad, y fue electa en 3 de mayo año de 1499, día de la Invención de la Santa Cruz, y nació en el mesmo día el año de 1481, tomó el hábito en el mesmo día, año de 1496, profesó dicho día el año de 1497, murió en el mesmo día el año de 1534, a los 53 años de su edad”]
'''Capítulo XI'''


[¶¶¶¶4r] '''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco'''
'''Cómo sacaron el cuerpo desta sierva de Dios para que la gente le viese'''  


'''Capítulo I'''
El día siguiente lunes, como fuese casi hora de vísperas y todos los campos estuviesen llenos de gente, clamando que les mostrasen el cuerpo que se le dejasen tocar, los padres que allí se hallaron, por satisfacer a su devoción, tomaron el cuerpo y sacáronle fuera con mucha reverencia, donde todos le pudiesen ver; y viendo la gente cómo le sacaban, eran tan grande los clamores y gemidos que todos daban con muchas lágrimas que se oían muy lejos de allí; y llegando todos a prisa, los religiosos que guardaban el cuerpo no consentían [539] tocasen sino en el hábito; y sintiendo el muy suave olor que del cuerpo salía, con mucha admiración daban gracias a Dios y ponían encima rosarios y otras cosas que traían, en las cuales se pegaba el mesmo olor. Y consolada la gente, tornaron el cuerpo al monasterio a hora de Completas; a la cual hora llegaron correos de grandes señoras rogando que detuviesen el cuerpo hasta que ellas le viesen y ansí se hizo. Y hecho el oficio, los religiosos se fueron a sus monasterios y dejaron el cuerpo por enterrar y ansí estuvo por cinco días, no perdiendo el buen olor que d’él salía. Y venidas las señoras, a cuya instancia el cuerpo estaba detenido, viéronle y tocáronle y se consolaron mucho de ver las maravillosas que Dios mostraba en él. Pareció era bien porque la gente gozase desta reliquia, se enterrase en la Iglesia y capilla del Santísimo Sacramento, pero las religiosas no consintieron sacar el cuerpo del monasterio y hubieron de entender en ello los prelados, y húbose de hacer lo que las monjas querían porque era más justo, y pusiéronle en una parte donde las religiosas comulgaban, en un hoyo pequeño, cuanto cupo el ataúd, encima cubierto con yeso; en el cual lugar el tiempo que allí estuvo manifestó Nuestro Señor la santidad desta su sierva, sintiendo muy suaves olores.


'''De la fundación del monasterio de Santa María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una pastorcica natural de Cubas'''
En la ciudad de  Almería había una grande religiosa, que tenía revelaciones muy verdaderas y el Señor le comunicaba muchos secretos: llamábase María de San Juan, natural de la villa de Casarrubios del Monte, la cual con otras había ido al Monasterio de Torrijos a fundar al Monasterio de la Concepción de Almería, en tiempo de doña Teresa Enríquez, señora de Torrijos. Y esta religiosa María de San Juan tenía gracia de arrobarse, y las dos se habían hecho hermanas espirituales y se comunicaban mucho. Y yendo dos padres de la Orden de S. Francisco, que el uno de ellos había sido provincial de la provincia de Castilla, persona de mucha autoridad y letras, a tratar y negociar con la madre María de San Juan, a un mes que había pasado desta vida la madre Juana de la Cruz, y preguntándole el dicho prelado, que le dijese del estado del ánima de la madre Juana de la Cruz, respondiole con mucha alegría: “Tiene tanta y tan grande gloria como el poderoso Dios les da a sus escogidos y los méritos [540] de la madre Juana de la Cruz merecían”. Y contó cómo el día de San Juan Evangelista, a seis de mayo, tres días después de la Invención de la Cruz, día en que la madre Juana de la Cruz pasó desta vida, se la mostró Dios muy diferente de cómo la solía ver y que, admirada de aquello, le fue respondido que ya estaba desatada de las cadenas de la carne y en gloria para siempre, y que Dios dio lugar que la hablase y le dijo que había tres días que había pasado desta vida y en ella había tenido su purgatorio, y que no le dieron lugar para que le dijese más y quedó ella muy consolada.


Cinco leguas de Madrid, corte famosa de los Católicos Reyes de España, está la villa de Cubas; y aunque pequeña y pobre, felicísima y muy dichosa, por haber escogido junto a ella la Virgen Nuestra Señora su habitación y morada tan cerca que solos quinien- [¶¶¶¶4v] tos pasos deste lugar quiso tener su casa, como señora y vecina del pueblo, en cuya juridición y términos se apareció la soberana Virgen nueve veces, en los primeros nueve días de marzo del año de 1449, a una pastorcica de trece años llamada Inés, guardando un ganadillo de cerda, tan devota de Nuestra Señora que rezaba su rosario cada día, y le ayunaba sus fiestas y la mitad de la Cuaresma desde que tuvo siete años, y ahora que era mayor comulgaba a menudo y frecuentaba mucho la iglesia. Y aunque de las informaciones que se hicieron sobre este caso (''capítulo 8'') ''[86]'', no conste sino de los cinco o seis aparecimientos, es cierto que fueron nueve, según que se lo reveló Dios a la bienaventurada santa Juana por el ángel de su guarda, y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año desde entonces la fiesta destos nueve aparecimientos de Nuestra Señora con grande solenidad y concurso de muchos pueblos.
Algunos años después, se hizo un arco muy bien labrado en una pared que divide la capilla mayor del claustro del monasterio por la parte del evangelio, y se puso una reja muy bien labrada, toda dorada muy fuerte y recia, que cae a la parte de la capilla, y por la parte del monasterio se pusieron unas puertas muy fuertes y allí trasladaron el cuerpo de esta sierva de Dios, el cual pusieron en una caja muy bien guarnecida por de dentro y por de fuera; y esta caja pusieron en una área muy grande, muy cerrada con diversas llaves y barreteada muy fuertemente; y ansí por la parte de la iglesia gozan della todos los que entran en la dicha iglesia y por parte de dentro la gozan las religiosas. Setenta años después que la pusieron en este lugar, dos reverendísimos generales de la Orden de San Francisco en diversos tiempos quisieron ver el cuerpo porque habían de ir a Roma y tratar con Su Santidad de su canonización, para lo cual se hacen diligencias; y, aunque con trabajo, la abrieron el arca, por estar muy barreteada por todas partes. Abrieron la dicha arca y el cuerpo fue hallado como si acabara de morir, sin tener ninguna parte resuelta; y estaba vestida de damasco pardo porque ciertas señoras que se hallaron a esta traslación la pusieron en aquella forma. Y por secreto que esto se trató, fue tanta la gente que acudió que, por condescender con la devoción de todos, mostraron el cuerpo por la reja de donde está tan entero como cuando murió. Repartidas algunas reliquias suyas, como de sus tocados y sobretocas, para repartir a señoras en la Corte y en otras partes, se tornó a poner con la mesma decencia y seguridad que antes; y siempre Nuestro Señor hace muchos [541] milagros y maravillas en aquella santa casa de Nuestra Señora de la Cruz.


La verdad desta historia se ha colegido de una información hecha por mandado del ilustrísimo señor don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, cometida a Juan Núñez, arcipreste de la villa de Madrid, y a Juan Gonzá- [1r] lez Morejón, arcipreste de la villa de Illescas, por particular provisión del dicho arzobispo, dada en la villa de Benavente, a siete de abril, del año de 1449, refrendada por Gómez de Córdoba, su secretario, y autorizada por Ruy Díaz de Madrid, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, y notario público en su Corte y en todos sus reinos. (''Esta información está en los archivos del convento de la Cruz, junto a Cubas'') ''[87]''. Y para escribir historia tan grave como esta de los nueve aparecimientos de Nuestra Señora, no hallo palabras más a propósito, ni más graves, ni verdaderas, que las propias con que la misma Inés la contó, siendo examinada sobre este artículo, que por ser suyas hacen mucho al caso, y por la llaneza y antigüedad del lenguaje darán gusto a quien las leyere, que son las siguientes ''[88]'':
Hase de advertir, que se dice en esta historia, que muchas personas seglares entraban en la clausura del monasterio a negociar con esta sierva de Dios, como es cuando estaba enferma, que no podía salir a los locutorios cuando se arrobaba; y también cuando, estando elevada y fuera de sus sentidos, entraban a oírla por las cosas grandes y maravillosas que de su boca salían y en la última enfermedad de que murió y después de muerta y en su entierro y en semejantes ocasiones. Digo que se ha de advertir que antes del Concilio de Trento los prelados podían dar licencia con causa que para ello ocurriese para entrar en los monasterios de monjas; y en especial las que por su estado no hacían voto de clausura, como son las monjas terceras, que, aunque guardaban clausura, era por vía de precepto, como se dice en el tratado de los terciarios; y ansí los prelados daban las sobredichas licencias.


“E luego la dicha Inés dijo que este lunes que ahora pasó, que se contaron tres días del mes de marzo, estando ella en el campo guardando los puercos, al campo que se llama la Fuente Cecilia, a la hora del mediodía, poco más o menos, vino a ella una mujer muy fermosa vestida de paños de oro e le dijo: “¿Qué faces aquí, charita?”. (''Decía Inés que Nuestra Señora hablaba muy lindamente, que tenía suavísima voz y muy delgada'') ''[89]''. E que le respondió: “Guardo estos puercos”. Y que la dicha señora la dijo que por qué ayunaba los días de Santa María en viernes.[1v]E que respondió que ge lo mandaban sus padres. Y luego dijo la señora que bien facía e que pocos viernes la quedaban ya que ayunar en este año, pero que de allí adelante ayunase las fiestas de la señora Santa María en los mismos días que cayesen, porque los que así ayunaban ganaban ochenta mil años de perdón. (''Esto se debe entender de la fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora'') ''[90]''. ''E que también le mandó dijese a todas las gentes se confesasen y enderezasen sus ánimas, porque vendría sobre ellos grande pestilencia, e dolor de costado ''[91]'', e muchas piedras rojas envueltas en sangre, de lo cual moriría mucha gente. E luego desapareció. E dijo la dicha Inés que estas cosas no las había osado decir a su padre, ni a su madre, ni a ninguna persona. E que luego el martes siguiente dijo que andando con los dichos puercos en el pavo del arroyo de Torrejón a la hora de mediodía, volvió a ella la dicha señora en la manera que de antes la había aparecido, e le dijo: “Fija, ¿por qué no dijiste lo que te mandé ayer?”. E que respondió que no lo osó decir, pareciéndola que no sería creída. E que entonces le dijo la dicha señora: “Cata que te mando que lo digas, e si no te creyeren, yo te daré señal con que te crean”. Y entonces la dicha Inés le preguntó quién era. Y le respondió que no se lo quería decir ahora. Y con esto desapareció. (''Decía Inés que todas las veces que vio a Nuestra Señora venía con tan gran resplandor que la dislumbraba, de suerte que por aquel día casi quedaba sin vista'') ''[92]''. Y el viernes siete días del dicho mes, dijo[2r]la dicha Inés que andando guardando los puercos al prado nuevo cerca del dicho lugar del Cubas, vino a ella la dicha señora la tercera vez a la dicha hora, vestida como dicho tiene, e le dijo que si había dicho lo que la había mandado. Y respondió que lo había dicho a su padre, y a su madre, y a otras personas del lugar (''Su padre le dijo que mentía y que callase y no lo dijese a ninguna persona'') ''[93]''. Y entonces la dijo la dicha señora que lo publicase, e lo dijese al clérigo e a las gentes sin ningún miedo ni temor. E después desto dijo la dicha Inés que el domingo que ahora pasó que se contaron nueve días del dicho mes, estando guardando los dichos puercos al pavo que dicen de la Cirolera, y estando fincadas las rodillas y puesta la boca con el suelo ofreciendo las oraciones e rogando que apareciese la dicha señora, que vino a ella en la forma que otras veces le había aparecido, e le dijo: “Levántate, fija”. E que estonces hubo miedo, y se levantó. Y que la dicha señora la dijo: “No hayas temor”. E la preguntó luego quién era, y le respondió: “Yo so la Virgen Santa María” ''[94]''. Y se llegó a la dicha Inés, e la tomó su mano derecha, e ge la apretó con el pulgar, e la dejó los dedos della juntos y pegados, fechos a manera de cruz, según que lo mostró, y vimos todos los que ahí estábamos (''Esta señal vieron muchos, y aunque la probaron a deshacer no pudieron'') ''[95]''. Y que cuando le juntó los dichos dedos, se quejó la dicha Inés, e la dijo la dicha señora: “Con [2v] esta señal te creerán, y esto pasarás tú por ellos. Vete a la iglesia, y llegarás cuando salgan de misa, e enséñalo a todas las gentes, porque crean lo que dijeres”.'' ''(''Dolíala'''' todo el brazo hasta el codo y la parecía que le tenía seco'') ''[96]''. '' ''Y así se fue luego a la iglesia, e llegó al tiempo que la dicha señora había dicho. Y en entrando en la iglesia, fincó los finojos ante el altar de la Virgen María, e dijo públicamente al clérigo e a todo el pueblo todo lo susodicho. E luego el clérigo, e alcaldes, e regidores, e omes buenos del dicho lugar, habiendo mucha devoción en la dicha señora Virgen Santa María, que tal miraglo mostraba en la dicha Inés, se movieron con gran devoción con las cruces e con candelas e hachas encendidas en las manos, y descalzos todos en procesión con los más niños que se pudieron haber en el dicho lugar e con la dicha Inés, y llevaron una cruz de palo, para ponerla donde Nuestra Señora le había tomado la mano, y fecho en ella la dicha señal. Saliendo de las eras, e queriendo entrar en las viñas, la dicha Inés, que iba adelante de los niños, volvió la cabeza e dijo a Lope de Lorbes y a Andrés Ferrandes Regidor, que iban ordenando la procesión de los dichos niños, que estuviesen quedos, que había oído una voz que la llamaba la dicha señora Virgen Santa María y que le dijera dos veces: “Anda acá”. E quería [3r] ir a ver lo que le mandaba la dicha señora. E que luego el dicho Andrés Ferrandes, que llevaba la cruz de palo, se la dio a la dicha Inés, la cual se fue con la cruz e dijo que, así como se apartó de la procesión, vino la Virgen Nuestra Señora y se fueron juntas al lado derecho de la dicha Inés, e que nunca la fabló ninguna palabra, fasta que llegaron al lugar donde le había dado la dicha señal, e que entonces la dicha señora Virgen Santa María tomó la cruz en sus manos, e fincando los hinojos, la fincó en el suelo enhiesta, e la mandó a ella fincar las rodillas de cara la procesión, y que dijese a los del pueblo que la ficiesen allí una iglesia que llamasen Santa María. (''Decía Inés que tomó Nuestra Señora con la mano derecha la cruz por el medio y la hincó palmo y medio en la tierra. Estando Inés de rodillas al pie de la cruz, dijo: “Este es el lugar donde la Virgen María manda que la hagan la iglesia”. Y aquí hincó su rodilla y señalando con el dedo dijo: “Veis aquí dónde puso sus pies”. Y vieron señaladas dos pisadas muy pequeñas en la arena'') ''[97]''. E le mandó que se tornase con la procesión a la iglesia del lugar, y estuviese en ella ante el altar de Santa María con algunas criaturas inocentes, y que estuviese allí aquel día y aquella noche hasta hoy dicho día en que la dijesen dos misas de Santa María en su altar, e que pusiesen a la dicha Inés debajo de los evangelios cuando se dijesen las dichas misas, y la llevasen a Santa María de Guadalupe, donde estaría dos días, e que llevasen con ella cuatro libras de cera, e luego sería sana, e se desataría la mano, e se quitaría la señal”.
'''Capítulo XII'''


[3v] Esto es lo que dijo Inés debajo de juramento. Y el pueblo viendo estas maravillas, adoró el lugar donde la Virgen puso sus benditísimos pies; y, con los granos del arena en que quedaron estampadas las señales de sus plantas, sanaron muchos enfermos. Adoraron también la santa cruz; y, poniendo hombres que la guardasen, se volvió la procesión a Cubas con la niña. Y, hecho con ella todo lo que la Virgen mandó, la llevaron sus padres a Guadalupe. En este camino hizo algunos milagros en la cura de los enfermos, y a la vuelta sanó de dolor de costado a un hombre de los que venían con ella. Estuvo en Guadalupe tres días, y al segundo se le desató la mano, y quedó perfetísimamente sana, siendo el milagro muy público y patente, porque le vieron el prior y religiosos de aquella casa, con otras muchas gentes, y le tomaron por testimonio. Y cuando Inés volvió de Guadalupe, fue primero que a su pueblo al lugar donde Nuestra Señora puso la cruz, y estándola adorando se le apareció otra vez la santísima Virgen, y la habló. Y de aquí se volvió Inés con sus padres a su casa.
'''De otras monjas que ha habido en este convento'''


Tan favorecidos se hallaban los de Cubas con haberles la Madre de Dios visitado nueve [4r] veces, que dentro de un año la hicieron una iglesia con título de Santa María de la Cruz, y en ella la santísima Virgen hizo tantos milagros que pasan de setenta y seis los que por ante escribano y notario público se hallan comprobados. (''La información destos milagros está en el archivo del convento de la Cruz'') ''[98]''. Y entre ellos doce tullidos sanos, ocho libres de manifiesto peligro de muerte y once muertos resucitados. Y a la fama destas maravillas y aparecimientos de Nuestra Señora, algunas mujeres devotas que había en aquellos lugares en el contorno de Cubas se vinieron a él, y de su pobreza edificaron una casa junto a esta iglesia, la cual después les fue dada con la cruz que Nuestra Señora tuvo en sus manos, y ellas dieron la obediencia a la Orden de nuestro padre San Francisco, y tomando su hábito, profesaron la Tercera Regla. (''Esta cruz se muestra en el Convento'') ''[99]''. Tomole también la pastorcica Inés, y, andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su cabeza y prelada, por la santidad y virtudes que en ella resplandecían. Mas como el demonio donde halla mayor perfeción procura más la caída, solicitó la destas pobres mujeres, ocasionándolas con algunos tratos y amistades de seglares, de suerte que en breve tiempo desdijeron de aquel buen olor de santidad y virtud en que se habían criado, hasta [4v] salirse del monasterio. Y la triste Inés, que otro tiempo había sido la primera en la virtud, vencida del enemigo, vino también a pervertirse y apostató del convento. Pero, favorecida de la Reina de los Ángeles, hizo penitencia de su pecado y tan buena vida, según se sabe por tradición, que a la hora de su muerte milagrosamente se tañeron las campanas.
Desta sierva de Dios Juana de la Cruz se hace memoria en el catálogo general que la Orden tiene de frailes religiosísimos y monjas a quien tiene gran reverencia y veneración, esta parte de su historia impresa en la tercera parte de la Crónica general de la Orden que compuso el reverendísimo Gonzaga siendo general della, remitiendo muchos milagros y otras cosas a que se vean en un libro, en el cual está todo autenticado. Y en la historia del Convento de Nuestra Señora de la Cruz se dice las personas insignes que con ella trataban y comunicaban sus negocios, las personas reales de grande autoridad que se encomendaban en sus oraciones, las gruesas limosnas que por su respeto hicieron al dicho monasterio; y desde entonces hasta ahora ha proveído Dios que en aquel monasterio haya habido monjas de grande espíritu y celo de la virtud, siguiendo los ejemplos y dotrina desta sierva del Señor. Ansí, todo el convento haciendo procesiones de ledanías que ella ordenó, y en particular la imitan monjas, guardando ayunos de pan y agua, no durmiendo en cama ni trayendo lienzo en el cuerpo y teniendo mucha [542] oración, entre las cuales hubo una muy noble, que se llamaba sor Ana de la Cruz, de la cual se cuenta que en más de cuarenta años no faltó de Maitines a medianoche, y después dellos se quedaba en oración hasta que venía el día y era hora de irse a su oficio, que era tornera, en el cual dio grande ejemplo. Otra, sor María de Sonseca hubo, que tiene mucho nombre de grande penitente y recogimiento. Y con esto es Nuestro Señor servido que esta casa sea de mucha devoción y acudan a ella tantas doncellas a querer ser monjas que, guardando el número que, conforme sus rentas, y haciendas pueden conservar, como lo manda el Concilio de Trento, muchas no se pueden recebir; y es mucho considerar que personas que pueden ser monjas en monasterios de grandes villas y ciudades, y de Corte, escogen más este para ser monjas estando en un desierto, trayéndolas Dios por la devoción que a esta bendita madre tiene. Y por la mesma razón, habiendo la Provincia muchas veces tratado y querido trasladar esta santa casa a algún gran pueblo, después que esto se ordenó en el Concilio de Trento, ha sido tan grande la instancia y tantas las súplicas y ruegos e intercesiones que las religiosas han hecho para que no las saquen de la casa donde vivió y murió la madre Juana de la Cruz, y adonde tienen su cuerpo, que no ha sido posible hacerse. Y esta devoción del lugar y monasterio es tan grande en toda la tierra que jamás faltan velas, enfermos y tullidos y de otras muchas enfermedades que velan y asisten donde está su bendito cuerpo; y muchos reciben grandes mercedes y beneficios de Dios Nuestro Señor, como parece por los ataúdes, mortajas, muletas, hierros de cristianos esclavos, los cuales han dicho que por la devoción que han tenido a esta casa milagrosamente han sido libres de cautiverio. Muchos cirios de cera y bultos de personas y otras cosas que allí llevan en señal y reconocimiento de los beneficios recebidos, de lo cual todo se toma fe y testimonio verdadero, y las paredes de la capilla mayor y iglesia deste monasterio están llenas de estas insignias y testimonios.  


'''Capítulo II'''
'''Capítulo XIII'''


'''Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa santa Juana, por intercesión de su Santísima Madre'''
'''En que se concluye esta historia'''  


Viendo la soberana Reina del Cielo la caída de su casa, donde con tantos milagros se había aparecido, rogó a su santísimo hijo que para restaurarla, y la devoción de sus nueve aparecimientos que en ella había hecho, criase una criatura que se llamase Juana, porque hasta el nombre tuviese de gracia ''[100]''. Prometióselo el Señor, y dársela tan copiosa y sin medida que ninguna persona de las que hubiese en la tierra tuviese su semejante. Y que no solo le daría esta gracia tan liberal y copiosamente, sino otras muchas; y que tendría elevaciones y raptos, y trato fa- [5r] miliarmente con los ángeles, y vería a Dios y a su madre muchas veces. Porque cuando la divina majestad quiere que la santidad de algún santo llegue con el discurso del tiempo a grado muy excelente y heroico, toma la carrera muy de atrás, para que la santidad le venga tan nacida que parezca haber nacido con ella, como se verá en la vida desta gloriosa santa, cuyo nacimiento dichoso fue en el año del Señor de 1481, en la Sagra de Toledo, en Hazaña, lugar del mismo arzobispado y de la santa iglesia de Toledo llamada Santa María, porque la que había de vivir y morir en la casa de la santísima Virgen naciese sierva y vasalla suya en lugar de su juridición y señorío, y que este se llamase Hazaña, pues había Dios de obrar en él por intercesión de Su Santisima Madre una tan admirable hazaña y una obra tan hazañosa en materia de santidad y virtud cual nunca en aquel tiempo se vio otra semejante a ella. Sus padres, naturales deste pueblo, se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, cristianos viejos y virtuosos, y abastecidos de bienes de fortuna. Dioles Dios esta hija, y en el bautismo la llamaron Juana. Y apenas había nacido —como dicen— cuando se comenzó a manifestar en ella [5v] la grandeza de las maravillas de Dios, y en tan tierna edad comenzó a declararse por ella con notable asombro de las gentes, porque recién nacida ayunaba los viernes, mamando sola una vez al día. Desde los pechos de su madre tuvo éxtasis y raptos, y porque la hallaba algunas veces en la cuna elevada y sin sentido ''[101]'' —aunque con pulsos y calor natural—, la madre ''[102]'' angustiaba desto, pensando era alguna enfermedad que la privaba del sentido y de tomar el pecho. Y una vez estuvo tres días sin mamar ni volver en sí ''[103]''; por lo cual, la afligida madre, creyendo que su hija era muerta, suplicó a la Virgen Nuestra Señora se la resucitase, y prometió llevarla con su peso de cera al convento de Santa María de la Cruz —que estaba cerca de Cubas—, y velarla allí una noche. Volvió la niña en sus sentidos, con que se consoló mucho su madre, entendiendo había cobrado la salud y vida que deseaba. Estos y otros muchos indicios daba en su niñez la santa niña, y crecía cada día en gracias espirituales y dones de Dios, aunque por entonces no eran conocidos de sus padres.
En materia de milagros se debe advertir cómo se hacen, porque unas veces los [543] hace Dios súbita e instantáneamente y otras más de espacio y en tiempo, como consta de lo que San Marcos cuenta en el cap. 8., que, trayendo a Cristo un ciego, suplicándole que le diese vista, poniéndole las manos le preguntó que qué vía, y dijo que vía unos hombres como árboles que andaban, dando a entender que no vía  perfetamente. Donde Erasmo sobre el mesmo lugar dice que aquella palabra, ambulantes, tiene de ir con los hombres y no con los árboles, porque el árbol en el griego es neutro y no puede convenir con el ambulantes, que es como si dijera: “Veo andar los hombres como árboles”. Y segunda vez le tocó Cristo y vido perfetamente y con más perfección que si viera por naturaleza. Pues las obras de milagro, según todos, más perfetas son que no las naturales. Y ansí en este milagro se ve cómo Cristo no le hizo en un punto, como cuando Cristo entró en casa de San Pedro y su suegra estaba enferma de grandes calenturas y los discípulos le rogaron que la sanase, y mandó a la calentura que la dejase y en un punto fue sana: que son milagros que los teólogos llaman por otros términos, milagro en el modo, porque muchos sanan de calenturas, pero no en un punto. La razón desta diversidad de sanar Dios en un punto, o en tiempo, dicen algunos que es conforme la disposición que cada uno tiene para recebir aquel beneficio; y ansí unos le reciben en poco tiempo, otros en mucho. Y aunque esta razón es buena para que todos se dispongan para que Dios los sane en el alma, pues es dotrina cierta que a quien Dios sana en el cuerpo también sana en el alma, lo cual de ley común no se hace sin disposición, la razón de la diversidad de milagros es porque Dios es autor de la naturaleza, y el modo con que obra ese le dio Dios, la cual obra por movimiento, que no puede ser sino es en tiempo, sucediendo uno a otro, como se ve en la producción y obras de la naturaleza, como un hombre que nace niño y poco a poco con el tiempo se hace hombre, lo mesmo es en un árbol y en cualquiera otra cosa. Y para darnos a entender en los milagros, que es autor de la naturaleza, hace algunos poco a poco, procediendo como la naturaleza. Y también para dar a entender que es sobre naturaleza y no está atado a las leyes della, hace milagros en un punto, como es la resurrección de Lázaro y otros semejantes, la cual la naturaleza [546] no puede hacer. Lo mesmo pasa en las cosas espirituales porque, como dice el maestro de las sentencias, no ató Dios su virtud a los sacramentos de tal manera que no pueda justificar sin ellos, pues es sobre los sacramentos, aunque autor dellos.  


Siendo la niña de dos años, o poco menos, por estar muy descolorida y tan enferma que no podía tomar el pecho ni comer ninguna cosa, su madre y abuela, que la querían [6r] mucho, la llevaron a una romería muy devota de san Bartolomé, en el lugar de Añover, y estando en la iglesia mirando la imagen del glorioso apóstol, que estaba en el altar, se riyó la niña y pidió luego de comer, y desde este punto se halló buena. Y contaba después, cuando supo bien hablar, que había visto al apóstol san Bartolomé, que besándola en el rostro y abrazándola, le dijo: “Niña, acuérdate de mí, que yo me acordaré de ti” ''[104]''.Y la quitó el mal color de rostro que tenía. Nunca la vieron jugar con los niños de su edad, porque aunque era niña no lo parecía sino en los años. Cuando llegó a los cuatro, la sucedió que, enviándola su madre a holgar a las eras, por ser tiempo de verano, pasando por una calle se acordó que poco antes habían llevado por allí el Santísimo Sacramento a un enfermo, y de tal manera se arrobó en esta consideración, que cayó de una jumentilla en que iba. Viola el cura del lugar, y levantándola del suelo la halló sin género de sentido, y la llevó en los brazos a casa de su abuela, donde estuvo grande rato sin tornar en sí. Y, según dijo ella misma cuando después volvió en sus sentidos, fue llevada en espíritu a un hermosísimo lugar, donde vio muchas señoras a maravilla [6v] compuestas, y entre ellas una, que a su parecer era la reina de todas, según su resplandor y hermosura ''[105]''. Y también vio muchos niños de no menor hermosura, que acercándose a ella le dijeron: “¿Qué haces ahí? Vente con nosotros y adora a aquella señora, que es la Madre de Dios”. La bendita niña respondió: “Yo no lo que tengo de hacer, mas rezaré el Avemaría”. Y, puestas las rodillas en tierra, rezó la salutación angélica. Y habiendo saludado a la Reina del Cielo, vio a su lado al santo ángel de su guarda, que la enseñó muchas cosas. Y al fin de una larga plática que con él tuvo, le rogó la llevase en casa de su abuela. Y cuando volvió del rapto, la santa niña contó por orden todas las cosas que había visto, hasta que su abuela la mandó callar, y así lo hizo.
De lo dicho se entenderá la razón de estar algunas personas en los santuarios teniendo novenas, y otros treintanarios y otros más y menos, como acontece en este santuario de Nuestra Señora de la Cruz, que unos sanan de sus enfermedades a tres días, otros a cuatro, otros a nueve, y otros a más, y otros a menos y otros en llegando; lo cual todo resulta en honra y gloria de Dios, de quien son las maravillas y milagros. Si es según la diversidad de disposición de cada uno, de Dios es la disposición; y ansí a Él se debe la gloria; si es porque se quiere mostrar hacedor de la naturaleza y sobre ella todas las criaturas, cada uno en su modo le alabe y glorifique. Y también acontece que algunos no alcanzan el beneficio que desean y esto porque les conviene mejor la indisposición que tienen, que no su pretensión, como se cuenta del glorioso apóstol S. Pedro: que santa Petronilla su hija estaba tullida en una cama, yendo S. Pedro con unos discípulos suyos a comer le dijo que se levantase y les aderezase la comida, y acabado de comer dijo que se volviese a la cama tullida, y los circunstantes dijeron a S. Pedro que quien daba salud a tantos y libraba de tantas enfermedades por qué consentía que su hija estuviese de aquella manera, y respondió S. Pedro: “Todo lo que decís es verdad, pero a Petronilla le conviene más la enfermedad, que la salud”. Y ansí porque a muchos necesitados y enfermos no les conviene tener salud, no se la da Dios; y, pues lo hace por más bien suyo, deben de estar muy contentos y consolados, tanto como aquellos a quien Dios se la concede, pues lo uno y lo otro es lo que les conviene; y los que van sanos procuren no ofender a Dios porque no les acontezca lo que Cristo dijo al paralítico, que pues iba sano, no pecase, no le aconteciese otra cosa peor que la enfermedad que había pasado. Todos procuren ser devotos de la madre Juana de la Cruz, pues, a los que lo son, hace Dios muchas mercedes en esta vida y en el siglo que esperamos.  


En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santisimo Sacramento, que le llevaban a un enfermo, le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesucristo en forma de niño muy hermoso y resplandeciente ''[106]''. Otro día de la Purificación de Nuestra Señora ''[107]'' oyendo misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la hostia, la vio muy clara y resplan- [7r] deciente, y dentro della a Nuestro Señor Jesucristo ''[108]'', y alrededor de él muchos ángeles; de lo cual la inocentísima criatura no hizo mucho caso por entonces, creyendo que todos veían estas soberanas maravillas y que eran comunes a los demás, porque como era tan humilde, tan inocente y sincera, nunca llegó a su imaginación pensar que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró en la manera que adelante veremos.
Otros muchos milagros y grandezas hay desta sierva de Dios, referirse han en libros que desto se harán en particular.


'''Capítulo III'''
= Vida impresa (8)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/ana-morte-acin/ Ana Morte Acín]; fecha de edición: febrero de 2024.


'''De las penitencias que santa Juana hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa'''
== Fuente ==


En este tiempo, siendo la santa niña de solos siete años, sucedió la muerte de su madre ''[109]'', la cual viendo que se le llegaba el fin de sus días sin haber cumplido la promesa que había hecho de llevar a su hija con otro tanto peso de cera al convento de Santa María de la Cruz, rogó a su marido lo cumpliese por ella. Y despidiéndose de su hija, y dándole la bendición, dio a su Criador el alma. Mas la bendita santa Juana, considerando [7v] estas cosas, decía consigo misma: “Mejor será que me vaya yo a cumplir la promesa de mi madre a la casa de Nuestra Señora, y me quede religiosa en ella”. Comunicábalo la santa virgen con una su tía que en este mismo tiempo tomó el hábito en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo, y quisiera ser monja con ella. Y lo pidió a su padre y abuela, los cuales se lo negaron, poniéndole por delante su poca edad —que aún no tenía siete años— y las asperezas de la religión ''[110]''. Hizo profesión su tía, y creció tanto en santidad y virtud que tuvo muchas revelaciones de Dios. Y una vez estando en oración, la reveló que su sobrina había de ser una gran santa en su Iglesia ''[111]''. Y orando otra vez, se le apareció el glorioso santo Domingo, y la dijo que, por cuanto su sobrina era dotada de grandes gracias de Dios, la rogaba la procurase para su Orden. Y dando parte desto a la priora del convento, se puso luego por obra, y tan de veras lo procuraron las monjas, que ofrecieron recebirla sin dote, pero su padre y parientes de la niña no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. Y como esto no tuvo efeto, ni otras diligencias que por parte del convento se hicieron, la misma tía dio orden —con su propia madre, que era [8r] la abuela de la niña, en cuya casa se criaba— de hurtarla y llevarla a su monasterio ''[112]''. Mas como Dios no la crió para él, sino para el de Santa María de la Cruz, deshizo todos estos propósitos, y mudó a santa Juana los que tenía de ser religiosa en el convento donde estaba su tía. Y pereciéndola que serlo con ella era poca perfeción, y llevaba algo de carne y sangre, propuso firmemente de no tomar el hábito en aquel monasterio, sino en otro, sin respeto de parientes, ni de otra ninguna cosa del mundo, porque tan enamorada como esto estaba su alma de Dios, y tan deseosa de servirle ''[113]''.
[[Archivo:Historia de la tercera orden de Juan Carrillo (1).jpg|miniatura|250px|right| “Vida y milagros de la bienaventurada virgen sor Iuana de la Cruz, de la Tercera Orden del Glorioso Padre San Francisco” en Juan Carrillo, 1613, ''Segunda parte de la Historia de los santos y personas en virtud y santidad ilustres de la Tercera Orden del glorioso Padre San Francisco'', Zaragoza: Juan de Lanaja. (Fuente: München, Bayerische Staatsbibliothek). ]]


Tenía santa Juana un tío, persona muy principal y abastado de bienes de fortuna, y él y su mujer deseaban tenerla en su casa, pareciéndoles estaría más guardada que en la de su abuela. Alcanzáronlo de su padre, y, muy contentos con la joya, la llevaron a su casa, y la dieron el gobierno de toda ella, porque aunque de poca edad era prudentísima y muy obediente a sus tíos. Y aquí comenzó el Señor a sacar en público sus virtudes y penitencias espantosas en varones de grandes fuerzas, cuanto más en una niña tan delicada como ella: todos los días de ayuno ayunaba a pan y agua, y algunas veces se estaba dos y tres días sin comer, y —cual otra santa Cecilia— traía [8v] silicio de cerdas de alambre a raíz de las carnes, y azotábase con cadenas de hierro, hasta derramar sangre, y nunca la oyeron palabra vana ni ociosa; cuando andaba por la casa o hacía labor, se pellizcaba los brazos, y, cuando estaba en el horno en parte que no la veían, se los descubría y destocaba la cabeza, para quemarse y padecer dolores por Dios ''[114]''. Y, con esto, era tan humilde que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba; y, fuera de aquel silicio de cardas, que le traía abierto y lastimado el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes, y aunque fuese en tiempo de invierno, cuando las noches son frías y largas, después de acostadas las criadas, se levantaba ella, y desnuda se quedaba con solo el silicio, y desta manera pasaba toda la noche en oración, hasta que al amanecer, con mucho silencio y quietud, se volvía a la cama sin que nadie la sintiese ''[115]''. Pero una vez, viendo las criadas de casa que faltaba de la cama y que volvía tarde a ella, se lo dijeron a su tía, la cual, angustiada desto, mandó a una criada que con secreto la siguiese, y mirase adonde iba a tales horas. Y así la noche siguiente, viendo la moza que la santa no estaba en la cama, la esperó a la puerta del [9r] aposento, pensando que había salido fuera, mas dentro de breve rato la oyó llorar delante de unas imágines; y, llegándose a ella, la pareció que estaba de rodillas y cubierta con una estera o silicio, porque como era de noche y a escuras no la vio determinadamente ''[116]''. La moza disimuló por entonces, y a la mañana dijo a su señora la santidad de su sobrina y los pasos en que andaba, de lo cual la santa virgen quedó con muy gran pesar, y con nuevo cuidado de buscar otro lugar, donde con quietud y sosiego, sin ser vista ni entendida de las gentes, gozase a solas de Dios.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Juan_Carrillo Carrillo, Juan], 1613. ''Segunda parte de la Historia de los santos y personas en virtud y santidad ilustres de la Tercera Orden del glorioso Padre San Francisco'', Zaragoza: Juan Lanaja, pp. 258-325.


Recién venida la virgen a esta casa de sus tíos, entrando en un aposento, vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines, con sendas jarras en las manos, que no hacían otro oficio sino sacar agua de la fuente, y muy a menudo hinchir y verter las jarras ''[117]'': los cuales siempre que entraba en aquel aposento —y entraba muchas veces— la miraban, y se reían y alegraban mucho con ella. Y decía la santa virgen que recebía tanto consuelo siempre que los vía que no quisiera salir de aquel aposento ''[118]''. Y aunque el consuelo que le causaba la apacible vista de los serafines era grande, no era menor [9v] la admiración que tenía de no saber qué hacían de tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio dónde la echaban, ni lo supo hasta que algunos años después la dijo el ángel de su guarda que aquella fuente era milagrosa, y el agua que los serafines derramaban era la gracia del Espíritu Santo, que copiosa y abundantemente la infundían en su alma ''[119]''.
[[Contexto material del impreso Segunda parte de la Historia de los santos y personas en virtud y santidad ilustres de la Tercera Orden del glorioso Padre San Francisco]]


Un Viernes Santo de mañana, como la gloriosa santa Juana hubiese gastado buena parte della y de la noche, como otra nueva Magdalena, en sus lágrimas y sentimiento, arrojada a los pies de Cristo, contemplando lo que su dulce Jesu ''[120]'' había padecido aquel día, se la apareció crucificado, y así mesmo aparecieron allí todas las insignias de su sagrada Pasión, y las tres Marías muy angustiadas y tristes ''[121]''; y ella lo estuvo tanto, con el sentimiento y dolor que la causó esta soberana visión —de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos—, y tantos fueron los misterios de la Pasión del Señor que allí vio con los ojos corporales, y tanto lo que lloró, que dejó hecho agua todo el lugar donde estaba. Y su rostro quedó tan descolorido, tan disfigurado [10r] y difunto, que cuando sus tíos vinieron de la iglesia, espantados de aquella súbita mudanza que vieron en su sobrina, procuraron que comiese alguna cosa para esforzarla. Mas, como el mal de la santa virgen era de amor, ella misma los consoló, rogándoles que no tuviesen pena della, ni la obligasen a quebrar el ayuno en día de Viernes Santo, porque muy presto estaría buena.
==Criterios de edición==


Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y cumpliendo con ellos y con todos los de casa, se salió la santa al corral, buscando soledad para sus ejercicios, y puesta de rodillas y en muy profunda oración, vio que se abría el cielo, y abajaba de él la Reina de los Ángeles con su sacratísimo hijo en los brazos, y que acercándose a ella la miraba con ojos muy amorosos y mansos ''[122]''. Y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su Santísima Madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese y ayudase con su preciosísimo Hijo en lo que tanto deseaba como ser religiosa. Y esto decía con tal afecto del espíritu que a las voces que daba salieron al corral por ver lo que era, y hallaron a santa [10v] Juana puestas las manos y las rodillas en tierra, hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados dello, y acabada la visión, se llegaron todos a ella, y la hablaron disimuladamente, de lo cual la santa virgen recibió gran turbación, temiendo se descubriese por aquí lo que ella tanto encubría.
Conforme a los criterios establecidos en el Catálogo para fuentes impresas, se han actualizado generalmente grafías (las sibilantes, el uso de b/v y h), ortografía y puntuación manteniendo aquellos rasgos de la lengua que implican valor fonológico o que caracterizan su léxico, morfología o sintaxis. En las notas se han reproducido los apuntes marginales presentes en la edición que sirve de referencia, y se ha ampliado la información oportuna.


Andando santa Juana ocupada en los ejercicios que hemos dicho, y creciendo en virtud como en los años, llegó a los catorce de su edad, y sus parientes y padre comenzaron a tratar de su remedio —que este nombre pone el mundo a los casamientos de las mujeres, como si no hubiera dejado Dios otro para ellas—. Y a la fama de su gran recogimiento, honestidad y hermosura —que tanto agrada en aquella edad— fue pretendida de muchos para casarse con ella, entre los cuales el que más se señaló fue un noble mancebo, natural de la villa de Illescas; pero como los intentos de santa Juana eran de tener por esposo a Jesucristo y consagrarle su virginidad perpetuamente, de solo esto trataba, y, con tales lágrimas lo pedía, que mereció ser oída de Dios y su petición también despachada, como en el siguiente capítulo se verá.
==Vida de Juana de la Cruz==


[11r]
[258]


'''Capítulo IV'''
'''Vida y milagros de la bienaventurada virgen Sor Juana de la Cruz, de la Tercera Orden del Glorioso Padre San Francisco'''


'''Cómo santa Juana se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino'''
===Prohemio del autor===


Como santa Juana tratase siempre muy de veras de agradar y servir a aquel Señor que desde el vientre de su madre la escogió para sí, y apartó de la masa de los hijos de perdición, no cesaba de pedirle desde su muy tierna edad la concediese ser religiosa, para poderle servir más de veras. Y, como en casa la espiaban, y andaban a los alcances ''[123]'',  porque no se descubriese lo que ella tanto encubría, dio en irse a un palomar despoblado, que estaba muy apartado de la gente, aunque dentro de la misma casa, y haciendo oratorio de él, gastaba allí muy grandes ratos con Dios ''[124]''. Y un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro, estando prostrada en tierra y hablando con una Verónica que allí tenía, dijo: “¡Oh, mi dulce Jesucristo, suplico a Vuestra Divina Majestad, por los misterios de vuestra sagrada Pasión, merezca yo [11v] ser vuestra esposa y entrar en religión, para que, libre de las cosas del mundo, mejor pueda entregarme toda a vos!”. Y diciendo esto, se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro natural de Nuestro Señor Jesucristo, tan vivo —a su parecer— como si estuviera en carne pasible y mortal, que corría sangre de él ''[125]''. Y tales cosas le dijo, tales fueron sus lágrimas, tales sus congojas y ansias, y tal el amor con que lo pedía, que parece venció al invencible, el cual, aunque muy doloroso, corriendo sangre y llagado, con dulcísimas palabras que la dijo, la consoló, prometiendo recebirla por su esposa, y traerla a la religión con que de su parte se ayudase ella, y hiciese lo que pudiese ''[126]''. Y dichas estas palabras, la santa Verónica se tornó a su ser, y quedó la bienaventurada virgen con este favor tan favorecida y consolada, que desde ese punto comenzó a dar trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, donde tenía grandísima devoción y muchas inspiraciones del Cielo para tomar el hábito de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco. Consideraba que si en estas cosas una buena determinación no rompe de una vez con ánimo y valentía, poco aprovechan propósitos [12r] tibios y flacos. Mas como los desta solícita virgen no lo eran, sino fuertes y fervorosos, acordó luego que pasó la Pascua de la Santa Resurreción irse al dichoso monasterio, que está dos leguas de su lugar —y como lo imaginó lo hizo, no como mujer flaca, sino como varón fuerte y esforzado, vistiéndose los vestidos de un su primo y hecho un lío de los suyos—, en hábito de hombre, con una espada debajo del brazo, sola y a pie toma su camino una mañana, antes que el sol saliese, con harta contradición del demonio que, deseándosele estorbar, la representó muchos temores y espantos, y el enojo de su padre y parientes, que sentirían mal de aquella ida en hábito indecente a su persona y edad ''[127]''. Y tal impresión hizo en la santa doncella esta consideración que, comenzando el camino, comenzó a temblar, y, combatida de la flaqueza y temor, temblándole todo el cuerpo, se cayó en el suelo desmayada, donde oyó por tres veces una voz que la dijo: “Esfuérzate, no desmayes; acaba la buena obra comenzada, que Dios te favorecerá”. No vio entonces santa Juana quién la habló, hasta que andando el tiempo tuvo revelación que había sido el ángel de su guarda ''[128]''.
Así como en las entradas de las famosas ciudades y lugares muy populosos suele haber humilladeros, casas de campo y edificios sumptuosos, los cuales sirven así para la hermosura y adorno de los mismos caminos como para mostrar la magnificencia de las ciudades y pueblos que están cerca, de la misma manera entre las vidas de los santos y personas de santidad y virtud eminentes hay algunas en que se resplandeció tanto la grandeza de Dios, en que se descubrieron tan altamente los tesoros de su bondad infinita, que es menester antes de llegar a ellas señalar algunos como humilladeros donde los entendimientos humanos, que no están hechos a ver cosas tales, se humillen y adoren la omnipotencia de Dios y el admirable artificio suyo en saber y querer enriquecer sus santos. De esto sirven los prohemios que suelen hacer los historiadores que escriben vidas de santos. Pues considerando con la debida atención la que ahora tengo de escribir, de esta milagrosa virgen y santa religiosa, viendo los maravillosos y extraordinarios primores de la divina gracia que se descubren en ella, me pareció necesario para no poner al lector de improviso en tan soberana luz, como verá que procede de los muy resplandecientes rayos de sus heroicas virtudes y de los singulares beneficios y tesoros de su divina gracia que puso el Señor en ella, prevenirle para que se disponga dignamente, con mirar a [259] la fuente original de donde procedieron aquellos resplandores, que es la bondad infinita del muy alto Señor, el cual se precia y tiene por honroso blasón ser maravilloso en sus santos. Sirve también esta humilde y discreta prevención para que los entendimientos de los hombres, que suelen turbarse y deslumbrarse con pequeña luz y se les hace dificultoso de entender todo aquello que sale de la vía común y del ordinario modo de proceder, entiendan que si algunos de los santos salieron de ahí e hicieron cosas tales que ponen en admiración nuestros cortos entendimientos, que no nacieron dellos las tales cosas, sino de la fuente original de todo cuanto hay bueno y santo en el Cielo y en la Tierra a quien se debe la honra y gloria de todo ello, que es Dios Nuestro Señor. Pues la vida de esta gran sierva de Dios es de tal manera prodigiosa que ha causado asombro y admiración a todo el mundo. De mí verdaderamente confieso que cuando la iba escribiendo y notando muchas veces me hacía reparar en si era de carne como los demás hombres mortales, porque siendo así parecía imposible que sobre tan flaco fundamento pudiese subir tan alto y eminente edificio.


[12v] Con este favor quedó muy alentada la santa virgen, y prosiguió su camino, y habiendo andado buena parte de él, sintió venía tras sí —aunque algo lejos— una persona a caballo; y, llegando más cerca, conoció que era aquel hidalgo que la pretendía por mujer. Turbóse mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, y, permitiéndolo Nuestro Señor, el mancebo no la conoció, y la bienaventurada santa Juana, viéndose libre de aquel peligro, arrodillándose en tierra, dio muchas gracias a Dios y a su Santísima Madre, a la cual vio en el cielo que estaba puestas las manos, y de rodillas rogando por ella, y la dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti, y te pedí a mi precioso Hijo, para que restaures mi casa de la Cruz, de la cual te doy la potestad y llaves, para que la gobiernes y rijas” ''[129]''. Con estas y otras palabras de mucho amor que Nuestra Señora la dijo, quedó su sierva muy confortada, y prosiguiendo su camino llegó al santo monasterio, y habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba, y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia y, desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba. Y levantando los ojos [13r] a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción que estaba sobre la puerta reglar del convento ''[130]'' —y, según se dice, es la misma que está ahora—, y arrodillándose a ella la santa doncella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen habló a santa Juana, y le dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa; entra alegre, que bien puedes, pues para ella te crio Dios, y yo te torno a dar la superioridad y mayoría della, y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes, y arranques y destruyas los vicios y pecados”. A esto replicó la inocente y santa doncella diciendo: “Ay, Señora, que como vengo sola y desta suerte, temo si me querrán recebir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas —dijo la santa imagen—, que mi precioso Hijo, que te trujo, hará que te reciban” ''[131]''. Y con esto la santa Virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y, dándole cuenta de quién era y qué quería, rogó la recibiese en su compañía, pues para gozar della dejaba la de su padre y parientes, y por tomar aquel santo hábito había venido en el de varón, por no ser conocida. Reprehendiole la abadesa, por haberse [13v] puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente daba muchas gracias a Dios, que tal espíritu y fortaleza había puesto en una tan tierna doncella, y aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, de tan linda gracia, tan bien hablada y compuesta, que hizo llamar a otras religiosas, y dándoles parte del suceso decía que la muchacha era un ángel: en su cara, en su discreción y en su espíritu, y que sin duda se la traía Dios a su casa para algún grande bien y reparo del convento. Las monjas le preguntaron mil cosas, y con harta vergüenza suya hubo la santa virgen de tornar a referir sus historias, y estándolas contando llegó su padre y parientes que la venían a buscar. “¿Qué has hecho hija? —decía—. ¿Qué desatino es este? ¿Qué disparates los tuyos?”. Y tales palabras la dijo, tan pesadas y tan feas, que no lo pudieran ser más cuando la hubiera hallado en un crimen de mujer perdida ''[132]''. A todo se hacía sorda la santa doncella, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre una oveja; mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, arrodillada a sus pies, le dijo a él y a sus tíos que no la molestasen más, ni [14r] se cansasen en persuadirla otra cosa, que más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito, porque ella estaba ya debajo del amparo de Nuestra Señora, y con mucha confianza de no salir de su casa en su vida, y así les suplicaba no intentasen sacarla della, porque el mismo Señor, por quien había venido, la defendería.
Mas luego echaba de ver que el fundamento de todo aquello ni era carne ni tampoco era espíritu humano ni angélico, sino divino y soberano, que es el artífice de todas las cosas grandiosas y el que sabe poner peso en el aire (esto es), que las cosas que son tan flacas como la carne y tan ligeras como el viento, asentadas por la mano de Dios y tocadas con la virtud de su espíritu permanecen firmes y constantes para poder fundar sobre ellas tan eminente alteza de santidad como veremos en esta Iglesia Santa. Finalmente, todo será fácil de entender si, como dije al principio, pusiéramos los ojos en el poder infinito de Dios y en la singular providencia que siempre ha mostrado en querer enriquecer y honrar a sus santos.


Llegó también a este tiempo aquel mancebo que la había encontrado en el camino y pretendía casarse con ella; hizo grandes estremos cuando supo de su ausencia, buscándola por muchas partes, y con licencia de su padre y parientes ofreció a la santa que, pues tanto rehusaba volverse con ellos, se fuese con su madre a Illescas, donde estaría muy regalada y servida mientras se componían sus cosas, con seguro de que su padre y parientes vendrían de muy buena gana en ello ''[133]''. Mas la sierva del Señor, con mucha humildad y entereza, satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde interiormente la llamaba el Espíritu Santo. Viendo estas cosas las religiosas, y la gran devoción [14v] y perseverancia de la humilde y devotisima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella prenda del Cielo en su casa, y que la recibirían con poco o con mucho dote, de la manera que más a cuento estuviese a su padre. Y ya aplacado algún tanto con esto, y tocado de la poderosa mano del Señor, dijo: “Líbrenos Dios, hija mía, de ir contra la divina voluntad de quien yo sé muy bien que proceden estas tus determinaciones, como lo muestra la mucha perseverancia y paciencia que has tenido, y lo confirma este nuevo hecho de ahora. Yo te doy mi bendición. Da muchas gracias a Dios y él te guíe, que yo de buena voluntad me conformo con la suya”.
La vida de esta santa salió escrita en un libro que sacó de ella el venerable padre fray Antonio Daza, coronista de nuestra sagrada religión, y pareció tan bien en todos estos reinos de España, así por la devoción que comunmente se tenía a la santa como por elegancia y buen espíritu con que salían escritas cosas tan admirables, como eran las que de su santa vida se decían, en breves días se hicieron muchas impresiones de él y andaba ya en manos de todos los que se preciaban de tener alguna centella [260] de devoción y buen espíritu. Mas en breves días también (permitiéndolo así el Señor, para más honra de su sierva) se mandaron recoger todos los dichos libros por la Santa Inquisición. No porque se dudase de la santidad del sujeto, sino por ser cosas tan extraordinarias y raras las que en él se decían, especialmente en materia de revelaciones y éxtasis, que pareció convenía que se notificasen y declarasen algo más para quitar escrúpulos y algunos inconvenientes que pudiera haber para los ignorantes. Estando esto así, el Católico y Cristianísimo rey de España don Felipe III mandó que revisto el dicho libro por personas de toda satisfacción tornase a salir a la luz. ''[1]'' Cometiose la revista al señor Obispo don fray Francisco de Sosa, del Supremo Consejo de la Santa Inquisición y con su aprobación y censura salió de nuevo ilustrado con tan ingeniosas y admirables advertencias y prevenciones que con ellas es ahora doblada estimación y preciosidad de lo que antes era. Y aunque ni para la honra de la santa, ni para la verdad de la historia importaba mucho que yo emprendiera de nuevo el referir su vida (pues personas tales, y por sí misma está tan autorizada y calificada) pero para el adorno de esta historia y para singular decoro y hermosura de esta santa orden tercera (cuya profesora fue) era de grandísima importancia. Y así me pareció ponerla entre las demás, fundando la verdad y autoridad de lo que dijere en el dicho libro que salió a luz el año de mil seiscientos y trece impreso en Madrid y en la aprobación y censura de que dije y también en el libro original de la vida y milagros de esta sierva de Dios escrito de mano de una religiosa discípula suya llamada sor María Evangelista, el cual está originalmente guardado en el archivo del convento de Santa Cruz del lugar de Cubas, donde vivió y murió santísimamente esta sierva de Dios. Y aunque algunas cosas pienso referir con más brevedad por no alargar demasiado esta historia, pero no dejaré de decir lo que me pareciere más importante, referiéndome en lo demás al dicho libro y al original del guardado en aquel convento. Las cosas que en esta segunda revista del libro se han advertido o quitado irán ya anotadas en sus propios lugares, o del todo dejadas, de manera que podrá el lector sin algún escrúpulo proceder en esta lectura.


'''Capítulo V'''
[261]
'''Cap. I. Del nacimiento, niñez y muestras primeras de santidad de esta sierva de Dios'''


'''Cómo santa Juana recibió el hábito, y de algunas cosas que la sucedieron siendo novicia'''
En el año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y uno, en la Sagra de Toledo, en un lugar llamado Azaña, lugar de la Santa Iglesia de Toledo, llamada Santa María, y en el día de Santa Cruz de mayo fue el muy felice y dichoso nacimiento de la bendita sor Juana. No faltaron en él señales y pronósticos de santidad admirables, porque primeramente ella vino al mundo por petición de la Reina del Cielo María Sacratísima, ''[2]'', que la pidió a su benditísimo hijo para reformación y reparo de una santa casa de religiosas de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco, que está cerca de la villa de Cubas a quinientos pasos de ella, que se llama Santa María de la Cruz. Esta iglesia fue edificada milagrosamente por mandamiento de la Virgen Santísima, la cual para este efecto apareció a una pastorcica de trece años llamada Inés guardando un ganadillo de cerda, muy devota de la Santísima Virgen: porque con ser tan niña rezaba su rosario cada día, ayunaba sus fiestas y la metad [sic] de la Cuaresma, desde que tuvo siete años. Y cuando era de más edad, comulgaba a menudo, y frecuentaba mucho la Iglesia. Pues a esta pastorcica se apareció Nuestra Señora nueve veces, en diferentes días, según lo reveló a la bienaventurada sor Juana el ángel de su guarda y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año la fiesta de estos nueve aparecimientos, con grande solemnidad y concurso de muchos pueblos. ''[3]'' Y en el mismo lugar donde se apareció la Madre de Dios y puso de su mano una cruz de madera (que hoy día se muestra en dicho convento) se edificó la iglesia con título de Santa María de la Cruz. ''[4]'' Y después de algunos años se ajuntaron algunas devotas mujeres y a su costa edificaron un convento junto a la dicha iglesia donde tomó el mismo hábito la patrona Inés. Y andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su prelada y cabeza. La cual, favorecida de la Virgen Santísima, acabó sus días santamente y con demostración de milagros, de los cuales fue uno [262] tañerse por sí solas las campanas a la hora de su dichosa muerte. Mas andando el tiempo este convento, con estar fundado en tanta santidad, vino muy a menos en razón de esto. Y la Virgen Santísima (so cuya protección estaba) pidió a su benditísimo Hijo Jesucristo enviase al mundo persona tal cual convenía para restaurar aquella quiebra. Y el Señor se lo concedió, prometiendo enviaría persona de singular perfección para este efecto. Y en cumplimiento de esta promesa nació esta sierva del Señor el sobredicho día, mes y año, habiendo pasado ya cuarenta años que acaeció el dicho aparecimiento de la Virgen Santísima. Pues aunque todo lo dicho fue milagroso pronóstico de la santidad a que había de llegar la dicha niña con el discurso del tiempo, también lo fueron otras cosas que en su nacimiento concurrieron, como fue nacer en el lugar de la santa Iglesia de Toledo, llamada Santa María, porque la que había de vivir y morir en la casa de la Santísima Virgen naciese en el lugar de su jurisdicción y señorío y que este se llamase Azaña, pues había Dios de obrar en él por intercesión de su Madre Santísima una hazaña en materia de santidad tan admirable que causase asombro y pasmo en todo el mundo, como lo vemos hoy día.


En el estado que digo estaban las cosas de la bendita doncella, y ella con las monjas y con su padre tratando de su recibimiento, cuando [15r] llegó al monasterio el provincial. Y fue providencia del Cielo, por haber solos ocho días que había salido de él con ánimo de no volver en muchos meses, y sin su licencia no la podían recebir. Pidiósela el abadesa y diole cuenta del caso y muchas gracias a Dios por haber traído a su convento persona de tal espíritu. Viola el provincial y, satisfecho della y movido de su devoción y de las lágrimas con que le pedía el hábito, mandó al vicario del convento se le diese, y él prosiguió su camino ''[134]''. Y la santa virgen fue admitida en el convento y recibió el hábito en presencia de su padre y parientes, y comenzó desde luego a señalarse entre todas las otras religiosas, como el sol entre las estrellas. Y entregándola a la maestra de novicias, la mandó que en todo el año del noviciado no hablase sino con ella, con la abadesa o vicaria, o con su confesor, de lo cual la bendita novicia se holgó en estremo, porque naturalmente era inclinadísima a hablar poco. Y así lo guardó tan puntualmente que en todo el año del noviciado nunca habló salvo con las sobredichas personas, y eso solamente siendo preguntada o confesándose ''[135]''. Y con tanto rigor guardaba las cosas que la enseñaban, que antes se dejara matar [15v] que quebrantar sola una, por mínima que fuera. Y como deseaba tanto agradar a Dios, no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquiera virtud que oyese de otra persona la procuraba imitar en sí tanto que, oyendo leer en un libro que nuestro padre san Francisco mandó a un fraile ir a predicar desnudo, dijo: “Si mi padre san Francisco manda esto a un fraile que no tiene pecados, yo que estoy tan llena dellos, bien será me desnude para irlos a confesar”. Y, entrando en el confesionario —que de todas partes estaba cerrado y a escuras—, se desnudó; y, arrodillándose en tierra, comenzó su confesión con tan grandes temblores de frío —por ser en el rigor del invierno— que pensó el confesor le había dado aquel acidente causado de alguna nueva enfermedad, y así se lo preguntó a la santa virgen. Y, entendiendo qué era, la reprehendió por ello y mandó que no lo hiciese otra vez ''[136]''.
Sus padres naturales de este pueblo se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, cristianos viejos y virtuosos abastecidos de temporales bienes y de muchas virtudes. Apenas hubo nacido (como dicen) cuando ya comenzó a declararse por ella la divina gracia. Porque recién nacida ayunaba los viernes, mamando sola una vez al día y significando ya con aquella tan temprana abstinencia los crecidos ayunos que después haría siendo grande. ''[5]'' Y no solo hacía eso, sino que acaecía pasar sin llegar a tomar el pecho por tres días enteros, y aun sin volver en sí. Por lo cual afligida su madre y creyendo que su hija era muerta, suplicó a Nuestra Señora se la resucitase, prometiendo de llevarla con su peso de cera al convento de Santa María de la Cruz. Hecho eso luego, volvió en sí y estuvo buena. Iba creciendo con la edad en gracias y dones espirituales de que el Señor la iba dotando y enjoyando bien como a la que había de ser esposa suya. Siendo de edad de dos años andaba tan descolorida y enferma que llegó a no poder tomar el pecho ni pasar cosa, por lo cual la llevaron a una romería muy devota de san Bartolomé, en el lugar de Añover, y [263] estando en la iglesia mirando a la imagen del glorioso apóstol que estaba en el altar, se rio la niña y pidió luego que le diesen de comer. Desde este punto se halló sana y contaba después, cuando supo hablar, que había visto al apóstol san Bartolomé, que tocándola con su mano la sanó y quitó el mal color de el rostro. Nunca la vieron jugar con los niños de su edad porque, aunque niña en los años, todo lo demás era seso, cordura y discreta ancianidad. Siendo de cuatro años le acaeció que, imbiándola su madre a holgar a las eras por ser tiempo de verano, pasando por una calle se acordó que poco antes había pasado por allí el Santísimo Sacramento a un enfermo, y de tal manera se arrobó con esta consideración que cayó de una jumentilla en que iba sentada. Viola el cura del lugar y, levantándola del suelo sin sentido, la llevó en sus brazos a casa de su agüela, donde estuvo largo rato sin tornar en sí. Y, según dijo ella misma vuelta después en , fue llevada en espíritu a un hermosísimo lugar, donde vio muchas señoras a maravilla hermosas y entre ellas una que a su parecer era la Reina de todas, según su resplandor y hermosura.


La primera vez que la bendita novicia comulgó con las otras monjas, le sucedió una cosa de grandísimo desconsuelo y novedad para ella porque permitiéndolo el Señor, no vio entonces la Hostia consagrada lo que siempre solía ver ''[137]'', que era el pan convertido [16r] en la carne de Cristo, y desto quedó tan afligida y desconsolada que, hechos sus ojos fuentes de lágrimas, fue a dar cuenta al confesor de su nuevo desconsuelo tan estremado que le puso en aprieto y no en pequeño cuidado de buscar razones para poderla consolar: “Esto, padre, ¿no merece Infierno? —decía la inocente criatura—. ¿No basta para condenarme esta ofensa de Dios? Grande debe de haber sido, pues a mí por mis pecados se me niega lo que a todos los cristianos se concede”. Consolola el prudente confesor diciendo que por no haber visto a Cristo Nuestro Señor en la Hostia consagrada no entendiese había comulgado en pecado mortal, ni que las mercedes que la había Dios hecho otras veces eran comunes a todos, porque aunque la mutación del pan en la carne de Cristo es real y verdadera no se ve con ojos corporales, sino con los del alma, por lo cual es muy meritoria la fe de los que llegan a este santísimo sacramento creyendo verdaderamente que está Cristo nuestro redemptor debajo de aquellos accidentes. Y con estas y otras razones que la dijo, quedó la santa novicia consoladísima, y dio muchas gracias a Dios por tan singulares mercedes como la había hecho hasta allí con la presencia [16v] de su dulcísimo redemptor, que tantas veces había visto en el sacramento del altar.
También vio muchos niños de grande belleza que le dijeron: “¿Qué haces así? Vente con nosotros y adora aquella Señora que es la Madre de Dios”. La bienaventurada niña respondió: “Yo no sé qué tengo de hacer, mas rezaré la Ave María”, y puestas en tierra las rodillas, la rezó. Y luego vio a su lado al ángel de su guarda, que la enseñó muchas cosas. ''[6]'' Y al fin de una larga plática que con él tuvo, le rogó la llevase a casa de su agüela. Y cuando volvió del rapto, contó por orden todas las cosas que había visto. En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santísimo Sacramento para un enfermo le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesús Cristo en forma de niño muy resplandeciente y hermoso. [7] Otro día de la Purificación de Nuestro Señor, oyendo misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la hostia, la vio muy clara y resplandeciente y en medio della a Nuestro Señor Jesuchristo, y alrededor de él muchos ángeles, de lo cual la humilde virgen no hizo mucho caso por entonces, creyendo que el ver aquello era común a todos, ni podía caber en su pensamiento que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró (como se verá adelante). En este tiempo y siendo de edad de 7 años, sucedió la muerte de su madre, hallándose presente su bianeventurada hija, que no poco la ayudó para [264] ser dichosa su muerte. Diole su bendición y con mucho amor se despidió de ella.


Estando la santa novicia elevada en oración —cosa tan ordinaria en ella que desde los pechos de su madre y desde la cuna tuvo muchos éxtasis y raptos, como queda dicho— vio a los gloriosísimos patriarcas, nuestros padres santo Domingo y san Francisco, que muy amorosa y amigablemente contendían sobre a cuál de los dos pertencecía esta bendita criatura. ''[138]'' Decía el bienaventurado santo Domingo que, por haber sido primero llamada a su Orden y pretendida con mucho cuidado de sus frailes y monjas, le pertenecía a él. Nuestro padre san Francisco alegaba en su favor que, por haber tomado el hábito de su Orden y estar tan contenta en ella, era suya y solo a él pertenecía. “Y para mayor prueba desto —dijo el Seráfico Padre—, preguntémoselo a ella, y estemos por lo que dijere”. Mucho se agradó desto el glorioso santo Domingo y, aprobando el concierto, fue el primero que propuso y dijo de esta manera: “Yo, hija mía, digo que eres de mi Orden, porque esta fue tu primera vocación, y mi padre san Francisco dice que eres de la suya. Queremos salir desta duda y estar por lo que tú dijeres. Ves aquí nuestros hábitos, dinos cuál dellos te agrada más: [17r] este blanco es el mío, que significa la santidad y la pureza de la Virgen Nuestra Señora”. Nuestro padre san Francisco la mostró el suyo humilde, desechado y pobre; las manos y pies y costado con sus llagas. Y así como le vio esta alumbrada criatura, dijo: “Destos santísimos hábitos el que más me agrada es el de mi padre san Francisco, por su humildad y pobreza, y por las señales de mi redentor que veo estampadas en él”. Y tomándole en sus manos, le besó con mucho amor y humildad. Y entonces el glorioso santo Domingo, alabando a Dios, dijo a nuestro padre san Francisco, con muestras de grande amor: “No os espantéis, padre santo, que tal joya como esta desease yo para mi Orden. A la vuestra la dio Dios, en quien está bien empleada, y así me huelgo yo mucho que la tengáis y gocéis”. Y con esto desapareció la visión, y santa Juana quedó consoladísima, y de nuevo aficionada a su padre san Francisco y más devota a su hábito. Y por haberle tomado en aquella casa en el día de la Cruz a tres de mayo, tomó el sobrenombre “de la Cruz”, y tan de veras el seguir a Cristo crucificado que su vida de allí adelante fue una cruz tan espantosa al demonio, que, no pudiendo sufrir el que con rabia infer- [17v] nal derribó al primer hombre de la alteza en que Dios le había criado que una mujer niña y flaca le venciese y saliese libre de sus manos, pidió licencia a Dios para ponerlas en ella ''[139]'', y con este salvoconducto, visible y invisiblemente la persiguió y tentó el demonio de mil maneras: azotola muchas veces tan rigurosa y cruelmente que las heridas y señales de los azotes y golpes que la daba le duraban muchos días, alcanzándose unos a otros ''[140]''. ¿Quién podrá decir los malos tratamientos que la hicieron los ministros infernales, que parece andaban a una su persecución y su paciencia? ¿Quién podrá explicar la mortificación y penitencia desta santa? ¿Y la profundidad y alteza de su humildad, con que tan altamente sentía de Dios, y tan vil y bajamente de sí, maravillándose siempre de que encerrase Dios tan grandes tesoros en vaso tan frágil y miserable como ella, que no se hallaba digna de la tierra que pisaba?
'''Cap. II. De los deseos que tenía de ser religiosa y de las penitencias que en la tierna edad hacía'''


'''Capítulo VI'''
Era tan inclinada la graciosa niña a todo lo que con apariencia de más santidad se le representaba que, cual suele llevar el próspero viento a la navecilla que está en el mar tendidas las velas, así era ligerísimamente llevada y, como se le asentaban los pies, de los afectos de su voluntad, en cosa alguna de la Tierra, de aquí es que corría con increíble presteza a las cosas del Cielo: entre las cuales muy particularmente la incitaba el divino espíritu a la religión de aquel santo convento de Santa María de la Cruz de Cubas (del cual quería la Virgen Santísima que fuese reformadora). Había dejado su madre cuando murió muy encargado que la llevasen a aquella santa casa con otro tanto peso de cera en cumplimiento de una promesa que había hecho. Y acordándose de esto la bendita niña, decía entre sí misma: “Qué necesidad hay de que me lleven a aquella santa casa, mejor será que yo me vaya y me quedé allí religiosa”. Comunicaba sus deseos con una tía suya que en este mismo tiempo tomó el hábito en un convento que se llama Santo Domingo el Real de Toledo, la cual después de profesa creció tanto en santidad que tuvo muchas revelaciones del Cielo. ''[8]'' Y entre otras tuvo una de que aquella sobrina suya había de ser grande santa. Por lo cual deseaba tenerla en su convento religiosa y lo trató con la priora y monjas de él, las cuales ofrecieron recibirla sin dote, por la buena noticia que tenían de ella. Mas su padre y parientes no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. La tía, muy deseosa de que tuviese efecto, dio orden con la agüela de la niña, en cuya casa se criaba, de hurtarla y traerla a su monasterio. Mas como Dios la crió para el de Santa María de la Cruz, deshizo todas sus diligencias y la niña determinó de no tomar el hábito donde tuviese parienta, por parecerla que era poca perfección y llevaba algo de carne y sangre. ''[9]'' Tan discretos eran [265] ya sus pensamientos (aunque niña), y tan enamorada como esto estaba ya de Dios su alma y tan deseosa de servirle y amarle.


'''De las penitencias de santa Juana y de la frecuencia de sus raptos'''
Poco después pareció a su padre llevarla (para que estuviese más guardada) a la casa de otros parientes suyos, que la pedían y deseaban en el mismo lugar de Azaña. Y puesta allí le dieron el cuidado y gobierno de toda la casa, para divertirla con aquello (si pudieran) de los pensamientos que tenía de ser monja.
Aquí comenzó el Señor a descubrir sus virtudes y ella, como precioso nardo, dar de sí maravillosa fragancia. Porque todos los días de precepto ayunaba a pan y agua y aun pasaba algunas veces sin comer los dos y tres días enteros. ''[10]'' Llevaba cilicios junto a las carnes, azotábase con cadenas de hierro hasta derramar sangre y lo más de todo esto es que nunca la oyeron palabra ociosa. Cuando andaba por la casa o hacía labor se pellizcaba los brazos por sentir dolor y se repelaba los cabellos para el mismo efecto. Y en medio de todo esto, sentía de sí tan bajamente que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba. ''[11]'' Fuera de aquel cilicio de cerdas que le lastimaba el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes y, aunque fuese en tiempo de invierno cuando las noches son frías y largas después de acostadas las criadas, se levantaba ella y desnuda se quedaba con el cilicio. Y de esta manera pasaba toda la noche en oración hasta que al amanecer, con mucho silencio, y como si tal no hubiera hecho, se volvía a la cama. Mas una vez, viendo las criadas que faltaba de la cama, dieron aviso a su tía. La cual, angustiada y deseosa de saber lo que hacía, mandó a una criada que secretamente la siguiese cuando se levantaba y viese lo que hacía. Y la noche siguiente la siguió y vio que se quedaba dentro del mismo aposento y, puesta de rodillas cubierta con una estera o cilicio, la oyó sollozar delante de una imagen con muchas lágrimas. ''[12]'' Disimuló la dicha criada por entonces y a la mañana dijo a su señora cuán santa era su sobrina y los pasos en que andaba. Esto sintió mucho la santa doncella. Y viendo que sus trazas eran descubiertas, buscó otras para poder hacer sus ejercicios, sin ser vista ni entendida. Luego como entró la virgen en casa de sus tíos, entrando en un aposento vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines con sendas jarras en las manos, que no hacían otro sino sacar agua de la fuente [266] y muy apriesa hinchir y verter las jarras, los cuales miraban con atención a sor Juana y mirándola se reían y mostraban contento aunque no la hablaban. Ella muy gozosa con tan alegre vista deseaba mucho saber qué se hacía tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio donde la echaban, ni lo supo hasta que muchos años después el ángel de su guarda la dijo que aquella fuente era milagrosa y el agua que los serafines sacaban representaba la gracia del Espíritu Santo que copiosa y abundantemente infundía en su alma. Un viernes santo por la mañana, habiendo gastado buena parte de ella y de la noche (como otra Magdalena en sus lágrimas) a los pies de Christo, contemplando su Pasión, se le apareció crucificado con todas las insignias de su Pasión sagrada y las tres Marías muy angustiadas y tristes, y la santa doncella lo estuvo tanto con el sentimiento de esta visión (de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos) que de lo mucho que lloró dejó regado el lugar donde estaba, y su rostro quedó tan desfigurado que, cuando lo vieron sus tíos, espantados de la súbita mudanza que vieron en ella procuraron que comiese alguna cosa. Mas, como su mal no era de eso, ella misma los consoló diciéndoles que no la obligasen a quebrantar el ayuno en aquel día, que les aseguraba que muy presto estaría buena. Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y dejando ordenadas todas las cosas de casa, se salió sola a un corral buscando soledad para orar. Y puesta de rodillas en muy profunda oración, vio que se abría el Cielo y bajaba d’él la reina de los ángeles con su dulcísimo hijo en los brazos. ''[13]'' La cual, acercándose a ella, la miraba con ojos muy amorosos y mansos, y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su sacratísima madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese con su precioso hijo en lo que tanto deseaba como era ser religiosa. Y esto decía con tal afecto de espíritu que, a las voces que daba, sin poderlas detener salieron los de casa a ver lo que era. Y hallaron a la sierva de Dios puestas las manos y de rodillas en tierra hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados de ello y acabada la visión, echó de ver la santa que le habían visto y de ello recibió mucha pena, temiendo ser descubierta en lo que tanto deseaba ser secreto. En estos tan dichosos y acertados empleos ocupaba [267] su vida, y creciendo en la virtud más que en los años llegó a los catorce de su edad. Sus parientes deseaban que se tratase de la casar y animábales a ello el ver su mucha discreción y hermosura con otras muy buenas partes de que Dios la había dotado, las cuales les parecían muy a propósito para que muchos hombres principales deseasen tenerla por mujer (como de hecho la pedían y deseaban). Mas la santa virgen, que guardaba para solo Dios cuanto bueno tenía y para entregársele a sí misma toda entera, no podía esperar que la hablasen en esa materia, y cuanto más diligencias veía hacer a sus parientes para eso, mayores y con mayor instancia de oraciones y lágrimas las hacía ella suplicando a Dios que no la permitiese enredar con los lazos del mundo, sino que la llevase adonde pudiese cumplir su deseo de ser toda suya. Mereció ser oída del Señor y su petición fue tan bien despachada como ahora se verá.


Tan obligada se hallaba la recién profesa, por haberla Dios traído a la santa religión, y tan deseosa de hacerle grandes servicios [18r], que desde el día que profesó, se determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento, que se compadeciese con su rincón y clausura, deseando dar la vida por aquel Señor, que con tanto amor dio la suya por ella. Y muchas veces pensando en este amor de su Dios, con deseos de ser mártir, decía con grande ansia: “¡Oh, si me hiciese Dios esta merced, que muriese yo por él, que no deseo en la Tierra otra bienaventuranza, sino verme por su amor degollada, abrasada, hecha polvos, y quemada!”. Y pensando en esto, y en su dulcísimo Jesus crucificado por ella, abrasándose en su amor decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores, mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno, y a todas las criaturas de la Tierra, que ejecuten en mí todo su poder, que por muy grande que sea, será limitado y corto para lo mucho que por Vuestra Divina Majestad deseo yo padecer, único amor y bien mío”'' [141]''. Y acompañando con obras estos tan fervorosos deseos —hecha la profesión— comenzó a hacer nueva vida y muy ásperas penitencias, añadiendo a las antiguas otras nuevas, y a sus grandes rigores otros muy espantosos. Y  sus ayunos lo fueron tanto, que la sucedía no desayunarse en tres [18v] días, y hartas veces estarse los ocho días enteros sin comer ningún bocado. Su vigilia era muy larga, y el sueño tan poco que no dormía hasta la hora de amanecer, y entonces solo lo que bastaba para aliviar la cabeza. Su vestido fue siempre muy humilde y pobre, más vil y remendado que el de ninguna otra monja, con ser todas pobrísimas por estremo. Traía túnica y hábito de sayal, toca de lienzo, cuerda muy gruesa y ñudosa, y en los pies unas alpargatas de cáñamo, aunque lo más del tiempo andaba descalza, traía silicio de cardas y cadenas de hierro junto a las carnes y, para mayor penitencia y mortificar más la boca, muchas veces traía en ella ajenjos amargos, en memoria de la hiel y vinagre que gustó Nuestro Señor en la Cruz ''[142]''. En la oración gastaba toda la noche, y decía que cuando no era muy fervorosa, y acompañada de muchas lágrimas, no le parecía digna de que Dios la recibiese ''[143]''. Los ratos desocupados del día gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina, consideraba que era para que comiese Dios en ellos. Y así en estos oficios humildes y bajos recibió muchas mercedes y muy particulares regalos de Dios y de su Santísima Madre.
'''Cap. III. De como la santa doncella se fue en hábito de hombre al convento de Santa María de la Cruz para ser religiosa'''


[19r] Y como sabía la santa virgen lo mucho que a Dios agrada la humildad, procuraba siempre ocuparse en los oficios humildes, y con notable caridad servía a las religiosas enfermas, desvelándose en su regalo y servicio. Y sucediola una vez que llevando a verter el de una enferma, la ofendió tanto el mal olor —por ser ella muy delicada— que con la fuerza y repugnancia que hizo por mortificar su natural complexión, la sobrevino un tan extraordinario acidente, con tan mortales congojas, que llegó a punto de espirar; y, como si esto fuera grande culpa, se condenó luego a una gravísima pena, y reprehendiéndose a sí misma, decía la humilde virgen: “No quedará tal maldad sin castigo, que muy grande le merece quien, siendo la misma miseria, se estraña de la de su propia hermana”. Y diciendo y haciendo, metió la cabeza dentro del servicio que llevaba ''[144]''. Mas el demonio, envidioso desta mortificación de la santa y moviendo fuertemente la aprehensión de sus sentidos, hizo que el sentimiento de aquel objeto presente fuese mayor, y, como si el crimen lo fuera también, tomando la santa virgen nueva venganza de sí y haciendo nuevos actos de mortificación y humildad, hizo uno de fortaleza tan heroico y superior a las fuerzas [19v] de una flaca mujer, cual nunca jamás se ha visto, mortificando el sentido del gusto con lo que tanto aborrecía el sentido de su olfato. Y, venciéndose con este hecho a sí misma, venció también la tentación del demonio, y quedó consoladísima, y su alma con mil dulzuras del Cielo.
Considerando con la debida atención la inclinación santa y fervientes deseos de ser religiosa que Dios había plantado en su tierno pecho, los cuales, si consultara con el mundo y con la carne y sangre, se los había de estorbar y poner a pleito, estando muy asegurada la bendita doncella de que el estado más seguro y el que a Dios era agradable sería el ser religiosa, determinó de romper con todo los estorbos que podía haber para eso. Y para asegurarse más de que era acertado su deseo, había hecho un oratorio en un lugar muy apartado y solo, que era un palomar antiguo y despoblado, donde sin ser vista sino de solo Dios se daba toda a la oración multiplicando gemidos y derramando lágrimas para que diese cumplimiento a sus santos deseos. Un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro como solía, estando postrada en tierra delante una Verónica dijo: “Oh mi dulce Jesús, suplicoos Señor que por los méritos de vuestra Pasión merezca ser vuestra [268] esposa y entrar para eso en religión, para entregarme toda a vos, único deseo de mi corazón y amor dulcísimo de mi alma”.


Siendo cocinera esta santísima virgen, yendo a sacar agua del pozo, quebró una orza o barreñón grande de barro que llevaba en las manos, de lo cual quedó muy confusa, y, atribuyéndolo a su flojedad y descuido, se derribó en tierra, y haciendo oración a Nuestro Señor, se juntaron los pedazos del vaso y quedó sano, y sirvió después dos o tres años en la cocina ''[145]''. Y una religiosa que se halló presente a todo esto, y vio por sus ojos el milagro, dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba este vaso hecho pedazos? ¿Cómo está ya sano?”. Respondió con mucha humildad la bendita cocinera: “Sí, hermana, pero el Señor ha remedidado por su bondad lo que yo eché a perder por mis pecados”.
Diciendo esto se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro hermosísimo de Nuestro Señor Jesús Cristo tan vivo, a su parecer, como si estuviera en carne pasible y mortal, y ella, viendo a su Redentor, tales fueron sus lágrimas, tales sus ansias y congojas nacidas de inefable amor, que el mismo Señor la consoló prometiendo la traería a la religión y recibiría por su esposa. ''[14]'' Mas que de su parte se ayudase ella, haciendo lo que para ello convenía. Dichas estas palabras la santa Verónica se tornó a su ser y la bendita doncella quedó con este favor tan alentada que luego buscó trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, adonde el divino espíritu interiormente la llamaba. Y porque en estas cosas no aprovechan los tibios y flacos propósitos sin una buena determinación eficaz que rompa los estorbos, determinó luego en pasar la Pascua de Resurrección irse al dicho monasterio que está dos lenguas de su lugar, y porque para eso convenía ir en hábito de hombre varonil y fuerte, vistiose d’él y, tomando para más disimular una espada debajo de su brazo, salió secretamente de casa de sus tíos y tomó la vía para allá. ''[15]'' Bien se puede creer que en esta ocasión el demonio sacaría todo su poder para estorbar esta jornada. Así lo hizo representándole muchos espantos y temores, y la indignación de su padre y parientes, y la indecencia del hábito en que iba para la virtud que profesaba. Esto hizo tal impresión en ella que, combatida de la natural flaqueza y temor, comenzó a temblar con todo el cuerpo de tal manera que cayó en tierra desmayada. Y estando así, oyó por tres veces una voz que la dijo: “Ten esfuerzo, no desmayes, acaba la obra comenzada que Dios te favorecerá”. No vio entonces quién la hablaba hasta que después supo por revelación que había sido el ángel de su guarda. ''[16]''


En tales ejercicios como estos, y en tal vida, gastó santa Juana la suya y los primeros años de la religión, los cuales como fueron tan admirables y se conoció luego el mucho talento y valor de la recién profesa, su pruden- [20r] cia y santidad —aunque la edad era poca—, la obediencia la ocupó en el oficio de sacristana, después de muy probada en el de la cocina, del cual dio tan buena cuenta, que sin sacarla de él, la hicieron juntamente tornera. Y aprobó también en estos oficios que muy en breve la dieron el de la puerta. Y como los hacía con tanta humildad y paciencia —como muy celosa del servicio de Dios, y de la santidad y religión del convento—, padeció grandes trabajos: porque por ser moza todas se le atrevían, y la mansísima cordera a cualquiera se humillaba, y arrodillada a los pies de las que la reñían decía su culpa y rogaba a Nuestro Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Y hallábase también con servir a las otras religiosas en los oficios de humildad y obediencia que esta era su gloria, su bienaventuranza y su Cielo ''[146]''. Y a la verdad así era ello, pues en estos oficios hallaba a Dios, que es la bienaventuranza y verdadero Cielo del justo, como le halló esta santa virgen en la portería y en el torno, porque estando en estos oficios andaba tan enamorada de su dulcísimo Jesús que siempre le traía presente; tanto, que si volvía el torno para dar o recebir algún recaudo, le contemplaba cuna en que mecía al dulce niño Jesús. Y tal vez le aconteció volver [20v] el torno con este pensamiento, que halló a Dios niño en él, que con rostro muy apacible y risueño la habló, alegrándose con ella ''[147]''.
Con este favor quedó muy alentada, y levantándose de la tierra, prosiguió su camino, y, habiendo andado buena parte d’él, sintió que venía tras sí (aunque algo lejos) un hombre de a caballo. Y llegando más cerca, conoció que era un hidalgo que la pretendía por mujer y sus deudos querían que casara con ella. Turbose mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, pero el Señor, que la quiso [269] guardar, permitió que no la conociese. Y ella, viéndose libre de aquel peligro, puesta de rodillas en tierra, dio luego allí muchas gracias a Dios y a su santísima Madre la cual se le apareció y le dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti y te pedí a mi hijo para que restaures mi casa de la Cruz”. Quedó con esto la sierva de Dios muy consolada y, prosiguiendo su camino, llegó al santo monasterio donde, habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia, y desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba en un lío. Y levantando los ojos a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción que estaba sobre la puerta seglar del convento (que según se dice es la misma que está ahora), arrollidándose a ella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen la habló y dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa, entra alegre que bien puedes, pues para ello te crió Dios e yo te torno a dar la superioridad de ella y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes y arranques y destruyas los vicios y pecados”. A esto replicó la sencilla doncella diciendo: “Ay señora, que como vengo sola y de esta suerte, temo que no me querrán recibir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas”, dijo la santa imagen, “que mi precioso Hijo que te trajo hará que te reciban”. Con esto la bendita virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y dándole cuenta de quién era y de lo que pidía, rogaba la recibiesen en su compañía, pues por gozar de ella dejaba la de su padre y parientes y había venido en hábito tan diferente por no ser conocida. ''[17]'' Reprehendiola la abadesa por haberse puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente estaba admirada y daba al Señor mil gracias porque tal fortaleza y espíritu había puesto en una tierna doncella. Aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, tan bien hablada y discreta en las razones que decía, tan compuesta, tan graciosa, que mandó llamar a todas las religiosas para que la viesen y echasen de ver cómo, sin duda, se la traía Dios a su casa para algún grande bien y secreto de su divina providencia. La cual, para que pareciese bien a todas y no dudasen de recibirla, es de creer que la añadiría particular donaire y gracia como lo hizo con Daniel para que pareciese bien a los ojos del rey Baltasar, y con [270] la santa Judith para que de su vista quedase vencido el ánimo de Holofernes. Pues así todas las religiosas de aquel convento quedaron tan admiradas de ver su buena gracia que la preguntaban mil cosas, y ella con tanta discreción respondía a todas, que la tuvieron muy largo rato en sus preguntas. Y aunque con harta vergüenza suya, hubo de tornar a referir sus historias, y lo que le había acaecido en el camino. Tanto la detuvieron en esto que llegó su padre con otros parientes en busca de ella. Y tales palabras le dijo (con la cólera que traía), tan descompuestas y feas que no lo pudieran ser más cuando la hallara en un crimen de mujer perdida. A todo se hacía la sierva de Dios sorda, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre, una oveja. Mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad convertida en lágrimas y postrada a sus pies le decía que no la molestase más ni cansasen en persuadirla otra cosa, porque más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito. Porque ella estaba ya debajo del amparo de la Virgen Santísima, de cuya casa no pensaba salir en toda su vida. Y cuando intentasen sacarla por fuerza, esperaba en el Señor que la había traído que la defendería. A este mismo tiempo y sazón llegó aquel mancebo que la había encontrado en el camino y prentendía casar con ella, hizo grandes extremos cuando supo su ausencia buscándola por muchas partes, y pidió licencia a su padre y parientes para llevarla consigo a Illescas, donde vivía, y tenerla con su madre muy regalada y servida mientras se componían sus cosas. La sierva de Dios con mucha humildad y entereza satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde la misma Virgen Santísima con el divino espíritu interiormente la llamaba. Viendo todas estas cosas las religiosas, y la gran fortaleza y perseverancia de la humilde y devotísima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella perla del Cielo en su casa. Y que la recibirían con poco o mucho, como su padre quisiese. El cual, aplacado y tocado interiormente del poder divino, dijo: “Líbreme Dios, hija mía, de ir contra la voluntad divina; yo te doy mi bendición, da muchas gracias a Dios y él te guíe y te haga toda suya”.


Otra vez, siendo portera, se le apareció el santísimo niño Jesús, y así como le vio, estendió sus brazos para recebirle en ellos, pero a este punto apareció su Santísima Madre, que tomándole en los suyos se levantó en alto con él, acompañada de infinitos ángeles que con muy dulce y concertada harmonía le daban música ''[148]''. Mas como viese santa Juana que se iban madre y hijo, y la dejaban tan sola, juzgándose por indigna de tan soberana compañía, quedó muy triste y desconsolada, mas consolándole la que es madre de consuelo dijo: “No te aflijas, hija mía, sino vente hacia las higueras de la huerta, que allí nos hallarás”. Y, contentísma con este favor, cumplió con su oficio de obediencia y se fue derecha a la huerta, mirando por todas partes, por ver lo que su ánima deseaba. Y llegando a la casa del horno, cerca de las higueras, vio a Nuestro Señor Jesucristo y a su bendita madre con muchedumbre de ángeles, que la esperaban. Y postrada, pecho por tierra, adoró a Dios y a la Virgen, y estuvo largo tiempo gozando de aquella soberana [21r] visión, tan absorta que aunque la llamaron con la campana no lo oyó, hasta que la Madre de Dios la dijo: “Anda, hija, haz la obediencia, que te han llamado tres veces y tú nunca lo has oído”. Y entonces, dejando a Dios y a su madre, por la obediencia fue a ver quién la buscaba. Y, habiendo negociado, se volvió luego derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Y encontrándola algunas monjas, notaron mucho la solicitud con que andaba, y que su rostro estaba muy resplandeciente, y salía della grande suavidad de olor, por lo cual se fueron tras ella, por ver lo que había, sospechando alguna gran cosa ''[149]''. Y viéndola entrar en la casilla del horno, acecharon y oyeron que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora, pues habiéndome yo ido y dejandoos a vos y a mi dulcísimo Esposo en este humilde y pobre lugar, hallo que me estáis aguardando en él”. Oyeron también las monjas cómo la piadosa Virgen respondió: “Hija mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que nos agrada mucho a mi Hijo, y a mí”'' [150]''.
[271]


Fue tan favorecida la bendita santa Juana de la Virgen Nuestra Señora que no se pueden [21v] encarecer dignamente los favores y regalos que de su poderosa mano recibió, no solo después de nacida, sino antes que naciese, pues antes que tuviese ser de persona la puso la Virgen el nombre de Juana, y por su intercesión y méritos la envió el poderoso Dios al mundo tan llena de gracias y favores del Cielo que antes que la santa niña supiese decir las primeras palabras que en los otros niños son gracias, en ella fueron celestiales gracias, porque desde la cuna y desde los pechos de su madre tuvo revelaciones, éxtasis y raptos, los cuales crecieron tanto con la edad que cuando la santa virgen llegó a los 24 años apenas hubo día que no tuviese muchos, y muchas revelaciones en ellos ''[151]'', durándole más o menos tiempo, como Dios era servido: al principio tres o cuatro horas, adelante fueron mayores, porque llegaron a catorce, y a veinte, y a cuarenta horas cada uno. Y algunas veces se estaba elevada tres días sin volver en sí; y muchas le acontecía tornar de un grandísimo rapto, y apenas haber vuelto de él, cuando de solo oír nombrar el dulcísimo nombre de Jesús o ver alguna imagen de su santísima Pasión, se volvía a elevar como de antes, sin ningún género de sentido ''[152]''. Quedaba hermosísima y resplandeciente en estos [22r] raptos, y cuando volvía dellos rogábanla las monjas les dijese dónde estaba y qué había visto en aquellas revelaciones y raptos. Y aunque lo rehusó —escusándose con humildad—, cuando fue la voluntad de Dios que lo manifestase dijo que el santo ángel de su guarda la llevaba en espíritu al Cielo, y la ponía en un trono muy resplandeciente y glorioso ''[153]'', donde el Señor la consolaba con su realísima presencia, que por su infinita misericordia la comunicaba, y vía a su Santísima Madre, y a los ángeles, a los apóstoles y evangelistas, a los patriarcas y profetas, a nuestro padre san Francisco y a otros infinitos santos y santas del Nuevo y Viejo'' ''Testamento —de que daba tan lindas señas, como si hubiera nacido y criadose con ellos— ''[154]''.  Decía que andaban adornados con sus particulares insignias: los santos del Testamento Viejo, con las figuras de aquello que representaban conforme a sus profecías: Abrahán con el sacrificio del cordero, Moisén con la serpiente y la zarza, Aarón con la vara; otros con el arca del Testamento, otros con la Virgen Nuestra Señora con su precioso Hijo en brazos, según que lo profetizaron. Y que los [22v] santos del Testamento Nuevo traían también sus insignias: los apóstoles y mártires, las de su martirio; nuestro padre san Francisco, las cinco llagas, más resplandecientes que estrellas; otros traían el cáliz con el Santísimo Sacramento; otros, la pila del Bautismo, y otros las llaves de la Iglesia. Y cada uno de ellos estaba tan hermoso y resplandeciente que resplandecía más que el sol, que era cosa maravillosa y por estremo agradable ver y contemplar estas cosas, llenas de tanta hermosura y lindeza cual ninguna lengua lo podría explicar, “según que el Señor por su misericordia me las muestra —decía la santa— y quiere que yo los vea desde aquel santo lugar, donde me parece estoy como atada con unos rayos, que denotan que mi alma aún no está del todo desatada y libre de la cárcel deste cuerpo”.
'''Cap. IIII. De cómo recibió el hábito y de muchas cosas notables que sucedieron siendo novicia'''


Tenía santa Juana veintidós años de edad, cuando la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después no tuvo otro su semejante, porque las otras veces que se arrobaba quedaba con mucha hermosura y lindo color de rostro, pero esta vez no fue así, que todo esto le faltó y quedó como muerta ''[155]'', los ojos quebrados y hundidos, cárdenos los labios y arpillados los dientes, la nariz afilada, [23r] y todos sus miembros descoyuntados y yertos, y el rostro tan pálido y amarillo como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseando saber la causa de él, rogaron a la santa virgen se lo dijese, pero ella, como muy prudente y callada, nunca lo quiso decir, hasta que pasados algunos días se lo mandó el ángel de su guarda, y entonces dijo: “Sabrán, madres y hermanas, que la causa de ver en mí tal novedad en aquel rapto fue porque estando en él, y mi espíritu en aquel lugar donde el Señor le suele poner otras veces, vi llorar al santo ángel de mi guarda. Y preguntándole la causa de sus lágrimas y tristeza, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí han de venir, y que de pena desto lloró”. (''Llorar los ángeles es lenguaje de la Sagrada Escritura [156], más por similitud que por propiedad, porque el ángel aunque aparece en forma corporal y visible a los hombres ni llora, ni come, ni habla, ni ejerce alguna operación vital ni puede —según santo Tomás [157]—, porque para obrar propiamente estas cosas que son acciones vitales había de ser alma del mismo cuerpo en que aparece y como forma suya animarle'') ''[158]''. “Y rogó a Dios que no volviese mi espíritu más al cuerpo, y Su Divina Majestad le respondió que no convenía, porque quería llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Y viendo esto, suplicó a Su Divina Majestad me concediese toda la vida [23v] esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido, y el muy poderoso Señor se lo otorgó”. Y así desde este día todos los raptos fueron muy suaves, y por ser tantos y tan largos que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía, por lo cual la dieron celda aparte, y una religiosa que cuidase siempre della.
Habida la bendición y licencia de su padre, y deseando ya las monjas admitirla, llegó a deshora luego el Ministro Provincial, sin cuya licencia no podía ser admitida. Y fue cosa notable que llegase el perlado en aquella sazón y pareció orden del Cielo, porque había muy poco que salió de allí y no le esperaban en muchos días. Supo el caso de lo que pasaba y dio su licencia para que fuese recibida. Vistiéronla el hábito de la religión a tres de mayo, día de la Invención de la Cruz, ''[18]'' en el mismo que cumplió los quince años y en el de 1496, hallándose presentes y con muchas lágrimas de devoción su padre con toda la parentela.


'''Capítulo VII'''
Puesta la nueva planta del Cielo en aquel jardín de flores olorosas y plantadas a la corriente de las divinas aguas, comenzó a señalarse entre todas las religiosas así como el sol entre las estrellas. En toda la observancia regular era extremada y señaladamente en la guarda del silencio, pues solo con su maestra y con la prelada lo que precisamente era necesario hablaba. Deseaba tanto agradar a Dios que no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquier otra virtud que oyese de otra persona luego sin dilación la ponía por obra. Y así como abeja artificiosa componía su panal de vida espiritual de las mejores y más olorosas flores que en el jardín del Cielo hallaba.


'''Cómo el niño Jesús se desposó con santa Juana, y de la devoción que tuvo al Santísimo Sacramento'''
La primera vez que la sierva de Dios comulgó entre las otras monjas le acaeció una cosa que la tuvo muy desconsolada y fue que (permitiéndolo el Señor) no vio aquella vez en la hostia consagrada lo que siempre solía ver en ella, que era a Christo Nuestro Señor, de lo cual quedó tan afligida que se fue luego resuelta en lágrimas a los pies del confesor diciendo su desconsuelo. El cual, con muchas razones, procuró de aconsolarla diciendo que no creyese que por no haber visto al Señor en la hostia consagrada, como solía, había comulgado en pecado mortal, que le aseguraba haber sido particular merced que Dios la había [272] hecho cuando le veía y también lo fue entonces el no mostrársele para mayor aumento del mérito de la fe. Y que él, con haber recibido la sagrada comunión y dicho misa muchísimas veces, en toda su vida había visto con los ojos del cuerpo al Señor en la hostia consagrada, sino solo con los ojos de la fe y con eso estaba muy satisfecho, ni deseaba verle de otra manera hasta estar en la gloria. Con estas y otras razones quedó la simple paloma consolada y dio muchas gracias a Dios, así por haberle visto con los ojos corporales en la hostia consagrada como por habérsele escondido aquella vez para que solo le viese con los del alma. Acabado el año de la probación y admitida con mucha conformidad y contento de todo el convento para la profesión, hízola devotísimamente en el mismo día que el año pasado recibió el hábito, que fue día de Santa Cruz de mayo. Por lo cual y por la devoción entrañable que tenía a la Santa Cruz se llamó desde aquel día sor Juana de la Cruz. Y así su vida en adelante fue una cruz tan espantosa al demonio que, no pudiendo sufrir que una mujer niña y flaca le venciese, así cada día la persiguió de cuantas maneras podía. Algunas veces la azotaba tan rigurosa y cruelmente que las señales de los azotes y golpes que la daban le duraban muchos días con heridas crueles, que unas a otras se alcanzaban. ''[19]'' Sucedió una vez que, rogando a Dios por una alma, la azotaron tan cruelemente los demonios y derramaron de su cuerpo tanta sangre que la dejaron por muerta. Llegó a este tiempo el ángel de su guarda, al cual dijo querellándose amorosamente: “Oh, ángel bendito, ¿qué os habéis hecho? ¿Cómo me habéis desamparado? Mirad cual me han tratado los ministros de la divina justicia”. A lo cual respondió el ángel: “No te he dejado yo ni mi Señor Jesuchristo te deja, antes de su parte te digo que ganaste en estas peleas una corona muy esclarecida y yo vengo con la virtud de su nombre a curarte esas llagas”. ''[20]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz y la sanó. Y el Señor la concedió lo que por aquella alma pedía. ¿Quién podrá declarar lo mucho que padeció de los demonios y la paciencia que tenía en los tormentos? ¿Las penitencias tan extraordinarias que ella hacía y la profundidad y alteza de su humildad con que tan altamente sentía de Dios y tan baja de sí misma? Hallábase tan obligada a hacer a Dios particulares servicios que desde el día que profesó se [273] determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento hasta dar la vida por quien dio la suya por ella. Y muchas veces, con el excesivo fervor, decía: “No deseo otra cosa sino verme por el amor del dulcísimo Señor mío degollada, abrasada, hecha polvos y quemada”. Y vuelta a su dulce Jesús, decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores. Mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno y a todas las criaturas de la Tierra que ejecuten en mí todo su poder, pues todo será corto, para lo que por vos, Dios mío, deseo y debo padecer”. No paraba esto en solos deseos porque comenzó a hacer nueva vida, añadiendo a las acostumbradas penitencias otras nuevas y espantosos rigores. Acaecíale no desayunarse en tres días y hartas veces se pasaban ocho enteros sin comer bocado. En vigilias era muy larga, y en el sueño tan corta que no dormía hasta hora de amanecer y entonces solo lo que para aliviar la cabeza bastaba. Su vestido fue siempre humilde, pobre y remendado, pero sin ningún extremo ni singularidad, aunque en lo interior usaba cilicios de cardas y cadenas junto a las carnes. Para mortificar el gusto, traía muchas veces ajenjos amargos en la boca, en recuerdo de la hiel que gustó el Señor. En la oración empleaba la mayor parte de la noche y del día. Y decía que cuando no era muy fervorosa y acompañada de lágrimas no era merecedora de que Dios la aceptase. Los ratos desocupados gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina consideraba que eran para que comiesen las siervas de Dios en ellos, y en estos humildes empleos recibía del Señor muy particulares regalos y de su santísima Madre, y así con entrañable gusto servía a las religiosas enfermas, desvelándose en su regalo y servicio. En lo cual la acaecieron cosas muy notables y milagrosas. Un día, siendo cocinera y sacando agua del pozo, quebró un grande barreñón de barro que llevaba en las manos, de lo cual quedó muy confusa y, atribuyéndolo a su flojedad y descuido, derribada en tierra hizo oración a Nuestro Señor. Fue cosa maravillosa que luego los tiestos apartados se ajuntaron, y quedando la pieza sana y entera, sirvió despues dos o tres años en la cocina.


Singular atención pide este capítulo, y yo se la pido a mi Dios, y su gracia para acertar a escribir, para honra y gloria suya, dos señaladísimas mercedes y muy regalados favores, que con grande muestra de amor concedió a esta regaladísima y santa virgen, porque cuando quiso el Señor darle más ricas prendas de lo mucho que le amaba, determinó Su Divina Majestad visitarla, no por ministerio de los ángeles —como otras ve- [24r] ces solía—, sino por su misma persona, y desposarse con ella en los brazos de su Santísima Madre —tálamo sagrado y divino—, donde se celebraron estas espirituales bodas, a las cuales asistieron muchos ángeles y vírgines, que venían acompañando a su Rey y a su Señor, en quien puso santa Juana los ojos, y acordándose de la palabra que le había dado de desposarse con ella, con mucha humildad y amor rogó a la Reina del Cielo, alcanzase de Su hijo cumpliese lo prometido ''[159]''. Rogaba también a las santas vírgines y ángeles le ayudasen en su pretensión y demanda, y todos arrodillados en la presencia de Dios, le suplicaron concediese lo que su humilde sierva pedía. Y ella con mucha fe y humildad no cesaba en su oración hasta que el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su Santísima Madre y de los ángeles y vírgines, puso en santa Juana los ojos de su misericordia, y, con rostro muy alegre y amoroso, dijo: “Pláceme, hija, de desposarme contigo”. Y estendiendo su poderosa mano se la dio, en señal de desposorio, con muchas muestras de amor, y con el que tenía santa Juana a su amado y dulce esposo suplicó a la [24v] Reina del Cielo, que pues Su santísimo Hijo se había ya desposado con ella, se le diese para gozarse con él. Hizolo así la soberana Señora, y ella misma puso el Niño Jesús a santa Juana en los brazos, y le dijo: “Bien será, Señor, que en señal de desposorio y del amor que Vuestra Majestad tiene a su esposa, le dé alguna joya de estima”. Y quitándose de su dedo una muy rica sortija, se la dio a Su dulcísimo hijo, y él mismo, tomándola con su poderosa mano, se la puso a santa Juana en el dedo, en presencia de su Santísima Madre, que fue la madrina, y de muchos ángeles y vírgines, testigos muy verdaderos y ciertos deste espiritual y soberano desposorio. (''Este desposorio espiritual fue en visión imaginaria, como el que se lee de santa Catalina de Sena y de Alejandría [160]'') ''[161] ''[162]''.
Una religiosa que se halló presente a todo vio por sus ojos el milagro. Y como la sierva de Dios iba creciendo en virtudes cada día, también las religiosas iban conociendo su mucho valor [274] y talento, y así la ocuparon en oficio de sacristana, después de muy probada en la cocina, del cual dio tan buena cuenta que, sin sacarla d’él, la hicieron juntamente tornera y luego, después, portera. Todo lo cual hacía con tanto fervor de espíritu y con tanto celo del servicio de Dios, del decoro de la religión, que padeció en razón de eso muchos trabajos, porque como la veían de poca edad y nueva en la religión, y por otra parte tan cuidadosa de la observancia della, muchas se le atrevían. Mas la mansísima cordera a todas se humillaba y a las que la reñían decía su culpa, rogando al Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Parecíale estar en su gloria cuando en los ejercicios más humildes se ocupaba, y en ellos llevaba siempre a su dulcísimo Jesús presente. Y cuando volvía el torno para dar o recibir algun recaudo, le contemplaba como cuna en que al Niño Jesús mecía. Y tal vez aconteció volver el torno con este pensamiento, que vio en él a Dios niño, el cual con alegre y risueño rostro la hablaba y miraba. Otra vez, siendo portera, la apareció el santísimo Niño Jesús. Y así como le vio, extendió sus brazos para recibirle en ellos, pero luego apareció su santisíma Madre y, tomándole en los suyos, se levantó en alto con él acompañada de infinitos ángeles, que con muy dulce armonía le daban música. Mas como la sierva de Dios viese que se iba Madre e Hijo y la dejaban sola, juzgándose por indigna de tan santa compañía, quedó muy triste. Mas consolola luego la Madre del consuelo, y dijo: “No te aflijas, hija, sino vente hacia las higueras de la güerta, que allí nos hallarás”. Contentísima con este favor, y mirando a todas partes, ansiosa de ver lo que su alma deseaba, llegó a la casa del horno cerca de las higueras y vio a Nuestro Señor Jesucristo con su bendita Madre y con muchedumbre de ángeles que la esperaban, y postrada pecho por tierra, adoró a Dios y a su Madre Santísima. Y estuvo grande rato gozando de aquella visión, tan absorta que, aunque la llamaron con la campana, no lo oyó, hasta que la Madre de Dios la dijo: “Anda, hija, haz la obediencia que te han llamado tres veces, y tú nunca lo oíste”. Fuese corriendo a ver quién la buscaba y, habiendo negociado, se volvió derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Pero como algunas monjas la vieron y notaron la solicitud que llevaba y que el rostro tenía encendido [275] y resplandeciente (del qual salía suavísimo olor), siguiéronla, deseando saber en qué andaba, y sospechando alguna grande cosa, viéronla entrar en la casilla del horno y oyéronla que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, ¿tan grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora?, pues habiéndome yo ido, dejando vuestra santa compañía en tan humilde y pobre lugar, hallo ahora que os estáis en él aguardándome”. Oyeron también las monjas cómo la Virgen respondió: “Hija mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que agrada mucho a mi Hijo”.


Otra vez estando santa Juana en sus sentidos, no arrobada sino velando con las otras monjas en la casa de labor, con el aguja en la mano y los ojos en la almohadilla, puestos los del alma en su santísimo Esposo, se la apareció la Madre de Dios con su Hijo en los brazos ''[163]'', y, llena de amor y confianza, después de haber adorado a Hijo y Madre, la rogó con mucha humildad le diese a su dulce Esposo, para tenerle consigo [25r] y regalarse con él. Y la piadosa Señora, inclinada a la petición de su sierva, con rostro alegre y gozoso dijo: “Toma, hija mía, el precioso fruto de mis entrañas, que esos son mis regalos: dársele a quien también como tú le merece”. Y, estendiendo santa Juana su escapulario, recibió en él aquel soberano tesoro y precio inestimable del mundo, el cual otras muchas veces tuvo también en sus brazos ''[164]''.
'''Cap. V. De un maravilloso rapto de la sierva de Dios, y de sus grandes penitencias'''


La devoción que tuvo santa Juana al Santísimo Sacramento fue superior a todo lo que se puede decir, porque cuanto hacía antes de comulgar guiaba en orden a disponerse para la sagrada comunión, y lo que después della se seguía era todo hacimiento de gracias. Y tal gusto y consuelo recebía en este celestial manjar que mientras más gustaba de él más crecía la hambre que de él tenía. Y así procuraba llegarse a este divino sacramento las más veces que podía, y cuando no le era concedido comulgaba espiritualmente, tan a menudo y sin tasa que su vida era una comunión espiritual contínua y muy prolongada ''[165]''. (''No es esta la gracia que se da “ex opere operato” [166]'') ''[167]''. Tanto que estando una vez arrobada en aquellos maravillosos raptos [25v] que adelante veremos, dijo el Señor, hablando en ella, que cada hora y cada momento, y cuantas veces respiraba, comulgaba espiritualmente y recibía en su alma la mesma consolación y gracia, y aquellos regalos del Cielo que cuando recebía sacramentalmente la Hostia consagrada. (''Comunión espiritual es cuando una persona no pudiendo recebir el cuerpo de Cristo Nuestro Señor sacramentado le recibe en su alma interior y espiritualmente con fe y caridad, como lo difine el concilio tridentino [168], y a los que así comulgan espiritualmente se les comunica el efeto y virtud del sacramento conforme a su devoción, y desta manera puede un alma comulgar espiritualmente muchas veces al día'') ''[169]''. Y, reconociendo la santa virgen este soberano beneficio, solía decir muchas veces: “¡Oh, Señor, y qué buena manera de comulgar es esta, sin ser vista, ni registrada, y sin dar pesadumbre al padre espiritual, ni cuenta dello a ninguna criatura humana, sino a vos, Criador y Señor mío, que me hacéis tanto regalo y sustentáis con los dulces y sabrosos bocados de vuestro santísimo cuerpo a mí, pobre pecadora, indigna deste altísimo don, la más vil y desechada del mundo, y que me hagáis tan singular favor que cada hora y momento reciba mi alma el gusto, la suavidad y regalo que cuando comulgo sacramentalmente, y que siempre esté endulzada de vos, mi dulce Jesús, Esposo y Señor mío, si yo por la amargura de mis pecados no me hago indigna de vos, dulcedumbre divina!¡Oh, maravilloso manjar!¡Oh, sacramento de ma- [26r] ravillosa virtud!¡Oh, pan de ángeles!: ¿qué convite es este? ¿Qué piedad es esta, mi dulce Jesús? ¿Y qué misericordia y liberalidad la que hace vuestra Divina Majestad con una indigna y miserable esclava?”. Esto decía santa Juana, agradeciendo a Dios el comulgarla espiritualmente tan a menudo. Y acerca del cuerpo de Cristo sacramentado, la sucedieron cosas tan maravillosas como lo declaran las siguientes:
Estaba tan adelgazada y apurada la carne desta santa doncella, y el espíritu tan elevado de todo lo que es pesadumbre y Tierra, que con mucha facilidad gozaba de raptos y éxtasis maravillosos, de los cuales fue muy notable el que diré agora. Siendo de veinte y cuatro años, la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después vieron en ella otro semejante. Porque otras veces cuando se elevaba, quedaba con muy grande resplandor en el rostro, pero esta vez quedó como muerta. Los ojos quebrados y hundidos, los labios cárdenos, arpillados los dientes y todos los miembros de su cuerpo descoyuntados y yertos, el rostro tan pálido como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseosas de saber la causa, rogáronla que se las dijese. Mas ella rehusó de hacerlo hasta que, pasado algunos días, se lo mandó el ángel de su guarda. Y así las dijo: “La causa, madres, de haber visto en mí tal novedad, fue que estando mi espíritu en el lugar donde el Señor se suele poner otras veces, vi con apariencia triste al ángel de mi guarda y, preguntándole yo la causa, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí habían de venir y que, habiéndole rogado por mí, le respondió su Divina Majestad que convenía llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Entonces le tornó a suplicar que por su clemencia me concediese esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido”. Y el Señor se lo otorgó, y así desde entonces todos los raptos fueron muy suaves, y por [276] ser tantos y tan largos, que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía. Por lo cual la dieron celda aparte y una religiosa que cuidase della. Pareciole buena ocasión esta para alargarse en ejercicios de penitencias y así lo hizo. Muchas veces la acaeció en la contemplación de los crueles azotes que el Señor padeció en la columna, deseando ella imitarle algo, pidiendo licencia a su Divina Majestad para ello y habida primero para semejantes mortificaciones de la prelada, se cerraba en un aposentillo y desnuda se amarraba a un madero (como columna) que allí tenía, y atándose ella misma con unos cordeles primero los pies y después el cuerpo, dejando libres los brazos, se azotava por todo él con una cadena de hierro. Y por que la cadena mejor la hiriese tenía en el uno extremo della un hierro grueso, tan largo como una tercia. Y tomándole en la mano, se daba con los extremos de la cadena hasta derramar sangre. Estando en este ejercicio, contemplando los azotes del Señor y abriendo sus carnes con aquellos, la apareció el bendito ángel de la guarda, y mandaba cesar diciendo: “Basta, que hasta aquí llegó la voluntad de mi Señor Jesuchristo”. Y el mismo ángel la desató a veces de la columna en que estaba. Otras veces, en aquel mismo lugar, tomaba un guijarro que pesaba siete libras, y de tal manera se daba con él que a los primeros golpes saltaba la sangre, hasta manchar las paredes. Duraba este ejercicio mientras daba de rodillas quince vueltas por aquel aposentillo, en memoria de las quince más principales llagas de Nuestro Señor Jesuchristo.


Estándose una vez confesando la santa virgen mientras se decía la misa, por ser ya hora de alzar ''[170]'' la mandó el confesor que se fuese a ver a Dios, y llegando a un portal cerca de la iglesia antes de entrar en el coro della y oyendo tañer a alzar, se hincó de rodillas para adorar desde allí con los ojos del alma al que no podía ver con los del cuerpo. Y estando así arrodillada, se abrió a la larga casi toda la pared del portal —que dividía el convento de la iglesia— y vio el santísimo sacramento en el altar, y al sacerdote que decía la misa, y toda la iglesia y las personas que estaban en ella ''[171]''. Y, habiendo adorado la sagrada Hostia, y cáliz, se tornó a juntar la pared, quedándose arrodillada santa Juana en aquel mismo lugar. Y cuando el sacerdote alzó segunda vez la Hostia [26v] se volvió a abrir la pared. Y para perpetua memoria deste milagro, quiso Nuestro Señor que la última piedra en que se remató la juntura de la pared quedase más blanca que las otras y hendida en tres partes, a manera de cruz, como se muestra hoy, y desde aquel tiempo se tuvo en gran veneración. Y cuando adelante se deshizo aquella pared para hacer la de la iglesia en la forma que ahora está, la mayor parte desta piedra, como reliquia preciosa, se puso en el claustro alto, como ahora está, cubierta con una rejita de hierro dorada, donde las monjas van a rezar y a tocar sus rosarios.
Una noche hallándose la santa muy afligida y maltratada de los demonios, que con horrendas figuras y deshonestas pretendían inducirla a deseos sensuales, se salió a la güerta y, juntando muchas zarzas (a imitación de nuestro padre san Francisco), desnuda se acostaba sobre ellas. Y luego se entró en una laguna diciendo: “Por que conozcas que eres barro, en este cieno te has de lavar”. Allí estuvo grande rato y antes de volverse a vestir, se azotó con una cadena, que para este efecto tenía. Desde entonces quedó el enemigo tan desengañado de lo poco que podía con ella que nunca más la tentó en aquella materia. Otras mil invenciones sacaba de penitencias, una veces se ceñía por los brazos y por el cuerpo con sogas y esparto, en memoria de las que [277] ataron al Señor en la columna. Otras se ceñía las mismas cadenas con que se azotaba, y por la mayor parte andaba siempre vestida de hierro, como lo prueban los espantosos cilicios de que usó toda su vida: de cerdas, de cardas de hierro y uno de malla con medias mangas hecho a modo de sayo, tan largo que le llegaba a las rodillas. Otro de planchas de hierro, en forma de corazón, que por todas partes la ceñía al cuerpo, y le traía sembrado de cruces y de los pasos de la Pasión, hechos de clavillos muy agudos, aunque de este usaba pocas veces porque con él sin mucha dificultad no podía doblar el cuerpo. Y cuando se inclinaba, se le hincaban las puntas de los clavillos por el cuerpo, lo cual ofrecía a Dios con mucha paciencia. Otras veces se solía arrastrar por el suelo, tirando de una soga que llevaba a la garganta, y azotándose con la cadena decía: “Quien tal hace que tal pague. ¿De qué te quejas cuerpo ruin y miserable, pues tienes a Dios tan ofendido?”. Otras veces, puesta en cruz, andaba con las rodillas desnudas sobre la tierra, hasta derramar sangre dellas. Otras para más dolor ataba en las mismas rodillas unas pedrecitas o tejas. Otras se ponía en cruz, arrimándose a la pared donde tenía hincados unos clavos, y ponía tan fuertemente las manos ensortijadas en ellos que se estaba en cruz una hora sin llegar los pies al suelo. En cierta ocasión, acabando de hacer una grande disciplina, sobre las llagas hechas con las cadenas se puso aquel cilicio de malla (que era el ordinario). Y apenas se vistió el hábito cuando se quedó elevada por seis horas, hasta que, echándola menos las monjas, la hallaron de aquella manera, y que decía cosas maravillosas, en orden al modo con que habían de servir y agradar a Nuestro Señor. Y eran tan llenas de devoción, que encendían y abrasaban en amor de Dios a las que las oían.


Semejante a esto sucedió a la humilde sierva de Dios haciendo la cocina, que oyendo tañer a alzar, entre los tizones y ollas donde estaba, se hincaba de rodillas y adoraba y vía el Santísimo Sacramento, con haber de por medio cuatro o cinco paredes, y otros tantos aposentos ''[172]''. Y una vez la habló Cristo Nuestro Señor en la Hostia consagrada, prometiéndole la salvación de una monja de su convento que estaba en la agonía de la muerte, por quien la santa rogaba ''[173]''.
'''Cap. VI. De cómo se desposó la santa con el niño Jesús y de su devoción al Santísimo Sacramento'''


Un Sábado Santo, estando esta santa virgen en su celda, oyó tañer a la gloria, y no pu- [27r] diendo ir a la misa, por estar enferma, arrodillándose en la cama para dar gracias a Dios, vio desde allí y oyó todo lo que el preste decía en el altar y lo que las monjas decían en el coro ''[174]'', y, lo que más es, vio a Cristo resucitado, resplandeciente y glorioso, que salía del sepulcro, con muchos ángeles que le daban música y cantaban muchos motetes y letras ''[175]''. Y otras veces sucedió a esta virgen tan regalada de Dios, hallándose lejos del coro, oír el oficio divino que rezaban las monjas.
Han sido tales y tantas las misericordias de Dios hechas a esta sierva suya que en algunos no solo han causado admiración, que es el efecto que deberían hacer en todos, sino también alguna dificultad, y no pequeña, para [278] creerlas. La admiración es muy justa y está en su lugar, porque de ella sale luz para conocer las obras de Dios, según lo dijo David: ''Mirabilia opera tua & anima mea congnoscet nimis''.''[21]'' “Por ser Señor tan admirables tus obras, mi ánima crece en el conocimiento tuyo”; y de ellas, porque la Fe se confirma, la Caridad se enciende para más amar a tan liberal Señor, y la Esperanza se alienta de muchas maneras, esperando que obrará Dios en él lo que obró ya en su prójimo; pero sacar de la grandeza de las mercedes de Dios tibieza para creerlas (por ser grandes) es sentir bajamente de la infinita liberalidad y bondad de Dios, y medirla por la cortedad de su ánimo, triste y escaso. De manera que las mercedes hechas a santa Juana no son menos creíbles por ser grandes, porque si se leen los libros de los santos están llenos de casos maravillosos, donde se muestra haber hecho Dios Nuestro Señor mercedes grandiosas a ladrones y salteadores y a todo género de personas facinerosas (cuando parece que menos lo merecían) por sus secretos juicios y para muestra de su infinita misericordia. ¿Pues qué mucho que haya hecho lo mismo por una sierva suya, escogida desde el vientre de su madre para ser santa? Ni puedo persuadirme yo que los que ahora se espantan sea por la grandeza, porque si della se espantan es señal que no la conocen, sino de la novedad y casos extraordinarios. Y en las cosas humanas tiene esto algún fundamento, pero en las divinas es muy de hombres tibios no advertir en cosas muy grandes que hace Dios muy de ordinario, y admirarse mucho de las extraordinarias, como lo pondera san Agustín: ''Ut non maiora sed insolita videndo, stuperent, quibus quotidiana vilueruns''. ''[22]'' “Y caerán sin duda los sobredichos en la cuenta si hicieren esta consideración”. Y es que suelten las riendas al entendimiento y añadan a las mercedes que Dios hizo a esta sierva suya otras mayores, más estupendas y raras, y porque el entendimiento del hombre es corto, haga esto el más subido serafín, y todo junto esto con aquello no llegará ni en grandeza de obra, ni en firmeza de amor, ni en novedad de maravilla a lo que es solo comulgar una vez. Porque esta merced ni puede tener igual, ni el misterio semejanza. Todo esto, y mucho más a este propósito, advierte el señor Obispo Sosa. Y lo he querido referir porque, llegando a tratar de las soberanas misericordias hechas a esta bendita doncella, vaya el lector con esta prevención. [279] Y, aunque es bien que se admire dellas, por grandes e inusitadas, no por eso deje de creerlas, antes de aquello sacará luz para esto.


Una religiosa, buscando otra cosa en la celda desta santa virgen, halló dentro de un cofrecillo la santa Hostia consagrada —permitiéndolo Dios, que quiso por este medio proclamar tan soberano milagro—. Y a este mismo punto volvió la santa del rapto en que estaba, y con harta agonía fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa, y la dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, que es el Santísimo Sacramento, que trujeron los ángeles” ''[176]''. Y la religiosa, atónita de oírlo, rogó a santa Juana le declarase cómo había sido, y dijo: “Un hombre —que por sus pecados se fue al Infierno— murió con el santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles con grandísima reverencia y le trujeron aquí, [27v] mandándome que pues yo lo había visto comulgase con la santa Hostia y la recibiese por una de las ánimas de Purgatorio. Y estando arrobada me dijeron que cierta persona llegaba al cofre donde estaba la santa Hostia, y así quiero luego hacer la obediencia y lo que los ángeles me mandan, y recebir a mi Señor”. Y, hincándose de rodillas con muchas lágrimas y devoción, recibió el santísimo Sacramento, administrándosele su ángel.
Pues cuando el liberalísimo Señor quiso dar a su sierva más vivas prendas de su amor, determinó visitarla, no ya por solo ministerio de ángeles (como otras veces) sino por sí mismo, y desposarse con ella, con asistencia de su santísima Madre y muchos ángeles y santas vírgenes, que acompañaban a su celestial Rey y Señor. Pues como la sierva de Dios viese a su dulcísimo esposo (en visión imaginaria y verdadera) al lado de su Madre santísima, puso los ojos en él, y favorecida para ello de la Reina del Cielo, pidiole amorosamente la palabra que en otra sazón le tenía dada de desposarse con ella, lo cual pedía también la Virgen Santísima. ''[23]'' Y perseverando con profundísima humildad en esta petición, el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su santísima Madre y de los ángeles y vírgenes, que postrados ante su presencia divina rogaban lo mismo, puso Su Majestad en su sierva los ojos de misericordia. Y mirándola con apacible rostro la dijo: “Pláceme de desposarme contigo”. Y extendiendo su poderosa mano, se la dio en señal de desposorio. Con lo cual quedó la bienaventurada virgen tan contenta y consolada (cuanto era razón) de verse del clementísimo Señor tan favorecida.


'''Capítulo VIII'''
La devoción que tuvo al Santísimo Sacramento fue superior a todo lo que se puede decir. Porque cuanto hacía antes de comulgar lo guiaba en orden a la santa comunión ''[24]'' y lo que después, todo era hacimiento de gracias. Y mientras más gustaba de este divino manjar, más hambre le quedaba d’él, y así todas las veces que podía le recibía.  Y cuando por la debida reverencia se detenía, espiritualmente comulgaba. Y esto tan a menudo que toda su vida era una comunión espiritual continuada. Y tanto que, estando una vez arrobada, le dijo el Señor hablando con ella que le agradaban muchos las comuniones espirituales que hacía. ''[25]'' Y muy consolada con esto, solía decir muchas veces: “Oh, Señor, qué buena manera de comulgar es esta, sin ser vista ni registrada, sin haber de dar cuenta dello a ninguna criatura humana sino solo a vos, Criador y Señor mío, que me hacéis tanto regalo a mí, la [280] más vil y desechada de cuantas criaturas hay en el mundo. Oh, Pan de Ángeles, oh maravilloso manjar lleno de toda suavidad y dulzura, ¿qué piedad es esta, mi dulce Jesús?”. Esto decía agradeciendo al Señor el comulgarla espiritualmente cada día y cada hora que ella quería.


'''De la familiaridad con que santa Juana trataba con los ángeles, especialmente con el de su guarda'''
Pues de las cosas milagrosas que le acaecieron en respecto del Santísimo Sacramento, ¿quién podrá dar razón entera? Confesándose un día mientras se decía la misa conventual, mandola el confesor que fuese a adorar al Santísimo Sacramento. ''[26]'' Y llegando a un portal cerca de la iglesia, oyendo tocar a alzar, se hincó de rodillas para adorar desde allí con los ojos del alma al que no podía ver con los del cuerpo. Mas su dulcísimo esposo, que quería ser visto della, ordenó que se abriese la pared a la larga del portal que dividía el convento de la iglesia. ''[27]'' Y vio a la hostia consagrada en el altar, y al sacerdote que decía la misa y todas las personas que estaban en la iglesia. Y habiendo adorado con suma devoción, se tornó a ajuntar la pared, quedándose ella de rodillas hasta que cuando el sacerdote alzó la hostia postrera se volvió a abrir otra vez la pared. Y para perpetua memoria deste milagro, quiso el Señor que la última piedra en que se remató la juntura de la pared quedase más blanca que las otras y hendida en tres partes a manera de cruz (como se muestra hoy en día), y cuando se deshizo después aquella pared para hacer la de la iglesia, en la forma que hoy está, la mayor parte desta piedra como reliquia preciosa se puso en el claustro alto como ahora está, cubierta con una rejita de hierro dorada, y allí van las monjas a rezar y tocar sus rosarios.
Otra vez siendo cocinera oyó tañer a alzar, y puesta de rodillas de entre los tizones y ollas que estaba, vio el Santísimo Sacramento con haber por medio cuatro o cinco paredes y otros tantos aposentos, y esto le acaeció muchas veces.


Quien oyere decir en la Sagrada Escritura que el ángel san Rafael sirvió al mancebo Tobías en un muy largo camino, y que otro llevó por un cabello al profeta Habacuc desde Judea a Babilonia para dar de comer a Daniel, preso en el lago de los leones, no se admirará cuando oiga lo que sucedió a santa Juana con los ángeles, y en especial con el de su guarda, con quien trataba tan familiar y amigablemente, como un amigo ''[177]'' [28r] con otro, y desto se le pegó la condición angélica que tenía, y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar, porque era olor del Cielo —de donde a la verdad era ella, más que del suelo— y así no era mucho que toda ella oliese a Cielo y tuviese resabios ''[178]'' del Cielo la que tanto comunicaba con los ángeles, no solo con el de su guarda sino también con otros muchos, especialmente los que guardaban particulares provincias y reinos, que la visitaban a menudo, y le rogaban alcanzase de Nuestro Señor templase tal o tal tempestad de piedra, granizo o rayos, que quería enviar sobre la Tierra. Decíanle sus nombres y oficios, y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que guardaban, así las presentes como las que estaban por venir ''[179]''. Y una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles de delante de los ojos, y no la vieron más hasta que después de haber comulgado apareció en medio dellas, con no pequeña admiración de todas, que tan admiradas del caso cuanto deseosas de saberle, rogaron a la santa virgen se le contase ''[180]''; y ella, para su edificación, dijo: “Porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar de solo Dios, quiso Su Divina Majestad que los [28v] ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el santísimo Sacramento, y os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se gozaban con las que comulgaban santa y puramente, y cómo torcían el rostro y se apartaban algún tanto de las que no comulgaban con entera devoción”. Y persuadía a las monjas fuesen muy devotas de los ángeles de su guarda, porque: “No solo nos guardan, sino que siempre nos acompañan: si caemos, nos levantan; si estamos tibios en la devoción, nos inflaman. Ellos nos enseñan en nuestras dudas, defienden en nuestros peligros y sustentan en nuestros trabajos, y a la hora de nuestra muerte con particular vigilancia asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el Purgatorio; finalmente en nuestros trabajos y peligros nos amparan y defienden”'' [181]''. “Y porque sepáis cuán cierto es esto —dijo santa Juana a sus monjas—, el otro día vi que, tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen las religiosas, como todas no acudieron luego, vinieron los ángeles de la guarda de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”'' [182]''.
Una vez la habló Christo Nuestro Señor en la hostia consagrada prometiéndole la salvación de una monja de su convento, por la cual rogaba. Y estaba ya en la agonía de la muerte.


Otra vez, siendo abadesa esta santa vir- [29r] gen, y reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra desobediencia, y que no quisistes barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda, y mandándoselo Dios las dieron a los ángeles custodios de las otras dos hermanas, para que se las pusiesen a ellas, porque obedecieron por vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para confusión y emienda vuestra, y enseñaros que la campanilla y otra cualquier señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer y servir” ''[183]''.
Un sábado santo estando en su celda, oyó tañer a gloria, y no pudiendo ir a la misa por estar enferma, arrodillándose en la cama para dar gracias a Dios, vio desde allí todo lo que el preste decía en el altar y lo que las monjas decían en el coro, [281] y lo que más es: vio a Christo resucitado y resplandeciente que salía del sepulcro, con muchos ángeles que le daban músicas y cantaban muchos motetes y letras. Otras muchas veces oía de muy lejos del coro todo el oficio divino que se cantaba y daba razón de todo cuanto pasaba, como si estuviera presente a ello.


Con estos ejemplos y otros que contaba santa Juana a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles de su guarda, de quien ella lo era tanto que se hacía lenguas diciendo grandezas del suyo. Decía que su hermosura y lindeza excedía a todo lo que los hombres pueden imaginar, por ser más resplandeciente que el sol, y sus vestiduras más blancas que la nieve. “Y no es su adorno como el que yo veo en los otros ángeles de guarda, que no tienen más que dos alas, porque mi santo ángel trae por lo menos seis, y algunas veces ocho y [29v] diez”. (''Píntanse los ángeles con alas, según san Dionisio [185], por la velocidad y presteza con que acuden al socorro de los hombres: y no por esto, ni por lo que dice santa Juana de la hermosura y traje de los ángeles, se entienda que son corpóreos, que no lo son ni tienen cuerpos, como muchos de los antiguos dijeron, sino que los toman para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dicen los concilios y santos [186]'') ''[187]''. “Y en su sagrada cabeza una corona y diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la Cruz, y alrededor della esta letra: ''`Confiteantur omnes angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum´ [188]''” ''[189]''.  Y así mismo decía la santa virgen que traía en los pechos sobre la vestidura bordada esta letra: ''“Spiritus sancti gratia illuminet sensus et corda nostra”'', y en la manga del brazo derecho, de piedras preciosas la señal de la santa Cruz, con el siguiente letrero: ''“Ecce Crucem Domini, fugite partes adversae”'', y en la manga del brazo siniestro trae la misma divisa de la Cruz, con los clavos y las demás insignias de la sagrada Pasión, y esta letra: ''“Dulce lignum, dulces clavos”'', y en los pies trae de piedras preciosas sobrescrito este motete: ''“Quam pulchri sunt gressus tui”'', y en las rodillas otro, que dice: ''In nomine Iesu omne genuflectatur”'', y más arriba esta letra: ''“Coelestium, terrestrium, et infernorum”'' ''[190]'', y en sus sacratísimas manos suele traer un muy her- [30r] moso pendón, pintadas en él todas las insignias de la Pasión y la imagen de Nuestra Señora con su preciosísimo Hijo en los brazos. Y a este modo publicaba de su ángel tantas cosas que despertó en las monjas tal devoción y deseo de saber su nombre, para encomendarse a él, que rogaron a la santa virgen con grande instancia lo supiese del mismo ángel. Y diciéndoles se llamaba san Laruel Áureo ''[191]'', no solo le tomaron las religiosas desde entonces por su patrón y abogado, sino que dejando los apellidos de sus linajes y parentelas, tomaban por sobrenombre el del ángel san Laruel, y esta devoción dura hoy en el convento.
Una religiosa, buscando otra cosa en la celda de esta santa virgen, vio dentro de un cofrecillo una hostia. Y a este punto volvió ella del rapto en que estaba. Y con mucha agonía, se fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa y dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, porque es el Santísimo Sacramento, que le han traído ahí los ángeles”. Y declarando cómo era, dijo: “Un hombre que por sus pecados se fue al infierno murió con el Santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles y le trajeron aquí, mandándome que, pues yo lo había visto, comulgase con la santa hostia y la recibiese por una de las ánimas de purgatorio. [28] Y estando en oración supe que andaba cierta persona en mi cofre, y así quiero luego hacer lo que los ángeles me mandaron”, lo cual hizo con mucha devoción y lágrimas.


Decía también santa Juana que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que tuvo a su cargo el alma del rey David, la de san Gregorio Papa, y la de san Jorge, y otras de algunos santos muy señalados. (''Un ángel custodio guarda diversos hombres en diversos tiempos'' ''[192]'') ''[193]''. “Y eslo tanto él que le llaman en el Cielo “el Ángel del privilegio”, por muchos que Dios le ha concedido para bien de las almas: consuela y visita las del Purgatorio, y los demonios le temen tanto que a las veces solo con levantar el brazo [30v] derecho, donde trae grabada la señal de la cruz con la letra que dice: ''“Ecce Crucem Domini, fugite partes adversae”'' ''[194]'', huyen los malaventurados, y, como perros rabiosos, mordiéndose unos a otros, se van dando espantoso aullidos; socorre también a las personas que están en peligro de muerte, y favorece mucho a mis devotos y amigos”.
'''Cap. VII. De la familiaridad que tenía con los ángeles y en especial con el de su guarda, y cuán devota era de san Antonio de Padua'''


Preguntó una vez santa Juana a su santo ángel cómo quedaron los ángeles tan hermosos y bienaventurados, y los demonios tan obstinados y feos, y con tan gran deseo de hacer pecar a los hombres. “Muchas cosas has preguntado —dijo el Ángel—, y a todas responderé porque lo quiere Dios” ''[195]''. Y así declaró a la santa tan altos y tan profundos misterios, y la resolución de casi todas las cuestiones y sutilezas que mueven los teólogos escolásticos en la materia de ángeles, tan copiosa y distintamente que con sola esta revelación se pudiera saber casi lo que dellos está escrito: así del modo de su creación, confirmación en gracia y disposición que tuvieron para merecerla, y en qué tiempo alcanzaron la bienaventuranza, como de la caída de los demonios, su pecado y obstinación, y de la manera que fueron echados del Cielo, [31r] con otras dificultades a este modo, que son más para ejercitar los ingenios en las escuelas que para inflamar las voluntades de los que las leyeren, que es lo que principalmente pretende esta historia, por lo cual no me detengo en contarlas. Concluyó el ángel diciendo: “Sabe, amiga de Dios, que las cosas que de su parte te he dicho son tan altas y tan ocultas que hasta ahora a ninguno de los hombres se las ha revelado Su Majestad tan copiosamente como a ti”. Dijo también a la santa que los demonios habían caído más espesos que copos de nieve y que las gotas de agua cuando llueve muy apriesa ''[196]''. Y así mesmo le declaró aquellas palabras del ''Evangelio de san Juan'': ''“In principio erat Verbum”'', y las del Génesis: “In principio creavit Deus coelum et terram” [197]'', porque la santa se lo rogó. Y mandola que escribiese estas cosas y otras muchas que el Señor la revelaba ''[198]''. Y también la dijo el Ángel que nueve veces arreo ''[199]'' ''se había aparecido la Virgen Nuestra Señora en aquella santa casa, en los primeros días de marzo ''[200]'', y que en el último destos aparecimientos puso Nuestra Señora la cruz, señalando con ella el sitio donde quería la edificasen la iglesia, que es en me [31v] dio de la capilla mayor, en el mesmo lugar donde ahora está puesta una cruz, en memoria de la que puso por su propia mano la soberana Reina del Cielo.
Era tan ordinario el trato que esta sierva de Dios tenía con los santos ángeles que conversaba con ellos con la misma llaneza cual suele un amigo con otro. ''[29]'' Y desto se le pegó la condición angélica y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar: porque era del Cielo, y así toda sabía a Cielo. Los ángeles que guardaban particulares provincias y reinos la visitaban a menudo y le rogaban alcanzase del Señor que templase tal y tal tempestad que quería enviar sobre la tierra de piedra, granizo o rayos. Decíanla sus nombres y oficios y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que [282] guardaban, así presentes como las que estaban por venir. Una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles y no la vieron hasta que después de haber comulgado apareció en medio de ellas. Las cuales admiradas y deseosas de saber, la rogaron se las dijese. Y ella para su edificación las dijo: “Hermanas, porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar solamente con Dios, quiso Su Majestad que los ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el Santísimo Sacramento. De allí os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se alegran con las que comulgan santa y puramente, y lo que mostraban apartarse y querellarse los que veían lo contrario en las que ellos guardaban”.


Tuvo la gloriosa santa Juana tan espantosas persecuciones y enfermedades como adelante diremos, y en todas ellas tan poco alivio y consuelo que no le tuvo en ninguna cosa ni a quien volver la cabeza, sino al ángel de su guarda, a quien con mucha familiaridad y llaneza contaba todos sus trabajos y daba parte de los escrúpulos de su conciencia. Y un día, cuando la furia y tempestad de sus persecuciones y afrentas andaba más en su punto, le dijo sería gran consuelo para ella la oyese de penitencia. ''[201]'' “No tengo autoridad para tanto —respondió el Ángel—, ni es mi oficio, sino del sacerdote, a quien solo como a ministro suyo ha concedido Dios esa gran potestad en la Tierra, que puede absolver y perdonar pecados”. (''Ninguno que no sea sacerdote, aunque sea ángel, ni serafín, puede administrar el sacramento de la penitencia [202], por lo cual esta confesión no fue sacramental, sino como cuando un amigo debajo de confesión consolándose con otro, o pidiéndole consejo, le descubre el secreto de su alma. Y así, aunque la confesión [203] que la santa hizo con su ángel no fue sacramental, sería meritoria, por lo que dice Escoto [204], por darse casos en que meritoriamente puede uno confesar sus pecados con un seglar, como lo enseñan los esclarecidos dotores de la Iglesia san Agustín [205], santo Tomás [206], san Bonaventura [207] y Gabriel, Major, Marsilio y el Maestro [208] [209]'') ''[210]''. “Ya yo he confesado sacramentalmente los míos con el vicario del convento —respondió la afligida virgen—, y así, con vuestra santa licencia, querría con- [32r] fesarme de las mismas cosas con vos”. Y comenzando su confesión, derramando muchas lágrimas, dijo: “¿Qué haré yo, pecadora y miserable mujer, que he cometido contra mi Dios y Señor gravísimos pecados, y de ninguno dellos me acuerdo? ¡Acordadmelos vos, ángel bendito!”. “Bien haces —dijo él—en llorar tan amargamente tus pecados y traerlos a la memoria, que más meritorio es que si yo te los acordase”. Replicó a esto la santa virgen: “Señor, un escrúpulo de conciencia me aflige mucho, y para salir de él, querría saber si las tentaciones son pecado” ''[211]''. “Sí —respondió el Ángel—, cuando son consentidas, mas las que no se consienten y se resisten, antes son meritorias”. A esto replicó santa Juana: “Señor, entre las que más me combaten, tengo por gran tentación, parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan, y dame notable pena, por no saber si hay en ello algo [32v] de vanagloria o soberbia”. “No la hay en eso —dijo el Ángel—, antes es justo que sientas la pérdida de tu fama y de tu honra, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman a ti”. “¡Ay Señor! —replicó la desconsolada virgen —que pienso es ya estremo el que tengo en sentir mis afrentas y deshonras, y viendo cual me han tratado y reprehendido, estoy tal que aunque no lo digo, sino a Su Hermosura —que así llamaba a su ángel, por la singular hermosura que tenía—, no puedo desechar la pena que me causa, y pensar si por ello estoy aborrecida de los venerables prelados de la Orden de mi padre San Francisco, y si ha de ser esto causa de que yo pierda las misas y sufragios que después de muerta esperaba dellos. Y cuando pienso en mis pecados, mayormente después que me han juzgado por mala, me aflijo tan demasiadamente que no lo sé decir”. Y diciendo esto, derramaba muchas lágrimas, por lo cual deseándola consolar el ángel, dijo: “Sosiégate, alma bendita, y no te atormente tanto la memoria de tus pecados, ni te fatiguen así tus tribulaciones, que por ellas serás bienaventurada, pues te purifican como el oro en el crisol ''[212]''. Y no pienses que por ser reprehendida de tus prelados eres aborrecida dellos, sino que por este camino se te labra tu co- [33r] rona y se purifica tu alma, que como dice la Sagrada Escritura, la tienes siempre en la palma de tus manos”. “No quisiera yo, Señor, que estuviera mi alma en tan ruines manos como las mías —replicó la santa—, sino solo en las de Dios, que con esto la tuviera muy segura: que, como soy tan mala y pecadora, temo mucho perderla, y me parece, Señor, que según las misericordias que usa Dios con esta gran pecadora, estuviera casi siempre o muchas veces en gracia, si no sintiera tanto lo mucho que me atribulan y persiguen. Y harto quisiera yo persuadirme a que lo hacen con razón, y no puedo todas veces, por la poca virtud que tengo. Y más quisiera no ser nacida que haber ofendido a mi Dios tantas veces”. “¡Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados! ¿Qué será de mí, si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, santo ángel, guardador mío, que perdone a esta miserable y no se pierda esta alma, que está por vuestra cuenta ''[213]''. Dadla buena desta ovejuela vuestra, no se la lleve el lobo. San Laruel bendito, consolador de las almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y perseguida, aunque la mayor de mis persecuciones es pensar que por ser tan pecadora las permite Dios, y que [33v] me fatigue tanto el demonio”. “No seas ingrata al Señor —dijo el Ángel—, que las persecuciones que padeces son mercedes que te hace Dios. Y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás le había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo al santo Job. Confía en Jesucristo nuestro redentor, y en la virtud de su Cruz, que aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará. Por tanto, desecha ese temor y congoja, y advierte que si tus persecuciones son grandes, lo son también las ayudas de costa ''[214]'' con que te las da Nuestro Señor, como lo son las muchas visitas que Su Divina Majestad, y su Santísima Madre te hacen tan amenudo, los bienes espirituales que gozas en esta vida, pues estando en la Tierra, participas tantas veces de los gustos de aquella celestial Jerusalén, la familiaridad grande con que me comunicas a mí, y el particular cuidado con que te defiendo y guardo” ''[215]''. (''De algunas santas se lee que tuvieron mucha familiaridad con el ángel de su guarda: de santa Liduvina virgen [216], de santa Francisca Romana [217] y de santa Isabel, hermana del rey Ekrberto y abadesa del monesterio de Esconaugia [218] [219]'') ''[220]''. “Infinitas gracias doy a mi Dios —dijo santa Juana— y a vos, ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones. Y deseo me digáis ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo a vos tantas veces y gozo tan [34r] a menudo de la dulce presencia de mi redentor Jesucristo y de su Santísima Madre?”. “Es gracia suya —respondió el Ángel—, que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe Su Divina Majestad —respondió santa Juana— que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos, porque como tan miserable y pecadora no lo merezco, y así conozco que solo por ser quien es me hace Dios estas mercedes” ''[221]''. “Agradéceselas mucho —dijo el Ángel—, y mira que otras personas, sin gozar deste favor, son mejores que tú. Y esto ten siempre en tu memoria, y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria, ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes, y andes en lenguas de tantos”.
Por tanto, persuadíalas a que fuesen muy devotas de los ángeles que las guardaban: “Porque no solo nos guardan siempre y acompañan, sino que cuando caemos nos levantan si estamos tibias, en la devoción nos inflaman, en nuestras dudas nos enseñan, en los peligros defienden y en los trabajos nos sustentan y a la hora de nuestra muerte asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el purgatorio. Y porque sepáis cuán cierto es esto (dixo la santa) el otro día vi que tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen todas las religiosas, como no acudieron luego todas, vinieron los ángeles de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”. Otra vez siendo abadesa esta santa virgen, reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra obediencia y que no quisieses barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda y, mandándoselo Dios, las dieron a los ángeles custodios de las otras dos que obedecieron mejor que vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para más confusión y enmienda vuestra y para enseñaros que la campanilla y qualquier otro señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer si le queremos agradar y servir”.


A la fama destas cosas y de otras muchas que sucedían a santa Juana con su ángel, acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas, y a todas oía, y a todas acariciaba, sin cansarse, ni enfadarse de ninguna, que en esto tenía la condición de su ángel, a quien representaba las necesidades de todos, deseándolos consolar. Y tan fuertemente aprehendía la respuesta que le daba el Ángel que con ser de cosas tan diferentes, ninguna se le olvidaba: [34v] A una persona espiritual, que rogó a santa Juana supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que mucho aplacen a Dios”. Y a otra persona que deseaba saber lo mismo dijo: “Llore con los que lloran, ría con los que ríen y calle con los que hablan”: otra persona, necesitada de salud y consuelo, sabiendo que todos le hallaban en santa Juana, la envió a rogar alcanzase de su ángel algún saludable consejo para llevar con paciencia los dolores de su enfermedad, que eran grandes, y habiéndoselo consultado la santa virgen, le dio el Ángel esta respuesta: “Dirás a esa persona afligida y enferma que ponga por cielo en su cama a Cristo crucificado, y por cortinas las insinias de su sagrada Pasión, y ofrezca a Dios sus dolores” ''[222]''.
Con estos ejemplos y otros que contaba a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles custodios. Y del suyo propio decía grandezas. Decía que era más resplandeciente que el sol y sus vestiduras más blancas que la nieve y que traía alas de singular hermosura y en su sagrada cabeza [283] una diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la cruz, con esta letra: ''Confiteantur omnes Angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum. En los pechos esta: Spiritus Sancti gratia illuminet sensus, et corda nostra''. Y en la manga del brazo derecho la señal de la santa cruz de piedras preciosas, con el siguiente letrero: ''Ecce Crucens Domini fugite partes adversa''. En la del brazo siniestro la misma devisa de la cruz, con los clavos y las demás insignias de la pasión y con esta letra: ''Dulce lignum'', “dulces clavos”. Y en los pies de piedras preciosas este mote: ''Quam pulchri sunt gresus tui''. En las rodillas otro que dice: ''In nomine Iesu omne genuflectatur''. Y más arriba esta letra: ''Celestium terrestium, et infernorum''. Y en las manos suele traer un muy hermoso pendón con las insignias de la Pasión. A este modo publicaba de su ángel tantas cosas esta sierva de Dios que despertó en las monjas gran deseo de saber su nombre, para encomendarse a él. Y así la rogaron supiese cuál era su nombre. Supo que se llamaba Laruel Áureo y se les dijo. [30] Las cuales no solo le tuvieron desde entonces por abogado y patrón, sino que, dejando los apellidos a su linaje y parentela, muchas tomaron por sobrenombre el del ángel san Laruel. Y esta devoción dura hasta hoy en el convento. Mas hase de advertir que no por esto que aquí se dice se ha de entender que los ángeles de su naturaleza sean corpóreos, ''[31]'' sino que algunas veces toman cuerpos formados del aire para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dice san Thomas. ''[32]'' Decía también la santa que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que fue custodio sucesivamente de las almas de algunos santos muy señalados, y que consuela y visita las ánimas del purgatorio y a las personas que están en peligro de muerte.


Muchas fueron las respuestas que dio el Ángel a santa Juana en diversos negocios que por momentos le consultaba, todas ellas misteriosas, y como unos celestiales aforismos importantísimos para la vida del alma, de las cuales dejo muchas porque este volumen crece más de lo que yo quisiera, y por dar lugar a la misteriosa historia de las cuentas, llamadas comúnmente “de santa Juana”, bien conocidas y estimadas en España. Y así se tratará dellas en los tres capítulos siguientes.
Preguntó una vez a su santo ángel: “¿Cómo quedaron los buenos ángeles tan hermosos y los malos tan obstinados y feos y con tanta sed de hacer pecar a los hombres?”. “Muchas cosas has preguntado”, dijo el ángel, “mas a todas te responderé, porque lo quiere Dios”. Y así declaró a la santa tan altos y profundos misterios y la resolución de casi todas las cuestiones y subtilezas que tratan los teólogos en la materia ''de Angelis''. Las cuales no me detengo en contar, por no alargar la historia. También la dijo el ángel que nueve veces arreo se había aparecido la Virgen nuestra Señora en aquella santa casa, los primeros días [284] de marzo. Y que en el último de estos aparecimientos puso con su mano la cruz, señalando con ella el sitio donde quería le edificasen la iglesia, que es en medio de la capilla mayor, en el mismo lugar donde está ahora puesta una cruz, en memoria de la que puso por su mano la Reina del Cielo. El mismo ángel consoló a la santa en muchas persecuciones y enfermedades que padeció, que fueron increíbles, hasta llegar a confesarse con él, no sacramentalmente, sino por vía de consulta y de consuelo.


[35r]
Y una vez entre otras le dijo: “Un escrúpulo me atormenta grandemente y es saber si las tentaciones son pecados”. “Sí, respondió el ángel, cuando son consentidas: mas las que no, antes son meritorias”. A esto replicó: “Señor, entre las que me combaten más, tengo por gran tentación parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan”. “No hay que temer en eso”, dijo el ángel, “antes es justo que sientas la pérdida de tu fama, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman”. “Ay Señor”, dijo ella, “que pienso llegar a ser extremo el que tengo en sentir mis afrentas, porque estoy tal viendo cual me han tratado que, aunque nunca lo digo sino a tu hermosura (que así llamaba a su ángel por la extremada hermosura que tenía), no puedo desechar la pena que me causa y el pensar si por ello estoy aborrecida de los perlados de mi orden, y si por esta causa perderé después de muerte las misas y sufragios que esperaba dellos”. ''[33]'' Diciendo esto derramaba muchas lágrimas, y deseándola consolar la dijo el ángel: “Sosiégate, alma bendita, no pienses que por ser reprehendida de tus perlados eres aborrecida dellos, antes por este camino se labra tu corona y es purificada tu alma, la cual está siempre como la santa escriptura dice, en tus manos”. “No quisiera yo (replicó ella) que mi alma estuviera en tan ruines manos como son las mías, sino en las de Dios, que como soy tan mala y pecadora temo mucho el perderla. Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados, ¿qué será de mí si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, guardador mío, no se pierda esta alma que está por vuestra cuenta. Dalda buena desta ovejuela vuestra, no se la llevo el lobo. Salvador bendito, consolador de almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y afligida, aunque mi mayor aflicción es pensar, que por ser tan pecadora padezco estas persecuciones y trabajos, y por eso el Señor permite que me [285] fatigue tanto el Demonio”. “No seas ingrata al Señor”, dijo el ángel, que las persecuciones que padeces mercedes son que Dios te hace: y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo el santo Job. Confía en Jesúchristo y en la virtud de su cruz, que, aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará”. Estas y otras muy familiares y espirituales razones pasó la sierva de Dios con su santo ángel. Después de las cuales le dijo: “Gracias doy a mi Dios y a vos, santo ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones, pero deseo ahora me digáis: ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo tantas veces y gozo tan amenudo de la dulce presencia de mi Señor Jesúchristo y de su Santísima Madre?”. Es gracia suya”, dijo el ángel, “que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe su divina Majestad (dijo ella) que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos: porque como tan miserable pecadora no lo merezco. Y así conozco que solo por ser quien es me hace estas mercedes”. “Agradéceselas mucho”, dijo el ángel, “y mira que otras personas sin gozar de este favor son mejores que tú, y esto ten siempre en tu memoria. Y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes y andes en lenguas de tantos”. A la fama de estas cosas acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas y a todas oía y trataba sus necesidades con el santo ángel. Y aprendía tan bien las respuestas que la daba que, con ser muchas y de muchas maneras, ninguna se la olvidaba. A una persona que la rogó supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que agradan mucho a Dios”. A otra persona que deseaba saber lo mismo, respondió: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen y calla con los que hablan”. Otra persona necesitada de salud y de consuelo, y aun de consejo, se lo vino a pedir para que de su ángel lo alcanzase. El cual la dio esta respuesta: “Di a esa persona afligida que ponga por cielo en su cama a Christo crucificado y por cortinas las insignias de la pasión y ofrezca a Dios sus dolores”. Otras muchas y muy notables respuestas la dio el ángel, de las cuales dejo algunas por no alargarme.


'''Capítulo IX'''
[286] Tuvo también especial devoción y familiaridad con san Antonio de Padua, del cual fue siempre muy favorecida y regalada. ''[34]'' Una vez estando en oración, pidiendo para sí y para otras almas la misericordia del Muy Alto, la apareció el santo y dijo: “Hija, quien tanto agrada a su dulcísimo esposo, como tú, mucho le ha de pedir”. Y la santa contemplando aquel dulcísimo niño Jesús que san Antonio traía en su mano, le comenzó a decir tales dulzuras que se detuvo en ello gran rato, hasta que el mismo santo la dijo: “Vuelve, hija mía, la cara y duélete de tus hermanas y de sus necesidades”. Y volviendo el rostro vio cabe sí dos almas muy necesitadas y rogó al dulcísimo niño Jesús por ellas diciendo: “Señor mío, de estos santísimos pies no me levantaré hasta que las hagas la merced”. La cual otorgó luego el piadosísimo Señor y, dándole gracias por haberlas perdonado, extendió san Antonio sobre ella la mano; dándola su bendición dijo: “Aquí descansa en su esposa este divino Jesús, verdadero esposo de las almas”. Duró este rapto largo tiempo y volvió la bienaventurada santa d’él con tanta alegría y resplandor en su rostro, que causó admiración a las religiosas que la vieron. Otra vez, acabando de hacer cierta obra de caridad en una religiosa de su casa quedó con algún desconsuelo, por verla con otras necesidades del alma. Y creciendo en ella esta fatiga, porque la necesidad crecía también, con un gran sospiro llamó a san Antonio de Padua, diciendo: “Oh, mi padre san Antonio, ayudadme ahora con Dios para que libre a esta mi hermana”. Luego al punto se le apareció el glorioso santo y dijo: “Esposa amada de mi Señor Jesuchristo ¿qué me pides? Que sin duda lo alcanzarás”. Ella respondió con humildad profunda: “Yo me hallo tan indigna que no me atrevo a parecer ante mi dulcísimo Jesús, menos que tal intercesión como la vuestra”. Entonces el santo le echó su bendición con su bendita mano y el niño Jesús, que tenía en la otra, con amoroso semblante la dijo: “Yo te ayudaré en tus necesidades y lo que ahora me pides para tu hermana, ya te es concedido, la cual dentro de un mes pasará de esta vida a la eterna, perdonándola muchos años del purgatorio por tu intercesión”. Dadas al soberano Señor muchas gracias por tan inefable merced como la hacía se fue a la religiosa y la dijo lo que había pasado y ella con grande aparejo [287] esperó la hora de su muerte, que puntualmente sucedió cuando le fue revelado.


'''De los rosarios y cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de santa Juana'''
'''Cap. VIII. De cómo la sierva de Dios fue electa abadesa y de un muerto que resucitó'''


Para que se vean las maravillas de las obras de Dios y los medios que usa la Divina Majestad para llevar almas al Cielo, contaré la historia de las cuentas de la gloriosa santa Juana en la manera que está comprobada con treinta y un testigos jurados en dos informaciones hechas: la una entre religiosos, por comisión del reverendísimo padre fray Arcángel de Mesina, ministro general de nuestra sagrada Religión, y la otra entre hombres seglares, por comisión del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal de España y arzobispo de Toledo, con acuerdo de los señores de su Consejo, cuyos traslados auténticos están en el archivo del convento de la Cruz. (''Informaciones jurídicas que se hicieron acerca de la verdad destas cuentas el año de 1609'') ''[223]''. Para lo cual se advierta que, como Dios dispone todas las cosas suavemente y las ordena en número, peso y medida, hace estas en beneficio de los hombres por intercesión y méritos de sus siervos. Y como los de santa Juana eran tan grandes, y los favores que Dios la hacía tan manifiestos, las religio- [35v] sas de su convento, queriéndose valer de la intercesión de su santa madre, la rogaron alcanzase de Nuestro Señor, por medio del ángel de su guarda, bendijese sus rosarios y les concediese algunas indulgencias y gracias para ellas y para las ánimas de Purgatorio —porque en aquellos tiempos había poquísimas cuentas benditas—. La Santa, con su gran caridad, que no sabía negar cosa de cuantas por Dios la pedían, ofreció tratarlo con su ángel, y ponerle por intercesor ante la Divina Majestad. Y habiéndolo comunicado con él, y alcanzado de Dios lo que quería, dijo a las monjas, que para cierto día juntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen, porque el Señor por su bondad los quería bendecir, y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos ''[224]''. No lo dijo santa Juana a sordas, porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca cuantos rosarios, sartas y cuentas pudieron descubrir, y, para el día que la santa señaló, se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tantas diferencias dellas: unas de azabache, otras de palo, y otras de coral, etc. La Santa, cuando vio juntas tantas cuentas, las mandó poner en una ar- [36r] quilla —que yo he visto algunas veces—, y a una de las más ancianas del convento que la cerrase con llave, y la guardase consigo ''[225]''. Hecho esto, la santa se puso en oración, y viéndola arrobada las religiosas, creyeron que aquella la hora era en la que el Ángel habría subido a bendecir sus rosarios al Cielo. Llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave del arquilla, y abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar con llave, se fueron llenas de espiritual consuelo, aguardando el tesoro celestial de las indulgencias del Cielo que el Ángel les había de traer cuando tornase la santa de aquel rapto. Y como volviese de él sintieron en todo el convento tan grande fragrancia y suavidad de olor que, atraídas de él, vinieron a preguntar a la santa la causa de aquella novedad. “Presto —dijo—, hermanas, lo sabréis, y la merced que el Señor nos ha hecho. Vengan aquí todas, y en especial la que tiene la llave del arquita” ''[226]''. Y fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y visto vacía, tornándola a abrir ahora, la hallaron con los mismos rosarios que habían puesto en ella, porque el ángel que los llevó al Cielo los había bajado ben- [36v] ditos y puesto en la misma arquita. Y cuando ahora la abrió la monja que tenía la llave, creció mucho más el olor, de que las monjas quedaron consoladísimas y sumamente admiradas ''[227] [228]''. Y la santa dijo que aquella suavidad y lindo olor era de sus rosarios, que de las santísimas manos de nuestro Señor Jesucristo donde habían estado se les había pegado aquella fragrancia que tenían, y que no solo los había dado su bendición, sino concedido muchas gracias, indulgencias y virtudes, las cuales la santa las iba diciendo, y juntamente dando a cada religiosa sus rosarios. Y destos a unos llamaba “de los Agnus”, porque el Señor les había concedido las indulgencias y gracias que los sumos pontífices conceden a los agnusdeyes ''[229]''; otros llamaba “contra demonios”, por la virtud que Dios dispuso en aquellas cuentas para lanzar los demonios de los cuerpos de los endemoniados; otros contra las tentaciones y enfermedades, y otros contra otros peligros ''[230]''.
Como las religiosas sabían la rara santidad de sor Juana y junto con eso su buen talento y singular prudencia, deseaban tenerla por perlada. Mas los prelados, atendiendo a que era muy moza, pues tenía poco más de veinte y cinco años, rehusaban el admitirla para perlada. Mas ya que en esta ocasión no pudieron las monjas hacer lo que deseaban, en otra siguiente en que vacaba el oficio de abadesa y tenía ya cumplidos veinte y ocho años suplicaron a Dios con instancia pusiese en aquel oficio a su sierva. Oyolas el Señor y, llegando el provincial a hacer elección y considerando la mucha santidad de sor Juana, tuvo escrúpulo de haberla estorbado otra vez, cuando las monjas la quisieron elegir. Solo reparaba en que no podía cumplir con las obligaciones de su oficio porque lo más de el tiempo estaba elevada. Estando dudoso el provincial y combatido destos pensamientos, fue hecha la mano del Señor sobre su sierva y, estando elevada, dijo tales razones que dellas echó de ver el provincial que era la voluntad de Dios que fuese abadesa. Luego entró en la elección y todas las monjas dieron sus votos a sor Juana, sin faltar alguno. Y confirmándola el perlado dijo: “Yo, señoras, no la hago abadesa, sino la voluntad de Dios, que quiere que lo sea”. Ellas no cabían de contento por verse súbditas de tan bendita perlada, la cual en diez y siete años continuos que lo fue hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, el cual estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar que solo tenía unas terrecillas donde sembraban una miseria de trigo y nueve reales de renta cada año. ''[35]'' Mas luego quiso Dios, por los méritos de su sierva, que creciese y se aumentase el convento, así en lo temporal como en lo espiritual y que se echase de ver que no contradice, antes se concierta muy bien, la rara santidad con el buen acierto en el gobierno. Muchas [288] personas principales y grandes del reino la dieron gruesas limosnas. El cardenal don fray Francisco Ximénez, su gran devoto, se señaló mucho en esto. Y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba la dio quinientos mil maravedís de una vez, con que la sierva de Dios hizo un cuarto y dormitorio, el mejor que tiene el convento. Para el culto divino hizo muchos ornamentos, vasos de oro y plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Cuando tuvo la casa reparada, cuanto al edificio y rentas, hizo que las monjas guardasen clausura, que hasta allí no la guardaban ni prometían, sino que salían como otros pobres a pedir limosna por los lugares de la comarca. Con todo esto era tan amada de todas que se tenían por muy dichosas en tener tal perlada. Junto con este amor la tenían tal reverencia y temor, que acaecía cuando enviaba a llamar alguna religiosa venir luego temblando, de suerte que era necesario que la bendita perlada le quitase aquel temor para poder responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades del convento y de las monjas, públicas y secretas, temporales y espirituales y todas las remediaba y proveía y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar.''[36]'' Exhortábala todo lo bueno y reprehendía lo que no era tal. Castigaba con mucha caridad y prudencia, sin disimular culpa alguna, por muy pequeña que fuese. Y para animarlas al servicio del Señor y observancia de su regla, decía muchas cosas de las que el Señor por su misericordia le mostraba. ''[37]''


Con este tesoro del Cielo, que del de la iglesia concedió Nuestro Señor Jesucristo a su sierva santa Juana, quedaron consoladísimas las religiosas, y muy obligadas a su santa madre, por la misericordia que por su intercesión [37r] habían recebido. Y con muy gran devoción comenzaron a ganar las gracias e indulgencias de aquellos santos rosarios. Mas por gozar cada cual más copiosamente de aquel bien, quisiera cada una dellas participar de las indulgencias que las otras tenían en sus cuentas, y así rogaron a la santa abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias, virtudes e indulgencias que había repartido Su Divina Majestad entre todos los rosarios, las concediese generalmente todas a cada una de sus cuentas, porque mejor participasen de sus misericordias. La sierva del Señor se lo suplicó, y Su Divina Majestad se lo otorgó, con condición que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los sumos pontífices concediesen: privilegio tan pocas veces concedido que no se lee de otras indulgencias semejantes que, a instancia de algún santo, haya Nuestro Señor concedido inmediatamente por su boca, salvo la indulgencia de Porciúncula que Su Divina Majestad concedió a nuestro padre san Francisco. Y en la una y en la otra confirmando siempre el poder que ha dado a sus vicarios, los sumos pontífices, para conceder indulgencias, pues habiendo concedido la de Porciúncula a nuestro padre [37v] san Francisco ''[231]'', le envió al Papa para que se la confirmase, y a santa Juana concede las indulgencias de sus cuentas con condición que no desprecien por ellas las que los Papas conceden ''[232]''. Y si no le mandó Nuestro Señor que fuese por la confirmación a Roma, como a nuestro padre san Francisco, sería por ser mujer encerrada y recogida, con voto de perpetua clausura.
Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias por el temor de las penas del purgatorio y del infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables extremos. Viéndola así la bendita abadesa, llena de caridad y confianza dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesuchristo que te crió y redimió, y yo de su parte te aseguro que no irás al infierno, ni purgatorio, antes te concederá plenaria remisión de tus pecados”. Dicho esto se fue a comulgar la bendita abadesa y, estando arrobada, expiró la enferma y vio que llevaban a juicio su alma y le tomaban estrechísima cuenta. Viendo [289] esto la santa virgen daba voces a los ángeles diciendo: “Señores, no llevéis esa alma a purgatorio porque he suplicado a mi Señor Jesuchristo que vaya derecha al Cielo”. Luego a los ángeles fue notificado aquello de parte del Soberano Juez, y así se hizo. Donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos.


Hizo Nuestro Señor esta tan señalada merced a su Iglesia en tiempo que la hubo mucho menester, por ser en el mismo que Lutero atrevida y sacrílegamente abrió su descomulgada boca contra las indulgencias y cuentas de perdones que los sumos pontífices concedían. Las virtudes destos rosarios y cuentas son muchas, y en especial se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los cuerpos humanos, confesando que salen dellos constriñidos por la virtud de las cuentas de santa Juana, y huyen de los que las traen consigo. Tienen virtud contra el fuego, contra los truenos, rayos, tempestades y tormentas del mar, y así mismo contra las enfermedades del cuerpo y del alma, porque tienen virtud contra las calenturas y peste, contra escrúpulos, contra las ten- [38r] taciones de la fe y espantos de los demonios, y tienen las virtudes de los Agnusdeyes, y muchas indulgencias por vivos y por difuntos, que las concedió Nuestro Señor. Y aunque yo he visto algunos sumarios escritos de mano y otros impresos de molde de estas indulgencias y otras muchas que dicen concedió el papa Gregorio XIII a estas cuentas de santa Juana, por no haber visto auténtica la concesión en forma que haga fe, no lo afirmo, ni las pongo aquí, porque todo lo que en esta historia escribo, pretendo —a honra y gloria de Dios— sea tan auténtico y cierto, que con razón ninguno pueda dudar dello.
La rara virtud y celo de la honra de Dios y vida tan excelente muy justo era que el Señor la confirmara con milagros, que suelen ser el sello destas cosas. ''[38]'' Entre los cuales merece el primero lugar la resurrección de una niña que, habiéndola traído sus padres por devoción al convento de Santa Cruz, murió allí, siendo abadesa sor Juana de la Cruz, de cuya santidad tuvieron tal confianza sus padres, que creyeron si la daba su bendición, cobraría la vida. Rehusolo, excusándose con palabras y pensamientos de humildad, mas al fin, vencida de la piedad humana, de las lágrimas y ruegos de sus padres, mandó que le trujesen la niña muerta, y tomándola en sus brazos, la puso un crucifixo que traía consigo y, hecha sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y volvió a sus padres sana y buena en presencia de ochenta personas que fueron testigos deste milagro. Estaba en Madrid una gran señora, llamada doña Ana Manrique, enferma de dolor de costado y, avisándola del peligro de su vida, ''[39]'' cuando este fue mayor, se le apareció la bendita Juana, como constó por el dicho de la enferma y por una carta suya que dice de esta manera: “Yo estoy mucho mejor como vos, madre, sabéis, como la que ha estado conmigo y me ha sanado; bien os vi y conocí cuando me visitasteis al seteno día de mi enfermedad, estando yo desahuciada y con muy grandes congojas; yo os vi subir en mi cama y tocándome las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego y, con el gran placer que tuve, porque me alegró mucho vuestra visita, lo dije: ‘No me neguéis madre esta verdad, pues sabéis vos que lo es’”.


Y esta es la verdad destas misteriosas cuentas de santa Juana, según lo que yo he podido entender, colegida de las informaciones susodichas, y en especial de lo que debajo de juramento dijeron algunas monjas muy ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma Santa, y en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces, y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos que estas cuentas estuvieron en el Cielo y las bendijo Nuestro Señor Jesucristo, y concedió muchas virtudes, gracias e indulgencias, sin que persona de cuenta haya puesto [38v] lengua en ellas, antes muchos señores deste reino y grandes prelados de él las han procurado y tenido en mucho. Y el Papa Clemente VIII, de gloriosa memoria, estando en España con un tío suyo, auditor de Rota, sobre los negocios de la posesión del condado de Puñonrostro, fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de santa Juana, en compañía de los señores don Juan Arias Portocarrero y doña Juana de Castro, condes de Puñonrostro, y informado de la vida y milagros desta santa virgen y de la verdad destas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su santo cuerpo, pidió a la abadesa, que se llamaba soror Juana Evangelista, alguna cuenta, y con mucha devoción y estima llevó consigo una que le dieron. Y los bienaventurados fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín ''[233]'', varones de singular virtud y santidad, por quien en vida y después de su muerte hizo Dios muchos milagros, afirman que habían subido al cielo y que Cristo nuestro redentor las había dado su bendición y concedido muchas virtudes y perdones. Y para que los fieles gozasen dellos y deste tesoro del Cielo, persuadían a los pueblos que [39r] tocasen sus rosarios a las cuentas que ellos traían consigo. Y cuando de la verdad destas cuentas no se tuviera otro testimonio sino el de la santidad desta santa virgen, y haberlo ella dicho, era bastantísimo para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia publicando indulgencias falsas. Ni menos se puede creer que fuese engañada del demonio la que fue tan alumbrada de Dios y del ángel de su guarda. Mas lo que con evidencia prueba y confirma la virtud y verdad destas cuentas son los muchos milagros que Dios ha hecho en abono y confirmación destas cuentas, y de las tocadas a ellas, que tienen la misma virtud, como se verá en los capítulos siguientes. (''Las cuentas de santa Juana pueden tocar a otras y las tocadas quedan con la misma virtud, pero las tocadas no pueden tocar a otras'') ''[234]''.
Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa y ella, deseando encubrir el caso, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte y que le publicaba la enferma, instaron en que para gloria de Dios contase cómo había sido. Entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esa caridad de ir a visitar a nuestra hermana salió de , sino de mi santo ángel, que, rogándole yo pidiese a Dios le diese salud, dijo: ‘Mejor será que la [290] vamos a visitar, pues es tu amiga (que para las necesidades son los amigos)’; y, entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición, por la cual sanó. Y yo me maravillo mucho que me permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”. ''[40]'' Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa. Y una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan del que había sobrado a la madre y, así como lo metió en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana.


'''Capítulo X'''
Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso con una gran llaga y, rogando al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, repondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial y tal que no sanará, sino fuere por milagro”; el fuego se comenzó a manifestar en el brazo, ella prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma. A una niña enferma de mal de corazón dio salud haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida. Otros muchos milagros hizo semejantes a estos en la cura de los enfermos y en parecer muchas cosas perdidas que se le encomendaron.


'''De los muchos milagros con que Nuestro Señor ha confirmado las cuentas de la gloriosa santa Juana'''
'''Cap. VIIII. De las milagrosas cuentas que nuestro Señor bendijo en el Cielo, a instancia de su sierva'''


Son tan excelentes y pocas veces vistas en el mundo, maravillas tan soberanas y divinas como las que Nuestro Señor ha obrado por intercesión de su santa esposa, que parecen increíbles a las gentes, si los testimonios de donde se han sacado no fuesen muy sin sospecha. Y [39v] porque ninguno la pueda tener destas cuentas, a lo menos con razón, diré, para honra y gloria de Dios, algunos de los muchos milagros, con que la Divina Majestad las ha confirmado, por ser estos la piedra del toque con que se conocen y aprueban las cosas sobrenaturales y las verdaderas divinas, porque nunca hace Dios milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de cualquiera verdad la hace evidentemente creíble, como consta de los hechos en confirmación de la fe y de los muchos que la Divina Majestad hace cada día, aprobando la santidad de algunos santos. Y lo mismo se debe juzgar de los milagros que Dios ha hecho en confirmación destos rosarios y cuentas, que hacen su verdad tan evidentemente creíble que no queda lugar a la malicia humana para dejarlo de creer. Y porque los milagros nuevos y de nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos todos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones de donde se sacaron los dichos milagros están todos al presente vivos ''[235]''. Primeramente don Francisco de Rojas, señor de Mora, tenía una destas cuentas de santa [40r] Juana, y pasando por donde conjuraban una endemoniada, así como se acercó a ella, comenzó el demonio a dar grandes gritos diciendo: “Echenme de ahí ese hombre, que me causa nuevos tormentos” ''[236]''. Y preguntando el clérigo al demonio por qué lo decía, respondió que lo hacía porque aquel hombre traía consigo una cuenta de Juanilla de la Cruz ''[237]''. Y oyéndolo el sobredicho don Francisco, quitándola del rosario, se la dio al sacerdote que conjuraba, y así como se la puso a la endemoniada, salió della el demonio, y quedaron todos alabando a Dios y dándole muchas gracias por la virtud que había puesto en aquellas cuentas. Y el sobredicho don Francisco dejó esta cuenta a la endemoniada porque no la volviese a fatigar el demonio, y fue a pedir otra al monasterio de la Cruz, y dio fe deste milagro.
Todas las dificultades que puede haber habido, cerca de estas cuentas de que se tratará ahora, se allanan con advertir al lector de algunas cosas. La primera es que no se pretende aquí, ni el autor de quien arriba dijimos que escribió la vida desta santa quiso dar a entender, que las dichas cuentas, por haber estado en el Cielo, viniesen de allá con especiales indulgencias. Porque, aunque las pudo conceder el Señor que nos las ganó y de quien tiene autoridad el Sumo Pontífice para concederlas, pero llana cosa es que esa autoridad se la tiene dada [291] a él, como a cabeza visible de la Iglesia, y por ese medio quiere Su Majestad que se concedan todas.


Doña Mariana Pérez, vecina de Madrid, prestó una destas cuentas que tenía a Manuel Vázquez, clérigo del mismo lugar, para que conjurase con ella a una endemoniada ''[238]''. Y poniéndosela, dijo el demonio que no le echaría de aquel cuerpo la cuenta de santa Juana. Y oyéndolo el clérigo, dijo al demonio: “Por la virtud que Dios puso en esta cuenta de [40v] santa Juana, te mando que salgas del cuerpo desta mujer”. Y al punto salió della y quedó dando gracias al Señor, y todos con nueva devoción a las cuentas de santa Juana.
Lo segundo se ha de advertir que la razón porque las dichas cuentas son en todo el mundo tan estimadas, y es razón que lo sean, ''[41]'' no es por las dichas indulgencias, que cuanto a eso muchas hay concedidas por los Sumos Pontífices, y cada día se conceden en las cuales hallamos todo lo que se puede desear para en razón de indulgencias. La causa, pues, porque deben preciarse como muy preciosas las dichas cuentas es por haber sido llevadas al divino consistorio de la gloria celestial por ministerio de el ángel de guarda de la bendita sor Juana de la Cruz y haber el mismo Dios en el trono de su gloria echado su bendición sobre ellas, de cuya bendición y contacto salieron tan maravillosamente dotadas de tantas virtudes y gracias cuanto se echa de ver en los efectos milagrosos que proceden dellas. Ni debe parecer esto ser cosa inaudita y nunca vista, como algunos han querido afirmar, que es el haber llevado el ángel y bajado de allá benditas las dichas cuentas (como consta por testimonio de un convento de religiosas entero, y por tantos milagros como en confirmación desta verdad consta haber Dios hecho), porque no es caso sin ejemplo, antes hay muchas cosas que se veneran entre los christianos por haber descendido del Cielo y por ministerio de ángeles. ''[42]'' Y dejadas aparte algunas de que se trata la Sagrada Escritura, como el manná, el alfanje o cuchillo santo, que trajo Jeremías a Judas Machabeo,hay otras muchas, que el pueblo christiano venera: ''[43]'' como la cruz de los ángeles que se conserva en la santa iglesia de Oviedo y la de Caravaca, y la casulla de san Ildefonso, el pedazo de velo que el mismo santo cortó de la santa Leocadia, la ampolla christalina, donde pareció incluso el milagro de la Eucharistía, que se conserva en Santarén, el hábito que la Virgen Nuestra Señora trajo a san Norberto, de que le vistió cuando había de instituir su religión, y lo mismo acaeció a otros fundadores de religiones. Y celebrando misa el obispo Próculo Mártir Santísimo, levantaron los ángeles el cáliz y le subieron al Cielo y después de dos horas se la bajaron y dijeron: “El Espíritu Santo le consagró, no le tornes tú a consagrar, sino recíbele”, y así lo hizo, admirándose todos los que presentes estaban. Y Nizeforo Calixto escribe en su historia Ecclesiastica lib.19 cap.20 las excelencias del glorioso Amsiloloquio de Itriana y, [292] entre otras cosas, refiere cómo le consagraron los ángeles. Y muy grandes son las historias que afirman haber descendido del Cielo los tres lirios de oro, llamados Flor de Lis, que traen los reyes de Francia por armas, inviándoselos Dios con un ángel por gran favor al rey Clodoveo cuando se convirtió a la fe y de gentil se hizo christiano. ''[44]'' Y cuando san Remigio, obispo de Remes, [sic] quiso baptizar al rey, faltando acaso la chrisma la bajó del Cielo una paloma en una redomita o ampolla que traía en el pico, ''[45]'' poniéndosela delante de muchas gentes al santo obispo en las manos; desapareció, y ungió luego al rey con la maravillosa chrisma que Dios le enviaba, la cual se guarda en la misma ampolla y se ungen con ella los reyes de Francia el día de su coronación y ha mil y cien años que conserva Dios allí aquel santo liquor. Ni hay mucho que espantarse de estas semejantes maravillas, porque es Dios grande honrador de sus siervos. Todo lo dicho, y mucho más a este propósito, se colige de lo que maravillosamente escribe el doctísimo señor obispo Sola en la aprobación del dicho libro que sale ahora revisto por el Tribunal del Santo Oficio.


Doña Inés de Luján, religiosa del convento de Santa María de la Cruz, declara con juramento que trayendo al dicho convento una mujer endemoniada, dio una cuenta que tenía de las de santa Juana y poniéndosela al cuello a la dicha mujer salió della el demonio y quedó alabando a Dios que tal virtud había puesto en estas cuentas ''[239]''.
Volviendo, pues, al propósito deste capítulo, como las religiosas de aquel santo convento, súbditas de la sierva de Dios sor Juana, la vieron tan favorecida del Cielo, quisieron valerse de la intercesión de su santa madre para que alcanzase del Señor, por medio del ángel de su guarda, que bendijese sus rosarios y les concediese algunas gracias para ellos. ''[46]'' La sierva de Dios con su gran caridad (que nunca supo negar cosa de cuantas por Dios le pedían) ofreció procurarlo, y habiéndolo comunicado con el ángel de su guarda, y alcanzado de Dios lo que pedían, dijo a las monjas que para cierto día ajuntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen porque el Señor por su bondad los quería bendecir y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos. No lo dijo a las sordas porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca, todos los rosarios que pudieron ajuntar, y para el día señalado se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tanta diferencia dellas. La bendita sor Juana, cuando vio juntas las cuentas, mandolas poner todas en una arquilla, que está guardada en el convento con gran veneración, y a una de las monjas más ancianas [293] que la cerrase con llave y la guardase consigo. Hecho esto se puso en oración y, viéndola arrobada, las monjas tuvieron por cierto ser aquella la hora y punto en el que el ángel había subido a bendecir los rosarios al Cielo. ''[47]'' Y así llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave de la arquilla y, abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar como estaba se fueron de allí, porque volviendo del rapto no las viese. Y quedaron con gran consuelo aguardando las gracias del Cielo que el ángel les había de traer cuando tornase la sierva de Dios de aquel rapto. ''[48]'' Y como volviese d’él, se sintió por todo el convento tan grande fragancia y suavidad de olor que, atraídas d’él, vinieron a preguntar a la santa abadesa la causa de aquella novedad. Presto (dixo): “Hermanas, lo sabréis, y la merced que Dios os ha hecho. Vengan aquí todas y en especial la que tiene la llave de la arquilla”. Fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y hallada vacía, tornándola a abrir ahora la hallaron con los mismos rosarios y cuentas que habían puesto en ella, sin faltar una sola. Porque el ángel que los llevó al Cielo los había ya vuelto benditos y puesto en la misma arquita y, cuando ahora la abrió la monja que guardó la llave, creció tanto el olor que salía della, que se admiraron todas. Y ella dijo que aquella suavidad era la que se había apegado a sus rosarios de haber estado en las sacratísimas manos de Nuestro Señor Jesuchristo, y que no solo les había dado su bendición, sino concedido muchas gracias y virtudes, las cuales iba diciendo y juntamente dando a cada religiosa sus cuentas. Y a estas unas llamaba de los Agnus, porque las había concedido el Señor las gracias que tienen lo Agnus, a otras llamaba contra los demonios por la virtud que tienen de alanzarlos, a otras contra tentaciones y enfermedades, y otras contra otros peligros, conforme a las virtudes que el Señor puso en ellas. Esta grande maravilla sucedió el año de mil quinientos veinte y tres. Quedaron muy consoladas las religiosas y obligadísimas a su bendita Madre, por la misericordia del Cielo que las había alcanzado. Pero, deseando cada una gozar más copiosamente de aquel bien que con sus cuentas tenía y de todas las gracias y virtudes que tenían las otras, rogaron a la abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias que estaban repartidas entre todas las concediese [294] generalmente todas a cada una de sus cuentas. La sierva de Dios lo suplicó a Su Majestad y se lo otorgó, advirtiéndolas que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los Sumos Pontífices concediesen en la Tierra.


El padre fray Francisco Castañoso de la Orden de nuestro padre San Francisco, difinidor de la Provincia de Castilla, declaró que tiene unas cuentas de santa Juana, y deseando hacer experiencia dellas, siendo guardián de San Francisco de Pinto, oyó decir que un clérigo del lugar estaba conjurando una endemoniada ''[240]'', y llevando consigo sus cuentas se fue a la iglesia donde la conjuraban, la cual así como le vio dio un salto de más de treinta pies, huyendo de él. Y el dicho guardián, viendo esto, preguntó a la endemoniada por qué se espantaba de él. Y ella respondió: “Porque traes unas cuentas” ''[241]''. Y queriéndolo disimular [41r] el guardián, mostrando las manos vacías, dijo: “¿No ves que no traigo nada?”. Y el demonio, dando voces, decía: “Cuentas traes, cuentas traes de aquella Juana de la Cruz”. “¿Qué virtud tienen, que huyes dellas?”, dijo el guardián. Y, riéndose, el demonio respondió: “No te lo quiero decir”. Y tantos estremos hizo la mujer endemoniada que nunca consintió la pusiesen estas cuentas, con lo cual se experimentó lo mucho que los demonios las temen.
Las virtudes de estas cuentas son muchas y por experiencia se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los obsesos y confiesan que salen por virtud de estas cuentas y huyen de los que las traen consigo. ''[49]'' Tiénenlas también contra el fuego, contra los truenos y rayos, tempestades y tormentas del mar, y contra muchas enfermedades del cuerpo y del alma. Valen contra escrúpulos, tentaciones y espantos de demonios, y esto sacaron de la virtud que les dio el Señor, como consta por los milagros que están comprobados. Todo esto se ha colegido de lo que, debajo juramento, dijeron las monjas ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma sierva de Dios, que en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos, que estas cuentas estuvieron en el Cielo y todo lo demás que queda dicho dellas. Y muchas personas de cuenta y grandes perlados de Castilla las tienen en mucha veneración, y las han procurado y tenido en mucho. Una tuvo el rey Filipo Segundo de buena memoria; y Filipo Tercero, legítimo heredero de la fe y la devoción de su padre, y la christianísima reina doña Margarita, mujer suya, las han tenido consigo. ''[50]'' Y el Papa Clemente Octavo de gloriosa memoria, antes de ser Pontífice vino a España, con un hermano suyo, auditor de Rota, sobre los negocios del Condado de Puñoenrrostro ''[51]'' y fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de la beata Juana e, informado de la sancta vida y milagros desta virgen y de la verdad de estas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su cuerpo, pidió a sor Juana Evangelista, abadesa que era del convento, una de las dichas cuentas y con mucha devoción la recibió y llevó consigo. Los benditos fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín, varones apostólicos de tan aprobadas y santas vidas que después de sus muertes hizo Dios por ellos muchos milagros, ''[52]'' afirman en sus testimonios que dieron que habían subido al Cielo estas cuentas y que Christo Nuestro Señor las bendijo y concedió [295] muchas virtudes y perdones, y persuadían a los pueblos donde llegaban que tocasen los fieles sus rosarios en las cuentas que llevaban ellos. Y cuando de esta verdad no hubiera tantos y tan calificados testimonios, bastaba el de esta sierva de Dios, y el haberlo ella dicho y aseverado, para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia, publicando virtudes y gracias falsas. Mas lo que bastantemente prueba esta verdad son los milagros que Dios ha hecho en su confirmación, de los cuales diremos algunos en el siguiente capítulo.


Isabel del Cerro, vecina de la villa de Torrejón de Velasco tenía tres cuentas de santa Juana, y saliendo de oír misa de los niños de la dotrina en Madrid, encontró con una endemoniada que traía arañado todo el rostro y lleno de cardenales, mas poniéndole sus cuentas, comenzó luego a trasudar dando voces y balidos, como cabra, y de allí a poco salió della el demonio, pero quitándole las cuentas se volvió a endemoniar, y poniéndole otra de un religioso de nuestro padre san Francisco, tornó a salir della el demonio, y porque no la volviese más a fatigar, la dejó el religioso esta cuenta ''[242]''.
'''Cap. X. De los milagros hechos en virtud de estas cuentas y de las tocadas a ellas'''


Estando la dicha Isabel del Cerro en Torrejón, oyó decir que un mancebo que llegó [41v] a su casa estaba endemoniado, y le llevaban a conjurar a santo Toribio, y, movida de caridad, le puso sus cuentas, y comenzando a hacer grandes estremos dijo: “Si supieses el tormento que me das, tú me dejarías. ¡Oh, qué veo! ¡Oh, qué veo!”. Y diciendo esto y dando grandes voces, se fue huyendo y salió del pueblo tan apriesa que, aunque fueron tras él muchas gentes, no le pudieron alcanzar.
Para que nadie pueda dudar con razón de estas santas cuentas, diré aquí para gloria de Dios algunos de los muchos milagros que el Señor ha obrado por ellas, pues es cosa cierta y llana que nunca Dios hace milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de alguna verdad la hacen evidentemente creíble. Y porque los milagros hechos en nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones están aun hoy vivos, y las mismas informaciones originales o sus traslados aunténticos, en los archivos del convento de la Cruz.


Otra mujer endemoniada llegó en casa de la dicha Isabel del Cerro tan mal tratada que era lástima de ver. Y llegándole con las cuentas a la boca, cayó como muerta y se quedó cárdena y cubierta de un gran sudor, y el demonio salió della ''[243]''.
Doña María Pérez, vecina de Madrid, prestó una cuenta que tenía a Manuel Vázquez, clérigo del mismo lugar, para conjurar con ella una endemoniada y, así como se la pusieron, dijo el demonio que no le echaría de aquel cuerpo la cuenta de Juana. ''[53]'' Mas oyendo el clérigo, dijo: “Por la virtud que Dios puso en esta cuenta de la bendita Juana, te mando, demonio, que salgas luego del cuerpo desta mujer”. Y al punto salió y quedó libre la mujer, de lo cual se hizo acto público.


El padre fray Pedro de Salazar, consultor del Consejo de la Santa Inquisición y provincial que ha sido de la santa Provincia de Castilla, declara en su deposición que las dichas cuentas de santa Juana no solo tienen virtud contra los demonios, sino contra el fuego, contra las tempestades y rayos, y contra las tormentas del mar, y que esto es cosa muy sabida en estos reinos, y confirmada con muchas esperiencias y milagros ''[244]''. Y especialmente declaró que el año pasado de mil y seiscientos y nueve, a los veinte de mayo, hubo una [42r] gran tempestad de truenos y rayos, y para defenderse della una mujer de Torrejoncillo del Crucifijo, que se llama Maribuena, se amparó con una cuenta de santa Juana, y creciendo la tempestad, cayó un rayo y mató un perrillo que tenía en las faldas y a ella dejó sin lisión. Y después se comprobó este milagro, y la dicha mujer juró ser verdad, como dicho es. Y dijo más el dicho padre, que yendo él a Roma, al capítulo general que se celebró en tiempo de Sixto Quinto ''[245]'', estando en el mar cerca del puerto de Niza, se levantó tan gran tempestad y tormenta, que llegaron todos a punto de perecer. Y estando muy congojados, invocando el favor del Cielo, acordándosele al dicho padre de una cuenta de santa Juana que llevaba consigo, la lanzó en el mar, en una cuerda muy larga para poderla recoger después, y al punto se serenó el cielo y cesó la tormenta, y el mar se sosegó de suerte que tomaron puerto. Y todos dieron muchas gracias a Dios por haberlos librado de tan manifiesto peligro, por la virtud de aquella cuenta.
Fray Francisco Castañoso, siendo guardián de Pinto, oyó decir que un clérigo estaba conjurando una endemoniada en la iglesia del mismo lugar, fuese allá y así como le vio la mujer dio un salto de más de treinta pies, huyendo d’él y, preguntada por [296] él de qué se espantaba, respondió: “Porque traes una cuenta”. Y él, dismulándolo, mostró las manos vacías y dijo: “¿No ves que no traigo nada?”. Mas el demonio, dando voces, decía: “Cuenta traes, cuenta traes de aquella Juana de la Cruz”. “¿Qué virtud tienen, que huyes dellas?”, dijo el guardián, y el demonio respondió: “No te lo quiero decir”. Y nunca consintió la mujer le pusiesen esta cuenta, con lo cual se experimentó lo mucho que los demonios las temen.
Lo mismo acaeció otra vez a una endemoniada que llevaron al convento de Santa Cruz.


Cristóbal del Cerro, vecino de Torrejón, dice que, viniendo una gran tempestad de truenos, relámpagos y piedra, se acordó de una cuenta de santa Juana que traía consigo ''[246]''. [42v] Y deseando que todos los que allí estaban conociesen la virtud que Dios había puesto en ella, la arrojó a la parte donde venía la tempestad. Y en ese mismo punto, cesó y se aclaró el cielo, con grande admiración de todos.
Isabel del Cerro, vecina de la villa de Torrejón de Velasco, tenía tres cuentas destas y, saliendo de oír misa de los Niños de la Doctrina en Madrid, encontró con una endemoniada y, poniéndola sus cuentas, comenzzó luego a trasudar, dando voces y balidos como cabra y salió della el demonio, pero, así como se las quitaron, se tornó luego a endemoniar. Y poniéndola otra vez otra cuenta de un religioso de san Francisco tornó a salir della y, por qué no la volviese más, se la dejó para siempre el religioso.


Luisa Román, vecina de Torrejón, tuvo una grave enfermedad, de que llegó a estar desahuciada, y estando casi muerta, le pusieron al cuello las cuentas de santa Juana, y vio en sueños que una monja del hábito del monasterio donde está su santo cuerpo, le ponía las cuentas de santa Juana ''[247]'', y decía que se esforzase ''[248]'', que con ellas sanaría. Y cuando despertó, se halló cubierta de un gran sudor y con salud, no sin grande admiración de los que la habían visto en tan grave peligro. Y todos alabaron al Señor por tan grande maravillla.
La dicha Isabel del Cerro, estando en Torrejón, oyó decir que un mancebo que llegó a su casa estaba endemoniado y le llevaban a conjurar a Santo Toribio y, movida de caridad, le puso sus cuentas, y haciendo el demonio grandes extremos, dijo: “Si supieses el tormento que me das tú, me dejarías”. Diciendo esto se fue huyendo del lugar tan apriesa que no le pudieron alcanzar muchos que fueron tras él.


Ana de Lero, viuda vecina de Torrejón, estuvo muy apretada de perlesía ''[249]'', de manera que no podía mandar el brazo, ni la pierna izquierda ''[250]''. Y encomendándose a santa Juana, y prometiendo, si sanase por su intercesión, una novena ante su santo cuerpo, poniéndose una cuenta suya, se halló repentinamente sana, sin que la aquejase más la enfermedad. Y el año de la peste tuvo dos secas [43r] mortales ''[251]'', y vino a estar desahuciada de los médicos y desamparada de la gente de su casa, que huyendo de la peste, la dejaron; pero ella, confiando en una cuenta que tenía de santa Juana, y que por los merecimientos de aquella sierva suya la daría nuestro Señor salud; quiso Su Divina Majestad que a la mesma hora en que dijo el médico moriría, se cubriese de un sudor muy copioso y quedó buena, y llamó a la gente de su casa, pidiendo que le diesen de comer. Y preguntando el médico a la mañana si era difunta, le dijeron que estaba mejor, y entrándola a ver, la halló sin calentura. Y cuando estuvo bien convalecida, vino a velar el cuerpo de la gloriosa santa Juana, y a darle gracias de la salud milagrosa que Dios por su intercesión le había dado.
Otra mujer endemoniada llegó a la casa de la dicha Isabel del Cerro tan maltratada que era lástima el verla, pero, tocándola con las cuentas en la boca, cayó como muerta, y se quedó cárdena y cubierta de un gran sudor y el demonio salió della.


Doña Isabel Vallejo estuvo en Alcalá de Henares, tan apretada de mal de corazón, y con otras enfermedades tan peligrosas, que llegó a estar desahuciada. Y poniéndola una cuenta en el lado del corazón, se la pegó a las carnes, como si se la clavaran en ellas, y comenzando luego a mejorar, con mucha brevedad alcanzó entera salud de todas sus enfermedades, por la virtud que Dios puso en aquella cuenta ''[252]''.
El padre fray Pedro de Salazar declaró y depuso con juramento que sabía las dichas cuentas tener virtud contra el fuego, tempestades y rayos y contra las tormentas del mar, por ser esto cosa muy sabida en Castilla y confirmada con muchas experiencias y milagros. Y dijo en su deposición Christóbal del Cerro, vecino de Torrejón, de otro caso.


[43v] Doña Catalina de Salazar, religiosa del convento de la Cruz, declaró que, comiendo un poco de pescado, se le atravesó una espina en la garganta que le causó mucha pena y dolor. Y temiendo ahogarse, se encomendó al glorioso san Blas; mas viéndose todavía apretada de su dolor, se acordó de las cuentas de santa Juana, y llamándola en su ayuda, se puso en la garganta las dichas cuentas, y al punto saltó la espina sangrienta por aquella parte donde había estado hincada en la garganta ''[253]''.
Contra diversas enfermedades de perlesía, peste, mal de corazzón y otras, hay muchas informaciones hechas en el dicho convento; [297] contra los escrúpulos y tentaciones de la fe, contra desesperaciones y tentaciones de el demonio y contra visiones y espantos de la misma manera. Y de estas informaciones, unas están hechas por comisión del Ilustrísimo de Toledo, otras del Ministro General de nuestra orden. Pues de que no solas las cuentas que subió el ángel al Cielo tengan las dichas virtudes, sino también las tocadas a ellas (como la bendita sor Juana lo dijo a sus monjas), se ve claro, por lo que ahora veremos.
El siervo de Dios fray Julián de san Agustín, por quien ha hecho el Señor tantos milagros que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente, en noventa y dos informaciones auténticas, hechas con mil y cuatrocientos testigos, primero por autoridad del ordinario y después por especial comisión de su santidad. ''[54]'' Este siervo de Dios tenía una cuenta de las originales y tanta devoción con ella que exortaba a todos tocasen sus rosarios a ella, y en esta obra de caridad le sucedieron casos extraordinarios con los demonios, que se lo procuraban estorbar, como lo comprueban los milagros siguientes.
Estando el beato padre en las eras del lugar de Villanueva, vino a él una mujer llamada Mari Sanz, rogándole tocase su rosario con la cuenta que tenía en el suyo. Y él dijo: “Levanta primero esa piedra que está ahí cerca”. Probó la mujer por dos veces, mas no pudo porque abrasaba como fuego y se quemaba. Y viendo esto fray Julián, dijo: “No te canses, hija, que no es piedra esa aunque lo parece, sino un demonio, que pretende impedir que se toquen tus cuentas a la de la beata Juana por que no goces de la virtud que Dios puso en ellas”. Otros muchos casos semejantes le sucedieron en el dicho lugar de Villanueva y en el de Camarma, y las piedras desaparecían, en descubriendo el dicho santo lo que eran. Todo lo cual consta de una información hecha por el Ilustrísimo de Toledo.
Madalena Escrivano, vecina de Torrejón de Velasco, fue tentada del demonio, que se la aparecía muchas veces y, ofreciéndole una soga, la decía que se ahorcase con ella. Fue Nuestro Señor servido que, poniéndola una cuenta tocada, nunca más el demonio la apareció y quedó libre de aquella tentación. Cierto doctor estaba muy apretado de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio le acosaba. Y procurando [298] haber una cuenta de las tocadas de la santa, solo con traerla consigo quedó libre y con la misma cuenta lanzó al demonio de un hombre.


Una señora de Madrid, que no nombro, siendo fatigada de muchos escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio la inquietaba, procuró una cuenta de santa Juana, y solo con traerla consigo, quedó libre de las tentaciones del demonio ''[254]''. Y puesta la misma cuenta sobre una nieta del alcalde Villarroel en Madrid, que estaba enferma y con grandes calenturas, quedó luego buena, descubriéndose en esto la virtud que Nuestro Señor puso en estas cuentas contra los peligros del alma y cuerpo ''[255]''.
Carrillo, clérigo y cantor de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de las tocadas y pensaba él ser de las originales (porque por tal se le habían dado) y, llegando adonde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase d’él porque llevaba una cuenta de sor Juana, que, aunque era de las tocadas, tenía la misma virtud que las otras y le atormentaba mucho con ella. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, que, aunque el demonio sea padre de mentiras, no permite el Señor que en tales casos nos engañe. Otros muchos milagrosos acaecimientos están tomados por acto público, de que las dichas cuentas tocadas eran de singular virtud contra los demonios. Allende destos, un ciego cobró vista con el toque de las dichas cuentas y un niño de mal de garrotillo. Y una doncella de cataratas de ambos ojos. Y un hombre desahuciado ya con dolor de costado y calenturas terribles. Y una mujer muy enferma y apasionada de mal de corazón. Y otra de los mismos con desmayos y gota coral. Todos estos, con solo el toque de las dichas cuentas que eran de las tocadas a las originales, cobraban salud. Y lo que más es de notar, que muchos de estos milagros acaecieron en el tiempo que las dichas cuentas eran traídas a cuestión de probanzas y cuando muchos dudaban de la virtud de ellas, que fue desde el año de mil seiscientos y once hasta el de mil seiscientos y trece.
Y no solo eran estos milagros en España, sino en otras naciones muy lejos della, como se vio el año de mil seiscientos y doce por la Pascua de Resurrección en la ciudad de Aix en Francia, donde, por permisión divina, había un convento de monjas, de las cuales las veinte y cuatro estaban endemoniadas. ''[55]'' Y pasando por allí muchos religiosos graves de España que iban a la celebración del capítulo general de toda la Orden de Nuestro Padre San Francisco, que se había de tener en el convento de Araceli en Roma, algunos de los dichos padres llevaban consigo de las cuentas de la beata Juana de la Cruz y, compadeciéndose de aquella tan grande lástima, el primero día de la santa Pascua de Resurrección fueron adonde las dichas monjas estaban, y con una de [299] las dichas cuentas, puesta primero a la que más furiosa estaba y después sucesivamente a las demás, en presencia de mucha gente que se halló presente a aquel caso, salieron los demonios de los cuerpos de las dichas religiosas, a parecer de los que presentes estaban porque, al punto que las dejaban los demonios, quedaban cansadas y sudando notablemente y hacían la señal de la cruz y se santiguaban. Y las que poco antes huían de la cuenta, la besaban dando muestras de devoción y de estar libres del demonio. Y la que primero estaba libre d’él, ayudaba luego a las otras, para que les pusiesen la cuenta. A lo cual se hallaron presentes muchos padres, y dieron verdadero testimonio dello y juraron ser verdad, como más largamente se refiere en el dicho libro de la santa. Lo sobredicho se confirma con una carta escrita de la propia mano del ilustrísimo cardenal Diestrichstain, arzobispo de Nichillpurg en Alemania, para la señora marquesa de Mondéjar, su hermana, donde con mucha instancia la pide que le envíe una cuenta de la beata sor Juana de la Cruz porque con una dellas que tienen allá en Alemania hace el Señor muchos milagros, de los cuales cuenta algunos. Y la dicha señora marquesa envió la misma carta original en Madrid al Señor obispo de Canaria, don fray Francisco de Sosa, para que se tomase testimonio auténtico de ella, (como se hizo), y está en el convento de santa María de la Cruz.


María Muñoz, vecina de Torrejón, dijo a Isabel del Cerro, vecina suya, que ya no había salvación para ella ''[256]'', porque estaba condena- [44r] da, y que el ángel de su guarda la había desamparado. Y la dicha Isabel del Cerro le puso en la mano sus cuentas de santa Juana, con que se adormeció por espacio de una hora. Y, despertando, dijo: “¡Ay, señora!, ¿qué es esto que me ha puesto, que en ello está mi salvación y mi remedio?”.Y quedó libre de aquella desesperación en que estaba.
'''Cap. XI. De algunas revelaciones que el Señor reveló a su sierva y de la devoción singular que tuvo a la Virgen Santísima'''


Ana López, vecina del sobredicho lugar, rogó a la dicha Isabel del Cerro le diese una de sus cuentas para ponerla a un hijo suyo que veía muchas visiones malas. Y desde que se la puso, nunca más las vio, antes quedó muy sosegado y quieto. Y, pasado algún tiempo, la dicha Isabel del Cerro pidió a Ana López que la tornase su cuenta, pues su hijo estaba bueno; mas codiciosa della no se la quiso dar, por lo cual la dicha Isabel del Cerro, dijo: “Plega a Dios que no la goces”. Y rezando la dicha Ana López en la cuenta que tenía contra la voluntad de su dueño, se la desapareció de las manos, dejándola llena de confusión y temor, y nunca más la vio de sus ojos.
Atendiendo a que el comunicar tan altas revelaciones el Señor a esta sierva suya era en orden al aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el ángel de su guarda mandándoselas escribir, me pareció escribir este capítulo de algunas revelaciones suyas, para que, leyéndolas, el pecador se consuele considerando las divinas misericordias que resplandecen en ellas, como se verá en esta que contó a sus monjas de esta manera. “Llevándome mi santo ángel un día de santa Magdalena a visitar [300] la iglesia donde está su santo cuerpo para ganar los perdones allí concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de entre las llamas de la cual salía una alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo. Y díjome mi santo ángel: “Por que veas lo que puede la misericordia de Dios y la gran contrición en un hombre, aquella alma es de un hombre viejo, grandísimo pecador, que estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el infierno. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y al juez rigurosa justicia, diciendo quería pagar su delito en esta vida. Y aunque la salvara si quisiera, escogió morir y padecer esta pena y afrenta en satisfación de sus culpas. Y así, después de haberle dado el garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual sale su alma derecha al Cielo, porque sepas que mientras el alma está en el cuerpo, ha lugar la misericordia de Dios, que cabe entre la soga y la garganta del hombre”.


Inés Baptista, religiosa en el monasterio de la Cruz, dio una cuenta de santa Juana a Francisco de Rojas, su primo. Y perdiéndosele en [44v] un camino, y cuando la echó menos, tornó algunas leguas buscando su cuenta, porque la estimaba en mucho. Y rogando a santa Juana se la deparase, la halló en un arenal en el aire una vara del suelo y con mucha reverencia la tomó y la hizo engastar en oro; y, lleno de lágrimas y devoción, contó a la dicha su prima esta historia, según que ella lo refiere con juramento.
Estando en oración un día, la mostró el Señor que a un ermitaño de santa vida que hacía penitencia en un desierto le pareció el demonio en figura de Christo crucificado y le dijo: ''[56]'' “Adórame que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz y me agrada mucho tu oración y penitencia”. Hízolo el ermitaño y, estándole adorando, arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del crucificado y, pues sabes que se paga de voluntades y que recibe la deste ermitaño, como si adorara al mismo Dios del Cielo, déjate de esas vanas adoraciones y vuelve allá, que es lo que más te importa”. “Quiso Nuestro Señor que oyese esto el ermitaño para alumbrarse por este camino” (dijo la santa) “y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo y os guardéis de sus engaños, que son más de los que los hombres piensan”. Sucedió otra vez a esta sierva de Dios, día de santa Lucía, que estando elevada en oración y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio (cual otro Esaías) ''[57]'' al Señor de los ejércitos sentado [301] en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día. Considerando estas cosas y cuán bien premiaba los trabajos padecidos por su amor, la parecía decirle el mismo Señor con voz sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas: “No os despidáis vos, hija mía, de recibir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. Ella con mucha humildad y confianza, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias te doy, Señor mío, por tan soberana merced, mas no me hartan, Señor, estos dones, ni satisfacen esas joyas, regocijos, ni fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo de esa fuente de vida; y hasta conseguir eso, no dejaré de importunar a Vuestra Majestad”. Otra vez estando en profundísimo rapto, la vino a visitar su muy particular devota santa Bárbara y, razonando con ella, dijo: “Bien sabéis vos, señora, lo mucho que os desea servir esta indigna sierva vuestra”. ''[58]'' “Sí sé, hermana”, respondió santa Bárbara, “y querría también que tú supieses que te amo en el Señor y te tengo por mi singular devota y amiga”. Con esto pusieron fin a su plática las santas vírgines, y apenas fue acabada que le apareció el ánima de un niño que acababa de expirar, rogándola que dijese a su madre que castigase a sus hijos, porque daría rigurosa cuenta al Señor de lo mal que los criaba. ''[59]'' “Y yo” (dixo el alma) “doy mil gracias a Su Majestad, por haberme traído a este santo reino en tan tierna edad, que si llegara a ser grande, me condenara por la mala crianza de mi madre. Ella se llama fulana y vive en tal lugar y es mujer de fulano”. Con esto la sierva de Dios la envió a llamar y contó todo lo que pasaba, con tales señas que no lo pudo poner en duda y hizo lo que tan santamente la aconsejaba.


Así mismo consta de un testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, que el año de mil y seiscientos y siete, a los once días del mes de julio, estando Ana de Montoya, vecina de Valdemoro, en la iglesia del monasterio de la Cruz, cumpliendo una novena que había prometido a bienaventurada santa Juana —por haber librado a su marido de una enfermedad muy peligrosa— y deseando mucho tener alguna de sus cuentas, rogaba a la santa se la deparase. Y estando en esto, vino una por el aire que cayendo de lo alto la dio en la frente, viéndolo Ángela de Ávila, mujer de Juan Girón, y Catalina de Tolosa, mujer de Juan Martínez, vecinas de Ciempozuelos, que se hallaron presentes ante el dicho escribano. Y considerando el sitio donde estaba la mujer cuando cayó la [45r] cuenta, fue caso milagroso y que no pudo ser por industria humana, por no haber por allí cerca ninguna puerta, ventana, agujero, ni resquicio por donde la pudieran echar. Y así lo tienen por milagro de la gloriosa santa Juana.
Todos los años desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los ángeles los primeros nueve días de marzo, en los cuales apareció la Santísima Virgen (como queda dicho), y cada año, en estos nueve días a la hora de maitines, veía la sierva de Dios una solemnísima procesión en que venía la Madre de Dios con muchos ángeles y santos y las almas de muchas monjas de aquella casa y de otras personas difuntas que estaban en la gloria y habían sido devotas del Santo Aparecimiento, y también las que estaban [302] en purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta. Y antes de entrar en el convento daba una vuelta alrededor, echando su bendición a los campos en contorno del convento, en el cual entraba luego e iba derecha al dormitorio de las monjas, donde estaban recogidas, unas en oración y otras durmiendo, y a todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y hablaba con sus ángeles custodios y ellos la representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían de aparejar para celebrar la fiesta de su Santo Aparecimiento. ''[60]'' Y decía nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas”. Otras veces mandaba a sus ángeles custodios que las pusiesen guirnaldas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo veían ni entendían, y otras veces las reprehendía con palabras dulcísimas. Desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial y asistía a los maitines, y la bienaventurada sor Juana, en espíritu, se hallaba presente a todo y andaba la procesión. A la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón y veía la procesión y, a este punto, se solía elevar y en la elevación veía lo que está dicho. Y después, vuelta en sí, lo contaba a sus monjas.


'''Capítulo XI'''
Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del Santo Aparecimiento. Mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron el rostro y cabeza de nuevo. Y porque la sierva de Dios la viese, que estaba enferma en la cama, se la llevaron a la celda, donde por su consuelo se la dejaron sobre un altar. Y aquella misma noche, estando la santa en oración, vio en visión imaginaria a la Reina de los ángeles, que estaba junto a la imagen, a quien la sierva de Dios suplicó concediese algún favor a su imagen. Y la noche siguiente a hora de maitines, vio cómo Christo Nuestro Señor se apareció y bendijo la dicha imagen, la cual desde entonces es muy venerada por la tradición de este milagro. Lo cual hizo el Señor en confirmación de la verdad de el uso antiguo de las santas imágenes y en confusión de los herejes que las contradicen.


'''De otros milagros que Nuestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas de santa Juana'''
Hallose en esta sierva de Dios lo que todos los santos enseñan ser singular medio para la perfección, esto es, la devoción de [303] la sacratísima Virgen Nuestra Señora. Fuela tan devota esta humilde sierva suya que, desde muy niña, la rezaba el rosario y, por no tenerle de cuentas, lo hacía de cordel, con ñudos por pater nostres y avemarías, y así como crecía en edad, iba creciendo en devoción. Y cuando llegaban las fiestas de la Madre de Dios, a los ejercicios de penitencias ordinarias añadía otros extraordinarios, con que se disponía a celebrarlas dignamente. Por lo cual fueron grandes las mercedes que Dios la hizo en tales días y admirables los raptos, en los cuales publicaba y decía maravillosas alabanzas de su reina. Estando en contemplación un día de la Anunciación de mil quinientos y ocho, contemplando aquella maravillosa obra de la Encarnación que aquel día representaba la Iglesia y aquella tan profunda humildad de la purísima Virgen cuando dio su consentimiento, dijo que le fueron en aquella hora revelados muchos misterios y que mereció más en aquella hora obedeciendo la voluntad de Dios y dando crédito a las palabras del ángel que merecieron todos los ángeles cuando dieron a Dios la obediencia, y más que todos los mártires en sus martirios y que todos los confesores y vírgines, en cuantas penitencias hicieron y en la virginal limpieza que guardaron. Otro día de la Presentación de Nuestro Señor del siguiente año, estando en un rapto que la duró muchas horas dijo otra verdad certísima, ''[61]'' y es que desde el punto que fue concebida la Reina del Cielo en el vientre de santa Ana, tuvo perfecto uso de razón y muy grande amor y conocimiento de Dios, en que fue siempre creciendo y en todas las virtudes, hasta llegar a ser entre las criaturas la más perfecta y santa de cuantas hubo ni habrá jamás en el Cielo ni en la Tierra. En otro rapto dijo que, cuando Nuestro Señor salió del sepulcro, apareció primero que a nadie a su Madre Santísima, por ser ella la que más había sentido su muerte y Pasión, y en quien más viva estaba la esperanza de la resurrección. En el día de la Purísima Concepción de la Virgen Santísima era inefable la devoción que mostraba, y después de muy largos raptos, hacía dulcísimas pláticas a las monjas en alabanzas de su Señora y declaraba profundamente lugares de la Sagrada Escriptura que trataban della. ''[62]'' Trujéronla un día una niña de teta muy enferma, para que la diese su bendición, y viéndola, supo por revelación que estaba endemoniada. Y dijo la santa a las monjas [304] con gran sentimiento: “Grande es la alteza de los secretos de Dios. ¿Que sea posible que el demonio tenga poder para atormentar esta niña, que no ha más de siete meses que nació? Ruégoos hermanas, que la encomendemos a Dios”. ''[63]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz, y quedó libre de aquel espíritu malo, que la atormentaba. Sucediola muchas veces estando en oración, que veía presentes todas aquellas personas por quien rogaba, aunque estuviesen muy lejos y todas sus necesidades. Y su ángel custodio la dijo un día que con tanto afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión del Señor, que le fuese tan acepto sacrificio como si derramase toda su sangre y padeciese grandes tormentos por su amor. Tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión. “Estas cosas y otras muchas” (decía la sierva de Dios a sus monjas) “me muestra mi santo ángel, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo. Y que me ha hecho el Señor tanta merced, que ha dado tanta luz y claridad en ellas, que certerísimamente conozco ser suyas y, por tan verdaderas y ciertas, que así lo juraría si me obligasen a ello. Aunque por no haber tenido mi alma tanta claridad y certeza al principio, no recibía tanto consuelo como ahora, por lo cual da esta miserable pecadora infinitas gracias a su Dios”.


No solamente las cuentas de santa Juana que subió el Ángel al Cielo y bendijo Nuestro Señor tienen las virtudes que hemos visto, sino también las tocadas a ellas, como la santa lo dijo a sus monjas. Y comprueban mucho más la virtud destas cuentas los milagros hechos con las tocadas a ellas que los que se han hecho mediante las mesmas que bendijo Nuestro Señor en el Cielo, porque si solo por haber tocado a estas cuentas tienen tal propiedad y virtud las tocadas, que lanzan demonios y hacen otros milagros, claro está que no carecerán desta virtud las cuentas que se la die- [45v] ron a ellas, antes en buena filosofía la contienen con eminencia. Y, pues los milagros son prueba tan suficiente de las cosas sobrenaturales que ninguna los iguala, porque hecho un milagro en confirmación de la dotrina que se predica, es visto ser Dios Nuestro Señor el testigo della. Y así contaré aquí algunos, colegidos de las dos informaciones sobredichas, y de otra hecha con autoridad del Ilustrísimo de Toledo, para averiguar ciertos milagros del santo fray Julián de san Agustín, por quien ha hecho tantos Nuestro Señor que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente en noventa y dos informaciones, con mil y cuatrocientos testigos.
'''Cap. XII. De las maravillosas cosas que dijo la sierva de Dios estando elevada y del don de lenguas que el Señor la comunicó'''


Este siervo de Dios tenía una cuenta de santa Juana, y tanta devoción en ella que exhortaba a las gentes y pueblos tocasen sus rosarios a ella. Y en esta obra de caridad le sucedieron casos estraños con los demonios, que se lo procuraban estorbar, como lo comprueban los milagros siguientes:
Como toda la virtud desta bendita virgen estaba sobre el fundamento firme de la santa humildad, fundado de aquí es que todo lo que era dar muestras exteriores de los beneficios que el Señor la hacía grandemente la atormentaba. Y si algunas veces las daba, diciendo lo que en las elevaciones y raptos le acaecía, era compelida de la caridad, y por saber que era la voluntad del Señor que lo hiciese. El cual ordenó que estuviese muchos días y meses muda privada de la habla, de tal manera que, si no era el rato que estaba en éxtasis (cuando se vio cumplida la palabra del Señor en el Evangelio, ''[64]'' que no era ella la que [305] hablaba, sino el espíritu de su Padre Celestial que hablaba por ella), fuera de eso, ni hablaba ni aun podía hablar palabra. En todo este tiempo de su mudez predicaba diciendo altísimas cosas y declaraba lugares difíciles de la Escritura, no sin grande admiración de los que la oían. Y esta gracia la duró no solo el tiempo que estuvo muda, sino también mucho después, hasta trece años enteros: hablando unas veces de ocho en ocho días, otras de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras al tercero día, otras un día tras otro, como el Señor era servido. Divulgose por el reino de Castilla esta grande maravilla, venían a verla muchas gentes (aunque muchos venían con intención dañada.) Y para confusión destos y de otros incrédulos, estaba arrobada y hablaba con ellos, mostrando que la recelaba Dios lo que tenían en el corazón y así, reprehendiéndoles, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mismo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere? ¿No puede hacer vaso en que quepa?”. A este propósito sucedió que una persona muy grave, con celo de las cosas de la fe, no podía sufrir que se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca de aquella mujer; vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras y fueron tales las que le dijo en una plática espiritual que hizo que a la mitad della se hincase de rodillas, derramando muchas lágrimas, hasta que la sierva de Dios acabó de predicar y, vuelta en sus sentidos, rogó con instancia que se le dejase ver. Y puesto delante della, dijo: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta bendita mujer he oído”. Y después de haberla hablado a solas y encomendádose en sus oraciones, se volvió muy edificado de la humildad que conoció en ella y muy devoto a su doctrina. Cumpliose en ella lo que dijo el Señor en el Evangelio a sus siervos: “Daros he boca y sabiduría, a la cual no podrán contradecir todos los adversarios vuestros”. [65] Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, las cuales nunca había aprendido, como eran latina, griega, arábiga y otras. ''[66]''


''[257]'' Estando el bienaventurado padre en las eras del lugar de Villanueva, vino a él Mari Sanz, mujer de Bartolomé de Onchel, el Viejo, y rogándole tocase su rosario a la [46r] cuenta de santa Juana que el santo padre traía en el suyo, dijo: “Levanta primero esa piedra que está junto a nosotros”. Probolo la mujer por dos veces, mas no pudo, porque estaba abrasando como fuego y se quemaba. Y viendo esto el santo fray Julián, dijo: “No trabajes, hija, que no es piedra esa, aunque lo parece, sino un demonio que pretende impedir que no toque tus cuentas a la de santa Juana, porque no goces de las indulgencias y virtudes que Dios puso en ellas” ''[258]''. Y semejantes casos a este le sucedieron muchas veces en el dicho lugar de Villanueva, y en el de Camarma, como consta de la dicha información, y que las piedras desaparecían en descubriendo el santo lo que eran ''[259]''. Y en la villa de Mejorada, estando el siervo de Dios tocando otros rosarios a la cuenta que tenía de santa Juana, llegó a él Juliana Díaz, hija de Alberto de Cobeja, para que le tocase diez cuentas, y el santo dijo: “Ya esas están tocadas otra vez, y tienen la virtud de las cuentas de santa Juana”. Y constó ser así, y haber más de dos años que Francisco Moreno, vecino de Getafe, las había tocado en Madrid a una cuenta de santa Juana. Madalena Escribano, vecina de Torrejón de Velasco fue muy tentada del demonio, el cual [46v] se le apareció muchas veces, y ofreciéndole la soga, le decía que se ahorcase. Y poniéndole una cuenta tocada a las de santa Juana, nunca más el demonio le pareció, y quedó libre de él, y de los temores y espantos que le ponía.
El obispo de Ávila don fray Francisco Ruiz fue devotísimo desta santa, y por ella dio a su convento dos esclavas moras, de las que trajo de la conquista de Orán (en que estuvo en compañía [306] del cardenal don fray Francisco Ximénez). Estaban estas tan obstinadas en la ley de Mahoma que no podían oír nombrar a Christo. Lleváronselas una vez a la santa, con ocasión de que predicaba en la forma dicha, y convirtiendo a ellas su plática, las habló en algaravía y ellas también respondieron en el mismo lenguaje. Y tales cosas las dijo que se convirtieron a la fe y se bautizaron. Y después estando arrobada, las habló otra vez en arábigo. También hablaba en latín con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de defectos particulares suyos. Los perlados de la orden, por obviar lo que algunos mal intecionados decían, mandaron a la abadesa que, cuando hablase de aquella manera la sierva de Dios, la encerrasen donde no la oyesen los de fuera de casa, ni aun las mismas monjas. Y esto se guardó algún tiempo, hasta que más enterado el provincial de que no había inconviniente, antes era voluntad de Dios que fuese oída, dio licencia para que hablase ante las monjas y ante algunas personas principales y devotas que lo deseaban. Con esta licencia llegaron muchas personas eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, canónigos, inquisidores, obispos y arzobispos. El Gran Capitán Gonzalo Fernández, el cardenal don fray Francisco Ximénez, y otros muchos que fueron testigos deste milagro. Y entre ellos quiso ver esta maravilla por sus ojos el Emperador Carlos V, de buena memoria, y quedó muy aficionado a la sierva de Dios. Cuando hablaba estas cosas, siempre era estando en rapto y muchas veces se echaba de ver que hablaba con los ángeles, con los apóstoles y santos, como que tenía al Señor presente ante quien hacía sus peticiones, rogando por todos en general, y por algunas personas en particular. Hecho esto, juntaba sus manos viéndolo todos, muy humildes y profundas. Oraba tan en secreto que solo se la veían mover los labios, y después, puestas las manos, se quedaba con grandísimo silencio. Después, comenzando en voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono (que todos los que allí estaban oían) hablaba cosas maravillosas. Finalmente eran los dichos sermones y pláticas espirituales de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y Evangelios del año, conforme a las fiestas que ocurrían. Durábanla los sermones cuatro, cinco, seis y siete horas, sin descansar ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta, o como quien está en rapto. Y [307] hablaba con tanta gracia, suavidad y dulzura que con ser tan largos los sermones ninguno se cansó jamás dellos. Cuando acababa y volvía en sí, quedaba hermosísima, el rostro muy resplandeciente y su persona y vestidos y cosas que a ella tocaban llenas de un olor celestial. Y de la fuerza con que había hablado quedaba con un sudor copioso, y así la mudaban las monjas el hábito y la tocas cuando tornaba en sus sentidos. Era cosa notable que no sentía cosa de cuantas por ella habían pasado si después no se lo decían. ''[67]'' Y porque en los siglos venideros hubiese noticia de tan grandes maravillas, dio el Señor sabiduría y gracia a una religiosa que no sabía leer ni escribir, llamada sor María Evangelista, para escribir un grande libro intitulado del Conorte, que contiene los sermones que predicó en un año la bendita sor Juana, ayudándola otras dos religiosas llamadas sor Catalina de San Francisco y sor Catalina de los Mártires. De lo cual hay tradición y pública fama en el dicho convento de la Cruz, y algunas monjas ancianas que hoy viven conocieron a la dicha sor María Evangelista y juran que conocen su letra y se lo oyeron decir públicamente. Este libro del Conorte tiene setenta y un sermones, en otros tantos capítulos divididos, escritos en setecientas y treinta y tres hojas de folio, el cual se guarda en el convento como reliquia grande y con razón por ser milagroso todo cuanto hay en él, como lo es haberle escrito una mujer sin saber leer ni escribir, y que percibiese de memoria todo lo que la bendita predicadora decía, de suerte que, acabando de oír su sermón, le escribía, con ser algunos de doce y de veinte pliegos de papel, llenos de theología y de autoridades de la Sagrada Escritura.


Cierto dotor estaba muy apretado de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio le traía muy inquieto y desconsolado, y habiendo oído decir las virtudes de las cuentas de santa Juana, procuró una de las tocadas, y —solo con traerla consigo— quedó libre de aquellos malos pensamientos, y con la misma cuenta lanzó al demonio de un hombre que estaba endemoniado y muy furioso ''[260]''.
'''Cap. XIII. Cómo nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a su sierva, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda'''


Fulano Carrillo, clérigo y cantor que al presente es de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de santa Juana, y pensando ser de las originales —porque por tal se la habían dado— acertando a llegar donde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase de él, porque traía una cuenta de santa Juana, que aunque era de las tocadas tenía la misma virtud que las otras, y le atormentaba mucho con ella ''[261]''. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, y supo que su cuenta no [47r] era original, sino de las tocadas, y que tenía la misma virtud que las que Cristo bendijo.
Queriendo el Señor de más de lo dicho enriquecer y honrar a su bendita esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de su sagrada Pasión, lo cual acaeció desta manera: un año después del acaecimiento milagroso de las cuentas, [308] siendo la virgen de cuarenta y tres años de edad, sucedió que un Viernes Santo por la mañana, estando en oración puesta en cruz, se quedó arrobada tan extendidos y yertos los brazos y todos los miembros de su cuerpo como si fuera un crucifixo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura, aunque se probó algunas veces. ''[68]'' Viéndola las monjas así, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda y se fueron todas al coro, por ser hora ya de entrar en los oficios divinos. Estando en él, mientras se decía la Pasión, la vieron entrar por el coro, derramando muchas lágrimas, y vieron cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies. Traíalos descalzos como solía y, porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente en los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde se asentaba los pies. Viendo esto las monjas, la preguntaron por señas (porque estaba también sorda) cómo venía de aquella manera; respondió que no podía andar, porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos” (dice la monja que escribió esta historia) “y vimos que tenía en los pies y manos las señales del crucificado, redondas de el tamaño de un real de plata, de color de rosas muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los pies y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abaxo, y salía de ellas tanta fragancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. Quexábase de los graves dolores que la causaban estos señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban y daban gracias a Dios por lo que veían y palpaban con sus ojos y manos en ella. Y tomándola en brazos (porque no podía andar, ni sustentarse en los pies) la llevaron a la celda y, preguntándola por señas (porque estaba sorda) qué señales eran aquellas, quién se las había dado y cómo, respondió que, estando en aquel preciosísimo lugar, donde por mandato de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesuchristo crucificado, que con el toque de sus sacratísimas llagas la dexó con gravísimos dolores en pies y manos, y acabada aquella soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos con aquellas señales, que la duraron desde el Viernes Santo hasta el día de la Ascensión. Aunque no las tenía todos los días, sino solo los [309] viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales.


María Madalena, religiosa del convento de la Cruz, declaró en su dicho que una mujer de Madrid vino a velar al dicho convento y dijo que tomasen por testimonio un gran milagro de las cuentas de santa Juana, y es que en la dicha villa de Madrid vio llevar un endemoniado a conjurar a una iglesia, y acordándose dellas, dijo: “¿Quién tuviera una de las cuentas de santa Juana?”. Respondió a esto otra mujer que iba con ella: “Yo tengo una de las tocadas, pero no la quiero dar, porque no se pierda”. Y la dicha mujer dijo: “Pues déjeme tocar otra en ella, que aunque las tocadas no valen, la fe bastará”. Y tocando una cuenta a la tocada que la mujer tenía, se fue con ella a la iglesia donde conjuraban al endemoniado ''[262]''. Y así como entró por la iglesia, comenzó el demonio a dar voces que le echasen de allí aquella mujer, que con una cuenta que traía le atormentaba más que todo el Infierno junto ''[263]''.
Y como era tan humilde, con muchas humildad, lágrimas y devoción, suplicaba a su Santísimo Esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en tal vil criatura como era ella y también porque le parecía cosa poco segura tener a vista de los ojos humanos tan singulares mercedes como eran aquellas. Esto pedía con tales afectos y lágrimas que alcanzó lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos se las quitó el Señor, habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te di, yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas y cosa que más te duela”. Y cumpliendo esta palabra la quitó estas señales y dio a sentir el Señor los dolores de su sagrada Pasión en todo su cuerpo, mucho más que antes, porque aunque desde los siete o ocho años de su edad se los había dado el Señor a sentir, no habían sido tan rigurosos como fueron desde este día, como se verá en las revelaciones siguientes.


''[264]'' Declaró doña Catalina de Salazar que una esclava de su madre tenía una cuenta de santa Juana de las tocadas, y que yendo un día a [47v] la plaza, vio mucha gente alrededor de un endemoniado, y llegándose ella a mirarle, comenzó a dar voces el endemoniado, diciendo: “Quítenme de ahí esa esclava, que me atormenta con una cuenta que trae de aquella Juanilla” ''[265]''. Y oyendo esto la gente, dio lugar a que la dicha esclava se acercase y, poniéndole al endemoniado la cuenta, al punto salió el demonio dejando aquel hombre libre, y a él y a todos los que presentes llenos de admiración de la virtud que puso Dios en las dichas cuentas.
Estando elevada un día y su espíritu en aquel lugar donde el Señor la solía poner (era viernes a los veinte y dos de junio antes de amanecer) se le presentaron todos los misterios de la sagrada Pasión, tan vivos a su parecer como si los viera al pie de la cruz del Calvario, cuando Christo padeció. ''[69'' También la mostró el Señor en un gran campo el martirio de san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban y que Christo Nuestro Señor desde su cruz los animaba y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí crucificado y muerto por vosotros”. Viendo ella todo esto, preguntó al ángel de su guarda, qué significaba estar Christo crucificado y tantos crucificados con el. “Después que Dios se hizo hombre” (dijo el ángel) “tiene muchos compañeros de su cruz y tú también has de ser participante de sus dolores; porque así lo quiere, y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos, te traje a este lugar”. Y mirándola Nuestro Señor dijo: “¿Quieres hija de esta fruta?”, “Señor” (respondió ella), “quiero lo que Vuestra Majestad quisiere”. “Pues pláceme que gustes de ella” (dijo el Señor) y desde aquel punto la dejó los dolores de su sagrada Pasión y tan vivo sentimiento de todos ellos que (según decía ella) le parecía que le habían fixado clavos ardientes por todo el cuerpo y que [310] oía gran ruido, como si con martillos de hierro se los clavaran.


Juan de Urriaga, vecino de Cubas, tenía una cuenta quebrada de las tocadas a las de santa Juana, y yendo a la villa de Pinto, halló que en la iglesia estaban conjurando a una mujer endemoniada ''[266]''. Y así como le vio, comenzó a dar voces el demonio, y a decir echasen de allí aquel hombre que traía una cuenta de Juanilla de la Cruz, que le atormentaba más que el Infierno ''[267]''. Y el dicho Arriaga dio la cuenta al clérigo que conjuraba, y poniéndola sobre la endemoniada, salió luego della el demonio, y la dejó libre.
Otra vez estando muy enferma en la cama, se la apareció nuestro padre san Francisco (día de su propia fiesta) glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos y le vio y habló. El santo padre la dio su bendición y ella con mucha humildad le rogó por todos los frailes y monjas de su orden y en especial por las de aquel convento, suplicando las echase su bendición. Lo cual hizo, y al despedirse della, que estaba postrada a sus santísimos pies, se los besó, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero, hija mía, adorar los dolores de mi Señor Jesuchristo, que por su gran misericordia ha puesto en ti”.


Catalina de Santa Ana, religiosa muy anciana del convento de la Cruz —según supe de su boca— dio a un hombre una destas cuentas ''[268]'', y pensando él que era de las originales, no vía la [48r] hora que hacer esperiencia della y de la virtud que tenía contra los demonios. Encontrando con un endemoniado, se la puso, y muy furioso el demonio, haciendo muchos extremos, dijo: “No es cuenta de santa Juana la que me lanza, sino de santa Ana”, porque así se llamaba la religiosa que se la dio, por no ser original, sino de las tocadas. Otros muchos milagros dejo de poner, por parecerme que con esto se prueba bastantemente la virtud de las cuentas de santa Juana, y la que tienen las tocadas a ellas, y destas son las más que andan, que de las originales que bendijo Nuestro Señor en el Cielo hay poquísimas, porque con el tiempo se han consumido y acabado. En el convento de la Cruz hay dos desde el tiempo de la gloriosa Santa, y entre las monjas de él se hallan algunas, y otras personas particulares también las tienen. Y en el lugar de Cubas, como tan cercano al convento de la Cruz, se hallan algunas, tan estimadas de los que las tienen que se heredan de unos en otros, y las dejan por manda de testamento cuando mueren, por la gran devoción que tienen en las dichas cuentas, y mucha experiencia de las virtudes que Dios puso en ellas.
Al principio de sus graves enfermedades, como sus dolores eran grandísimos, acaecíale con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse (cosa muy nueva para ella), y atribuyéndola a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. A este punto la apareció el ángel de su guarda, y la dijo: “Escucha y oye al Señor que te quiere hablar y mira lo que dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesuchristo en un trono de majestad acompañado de muchos ángeles, y hablándola con palabras dulcísimas dijo: “¿Qué haces hija en esa cama?”. ''[70]'' Ella respondió después de haberle adorado: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia Vuestra Majestad ni goza mi alma de vuestros regalos como solía?”. Respondió el Señor: “No es mucho que padezcas esos dolores y enfermedades; pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi Pasión fui varón de dolores, justo es que quien bien ama, participe los dolores de su amado”. “Gran favor y merced es esta para mí” (replicó la santa), “pero ¿cómo, Señor, me hallo tan tibia en vuestro amor y no mandáis a mi santo ángel que me consuele tan a menudo como solías?”. “Amiga” (dijo el Señor), “donde yo estoy, está el consuelo y bienaventuranza, así aunque estés en esa cama, ese es tu cielo, pues estoy contigo en la tribulación y trabajo”. Dicho esto desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, por no saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo. Y para quitarla esta duda, se la apareció segunda vez (según ella lo dijo) y entonces no solo quedó satisfecha, sino esforzadísima y con nuevo ánimo para llevar todos los trabajos del mundo por su [311] amor. Y como después de todo esto estuviese aún sorda, cosa que sentían muchísimo todas las religiosas por el trabajo que tenían de declararle lo que querían, y así suplicaron al Señor la restituyese el oír, oyó la Divina Majestad sus oraciones y aparaciéndose a su esposa día de santa Clara (después de seis meses que la tenía sorda) hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes secretos, dijo que la había ensordecido por que tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Majestad y que ya al Señor placía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el gran san Pedro, y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír, y quedó sana, y ella con las religiosas dando muchas gracias a Dios por tan señalada merced.''[71]''


[48v]
'''Cap. XIIII. De la gran devoción que la santa tenía con las ánimas del purgatorio y lo mucho que rogaba por ellas'''


'''Capítulo XII'''
La caridad de esta sierva de Dios era tan ancha que todo el mundo entero cabía en su pecho, en razón de querer y desear el bien de todos, y era tan profunda que hasta el purgatorio llegaba, con estar muy cerca del infierno, y si allí hubiera sujetos capaces della, también entrara por aquellas eternas cárceles, para beneficiar si pudiera aquellas desdichadas almas que padecen sin remedio. Siendo abadesa, con deseo de que sus monjas se fundasen de veras en el temor de Dios, las contaba muchas cosas de las que la eran reveladas cerca del riguroso juicio de las almas y de las penas de purgatorio y del infierno, de las cuales diré algunas, con el mismo deseo e intento que ella las decía. Lo primero, que en la hora de la muerte de cada uno, oye su sentencia de condenación o libertad, referida por san Miguel, porque esta constituído por príncipe de todas las almas, y así, que fuesen muy devotas deste santo, porque ella en espíritu le había visto juzgar las almas. Y que cuando condenaba alguna al infierno, cantaban otros ángeles: “¡Oh, Señor, cuán misericordiosa es vuestra justicia! Por ella os bendecimos y adoramos”. Y que maldecían a las [312] almas condenadas al infierno y que otros eran ejecutores de la divina justicia, en las que iban al purgatorio. Decía también, que los ángeles de la guarda llevan las ánimas al purgatorio y las consuelan, como lo afirman doctores santos. Y que a muchos dellos permitió Nuestro Señor que les apareciesen ánimas que penaban, para que rogasen por ellas, y que otros viesen en espíritu al purgatorio y las rigurosas penas que de tantas maneras allí padecen las almas, para que lo contasen a los vivos y, compadeciéndose dellos, escarmentasen en cabeza ajena. Esto acaeció a esta bendita virgen muchas veces y ella lo contaba. Y decía que, siendo sacristana, tañendo una noche a maitines, oyó gritos muy dolorosos, como de persona que se quejaba; y preguntando al ángel de su guarda qué voces eran aquellas, dijo: “Son de un ánima muy necesitada, que con licencia de Dios viene a encomendarse en tus oraciones”. Era esta ánima […] ''[72]'' gran señora de Castilla, que poco antes había muerto; la […] ''[73]'' la beata Juana, que por quanto sus penas eran graves ''[74]'' encomendase a Nuestro Señor y dijese a su madre la ayudase con ciertas limosnas y misas.


'''De algunas revelaciones y cosas muy provechosas que comunicó Nuestro Señor a su sierva santa Juana'''
De estos casos le sucedieron muchos. Y decía que veía en el purgatorio muchos lugares tristes y oscuros, muy espantosos y feos, y a los demonios, que muy crudamente atormentaban las almas, a las cuales por cada culpa daban diferentes penas y ellas muchos gritos diciendo: “¡Ay de nosotras, que tuvimos tiempo para servir a Dios y no lo hicimos, ahora somos atormentadas y no nos vale contrición, ni arrepentimiento”. ''[75]'' “Yo vi por la voluntad de Dios” (dijo una vez a sus monjas) el ánima de cierto prelado en purgatorio, que padecía muchas penas, y preguntando yo la causa de ello a mi santo ángel, me dijo que aquella alma era de un perlado que, por haber sido descuidado con las ánimas de sus súbditos, padecía grandes penas por las faltas que hizo en servicio de Dios y por las que sus súbditos hicieron por su causa y mal ejemplo.


Resplandece tanto la suavidad y alteza del espíritu del Señor en todas las revelaciones que comunicó a esta santa virgen, que aunque su vida esté tan llena dellas —que se podría llamar una revelación continuada— quise escribir este capítulo de revelaciones, atendiendo a que el comunicárselas Dios a santa Juana fue para el aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el Ángel mandándoselas escribir. Y este fue el fin que tuvo la extática virgen en manifestarlas y el que ahora tenemos en sacarlas a luz, para que leyéndolas el pecador se consuele considerando las misericordias de Dios, que respladecen mucho en ellas, como se verá en una que mostró Dios a esta santa, la cual contó ella a sus monjas, por las palabras siguientes:
Supo la bendita perlada que cierta persona eclesiástica de mucha autoridad, de quien ella había recibido particulares agravios, había muerto. ''[76]'' Y como era tanta su caridad en dar bien por mal, no cesaba de rogar al Señor por ella. Estando en esto, se le apareció una noche en figura formidable y fea, traía una mordaza en la boca y una vestidura muy miserable. Andaba [313] con los pies y manos como bestia, y como no se podía quejar, bramaba como toro y traía sobre sí todos los pecados que contra Dios había hecho, y algunas ánimas que por su respecto se condenaron penaban encima d’él. Traía sobre sí también un gran tropel de demonios a caballo, que le daban en rostro con sus pecados y muchos palos y golpes. Y quitándole la mordaza de la boca, le pusieron una trompeta, por donde salía una voz espantosa, que de solo oírla la santa quedó muy lastimada, aunque mucho más por no entender si sus penas eran de purgatorio y de el infierno. Y deseándolo saber, se lo preguntó al ángel de su guarda, el cual la respondió: “Dios te lo revelará a su tiempo”. Y perseverando en esta oración, alegaba algunas buenas obras que había hecho aquella alma en esta vida, y especial esta: “Señor, yo sé que este hombre fue tan devoto de cierto santo que le hizo pintar su imagen, y le tuvo gran devoción, por tanto os suplico hayáis piedad de su alma y libréis de las penas que padece”. Tanto perseveró rogando por esta alma que, pasados algunos días, vio entrar por la puerta de su celda un ferocísimo toro, que traía entre los cuernos la imagen del santo que había hecho pintar aquel hombre, y él venía junto a ella, como favoreciéndose de la imagen, y mirando a la sierva del Señor dijo: “Yo soy fulano, por quien tú tanto has rogado, y por tus merecimientos me ha hecho Dios grandes misericordias y me dio esta imagen para mi consuelo y defensa, la cual me ayuda mucho en este trabajo”. ''[77]'' “Alivie el Señor tus penas, alma christiana” (dijo la santa), “que harto me has consolado por lo mucho que deseaba saber si estabas en vía de salvación, porque la otra vez que te vi venías con tales tormentos que no lo podía conocer”. “No te espantes” (respondió el alma), “que han sido mis penas muy grandes y, cuando no hubiera otras sino las de este buey en que ando, son gravísimas, porque las padezco en él de sed, hambre, fuego y frío”. Y dicho esto pidió perdón a la santa de muchos agravios que la hizo en esta vida, y dijo que la devoción que algún tiempo la tuvo le había valido mucho y con esto desapareció. Y ella nunca dejó de rogar a Dios por él, hasta que el Señor por sus oraciones le sacó de aquellas penas.


“Llevándome mi santo Ángel un día de la gloriosa santa María Magdalena ''[269]'' a visitar la iglesia donde está su santo cuerpo, por ganar [49r] los perdones que allí están concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de la cual entre las llamas y el humo salía un alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio, y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo.  Y díjome mi santo Ángel: ‘Porque veas lo que puede la misericordia de Dios, y la contrición en un hombre: aquella alma que viste subir desde las llamas al cielo, acompañada de los tres ángeles, es de un hombre viejo grandísimo pecador, que toda su vida estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el Infierno’. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y rigurosa justicia al juez, diciendo quería pagar su delito en esta vida; y aunque la salvara, si quisiera, escogió morir y padecer esta pena en satisfación de [49v] su culpa. Y así, después de haberle dado garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual, y de su cuerpo, sale en este punto el alma, y se va derecha al Cielo, acompañada de aquellos ángeles, como ves. Y me huelgo que lo hayas visto, porque sepas que mientras el alma está en las carnes tiene lugar la misericordia de Dios, que le halla entre la soga y la garganta del hombre”. (''Este ejemplo más es para confiar en la misericordia de Dios que para imitarlo, por lo que dice Escoto ''[271]'', fundado en el peligro que trae consigo la penitencia que se dilata para la hora de la muerte ''[272]'') ''[273]''.
Volvió la santa de un rapto muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas compadecidas della, la rogaron las contase la causa de su tristeza. Mas ella dando un grito muy [314] lastimoso dijo: “¡Ay, si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida no ofenderían a Dios con tantos pecados, porque son aquellas penasmayores que cuantas en este mundo padecer se pueden”. Y entonces contó de un alma que había visto padecer y nunca dejó de rogar a Dios por ella, hasta que la sacó de penas de purgatorio. Un día de cuaresma, estando con sus graves dolores y enfermedades, se fueron a consolar con ella otras religiosas enfermas que andaban convalecientes, y, hablando con ellas, se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas preguntaron la causa de su extraordinaria alegría. Y ella por el gusto de las enfermas dijo: “Vi a la Reina del Cielo que, con grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista y de san Lázaro y de sus santas hermanas Martha y María, bajaba al purgatorio, y, pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. ''[78]'' Y fue el Señor servido por su gran misericordia que de esta vez sacase Nuestra Señora gran número de almas de purgatorio, con las cuales se volvió al Cielo y yo quedé tan consolada de esto porque todos mis dolores se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de purgatorio, y de esto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni está en mi mano poderlo disimular”.


Abadesa era santa Juana, y estando en oración un día, le mostró nuestro Señor que a un hermitaño de santa vida, que hacía penitencia y vida solitaria en un desierto, se le apareció el demonio en figura de Cristo crucificado, y le dijo: “Adórame, que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz, y me agrada mucho tu oración y penitencia” ''[274]''. Hízolo así el hermitaño, y estando en esta postura arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios, diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del Crucificado. Y, pues sabes que se paga de voluntades, y que recibe la de este hermitaño como si adorara al mismo Dios, [50r] déjate de esas vanas adoraciones, que tan poco te aprovechan, y vuelve luego a tu miserable reino, que es lo que más te importa”. “Y quiso Nuestro Señor que oyese estas cosas el hermitaño para alumbrarle por este camino —dijo la santa virgen—, y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo, y os guardéis de él y de sus engaños, que son mayores de los que los hombres piensan”. (''En semejantes casos admite Dios la voluntad por la obra [275]'') ''[276]''.
'''Cap. XV. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a su sierva y de su grande paciencia'''


Sucedió otra vez a esta santa virgen, día de santa Lucía, que estando elevada en oración, y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio —como otro profeta Esaías— al Señor de los ejércitos sentado en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día y derramado su sangre por la honra de su nombre ''[277]''. Considerando estas cosas santa Juana, y cuán bien premiaba Dios los trabajos padecidos por su amor, la habló el mismo Señor con voz tan sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas ''[278]'', diciendo: “No os despidáis vos, hija mía, de recebir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. Y la [50v] humilde y devota virgen, con mucha confianza y amor, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias doy a Vuestra Majestad, por tan soberana merced, aunque mayor la pienso recebir de vuestra poderosa y liberalísima mano. No me hartan, Señor, esos dones, ni me satisfacen esas joyas, regocijos y fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo de esa fuente de vida. Y hasta que lo alcance y consiga, no cesaré de suplicarlo a Vuestra Divina Majestad” ''[279]''. Y entonces el piadoso Señor respondió desde un soberano trono en que estaba: “Yo te prometo, hija, de cumplir tus deseos y darte bienes sin cuento”. Con lo cual, y con la presencia de Dios de que gozó la santa virgen en este rapto, quedó muy consolada y contenta.
Revelación tenía esta sierva de Dios (desde muy al principio de su santa vida) que la tenía el Señor escogida para hacerla muy semejante así en sus trabajos y afrentas; estasjoyas deseaba extremadamente tener en su alma y nada pedía con tanta humildad y lágrimas como verse con ellos. ''[79]'' Oyó Dios su oración, y dióselos tan a la medida de sus deseos que parecían bien de su poderosa mano. En la cabeza, padeció tan excesivos dolores que ni podía comer, ni reposar los días que los tenía, ni aun abrir la boca para quexarse, siquiera para algun alivio, ni había médico que los entendiese, y duráronle catorce [315] años a temporadas, que continuos fuera imposible vivir con ellos. Dábale este mal de repente y así se le quitaba. A estos dolores sobrevinieron otros de estómago, de hijada, con tales congojas y trasudores que la habían de mudar hábito y túnica y toda la ropa de cama, cuatro o cinco veces al día. Eran estos sudores heladísimos y fríos y duraban veinte y treinta días continuos, y sobre todo esto, se le encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, los pies, las manos, de suerte que nunca más los pudo abrir ni extender y con la gran fuerza de los dolores se le desconyuntaron todos sus miembros, de suerte que quedaron muchos dellos no solo tullidos y mancos, sino torcidos, contrahechos y desencasados de sus lugares, y desta misma suerte está hoy su cuerpo, como se dirá después.


Otra vez estando en profundísimo rapto, la vino a visitar la gloriosa santa Bárbara, su muy particular devota, y razonando con ella, dijo: “Bien sabéis vos, señora, lo mucho que os amo y quiero”. “Sí sé, hermana —respondió santa Bárbara—. Y querría también que supieses tú que te amo en el Señor, y te tengo por mi singular devota y amiga” ''[280]''. Con esto pusieron fin a su plática las santas vírgines, y apenas fue [51r] acabada, cuando llegó a santa Juana la ánima de un niño que acababa de espirar, rogándola dijese a su madre que castigase a sus hijos, porque daría estrecha cuenta a Dios de lo mal que los criaba ''[281]''. “Y yo doy a Su Majestad muchas gracias por haberme traído a este santo reino en tan tierna edad, que si llegara a ser grande me condenara, por la mala crianza de mi madre. Dile que mire por mis hermanos, y los castigue antes que sean mayores y se pierdan. Mi madre se llama Fulana, y vive en tal lugar, y es mujer de Fulano”. Con esto santa Juana la envió a llamar, y contó todo lo que pasaba, con tales señas que no lo pudo poner en duda, y quedó desde entonces tan aficionada a la gloriosa Santa, que la visitaba muy amenudo, aprovechándose de los santos consejos que la daba.
Un día, siendo abadesa y hallándose muy fatigada del tropel de los trabajos que ya la amenazaban y con mucha flaqueza corporal por las graves enfermedades, levantó los ojos a una imagen de la Oración del Huerto que tenía cabe sí en la cabecera y con muchas lágrimas suplicó al Señor la ayudase en las persecuciones y trabajos que esperaba. Y estando en esta oración, oyó una voz que la dijo: “El Señor es contigo y quiere que padezcas grandes angustias y dolores y que los miembros de tu cuerpo sean tullidos y quebrantados, así como el pan en la era cuando le sacan el grano”. Y así estaba en sus enfermedades hecha un mar de dolores y un abismo de revelaciones, y queriendo el Señor regalarla más de veras y manifestar al mundo su gran paciencia, permitió viniese sobre ella una persecución que el demonio urdió, tomando por instrumento a alguna de sus mismas monjas. ''[80]'' Gran paciencia fue menester para pasar por esto, señaladamente atravesándose en ello muchas ofensas de Dios e ingratitudes a los grandes beneficios, así temporales como espirituales, que todo el convento había recibido por ella. Fue la ocasión que, habiendo el cardenal don fray Francisco Ximénez hecho gracia al convento del beneficio de Cubas, una persona que le pretendía procuró impetrarle en Roma, por muerte del que le poseía. Y aconsejaron a la sierva de Dios que procurase de Su Santidad confirmación perpetua de lo que el cardenal había concedido. Esto se hizo por medio de una persona devota del dicho convento y se impetró la bula, en virtud de la cual hoy poseen dicho beneficio, y en la [316] impetración desta bula se gastó alguna cantidad de dineros.


Un día de los Reyes, estando en el coro oyendo misa la extática virgen se arrobó, y era tanta la hermosura y resplandor que salía de su rostro, que causaba consuelo y admiración a las monjas que la miraban, y la rogaron —cuando volvió en sus sentidos—dijese algo de lo que había visto en aquel soberano rapto. Y así dijo: “Mostrome el [51v] Señor por su misericordia las grandes fiestas que hoy le hacen en el Cielo, donde vi a la Reina de los Ángeles asentada en un soberano trono, y junto a ella estaba el santo pesebre, con su santísimo Hijo recién nacido, cercado de muchos ángeles, que al son de sus instrumentos cantaban maravillosas letras ''[282]''. Y cantando ellos, la Reina del Cielo hizo señas que callasen, y me llamó a mí, su indigna sierva, que la estaba mirando, postrada de rodillas ante las gradas de aquel soberano trono, y me dijo: ‘¿Has visto a mi hijo, como está, niño y chiquito? ¿Parécete bien?’. Yo respondí: ‘Señora, sí’. ‘¿Quiéresle mucho?’, me volvió a preguntar. Yo dije: ‘Él lo sabe’. Replicó la Santísima Virgen: ‘¿Y yo no lo sabré también?’'' [283]''. Respondí: ‘Sí, señora, sí sabrá Vuestra Majestad, y mis pecados y faltas’. Y acordándome dellas, no me hallaba digna de estar en aquel santo lugar, y vínome tal vergüenza y temor de verme en él, que no quisiera ser nacida, ni sé qué fuera de mí si Nuestra Señora no me consolara, porque mirándome con apacibles y amorosos ojos dijo: ‘No temas, hija mía, que no tienes de qué ''[242]''. Y este temor y vergüenza que te ha venido es misericordia que Dios te hace, que como me ha dado sus veces [52r] para juzgar mientras está en figura de niño recién nacido, quiere que todos me teman; mas tú no tienes de qué temer; tus hermanas sí, y quiero que parezcan aquí todas, sin que me falte ninguna’. Y dicho esto aparecieron allí vuestras figuras, de suerte que yo os conocí a todas; y Nuestra Señora no quiso hablar a ninguna, sino a mí, su indigna sierva, diciendo: ‘Dime, hija, los agravios que te han hecho tus hermanas, y las quejas que dellas tienes’. Yo respondí escusándolas a todas: ‘Señora, ni agravio, ni queja tengo de alguna dellas, ni aun —según pienso— razón de poderla tener’. Entonces mandó la soberana Señora que se apartasen todas, y viniesen cada una de por sí, y decía: ‘¿Tienes queja desta?’. Yo respondí: ‘Ninguna tengo, por cierto’ ''[285]''. Y desta manera las fue llamando a todas, y como yo no acusaba a ninguna, dijo Nuestra Señora: ‘Bien haces en dejar a Dios el juicio y la venganza de tus agravios, que Él volverá por ti y te hará muchas mercedes, y yo rogaré te las haga, que eres llave de mi casa, que te la dio Dios. Y bien saben tus hermanas la caída de Inés, a quien yo me aparecí, y para repararla, y la santidad y honra de mis aparecimientos, te pedí a mi santísimo Hijo’. Y dicho [52v] esto, dije yo: ‘Suplico a vuestra Majestad bendiga a estas mis hermanas, y las hable, pues las tiene aquí’. Mas respondióme la soberana Señora que no se hacían a todos estos favores. Y después mandó a mi santo Ángel que me volviese a mis sentidos. Y así no vi por entonces la venida y adoración de los Reyes, que esperaba”.
El hecho fue este, y las circunstancias que pudo haber en ello de tan poca advertencia que apenas se alcanzaban: ahora, fuese por haber sido sin consultar al perlado o por gastar aquel dinero sin su licencia o por haberles parecido a algunas que tanta santidad y tan rara como era la de aquella bendita perlada no era para sufrirle mucho tiempo, lo cierto es que la acusación e instancia que se hizo contra ella fue de manera que (permitiéndolo Dios para manifestar su paciencia) el prelado procedió a suspenderla y después a la privación de su oficio, en el cual puso a la vicaria que la había acusado. Y como la sierva de Dios estaba tan acreditada, diose con esto ocasión a que muchos hablasen del caso de muchas maneras poniendo duda en las grandes maravillas que de ella se decían. Pero como quiera que ello fuese, sacó Dios de ahí muy grandes provechos para gloria suya y alabanza de su sierva, porque no solo nos constó de su paciencia, sino de la gran quietud y serenidad de su conciencia en la gran quietud y alegría con que llevó este trabajo, juzgándose no solo digna d’él, sino de otros muchos mayores. Mostró también su ferviente caridad en lo mucho que rogaba a Dios por los que la perseguían, pues para la que más se señalaba en eso impetró perdón de su culpa por sus fervientes oraciones. ''[81]'' Porque, castigándola el Señor con pena temporal, murió poco despues de haber conseguido su pretensión en el oficio de perlada que había deseado, ordenándolo así el Señor, para que se vea cuán poco hay que anhelar por honras ni dignidades en esta vida, pues alcanzadas no pueden asegurarnos la vida, ni librar a sus poseedores de la muerte, que suele venir muchas veces codiciosa de honrarse con las personas que ve más honradas en la tierra. Pues a esta persona luego la salteó la muerte y, siendo fatigada de la última enfermedad, que fue dolor de costado muy fuerte, la sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, rogó al Señor con mucha instancia por ella, con que le dio íntimo conocimiento de su culpa y así públicamente pidió della perdón con grandes lágrimas, y murió habiendo recibido los sacramentos y con grandes muestras de contrición y consuelo de las religiosas. ''[82]'' Poco antes que esto sucediese, mostró el Señor a esta su sierva el Infierno abierto y que salían d’él [317] para su convento infinitos demonios, en figuras de diversas bestias. Entonces con muchas lágrimas pidió a Nuestro Señor socorro y que echase de su casa aquella infernal canalla. Y oyéndola Su Majestad, envió ángeles que expeliesen los demonios, de lo cual, quedando la sierva de Dios por una parte consolada y por otra muy temerosa, juntó a sus monjas a capítulo y con muchas lágrimas las dijo: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía ver lleno de ángeles y ahora le veo lleno de demonios. Mis pecados lo deben hacer y no los vuestros, emendemos nuestras vidas y procuremos ejercitarnos de veras en las virtudes y en especial en la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. En este mismo tiempo, estando la sierva de Dios cercada de enfermedades y trabajos, se puso en oración delante de una imagen de la Oración del Huerto, pidiendo al Señor la ayudase, mirando su flaqueza y el tropel de los trabajos que la cercaban. Oyó el Señor su oración y quiso, para más consuelo de su sierva, hablarla en la misma imagen con voz dolorosa y triste diciendo: “Mi padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte aunque oré y lloré, no quiere que se revoque la que se ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente, para que, fatigada de todas maneras, goces el fruto de la paciencia”. Con esto la sierva de Dios quedó tan confortada que no solo rehusaba los trabajos, sino antes los pedía y anhelaba tras ellos.


Todos los años, desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los Ángeles, los primeros nueve días de marzo, en los cuales se apareció la Santísima Virgen —como queda dicho—. Y cada año en estos nueve días, a la hora de maitines, vía santa Juana una solenísima procesión en que venía la Madre de Dios, con muchos ángeles y santos, y las almas de muchas monjas de aquella casa, y de otras personas difuntas que estaban en la bienaventuranza y habían sido devotas del santo aparecimiento, y también las que estaban en Purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta ''[286]''. Y antes de entrar en el convento, daba una vuelta alrededor de él, echando su bendición a los campos, media legua en contorno del monasterio ''[287]''. Y entrando luego en él, iba derecha [53r] al dormitorio, donde estaban las monjas recogidas, unas en oración y otras durmiendo. Y a todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y amor, y hablaba con sus ángeles custodios, y ellos le representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían aparejado para celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y decía Nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas. Las vuestras tengo en depósito y están guardadas en mi poder”. Otras veces mandaba a sus ángeles custodios, que les pusiesen guirnalas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo vían, ni entendían ''[288]''. Y algunas veces las reprehendía con palabras dulcísimas, y desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial, y asistía a los maitines. Y la bienaventurada santa Juana, en espíritu, se hallaba presente a todo, y andaba la procesión. Y a la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón, y veía con los ojos corporales a la Reina del Cielo con aquella santa procesión que asistía a la misa y bendecía a las gentes que habían venido a celebrar la fiesta de su santo aparecimiento. Y cuando se volvían a sus [53v] casas, también les daba la bendición. Y a este punto se solía elevar santa Juana, y cuando volvía en sí, la rogaban las monjas dijese lo que había visto. Y ella, con mucha humildad, contando lo que se ha dicho, les decía que ''[289]'': “fuesen muy devotas deste aparecimiento de Nuestra Señora, porque a su instancia tenía Dios otorgados en esta iglesia tantos perdones como había flores, hojas y yerbas nacidas sobre la tierra, media legua en contorno del lugar donde la santísima Virgen se apareció, según que la clementísima Señora me lo ha revelado por su misericordia, y que tiene Nuestro Señor concedido a los que visitaren esta santa casa los perdones que se ganan en la de Asís, estando verdaderamente contritos de sus pecados, aunque no estén confesados. Mas como estas cosas son secretas, y no están otorgadas por los sumos pontífices, no vienen a noticia de las gentes, y así pocos se aprovechan dellas, de que yo tengo harta pena, por lo que pierden las almas”. (''No espantará esto a quien supiere que se ganan en Roma cada día tres indulgencias plenarias y cuarenta mil años de perdón y ocho veces remisión de la tercera parte de los pecados, y en los días de Cuaresma las dichas indulgencias son dobladas [290]'') ''[291]''.
'''Cap. XVI. De cómo el ángel de su guarda mandó a la sierva de Dios que escribiese las cosas que el Señor le revelaba y de su gloriosa muerte'''


[54r] Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, bendita por un obispo, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del santo aparecimiento; mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron otro rostro y cabeza, y pintándola de nuevo porque la santa la viese, se la llevaron a la celda, porque estaba muy enferma, y por su consuelo se la dejaron allí. Y el primer día se le apareció la Reina de los Ángeles junto a la imagen, y dijo: “Yo me contento della, y la quiero para mi morada” ''[292]''. Rogóla entonces santa Juana que pues tanto le aplacía se pusiese dentro della, para que mejor aceptase las oraciones que se la hiciesen. “No puede eso ser, hija mía —respondió la soberana Señora—, hasta  que se consagre y bendiga, y se haga morada digna de mí”. Y la noche siguiente a la hora de maitines vio la bendita santa Juana a Cristo Nuestro Señor vestido de pontifical que bajaba del cielo con infinitos ángeles, santos y santas a consagrar esta imagen ''[293]''. Y antes de comenzar la bendición, mandó que viniesen los demonios a ver consagrar la imagen, porque temiesen viendo la virtud que Dios ponía en ella ''[294]'': los cua- [54v] les vinieron a mal de su grado, y estuvieron presentes a toda la bendición, la cual comenzó el Señor, cantando aquellas palabras: ''“Ego sum, qui sum”''. Y prosiguió Su Divina Majestad, diciendo: ''“Ecce nova facio omnia”'' ''[295]''. Y, mirando la imagen y adornándola con muchas cruces, decía: “¿Quién te desprecia, Madre mía?”. Y después de muchas bendiciones, cantó su Majestad esta antífona: ''“Hanc quam tu despicis, Manichae, mater mea est, et de manu mea fabricata” [296]''. Y los ángeles prosiguieron con su soberana harmonía, tocando sus instrumentos y cantando otras antífonas y psalmos. Y hecho esto, desapareció la visión, quedando la imagen consagrada por Nuestro Señor Jesucristo. Y las monjas, habiéndoles contado santa Juana la revelación, llevaron la santa imagen al coro, donde ahora la tienen con velas encendidas y solene procesión, cantándole el ''Te Deum laudamus [297]''.
Es la misericordia y caridad de Dios tanta que si hace a algunos siervos suyos tan especiales mercedes (como las vemos en esta sierva suya) no las hace para ellos solos, sino para que por medio dellos se aprovechen otros. Así lo afirmaba el apóstol san Pablo cuando decía: “Por eso [318] alcancé yo de mi Dios tan grandes misericordias, para que en mí primeramente mostrase toda paciencia, para información de aquellos que han de creer en él para la vida eterna”. ''[83]'' Pues las mercedes que Dios hizo a esta santa, a ese mismo fin iban encaminadas, y por eso el santo ángel de su guarda le mandó que escribiese las misericordias que Dios le hacía. ''[84]'' Mas ella por su grande humildad se encogía, para escribirlas y allegaba para no hacerlo, ya la poca salud, ya el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma. Y así le mandó el ángel que no escribiese más por su mano, sino que lo hiciese escribir por la de otra religiosa (que fue para ella no pequeño tormento), y rehusándolo, dijo a su ángel: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho (y las cosas que su hermosura me ha dicho) han sido todas en secreto, y escribiéndolas por mano ajena, no podrán dexar de publicarse”. Y así con este temor y del juicio de los hombres, como se había visto tan perseguida, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún mal a mis hermanas y a mí, ¿qué será de nosotras?”. “Dios cuida de ellas y de ti” (dijo el ángel), “no temas, sino haz lo que te mando, porque el Señor que obra estas maravillas en ti, las hace para bien de otros muchos y quiere se escriban y haya memoria dellas, donde no cesarán las mercedes que te hace y tus dolores y persecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. Ella, oyendo esto con humildad y temor, obedeció al ángel y comenzó a escribir por mano de otra religiosa, llamada sor María Evangelista, que, según es tradición del convento y consta por información hecha con testigos, no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente le concedio el Señor esta gracia para escribir el libro del Conorte, como queda dicho. ''[85]'' Así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta bendita virgen. Estos dos libros se han tenido y tienen en el convento como reliquias de mucha estima, valiéndose dellos contra tempestades y truenos y para muchas enfermedades. Viven aún hoy tres religiosas que conocieron a la que los escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de santa vida muy penitente y de mucha oración y que, después de muerta, apareció a otra religiosa en la iglesia con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos que fue el que escribió de la beata Juana. Sentía mucho [319] la sierva de Dios ver que nunca se acababa lo que la monja escribía y cuán de asiento se procedía en su escritura. Por lo cual, poco antes que le diese la enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda que se acontentase con lo escrito y no la obligase a más. Concedióselo y dijo: “Di a tu hermana que cese ya la pluma y no escriba más”. Consolose tanto con esta licencia que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese”. “Haz penitencia de ese atrevimiento” (dijo el ángel), “porque ofendiste a Dios con él”. Con esto se despidió el ángel y cesó la escritura. ''[86]''


Víspera de los apóstoles san Pedro y san Pablo, estando santa Juana juntamente con las otras religiosas en la casa de labor, con los ojos en la almohadilla y con la aguja en la mano —no elevada, ni fuera de sus sentidos, sino despierta y velando— vio con los ojos del cuerpo a Nuestro [55r] Señor Jesucristo y a los doce apóstoles, vestidos de blanco ''[298]''. Y aquí le declaró el Señor grandes misterios de la bienaventuranza y de los premios de la gloria. Y estuvo tan en la bendita virgen todo el tiempo que gozó desta soberana visión que nunca dejó la aguja de la mano, ni levantó los ojos de la almohadilla, procurando con esto que las otras monjas que estaban con ella no entendiesen los favores que Dios la hacía.
Sobre muchas enfermedades que tenía, le envió Dios la última, que fue un muy recio mal de orina, de que estuvo apretada con gravísimos dolores y quince continuos días con esa pena. Tuvo en esta grave enfermedad singular paciencia y grandísimos raptos y familiares coloquios con su ángel. Habló de Dios altísimamente, cual el cisne cercano a la muerte suele cantar muy dulcemente. Y aunque en otras enfermedades no consintió que la curasen los médicos, en esta lo consintió instada por algunas señoras devotas que se lo rogaron. Ellos, viendo que crecía mucho la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron en las primeras visitas, mas ella, como virgen prudentísima, primero que se lo dixesen recibió el viático y la extrema unción y, tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda que le dio la deseada nueva de su cercana muerte, la cual estaba ya por el altísimo Señor decretada. ''[87]'' Entonces la bendita virgen con excesivo gozo aceptó aquella sentencia, y rogó a los santos apóstoles que estaban presentes que la ayudasen a dar gracias al Señor por ella y le rogasen que no le revocase, sino que fuese aquella la definitiva sentencia. El día siguiente, cuando la vino a ver el médico, le rogó que no la hiciese más beneficios, porque la voluntad del Señor era llevarla ya desta vida. Esto se supo luego en Madrid y Toledo y muchas señoras (con licencia que tenían de entrar en el convento), deseando hallarse presentes a tan felice muerte, vinieron de muchas partes; y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, señora de la villa de Casarrubios, esta fue de las primeras y se halló presente a las misericordias [320] y maravillas que Dios hizo a su sierva en aquella hora, que fueron para echar el sello a las muchas que la había hecho en su vida. Primeramente, viernes primero día de mayo, día de los apóstoles san Filipe y Santiago, estando la sierva de Dios en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir alguna a las monjas, aunque se lo rogaron muchas. La misma noche deste día dio una gran voz diciendo: “¡Ay de mí, ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano (como otro san Hilarión), según que lo echaron de ver los que se hallaron presentes, y se apareció en las cosas que decía. Porque unas veces callaba, otras respondía como si hablara con otra persona diciendo: “¡Oh, qué cruel espada! Téngale, téngale, no me mate con ella”. Y de allí a poco rato dijo: “llámenmela, llámenmela que se va”. Y preguntándola a quién quería que llamasen, dijo que a la bendita Madalena. [88] Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y afecto: “Echadle de ahí, echadle de ahí”. Y fue que en este conflicto la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor, para que a solas venciese en la muerte, al que había vencido tantas veces en vida. Todo el tiempo que duró este combate (que fue gran rato) se lamentaba mucho diciendo: “Oh, a qué mal tiempo mehabéis dejado”. Y después dijo: “Señor, ¿sola me dejaste?, pues echad de ahí a ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y vuelta a las religiosas dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi criador el alma”. Y de ahí a poco, como hablando con otras personas decía: “Búsquenmele, búsquenmele, a mi Señor Jesuchristo. Hálleme él a mí, y yo le hallaré a él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, le iré yo a buscar, aunque estoy desconyuntada”. Preguntáronla las religiosas, a quién quería que le buscasen. Y dijo: “A mi Señor Jesuchristo”. “¿Pues dónde le hallaremos madre?” “En el huerto” (dijo ella) y como aquejada de mucho dolor, con gran sospiro dijo: “Oh, madre de Dios, Iesús qué crueldad, qué crueldad, sobrepuje Señor mío la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!”. Y volviendo el rostro a las religiosas dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con [321] la palabra en la boca. Y las monjas muy afligidas dijeron: “¿Qué quiere madre que la ayudemos a rogar?”; respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “Vamos, vamos”, “¡Oh, a qué punto!”, “¡oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces. El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en Tierra”, y respondió la santa: “Podría ser”. A todo esto había cuatro horas que estaba sin habla y tres días sin comer: entonces levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronla con quién hablaba y respondió que con las santas y vírgenes. Dijéronla: “Pues, ¿con quién ha de ir, madre?”, “Con Jesuchristo, mi esposo” (respondió). Y decía: “¿Por qué me escondéis a mi Señor y a mi Reina?”, oyendo esto las religiosas, le mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola dijo: “No es ella, volvedme, volvedme a mi reina y señora”. Y preguntándola si estaba allí la madre Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos”. Y dijo: “Vamos Señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grande alegría: “Hacedle lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco dijo: “Oh, padre mío”, y pensaron las religiosas que hablaba con el padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma velando toda la noche del sábado, no se les hizo un momento.


Trujeron a santa Juana una niña de teta muy enferma para que la diese su bendición, y así como la vio, la reveló el Señor que estaba endemoniada, y dijo a las monjas con grande aflición de su espíritu: “Grande es la alteza de los secretos de Dios, pues permite Su Divina Majestad que el demonio tenga poder para atormentar esta niña inocente, que no ha más de siete meses que nació. Ruego os hermanas que la encomendemos a Dios” ''[299]''. Y haciendo sobre ella la señal de la cruz, quedó libre de aquel espíritu malo, que tanto la atormentaba. Y sucedióla muchas veces estando en oración en su celda, rogando a Dios por las personas que se le encomendaban, verlas a todas ellas y sus necesidades y trabajos, tan clara y distintamente como si las tuviera presentes. Y contándoselo al [55v] ángel de su guarda, le respondió que se las mostraba Dios porque quería le rogase por ellas ''[300]''. Y en cierta ocasión le dijeron los santos ángeles que con tan grande afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo que le fuese tan acepto sacrificio a Su Divina Majestad como si derramase sangre y padeciese martirio por él ''[301] ''—que tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión—. “Estas cosas y otras muchas —decía santa Juana a sus monjas— me muestra mi santo Ángel, por la voluntad de Dios, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo, y que me ha hecho el Señor tanta merced, que me ha dado tanta luz y claridad en ellas que certísimamente conozco ser suyas, y las tengo por más verdaderas y ciertas que todo lo que veo en este mundo, y así lo juraría, si me obligasen a ello ''[302]''. Y por no haber tenido mi alma tanta claridad al principio, no recebía tanto consuelo en las revelaciones que el Señor me mostraba, como ahora. Por lo cual esta miserable pecadora da infinitas gracias a Su Divina Majestad”.
Llegada la mañana del día de santo Domingo, dijo: “Ea pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío, vamos presto, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y disciplinas, rogando al Señor no las privase de tanto bien y diese salud a su bendita madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y absentes y a todos sus devotos. Tornó luego a decir: “Vamos Señor, redentor mío, vamos de aquí”. Preguntáronla si estaba allí el Señor; dijo que sí, y también su santísima madre. Domingo de mañana llegó el médico a la enferma, diciendo: “Paréceme, madre, que se nos va; díganos ¿quién la acompaña en ese camino?”, “Mi Señora la Virgen María” (dijo ella) “y el ángel de mi guarda y mis ángeles y mis santos”. Púsose luego su rostro resplandeciente y hermoso, como cuando solía estar en los raptos, y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, ''[89]'' causado de su [322] enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragancia que parecía cosa del Cielo, y de allí a un rato con nuevo fervor, como si hablara con otras personas, dijo: “Albricias, dadme albricias”. Esto hacía con tanta alegría, que juzgaron los que allí estaban que su celestial esposo adornaba ya aquella santa alma con las joyas de su desposorio. Quedó la bendita virgen llena de aquel suave olory su rostro muy resplandeciente y los labios encarnados como un coral, con una quietud y alegría admirable, y así estuvo sin hablar palabra, desde el sábado hasta el domingo después de vísperas, día de la Invención de la Cruz, en el mismo que nació, tomó hábito y profesó. Pues este dichoso día a las tres de la tarde, leyendo la Pasión, con un regocijo extraño dio su alma a su celestial esposo, año de 1534, a los cincuenta y tres de su edad, y los cuarenta de su conversión a la orden.


[56r]
Quedaron los circunstantes admirados de la quietud y apacibilidad con que había acabado, habiéndole cesado para la hora de la muerte todos los dolores (que suelen en aquella hora apretar más los cordeles) y esto fue muchas horas antes de su dichoso tránsito. Una gran sierva de Dios llamada María de San Juan, que al mismo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a la santa Juana, y tan amigas las dos que con estar tan lejos se comunicaban en espíritu muchas veces, dijo que, cuatro días después de su muerte, la apareció la bendita sor Juana de la Cruz. ''[90]'' Cercada de algunos santos y ángeles, y admirada, preguntó al de su guarda cómo la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en tan altos grados de gloria; respondió el ángel que estaba ya desatada de las ataduras del cuerpo. Y bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: “¿Cómo, hermana, esto sin mí?”, “Sí, hermana” (respondió), “que se cumplió la voluntad del poderoso Señor y ha cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que expirase, comenzó mi ánima a sentir el gozo de la bienaventuranza y a tener prendas de la gloria”. Cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la mudanza de la sierva del Señor dos horas antes de su muerte.


'''Capítulo XIII'''
[323]


'''Cómo el Espíritu Santo habló trece años por la boca de santa Juana, y del don de lenguas que la dio'''
'''Cap. XVII. De algunos milagros que acaecieron después de su dichosa muerte y de la incorruptibilidad y entereza de su cuerpo'''


Uno de los mayores trabajos que tuvo santa Juana en esta vida fue que muchas personas, deseando saber las mercedes que Dios le hacía, y secretos que en aquellos éxtasis y raptos la revelaba, se lo preguntaban muchas veces, y como la santa virgen era tan humilde, sentía esto de manera que decía quisiera más decir sus faltas, sus pecados y miserias que las misericordias y mercedes que Dios le hacía. Y si dijo algunas, y muchas de las que en esta historia van escritas, fue por mandárselo Dios, unas veces por sí y otras por el ángel de su guarda ''[303]''. Y como la santa virgen por esta ocasión estuviese muy desconsolada, queriendo el Señor librarla destas fatigas —y consolar también a sus siervos, que deseaban saber estas cosas, para cuyo bien obraba Su Majestad muchas dellas—, tomó por medio enmudecerla y hablar por la boca de su santa Esposa, y así le dijo el Señor: “Hija, callarás tú ahora” ''[304]''. Y desde [56v] este día quedó muda, y lo estuvo algunos meses, hasta que el mismo Señor se le apareció en otro rapto, y tocándola en la boca con su santísima mano, la dejó sana y dijo: “De aquí adelante hablaré yo por tu boca y callarás tú, aunque también quiero que digas algunas cosas de las que te mostrare” ''[305]''. Y dicho esto desapareció el Señor y comenzó a hablar por la boca de santa Juana el Espíritu Santo, visible y públicamente, profetizando muchas cosas. Y decía sentencias de la Sagrada Escritura y cosas de gran dotrina, de que todos se admiraban. Durole esta singularísima gracia trece años, hablando el Espíritu Santo en ella, unas veces de ocho en ocho días, y de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras a tercer día, otras un día tras otro, y algunas temporadas dos veces al día, más o menos, como el Señor era servido ''[306]''. Y divulgándose por el reino esta grande maravilla, la venían a ver muchas gentes, aunque no todos con igual intención, porque algunos la traían muy dañada, y para confusión destos y de otros incrédulos, estando santa Juana arrobada y sin género de sentido, hablando el Espíritu Santo en ella, dijo que los campos y [57r] aires, una legua en contorno del monasterio, estaban llenos de ángeles y de ánimas de Purgatorio que la venían a oír para dar testimonio en el juicio de Dios de su dotrina, y de los que por su malicia oyéndola, no se aprovechasen della ''[307]''. Otras veces, reprehendiendo a estos mesmos, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mesmo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere, hallando vaso en que quepa?”. Y a este propósito sucedió que un inquisidor muy celoso de las cosas de la fe, no pudiendo sufrir se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca desta santa mujer, vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras. Y fueron tales las que el Espíritu Santo habló en ella aquel día que a la mitad del sermón se hincó de rodillas el inquisidor, y estuvo así derramando lágrimas hasta que la santa acabó su sermón, y vuelta en sus sentidos, rogó al abadesa se la dejase ver a la grada, y dándose recios golpes en los pechos, decía: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta santa mujer he oído” ''[308]''. Y después de haberla hablado a solas, y encomendado en sus oraciones, se volvió, no poco [57v] edificado de la humildad que conoció en la santa, y muy aficionado a su dotrina. Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, de que la santa nunca tuvo noticia, especialmente en la latina, arábiga y vizcaína ''[309]''.
Luego como esta gran sierva de Dios pasó desta vida, fue tan grande el concurso de la gente que venían para ver y venerar sus santos cuerpos, que pareció (a los religiosos que trataban de su sepultura) convenía que se sacase en procesión fuera del convento, para satisfacer a la devoción de todos. Y un tullido del todo llegando a tocar el santo cuerpo y a besar el hábito, quedó luego sano y dejó allí dos muletas con que andaba. ''[91]'' También una religiosa enferma que tenía una hinchazón muy grande y muchos dolores, tocando el cuerpo difunto, sanó. Lo mismo acaeció a otro hombre, que padecía gran dolor de muelas. Tornando la procesión al convento, hallaron mensajeros de grandes personas con cartas que pedían se dilatase el entierro hasta que llegasen, que ya venían, y así le tuvieron cinco días sin enterrar, saliendo siempre del cuerpo aquel suavísimo olor que dijimos. Fue la gente que vino de Madrid y Toledo y de otras partes tanta que cubría los caminos, los campos, por lo cual, y porque la inquietud era grande y determinaron que se entregase a la tierra aquel precioso tesoro, enterráronle sin ataud, ni otra defensa que pudiese conservarle entero; antes después de cubierto de tierra, echaron sobre él cantidad de agua para allanar la tierra, y fue cosa notable que depués de haber estado debajo de la tierra siete años aquel santo cuerpo, y después (a instancia grande de personas muchas y muy principales) transladándole (para lo cual se fabricó un arco al lado derecho de la capilla mayor, en el altar que divide la capilla mayor del claustro) preparado todo lo necesario, se abrió la sepultura, creyendo estaría el cuerpo ya resuelto, y se halló tan entero, tan fresco y con tan lindo olor como cuando fue sepultado. ''[92]'' Espantados desto, creció la devoción, y el hábito con que fue enterrada, se partieron pedazos, y le vistieron otro de damasco pardo, y colocándola con mucha veneración en la dicha sepultura, se le puso [324] con dos rejas de hierro fuertes y doradas y una lámpara de plata que arde delante del santo cuerpo, donde está muy venerado de todos los que de muy lejanas tierras vienen a visitarle, y tienen allí sus novenas. Y el día que murió, celebra con gran devoción fiesta la villa de Cubas y vienen en procesión al dicho convento, con otros lugares de la comarca, ''[93]'' y dicen la misa mayor delante del mismo cuerpo, en un altar portátil que se pone para este efecto, y se predican las excelencias desta gran sierva de Dios, y da la villa caridad de pan y vino y queso a innumerable gente que allí se llega. Y creciendo la devoción, por particulares beneficios que por la sierva de Dios muchos han recibido, le han ofrecido nueve lámparas de plata que arden de día y de noche delante de su cuerpo, con que está muy venerado. Después de la dicha translación, no consta que la dicha caja se haya abierto, hasta el año de 1552, cuando ajuntándose mucha gente principal en procesión, se abrió, y fue hallado entero con tan buen olor como la primera vez, de lo cual se hizo acto público y está guardado en dicho convento, y lo mismo se ve en el día de hoy y, en diferentes visuras que se han hecho, se ha hallado estar de la misma manera.


El obispo de Ávila, don fray Francisco Ruiz, fue devotísimo de esta santa virgen, y por la devoción que la tenía, dio a su convento dos esclavas moras de Orán, tan obstinadas en la ley de Mahoma que de solo proponerlas la de Cristo y decirles si querían ser cristianas, lloraban amargamente, y se arañaban las caras hasta derramar sangre dellas. Lleváronselas una vez a santa Juana, en ocasión que el Espíritu Santo hablaba en ella, y convirtiendo a las moras su plática, les habló en algarabía y ellas también la respondieron en el mesmo lenguaje ''[310]''. Y tales cosas les dijo que las convirtió a la fe y se baptizaron ''[311]''. Y después, estando arrobada, las habló otras veces en arábigo y muchas en latín, con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de cosas y defetos particulares suyos ''[312]''.
La primera vez que en este tiempo le descubrieron sucedieron algunas cosas bien dignas de memoria. El año de 1602 vino a Madrid el reverendísimo padre fray Francisco de Sosa, Ministro General de toda nuestra sagrada religión, y después de haber estado allí algunos días, partió a Toledo, y en el camino acordó de entrar en el convento de Santa Cruz de Cubas, donde fue recibido con la solemnidad que se acostumbran recibir los Generales, y entrando en el monasterio, y hecha plática espiritual a las religiosas en el coro, fue a la enfermería, donde había una religiosa muy anciana, la cual se había hallado a la última translación que se hizo del cuerpo de la beata sor Juana, y relatando al Padre General las cosas que habían acaecido en ella, le dio deseo de ver el santo cuerpo, lo cual se puso en obra con toda la diligencia posible, y abierto el ataúd, hallaron el santo cuerpo tan entero y fresco como las otras veces que le habían descubierto. ''[94]'' Estaba la sierva de Dios vestida de un hábito de damasco pardo, con dos tocas muy blancas en la cabeza, porque cuando murió no llevaban velo negro las monjas. Tenía una cruz en las [325] manos, y una sarta pequeña de naranjillas al cuello y todos con gran consolación y muchas lágrimas veneraron el santo cuerpo y le llegaron a la reja, para que la gente que allí estaba le viese, que no fue poca maravilla ajuntarse tanta gente en pocas horas que estuvo la iglesia llena, como si se hubiera publicado muchos días antes en toda la comarca. El Padre General quitó la toca de sierva de Dios y las naranjillas que tenía al cuello y lo repartió entre los frayles y monjas, y tomando de una de las circunstantes su velo y otra sarta de cuentas, se lo puso a la beata Juana. Y sucedió otra cosa el mismo día también maravillosa, y fue que quitando el Padre General al dicho cuerpo el dedo meñique de un pie, constó después que había salido sangre d’él, como se vio en la ropa que tenía vestida, aunque entonces no se advirtió en ello, ''[95]'' porque el dicho Padre General quitó el dedo con secreto tirando d’él con la mano. Después acá se ha tornado a abrir el arca varias veces, continuando el testimonio de la incorruptibilidad del dicho cuerpo, el cual se guarda en dicho monasterio, para la gloria de Dios y honra de su santa.


Con todas estas experiencias y otras mu- [58r] chas que se vieron, por ser cosa nunca oída de algún santo que hablando el Espíritu Santo por su lengua dijese las cosas que decía por la desta santa mujer. Los prelados de la Orden, por obiar lo que algunos mal intencionados decían, mandaron a la abadesa que cuando hablase santa Juana de aquella manera la encerrasen en la celda, sin que ninguna persona la oyese, aunque fuese de las mismas monjas ''[313]''. Pero una vez quiso Nuestro Señor que, habiéndola dejado sola y encerrada —como lo tenía ordenado el provincial—, tardó tanto en volver del rapto que la abadesa, cuidadosa del suceso, envió una monja que supiese lo que había. Y llegando a la celda donde la santa virgen estaba, vio muchas aves de diversos colores, levantados los cuellos, como que escuchaban lo que la santa decía —que las había Dios enviado para que la oyesen, pues los hombres no querían oírla— ''[314]''. Y contando esto a la abadesa, fue con algunas religiosas, y hallaron ser verdad lo que la monja había dicho, en lo cual se conoció ser la voluntad del Señor que oyesen a su sierva y lo que por su boca decía. Pero mientras se dudó desto y de la virtud destas cosas, bien fue esconderlas al mundo, para escusar la temeridad [58v] de sus juicios, mas cuando ellas mismas hacen certidumbre que es Dios el autor, y el milagro de los pájaros lo comprueba y publica, justo es que no lo encubran los hombres. Y así el provincial, informado desta maravilla, dio licencia para que hablando la santa en aquellos raptos la pudiesen oír, y se diese puerta franca a quien él diese licencia —porque el convento en aquel tiempo no era de los encerrados—. Y con esta nueva licencia y a la fama destas grandes maravillas, venían infinitas gentes eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, religiosos de todas órdenes, canónigos, inquisidores, obispos, arzobispos, el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, el cardenal de Toledo don fray Francisco Jiménez, el emperador Carlos V, muchos condes, duques, marqueses, señores y señoras de todos estados, testigos deste misterio, que lo vieron muchas veces por tiempo de trece años ''[315]''.
===Notas===


Cuando el Señor dio a su sierva esta gracia de hablar el Espíritu Santo en ella a los veinte y dos años de su edad, siempre que la recebía era estando arrobada ''[316]''. Y conocíase la venida del Señor en que la oían hablar con los ángeles, con los apóstoles y santos, que [59r] venían con él, según que de sus palabras se entendía, y cuando el Señor se acercaba a ella, estendía la santa virgen el brazo, y haciendo señas con la mano le llamaba, suplicándole se acercase más. Hacía luego grandes plegarias a los ángeles que venían con él, rogándoles llegasen presto a donde ella estaba. “Señores, —les decía— aunque no soy digna de ver a mi Señor, traédmele por aquí”. A los apóstoles, mártires, vírgines y confesores rogaba lo mismo, nombrándolos muchas veces por sus nombres. Y al mismo Señor suplicaba también la viniese a consolar, porque tenía muchas cosas que ofrecerle: oraciones, necesidades y fatigas de muchos que se le habían encomendado. Y en estas plegarias se tardaba de ordinario una hora antes que Nuestro Señor acabase de llegar a donde la santa virgen estaba. Y en llegando la hablaba con voz inteligible y clara, que todos le oían, y esta era la más clara y cierta señal de tener a Dios presente ''[317]''. Y entonces le hacía sus peticiones, rogando por todas las personas del mundo en general, y por algunas en particular, y por las ánimas de Purgatorio. Y algunas veces permitía la Divina Majestad que viese en el mismo Señor —según que la santa virgen [59v] decía— todos estados del mundo, al Santo Padre, cardenales y clerecía, todas las religiones, los reyes y emperadores, y todos los estados, grandes y pequeños, con las perfecciones, méritos y deméritos de cada uno. Hecho esto, juntaba sus manos —viéndolo todos— y, haciendo muchas inclinaciones con la cabeza, muy humildes y profundas, oraba tan en secreto que ninguna palabra se le oía, salvo verla mover los labios como persona que habla. Y entonces inspirando en ella Nuestro Señor su divino soplo y aliento, le daba el Espíritu Santo, como se le dio a los sagrados apóstoles cuando los envió a predicar por el mundo ''[318]''. Y así como le recibía, santa Juana se postraba en tierra sobre su rostro, y puestas las manos se quedaba con grandísimo silencio, y entonces llegaban las religiosas, y levantándola del suelo sin que ella lo sintiese, la llevaban a su celda y ponían sobre su cama. Y luego con voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono —que todos los que allí estaban lo entendían— comenzaba el Espíritu Santo a hablar por la boca desta su sierva, y nombrándola por su nombre, solía decir: “Dios te salve, Juana. ¿Quién eres tú, que me llamas? ¿No sabes que ninguna criatura por sí sola es digna ni merecedora de Dios?”. Otras veces [60r] decía: “Tú, Juana, ¿no viste tal y tal cosa que pasó en mi reino celestial?”. Y de aquí proseguía el Señor sus pláticas y sermones, con cosas de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y los Evangelios del año, conforme a las fiestas de él, durando en cada sermón cuatro, cinco, seis y siete horas sin descansar, ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta ''[319]''. Tanto que cierta señora, estando una vez oyendo el sermón muy cerca de la santa predicadora, le hincó por la cabeza un alfiler de manera que la sacó sangre, y aunque por entonces no lo sintió, vuelta del rapto se quejó dello ''[320]''.
''[1]'' Al margen izquierdo: “El rey Felipo Tercero mandó que dicho libro revisto saliese otra vez”.


Otra vez predicando la santa virgen, se llegó a ella una persona eclesiástica muy ilustre, y asiéndola del brazo, que le tenía recogido sobre el pecho, se le arrojó fuertemente, por ver si hacía algún movimiento o se quejaba del dolor, pero ella, insensible a todo esto, prosiguió con lo que iba diciendo, y el brazo se estuvo así caído, hasta que llegó una religiosa y se le puso sobre el pecho, como antes le tenía ''[321]''.
''[2]'' Al margen derecho: “Vino al mundo por petición de la santísima Virgen nuestra Señora.


Cuando el Espíritu Santo quería acabar el sermón, por remate de él daba su bendición a los oyentes con estas formales palabras ''[322]'': “La bendición del Padre y de su Hijo Jesucristo, y de mí, su Espíritu Santo consolador, sea con [60v] vosotros. Quedaos en paz, que me voy” ''[323] [324]''. Y, bajando todos las cabezas y arrodillándose en tierra, recibían esta santa bendición y se salían del convento. Quedaba la santa virgen hermosísima; el rostro, muy resplandeciente, y su persona y vestidos y todas las cosas que a ella tocaban, llenas de un olor celestial. Y de la gran fuerza con que el Espíritu Santo había hablado en ella, la dejaba con un sudor tan copioso, que la mudaban de ordinario el hábito y tocas ''[325]''. Y cuando tornaba en sus sentidos la hacían comer, porque quedaba muy desfallecida y desmayada. Y era cosa admirable que no sentía la santa virgen cosa de cuantas por ella exteriormente habían pasado, si después no se lo decían.
''[3]'' Al margen derecho: “Cuéntase el aparecimiento de nuestra Señora a la pastorcica Inés”.


Para que el mundo tuviese noticia destas maravillas, y no se perdiese en los siglos venideros la memoria de las cosas que el Espíritu Santo habló por la boca de su esposa, dio gracia y sabiduría a tres monjas del mismo convento para que escribiesen muchas dellas, y compusieron un gran libro llamado del ''Conorte'', donde están escritos algunos de los sermones que la santa predicó en uno de los trece años que el Espíritu Santo habló por ella ''[326]''. Y son las siguientes:
''[4]'' Al margen derecho: “Edificose convento de monjas de la 3ª orden donde tomó el hábito y fue abadesa Inés.


[61r] ''[327] ''”De la Encarnación”, “Natividad” y “Circuncisión”, “De la Epifanía”, “Huida a Egipto”, “Excelencias del santo Bautismo”, “Reprehensiones y consejos”; “De la Purificación de Nuestra Señora”, “De la creación de Adán”, “Septuagésima”; “Verdaderas dotrinas de san Pedro” y “De la Parábola del Evangelio del Sembrador”, “De cómo el redemptor se perdió en Jerusalén”, “De cómo ayunó y fue tentado”, “De cómo los pecadores piden al Señor mercedes”, “Del Domingo de Ramos y fiestas del Cielo”, “Del Miércoles Santo”, “Jueves” y “Viernes”, “De los misterios de la santísima Resurrección”, “Del buen Pastor”, “De la Cruz”, “De la Ascensión del Señor”, “De la Santísima Trinidad”, “Del Corpus Christi”, “Excelencias del día del Viernes”, “De la Visitación de Nuestra Señora”, “De san Juan Baptista”, “De la santa Cruz”, “De la Madalena”, “De la Transfiguración”, “De san Lorenzo”, “De santa Clara”, “De la Asumpción de Nuestra Señora”, “De san Bartolomé”, “De la degollación de san Juan Baptista”, “De la Natividad de Nuestra Señora”, “De la Exaltación de la Cruz, de figuras celestiales y dotrinas”, “De reprehensiones por nuestros pecados”, “De san Miguel y de todos los ángeles”, “Del glorioso padre nuestro san Francisco”, “De las fiestas que hacen a nuestro redemptor los [61v] días de viernes”, “De fiestas celestiales del Señor”, “De san Lucas”, “De san Simón y Judas”, “De Todos los Santos”, “De las penas del Infierno”, “De las cosas del Antecristo”, “De la dedicación de la Iglesia”, “De la Presentación de Nuestra Señora”, “De la Concepción”, “De reprehensiones” y “Del Adviento”.
''[5]'' Al margen izquierdo: “Luego en naciendo dio muestras de santidad.


Las religiosas que escribieron este libro fueron: la madre soror María Evangelista —y esta la que más escribió, y a quien sin saber leer ni escribir dio nuestro Señor esta gracia, según que adelante veremos—; soror Catalina de San Francisco se llamó la segunda, y soror Catalina de los Mártires la tercera, de lo cual hay tradición y es pública voz y fama en el Monasterio de la Cruz ''[329]''. Y monjas ancianas que hoy viven y conocieron a la dicha soror María Evangelista, y se lo oyeron contar muchas veces; y el libro —como preciosa reliquia— se guarda en el mismo convento. Y aunque de ley común y ordinaria —como parece por muchos derechos y concilios de la Iglesia ''[330]''— no pueden las mujeres predicar, y, por consiguiente, ni merecer la aureola de dotores de vida a los que predican o enseñan la virtud, por haberlo hecho santa [62r] Juana con particular asistencia del Espíritu Santo, que la concedió esta singular prerrogativa, gozará en el Cielo las dos aureolas, de virgen y de dotor, merecidas por su predicación y virginidad, y así la suelen pintar con una palma en la mano y dos coronas en ella ''[331]''.
''[6]'' Al margen derecho: “Aparécesele el ángel de su guarda.


'''Capítulo XIV'''
''[7]'' Al margen derecho: “Veía en la hostia a Christo nuestro Señor.”


'''Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a santa Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda'''
''[8]'' Al margen izquierdo: “Tuvo revelación de la santidad de sor Juana”.


En los trece años que el Espíritu Santo habló por la boca desta su santa virgen, obró en ella cosas misteriosas y divinas. Y, porque a las veces tiene Dios celos de las almas que mucho ama, y se las quiere todas para sí, ensordeció a su querida esposa, porque se divertía en la consideración de las criaturas ''[332]'', y recebía alguna consolación y deleite en oír cantar los pajarillos, no queriendo que emplease su amor en otra ninguna cosa sino en él; y emprendas [62v] del que Su Majestad le tenía, obró en ella una soberana maravilla, vista y tratada de muchos, y en especial de todas las monjas del convento, de fray Alonso de Mena, su confesor, de fray Alonso de Tarracena, su compañero, y de otros religiosos y padres graves de la Orden, que la vieron y experimentaron. Fue el caso que, queriendo el Señor enriquecer y honrar a su querida esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de sus sacratísimas llagas, cuya historia y suceso milagroso pasó desta manera ''[333]'':
''[9]'' Al margen izquierdo: “No quiso ser monja donde tuviese parienta”.


Un Viernes Santo por la mañana, estando santa Juana en oración, puesta en cruz, se quedó arrobada, tan estendidos y yertos los brazos y todos los demás miembros de su cuerpo como si fuera un crucifijo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura —aunque se probó algunas veces— ''[334]''. Y porque este maravilloso suceso sucedió poco después que el Espíritu Santo comenzó a manifestarse en su sierva —a los 25 años de su edad—, cuando las preladas tenían mandado que siempre que la viniese esta gracia la encerrasen de suerte que ninguna persona pudiese oír lo que la santa Virgen decía. Y así, viéndola las mon- [63r] jas arrobada, y en tan diferente postura de lo que otras veces solía, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda, y cerrándole en ella, la dejaron y se fueron todas al coro, por ser hora de entrar en los oficios divinos. Y estando en ellos mientras se decía la Pasión, entró la santa virgen en el coro, derramando muchas lágrimas. Vieron las monjas cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies; traíalos descalzos —como solía—, y porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente con los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde asentaba los pies. Y viendo esto las monjas, la preguntaron por señas —que como estaba tan sorda, no entendía de otra suerte— cómo venía de aquella manera. Respondió que no podía andar porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos —dice la monja que escribió esta historia—, y vimos que tenía en los pies y manos las señales del Crucificado —no llagas abiertas ni manantes sangre, como las de nuestro padre san Francisco, que semejantes a ellas no las ha comunicado Dios a otra criatura—. Las señales desta santa eran redondas, del tamaño de un real de plata, y de color de rosas ''[335]'' [63v] muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los empeines y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abajo, y salía dellas tanta fragrancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. (''A ningún santo ni santa ha comunicado Nuestro Señor sus llagas como a san Francisco. Así lo dice el Papa Sixto IIII en una bula que comienza: “Licet dum militans…” [336], la cual se hallará auténtica en la nueva recopilación de bulas apostólicas de Rodríguez [337]'') ''[338]''. Quejábase la santa de los grandes dolores que la causaban estas señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban de devoción, y daban gracias a Dios por lo que con sus ojos veían y con sus propias manos palpaban. Y tomándola en brazos, porque no podía andar ni sustentarse en los pies, la llevaron a la celda, y haciéndola mil caricias, lastimadas y devotas, la preguntaron por señas qué señales eran aquellas, quién se las había dado o cómo se habían hecho. A lo cual respondió la devota virgen, haciendo sus ojos fuentes, que estando en aquel hermosísimo lugar, donde por mandado de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesucristo crucificado, y que juntándose a ella Su Divina Majestad la dejó de aquella suerte, con grandísimos [64r] dolores en pies y manos. Y, acabada esta soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos, con aquellas señales que le duraron desde este día del Viernes Santo hasta el de la Ascensión, aunque no las tenía todos los días, sino solamente los viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales, sin quedarla rastro dellas, más que si nunca las hubiera tenido ''[339]''. Y como era tan humilde, con mucha humildad, lágrimas y devoción rogaba a su santísimo esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en una tan vil criatura como ella, suplicando a Su Divina Majestad se las quitase, porque la parecía cosa poco segura poner a vista de ojos ajenos las mercedes que Dios la hacía ''[340]''. Y esto pedía con tantas lágrimas, con tales congojas y ansias, que parece forzó a Dios y hizo fuerza al invencible y alcanzó de él lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión a los Cielos, la quitó estas sagradas señales ''[341]'', habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te dado; yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas yo te daré mis espinas y cosa que más te [64v] duela”. Y cumpliendo el Señor su palabra, la quitó estas señales y la dio a sentir los dolores de su sagrada Pasión en todas las partes de su cuerpo, según que lo declaran las revelaciones siguientes.
''[10]'' Al margen derecho: “Las asperezas que hacía”.


Estando santa Juana elevada, y su espíritu en aquel lugar donde el Señor le solía poner, viernes antes de amanecer, a los veinte y dos de junio, le representó todos los misterios de su sagrada Pasión, tan vivos a su parecer, como si los viera al pie de la Cruz en el Calvario, cuando Cristo padeció. También la mostró su Majestad en un gran campo el martirio del glorioso san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban, y que Nuestro Señor, desde su Cruz, los animaba, y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí crucificado y muerto por vosotros” ''[342]''. Y santa Juana, viendo todo esto, preguntó al ángel de su guarda qué significaba estar Cristo crucificado, y tantos crucificados con él. “Después que Cristo se hizo hombre —respondió el ángel—, tiene muchos compañeros, y tú también lo has de ser, y participante de los dolores de su Pasión y de su cruz, porque así lo quiere su Majestad. Y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos crucificados [65r] con él te truje a este lugar”. Y mirando Nuestro Señor a santa Juana, dijo: “¿Quieres, hija, desta fruta?” ''[343]''. “Señor —respondió ella—, quiero lo que vuestra Majestad quisiere. —Y abrazándola Su Majestad, la dejó los dolores de su sagrada Pasión, y tan vivo sentimiento de todos ellos que decía la santa virgen que la parecía la habían hincado clavos ardiendo por todas las partes de su cuerpo, y que oía gran ruido, como si con martillos de hierro la clavaran muchos clavos.
''[11]'' Al margen derecho: “Los cilicios que traía”.


Otra vez, estando esta santa Virgen muy enferma en la cama, se la apareció nuestro padre san Francisco ''[344]'' —día de su propia fiesta'' [345]''— glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos, y le vio y habló, no estando elevada, sino en sus sentidos y despierta. Diola el seráfico padre su bendición, y la santa Virgen con mucha humildad y amor —después de haberla recebido— le rogó por todos los frailes y monjas de su Orden, y en especial por las de aquel santo convento, suplicándole las echase su bendición. Hízolo el santo padre, y al despedirse della, que estaba prostrada a sus santísimos pies, se los besó santa Juana, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero yo, hija mía, besar los dolores de mi señor Je- [65v] sucristo, que por su misericordia la Divina Majestad ha puesto en ti”.
''[12]'' Al margen derecho: “En qué ejercicios pasaba las noches”.


Al principio de las grandes enfermedades de la santa, como sus dolores eran grandísimos, aconteciola con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse —cosa muy nueva para ella—, y atribuyéndolo a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. Y pensando en esto le apareció el ángel de su guarda, y le dijo: “Escucha y oye al Señor, que te quiere hablar, y guarda lo que te dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesucristo en un trono de majestad, acompañado de muchos ángeles y hablándola con palabras dulcísimas, y amorosas, dijo: “¿Qué haces, hija, en esa cama?” ''[346]''. Y ella respondió —regalándose con él, después de haberle adorado—: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia vuestra Majestad, ni goza mi alma de vuestros soberanos regalos, como solía?”. Respondió a esto el piadoso Señor: “No es mucho que padezcas dolores y enfermedades, pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi pasión fui varón de dolores: algo se te ha de pegar de los míos, que justo es que quien bien ama participe los dolores de su amado”. [66r] “Gran favor y merced es esta para mí —replicó la santa virgen—. Pero, ¿cómo, Señor, siendo esto así, me hallo tan tibia en vuestro amor, y no mandáis a mi santo Ángel que me lleve al Cielo tan a menudo como solía?”. “Amiga mía —dijo el Señor—, donde yo estoy está el Cielo y la bienaventuranza, y no hay otra gloria sino esta. Y así, aunque estés en esa cama, ese es tu Cielo, pues ahí estoy contigo”. Y dicho esto, desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, sin saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo. Pero siempre conoció y supo certísimamente que era su redemptor el que la había aparecido y hablado. Y para quitarle la duda que tenía, se le apareció otra vez, según que la misma Santa dijo, y que entonces, no solamente quedó satisfecha, sino esforzadísima, y con nuevo ánimo para sufrir todos los trabajos y dolores del mundo por su amor.
''[13]'' Al margen izquierdo: “Aparécese la Virgen santísima con su hijo”.


Aunque el Señor regalaba tanto a su esposa, y la había adornado con las señales de su sagrada Pasión, siempre la tenía sorda, y en tanta sinceridad como si fuera una criatura de un año, y esto era grandísimo desconsuelo, no solo para las religiosas de su casa, sino [66v] también para las personas de fuera, que la venían a comunicar, y consolarse con ella. Y así rogaban al Señor la restituyese el oír por la falta que las hacía. Oyó la Divina Majestad sus oraciones, y apareciéndose a su esposa día de santa Clara ''[347]''—habiendo seis meses que la tenía sorda— inspiró en ella el Espíritu Santo, mediante su celestial soplo, y hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes misterios dijo que la había ensordecido porque tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Divina Majestad, y no en otra cosa de la Tierra, y que por haber sido importunado de muchos, le aplacía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el glorioso san Pedro y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír y quedó sana, y ella y las religiosas dando muchas gracias a Dios por la merced recebida y haber oído sus oraciones ''[348]''.
''[14]'' Al margen izquierdo: “Aparece el Señor y le promete de traerla a la religión”.


'''Capítulo XV'''
''[15]'' Al margen izquierdo: “Vase al convento de santa Cruz en hábito de varón”.


'''Cómo santa Juana fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo'''
''[16]'' Al margen izquierdo: “Háblale el ángel de su guarda”.


Aunque santa Juana era muy moza [67r] para el oficio de prelada, no reparando tanto las monjas en su poca edad, cuanto en su mucha virtud, la pidieron algunas veces por abadesa de su convento. Mas los prelados, considerando que no tenía sino veinte y cinco años la primera vez que la quisieron hacer abadesa, lo estorbaron. Y viendo las monjas lo poco que con ellos podían sus ruegos, determinaron negociarlo con Dios con lágrimas, oraciones y diciplinas ''[349]''. Y como en otra ocasión vacase el oficio de prelada, rogaron a la Divina Majestad pusiese en él a su sierva, que tenía ya cumplidos veinte y siete o veinte y ocho años de edad. Oyolas Nuestro Señor, y viniendo el provincial a hacer elección al convento, comenzó a hacer escrúpulo de haberlo contradicho otra vez cuando las monjas la quisieron elegir. Pero siempre se le hacía duro poner por abadesa a quien la mayor parte del tiempo se estaba arrobada en oración, pareciéndole que se aventuraba mucho en esto, porque oficios y negocios, por más santos que sean, suelen distraer muchas veces las personas. Estaba dudoso el provincial y combatido destos pensamientos y de la instancia que las monjas le hacían fue hecha la mano del Señor sobre su sierva, [67v] y el Espíritu Santo comenzó a hablar en santa Juana como solía, y convirtiendo al provincial su plática —que era vizcaíno— le habló en vascuence, mandándole la hiciese abadesa, que seguramente podía, por tener marco y valor para ello y para más. Todas las monjas la dieron sus votos, sin faltar uno, y confirmándola el provincial, dijo: “Señoras, yo no os doy esta abadesa, sino el Espíritu Santo, que lo manda”, y contó lo que se ha dicho ''[350]''. Las monjas no cabían de placer, de verse súbditas de tan santa y bendita prelada, y en diez y siete años continuos que lo fue, hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, que estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar, que solamente tenía unas tierrecillas, donde sembraban una miseria de trigo, y nueve reales de renta cada un año ''[351]''. Mas luego quiso Dios, por los méritos de la santa abadesa, que creciese y se aumentase el convento, no solo en muy gran perfeción de santidad y virtud, sino también en los edificios y en las demás cosas necesarias a la vida humana. Porque señores y grandes del reino le hicieron algunas limosnas muy gruesas. El cardenal don fray Francisco Jiménez, su gran devoto, [68r] se señaló mucho en esto, y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba le dio quinientas mil maravedís de una vez —gran limosna para aquel tiempo—, con que la sierva de Dios hizo un cuarto, el mejor que tiene el convento. Y para el culto divino hizo la santa abadesa muchos ornamentos, vasos de oro y de plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Hizo que las monjas guardasen clausura, porque antes, por su mucha pobreza, salían como frailes a demandar limosna por los lugares de la comarca ''[352]''. Y con todo esto era la santa virgen tan querida dellas que se tenían por bienaventuradas en tomar su bendición, besarle la mano o tocarla en la ropa de su hábito. Y, con amarla tiernamente, era tanto el temor y reverencia que le tenían que acaeció hartas veces, enviando a llamar a alguna religiosa, venir temblando, de suerte que era necesario que la bendita prelada le quitase aquel temor, para poderle responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades [68v] del convento y de las monjas, así públicas como secretas, espirituales o temporales, y todas las remediaba y proveía, y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar. Finalmente exhortábales a lo bueno, y reprehendía de lo que no era tal, castigando con mucha caridad y prudencia, sin disimular ninguna culpa por muy pequeña que fuese. Y para animar a las monjas al servicio de Dios y guarda de su perfeción y regla, decía en los capítulos muchas cosas de las que el Señor por su misericordia la mostraba.
''[17]'' Al margen derecho: “Pide el hábito a la abadesa”.


Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias y congojas que le causaba la memoria de las penas del Purgatorio y del Infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables estremos. ''[353]'' Y viendo su temor santa Juana —que era abadesa—, llena de caridad y confianza, dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesucristo, que te crio y redimió, que no irás al Infierno, ni al Purgatorio; y yo, aunque miserable, suplico a Su Divina Majestad te lo otorgue y conceda, con plenaria remisión de todos tus pecados”. Y dicho esto, se fue a comulgar la bendita abadesa. Y estando arrobada espiró la enferma, y vio santa Juana que llevaban a jui- [69r] cio su alma, y la tomaban estrechísima cuenta de sus obras, palabras y pensamientos. Y viendo esto la santa virgen, daba voces a los ángeles que estaban presentes en aquel juicio, y decía: “Señores, no llevéis esa alma al Purgatorio; yo os lo ruego, porque confío en la misericordia de Dios me otorgará esta merced, que yo, indigna sierva suya, le he pedido”. Y así se lo concedió Nuestro Señor, y la libertad de aquel alma, donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos.
''[18]'' Al margen derecho: “Vístenla el hábito a 3 de mayo”.


A tanta virtud como la desta santa mujer, a tanto amor de Dios y celo de su honra como tenía, parece debía el Señor autorizarlo todo con milagros, que suele ser el sello de todas estas cosas. Y como las de santa Juana, tomadas desde sus primeros principios, fueron todas tan milagrosas y divinas, era menester que los testimonios para creerlas fuesen también sobrenaturales y divinos. Entre los cuales merece el primer lugar la resurrección de una niña recién muerta, que habiéndola traído sus padres en romería al convento de la Cruz murió, siendo abadesa santa Juana, de cuya santidad tenía el mundo tal opinión y crédito, que se persuadieron [69v] los padres de la difunta que si la diese su bendición le daría también la vida, y así se lo rogaron. Rehusolo la humilde abadesa, escusándose con palabras de humildad, pero al fin, vencida de la piedad humana y de las lágrimas de los afligidos padres, mandó que le trujesen la niña muerta, y tomándola en sus brazos la dio a besar un crucifijo que traía consigo, y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y se la volvió a sus padres sana y buena, en presencia de más de ochenta personas testigos deste milagro ''[354]''.
''[19]'' Al margen izquierdo: “Perseguían y azotábanla los demonios”.


''[355]''Estaba en Madrid una gran señora, deuda del emperador Carlos Quinto, llamada doña Ana Manrique, devotísima de santa Juana, enferma de un dolor de costado, y avisándola del peligro de su vida, cuando este fue mayor, se le apareció santa Juana, como constó por el dicho de la enferma, y por una carta suya, con una cláusula que dice desta manera: ''Yo estoy mucho mejor —como vos, madre, sabéis—, como la que ha estado conmigo y me ha sanado. Bien os vi y conocí cuando me visitastes al seteno día de mi enfermedad, y estando yo desahuciada, y con muy grandes congojas, os vi subir en mi cama, y que tocándome'' [70r] ''las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego, y con el gran placer que tuve —porque me alegró mucho vuestra vista— lo dije. No me neguéis, madre, esta verdad, pues sabéis vos que lo es [356]''. Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa; pero ella, deseando encubrir el caso más que manifestarle, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte, y que lo divulgaba la enferma, instaron de nuevo en que no lo encubriese, sino que para honra y gloria de Dios contase cómo había sido. Y entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esta caridad de haber ido a visitar a nuestra hermana salió de mí, sino de mi santo Ángel, que rogándole yo pidiese a Dios la diese salud, me dijo: “Mejor será que la vamos a visitar, pues es tu amiga, que para las necesidades son los amigos”. Y entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición. Y si sanó fue por haberla él santiguado, y yo me maravillo mucho que permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”.
''[20]'' Al margen izquierdo: “Cúrala el ángel de su guarda”.


[70v] Otro caso muy semejante a este sucedió a la santa con otra religiosa de su mesmo convento, que habiéndola llevado a fundar muchas leguas de allí, pasados algunos años, la dio Nuestro Señor una enfermedad de que murió. Y estando con los accidentes de la muerte, y con grandes deseos de ver a esta sierva de Dios, decía con muchas angustias y ansias: “¡¿Quién viese a mi madre Juana de la Cruz?!”. Y acercándose más a su fin, dijo con grandísima alegría: “¡Hela allí, aquella es mi madre Juana de la Cruz!”. Y diciendo las otras monjas qué se le antojaba, respondió: “No hace, por cierto, que yo bien la conozco; ella es, y bien se echa de ver en lo mucho que me ha consolado”. Y después se supo haber sido cierto este aparecimiento ''[357]''.
''[21]'' Al margen izquierdo: “Psal. 138”.


''[358] ''Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes ''[359]'', y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa. Y, una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan de lo que hubiese sobrado a la madre abadesa; trujéronselo de lo mismo que había comido, y así como lo metió la enferma en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana.
''[22]'' Al margen izquierdo: “Tract. 24 in Ioan”.


[71r] ''[360]'' Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso, y en él una grandísima llaga, y rogando santa Juana al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, la respondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial ''[361]'', y tal que no sanará, si no fuere por milagro”. El fuego se comenzó a manifestar en el brazo, y santa Juana prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma.
''[23]'' Al margen derecho: “El modo como se desposó Christo con la santa”.


A una niña con mal de corazón dio salud, haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida ''[362]''. Y semejantes a estos hizo otros milagros en la cura de los enfermos y en aparecer muchas cosas perdidas que se le encomendaban.
''[24]'' Al margen derecho: “Cómo se había con la santa comunión”.


'''Capítulo XVI'''
''[25]'' Al margen derecho: “Cómo comulgaba espiritualmente”.


'''De la manera que se juzgan algunas almas en la otra vida, y de las penas de Purgatorio'''
''[26]'' Al margen izquierdo: “De las maravillas que le acaecieron comulgando”.


Entramos en un piélago tan profundo de cosas que Dios reveló a santa Juana, acerca de las ánimas y penas de Purgatorio, que por hallar particular dificultad en algu- [71v] nas, aunque todas llenas de suavidad y de dotrina muy provechosa para las almas, me hallo obligado en este capítulo y en el que se sigue a hacer no solo el oficio de historiador sino también de parafraste, y particulares escolios en las márgenes, declarando en ellos lo más dificultoso destas revelaciones. Con que se entenderá de camino cuán católicas son y cuán conformes a la dotrina de los santos, que es la condición esencialísima que han de tener las revelaciones, según santo Tomás ''[363]'', para que sean aprobadas de la Iglesia por católicas y verdaderas.
''[27]'' Al margen izquierdo: “Abriose la pared para que viese el Santísimo Sacramento”.


Siendo abadesa esta santa virgen, con el deseo que tenía de aprovechar a sus monjas y ganarlas para Dios, en sus capítulos y pláticas espirituales les decía muchas cosas de las que Dios le mostraba, especialmente de las penas del Purgatorio, y del Infierno y de la manera con que las almas se juzgan cuando salen desta vida. “No penséis, hermanas    —decía la santa prelada— que lo que allí pasa es como quiera, que solo en pensar yo lo que el Señor me muestra, algunas veces me tiemblan las carnes y me dan angustias de muerte. A cada uno de los hombres, cuando se le arranca el [72r] alma del cuerpo, se le aparece Cristo, y le juzga y sentencia, con sola una palabra que dice: ‘Bendito’ o ‘Maldito eres por tus obras’, y luego desaparece Su Majestad, que para justificación de su causa quiere que todos le vean, porque conozcan y entiendan que no faltó por él su salvación, sino por ellos”. (''En la hora de la muerte, oye cada uno su sentencia de condenación o libertad, como se colige de muchos lugares de la Sagrada Escritura, y de santos [364]. Aunque acerca del modo y cómo se deba entender hay diversas opiniones. El Papa Inocencio III [365] y Landulfo Cartusiano [366] conforman con esta revelación de santa Juana. El Abulense [367] dice que este aparecimiento de Cristo Nuestro Señor se debe entender no según su presencia sino según su eficacia y virtud [368]. Véase Gregorio de Valencia [369] y Suárez [370]) [371]''. “Y no por este juicio particular y secreto, que pasa a solas entre Dios y el hombre, se escusará ninguno de ser juzgado por el arcángel san Miguel, según que el Señor por su misericordia me lo muestra, estando yo con el ángel de mi guarda en aquel lugar donde me suele poner, de donde veo al arcángel san Miguel con otros muchos ángeles, sentado en un hermosísimo trono, con corona y cetro real en las manos, que juzga las ánimas de los difuntos. Y oídas las partes, que son los ángeles de su guarda que las defienden y los demonios que las [72v] acusan, pronuncia sentencia, declarando en ella la causa de su condenación o libertad. (''El glorioso arcángel san Miguel es el supremo juez después de Cristo, su presidente y justicia mayor de la Iglesia, y el que en el juicio particular juzga las almas cuando salen de los cuerpos, y esto significa la Iglesia, pintándole con peso y espada en la mano, declarando con esta pintura la judicatura y suprema potestad con que juzga, pondera y mide los méritos y deméritos de las almas. Y lo mismo en aquella antiphona: “Constitui te Principem, super omnes animas suscipiendas”, y en la prosa de la Misa de los difuntos: “Signifer sanctus Michael repraesentet eas, in lucem sanctam” [372] [373]) [374]''. Y si la tal alma va al Infierno, los ángeles que asisten en aquel soberano juicio la maldicen con tan grande compasión que se cubren sus hermosísimos rostros con unos velos negros, en señal de tristeza, aunque con mucha alegría, por hacerlo en honra y alabanza de Dios. Y entregándolas a los demonios, las llevan al Infierno, y los ángeles de la guarda al Purgatorio las que van sentenciadas a él, donde las consuelan y animan”.
''[28]'' Al margen derecho: “Los ángeles le trajeron una hostia consagrada”.


(''Ángeles de guarda llevan las ánimas al Purgatorio, y las consuelan en él [375]) [376]''. Decía también la santa abadesa que en este lugar del juicio hay ciertos ángeles con azotes en las manos, que azotan a algunas almas de las que van sentenciadas al Purgatorio, y otros que solo tienen por oficio loar y bendecir la justicia de Dios, y estos con voz de cán- [73r] tico, muy suave y concertada, dicen, cuando san Miguel condena algún alma al Infierno: “¡Oh, Señor de Majestad, cuán misericordiosa es vuestra justicia! Por ella os bendecimos y adoramos”. Y decía la santa virgen que no todas las almas se juzgan de una manera, sino conforme a los pecados y oficios de cada una. (''Los ángeles maldiciendo las almas que van condenadas al Infierno y azotando las que van al Purgatorio hacen oficio de ministros de Dios, ejecutores de su divina justicia, según aquello de san Jerónimo super Daniel [377]: “Duplex est Angelorum officium, aliorum, qui praemia iustis tribuant, aliorum, qui singulis praesint cruciatibus”. Y es muy conforme a lo que dijo san Agustín: “Sancti Angeli sine ira puniunt eos qui accipiunt aeterna lege puniendos” [378] [379]) [380]''. Y del juicio y penas de los hipócritas decía cosas maravillosas, y que para los religiosos que murmuran de sus prelados vio ella en el Purgatorio y Infierno lugares apartados de los otros, donde con particular pena y tormento son atormentados por este pecado ''[381]''.
''[29]'' Al margen derecho: “Trataba con los ángeles como un amigo con otro”.


Quiso Nuestro Señor, para mayor consuelo de las ánimas de Purgatorio, que algunas se le apareciesen a santa Juana, y que ella también las visitase muchas veces. Y tantas iba al Purgatorio que, según se supo de su boca, la concedió el Señor que pudiese ir a él con el ángel de su guarda ciertos días de la semana, en especial miércoles y viernes, en los cuales sacaba muchas ánimas de purga- [73v] torio. Y en estas visitas supo la santa virgen cosas de mucha edificación, con que se le aumentó el deseo de ayudarlas en sus penas ''[382]''.
''[30]'' Al margen derecho: “Como se llamaba su ángel custodio”.


Siendo esta santa virgen sacristana, y tañendo una noche a maitines, oyó gritos muy dolorosos, como de persona que se quejaba, y preguntando al ángel de su guarda qué voces eran aquellas, dijo: “Son de una ánima muy necesitada, que con licencia de Dios, viene a encomendarse en tus oraciones”. Era esta ánima de una gran señora de Castilla —que poco antes había muerto—, la cual dijo a santa Juana que por cuanto sus penas eran grandísimas, le rogaba la encomendase a Dios, y dijese a su madre le ayudase con ciertas limosnas y misas ''[383]''. (''El Maestro de las sentencias [384] tiene que los demonios atormentan las ánimas en el Purgatorio y se confirma con esta revelación de santa Juana y es muy conforme a las de otros santos a quien reveló Dios lo mismo y especialmente a san Bernardo [385], pero estas revelaciones son de casos particulares, que no se debe hacer regla general dellas) [386]''. Destos casos la sucedieron muchos, y decía que veía en el Purgatorio unos lugares tristes, escuros, muy formidables y feos, y a los demonios, que muy crudamente atormentaban las almas, y por cada culpa las daban diferentes penas, y ellas muchos gritos,  diciendo: “¡Ay, ay de nosotras, que tuvimos tiempo para servir a Dios, y no lo hici- [74r] mos, ahora somos atormentadas y no nos vale contrición ni arrepentimiento!”.
''[31]'' Al margen derecho: “Nota que los ángeles no son corpóreos”.


“Yo vi —dijo la santa abadesa a sus monjas—, por la voluntad de Dios, el ánima de cierto prelado en el Purgatorio, que padecía muchas penas, y estaba en figura de palomar, con muchas casillas y nidos, y de cuando en cuando, haciendo grandísimo estruendo y ruido, caía, y volviéndose a levantar, quedaba como las otras ánimas, y de allí a poco rato se volvía a aparecer en la figura susodicha. Admirada yo mucho desto, pregunté la causa dello a mi santo ángel. Y me dijo que aquella alma era de un prelado que por haber sido muy descuidado y negligente con las ánimas de sus súbditos padecía aquella pena muy proporcionada a su culpa. Porque como en el palomar se defienden las palomas de que no las lleve el milano, así el prelado las debe albergar en sus entrañas y rogar a Dios por ellas, y porque este no lo hizo, está ahora en la figura que viste ''[387]''. Y las caídas que da su alma en aquella grande hoguera son por las faltas que hizo en el servicio de Dios, y por las que sus súbditos hicieron por su causa y mal ejemplo”.
''[32]'' Al margen derecho: “S. Tho. 1. p. quart. 50, art. 1”.


Supo la bendita prelada que cierta perso- [74v] na eclasiástica y de grande autoridad —de quien ella había recebido particulares agravios— había muerto, y como era tan amiga de dar bien por mal, no cesaba de rogar a Dios tuviese misericordia de su alma, y haciendo oración por ella, se le apareció una noche en figura muy formidable y fea. ''[388]''. Traía una mordaza en la boca y una vestidura tan corta, que no llegaba más de hasta la cinta. Venía andando con pies y manos, como bestia, y traía sabre sí todos los pecados y ofensas que contra Dios había hecho, y algunas ánimas que por su mal ejemplo se condenaron penaban encima de él. Traía también sobre sí muchos demonios, que le daban en rostro con sus pecados, y tantos palos y golpes que era lástima de ver, y como no se podía quejar, bramaba como toro. Y quitándole la mordaza de la boca, le pusieron una trompa por donde salía una voz tan espantosa que, de solo oírla, santa Juana quedó muy lastimada, aunque mucho más de no entender si sus penas eran de Purgatorio o Infierno. Y deseándolo saber, se lo preguntó al ángel de su guarda tantas veces que, como enfadado de tantas preguntas, dijo: “Ya te he dicho, que no me lo preguntes más, que Dios te lo revelará a su [75r] tiempo”. Y así, la santa virgen rogaba al Señor se apiadase de las penas de aquel alma, y se acordase de algunas buenas obras que había hecho en esta vida. Y no sabiendo la santa otra que poder alegar en su favor, dijo: “Señor, yo sé que este hombre fue tan devoto de un santo abogado suyo que, estando en esta vida, le hizo pintar su imagen y tuvo mucha devoción con ella; y así debe Vuestra Majestad, apiadándose de su alma, librarle de las penas que padece” ''[389]''. Mucho tiempo perseveró la santa, rogando a Dios por esta alma, hasta que, pasados algunos días, vio entrar por la puerta de su celda un ferocísimo toro que traía entre los cuernos la imagen del santo que había hecho pintar aquel hombre, y él venía junto a la imagen, como favoreciéndose della, y mirando a santa Juana, dijo: “Yo soy Fulano, por quien tú tanto has rogado, y por tus merecimientos me ha hecho el Señor grandes misericordias, y me dio esta imagen para mi consuelo y defensa, que es la que yo hice pintar de aquel santo mi devoto, que me ayuda mucho en este trabajo”. “Alivie Dios tus penas, alma cristiana —dijo santa Juana—, que harto me has consolado, por lo mucho que deseaba saber si estabas en [75v] carrera de salvación, porque la otra vez que te vi venías tan atormentada que no lo pude entender”. “No te espantes —respondió el alma—, que han sido mis penas muy grandes, y cuando no tuviera otras sino las deste buey en que ando, son grandísimas, porque las padezco en él, de sed, hambre, fuego y frío”. Y dicho esto, pidió perdón a la santa de muchos agravios que la hizo en esta vida, y dijo que la devoción que algún tiempo la tuvo le había valido mucho, y con esto desapareció ''[390]''. Y santa Juana nunca dejó de rogar a Dios por él, visitándole y consolándole en el Purgatorio, hasta que le sacó de penas.
''[33]'' Al margen izquierdo: “Trata sus desconsuelos con el ángel”.


Estando una vez elevada santa Juana, la llevó el ángel de su guarda al Purgatorio, donde conoció ciertas ánimas por quien rogaba, y entre ellas la de un hombre conocido suyo que los demonios la tenían atada pies arriba y cabeza abajo, y dándola cruelísimos tormentos, disparaban en ella muchos arcabuces y tiros de artillería, y con destrales ''[391]'' y hachas de hierro ardiendo despedazaban todos sus miembros, y los hacían tajadas tan menudas como sal, y en cada una dellas esta- [76r] ba el ánima entera, padeciendo grandes tormentos. Y, llegándose a ella un espantoso dragón, que con sus garras y uñas apañó todos aquellos pedazos con mucha rabia y crueldad, estrujándolos entre las manos, los metió en la boca, y mascándolos ''[392]'' ''fuertemente los tornó a juntar y comió. Y luego la vomitó el dragón y el alma volvió en su ser como de antes, pero apenas la hubo lanzado por la boca, cuando llegaron otros tan fieros y espantosos como él, y haciendo cruel presa della, tiraban unos de una parte y otros de otra tan reciamente que la despedazaron por mil partes, y se la comieron a bocados, y luego volvió a parecer entera, como de primero lo estaba. Y llegaban otros demonios, y la azotaban con vergas de hierro, y de que estos estaban cansados, llegaban otros y la atormentaban de nuevo, y desta manera, no tenían fin las penas y dolores de aquella [76v] alma. (''(Algunas veces los demonios atormentan las ánimas en el Purgatorio, como consta desta revelación y de otras muchas hechas a particulares santos, y en especial de una hecha a san Bernardo [393] [394]. Y el venerable Beda [395] y Dionisio Cartusiano [396] refieren algunas revelaciones muy semejantes a esta. Y entre los teólogos, el Maestro de las sentencias expresamente afirma en el libro 4, distinción 44, que los demonios son los que atormentan las ánimas en el Purgatorio, aunque yo pienso que el Maestro de las sentencias y todos estos santos en sus revelaciones hablan de casos particulares, como este de santa Juana, porque según santo Tomás [397] y Escoto [398], ni los ángeles, ni demonios atormentan las ánimas en Purgatorio, sino solamente la divina justicia, mediante el fuego del Purgatorio, que es el mismo del Infierno) [399]''. Volvió santa Juana deste rapto muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas, compadeciéndose della, le rogaron les contase la causa de su tristeza, y la santa virgen, porque encomendasen a Dios a aquella alma, dijo: “¡Ay, ay!” —dando un grito muy lastimoso—. “Si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida, no ofenderían a Dios, ni harían tantos pecados como hacen, porque son aquellas penas mayores que cuantas en este mundo se pueden padecer”. Y entonces contó lo que había visto, y nunca desamparó aquella alma, ni dejó de rogar a Dios por ella hasta que la sacó de penas de Purgatorio. (''Son tan grandes y crueles las penas de Purgatorio que sobrepujan y exceden a todos los tormentos que se pueden padecer en esta vida [400], por lo cual se deben temer mucho y considerar que se padecen por pecados veniales, y que dice san Vicente Ferrer que una alma estuvo un año entero en Purgatorio padeciendo estas rigurosísimas penas, solo por un pecado venial [401]) [402]''. Un día de cuaresma, estando muy enferma esta santa virgen, se fueron a consolar con ella otras religiosas enfermas que andaban convalecientes, y estando hablando con ellas se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas que lo vieron le preguntaron la causa de su extraordinaria alegría, y ella, por el gusto de las enfermas, dijo: “Vi a la Reina del Cielo, que con [77r] grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista, y san Lázaro y sus santas hermanas Marta y María, bajaba al Purgatorio, y pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora, dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. Y fue el Señor servido, por su gran misericordia, que desta vez sacase Nuestra Señora trecientas mil almas de Purgatorio, con las cuales se volvió al cielo, y a mí, como pecadora, me tornó mi santo ángel a este miserable cuerpo, a padecer en él tantos dolores como por mis pecados padezco, mas todos se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de Purgatorio. Y desto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni es en mi mano poderlo disimular” ''[403]''.
''[34]'' Al margen izquierdo: “Fue devotísima de san Antonio de Padua y se la apareció”.


'''Capítulo XVII'''
''[35]'' Al margen derecho: “Lo que se alegraron las monjas de verla abadesa”.


'''Cómo reveló Dios a santa Juana que muchas ánimas penaban en guijarros, y de cosas maravillosas que con ellas le sucedieron'''
''[36]'' Al margen izquierdo: “El ángel de su guarda la enseñaba lo que había de hacer”.


Aunque la verdad católica constituye y pone un lugar que del efecto se llama Purgatorio, donde penan las [77v] almas, y lo hemos visto en las revelaciones del capítulo pasado, no por eso hemos de atar las manos a Dios, para que no se le pueda dar en otras partes del mundo, donde quisiere, como lo dicen los santos, y lo hace su Majestad muchas veces ''[404]''; o por el provecho de los vivos, que viendo aquellas penas se enmienden de sus culpas, o por el que consiguen las almas, que por este camino han sido socorridas muchas veces con la piedad de los vivos, como lo muestran las revelaciones de santa Juana, cuya caridad para con las ánimas de Purgatorio fue tan compasiva y piadosa que cuantas veces le mostraba Nuestro Señor sus penas, las quisiera ella padecer por librarlas. Y esto pedía a la Divina Majestad con tantas lágrimas y perseverancia que lo alcanzó de Dios, y fue público y notorio, visto infinitas veces, en catorce años continuos que el Señor le hizo esta gran misericordia, lo cual sucedió en la manera siguiente: (''Algunas almas tienen el Purgatorio en particulares lugares del mundo [405]. Y san Gregorio [406] cuenta de dos ánimas que tuvieron su Purgatorio en unos baños; y Pedro Damián, en la'' Epístola de los milagros de su tiempo '', dice que el ánima de san Severino tuvo su Purgatorio en un río, y Beda, que la de san Furseo la tuvo en este aire caliginoso[407][408]) [409]''.
''[37]'' Al margen izquierdo: “Por su intercesión fue una alma librada del purgatorio”.


[78r] Como los dolores desta santa virgen eran tan grandes, y algunas veces tan excesivos los fríos que padecía, para darle algún alivio calentaban guijarros, y muy albos, se los ponían entre la ropa de la cama ''[410]''. Y una vez que trujeron uno para este efecto, estándole calentando en el brasero, dijo: “¡Ay, qué crueldad usan conmigo!”. Oyó estos gritos solamente santa Juana, y revelándole Dios quién los daba, mandó luego que le trujesen el guijarro como estaba, y teniéndole consigo, dijo —sin que nadie lo entendiese—: “Yo te ruego, alma bendita, que me perdones la pena que por mi causa te han dado, y me digas cómo veniste a este lugar”. “Por la voluntad de Dios —dijo el alma— tengo mi Purgatorio en este guijarro, que poco ha estaba en el río Tajo, de donde me sacaron las bestias con sus pies, y los hombres que andan en la obra desta casa me trujeron aquí”. “¡Válgame Dios! —dijo santa Juana— ¿En guijarros penan las almas?”. “Sí —respondió la que estaba en él—, y en aquel río donde yo estuve hay infinitas, y algunas ha muchos años que están penando en ellos, y yo soy una de las que ha mucho que penan”. Y, compadeciéndose della, dijo la piadosa virgen: “Yo te ruego, alma bendita, me digas [78v] lo que quieres, que todo lo hallarás en mí”. Contó después santa Juana al ángel de su guarda todo cuanto la sucedió con el alma. Y él la dijo: “Dios te ha concedido que con tus penas puedas ayudar a las ánimas de Purgatorio, y te ha hecho espital dellas, porque así como en el espital son socorridos los pobres y necesitados a cualquiera hora que lleguen, así tú, hecha ya espital de las ánimas, debes recebir a todas horas las que el Señor te enviare, y hospedarlas con mucha caridad en tus miembros dolorosos y descoyuntados, y aumentándose a ti tus penas, quedarán ellas libres de las suyas. Esfuérzate y ten paciencia, que has de padecer mucho por las ánimas de Purgatorio, porque así lo quiere el Señor y tú se lo pediste”. (''Esta revelación de que muchas almas tienen su Purgatorio en este mundo concierta con lo que dicen los santos san Buenaventura [411], santo Tomás [412], san Antonio [413], Hugo de san Víctor [414], Belarmino [415], Dionisio Cartusiano [416], Petrus Damianus [417], Soto [418]; y san Gregorio [419] cuenta muchas revelaciones muy semejantes a esta de santa Juana) [420]''. “Gran caridad me habéis hecho, ángel bendito, con vuestro santo aviso —dijo santa Juana—. Yo me tengo por muy dichosa de que se cumpla en mí la voluntad de mi Señor, y se quiera servir desta indigna, para [79r] obra de tanta caridad. Ayudadme vos, ángel mío, y demos gracias al Señor por tan gran merced que nos hace”.
''[38]'' Al margen derecho: “Resucita a una niña muerta”.


Así como supo la santa abadesa que penaban almas en aquellos guijarros, mandó a las religiosas trujesen a su celda todos los que hallasen por el convento. Y cuantos la traían hacía poner sobre su cama, y luego conocía si había en ellos ánimas o no: algunos tenían muchas; y los que estaban sin ellas mandaba echar fuera de la celda y traer otros del río, señalando que fuese de tal y de tal parte. Y en estos venían muchas almas, y como salían unas purgadas para irse al Cielo, enviaba Dios a ellos otras infinitas de nuevo ''[421]''. Y porque esta bienaventurada estaba tan gafa ''[422]'' que no podía con sus manos poner sobre sí los guijarros ni aplicárselos al cuerpo, cada momento era necesario que las otras religiosas se los pusiesen y quitasen, y así las declaró el misterio rogándoles con mucha humildad que, pues la causa era tan piadosa, no se cansasen en quitar y poner aquellos guijarros. Y sentían tan grande alivio en sus penas las ánimas que penaban en ellos, cuando la santa virgen las ponía sobre sus miembros descoyuntados y [79v] doloridos, que no quisieran apartarse dellos. Y aunque algunos guijarros eran grandes —como se ve hoy en los que están guardados en el convento— y sus miembros estaban muy delicados y enfermos, se arrobaba con ellos ''[423]''. Y era cosa maravillosa y para alabar al Señor verla elevada en aquella cama y sepultada entre guijarros. Vieron las monjas esta maravilla y otras muchas acerca deste misterio de las almas y de las misericordias que les hacía el Señor por los méritos de su sierva, y participaba tanto de sus penas, de sus fríos y calores, que aunque muy sufrida le hacían levantar el grito. Y acontecía muchos días estar en un continuo gemido, sin tener remisión, ni género de alivio: no dormía, ni podía comer, ni reposar ''[424]''. Y estando una vez fatigadísima con el calor destos recios fuegos, por el mes de enero hizo que la subiesen un yelo del estanque de la huerta, y puesto sobre sus carnes, envuelto en un paño, en breve tiempo se consumió, como si le hubieran puesto en un horno de fuego muy encendido ''[425]''.
''[39]'' Al margen derecho: “Sanó a una enferma de dolor de costado”.


Otras ánimas había por el contrario cuyas penas eran de frío, y este era tan excesivo que solo juntar a santa Juana los guijarros en [80r] que estaban le aconteció quedar tan helada que, con ponerle cuatro braseros de lumbre alrededor de la cama y sobre su cuerpo unos paños llenos de mucho trigo tostado, tan caliente y quemado como brasas encendidas, no le daban género de calor. Y lo que es más misterioso que, estando en lo más riguroso destos dolores, se arrobaba y quedaba su rostro resplandeciente ''[426]'', tan apacible y alegre que cuando tornaba en sus sentidos, a las monjas que la preguntaban la causa de su alegría decía: “No hay lengua, hermanas mías, que pueda declarar las misericordias que hace Dios a esta miserable, y el gozo que recibo cuando estas benditas almas que han penado conmigo salen de penas, mayormente cuando veo algunas que ha cien años que las padecen, y otras trecientos y muchas quinientos, sin que ninguno de los vivientes se haya acordado dellas ''[427]''. Y cuando el Señor me las muestra gloriosas en la bienaventuranza, así me regocijo como si yo mesma la gozase, y doy por bien empleados todos los dolores que por ellas he [80v] padecido, y querría sufrir muchos más por las que quedan conmigo, y por las que de nuevo me envía Nuestro Señor. He os dicho esto hermanas para que os consoléis de verme padecer tantos tormentos, pues son tan bien empleados, y roguéis a la Divina Majestad me dé paciencia, que la he mucho menester, porque me hallo muy necesitada y falta desta preciosa virtud”. [80r] (''No solo algunas almas de cristianos son condenadas a trecientos y a quinientos años de Purgatorio, como fue revelado a santa Juana, sino muchas hasta fin del mundo. Así lo dice el venerable Beda [428], Dimas Serpi [429], Ricardo de san Víctor y Belarmino [430]. Y lo mismo le fue revelado a san Vicente Ferrer, y que su hermana [431] Francisca Ferrer estaba en el Purgatorio y condenada a sus penas hasta la fin del mundo, de las cuales fue libre dentro de pocos días, por las oraciones y misas de su santo hermano. Véase el Maestro Diego en la vida de san Vicente Ferrer. Cesáreo, en sus Diálogos, cuenta de otra ánima que fue condenada al Purgatorio por dos mil años, y por los sufragios que se hicieron por ella salió de él dentro de dos años. Y el venerable Ioan Herolt [432] dice que algunas han sido condenadas por mil años, y en los ejemplos cuenta de un religioso que fue condenado al Purgatorio hasta el día del juicio, porque cumplía las penitencias tibia y relajadamente [433]. Soto [434], de puro piadoso, vino a decir que ninguna ánima puede estar en penas de Purgatorio a lo sumo más de diez años. No funda su parecer ni es seguido de ninguno, sino impugnado de muchos [435]) [436]''.
''[40]'' Al margen izquierdo: “Sanó a otros enfermos”.


Prosiguiendo esta sierva de Dios en sus obras de tan gran piedad y misericordia con las ánimas, permitió Nuestro Señor que las religiosas viesen algunas cosas visibles, por donde creyesen otras invisibles que no veían, en cuya confirmación sucedió hartas veces, siendo abadesa esta tan caritativa criatura, que, llevándola al coro en una silla, la hallaban guijarros pegados en las coyunturas de su cuerpo, y que- [81r] riéndoselos despegar, no había fuerza humana que pudiese, y sonriéndose la bendita prelada de ver la congoja, solicitud y fuerza con que las religiosas procuraban despegar de su cuerpo los guijarros, decía con gran donaire: “Dejaldos amigas, que estén donde Dios les da licencia, que por su misericordia se consuelan ahí esas almas”.
''[41]'' Al margen derecho: “La razón por que son tan estimadas sus cuentas”.


Confesándose una vez la sierva de Dios, vio el confesor uno de aquellos guijarros en su cama, y compadeciéndose della, porque no se hiriese con él, le arrojó en el suelo. Sintiolo la piadosa enferma más que sus dolores, y disimuló cuanto pudo hasta que el padre se fue, y entrando en la celda una religiosa, dijo: “Dame, hermana, ese guijarro, que he tenido tanta pena por haberle arrojado el padre vicario en el suelo que no he sabido lo que me he confesado”. “No se fatigue, madre, de eso —replicó la religiosa, que sabía el misterio de los guijarros—, que poco se les da de eso a las almas”. “Mucho lo sintieron —dijo la santa abadesa—, y tanto que con muy triste gemido dijeron: ‘¡Ay, dolor, estos son los sacrificios y sufragios que recebimos de los sacerdotes y ministros de Nuestro Señor!’” ''[437]''. Tanto sintió la piadosa virgen este su- [81v] ceso, que cuando después vio al ángel de su guarda, consolándose con él y contándole su pena, dijo: “Señor, he sentido esto de suerte que, si a su hermosura le parece, querría suplicar a mi Señor —por muchos inconvenientes que hay en ello— que mude Su Majestad estas ánimas de los guijarros en otra cosa”. “Ruégaselo tú a Dios, que yo te ayudaré”, dijo el ángel. Y pareciéndola que en ninguna cosa podrían estar más cómodamente que en unas jarras de ramilletes y flores que de ordinario tenía la santa virgen en su celda, se lo suplica a Nuestro Señor, y concediéndolo Su Divina Majestad, se pasaron las ánimas a las jarras, y allí tuvieron desde entonces su Purgatorio, como le tenían en los guijarros ''[438]''. Y, libres de sus penas, venían otras de nuevo que Nuestro Señor enviaba.
''[42]'' Al margen derecho: “Exo. 16.2. Maca. 15”.


Las religiosas, que imaginaban gran misterio en estas flores —porque cuanto más estaban en las jarras, aunque lacias y marchitas, tanto más olorosas las hallaban— rogaron a su bendita prelada les dijese el secreto que había en ellas. Y ella, sonriéndose, dijo: “¡Jesús, amigas, todo lo quieren saber! Mas, por el cuidado que tienen en coger las flores, no se lo puedo negar. En cada una dellas [82r] hay muchos ángeles custodios de las ánimas que aquí penan, que no las desamparan hasta llevarlas al Cielo, y se las presentan a Dios, y ahora las vienen a visitar, y consolándolas en sus penas, las dan dulcísima música. (''Ángeles custodios de las ánimas las acompañan y consuelan en sus penas [439]'') ''[440]''. Y del olor que los ángeles traen consigo permite Dios que se les pegue algo a estas flores, porque se recreen las ánimas que están en ellas”. “También se consolará vuestra reverencia con la suavidad desa música”, dijeron las monjas. “Sí hago por cierto, hermanas —respondió la santa—, y muchas veces cantamos juntos los ángeles, y las ánimas y yo. Y mucho más me consuelo cuando veo que se les alivian sus penas” [441]''.
''[43]'' Al margen derecho: “Surio tom. 3. S. Ant. 3, p. hist. tit. 24, c. 13. Aquilino lib. 1.c.25. Pedro Sánchez li.del Reybo de Dios ca. 4. nu 34. Tritemio in Compen. Anna li. 1p.2”.


Algunas veces estando esta sierva de Dios muy apartada de las jarras, y las ánimas deseosas de juntarse con ella, las oía quejar con muy tristes y dolorosos gemidos ''[442]'', y compadeciéndose dellas decía: “Venid, ánimas católicas, fieles y benditas, y con el poder que mi Señor os ha dado, aprovechaos de mí, su indigna sierva”. Y entonces por la voluntad divina, venían todas las que estaban en las flores y hierbas, y cuando las tenía consigo, con entrañable amor las [82v] decía: “¿Habéisos consolado, amigas?”. “Sí, criatura de Dios y ayudadora nuestra —respondían las almas—, que por tus méritos y penas se alivian las nuestras, y nuestros grandes dolores”.
''[44]'' Al margen izquierdo: “Ludovicus Viu ildus lib. de laudibus tri Liriorum Francia”.


Eran tantas las maravillas que obraba Nuestro Señor acerca de las almas de Purgatorio, que no se pudieron encubrir sin que las monjas viesen muchas. Particularmente un día de verano que estando rodeada la santa virgen de sus jarras llenas de albahacas, y cantando el cántico de ''Magnificat'', sintiéndolo las monjas, entraron en su celda, por oírla cantar de más cerca. Y reparando en el contento que la santa prelada tenía de verse rodeada de aquellas flores y jarras, vieron que diciendo la santa el verso del ''Gloria Patri'', las albahacas inclinaban sus ramas y las jarras hacían lo mismo, y se estuvieron inclinadas hasta que se acabó todo el verso, y después se levantaron poco a poco muy despacio ''[443]''. Las monjas dieron gracias a Dios por tan grande maravilla como vían con sus ojos. Mas la santa abadesa, cuando las vio, y que habían visto lo que pasaba, dijo: “¿Quién os trujo acá, hermanas? Que estábamos cantando mis compañeras y yo”. Rogáronle las religiosas tornase a cantar el ''Gloria Patri'' con las ánimas. “Podrá ser [83r] que no quieran —dijo la santa— delante de vosotras”. Mas, al fin, importunada de las monjas, volvió a cantar el ''Gloria Patri'', y las albahacas y jarras se inclinaron como de primero, y esto hicieron cuantas veces la santa repetía el verso del ''Gloria Patri''. Y maravillándose de que hubiese Dios querido hacer aquella maravilla, en presencia de las religiosas, dijo la santa virgen con grandísimo regocijo: “Harto me he consolado, hermanas mías, de que el Señor haya querido hayáis visto esta maravilla, porque entendáis y veais por experiencia que lo que está en estas jarras y flores son almas cristianas que tienen fe y obediencia a su Dios, pues se humillan y hacen reverencia a la Santisima Trinidad. Y no ha sido esta la primera vez que estas almas católicas y santas en estas yerbas han reverenciado a Dios, que otras muchas veces lo han hecho”. Y de allí adelante, ordinariamente vían las monjas que rezando santa Juana los psalmos, cuando decía el ''Gloria Patri'', se inclinaban aquellas ramas con las jarras en que estaban, cuando ella se inclinaba. Duró esto de las ánimas de Purgatorio catorce años, hasta que se acabó con su muerte: dos años en los guijarros y doce en las flores y ramilletes.
''[45]'' Al margen izquierdo: “Monarch. Ecclesiast. 2. p. li. 26. ca. 7. S. 4”.


[83v]
''[46]'' Al margen izquierdo: “Piden las monjas que alcance de Dios algunas gracias para sus rosarios”.


'''Capítulo XVIII'''
''[47]'' Al margen derecho: “Son llevadas las cuentas al Cielo por el Ángel”.


'''De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a santa Juana, y de su grande paciencia'''
''[48]'' Al margen derecho: “El Ángel vuelve las cuentas benditas”


Todas las veces que santa Juana recebía el Espíritu Santo suplicaba a Nuestro Señor le diese penas, trabajos y dolores que padecer por su amor. Y como Dios conociese el que su esposa le tenía, concedió su petición a medida de su deseo. Y a los diez años de su prelacía, habiendo trece que el Espíritu Santo hablaba en ella, quiso Su Divina Majestad cerrar aquel órgano bendito por donde tanto tiempo había hablado y darle lo que pedía, comunicándoselo primero en una visión maravillosa —según que la misma Santa lo contó a sus monjas—, diciendo: “Vi al santo ángel de mi guarda en hábito de romero, pobre, mendigo y muy triste. Y preguntándole yo la causa de aquella tristeza, dijo que por haberme Dios sentenciado a grandes trabajos, enfermedades, persecuciones y penas andaba en aquel traje, pidiendo en limosna a Nuestra Señora, a los ángeles y a los santos que rogasen a Dios por mí ''[444]'', que lo [84r] había mucho menester. Mandome también que os preguntase si entendistes lo que Nuesto Señor dijo la última vez que habló en esta su indigna sierva, y así os ruego me lo digáis todo sin encubrir ninguna cosa”. A esto respondieron con mucha humildad: “Lo que el divino Espíritu dijo —a nuestro parecer— fue profecía”. Y aunque con palabras de amor, amenazaba triste suceso, porque dijo quería hacer una prueba en su querida esposa, aunque no por pecados suyos, ni por estar enojado con ella, sino solamente por su divina voluntad, que quería cerrar aquel órgano y mudarle en otro de menos precio, muy enfermo, doloroso y vil. Y dijo tras esto: “Tú eres, Juana, este órgano, que quiero seas despreciada, abatida y gravemente atormentada. Y para probar tu paciencia, quiero apartarme de ti por algún tiempo y cesar a mi habla, y convertiré tus gozos en dolores, y tu alegría en lágrimas y gemidos” ''[445]''. Esto dijo el Espíritu Santo estando las monjas presentes, y otras muchas personas que lo oyeron, y desde este día no habló más por la boca de su sierva, ni dio los oráculos que solía. Y porque siempre ha sido estilo de Dios y costumbre inviolable de su casa poner en cruz a los que moran en ella, porque no faltase a [84v] santa Juana lo que tanto agrada a Dios, quiso Su Divina Majestad que en cesando la habla del Espíritu Santo en su esposa, viniese sobre ella tan gran tropel de trabajos, dolores y enfermedades que declaraban bien la poderosa mano del que los enviaba. Porque no dejó cosa en su cuerpo que no atormentase y afligiese con muy desmedidos dolores. En la cabeza los tuvo muy grandes, cual nunca se vieron jamás, no hubo médico que los entendiese ''[446]'', y los días que le daban eran con tanto rigor que no comía, ni dormía, ni podía pasar un trago de agua, y lo que más es, ni despegar la boca para quejarse. Duráronle catorce años, no continuamente, sino a temporadas, unas veces de quince en quince días, otras de veinte en veinte, más o menos, como el Señor era servido, y veníale este mal de repente, y de repente se le quitaba.
''[49]'' Al margen izquierdo: “Virtudes de las cuentas”.


A estos dolores se le juntaban otros de estómago y de ijada, con grandísimas congojas y tan copiosos sudores que para sacarla dellos era necesario mudarle hábito y túnica, y la ropa de la cama cuatro y cinco veces al día, y eran unos sudores heladísimos y fríos que le duraban veinte y treinta días, sin ninguna interpolación, y sobre todos estos [85r] males la envió el Señor otro mucho mayor y de más grandes y continuos dolores, porquese la encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, pies y manos, de suerte que nunca más las pudo abrir y estender, y con la fuerza de los dolores se le descoyuntaron todos sus miembros, y los más dellos quedaron no solo mancos y tullidos, sino también torcidos, contrechos y desencasados de sus lugares. Y desta misma suerte está hoy su santo cuerpo, según que adelante veremos. Estando la santa virgen con estos grandes dolores, decía que le parecía muchas veces que las cuerdas de su cuerpo estaban tan estiradas como si fueran de vihuela, y que llegaba el Señor, y poniendo en ellas sus sacratísimas manos, hacía una lindísima música y muy suave harmonía, y que no solamente tañía su Majestad, sino que también cantaba a este son ''[447]''. Y así estaba esta sierva del Señor en su enfermedad hecha un mar de dolores y un abismo de revelaciones, y con estar continuamente en la cama los últimos siete años de su oficio, tuvo tan religioso y concertado el convento como si asistiera en las comunidades, porque sin que se lo dijesen sabía todo cuanto se hacía en [85v] él, y enmendaba lo que era digno de corrección y castigo.
''[50]'' Al margen izquierdo: “Estimaron estas cuentas Philipo II y III y la reina su mujer. Clemente octavo llevó consigo una cuenta”.


Por una revelación hecha a esta santa virgen, se supo que la tenía Dios escogida para hacer una imagen muy parecida a su unigénito Hijo en los trabajos, persecuciones y afrentas. Y cuando su Majestad quiso descubrir la santidad de su sierva y los quilates de su valor, fue en ocasión de haberla dado el cardenal y arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jiménez —para su convento— el beneficio de la villa de Cubas, que fue una gran limosna y el total remedio de él ''[448]''. Y las monjas ponían suficiente persona que le sirviese, de donde tomó ocasión el demonio para hacer una de las que suele, porque habiendo muerto el cardenal, ciertas personas codiciando el beneficio, trataron de impetrarle por Roma. Súpolo la bendita abadesa, y que no tenía otro remedio para asegurarle y continuar la posesión en que estaban, sino sacar una bula del Papa que confirmase al convento la posesión del beneficio para siempre, con las mesmas condiciones que hasta allí le había tenido. Y aunque le pareció bien el consejo, quiso primero tomar el del ángel de su guarda ''[449]'', que la dijo [86r] lo podía hacer sin pecado y sin escrúpulo de conciencia, aunque se ponía a peligro de ser muy reprehendida por ello. A esto respondió santa Juana: “Señor, pues no hay pecado, por el bien de mi convento lo quiero hacer, y ponerme a lo que me viniere”. Y porque una persona que iba a Roma se ofreció de sacar la bula y enviársela, por no perder tan buena ocasión hizo llamar a la vicaria y a otras monjas del convento, que en nombre de él firmaron una petición para Su Santidad, en que pedían la confirmación del beneficio en la forma susodicha, según que hoy en día le tiene y goza el convento. La vicaria, incitada del demonio y de su mucha ambición, comenzó a maquinar cosas contra su bendita abadesa, pareciéndole que lo sería ella, si la hiciese deponer del oficio. Y para esto, con mucho secreto y cautela, fingiéndose muy celosa de las cosas que tocaban a su convento y de la autoridad de los prelados, les dio aviso que la santa abadesa sin su licencia había impetrado una bula del Papa, tan en perjuicio de su convento que por haberlo hecho perderían el beneficio ''[450]''. Y, agravando más el delito de su prelada, dijo que había [86v] gastado en sacarla más de cuarenta ducados, y sin dar parte a las religiosas. Levantole también que tenía mal gobierno y desperdiciaba la hacienda del monasterio, y otras cosas a esta traza, que no faltó quien las creyese.
''[51]'' Puñonrostro en su forma actual.


Quiso Nuestro Señor apercibir a su sierva, porque no la cogiesen descuidada las persecuciones que se levantaban contra ella. Y, fuera de los muchos avisos que le dio por el ángel de su guarda, un viernes antes de amanecer, estando ya en la víspera destos trabajos y la santa virgen en oración, le mostró Dios el Infierno abierto, y tantos demonios que salían de él y venían al convento que desde el suelo hasta el tejado le ocupaban, y en los aires andaban tan espesos como los átomos en los rayos del sol ''[451]''. Tenían diversas figuras, como: culebras, lagartos, sapos, toros, lobos, leones y otros géneros de bestias bravas y ferocísimas. Otros andaban en el aire, a manera de cuervos, buitres, muerciélagos, y cada uno, según su especie, bramaba o graznaba. Y santa Juana, viendo esto, rogaba a Dios con muchas lágrimas la enviase socorro y quien echase de su monasterio aquella infernal canalla. Oyola [87r] Su Majestad, y envió al ángel san Miguel y al de su guarda con otros muchos, pero no pudiendo echar del convento a los demonios que resistían fuertemente fueron los santos ángeles a la iglesia, y el de su guarda con mucha reverencia tomó el santísimo Sacramento en las manos, y viniendo con él a la celda donde la santa virgen estaba, la mandó que le adorase ''[452]''. Venía la santa Hostia hecha carne, llena de grandísimo resplandor, y viéndola los demonios comenzaron luego a huir y se fueron, aunque no todos, porque algunos se quedaron en los rincones y soterráneos del monasterio, y en particular en el confesonario y cocina, y quedando la vitoria por los ángeles volvieron el santísimo Sacramento a la Custodia. (''Muy semejante fue esta pelea de los ángeles y demonios que mostró Dios a santa Juana en visión imaginaria a la que hubo en el Cielo cuando “Michael et angeli eius proeliabantur cum dracone” [453] [454], y a la que tuvo otra vez el mismo arcángel con el demonio sobre el cuerpo de Moisés [455]. Y siempre salió el demonio vencido, y si ahora resistió tanto al arcángel y a los ángeles que con él venían no fue por ser más poderoso que ellos, porque el menor de los ángeles buenos puede más que el mayor de los demonios [456], sino porque los pecados de aquel convento y agravios que se hacían contra la santa abadesa daban fuerzas a los demonios para que resistiesen a los ángeles, conforme a la dotrina el gravísimo Ruperto Abad: “Unde malo angelo virtus pugnandi, adversus bonum angelum eique resistendi? Ex hominum, vel populorum peccatis”[457] [458]) [459]''. Considerando esto la santa prelada y que la venida de aquel ejército infernal [87v] a su casa había sido a perturbar las religiosas —como ellos lo decían cuando iban huyendo, amenazando de volver con mayor fuerza a conquistarlas—, luego, en amaneciendo, mandó tañer a capítulo, y con más lágrimas que palabras dijo: “Muchas veces, hermanas en el Señor, me rogáis os diga para vuestro consuelo algo de lo que Su Majestad me muestra, y aunque lo rehúso siempre, ahora sin que me lo preguntéis os quiero decir la triste revelación que esta noche me fue mostrada” ''[460]''. Y contando lo que había visto, decía con muchas lágrimas: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía yo ver lleno de ángeles, y esta noche le vi lleno de demonios. Mis pecados lo deben de causar y no los vuestros. Enmendemos nuestras vidas y procuremos abrazar de veras la virtud, y en particular la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. Estas cosas decía la santa virgen, y otras muchas con que las religiosas quedaron admiradas y muy deseosas de cumplir sus obligaciones y servir a Dios más de veras.
''[52]'' Al margen izquierdo: “Testimonio de dos santos religiosos acerca de las cuentas”.


Como estuviese la santa abadesa muy fatigada con el tropel de trabajos que le amenzaban de cerca y con grandísima flaqueza de sus enfermedades, faltándole ya las fuerzas [88r] corporales y sobrándole los dolores, levantó los ojos a una imagen de la oración del huerto que tenía junto a sí en la cabecera de su cama, y derramando lágirmas suplicó a Nuestro Señor le ayudase en las persecuciones y trabajos que esperaba. Hablola la mesma imagen con voz dolorosa y triste, diciendo ''[461]'':
''[53]'' Al margen derecho: “Contra demonios”.


“Mi Padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte —aunque oré y lloré—, no quiere se revoque la que ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente y que tus alas sean quebradas y todos los miembros de tu cuerpo tullidos y quebrantados, como se quebranta y trilla el pan en la era, cuando le sacan el grano”. Replicó a esto santa Juana: “Harto quebradas, Señor, veo mis alas, y mi cuerpo triste y tullido”. “Poco es eso —respondió la imagen— para lo que ha de ser, y lastímame tanto ver tu aflicción y fatiga que con la fuerza del amor y compasión que te tengo, lloro lágrimas por ti” ''[462]''. Oyendo esto, la santa abadesa derramó tantas con tan grandes congojas, que parecía se le arrancaba el alma, y de rato en rato decía: “¡Oh, qué triste revelación! ¡Oh, qué triste revelación ha sido esta!”. Oyolo su enfermera, que dormía en la misma celda, y compadeciéndose della le rogó la dijese la causa de aquellas lágrimas y suspiros. “No tengo qué [88v] decir, hija —respondió la afligida abadesa—, sino que soy pecadora y lloro mis pecados”. Pero, haciendo instancia la religiosa y diciendo lo que había oído, la contó lo susodicho.
''[54]'' Al margen derecho: “Las cuentas tocadas a las originales, tienen la misma virtud que ellas”.


En este estado estaban las cosas cuando llegó el provincial al convento, y haciéndose de nuevas en el negocio de la bula, no trató cosa della. Mas la bendita abadesa le contó toda la historia y dijo: “No por esto, padre, dejo de reconocer mi culpa. Esta es la bula, a Vuestra Paternidad la doy para que della y de mí haga lo que le pareciere que conviene”. “Así se hará”, dijo el provincial. Y, presentando la bula en difinitorio, se recrecieron tantas acusaciones contra la inocente abadesa condenando su intención y obras que se trató de su deposición. Y quiso Nuestro Señor —aunque esto sucedió algunas leguas de allí— que viese las personas que la acusaban y que oyese todo lo que en aquella junta se trataba contra ella. Y, no poco admirada desto, se lo contó al ángel de su guarda, y él la dijo: “Muéstrate Dios estas cosas porque quiere que conozcas los que te labran corona de tanta gloria, para que se lo agradezcas y ruegues a Dios por ellos” ''[463]''.
''[55]'' Al margen izquierdo: “Notable milagro de las cuentas tocadas contra demonios”.


Año 1527, dos días antes de la fiesta de la Santísima Trinidad ''[464]'', vino el provincial al [89r] convento, tan mal informado contra la incocente abadesa que en llegando a él juntó a las monjas a capítulo, y tomando las culpas a la prelada, después de haberla reprehendido, la mandó darle una disciplina, y a las monjas que se aparejasen para elegir otra abadesa ''[465]''. Lloraban amargamente la deposición de su bendita prelada: “Nuestro bien y nuestro amparo —decían— ¿quién nos hizo tanto mal? ¿Quién pudo levantar tantos y tan grandes testimonios a una persona tan santa?”.
''[56]'' Al margen izquierdo: “Aparece el demonio en figura de Christo crucificado”.


“Sosegaos, hijas —decía la piadosa madre— enjúgense vuestras lágrimas, obedeced al prelado y no tratéis de disculparme con él, ni de afligiros por mí, que estoy la mujer más consolada y contenta del mundo: No he tenido en mi vida tal consuelo como el que hoy me ha dado Dios con esta reprehensión y disciplina; págueselo su Majestad a quien tanto bien me ha hecho”.
''[57]'' Al margen izquierdo: “Isaía 6”.


No podía la santa virgen consolar a las monjas, que estaban desconsoladísimas, mayormente cuando se procedió a la eleción ''[466]'', que allí fue tan grande su sentimiento que como mujeres flacas, fatigadas y tristes, todo eran lágrimas, todo clamores, todo [89v] suspiros, todo voces y todo gritos, hasta caer en el suelo como muertas;  aunque llegando a votar, con nuevo valor y brío daban su voto a la madre Juana de la Cruz, diciendo que mientras ella viviese no querían otra abadesa. Y viendo el prelado que todas eran deste parecer —salvo las pocas que la acusaban— y que no podía hacer eleción, puso por presidenta a la vicaria, con notable desconsuelo y tristeza de las monjas, que reventaban de dolor solo en pensar que carecían del gobierno de su dulce y santa madre, la cual no solo quedó privada del oficio, sino también de poder hablar con cualquiera persona de fuera del convento.
''[58]'' Al margen derecho: “Visitola S. Bárbara”.


Como santa Juana era persona tan conocida y estimada en el reino y fuera de él, sonaron mucho sus azotes, y dio grande estampida su deposición, y a cada uno licencia para decir y pensar lo que quisiese. Y así vino su grande opinión y crédito a perderse con algunos, y a ser desfavorecida y tenida en poco dellos, y muy perseguida de la nueva presidenta, que le hacía muchos agravios. Mas la paciente cordera solo sentía parecerle era poco para lo mucho que sus pecados merecían, y regalándose con su dulce Esposo [90r] decía: “¿Habéisme, Señor, olvidado? ¿Dejáisme, Dios mío? No lo permita vuestra bondad, favoreced a esta gran pecadora, infamada, azotada y castigada por mala, que harto siento yo haber perdido la honra y el buen nombre que con vuestros siervos tenía. Pero Señor, todo es poco y pequeñas estas penas para lo que mis culpas merecen, y basta quererlo vos para que yo lo quiera, y así os alabo y bendigo por ello”.
''[59]'' Al margen derecho: “ Apareces el alma de un niño”.


Pasados nueve meses que estuvo santa Juana y todo el convento sufriendo malos tratamientos de su vicaria —que había quedado por presidenta del convento—, volvió el prelado a él y eligió por abadesa a la misma que había sido la causa de todas estas discordias, tan obstinada contra la santa que nunca se quiso aplacar por ningún servicio de los muchos que le hacía: Siempre estaba con aquella mala voluntad, y la santa virgen, que la amaba más que a sí, tomó tan a pechos la salvación de su alma, y con tantas lágrimas rogaba a Dios se compadeciese della, que fue oída y ablandó Nuestro Señor su duro y obstinado corazón ''[467]'', aunque por sus justos juicios murió de un dolor de costado sin haber gozado del oficio de abadesa [90v] más que solos diez meses. Y reconociendo su culpa en esta última enfermedad, la lloró y públicamente pidió perdón a santa Juana y a las demás religiosas de los agravios que les había hecho y malos ejemplos que había dado. Y renunciando el oficio de abadesa, murió recebidos todos los sacramentos con mucha contrición y arrepentimiento.
''[60]'' Al margen izquierdo: “Vee a Christo y a su madre y alcanza favores para una imagen suya”.


'''Capítulo XIX'''
''[61]'' Al margen derecho: “Revelación de la Resurrección”.


'''Cómo el ángel de la guarda mandó a santa Juana que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte'''
''[62]'' Al margen derecho: “Declaraba lugares de Escrituras”.


Es tanta la caridad de Dios, y su misericordia tan grande, que las menos veces hace mercedes tan especiales —como las que se han visto en esta historia— a uno para sí solo, sino para aprovechar por medio de él a otros muchos. Y de aquí es haber mandado el ángel de su guarda tantas veces a la bienaventurada santa Juana que escribiese las misericordias y mercedes que Dios le ha- [91r] cía. Pero la santa virgen, con encogimiento de mujer y por su grande humildad, tenía vergüenza de escribirlas. Y para no hacerlo ni proseguir en lo comenzado, ponía mil achaques cada día, alegando los de su poca salud y el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma, como parece por algunas que se hallan en escrituras que otorgó siendo abadesa. Y así la mandó el ángel que lo hiciese escribir por mano de otra religiosa, que fue para ella otro trabajo mayor ''[468]'', y rehusándolo cuanto pudo dijo: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho —y cosas que su hermosura me ha dicho— han sido todas en secreto, escribiéndolas por mano ajena no podrán dejar de publicarse”. Y temiéndolo la santa y los juicios de los hombres, como estaba tan perseguida y por su causa lo estaban otras religiosas del convento, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún gran mal a mis hermanas y a mí, ¿qué sería de nosotras?”. “Dios cuida dellas y de ti —respondió el ángel—. No temas, sino haz lo que te mando, que el Señor que obra estas maravillas en ti las hace para bien de otros muchos, y quiere se escriban porque haya memoria dellas; donde no, cesarán las mer- [91v] cedes que te hace, y tus dolores y presecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. La Santa, oyendo esto con humildad y temor, hizo lo que el ángel la mandaba, y comenzó a escribir por mano de otra religiosa llamada soror María Evangelista, que  —según es tradición del convento y consta de una información hecha con testigos jurados que la conocieron, y se lo oyeron decir muchas veces— no supo leer, ni escribir hasta que para este efecto milagrosamente se lo concedió Nuestro Señor, y así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta gloriosa santa. Este libro se ha tenido siempre como reliquia preciosa, valiéndose de él contra tempestades y truenos, y hoy en día está guardado en el archivo del convento de la Cruz, con grande veneración. Es muy antiguo escrito de mano en veintiocho capítulos y en ciento y setenta hojas de cuartilla, encuadernado en tablas muy viejas, con dos manecillas remendadas y cosidas con hilo blanco. Y viven hoy tres religiosas que conocieron a la misma que le escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de buena vida, muy penitente y de mucha oración y contemplación, y que después de muerta apare- [92r] ció a otra religiosa en la iglesia, con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos, que fue el que escribió de las cosas de la gloriosa santa Juana.
''[63]'' Al margen izquierdo: “Libra del demonio una niña de siete meses”.


Mucho sentía la santa virgen ver que nunca se acabase lo que la monja escribía, y cuán de asiento se procedía en su escritura, por lo cual poco antes que le diese la última enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda se contentase con lo escrito, y no la obligase más. Concedióselo de buena gana, y dijo: “Di a tu hermana que cese la pluma y no escriba más”. Hallose tan favorecida la santa con esta licencia del ángel, que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese lo que está escrito”. “Perdone Dios tu atrevimiento —respondió el ángel—, y haz luego penitencia de él, porque le has ofendido mucho con ese mal pensamiento”. Y con esto, santa Juana se despidió de él y dijo a la monja que dejase de escribir.
''[64]'' Al margen izquierdo: “Math. 10”.


Sobre las muchas enfermedades que santa Juana tenía, la envió Nuestro Señor la última, que fue un recio mal de orina de que estuvo muy apretada, con grandisímos dolo- [92v] res y quince días continuos sin pagar a la naturaleza su acostumbrado tributo. Y aunque en todas sus enfermedades tuvo maravillosa paciencia, en esta que fue la última, se hizo mil ventajas y se excedió a sí misma. Tuvo en ella grandísimos raptos y muy familiares coloquios con el ángel de su guarda. Y como el cisne, que cuando se quiere morir canta más suave y dulcemente, así este soberano cisne, cuanto más se le acercaba su deseado y dichoso fin, tanto con mayor suavidad cantaba, descubriendo con acentos soberanos el fuego del amor divino que dentro de su pecho ardía. Y aunque en sus enfermedades nunca consintió que la curasen médicos, en esta última los admitió, por la instancia y devoción de algunas señoras que le rogaron se curase y le enviaron sus médicos; los cuales, viendo que crecía tanto la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron a las primeras visitas. Mas la santa, como virgen prudentísima y muy prevenida en las cosas de su alma, primero que llegase a este punto recibió el Viático y Extrema Unción. Y tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda que la dijo se conforma- [93r] se con la voluntad de Dios, y le rogase confirmase su sentencia, porque la había dado tres veces, y tantas la había su Majestad revocado a instancia de otras personas que le rogaban por ella ''[469]''. Y entonces la santa virgen pidió a los santos apóstoles —que tenía presentes— con mucha instancia que rogasen a Nuestro Señor no revocase su sentencia, y ellos se lo prometieron. Y el día siguiente, cuando la vino a visitar el médico, le rogó no la hiciese más beneficios, porque la voluntad de Señor era llevarla de aquella enfermedad. (''No hay mudanza en Dios, porque como primer ente, infinito y simplicísimo, lo que una vez quiere nunca lo puede dejar de querer [470]. Y así, todo lo que quiere Dios eficazmente se cumple, mas no lo que quiere con voluntad que los teólogos llaman “de señal”, que es no absoluta sino condicionalmente, y esto es lo que no siempre se cumple [471]) [472]''. Esto se supo luego en Madrid y Toledo, y algunas señoras con licencia que tenían para entrar en el convento, deseando hallarse a la muerte de la santa, vinieron de muchas partes, y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de la villa de Casarrubios, y esta fue de las primeras y mereció hallarse presente a las maravillas que Nuestro Señor obró en el tránsito de su santa Esposa, [93v] tan llenas de favores y de regalos del Cielo que parece quiso la Divina Majestad echar el sello en su muerte a los grandes favores que le había hecho en el discurso de su vida.
''[65]'' Al margen derecho: “Luca 21”.


Primeramente viernes, a primero de mayo, día de los apóstoles san Felipe y Santiago ''[473]'', estando la santa virgen en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir ninguna, aunque se lo rogaron las monjas. La mesma noche deste día, dio una gran voz, diciendo: “¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces, y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano ''[474] ''—según lo que vieron y entendieron los que se hallaron presentes, y se manifestó en las cosas que decía— porque unas veces callaba, otras respondía, y como si hablara con otra persona, decía: “¡Oh, qué cruel espada! ¡Ténganle, ténganle, no me mate con ella!”. ''[475] ''Y de allí a poco rato, dijo: “Llámenmela, llámenmela, que se va”. Y preguntándole a quién quería le llamasen respondió que a la bendita Madalena. Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, Madre de [94r] Dios; Madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y esfuerzo: “¡Echalde de ahí, echalde de ahí!”. Y fue que en esta batalla y conflito la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor para que a solas venciese en la muerte al que había vencido tantas veces en la vida. Todo el tiempo que duró este combate —que fue gran rato—, se lamentaba mucho, diciendo: “¡Oh, a qué mal tiempo me habéis dejado!”. Y después, hablando con el que la dejó, dijo: “¿Señor, sola me dajastes? Pues echad de ahí ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y, vuelta a las religiosas, dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi Criador el alma”. Y de allí a poco, como hablando con otras personas, comenzó a decir: “Búsquenmele, búsquenme a mi señor Jesucristo. Hálleme él a mí y yo le hallaré a él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, irele yo a buscar, aunque estoy descoyuntada”. Preguntáronle las religiosas a quién quería le buscasen. Y dijo: “A mi Señor”. “¿Pues dónde le hallaremos, madre?”. “En el huerto”, respondió la santa virgen. Y como aquejada de mucho dolor, con un gran suspiro, dijo: “¡Ay, Madre de Dios! ¡Jesús, qué crueldad, qué [94v] crueldad! Señor mío, sobrepuje la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!” ''[476]''. Y, volviendo el rostro a las religiosas, dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con la palabra en la boca. Y las monjas, muy afligidas, dijeron: “¿Qué quiere, madre, que le ayudemos a rogar?”. Respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “¡Vamos, vamos! ¡Oh, a qué punto! ¡Oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces. Y a una religiosa que le lavaba la boca dijo: “Quítate de ahí, que mi Señor me la lavará”. '' ''[477]'' ''Y, con mucha honestidad y gracia, sacó un poquito la lengua, como cuando una persona comulga, y preguntándole si había comulgado, dijo: “Sí, y por todas las personas que aquí están”. El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas, dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en la Tierra”. Y respondió la santa: “Podrá ser”. Y a todo esto había cuatro horas que estaba sin pulsos y tres días sin comer, y luego comenzó a menear la boca con mucho sabor y gusto. Y preguntándole el médico qué comía, respondió: “Del fruto del árbol de la santa Veracruz, que me le ha traído mi ángel”. “Con tal manjar como ese, esforzada estará [95r] vuestra reverencia”, replicó el médico. “Mucho lo estoy”, respondió la santa. Y levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronle con quién hablaba. Y respondió que con las santas y vírgines. Dijéronle: “¿Pues con quién ha de ir, madre?”. “Con Jesucristo, mi verdadero esposo”, respondió la santa. Y decía: “¿Por qué me escondéis a mi Señor y a mi Reina?”. Oyendo esto, las religiosas la mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola dijo: “No es esa, volvedme, volvedme a mi Reina y Señora”. ''[478] ''Y preguntándole si estaba allí la Madre de Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos”. Y dijo: “Vamos, Señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grandísima alegría: “Hacelde lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco dijo con gran reverencia: “¡Oh, Padre mío!”. Y pensaron las religiosas que lo decía por su padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma toda la noche del sábado, no se les hizo un momento. Y llegando la mañana del día santo del domingo, dijo: “Ea, pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío; vamos presto; vamos, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y disciplinas, suplicando a Dios no las privase de tanto bien y [95v] diese salud a Su santa Madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y ausentes y a todos sus devotos. Y tornó luego a decir: “Vamos, Señor, redentor mío, vamos de aquí”. ''[479]'' ''Preguntáronle si estaba allí el Señor; dijo que sí, y su Santísima Madre y toda la corte celestial. Comenzó luego a menear la boca, como quien come, y esto fue por dos veces en poco intervalo de tiempo. Y viéndolo todos, dijeron: “Madre, ¿torna a comer del fruto de la Cruz?” Y dijo: “Sí, y ayer le comí otra vez”.
''[66]'' Al margen derecho: “Hablaba diferentes lenguas”.


Sábado de mañana llegó el médico, y dijo a la santa enferma: “Paréceme, madre, que se nos va al Cielo. Díganos: ¿quién le acompaña en ese camino?”. “Mi Señor, la Virgen María, y mi ángel, y mis ángeles y mis santos”, respondió la santa virgen. Y púsosele luego el rostro tan resplandeciente y hermoso como cuando solía estar en los raptos ''[480]''. Y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, causado de su enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragrancia que parecía cosa del Cielo. Y de allí a un rato con nuevo fervor y espíritu, como si hablara con otras personas, dijo: “¡Albricias, dadme albricias hasta los zapatos!”. Y esto decía con tanta alegría que juzgaron los que allí estaban que su celestial Esposo adornaba ya aquella santa [96r] alma con las joyas de su desposorio. Quedó la santa virgen llena de aquel suave olor, y su rostro muy resplandeciente, y los labios encarnados como coral, y así estuvo en este ser, sin hablar palabra desde el sábado en la tarde hasta el domingo después de Vísperas, día de la Invención de la Cruz ''[481]''. Y este dichoso día a las seis de la tarde, leyéndole la Pasión, dio a su celestial Esposo el alma año de 1534, a los 53 de su edad y a los 38 de su conversión a la Orden.
''[67]'' Al margen derecho: “Una monja que no sabía leer, ni escribir, escribió sus sermones”.


'''Capítulo XX'''
''[68]'' Al margen izquierdo: “Llagola el Señor en los pies y las manos, con las señales de su Pasión”.


'''De algunos milagros que Nuestro Señor obró por los méritos de la gloriosa santa Juana, y de la incorruptibilidad de su cuerpo'''
''[69]'' Al margen derecho: “Fuele mostrado el martirio de san Acacio y sus compañeros”.


Tratose luego de dar tierra al santo cuerpo, y por ser notable el concurso y devoción de la gente y mucha la instancia que hacían por verle, ordenaron los religiosos de la Orden que con buena guarda y seguro se sacase en procesión fuera del monasterio, para que todos le viesen. Y llegando un tullido a tocar el cuerpo de la santa, besando el hábito, quedó sano y dejó allí dos muletas con que andaba ''[482]''.
''[70]'' Al margen izquierdo: “Aparece Christo y habla con ella”.


''[483]'' Una religiosa enferma que tenía una hinchazón muy grande y muy terribles dolores, tocando al cuerpo difunto se le aliviaron luego [96v] y muy en breve sanó. Y un hombre que estaba con gran dolor de muelas, sin poder comer ni dormir, solo con besar los pies de la santa quedó sano de su mal ''[484]''. Y tornando al convento el santo cuerpo, hallaron mensajeros de grandes señoras con cartas para que no la enterrasen hasta que llegasen, porque estaban puestas en camino, y así le detuvieron cinco días sin enterrar, saliendo siempre de él aquel suavísimo olor que hemos dicho ''[485]''. Crecía la devoción de la gente que venía de Madrid, de Toledo y de otras partes, y era tanta que cubrían los grandes y espaciosos campos de aquel santo monasterio. Y así por evitar la inquietud —que era grandísima— determinaron los padres se diese a la tierra aquel tesoro del Cielo, y sepultaron el santo cuerpo, y estuvo debajo de tierra seis o siete años, hasta que fue trasladado con mucha solenidad y fiesta, y colocado en lugar alto y eminente, como ahora está, dos varas del suelo, en una caja dorada, en el hueco de la pared de la capilla mayor, al lado del Evangelio, con una reja de hierro fuerte y dorada y una lámpara de plata que arde delante de él, donde es muy venerado, no solo de la gente de la tierra, sino de otras muchas que le vienen a visitar de muy lejos, y tienen allí sus novenas. El día en que murió la santa, celebra con particular devoción y fiesta [97r] la villa de Cubas, y va en procesión al monasterio donde está, y lo mesmo hacen otros lugares de la comarca, y dicen la misa mayor delante del santo cuerpo en un altar portátil que se pone para este efeto, y se predican las excelencias y alabanzas de la santa, y da la villa caridad de pan, y vino y queso a inumerables gentes que allí acuden atraídos de la devoción de la santa, por haber muerto en tal día en el cual comenzó su gloria y su bienaventuranza, según que para consuelo de sus devotos lo reveló Nuestro Señor a una gran sierva suya en la ciudad de Almería, religiosa de la Concepción, llamada María de San Juan, muy semejante a nuestra gloriosa Santa en santidad y virtud, y tan amigas las dos que con estar muy lejos, se comunicaban en espíritu muchas veces. Esta venerable religiosa contó a dos religiosos graves de la santa Provincia de Castilla una visión que había tenido en esta manera:
''[71]'' Al margen derecho: “Sanola el apostol san Pedro de la sordez”.


''[485] ''“Cuatro días después de la muerte de santa Juana me la mostró Dios en la bienaventuranza, con tantos grados de gloria que iguala con los ángeles, y excede a muchos santos y santas, de que yo quedé admirada, porque aunque muchas veces nos víamos las dos en [97v] aquel santo lugar donde el Señor nos juntaba, nunca la vi desta manera. Y así, preguntando a mi santo ángel cómo había tan gran diferencia de la gloria en que yo vi esta vez a la madre Juana de la Cruz a la que en otras veces la solía ver cuando el Señor me la mostraba, respondió: ‘Está ya desatada de las ataduras de su cuerpo’. Y bajando su bendita alma al lugar donde yo estaba, me abrazó y yo también la abracé y dije: ‘¿Cómo, hermana, y esto sin mí?’. ‘Sí, hermana —me respondió—, que se cumplió la voluntad del poderoso, y ha cuatro días que salí de la vida y tuve en ella mi Purgatorio y mi juicio, y dos días antes que espirase comenzó mi alma a gozar de la gloria y bienaventuranza del Cielo, aunque a los ojos de las gentes parecía que estaba con dolores’”.
''[72]'' Ilegible. Este fragmento es ilegible en este ejemplar. El mismo pasaje lo recoge el P. Daza en su biografía y reza lo siguiente: “era esta ánima de una gran señora de Castilla (que poco antes avía muerto) la qual dixo a la beata Juana, que por quanto sus penas eran grandísimas, le rogava la encomendase a Dios”. Daza, A., ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada santa Juana de la Cruz, de la Tercera orden de nuestro Seráfico Padre san Francisco'' (Lérida, Luis Marescal, 1613, fols. 174v-175r).


Esta revelación es digna de mucha estima, por la persona a quien se hizo —que por ser religiosa de gran santidad y virtud, y haber tenido en esta vida tantas revelaciones y raptos, se le debe todo crédito—, y por ser de la bendita santa Juana de la Cruz, carace de toda sospecha ''[487]''. Otras muchas maravillas que el Señor obró por su sierva dejo de escribir, por no cansar al letor, contentándome con las dichas, que son las más importantes, aunque por [98r] no dejarle ayuno de tan sabroso bocado, diré de la manera que está su santo cuerpo incorrupto y entero, habiendo setenta y seis años que le conserva Dios en un ser —que cuerpo que fue órgano del Espíritu Santo y lengua por donde dio sus divinos oráculos tan de asiento no se había de convertir en ceniza, ni ser comido de gusanos— . Y es este un soberano milagro, según que el año pasado constó por vista de ojos a muchos, como parece por un testimonio que está originalmente guardado en la villa de Cubas, en el oficio de Juan Fernández de Plaza, y su traslado auténtico en el archivo del convento, que es del tenor siguiente ''[488]'':
''[73]'' Ilegible. Mancha en el documento.


''[489]'' “En el monasterio de Nuestra Señora Santa María de la Cruz, que es de monjas profesas de la Regular Observancia y tercera Orden del seráfico padre San Francisco, cerca de la villa de Cubas, y en su término y jurisdición, a cuatro días del mes de febrero del año del Señor de mil y seiscientos y nueve años, estando en el dicho convento los reverendísimos padres fray Arcángelo de Mesina, Ministro General de toda la dicha Orden, y fray Pedro González de Mendoza, Comisario General della en la familia cismontana ''[490]'', habiendo tenido noticia que en el dicho convento está el cuerpo de la bienaventurada Juana de la Cruz, monja y abadesa que fue del dicho monasterio, la cual ha más de setenta años que murió, y su cuerpo está guardado en una capilla que está en el hueco de la [98v] pared de la capilla mayor de la iglesia del dicho monasterio, a la parte de Evangelio, donde siempre ha estado venerado y estimado por cuerpo santo. Y habiendo tenido el dicho reverendísimo Padre General noticia que su vida fue milagrosa y en ella fue siempre tenida y comúnmente reputada por santa, y por tal fue siempre reverenciada así de las monjas del dicho convento como de todas las personas que la conocieron. Habiéndose juntado mucha cantidad de gente así de la dicha villa de Cubas como de otras partes, pidiendo y rogando con mucha instancia que se abriese el arca donde está el dicho cuerpo de la dicha santa Juana de la Cruz. Y visto por el dicho reverendísimo Padre General la instancia y suplicación del dicho concurso de gente que a ello habían venido, y de los demás padres que se hallaron en el dicho convento, abadesa y monjas de él, para honra y gloria de Nuestro Señor, mandó abrir la dicha capilla y arca donde estaba el dicho cuerpo, lo cual poniéndose por obra, se quitó la reja de hierro que está puesta en la dicha capilla por la parte del convento, y se abrió y sacó la dicha arca, y se llevó al coro bajo del dicho convento, donde estando los dichos reverendísios padres presentes y mucha gente, que por ser tanta hubo muy grande apretura. Por ante mí, Juan Fernández de Plaza, escribano de Su Majestad Real y notario del Santo Oficio, vecino de la dicha villa de Cubas, se desclavaron las barras de hierro de la dicha arca, y habiéndose quitado la tapa dellas, se halló el dicho cuerpo entero, y con muy buen olor. Y para que le viesen los que presentes estaban, los dichos reverendísimos padres le levantaron en alto algunas veces, de lo cual hubo muy grande contento así de los dichos padres como de las monjas del dicho convento, dando gracias a Dios Nuestro [99r] Señor, y dando sus rosarios para tocarlos al dicho cuerpo santo, por la mucha devoción y estima en que le tenían y reverenciaban todos los de la tierra. Y el dicho Reverendísimo Padre General me llamó a mí para que le viese, y le levantó y alzó de la dicha caja y arca donde estaba, y la meneó los brazos y manos, para que yo diese testimonio dello, e yo vi todo lo arriba dicho y referido. A todo lo cual fueron presentes fray Pablo de Chavarri, Secretario del dicho Padre General, y fray Diego de Barasa, secretario del dicho padre Comisario General, y fray Antonio Jaca y fray Pedro de Castro Juane, sus compañeros, y fray Francisco de Mora, Guardián de Pinto, y fray Luis de Mieses, Guardián de Escalona, y fray Diego de Herrera, vicario del dicho convento, y fray Bartolomé López, su compañero, y fray Pedro de Chozas, comisario de Jerusalén, y fray Pedro de Rojas, y fray Juan de Ricaro, de la Provincia de San José ''[491]'', y fray Francisco Pascual de la dicha provincia, y el licenciado Pedro González de Sepúlveda, clérigo comisario del Santo Oficio, vecino de la dicha villa de Cubas, y Blas Martínez, clérigo de la dicha villa, y fray Blas Delgado, de la Orden de Santo Domingo, y fray Marcos Lozano, de la Orden del Carmen, y Pedro Tartalo, y Juan Martín Crespo, alcaldes ordinarios en la dicha villa de Cubas, y Diego Navarro y Francisco Hernández, regidores della, e Isidro García, escribano de la dicha villa, y otra mucha gente, y firmáronlo algunos de los susodichos de sus nombres, a todos los cuales conozco. Y así mismo lo firmaron el abadesa y discretas del dicho convento ''[492]'', fray Diego de Herrera, fray Bartolomé López, Ana de la Concepción, abadesa, Inés de la Madre de Dios, Ana de san Rafael, vicaria, María de la Purificación, Inés de Jesús, el Licenciado Pedro González de Sepúlveda, Blas Martínez, Pedro Tartalo, Juan Martínez Crespo, Isidro García [99v] escribano, ante mí, Juan Fernández de Plaza. E yo, el dicho Juan Fernández de Plaza, escribano de su Majestad Real e notario del Santo Oficio, vecino de la villa de Cubas, presente fui a lo susodicho y fice mi signo. En testimonio de verdad, Juan Fernández de Plaza”.
''[74]'' Ilegible. Mancha en el documento.


Después de lo susodicho, primer día de julio deste presente año de 1610, el muy reverendo padre fray Juan de Guzmán, Ministro Provincial de la santa Provincia de Castilla, a instancia mía, para escribir con más acierto esta historia, hizo se me mostrase el cuerpo desta bienaventurada santa, hallándose su Paternidad presente, con otros religiosos. Yo le vi y toqué muchas veces, y para que le viesen los que estaban en la iglesia, levantándole en los brazos el padre provincial y yo, se le mostramos a todos por dos o tres veces, vestido y tocado como estaba, que parecía una religiosa viva. Y reparé yo mucho en una cosa digna de mucha consideración: que como la santa virgen estaba tan gafa y tullida cuando murió que con la fuerza de los dolores se le habían torcido y encogido todos sus miembros, así está ahora su santo cuerpo, torcido y encogido todo él, y con aquel suavísimo olor que tenía cuando murió, que es un olor celestial que conforta. Estaba entero, sin faltarle [100r] ninguna cosa, salvo el dedo meñique de un pie, que cierto prelado general se le quitó por su devoción; y por la de los que allí nos hallamos, le quitó el padre provincial el velo de la cabeza, que se repartió entre todos, y con la parte que le cupo puesta sobre su cabeza, se le quitó una muy recia jaqueca que tenía. Y una señora de Toledo sanó de un gran dolor de cabeza con el mismo pedazo de velo, aunque quitándosele la volvió el dolor, pero quiso Nuestro Señor, para que el milagro fuese más manifiesto, que tornándose a poner el dicho velo se le quitase el dolor de todo punto, por intercesión y méritos de la bienaventurada santa Juana, cuya historia tan milagrosa y divina, escrita con harto deseo de que sea Dios glorificado, acaba aquí. Y tras ella ofrezco al piadoso letor la cuarta parte de la Corónica General de nuestra seráfica religión, con 943 santos, todos hijos de la Regular Observancia de nuestro padre San Francisco, que en estos últimos tiempos, de 94 años a esta parte, ha dado a la Iglesia su sagrada religión, que ahora salen a luz en la historia que prometo, que se está imprimiendo ''[492]''. De las faltas desta y de aquella soy yo el autor, y de lo bueno que en ellas hubiere lo es Dios, a quien ofrezco mis trabajos, y a ellos [100v] y a mí a la corrección y censura de la Santa Madre Iglesia Católica Romana. Y para que los devotos desta santa virgen tengan especial oración con que encomendarse a ella, se pone aquí la siguiente, que rezándola en particular quien quisiere, como no sea en nombre de la Iglesia ni como ministro della, cosa es santísima y muy recebida en toda la Iglesia de Dios ''[493]''. (''Bien puede uno encomendarse a cualquier santo, aunque no esté canonizado ni beatificado'') ''[494].''
''[75]'' Al margen izquierdo: “Vio padecer el alma de un prelado”.


'''Comemoración'''
''[76]'' Al margen izquierdo: “Aparécesele una alma en figura muy formidable”.


''O, Sancta Dei inclyta Cristi sponsa deuotisima Beata Ioanna, organum et lingua Spiritus Sancti benedictu: animarum in Purgatorio existentium, solatium et requies. Ora pro nobis Dominum, ut digni efficiamur gratia Dei.
''[77]'' Al margen derecho: “Por su intercesión es librada un alma de purgatorio”.
Versiculum: Diffusa es gratia in labiis tuis''.


''Responsa: Propter ea benedixit te Deus in aeterum [496]''.
''[78]'' Al margen izquierdo: “Vee a la reina del Cielo acompañada de muchos santos que van al purgatorio”.


'''Oración'''
''[79]'' Al margen izquierdo: “Padecía excesivos dolores en todo el cuerpo”.


''Deus qui ineffabili prouindentia, beatam Ioanam miris illustrationibus decorasti, et ei tantam gratiam contulisti, ut non solum specialisimo modo sponsa tua effici mereretur, sed etiam ad nostram utilitatem, precibus suis, rosaria miris virtutibus a te ipso benedicta concedere voluisti: praesta quaesumus, ut eius meritis, et intercesione indulgentiam gratiae tuae consequi mereamur Per Dominum nostrum, etc [497]''.
''[80]'' Al margen derecho: “Mostró su grande paciencia en una persecución”.


Fin
''[81]'' Al margen izquierdo: “Mostró su ferviente charidad, rogando por quien la perseguía”.


[101r] '''Razón de la verdad y autoridad desta historia'''
''[82]'' Al margen izquierdo: “Vio el infierno abierto”.


La verdad es el alma de la historia, y la que carece della es como cuerpo sin alma, que no merece nombre de historia, mayormente si es de santos, donde el mentir es sacrilegio, porque no se honran ellos sino con llaneza y verdad; la que se ha guardado en escribir la vida desta santa virgen es la mayor que en ley de historia se puede hallar, colegida de los papeles siguientes:
''[83]'' Al margen derecho: “I. ad Timot. 1”.


Primeramente, lo que toca a los aparecimientos y milagros de Nuestra Señora que se escriben en el primer capítulo deste libro se ha colegido de tres informaciones auténticas hechas con noventa y tres testigos ante Ruy Díaz de Madrid, escribano de Cámara y notario público, y ante Pedro Sánchez y Juan González, notarios públicos y escribanos reales de la villa de Cubas. Están autorizadas y encuadernadas como libro en el archivo del convento de la Cruz.
''[84]'' Al margen izquierdo: “Mándale el Ángel que escriba las misericordias que Dios le hacía”.


Ítem ''[498]'', la vida y milagros de la gloriosa santa Juana se ha colegido de un libro muy antiguo, escrito de letra de mano, en 164 hojas de cuartilla en 28 capítulos, encuadernado en tablas, con dos manecillas rotas y cosidas con hilo blanco, escrito por una religiosa, discípula de la santa, llamada soror María Evangelista, que no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente se lo concedió el Señor para este efeto, como está probado en una información que se hizo para averiguar este punto. Y el libro con las señas susodichas está originalmente guardado en el archivo de la Cruz.
''[85]'' Al margen derecho: “Escribió su vida una religiosa que no sabía leer ni escribir”.


Ítem, de una información hecha con doce testigos, por comisión del consejo del ilustrísimo señor don Bernardo [101v] de Rojas, cardenal y arzobispo de Toledo, hecha en diferentes lugares, ante Luis de Siles, notario público y escribano real de la ciudad de Toledo. Está la original en el oficio del secretario Francisco Salgado, en Toledo.
''[86]'' Al margen derecho: “Pide al Ángel que se rompa la escritura de su vida”.


Ítem, de otra información hecha en diversos lugares, con 17 testigos, por comisión del consejo del sobredicho Ilustrísimo de Toledo. Su traslado auténtico está en el archivo de la Cruz.
''[87]'' Al margen derecho: “Aparécele antes de su muerte san Felipe y Santiago y el Ángel le anuncia la muerte”.


Ítem, de otra información con catorce testigos, hecha en diversos lugares, por comisión de nuestro reverendísimo padre fray Arcángel de Mesina. Su traslado auténtico está en el archivo del convento de la Cruz.
''[88]'' Al margen izquierdo: “Vio a la madre de Dios y a la Madalena”.


Ítem, de otra información con once testigos, hecha en diferentes partes, por comisión de nuestro muy reverendo padre fray Juan de Guzmán, Ministro Provincial de la santa Provincia de Castilla, que está orginalmente guardada en el convento de la Cruz.
''[89]'' Al margen derecho: “El mal olor de la boca se le convierte en bueno”.


Ítem, de otra información que se hizo por comisión del consejo del ilustrísimo señor don Bernardo de Rojas, cardenal y arzobispo de Toledo, en Villanueva y Gamarra, lugares del dicho arzobispado, que se hicieron para calificar algunos milagros del santo fray Julián de San Agustín. Está la original en Toledo, en el oficio del secretario Salgado.
''[90]'' Al margen izquierdo: “Aparece cuatro días después de su muerte a una religiosa”.


Ítem, de un testimonio de Juan Fernández de Plaza, escribano real y notario del Santo Oficio, vecino de la villa de Cubas. El original está en el oficio del dicho escribano.
''[91]'' Al margen derecho: “Un tullido sana tocando su cuerpo y otros enfermos”.


Ítem, de otro testimonio de Isidro García, escribano público de la villa de Cubas, cuyo original está en el archivo del convento de la Cruz.
''[92]'' Al margen derecho: “Es hallado su cuerpo incorrupto después de 7 años”.


[h. 1r]
''[93]'' Al margen izquierdo: “Celebra fiesta la villa de Cubas el día que murió”.


===Tabla de los capítulos desta historia de la vida y milagros de santa Juana===
''[94]'' Al margen izquierdo: “El reverendísimo fray Francisco de Sola, ministro General, abrió el arca y halló el cuerpo incorrupto”.


Capítulo I. De la fundación del monasterio de santa María de la Cruz, y de nueve veces que se apareció Nuestra Señora a una pastorcica natural de Cubas. Folio I.
''[95]'' Al margen derecho: “Sale sangre cortándole un dedo del pie”.


Capítulo II. Cómo para restaurar el monasterio envió Dios al mundo a la gloriosa santa Juana, por intercesión de su Santísima Madre. Folio 4.
= Vida impresa (9)=


Capítulo III. De las penitencias que santa Juana hacía siendo niña, y de los fervorosos deseos que tuvo de ser religiosa. Folio 7.
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/marta-amoros-tenorio/ Marta Amorós Tenório]; fecha de edición: enero de 2026.


Capítulo IIII. Cómo santa se salió de su casa en hábito de hombre para ser religiosa, y de los grandes favores que Nuestra Señora la hizo en este camino. Folio 11.
== Fuente ==


Capítulo V. Cómo santa Juana recibió el hábito, y de algunas cosas que la sucedieron siendo novicia. Folio 14.
[[Archivo:Portada1613.jpg|250px|right|link=]]


Capítulo VI. De las penitencias de santa Juana, y de la frecuencia de sus raptos. Folio. 17.
[http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Daza Daza, Antonio], 1613.'' Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco''. Madrid: Luis Sánchez.


Capítulo VII. Cómo el niño Jesus se desposó con santa Juana, y de la devoción que tuvo al santísimo Sacramento. Folio 23.
[[Contexto material del impreso Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen santa Juana de la Cruz, de la Tercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco, de 1613]].


Capítulo VIII. De la familiaridad con que santa Juana trataba con los ángeles, especialmente con el de su guarda. Folio 27.
==Criterios de edición==


Capítulo IX. De los rosarios y cuentas que bendijo Nuestro Señor a instancia de santa Juana. Folio 35.
Se unifican estilo, efecto y tamaño de letra para títulos de los distintos preliminares y otros paratextos, así como de los capítulos del texto central. Se aplican reglas ortográficas en relación con títulos, términos en latín y destacado de palabras conforme a las normas actuales de la Ortografía de la RAE.


[h. 1v] Capítulo X. De los muchos milagros con que Nuestro Señor ha confirmado las cuentas de la gloriosa santa Juana. Folio 39.
Indico la foliación y/o signatura tipográfica expresada en el texto base o reconstruida atendiendo a su continuación lógica, añadiendo, cuando se trate de folios y no de páginas, si se trata del recto o del vuelto. Para una mejor comprensión de esta cuestión, véase la ficha bibliográfica de la obra.


Capítulo XI. De otros milagros que Nuestro Señor ha hecho con las cuentas tocadas a las cuentas de santa Juana. Folio 45.
Después de la biografía y los paratextos finales, conforme a los criterios generales de edición del Catálogo, se añaden las aclaraciones necesarias, junto con la edición de las notas marginales del texto referidas a fuentes y las que sirven de guía. En la presente edición, sin embargo, aquellas notas que glosen el contenido del cuerpo del texto base, aportando otro tipo de aclaraciones (por ejemplo, de carácter doctrinal o teológico), se indicarán entre paréntesis y en cursiva en el cuerpo del texto; al final se explicitará su ubicación original. Así pues, las notas propias se distinguirán de las del texto editado porque las primeras resaltarán siempre en negrita la parte del texto que se anota.


Capítulo XII. De algunas revelaciones y cosas muy provechosas que comunicó Nuestro Señor a santa Juana. Folio 48.
==Vida de Juana de la Cruz==


Capítulo XIII. Cómo el Espíritu Santo habló trece años por la boca de santa Juana, y del don de lenguas que la dio. Folio 56.
Vida en disponible en: ''[[Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada virgen sor Juana de la Cruz]], de la Tercera Orden de nuestro seráfico padre San Francisco''


Capítulo XIIII. Cómo Nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a santa Juana, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda. Folio 62.
= Vida impresa (10)=
Edición y traducción de [https://visionarias.es/equipo/aitor-boada-benito/ Aitor Boada Benito]; fecha de edición: abril de 2025.


Capítulo XV. Cómo santa Juana fue electa abadesa, y de un muerto que resucitó y otros milagros que hizo. Folio 66.
== Fuente ==


Capítulo XVI. De la manera que se juzgan algunas almas en la otra vida y de las penas de Purgatorio. Folio 71.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Luca_Waddingo Waddingo, Fr. Luca], 1654. ''Annales minorum in quibus res omnes trium ordinem a S. Francisco institorum ex fide ponderosius afferuntur, calumniae refelluntur…'', tomo VIII, Romae, Ex Typographia Joannis Petri Collinii, pp. 568-579.


Capítulo XVII. Cómo reveló Dios a santa Juana que muchas almas penaban en guijarros, y de cosas maravillosas que con ellas le sucedieron. Folio. 77.
Vida en latín disponible en: [[Annales minorum in quibus res omnes trium ordinem a S. Francisco institorum ex fide ponderosius afferuntur, calumniae refelluntur…]]


Capítulo XVIII. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a santa Juana y de su grande paciencia. Folio. 83.
[[Contexto material del impreso Annales minorum in quibus res omnes trium ordinem a S. Francisco institorum ex fide ponderosius afferuntur, calumniae refelluntur…]].


Capítulo XIX. Cómo el ángel de la guarda mandó a santa Juana que escribiese las cosas que el Señor la revelaba, y de su gloriosa muerte. Folio. 90.
==Criterios de traducción==


Capítulo XX. De algunos milagros que Nuestro Señor obró por los méritos de la gloriosa santa Juana, y de la incorruptibilidad de su cuerpo. Folio 96.
La traducción ha seguido los siguientes criterios:
* Los nombres propios y topónimos se presentan en su forma moderna (p. e. “arzobispo Cramner” [568], “Almería” [577], etc.).


Fin de la tabla
* La numeración de los capítulos y la separación de párrafos siguen las del manuscrito.


[hs. 2r-3v] [en blanco]
==Vida de Juana de la Cruz==


===Notas===
[568] Año de Cristo 1534. Año 16 del emperador Carlos V. Año 11 de Clemente VII. Año 327 de la Reelección de Minerva.


''[1] ''Reproducimos la '''fe de erratas''' del texto base, aunque en esta edición han sido corregidas las erratas originales.
'''XXXIX'''


''[2]'' [Margen derecho]: Ses. 25, in'' Decreto de Purgatorio'', § ''De invocatione et veneratione sanctorum''.
Ese mismo año falleció la religiosa Juana de la Cruz, española, en el monasterio de Santa María de la Cruz, cerca del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, de cuya fundación hemos hablado antes. Prometimos narrar la vida y hazañas de esta virgen, célebre entre los españoles y extranjeros. El monasterio había caído en una profunda crisis debido a la desafortunada gestión de Inés, su fundadora y primera abadesa, aunque con el tiempo se arrepintió por gracia de Dios. La Virgen María quiso que Juana fuera la restauradora de esta casa. Nació en una humilde aldea de la ya mencionada diócesis, en el hogar de Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, devotos campesinos. Desde su concepción, Dios la llenó de dones y gracias, pues parecía haber sido llamada desde el vientre materno para su servicio [69] divino. De hecho, no había nacido aún cuando ya comenzaba a abundar en dones celestiales. Antes del uso de razón, no buscaba el pecho materno en los días de viernes, tenía visiones celestiales y era liberada de males y enfermedades, a veces por el favor de la bienaventurada Virgen María, a veces por san Bartolomé. A los cuatro años, vio la gloria del Paraíso, a Cristo niño bajo las especies sacramentales y al ángel que le había sido destinado como custodio. Al hacerse mayor, no se dedicaba a juegos propios de niñas, no hacía nada indecoroso, no pronunciaba palabra ociosa, sino que, siempre entregada a la oración, mantenía conversaciones sobre lo divino. A los siete años, tras la reciente muerte de su madre, decidió, junto con su piadosa tía aún joven, ingresar en el monasterio real de Santo Domingo en Toledo. Pero Dios, que la quería como restauradora de Cubas, lo impidió dos y tres veces, y frustró las artimañas de las monjas que querían capturarla con engaños. Trasladada a la casa de los tíos, administraba los asuntos domésticos con suma prudencia y castigaba su cuerpo con admirable penitencia. Se cubría con un áspero cilicio tejido por ella misma, se flagelaba con dureza, debilitaba su cuerpo con continuos ayunos a pan y agua, a veces sin comer nada durante tres días. En las noches más frías, salía de su lecho y, cubierta solo con un cilicio, prolongaba su oración ante la imagen de Cristo hasta el amanecer.


''[3]'' [Margen derecho]: ''Psalmi'' 67g.
'''XL'''


''[4] ''[Margen derecho]: ''Iob'', 13.4.
Acostumbrada a las visiones divinas, vio a los serafines vertiendo, en vasos de oro, las aguas de los beneficios celestiales; a Cristo en distintos momentos sufriendo diversos tormentos de la Pasión; a la Virgen María llevando en sus brazos al Niño Jesús y mirándolo con ojos de amor. Estos favores celestiales encendían aún más en ella el deseo de la vida monástica, que anhelaba ardientemente para poder recibir más libremente las misiones divinas, libre de las preocupaciones del mundo. Con el mayor afecto que le era posible, suplicaba ante la imagen de Cristo, que llaman la Verónica y que siempre llevaba consigo, para que finalmente le concediera esta gracia. Entonces, Cristo, apareciéndosele bajo esa misma imagen, le dijo que la tomaría como esposa. Aunque muchas veces intentó alcanzar lo que con tanto empeño deseaba, su padre y sus tíos se lo impidieron. Finalmente, con ánimo viril, decidió eliminar todos los obstáculos y, despreciando la autoridad de quienes se oponían, se cubrió con vestiduras de varón, se armó con una espada y salió cautelosamente de su casa, emprendiendo el camino hacia el monasterio de Cubas, que distaba dos leguas. Satanás se presentó de inmediato para interrumpir su camino y, mostrándole muchos peligros y dificultades, la llenó de temor y la hizo desfallecer de ánimo. Cayendo a tierra, escuchó tres veces una voz del cielo que le decía: “Sé valiente, continúa el camino emprendido, Dios será tu ayuda”. Aunque en ese momento no vio a nadie, más tarde supo que aquel que la había animado era su Ángel Custodio, que la fortalecía en su debilidad. Poco después de avanzar, vio que la seguía un joven de Illescas montado a caballo, que con frecuencia había pedido a su padre que se la concediera por esposa. Aterrorizada por tal peligro, invocó la ayuda de Dios y se desvió un poco del camino hasta que el pretendiente pasó de largo. Arrodillada, dio gracias por el favor recibido y rogó a la Madre de Dios que le fuera propicia en su viaje hacia la casa de su Señor. [Entonces] se le apareció la Santísima Virgen, animándola a tener buen ánimo y asegurándole que sería la restauradora de aquella casa. Cuando llegó al templo del monasterio, retomó sus vestiduras femeninas, que llevaba consigo envueltas en un fardo. Luego, acercándose a la puerta del convento, al ver la imagen de la bienaventurada Virgen colocada en lo alto, oró para que hiciera próspero su deseo. Recibió la respuesta de que todo le iría bien. La Virgen se alegraba de su llegada y le concedió el poder de renovar aquella casa, subsanando errores, eliminando abusos, estableciendo leyes justas y cultivando virtudes. Animada por estos favores, con gran confianza se dirigió a la abadesa, le relató el curso de su vida y de su viaje, y le pidió ser admitida en la comunidad de las hermanas. Tras consultar con ellas y con el ministro provincial –que, habiéndose ido de allí [es decir, Cubas], ya estaba de vuelta desde hace poco por disposición de Dios–, fue aceptada con la aprobación de todos, aunque con gran oposición de su padre y de sus tíos, que se presentaron [allí] antes de que ella ingresara en el monasterio.


''[5]'' [Margen derecho]: Apud Ioannes de Turrecremata in prólogo ''Defensiones revelationum sanctae Brigittae'', caps., 1, 2 y 3.
'''XLI'''


''[6]'' [Margen izquierdo] Ex St. Thomas 2.2, q. 172, art.5 ad 3.
Una vez alcanzado su deseo, abrazó con el máximo fervor la vida monástica. Se impuso a sí misma un silencio perpetuo, la máxima abstinencia posible, admirables formas de penitencia, un sueño brevísimo, vestiduras humildes, el desprecio de sí misma, y hallaba consuelo en los trabajos y en las labores manuales. En todo consideraba por [579] quién y para quiénes trabajaba. No obstante, siempre siguió la vida común, sin emprender nada singular que no fuera aprobado por el juicio de la priora o del confesor. Una vez, se acercó a este último, consumida por el dolor y las lágrimas porque, estando acostumbrada desde la infancia a ver a Cristo en la comunión sacramental, en la última ocasión no lo había visto. Con una asombrosa simplicidad, creía que todos los que recibían el sacramento de la Eucaristía veían a Cristo corporalmente y que, por lo tanto, se le había negado esta gracia, bien por alguna culpa suya, bien por algún defecto del sacerdote en la consagración. El confesor, actuando como padre y consolador, le explicó que debía considerar aquello como un beneficio, pues el Señor a veces se oculta y retira sus favores para que sean buscados con mayor ardor y para que quienes los reciben en tal abundancia se humillen ante Dios. Pues, así como a Pablo le fue dado un aguijón en la carne y un ángel de Satanás que lo golpeara, para que la grandeza de sus revelaciones no lo enalteciera, de la misma manera Dios priva a sus elegidos de ciertos dones para fortalecerlos en la humildad.


''[7]'' [Margen izquierdo]'' Ibid.'' St. Thomas, art. 4.
'''XLII'''


''[8] '''''Isabel''' de Esconaugia, Esconangia o Schönau hasta la fecha no ha sido canonizada. El título de santa se le atribuye popularmente y en diversos textos desde su aparición en el ''Martirologio romano'' de 1584; el '''rey Eckberto''', Ekberto, Ecberto, Ecgberto de Wessex no tiene ningún parentesco probado con la santa de Schönau. La confusión de Daza se debe probablemente a la homonimia entre el citado monarca y el hermano de Isabel, que llegó a ser abad de Schönau. Al mismo tiempo, aunque la documentación fidedigna sobre este rey es escasa, se extendió la creencia popular de que Eckberto de Wessex tenía una hermana monja de clausura con fama de santidad.  
Justo después de emitir solemnemente su profesión —en la que quiso llamarse “de la santa Cruz”, tanto porque el monasterio se llamaba Santa María de la Cruz como porque había nacido el día de la Invención de la Santa Cruz—, comenzó a florecer con una virtud aún más robusta y a brillar con una santidad más evidente. Dios confirmó esto con muchas y grandes señales. Un vaso de alfarero, roto por descuido, fue completamente restaurado por sus oraciones. Una monja fue sanada, primero de una fiebre terciana y luego de un peligroso tumor en el pecho gracias a sus méritos. Una joven, afligida por una dolencia en el corazón, fue liberada cuando ella le impuso las manos. Siendo encargada del hospital, atendía a las enfermas con una caridad increíble. En ocasiones, pedía a Dios que le transfiriera sus enfermedades, y era escuchada. Por más vil o impuro que fuera, en este ejercicio de amor religioso no rechazaba nada. Más tarde, al ser trasladada al oficio de portera y encargada de la rueda del torno, ejercitó con frecuencia la virtud de la paciencia, tanto por la dureza de aquel tipo de servicio como por la autoridad de su compañera mayor, que le daba órdenes con un modo de proceder poco prudente. Pero ella, en todo muy obediente, jamás se resistió a los mandatos ni respondió con impaciencia, sino que, con la mayor humildad, terminaba todo rápidamente. Por ello, mereció tener a Cristo como su alentador con frecuencia y verlo bajo la apariencia de un niño. En una ocasión, la bienaventurada Virgen María lo tomó de sus brazos y la invitó a un jardín, donde, disfrutando de la conversación de la Madre y el Hijo, fue llamada por el repique de una campana a la puerta. Tras cumplir su deber, regresó y los encontró todavía esperándola, alabando su virtud de obediencia, y enseñándole así que a veces es necesario dejar a Dios por Dios. Por el resplandor del amor divino se iluminaba su rostro, y sus hermanas comprendieron que había tenido visiones celestiales. En otra ocasión, mientras trabajaba en la sala común, fue arrebatada en éxtasis y mereció recibir a Cristo de las manos de su Madre.  


''[9]'' [Margen izquierdo]: Ex Marco Marulo, lib. 2, cap. 4, et Antonio Possevino in ''Apparatu''.
'''XLIII'''


''[10]'' [Margen izquierdo]: Tom. 3 ''Concilio in Eugenium III''<nowiki>; Trithemius in </nowiki>''Chronici Hirsaugiensis'', anno 1150; Theodoricus Abbas, in vita eius apud Surius, t. 5, mense Septembris.
Ardía de tal deseo que deseaba recibir todos los días el santísimo Sacramento de la Eucaristía, pero, por la debida reverencia y humildad, se abstuvo, contentándose con aquellos que su confesor le indicaba. Los otros [días] lo [el sacramento] recibía espiritualmente con su afecto interno, y al hacer voto de comer ese pan celestial, sentía el fruto y la utilidad de este, a través de una fe viva que obra por el amor. Al oír la campanilla anunciando la hostia para la adoración, a la que el sacerdote se disponía a elevar, acudió rápidamente para venerarla. Pero, cuando intentó llegar al altar desde donde poder contemplarla, no pudo llegar a tiempo. Entonces, inclinándose en el suelo con el deseo de adorar lo que no podía ver con los ojos, de repente, por una gran grieta en la pared, le fue permitido ver claramente lo que deseaba venerar con devoción; aún permanecen señales de esa grieta. Como un milagro aún mayor, desde las dependencias del monasterio, a través de tres o cuatro paredes, veía y adoraba el mismo objeto divino que Dios, accediendo a los votos de su esposa, le mostraba. A un hombre que moría en pecado, sin saberlo el párroco, administró la santa comida para el viático, pero rápidamente falleció. Los ángeles, llevándolo por su boca impura, lo acercaron a la habitación de Juana y lo colocaron en un lugar adecuado. El ángel custodio reveló este asunto a Juana. Ella, al regresar de un largo éxtasis, recibió la santa comunión de manera piadosa y reverente, tal como el ángel le había ordenado. Este hecho lo relata con mayor detalle Pedro Navarro haciendo uso de notables testimonios.


''[11]'' [Margen derecho]: In ''Vita beatae Brigittae'' et in eius revelationes cum notis Consal. Duranti.
[571]
'''XLIV'''


''[12]'' [Margen derecho]: ''Ad Timoteum'', 3 d.
Es un gran beneficio de Dios hacia la virgen el que haya designado para su custodia a uno de los supremos espíritus. Este, como protector de grandes y eminentes santos, cuidaba de ella con tanto esmero, tanto amor y prontitud, apartando el daño tanto del cuerpo como del alma, asistiendo a quien lo invocaba, renovando con consuelos celestiales, de tal modo que en las necesidades se mostraba como un padre, en las tribulaciones como refugio, en las dudas como maestro, en la tristeza como lenitivo, y finalmente, en todo, parecía estar dispuesto a cumplir con su deseo. A menudo se le aparecía bajo diversas y preciosísimas formas, y revelaba secretos celestiales; cuidaba de los asuntos del monasterio de sus amigas y hermanas de tal modo que los beneficios que le proporcionaba a ella eran evidentes para sus compañeras, quienes se le entregaban completamente y se encomendaban a su custodio y a sí mismas [redactar mejor, no sé si esto tiene sentido]. También tuvo conversaciones familiares con otros ángeles, especialmente con los custodios de sus hermanas del monasterio. A través de sus apariciones, y de los rostros tristes o alegres, podía reconocer en qué aspectos algunas fallaban y en cuáles otras progresaban. De ellos aprendió muchas enseñanzas santas y salutíferas, con las cuales instruía a las monjas del monasterio mientras las dirigía. A menudo era transportada en el aire, disfrutando de los deleites celestiales, de los cuales recibía además conocimiento sobre lo que ocurría entre las hermanas del monasterio. Su Custodio le reveló lo que más deseaba: la causa y la secuencia de la batalla de los ángeles, la victoria de los buenos, la caída de los malvados, y su castigo final a través de diversas regiones sublunares.


''[13]'' '''«''Omnis…iustitiam'', ''etc.»''''': «Toda enseñanza divinamente inspirada es útil para enseñar e instruir hacia la justicia, etc.».
'''XLV'''


''[14]'' '''''habetur…historiae''''': ''se considera en el capítulo 17 de esta historia''.'' ''
Frecuentemente, se le veía arrebatada y elevada por encima de sí misma, y en tales momentos de alienación sensorial veía glorias y triunfos celestiales, experimentaba los más dulces afectos del corazón y resplandecía con el rostro más hermoso. Una vez, ocurrió que en un éxtasis muy fuerte fue arrebatada de forma violenta: su rostro palideció, los ojos se apagaron, los labios se oscurecieron, los dientes rechinaban, los brazos caían, y no se veía nada en su cuerpo sin sufrimiento. Cuando volvió en sí, y al ser interpelada varias veces para que explicara la causa de tan dolorosa transformación, dijo que entonces le fue revelado cuántos y qué tipos de penas, tribulaciones y persecuciones debían sufrir tanto los espíritus impuros como los hombres malvados; que, al recordar tales tormentos, se sintió tan aterrada que perdió el juicio y su cuerpo entero fue arrebatado por el dolor.


''[15]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
'''XLVI'''


''[16] ''[Margen izquierdo]: Lib. 4, ''Diálogos'', cap. 23.40.55.
Daba respuestas muy prudentes y consejos muy saludables a todos los que pedían remedios para males tanto espirituales como corporales. Desde todas partes acudían a ella como si fuera un oráculo celestial, pero ella nunca los pronunciaba sin consultar primero a su custodio y maestro. De él aprendía las necesidades, cualidades y disposiciones del cuerpo y del alma de todos los que acudían a ella. Él, al revelarle los pensamientos de las personas, le permitía saber lo que sucedía con aquellos que, desde lejos, se encomendaban a ella. Cuando él la llevaba, se aparecía a los enfermos y a los que estaban en peligro y los liberaba de las adversidades. Con su ayuda, superaba las constricciones de las tinieblas, ya fuera para ella o para otros que se oponían. Trece años después de que quedara muda durante varios meses, hablaba en éxtasis en diversas lenguas, explicaba pasajes difíciles de las Escrituras y revelaba muchos misterios, pronunciando sermones muy instruidos –cuyo volumen completo aún existe– que duraban hasta la segunda o tercera hora. Para escuchar esos sermones, acudía una gran multitud de personas de toda clase, y entre ellas muchos héroes, príncipes, prelados, obispos, el cardenal Francisco Jiménez, el gran duque Gonzalo Fernández de Córdoba, y el mismo Carlos <César Augusto> ''[1]''. Todos eran admitidos a la presencia de la extática (pues aún no se había introducido el régimen de las monjas recluidas), y a cada uno de ellos, aunque no los viera, les decía lo que era apropiado para su condición y los males que padecían. Sus palabras penetraban en lo más íntimo del corazón, y no hubo nadie que no se sintiera apelado a cambiar sus costumbres.


''[17]<sup> ''</sup>[Margen izquierdo]:'' ''Epístola 13 ''Ad Desiderium'', cap. 7.
'''XLVII'''


''[18]'' [Margen izquierdo]: Beda, lib. 3, ''Historia Anglorum'', cap. 19, y lib. 5, cap. 13; Blos. In Moni. Spi. cap. 13; Gregorio Niseno lib. ''De anima et resurrectione''<nowiki>; Crisóstomo, </nowiki>''De praemiis beatorum''<nowiki>; Hugo de S. Victore lib. </nowiki>2 ''De sacramentis'', p.16, cap. 4; Dionisio Cartujano, ''Dialogus de iudicio'' et quattuor'' ''novis, et alii plures, apud Petrus Tirenus, ''De locis in festivitatibus'', caps. 1 et 3.
Muchos quisieron poner a prueba si estos éxtasis y sermones venían de Dios. Fue enviado un Inquisidor de la fe a Toledo, disfrazado, y escuchó a la predicadora en éxtasis. Habló de tal manera que conmovió al hombre y este, a mitad del sermón, se arrodilló. Con ese gesto, envuelto en lágrimas, escuchó el resto. Después, al regresar en sí, habló con ella [572] sobre asuntos concernientes al alma, y se despidió de ella recomendando con fervor sus oraciones. Otros, deseando saber imprudentemente si realmente se estaba transformando o si tales éxtasis eran falsificados, realizaron investigaciones que ofendieron a la virgen. Cierta heroína, estando cerca de la cama, mientras Juana predicaba en éxtasis, le clavó una gran aguja en la nuca, que le atravesó el cráneo. La virgen, inmóvil y sin sentir nada, continuó predicando. Al regresar en sí, entonces comenzó a sentir dolor, y pareció que la sangre se derramaba por su cuello. En otro sermón, un eclesiástico de gran renombre la agarró violentamente por el brazo para sacarla del éxtasis. Sin embargo, no sirvió de nada, pues ella permaneció inmóvil y continuó su discurso. Ante tal multitud y las investigaciones indiscretas de algunos, el provincial de la provincia de Castilla, cuyo monasterio dependía [de esa región], ordenó que no fuera aceptado que nadie viera a la predicadora. Así se hizo. Pero, mientras una de las hermanas se acercaba a la puerta de la celda para escuchar lo que decía y miraba por las rendijas, vio muchas aves con los picos alzados, como si escucharan lo que decía. Cuando llamaron a otras que vieron lo mismo, se concluyó que Dios quería que escucharan las personas cuya ausencia las aves suplían. Tras probarse ante la superiora, se permitió escuchar.


''[19]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, 4 ''Sentencias'', dist. 21 q. 1, art.I, q. 2, cor.
'''XLVIII'''


''[20] ''[Margen izquierdo]:'' ''Belarmino, [margen derecho]: t. 2 ''Controversias'', 3; ''De'' ''Purgatorii'', lib. 2, cap. 7.
El provincial, originario de Cantabria, quedó sorprendido cuando Juana le habló con fluidez en su dialecto cántabro, intentando disuadirlo de un pensamiento que mantenía en secreto: asignarle la dirección del monasterio. Este hecho fortaleció aún más la convicción sobre su santidad, y finalmente la instituyó como abadesa.  Cuando estaban presentes hombres doctos o personas que ignoraban la lengua española, explicaba los misterios de la Sagrada Escritura en latín y transmitía lo que era oportuno. Francisco Ruiz, fraile menor y obispo de Ávila, compañero del cardenal Jiménez en la célebre expedición que conquistó Orán, había donado al monasterio dos esclavas traídas de allí: una mujer mayor y una joven, ambas árabes. Se intentó en varias ocasiones convertirlas a la fe cristiana, pero ellas se aferraban obstinadamente al islam ''[2]''. Un día, estando presentes en una de las predicaciones extáticas de la virgen, escucharon cómo el sermón se dirigía directamente a ellas en lengua árabe fluida. Sus corazones se sintieron conmovidos y experimentaron un impulso tan fuerte hacia la verdadera religión que al finalizar la reunión pidieron inmediatamente ser bautizadas. En otras ocasiones, solía llamarlas y hablarles en árabe. Ellas respondían en la misma lengua, y Juana les instruía sobre muchos asuntos. Permanecieron en el monasterio hasta su muerte, sirviendo a las hermanas con humildad y devoción. Durante un año, [Juana] pronunció setenta y un sermones de este tipo: algunos sobre la vida de Cristo y su Madre, otros centrados en los elogios a los Apóstoles, otros sobre los Evangelios de Adviento y los domingos. En ellos se encuentran numerosas parábolas y muchas enseñanzas claras para el cambio de las costumbres. Sor María Evangelista, alumna del monasterio, registró estos sermones con gran precisión. Dios le concedió la gracia de escribir de manera clara e íntegra todo lo que esta pronunciaba en sus predicaciones, a pesar de que antes ni sabía escribir ni leer. El padre Francisco de Torres, fraile menor de gran celo apostólico, tenía estos sermones en alta estima y los recopiló en un volumen extenso, afirmando que contenían profundos misterios, no accesibles a todos ni adecuados para ser divulgados indiscriminadamente. Este mismo juicio fue confirmado por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición española, que, tras un examen riguroso, ordenó su lectura.


''[21]'' '''''De loco purgatorii…mitigaretur''''': Del lugar del Purgatorio —donde no se encuentra que se exprese nada— debemos hablar, ya que está más de acuerdo con los dichos y hechos de muchos santos que con la revelación. Por eso hay que decir que el lugar del Purgatorio es doble: uno, de acuerdo con la ley general, pues hay un lugar de Purgatorio, un lugar inferior, relacionado con el Infierno; otro es un lugar de Purgatorio de acuerdo con la dispensación. Y así a veces leemos que en diferentes lugares algunas personas son castigadas, ya sea por la instrucción de los vivos o por la asistencia de los muertos, para mitigar por los votos de la Iglesia que se vuelva conocido el castigo de los que viven.
'''XLIX'''


''[22] ''[Margen derecho]: In ''Speculum historiae'', lib. 7, cap. 84.
Todavía mayores signos de predilección mostró Cristo por esta Virgen. En presencia de la bienaventurada Virgen y una multitud de ángeles, la tomó como su amadísima esposa, colocándole un anillo precioso como símbolo de su unión. Además, un Viernes Santo, mientras meditaba con extrema intensidad en la Pasión de Cristo, recibió en sus manos, pies y costado las cinco llagas, que se imprimieron en su piel como marcas rojizas. Bajo estas, [ardía] un intenso fuego y el dolor era muy profundo. Estas aparecían visiblemente cada viernes y sábado hasta la festividad de la Ascensión. Finalmente, debido a la insoportable insistencia de quienes deseaban verlas, rogó fervientemente para que fueran suprimidas del todo. Así [573] Cristo, escuchando su petición, accedió. Aunque le anunció que, en lugar de las rosas purpúreas de las llagas que deseaba que desaparecieran, sentiría las punzantes espinas de su corona. En efecto, experimentó tormentos acompañados de numerosos dolores y sufrimientos.


''[23]'' [Margen derecho]: Lib. 3 ''Magni exordium cisterciensis'', cap. 25.
'''L'''


''[24]'' [Margen derecho]: Lib. 7, ''Ilustr. Miraculo'', caps. 26, 27, 28, 33 et lib. 12, cap. 5.
Disfrutaba con el canto de los pájaros, y en ocasiones junto a ellos entonaba alabanzas y glorificaba a Dios. Pero se distraía mucho por las numerosas súplicas de quienes acudían a ella y por escuchar las penas de los afligidos. Para prepararla mejor para la recepción única de los misterios celestiales, el Señor la afligió con sordera desde el 10 de febrero hasta el 12 de agosto, festividad de Santa Clara. En esta fecha, las hermanas rogaron vehementemente que le fuera restituido el oído, puesto que era indispensable para la dirección del monasterio y para aliviar con mayor facilidad las aflicciones del prójimo. Los ruegos de la virgen fueron escuchados y fue enviado San Pedro Apóstol, que tocó sus oídos mientras se hallaba en éxtasis y le devolvió el sentido. El día de Santa Bárbara, absorta en un éxtasis, se le apareció la santa Virgen, le reveló muchas cosas y le manifestó haber sido mediadora ante Dios para que le fueran concedidas abundantes gracias. En esa misma ocasión, [Juana] vio el alma de un niño ascendiendo al cielo. Este le pidió que advirtiera a su madre —indicándole su nombre— para que tuviera mayor diligencia en la educación de sus hijos, pues sus hermanos eran tales que Dios no los aprobaría, y Él le pediría razonamientos estrictos sobre esto. En otros estados parecidos de elevación de la mente contempló en diversas ocasiones a distintos santos: Francisco, Domingo, Antonio, Lucía y Acacio, junto a sus compañeros mártires. Así parecía habitar constantemente en los cielos, acostumbrada a tantas visiones de Dios, de la Virgen María, de los ángeles y de los santos.


''[25]'' [Margen derecho]: Lib. 2 ''De Apib.'' cap. 29, pág. 6, q. 23 et 24.
'''LI'''


''[26]'' [Margen derecho]: In ''Magnum Speculum Exemplorum'', dist. 3, exempl. 32, et dist. 4, exempl. 1, et dist. 5 exempl. 58, et dist. 8, exempl. 60.
Con veintiocho años de edad y al decimotercer año de su ingreso en la religión, fue elegida abadesa por decisión unánime de todas las hermanas, bajo la supervisión del provincial cántabro que mencionamos. Durante diecisiete años llevó el monasterio con suma tranquilidad y admirable prudencia, ampliándolo con las edificaciones y rentas necesarias, puesto que se encontraba en un estado paupérrimo antes de que ella asumiera el cargo. Entre sus muchos y principales benefactores se encontraban los ya mencionados Gonzalo y Jiménez, que hicieron grandes aportaciones. Su mayor contribución a la vida monástica fue el establecimiento de la observancia regular, y la prevención de los escándalos que podrían haber surgido, con la introducción de la clausura monástica, pues antes las hermanas solían salir libremente a pedir limosna y los laicos tenían acceso al interior del convento. Desempeñó su oficio con facilidad, bajo la asistencia de su ángel custodio que le ayudaba en todo y le desvelaba lo que fuera necesario cuando era oportuno, además de con la protección de la Virgen María, que se constituyó a sí misma como abadesa perpetua de la casa y designó a Juana como su vicaria o sustituta. En el ejercicio de este cargo recibió muchos favores del Señor y revelaciones únicas. [Entre estas,] vio el alma de su confesor, Pedro de Santiago, vicario del monasterio y varón de vida excelsa, conocida virtud y santidad, coronado con gran gloria en los cielos.


''[27]'' [Margen derecho]: Lib. I, par. 4, art. 2, cap. 4; par. 5, art. I, cap. 3 y lib. 12, últ. par. cap. 6.
'''LII'''


''[28]'' [Margen derecho]:<sup>'' ''</sup>In ''Historia virginali'', lib. 2, cap. II.
Por petición insistente de las hermanas, oró al Señor para que bendijera y otorgara virtudes a los numerosos rosarios que habían reunido con fervor y que se encontraban guardados en un cofrecillo cerrado bajo la custodia y llave de otra. En éxtasis sagrado permaneció largo tiempo sin sentido. En ese tiempo las hermanas, ansiosas por averiguar lo que sucedía con los rosarios, abrieron la caja y la encontraron vacía. Pero al volver del éxtasis y revisar de nuevo, los hallaron repuestos e impregnados de una fragancia maravillosa y se sorprendieron al ver de nuevo aquello que poco antes creían desaparecido. Al preguntarle sobre esto, Juana respondió: “Fueron bendecidos por Dios, tocados por su mano, y de allí proviene el perfume impreso y la virtud infundida para rechazar múltiples males y curar enfermedades”. Que decía la verdad lo demostraron los eventos prodigiosos que siguieron, debidamente verificados ante diversos jueces en distintas localidades, y recogidos en documentos públicos legítimos. Esto, sin embargo, lo exageraron algunos por exceso de devoción, y le atribuyeron —sin fundamento alguno— numerosas gracias e indulgencias. Esto fue justamente reprobado por quien escribió por último la vida de la virgen y añadió además documentos muy fiables que corroboran la veracidad del caso.


''[29]'' Los obispados de '''Corc '''y '''Cloyne''', al suroeste de Irlanda, se unieron en el Medioevo, se separaron en la segunda mitad del siglo XVII y configuran desde el siglo XIX hasta hoy una sola diócesis junto con el antiguo obispado de Ross. El '''condado de''' '''Esmond '''original se basa en la propiedad de tierras de Munster, en la costa suroeste de Irlanda. A principios de 1600, el reino histórico de Esmond o Desmond se partiría en los condados de Cork y Kerry.
'''LIII'''


''[30]'' [Margen izquierdo]: Pedro Bovista, Claudio Teserante, Francisco Belleforest, lib. 4 ''De las historias prodigiosas'', cap 1.
Contemplando en visión las durísimas penas que padecen las almas fieles en el purgatorio, Juana las compadecía con suma piedad, y [574] procuraba por todos los medios, tanto personalmente como a través de otros, brindarles alivio: ofrecía sufragios de oraciones, sacrificios de misas, aflicciones corporales, obras piadosas y ejercicios religiosos en su favor siempre que le era posible, y se esforzaba además en que otros los ofrecieran. Rogó a Dios que le permitiera asumir en su propio cuerpo penas en satisfacción por las almas purgantes, y que les aliviara a ellas lo que a ella infligiera. En efecto, sufrió tormentos terribles conforme a su deseo, pero cada vez con más certeza —revelada por su custodio— de que sus penas beneficiaban a aquellas almas afligidas. Muchas almas, por tanto, se le aparecían, rogándole que también las acogiera con su caridad. Esto lo hacía de inmediato, sin negar su ayuda a ninguna, por pequeña que fuese. Por esta piedad y caridad singular alcanzó gran favor ante Dios, y se ganó el afecto de las almas. Así, liberadas por sus méritos, intercedían más eficazmente por ella en el cielo. Bien podía contarse entre aquellos de quienes el ángel dijo a santa Brígida: “Benditos sean quienes en el mundo ayudan a las almas con oraciones, buenas obras y el esfuerzo de su cuerpo” ''[3]''.


''[31]''<sup> </sup>[Margen izquierdo]: Fray Juan Sagastizábal, ''Libro de la exhortación al rosario'', lib. 6, cap. 84; fray Gerónimo Román, lib. ''De las'' ''repúblicas'', cap. 12.
'''LIV'''


''[32]'' [Margen derecho]: In ''Chronicis Hispaniae ''post alios Vasaeus, circa anno 662; Baronio, in ''Anales'', año 657; Rodrigo Jiménez, lib. 2, cap. 22; Tritemio, lib. ''De scriptoribus escclesiasticis''<nowiki>; Pedro Cresp. in </nowiki>''Suma eclesiástica'','' ''lit. M et alii apud'' Locrium in Augusta Maria'', lib. 5, cap. 41.
Con un afecto indescriptible veneraba la santísima cruz de Cristo, y con razón, pues en la festividad de la Invención de la Cruz recibió de Dios innumerables favores. En este día —como dijimos— nació en el siglo, renació en la vida religiosa y se consagró a Dios con voto solemne. En ese día también, por mandato divino, asumió el mandato del monasterio que debía reformar. Finalmente, ese [mismo día] partió de este valle de lágrimas a la patria celestial para recibir el premio de una vida santísima. Cada día de la semana dedicaba meditaciones únicas a los misterios de la cruz, distribuyendo así los frutos de la cruz a lo largo de toda la semana. Así, su alma, purificada en abundancia y entregada a la contemplación de las realidades divinas, siempre encontraba asuntos suficientes para meditar.


''[33]''<sup> </sup>[Margen derecho]: ''Psalmos'', 77 e.
'''LV'''


''[34]'' [Margen derecho]: 2.2, ''Quaestiones'', 175, arts. 5 et 6.
A la gloriosísima Virgen María honraba con la ternura entera de su corazón, con el afecto más íntimo de sus entrañas y con todos sus votos, sabiendo muy bien que así lo quiere Aquel que ha querido dársenos por entero a través de María; [sabiendo] que ella ha hecho la escalera celeste por la que Dios descendió a la tierra, para que merezcamos ascender al cielo por ella. En el monasterio había una antigua imagen de madera de la santísima Virgen. Ciertamente, no estaba esculpida con mucha belleza ni con arte refinado, pero gozaba de gran veneración entre las hermanas y los forasteros. Para que fuera aún mayor su veneración, consiguió de Dios que la bendijera y le concediera el poder de que quienes orasen ante ella alcanzasen lo que pedían, y que en tiempos de necesidad pública en ella pudiera encontrarse remedio. Y así ocurre: con frecuencia se obran frecuentemente grandes milagros en torno a esa imagen. Cuando acechan males colectivos, se lleva en procesión —sea para alejar la peste, para obtener lluvia o para pedir quietud— y el pueblo siempre está seguro de que puede obtener alivio en sus calamidades.


''[35]'' [Margen derecho]: 2, ''Corintios'', 12 a.
'''LVI'''


''[36]''<sup> </sup>[Margen izquierdo]: 2, ''Corintios'', 12 a.
Estos y muchos otros prodigios similares demuestran cuán grande fue la gracia que Juana halló ante Dios. Cuán grande fue la gracia de sanaciones que Dios le concedió lo testimoniaron con certeza las hermanas. A una extinguió el ardor de la fiebre mortal que llaman de San Marcial; a otra la curó de un cáncer; a otra del dolor de costado; y a otra le enderezó los hombros dislocados. Por la violencia del dolor, a una hermana se le salió un ojo y cayó al suelo; Juana lo recogió con su mano, lo limpió con un paño y lo colocó de nuevo en su lugar. De inmediato, la que antes era tuerta recobró perfectamente la visión y fue liberada de todo mal. Salvó de morir ahogado al criado del monasterio, Juan de la Fuente, cuando [este] precipitadamente intentó cruzar el río Jarama crecido por la corriente desbordada. Protegió a la sirvienta Antonia Rodríguez de morir embestida por un toro; y defendió el monasterio del asalto de los rebeldes, que bajo el título de “Comunidad” y bajo la apariencia del bien común ocuparon gran parte de España ''[4]''. Un carnero infecto de rabia embistió al confesor de Juana y de las hermanas con sus cuernos y lo infectó con su enfermedad. La Virgen oró intensamente por él y se sanó. A una niña muerta la tomó en brazos y, al colocarle sobre el pecho la cruz que llevaba colgada del cuello, le devolvió la vida.


''[37]'' [Margen izquierdo]: Lib. 12, super'' Genesi ad literam'', cap. 3 post medium, t. 3.
'''LVII'''


''[38]'' [Margen izquierdo]: In ''Chronicis'', anno 446
Iluminada por tantos dones celestiales y colmada de resplandor divino, empezó a pensar que, pese a haber recibido de Dios tantas gracias, no había correspondido en nada; que había tenido muchísimas y grandísimas consolaciones, pero pocas y sutiles aflicciones; ingentes recompensas, [575] y apenas méritos. Anhelaba hacer algo por Dios de igual valor e, igual que había participado de sus consuelos, deseaba también hacerse partícipe de sus tormentos. Sabía muy bien que es verdad lo que dice la Escritura: “La leve amargura del momento presente produce un peso eterno de gloria en nosotros, cada vez superior” ''[5]'', Por eso, entendía por qué el profeta, iluminado por esta verdad, exclamaba: “Que se pudran mis huesos y me devore el gusano rápidamente, con tal de que pueda hallar descanso en el día de la tribulación” ''[6]''. Así, rogaba insistentemente que su cuerpo fuera quebrado por trabajos, dolores, enfermedades y angustias, y que fuera probado como oro en horno de la tribulación. Su ángel custodio, con rostro triste, le reveló que su súplica sería escuchada, advirtiéndole que la paciencia sería indispensable para alcanzar las promesas, y que necesitaría también del auxilio y oraciones de otros para no desfallecer en la prueba. “Tu cuerpo” —le dijo— “será quebrantado por enfermedades gravísimas, y tu espíritu será afligido por persecuciones, envidias, calumnias e injurias contra tu buen nombre”.


''[39]'' [Margen izquierdo]: Lib. 14, cap. 46.
'''LVIII'''


''[40]'' [Margen izquierdo]: Lib. I, ''Ecclesiastica historia''. cap. 17.
Poco después de oír esto y comunicarlo a las hermanas, quedó paralizada de cuerpo entero, sin que quedara parte alguna libre de tal lesión. Con tal intensidad sufría que a menudo clamaba y gritaba, pidiendo a Dios ayuda y paciencia. Le dolían todos sus miembros, articulaciones y nervios, y no podía usar ninguna parte del cuerpo para nada. De todos, el más intenso era el de cabeza; tan agudo era que a veces parecía estar muerta. Sufría del estómago y de los intestinos con tal punzada que todo su cuerpo se enfriaba y se empapaba de un sudor helado. Soportó todos estos males durante catorce años con increíble fortaleza e invencible paciencia. A esto se añadían los tormentos demoníacos: golpes, latigazos y, en ocasiones, heridas que requerían días de cuidados, sin que una de ellas pudiera jamás ser curada con medicina a lo largo de su vida. No obstante, en medio de estos intensísimos dolores, en dos ocasiones recibió el consuelo de Cristo, que la reconfortó suavemente con su presencia y palabra.


''[41] Menologio'', 25 septiembre.
'''LIX'''


''[42] ''[Margen izquierdo]: Lib. 3, ''De fide orthodoxa'', cap. 10, y lib. ''De Trissa''.
La otra parte de su tormento y dolor procedía del entorno doméstico. El anuncio lo dieron los espíritus malignos, que en innumerable multitud y en forma de repugnantes animales inmundos, [como] serpientes, cuadrúpedos y tristes aves nocturnas, llenaron la casa entera, ocuparon el techo y rodearon los muros. Al contemplar esto en una visión, Juana se estremeció y pidió auxilio a los espíritus celestiales. Acudieron su ángel custodio, el Arcángel Miguel y otros muchos soldados de la corte celestial, que inmediatamente expulsaron a aquellos despreciables monstruos infernales, aunque estos se resistían con fiereza. Preguntó entonces Juana cuál era la intención de aquellos demonios y esa tétrica multitud. Su ángel custodio le respondió que venían a perturbar y destruir por completo aquella casa, y que ya se les había abierto el acceso a causa de los resentimientos y discordias recientes entre las monjas, cuyo amargo fruto iba a degustar próximamente. Así ocurrió: la vicaria, con otras hermanas, conspiró contra la abadesa Juana, acusándola de haber malgastado los bienes del monasterio —que aún era paupérrimo— para obtener una bula que confirmara la unión de un beneficio parroquial que el cardenal Jiménez había asignado al monasterio y que ella había concedido a su propio hermano. Se convocó entonces al provincial para juzgar la situación, y, creyendo demasiado pronto las acusaciones de las rivales de la abadesa, la destituyó y puso en su lugar a la vicaria, que había ambicionado el cargo valiéndose de medios indignos. Juana soportó todo esto con suma paciencia, habiendo sido advertida en múltiples ocasiones por su ángel custodio de que Dios había permitido esto para purificar aún más a su sierva, como oro en el horno del sufrimiento. [También] para evitar que, rodeada por tantos favores y revelaciones divinas, cayera en la vana gloria, dulce ladrona de las riquezas espirituales y astuta aliada del enemigo de las almas. Otros vicios también se encuentran entre los siervos del demonio; la gloria vana se encuentra incluso entre los siervos de Cristo.


''[43]'' [Margen izquierdo]: Félix III, ''Epistola ''3 ''decretalis'', t. 2, Concilio [constantinopolitano].
'''LX'''


''[44]'' '''“''Rursusque…suis'', ''etc.''”''': «Y bajando de nuevo contó lo que había oído en el Cielo, así como la multitud de los cantores, etc». '''“''Sanctus deus…immortalis''”''': “Dios es santo, santo, fuerte e inmortal”.
Consolada por estas palabras, animaba por todos los medios posibles a las hermanas, que llevaban con gran pesar la sustitución de su cargo decretada por el provincial. Las exhortaba a todas a obedecer prontamente a la nueva abadesa, y ella misma, la primera entre todas, le rendía a la abadesa fidelísimos servicios, venerando con todo su afecto como si hubiese sido nombrada [576] por el propio Señor. Pero el Señor no tardó en castigar la injusticia cometida contra Juana: a la falsa acusadora, que había usurpado el cargo confiado por Dios, la golpeó de repente con una grave enfermedad, infundiéndole además un gran temor y temblor por el crimen cometido. Castigada así, la desdichada mujer comenzó a confesar sus culpas y a revelar lo que había hecho contra Juana. Luego le pidió humildemente perdón, que obtuvo con facilidad, rogándole además que intercediese ante Dios para alcanzar el perdón de tantos pecados. Oró por ella Juana y obtuvo indulgencia, y le advirtió de la muerte prematura que se avecinaba, para que no la atrapara desprevenida. La mujer, en efecto, se preparó para la muerte, recibió los sacramentos y, arrepentida, falleció. Encargó a las hermanas que volvieran a elegir a Juana como abadesa y que le restituyeran por medio del sufragio lo que ella le había arrebatado injustamente. Se comprobó que Juana había sido injustamente apartada de su cargo al demostrarse, tras una investigación más precisa, que sólo se habían pagado siete escudos de oro por el diploma romano, y que su hermano había aceptado la carga del ministerio sacerdotal, [con la condición] de aportar los beneficios [obtenidos] al monasterio.


''[45]'' [Margen derecho]: ''Habentur horum epistola'', t. 2, concilio posterior al concilio constantinopolitano sub Faelice III, anno 483, vide seve biniu in notis.
'''LXI'''


''[46]''' habetur…historiae''''': ''se considera en el capítulo 16 de esta historia''.
Cuando se acercaba el momento en que el Señor iba a llamar a su sierva, ya purificada por tantas presiones y pruebas, esculpida como una piedra viva para la edificación celestial, se le apareció un ángel. Dijo que a Dios le complacía que, para su mayor gloria y para la edificación e instrucción de sus siervos, se diesen a conocer los beneficios que le había concedido, tanto las consolaciones espirituales y revelaciones como las aflicciones y dolores corporales; estos debían considerarse también como un don. Por ello, debía dejar todo detalladamente por escrito. Ella, con la humildad de que fue capaz, se excusó de divulgar públicamente los dones que se le habían confiado en secreto. Pero el mensajero celestial, con argumentos razonables, con autoridad y hasta con amenazas, la convenció finalmente de que lo hiciera, y le asignó como escriba a quien hemos mencionado antes, María Evangelista, que no sabía escribir, para que resultara más evidente que esta orden procedía de Dios. Entonces escribió los dos libros que hemos mencionado más arriba, sobre los discursos y sobre la vida y hechos de Juana, con tal claridad y discreción que se concluye que contó con una ayuda superior a lo humano.


''[47]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
'''LXII'''


''[48]'' [Margen izquierdo]: ''Ioann'', 5d.
Finalmente, cuando el Señor decidió llamar a su sierva desde la prisión del cuerpo para darle la recompensa de tantos méritos, quiso anunciarlo previamente por medio del ángel custodio, en la vigilia de los apóstoles Felipe y Santiago, que también se le aparecieron y le felicitaron por la corona preparada tras su largo combate. Ella, llena de alegría y exultante, se preparó enseguida para el tránsito, deseando desaparecer y estar con Cristo. Tras recibir los sacramentos, rogó a las hermanas que la ayudasen con sus oraciones en su viaje a una tierra lejana. Luego volvió enteramente a la contemplación de los misterios divinos y de los beneficios que desde su infancia había recibido abundantemente de la misericordia divina. Durante los tres días previos al que está dedicado a la Invención de la Santa Cruz, tuvo muchas revelaciones y visiones de Cristo Señor, de la Virgen María, de María Magdalena, de su ángel custodio y de otros santos, así como terribles apariciones de demonios, que no cesaban de acechar y hostigarla en los últimos momentos de su vida. Finalmente, tras un éxtasis continuo y bellísimo que duró todo un día y comenzó con las palabras: “Alegraos conmigo, alegraos conmigo”, con el rostro resplandeciente, exhalando de su boca un suavísimo aroma, los ojos fijos en el cielo, y tras pronunciar muchísimas palabras santísimas y mantener piadosas conversaciones con las diversas personas que se le aparecieron, se durmió en el Señor el día de la mencionada Invención de la Santa Cruz, siempre para ella feliz y propicio, como hemos dicho, en el año cincuenta y tres de su edad y cuarenta desde su entrada en el monasterio.


''[49]'' '''''“Omne...filio''”''': “Dio todo el juicio a su hijo”.
'''LXIIIV'''


''[50]'' [Margen izquierdo]: ''Sapientia'', 3b.
Tras su muerte, aquel rostro exangüe, aquel semblante pálido, aquel cuerpo contraído, compuesto solo de huesos y nervios, se tornó bello y agraciado, tal como había aparecido en su juventud, cuando gozaba del consuelo del discurso divino. Permaneció sin sepultar durante cinco días, exhalando un suavísimo aroma, mientras concurría una innumerable multitud de toda clase de personas, tanto de lugares cercanos como lejanos. Para que todos pudieran satisfacer su piedad con mayor comodidad, los frailes menores, muchos de los cuales habían acudido, llevaron el cuerpo en hombros y lo expusieron fuera [577] del monasterio, ya que los espectadores deseosos no pudieron acceder al interior. Una religiosa del monasterio de la Concepción de Almería, mujer muy devota y de virtud como la de Juana, íntimamente unida a ella en espíritu, refirió que la vio en visión ascendiendo a los cielos, completamente purificada en esta vida por tantas penas. Inmediatamente después de su fallecimiento comenzaron a manifestarse milagros: curó milagrosamente a una hermana gravemente herida en la tibia y en el pecho por una caída, a un hombre con fuertes dolores en los dientes, y a otro con las piernas contraídas que caminaba con andadores. Finalmente, fue sepultada en la parte inferior del coro, sin ataúd, solo sobre la tierra desnuda, cubierta con abundante cal viva y agua. Sin embargo, permaneció incorrupta durante siete años. Ocurrió que una niña, hija del conde de Puebla, que estaba siendo educada piadosamente en el monasterio, mientras jugaba en aquel lugar percibió un grato olor y empezó a escarbar la tierra con los dedos. Al acercarse las hermanas, también fascinadas por aquel olor, decidieron averiguar la causa y comprobar en qué estado se hallaba el cuerpo de Juana. Al cavar profundamente, lo hallaron incorrupto tanto en cuerpo como en vestiduras, sin ningún daño. Lo adornaron entonces con decencia y lo trasladaron al coro superior, donde lo colocaron en una arca bajo el altar.


''[51]'' '''Los doce tribus de Israel''': así en el original. [Margen izquierdo]: ''Matthaeus'', 19 d., ''Luca'', 22.c.
'''LXIV'''


''[52] ''[Margen derecho]: In ''Litaniae Sancti Michaelis''<nowiki>; Ambr. Cathe., I </nowiki>''Ad Hebraeos'' et alii plures quos refert Blas Viegas in ''Apocalypsim'', cap. 12, com. I, sectio 18.
Allí permaneció durante catorce años, frecuentemente manipulado por las hermanas, despojado de sus antiguos hábitos y revestido con nuevos, hasta que una noble dama, Isabel Mendoza, esposa de Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, se encargó de trasladarlo a la principal capilla del templo. Allí lo colocaron, en el lado del Evangelio, dentro de un túmulo arqueado, desde el que tanto las hermanas por el interior como los seglares por el exterior podían contemplar y tocar la noble arqueta reforzada con anillos de hierro en la que reposa el sagrado cuerpo. La traslación tuvo lugar el 14 de septiembre de 1552, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, con la presencia de numerosos nobles y damas. En el año 1600, Francisco de Sosa, general de la orden y luego obispo de Canarias, Osma y Segovia, junto con Pedro González de Mendoza, provincial de la provincia de Castilla, más tarde comisario general de la familia ultramontana, arzobispo de Granada y luego de Zaragoza, y finalmente obispo de Sigüenza, al acudir al monasterio ordenó abrir la arca. Todos los presentes vieron el cuerpo íntegro, salvo por el rostro y las manos, ligeramente oscurecidos. El resto del cuerpo permanecía intacto, fresco y firmemente unido. Le quitaron el antiguo hábito y le pusieron uno nuevo. En lugar de los dos velos blancos de la cabeza, el provincial general restituyó uno blanco y añadió otro negro, dignándola con este honor póstumo a quien en vida tanto había anhelado esa distinción para todas sus hermanas. Sin embargo, al cortar un dedito del pie izquierdo para colocarlo en otro monasterio, quedó sobrecogido al ver que, tras sesenta y seis años, brotaba sangre de la herida.


''[53]'' [Margen derecho]: De Basilio, in ''Homilia de Angelo''<nowiki>; de Gregorio, homilia 3 </nowiki>''In'' ''Evangelio''<nowiki>; Clemente de Alejandría, lib. </nowiki>5 ''Stromata'' ad finem; Pantaleón diácono'' ''apud Lippomano, ''Homilia sancti Michaelis''<nowiki>; Ambrosio Cath. in I cap. </nowiki>''Epistola ad Hebraeos''<nowiki>; Blas Viegas cum aliis quos citat comm. in 12 commentarii </nowiki>''Apocalypsim'', com. I, sectio 18.
'''LXV'''


''[54]'' [Margen derecho]: ''Daniel'', 10; ''Apocalipsis'', 12.
Sería difícil expresar cuánta es la devoción que se dice que sienten hacia la santa virgen todos los pueblos de los alrededores, y cuántos dones adornan su sepulcro. Así fue fácil para las hermanas, por medio del procurador del monasterio Alfonso de Espinosa, adquirir una nobilísima arca de plata, profusamente elaborada con magníficos relieves, por un valor de cinco mil ducados de oro, donde el cuerpo fue depositado el día de Todos los Santos del año 1614. Estuvieron presentes Antonio de Trejo, vicario general de toda la Orden (más tarde orador ante la Santa Sede y obispo de Cartagena), y Francisco de Ocaña, ministro provincial, junto con una inmensa multitud de fieles procedentes de la corte del rey católico y de los pueblos vecinos. Para satisfacer la devoción de todos, el cuerpo fue expuesto durante dos días en un lugar elevado del presbiterio del templo, a plena vista de todos. Finalmente, se colocó en la mencionada arca, con dos cerraduras: una llave se entregó al provincial y otra a la abadesa. Al año siguiente, el rey Felipe III, con la familia real al completo, el cardenal de Lerma y los principales nobles de la corte, acudieron a venerar el sagrado depósito. El cuerpo fue expuesto para veneración durante todo el día, reposando en un lecho adornado noblemente, en el coro, salvo durante la hora del almuerzo, que tomaron en el atrio del monasterio. Finalmente, en el año 1622, la dignísima reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, acompañada del infante Carlos, el cardenal Fernando de Toledo (hermanos del rey) y los principales dignatarios de la corte, quiso contemplar ese precioso tesoro y honrarlo con sus dones.


''[55]'' [Margen derecho]: In'' Historia sacrarum imaginum'', lib. 2, cap. 28.
'''LXVI'''


''[56]'' [Margen izquierdo]: Homilía 8 ''De sancti Michaelis'' et relatus de Juan Molano.
Por último, los obispos de Troya y de Cirene, comisarios apostólicos delegados para examinar los hechos relativos a la santa virgen, al abrir el arca declararon haber visto el cuerpo incorrupto y de bello aspecto, y lo expusieron durante tres días a la vista de más de cuarenta mil personas llegadas de todas partes. En Roma se está tratando ahora su inclusión en el catálogo de los santos; en su momento, Gabriel, cardenal de Trejo —hermano del mencionado Antonio—, cubría los gastos para promover la causa, y las Cortes Generales del Reino de Castilla decretaron destinar a este fin cuatro mil escudos de oro. La veneración y el culto en ese lugar son sumamente fervorosos, y su fama está muy extendida por todos los reinos de España. Su glorioso sepulcro se encuentra rodeado de muchas lámparas de plata encendidas, colmado de preciosas ofrendas, y se ha depositado junto a la sacristía un ajuar valioso.


''[57]'' '''etiología''' es el estudio de las causas.
'''LXVII'''


''[58]'' [Margen derecho]: Diligencias que ha hecho el autor para escribir esta vida
Los documentos relativos a la santidad y al proceso, enviados a Roma, contienen innumerables y grandes milagros, con toda clase de curaciones e incluso resurrecciones. De los más notables y atestiguados con firmeza da cuenta Pedro Navarro. Este fue el último en redactar los hechos de la santa virgen, haciéndolo con sabiduría y prudencia, tras haber consultado cuidadosamente los escritos de María Evangelista, a quien ya dijimos que se considera la primera en haber escrito sobre su maestra. Antonio Daza, además de lo que publicó en sus ''Crónicas'', realizó un peculiar librito que recoge su vida, aunque más con devoción que con rigor. Esto ha provocado que algunos hombres importantes formularan objeciones y emitieran juicios inexorables, en gran ofensa de tal virgen. A esto respondió con una docta apología Francisco de Sosa —que mencionamos arriba— junto con otros hombres sabios. Pero el más preciso de todos fue el mencionado Navarro. La obra de Daza, con notas añadidas de Sosa, fue traducida al italiano e incorporada por Bartolomé Cimarella como cuarta parte de sus ''Crónicas''. Francisco Gonzaga, Pedro Salazar y muchos otros autores recientes hacen mención destacada a esta virgen.


''[59]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
===Notas===


''[60]'' [Margen izquierdo]: No supo leer ni escribir la monja que escribió el libro de la vida de santa Juana.
''[1]'' ''Codd. ipse Carolus Caesar Augustus'', es decir, Carlos I.


''[61]'' [Margen izquierdo]: 1. Advertencia.
''[2]'' ''Codd. Adhaerentibus Mahometanae''.


''[62]'' [Margen izquierdo]: Cómo se puede llamar uno «santo».
''[3]'' Referencia confusa. En las vitae en latín de Santa Brígida (BHL 1458-1459) no aparece esta referencia. La primera vita sobre esta santa se atribuye a Donato, obispo de Fiesole (ca. 829-877) y es una composición métrica escrita en latín. Para la edición más reciente del texto, véase Kissane (1977, 78-143). Para un estudio de otras ediciones y un análisis de la autoría y producción de este texto, véase también Kissane (1977, 57-77; 144-192). Referencia: Kissane, Noel. (1977) “''Uita metrica sanctae Brigidae'': a critical edition with introduction, commentary and indexes”, ''Proceedings of the Royal Irish Academy'' 77 C, 57–192.


''[63]'' [Margen derecho]: Bellarmino, t. I ''De beatitudinem et canonizatione sanctorum'', lib. 1, caps. 7 et 10; Angelo Rocca'', De canonizatione sanctorum'', cap. 30; Suárez, 3 par., t.3, q. 25, art.6, disp. 55, sect. 2; Rodulpho, lib. I, fol. 155; Vincente Justiniano en la vida del santo fr.. Luis Bertrán, cap. últ.
''[4]'' La guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), a comienzos del reinado de Carlos I.


''[64]'' [Margen derecho]: 2. Advertencia.
''[5]'' 2 Cor 4, 17.


''[65]'' [Margen izquierdo]: Visión y lo que significa.
''[6]'' Abac 3, 16.


<sup>''[66]'' </sup>[Margen San Buenaventura, ''De profectu religiosorum'', lib. 2, cap. 75; santo Tomás, 2.2, q. 174, arts. 1 al 3, glosa ordinaria'' ''in'' Prothemata'' ''Apocalypsim'', al principio, y sobre la epístola 2 ''Ad Corinthios'', cap. 12; Gilbert pinctavit en la glosa ordinaria en el prefacio sobre el ''Apocalipsis''<nowiki>; Nicolao de Lira sobre el prólogo de Gilbert, y cap. I </nowiki>''Apocalipsis''.
= Vida impresa (11)=
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/isabel-ibanez/ Isabel Ibáñez]; fecha de edición: marzo de 2025.


''[67]'' [Margen izquierdo]: Visión sensitiva o corporal.
== Fuente ==


''[68]'' [Margen derecho]: Visión imaginaria.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Barezzo_Barezzi Barezzi, Barezzo], 1663. ''Quatriesme partie des Chroniques des Frères Mineurs divisée en dix livres en laquelle sont descrittes les vies admirables, les cruels martyres, les merveilleux miracles, et les saints exercices de plus de huit cens Religieux et Religieuses, vrays serviteurs de Dieu, de la Religions de St François, avec un récit de le nouvelle réforme, et de la continuelle observance en l’ordre, avec le grand accroissement de la Foy Catholique fait par eux tant en France, Italie, Espaigne, qu’aux Isles Orientales et Occidenles .depuis l’an 1500 jusques à l’année présente 1609  composée par Barezzo Barezzi Cremon'', et nouvellement  traduicte en françois par R. P. F. J. Blancone, Relig. du grand Couvent de l’Obser’’ de Tolose et Gardien de l’Obser’’ de Mirepoix, A Paris, chez Robert Fouet, Rue ST Jacques à l’enseigne du temps et de l’Occasion, 1627 avec Privilège du Roy.


''[69]'' [Margen derecho]: Visión intelectual.
En línea, en Gallica, Bibliothèque Nationale de France, [https://catalogue.bnf.fr/search.do?mots0=NRI;-1;1;Barezzi%2C+Barezzo&mots1=ALL;0;0;&&pageRech=rav URL].


''[70]'' [Margen derecho]: Éxtasis.
==Bibliografía==


''[71]'' [Margen derecho]: San Dionisio, ''De divinis nominibus'', cap. 4.
* Barezzi, Barezzo, “Libro secondo” ''Delle croniche dell’ordine de frati minori instituito dal seráfico P. S. Francesco. Parte Quarta'',  Venecia: 1608, pp. 156-169.


''[72]'' [Margen izquierdo]: Rapto.
* Gonzaga, Francisco (O. F. M., obispo de Mantua, P.), ''De Origine seraphicae religionis franciscanae ejusque progressibus, de regularis observanciae institutione, forma administrationis et legibus...'' F. Francisci Gonzagae,... opus....1587, Parte III, pp. 644-646.


''[73]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, 2.2, q. 28, art. 3; Enrico Arpio, ''De mystica theologia'', lib. 3, par. 5, cap. 37; Medina, I.2, q. 8, art. 3.
* ''Diccionario de la Real Academia Española''. En línea: < https://dle.rae.es/>


''[74]'' [Margen izquierdo]: St. Tomás, 2.2, q. 175, art. I; Enrico Arpio, ''De mystca theologia'', lib. 3, par. 5, cap. 39.
* Oudin, César, ''Tesoro de las dos lenguas francés y española. Thresor des deux langues françoise et espagnole'', Paris: Marc Ory, 1607.


''[75]'' [Margen derecho]: Santo Tomás, I.2., q. 113, art. 3 ad 2 solutio 2.
* Villegas Selvago, Alonso de, ''Flos sanctorum, Tercera parte [...]'', Barcelona: en casa de D. Bages, 1588, Addenda, Vida 206, fols. 75v-79r.


''[76]'' [Margen derecho]: Dios cómo habla y se aparece a los hombres.
==Criterios de traducción==


''[77]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, 3 par., q. 57, art. 6 ad 3 et Gaetano; Suárez, 3 par., t. 2, disp. 51, sectio 4; Ballarmino, ''De sacramento Eucharistiae'', lib. 3, cap. 3.
El relato aparece en el ''Livre second. Des frères mineurs p. 159-171 en Quatrième Partiedes Chroniques …'', Paris, 1627, traducción por Blancone de ''Delle croniche dell’ordine de frati minori instituito dal seráfico P. S. Francesco. Parte Quarta'' de Barezzo Barezzi, en Venecia, 1608.


''[78]'' [Margen izquierdo]: ''Actorum'', caps. 9.22 et 26; ''Ad'' ''Corinthios'' I, caps. 9 y 15.
Se ha cotejado con el texto italiano de Barezzi y con el texto de Villegas de 1588 traducido en 1608 por Barezzi. También se ha manejado el diccionario de la Real Academia en línea así como el diccionario de Oudin, para controlar arcaísmos franceses. Se referirá a estas obras respectivamente mediante Blancone, Barezzi, DRAE, Villegas, Oudin. Se han comentado en nota de fin, las diferencias significativas con la fuente original, o sea, el texto de Villegas.  
En lo que se refiere al texto propuesto aquí, se ha llevado a cabo una traducción al castellano del texto original francés, en la que se han modernizado las grafías cuando podían ser un obstáculo a la pronunciación actual, y se han aplicado las normas de ortografía y puntuación actuales. Las citas en italiano de Barezzi son una transcripción diplomática.


''[79]'' [Margen izquierdo]: San Dionisio, epístola 8 ''Ad Demophilum''<nowiki>; san Atanasio in </nowiki>''Vita sancti Antonii''<nowiki>; san Gregorio, lib. </nowiki>4, ''Diálogos'', cap. 16.
De manera general las diferencias con Villegas se explican por errores o extrapolaciones de Barezzi, seguidas por su traductor francés Blancone.  


''[80]'' [Margen izquierdo]: Joannes Major, 4 sentencia, disp. 10, q. 4; Suárez 3 par., t. 2, q. 58, disput. 51, sectio 4.
Sin embargo se observan casos en los que Bancone se da cuenta, por la ruptura de lógica del texto, de los errores ocasionales de Barezzi, e intenta subsanarlos, bien corrigiéndolos, bien reescribiendo el pasaje.


''[81]'' [Margen izquierdo]: Escoto, lib. 4, dist. 10, per multas qq. et in 2; Alejandro de Alejandría, 4 par., q. 11, art. I, § últ.; Gabriel, lib. 4, q. I, art. 2 et lectio 46, in canon Ballarmino, lib. 3 ''De Eucharistiae'', caps. 3 et 4, et tract. 4 ''Physicorum'', q. 2.
También se observan añadidos propios de Blancone, sea para darle más claridad al texto, sea por insistencia doctrinal, o sea por deseo de exornarlo.  


''[82]'' '''''quantitativo modo''''': cuantitativamente.
Por fin otras pequeñas diferencias de detalle se explican por una mejor adecuación al uso del francés que una  traducción fiel (por ejemplo, en el caso de “matrona” , nunca traducido por “matrone” que, en puridad, sería aceptable).
Finalmente, no hay que descartar que, tanto Barezzi como Blancone, echaran mano de otra fuente, citada en la primera nota junto con Villegas (el “Obispo Gonz.”) que debe referirse a la vida escrita por Francco de Gonzaga. Esto podría explicar ciertas diferencias que parecen errores pero difíciles de comprender como por ejemplo el hecho de traducir “ottenta” (ochenta) por “setenta”. Esto significaría que algunas erratas o modificaciones e interpretaciones de Blancone se deberían a esa fuente secundaria sin identificar aún.


''[83] '''activa passivis''''': todas las formas posibles.
==Vida de Juana de la Cruz==


''[84]'' [Margen izquierdo]: Escoto, 2 senten., dist. 18, q. I; Santo Tomás, I par., q. 51, art. 3.
[159] '''De los Hermanos Menores. Libro II'''


''[85]'' [Margen derecho]: San Agustín, lib. ''De Genesi ad literam'', cap. 10.
'''La vida de la bienaventurada ''[1]'' sor Juana de la Cruz, abadesa del monasterio de Santa María de la Cruz de Cuba(s) en Castilla ''[2]'''''


''[86]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
'''Capítulo XXVIII'''


''[87]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
''[3]''


''[88]'' El largo párrafo que sigue aparece en cursiva en el texto base.
Cuando el soberbio Holofernes, capitán de Nabucodonosor ''[4]'', Rey de los Asirios, estaba sitiando Betulia, salieron los hebreos una mañana de la ciudad con los estandartes desplegados, y las lanzas y espadas y otras armas en mano, amenazando dar muerte a sus enemigos, los cuales, burlándose ''[5]'' de ellos, decían que las ratas se habían atrevido a salir de sus nidos para causarles daño ''[6]''. ''[7]'' Entonces el camarero ''[8]'' fue a despertar a Holofernes creyendo que dormía en su pabellón ''[9]'', para que se levantara a ordenar la defensa: pero apenas hubo entrado, vio el cuerpo de aquel soberbio ''[10]'' sin cabeza, tendido a todo lo largo por tierra y bañado en su propia sangre. Se quedó muy confuso, conociendo ser aquello obra de la mano de Judith ''[11]'', por lo que salió dando voces y gritando en voz alta: “¡Una mujer ha puesto en confusión a la Casa de Nabucodonosor!”. Aquello fue más que verdadero, pues, oyendo ''[12]'' los asirios que su capitán había muerto, se les heló tanto el alma, presa de un frío terror ''[13]'', que echaron luego a huir y dejaron la victoria en manos de sus enemigos, y todo el saqueo y los despojos que habían juntado ''[14]''. Las razones de aquel criado de Holofernes, que una mujer había puesto en confusión a la Casa de Nabucodonosor, le cuadra y puede adaptarse muy bien a una bienaventurada dama, ''[15]'' llamada sor Juana de la Cruz, monja de la Orden de los Hermanos Menores. Pues ella es la confusión de la Casa de Nabucodonosor, por ahí se entiende que los malos, cualquiera que sea su estado, son puestos todos en confusión, junto con algunos religiosos y personas de Iglesia, que, por muy honrados que sean en el oficio de servir a Dios, son, digo yo, puestos en confusión, respecto a lo que aquella monja hizo ; aunque hayan nacido de personas ilustres y de noble sangre, y hayan sido sustentados con la buena crianza de la corte y casa real, los deja en confusión aquella dama nacida entre labradores y en la pobreza ''[16]''. Ella es, pues, la confusión de toda clase de hombres, pues los ha superado así como veremos en su vida, recogida de antiguos memoriales que están en el monasterio de la Cruz, situado a dos leguas de la villa de Illescas ''[17]'', que atestiguan las extraordinarias virtudes y las grandes perfecciones que el Cielo le otorgó a aquella bienaventurada monja, cuya vida queremos describir y dejar para la posteridad sus bellas acciones para que nos sirvan de modelo '[18]''.  


''[89]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho. Aunque aparentemente se trate de una nota-guía, en realidad aporta información que no está en el cuerpo de texto.
[160] '''De la patria , de los padres y del nacimiento de esta sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, de los ejercicios espirituales que hacía en la infancia, tratando su cuerpo con gran austeridad. De la santa imagen de la gloriosa Virgen María, llamada de la Caridad de Cubas y de su origen'''


''[90]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
'''Capítulo XXVIII'''


''[91]'' '''dolor de costado''': pleuresía o inflamación de las membranas que cubren las paredes de la cavidad torácica y la superficie de los pulmones.
''[19]''


''[92]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo; sin embargo, no se trata de nota señalética o guía, pues aporta detalles nuevos a la narración del cuerpo del texto.
''[20]'' La bienaventurada Juana de la Cruz nació en un lugar vecino de Toledo, llamado Azaña, de un padre cristiano y virtuoso, llamado Juan Vázquez y de su mujer Catalina Gutiérrez el año de gracia de mil cuatrocientos ochenta y uno. Fue dotada de extremada belleza, contribuyendo el Cielo con algo particular de la suya ''[21]'': su madre la crió a sus propios pechos, sin que le doliera ni pesase, antes le era de gran recreo y consuelo. Pues cuando se encontraba presa de alguna tristeza, en tomándola en brazos, ella le servía para recobrar toda su alegría.  


''[93] ''Esta nota se encuentra en el margen derecho y es del mismo tipo que la anterior.
Habiendo llegado esta niña a la edad de cuatro años, mostraba tener perfecto juicio, tanto en sus palabras como en sus hechos, y jamás la vieron con otras mozas jugando a los juegos con los que las de su corta edad suelen entretenerse, ni decir palabra alguna vana  ni sin provecho: sino que sus pensamientos los ponía sólo en Nuestro Señor Jesucristo, a quien llamaba su caro esposo y con quien comunicaba sus pensamientos ''[22]''. Algunas veces tenía tanta fuerza y aprensión en sus potencias internas que sus sentidos estaban como ausentes de todo, viendo lo cual su madre, desconociendo la virtud de aquellos santos arrobos o éxtasis de los que su hija quedaba presa ''[23]'', creyó que estaba enferma y, teniéndola algunas veces por muerta, hizo voto de llevarla con una imagen ''[24]'' de cera a una casa o monasterio llamado de nuestra Señora de la Cruz, cerca de un lugar llamado Cubas, a dos leguas ''[25]'' de Illescas, villa de la diócesis de Toledo y alejada de esta de seis leguas, ilustrada por una imagen de la madre de Dios, llamada Nuestra Señora ''[26]'' de la Caridad, adonde algunas personas acuden de varias comarcas y lugares ''[27]'' y principalmente los enfermos que son favorecidos y sanados por la intercesión de la bienaventurada Virgen ''[28]''. Este monasterio de la Cruz, donde hay monjas de la Orden de San Francisco, ha sido edificado, según memoria transmitida de mano en mano, y tradición de generación en generación, como atestiguan los moradores de la provincia ''[29]'', por mandato de la bienaventurada Virgen María ''[30]'', quien se apareció en aquel lugar, por donde es muy reverenciada en él ''[31]''. Y es más, según relación de las monjas antiguas, se sabe de quién era la imagen tan reverenciada en Illescas: la cual una devota mujer que servía a las monjas, acompañada por otras buenas mujeres con música y pandero, la ponían ''[32]'' encima de la puerta de la clausura donde estaban las monjas ''[33]'' y la llevaban también ''[34]'' por los pueblos de la provincia pidiendo limosna para vestirla, y, con lo que le daban, la tenían lucida y aseada. [161] Y así, la dejó un día en Illescas, y a medida que el monasterio la fue perdiendo, la villa la adquirió, quedándose en la ciudad el origen de la santa imagen, la cual así como se puede creer es esta ''[35]'': de pequeña estatura, y en alguna manera negruzca, y se considera que ha hecho muchos milagros, lo cual es la causa de ser visitada con gran reverencia ''[36]'' y devoción de toda España ''[37]''.


''[94]'' [Margen derecho]: Todos los dedos quedaron pegados, y el pulgar sobre el índice hechos cruz.  
Pues quedando la morada de aquella niña a dos leguas de esta imagen, su madre la consagró a la Virgen María, y prometió llevarla al monasterio con una imagen ''[38]'' de cera, como ya dijimos, y como la muerte la cogió a esta mujer antes de que pudiera cumplir su voto, ella le rogó a su marido, padre de la niña, que lo cumpliese. Habiendo oído esta niña ''[39]'' el voto que había hecho su madre por ella, sintió gran contento y se alegró no sólo por el voto, sino también de que tomó una resolución, la de quedarse monja en el monasterio ''[40]'' para servir con gran afición ''[41]'' a la Madre de Dios todo el tiempo de su vida. La madre murió, ''[42]'' y esta niña quedó de siete años de edad y con el deseo de cumplir su deseo de ser monja, y así empezó a dedicarse a los santos ejercicios propios de la religión, haciendo ''[43]'' muy grandes abstinencias y comiendo sólo una vez al día ''[44]'', y sobre todo cuando ayunaba, conformándose con pan y agua, y a veces se quedaba dos o tres días sin comer cosa alguna, de lo abstinente que era ''[45]''. Con sus propias manos, ella tejió un cilicio asperísimo, y se lo puso sobre sus mismas carnes, con lo cual siempre andaba llagada, aunque ello le daba muy gran consuelo. Nunca estaba ociosa, ''[46]'' antes se esforzaba en lo que hacía, para atormentar más aún su débil cuerpo y que el cilicio la lastimara más ''[47]''. Así es como, no teniendo otra cosa que ofrecer a Jesucristo, ella le ''[48]'' ofrecía sus abstinencias, infligiéndose a veces muy ásperas disciplinas hasta derramársele la sangre que corría por todos los lados de su cuerpo, mostrando siempre en todas sus acciones ''[49]'' muy gran humildad. Hablaba muy poco, y lo que decía era para alabar a Dios o para provecho o buen ejemplo de su prójimo. Un tío suyo y su mujer que también era ''[50]'' su tía ''[51]'', la pidieron con muchos ruegos a su padre para tenerla en su casa, pues ambos la amaban muy tiernamente y eran muy ricos. De manera que, teniendo en ese lugar mucha más oportunidad de emplearlo ''[52]'' en oraciones ''[53]'' u obras santas y en penitencias, no se quedaba corta en ello ''[54]''; su tía se dio cuenta de la vida que llevaba, porque ella se quedaba la mayor parte de la noche puesta en oración, razón por la cual la amó mucho más aún. Viéndose descubierta, buscaba los lugares más recónditos de la casa donde se daba la disciplina, y de resultas se la daba con una cadena de hierro ''[55]'', y así cuando quedaba muy herida, pedía a Nuestro Señor por premio que pudiese ser recibida como religiosa en el monasterio de sus esposas y que contase como una de ellas ''[56]'', lo cual le fue otorgado por la Majestad Divina.


''[95]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho pero añade información nueva que no se refiere a las fuentes.
[162] '''Como la sierva de Dios ''[57]'' para cumplir su voto de ser Monja, huyó de casa de sus parientes vestida de hombre y se fue al monasterio de la Santa Cruz de Cubas donde fue recibida, de la aspereza de la vida que hacía y de otras virtudes suyas ejemplares'''


''[96]'' Esta nota también se encuentra en el margen derecho y es del mismo tipo que la anterior.
'''Capítulo XXIX'''


''[97]'' Se agrupa aquí en una sola nota dos distintas que se encuentran en el margen derecho, una a continuación de otra: el primer enunciado se corresponde con la primera; el resto, con la segunda. Ambas amplían la narración del cuerpo del texto.
''[58]''


''[98]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.  
Habiendo llegado a la edad de quince años, inspirada por Dios por lo que se vio más tarde ''[59]'', viendo que no podía salir de casa de sus parientes, que la guardaban consigo y que deseaban casarla, una mañana se vistió con hábitos de hombre, y habiendo hecho un hatillo de sus propios hábitos, salió de esta guisa con intento ''[60]'' de ir al monasterio de las monjas de Santa Cruz, que distaba de dos leguas, como se ha dicho. Cuando emprendía el camino, el demonio le quiso impedir el paso, poniéndole a la vista el disgusto que su padre y sus parientes recibirían de ello, y los peligros en los que podría incurrir en aquel viaje. Y así, aquello le llenó el alma con tal aprensión que cayó a tierra muy desalentada, aunque le fue dicho que Dios la favorecería y cumpliría su santo deseo ''[61]''. Así pues, tornó a proseguir su viaje, y habiendo caminado buena parte del camino, vio venir a una persona a caballo, a quien conoció y vio que era un mozo rico ''[62]'' que la había pedido por esposa y que deseaba grandemente conseguirla en matrimonio. Aquello le infundió gran temor, viéndose sola en un lugar solitario, pero fue favorecida de Dios, pues cegó al mozo, que no la conoció, habiéndose apartado ella un poco del camino cuando pasaba ''[63]''. De esta manera caminó con seguridad ''[64]'' a la casa de la Madre de Dios, a cuya iglesia antes de entrar quiso primero ir, y no vio a nadie en ella, y así fue a hacer oración y a reverenciar a Nuestra Señora. Luego se apartó a un rincón y quitándose el vestido de hombre, se vistió con el de mujer y se fue a hablar a las monjas, dando cuenta de quién era y del deseo que tenía de guardar clausura, rogándolas que la recibiesen, a pesar de los impedimentos que le ponían. Sucedió que en ese mismo tiempo llegasen sus parientes que la habían seguido pisando los talones y la regañaron en extremo por haberse ido de su casa sin decirles nada ''[65]'' y se la quisieron llevar consigo. Les pidió perdón por el disgusto causado, con mucha humildad, y les dijo que su intento era servir a Dios en esa casa y que sólo Él podría sacarla de ella. El ''[66]'' prelado vino igualmente ''[67]'', el cual habiendo visto el deseo y la constancia de aquella virgen, mandó que la recibiesen a la religión, lo que las monjas hicieron con gran contento. Visto todo esto por sus parientes, ellos empezaron a tener muy buena opinión de ello.


''[99]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
Le señalaron su dote y la moza pudo quedarse en aquella casa y con el hábito. La Maestra de novicias le mandó guardar silencio durante un año, lo que le agradó más que cualquier mandamiento que jamás le hicieron. Pues ella era naturalmente amiga de hablar poco ''[68]'' y [163] así empezó a hacer vida maravillosa, incluso antes de la profesión ''[69]'', la cual hizo cumplido el año y fue de cuatro votos, los tres ordinarios y el otro de clausura. Su vestido fue pobre y humilde, más que el de las otras monjas. Traía una túnica de jerga vieja y remendada, y de lo mismo era el hábito: en los pies zuecos de madera ''[70]'' y la mayor parte del tiempo iba descalza; ceñía una gruesa cuerda y en la cabeza llevaba una gruesa tela hecha de estopa o con una gruesa red ''[71]'', y por encima gruesas tocas. Sobre sus carnes llevaba un áspero cilicio, de lo cual nadie se percataba, y el cual ella nunca dejaba, ni de día, ni de noche ; además de aquello, ella hacía muy ásperas penitencias. Era maravillosa su paciencia ''[72]'' pues deseaba ser menospreciada, injuriada y ultrajada sin causa ''[73]'', sufrir toda clase de tormentos, heridas, golpes, dolores, frío y otros trabajos por amor a Dios ; no hablaba nunca sino con su maestra o con la abadesa o madre vicaria, y esto cuando ellas le preguntaban algo. Algunas veces se llevaba a la boca alguna hierba amarga como el ajenjo en memoria de la hiel que fue dada a Nuestro Señor Jesucristo en su Pasión. Otras veces se metía en ella una piedra algo grande que le causaba grandes dolores, otras veces tomaba agua en la boca y la guardaba hasta que no podía más del dolor que le ''[74]'' causaba, otras veces asía un candelero con la boca y lo tenía en alto hasta tanto como podía ''[75]''. Creía que guardar silencio sin dolor y sin penitencia era poco mérito para Dios. Por eso hacía los mismos ayunos que hacía antes de ser monja, añadiéndoles aún el poco dormir. Pues las monjas que ayunan suelen comer al mediodía y por la noche hacer una pequeña colación, ''[76]'' ella, en lugar de comer al mediodía rezaba los maitines de la noche, y en lugar de la colación, la cambiaba por un breve sueño sobre el final de la noche, al salir el sol.  


''[100] ''[Margen izquierdo]: Antes que santa Juana naciese le puso Nuestra Señora el nombre.
'''Del gran amor que le tenía al esposo de su alma ''[77]'', de los ejercicios a los que se dedicaba con gran humildad, del mucho celo que ponía en el servicio de Dios, y de lo que decía de su ángel custodio'''


''[101] ''[Margen izquierdo]: Arróbase estando en la cuna.
'''Capítulo XXX'''


''[102]'' '''la madre''': se añade el sujeto elidido para que se entienda adecuadamente el pasaje.
Era costumbre de las monjas dormir en un dormitorio, cada una en su cama ''[78]'', con una luz encendida en medio, pero esta ''[79]'' sierva esperaba a que todas se hubiesen recogido ''[80]'', y entonces ella, en el silencio más profundo, cogía una rueca e hilaba al lado de su cama, unas veces de pie, otras de rodillas, y siempre meditando sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo ''[81]', su esposo íntimo ''[82]''. Se ocupaba mucho en el servicio del monasterio, y para holgarse de ello se figuraba que era por el amor de Jesucristo, a quien servía de buen grado ''[83]''. Cuando fregaba los platos, lo hacía como si fueran de oro o de perlas preciosas donde su [164] Majestad hubiese comido. Las escobas con las que barría la casa las tenía por flores, y las losas por pedrería ''[84]'' y por la peana ''[85]'' del Rey de los Cielos: y así hacía con las demás cosas, interpretando cada cosa en buena parte, y recogiendo de todo lo que veía, bellas florecitas que daban buen olor, tanto a su alma como a su prójimo, por el buen ejemplo que se podía sacar de todas sus acciones ''[86]''.  


''[103]'' [Margen izquierdo]: Raptos de tres días siendo niña que mamaba.
Siendo cocinera fue reprehendida por su compañera y por la provisora al no satisfacerse ellas de lo que hacía. Ella se tiraba a tierra y confesaba ''[87]'' su culpa, pero ellas no le perdonaban, antes le decían que se quitase de su presencia. La sierva de Dios se iba al coro a rogar a Dios que le perdonase su culpa y el enfado que había causado a sus hermanas, y que aplacase el disgusto que tenían con ella. Su compañera la tornaba a llamar y le preguntaba lo que hacía en el coro, ella respondía que rogaba a Nuestro Señor que le perdonara su yerro y el enojo que le había causado, y que la aviniera con ella. Su compañera y la Provisora al ver aquello se edificaron tanto que durante varios días quedaron edificadas , y derramaron muchas lágrimas en lo secreto de su corazón. De este modo se portaba con los que la afligían, haciendo por ellos oración. Ya se ha dicho que aquella virgen ''[88]'' era hermosa y de muy buena compostura ''[89]'' y de conversación muy agradable, hablaba muy bien y daba muy buenos consejos, y sólo con verla u oírla uno se sentía movido a devoción. Frecuentaba los santos sacramentos de confesión y de comunión, y si su prelado no le había concedido comulgar cada día, ella comulgaba espiritualmente en su alma, u oyendo misa ''[90]'', preparándose con antelación en esa ocasión.  


''[104]'' [Margen derecho]: San Bartolomé la abraza y se regala con ella.
Le informaron de un religioso que había sido tentado de no rezar las horas canónicas y el oficio divino diciendo que Dios no necesitaba de sus oraciones. Ella le habló a este religioso y le dijo que Dios no necesitaba de él ni de ninguna criatura, pero que, por lo contrario, todas las criaturas necesitaban de Dios, pues como el villano tiene obligación de pagarle la gabela al rey ''[91]'', que, si no lo hace, es castigado con severidad, así los hombres deben pagar el servicio que le deben a Dios, principalmente los eclesiásticos ''[92]'' rezando el servicio divino, que si no lo hace será castigado con gran rigor, como rebelde. Tanto fue, que aquel religioso se arrepintió de su error y de allí en adelante fue más diligente en el servicio que debemos al que nos hace día y noche tanto bien ''[93]''.  


''[105]'' [Margen izquierdo]: Maravillosa visión.
A una monja que le preguntaba lo que podía hacer para agradar a Dios, respondió: “Hermana, hay que dedicarse continuamente a rezos y oraciones, y a guardar estrechamente silencio” ''[94]''.  


''[106]'' [Margen izquierdo]: Ve al niño Jesús en la Hostia.
A otra que también le preguntaba como podría ella permanecer en gracia de Dios, le respondió: “Llorad con los que lloran, reíd con los que ríen, y callad con los que guardan silencio” ''[95]''.


''[107]'' día de la Purificación de Nuestra Señora: 2 de febrero.
''[96]'' Aconsejaba a todos que tuviesen gran devoción a su ángel custodio, pues no sólo él nos guarda, sino también que nos acompaña [165] y, cuando alguien está en las ansias de la muerte, el ángel va al Cielo y mueve a los santos y a las santas, haciéndoles saber que aquella persona ha hecho algo que merece que rueguen a Dios por su libranza ''[97]''. Añadía además que después de la muerte van al Purgatorio a consolar a las almas de quienes ellos eran custodios, las consuelan y les cuentan las buenas obras que hacen por ellos los vivos para que sean tomadas en consideración ''[98]''.


''[108]'' [Margen derecho]: Maravillosa visión.
'''Del mucho amor que le tuvo a la santa cruz, y por qué razones y circunstancias. De los notorios favores que recibió de Nuestro Señor, y de los discursos que hacía estando arrobada'''


''[109]'' [Margen derecho]: Muere la madre de santa Juana.
'''Capítulo XXXI'''


''[110]'' [Margen izquierdo]: Quiere ser religiosa y no se lo conceden.
''[99]'' Aquella bienaventurada monja era muy devota de la santa cruz, y tenía muchas razones de serlo, tanto por su apellido ''[100]'' como por el monasterio, que se llamaba de la Cruz, y también por haber recibido grandes dones de Dios por medio de la santa cruz, sobre la cual hacía todos los días dulces pláticas ''[101]'' y de la que sacaba gran consuelo para su alma. Nuestro Señor la favorecía mucho, enviándole grandes regalos de su propia mano, de lo que se holgaba mucho ''[102]''. Especialmente cuando estaba en oración, durante la cual estaba a menudo arrobada y en éxtasis, donde se quedaba sin sentido, como se vio en presencia de una señora seglar, quien, habiéndola venido a visitar, y viendo que ni llamándola, ni tambaleándola, se movía ''[103]'', la hirió con un agudo hierro en la cabeza de donde salió al instante sangre, y aunque ella no lo sintió en el momento, no dejó de sentir ese dolor habiendo salido de su arrobo. Ocurrió que, estando a veces en aquellos santos ''[104]'' arrobos y en éxtasis, hablaba y decía cosas muy levantadas, de tal manera que los que la oían resultaban muy edificados. Ahora bien, si bien era una doctrina que nuestra santa fe nos enseña, en esos momentos descubría secretos maravillosos de Dios ''[105]'', y exhortaba a amar las virtudes y a huir de los vicios, reprehendía dulcemente a los presentes, y sus razones eran de tal manera que hablaba con ellos, sin que los demás se diesen cuenta ; pero ellos lo entendían muy bien, reconociendo el mal que habían hecho, pedían perdón a Dios con el deseo de enmendarse de allí en adelante ''[106]''. Y para testimonio de que hablaba como inspirada divinamente, la oyeron varias veces hablar en diversas lenguas, de las que ella nunca había tenido noticia, y así, a cierto provincial de la Orden Franciscana de la Observancia ''[107]'' que deseaba hacerla abadesa del monasterio, como al fin lo hizo, le dijo en lengua vizcaína, pues el padre era de Vizcaya, que ella no sería capaz para el monasterio ni para la casa en aquel oficio: pues bastante tenía que hacer consigo misma ''[108]''. Otra vez, el Obispo de Ávila había mandado al convento a dos esclavas moras para que sirviensen en el monasterio. Aquellas esclavas habían sido traídas de Orán, que había sido conquistada en aquel tiempo, y cuando las [166] monjas las querían persuadir de hacerse cristianas, ellas se estropeaban todo el rostro con las uñas, y especialmente la mayor ''[109]''. Pues bien, aquella santa monja, estando en éxtasis, les habló en su lengua, y ellas entendieron muy bien lo que ella les decía ''[110]'', y le contestaron siguiendo su coloquio, de tal manera que aquellas esclavas moras se bautizaron. Después de que fueron bautizadas, la oyeron una vez más hablar su misma lengua, y se pusieron luego a su lado quedando muy consoladas de oírla hablar, y de entender lo que les decía.  


''[111]'' [Margen izquierdo]: Revela Dios la santidad de santa Juana.
'''Como algunas personas ilustres la oyeron hablar estando arrobada en éxtasis, y de un milagro que con la santa oración alcanzó de Dios'''


''[112]'' [Margen derecho]: Hacen diligencias para hurtar a santa Juana y recíbenla sin dote.
'''Capítulo XXXII'''


''[113]'' [Margen derecho]: Consideración santa para entrar en religión.
Con todas esa experiencias, por ser aquellos arrobos cosa nueva y no acostumbrada entre pocos santos ''[111]'', los prelados mandaron a la abadesa de aquel tiempo que, cuando hablara de ese modo en sus arrobos, la dejasen sola. La abadesa obedeció la orden, de tal modo que, la primera vez que habló de este modo, ella quiso que todas las monjas saliesen de la cámara donde estaba su Virgen ''[112]''. Pasado algún tiempo, la abadesa mandó ir a ver si seguía hablando, y la monja que fue allá vio alrededor de ella muchos pájaros de diversas clases, con la cabeza levantada en alto, en actitud de escuchar lo que decía. Se fue al instante a avisar a la abadesa, que fue allá con las otras monjas y vio la verdad de esto, aunque con su llegada los pájaros huyeron; y, para mostrar que no eran fantásticos, ''[113]'' uno de ellos voló y se posó sobre la manga de la bienaventurada hermana, habiendo vuelto esta en su primer sentido. Pareció que era voluntad de Dios que las monjas oyesen lo que decía en aquel momento, y que prohibían sin embargo a personas dotadas de entendimiento y razón de oírlas ''[114]''. Así pues, la vieron y oyeron varias veces el ''[115]'' Cardenal y Arcediano ''[116]'' de Toledo, Fray Francisco Jiménez de Cisneros, que fue padre y religioso de la Orden ; varios obispos, inquisidores, predicadores, duques, marqueses, condes y personas que se reían de ella cuando les contaban aquellas maravillas, pero habiéndola visto con sus propios ojos, se asombraban mucho, y de allí en adelante le eran muy aficionados, creyendo verdaderamente que era la verdadera sierva y esposa de Jesucristo quien le daba aquellos arrobos como prendas de su divino amor ''[117]''. Nuestro Señor hizo también por ella algunos milagros más, y uno de ellos ''[118]'' fue que, trayendo aquella humilde virgen entre sus manos un gran vaso para el servicio del convento, este se hizo pedazos sobre una piedra, tanto que ella quedó muy desconsolada, habiendo considerado lo cual ella se echó a tierra e hizo oración a Dios, y juntando ella los trozos, el vaso resultó en el acto completamente rehecho y de una sola pieza. Todo esto lo vio otra monja que le dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba roto este vaso, [167] hecho pedazos en tierra? ¿Cómo está ahora entero?”, Ella le respondió con gran humildad: “Así era hermana, pero Dios quiso remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados, y por mi culpa ''[119]''”,


''[114]'' [Margen izquierdo]: Ejercicio y penitencias de santa Juana siendo niña.
'''De algunos milagros y gracias que aquella sierva de Dios obtuvo por medio de la santa oración'''


''[115]'' [Margen izquierdo]: Trae cardas y cadenas junto a la carne en lugar de silicio.
'''Capítulo XXIII'''


''[116]'' [Margen derecho]: Hállanla en oración.
También fue testimonio de ello un gran milagro que ''[120]'' le acaeció varias veces, y es que, estando alejada del servicio divino que se rezaba en el coro, mereció ver el santísimo sacramento del altar, aunque hubiera una muy gruesa pared entre ambos, en el momento en el que el sacerdote alzaba a Nuestro Señor durante la santa misa, y parecía que se partía de tal manera que ella veía la santa hostia y el cáliz, y después la pared se volvía a juntar. Y como testimonio verdadero de aquel milagro, la señal fue vista varios años sobre las piedras, las cuales parecieron no estar bien unidas durante algún tiempo.
El milagro siguiente fue público ''[121]'', esto es, que había una niña, la cual, ''[122]'' estando a punto de morir ''[123]'', su padre ''[124]'' la trajo al monasterio de la Cruz, donde se vio por experiencia que iba a morir ''[125]''. A ruego de aquel hombre y de otras personas que le acompañaban en número de setenta ''[126]'', ella le puso encima una cruz, y de repente se levantó la niña, con testimonio muy seguro de que estaba sana y fuera de cualquier peligro, de tanto como agradaban a Jesucristo, su verdadero esposo, los ruegos de su humilde sierva ''[127]''.


''[117]'' [Margen derecho]: Visión maravillosa.
Por estas obras y por sus raras virtudes, fue elevada ''[128]'' a abadesa ''[129]'', oficio que ejerció con mucha virtud. Porque no sólo las monjas, con su ejemplo, quedaban muy edificadas y obedientes en lo que tocaba al servicio divino, sino que también con sus fervorosas oraciones alcanzaba de Dios que fuesen como exigía su estado. Cuando fue elevada al cargo de abadesa, no ocurrió que disminuyesen sus virtudes, sino más bien que aumentasen. Dios hizo por amor a ella varias maravillas dignas de publicarse como esta. Estando enferma una señora en el Palacio del Emperador Carlos V en Madrid, llamada Doña Ana Manrique, atormentada por un mal de costado que la dejó en las últimas, ella, que era devota de la abadesa y que sabía que Dios oía las oraciones que ella le hacía y se las otorgaba, le mandó a un mensajero que le dio a entender el peligro en el que se encontraba. Esta buena monja se puso enseguida en oración por ella, y así fue el efecto que siguió, tanto más cuanto que, ''[130]'' estando la enferma desahuciada ''[131]'' y habiendo recibido la extremaunción, se le apareció sobre la medianoche a la abadesa junto a ella que le tocaba con las manos, apretándolo el ardor de su mal de costado, donde más le dolía. Pues estando así, aquella enferma dijo en voz alta: “¿No ven a mi madre que ha venido a verme y a curarme?”. Muchos que estaban presentes oyeron esas palabras aunque no vieron a nadie, sino el efecto de estas que fue recobrar el comer, el beber y su entera curación. Se enteraron de esto las monjas del Monasterio, de manera que [168] le preguntaron a su abadesa cómo lo había hecho. Ella les dijo: “Hijas mías, son obras estas de mi ángel custodio ''[132]''”. Se averiguó también haber sanado al Padre confesor del Convento de una enfermedad muy peligrosa, una rabia que se había apoderado de él, como también a una monja de un zaratán, y a varias personas más, libradas de varios males que siempre iban aumentando hasta que los enfermos la rogaban con gran devoción que los curase, lo que alcanzaba con sus oraciones y ruegos, que agradaban más a Dios que todos los remedios naturales que se había pensado aplicar ''[133]''.  


''[118]'' [Margen derecho]: Los serafines se alegran con santa Juana.
'''De algunas persecuciones que esta monja sufrió con gran paciencia y como fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo, al recibir sus santas llagas'''


''[119]'' [Margen izquierdo]: Declárale el ángel de su guarda la visión.
'''Capítulo XXXIV'''


''[120]'' '''Jesu''': esta forma puede tratarse de un error o de una forma minoritaria y probablemente arcaizante, ya que el ''CORDE'' atestigua su uso principalmente en el ''Libro del caballero Cifar'' (1300-1305).
La fama que volaba por el mundo en razón de las obras y de la perfección admirable de esta santa abadesa hacía que la tenían por santa, y para que aquello no le fuera materia a presunción ''[134]'', Dios permitió que fuera grandemente afligida a causa de una persecución que se levantó contra ella ; y fue que la costumbre era que la abadesa y sus monjas tenían facultad de nombrar sacerdote en Cubas para administrar los sacramentos, pues era beneficio que dependía de aquella abadía. Hubo algunos sacerdotes que quisieron impetrarlo, diciendo que las mujeres, aunque monjas o abadesas, eran incapaces para cura de almas. La abadesa tomó consejo sobre esto y le dijeron que debía, por el bien del convento, mandar a alguien al Papa para obtener la bula, y, por su diligencia, adelantarse a los que habían impetrado el beneficio, y asegurarse así contra este daño. Siguió este consejo sin dar cuenta al prelado de la orden, para más diligencia y evitar la tardanza. Una monja del convento que la quería mal, avisó de esto a los prelados de la religión, dándoles a entender que gastaba la hacienda del monasterio para dar ese beneficio a un hermano suyo que había nombrado. La verdad era esta: para sacar la bula se habían gastado siete ducados, pero habían sido pagados por un amigo suyo que le era devoto, sin ningún daño para el convento, y su hermano, que era hombre honrado y de ciencia, había sido requerido para este cargo por el pueblo. Con todo eso, uno de los prelados, y el más principal ''[135]'', mal informado, enojado al extremo, fue al monasterio, y habiéndolas reunido en capítulo, públicamente reprehendió a la abadesa con ásperas palabras, le quitó el cargo de abadesa y le impuso una disciplina que sufrió de buen grado, diciendo que sus pecados merecían mucho más, y que había tenido este cargo sin merecerlo, antes que lo había aceptado por obediencia. Las monjas se disgustaron mucho de esta orden, y aunque el Prelado les mandase eligieran de nuevo una abadesa, no quisieron escucharlo, diciendo que ya tenían a una, tanto que él les dio por presidenta a la que [169] le había dado este mal aviso. Pero al poco tiempo, el prelado y la monja vinieron a morir del dolor que tuvieron de haber actuado injustamente en contra de esta santa abadesa, por lo cual le pidieron perdón: la cual, a cambio, hizo muchas oraciones, mientras estuvieron en vida por su salud y prosperidad, como después de muertos por el reposo de sus almas, si estuvieran en pena, habiendo sido repuesta ella en su primera dignidad ''[136]''.


''[121]'' [Margen izquierdo]: Aparécesele Cristo crucificado con las insignias de su Pasión, y las Marías.
Con esto, los trabajos de esta bienaventurada abadesa no tuvieron fin aún:  pues estando en contemplación en su celda el Viernes de la Cruz, con los dos brazos tendidos en forma de cruz, muy atenta, como si hubiese estado en el coro, cuando se decía la Santa Pasión ''[137]'', llorando y lamentándose y descalza, no podía andar, por el gran dolor que sentía en los pies. Las monjas, viéndola quejarse así, fueron a preguntarle la razón de tal llanto: ella les contestó que los pies le dolían mucho. Entonces las monjas se los miraron y los vieron con señales, y también las manos, como las de Jesucristo, y la señal era redonda, y sin que le manara sangre ''[138]'', del tamaño de un real y muy coloradas. Las monjas le preguntaron la causa de esto: ella les contestó que no sabía más sino que estando en contemplación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, le parecía estar viéndolo en la cruz, y que, uniéndose a él ''[139]'', las señales admirables llenas de dolor se le habían pegado. Esto fue ocasión para que las monjas y dos padres confesores de la casa vertiesen lágrimas en testimonio de tal contento, aunque la bienaventurada se juzgaba indigna de tales favores. Por ser además tan intolerable ese dolor, rogó a Nuestro Señor que le librase de él, y tanto le importunó que alcanzó su petición ''[140]'', y el día de la Ascensión ya no tuvo dolor, ni señal de sus llagas. Pero no por eso cesaron sus penas pues con permiso de Dios, era atormentada y azotada por los demonios tan cruelmente que varias veces las señales de los azotes se veían en su cuerpo, agotado y afligido por la gran penitencia que ella hacía cada vez más a menudo ''[141]''.  


''[122]'' [Margen derecho]: Nuestra Señora visita a santa Juana.
'''Como la santa monja sufrió una grave enfermedad con mucha paciencia, y de un coloquio que tuvo con Jesucristo, con la contestación que le hizo sobre su muerte y su sepultura'''


''[123]'' '''andaban a los alcances''': observaban los pasos que daba para prenderla, averiguar su conducta o descubrir sus acciones ocultas (''Tesoro'' de Covarrubias).
'''Capítulo XXXV'''


''[124]'' [Margen derecho]: Del palomar hace oratorio.
Los trabajos aumentaron aún más: pues plugo a Dios ''[142]'' enviarle una gran y larga enfermedad, de tal suerte que quedó paralítica y con los miembros tullidos, sin tener ninguno en el cuerpo que no le causase muy grandes dolores. Sus huesos se descoyuntaban, hasta los de manos y pies, de tal manera que sus trabajos eran muy grandes, sin poder ocultarlos. Sus nervios se retraían tanto que las rodillas, los brazos y los dedos se le doblaban y ya no pudo extenderlos en adelante: de suerte que no podía [170] beber ni comer con las manos, ni moverse de cualquier manera, sino con el socorro de dos monjas ''[143]''. Resumiendo, que no tenía ninguna parte de su cuerpo que pudiera mover (causando espanto y compasión al que ''[144]'' alcanzaba ese bien de verla), lo cual no era sin padecer en extremo ''[145]'') fuera de la lengua, con la cual daba gracias y alababa al esposo de su alma, Jesucristo, por los dolores que recibía, como otras tantas piedras preciosas venidas de su sagrada mano ''[146]'', y un día ella le habló así: “Señor, ¿cómo es posible que un cuerpo tan quebrantado pueda vivir ? Deme, por favor, paciencia, o quíteme el mal que padece, o la vida, si tal es su voluntad”. Pareció como que el Hijo de Dios le habló y que le decía ''[147]'' que no era maravilla que padeciese lo que sufría, habiéndole elegido por su esposo, a él que había sido tenido en el mundo por leproso, y lleno de dolores: por fuerza, siendo su esposa, y comunicándose con él como su esposo, aunque espiritualmente, ella debía recibir sus males y participar de ellos, no siendo extraordinario que el que ama mucho aguante penas y trabajos por su amado. Pero era necesario que ella creyese ''[148]'' que él le había dado esos males y esas enfermedades por bien suyo. Pues siendo no sólo su esposo, sino también su padre, había procurado darle de sus bienes, como hacen los padres terrenales a sus hijos, los cuales para este fin se meten en muchos trabajos y disgustos, y que, cuando él había hecho lo mismo, teniendo en cuenta que para hacer ricos a sus hijos había padecido muchos males y dolores, para elevarlos al Cielo él se había abajado a la tierra, para librarlos de la muerte y del infierno había padecido una muerte cruel en el madero de una cruz. Para hacer ricas a sus almas, se había hecho pobre en el cuerpo, para hacerlos señores del Cielo e iguales a los ángeles, él se había hecho, en tanto que hombre, servidor y expuesto a un millón ''[149]'' de necesidades. Y que de tanto como hizo por todos, bien pueden comprender por ahí cuánto nos ama y quiere, y que el amor que nos tiene es mayor que el que nos tenemos a nosotros mismos. Tienen que ser grandes los trabajos, para alcanzar los grandes ''[150]'' asientos del Cielo: y esa era la causa por la que mandaba los males, para ese fin, no por complacerse viéndoles padecer, sino porque es una cosa que les conviene hacer para aumentar su gloria y su mérito. “Así pues, hija mía, no tienes que afligirte si padeces mucho para merecer una gran recompensa en el Cielo, ten seguridad que cuando vea que ha llegado el punto señalado de tu gloria en mi eternidad, te llamaré en el acto y tú vendrás» ''[151]''. Así fue, pues habiendo padecido esta virgen ''[152]'' esta enfermedad algunos años, fue afectada por otra enfermedad mucho más áspera. Tanto que, siendo visitada por los médicos, ellos aseguraron que se iba morir, lo cual entristeció mucho a las monjas del convento, porque, aunque estaba así enferma en cama, tenía la mente y la lengua libres, dándoles buenos consejos y santos avisos ''[153]''.  


''[125]'' [Margen izquierdo]: Aparécesela Cristo.
Pues habiendo llegado el día de la Santa Cruz, que es el tercer día de mayo, el año 1534, a las seis de la tarde, un día de domingo, siendo de cincuenta y tres años de edad, estando presentes algunos religiosos en su celda y todas las monjas del monasterio con velas encendidas [171] en las manos, habiendo recibido ella los santos sacramentos, tanto el de confesión, como el de la santa eucaristía, como el de extremaunción, con mucha reverencia y derramando muchas lágrimas, habiendo repartido entre todas las monjas y deparádolas todos los pequeños y pobres muebles de su celda para morir más pobre ''[154]'', leyendo la Pasión de Jesucristo según San Juan ''[155]'', entregó su alma a Dios, quedando su cuerpo muy bien compuesto y con gran modestia ''[156]'', y mostrando un rostro sereno y risueño, murió en Jesucristo ''[157]'', con gran admiración de todos los presentes. Después de esta muerte, el olor de su celda, que no era nada grato por el largo tiempo de su gran enfermedad, se mudó en tan buen olor que todos quedaron muy consolados ''[158]''. Las monjas fueron a besar aquel santo cuerpo enseguida, con muchas lágrimas, y se pusieron a buscar de dónde podía manar aquel buen olor, siendo verdad que no se pudiera oler fragancia más suave ni que se pudiera comparar con esta. Su cuerpo permaneció cinco días sin sepultarse, por la gran multitud de gentes que venían a verla de todas partes de la provincia, durante los cuales Nuestro Señor hizo mucho milagros por los méritos de su sierva: a saber, en beneficio de algunas personas, las cuales yendo a tocar aquel cuerpo con devoción fueron sanadas de sus enfermedades. Ahora bien, para que todos pudieran ver y tocar tan raro tesoro, las monjas lo habían mandado poner fuera del claustro. A los cinco días de expirar, su santo cuerpo fue sepultado en el claustro ''[159]'', al lado del lugar en donde las monjas recibían el Santo Sacramento del altar, donde permaneció unos años. Pero después, creciendo la devoción en el corazón de varias personas nobles, esta reliquia fue quitada de aquel lugar, y sepultada en el coro, cerca del altar mayor, del lado del evangelio, en un sepulcro ilustre y elevado por encima del suelo, donde es ahora tenida en gran reverencia: y si no la debemos honrar como a santa, por ''[160]'' no estar canonizada, debemos honrarla mucho, por haber sido virgen esposa de Jesucristo ''[161]''. Su vida atestigua que su alma goza ahora plenamente del dulce abrazo de su Esposo y que la ha puesto en un asiento principal de su bienaventuranza, desde la cual Dios quiera, por su bondad y misericordia y por los méritos de esta bienaventurada Sor Juana, hacernos partícipes ''[162]''. Amen.


''[126]'' [Margen izquierdo]: Promete Cristo a santa Juana desposarse con ella y de hacerla religiosa.
===Notas===


''[127]'' [Margen derecho]: Sale de su casa en hábito de hombre.
''[1]'' Barezzi: “Vitta della religiosa, e essemplare serva de Dios, la Beata Suor Giovanna…”. Opción estilística de Blancone.


''[128]'' [Margen derecho]: Esfuérzala el ángel de su guarda.
''[2]'' Villegas: Cuatro folios sin división interna dedicados a “ Vida 206. De Juana de la Cruz, abadesa del orden de los menores”.


''[129]'' [Margen izquierdo]: Nuestra Señora se le aparece y la consuela.
''[3]'' Barezzi no numera esta introducción.


''[130]'' '''puerta reglar''': la que da entrada a la clausura de un convento (''Autoridades'').
''[4]'' Al margen derecho: “el Obispo Gonz. p: 3. Alonso de Villegas en el suplemento de la 3ª parte de ''Flos sanctorum''”.La primera fuente es la obra del Obispo de Mantua Francisco de Gonzaga que publicó en 1587 una crónica en latín sobre el origen de las distintas religiones franciscanas. “P: 3” se refiere a la tercera parte dedicada a las fundaciones y monasterios ilustres ultramontanos, o sea desde el punto de vista de Gonzaga, fuera de Italia. En esa parte aparece una nota de 3 páginas sobre el convento de Cubas y Juana de la Cruz (véase bibliografía). La segunda fuente es el conocido ''Flos Sanctorum'' de Villegas, fuente primera del texto de Barezzi e indirectamente del de Blancone (véase bibliografía).  


''[131]'' [Margen derecho]: La imagen que está sobre la puerta reglar habla con santa Juana.
''[5]'' Villegas: “teniéndolos en poco” Barezzi: “dei quali non se ne facendo egli conto li burlava”. Interpretación de Blancone que se apoya en Barezzi.


''[132]'' [Margen izquierdo]: Llegan los parientes de santa Juana y hállanla a la puerta del monasterio.
''[6]'' “para causarles daño”. Villegas “en daño de sus vidas”. Barezzi: “in danno delle sue vite”. Mala interpretación de Blancone que confunde a quien se refiere “sue vite”


''[133]'' [Margen derecho]: Llega en busca de santa Juana el que la pretende por mujer.
''[7]'' Villegas: “Estaba la tienda del Capitán cerrada, y en ella había todo silencio,…”. Barezzi: “All’ora il padiglione del Capitano era chiuso e in quello era sommo silentio”. Pasaje omitido por Blancone.


''[134]'' [Margen derecho]: Dan el hábito a santa Juana.
''[8]'' Villegas: “entró Vagao, camarero”. Barezzi: “Vagao suo camariero”.


''[135]'' [Margen derecho]: Mandan que guarde silencio por un año.
''[9]'' “en su pabellón”. Añadido de Blancone.


''[136]'' [Margen izquierdo]: Éntrase a confesar desnuda.
''[10]'' Interpretación de Blancone. Barezzi fiel a Villegas: “el cuerpo de Holofernes”, “il corpo di Holoferne”.


''[137]'' [Margen izquierdo]: Lo que sucedió a santa Juana la primera vez que comulga siendo novicia.
''[11]'' Villegas, Barezzi: “la matrona Judith”. Blancone nunca traduce “matrona” por “matrone” que tiene el mismo sentido que “matrona”. Probablemente porque “matrone” en Francia , o tiene una connotación romana, o una connotación despectiva. Véase Oudin: “Matrona, matrone, femme honorable et d'honneur” y “matrone, femme d'honneur, matrona”.


''[138]'' [Margen izquierdo]: Contienda maravillosa entre los gloriososo santo Domingo y san Francisco.
''[12]'' “oyendo”. Villegas: “viendo”, Barezzi: “vedendo”. Interpretación de Blancone


''[139]'' [Margen izquierdo]: Pide licencia el demonio para tentar a la santa.
''[13]'' “se les heló tanto el alma, presa de un frío terror”. Villegas: “sobrevínoles tan grande temor”. Barezzi: “li sopravene un timor cosi grande”. Interpretación de Blancone.


''[140]'' [Margen izquierdo]: Azótala el demonio.
''[14]'' Villegas “ que puestos en huida dejaron en manos de sus enemigos la victoria y despojos”. Barezzi: “lasciareno nolte (/ molte¿ ?) mani dei suoi nemici la vittoria”. Blancone interpreta para más claridad.


''[141]'' [Margen derecho]: [Desea santa Juana padecer muchos trabajos por Nuestro Señor.
''[15]'' “dama”. Villegas: “mujer”. Barezzi: “ donna” . Interpretaciónde Blancone. Tanto en francés como en español, ”dame”, término empleado por Blancone, significa mujer de cierto rango social. Blancone emplea intencionalmente este término para encarecer el elevado rango moral de Juana, superior al rango social de las “personas ilustres y de noble sangre” a quienes es comparada.


''[142]'' [Margen izquierdo]: Asperezas de santa Juana.
''[16]'' Villegas: “nacida de labradores en pobre aldea”. Barezzi: “nata era lavoratori e in povera terra”. Interpretación de Blancone.


''[143]'' [Margen izquierdo]: Asistencia en la oración muy contínua.
''[17]'' Villegas: “Illescas”. Barezzi “Illesca”. Blancone sigue aquí y seguirá de ahora en adelante a Barezzi. Corregimos el error, restituyendo “Illescas”.


''[144]'' [Margen derecho]: Notable mortificación.
''[18]'' “que atestiguan las extraordinarias virtudes y las grandes perfecciones que el Cielo le otorgó a aquella bienaventurada Monja, cuya vida queremos describir y dejar para la posteridad sus bellas acciones para que nos sirvan de modelo”: añadido de Blancone. Villegas: “y es en esta manera” ; Barezzi, fiel a Villegas: “la quale sta en esta guisa”.


''[145]'' [Margen izquierdo]: Milagro que hace el Señor por su sierva.
''[19]'' Sigue la numeración de Barezzi, aunque repite su propia numeración en lo que corresponde al prólogo no numerado de Barezzi que encabeza su texto.


''[146]'' [Margen derecho]: Humildad y paciencia de santa Juana.
''[20]'' Al margen izquierdo: “S. Juana de la Cruz, su patria y sus padres”.


''[147]'' [Margen izquierdo]: Aparécesele el Niño Jesús en el torno.
''[21]'' “Fue dotada de extremada belleza, contribuyendo el Cielo con algo particular de la suya”. Villegas “dotada de mucha gracia y hermosura”, Barezzi: “Questa fu dottata di molta gratia e di singolar belleza”. Blancone desarrolla a Barezzi.


''[148]'' [Margen izquierdo]: El Niño Jesús, la Virgen y muchos ángeles se le aparecen.
''[22]'' Villegas: “deseos”. Barezzi: “suoi pensieri” Blancone sigue a Barezzi.


''[149]'' [Margen derecho]: Resplandecía el rostro y sale della grande olor.
''[23]'' “desconociendo la virtud de aquellos santos arrobos o éxtasis , de los que su hija quedaba presa”. Añadido de Blancone.


''[150]'' [Margen derecho]: Obediencia lo que puede.
''[24]'' “una imagen”. Villegas: “una ofrenda”, Barezzi: “una imagine”. Blancone sigue a Barezzi


''[151]'' [Margen izquierdo]: Maravillosa frecuencia de raptos.
''[25]'' Al margen izquierdo: “Imagen de Nuestra Señora de la Caridad y su origen”.


''[152]'' [Margen izquierdo]: Raptos que la duraban tres días.
''[26]'' “Nuestra Señora”: añadido de Blancone.


''[153]'' [Margen derecho]: Resplandece el rostro estando elevada.
''[27]'' “de varias comarcas y lugares”. Villegas: “de diverss partes”, Barezzi: “da diversi parti”. Interpretación de Blancone.


''[154]'' [Margen derecho]: Lugar celestial donde estaba santa Juana cuando se arrobaba.
''[28]'' “por la intercesión de la bienaventurada Virgen”. Villegas: “por los méritos y intercesión de la Virgen.”. Barezzi: “per li meritie intercessione della Beata Vergine”. Blancone sigue a Barezzi, omitiendo “méritos”.


''[155]'' [Margen izquierdo]: Queda como muerta en un rapto.
''[29]'' “según memoria transmitida de mano en mano, y tradición de generación en generación, como atestiguan los moradores de la provincia”. Villegas: “es tradición dentro del y en toda la comarca conservada de unos en otros”. Barezzi: “si tiene, e di dentro a quello, e di fora per una memoria conservata di mano en mano, dalli huomini di tutta la Provincia…”. Blancone sigue a Barezzi en su interpretación. El resultado es un sentido confuso y erróneo.


''[156]'' [Margen derecho]:'' Isaías'', cap.3.
''[30]'' “de la bienaventurada Virgen María”. Villegas: “de la misma Virgen María”. Barezzi: “della B. Vergine”. Blancone sigue a Barezzi, añadiendo “María” para mejor comprensión.


''[157]'' [Margen derecho]: [Santo Tomás] I par., q. 51, art. 3.
''[31]'' “por donde es muy reverenciada en él”. Villegas se refiere al monasterio: “ por donde es reverenciado y tenido en mucho”. Barezzi también: “di onde viene, che sia onorato”. Error de Blancone.


''[158]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
''[32]'' “la ponían encima de la puerta de la clausura”. Villegas: “llevaba la sancta imagen, quitándola de sobre la puerta de la clausura” ; Barezzi: “portava la santa imagine sopre la porta della clausura”. Error de Barezzi que no traduce “quitándola”, reproducido por Blancone.


''[159]'' [Margen derecho]: Nuestro Señor se desposa con santa Juana
''[33] “la puerta de clausura donde estaban las monjas”. Villegas: “la puerta de la clausura donde estaba” (o sea, donde estaba la imagen). Barezzi: “oue stava”. Error de traducción de Blancone que lee un plural y para más claridad añade el sujeto “las monjas”.


''[160]'' [Margen izquierdo]: Petrus de Natalibus, lib. 10, cap. 105, y san Antonio, 3 par. ''Historia'' 32, cap. 14, §6.
''[34]'' Añadido de Blancone para que el conjunto resulte más claro, pues es algo confuso al haber sido omitido “quitándola”, ver nota 32.


''[161]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
''[35]'' “la cual así como se puede creer es esta”. Villegas: “lo que he podido descubrir es esto”, Barezzi: “la quale per quanto se ha potuto scoprire è questa”. Error de Barezzi. Blancone se ciñe a la estructura de Barezzi pero no lo traduce fielmente (“creer” en lugar de “descubrir”). El resultado es un sinsentido.


''[162]'' [Margen izquierdo]: Da la Virgen el anillo y pónesele Nuestro Señor a santa Juana en el dedo.
''[36]'' Al margen derecho: “Sor Juana se apresta a cumplir el voto de su madre.”.


''[163]'' [Margen izquierdo]: Cristo y su madre aparecen a santa Juana.
''[37]'' “y se considera que ha hecho muchos milagros, lo cual es la causa de ser visitada con gran reverencia y devoción de toda España”. Villegas: “y por extremo devota” ; Barezzi: “e in somma, devota, e dicono, ch’a fatto molti miracoli, e è visitata con molta riverenza da tutta la Spagna”. Blancone sigue el añadido de Barezzi.


''[164]'' [Margen derecho]: Recibe santa Juana el Niño Jesús de mano de la Virgen.
''[38]'' “imagen”. Villegas: “ofrenda”. Barezzi: “l’imagine”. Blancone sigue a Barezzi.


''[165]'' [Margen derecho]: Comulga espiritualmente muchas veces cada día.
''[39]'' Después de “niña” Blancone pone “que”: probable errata que se enmienda aquí.


''[166]'' '''Gracia ''ex opere operato''''': literalmente, “virtud de la obra realizada»; aquí se refiere a la eficacia que depende del propio sacramento, no de la fe o de la valía de quien lo administra o lo recibe. Se aclara, por tanto, que no se pretende conceder la misma importancia a la comunión espiritual que al sacramento de la Eucaristía.
''[40]'' “Habiendo oído esta niña el voto que había hecho su madre por ella, sintió gran contento y se alegró no sólo por el voto, sino también que tomó una resolución, la de quedarse monja en el monasterio”. Villegas: “Lo cual oído y advertido della, propuso en sí de no solo contentarse con hacer aquella ida, sino de quedarse en el monasterio por religiosa…”. Barezzi: “La qual cosa udita da lei, e ben inteso il voto per lei fatto, si propose nel l’animo, non solo di contentarsi di far quel viaggio per adempire la volontà di sua madre, ma ancore starsi nel Monastero per religiosa”. Añadidos de Blancone.


''[167]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
''[41]'' Villegas: “y servir allí a la madre de Dios toda su vida”. Barezzi: “e ivi servire con tutto l’affetto alla Madre di Dio, per tutto il tempo de la sua vita”. Blancone sigue a Barezzi.


''[168]'' [Margen derecho del fol. 25r/Margen izquierdo del fol. 25v]: [Concilio tridentino] Ses.13, cap. 8; santo Tomás, 3 par., q. 80, arts. I ad 2 y lib. 4, dist. 9, art. 2; Suárez, t./ 3, p. 3, disp. 62, sectio I.
''[42]'' Al margen derecho: “Las abstinencias que ella hacía..


''[169] ''La parte de esta nota que prosigue lo reproducido en la anterior'' ''se encuentra ya en el margen izquierdo del fol. 25v.
''[43]'' Al margen derecho: “Ella se hizo un muy áspero cilicio.”. Barezzi: “Portava un aspero cilicio”. Interpretación de Blancone para hacer hincapié en la determinación de la santa.


''[170]''''' alzar''': momento de la misa en que el sacerdote muestra al pueblo la Hostia y el cáliz consagrados (''Diccionario de Autoridades'').
''[44]'' Villegas añade: “y desto, no todo lo que había menester…”. Barezzzi sigue a Villegas: “ne anco ne mangiava tanto quanto haveva bisogno…”. Blancone omite esta precisión.


''[171] ''[Margen derecho]: Ábrese la pared y ve el Santísimo Sacramento.
''[45]'' “de lo abstinente que era”. Añadido de Blancone.


''[172]'' [Margen izquierdo]: Ábrense muchas paredes y ve el Santísimo Sacramento.
''[46]'' “Nunca estaba ociosa”. Villegas: “Nunca estaba ociosa, trabajaba de manos”, Barezzi: “Non mai stava ociosa, lavorava con le proprie mani”. Omisión de Blancone.


''[173]'' [Margen izquierdo]: Háblala la Hostia consagrada.
''[47]'' Villegas añade: “y así tenía más que ofrecer a nuestro Señor que por todos fue tan herido y llagado”. Barezzi: “e cosi non haveva, che piu offerire a Nostro Signore che per tutti fu cosi scrito, e impiagato”: Omisión de Blancone.


''[174]'' Margen derecho]: Desde su celda oye la misa y el oficio divino.
''[48]'' Al margen derecho: “Se va a vivir con sus tíos.”. Falta esta nota en Barezzi.


''[175]'' [Margen derecho]: Aparécesela Cristo resucitado.
''[49]'' En el siglo XVII “acciones”, traducción literal de “actions” en francés, significaba “expresiones”, “gestos”, “apariencia”, etc., y corresponde al texto de Villegas, “compostura de su rostro”.


''[176]'' [Margen derecho]: Los ángeles la traen la Hostia consagrada.
''[50]'' Al margen derecho: “Su tía descubre su santidad.”. Barezzi: “E scoperta dalla zia dell’aspra vita ch’ella faceva”.


''[177]'' [Margen izquierdo]: Familiaridad con que trata santa Juana con los ángeles.
''[51]'' Esto significa que aquella tía lo era en el sentido recto de la palabra, o sea que era hermana de su padre o de su madre, y no simple consorte de su tío.


''[178]'' '''resabio''': sabor extraordinario (''Diccionario de Autoridades'').
''[52]'' “emplearlo”: hay que entender, “ el tiempo” como reza el texto de Villegas: “Aquí, teniendo mejor oportunidad se empleaba más tiempo en obras santas y penitencias”. Barezzi: “Ora perche qui haveva magior commoditate spendeva più tempo in opere sante, e in penitenze…”. La frase de Blancone cojea a nivel del sentido.


''[179]'' [Margen derecho]: ángeles que presiden en los reinos y provincias visitan a santa Juana.
''[53]'' “oraciones”: añadido de Blancone.


''[180]'' [Margen derecho]: Levantan los ángeles a santa Juana en presencia de las monjas.
''[54]'' “no se quedaba corta en ello”: añadido de Blancone.


''[181]'' [Margen izquierdo]: Persuade santa Juana a las monjas que sean devotas de los ángeles de la guarda.
''[55]'' “una cadena de hierro”. Villegas  “una cadena”. Barezzi: “una catena di ferro”. Blancone sigue a Barezzi.


''[182]'' [Margen izquierdo]: Los ángeles obedecen a la campana de la obediencia.
''[56]'' “…pedía a nuestro Señor por premio que pudiese ser recibida como religiosa en el monasterio de sus esposas y que contase como una de ellas…”. Villegas: “pedía a Nuestro Señor por premio de sus dolores la recibiese en el monasterio de sus esposas, y la hiciese religiosa.”; Barezzi: per premio dei suoi dolori, che la ricevesse nel Monastero delle sue spose, e la facesse religiosa.”. Interpretación de Blancone.


''[183]'' [Margen derecho]: Castigo y premio de la obediencia.
''[57]'' Barezzi: “del Signore”: variante de Blancone sin trascendencia. Tal vez debida a que “servante de Dieu” fuera más corriente en francés que “servante du Seigneur”.


''[184]'' '''ángeles de guarda''' aparece dos veces en esta edición y en las de Valladolid y Zaragoza de 1611, aunque lo esperable sería la presencia del artículo determinado detrás de la preposición.
''[58]'' Se restablece la lógica de la numeración. Barezzi: “XIX”, errata.


''[185]'' [Margen izquierdo]:'' De coelesti hierarchia'', cap. 15.
''[59]'' “inspirada por Dios, por lo que se vio más tarde”. Villegas: “inspirada, a lo que se entiende, por Dios”. Barezzi: “spirata de Dio, per quello che si conosce”. Blancone interpreta el pasaje en un sentido más ‘racionalista’. Quiere decir que los hechos posteriores lo probaron, cuando Villegas y Barezzi se refieren a una creencia compartida.


''[186]'' [Margen izquierdo]: Concilio Lateranense 2, cap. I; san Dionisio ''De caelesti Hierarchia'', cap. 1.2.7, y S. Agustín, lib. ''De spiritu et anima'', caps. 13 et 15; St.Tomás, I par., q. 50, arts. 1 et 2 de ''Sentencias'', dist. 8; san Buenaventura, lib. 2 de ''Sentencias'', dist. 8, y Escoto en el mismo lugar.
''[60]'' Al margen izquierdo: “Se marcha al Monasterio de la Cruz”. Barezzi: “Se ne va al monastero della Croce e quello che segui”.


''[187]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
''[61]'' “aunque le fue dicho que Dios la favorecería y cumpliría su santo deseo”. Villegas: “ le pareció que la hablaban y decían que se esforzase que Dios la favorecería, por donde saldría con su intento”. Barezzi: “quantunque li fusse parlato e detto, che si sforzasse, che i Dio la favorirebbe, e che ella haverebbe il suo intento.”. Interpretación de Blancone, más escueto.


''[188]'' '''‘''Confiteantur…Angelorum''’''': ‘Que todos los ángeles se regocijen porque Cristo es el Rey de los ángeles’.
''[62]'' “vio venir a una persona a caballo, a quien conoció y vio que era un mozo rico que la había pedido por esposa y que deseaba grandemente conseguirla en matrimonio”. Villegas: “sintió venir tras sí aunque algo lejos, persona a caballo, y, mirando bien, conoció que era un mancebo hijo de padres ricos que la había pedido por mujer, y deseaba grandemente casar con ella.”. Barezzi: “entí venirsi apresso se bene alquanto lontano persone a caballo, e mirando bene conobbe, ch’era un giovanetto di padre rico, che l’haveva dimandata per moglié, e desiderava grandemente maritarsi con lei.”. Barezzi es más fiel a Villegas. Adaptación del pasaje por Blancone con el fin de aligerarlo.


''[189]'' [Margen izquierdo]: Hermosura y ornato del ángel.
''[63]'' En todo este pasaje, Blancone es más escueto, y más prudente que Villegas y que Barezzi. Cabe una explicación natural en su manera de relatar la anécdota, pues, según Blancone, Juana se aparta voluntariamente del camino cuando en Villegas y Barezzi lo hace aconsejada de Dios. Villegas: “en este peligro, la favoreció Nuestro Señor, con cegar al mancebo para que no la conociese y a ella advirtiéndola que se apartase del camino en tanto que pasaba.”. Barezzi: “in questo pericolo, nondimento fu ancora favorita dal Signore, acciecando cosi il giovanetto, che non la conoscesse, e auertendo lei che si apartasse dal camino mentre che egli passava.”.


''[190]'' '''“''Spiritus…nostra''”''': “La gracia del Espíritu Santo ilumina nuestros corazones y mentes». '''“''Ecce…adversae''”''': “He aquí la cruz del Señor, huid del lado contrario”. '''“''Dulce…clavos''”''': “Dulce madera, dulces clavos». '''“''Quam…tui''”''': “Cuán hermosos son tus pasos”. De manera que la inscripción '''“''Coelestium…infernorum''”''', que significa: “En el Cielo en la Tierra y en el Infierno», enmarca la de '''“''In…genuflectatur''”''', o lo que es lo mismo: “Todo en el nombre de Jesús se postra de rodillas”.  
''[64]'' “De esta manera caminó con seguridad”. Villegas: “bien cansada” ; Barezzi: “bene e sicuramente”. Blancone sigue a Barezzi.


''[191]'' [Margen derecho]: San Laruel se llama el ángel custodio de santa Juana.
''[65]'' “la regañaron en extremo por haberse ido de su casa sin decirles nada.”. Villegas: “dijéronle palabras de mucha reprensión por lo hecho”. Barezzi: “Le dissero parole di molta riprensione per queste fatto”. Interpretación de Blancone para más claridad.


''[192]'' [Margen derecho]: Magister sententias, lib. 4, dist. II; Escoto 4, ''Sententiarum'', dist. II, lit. E, en el comento al texto del Maestro.
''[66]'' Al margen izquierdo: “Se hace monja con licencia de su prelado en presencia de sus parientes..


''[193]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
''[67]'' “El prelado vino igualmente…”. Villegas: “Vino también a este tiempo el Prelado por cuya orden había de ser recibida en el convento …”. Barezzi: “Venne parimente nel medesimo tempo il Prelato per lo cui ordine doveva essere recevuta nel Convento…”. Blancone sigue a Barezzi omitiendo el desarrollo final del pasaje.


''[194]'' '''“''Ecce…adversae''''': véase nota ''[190]''.
''[68]'' “lo que le agradó más que cualquier mandamiento que jamás le hicieron. Pues ella era naturalmente amiga de hablar poco…”. Villegas: “y ella holgó de oírlo, porque de su natural era amiga de hablar poco…”. Barezzi: “la qual cosa fu cosi grata allá sue orecchie, quanto ogni altra cosa che li potesse occorere.. Añadido de Barezzi. Blancone sigue a Barezzi.


''[195]'' [Margen izquierdo]: Maravillosa pregunta y mucho más la respuesta.
''[69]'' Al margen derecho: “Guardó un año el silencio que se le mandó guardar.”.


''[196]'' [Margen derecho]: Nota de los ángeles que cayeron.
''[70]'' “zuecos de madera”. Villegas: “alpargatas en los pies.”. Barezzi: “nei piedi portava zoccoli di legno”. Blancone sige a Barezzi. Por otra parte, no existía traducción exacta de “alpargata” en francés. Oudin: “ Alpargate o Alpargata, une espece de chaussure faite de cordes de laine, ou de chanvre.”. Blancone, siguiendo a Barezzi, establece una equivalencia entre la alpargata y el calzado grosero e hiriente característico de los villanos pobres en Francia y en Italia.


''[197]'' '''''In''…''Verbum''”''': “Al principio era el Verbo”. '''“''In''…''terram''''': “A principio creó Dios el Cielo y la tierra”.
''[71]'' “una gruesa tela hecha de estopa o con una gruesa red …”. Villegas: una albanega de estopa”. Barezzi: “capo portava una tela di stoppa”. No existía término exacto en francés: Oudin: “Alvanega de red, un filet, une petite rets a pescher , une sorte de coiffure de reseau.”. Sin embargo el término “résille” que es la traducción exacta de “albanega” no se empezó a usar antes de finales del siglo XVIII y sólo para referirse a un tocado español.


''[198]'' [Margen derecho]: Manda el ángel a santa Juana que escriba sus revelaciones.
''[72]'' Al margen derecho: “Hubiese querido sufrir por Dios toda clase de afrentas.”.


''[199]'' '''arreo''': sucesivamente (''Diccionario de Autoridades'').
''[73]'' “pues deseaba ser menospreciada, injuriada y ultrajada sin causa”. Villegas: “menospreciada y reprehendida sin culpa, y que fuessen levantados testimonios …”. Barezzi: “perche desirava di essere sprezzata, e ripresa senza colpa, e ingiuriata, e che li fussero levati testimonii..”. Blancone omite el final del pasaje.


''[200]'' [Margen derecho]: Nueve veces se apareció Nuestra Señora.
''[74]'' Al margen derecho: “ Hubiera deseado padecer toda clase de penas por Jesucristo.”. Barezzi: “Per amor del Signor, haveria volute patire ogni sorte di tormenti e d’astinenze.”.


''[201]'' [Margen izquierdo]: Confiésase con el ángel de su guarda.
''[75]'' “hasta tanto como podía”. Villegas: “hasta que le dolían las quijadas”. Barezzi: “ sinche li dolevano le ganasse”. Interpretación de Blancone.


''[202]'' [Margen izquierdo]:'' Concilio tridentino'', ses. I. 4, cap. 6 et canones 9 et 10.
''[76]'' “Pues las monjas que ayunan, suelen comer al mediodía, y por la noche hacer una pequeña colación…”. Villegas: “porque así, como el que ayuna come después de mediodía, y a la noche hace una pequeña colación…”. Barezzi: “Perche si come quello che digiuna mangia di mezo giorna, e vicino allá notte fa una picciol collatione…”. Interpretación errónea de Blancone.


''[203]'' Esta parte de la nota se encuentra en el margen izquierdo del fol. 31v.
''[77]'' “al esposo de su alma”. Barezzi: “al Signore Dio”.


''[204]'' [Margen derecho]: Lib. 4 ''Sententiarum, ''dist. 17, qq. I ad 2 et 3.
''[78]'' Blancone traduce: “cada una en su cámara”. Añadido de Barezzi: “ciascuna nella sua cella”. Villegas más adelante emplea “cama”. Error de transmisión. Blancone sigue a Barezzi. Este error se repercute más adelante en la comprensión del pasaje. Por lo tanto se ha corregido en “cama” la errata.


''[205]'' [Margen derecho]: ''De vera et falsa poenitentia'', cap. 10.  
''[79]'' Al margen derecho: “Dormía muy poco.”. Barezzi: “Dormiva poco e quasi mai”.


''[206]'' [Margen derecho]: Lib. 4, ''Sententiarum'', dist. 17, q. 3 et in additionibus, ''Quaestiones'', 8, art. 2 ad I.
''[80]'' “a que todas se hubiesen recogido”. Villegas: “a que todas se recogiesen en sus camas”. Barezzi: “quanto tutte si ritirassero nella sua camara”. Error de Barezzi dentro de la línea de traducir antes “cama” por “cella”. Blancone al darse cuenta de que cojeaba el sentido ; omitó la traducción de “camara”.


''[207]'' [Margen derecho]: 4, ''Sententiarum'', dist. 17, q. 2 et super literam Magistri.
''[81]'' Al margen derecho: “Era muy aficionada a la Pasión de Jesucristo.”. Barezzi: “Affettionata della Passionedi N. Signor Giesu Christo e com’ella meditasse..


''[208]'' [Margen derecho]: [Gabriel, Major, Marsilio y el Maestro] En la misma dist. [''Sententiarum'', dist. 17] in litera ad finem.
''[82]'' “Su esposo íntimo”. Villegas: “su esposo”. Barezzi: “suo amato sposo”.. Interpretación de Barezzi y de Blancone.


''[209]'' “'''El Maestro”''' o “el Maestro de las sentencias” es Pedro Lombardo, filósofo escolástico del siglo XII.
''[83]'' “a quien servía de buen grado…”. Villegas: “de quien era esclava”. Barezzi: “di che ella era schiava”. Interpretación de Blancone.


''[210]'' La parte de la nota que va desde ''[203]'' hasta el final de la misma se encuentra en el margen derecho del fol. 32r.
''[84]'' “y las losas por pedrería…”. Villegas: “las piedras por tapetes finísimos”. Barezzi: “le pietre per tapetti finissimi” . Interpretación de Blancone.


''[211]'' [Margen derecho]: Pregunta al ángel si son pecado las tentaciones.
''[85]'' “peana”. Villegas “y estrados del rey de los Cielos”. Barezzi: “e per pavimenti del Rei dei Cielo…”. Interpretación de Blancone. No existía traducción exacta de “estrado” en francés. Oudin: “Estrado, un lieu où on met des couffins pour asseoir les femmes, qui est ordinairement bas.”. Traducción de Blancone: “ le marchepied” traducido por Oudin: “Un marche-pied, peaña, banquillo, rodapies.”.


''[212]'' [Margen izquierdo]: Consuela en ángel a santa Juana.
''[86]'' “y recogiendo de todo lo que veía, bellas florecitas que daban buen olor, tanto a su alma como a su prójimo, por el buen ejemplo que se podía sacar de todas sus acciones”. Comentario añadido por Blancone.


''[213]'' [Margen derecho]: Tiénese por muy gran pecadora.
''[87]'' Al margen izquierdo: “Puso mucho celo en el servicio divino al reprehender a un religioso.”. Barezzi: “ Era zelosa del culto divino, è percio ne represe un religioso, e quello che ne segui.”. Una vez más Blancone es más escueto en su nota.


''[214]'' '''de costa''': de lado.  
''[88]'' “aquella virgen…”. Villegas: “bendita doncella”. Barezzi: “questa benedetta donzella”. Interpretación de Blancone.


''[215]'' [Margen izquierdo]: Palabras con que consuela el ángel a santa Juana.
''[89]'' “era hermosa y de muy buena compostura y de conversación muy agradable, hablaba muy bien y daba muy buenos consejos, y sólo con verla u oírla, uno se sentía movido a devoción.”. Villegas: “era de rostro agraciado y hermoso: junto con esto tenía presencia de mucha gravedad, era amigable y de agradable conversación, hablaba con grande gracia, y daba muy provechosos consejos, verla y oírla procuraba a devoción”. Barezzi: “era di faccia graciosa, e bella, e infieme haveva presenza di molta gravitate, era amichevole, e di grata conversione: parlava con molta gratia e daba molto utili consegli. Il vederla e udirla procurava a grande divotione.” La traducción de Blancone adapta el conjunto, sintetizándolo, pues este pasaje es difícil de traducir literalmente al francés.


''[216]'' [Margen izquierdo]: Surio, t. 7, mense Aprilis, die 14.
''[90]'' “u oyendo misa”. Villegas: “desde su choro, oyendo misa”. Barezzi: “overo udendo mesa”. Blancone sigue la traducción errónea de Barezzi.


''[217]'' [Margen izquierdo]: Julio Ursino in eius ''Vita'', lib. I, cap. 13.
''[91]'' “de pagarle la gabela al Rey”. Villegas: “de pagarle el pecho a su rey y señor”. Barezzi: “è obligato pagare la gabella al suo re e signore”. Tanto Barezzi como Blancone transponen “pecho” a “gabela”, término más usado en francés y en italiano, aunque inexacto desde le punto de vista español.


''[218]'' [Margen izquierdo]: Marco Marulo, lib. 2, cap. 4.
''[92]'' En singular en Villegas y en Barezzi. Extrapolación poco afortunada de Blancone que altera el sentido global pues “el eclesiástico” en Villegas se refiere tanto a los eclesiásticos en general como al eclesiástico particular a quien Juana reprende.


''[219]'' '''Isabel...Esconaugia: '''véase la nota ''[8]''.
''[93]'' “Tanto fue, que aquel religioso se arrepintió de su error y de allí en adelante fue más diligente en el servicio que debemos al que nos hace día y noche tanto bien”. Frase que no está en Villegas. Barezzi: “la onde quel Religiososi enmendó dell èrrore comesso, è ne dimandó perdono al Signore, e su poi piu solecito, e diligente nel servigio di sua Divina Maestà.. Añadido de Barezzi. Blancone retoma la frase de Barezzi con un comentario final de su propia cosecha.


''[220]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
''[94]'' “para agradar a Dios, respondió: hermana, hay que dedicarse continuamente a rezos y oraciones, y a guardar estrechamente silencio”. Villegas: “para agradar mucho a Nuestro Señor dijo: paz, oración, y silencio agradan mucho a su majestad.”. Barezzi: “per far cosa grata a Nostro Signore, le disse fare oratione e osservagli silentio, e cosa molto grata a sua Diuina Maestà.”. Barezzi omite “paz”. Blancone sigue a Barezzi, añadiendo variantes personales.


''[221] ''[Margen derecho]: Nota la humildad de santa Juana.
''[95]'' Villegas: “y calla con los que hablan”. Barezzi: “e taci con quelli che taciono”. Barezzi parece restablecer una lógica de frase y en esto le sigue Blancone.


''[222]'' [Margen izquierdo]: Respuestas maravillosas que da el ángel a santa Juana.
''[96]'' Barezzi al margen izquierdo: “Diceva gran cose dell’ Angelo custode e che se gli deve esser molto divoti, e perche”. Nota omitida por Blancone.


''[223]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
''[97]'' “haciéndoles saber que aquella persona ha hecho algo que merece que rueguen a Dios por su libranza”.Villegas: “ que él sabe que aquella persona tiene devoción y ha hecho algunos servicios, para que con él rueguen a Dios le favorezca y libre, y que lo hacen ellos de la manera que les es pedido”. Barezzi: “che sappiano che quella persona ha divotione, e ha fatto cosa permezo della quale egli merita, ch’essi infieme con lui preghino Dio che lo favorisca e lo liberi, e che lo faccia salvo, e tale quale li viene da essi dimandato.”. Blancone más escueto y menos enrevesado que Barezzi y que Villegas. Reajuste suyo del pasaje, probablemente para más claridad.


''[224]'' [Margen izquierdo]: Manda santa Juana a las monjas que la traigan sus rosarios porque los quiere Dios bendecir.
''[98]'' “van al Purgatorio a consolar a las almas de quienes ellos eran custodios, las consuelan y les cuentan las buenas obras que hacen por ellos los vivos para que sean tomadas en consideración”. Villegas más escueto: “no desamparan los ágeles a las almas, de los que fueron custodios, sino que si van a Purgatorio, las visitan y consuelan y dan cuenta de las obras santas y meritorias que los vivos hacen por ellas.”. Barezzi: “non si smenticano dell’anime, delle quali furono custodi, perche vanno al Purgatorio e le visitano e le consolano e li danno conto delle opere sante, e meritorie, che i vivi fanno per loro.”. Barezzi sigue a Villegas. Blancone es más escueto y, para más claridad, adapta de manera personal el pasaje.


''[225]'' [Margen derecho]: Pónense los rosarios en una arquita.
''[99]'' Barezzi, al margen derecho: “Era divota della Croce, e perche ragione.”. Blancone omite esta nota.


''[226]'' [Margen derecho]: Bendícense los rosarios en el Cielo.
''[100]'' “Apellido”, en su sentido etimológico de cómo usan llamar a una persona. Blancone traduce “cognome” (Barezzi) por “Surnom”. Oudin: “surnom, sobrenombre, apellido.”. DRAE: Apellido, m. Sobrenombre o mote. Sin.: sobrenombre, alias, apodo, mote, apelativo, remoquete, chapa, seudónimo.”.


''[227]'' [Margen izquierdo]: Bajan los rosarios del Cielo llenos de un olor celestial que tracendía.
''[101]'' “sobre la cual hacía todos los días dulces pláticas…”. Villegas: “con la cual tenía dulces y sabrosos coloquios, diversos para cada día de la semana”. Barezzi: “con la quale faceva dolci e soavi ragionamenti per ciascun giorno della settimana”. Barezzi sigue a Villegas pero Blancone aligera el texto, para agilizar el pasaje, cambiando ligeramente el sentido.


''[228]'' '''tracendía:''' puede tratarse de un error, pues ni el ''Diccionario de Autoridades ''ni el ''Tesoro'' de Covarrubias registran la forma, y el ''CORDE'' atestigua muy pocos casos en comparación con los derivados de ''trascender''.
''[102]'' “enviándole grandes regalos de su propia mano, de lo que se holgaba mucho”. Villegas: “enviándole regalos de su mesa de gustos y recreos divinos.”. Barezzi: “mandandogli delicie della sua mana di gusto, e recreamento mirabile…”.  Traducción errónea de “mesa” por Barezzi, retomada por Blancone que adapta el conjunto.


''[229]'' '''agnusdeyes''': pedazos de cera normalmente de forma circular o elíptica amasados por el Papa con polvos de reliquias de santos en presencia de cardenales y obispos. Tienen grabada a medio relieve por una cara el Cordero con la inscripción “''agnusdei''», y por otra, Cristo, la Virgen o algún santo con su inscripción y el nombre del Papa que las fabricó y bendijo.
''[103]'' “y viendo que ni llamándola, ni tambaleándola, se movía “Villegas: “y viendo que tratando della ni dándole voces no mostraba sentir”. Barezzi: “e vedendo che ne con il moverla, ne co’l chiamarla non mostraba di sentire cosa alcuna, …”. Blancone sigue a Barezzi, interpretándolo ligeramente.


''[230]'' [Margen izquierdo]: Virtudes de las cuentas de santa Juana.
''[104]'' Al margen derecho: “Se quedaba muchas veces arrobada.


''[231]'' La indulgencia '''Porciúncula''', conocida también como Perdón de Asís o Indulgencia de las rosas, es el perdón de toda pena temporal que en el seno de la Iglesia católica se concede una vez en la vida a los fieles que el 2 de agosto recen ciertas oraciones en cualquier iglesia o parroquia franciscana, y cumplan algunas condiciones en torno a esa fecha. La Porciúncula se ha ampliado desde sus orígenes, pues cuando en 1216 Honorio III la otorgara a instancias de san Francisco, solo podía obtenerse si se visitaba la pequeña iglesia incluida en la basílica de Santa María de los ángeles del municipio de Asís, en la región italiana de Umbría.
''[105]'' Barezzi, al margen derecho: “Essendo in estasi scopriva i pensieri, e secreti altrui a quelli con gran loro stupore.” Blancone omite esta nota.


''[232]'' [Margen izquierdo]: Concede Nuestro Señor las indulgencias destos rosarios con condición que no desprecien por ellas las que los Papas concedieren.
''[106]'' “y a huir de los vicios, reprehendía dulcemente a los presentes, y sus razones eran de tal manera que hablaba con ellos, sin que los demás se diesen cuenta: pero ellos lo entendían muy bien, reconociendo el mal que habían hecho, pedían perdón a Dios con el deseo de enmendarse de allí en adelante”. Villegas: “y se evitasen vicios, tocando en alguno de que algunos de los presentes eran tocados, de modo que les parecía hablar con ellos, y sin que otros entendiesen ellos en semejantes razones lo que habían hecho mal, y era muy secreto, y así les era motivo para tener pesar dello y enmendarse.”. Barezzi: “efuggire i vitii dolcemente riprendendo d’alcuna cosa quelli ch’erano presenti e i suo ragionamenti erano de tanta eficacia, cha pareva parlar con quelli, in guisa tale che gli altri non intendevano, ma essi da simili ragioni scoperti, e vinti conosceva non nel cuor loro il male, c’havevano fatto e cosi li era un motivo di pentirsi delle offese fatte a Nostro Signor Dio chiedendone perdono, con fermezza di emendarsene per l’avenire.”. Blancone se ciñe a Barezzi pero simplificándolo para más claridad.


''[233]'' '''Francisco de Torres''' podría ser el virrey y capitán general el reino de Mallorca hasta 1621 Francisco Juan de Torres, si bien este político y hombre de armas no tomaría el hábito. '''Fray Julián de San Agustín''' es Julián Martinet Gutiérrez (''c.'' 1553-1606), beato franciscano que gozó en vida de fama de santidad por sus extremadas penitencias y su don de profecía.  
''[107]'' “de la Observancia”. Villegas: “de su orden”. Barezzi: “un certo Provinciale del Ordine de minori Oservanti…”. Blancone sigue a Barezzi. Ambos, frailes observantes, enfatizan la pertenecia de Juana a su misma orden.


''[234]'' Esta nota, a medio camino entre la nota-guía y la glosa, se encuentra en el margen derecho.
''[108]'' “que ella no sería capaz para el monasterio ni para la casa en aquel oficio: pues bastante tenía que hacer consigo misma”. Villegas: “que para el monasterio y casa sería provechoso tener ella aquel oficio, aunque para sí penoso.” Barezzi: “che per lo Monastero e casa farebbe utile il tenere lei in quello ufficio quantumque per se stessa sarebbe cosa faticosa e de molta pena”. Blancone sigue a Barezzi aunque adaptándolo y traduciéndolo a contrasentido.


''[235]'' [Margen izquierdo]: Nota las virtudes destas cuentas.
''[109]'' Al margen izquierdo: “Hablaba diversas lenguas estando en éxtasis.”.


''[236]'' [Margen derecho]: Contra los demonios.
''[110]'' “y ellas entendieron muy bien lo que ella les decía”. Villegas: “hablóles en algarabía, y ellas le oyeron de muy buena gana….”. Barezzi: “di buona voglia…”. Barezzi fiel a Villegas. Interpretación errónea de Blancone.


''[237]'' [Margen derecho]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas de santa Juana.
''[111]'' “y no acostumbrada entre pocos santos”. Villegas: “y no oída de algún santo”. Barezzi: “e non udita di alcun santo”. Barezzi sigue a Villegas. Interpretación errónea de Blancone, a no ser que se trate de una rectificación voluntaria.


''[238]'' [Margen derecho]: Contra demonios.
''[112]'' “ella quiso que todas las monjas saliesen de la cámara donde estaba su Virgen …”. Villegas: “mandando salir del aposento a las monjas que estaban en él y quedó sola”. Barezzi: “comandó l’Abadessa che uscissero della camera le Monache che vi erano, e cosi restó sola.”.  Error de traducción de Blancone.


''[239]'' [Margen izquierdo]: Contra demonios.
''[113]'' En el sentido de fingidos, frutos de la imaginación.


''[240]'' [Margen izquierdo]: Contra demonios.
''[114]'' “que era voluntad de Dios que las monjas oyesen lo que decía en aquel momento, y que prohibían sin embargo a personas dotadas de entendimiento y razón de oírlas”. Villegas: “en lo cual pareció ser voluntad de Dios que oyesen lo que decía en tales tiempos, y que si a personas de entendimiento y razón se les vedaba, vendrían aves que carecen de todo esto a oírla”. Barezzi: “nella qual cosa parue essere volontade di Dio, che udissero quello, che diceva in tale tempo, e che vietavano a persone di intendimento, e di ragione l’udirla vederebbono angelli, che mancando di tutte queste cosi l’udirebonno…”. Error de traducción de Barezzi (“angelli” en lugar de “aves”) pero fiel a Villegas por lo demás. Blancone omite el final del pasaje, tal vez porque le parecería extraño, y refunde el conjunto según lógicamente lo entiende. Al final, el sentido se pierde.


''[241]'' [Margen izquierdo]: Temen los demonios y conocen las cuentas de santa Juana.
''[115]'' Al margen izquierdo: “El Cardenal de Toledo y varias personas fidedignas la vieron arrobada.”.


''[242]'' [Margen derecho]: Contra demonios.
''[116]'' “Cardenal y Arcediano”. Villegas: “Cardenal y arzobispo”. Barezzi: “Cardenale e Archidiacono.” Blancone sigue la rectificación de Barezzi.


''[243]'' [Margen izquierdo]: Contra demonios.
''[117]'' “creyendo verdaderamente que era la verdadera sierva y esposa de Jesucristo quien le daba aquellos arrobos como prendas de su divino amor”. Pasaje añadido por Blancone.


''[244]'' [Margen izquierdo]: Contra el fuego, tempestades y rayos y tormentas del mar.
''[118]'' Al margen izquierdo: “Nuestro Señor, hace por sus ruegos, un gran milagro.”. Barezzi: “N. S. Dio per mezo della serva sua opera un miracolo.”. Barezzi: “Favorita dal Signore segue un nottabil[e¿ ?] miracolo”.


''[245]'' '''capítulo''' '''general''': asamblea monástica a la que asistían generalmente representantes de todos los monasterios de una orden o de todas las casas de una congregación. '''Sixto V''': fraile franciscano que fue papa de Roma desde 1585 hasta su fallecimiento en 1590. Su pontificado destacó por incidir en el riguroso cumplimiento de los decretos del concilio de Trento.
''[119]'' “y por mi culpa”: añadido de Blancone.


''[246]'' [Margen derecho]: Contra tempestades.
''[120]'' Al margen derecho: “Siendo favorecida de Dios, hace un notable milagro repetido varias veces.


''[247]'' [Margen izquierdo]: Contra diversas enfermedades.
''[121]'' Blancone: “publié” es decir, “ publicado”. Villegas: “público”. Barezzi: “publico”. Errata de Blancone que déja cojo el sentido. Se corrige la errata.


''[248]'' '''se esforzase''': se animase.
''[122]'' Al margen derecho: “Con sus ruegos obtiene la salud para una niña.


''[249]'' '''perlesía''': pérdida y relajación del vigor, la movilidad y la sensación de los nervios.
''[123]'' “estando a punto de morir…”. Villegas: “una niña que murió”. Barezzi: “una giovanetta che moriva”. El cambio de tiempo por Barezzi cambia el sentido. Blancone sigue a Barezzi ahondando en este cambio. Por otra parte la rectificación hace más creíble el milagro.


''[250] ''[Margen izquierdo]: Contra perlesía y peste.
''[124]'' “su padre”. Villegas: “ sus padres”. Barezzi: “suo padre” Blancone sigue a Barezzi.


''[251]'' '''seca''': inflamación de un ganglio linfático o de una glándula.
''[125]'' “donde se vio por experiencia que iba a morir.”. Villegas: “la cual por muchas experiencias hechas en ella, se vio que estaba sin vida”. Barezzi: “la quale per molte sperienze, che si fece in quella si vide, ch’era dubbiosa della vita sua…”. Blancone, como Barezzi, sigue dentro de la lógica de la rectificación anterior, es decir que la niña no estaba muerta sino a punto de morir.


''[252]'' [Margen derecho]: Contra mal de corazón.
''[126]'' “en número de setenta”. Villegas: “en número de ochenta”. Barezzi: “al numero di ottanta”. Error de Blancone, a no ser que sea una rectificación suya


''[253]'' [Margen izquierdo]: Saca la espina hincada en la garganta.
''[127]'' “de tanto como agradaban a Jesucristo, su verdadero esposo, los ruegos de su humilde sierva”. Añadido de Blancone.


''[254]'' [Margen izquierdo]: Contra los escrúpulos y tentaciones de la fe.
''[128]'' “elevada”. Villegas “electa”, Barezzi: “eletta”. Error de interpretación de Blancone, a no ser que sea una exornación voluntaria para ensalzar la figura de la santa.


''[255]'' [Margen izquierdo]: Contra las calenturas.
''[129]'' Al margen derecho: “Es elevada a abadesa en el monasterio.”.


''[256]'' [Margen izquierdo]: Contra desesperación y tentaciones del demonio.
''[130]'' “tanto mas cuanto que”. Villegas: “en que” Barezzi: “perche”. Traducción errónea de Blancone, que oscurece el sentido.


''[257]'' [Margen izquierdo]: El santo fray Julián toca cuentas en una que tenía de las de santa Juana.
''[131]'' Barezzi: “Con l’oratione ottene gratia della sanità di dòna Anna Manrique”. Blancone omite esta nota de margen.


''[258]'' [Margen derecho]: Procúrale estorbar el demonio.
''[132]'' Al margen izquierdo: “Con sus oraciones alcanza la salud para varias personas.”.


''[259]'' [Margen derecho]: Conocía el santo fray Julián las cuentas que estaban tocadas.
''[133]'' “que agradaban más a Dios que todos los remedios naturales que se había pensado aplicar”: comentario añadido por Blancone.


''[260]'' [Margen izquierdo]: Contra los demonios.
''[134]'' Al margen izquierdo: “Trabajos padecidos con paciencia por esta humilde abadesa.”. Barezzi: “Travagli e persecutioni, che pati la serva del Sig. con molta patienza, e la causa perche.”.


''[261]'' [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas tocadas.
''[135]'' “uno de los prelados, el más principal …”. Villegas: “uno de los prelados y el principal”. Barezzi: “uno dei Prelatti, e il principale…”. Barezzi sigue a Villegas. Traducción errónea de Blancone.


''[262]'' [Margen derecho]: Contra los demonios.
''[136]'' Añadido de Blancone, para más claridad.


''[263]'' [Margen derecho]: Nota lo que puede la fe y lo que dijo el demonio.
''[137]'' “muy atenta, como si hubiese estado en el coro, cuando se decía la Santa Pasión”. Villegas: “tornando en sí, fuese al coro al tiempo que se decía la Santa Pasión”. Barezzi: “con attentione in se stessa, come se fusse nel choro quando si dice la santa passione”. Error de Barezzi. Blancone sigue a Barezzi.


''[264]'' [Margen derecho]: Contra los demonios.
''[138]'' Al margen derecho: “Contemplando la Pasión de Jesucristo, recibe sus señales en pies y manos, no sin dolor.”. Barezzi: “Contemplando la passione di N. Signore gli rima se i segni nei peidi, che li durarono molti giorni con grandissimo suo tormento.


''[265]'' [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la virtud de las cuentas y la santidad de santa Juana.
''[139]'' “a él” Villegas “a ella”. Barezzi: “e che univa a quello”. Error de Barezzi a quien sigue Blancone.


''[266]'' [Margen izquierdo]: Contra los demonios.
''[140]'' “que alcanzó su petición”. Añadido de Blancone.


''[267]'' [Margen izquierdo]: Confiesa el demonio la santidad de santa Juana.
''[141]'' “agotado y afligido por la gran penitencia que ella hacía cada vez más a menudo.”. Añadido de Blancone. En cambio omite “por muchos días” (Villegas), “per molti giorni” (Barezzi).


''[268]'' [Margen izquierdo]: Contra los demonios.
''[142]'' Al margen derecho: “Cae tan enferma que ya no se puede mover.”. Barezzi: “S’amala con gravi pene, e tormenti che nulla si poteva movere.”. Blancone más escueto que Barezzi.


''[269]'' '''día de…santa María Magdalena''': el 22 de julio.
''[143]'' “sino con el socorro de dos monjas.”. Añadido de Blancone.


''[270]'' [Margen derecho]: Ánima de un quemado sube al Cielo acompañada de ángeles.
''[144]'' Al margen izquierdo: “Coloquio que tuvo con Jesucristo y su respuesta.”.


''[271]'' [Margen derecho del fol. 49r]: Lib. 4,'' Sententiarum'', dist. 20, q. única.
''[145]'' “dando espanto y compasión al que alcanzaba ese bien de verla, lo cual no era sin padecer en extremo…”. Añadido de Blancone.


''[272]'' [Margen derecho del fol. 49r]: Et de hoc videatur D. Agustín, lib. ''De vera et falsa poenitentia''<nowiki>; san Gregorio, cap. 27 in </nowiki>''Iob''<nowiki>; san Ambrosio, lib. </nowiki>''De poenitentia sancti Hieronymi'', t. 4, in epistola'' Eusebii ad Damasum episcopum''.
''[146]'' “daba gracias y alababa al esposo de su alma, Jesucristo, por los dolores que recibía, como otras tantas piedras preciosas venidas de su sagrada mano…”. Añadido de Blancone.


''[273]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho del fol. 49r.
''[147]'' A partir de aquí, las supuestas palabras de Jesucristo vienen en estilo indirecto cuando en Villegas y en Barezzi aparecen en estilo directo. Tal vez sea esto por prudencia por parte de Blancone, pues el estilo indirecto abre un poco de distancia con lo referido aquí.


''[274]'' [Margen izquierdo]: El demonio se hace adorar de un ermitaño.
''[148]'' “era necesario que ella creyese”. Añadido de Blancone.


''[275]'' [Margen izquierdo]: Santo Tomás, I par. ''Quaestiones'', 64, art. 2 ad 3 y art. 12; ''Quaestiones'', 20, arts. 4 y 5, y 3 par. ''Quaestiones'', 68, arts. 2 ad 3; san Buenaventura, ''De profectu religiosorum'', lib. 2, cap. 23.
''[149]'' “un millón”. Villegas: “graves”. Barezzi: “gravi”. Interpretación de Blancone.


''[276]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
''[150]'' “Tienen que ser grandes los trabajos, para alcanzar los grandes asientos…”. Villegas: “y porque les cumple padecer trabajos, y que sean grandes para tener allá grande y principal asiento…”. Barezzi: “patir travagli per andar al Cielo, e che siano grandi per havere la grande e principal sedia…”. Blancone omite “principal” para establecer un paralelismo con “que sean grandes los trabajos”. Por esta misma razón pluraliza “asiento”. Tal vez podamos vislumbrar aquí la pasión francesa de la época por la simetría y el equilibrio, cuando, tanto en Villegas como en Barezzi, aflora un gusto por el barroquismo.


''[277]'' '''día de santa Lucía''': 13 de diciembre.
''[151]'' “y tú vendrás.”. Añadido de Blancone.


''[278]'' [Margen derecho]: Habla Dios a santa Juana.
''[152]'' “esta virgen…”. Añadido de Blancone.


''[279]'' [Margen izquierdo]: Promesa que hace Dios a santa Juana.
''[153]'' Al margen izquierdo: “Murió en Dios el 3 de mayo de 1534.”. Barezzi: “Mori nel Sig. a 3. di Maggio del 1534.”.


''[280]'' [Margen izquierdo]: Visita santa Bárbara a santa Juana.
''[154]'' Literalmente hablando, Blancone traduce a contrasentido: “habiendo todas las monjas repartido y deparado todos los pequeños y pobres muebles de su celda para morir más pobre.”. Corregimos aquí siguiendo a Villegas y a Barezzi.


''[281]'' [Margen derecho]: Háblala el alma de un niño difunto.
''[155]'' “según San Juan”. Añadido de Blancone.


''[282]'' [Margen izquierdo]: Visión admirable.
''[156]'' “con gran modestia”. Villegas “y mostrando en su rostro un sonriso” (¿errata por una sonrisa?). Barezzi: “mostrando nella faccia un sorriso”. Error de Blancone.


''[283]'' [Margen izquierdo]: Pregunta que hace Nuestra Señora a santa Juana.
''[157]'' “en Jesucristo”. Añadido de Blancone.


''[284]'' [Margen izquierdo]: Consuela Nuestra Señora a santa Juana.
''[158]'' “Después de esta muerte, el olor de su celda, que no era nada grato por el largo tiempo de su gran enfermedad, se mudó en tan buen olor que todos quedararon muy consolados”. Pasaje completamente reescrito por Blancone. Villegas: “junto con que, habiendo antes en el aposento algún mal olor por causa de su larga enfermedad, al proviso se trocó en otro admirable y del Cielo, de que gozaron todos los presentes.”. Barezzi: “Apparsso allá qual cosa havendo mutossi nella camera qualche cattivo odore per la lunga infirmitade, all’improviso si mutó in un’altro admirabile del Cielo del quale si goderono i presenti.”. Tal vez Blancone haya querido corregir, interprétándola, la traducción algo enrevesada de Barezzi.


''[285]'' [Margen derecho]: Pregunta que hace Nuestra Señora a santa Juana y la caridad de su respuesta.
''[159]'' Al margen derecho: “Hace muchos milagros cuando muere.”. Barezzi: “N. S. per li meriti della serva sua rese la sanità a molti.”.


''[286]'' [Margen izquierdo]: Procesión en que viene Nuestra Señora.
''[160]'' Al margen derecho: “Su cuerpo es trasladado a un lugar más honroso.”. Barezzi: “Fú trasportato il corpo suo, e riposto in un sepolcro alto e illustre nel choro della sua Chiesa.”.


''[287]'' [Margen izquierdo]: Visita Nuestra Señora a las monjas.
''[161]'' “por haber sido virgen esposa de Jesucristo”: añadido de Blancone.


''[288]'' [Margen derecho]: Los ángeles ponen guirnaldas de rosas a las monjas.
''[162]'' “su vida atestigua que su alma goza ahora plenamente del dulce abrazo de su Esposo y que la ha puesto en un asiento principal de su bienaventuranza, desde la cual Dios quiera por su bondad y misericordia y por los méritos de esta bienaventurada Sor Juana, hacernos partícipes”. Pasaje reescrito. Villegas: “por ser cuerpo de persona cuya vida da a entender piadosamente que está su alma de Nuestro Señor en muy principal asiento de su bienaventuranza, de que todos seamos participantes.”. Barezzi: “gozando per essere corpo di persona, la cui vita fa vedere piamente, che l’anima sua se ne stia godendodi nostro Signore in una molto principal sede della sua beatutidine, della quale tutti IDDIO ne faccia partecipi..” Barezzi sigue fielmente a Villegas y Blancone aligera el conjunto adornándolo según sus gustos personales.


''[289]'' [Margen izquierdo]: Perdones que ha concedido Nuestro Señor en la iglesia de la Cruz.
= Vida impresa (12)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-gonzalez-diaz/ María González Díaz]; fecha de edición: mayo de 2024.


''[290]'' [Margen izquierdo]: ''Compendium privilegiorum fratrum Minorum'', verbo indulgentiae stationum quo ad fratres, fol. 65, y fray Manuel Rodríguez en la ''Explicación de la Bula de las Cruzadas'', §8, fol. 17, núm. 3 y en las ''Questiones regulares'', t. 2, q. 88, art.2.
== Fuente ==


''[291]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Alonso_Carrillo Carrillo, Alonso], 1663. ''Epítome de la vida de soror Juana de la Cruz, religiosa de la Orden Tercera de Penitencia de san Francisco en el convento de Santa María de la Cruz, diócesis de Toledo. Presentado a la santidad de Alejandro VII, pontífice máximo y señor nuestro, por fray Juan de San Diego y Villalón, religioso de san Francisco y procurador en la curia romana, para la causa de la canonización de la sierva de Dios''. Zaragoza: Bernardo Nogués.


''[292]'' [Margen derecho]: Aparécese Nuestra señora a santa Juana junto a la imagen.
[[Contexto material del impreso Epítome de la vida de soror Juana de la Cruz de Alonso Carrillo]].


''[293]'' [Margen derecho]: Consagra Dios la imagen.
==Criterios de edición==


''[294]'' [Margen derecho]: Manda llamar los demonios porque vean la virtud que pone en la imagen.
La edición presenta una sección de notas donde, por un lado, aparecen las citas que el impreso presenta en los márgenes (recogidas con números romanos) y, por otro lado, las aclaraciones de la editora (apuntadas con números arábigos en cursiva y entre corchetes). Es importante apuntar que las cinco primeras citas que hay en los márgenes aparecen en el impreso como números arábigos en superíndices.
Se han adoptado los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el ''Catálogo de santas vivas'':


''[295]'' '''“''Ego…sum''”''': “Yo soy el que soy”. '''“''Ecce…omnia''”''': “He aquí que hago todas las cosas nuevas”.
* Se ha indicado el folio (r-v).  


''[296]'' '''“''Hanc…fabricata''”''': “Esta mujer a la que desprecias, Manicas, es mi madre y hecha por mi mano”.
* Se han respetado los párrafos que aparecen en el impreso.


''[297]'' '''''Te Deum laudamus''''' o ''A ti Dios alabamos'' es uno de los primeros himnos cristianos de acción de gracias y celebración y se reza tradicionalmente en las grandes solemnidades, especialmente el 31 de diciembre.
* Se han eliminado las consonantes geminadas y se ha modernizado la ortografía (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) aunque se respeta la morfología de las palabras con interés morfológico o fonológico (seseo, leísmos, laísmos, loísmo, etc.).  


''[298]'' [Margen derecho]: Ve con ojos corporales a Nuestro Señor y a los doce apóstoles.
* Se han ajustado a los criterios actuales del español la unión y separación de palabras (“desta”, “desde”, “dello” etc.), el uso de mayúsculas y minúsculas, y la acentuación y la puntuación.  


''[299]'' [Margen derecho]: Niña de siete meses endemoniada.
* Se han expandido las abreviaturas, primordialmente la expansión de las nasales con la virgulilla encima de la vocal y la abreviación de “que” o “qual”, también con el uso de la virgulilla o la diéresis.  


''[300]'' [Margen izquierdo]: Estando ausentes ve las personas que se le encomiendan.
* Se han introducido las comillas para delimitar las intervenciones dialógicas de los personajes. También en las cartas.


''[301]'' [Margen izquierdo]: Llorar la Pasión es muy meritorio.
* Se han desarrollado las siglas.


''[302]'' [Margen izquierdo]: Claridad y certeza que da Dios a santa Juana en sus revelaciones.
* Se ha usado la cursiva para las obras literarias (''El Conorte'').


''[303]'' [Margen derecho]: Dios y el ángel de su guarda le demandan diga las revelaciones.
* Los latinismos crudos se escriben en cursiva (''in iure'').


''[304]'' [Margen derecho]: Enmudece Dios a santa Juana.
* Se han homogeneizado los números (tanto en el caso de las fechas, como en el uso de los números romanos).


''[305]'' [Margen izquierdo]: Restituye Nuestro Señor la habla a santa Juana.
* Se ha corregido la foliación: El impreso repite el folio 10 dos veces. Por este motivo, se corrige a fol. 11r y fol. 11v. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, a partir del siguiente folio, el impreso presenta la numeración correcta. Posteriormente, el impreso se salta el folio 33 y pasa directamente al 34, por lo que se vuelve a corregir hasta el folio 45, donde la numeración vuelve a ser correcta hasta el final.


''[306]'' [Margen izquierdo]: Trece años habló el Espíritu Santo por la boca de santa Juana.
==Vida de Juana de la Cruz==


''[307]'' [Margen derecho]: Las ánimas de Purgatorio y los ángeles vienen a oír a santa Juana.
'''El autor al que leyere ese epítome'''


''[308]'' [Margen derecho]: Suceso de un inquisidor.
[fol. [i]r] La vida de soror Juana de la Cruz ha sido asunto de algunas plumas bien doctas en España; pues con sus virtudes, revelaciones y milagros les dio materia esta sierva de Dios para escribir crecidos volúmenes, donde lo accesorio es más que lo principal por la necesidad que tuvieron aquellos escritores de responder a diferentes objeciones que se pusieron a los primeros libros que se publicaron, llenos de algunas maravillas que, con dificultad, hallan aceptación en la credibilidad de los vulgares. Pero tratándose hoy de la canonización de soror Juana es necesario informar al Vicario de Cristo de sus principales acciones con tal brevedad que no se le hurte el tiempo a quien le gasta todo en beneficio del orbe cristiano. No es este de los escritos en que puede ostentar sus primores la elocuencia, ni aquí puede lograr sus sentencias y aforismos la política pues, refiriéndose una vida sin artificio y una verdad desnuda, es preciso faltarle los adornos con que se visten las vidas de los príncipes y de los héroes del siglo que, con el manto de la lisonja y adulación, cubren los defectos; y para estos solamente inventó sus galas el artificio. Por eso, es nuestra relación sencilla y de estilo ordinario, pues nuestro intento solamente pretende informar al Padre Universal, a cuyos oídos han de llegar las cosas como son y no como debieran ser, para que, atendiendo a las súplicas reverentes de tantos devotos ''[1]'' como tiene soror Juana ya de superiores ya de inferiores jerarquías, mande ver el proceso que se hizo a más [fol. [i]v] de cuarenta años sobre verificar por menor lo que por mayor contiene este epítome. Y, contando de los méritos de esta virtuosa virgen, la escriba en el catálogo de los ciudadanos del Imperio con que nuestra España tendrá más este blasón que la ilustre, y la religión de san Francisco logrará las ansias con que propone esta súplica a los pies del sucesor de san Pedro.  


''[309]'' [Margen izquierdo]: Habla en diversas lenguas.
[fol. 1r]


''[310]'' [Margen izquierdo]: Habla en arábigo.
'''Santísimo Padre'''


''[311]'' [Margen izquierdo]: Convierte santa Juana a dos moras
Aunque la antigua cosmografía puso en España el ocaso del sol y fue tenida por la última de las tierras desde que sus naturales profesan la religión cristiana, ha sido Oriente de muchos soles que resplandecieron y alumbraron el mundo con rayos de virtud y santidad.
No pueden comprehender fácilmente los martirologios y las dípticas de nuestras iglesias el número de los mártires, de las vírgenes y de los confesores que, o por consentimiento de toda la Iglesia universal y tradición recibida por muchos centenares de años o por declaración de los sumos pontífices vuestros antecesores y por vos mismo, son venerados por ciudadanos de la triunfante Jerusalén.


''[312]'' [Margen izquierdo]: Habla en latín muchas veces.
Pocas provincias del orbe cristiano se igualan con las nuestras en esta excelencia y ninguna las excede; y no ha muchos años que aumentasteis nuestras glorias con escribir en el catálogo celeste a santo Tomás de Villanueva.


''[313]'' [Margen derecho]: Mandan que ninguno la oiga y que la encierren.
Ahora pedimos, sedientos de semejantes favores, declare vuestra beatitud por santa a la singular Juana de la Cruz, hija de la religión de san Francisco y que profesó su tercera regla en el Monasterio de Santa María de la Cruz, diócesis de Toledo.  


''[314]'' [Margen derecho]: Las aves vienen a oírla.
[fol. 1v] Desde que la santidad de Gregorio XV, pontífice máximo, en el año de 1622 expidió su breve para que los obispos de Troya y Cirene hiciesen en la plenaria la información sobre los milagros y virtudes de esta sierva de Dios y, cumpliendo con la comisión exactamente, remitieron el proceso según el orden e instrucción que contenía el breve, no se ha hecho diligencia para acordar a vuestros gloriosos antecesores los deseos que tienen todas las Españas de oír de la boca del oráculo pontificio que soror Juana es santa y que, como tal, se le puede dar pública veneración.


''[315]'' '''Gonzalo Fernández de Córdoba''', el Gran Capitán (1453-1515), fue un caballero renacentista estadista, diplomático, alcalde, almirante, capitán general, virrey de Nápoles y artífice de la nueva concepción de la infantería que dio lugar a los Tercios de Flandes.''' Fray Francisco Jiménez''' es el cardenal Cisneros, quien propuso a Fernando el Católico emprender una expedición de conquista a Orán, financiando él mismo los gastos con la condición de que la plaza tomada quedara bajo la jurisdicción de la archidiócesis de Toledo. En agosto de 1608 fray Francisco Jiménez de Cisneros recibiría el título de capitán general de África. '''De todos estados''': así consta en el texto base y en todas las ediciones consultadas, aunque hoy se preferiría introducir un artículo determinado entre el adjetivo indefinido y el sustantivo.
Esto piden la majestad católica de Felipe IV, nuestro rey, la virtuosísima y esclarecida reina doña Mariana de Austria, su esposa, y el señor don Juan de Austria, príncipe tan famoso en el mundo por sus hazañas que serán el mejor ornamento de las historias de nuestro siglo.  Esto piden los reinos de Castilla, los prelados y antistites de las primeras iglesias, y sus cabildos eclesiásticos; y, singularmente, el cardenal Sandoval, arzobispo de Toledo, en cuya diócesis nació y murió soror Juana y está hoy sepultado su cuerpo incorrupto. Esto solicita la religión de san Francisco, cuya tercera regla profesó, y también la ilustre villa de Madrid, corte de nuestros reyes. Y yo, aunque indigno de parecer ante la majes- [fol. 2r] tad de vuestro trono, hago esta súplica, gobernado de la devoción que generalmente tenemos los españoles a la virgen Juana de la Cruz.


''[316]'' [Margen izquierdo]: Visita Nuestro Señor a santa Juana.
El culto particular con que es venerada no basta a satisfacer la devoción de sus conterráneos que, como hijos obedientes de la Sede Apostólica, aguardan los decretos y determinaciones de Vuestra Santidad para saber el grado de veneración con que la han de estimar e invocar en sus necesidades y aflicciones; pues, hasta ahora, se han experimentado grandes maravillas resucitando muertos, restituyendo los enfermos de achaques incurables a salud vigorosa, y sus granos o cuentas tienen virtudes experimentadas por larga serie de sucesos contra los demonios, contra las tempestades y contra las plagas que suele padecer la naturaleza.


''[317]'' [Margen derecho]: Habla el Señor con santa Juana.
Y aunque por las bulas que, en los años 25 y 33 [I], promulgó la santidad de Urbano Octavo, de feliz memoria, se corrigieron los abusos con que el pueblo rudo suele dar veneración y culto a muchas personas sin noticia ni aprobación de la Santa Sede, en las mismas bulas [II] quedan reservados aquellos casos en que, por tiempo inmemorial o por mucho tiempo y con tolerancia de los [fol. 2v] ordinarios [III], han sido venerados algunos con particular culto, dejando a estos en la cuasi posesión en que se hallan y en las dudas que se han ofrecido en esta santa ciudad. Lo han determinado y declarado así las congregaciones que se hicieron sobre tales causas en los pontifi- [fol. 4r] cados de Clemente VIII y Paulo V, de feliz memoria [IV], mandando no se innovase donde in- [fol. 4v] tervenían los requisitos que concurren en culto con que es venerada soror Juana de la Cruz.


''[318]'' [Margen izquierdo]: Dale Cristo el Espíritu Santo, como a sus apóstoles.
No tiene altar ni es invocado su nombre públicamente, y en todo se guardan los decretos apostólicos, porque el culto es particular y nacido de un afecto interno y de una voz común agradecida a tantos milagros y maravillas.


''[319]'' [Margen derecho]: Predica declarando los Evangelios y fiestas del año.
Y cuando los obispos de Troya y de Cirene hicieron la información plenaria hallaron que, por más de noventa años, antecedentemente tenía el mismo culto pues su cuerpo está colocado en parte eminente y con algunas lámparas que arden continuamente en su obsequio y pendientes los votos que, con frecuencia, llevan al templo donde yace el cadáver sus reconocidos. En esta forma le han visitado los arzobispos de Toledo, los prelados de la religión franciscana, los nuncios que en nombre de la Sede Apostólica residen en la corte de España y, en fin, las majestades desde los grandes monarcas Felipe III y Felipe IV su hijo, y la esclarecida reina doña Isabel de Borbón, y los infantes (grandes y títulos de estos reinos). Y antes de emprender la conquista de Portugal en que hoy se halla emplea [fol. 5r] do, el señor don Juan de Austria visitó el templo de Santa María de la Cruz a devoción de soror Juana de la Cruz y, con liberalidad propia de su ingenio, ha dado muy considerables limosnas [V] y, a su imitación otros, con que la devoción a esta virgen es general. Y, no sin providencia superior, se ha reservado a los felices tiempos de vuestro pontificado el ponerla en la lista y número de los santos canonizados. Y, para que pueda vuestra santidad comprehender las acciones principales de la vida de soror Juana de la Cruz, pongo a vuestras plantas ese dibujo o epítome de todas ellas, refiriendo solamente lo que parece más esencial y que conduce a informar vuestra mente sin que por ello pretenda merecer algún crédito más del que damos a una historia profana, remitiendo la verificación y comprobación de este informe al proceso y papeles concernientes a la prueba que se hizo por los obispos de Troya y de Cirene y que se llevaron a esa curia romana, bastándome por suma felicidad llegar por medio de este escrito a vuestras plantas.  


''[320]'' [Margen derecho]: Notable en experiencia y atrevimiento.
Besa los pies de vuestra santidad,


''[321]'' [Margen derecho]: Otra experiencia.
Licenciado don Alfonso Carrillo.


''[322]'' [Margen derecho]: El Espíritu Santo da la bendición a los oyentes.
[fol. 5v]


''[323]'' [Margen izquierdo]: Habla el Espíritu Santo.
'''§. I.'''


''[324]'' Debajo de la nota marginal ''[323]'' hay dos líneas tachadas.
[VI] Presidiendo en la silla de san Pedro Sixto IV, de feliz memoria, y reinando la mayor parte de las Españas los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, príncipes gloriosos, nació Juana en tres ''[4]'' de mayo del año de 1482 ''[5]'' en el lugar de Azaña, pueblo del arzobispo de Toledo, cuya situación es en la provincia que llaman Sagra. Sus padres fueron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, personas virtuosas y ricas.


''[325]'' [Margen izquierdo]: Queda cansadísima y sudando.
[VII] [fol. 6r] Reconociese luego que recibió el agua del Bautismo que la niña se abstenía (con admiración de cuantos observaron la maravilla) en el viernes de todas las semanas de tomar el pecho de su madre, si no es una vez al día ayunando en la forma que se refiere de san Nicolás, obispo de Mira, y de san Estéfano, obispo diense.


''[326]'' [Margen izquierdo]: Solamente se escribieron los sermones que predicó en un año.
[VIII] [IX] Sucedió no mamar en tres días y pareció haberla sobrevenido un accidente mortal con suspensión de todos los sentidos. Y creyendo la madre haber fallecido la criatura, pidió a la Virgen santísima intercediese con su Hijo Cristo, Señor Nuestro, la resucitase. Haciendo voto de llevarla al templo nuevamente fundado de Santa María de la Cruz y estar en vigilia allí una noche, volvió la niña del parasismo o desmayo, con que su madre creyó piadosamente había sido resurrección milagrosa la de su hija.


''[327]'' [Margen derecho]: Sermones que predicó santa Juana.
[X] [XI] Antes de cumplir dos años, enfermó de suerte que no podía comer ni aún tomar el pecho, con que su madre, valiéndose por medicina en todos los males de niña de la intercesión de los santos, la llevó a un templo dedicado a san Bartolomé en la villa de Añover. Y a vista de la imagen del apóstol, se alegró Juana, mejorando de suerte que pidió de comer; y contaba en la edad de discreción como había [fol. 6v] tocádola el apóstol san Bartolomé en el rostro, de que procedió cobrar salud.  


''[328]'' día de la''' Ascensión''': cuarenta días después del domingo de Resurrección.
[XII] [XIII] No la vieron jugar con otros niños, como es natural en la infancia, y a los cuatro años de su edad tuvo un rapto en que juzgó ser llevada a un lugar ameno donde vio una señora de mucha autoridad asistida de vírgenes y niños hermosísimos; y, por haberla enseñado aquellos coros de vírgenes y niños que la señora era la Madre de Dios, la adoró y alabó con la salutación del ángel. Y en aquella oración, vio también al ángel su custodio. Y, cuando volvió del rapto, refirió cuanto en él había observado hasta que la mandaron callar sus padres y obedeció luego.


''[329]'' [Margen izquierdo]: Quién compuso el ''Libro del Conorte''.
[XIV] [XV] En aquel mismo año, llevaban por viático a un enfermo el santísimo sacramento de la Eucaristía y, pasando por la puerta de la casa donde vivía Juana, le adoró y vio sobre el cáliz a Cristo, Señor Nuestro, en forma de niño hermoso y resplandeciente. Y en el día que la Iglesia celebra la Purificación de la Virgen, Nuestra Señora, al tiempo que el sacerdote levantó la hostia consagrada, vio en ella distantemente el cuerpo glorioso de Cristo, rodeado de muchos ángeles; y en aquella edad inocente pensaba que a todos eran comunes semejantes favores.


''[330]'' [Margen izquierdo]: Concil. 4, Carta canónica 99, dist. 23,'' mulier''.
A los siete años de su edad murió su madre [fol. 7r] [XVI] y, entre sus agonías últimas, encargó a su marido cumpliese por ella el voto de llevar a la niña con una ofrenda de cera al templo de Santa María de la Cruz. Pero la muchacha, adelantando el discurso a más altos fines, deseaba ir ella a cumplir el voto de su madre y, con esta ocasión, quedarse monja en el convento. Comunicó sus pensamientos a una su tía, que al mismo tiempo entró religiosa en el monasterio de Santo Domingo el Real de la ciudad de Toledo, pero su padre y abuelo, entendiendo lo que pretendía, lo embarazaron considerando la tierna edad de Juana, incapaz, a su parecer, de tolerar los rigores y asperezas de una religión. Y aunque la tía procuró siempre atraerla a su convento hasta disponer medios de robarla, no pudo ''[6]'' conseguirlo. Y la niña, más advertida, propuso tomar el hábito en otra parte por que no dependiese su vocación de afecto al parentesco de la tía.


''[331]'' [Margen derecho]: Santa Juana goza dos aureolas
[XVII] [XVIII] Otros sus parientes ricos la llevaron a su casa por tener en ella una joya preciosísima; tales eran las luces que brillaba aquel diamante y tal su capacidad que fiaron el gobierno de su hacienda a la muchacha. Aquí se descubrieron las penitencias con que Juana maceraba su cuerpo en tan tiernos años, ayunando los días de precepto a pan y agua y, tal vez, no comía en dos o tres días; y cual otra Cecilia [fol. 7v] penitente, usaba silicios y se azotaba con cadenas hasta derramar sangre. En las noches frías y dilatas del invierno, después de recogida la gente de su familia, se desnudaba sin dejar sobre si más que el silicio y, en esta forma, pasaba en oración toda la noche. No pudo esto recatarse de la noticia de sus tíos y así vivió con mayor retiro en adelante.


''[332]'' [Margen derecho]: Ensordece Dios a santa Juana y porqué.
[XIX] Gozaba continuamente de visiones maravillosas que la enseñaban o confirmaban en alguna virtud. Y en un Viernes Santo por la mañana, contemplando la Pasión de Nuestro Salvador, le vio crucificado; y fue tanto su sentimiento con aquella soberana visión percibida con los ojos corporales que, con las lágrimas que derramó e interno dolor que tuvo, quedó desfigurada de suerte que aun sus mismos tíos no la conocían.


''[333]'' [Margen izquierdo]: Dala Dios los dolores y señales de sus llagas.
[XX] A los catorce años de su edad, pensaron sus tíos en casarla y, a la fama de su honestidad y hermosura, concurrieron muchos pretendientes, señaladamente un mancebo natural de la villa de Illescas. Pero, como Juana quería consagrarse a Dios perpetuamente, le fue revelado un día de la Semana Santa por medio de una visión (en que Cristo, Nuestro Señor, la apareció) sería su Esposa y que entraría en religión.  


''[334]'' [Margen izquierdo]: Arróbase estando en cruz.
[XXI] [fol. 8r] Alentada la virtuosa doncella con tal favor, dispuso entre sí misma irse al convento de Santa María de la Cruz de religiosas terceras de san Francisco. Tenía Juana particular devoción a este convento porque su fundación fue prodigiosa y, al parecer, agradable a la soberana Reina de los ángeles, Nuestra Señora. El suceso se cuenta en esta forma.  


''[335]'' [Margen derecho]: Tamaño y figura de las señales.
Cinco leguas de Madrid, villa ilustre y corte hoy de los reyes de España, tiene su asiento la villa de Cubas, de corta población y oscuro nombre. [XXII] [XXIII] Apacentaba una pastorcilla, llamada Inés, en los términos de este pueblo un ganadillo de cerda; y era tan devota de la Virgen Santa María que mereció ser instrumento de las maravillas del Cielo. Aparecióse a la pastora la Virgen santísima a quinientos pasos del lugar de Cubas y, después de varios coloquios y apariciones que se continuaron por algunos días, la dijo que en aquel sitio quería tener templo de su advocación; y, para que los de su pueblo le edificasen, la dio ciertas señales y en particular la cerró la mano, dejando el dedo pulgar sobre el índice en forma de cruz y de fuerte que no podía abrirla ni usar de ella.  


''[336]'' '''“''Licet dum militans…''”''': ''“''Aunque al servir…”.  
La pastorcilla, instruida de lo que había de decir, publicó el precepto a los habitadores del pueblo y, con vista del prodigio de la [fol. 8v] mano que con sus manos tocaron todos, ordenaron una devota procesión que guiaba Inés llevando arbolada la señal de nuestra redención. En llegando a vista del término donde se había aparecido la Virgen santísima, mandó la pastora se detuviesen todos y, adelantándose con la cruz, la entregó a quien no vieron los circunstantes arrodillados; y, atónitos con el pasmo y la devoción y las manos invisibles, fijaron la cruz en el sitio sobre que hoy está el templo. La sencilla Inés solamente veía y hablaba a la soberana Reina de las jerarquías angélicas; y mostró el lugar que sirvió de trono a aquella majestad, el cual fue venerado recogiendo la tierra donde había puesto sus plantas y con ella sanaron muchos enfermos de dolencias mortales o peligrosas. Después, los padres de Inés la llevaron al templo de Santa María de Guadalupe (también lo había mandado aquella señora) con cierta ofrenda y en presencia de la imagen, que tan aplaudida y venerada es en España, abrió la pastorcilla la mano; y refieren que, en los lugares por donde pasaba a la ida y vuelta de aquel viaje, hizo algunos milagros en los enfermos a quien tocaba.  


''[337]'' [Margen izquierdo]: [nueva recopilación de bulas apostólicas de Rodríguez] tom. I, fol. 313.
Edificose el templo con advocación de Santa María de la Cruz y a la fama de los prodigios que en él se obraban, pues resucitaron [fol. 9r] [XXIV] once muertos y sanaron innumerables personas de varias dolencias. Unas mujeres devotas se juntaron a vivir en común y edificaron allí una casa.  


''[338]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
Dieron tales muestras de virtud y santidad que les fue entregada la iglesia con la cruz, que Nuestra Señora tomó con sus manos, y ellas hicieron posesión debajo de la tercera regla de san Francisco. Y una de las principales fue la pastorcilla Inés que, pasado algún tiempo, la eligieron las demás por la cabeza y prelada de aquel convento.


''[339]'' [Margen derecho]: Imprímela el Señor las señales
[XXV] [XXVI] [XXVII] No guardaban estas mujeres clausura y, con andar vagando y comunicar a personas seculares, se relajaron de suerte que algunas apostataron de la religión y entre ellas Inés (tan poco hay que fiar de nuestra fragilidad e inconstancia). Casose y tuvo hijos, que murieron, y el marido. Arrepentida de su pecado, entró religiosa en un convento de Castilla la Vieja, donde acabó sus días con grandes muestras de penitencia verdadera; y en su muerte hizo señal el Cielo, pues afirman que se tocaron las campanas sin impulso humano.


''[340]'' [Margen derecho]: Cuanto más la ensalza Dios, tanto más se humilla ella
La divina providencia para las grandes enfermedades de nuestra naturaleza previene los remedios proporcionados a su curación: la ruina que amenazaba el edificio místico de [fol. 9v] aquellas monjas se aseguró con ingerirle una columna fortísima, en quien vino a cargar todo el peso de la observancia religiosa.


''[341]'' [Margen derecho]: Quítala el Señor las señales y dala en todo su cuerpo los dolores de su Pasión.
[XXVIII] Esta fue Juana, que, resuelta a entrar en religión en el convento de Santa María de la Cruz (distante dos lenguas de Azaña, su patria), para que su representación tuviese en el teatro del universo algo de vario y deleitable los primeros pasos que dio en su intento fueron festivos y con novedad. [XXIX] [XXX] [XXXI] Vistiose traje varonil, y con espada, sola y a pie, llevando sus vestidos ordinarios debajo del brazo, salió una mañana de su casa antes que el sol pareciese sobre la tierra por el camino que guiaba al convento. Cuando, combatida de varios pensamientos, le representó el espíritu contrario a su resolución todos los inconvenientes que podían resultar por el hábito impropio e indecente en que se hallaba y por el enojo de su padre y tíos, la flaca doncella, rendida a la vehemencia de la aprehensión y amedrentada con la soledad del camino, cayó desmayada y sin aliento, pero una voz la esforzó tres veces a proseguir la obra comenzada. Pasado algún tiempo entendió haber sido aquella voz de su ángel custodio.


''[342]'' [Margen izquierdo]: Represéntala Dios su Pasión y la de los diez mil mártires crucificados.
Alentada Juana del espíritu auxiliador, prosiguió su intento y, habiendo caminado [fol. 10r] [XXXII] considerable distancia, sintió venir por el camino, siguiendo sus pasos, un hombre a caballo; y, cuando pudo discernir ''[7]'' la vista con distinción el objeto, reconoció era el hidalgo de Illescas, fino pretendiente de sus bodas. Volvió a ocuparla el susto y el miedo pero, con el traje de varón, se disimuló de suerte que la desconoció el mancebo y pasó adelante sin observar el semblante hermoso, los pasos débiles y ademán mujeril de la doncella. Culpable, al parecer, fue vestirse como varón, pero este acaecimiento califica el disfraz por acertado.


''[343]'' [Margen derecho]: Pregunta que hace Nuestro Señor a santa Juana.
[XXXIII] [XXXIV] Viéndose libre de aquel peligro, se postró en la tierra dando gracias a Dios y aquí tuvo otro consuelo y aparición de la Virgen santísima, con que oyó palabras de esfuerzo y seguridad. Pasó adelante hasta llegar a un pueblezuelo cercano al convento llamado Casarrubuelos y, fatigada de sed, pidió de beber en una casa. Diéronla agua y descansó breve tiempo. Y, al irse, se dejó por olvido la espada junto al asiento donde había estado. Y, acordándose de ella en el camino, volvió en su busca a la casa misma de donde había salido. Y con el descuido natural con que obra quien finge, sencillamente dijo: “Oh, peccadora ''[8]'' de mí, que se me había olvidado la espalda”. Esta concordancia, propia del sexo femenil e impropia para quien [fol. 10v] se fingía varón, despertó la atención de una criada que la había ministrado el agua, la cual advirtió a sus amos cómo era mujer el que parecía mancebo. Pero esta curiosa averiguación no fue creída y aquel solecismo en la gramática de la tierra fue consonancia para las armonías del Cielo.


''[344]'' [Margen derecho]: Aparécesele nuestro padre san Francisco.
[XXXV] Llegó, en fin, Juana al puerto deseado y, entrando en la iglesia, dio gracias a la estrella que la había guiado en aquella corta, aunque peligrosa navegación. Y, apartándose a un ángulo oscuro del templo, se restituyó a sus propios vestidos, despojándose de la máscara y disimulación con que había temido naufragar entre los escollos de varios peligros y pensamientos.


''[345]'' La '''fiesta de san Francisco de Asís''' se celebra el 4 de octubre en la Iglesia católica.
[XXXVI] Impaciente en la dilación de su intento, fue luego a la puerta reglar del convento para hablar a la abadesa y darle noticia de su pretensión. Guardaba la puerta de aquel paraíso una imagen de la Virgen santísima colocada en un nicho y, encontrándola Juana, se postró pidiéndola con una oración fervorosa que, pues era puerta del cielo y en aquel monasterio también era portera, la franquease la entrada disponiendo las voluntades de las monjas para que la admitiesen en su compañía. Es tradición constante que habló la imagen diciendo a Juana: “Bienvenida seáis, hi- [fol. 11r] ja mía. Entre gozoso tu espíritu a tomar posesión de lo que tanto ha deseado que, para reparo de esta casa, te crió Dios en cuyo nombre y en el mío tendrás autoridad para derribar y edificar, destruyendo relajaciones y vicios, y enseñando con doctrina y ejemplo el camino de la perfección”. Es esta imagen por quien Dios obró tal maravilla se ve hoy en el mismo lugar de la puerta reglar del convento, aunque la forma del edificio y lugar de la puerta se ha mudado.


''[346]'' [Margen izquierdo]: Aparécesela Nuestro Señor y lo que la dice.
[XXXVII] [XXXVIII] Alentada la doncella con semejante oferta, hizo llamar a la abadesa, a quien dio noticia de su vocación y de los acontecimientos que había tenido hasta llegar al convento y que sería felicísima si era admitida en él por criada de las demás religiosas. La abadesa, gozosa en si misma de ver aquella Virgen hermosa y de corazón tan esforzado en edad de quince años y de entendimiento clarísimo, disimulando el gusto interior, reprehendió primero la temeridad de venir sola y en hábito impropio y, en lo demás, respondió lo comunicaría con las monjas. Juntó la comunidad y, propuesto el caso, se conformaron en recibir por compañera a Juana; y, como era necesario además de su consentimiento el del provincial, dispuso la divina providencia que no faltase este requisito, pues el provincial que era entonces entró [fol. 11v] en aquella sazón fuera de toda esperanza pues había ocho días que había estado en el convento.


''[347]'' '''día de santa Clara''': 11 de agosto.
Admiradas las monjas con la venida del prelado en ocasión tan oportuna y que la tuvieron por milagrosa, informaron al provincial de la vocación de la doncella, el cual dio licencia para su admisión.


''[348]'' [Margen izquierdo]: Sánala el apóstol san Pedro.
[XXXIX] [XL] [XLI] Caminaban estas cosas con felicidad, y Juana deseaba la hora de su recepción. Pero su padre y parientes, noticiosos de su fuga y del camino que había tomado, fueron al convento, donde procuraron embarazar este santo propósito con palabras descorteses y groseras, persuadiéndola dejase aquel intento con representarla las conveniencias que dejaba en el siglo y los trabajos y desamparo que había de padecer en la religión. Pero la doncella, primero con el silencio y con la modestia, y luego con la perseverancia y resolución que dijo tenía de elegir a Dios por padre, ablandó los corazones de aquellos rústicos que se conformaron en que Juana entrase religiosa ofreciéndola dote competente. Y así, en presencia del padre y parientes, recibió el hábito con devoción y lágrimas en que todos concurrieron, equivocándose los gozos y los sentimientos, los llantos y los parabienes. ¡Oh in- [fol. 12r] comprensibles juicios de Dios! Quien con ojos mortales procura averiguar los rayos y luces con que nos deslumbran queda más ciego e incapaz de observar sus maravillas; lo que vemos solamente es que los mejores medios para conseguir un propósito son los estorbos, y los montes, y riscos; son los llanos y veredas por donde se camina con más seguridad.


''[349]'' '''diciplinas''': aparece así en el texto base. El ''Tesoro'' de Covarrubias recoge únicamente esta voz con la simplificación del grupo consonántico ''sc''.
[XLII] Las memorias que se conservan de la vida de Juana en los libros y en la tradición refieren por menor sus acciones; y el ánimo con que se iba encaminando el año del noviciado a la perfección del espíritu.


''[350]'' [Margen izquierdo]: El Espíritu Santo la elige por abadesa.
[XLIII] Con un profundo silencio y con una ciega obediencia, echó los cimientos tan firmes que pudo cargarse en ellos un edificio para la eternidad. En la guerra de los sentidos, la única defensa que tuvo fue el retiro de todos los tratos humanos en la estrechez de una celda; y entre los silicios, disciplinas y ayunos (no comiendo más que una vez al día) y con la oración continua de discípula se hizo maestra, de novicia se hizo veterana de la milicia celeste, con que, pasado el año, fue admitida a la posesión, tomando por nombre Juana de la Cruz. Era devotísima de esta señal como instrumento principal de nuestra redención y [fol. 12v] por haber nacido en el día que la Iglesia celebra su milagrosa invención. Y en otro tal día, tomó el hábito e hizo profesión. Y después, en el progreso de su vida, en otros semejantes días, fue electa abadesa y murió, pero la principal razón fue querer seguir la cruz de Cristo, correspondiendo con las obras a la representación de su nombre.


''[351]'' [Margen izquierdo]: Fue abadesa diecisiete años.
[XLIV] [XLV] El orden que, siendo novicia y después de profesa, tuvo para disimular sus vigilias, oración y penitencia era este: llevaba, al tiempo de recoger las religiosas en el dormitorio común, una rueca; y cuando sentía que dormían las monjas, ocupaba las manos en hilar y los pensamientos en Dios, y en esta forma estaba hasta que tocaban a maitenes. Acudía entonces al coro y, acabadas las divinas alabanzas y recogidas las demás monjas, comenzaba de nuevo la tarea de la oración en que perseveraba hasta el amanecer; y, vencida de la necesidad, se rendía al sueño por dos o tres horas hasta la hora de prima.  


''[352]'' [Margen derecho]: Cerró santa Juana el convento y hizo que las monjas guardasen clausura.
[XLVI] En las obras de manos y trabajos corporales en que la ocupaba la obediencia hallaba su mayor regalo y deleitación: cuando fregaba los platos y alhajas de la cocina, los figuraba de oro y llenos de perlas y piedras preciosas en que había de comer su soberano esposo, y así se deleitaba en aquel ejercicio [fol. 13r] de humildad. Lo mismo consideraba cuando barría la casa, pues la escoba le parecía un ramillete de flores y, si hacia oficio de cocina, se acordaba de Marta cuando hospedó en su casa al Redentor del mundo. En esta forma lograba en sus empleos un inmenso tesoro de merecimientos.


''[353]'' [Margen izquierdo]: Nota lo que puede la oración.
[XLVII] Imitó fielmente a su patriarca san Francisco en guardar verdadera pobreza, pues su cuidado en esta parte fue igual al que tuvo el rico avariento en juntar y guardar los tesoros que le llevaron al infierno. De sola su cama y hábitos era poseedora cuanto al uso, sin tener más celda que las oficinas de la comunidad; y los vestidos eran tan pobres que parecía vestirse los que desechaban las demás monjas: el hábito humilde, la túnica interior de sayal, la camisa un asperísimo silicio ceñido todo con una cuerda de cáñamo y los pies sin más adorno ni abrigo que unas viles sandalias.


''[354]'' [Margen izquierdo]: Resucita santa Juana una niña muerta.
[XLVIII] Con ser tan espantosa su penitencia y tan singular su modo de vida, la mayor excelencia que se observa de sus virtudes fue la de regular siempre sus acciones con la obediencia y dictamen de su confesor, recibiendo las reglas de vivir sin valerse de su propia voluntad.  


''[355]'' [Margen izquierdo]: Aparécese a una señora desahuciada y dale salud.
La hermosura de su rostro y perfección [fol. 13v] [XLIX] [L] de su cuerpo fueron admirables, y se adornaban con gravedad y modestia que componían a cuantos la miraban. Su conversación era dulcísima, sus palabras amorosas vivas y penetrantes, y en la dirección misma traía envuelta la salud y reformación de las almas. Nunca hablaba en vano ni superfluamente, pues todos sus discursos se encaminaban a glorificar a Dios y aprovechar los próximos; y, si tal vez ocurría en la conversación materia de gusto y entretenimiento, era con tanta templanza que más provocaba a devoción que a risa y deleite.  


''[356]'' La reproducción de la cláusula de la carta de Ana Manrique a Juana de la Cruz aparece en cursiva en el texto base.
[LI] En aconsejar y consolar corazones tuvo don del Cielo, con que venían a consultarla personas gravísimas y de diversos estados y todas las fiaban sus secretos con seguridad de que no serían revelados. Estas calidades eran adornadas de una humildad profundísima y sus virtudes se descubrieron más en los oficios que la encargó la obediencia a sus preladas.


''[357]'' [Margen izquierdo]: Aparécese a una religiosa enferma.
[LII] Asistía a la cocina, como hemos referido, y en ella, por leves causas, era maltratada y reprehendida de sus compañeras. Y luego se arrodillaba y las pedía perdón y, si no podía aplacar su enojo, íbase al coro a pedir a Dios la perdonase la pena y turbación que había ocasionado a sus hermanas. Volvíanla a llamar y [fol. 14r] preguntábanla qué hacía en el coro y, con admirable mansedumbre, respondía: “Suplicaba a la divina clemencia me perdone por haber ocasionado vuestra justa indignación y que os diese gracia para sufrirme”. Quedaban confusas y arrepentidas de haber ofendido a aquella cordera que tan poco lo merecía.


''[358]'' [Margen izquierdo]: Otros milagros.
[LIII] En aquel humilde ejercicio, manifestó Dios cuán agradable le era su sierva con algunos milagros. Merezca contarse uno para ejemplo de que Dios cuida de aliviar a los que le sirven, aun en cosas muy menudas, en la estimación de los hombres: llevaba soror Juana un barreño de barro con la carne que había de comer la comunidad para lavarla en el pozo. Encontró con el barreño en una piedra, hízole pedazos y ella, muy triste, se puso en oración, suplicando al Señor reparase aquella falta. Tomó los pedazos y fuelos juntando, y el barreño quedó como estaba antes de romperse; y sirvió después en la cocina por más dos años.
[LIV] Encargáronla la enfermería, donde halló materia bastante para ejercitar su caridad; no perdonaba ningún género de desvelo y de trabajo por asistir y cuidar de las religiosas enfermas. Sucedió que una monja padecía mucho frío y dolor de estómago y pidió a soror Juana que, pues era enferma, pi- [fol. 14v] [LV] diese para sí un poco de vino diciendo lo había menester y que le diese a ella porque su necesidad era muy grande y no se atrevía a pedirle. Soror Juana ofreció pedir el vino con buena voluntad pero, considerando que si le pedía con pretexto de su necesidad era mentira y dejarle de pedir era falta de caridad, suplicó a Dios le diese por algún tiempo dolor de estómago para que, no faltando a la verdad, pudiese remediar la necesidad de su hermana. El Padre de misericordia, y a quien tan agradables son los actos de caridad con el próximo, concedió lo que pedía a su sierva y, con el propio dolor de estómago, pidió la medicina para el remedio del ajeno.  


''[359]'' '''zaratán''': un tipo de cáncer de mama en las mujeres.
[LVI] En este mismo oficio de enfermera, por su intercesión, cobraron muchas enfermas salud. Sanó una religiosa de unas tercianas, comiendo con particular devoción un poco de pan que soror Juana estaba también comiendo, y no la volvió más la calentura. Esta misma religiosa, por intercesión de su enfermera, se libró de dos zaratanes que se le criaron en los pechos, poniendo en ellos unos paños mojados en agua bendita de consejo de soror Juana.


''[360]'' [Margen derecho]: Sana a una monja de fuego de san Marcial.
[LVII] Del ministerio de la enfermería, pasó a ser tornera y portera y con su agrado y cortesía, sin faltar al rigor de la obligación de su o- [fol. 15r] cio, cumplía con monjas y seglares. Aquí padeció notables mortificaciones de una compañera más anciana que la perseguía con porfía incansable riñéndola y maltratándola por todo cuanto hacía; y a todo callaba la prudentísima criatura o la pedía perdón de las culpas que no había cometido.  


''[361]'' El '''fuego de san Marcial''' o fuego de san Antón constituyó una epidemia en la Edad Media que hoy conocemos como ergotismo y que se corresponde con el conjunto de síntomas de la intoxicación por cornezuelo de centeno. El más característico de estos síntomas es la inflamación y el enrojecimiento de la piel en alguna parte del cuerpo.
[LVIII] [LIX] Como esta sierva de Dios andaba toda transformada en él, cuantas cosas hacía las aplicaba a los más soberanos misterios de nuestra redención. Y así, consideraba el torno por el pesebre en que María santísima reclinó al Niño Jesús recién nacido, y volviendo el torno con esta contemplación halló muchas veces al Niño Jesús que aparecía en forma visible y con dulces palabras la regalaba. En una ocasión, estando gozando la visita soberana del Niño Dios, pretendió abrazarle y regalarse con él pero, al tiempo de extender los brazos, apareció la Virgen santísima que le tomó en los suyos y se levantó en alto, acompañada de coros angélicos; quedó desconsolada soror Juana pensando procedía aquel retiro de su indignidad, pero la Virgen santísima la dijo: “Hija mía, vente a la huerta de casa, hacia la parte donde están las higueras, que allí nos hallarás”. Quedó con esto consolada su alma y, desocupándose del torno, fue apresuradamente al puesto señalado (no así el ciervo de- [fol. 15v] [LX] sea en el verano la frescura de las fuentes, no así la alma ama la visión del hierro como esta sierva de Dios deseaba venir su alma al amor y voluntad de su Esposo Divino). Abrió la puerta de la casilla y viola convertida en alcázar del rey del universo. Estaba en trono de gloria la Virgen María y en sus brazos sostenía al que sostiene el firmamento. Adoró Juana con suma reverencia a aquellas majestades y, con sus alabanzas, hizo compañía a los coros angélicos. Quedó elevada y embebida en aquellos gozos celestiales y, aunque la llamaron con la campana de la portería tres veces, no la ''[10]'' oyó, y la Virgen, Nuestra Señora, la dijo: “Anda, que te han llamado tres veces con la campanilla y no lo has oído, acude a la obediencia”. Dejó luego la dichosa Juana a Dios por Dios, cumplió con la ocupación para que fue llamada y, con las mismas ansias, volvió a la casilla de la huerta. Repararon algunas monjas en sus pasos veloces, en su inquietud extraordinaria, en su rostro encendido, y que arrojaba unos resplandores y luces y el aire por donde pasaba quedaba fragante y oloroso. Siguiéronla hasta la puerta de la casilla, donde oyeron decía: “¡Oh, Reina de los Cielos, cuan bien manifestáis con esta pecadora ser madre de misericordia pues, aunque yo me había ido dejando vuestra compañía, no se ha desdeñado vuestra grandeza y el [fol. 16r] dulcísimo Jesús de esperarme en tan humilde lugar”. Respondió la Virgen santísima: “Hallástenos, Juana, a mi hijo y a mí porque nos dejaste por la santa obediencia”. Y, después de algunas palabras en estimación de lo que merece esta virtud, acabó su Majestad con decir: “Si no hubieras sido obediente, no hubieras gozado de aquestos favores”. Todo esto lo escucharon las religiosas que siguieron a soror Juana, descubriendo Dios por este medio lo que ella con modestia y cuidado les encubría.  


''[362]'' [Margen derecho]: Sana de mal de rabia.
[LXI] Otra aparición de la Virgen María con el Niño en los brazos tuvo en la sala de la labor pues, arrebatada soror Juana en espíritu y visión imaginaria, vio a la Emperatriz de los ángeles y a su Hijo preciosísimo. Y, después de varios coloquios, consiguió recibir en su escapulario al Niño alegrándose y gozándose en tan soberano bien, y los efectos de este sabor le duraron en su alma por muchos días.


''[363]'' [Santo Tomás] 2.2, q. 174, art. 6 ad 3.
'''§. II.'''


''[364]'' ''Ecclesiastici'', cap. 2; ''Matthaeus'', caps. 10 y 22; ''Luca'', 16; D. Augustín: ''De civitate Dei'', lib. 10, cap. 1, et ''De anima et eius origine'', lib. 2, cap. 4; san Gerónimo in ''Ioel'', cap. 2; san Buenaventura, lib. 4 ''Sentencias'', dist. 20, I par., q. 5.
[LXII] Inexplicable es la devoción que soror Juana tuvo con el inefable Sacramento de la Eucaristía; el deseo de gozar siempre de aquel pan angélico la traía absorta y enajenada de sí. Todas sus oraciones, penitencias y mor- [fol. 16v] [LXIII] [LXIV] tificaciones se dedicaban a disponerse para recibirle dignamente y, juzgándose incapaz de sentarse a la mesa del Rey de los reyes, no se atrevía a recibirle cada día sino cuando su confesor lo ordenaba. Suplía la falta de la comunión sacramental con comulgar espiritualmente en que sentía grandes consuelos, con que se podía decir que toda su vida era una espiritual comunión prolongada. Esta devoción se la pagó Dios con muchos favores que recibió su sierva y milagros que acontecieron. Merece referirse uno, cuyas señales permanecen hoy en los mármoles de su convento: confesábase un día en tanto que se decía la misa mayor. Hicieron señal en la iglesia con la campanilla de que el sacerdote levantaba la hostia consagrada. El confesor mandó a soror Juana fuese por el coro a adorar a Cristo Nuestro Señor sacramentado. Salió con prisa y, reconociendo por los golpes de la campanilla que no podía llegar al coro a tiempo, se arrodilló para adorarle en espíritu. ¡Oh maravillas de Dios! Interponíase entre soror Juana y la iglesia una pared de cantería muy gruesa y, por impulso físico y sobrenatural, se abrió la pared desde la parte superior a la inferior, con que pudo la sierva de Dios ver la hostia, el sacerdote el altar y todo cuanto estaba en la iglesia. Quedó asom- [fol. 17r] [LXV] brada soror Juana con milagro tan grande y estando glorificando a Dios por él, cuando alzaron la segunda hostia, se abrió segunda vez la muralla; y, hecha la adoración, se cerró dejando un monumento a la posteridad pues, siendo todas las piedras del muro de mármol negro, quedó una de ellas blanca y abierta por tres partes en forma de cruz, la cual desde aquel tiempo es tenida en veneración; y este mármol es visitado de los prelados y de los reyes que han entrado en la clausura de aquel monasterio.


''[365]'' Lib. 2 ''De Conceptu mundi''.
[LXVI] Entre los favores extraordinarios que soror Juana recibió de Dios, fue muy singular el permitirla comunicase a su ángel custodio en sus éxtasis y raptos y, algunas veces, fuera de ellos. Y aquel hermoso espíritu se le manifestaba glorioso y resplandeciente. Y, en estas visiones y aparecimientos, gobernaba a la virtuosa monja, respondiendo a sus consultas, satisfaciendo a sus dudas, y enseñándola altísimos misterios que, después explicados por la virgen Juana a sus monjas y a los que venían a oírla, quedaban alumbrados y confusos cuantos bebían de aquel néctar científico y sobrenatural, reconociendo ser sus palabras centellas de incomprensible fuego del Espíritu Santo que la asistía.  


''[366]'' [Landulpho Carthusiano] Tom. 3, cap. 46.
[fol. 17v] [LXVII] [LXVIII] Aunque el ver con sus ojos corporales y hablar familiarmente con su santo ángel era muy frecuente en soror Juana, con todo eso gozaba más de su vista, comunicación, y enseñanza en los raptos y elevaciones estáticas que tenía, en las cuales gastaba lo más del tiempo, pues toda su conversación era con el cielo. No había ejercicio ni ocupación, por precisa que fuese, que pudiese apartarla del amor de su dulce Jesús, en quien tenía embebida y transformada el alma. De noche, de día, comiendo, descansando, hablando o rezando, ya hiciese labor, ya estuviese en pie, ya asentada u echada de cualquier suerte que la hallase la visita de su celestial esposo. Luego se enajenaba de sus sentidos y quedaba absorta en profundos raptos que duraban algunas veces cuatro horas, otras doce, otras catorce. Y con el discurso del tiempo y frecuencia de aquel comercio divino, creció tanto esta gracia que perseveraba en el rapto veinticuatro horas, y tal vez pasaron tres ''[11]'' días sin volver del éxtasis.


''[367]'' In ''Matthaeus'', cap. 24, q. 239.
[LXIX] En su rostro, cuando se elevaba, crecía la hermosura natural de que era dotada, descubriendo con señales exteriores los gozos que interiormente gozaba su espíritu.


''[368]'' '''Inocencio III''': por cómo se concretará la referencia a este testimonio en la edición de la ''Vida de Juana de la Cruz'' publicada en Madrid en 1613, sabemos que Daza alude al contenido del segundo de los tres libros que componen ''Sobre el desprecio del mundo o la miseria de la condición humana'', “En donde se determina el ascenso de la conversión de la culpabilidad humana”. '''Landulfo Cartusiano''' es una de las formas latinizadas que se usan para referirse a Ludolf von Sachsen o Ludolfo de Sajonia, el Cartujano (ca. 1300-1378?), escritor cartujo alemán, autor de la primera'' Vita Christi'' extraída de los cuatro Evangelios, que fue una obra muy leída e impresa por toda la Europa del siglo XV. '''El Abulense''' o El Tostado es Alonso Fernández Madrigal (1400-1455) y Daza cita uno de sus extensos comentarios latinos: el de ''Mateo''.
Veíanse algunos prodigiosos efectos de los [fol. 18r] raptos, derivándose también con señales exteriores al cuerpo los afectos tristes o alegres del alma; y, particularmente, cuando eran revelados los trabajos y perfecciones que había de padecer o las felicidades o aceptación de las buenas obras de sus próximos en la presencia divina y estado en que estaban sus conciencias o su salud. Y así, daba avisos importantísimos para ajustar conciencias perdidas y para prevenir y evitar grandes daños en las almas y cuerpos. Advirtió a muchos la cercanía de su muerte y sucedía todo como lo decía.  


''[369]'' [Gregorio de Valencia] Tom. 4, disput. 1, q. 22, puncto 9 y disput. 10, q. 1, puncto 2.
[LXX] [LXXI] Uno de los prodigios que hacen más memorable a esta sierva de Dios es el don de las lenguas que tuvo. Sucedió pues que, volviendo de un rapto dilatado, se halló embarazada la lengua para articular palabras y, aunque entendía y oía, no podía responder sino con señas. Y en esta forma estuvo algunos meses, quedando reducida a tal extremo de bondad y sinceridad que parecía hallaría en él estado de inocencia. Y así las monjas hacían de ella lo que querían, tratándola como a una criatura y paloma mansísima y, aunque para las cosas del mundo vivía con esta enajenación, para las del Cielo tenía las potencias del alma vivas despiertas y perspicaces.


''[370]'' [Suárez] 3 par. q. 59, disput. 523, sectio 2.
[fol. 18v] [LXXII] Continuaba sus éxtasis y raptos como siempre. Y en uno de ellos, se le apareció el Niño Jesús, a quien suplicó con profunda oración que, si había de ser para su santo servicio, la restituyese a estado de poder hablar. Entonces el Señor, tocando la boca de soror Juana con sus manos divinas, la dijo: “La causa de haberte enmudecido es porque seas instrumento por quien yo quiero hablar y, aunque ahora te sano, guarda de mi secreto y algo di y algo calla de lo que te revele”.


''[371]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
[LXXIII] Volvió del rapto y con expedición en la lengua, con alegría y consuelo de las monjas. Y, desde entonces, se manifestó en ella un espíritu de predicación y enseñanza, hablando en los éxtasis cosas muy singulares y declarando profecías y lugares de la Escritura Sagrada. Cuando había de predicar estos sermones y declarar lo que Dios la revelaba, se transfiguraba; y enajenada de los sentidos, las religiosas la llevaban en brazos a su celda (fiel éxtasis la cogía fuera de ella) y poníanla sobre su cama, donde quedaba con los ojos cerrados con el rostro sereno y con las manos sobre el pecho. Así perseveraba por tiempo de hora y media, y luego interrumpía en amorosas exclamaciones a Dios y parecía le hablaba y comunicaba como si le viera personalmente: ya le rogaba se acerca- [fol. 19r] se; ya extendida los brazos como para llamarle; ya se quejaba de su soledad y desamparo si se iba; ya gozaba como si poseyera tanto bien; le daba gracias de los favores que hacía a una indigna pecadora y, entonces, hacía actos de grande reverencia y profunda adoración y, con voz más templada, hacía oración vocal por el estado de la Iglesia, y por los que se hallaban en pecado mortal, y por todas las necesidades de que tenía noticia y, especialmente, por las almas del Purgatorio. Acabada esta deprecación, callaba por algún tiempo y las religiosas la reclinaban en la cama con toda decencia y compostura en tal forma que los oyentes pudiesen ver su semblante y oír distintamente sus palabras. Después de este silencio, levantaba la voz más sutil y delicada y declaraba los misterios y lugares de Escritura que le eran revelados del divino espíritu con suma velocidad y gracia. Su más ordinario asunto era el Evangelio o festividad de aquel día. Estos sermones o pláticas duraban tres o cuatro horas y, cuando acababa, despedía el auditorio echándole bendición.


''[372]'' '''''“Constitui…suscipiendas”''''': “Te he hecho príncipe para ser respetado por todas las almas». '''“''Signifer… sanctam”''''': “Que el portaestandarte san Miguel los represente en la santa luz”.
Toda la gente que concurría a oírla, que era innumerable y entraba dentro del convento porque entonces no se guardaba en [fol. 19v] [LXXIV] él clausura, se arrodillaba y recibía la bendición con devoción y lágrimas. Volvía luego soror Juana del rapto sin poder decir ni saber cosa alguna de lo que había pasado. Esta gracia se manifestó tres años, después que comenzó a elevarse públicamente, y le duró por espacio de trece años. Y en todo este tiempo fue aquel convento cátedra de sabiduría y de doctrina revelada del Cielo. Y aquellos sermones acontecían en días y por términos inciertos y varios según era la divina voluntad, pues pasaban quince días, tal vez ocho, tal vez tres y, finalmente, hubo día en que predicó dos veces.


''[373]'' Juan Molano in ''Historia sanctorum imaginum'', lib. 2, cap. 28; Viegas in ''Apocayipsi'', cap. 12, t. I, sectio 17, núm. 5, y sectio 18, núm. 7; Juan Equio, Homilía 8 ''De sancto Michaele''.
[LXXV] [LXXVI] Divulgose la fama de esta maravilla por todo el reino, y así concurrieron a la novedad del caso diferentes gentes para ver con sus ojos aquel prodigio: letrados, predicadores, prelados de todas las religiones, arzobispos, obispos, inquisidores, duques, marqueses, condes y sus mujeres. Entre los más señalados fueron el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez de Cisneros, esclarecido varón en aquel siglo; y el insigne y gran capitán don Gonzalo Fernández de Córdoba; y, algunos años después, la cesárea majestad del emperador Carlos V, que dio gracias al altísimo Dios y quedó muy aficionado y devoto a soror Juana.


''[374]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
[fol. 20r] [LXXVII] [LXXVIII] [LXXIX] Con ser tan varias las fuentes y condiciones de personas que la oían, cada uno entendía por si lo que predicaba la sierva de Dios; y para que a todas luces se descubriese la asistencia soberana que la inspiraba, si los oyentes eran personas doctas u eclesiásticas, hacía su sermón en lengua latina; y algunas veces predicó en las lenguas francesa y arábiga, y con un sermón que hizo en esta lengua convirtió dos esclavas africanas obstinadísimas en la secta de Mahoma, las cuales dio al convento un obispo de Ávila y fueron de las cautivas que se trujeron a España de la ciudad de Orán cuando la conquistó el arzobispo don fray Francisco Jiménez. En una oración que fue a oírla el provincial de los religiosos franciscos de aquella provincia, que era vizcaíno, predicó el sermón en lengua vascuence o cantábrica, la cual es muy extraña en el dialecto en las voces y sin conveniencia con otra alguna de las lenguas que se conocen hoy en el mundo.


''[375]'' Santo Tomás, lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 21, q. 1, art.I; san Buenaventura, 4 ''Sententiarum'', dist. 2, par., q. 5.
[LXXX] Con el celo que los Reyes Católicos tuvieron de conservar en España la pureza de la fe católica, erigieron el tribunal de la santa Inquisición en la forma que hoy se conserva. Y, por la mayor necesidad que entonces había de atender a los nuevos conversos de indios y moros, este ministerio santísimo [fol. 20v] [LXXXI] [LXXXII] entró a ejercer su ministerio con notable crédito y autoridad, y se componía de varones consumados en letras y acreditados en ''[12]'' virtud. Uno de estos, deseoso de averiguar si tales sermones procedían de ilusión diabólica y la doctrina que contenían era sólida y sin sospecha, fue encubierto y disimulando quién era al convento y se introdujo con la demás turba a ser oyente de soror Juana. Fue tal el sermón de aquel día y tan eficaces los discursos según lo que el inquisidor llevaba reservado en su corazón que, en el progreso de la plática, se arrodilló el buen hombre y, con gran copia de lágrimas, la oyó hasta el fin. Luego rogó a la abadesa le permitiese hablar a la sierva de Dios en el locutorio. Allí la pidió perdón de no haberla tenido en el crédito que merecía y que ya creía ser Dios el autor de aquel prodigio. Respondió la virtuosa virgen con palabras humildes y reconocimiento de su miseria pues, siendo un instrumento vil y desechado, usaba Dios de él en utilidad de los próximos. El inquisidor, después de larga conferencia, se despidió admirado y devoto.


''[376]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo. Aunque podría considerarse una nota-guía, el hecho de que incorpore notas-fuentes y que en el original aparezca en cursiva favorecen editarla de este modo: como glosa en el cuerpo del texto.
[LXXXIII] Algunos que iban llevados de su curiosidad hacían experiencias indiscretas con soror Juana para conocer si los éxtasis eran verdaderos, y así la hirieron en la cabeza y [fol. 21r] dieron golpes imprudentemente, que no sentía con la inestabilidad en que la dejaban los raptos. Después se condolía de aquellos daños, cuando no los había manifestado antes la sangre que derramaban las heridas.


''[377]'' [San Gerónimo super ''Daniel''] Cap. 7.
[LXXXIV] Estas cosas pusieron en cuidado a los prelados de la religión de san Francisco, y más a aquellos que suelen ser espíritus de contradicción: todo lo niegan y lo contradicen todo, fundando en esto hacerse temidos y necesarios.


''[378]'' '''“''Duplex est… praesint cruciatibus”''''': “El oficio de los ángeles es doble: unos que dan recompensas a los justos, otros que presiden las torturas individuales”. '''“''Sancti Angeli…lege puniendos”''''': “Los santos ángeles castigan sin ira a los que aceptan la ley eterna para ser castigados”.
Para evitar la variedad con que se discurría y que la verdad quedase más apurada, el provincial de Castilla, a quien esta sujetó aquel convento, mandó a la abadesa encerrase en su celda a soror Juana siempre que tuviese los raptos en que solía predicar, sin permitir que persona alguna la oyese. Hízose así y la abadesa la señaló una celda a soror Juana donde pudiese estar en tanto que permanecía en los éxtasis, y mandó a una monja que la acompañase y asistiese.
[LXXXV] Pasaron algunos días y, deseando la abadesa saber lo que hacía soror Juana, mandó a una religiosa que fuese a su celda y viese si estaba transportada o si predicaba. La monja mensajera, por entre las puertas de la celda, vio que predicaba soror Juana en el tono que [fol. 21v] [LXXXVI] solía y que tenía por auditorio (cual otro Antonio Paduano) innumerables aves y pájaros que, levantados los cuellos en forma de atender, oían la palabra de Dios. Turbada y alegre, la monja dio cuenta a la abadesa y a las ancianas del monasterio, y todas fueron a ver aquel milagro, el cual miraron y reconocieron hasta que acababa la plática. Echó soror Juana su bendición a las aves, que volaron a sus ordinarias mansiones, y en la manga de su túnica se halló un pajarito que se había quedado allí puede ser que para mayor comprobación de aquel prodigio.


''[379]'' ''De Civitate Dei'', lib. 9, cap. 5.
[LXXXVII] Averiguado el caso por el provincial tan exactamente como pedía su gravedad, dio licencia para que oyesen a soror Juana cuantos quisiesen sin excepción de personas, grados ni calidades.


''[380]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
[LXXXVIII] Y, porque no se perdiese el tesoro de la doctrina singular que contenían sus sermones, obró Dios otro milagro dando repentinamente gracia de escribir a una monja llamada María Evangelista, no sabiendo si habiéndolo aprendido. Y hoy permanece en el convento un libro escrito por esta monja de todos los sermones que predicó soror Juana en el discurso de un año, incorporado en otro que se titula El Conorte. La letra es clara y legible y el estilo llano y sin artificio, pero [fol. 22r] igual al que usaban en aquel siglo los más versados en la lengua vulgar. Los hombres doctos y espirituales que han leído estos libros no saben cómo encarecer su doctrina llena de teología escolástica y mística y de muchas autoridades de la Sagrada Escritura. Ya tuvo estos libros en su poder la santa Inquisición de Toledo para registrarlos y expurgarlos si lo mereciesen, pero los restituyó al convento intactos y sin corrección alguna.


''[381]'' [Margen derecho]: Religiosos que murmuran de sus prelados tienen particular pena y lugar en el Purgatorio y Infierno.
'''§. III'''


''[382]'' [Margen izquierdo]: Dos veces en semana va santa Juana al Purgatorio.
[LXXXIX] [XC] La mayor señal de cuán adelantada estaba la virgen Juana en la gracia del Altísimo y de su Madre bendita fue haberse desposado en un éxtasis con el Niño Jesús, en preferencia de María Santísima y de muchos coros de ángeles y santos, quedando con este favor enriquecida su alma. Las joyas y preseas con que regaló el Esposo celestial a esta su sierva fueron unos dolores acerbísimos que empezó a sentir en manos y pies desde un día del Viernes Santo inmediato al éxtasis del desposorio. Manifestáronse también unas señales de color de rosa en las mismas partes de pies y manos donde Cristo, Señor Nuestro, tuvo sus llagas y donde las [fol. 22v] [XCI] [XCII] tuvo san Francisco. Despedían de sí aquellas señales suavísimo olor y que excedía al de las flores más fragantes y, como el dolor era intenso y las fuerzas flacas, soror Juana se quejaba con grande amargura y no podía tenerse en los pies. Las monjas, con devoción y lágrimas, la llevaban en brazos al coro y a su celda, y sobre las señales ponían paños mojados en vinagre u agua para que templasen los ardores que sentía en ellas, y que no la dejaban sosegar estas preciosas señales y dolores intensos. Duraron desde aquel Viernes Santo hasta el de la Ascensión pero no continuados, pues solamente se descubrían las señales y sentía los dolores los viernes y sábados hasta el domingo, y a la hora en que Cristo resucitó cesaban.


''[383]'' [Margen izquierdo]: Aparécesela una ánima de Purgatorio'''.'''
[XCIII] La fama de este favor corrió luego por los lugares comarcanos, con que los pueblos enteros se conmovían a visitarla y ver con sus ojos lo que habían visto todas las religiosas, sus confesores y muchas personas eclesiásticas y fidedignas; y con el gran concurso causaban inquietud grande en el convento.
[XCIV] La humildad de soror Juana no pudo tolerar las exclamaciones de los que la visitaban y, como su corazón le tenía rendido y abatido en horror de las honras mundanas, huyendo de toda vanidad, suplicó a Dios la [fol. 23r] [XCV] quitase aquellas señales no permitiendo que tan vil criatura gozase de una merced con que fueron honrados grandísimos santos. La oración fue tan fervorosa que mereció alcanzar lo que pedía y así, en un rapto que tuvo el día de la Ascensión, la dijo el redentor del mundo: “Importúnasme que te quite el precioso don que te he concedido. Yo lo haré mas, pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas”. Experimentolo así la buena virgen, pues los dolores y tormentos de toda la Pasión de Cristo los padeció en alma y cuerpo con las persecuciones y enfermedades que la siguieron hasta el fin de sus días. El primero regalo que sucedió a esta labor fue ensordecer en tanto grado que no oía ninguna voz ni ruido por grande que fuese. Gustaba mucho esta virgen el canto de las aves; su divertimiento después de la oración y raptos y demás obligaciones de su instituto era salirse a la huerta, donde se divertía con la música de los pajarillos contemplando las alabanzas que dan a Dios todas sus criaturas, retirando su inteligencia de nuestro grosero conocimiento. Quedó con esto soror Juana más recogida entre sí misma y sin atención a cosa exterior por quererla Dios toda para sí. Las monjas se desconsolaron y afligieron notablemente por faltarles maestra que las enseñase y quien [fol. 23v] las consolase en sus trabajos y aflicciones.


''[384]'' [Pedro Lombardo] Lib. 4, dist. 41.
[XCVI] Perseveró el impedimento de los oídos desde el día de santa Escolástica, que es en diez de febrero, hasta el día de santa Clara, que se celebra en doce de agosto; pues, en un rapto y sermón que hizo, manifestó ser la voluntad de Dios que oyese por las oraciones e instancias de todas las religiosas; y en volviendo del rapto, oyó perfectamente, con que dio gracias al Autor de tanas mercedes en que la acompañaron las religiosas de su convento hasta en la devoción y lágrimas.


''[385]'' Lib. I in eius vita, cap. 13.
[XCVII] No está vinculada siempre la prudencia para las canas venerables, y no siempre la senectud es madre de las acciones cuerdas; una vida concertada califica el juicio y entendimiento y asegura por buenos los futuros procedimientos. Aquel provincial vizcaíno, a quien soror Juana predicó en lengua vascuence, oyó en aquel idioma retirado notablemente a todas las provincias de España (excepta la Cantabria) que era voluntad de Dios fuese selecta abadesa nuestra virgen; y aunque no tenía más que veintiocho años, las monjas la deseaban por prelada. Hízose elección en la vacante primera de aquel oficio, y todos los votos, sin saltar uno, nombraron a soror Juana. El provincial, que ya estaba prevenido en el prodigio del manda- [fol. 24r] to, confirmó la elección y, al tiempo de publicarla, afirmó a las religiosas que la abadesa había sido escogida por inspiración del Espíritu Santo.


''[386]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
[XCVIII] El fruto primero de elección tan acertada fue disponer la nueva abadesa que sus monjas guardasen clausura, venciendo grandes contradicciones que se hicieron al intento, fundadas en que no se podrían recoger las limosnas que las religiosas pedían por los lugares de la comarca y a quien los fieles acudían con particular devoción.


''[387]'' [Margen derecho]: Ánima en figura de palomar.
[XCIX] Las limosnas que, ya conseguida la clausura, no se pedían por las religiosas, crecieron en abundancia y el convento se aumentó en edificio y rentas.
[C] El gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, devoto de la virgen Juana, dio de una vez quinientos mil maravedíes, limosna en aquel tiempo digna de un corazón tan grande. Y el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez, en virtud de breve apostólico, aplicó al convento la renta del curato de Cubas, y esta piadosa atención del cardenal le costó a la sierva de Dios muchos desconsuelos y perfecciones como se notará en otra parte. Y en diecisiete años continuos que fue abadesa, el convento consiguió tener cuatrocientas fanegas de [fol. 24v] pan y cuarenta mil maravedíes de renta en cada un año; y enriqueció y adornó la sacristía con muchos ornamentos, vasos de plata y otras cosas necesarias al culto divino.


''[388]'' [Margen izquierdo]: Aparécesele una ánima de Purgatorio.
[CI] [CII] El gobierno de un pueblo o de una ciudad es la piedra de toque donde se experimenta la fineza del juicio y de la prudencia. También esta virtud resplandeció en esta virgen con igualdad de luces a las demás de que fue adornada. Sin faltar a la severidad de prelada, era afable con todas las súbditas y, así, mezclaba los halagos y las represiones con tal dulzura y utilidad que corregía los errores y enmendaba los de estos con agradecimiento de las mismas monjas, que recibían la corrección y tanto más se contenían en aquel respeto y veneración cuanto entendían que todo se lo revelaban sus ángeles custodios por algunos casos que sucedieron; pues llamaba a la religiosa que había incurrido en algún descuido y, por secreto que fuese, le decía pidiéndola se enmendase y, con asegurar no se saltaría otra vez, quedaba la prelada satisfecha y la religiosa corregida de su imperfección sin escándalo de sus hermanas. Con esto parecía el convento una porción del Paraíso y un remedo del consorcio de los bienaventurados; tal era la paz, tal la unión y amor en Jesucristo de aquellas religiosas.


''[389]'' [Margen izquierdo]: [Margen derecho]: Vale mucho la devoción de los santos.
[fol. 25r] [CIII] En lo que se halló dudosa la credibilidad de muchos fue en cuanto a los granos o cuentas que por intercesión y ruegos de soror Juana bajaron benditas del Cielo, en las cuales se han experimentado y hoy se experimentan tan notables virtudes. Pero conocido el proceder de esta virgen, su integridad de vida, las frecuentes revelaciones de que era favorecida, su comunicación con el ángel custodio, los éxtasis y raptos profundos y maravillosos en que decía cosas tan altas y, finalmente, los milagros que Dios ha obrado por medio del contacto de estos granos, se podrá creer, con la fe que se debe a una persona reputada por santa, sería cierto aquel favor y prodigio.


''[390]'' Pena el ánima en el buey y pide perdón a santa Juana de los agravios que la hizo.
[CVI] [CV] Bajar del Cielo reliquias a la tierra por ministerio de los ángeles muchas veces se ha visto. Y de que tenemos ejemplares en la casulla de san Ildefonso y en la ampolla del olio sagrado, con que se ungen los reyes de Francia en el hábito de san Norberto, y otras preseas que guarda la devoción cristiana con suma veneración. Pero subir de la Tierra al Cielo alguna cosa corpórea y elemental para volver a ella, pocos sucesos se hallan escritos.
[CVI] San Pablo fue llevado al tercero Cielo (que [fol. 25v] [CVII] sería el impireo sin repugnancia a los lugares que da la astronomía a las estrellas ya errantes y fijas, pues todas pueden correr con sus regulados movimientos por un mismo cielo aunque en diversas alturas). También a san Próculo, obispo y mártir, diciendo misa le tomaron los ángeles el cáliz antes de consagrar y, después de dos horas, le volvieron al altar y le dijeron: “Cristo, Señor Nuestro, le consagró; no le vuelvas a consagrar tú si no recibe su preciosa sangre”. Y así lo hizo el santo obispo.


''[391]'' '''destral''': hacha pequeña (''Autoridades'').
[CVIII] [CIX] En Constantinopla, el año de 446, iba en procesión todo el pueblo para aplacar la ira divina que le castigaba con un espantoso terremoto. Y en un campo donde se habían congregado innumerables gentes a vista del emperador Teodoro el Menor y del patriarca Proclo, fue arrebatado un niño por los ángeles y llevado al cielo. Y, después de una hora, le pusieron en el mismo campo, donde refirió cómo había estado en la patria de los bienaventurados y oyó que los ángeles y santos alababan a Dios con aquel santísimo trisagio: ''Sanctus Deus, Sactus fortis, Sanctus inmortalis''.


''[392]'' '''mascándolos''': ''CORDE'' registra otros ejemplos, aunque escasos y prácticamente todos del siglo XVI, del uso de “mazcar” por “mascar”.
[CX] Sucedió pues que, deseosas las monjas de tener alguna prenda de devoción autorizada de su abadesa y madre, la pidieron con [fol. 26r] humildad que por medio de su ángel custodio alcanzase de Cristo, Señor Nuestro, algunas gracias para sus rosarios. Esta noción parece fue misteriosa, pues al mismo tiempo en Alemania hacía cruel guerra a las cuentas benditas y a los rosarios de Nuestra Señora el perverso Lutero.  


''[393]'' Lib. I, cap. 13 in ''Vita D. Bernardi''.
[CXI] Como la sierva de Dios anhelaba a conseguir el bien espiritual de sus próximos, prometió a las religiosas que comunicaría sus buenos deseos con su ángel custodio. A la consulta que hizo soror Juana a su santo ángel, se le respondió favorablemente por aquel espíritu celestial. Mandola que, para cierto día, juntase todos los rosarios que pudiese porque el mismo ángel los había de poner en la presencia del Señor en el Cielo para que los bendijese, con que aquellas cuentas se llenarían de gracias y virtudes especialísimas.  


''[394]'' Este fragmento de nota se encuentra en el margen izquierdo del fol. 75v.
[CXII] Fue grande el consuelo y gozo espiritual que recibieron las religiosas con tan alegre nueva; y, no contentas con juntar los rosarios que había en el convento, dieron aviso a la gente de la comarca para que todos enviasen sus rosarios. Y así se juntó una gran suma y tan varia como se ve en las cuentas y granos que unos son pequeños, otros grandes, unos de coral, otros de jaspe o vidrio.  


''[395]'' ''Historia anglicus'', lib. 3, cap. 19.
[fol. 26v] [CXIII] Juntos, pues, los rosarios, mandó soror Juana los pusiesen todos en un cofre, y que una religiosa anciana le cerrase y tuviese la llave guardada. Luego se puso en oración, pidiendo a Dios favoreciese los piadosos deseos de aquellas sus siervas, a que sobrevino un éxtasis de los que solía tener: las monjas, con ligereza y curiosidad mujeril, desearon saber si faltaban ya del cofre los rosarios, para cuyo efecto persuadieron a la monja que guardaba la llave le abriese. Consiguiéronlo en fin por ir todas a la parte en la curiosidad y hallaron el cofre vacío, causándoles asombro la experiencia de la vista y el tacto. Y, aunque se habían hallado presentes al encerrar las cuentas y no habían faltado testigos y guardas, volvían una y muchas veces a registrar el mismo cofre. Cerráronle como antes estaba y aguardaron hasta que soror Juana volvió del rapto, y en esta suspensión sintieron en el convento una fragancia y olor celestial que fue el indicio cierto del favor que Dios les hacía. Acudieron todas a su madre abadesa, que las dijo cómo ya el Señor, por su inmensa bondad había querido hacerlas una singular merced pues, según le había dicho su glorioso ángel, los rosarios habían estado en el Cielo, en las manos sacrosantas de Cristo, Señor Nuestro.  


''[396]'' ''De iudicio particulari''.
[fol. 27r] [CXIV] Abrieron el cofre donde se hallaron todos los rosarios sin faltar un solo grano, los cuales despedían de sí aquel olor profundo y maravilloso que se había esparcido por el convento. Y también dijo la virtuosa virgen que las gracias concedidas a aquellas cuentas no se limitaban en ellas solas porque habían de participar de las gracias mismas cuantos granos y cuentas se tocasen a las originales, pero no a las que se tocasen a las cuentas tocadas.


''[397]'' [Santo Tomás] Lib. 2 ''Sententiarum'', dist. 6, artic. 6 ad 3 y lib. 4, dist. 20, art.5.
El crédito que se debe dar a esta maravilla pende de los milagros que han acontecido por medio del contacto de estos granos, y de la estimación que de ellos han hecho varones santos y doctos.


''[398]'' [Escoto] Lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 44, q. 3.
Cuando estuvo en España, antes de ascender al Pontificado, la santidad de Clemente VIII, de feliz memoria, en compañía de un su hermano, auditor de Rota, con ocasión del pleito que siguió sobre el condado de Puñoenrrostro, visitó el cadáver de soror Juana y pidió una cuenta con mucha devoción.  


''[399]'' El final de esta nota se encuentra en el margen derecho del fol. 76r.
El mayor regalo que reciben en aquel convento los reyes y reinas de España, sus hijos e infantes, cuando le visitan es alguna cuenta de las originales, la cual guardan nuestros príncipes como precioso tesoro [fol. 27v] entre los principales monumentos de la piedad austríaca.


''[400]'' Santo Tomás, 3 par. ''Quaestiones'', 46, art.6 y lib. 3 ''Sententiarum'', dist. 15, q. 2, art. 3.
Asunto fuera de un volumen copioso, si se refieren por menor, los milagros que se han comprobado ante los ordinarios, cuyas probanzas e informaciones están en el proceso que se ha hecho sobre la canonización de soror Juana.


''[401]'' [San Vicente Ferrer] In ''Sermone de acqua benedicta'', lit. G.
Diremos solamente, y con la brevedad que pide este epítome, algunos bienes singulares.


''[402]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
[CXV] En Valladolid, año de 1611, un mozo perdió la vista y, aunque los médicos se la procuraron restituir con varios remedios, no lo consiguieron. Y el mozo, por ser pobre, resolvió pedir limosna por la ciudad. Y un día pidió limosna al portero del convento de san Francisco, el cual tenía una cuenta original y, compadecido del trabajo de aquel hombre, le tocó los ojos con la cuenta y un rosario que traía; y aconsejole que, en la noche siguiente, durmiese con el rosario puesto sobre los ojos y con mucha fe de que Dios usaría con él de misericordia. Hízolo así el hombre y, cuando dispertó a otro día, se halló con vista y, dando gritos de regocijo, fue al convento a dar gracias a Dios de aquel benefició.


''[403]'' [Margen derecho]: Trecientas mil almas saca Nuestra Señora del Purgatorio de una vez.
En la misma ciudad, una doncella cobró vista con el contacto de aquella misma cuen- [fol. 28r] [CXVI] ta. Y un niño de trece meses acometido de un garrotillo, desahuciado de los médicos, sanó también tocándole con unas cuentas que se habían tocado a la original, que tenía el portero del convento de san Francisco.


''[404]'' [Margen izquierdo]: Fuera del Purgatorio penan las almas en otros lugares del mundo.
[CXVII] En Madrid, doña María de Mata, mujer de Iospeh Suárez de Carabajal, procurador de cortes de la ciudad de Zamora, enfermó el año de 1613 de una grave apoplejía que la puso en estado de espirar; y ayudábala a morir el licenciado Jerónimo de Quintana, rector del hospital de la latina. Y estando la enferma sin habla ni sentido, la tocó con una cuenta original e, instantáneamente, volvió en sí y cobró perfecta salud.


''[405]'' Santo Tomás, lib. 4, ''Sententiarum'', dist. 21, q I, art. 1 ad 3; san Buenaventura, 4 ''Sententiarum'', dist. 20, in I par.I ''Quaestiones'', 6; san Antonino, 3.par., ''Historia'', tít.33, §3.
[CXVIII] En la misma villa, año de 1618, Pedro Díaz Morante estuvo a peligro de muerte por habérsele travesado en la vía de la orina una piedra que le impedía la evacuación. Tocáronle con una cuenta original y arrojó la piedra que, naturalmente, no pudiera salir por su grandeza si no interviniera causa sobrenatural.


''[406]'' [San Gregorio] Lib.4 ''Dialogorum'', caps.40 y 55.
[CXIX] Un niño de edad de veinte meses encontró en su casa con dos onzas de solimán que su madre había prevenido para hacer un afeite; y, juzgando ser azúcar, se lo comió el niño. Obró luego el veneno, y los accidentes mortales y espumas que arrojaba por la bo- [fol. 28v] ca manifestaron la desgracia. A los lamentos de la madre, entró una mujer llamada Melchora de Alameda que accidentalmente pasaba por la calle, la cual tenía dos cuentas originales. Púsolas en la boca de la criatura que, a vista de todos, volvió el veneno, quedando tan bueno y sin peligro el niño que dentro de una hora andaba jugando por la misma casa.


''[407]'' '''caliginoso''': tenebroso, denso.
[CXX] Pedro Pacheco, vecino de Madrid, padeció una apoplejía tan fuerte que por cinco días le privó de todos los sentidos. Tocole con una cuenta original Juan Suárez de Canales sobre el corazón y luego volvió en sí el enfermo, y pudo confesar y recibir todos los Sacramentos.


''[408]'' Lib. 3 ''Historia Anglorum'', cap. 19.
Soror Luisa de las Llagas, religiosa descalza del convento de Santa clara de la villa de Valdemoro, padeció por espacio de seis una enfermedad de perlesía que la dejó baldada sin poder mover las piernas, y de la cintura arriba temblaba de suerte que no podía comer por su mano. Y otras religiosas la daban de comer y la tenían continuamente porque no se hiriese y maltratase con los temblores. Curábala el doctor Joaquín de Salcedo, médico de aquella villa y, desconfiado de todos los medios científicos [fol. 29r] [CXXI] de su facultad, tocó a la enferma en un brazo con una cuenta original que tenía y cesó en él el temblor; puso la cuenta en el otro brazo y paró el movimiento en la misma forma; tocó luego la cabeza y habló la religiosa. El médico hizo llamar a la abadesa y demás monjas y, siendo todas testigos de aquella maravilla, se levantó la enferma buena y sana; y anduvo con mucha expedición en una profesión muy devota, con que las monjas la llevaron al coro cantando el himno de las gracias al Autor de tan grande maravilla.


''[409]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
[CXXII] [CXXIII] Estos milagros y los demás que en el progreso de muchos años sucedieron, se autorizaron con informaciones auténticas de comisión de los arzobispos de Toledo. Y después, la Universidad de Alcalá hizo junta de los doctores y maestros más insignes en las facultades de teología, jurisprudencia y medicina, los cuales dieron honradísimas y doctas censuras que se presentaron por parte de la orden de san Francisco ante el consejo del cardenal arzobispo de Toledo para que, en su aprobación (según lo dispuesto por el santo Concilio), interpusiese su autoridad.


''[410]'' [Margen derecho]: Penan las ánimas en guijarros.
Compónese aquel consejo de varones muy doctos que los arzobispos de Toledo [fol. 29v] eligen de las mejores universidades de España, sacándolos de las primeras cátedras y colegios mayores para aquel ministerio. Este consejo dio auto de calificación de los milagros referidos y otros de que se hizo información, y mandó se diese traslado auténtico a la religión que está presentado en el proceso original de esta causa de la canonización de soror Juana:
“En la ciudad de Toledo, a veintiún días del mes de octubre de 1617, los señores del consejo del ilustrísimo cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, habiendo visto estas informaciones que tratan en razón de la vida y milagros que Nuestro Señor ha obrado por medio e intercesión de la bienaventurada madre soror Juana de la Cruz y los pareceres y censuras que, con vista de ellas, han dado los doctores y catedráticos de la Universidad de Alcalá de Henares y personas a quien fueron remitidas, dijeron que, en conformidad de las dichas censuras y pareceres, aprobaban y aprobaron las dichas informaciones; de las cuales y de las dichas censuras mandaban y mandaron se dé a la parte de la religión del seráfico padre san Francisco un traslado, dos o más, los que pudiera para el efecto que pretende. A los cuales dijeron que interponían e interpusieron su autoridad y decreto judicial para que valgan y hagan fe en juicio y fuera de él. Y así lo proveyeron y mandaron.


''[411]'' [San Buenaventura] Lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 20 in par. I, q. 6.
Ante mí, Benito Martínez, secretario.


''[412]'' [Santo Tomás] 4 dist. , ''Quaestiones'', 21, arts. 1 ad 3.
'''§. IV'''


''[413]'' [San Antonip] 3 par. ''Historia'', tít. 31, §3.
Volvamos, pues, a proseguir la narración de los empleos y acciones más memorables de la vida de soror Juana.


''[414]'' ''De Sacramentis'' [''De Sacramentis christiana fidei''], par. 16, cap. 4.
La devoción de esta sierva de Dios con las [fol. 30r] [CXXIV] [CXXV] ánimas de Purgatorio fue tan grande que, con fervorosos deseos y continuas penitencias, procuró siempre el alivio y remisión de sus penas; de cuyo rigor y acerbidad estaba muy informada por diferentes éxtasis y visiones en que el Señor la reveló el estado y necesidad de las benditas almas como por la relación que hicieron a soror Juana algunas de ellas, a quienes permitía Dios viniesen a pedir socorro. Y así, no solamente exhortaba a sus monjas a que aplicasen sus buenas obras para satisfacer las penas de las ánimas del Purgatorio, sino que con ternísimo afecto suplicaba a Dios que excusase en ella lo que les restaba de pagar, y que sobre sus hombros cargase el peso de los tormentos y dolores que merecían por sus culpas, y que la diese esfuerzo para subirlas.


''[415]'' [Belarmino] Tom. I, lib. 2, cap. 6 ''De Purgatorio.''
[CXXVI] Muy aceptos fueron estos deseos a la Divina Majestad pues, desde entonces, comenzó a sentir vehementísimos dolores y enfermedades; y, muchas veces, con el exceso de lo que sentía daba terribles gritos y quedaba como atónita y fuera de sí.


''[416]'' ''Liber de quatuor novissimis''.
[CXXVII] Peleaban en su cuerpo extremos contrarios de frío y calor por el tiempo que la divina voluntad quería ejercitarla. Unas veces, en medio del verano, parecía en lo yerto y helado una nieve contra la naturaleza de la [fol. 30v] estación ardiente; y las monjas la cercaban de braseros y estufas que la calentaron. Otras veces, en el rigor del invierno, eran tan crueles los ardores que sentía como si la tuvieran dentro de un horno encendido, y aunque las monjas la ponían lienzos mojados en agua y vinagre, luego se secaban y no le servían de alivio.


''[417]'' In epistola ''De miraculis sui temporis''.
[CXXVIII] Sucedió una vez en que soror Juana padecía aquellos incendios internos que pidió a una monja la trujese una cantidad de hielo del estanque de la huerta para tomar con él algún refrigerio. La religiosa, con sinceridad y deseo de agradar a su prelada, la llevó un gran trozo de hielo del estanque que tenía cuatro dedos de grueso. Tomole soror Juana y, por debajo de la túnica, le arrimó al cuerpo; y pidió a la religiosa que de allí a poco tiempo volviese a verla. Pasada media hora, vino la monja, a quien dijo la sierva de Dios: “Hija mía, llevaos el hielo que trujisteis no sepan las religiosas lo que habemos hecho que, como ignoran mi necesidad, lo tendrán a exceso y desorden”. La monja buscó el hielo y solamente halló un paño en que le envolvió al tiempo de aplicársele al cuerpo sin señal de humedad, y la sierva de Dios satisfizo a la admiración de la monja diciendo que, con el gran fuego que padecía [fol. 31r], se había derretido el hielo en un punto y lo mismo aconteciera con todos los hielos del estanque si se los aplicaran.


''[418]'' [Soto] 4, dist. 20, art. I, q. 6.
[CXXIX] [CXXX] No se cifraba su padecer en solos los fríos e incendios que sentía porque, en todas sus coyunturas, padecía dolores gravísimos que la tenían gafa y tullida sin poderse mover en la cama ni comer si no es por manos ajenas. Otras veces tenía los dolores en la cabeza, que duraban ocho días y más, y estos la afligían de suerte que, en todo este tiempo, no comía, tomando solamente unos tragos de agua con que se sustentaba sobrenaturalmente.


''[419]'' Lib. 4 ''Dialogorum'', caps. 40 y 55.
[CXXXI] El refrigerio mayor con que aliviaba estos dolores era leer alguna religiosa la Pasión de Cristo, Señor Nuestro, a cuyo ejemplo se alentaba con nuevos deseos de padecer mucho más por los prójimos, viendo lo que padeció nuestro Dios por redimirnos del pecado. Y como en la bondad divina es tan propio seguirse a la herida el remedio, y a la aflicción el consuelo, sacando los justos de sus trabajos la crecida usura de ciento por uno. En aquellos martirios y dolores que padeció soror Juana, consiguió grandes sabores y medras para el alma pues ''[13]'', ordinariamente, su padecer se remataba en un éxtasis profundísimo y su rostro entonces parecía [fol. 31v] de ángel más que de criatura humana. Cuando volvía en sus sentidos, protestaba padecer de nuevo por el descanso de las ánimas de Purgatorio.


''[420]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
[CXXXII] [CXXXIII] [CXXXIV] Por revelación de su ángel custodio entendió la sierva de Dios que para mitigar alguna parte de aquellos ardores que la afligían el invierno sería remedio un guijarro frío arrimado a las carnes; y al contrario, caliente y envuelto en un paño, cuando sintiese helado y encogido el cuerpo en el verano. Usó de este remedio y, una vez que pidió un guijarro caliente contra el gran frío que la atormentaba, la trujeron uno que había estado mucho tiempo a la entrada de una cueva del convento y como se le aplicase al cuerpo oyó unos gemidos y voces lastimosas que la pedían socorro y advirtió que salían del guijarro; y conociendo ser algún espíritu, le exhortó de parte de Dios la dijese quién era y qué quería. La voz dijo ser el alma de un hombre pecador que había partido de este mundo sin haber satisfecho enteramente a la justifica divina por sus culpas, y así tenía asignado su Purgatorio en aquella piedra que, desde la orilla del río Tajo, fue traída con otras para la obra del convento; y que la rogaba le ayudase con sus oraciones y le aplicase algunos dolores de los que padecía pa- [fol. 32r] ra poder salir de aquella cárcel en que había mucho tiempo estaba detenido. La virtuosa virgen, encendida en caridad, prometió hacer y padecer por aquella alma.


''[421]'' [Margen derecho]: Conoce santa Juana si hay almas en los guijarros.
[CXXXV] Comunicó luego con su ángel custodio lo que había sucedido, y que ignoraba hubiese otros lugares asignados para purgar las almas. Enseñola el ángel que, aunque era verdad, había un lugar común y ordinario donde las ánimas de los difuntos pagan las deudas de sus culpas. Dispensa Dios a veces con algunos cuyos pecados fueron muy graves y les da el Purgatorio en piedras, hielos o ríos, o en el mismo lugar donde cometieron la culpa según es su voluntad. Dijo también el ángel a la sierva de Dios cómo a la Majestad divina le era agradable que soror Juana fuese refugio y hospital de las ánimas del Purgatorio, y que por esta causa tendría muchos junto a sí.  


''[422]'' '''gafa''': con los dedos encorvados y paralizados.
[CXXXVI] Desde entonces, permitió la divina providencia que muchas ánimas se le apareciesen implorando su socorro, y otras la hablasen desde los guijarros fríos o calientes que se ponía. Y en diversas ocasiones que las religiosas la llevaban al coro en una silla porque los dolores la tenían tullida y sin poder mover, la cual ponían en el lugar que deben tener las preladas, después de compo- [fol. 32v] [CXXXVII] nerla la ropa, pretendían desviarla los guijarros que traía pegados y asidos a las coyunturas y, aunque tiraban de ellos con mucha fuerza, de ninguna manera se los podían quitar y la sierva de Dios decía: “Dejadlos estar, hijas, donde Dios les dio licencia que estuviesen, y no trabajéis en quitarlos que será por demás vuestro cuidado hasta que yo padezca lo que tiene dispuesto la divina voluntad”. De esta maravilla fueron testigos todas las monjas de aquel convento.


''[423]'' [Margen izquierdo]: Elévase santa Juana entre los guijarros.
[CXXXVIII] En los coloquios que tenía soror Juana con su ángel, le preguntó si sería petición indiscreta suplicar a Dios que las ánimas que venían a valerse de su socorro tuviesen el Purgatorio en las hierbas y flores que las monjas ponían en su celda en unas jarras y ramilleteros, pareciéndole con sinceridad que con la mudanza del lugar se les mitigarías las penas. Respondiola el ángel que el Purgatorio no se mitigaba por mudar lugar, sino con los sufragios y oraciones y demás obras satisfactorias que pueden hacer los vivos por los difuntos pero que, si ella pretendía conseguir aquel consuelo, hiciese oración a la soberana Majestad de nuestro Dios, que era el mejor medio para alcanzar la gracia que pedía. Hízolo así la devota virgen, y la infinita piedad de nuestro Redentor la conce- [fol. 33r] [CXXXIX] [CXL] dió que las ánimas que enviaba a pedirla socorro tuviesen su asiento en las hierbas y flores que la ponían en su celda para que, tiniéndolas presentes, se alentase a padecer más trabajos y dolores por ellas. Desde aquel tiempo tuvo cuidado en pedir a las religiosas la trujesen hierbas y flores de la huerta, y se las pusiesen en los ramilleteros y jarras con color de que con ellas se divertía y alegraba, callando el misterio que en ello había. Estaba un día de verano soror Juana reclinada en su pobre camilla, cercada de las flores y albahacas que la traían para su consuelo, aunque muy debilitada en las fuerzas corporales; y con voz sonora y alentada, entonó el himno ''Magnificat'' de suerte que se oyó en el convento. Las monjas, admiradas de la novedad del canto, acudieron a la celda y, por las quiebras y resquicios de la puerta, acecharon lo que hacía su abadesa. En esta curiosidad estaban y en grande silencio para no ser sentidas cuando, diciendo soror Juana el verso ''Gloria Patri'', todos los ramilleteros se inclinaron profundamente hasta tocar las hierbas y flores en la tierra; y en acabando el verso, se restituyeron a su estado primero. Las monjas, a vista de un milagro tan grande, entraron de tropel en la celda y, bañadas en lágrimas de devoción y [fol. 33v] alegría, la dijeron que no podría negarles con el disimulo de hierbas y flores el misterio que encerraban aquellas profundas inclinaciones que hicieron al cantar el verso del ''Gloria Patri''. Respondiolas soror Juana que, pues Dios había permitido viesen aquella maravilla, sería para su mayor edificación y encenderlas en la devoción de las ánimas de Purgatorio, muchas de las cuales estaban en aquellas flores alabando en su compañía a su Redentor hasta que, purificadas con las penas de daño y de sentido que padecían (en que procuraba ayudarlas, aplicándolas sus oraciones, dolores y tormentos), subiesen a gozarle eternamente.


''[424]'' [Margen izquierdo]: Participa de las penas de Purgatorio.
[CXLI] Admiradas las religiosas de lo que obraba Dios por los méritos de su sierva, y para confirmarse en la fe y devoción que tenían de lo que obran los sufragios en beneficio de los difuntos fieles y de la reverencia que tienen todas las criaturas celestes, terrestres e infernales al inefable nombre de Dios trino y uno, pidieron con muchas lágrimas a su virtuosa madre volviese a cantar el verso mismo; y, aunque rehusó el hacerlo, vencida de los ruegos importunos de sus hijas entonó delante de todas el verso de ''Gloria Patri''. Apenas había empezado la primera palabra cuando las albahacas y flores se inclinaron [fol. 34r] otra vez hasta tocar con sus puntas a la tierra, perseverando en aquella forma hasta que soror Juana acabó de cantar enteramente todo el verso, volviéndose a poner después como estaban antes.  


''[425]'' [Margen izquierdo]: Padece penas de fuego.
[CXLII] Las religiosas dieron, en compañía de su madre abadesa, repetidas gracias al Autor de la naturaleza que las había favorecido con aquel milagro. Y su devoción con las ánimas creció mucho, y en adelante tenían gran cuidado de renovar las hierbas y flores, y las que quitaban las guardaban como por reliquias; y en ellas se hallaba tanta fragancia y olor tan suave, aunque marchitas y lacias, que excedía con grandes ventajas a las flores y hierbas frescas que ponían de nuevo en los ramilleteros. Esto también despertó la curiosidad de las monjas para preguntar a soror Juana de qué procedía aquel olor. Respondiolas que era un rastro que dejaban en aquellas flores de su asistencia los ángeles custodios de las ánimas que allí habían estado, a las cuales consolaban y visitaban con frecuencia sin desampararlas hasta haberlas puesto en la presencia de Dios. Y como uno de los tormentos que padecen en el Infierno los condenados consiste en el mal olor, así uno de los dotes de que se adornan los espíritus gloriosos es el de los olores fragantes [fol. 34v] [CXLIII] y excelentes de que gozan y que exhalan; lo cual se prueba bien con el don y privilegio que se experimenta en muchos cuerpos de santos, pues la hediondez y corrupción a que estaban sujetos por la condición de su propia naturaleza se truecan en suavísimos y celestiales olores como en señal de los que han de gozar desde el día de la resurrección general.


''[426]'' [Margen derecho]: Arróbase la santa en medio de sus dolores y trabajos.
[CXLIV] No fuera esta sierva de Dios tan perfecta y virtuosa si no se hubiese valido de la intercesión de la Virgen santísima, Nuestra Señora, a quien rindió siempre su corazón con devoción profunda y entrañable reconociendo que, como ventana del impireo, por ella ha de salir la luz con que Dios alumbra el mundo y, como escala celeste, por ella baja Dios a la Tierra y para que por ella merezcan subir los hombres al Cielo.


''[427]'' [Margen derecho]: Almas sentenciadas a quinientos años en el Purgatorio.
[CXLV] El objeto que tenía soror Juana para ejercitar su devoción era una imagen en que representaba cuando María santísima en su tránsito glorioso subió a los Cielos; delante de esta imagen hacía sus ejercicios de devoción y en su presencia levantaba la consideración a venerar y contemplar la Reina de las jerarquías angélicas que se sienta la diestra del Altísimo.


''[428]'' ''Historia Anglicus'', lib. 5, cap. 3.
La imagen era de escultura poco primo- [fol. 35r] [CXLVI] rosa según la ignorancia que en el tiempo en que se hizo (al parecer era antiquísima) había en España de arte tan excelente y aún en la Italia. Habían padecido un naufragio no solo las artes, sino aún las ciencias desde la caída del Imperio Romano hasta que los pontífices sumos restituyeron la sabiduría al universo, desterrando la ignorancia y barbaridad de que llenaron el Orbe cristiano las incultas naciones del septentrión. Todos los siglos venideros deben reconocer a los sucesores de san Pedro por autores de tanto beneficio, entre los cuales se erigió un monumento de eterna alabanza León X, de feliz memoria, en cuyo feliz pontificado florecieron las ciencias y artes con el rocío de su liberalidad y magnificencia.


''[429]'' Lib. ''De Purgatorio contra Lutero'', cap. 16.
La pintura, escultura y arquitectura subieron en su tiempo a la cumbre de la perfección y, desde entonces, estas artes campean con excelencia en beneficio de todo el género humano; y con ellas se ilustran los mayores templos, los palacios magníficos y las más ilustres ciudades de Europa.  


''[430]'' t. I, lib. 5, ''De Purgatorio'', cap. 9.
[CXLVII] La imagen de la Asunción que veneraba sor Juana era el más precioso tesoro que tenían las monjas de su convento por los muchos milagros que en su presencia había Dios obrado. Y la sacaban en procesión [fol. 35v] [CXLVIII] [CXLIX] a nueve de marzo, que fue el día de aparecimiento de la Virgen santísima a la pastora Inés, por los campos circunvecinos hasta el lugar de Cubas. Sentían las monjas que esta imagen fuese de suma perfección, pues representaba a la criatura más perfecta y hermosa que ha tenido la naturaleza fuera de la humanidad de Cristo, Señor Nuestro. Y es tradición que en un éxtasis se apareció Cristo, Señor Nuestro, a su sierva Juana y, habiendo echado su bendición a la imagen, la tocó en el rostro, con que sus facciones quedaron mejores en la forma que hoy se venera. Y en los tiempos de carestía y falta de aguas, acuden los pueblos comarcanos al templo de Santa María de la Cruz y, las más veces, se ha visto que, llevando en devota rogativa y procesión la imagen santa, se deshace el cielo en lluvias y la tierra acude con abundantes frutos.


''[431]'' Esta parte de la nota-glosa se encuentra en el margen derecho del fol. 80r.
[CL] No se olvidaba la providencia divina de autorizar la virtud de su sierva por este tiempo para que el mundo la tuviese en veneración. Sucedió llegar al convento un hombre con su mujer que, con devoción, iban a visitar a soror Juana y llevaban consigo una niña a quien sobrevino repentinamente un accidente mortal de que espiró en breve tiempo. Los padres, con gemidos y lágrimas, ma- [fol. 36r] [CLI] nifestaban su dolor y, acordándose de los remedios del Cielo, acudieron a soror Juana pidiéndola pusiese las manos sobre el cadáver de la niña porque confiaban que por su intercesión había Dios de darla nueva vida, y aunque ella se escusaba con su natural modestia, diciendo que sus oraciones no podían merecer efecto tan prodigioso; pero la instancia y porfía de los circunstantes y los ruegos de los padres la apretaron tanto que, más por darles aquel consuelo que por afectar santidad y méritos, tomó la criatura en sus brazos llena de fe e hizo oración al Autor de la vida para que se la diese a la niña difunta, sobre la cual hizo la señal de la cruz y puso un crucifijo que traía consigo y, en el mismo instante, volvió la niña como el que dispierta de un profundo sueño. Y en brevísimo tiempo se la restituyó a sus padres sana y buena, con que la alegría y pasmo de más de ochenta personas que se hallaron presentes manifestaron bien la grandeza del milagro.  


''[432]'' [Juan Herolt] Sermo 41, ''De animabus''.
El vicario del convento, herido de mal rabioso por haberle maltratado y llenado de espumas un carnero que se entró en el convento arrebatadamente y por tener el mismo mal, habiéndose dispuesto para morir, desahuciado ya de los médicos, pidió a las mon- [fol. 36v] jas que dispusiesen cómo soror Juana le echase la bendición a su comida. Las religiosas significaron a la piadosa abadesa el estado de la enfermedad de su confesor y el consuelo que recibiría con que le bendijese la comida. Obedeciendo luego con buena voluntad y sobre la comida del enfermo, hizo la señal de la cruz y, luego que la comió, mejoró de suerte que brevísimamente quedó libre el religioso de aquel mal pestilente.


''[433]'' [Sermón ''De animabus'', de Juan Herolt] Ejemplos 83 y 85, littera P.
[CLII] No permite la brevedad con que referimos lo más memorable de la vida de soror Juana. Decir por menor los milagros que obró Dios con las monjas por intercesión de su sierva y con otras personas que la tomaron por su abogada, hallándose en acontecimientos muy peligrosos. A una religiosa se le saltó un ojo de un vehemente dolor de cabeza y, tomándole la sierva de Dios en la mano, se le puso en la misma concavidad de donde había faltado e, instantemente, quedó sin el dolor de cabeza y con la vista restituida y clara.


''[434]'' [Soto] Lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 19, q. 3, art. 2, in fine.
A este tiempo abrasaban el reino de Castilla las guerras civiles que ocasionó la plebe, desenfrenada con la ausencia del emperador Carlos V. Conocidas tanto con el nombre de comunidades, entendió soror Juana por revelación que los comuneros de la vi- [fol. 37r] [CLIII] [CLIV] lla de Torrejón querían robar y destruir su convento. Juntó luego todas las religiosas y las dijo el peligro en que estaban y que el remedio era la oración. Fuéronse al coro, donde imploraron el auxilio divino y, cuando más fervorosas solicitaban su defensa del Dios de los ejércitos, el capitán de los rebeldes y comuneros llegaba con su gente a las puertas del convento; pero en ellas y sobre las paredes vieron los rebeldes tantos hombres armados y dispuestos para la defensa que creyeron ser prevenidos de algunas tropas del emperador con que, amedrentados, se retiraron apresuradamente. Sabido el suceso, creyeron piadosamente las monjas que sus ángeles custodios las habían defendido.


''[435]'' Véanse el cardenal Ballarmino ubi supra y Suárez, 3 par., t. 4, disput. 46, sectio 4.
'''§. V'''


''[436]'' Esta parte final de la nota se encuentra en el margen izquierdo del fol. 80v.
''[14]''


''[437]'' [Margen derecho]: Particular caso que sucedió con las almas que penaban en un guijarro.
[CLV] En dos clases se dividen los enemigos de los justos y amigos de Dios: pues unos son interiores, que consisten en dolores, enfermedades y pasiones del cuerpo y alma; otros externos y de mayor perjuicio, y estos son los demonios y los hombres cuya persecución obra en el bueno lo que el buril en el bronce, con lo mismo que le quita le ilustra y deja resplandeciente. Ya se ha vis- [fol. 37v] to los enemigos interiores que maltrataron con tan intensos dolores y continuadas enfermedades a esta sierva de Dios. Ahora veremos lo que obraron contra ella los enemigos exteriores de quien toda su vida fue maltratada.  


''[438]'' [Margen izquierdo]: Múdanse las ánimas de los guijarros en unas jarras.
Avergonzados los demonios que una virgen de tan débiles fuerzas los venciese en las luchas ocultas de las tentaciones, convirtieron su odio contra el cuerpo delicado, permitiéndolo así Dios para prueba y recomendación de su paciencia. Unas veces, aquellos ministros infernales, la arrastraban; otras la daban pesadísimos golpes y tan crueles azotes que las señales de algunos le duraban por todo un año. Oíase en toda la casa el ruido que hacían aquellos verdugos y las monjas, conociendo el trabajo con que se hallaba su madre, la ayudaban con oraciones.


''[439]'' San Buenaventura, lib. 4 ''Sententiarum'', dist. 2 in I par., q. 5; santo Tomás, lib. 4, ''Sententiarum'', dist. 21, q. I, art. I.
[CLVI] Las persecuciones de los hombres tuvieron principio en las mismas religiosas del convento, pues la vicaria y otras religiosas que se conspiraron decían que no se observaba la regla de su patriarca san Francisco; que ya faltaba una de las piedras fundamentales de su religión cuando poseían las rentas del beneficio de la villa de Cubas que les había aplicado el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez, siendo [fol. 38r] [CLVII] [CLVIII] [CLIX] incapaces de poseerlas; que mejor les estaba pender de la limosna y caridad de los fieles en que se debían vincular sus riquezas; además, que el beneficio por tener cargo de almas estaba mal servido y se conocía la ambición de su abadesa en adquirirle, pues el primero sacerdote que fue nombrado en él, por el sumo pontífice y antes por el arzobispo, era su hermano. Y, aunque la súplica del breve se hizo en nombre de todo el convento, contenía siniestra relación y, para conseguirla, se había gastado muchos ducados. Era cura del beneficio de Cubas un hermano de soror Juana, a quien nombró el arzobispo Jiménez y aprobó su consejo. Esto escribieron la vicaria y monjas conspiradas al provincial, encareciendo los excesos de su abadesa; y que en acudir a negocios y de sus parientes consumía la mayor parte de las limosnas del convento. Con estas falsedades y otras imposturas de menor consideración, obligaron al provincial a que fuese a proceder contra la inocente prelada, a quien hizo cargo de lo que decían la vicaria y sus secuaces. Pero la mansísima virgen no respondió cosa alguna en su defensa, solamente presentó con sinceridad el breve que había obtenido declarando que en la solicitud de su despacho había gastado solos siete ducados, y suplicó [fol. 38v] [CLX] [CLXI] [CLXII] al provincial la perdonase si por ignorancia o buen celo había delinquido, y que estaba pronta a dejar el oficio y recibir la penitencia que se le impusiese. Las monjas que formaban la mejor parte de aquella comunidad se deshacían en lágrimas viendo prevalecer la malicia e invidia contra la inocencia y humildad, reconociendo el provincial no buscaba la satisfacción de los cargos que se hacían a la sierva de Dios, sino pretextos para condenarla. Y sin atención a la honra de soror Juana y al escándalo que causaría en cuantos la tenían por virtuosísima en todos los reinos de Castilla (donde la fama de sus acciones y maravillas se había entendido y acreditado notablemente) y como si las culpas lo merecieran, la privó del oficio de abadesa, nombrando por presidente del convento a la misma vicaria, autora de la persecución.


''[440]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
[CLXIII] Bien descubrió aquel provincial en tan injusta y precipitada acción que Dios le había quitado el conocimiento de la razón y de la justicia, permitiendo fuese instrumento de mortificación contra soror Juana que, con su silencio y paciencia, desde la cátedra de la camilla en que la tenían encarcelada sus dolores, enseñaba a todas sus hijas la ciencia sobrenatural con que los justos saben tolerar las persecuciones del siglo. Y las mon- [fol. 39r] jas se quejaban en su presencia de la común desgracia que habían padecido y del escándalo que se había ocasionado. Las consolaba y pretendía persuadir que el provincial había procedido justificadamente por carecer ella de méritos y fuerzas para ejercer el oficio de prelada, y que por sus culpas merecía mayor castigo y represión.  


''[441]'' [Margen derecho]: Canta santa Juana con los ángeles y con las ánimas.
[CLXIV] No hay espectáculo en la tierra que más agradable sea a los ojos de Dios que un varón virtuoso, haciendo rostro a los trabajos y persecuciones sin dejarse vencer ni quebrantar de ellas. Así lo escribió una pluma gentil hablando de Catón Vicente, como si fuera pluma cristiana y Catón fuera alguno de los héroes que con mejor constancia se pusieron en la cruz de Cristo.


''[442]'' [Margen derecho]: Deseos que tienen las ánimas de juntarse con santa Juana.
Cuando santa Isabel de Hungría fue expelida de su palacio por sus criados la misma noche en que murió Filipo Langravió, su marido, se recogió en un establo la santa viuda y pasó la noche sin dormir, haciendo oración por aquellos que la habían arrojado de su propia casa. Apareciose Cristo, Señor Nuestro, visiblemente y la dijo que más se había agradado de la oración de aquella noche que de cuantas había hecho la santa en toda su vida. Mejor parecía soror Juana a los ojos de Dios sufriendo por su amor en aquella cama [fol. 39v] trabajos y afrentas que cuando, arrebataba en espíritu, gozaba de sus regalos y coloquios; y más acepta le sería la oración que allí hacía por la vicaria y monjas, que la habían perseguido, y por el provincial, que la despojó del oficio, que todas las demás oraciones en que se había ocupado por el discurso de su vida; pues orar por los ingratos y que nos persiguen y calumnian es perfección que se halla solamente en los adornados de virtudes sólidas y en los muy favorecidos de Dios.


''[444]'' [Margen izquierdo]: El ángel en hábito de romero pobre pide limosna para santa Juana.
[CLXV] No se descubriera tanto en soror Juana la inocencia de Abel sino tuviera Caín que la persiguiera, ni hubiera dado tan copiosos frutos de virtudes si las aguas de los trabajos y perfecciones no la hubieran bañado en vez de abnegarla y destruirla. Su caridad, que antes alumbraba y calentaba, brotó llamaradas y rayos de fuego, procurando amar, honrar y reverenciar con todo el afecto de su alma a la que con tanto afecto de ambición e invidia la había perseguido.


''[445]'' [Margen derecho]: Cesa el Espíritu Santo de hablar por la boca de santa Juana.
Las monjas, reconociendo la injusticia con que se había procedido en la deposición de su abadesa, obedecían impacientísimamente en los preceptos de la nueva prelada y la miraban como a causa del escándalo y ruina que había causado, dentro y fuera del conven- [fol. 40r] to, la acción del provincial. Pero la sierva de Dios, con exhortaciones continuas, obligó a las monjas a que obedeciesen a su prelada y, con su ejemplo, sosegaron sus ánimos.


''[446]'' [Margen izquierdo]: Dolores de cabeza muy grandes.
[CLXVI] [CLXVII] [CLXVIII] No pasaron muchos días cuando una enfermedad muy aguda hirió mortalmente a la abadesa, que luego juzgó era castigada de la mano de Dios. Y así pidió a las monjas la llevasen a la celda de soror Juana y, arrodillada a sus pies con muchas lágrimas y demostraciones de contrición, la pidió perdón de las ofensas que la había hecho y confesó su culpa públicamente. La virtuosa Juana, aunque impedida, se quiso arrojar de la camilla para recibir a su hermana en los brazos y, con amorosas entrañas, la aseguró que antes ella era deudora de muchos beneficios, y que sentía su enfermedad como propia y de su parte rogaría a la Majestad de Dios por su salud y consuelo espiritual. La enfermedad fue en aumento y los médicos desconfiaron de su vida, con que recibió la monja los Sacramentos y pidió a todas las religiosas que, si ella faltaba, volviesen a elegir por su prelada y abadesa a soror Juana, la cual, con noticia del estado y peligro de la enfermedad, fue a visitarla (llevada de las monjas en la silla) a la abadesa a quien consoló y acarició mucho. Re- [fol. 40v] cibió la enferma grande consuelo con los halagos y caricias de la sierva de Dios y, con los consejos que la dio para prevenirse en la jornada que la estaba aguardando, con esto entendió la monja con seguridad que se moría y, precediendo muchos actos de contrición y otras señales de predestinación, dio su espíritu al Criador.


''[447]'' [Margen derecho]: Maravillosa visión.
[CLXIX] Otras persecuciones la afligieron en el discurso de su vida, que las más de ellas se fundaban en pretender algunas personas poco afectas a la sierva de Dios desacreditar su virtud, poniendo mala voz en sus éxtasis, en sus milagros y en sus sermones. Pero de todo salió vencedora al paso que no se resistía ni safistacía a las calumnias que la imputaban.


''[448]'' [Margen izquierdo]: Don fray Francisco Jiménez da el beneficio de Cubas al convento de santa Juana.
[CLXX] En este estado, las visitas de su ángel custodio y los consuelos que de él recibía eran más frecuentes, prevenciones todas para el fin de su vida que se acercaba; pues el mismo ángel le previno de cómo ya llegaba al tiempo de salir de aquella cárcel de dolores y, en un rapto que tuvo cuatro días antes de su muerte, la aseguró el ángel que ya estaba dada la sentencia. Y ella lo dijo al médico para que no se cansase en aplicar remedios. Y así lo hizo, publicando entre las religiosas que su madre se les moría. Acudieron todas a la celda con sollozos y lágrimas [fol. 41r], pero soror Juana las consoló diciendo que sería señal de quererla y estimarla el desear que Dios la sacase de esta miserable vida como fuese para gozarle en la eterna; y que así todas la ayudasen con oraciones para que el enemigo común no la persiguiese en aquel trance.


''[449]'' [Margen izquierdo]: Toma parecer con el ángel de su guarda.
La muerte de los justos corresponde a la vida. Del rico avariento no refiere el Evangelio cómo muriese, ni da más señas de su fin que haber sido sepultado en los Infiernos. Pareció superfluo al Evangelista referir la forma en que acabó sus días aquel precito, habiendo dicho la forma en que había vivido entre deleites y pasatiempos.


''[450]'' [Margen derecho]: Testimonios que levantan a santa Juana.
[CLXXI] La vida de soror Juana fue regulada con un orden y serie de virtudes admirables. Toda ella pacífica, toda tranquila, pero en estos últimos días temió y tembló de la justicia divina y, aunque había logrado el tiempo, le pareció entonces haberle desaprovechado. Y como puesta en un campo de batalla, unas veces se acusaba, otras pedía favor, otras apelaba del tribunal de la justicia para el de la misericordia y en este conflicto, manifestaba con las angustias agonías y trasudores que padecía su alma y cuerpo que se hallaba en el último combate.  


''[451]'' [Margen izquierdo]: Ve el Infierno abierto y su convento lleno de demonios.
Las religiosas, en el día antes de su muer- [fol. 41v] te, pensando que ya espiraba, llorando su pérdida, la besaron la mano; y la sierva de Dios les echó su bendición.


''[452]'' [Margen derecho]: Envía Dios al arcángel san Miguel en defensa del convento.
[CLXXII] Poco después se mesuró y compuso en la cama. Y aquel rostro desfigurado con las continuas penitencias y prolija enfermedad se puso resplandeciente y hermoso, y como solía tenerle en la flor de su juventud o cuando estaba elevaba en los éxtasis. Extendiéndose luego por la celda un olor suavísimo, y el médico advirtió que procedía de su aliento y que ya Dios daba premisas de la gloria que había de gozar aquel cuerpo. Con la enfermedad y corrupción de los humores, se le había corrompido el aliento a la sierva de Dios de suerte que, con dificultad, se podía tolerar la molestia que causaba en acercándosele con demasía. Deseosos los circunstantes de experimentar lo que el médico decía, llegaron todos a recibir el aliento de la boca de aquella virgen y le hallaron tan suave y oloroso que los cortaba y sacaba fuera de sí, y les pareció que ninguno de los aromas orientales podía igualarle.


''[453]'' '''“''Michael…dracone”''''': ''“Miguel y sus ángeles pelearon con el dragón”''.
[CLXXIII] Amaneció otro día, 3 de mayo, en que celebra la Iglesia la invención de la santa cruz, dichoso siempre para soror Juana por las felicidades que en él la acontecieron. Y reconociose de los continuos éxtasis y con- [fol. 42r] [CLXXIV] [CLXXV] versaciones exteriores con Dios, en quien tenía empleadas y embebidas todas las potencias sin atender a cosa externa, que como fue aquel día el primero de su vida también había de ser el último. Las monjas que la asistían con los confesores del convento creyeron piadosamente, oyendo las razones que decía ya llamando ya despidiendo los espíritus celestes con quien al parecer hablaba, que había merecido ser visitada de Cristo, Señor Nuestro, de la Virgen santísima y de muchos ángeles y santos, cuyos nombres repetía soror Juana como si los conociese por los favores que de ellos recibía entonces; hasta que a las seis de la tarde, cercada su cama de las religiosas al tiempo de leer su confesor la Pasión de Cristo y su muerte soberana, soror Juana dio su alma al Redentor del mundo en el año de 1534, a los cincuenta y tres de su edad y los cuarenta de su entrada en la religión.


''[454]'' ''Apocalipsis'', cap. 12.
[CLXXVI] Su rostro quedó hermosísimo y no pálido como el de los otros difuntos, sino blanco y encarnado. Y la boca con un ademán muy gracioso y como de quien se ríe. Los ojos no quebrados, sino resplandecientes y sin turbarse la viveza de luces. El cuerpo despedía de sí maravilloso y suave olor; y llenó [fol. 42v] [CLXXVII] de suerte la celda y todas las cosas que en ella estaban y a las monjas que la visitaron que por algunos días les duró la fragancia. Después de vestido y compuesto el cadáver, le llevaron al coro bajo, y las monjas y religiosos le hicieron su funeral en la forma que dispone el ceremonial y usos piadosos de la religión franciscana. Fenecidas las obsequias, dejaron allí el cuerpo asistido de todas las religiosas que no querían apartarse de él y, aunque pensaron darle sepoltura en el día siguiente, fue preciso dilatarlo por la infinidad de gentes que concurrieron a ver el cadáver de la sierva de Dios. Y muchas personas tituladas y de gran suposición en la corte despacharon correos al monasterio, pidiendo encarecidamente a las monjas no sepultasen a soror Juana hasta que pudiesen verla y satisfacer su devoción. Por esta causa, estuvo el cuerpo cinco días sin sepultar, arrojando de sí suavísimo olor, y cuantos llegaban al templo luego le sentían y reconocían admirados ser aquella fragancia sobrenatural.


''[455]'' ''Epistola Iudaeos'', cap. 5.
[CLXXVIII] El concurso de gentes creció tanto que, no siendo capaz el templo para comprenderle, todos aquellos campos estaban cubiertos de hombres y mujeres de diferentes estados y calidades deseando ver el cuerpo [fol. 43r] [CLXXIX] de la sierva de Dios. Y así los religiosos y confesores del convento resolvieron satisfacer a la común devoción de aquellas gentes: sacaron el cuerpo fuera del convento y le pusieron a vista de la muchedumbre que, con lágrimas y clamores, se encomendaba en las oraciones e intercesión de soror Juana, juzgándose por dichoso el que podía besar su hábito y tocar sus rosarios al cuerpo. Las religiosas, temiendo no le despedazasen por llevarse las reliquias, le volvieron (aunque con dificultad) a poner en el coro bajo dentro de la clausura para que fuese visto de todos y de ninguno tocado.


''[456]'' Santo Tomás, I par., q. 109, art. 4.
También en esta ocasión acreditó Dios a su sierva dando salud a muchas personas mediante su devoción y contacto de aquel cuerpo.


''[457]'' '''''“Unde…peccatis”''''': ''“¿De dónde le viene al ángel bueno la virtud de luchar contra un ángel malo y de resistirle? Del hombre y de los pecados de las personas”''.
[CLXXX] Una religiosa no podía mover una pierna y en el pecho se le hizo un bulto grande, todo ocasionado de una caída. Sentíase muy fatigada de dolor y acudió a la celda de soror Juana cuando la estaban amortajando y, con devoción, se puso la túnica interior con que había expirado sobre la pierna y sobre el pecho e, inmediatamente, se le quitó el dolor y resolvió la hinchazón, con que pudo andar quedando buena y sin lesión.


''[458]'' Lib. 9, ''De victoria verbi Dei'', cap. 6.
Una señora de título envió un mensaje- [fol. 43v] ro desde la ciudad de Toledo a saber si era cierta la muerta de la sierva de Dios porque deseaba verla antes que la sepultasen. A este hombre le sobrevino un dolor de muelas que no le dejaba comer ni dormir y llegó al convento cuando sacaban del cuerpo a la campaña; y procuró mezclarse entre la turba y besar el hábito, confiando en los méritos de la sierva de Dios que se le había de quitar la pasión molesta que padecía. Luego que tocó el escapulario con los labios se halló bueno, publicando a todos el beneficio que había recibido.


''[459]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
Otro hombre tullido de Torrejón de Velasco se hizo llevar adonde estaba el cuerpo y, habiéndole tocado y besado, dejó las muletas y quedó tan suelto y alentado como si en ningún tiempo hubiera tenido tan grande impedimento.


''[460]'' [Margen izquierdo]: Tañen a capítulo y cuenta esta visión a las monjas.
[CLXXXI] En un convento de monjas de la Concepción de la ciudad de Almería vivía entonces una religiosa llamada María de San Juan, muy parecida a soror Juana en las virtudes y en la gracia de raptos y revelaciones con que Dios la regalaba. Y aunque no se habían visto, eran muy amigas y se correspondían y comunicaban en espíritu. Esta María de San Juan refirió después a unos prelados de su orden que soror Juana se le había aparecido [fol. 44r] [CLXXXII] cuatro días después de su tránsito. Se apareció a la amiga, cercada de resplandor, y la dijo cómo había cuatro días que había salido de este mundo y que, por haber tenido en él su Purgatorio, la misericordia de Dios era tan grande que la tenía en la bienaventuranza. Esta revelación, por haberla referido persona tan virtuosa y a personas de tanta autoridad, fue bien recibida de los devotos de soror Juana.  


''[461]'' [Margen derecho]: Habla la imagen a santa Juana.
[CLXXXIII] Después de los cinco días que estuvo el cuerpo sin enterrar para que le pudiesen ver las innumerables gentes que concurrieron de las ciudades y pueblos circunvecinos, abrieron las religiosas una sepultura en el coro bajo, junto a cratícula de la comunión. Sin encerrar el cadáver en caja o ataúd, vestido con su hábito, le entregaron a la tierra, cubriéndole con ella y con mucha cal y agua que le echaron encima, obrando en esto con desalumbramiento pues, sin afectar desprecio de estimación o vanagloria, pudieran contentarse con la tierra sola y no pasar a extremo tan desproporcionado.


''[462]'' [Margen derecho]: Profecía de los trabajos de la santa.
[CLXXXIV] Así estuvo sepultado siete años debajo de tierra sin acordarse las religiosas de descubrirle ni sacarle para ver cómo estaba. Hasta que una niña de seis años, hija de los condes de la Puebla, estando jugando en el [fol. 44v] [CLXXXV] coro, comenzó a excavar con los dedos y a sacar tierra de la sepultura donde yacía soror Juana. Preguntaron las monjas a la niña para qué quería la tierra y las respondió que aquella tierra olía muy bien. Repararon las monjas en lo que decía la niña y, con la experiencia, conocieron ser verdad que la tierra exhalaba un olor suavísimo, con que fácilmente pudieron conocer la causa de aquel efecto milagroso; y, convocada toda la comunidad, resolvieron descubrir el cuerpo, el cual hallaron fresco, entero y hermoso, y como estaba el mismo día en que le sepultaron (hasta el hábito y tocas habían conservado su color y limpieza). No puede explicarse con bastantes hipérboles cuál fue el alegría y consuelo de las monjas. Vistiéronla otro hábito y otras tocas, repartiendo las que antes tenía entre todos los devotos, y el cuerpo le pusieron en una caja debajo del altar del coro alto.


''[463]'' [Margen izquierdo]: Muéstrala Dios todo lo que se hace contra ella.
[CLXXXVI] Allí estuvo otros catorce años, conservando su frescura y hermosura sobrenaturalmente, hasta que doña Isabel de Mendoza, señora de la villa de Casarubios, y otras personas graves hicieron infancia para que el cuerpo se mudase a lugar más acomodado, donde las religiosas y el pueblo le pudiesen tener a la vista. Y para este efecto se [fol. 45r] [CLXXXVII] fabricó un arco en la capilla mayor de la iglesia, al lado del Evangelio, que correspondía el vacío al claustro del convento y con dos rejas; y en parte eminente, se dispuso un lugar acomodado para colocar una arca dorada que hizo a su costa aquella señora doña Isabel de Mendoza. Y vistiendo el cuerpo con un hábito de damasco pardo, le trasladaron al nuevo sepulcro con tanto concurso y devoción de los pueblos como merecía su buena memoria.


''[464]'' '''fiesta de la Santísima Trinidad''': 2 de junio.
[CLXXXVIII] Desde esta ocasión, no consta se manifestase el cuerpo a ninguna persona hasta que, en el año de 1600, don fray Francisco de Sosa, que después fue obispo de Osma, siendo ministro general de la orden de san Francisco, visitó el convento en compañía de don fray Pedro González de Mendoza. Y deseando saber el estado que tenía el cuerpo de soror Juana, a instancia de las monjas, hizo bajar el arca; y le hallaron fresco y entero (fuera del rostro que estaba algo seco, pero las facciones muy perfectas), el hábito de damasco pardo y las tocas olorosísimas y fragantes por la comunicación y contacto del cadáver. Y causó admiración que, sin haberle divulgado la intención de los prelados, pues cuando entraron en el con- [fol. 45v] [CLXXXIX] [CXC] [CXCI] vento no la tenían de descubrir el cuerpo, concurrió tanta gente a la iglesia como si mucho tiempo antes se hubiera premeditado esta manifestación, en la cual sucedieron dos cosas bien singulares. La primera fue que, habiendo repartido el ministro general las tocas blancas entre los circunstantes, pidió un velo la madre reformadora que tanto le había deseado y en fin se le puso con sus manos el prelado superior de toda la orden. La segunda que, deseando el ministro general llevar consigo alguna parte del cuerpo de soror Juana, pretendió quitar el dedo menor de un pie y, con la fuerza que hizo para arrancarle, le sacó con todo un nervio fresco y ensangrentando después de sesenta y seis años de su fallecimiento. Caso notable y digno de admiración.  


''[465]'' [Margen derecho]: Azotan a santa Juana y privan del oficio.
Después de este suceso se ha mostrado el cuerpo en diversas ocasiones de orden de los prelados superiores o por haber ido a visitar- [fol. 46r] [CXCII] [CXCIII] le los reyes de España, sus mujeres, principies e infantes; y con las ofrendas y limosnas que hacían los devotos se hizo un arca de plata riquísima donde le trasladaron y hoy permanece en el mismo arco y lugar eminente cercado de los votos y lámparas que con frecuencia ofrece la devoción de muchas personas beneficiadas en sus enfermedades y peligros, a su parecer, por la intercesión y méritos de esta sierva de Dios; y en esta posesión ha estado soror Juana a vista del celo de la santa y general Inquisición de España, y los arzobispos de Toledo y de los prelados de su religión, creciendo cada día más el crédito de su virtud con los milagrosos que se han experimentado en sus aficionados y devotos; y, aunque luego que murió se atendió poco a escribir y observar otros muchos que acontecieron por el natural desprecio y olvido con que se miran semejantes cosas, después ha permitido Dios que haya mayor atención en observar las maravillas de sus milagros de los cuales referiremos algunos.


''[466]'' [Margen derecho]: Sentimiento de las monjas cuando se trata de elegir otra abadesa.
En el año de 1612, un provincial mostró al pueblo el cuerpo de soror Juana ,y habiendo ido desde la villa de Torrejón de Velasco doña Agustina Romana para verle, llegó tarde y quedó muy des- [fol. 47v] [CXCIV] [CXCV] consolada. Las monjas, por satisfacer en parte su devoción, le dieron un poco del velo de la sierva de Dios. Dentro de breves días esta doña Agustina cegó de una enfermedad en los ojos y, acordándose de la reliquia que la dieron las monjas, se la puso sobre los ojos y luego quedó sana y vio perfectamente.


''[467]'' [Margen derecho]: Ruega santa Juana por su perseguidora y alcanza misericordia de Dios para ella.
[CXCVI] [CXCVII] El doctor Francisco González de Sepúlveda, médico de la Inquisición general en Madrid, padeció una dolencia mortal y, con devoción y fe, se encomendó a la intercesión de soror Juana, pidiendo su socorro. En la noche siguiente, le apareció la sierva de Dios y le aseguró que sanaría de la enfermedad, y así sucedió.


''[468]'' [Margen derecho]: Manda el ángel a santa Juana que escriba por mano ajena.
[CXCVIII] En la villa de Parla, cayó en un pozo una niña de cinco años, en el cual estuvo por espacio de tres horas hasta que advirtieron sus padres en que faltaba. La buscaron y la hallaron en el pozo. La madre la encomendó a soror Juana de la Cruz y, entrando un hombre en el pozo para sacarla, afirmó haberla hallado muerta y lo mismo testificó la gente que concurrió a la desgracia por no hallarse en ella señal alguna de vida. Pero la madre, invocando el nombre de soror Juana, tomó a la niña en los brazos y en ellos volvió la niña a cobrar aliento, y hablaba y respondía, diciendo que una monja muy hermosa la había ayu- [fol. 47r] dado para que el agua no la ahogase.


''[469]'' [Margen derecho]: El ángel dice a santa Juana su muerte.
[CXCIX] [CC] En el lugar de Casarrubuelos, el año de 1619, se arruinó una pared cogiendo a dos niños debajo. La madre, vista del peligro, los encomendó a la protección de soror Juana y, acudiendo la gente, se quitó la tierra y ruinas y parecieron los dos niños sin lesión alguna.


''[470]'' Santo Tomás, I par. ''Quaestiones'', 9, art. 1.
[CCI] Un navío que hacía viaje desde las Indias a España padeció una tormenta, con que se rompió y quebrantó por muchas partes, entrando en él tanta agua que se iba a pique conocidamente. Y en este estado, un religioso franciscano hizo voto con todos los navegantes de visitar el cuerpo de soror Juana y, arrojando al mar una cuenta tocada a una original, instantáneamente cesó la tormenta y pudieron cerrarse las aberturas del navío, y los navegantes después cumplieron su voto.


''[471]'' Santo Tomás, I par. ''Quaestiones'', 19, arts. 11 y 12, y ''Quaestiones'', 23, art. 5, y lib. 4, dist. 45, art. 4 y dist. 47, art. 2, y ''De veritate'', q. 6 y q. 23.
Doña Lucrecia Galbarro, vecina de la ciudad de Sevilla, el año de 1619 hizo voto de visitar el cuerpo de soror Juana de la Cruz por hallarse tullida de ambas piernas. Cumplió el voto, y la entraron en la iglesia dos personas respeto de que ella no podía moverse. Luego que llegó a la presencia del cuerpo e hizo oración a Dios pidiéndole que por los méritos de su sierva la sanase, se levantó y [fol. 47v] anduvo por la iglesia a vista de un su hermano canónigo de Sevilla y de diferentes religiosos que se hallaron presentes.


''[472]'' Esta nota se encuentra en el margen derecho.
Pedro del Portal, vecino de Madrid, cobró la vista que había perdido en una enfermedad.


''[473]'' '''Día de los apóstoles san Felipe y Santiago''': la Iglesia católica celebra en realidad la fiesta de san Felipe y Santiago el Menor el día 3 de mayo. Es posible que la confusión se deba a una razón interna a la propia obra, ya que en el párrafo 12 del mismo capítulo se alude a una visión de ambos santos que Juana experimenta tres días antes de su muerte. Quizá el hagiógrafo hace coincidir (¿inconscientemente?) por esa razón la aparición mencionada con el día de la fiesta de ambos santos. En realidad la fiesta de los apóstoles coincide con la de la Invención de la Cruz, que servirá más adelante (en el último párrafo del mismo capítulo XIX) para datar el día exacto de la muerte de Juana.
Pedro García, en el año de 1618, sanó de una herida que no se había podido curar en seis meses con tocarle a la pierna una cuenta original en la parte lastimada en término de veinticuatro horas, sin medicamento alguno.


''[474]'' [Margen izquierdo]: Entra en batalla con el demonio.
María Ruiz, vecina de Madrid, estuvo endemoniada. Y su marido la llevó al convento de Santa María de la Cruz y, aunque se hicieron las diligencias ordinarias de los conjuros y exorcismos que se dicen en tales casos, no aprovecharon hasta que la llevaron a la presencia del cuerpo. Y con besar unas cuentas de los originales, se reconoció que el demonio había dejado aquella miserable mujer, que desde entonces quedó libre, reconociendo este beneficio a la intercesión de la sierva de Dios.


''[475]'' [Margen izquierdo]: La Madalena se le aparece.
Un niño llamado Juan, en el lugar del Almonacid junto a la ciudad de Toledo, cayó en un pozo de donde le sacaron a vista de más de cien personas sin pulsos, ni aliento ni otra señal de vivo. Los padres le encomendaron a soror Juana de la Cruz y el niño empezó a [fol. 48r] mover brazos y pies, y a echar mucha agua por la boca. Luego abrió los ojos y, dentro de dos horas, andaba por la calle entre los demás niños de edad.


''[476]'' [Margen izquierdo]: Nota lo que pasa en la agonía de la muerte.
Otros casos milagrosos de esta calidad están comprobados en las informaciones que hicieron los obispos de Troya y de Cirene, que se remitieron al proceso de la canonización y se refieren por los escritores que hicieron particular memoria de soror Juana: como fueron don fray Francisco Gonzaga, arzobispo de Mantua, en su crónica; el obispo de Jaén en el ''Libro de la veneración de las reliquias''; el maestro Villegas en el ''Flos Sactorum''; fray Pedro de Salazar en la crónica que escribió de los religiosos de san Francisco de la provincia de Castilla; el maestro Peredo en la ''Historia de Nuestra Señora de Atocha''; fray Antonio Daza en la ''Cuarta parte de las crónicas de la orden de san Francisco'' y en un tratado particular de la vida de soror Juana; y fray Pedro Navarro en su erudito libro intitulado ''Favores del rey del cielo'', ocupando estos escritores sus plumas en alabanza de esta virgen virtuosa con la esperanza de que había de llegar el día en que los pontífices sumos la escribiesen en el ''Catálogo de los santos canonizados'' o lleguen ya para honra y gloria de Dios Omnipotente, Autor y Criador, de todo lo perfecto y santo.


''[477]'' [Margen izquierdo]: Comúlgala Nuestro Señor.
FIN.


''[478]'' [Margen derecho]: Nuestra Señora, los ángeles y santos asisten a su cabecera.
===Citas en los márgenes===


''[479]'' [Margen izquierdo]: Hallose Cristo y su Santísima Madre, muchos ángeles y santos con santa Juana a la hora de su muerte.
[I] [fol. 2r] Destas bulas hace mención ''Barb. de offic. & potest. Episcopi, part. 3. alleg 107. Trullen. opus morale tom. I. libr. I cap. 9 dub. 6 n. I0. & seqq''.


''[480]'' [Margen izquierdo]: Resplandécele el rostro.
[II] ''In bulla'' an. 1625. Ibi: Declarans, quod per supra scripta præiudicare in aliquo non vult, neque intenditiis, qui aut per commune Ecclesiæ confensum, vel inmemorabilem temporis cursum, aut per Patrum virorumque sanctorum scripta, vel longissimi temporis scientia, ac tolerantia Sedis Apostolicæ, vel ordinaris coluntur.


''[481]'' [Margen derecho]: Muere la sierva del Señor.
[III] [fol. 2v] Han tenido tanto cuidado y atención los ordinarios de Toledo en estar a la mira de la veneración y culto particular que se daba a soror Juana de la Cruz para reconocer el fundamento que tenían los milagros que se publicaban de ella y de sus granos o cuentas que no se puede hacer más segura demostración de este cuidado, según lo dispuesto por el santo Concilio Tridentino, que poniendo a la letra una censura que hizo la Universidad de Alcalá en el año 1617, la cual es como sigue:  


''[482]'' [Margen derecho]: Sana un tullido.
Censura de la muy insigne Universidad de Alcalá ''[2]''


''[483]'' [Margen derecho]: Sana a una religiosa enferma.
Los doctores Bartolomé de Sosa (canónigo de la santa iglesia colegial de la villa de Alcalá de Henares, catedrático de teología de Durando de esta Universidad de la dicha villa) y Andrés Merino (canónigo o, asimismo, de la dicha iglesia, catedrático de prima de Escoto de la dicha Universidad) y fray Juan González de Albelda de la orden del señor santo Domingo (catedrático de la prima de la dicha Universidad) y fray Pedro de Oviedo (abad del colegio del señor san Bernardo y catedrático de víspera de teología de la dicha universidad), habiendo visto por comisión suya y del claustro ciertos procesos y probanzas hechos por comisión del ilustrísimo cardenal arzobispo de Toledo, en razón de la vida y muerte de la bendita soror Juana de la Cruz (monja en el monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, junto a la villa de Cubas), que una de las dichas probanzas fue hecha en el dicho monasterio por el licenciado Luis Galindo (cura propio de la dicha villa) ante Juan Fernández de la Plaza, comenzada a 12 de mayo de 1614 años y acabada en 17 del dicho mes de 1615, y otra fecha en la villa de Torrejón de Velasco por el licenciado Mimbreño (cura propio de la dicha villa) ante Gabriel de Illescas (escribano), empezada a 26 días de abril de 1615 y acabada a 23 de mayo del dicho año, y otra fecha en la villa de Al- [fol. 3r] calá por el señor don Diego Ortiz de Zayas (vicario general) ante Sebastián de Villegas (notario), comenzada en 2 de septiembre del dicho año y acabada a 12 de abril del siguiente 1616, y otra fecha en Toledo por el licenciado Juan Barrentes de Aguilar (capellán de la capilla de la reina) ante Francisco (maestre notario), acabada a 6 de octubre de 1616 años; y habiendo visto juntamente los pareceres de los señores doctores canonistas, en cuanto al artículo de lo probado ''in iure'', y de los señores doctores médicos, en cuanto a la naturaleza de las enfermedades, nos parece que, según lo que de todo referido, resulta son casos milagrosos que, por el consiguiente, exceden toda facultad de naturaleza y se deben tener y calificar por tales, cuales son los siguientes: lo primero, la incorruptibilidad del cuerpo de la bendita soror Juana de la Cruz, cuya preservación de corrupción, vistas las circunstancias del caso y accidentes que le acompañan, le hacen sin duda obra milagrosa; lo segundo, parece haber obrado Dios, Nuestro Señor otros milagros por el contacto y uso de las cuentas de la dicha bendita sor Juana de la Cruz que, según la común tradición de aquel santo convento donde la susodicha murió y de aquella tierra y comarca, fueron llevadas al Cielo, a infancia suya, por el santo ángel de su guarda a la preferencia de Cristo, Nuestro Señor, y les echó su bendición y dio muchas y diferentes virtudes. Y en particular, consta que Juana Manuda (vecina de la villa de Cubas) fue libre y sana de una grave enfermedad, que había siete años padecía, de pesada melancolía y desmayos que le duraban tres o cuatro horas, dejándola sin movimiento ni sentido y de muy continuas tentaciones de desesperación ''[3]'', por ponerse dichas cuentas y traer consigo una de las sobredichas cuentas, lo cual fue efecto milagroso, como también lo fue el librarla Dios muchas veces de ejecutar sus intentos de desesperación por la devoción que tenía a la dicha soror Juana de la Cruz. Lo tercero, por el contacto de una de las dichas cuentas, fue milagrosamente sana Luisa de las Llagas (monja profesa del convento de Descalzas del señor san Francisco de la villa de Valdemoro) porque, habiendo estado más de cinco meses continuos en la cama paralizada de todos sus miembros sin poderse mover por sí y con grandes dolores en todos ellos, habiendo ya cesado los medicamentos porque nada aprovechaban, tocándole una de las dichas cuentas, se le fue quitando el dolor y fue extendiendo sus miembros; de manera que, en breve rato, se levantó del todo buena de la cama y se fue en presencia de las demás monjas al coro a dar gracias a Nuestro Señor, sin que le volviese jamás la dicha enfermedad. Lo cuarto, Catalina de la Purificación (monja del dicho convento), después de otra semejante enfermedad que había año y medio que casi continuamente la tenía trabada la lengua sin poder articular las voces con un género de pasmo en los miembros y, a veces, con movimientos convulsos y parte de gota coral tocándole en la lengua con una de las dichas cuentas, habló mila- [fol. 3v] grosamente de allí delante con expedición y claridad; y, asimismo, tocándole con ella en las demás partes que padecían la dicha enfermedad, se le quitaban de manera que quedaba libre para acudir a todas las obligaciones de la comunidad; y, cuando le volvía a tocar algo de la dicha enfermedad con el contacto de la dicha cuenta, se le quitaba al punto. Lo quinto, doña Francisca de Bustamante de la Tercera Orden de Señor San Francisco (vecina de la ciudad de Toledo) era muy perseguida de un género de alferecía o gota coral que la privaba del sentido y caía en tierra (traspillados los dientes, heridos los pies y manos) con tanta violencia que eran menester tres o cuatro horas personas para tenerla; y, de esta suerte, solía estar tres y cuatro horas; y tocándola una de las dichas cuentas, invocando al santísimo nombre de Jesús y de la bendita soror Juana de la Cruz, al punto hablaba y se le quitaba totalmente por entonces el dicho mal y quedaba sin los accidentes penosos que solía; lo cual sucedía siempre que la acometía el dicho mal, por el contacto con dicha cuenta, el cual impedía los daños y efectos que naturalmente se siguieran y libraba de los que ya había incurrido, que todo era casi milagroso. Demás de lo cual, de las dichas informaciones, resulta ser muy verosímil haber obrado Dios Nuestro Señor otros muchos casos milagrosos por el uso y contacto de las dichas cuentas y por la intercesión de la bendita sor Juana de la Cruz que, aunque en sí son muchos y continuos en esta materia de milagros, no tanto se ha de atender al número de ellos cuanto a la verdad y sustancia de ser obras extraordinarias del poder de Dios, y siéndolo como lo son las sobredichas que se han referido, es cosa del todo cierta e indudable que a las sobredichas cuentas se les debe particularísima reverencia y devoción, y que gozan de muy particular favor y merced de Dios los que las tienen. Lo sexto, yendo la señora condesa de Orgaz, doña María de Figueroa, con dos hijas suyas y otras personas en un coche a visitar el cuerpo de la bendita sor Juana de la Cruz a su casa, junto a la villa de Cubas, habiéndoles anochecido en el camino con mucha oscuridad, sin saberlo alguno de los que allí iban,  cayó el coche de un alto de más de dos estados de distancia en un pantano de agua; y encomendándose a la bendita Juana, se hallaron abajo del pantano sin haberse trastornado el coche y sin daño alguno en las personas ni mulas: efecto sin duda sobrenatural. Lo octavo, habiendo salido la dicha señora condesa con ánimo de un capellán que llevaba le dijese misa en el dicho lugar, no sabiendo el camino, se pasaron adelante y llegaron a un lugar diferente; y, conocido el yerro, hubieron de retroceder para llegar adonde iban; y llegaron a tiempo competente de decir misa como en efecto se dijo, habiendo, desde las nueve o las diez de la mañana, caminado más de diez leguas usuales con el coche, que fue obra milagrosa. [fol. 4r] Lo último, es de gran ponderación la común tradición de los maravillosos y milagrosos éxtasis que, según ella, tuvo la bendita sor Juana en su vida, gozando de coloquios divinos con Cristo, Nuestro Señor, y con su benditísima Madre, ángel de su guarda y otros santos. Y no menos se debe hacer peso de la perfección de todo género de virtudes en que se dice (y es la dicha común tradición) haberse ejercitado desde su tierna edad hasta el fin y remate de su vida, especialmente en obras de penalidad y mortificación del cuerpo, alcanzando perfecto reconocimiento de todas las pasiones justamente con muy profunda humildad; nacida de grandes persecuciones, así del demonio como de los hombres que, según ellos, mereció alcanzar de Dios, Nuestro Señor, la común aceptación y devoción de los fieles a su santidad e incorrupta vida no solo en ella, sino después acudiendo a venerarla a su sepulcro con públicas aclamaciones de su santidad y milagros que solo puede ser efecto del divino espíritu. Por lo cual, según la común doctrina que traen los doctores, así teólogos como canonistas, en el capítulo último de ''Reliquis & veneratione santorum in 6. De los requisitos para la dicha veneración de los santos, nos parece falvo meliori iudicio'' y el de la Santa Sede Apostólica, a quien, como es justo, sometemos el nuestro: la dicha bendita sor Juana de la Cruz, por concurrir en ella en vida y en muerte después hasta ahora, con general continuación los dichos requisitos (en cuanto podemos alcanzar), ser digna de toda veneración de los fieles y merecer se publiquen sus grandezas para edificación de todos ellos y confusión de los herejes. En Alcalá de Henares, a nueves días del mes agosto de 1617 años:


''[484]'' [Margen izquierdo]: Sana a un hombre de dolor de muelas.
El doctor Bartolomé Sosa.


''[485]'' [Margen izquierdo]: Está el cuerpo 5 días sin enterrar.
El doctor Andrés Merino.


''[486]'' [Margen derecho]: Maravillosa revelación de la gloria de santa Juana.
El maestro fray Pedro de Oviedo.


''[487]'' [Margen izquierdo]: Revelación de la gloria de santa Juana.  
El maestro fray Juan González Albelda.


''[488]'' El largo párrafo que sigue aparece en cursiva en el texto base.
[IV] En cuanto al culto particular que se da a las personas que están por santas, concurriendo en esto la voz común, posesión de tanto tiempo y tolerancia de los ordinarios, aunque no haya precedido licencia del sumo pontífice, lo que se ha visto es que en la curia romana han sido mantenidos en su posesión sin innovar en cosa alguna, como sucedió en tiempo de la santidad Clemente VIII en cuanto a san Carlos y san Felipe Neri antes de sus canonizaciones; y en tiempo de la santidad de Paulo V en cuanto a san Gaetano, como se refiere por Trullench, opus morale lib. I, cap. 9, dub. 6, num 22.


''[489] ''[Margen derecho]: Testimonio de la incorruptibilidad del cuerpo de santa Juana.
[V] Justo es que la piedad y liberalidad de los grandes príncipes tenga padrón eterno en nuestra memoria, y alabanza para que sus acciones gloriosas sirvan de ejemplo y sean imitadas de los sucesores en sus altos puestos. El serenísimo señor don Juan de Austria, con noticia de los prodigios de soror Juana de la Cruz y del lugar que deben tener sus virtudes en la estimación de sus devotos, por serlo de esta sierva de Dios, visitó su sepulcro antes de emprender la conquista del reino de Portugal y dio quinientos escudos de limosna que se aplicaron para los gastos que ha de hacer en su viaje fray Juan de San Die- [fol. 5v] go Villalón, religioso de San Francisco, y procurador de la causa de canonización en la curia romana. Y después, sabiendo Su Alteza que con efecto se había de despertar esta pretensión, dio otra limosna de cuatro mil escudos sin perder de vista su magnanimidad, el deseo y gusto de hacer nuevos socorros por esta misma causa. Y en manifestación de lo que se debe en ella a este esclarecido príncipe, pondremos a la letra la carta que escribió a fray Juan de San Francisco (que solicita en Madrid, con celo singular, todo lo concerniente a la canonización de soror Juana) y en que hace la gracia y limosna referida:  
“He visto las noticias que me da fray Juan de San Francisco del estado en que se halla la canonización de soror Juana de la Cruz y, continuando los buenos deseos que siempre he tenido de que se concluya brevemente con obra tan justa y piadosa, escribo a Su Majestad con todo aprieto para que mande dar las cartas en la forma  que fray Juan pide; y al secretario Pedro Fernández del Campo, que lo solicite con el fervor posible a quien podrá acudir en las dependencias que se ofrecieron del adelantamiento de esta materia, a que no dejaré de asistir como tan devoto hijo de la religión y de soror Juana, hasta que se llegue a perfección. Y, para ello, puede fray Juan hacer capital de cuatro mil escudos de limosna que estarán pronto en esa corte, siempre que fueren menester.
Nuestro señor, etc.  


''[490]'' '''familia cismontana''': parte de la orden franciscana que se encuentra en Italia y España, es decir, a esta parte de los Alpes y los Pirineos.
Zafra, a primero de enero de 1663,


''[491]'' '''comisario de Jerusalén''': fraile franciscano que atiende los distritos territoriales religiosos de Tierra Santa. La institución oficial de esta figura la establece el Papa Martín V el 14 de febrero de 1421 con la bula ''His quae''. '''Provincia de''' '''San José''': primera institución territorial de la familia descalza franciscana fundada por san Pedro de Alcántara en el siglo XVI, que abarcaba toda Castilla hasta que en 1594 pasó a dividirse en dos y a denominarse “provincia de San Pablo» a los conventos de Castilla la Vieja, quedando para la de San José los de Castilla la Nueva (hoy Castilla-La Mancha). De la provincia de San José emanarían las nuevas provincias descalzas en los mismos lugares en que estaban presentes las observantes.  
Don Juan.


''[492]'' '''discretas''': mujeres elegidas para asistir a la superiora como consejeras en el gobierno de la comunidad.
[VI] Nacimiento y patria de soror Juana de la Cruz.  


''[493]'' [Margen derecho]: Sale la 4 parte de las ''Corónicas'', con 943 santos nuevos
[VII] Luego que nace, se abstiene de los pechos de su madre por ciertas horas y tiempos.


''[494]'' Suárez, 3 par., t. I, q. 25, art. 6, disp. 55, sectio 2; Bellarmino, t. I ''De beatitude et canonizatione sanctorum'', lib. I, caps. 7 et 10; Angelo Rocca, ''De canonizatione sanctorum'', cap. 30; Rodulfo en la ''Historia seráfica'', lib. I, fol. 155.
[VIII] No mama en tres días y padece gravemente.  


''[495]'' Esta nota se encuentra en el margen izquierdo.
[IX] La madre la encomienda a la Virgen santísima; vuelve la niña a su primera salud, que a la madre le parece ser milagrosa.


''[496]'' '''''O…Dei''''': Oh, santa de Dios, devotísima esposa de Cristo, beata Juana, con la bendición del órgano y lengua del Espíritu Santo, el consuelo y descanso de las almas que viven en el Purgatorio. Oremos al Señor para que seamos dignos de la gracia de Dios. '''''Versiculum…tuis''''': Versículo: La gracia se ha derramado en tus labios. '''''Responsa…aeternum''''': Respuesta: Por ella Dios te ha bendecido para siempre.
[X] Enferma de edad de dos años y es llevada a un templo de san Bartolomé.


''[497]'' '''''Deus…nostrum'', etc''.''''': Dios, que con proezas indecibles has adornado a la beata Juana con maravillosas ilustraciones, y le has dado tanta gracia que no sólo merecía ser hecha tu esposa de modo muy especial, sino también para nuestro propio beneficio, por sus oraciones, y bendito por tus propias virtudes, elegiste dar rosarios por ti mismo, por sus méritos y por la intercesión de tu gracia, obtengamos el perdón de tu gracia a través de nuestro Señor, etc.
[XI] El santo apóstol se aparece a Juana y, tocándola, cobra perfecta salud.


''[498]'' '''Ítem''', de aquí en adelante, puede poseer aquí el doble valor de separar artículos o partes del escrito y de añadir información que continúa en el sentido de lo anterior, pues es el modo en que Antonio Daza trata de demostrar la veracidad de lo contenido en la obra revelando las fuentes en las que la ha basado.
[XII] En un rapto que tuvo siendo de cuatro años ve a la Virgen santísima en un lugar deleitoso.


=Vida impresa (6)=
[XIII] En esta ocasión ve al ángel su custodio.


Ed. de [http://visionarias.es/equipo/borja-gama-de-cossio/ Borja Gama de Cossío]; fecha de edición: noviembre de 2022.  
[XIV] Ve soror Juana en su edad tierna a Cristo, Nuestro Señor, en cuerpo humano; y en forma de Niño en la Hosita sacramentada.  


== Fuente ==
[XV] Y otra vez al levantar la hostia vio el cuerpo glorioso de Cristo, Señor Nuestro, y piensa que todos ven lo mismo.


* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Daza Daza, Antonio], 1611. ''Quarta parte de la Chrónica general de Nuestro padre Francisco y su apostólica orden/compuesta por Fray Antonio Daça de su Orden''. San Francisco de Valladolid: Juan Godines de Millis y Diego de Córdoba, 121.
[XVI] Muere su madre, que encarga lleven a la niña al templo de Santa María de la Cruz con cierto voto.


[[Contexto material del impreso Quarta parte de la Chrónica general de Nuestro padre Francisco]] ''y su apostólica orden/compuesta por Fray Antonio Daça de su Orden''.
[XVII] Llevan a Juana unos sus tíos ricos a su casa.


==Criterios de edición==
[XVIII] Hace rigurosa penitencia en sus tiernos años.


Este texto está extraído de un impreso de la crónica de la Orden de San Francisco de 1611, dividido en diferentes partes y que ahonda en su origen y su historia desde sus inicios hasta la fecha de publicación del impreso. En el texto se habla de los numerosos eventos de la orden franciscana teniendo en cuenta el origen, la historia y los diferentes religiosos y religiosas que fueron importantes dentro de ella, de ahí que su extensión sea de 1180 páginas.
[XIX] Goza continuamente de visiones maravillosas.


Para este catálogo se edita únicamente el capítulo LXXVII de la cuarta parte de la crónica, que es el único capítulo que incluye la vida de mujeres, se editan 18 vidas. Esta cuarta parte incluye religiosos y fundaciones desde el principio de la orden hasta 1572, como se especifica en el capítulo anterior al editado, LXXVI, en que se habla de religiosos de la orden hasta 1573. El capítulo que se edita no incluye ninguna fecha, pero se podría decir que estas mujeres tienen su foco de actuación desde el principio de la orden hasta ese año 1573, ya que no se va más allá de esta fecha en esta cuarta parte. Cada hoja está dividida en dos columnas y al margen, derecho o izquierdo, dependiendo de la columna, se introduce el nombre de la monja de la que se va a hablar en cuestión. Asimismo, también se hacen aclaraciones, al margen, sobre información que el texto provee, ya sea histórica, bíblica o biográfica.
[XX] Intentan sus tíos casarla, pero ella resuelve entrar en religión.


Se adoptan los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el catálogo, es decir, se moderniza la ortografía (b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) y se eliminan las consonantes geminadas. Además, se expanden las abreviaturas, primordialmente la expansión de las nasales con la virgulilla encima de la vocal y la abreviación de “que” o “qual” también con el uso de la virgulilla o la diéresis. De todos modos, algunas abreviaturas como N. S. (Nuestro Señor) o N. P. S. (Nuestro Padre Santo) se respetan en el texto. Asimismo, las abreviaturas presentadas en las notas al pie también serán respetadas. El uso de mayúsculas y minúsculas se moderniza, y se adaptan las normas acentuales a sus usos actuales. Además, se moderniza también la puntuación teniendo en cuenta el orden de la oración, pero el uso de la puntuación a día de hoy. Del mismo modo, se moderniza el uso de aglomerados, se separan algunos (della, destas) y se unen los que hoy en día se representan como una palabra (del, al).
[XXI] Elige ser monja en el convento de Santa María de la Cruz.


==Vida de Juana de la Cruz==
[XXII] Dase noticia de la maravillosa fundación de aquel convento por medio de una pastora llamada Inés.


'''Capítulo LXXVII'''
[XXIII] La Virgen santísima se aparece a la pastora.


[121] '''De algunas Religiosas de santa vida y de sus grandes penitencias'''
[XXIV] Fúndase el convento debajo de la Tercera Regla de San Francisco.


La vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada madre Juana de la Cruz de la Tercera Orden de N.P.S. Francisco tenía aquí su lugar, con quien alargó tanto Dios la mano de sus misericordias que, por ser tan singulares, pide muy particular consideración el escribirlas. Y así, se deja para otra ocasión y lugar cuando, siendo Nuestro Señor servido (que los obró en ella), halla nadas algunas dificultades que por ser tan admirables tienen; ni por decir menos de su prodigiosa vida, de lo que fue se agravie, ni por decir todo lo que fue, los flacos y aquellos a quien no ha descubierto Dios cuán admirable es en sus santos, se escandalicen. Y lo cierto es, en breve suma, que su nacimiento fue por orden del Cielo, escogiéndola Dios desde su niñez para manifestar sus misericordias en ella. Su vida, toda rara en virtudes y excelencias, y su muerte, milagrosa, y tanto cuanto testifica la incorruptibilidad de su cuerpo, al cabo de más de setenta años que ha que murió, la cual consta por testimonios tan fidedignos que no es lícito dudar de la verdad. Está su cuerpo en el Convento de la Cruz, que es de religiosas de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco, cinco leguas de Madrid, media de la villa de Cubas. En este convento tomó el hábito, profesó, vivió y murió en el año de mil y quinientos y treinta y cuatro, a los cincuenta y tres de su edad, día de la Invención de la Cruz, que fue el mismo en que nació, tomó el hábito y profesó. Fue sepultado su santo cuerpo y, habiendo estado siete años debajo de tierra, se halló entero, sin corrupción alguna, antes con un olor celestial, indicio claro de la santidad extraordinaria de la bienaventurada madre. Trasladado el santo cuerpo, con mucha solemnidad, y colocado en un lugar alto y eminente, dos varas del suelo, en una caja dorada, en el hueco de la pared de la capilla mayor, al lado del Evangelio, ha sido y es tan venerado que solo acude allí la gente de la comarca. Mas con la experiencia que todos tienen del socorro de sus necesidades, así corporales como espirituales, que invocando esta santa hallan de muy lejos, vienen a visitar el [s]anto cuerpo y tienen allí sus novenas.
[XXV] Las primeras religiosas descaecen del rigor y observancia con que empezaron.


El día que murió la bienaventurada santa celebra con particular devoción la villa de Cubas; va al convento en procesión, donde también acuden otros lugares de la comarca y, diciendo la misa mayor, delante de su santo cuerpo, en un altar portátil, y predicando sus excelencias, con gozo de los que allí acuden, es alabado Dios en su santa en estos últimos años, tan recibida de todos, con tanto aplauso y con tan notable experiencia de sus socorros que, pues no se ha de decir aquí más, lo que resta es dar gracias a Dios, que así se manifiesta en vasos tan frágiles, cuando quiere esforzarlos con su gracia ''[1]''.
[XXVI] La pastora Inés deja la religión y se casa.


===Notas===
[XXVII] Después muere con señales de verdadera penitencia.


''[1]'' Hay una nota al pie en el mismo folio que dice: “El número 121 se continua al número 4 y abajo en el registro de la letra A que le sigue la letra H y al capítulo primero de este libro le sigue el Capítulo XXIII y así no falta ninguna hoja ni capítulo de la historia”.
[XXVIII] Soror Juana de la Cruz nació para reformar y restituir aquel convento a su primera observancia.


= Vida impresa (7)=
[XXIX] Desampara su casa en hábito de hombre para ir al convento a pedir el hábito.
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/pedro-garcia-suarez/ Pedro García Suárez]; fecha de edición: diciembre de 2016; fecha de modificación: septiembre de 2020.


== Fuente ==
[XXX] Turbación de ánimo y temores que padece en el camino.


* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Pedro_de_Salazar Salazar, Pedro de], 1612. ''Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco'', Madrid: Imprenta Real, 511-546.
[XXXI] Aliéntala una voz que, después, supo ser de su ángel custodio.


[[Contexto material del impreso Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla]] ''de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco''.
[XXXII] Nuevo peligro en que se halla.


==Criterios de edición==
[XXXIII] Da gracias a Dios de haberse librado de aquel peligro y aparécesela la Virgen santísima que la conforta; asegura de nuevo a su intento.


La vida impresa escrita por Pedro de Salazar de Juana de la Cruz (1481-1534) se encuentra recogida en la ''Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco'', de 1612.  
[XXXIV] Descuido gracioso en que incurre soror Juana.


Para su edición, se han adoptado los criterios de vidas impresas estipulados en el Catálogo. Se moderniza la ortografía (b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.), las sibilantes y se eliminan las consonantes geminadas. El uso de mayúsculas y minúsculas se moderniza, así como la acentuación y puntuación, que se adapta a la actual. No obstante, se ha mantenido la escritura de “monesterio” y la no separación en “deste”.
[XXXV] Llega al convento y se desnuda al convento del traje de varón.


==Vida de Juana de la Cruz==
[XXXVI] Una imagen de la Virgen Nuestra Señora, que estaba sobre la puerta reglar, habla a Juana.


[511] '''SÍGUESE LA VIDA DE LA sierva de Dios Juana de la Cruz, que tantas personas tiene aficionadas, religiosas y seglares, que gustan mucho de verla y tenerla consigo y no es según la impresión de 1610, sino compuesto de nuevo'''
[XXXVII] Habla a la abadesa, a quien da noticia de su intento.


'''Capítulo I'''
[XXXVIII] Viene al convento el provincial inopinadamente ''[9]'' y da licencia para la admisión de Juana.


'''Del nacimiento de la madre Juana de la Cruz'''
[XXXIX] El padre y parientes de Juana van en su seguimiento y procuran embarazar el que sea religiosa.


En el Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz está el cuerpo de la madre Juana de la Cruz, abadesa que fue del dicho convento y muy gran sierva de Nuestro Señor, la cual fue natural de un pueblo que se llama Azana, tierra del arzobispado de  Toledo, cerca de la dicha ciudad, en la tierra que llaman la Sagra de Toledo. Nació en el año de la Encarnación de 1481 años y en el bautismo le pusieron por nombre Juana. Sus padres fueron muy buenos cristianos y virtuosos y de gente muy honrada; su padre se llamaba Juan Vázquez y su madre Catalina Gutiérrez y tuvieron otros hijos muy virtuosos y algunos dellos fueron religiosos de muy aprobada vida. La bendita madre Juana de la Cruz fue dotada de mucha gracia y hermosura corporal; criola su madre a sus pechos, porque en naciendo tomó con ella mucho amor; era muy graciosa y mansa y decía su madre que no tan solamente no padecía pena ni trabajo en criarla, mas sentía consolación y notable alegría en sí todas las veces que la tomaba en sus brazos, aunque estuviese muy triste y angustiada. Tenía muy claro entendimiento y tan grande conocimiento de Dios que, aunque de poca edad, siempre tenía su pensamiento y ocupaciones en cosas celestiales y en hacer nuevos servicios a su esposo Jesucristo, a quien se consagró desde niña. Nunca la vían jugar ni ocupada en cosas de vanidad ni desaprovechada ni hablar palabras vanas, de manera que sus padres y parientes y personas que la conocían [512] se maravillaban mucho de las grandes virtudes que veían en ella resplandecer. Estando un día asentada a la puerta de la casa de su padre pasaba el Santísimo Sacramento por allí, que le llevaban a un enfermo, y como sus padres la tenían tan bien impuesta en las cosas de Dios y de su santa fe católica, se levantó con mucho fervor a mirar y adorar al Señor, que llevaba el clérigo en sus manos, y vido que iba sobre la custodia Nuestro Señor Jesucristo en forma de niño vivo y muy resplandeciente y por entonces no dijo nada, pensando que todos veían lo que ella veía; pero Nuestro Señor, que es dador de las gracias y descubridor de los secretos que Él se sirve de manifestar, tuvo por bien de traer tiempo en que estas y otras maravillas y grandes misterios que en su sierva había obrado desde su niñez fuesen vistos y conocidos, sin ser en su mano podellos encubrir.
[XL] La doncella los reduce y vienen en lo mismo que ella deseaba.  


'''Capítulo II'''
[XLI] Recibe el hábito de religiosa.


'''Cómo siendo esta sierva de Dios de siete años quedó huérfana de su madre'''
[XLII] En el año del noviciado echa profundas razones de virtud.


Llegado el tiempo en que había pasar desta vida la madre de la bendita niña Juana de la Cruz, acordándose de una promesa que tenía hecha en una enfermedad suya, de llevar a su hija con su pelo de cera a velar al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, rogó a su marido que lo cumpliese por ella y él le prometió de cumplirlo lo más presto que pudiese; y cuando esto se trataba entre los dos estaba presente la sierva de Dios Juana de la Cruz, la cual deseaba mucho que se cumpliese aquella promesa; y como quedase en casa de su padre, con la edad crecían en ella muy grandes fervores y ansias de ser religiosa por más servir a Dios, y creciendo en edad empezaba a poner por obra sus fervorosos deseos del servicio del Señor. Tenía una tía, hermana de su madre, doncella y de muy santa vida, en quien Nuestro Señor mostró muy claros y manifiestos milagros y maravillas, con la cual se consolaba y comunicaba mucho. En este tiempo su tía se metió a monja en Toledo en el Monasterio de Santo Domingo el Real, en el cual vivió y acabó su vida muy santamente. La bendita Juana de la Cruz sintió mucha soledad en faltarle tal compañía y quisiera [513] mucho irse con ella a ser religiosa, pero su padre y abuela no se lo quisieron conceder, diciéndole que tenía poca edad y no podía llevar las asperezas de la religión. Viendo ella que aprovechaba poco el rogarlo, calló por entonces y pensaba entre sí: “Ir yo a ser religiosa a aquel monasterio porque estaba allí mi tía no es perfección, más quiero ir a cualquiera otro monasterio por solo Dios y su amor, y servirle y aplacerle”. Y este deseo crecía en ella cada día y la tía desta bienaventurada era muy santa y muy regalada de Dios y tenía muchas revelaciones, y en una le dijo Dios que su sobrina había de ser muy gran persona y de muy singulares gracias y dones espirituales; y contó esta revelación a la priora de su monasterio, la cual con mucho cuidado y diligencia procuraba y deseaba que viniese a ser monja a su casa y pedía con muchos ruegos a sus padres y parientes se la diesen para monja, en lo cual jamás quisieron los padres consentir. Lo cual visto por la priora y monjas del dicho monasterio, procuraron por otras vías haberla y en todo este tiempo no cesaban las monjas de suplicar a Nuestro Señor trujese a su casa aquel precioso tesoro, lo cual no se hizo porque Dios tenía determinado otra cosa. En este tiempo esta bendita doncella fue llevada a casa de unos tíos suyos, que la amaban y querían como hija natural, y le dieron el gobierno de toda su casa y bienes y ella les era muy obediente. Era muy honesta y prudente en todas sus obras y muy caritativa para los criados de la casa y personas que en ella trabajaban, y cuidadosa y diligente en los trabajos corporales y administradora en las cosas de Dios. Daba muy buenos consejos: era muy humilde y tenía la voluntad muy aparejada para hacer penitencia y la tomaba sobre sí con mucha alegría y la ponía por obra; y en sus ayunos fue muy abstinente, que su comer era pan y agua y no comía más de una vez al día y esta no todo lo que había menester; y no solamente ayunaba con solo pan y agua, más se estaba dos y tres días sin comer ni beber alguna cosa, y esto hacía ella muy de ordinario y con muy gran secreto. Todas las veces que ella se podía desocupar para rezar y contemplar, hacía oración muy fervorosa, bañada en lágrimas salidas de su corazón y lloradas con compasión a la Pasión [514] de Jesucristo Nuestro Señor, y, hecha de otra manera, la tenía no por tan acepta para ser recebida delante del acatamiento divino. Era rigorosa para su cuerpo porque traía junto a sus carnes un cilicio, hecho de unas cardas que buscó ella muy secretamente y las deshizo, y todas las púas y puntas cosió en una cosa muy áspera y aquello traía junto a sus carnes. Andaba de continuo dolorosa y toda llagada y muy alegre y consolada, porque tenía de continuo dolores que ofrecer al Señor en reverencia de los que padeció por nos redemir y salvar. Cuando trabajaba dábase mucha prisa porque los dolores y heridas fuesen mayores. Siempre esta sierva de Dios ofrecía tres cosas a Dios: trabajo corporal, hecho muy alegremente con la caridad del prójimo; la segunda, sacrificio de sangre y dolores, que le causaban las cosas ásperas y crueles que traía junto a sus carnes; la tercera, los pensamientos siempre puestos en Dios y en las cosas celestiales. Hacía también siempre muy ásperas disciplinas, dándose con muy gruesos cordeles; dados en ellos muy grandes nudos, dábase con estos tan cruel y despiadadamente hasta que salía sangre y se hacía muy lastimosos cardenales y heridas. Tenía tan gran silencio que nunca hablaba palabra que no fuese de Dios o que no la pudiese excusar. Andando por casa o haciendo labor de manos, dábase secretamente en los merecillos de los brazos, y en cualquier parte de su cuerpo que ella podía, muy recios pellizcos. Y cuando había de hacer algún trabajo al fuego o al horno, se destocaba y arremangaba mucho los brazos por hacer penitencia y quemar sus carnes y ofrecerlas a Dios en sacrificio; y el día que no hacía alguna cosa destas, no se tenía por digna de comer el pan ni de hollar la tierra que Dios había criado. Era tan amiga de oración, silencio y recogimiento, que buscaba siempre como estar en larga y fervorosa oración y para esto parecíale que el silencio y reposo de la noche era tiempo muy convenible, y cuando la gente estaba recorrida y dormiendo, quedábase ella en la cámara donde dormía, rezando. De que veía muerta la candela en el tiempo de las noches frías y largas del invierno, para hacer mayor penitencia se desnudaba delante de unas imágenes, quedándose en el silicio muy áspero [515] que continuo traía, y ansí estaba de rodillas en oración hasta que sentía que la gente de unas dos o tres criadas de casa con quien ella dormía era ora que se levantasen: entonces por no ser sentida íbase a acostar. Y una vez aconteció, queriéndolo Dios ansí porque fuese conocida, que sus compañeras lo sintieron que se iba a acostar cuando quería amanecer, y sentían cómo iba muy fría, que solo el frío que llevaba en sus carnes las despertaba; y ellas le dijeron muchas veces que por qué no se acostaba cuando ellas, que qué hacía o dónde venía a tales horas. La bienaventurada respondió que alguna necesidad tenía de venir donde venía. Como ella continuase este ejercicio, díjolo una de ellas a su ama, la cual se angustió mucho y mandó a aquella criada que con cuidado y secreto viese dónde iba su sobrina a aquellas horas y qué hacía. Luego la noche siguiente, la criada, viendo que la sierva de Dios no estaba en la cama, acordó de ponerse a la puerta de la cámara donde dormían con intención de cerrarla, pensando que la bendita Juana de la Cruz había salido fuera. Y con este pensamiento llegó a la puerta y hallola cerrada, y como estaban a escuras no la vía y estaba en oración delante de las imágenes y pusose junto a la puerta por verla cuando fuese a salir; y estando allí por algún rato, oyola llorar y gemir, y la moza, por certificarse, quitose de la puerta y fuese adonde ella estaba en oración, descuidada que nadie la oía ni aguardaba, y fue a asir della y sintió cómo estaba de rodillas desnuda y envuelta en un áspero silicio. De lo cual la bienaventurada sintió gran tribulación por ser vista; y la criada, maravillada, disimuló por entonces y dijo a su señora cuán bienaventurada criatura era su sobrina y en cuán santos y provechosos actos la había hallado.  
[XLIII] Fue devotísima de la señal de la santa cruz y así tomó su advocación cuando hizo profesión.


Desta manera su buena vida fue divulgada y se conoció por todas las personas de la casa y aun por otras muchas, de lo cual ella recebía muy gran pesar y buscaba en su pensamiento dónde se podría apartar a poder hacer sus ejercicios sin ser vista; y acordose que en aquella casa de su tía en unos corrales había un palomar tapiado y sin tejado y tomó una Verónica en que ella tenía muy grande devoción y pusola en un pedazo de terciopelo, y doblada [516] traíala consigo, y todas las veces que podía se iba a aquel palomar y ponía la Verónica en una parte y con unas cadenas que ella tenía allá escondidas hacía muy ásperas disciplinas y andaba de rodillas, desnudas las rodillas sobre las guijas y cantos hasta que se le desollaban; y con muchas lágrimas y gemidos andaba desta manera con la más prisa que podía, considerando que iba por los lugares santos y por donde habían llevado a crucificar a Nuestro Señor Jesucristo. Y andando ella con esta contemplación, se le apareció Jesucristo Nuestro Señor apasionado como cuando llevaba la cruz a cuestas y la miraba sus ojos de misericordia. Un viernes santo quisiera ir a la iglesia y ver el monumento, y su tía no le dio licencia porque en aquellos tiempos no se acostumbraba salir las doncellas de casa, sino en los días de fiesta a oír misa. Y ida la tía y la demás gente a la iglesia, quedose ella en casa acompañada del dolor y compasión que aquel santo día representa y hincose de rodillas delante de un crucifijo con muchas lágrimas, compadeciéndose de lo que en tal día su Dios y Señor había padecido; y fue tanta el agua que de sus ojos manó, que mojó la tierra, y del dolor que sintía en su corazón cayó en el suelo como muerta; y estando con esta compasión vido la imagen del santo crucificado muy apasionado y llagado y aparecieron allí todas las insignias y misterios de la Pasión y las tres Marías muy llorosas, cubiertas de luto; y tantos fueron los misterios que allí vido y sintió y lo mucho que lloró y se traspasó su corazón, que quedó tal que parecía muerta, y su gesto tan difunto y desmejado que, cuando sus tíos y la gente de casa vinieron, se maravillaron mucho de verla tan demudada y le preguntaron qué le había acontecido y apremiaronla que comiese y no ayunase aquel día a pan y agua, y ella les suplicó no le quitasen su devoción, que muy bien podía ayunar y muy bien dispuesta se hallaba. Y viendo la humilde doncella cómo no se podía encubrir su virtud, dábanle pena tres cosas: la una, no tener tiempo y libertad para servir a Dios, como ella deseaba; la segunda, que era conocida de todos la gracia y mercedes que Dios le hacía; la tercera, el gran deseo que tenía de ser religiosa, no verle cumplido. De manera [517] que ya públicamente con muchas lágrimas y fervor lo pedía a su padre y tíos, los cuales nunca condencendían con su petición, y su tío que la había criado, como haciendo burla, le dijo: “Mi sobrina quiere ser monja por ser santa”. Y ella respondió con mucha humildad: “Pues si lo fuere por la gracia de Dios, rogare a Dios por v. merced”. Y por entonces no les importunó más, no perdiendo la esperanza que Nuestro Señor se lo había de otorgar, pues ella se lo suplicaba sin cesar; y con esta esperanza un viernes santo fuese al palomar y, entrando en él, puso la santa Verónica y sacó la cadena que tenía escondida y hizo una áspera disciplina, porque todas las veces que ella iba allí, primero se disciplinaba que hiciese oración; y hecha esta disciplina, hincose de rodillas y derramando muchas lágrimas empezó a decir mirando la santa Verónica: “O muy dulce Señor mío, suplico a Vuestra Majestad por reverencia de los misterios que hoy día viernes santo vos, mi Señor, hicistes y por los dolores y tormentos muy crudos que por me redemir y salvar padecistes, que me concedáis esta merced que muchas veces con importunidad he pedido: que merezca yo ser vuestra sierva en la religión y que esta merced no se me niegue en este santo día”. Y estando en esta oración la sierva de Dios, le fue revelado que había Dios oído su petición y recibido su buen deseo, y lo tomaba por obra muy aceptada y le placía de la recibir por esposa y concederle la religión, con condición que ella pusiese la diligencia que para alcanzarlo viese que había menester; y desde aquella hora buscaba y procuraba en su corazón cómo y de qué manera saldría secretamente, que ninguna persona la viese ir al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, que allí la alumbraba el Espíritu Santo fuese.  
[XLIV] Modo de vivir de soror Juana después de profesa.


'''Capítulo III'''
[XLV] Cómo repartía el tiempo.


'''Cómo esta bendita madre buscó manera para ir a ser religiosa'''
[XLVI] Ocúpase en oficios humildes en servicio de su comunidad.


Después de pasada la Pascua de Resurrección, como ya fuese cumplida en ella la voluntad del Señor para que fuese religiosa, acordó con su ayuda de tomar una mañana de madrugada unos vestidos de un primo [518] suyo, que ella tenía a guardar, y vistiose de hombre para salir sin ser conocida y irse al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, que es dos leguas de donde ella vivía, y de que estuvo bien aderezada de hábito de hombre, pusose encima los acostumbrados vestidos de mujer que ella solía traer y tocado que acostumbraba, y llamó a las mozas diciendo que era tarde y con ellas hizo los haciendas que otros días solían hacer. Y de que todos los de la casa le hubieron visto que su intento era este, porque descuidasen della por algún rato y ella pudiese irse sin que la siguiesen entrose aprisa en cierta parte y quitose los vestidos de mujer, y pusose un tocador de hombre en la cabeza y echose una capa en el hombro y una espada en la mano, y un lío que tenía hecho de sus aderezos de mujer tomole debajo del brazo y santiguándose comenzó su camino, el cual ella no sabía sino por oídas y caminando con mucho fervor. El demonio, que tenía mucho pesar desta obra, trabajó de la poner tentaciones y peligros por estorbarla, combatiéndola de muy recios temores de su padre y parientes y que no saldría con lo comenzado. La bienaventurada, como arrepintiéndose de lo que había comenzado, creciole el temor con tanto grado que le faltaron las fuerzas humanas y le temblaba todo el cuerpo, que no podía andar paso, de suerte que se hubo de asentar en el mismo camino muy desmayada, y estando ansí encomendándose con muchas veras a Nuestro Señor, suplicándole la quisiese ayudar y esforzar en tan grande necesidad para que ella pudiese acabar la obra comenzada, oyó una voz que le dijo tres veces: “Esfuérzate, no desmayes y acaba la buena obra que has empezado”; y no vido por entonces quién le hablaba, mas después supo por revelación que era su ángel custodio, con la cual voz se alegró y regocijó mucho y anduvo su camino. Ya que había andado buena parte d’él, sintió venir tras sí, aunque algo lejos, a una persona en un caballo, la cual era un hombre muy honrado, que tenía mucha gana de casar con ella y la había procurado y rogado; y como ella alzó los ojos y conoció que era el sobredicho mancebo, y viéndose sola en un campo y que por entonces no aparecía nadie, turbose su espíritu más de lo que se puede pensar, teniéndose por deshonrada y perdida; y alumbrada en aquella [519] sazón del Espíritu Santo, disimuladamente se apartó del camino antes que llegase cerca, y a él le cegó Dios de manera que no solamente no la conoció, ni aun el color de los vestidos de hombre que llevaba le parecieron a él de otra color, y cuando pasó por enfrente donde ella estaba, dijo en su corazón: “Mirad que cobardía de hombre, qué le había yo de hacer, que en viéndome se apartó del camino”. Y tornando a mirarla, vido el lío que traía debajo del brazo y dijo: “Algún sastre debe de ser, que viene de cortar o de coser de algunos destos lugares”. Y con este pensamiento se pasó el mancebo sin la conocer. La bendita virgen, viéndose libre de aquel tan gran peligro, hincose de rodillas y dio gracias a Nuestro Señor, y suplicó a Nuestra Señora la favoreciese en aquella su obra, y en esta oración fue muy consolada de Nuestro Señor y pasó adelante con su camino. Y aportó a un lugar que se llama Casarrubuelos, y por la mucha fatiga y cansancio del camino pidió en una casa un jarro de agua, y diéronsele y asentose a descansar, y puso la espada sobre un poyo y olvidosele allí; ya que era salida de la casa, tornó por ella y dijo: “O pecadora de mí, que se me olvidaba la espada”. Y estas palabras oyó la moza que salió a darle de beber y las dijo a las personas de aquella casa, diciendo: “Mujer es aquel que pidió el agua”; y no creyendo a la moza, no la siguieron. Y llegando al Monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, entró luego en la iglesia a hacer oración y ofreció su ánima y su cuerpo a Jesucristo, suplicándole la quisiese recebir en aquella santa compañía y congregación. Y de que hubo orado, como no había nadie en la iglesia apartose a un rincón della y quitose los vestidos de hombre y vistiose sus propios vestidos de mujer que había traído consigo, y de que fue aderezada de mujer fuese a la portería y recibimiento de la casa, en la cual estaba una imagen de Nuestra Señora de bulto, de mucha devoción y milagros, y hincándose de rodillas le dio gracias porque la había traído a su casa sin peligro de su persona y decía con mucha humildad a la santa imagen: “¿Qué servicio podré yo hacer por tan gran merced como esta? Suplicote, mi Señora, me des gracia que yo persevere en esta casa y viva en ella todos mis días”; de lo cual le certificó la imagen, y de allí fue a llamar a la puerta, rogando que la abriesen. Y [520] preguntole la casera de las monjas quién era o qué quería.  Respondió que era una doncella que quería ser religiosa. La casera le respondió: “Las que vienen a ser religiosas no vienen solas, que sus padres o parientes las traen”. La sierva de Dios le dijo: “Vine en hábito de hombre escondidamente, que de otra manera no viniera ansí, mas por amor de Dios me abrid para que me caliente, que como esta mañana llovió, tomome el agua en el camino y vengo cansada y muerta de frío; y por caridad me dé un poco de pan, que vengo muy necesitada, que si no queréis, no diré yo que me metáis allá para religiosa, que como vine ascondida, presto me hallarán menos mis parientes y me vendrán a buscar”. Y la casera la metió dentro en los aposentos y le dio de comer, siempre preguntándole y examinándole. Yendo la criada del monasterio a la iglesia y viendo los vestidos de hombre que había traído, pensó en su corazón no fuese varón que venía con alguna burla o engaño; pero ansí en los cabellos largos como en los pechos y gesto y en otras señales se certificó cómo era mujer; y luego la criada llegó al torno del monasterio y dijo que quería hablar a la abadesa, la cual le dijo: “Señora, aquí ha venido una doncella de hasta quince años y dice que es de Azana, y vino sola en hábito de hombre y parece que trae muy gran fervor de ser religiosa”. Y luego la mandó llamar y informose muy bien della y de su deseo, y después, aunque fingidamente, la reprendió porque había venido en tal hábito y de tal manera. Y la madre Juana de la Cruz le respondió con mucha humildad: “Señora, mi venida no ha sido sino con sola intención de servir a Dios y vivir y morir en esta santa casa y hacer todo lo que me mandaren y ser toda mi vida su criada”. Y la religiosa se despidió della y entró a las monjas y les dijo: “Hermanas, una doncella está aquí, que quiere ser nuestra hermana, creo que la trae Dios por milagro porque no sabía este camino ni vístole”; y les dijo y relató la manera de su venida y cómo decía palabras de mucha prudencia. Las monjas, oído lo que les dijo, dieron gracias a Dios y pidiéronle licencia para ir a verla y hablarla y ordenándolo la divina Majestad a todas les pareció tan bien cuando la hablaron, que se determinaron [521] de recebirla en su compañía, y antes que le diesen el hábito vinieron algunos de sus parientes muy sentidos y enojados de lo que había hecho, y ella les satisfizo diciendo que muchas veces les había dicho y pedido que había de ser religiosa y que Dios la había traído a aquella casa y que lo había de ser. Concertadas todas las cosas, dieron el hábito a la virgen con mucha solenidad y espiritual alegría en presencia de sus parientes. Comenzó a hacer vida maravillosa y muy provechosa para los que la veían y oían; su vestido era muy pobre y humilde, mucho más que el de las demás religiosas. Traía túnica de sayal y una saya muy vieja y remendada y el hábito lo mismo. Calzaba unos alpargates, y lo más del tiempo andaba descalza y ceñida con la más gruesa cuerda que podía haber, y en la cabeza una albanega de estopa y encima lo más despreciado que ella podía haber, y debajo de todo esto traía de secreto un muy áspero silicio, el cual nunca se quitaba día ni noche y otras muy ásperas penitencias que hacía. Deseaba tormentos y dolores, llagas y heridas, frío y cansancio y todas maneras de penas por amor de Dios. Y no solamente en el año del noviciado tuvo esta manera de vida, mas todo el tiempo que vivió guardó el silencio, que en todo el año del noviciado no le oyeron hablar palabra, sino era con la prelada o maestra, y esto siendo preguntada. Hacía penitencia con la boca, trayendo en ella ajenjos amargos por el amargor de la hiel y vinagre que dieron a Nuestro Señor; traía siempre en su memoria su Pasión de muchas maneras y también hacía otras penitencias con la boca, trayendo una piedra algo grande que le daba dolor. Otras veces tomaba en la boca agua y teníala tanto espacio dentro hasta que del dolor no la podía sufrir. Tomaba con los labios un candelero mediano, y teníale tanto rato por la parte donde se pone la candela hasta que le dolían las quijadas; pensaba ella que guardar silencio sin dolor no era grande servicio ante Dios. Eran sus ayunos muy perfetos y muchos, porque no solo acostumbraba desde su niñez a ayunar ordinariamente, comiendo una vez al día, más aun estar tres días con sus noches sin comer algún mantenimiento corporal, y no solamente ayunaba de comer, más ayunaba de sueño y tenía puesta [522] entre sí tal traza, y decía: “Pues las personas cuando ayunan no comen hasta medio día, y después de haber comido, una vez pueden tomar alguna refección de beber entre día y alguna colación a la noche, desta manera será bien ayunar del sueño hasta la medianoche y después la comida de medianoche serán los Maitines, y en la mañana en lugar de la bebida o colación tomar un poco de sueño corporal para sustentar la naturaleza”. Y para hacer esto bien tenía este orden. Como todas las religiosas acostumbraban dormir juntas en un dormitorio y en medio d’él tienen una lámpara encendida y cada una está por sí en su cama, llevaba también la bienaventurada una rueca a prima noche a su cama, y cuando veía que todas las religiosas estaban dormiendo, tomaba su rueca y hilaba cabe su cama a veces en pie y a veces de rodillas en tierra, hasta que tañían a Maitines. Como esta virgen era tan cuidadosa de aprovechar en el espíritu, cuando trabajaba corporalmente enderezaba todos aquellos servicios o trabajos que hacía por la santa obediencia a Dios, y, contemplando decía entre sí que era su moza y esclava, que los platos que fregaba y todas las otras cosas pensaba que eran de oro y de piedras preciosas en que comía su Majestad. Cuando barría contemplaba que la escoba era un manojo de rosas y flores muy olorosas con que alimpiaba y adornaba sus estrados; y cuando guisaba de comer, contemplaba eran muy delicados y preciosos manjares para que comiese su divina Majestad y sus santos; y ansí lo ofrecía ella y desta manera y de otras muchas ofrecía sus trabajos corporales ante la Majestad Divina. Oyendo esta sierva de Dios leer en un libro llamado Floreto de santo Francisco, y oyendo cómo había mandado una vez a un fraile que fuese a predicar, sin capilla y desnudo, pensó entre sí: “Si el Padre San Francisco mandaba ir al fraile a predicar desnudo, no teniendo pecados, ¿cómo no iré yo a confesarme de los míos y desnudarme dellos, desnuda en carnes y hiriéndolas con piedra o palo a cada pecado que dijere? Encomiéndome a Dios y, a vos Padre S. Francisco, y sola la cuerda ceñida a mi cuerpo y cuello quiero ir a confesar como malhechora, y por tal me pregonaré ante Dios y mi confesor”. Y con mucha contrición [523] de sus pecados, entró en el confesionario y comenzose a confesar, hincada de rodilla con muchas lágrimas, y era tiempo de mucho frío y comenzó a dar grandes temblores del gran frío que sentía, de manera que no lo podía encubrir, y fue tanto que el confesor le preguntó que si estaba enferma, que de qué temblaba; respondió la bienaventurada que no estaba enferma, que temblaba de frío. Y acabada la confesión, salió del confesionario, y ella, que se empezaba a vestir y otra religiosa que iba a confesar, y vídola, y entró en el confesionario y dijo al confesor que riñese a Juana de la Cruz por tan ásperas penitencias como hacía, que había entrado a confesar desnuda con solo un silicio. Y el confesor le respondió: “Verdaderamente yo le sentí temblar y pensé estaba enferma y preguntéselo y díjome que no”. Y de allí adelante no solamente en invierno, más aun en verano le preguntaba cuando iba a confesar si iba cubierta, porque, si no, no la confesaría. Todas las veces que esta bienaventurada iba a confesar recibía el confesor singular consuelo en su ánima y dotrina maravillosa para enmienda de su vida, y no solamente él, mas todos los otros padres que la confesaron mientras vivió decían que de sus confesiones no solo salían ellos muy confusos, mas sacaban mucho aprovechamiento para sus almas. Decía, cuando era muy importunada de sus confesores les dijese lo que sentía en su espíritu, que más vergüenza tenía de contar las cosas de virtud y gracia que Dios le había dado que no de decir sus pecados, porque esto era de sí propria y lo otro era de Dios y de su misericordia. Era esta virgen muy prudente y de mucha discreción y capacidad y de mucha gravedad, tenía presencia de mucha autoridad, tenía piedad y admirable consejo y provechoso en las ánimas y a los cuerpos, de muy graciosa habla, de mucha mansedumbre; era mesurada en su risa y provocaba, a quien la oía y veía, a devoción: lloraba muy sereno y sin mucho clamor, salvo cuando se elevaba, que salía de sus sentidos, de algunos pasos de la Pasión, que entonces no era en su mano porque el Espíritu Santo, como dice San Pablo, pide por nosotros con gemidos, que no se pueden contar, siendo esto efecto del Espíritu Santo en nosotros. Ansí obraba [524] grandes maravillas en esta religiosa y le hacía dar algunos devotos suspiros o decir algunas palabras del paso y misterio que estaba contemplando. Era de mucha cortesía y muy grande crianza y muy humilde en todo, y holgaba más de hacer a cualquier persona demasiada reverencia y honra que no de menos: era igual a todos, tratando a cada uno según su estado y manera; era de mucha verdad, y lo contrario ni aun en burla no lo decía; era muy secreta y callada en todas y cualesquier cosas que le eran dichas y descubiertas en secreto: de tribulaciones, tentaciones y angustias y cosas de cualquiera otra calidad. Fue remediadora de muchos grandes males y daños, y libradora de grandes peligros presentes y por venir; era de tan gran santidad que jamás perjudicaba sus prójimos ni los agraviaba, aunque fuese de burla. Llegándose a ella las monjas de su convento, rogáronle que les dijese cómo harían oración que fuese agradable a Dios. La cual dijo: “Doy os por consejo, señoras, que no ofrezcáis solo a Dios un sacrificio, más tres, o cuatro, o más, si pudiéredes, porque cada hora podría cualquier persona ofrecer a Dios tres sacrificios principales, que son estos: el primero, la afección y contemplación muy viva, hecha dentro en el corazón y alma; el segundo, oración vocal y gracias y loores a la Divina Majestad; el tercero, alguna penitencia, golpes y heridas dadas secretamente; y aún para desechar la acidia se puede añadir la labor de manos, y habiendo soledad y tiempo suficiente es bueno haber lavatorio y fuente de lágrimas lloradas de contrición de los pecados o por compasión de la muerte de Nuestro Señor, y entonces podrá cualquier persona dar cinco sacrificios ofrecidos en reverencia de las cinco llagas, y cuando esto no se pudiese hacer tan secreto, podrá ofrecer tres en reverencia de la Santísima Trinidad sin ser visto ni sentido de ninguna persona”.  
[XLVII] Imita en la suma pobreza a san Francisco.


'''Capítulo IV'''
[XLVIII] No obraba cosa alguna de su propia voluntad, sino comunicando cuanto hacía con sus confesores y debajo de su consejo y obediencia.


'''De cómo esta bendita virgen comulgaba espiritualmente'''
[XLIX] Perfecciones personales de soror Juana.


Procuraba esta madre de, en amaneciendo, ahora estuviese en el coro, en los oficios divinos o en otra cualquier parte o en ocupación [525] o trabajo corporal, de aparejarse para comulgar espiritualmente, pues no podía recebir el Santísimo Sacramento cada día y hora como ella deseaba; porque era tan devota del Santísimo Sacramento del altar y de le gustar continuo que nunca otra cosa quisiera hacer día y noche, sino hartar su alma deste manjar del Cielo. Y por el mesmo Señor fue revelado a todas las monjas del convento por palabras que la oyeron estando elevada, enajenada de sus sentidos: que tanto era el gozo y gusto que esta bendita sentía en el Sacramento que comulgaba y recebía a Dios espiritualmente y sentía gran favor del Señor y consolación de su alma, y daba las gracias a Nuestro Señor por tan copioso beneficio.  
[L] Su discreción y conversación admirable.


Estando esta bendita en la casa de la labor, víspera de los apóstoles S. Pedro y S. Pablo, vido una visión de todos los doce apóstoles, como cuando uno acaba de espirar, y luego vido doce sepulcros abiertos y muy hermosos y que salían dellos los doce apóstoles vestidos de blanco y ellos más albos que la nieve, y levantábanse puestas las manos como que adoraban al Señor y le daban gracias; y ella muy maravillada desta visión deseaba saber por qué parecía que salían los santos apóstoles de los sepulcros como difuntos, estando ya todos en el Cielo glorificados y no habiendo muerto ninguno dellos de su muerte natural, mas de muy crueles martirios por amor de Dios. Estando en este pensamiento y deseo, vido todos los apóstoles vestidos muy ricamente, coronados y cubiertos todos de pedrería y muy alegres y gloriosos, y Nuestro Señor en medio de ellos, dándoles muy grandes premios y gozos y galardones por los trabajos y buenas obras que por su amor estando en el mundo habían hecho. Ansimismo le fue mostrado cómo levantarse los santos apóstoles de los sepulcros era significación que todos habemos de ser muertos y resucitados cuando Dios nos llamare a juicio; y cómo Nuestro Señor Jesucristo hace fiesta y llamamiento en el Cielo de todos los santos apóstoles juntos el día que es fiesta de cualquiera de ellos; y cómo la Iglesia militante, ansí como la triunfante, los días de las tales fiestas siempre hacen memoria de los martirios y muerte de los santos que padecieron por amor de Dios y de la vida eterna y bienaventuranza [526] que por ello les da el Señor, y a todos y cualesquier órdenes de santos y santas, cuando es fiesta de uno o de una en especial, junto con él a todos los de aquella Orden les hace fiesta en general. Decía muchas veces que, cuando comía o bebía, tomaba gusto en aquel manjar corporal porque sabía ella Dios era todas las cosas y en todas ellas le podía hallar, y con este pensamiento en contemplación que siempre tenía puesta en Dios, en cada bocado que comía y trago que bebía hallaba dulzura y gustos divinales. Muchas veces, estando comiendo se arrobaba en espíritu; y esto de arrobarse creció en ella tanto la gracia que adonde quiera que aquella gracia le tomaba se quedaba como muerta, aunque muy hermosa, ora fuese en el coro o en el refitorio o en otro lugar de la casa, a cualquier hora del día o de la noche que era la voluntad de Dios, y muy a menudo; y no estaba elevada poco tiempo, mas tres horas, cinco y siete y doce, y esto al principio de sus elevaciones. Y andado el tiempo diole Dios muy copiosa esta gracia, porque estaba elevada un día y una noche y algunas veces cuarenta horas. La primera vez que el convento vido elevada a esta religiosa, había siete años que estaba en el monasterio y todas las religiosas vieron en ella muy nuevas mudanzas porque la vieron propiamente como difunta, ansí en el gesto, ojos y labios, como en el descoyuntamiento de todos sus miembros, lo cual nunca más tuvo en semejantes raptos, antes en ellos estaba muy hermosa y colorada. Después que volvió en sus sentidos, importunáronla mucho las religiosas les dijese qué había sentido o visto en aquel rapto y ella por entonces no les dijo nada hasta saber la voluntad de Dios; pero pasados algunos días, de voluntad de Dios les dijo: “Señoras, quiero satisfacer a vuestro deseo, pues deseáis saber qué es lo que vi y sentí aquella vez que decís que estaba en el cuerpo muy demudada, a manera de muerta. Yo me vi en un lugar oscuro, donde hube mucho temor, y apareció allí un ángel que alumbró aquellas tinieblas y me dijo: ‘No temas’. Y me fueron reveladas muchas cosas, especial el favor que los ángeles hacían a los que están en el purgatorio hasta que, saliendo de allí, gozan de Dios. Este ángel tiene oficio de ayudar a las ánimas de purgatorio, yéndolas a visitar y consolar [527] por los merecimientos y Pasión de Jesucristo y méritos de su Santa Madre. Y muchas veces va a la ayuda y socorro de las ánimas y personas que están en pasamiento, llevando consigo otros muchos ángeles que le ayuden a defender aquella persona que en tan gran batalla está de tentaciones de los demonios, y las acompaña hasta que son juzgadas y tiene cuidado dellas hasta que estén en descanso y este mesmo oficio tienen otros muchos ángeles”. Estas y otras muchas cosas decía esta bendita a las monjas, importunada de ellas y con licencia de Dios notificadas por su ángel.
[LI] Buscaban todos sus consejos y doctrina.


'''Capítulo V'''
[LII] Humildad grande con que asistía a los oficios humildes.


'''De cómo esta bendita estando elevada hablaba'''
[LIII] Milagro singular en una cosa muy menuda.


Esta bendita virgen tuvo gracia de elevación, como queda dicho; el Señor la dotó de otra muy grande gracia y es que, estando ella ansí elevada en aquel rapto, enajenada de sus sentidos, hablaba divinas cosas, altísimas y de notable admiración, sobre lo cual se hicieron grandes experiencias para ver si cuando hablaba estaba en éxtasis o fuera de sus sentidos o de otra manera. La cual experiencia hicieron inquisidores que fueron de intento a esto al monasterio y los prelados de la Orden, monjas de su casa, y otras personas graves; las cuales todas conocieron y vieron que estaba alienada de sus sentidos cuando hablaba, también por las cosas que decía tan maravillosas y provechosas para las almas, ansí para las religiosas de su casa como para las personas de todos estados y condiciones y oficios mayores y menores que la venían a oír y gozar y aprovecharse de lo que decía. Oíanla frailes de todas órdenes, predicadores y letrados, canónigos, obispos y arzobispos, el cardenal de España don fray Francisco Ximénez y condes, duques, marqueses, y caballeros muy generosos y señoras, y de todos estados, ansí de hombres como mujeres que este misterio vieron y oyeron, y estuvieron presentes, y veían cómo esta bendita estaba vestida y tocada de religiosa, echada sobre una cama y sus brazos puestos a manera de persona recogida y el cuerpo como muerto (porque estuvo mucho tiempo tullida) y los ojos cerrados y el gesto [528] muy bien puesto, y muy hermoso y resplandeciente. Su habla era tan poderosa y de tan gran dotrina para la salvación de las almas, y reprehensible a los pecadores, que cuantos la veían y oían, por grandes letrados que fuesen, se maravillaban y quisieran estar tan vecinos y cercanos al monasterio que todas las veces que había estas pláticas la pudieran oír. La cual algunas veces duraba cinco, seis y siete horas. Era tan dulce a todos los que la oían que, aunque fuesen muy pecadores e incrédulos desta santa gracia antes que la viesen y oyesen, les parecía estuvieran tres días con sus noches oyéndola con mucho gusto. Los que eran incrédulos, ellos mesmos se manifestaban diciendo: “Incrédulo era de lo que decían desta bendita”; y cuando vino a ver si podía verla hablar tan bien y cuando acababa de hablar decía a cada uno la intención con que había venido. Y cuando parecía que hablaba con Dios, hacía grandes suplicaciones públicas y otras secretas, que nadie las podía ir; y hacía oración por sí misma y por todas las personas de la tierra y por todo el estado de la Santa Madre Iglesia, por los que están en pecado mortal y por los que están en penas de purgatorio. En estos raptos, que le duraron espacio de trece años, fueron tantos y tan altos los misterios que dijo y declaró que las monjas escribieron un libro que llaman el Luznorte.
[LIV] Hácenla enfermera, en que obra con mucha caridad.


'''Capítulo VI'''
[LV] Manifiesta su ardiente caridad con sus hermanas.


'''De cómo esta bendita tenía cuidado de las enfermas y de algunos casos maravillosos que le acontecieron'''
[LVI] Cobran las religiosas enfermas salud por su intercesión.


Había en el monasterio una monja enferma, que estaba ética y algo penosa y asquerosa, a la cual servía esta bendita venciendo con mucha alegría todas las cosas que se le ofrecían en el tal ejercicio de caridad, con el espíritu de su mortificación, por muy graves y repugnantes que fuesen. Vino a ella una religiosa, con mucho frío y dolor de estómago, y díjole: “Señora, por caridad que pidáis para vos un trago de vino, diciendo que lo habéis menester para algún dolor que tenéis y dármele heis a mí, que traigo un gran dolor de estómago y no lo oso pedir” (en aquel tiempo no sabían las mujeres qué cosa era vino) y ella dijo que lo [529] haría y, considerando que decir tenía dolor de estómago por entonces que no diría verdad, y dejarlo de pedir era falta de caridad, suplicó a Nuestro Señor por qué ella pudiese decir verdad y la religiosa recibiese refrigerio en su necesidad: Nuestro Señor lo proveyó de manera que esta bendita no mintiese. En la vida del Padre fray Pascual Bailón, cuyo cuerpo está en San Francisco de Villareal de Valencia, se cuenta d’él las grandes diligencias y trabajos que pasó por no decir una mentira ligera, que no pasaba de pecado venial, lo cual es contra tanto como en estos tiempos se miente porque no se sabe decir verdad. Y ansí sucede a los mentirosos lo que dice Aristóteles, que cuando digan verdad no los crean, aunque hay quien nunca la diga. Muchas veces aparecieron ánimas de difuntos a esta bienaventurada, pidiéndole hiciese diligencias con deudos suyos para que hiciesen obras satisfatorias y cumpliesen obligaciones que tenían para por estos medios ser libres del purgatorio, lo cual ella siempre hacía. Las cuales ánimas le tornaban a aparecer y le decían cómo eran libres de las penas de purgatorio y le daban gracias por haberlas ayudado.  
[LVII] Hácenla tornera y portera.


Vino a esta bendita un religioso muy tentado de que no rezaba las horas canónicas ni ninguna cosa de las que tenía obligación, diciendo que Dios no tenía necesidad de sus rogaciones; la cual hizo oración por él y le respondió: “Padre, verdad es que Dios no tiene necesidad de las oraciones de las criaturas que Él crió; empero, que todas las criaturas racionales que Él crió tienen necesidad de la ayuda de Dios y de le servir para agradarle: ansí como de necesidad y fuerza es obligado cualquier labrador pechero de pagar a su rey y señor el pecho que es obligado y le debe y si esto de su grado no lo hiciere, será castigado, ansí el religioso, si no pagare a Dios lo que le debe rezando las horas canónicas y lo que es obligado, será castigado de la mano de Dios”. Deseaba padecer muchos trabajos por Dios y suplicábalo a Nuestro Señor y ansí permitió que los demonios la azotasen muy crudamente y las señales le duraron mucho tiempo y la de uno le duró toda su vida. Y lo mesmo se cuenta haber sucedido al glorioso S. Gerónimo. También le dio Dios de ordinario un dolor [530] de cabeza que la atormentaba en gran manera y todo lo llevaba con gran paciencia. Era devotísima de la santa Cruz y enseñó a las monjas una adoración en esta manera: “Adórote, cruz preciosa; adórote, santa Cruz de Dios; adórote, santo madero; adórote, trono de Dios; adórote, escaño de sus pies con el cual justiciará y pisará los pecadores y les hará ver y conocer cómo solo Él es el Señor y Criador del Cielo y de la tierra y juez de los vivos y de los muertos; adórote, galardón de los justos por el cual se salvan y justifican; adórote, deleite de los ángeles; adórote, penitencia de los pecadores; adórote, tálamo de Dios, en el cual está puesta su corona real; adoro los clavos, tenazas, martillo, escalera y lanza; adoro al Redentor en ti puesto; adoro a mi Salvador; adoro su santo rostro; bendigo, glorifico y adoro sus santos miembros todos, desde las uñas de los pies y plantas hasta encima de la cabeza, que son los cabellos: adórote, árbol santo de la vera cruz”.  
[LVIII] Aparécesele en el trono el Niño Jesús.


'''Capítulo VII'''
[LIX] Aparición admirable de la Virgen santísima y su Hijo.


'''De la enfermedad que tuvo esta bendita madre'''
[LX] Favores que recibe soror Juana de la Virgen santísima por haber sido obediente.


Siendo súbdita y abadesa en el dicho Monasterio de la Cruz, habiendo adquirido al monasterio muchos bienes y posesiones de personas que tenían devoción a esta bendita madre, por cuyo respeto las daban, y habiendo tenido la sierva de Dios muchos trabajos, contrariedades y aflicciones, ordenándolo Dios ansí para que fuese probada su paciencia y virtud, últimamente tuvo grandes enfermedades, sin poderse levantar en mucho tiempo de la cama, donde siempre trabajó, exhortando con palabras a las que la veían al temor y amor de Dios; y para los ausentes tenía una monja que escribía muchas cosas, concernientes y ordenadas todas al bien de los prójimos. Y estando en la cama enferma tuvo grandes consuelos espirituales y revelaciones misteriosas, secretos grandes del estado de la Iglesia, de los que están en purgatorio y otros muchos secretos, los cuales Dios le revelaba. Apareciole muchas veces Nuestra Señora y consolola. Su santo ángel custodio le hablaba muy de ordinario y fue cosa maravillosa la gran familiaridad que con él y otros ángeles, de quien era muy devota, [531] tenía, y las admirables revelaciones que tenía del Señor. Siendo esta virgen ya muy labrada como piedra para ser puesta en el edificio de la ciudad santa de Jerusalén, llegose el tiempo de su glorioso tránsito.  
[LXI] Otra aparición de la Virgen santísima.


'''Capítulo VIII'''
[LXII] Es muy devota del Santísimo Sacramento de la Eucaristía.


'''De un caso prodigioso que sucedió a esta sierva de Dios'''
[LXIII] Milagro notable.


Un viernes santo, habiendo estado toda la mañana en un rapto, volvió en sí estando diciendo la Pasión, y fuese al coro e iba llorando y descalza; y porque no podía andar ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena y dolor. Y viéndola las religiosas entrar en el coro, fuéronse para ella, preguntáronle cómo iba de aquella suerte. Respondió que le dolían mucho y los pies y no podía andar con ellos; y mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, no con llagas abiertas, sino unas señales redondas del tamaño de un real y muy coloradas, de manera que parecían por las palmas de las manos que estaban impresas. Tenían estas señales muy suave olor y la bendita lloraba de los dolores que tenía en aquellas señales. Y también las religiosas lloraban y tomáronla en sus brazos y lleváronla a su celda; y era tan grande el fuego que tenía aquellas señales que las religiosas le ponían paños mojados en agua fría y en muy breve espacio se enjugaban del gran fuego que de allí salía, y muy a menudo se los tornaban a poner mojados. Ella mesma se soplaba las palmas de las manos por mitigar el gran fuego y dolor que padecía. Y preguntándole las religiosas qué era aquello, respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía que había visto a Jesucristo Nuestro Señor crucificado, que llegándose a ella había juntado sus manos con las suyas y puesto sus pies con los suyos; y que luego había sentido gran dolor en su espíritu y gran sentimiento en sus manos y pies, que eran tan recios que no los podía sufrir. Tuvo estas señales tan maravillosas y crecidos dolores desde el día del Viernes Santo hasta el día de la Santa Ascensión. Y esto no continuo, sino los viernes, sábados y [532] domingos, tres días arreo, hasta la hora que Cristo Nuestro Señor resucitó; y desde aquella hora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta santa cómo no podía encubrir estas preciosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio, pues ya se publicaba, y el confesor del monasterio y las religiosas d’él las habían visto, suplicó a Nuestro Señor muy afectuosamente que en ninguna manera su Divina Majestad permitiese que en ella su indigna sierva pareciese ni tuviese tal tesoro ni tan ricas joyas, que no era digna de ellas ni quería tal don, pues no le podía encubrir, y nunca cesó de hacer esta súplica, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcanzó del Señor. Y en la oración oyó una voz del Señor que le dijo: “Mucho me ruegas e importunas que te quite ese don que te he dado, yo lo haré; y pues no has querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y ansí le fue otorgado del Señor no tener más aquellas señales, pero en su lugar le dio Dios muchas enfermedades y trabajos.  
[LXIV] Ábrese una pared muy gruesa para que soror Juana viese la hostia consagrada al tiempo de la misa mayor.


'''Capítulo IX'''
[LXV] Permanecen hoy señales de este milagro.


'''De cómo esta bendita pasó de esta vida'''
[LXVI] Comunica a su ángel custodio con mucha frecuencia.


Siendo esta bendita de edad de cincuenta y tres años, los cuales había vivido muy bien y muy ejemplarmente a honra y gloria de Dios y salvación y mérito de su alma y aprovechamiento de sus prójimos, vivos y difuntos, como su historia da testimonio dello, quiso el poderoso Dios que después de la Dominica del Pastor, año de 1534, se le agravasen a esta sierva de Dios sus enfermedades, sobreviniéndole otra de nuevo, la cual fue que no pudo orinar en catorce días, y publicándose su enfermedad entre algunas personas muy generosas, devotas suyas, fue luego proveída con mucho deseo de su salud de médicos y de las cosas necesarias para su cura. Y los médicos juntos y concentrados le hicieron muchas y grandes experiencias, y ella, tomando por la consolación de las monjas que se lo rogaban todo lo que los médicos le mandaban, aunque era contra su voluntad, y algunas veces con rostro como de ángel y semblante muy gracioso [533] que reía con las monjas y les decía palabras de muy grande amor y también a los médicos, se mostraba muy agradecida a su trabajo. Y viendo ellos que su mal iba empeorando y que era mortal, dijéronlo a las religiosas, las cuales con muchas ansias comenzaron a invocar la misericordia de Dios haciendo oraciones y derramando muchas lágrimas y sangre, haciendo procesiones con gemidos y sollozos, que parece querían expirar, suplicando a Nuestro Señor no quisiese su Majestad quitarles tan grande amparo, consolación y ayuda para su salvación como tenían en la madre Juana de la Cruz. La cual con muy grande fervor pidió le trujesen su confesor, que se quería confesar y aparejarse para morir, y ansí lo hizo, que confesó y comulgó con admirable devoción y se despojó como muy pobre y perfecta religiosa, y pidió la extremaunción; y todos los días que estuvo enferma de la enfermedad que murió, no pasó noche que no se arrobase, pero no le fue descubierto el secreto de su muerte hasta tres días antes de su bienaventurado fin. Y aunque con mucha flaqueza, no faltándole caridad y compasión de sus hermanas, contoles algunas cosas de consolación que en sus raptos había visto. Y acercándose el día de su glorioso fin tuvo una revelación jueves en la noche, vigilia de los apóstoles San Felipe y Santiago, en la cual conoció que era la voluntad de Dios llevarla desta vida; y súpolo en espíritu, por cuanto aquella mesma noche estuvo elevada desde las once hasta la una, y en esta elevación vido a los gloriosos apóstoles San Felipe y Santiago. Y hablando con su santo ángel le dijo viese cuál estaba y le suplicaba rogase al Señor por ella y por las religiosas de su casa y por sus hermanos y parientes y amigos y por todas las personas que a ella se encomendaban; y la respuesta fue: “Bienaventurados son los que viven y mueren en Dios y malaventurados se pueden llamar los que viven fuera de Dios; esfuérzate y ten paciencia, y encomiéndate a Dios y confórmate con su santa voluntad, y arrepiéntete de tus pecados y de las cosas que pudieras haber hecho en su servicio y no las has hecho”; la cual dijo: “Tan tarde me lo decís”. Y respondió: “No es tarde, que tiempo tienes para lo poder hacer; tú, amiga de Dios, confórtate [534] con todo lo que Nuestro Señor quisiere hacer de ti y suplica a su Divina Majestad se cumpla en bien y salvación tuya la sentencia que está dada, y tiempo es ya, amiga de Dios, de gozar de las cosas prometidas y a Dios pedidas y por Él otorgadas”. Y suplicó esta madre a los gloriosos apóstoles San Felipe y Santiago rogasen a Dios por ella, que no deseaba la muerte por impaciencia, sino muerte con penitencia, contrición y arrepentimiento de sus pecados, y que fuese en ella cumplida la voluntad de Dios. Los santos apóstoles le dijeron: “Ansí tiene de ser para ser la muerte buena y inocente y sin pecado, y ahora es tiempo de padecer los penitentes y amigos de Dios para que después gocen de los gozos del Cielo”. Todo esto pasó estando esta sierva de Dios elevada, y tornando en sus sentidos llamó a una religiosa parienta suya, que desde niña se había criado en el monasterio y ella le tenía mucho amor, y díjole: “Hágoos saber, hermana, que según me ha sido revelado he visto que es la voluntad de mi Señor Jesucristo que muera desta enfemerdad, de lo cual yo mucho me he consolado”. Y contole la sobredicha revelación y díjole muchas cosas de gran dotrina, aconsejándola tuviese paciencia y se conformase con la voluntad de Dios. Y luego, viernes por la mañana, día de los apóstoles San Felipe y Santiago, entrando el médico a visitarla, dijo que le quería hablar en secreto y, llegándose cerca de su cama, le dijo: “Señor, ruégoos por amor de Nuestro Señor que no me curéis ya más ni hagáis algún beneficio, porque yo sé que tengo de morir desta enfermedad y todo aprovechará poco, sino es darme más tormento; y paréceme que todo mi cuerpo le meten en un grano de mostaza y allí le aprietan según que yo siento”. Y ansí estuvo todo aquel día con alguna fatiga causada por la enfermedad. Y como se divulgase mucho que estaba tan al cabo de su fin, muchas señoras generosas deseaban estar presentes a su glorioso tránsito y ansí lo pusieron por obra; y no todas llegaron a tiempo, a causa que algunas venían de lejos, sino fue una muy ilustre señora muy devota suya que se llamaba doña Isabel de Mendoza, hija del conde de Monteagudo, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, que llegó a tiempo [535] y estuvo presente a todas las cosas y maravillas que pasaron en su bienaventurado tránsito y tuvo muchas lágrimas de devoción. Y esta señora, después de viuda, fue monja en el Monasterio de la Concepción de la Puebla de Montalván.
[LXVII] Flores que recibe de su ángel custodio.
El mesmo día de los apóstoles, antes de vísperas, estando en sus sentidos, vido algunas cosas, las cuales ella no dijo claramente, aunque mucho se lo importunaron y rogaron. Este mesmo día, ya que quería anochecer, le dieron la santa unción, la cual recibió con muy gran devoción, y desde a un rato dijo con gran gemido y contrición: “Ay, ay de mí, cómo me he descuidado”. Pasada una hora, después de recebida la santa unción, le sucedió una indisposición, que pensaron era desmayo, y viéndolo el médico dijo que no tenía pulsos, que verdaderamente se moría, y estuvo ansí un rato; y tornando sobre sí, comenzó a hablar con buen semblante, en lo cual conocieron había sido arrobamiento. Y destos tuvo muchos aquella noche y empezó a hablar, diciendo lo que había visto, como quien responde a lo que le decían, y parecía a todos los que la veían que lo que hablaba eran respuestas que daba a quien hablaba, e dijo como persona muy admirada: “O, qué cruel espada, tenédmele, tenédmele, no me mate con ella”. Y ansí estuvo sosegada un gran rato en silencio, como persona que veía grandes cosas. Y después dijo con gran sosiego y manera pacífica: “Tened ese cuchillo, tenedle”; y alzando un poquito la voz, decía: “Llamádmela, llamádmela que se va”. Y preguntándole a quién habían de llamar, respondió: “A la santa Madalena”; y diciéndole qué Madalena, dijo: “La que estuvo al pie de la cruz, que viene del sepulcro”; y decía: “Ay, ay, amiga de mi alma”. Preguntándole si estaba allí la Madalena, respondió que sí; y de rato en rato decía, a manera de mucho deseo: “Pues vamos, Madre de Dios, vamos”, y esto decía muchas veces; y algunas veces añadió: “Vamos a casa, vamos, Madre de Dios, que es tarde”. Y con manera de ahínco y esfuerzo fervoroso decía: “Echalde de ahí, echalde de ahí, ¿por qué me dejáis?”; y parecía que estaba angustiada y que peleaba con el demonio y para esta pelea la dejaron sola; la cual venció poderosamente, según pareció la plática que ella tenía con el demonio, [536] que ansí como Dios le dio gracia de fortaleza que en su vida le venciese, ni más ni menos en la hora de la muerte no la desamparó, que maravillosamente quedó vencedora. Y volviendo la plática a las religiosas, dijo: “Señoras y hermanas mías, levantadme de aquí, daré mi alma a Dios en sacrificio”. Dende a poco comenzó a decir apriesa, como quien habla con otras personas: “Buscádmele, buscádmele a mi Señor, ¿por qué me le llevastes?, dejádmele ir a buscar, aunque estoy descoyuntada”; y con gran fervor decía: “Mi Señor, la misericordia sobre la justicia: Jesús, y qué angustia”. Y muy fatigada, volvió el rostro a las religiosas, e díjoles: “Amigas, ayudadme a rogar”; y dijeron: “Señora, ¿qué quiere que roguemos y pidamos?”. Respondió que misericordia y piedad, que la misericordia era sobre la justicia. El médico que la curaba, viendo todas estas cosas, dijo con gran devoción y lágrimas: “Bienaventurado colegio que tal alma como esta envía el Cielo; por cierto, señoras, creo yo que serán mayores los favores que desta bendita recebirán desde el Cielo que los que han recebido en la tierra, aunque han sido muchos”; y respondió la bienaventurada: “Podrá ser”. Y todo esto pasaba estando sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo, y estándola todos mirando empezó a mascar, como persona que comía con mucho favor, y cesando le dijo el médico: “Señora, parece que come”. “Es verdad”, dijo ella, “sí”. Tornándole a preguntar  que quién se lo había dado y qué era, respondió que cierto manjar, y dijeronle: “con tal manjar muy esforzada estará”, y dijo: “Sí, estoy”. Y tomándole el médico el pulso dijo que se le había tornado muy esforzado y grande, que parecía de nuevo le habían dado vida porque había más de cuatro horas que estaba sin él y desde el día de los santos apóstoles no había pasado ninguna sustancia. Y después de todo esto comenzó a decir con muy alegre gesto: “Amigas mías y señoras mías, llevadme, llevadme”; y entendieron que hablaba con santas vírgines; y de a poco rato dijo con gran reverencia: “O, Padre mío”, y las religiosas pensaron que lo decía por el glorioso Padre San Francisco. Y cuando esto pasaba, ya venía el día y era sábado, y todos los que allí habían estado aquella noche, ansí a las religiosas como a las personas de otra manera, no se les hizo o pareció ser aquella [537] noche una hora. Estando ansí esta sierva de Dios, dijo: “Ea, pues, Jesús, vamos de aquí”; “vamos presto, Señora mía”; “vamos, vamos mi Redentor”. Entonces las religiosas se levantaron con muchas lágrimas y grandes sollozos y le besaron las manos con mucha devoción y ella las bendijo presentes y ausentes. Y tornó a decir: “Vamos, vamos, Redentor mío, vamos de aquí”. Y llegándose el médico a esta bienaventurada y hablándola, recibió el aliento que de la boca le salía y dijo a los que allí estaban no podía conocer ni alcanzar qué olor fuese, salvo que olía muy bien, de lo cual estaba admirado porque hasta aquella hora había tenido mal olor en el aliento, que le procedía de la corrupción de los humores, y entonces le tenía bueno. Y todos los que estaban allí que oyeron esto al médico se allegaron con mucha devoción y, recibiendo el huelgo, conocieron no ser de los olores deste mundo, y toda su persona estaba con grande olor y hermosura. Y desde el sábado a la tarde hasta el día siguiente domingo después de vísperas, día de la Invención de la Santa Cruz, no habló; y antes que entrasen por la puerta de su celda se olía los maravillosos olores que de ella salían.


'''Capítulo X'''
[LXVIII] Sus raptos y éxtasis son muy continuos.


'''Del tránsito'''
[LXIX] Señales exteriores que se veían en soror Juana al tiempo de estar en éxtasis.


Siendo la hora de las seis, después de mediodía, domingo día de la Santa Cruz, año de 1534, día en que la sierva de Dios nació y entró en la religión, acompañada su ánima de muy buenas y perfetas obras, y ansimismo su cuerpo acompañado de religiosos de su Orden y de todas las monjas de su casa, las cuales con candelas encendidas en las manos, y los padres leyendo la Pasión, dio esta sierva de Dios el alma en manos del poderoso Dios que la crió y redimió, quedando su gesto con hermosura y compostura admirable, quedándole la boca muy buen puesta, a manera de quien se ríe. Y admirados los padres que allí estaban, con gran reverencia llegaron a mirarle los ojos, y alzando los párpados vieron que no los tenía quebrados, sino con aquella hermosura que los tenía cuando era viva, y ansí como agradó con ellos mucho a Dios, permitió en la hora de su muerte que no se le quebrasen, en testimonio de las buenas obras que con [538] ellos había hecho; de lo cual todos se maravillaron mucho y dieron gracias a Nuestro Señor por las grandes maravillas y mercedes que con sus fieles amadores hace. Como acabó de expirar, allegáronse con grande ansia todas las religiosas, llorando lágrimas muy dolorosas a ver y besar el cuerpo, y como se cercaron a él, eran tan grandes los olores que d’él salían y tan subidos que no se podían comparar  con cosa desta vida, y las religiosas que tocaron el cuerpo les quedó por muchos días muy admirable olor en sus personas y manos y en cualquier cosa que se le ponía encima, y le tuvo en su persona y hábito todo el tiempo que estuvo por sepultar, que fueron cinco días. Y aderezado el cuerpo, la abadesa y monjas del convento, con candelas encendidas y rezando, le llevaron al coro y allí le fue dicho el oficio muy solenemente, y estuvieron aquella noche con él acompañándole con mucho dolor de lágrimas, y con ellas la dicha señora doña Isabel de Mendoza, que con mucha devoción se halló a su tránsito. Y divulgándose cómo ya era pasada desta vida esta sierva de Dios Juana de la Cruz, concurría mucha gente de toda la comarca con gran deseo de ver su cuerpo. Ansimismo vinieron muchos padres de la Orden a hacer sus exequias y enterramiento, y como la gente era tanta, daban licencia a algunos que entrasen en el monasterio; los cuales, cuando veía el cuerpo y olían los olores que d’él salían, daban muchas gracias a Nuestro Señor, derramando lágrimas de devoción.  
[LXX] Tuvo don de hablar diversas lenguas.


'''Capítulo XI'''
[LXXI] Enmudece por algún tiempo.


'''Cómo sacaron el cuerpo desta sierva de Dios para que la gente le viese''' 
[LXXII] Restitúyele el habla.


El día siguiente lunes, como fuese casi hora de vísperas y todos los campos estuviesen llenos de gente, clamando que les mostrasen el cuerpo que se le dejasen tocar, los padres que allí se hallaron, por satisfacer a su devoción, tomaron el cuerpo y sacáronle fuera con mucha reverencia, donde todos le pudiesen ver; y viendo la gente cómo le sacaban, eran tan grande los clamores y gemidos que todos daban con muchas lágrimas que se oían muy lejos de allí; y llegando todos a prisa, los religiosos que guardaban el cuerpo no consentían [539] tocasen sino en el hábito; y sintiendo el muy suave olor que del cuerpo salía, con mucha admiración daban gracias a Dios y ponían encima rosarios y otras cosas que traían, en las cuales se pegaba el mesmo olor. Y consolada la gente, tornaron el cuerpo al monasterio a hora de Completas; a la cual hora llegaron correos de grandes señoras rogando que detuviesen el cuerpo hasta que ellas le viesen y ansí se hizo. Y hecho el oficio, los religiosos se fueron a sus monasterios y dejaron el cuerpo por enterrar y ansí estuvo por cinco días, no perdiendo el buen olor que d’él salía. Y venidas las señoras, a cuya instancia el cuerpo estaba detenido, viéronle y tocáronle y se consolaron mucho de ver las maravillosas que Dios mostraba en él. Pareció era bien porque la gente gozase desta reliquia, se enterrase en la Iglesia y capilla del Santísimo Sacramento, pero las religiosas no consintieron sacar el cuerpo del monasterio y hubieron de entender en ello los prelados, y húbose de hacer lo que las monjas querían porque era más justo, y pusiéronle en una parte donde las religiosas comulgaban, en un hoyo pequeño, cuanto cupo el ataúd, encima cubierto con yeso; en el cual lugar el tiempo que allí estuvo manifestó Nuestro Señor la santidad desta su sierva, sintiendo muy suaves olores.  
[LXXIII] Tiene don de predicar y concurren varias gentes a oírla.


En la ciudad de  Almería había una grande religiosa, que tenía revelaciones muy verdaderas y el Señor le comunicaba muchos secretos: llamábase María de San Juan, natural de la villa de Casarrubios del Monte, la cual con otras había ido al Monasterio de Torrijos a fundar al Monasterio de la Concepción de Almería, en tiempo de doña Teresa Enríquez, señora de Torrijos. Y esta religiosa María de San Juan tenía gracia de arrobarse, y las dos se habían hecho hermanas espirituales y se comunicaban mucho. Y yendo dos padres de la Orden de S. Francisco, que el uno de ellos había sido provincial de la provincia de Castilla, persona de mucha autoridad y letras, a tratar y negociar con la madre María de San Juan, a un mes que había pasado desta vida la madre Juana de la Cruz, y preguntándole el dicho prelado, que le dijese del estado del ánima de la madre Juana de la Cruz, respondiole con mucha alegría: “Tiene tanta y tan grande gloria como el poderoso Dios les da a sus escogidos y los méritos [540] de la madre Juana de la Cruz merecían”. Y contó cómo el día de San Juan Evangelista, a seis de mayo, tres días después de la Invención de la Cruz, día en que la madre Juana de la Cruz pasó desta vida, se la mostró Dios muy diferente de cómo la solía ver y que, admirada de aquello, le fue respondido que ya estaba desatada de las cadenas de la carne y en gloria para siempre, y que Dios dio lugar que la hablase y le dijo que había tres días que había pasado desta vida y en ella había tenido su purgatorio, y que no le dieron lugar para que le dijese más y quedó ella muy consolada.
[LXXIV] Tiempo que le duró esta gracia.


Algunos años después, se hizo un arco muy bien labrado en una pared que divide la capilla mayor del claustro del monasterio por la parte del evangelio, y se puso una reja muy bien labrada, toda dorada muy fuerte y recia, que cae a la parte de la capilla, y por la parte del monasterio se pusieron unas puertas muy fuertes y allí trasladaron el cuerpo de esta sierva de Dios, el cual pusieron en una caja muy bien guarnecida por de dentro y por de fuera; y esta caja pusieron en una área muy grande, muy cerrada con diversas llaves y barreteada muy fuertemente; y ansí por la parte de la iglesia gozan della todos los que entran en la dicha iglesia y por parte de dentro la gozan las religiosas. Setenta años después que la pusieron en este lugar, dos reverendísimos generales de la Orden de San Francisco en diversos tiempos quisieron ver el cuerpo porque habían de ir a Roma y tratar con Su Santidad de su canonización, para lo cual se hacen diligencias; y, aunque con trabajo, la abrieron el arca, por estar muy barreteada por todas partes. Abrieron la dicha arca y el cuerpo fue hallado como si acabara de morir, sin tener ninguna parte resuelta; y estaba vestida de damasco pardo porque ciertas señoras que se hallaron a esta traslación la pusieron en aquella forma. Y por secreto que esto se trató, fue tanta la gente que acudió que, por condescender con la devoción de todos, mostraron el cuerpo por la reja de donde está tan entero como cuando murió. Repartidas algunas reliquias suyas, como de sus tocados y sobretocas, para repartir a señoras en la Corte y en otras partes, se tornó a poner con la mesma decencia y seguridad que antes; y siempre Nuestro Señor hace muchos [541] milagros y maravillas en aquella santa casa de Nuestra Señora de la Cruz.
[LXXV] Personas señaladas que concurren a oír los sermones de soror Juana.


Hase de advertir, que se dice en esta historia, que muchas personas seglares entraban en la clausura del monasterio a negociar con esta sierva de Dios, como es cuando estaba enferma, que no podía salir a los locutorios cuando se arrobaba; y también cuando, estando elevada y fuera de sus sentidos, entraban a oírla por las cosas grandes y maravillosas que de su boca salían y en la última enfermedad de que murió y después de muerta y en su entierro y en semejantes ocasiones. Digo que se ha de advertir que antes del Concilio de Trento los prelados podían dar licencia con causa que para ello ocurriese para entrar en los monasterios de monjas; y en especial las que por su estado no hacían voto de clausura, como son las monjas terceras, que, aunque guardaban clausura, era por vía de precepto, como se dice en el tratado de los terciarios; y ansí los prelados daban las sobredichas licencias.
[LXXVI] El emperador Carlos V la visita.


'''Capítulo XII'''
[LXXVII] A los hombres doctos los predica en latín.


'''De otras monjas que ha habido en este convento'''
[LXXVIII] Convierte a dos esclavas africanas predicándolas en arábigo.


Desta sierva de Dios Juana de la Cruz se hace memoria en el catálogo general que la Orden tiene de frailes religiosísimos y monjas a quien tiene gran reverencia y veneración, esta parte de su historia impresa en la tercera parte de la Crónica general de la Orden que compuso el reverendísimo Gonzaga siendo general della, remitiendo muchos milagros y otras cosas a que se vean en un libro, en el cual está todo autenticado. Y en la historia del Convento de Nuestra Señora de la Cruz se dice las personas insignes que con ella trataban y comunicaban sus negocios, las personas reales de grande autoridad que se encomendaban en sus oraciones, las gruesas limosnas que por su respeto hicieron al dicho monasterio; y desde entonces hasta ahora ha proveído Dios que en aquel monasterio haya habido monjas de grande espíritu y celo de la virtud, siguiendo los ejemplos y dotrina desta sierva del Señor. Ansí, todo el convento haciendo procesiones de ledanías que ella ordenó, y en particular la imitan monjas, guardando ayunos de pan y agua, no durmiendo en cama ni trayendo lienzo en el cuerpo y teniendo mucha [542] oración, entre las cuales hubo una muy noble, que se llamaba sor Ana de la Cruz, de la cual se cuenta que en más de cuarenta años no faltó de Maitines a medianoche, y después dellos se quedaba en oración hasta que venía el día y era hora de irse a su oficio, que era tornera, en el cual dio grande ejemplo. Otra, sor María de Sonseca hubo, que tiene mucho nombre de grande penitente y recogimiento. Y con esto es Nuestro Señor servido que esta casa sea de mucha devoción y acudan a ella tantas doncellas a querer ser monjas que, guardando el número que, conforme sus rentas, y haciendas pueden conservar, como lo manda el Concilio de Trento, muchas no se pueden recebir; y es mucho considerar que personas que pueden ser monjas en monasterios de grandes villas y ciudades, y de Corte, escogen más este para ser monjas estando en un desierto, trayéndolas Dios por la devoción que a esta bendita madre tiene. Y por la mesma razón, habiendo la Provincia muchas veces tratado y querido trasladar esta santa casa a algún gran pueblo, después que esto se ordenó en el Concilio de Trento, ha sido tan grande la instancia y tantas las súplicas y ruegos e intercesiones que las religiosas han hecho para que no las saquen de la casa donde vivió y murió la madre Juana de la Cruz, y adonde tienen su cuerpo, que no ha sido posible hacerse. Y esta devoción del lugar y monasterio es tan grande en toda la tierra que jamás faltan velas, enfermos y tullidos y de otras muchas enfermedades que velan y asisten donde está su bendito cuerpo; y muchos reciben grandes mercedes y beneficios de Dios Nuestro Señor, como parece por los ataúdes, mortajas, muletas, hierros de cristianos esclavos, los cuales han dicho que por la devoción que han tenido a esta casa milagrosamente han sido libres de cautiverio. Muchos cirios de cera y bultos de personas y otras cosas que allí llevan en señal y reconocimiento de los beneficios recebidos, de lo cual todo se toma fe y testimonio verdadero, y las paredes de la capilla mayor y iglesia deste monasterio están llenas de estas insignias y testimonios.  
[LXXIX] Al provincial de la provincia, que era vizcaíno, le predica en vascuence.


'''Capítulo XIII'''
[LXXX] Quieren algunos que la lengua vascuence sea primitiva de los antiguos o primeros pobladores de España. Lo más cierto es que fue lengua pro- [fol. 20v] vincial de los vascones, y que habitaban los Pirineos. Véase a Alderete, Origen de la lengua castellana.


'''En que se concluye esta historia'''
[LXXXI] Un inquisidor va desconocido a soror Juana.


En materia de milagros se debe advertir cómo se hacen, porque unas veces los [543] hace Dios súbita e instantáneamente y otras más de espacio y en tiempo, como consta de lo que San Marcos cuenta en el cap. 8., que, trayendo a Cristo un ciego, suplicándole que le diese vista, poniéndole las manos le preguntó que qué vía, y dijo que vía unos hombres como árboles que andaban, dando a entender que no vía  perfetamente. Donde Erasmo sobre el mesmo lugar dice que aquella palabra, ambulantes, tiene de ir con los hombres y no con los árboles, porque el árbol en el griego es neutro y no puede convenir con el ambulantes, que es como si dijera: “Veo andar los hombres como árboles”. Y segunda vez le tocó Cristo y vido perfetamente y con más perfección que si viera por naturaleza. Pues las obras de milagro, según todos, más perfetas son que no las naturales. Y ansí en este milagro se ve cómo Cristo no le hizo en un punto, como cuando Cristo entró en casa de San Pedro y su suegra estaba enferma de grandes calenturas y los discípulos le rogaron que la sanase, y mandó a la calentura que la dejase y en un punto fue sana: que son milagros que los teólogos llaman por otros términos, milagro en el modo, porque muchos sanan de calenturas, pero no en un punto. La razón desta diversidad de sanar Dios en un punto, o en tiempo, dicen algunos que es conforme la disposición que cada uno tiene para recebir aquel beneficio; y ansí unos le reciben en poco tiempo, otros en mucho. Y aunque esta razón es buena para que todos se dispongan para que Dios los sane en el alma, pues es dotrina cierta que a quien Dios sana en el cuerpo también sana en el alma, lo cual de ley común no se hace sin disposición, la razón de la diversidad de milagros es porque Dios es autor de la naturaleza, y el modo con que obra ese le dio Dios, la cual obra por movimiento, que no puede ser sino es en tiempo, sucediendo uno a otro, como se ve en la producción y obras de la naturaleza, como un hombre que nace niño y poco a poco con el tiempo se hace hombre, lo mesmo es en un árbol y en cualquiera otra cosa. Y para darnos a entender en los milagros, que es autor de la naturaleza, hace algunos poco a poco, procediendo como la naturaleza. Y también para dar a entender que es sobre naturaleza y no está atado a las leyes della, hace milagros en un punto, como es la resurrección de Lázaro y otros semejantes, la cual la naturaleza [546] no puede hacer. Lo mesmo pasa en las cosas espirituales porque, como dice el maestro de las sentencias, no ató Dios su virtud a los sacramentos de tal manera que no pueda justificar sin ellos, pues es sobre los sacramentos, aunque autor dellos.  
[LXXXII] Reconoce ser obra de Dios.


De lo dicho se entenderá la razón de estar algunas personas en los santuarios teniendo novenas, y otros treintanarios y otros más y menos, como acontece en este santuario de Nuestra Señora de la Cruz, que unos sanan de sus enfermedades a tres días, otros a cuatro, otros a nueve, y otros a más, y otros a menos y otros en llegando; lo cual todo resulta en honra y gloria de Dios, de quien son las maravillas y milagros. Si es según la diversidad de disposición de cada uno, de Dios es la disposición; y ansí a Él se debe la gloria; si es porque se quiere mostrar hacedor de la naturaleza y sobre ella todas las criaturas, cada uno en su modo le alabe y glorifique. Y también acontece que algunos no alcanzan el beneficio que desean y esto porque les conviene mejor la indisposición que tienen, que no su pretensión, como se cuenta del glorioso apóstol S. Pedro: que santa Petronilla su hija estaba tullida en una cama, yendo S. Pedro con unos discípulos suyos a comer le dijo que se levantase y les aderezase la comida, y acabado de comer dijo que se volviese a la cama tullida, y los circunstantes dijeron a S. Pedro que quien daba salud a tantos y libraba de tantas enfermedades por qué consentía que su hija estuviese de aquella manera, y respondió S. Pedro: “Todo lo que decís es verdad, pero a Petronilla le conviene más la enfermedad, que la salud”. Y ansí porque a muchos necesitados y enfermos no les conviene tener salud, no se la da Dios; y, pues lo hace por más bien suyo, deben de estar muy contentos y consolados, tanto como aquellos a quien Dios se la concede, pues lo uno y lo otro es lo que les conviene; y los que van sanos procuren no ofender a Dios porque no les acontezca lo que Cristo dijo al paralítico, que pues iba sano, no pecase, no le aconteciese otra cosa peor que la enfermedad que había pasado. Todos procuren ser devotos de la madre Juana de la Cruz, pues, a los que lo son, hace Dios muchas mercedes en esta vida y en el siglo que esperamos.  
[LXXXIII] Indiscretas experiencias que hacen algunos en los raptos de soror Juana.


Otros muchos milagros y grandezas hay desta sierva de Dios, referirse han en libros que desto se harán en particular.
[LXXXIV] Entran en cuidado los prelados y prohíbenla predicar delante de la gente.


= Vida impresa (8)=
[LXXXV] Milagro singular.
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/ana-morte-acin/ Ana Morte Acín]; fecha de edición: febrero de 2024.


== Fuente ==
[LXXXVI] Predica a las aves que concurren a su celda en gran número.


[[Archivo:Historia de la tercera orden de Juan Carrillo (1).jpg|miniatura|250px|right| “Vida y milagros de la bienaventurada virgen sor Iuana de la Cruz, de la Tercera Orden del Glorioso Padre San Francisco” en Juan López, 1613, ''Historia de la Tercera Orden de nuestro Seraphico P. S. Francisco'', Zaragoza: Juan de Lanaja. Volumen 2. (Fuente: München, Bayerische Staatsbibliothek). ]]
[LXXXVII] Dan los prelados licencia de que predique a cuantos la quisiesen oír.  


* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Juan_Carrillo Carrillo, Juan], 1613. ''Historia de la Tercera Orden de nuestro Seraphico P. S. Francisco'', Zaragoza: Juan Lanaja, Volumen 2, pp. 258-325.
[LXXXVIII] Una monja es dotada repentinamente de la gracia de escribir para que escribiese los sermones y el libro de El Conorte.


[[Contexto material del impreso Historia de la Tercera Orden de nuestro Seraphico P. S. Francisco]]''.
[LXXXIX] En un éxtasis se desposa soror Juana con el Niño Jesús.


==Criterios de edición==
[XC] Siente en manos y pies dolores intensos en la parte donde Cristo, Señor Nuestro, tuvo sus llagas.


Conforme a los criterios establecidos en el Catálogo para fuentes impresas, se han actualizado generalmente grafías (las sibilantes, el uso de b/v y h), ortografía y puntuación manteniendo aquellos rasgos de la lengua que implican valor fonológico o que caracterizan su léxico, morfología o sintaxis. En las notas se han reproducido los apuntes marginales presentes en la edición que sirve de referencia, y se ha ampliado la información oportuna.
[XCI] Manifiéstanse unas señales de color de rosa en las manos y pies de soror Juana.


==Vida de Juana de la Cruz==
[XCII] Siente los dolores en los viernes y sábados.


[258]
[XCIII] Corre la fama de este favor por los pueblos circunvecinos y concurre mucha gente al convento.


'''Vida y milagros de la bienaventurada virgen Sor Juana de la Cruz, de la Tercera Orden del Glorioso Padre San Francisco'''
[XCIV] Pide soror Juana a Dios le quite las señales de pies y manos, y lo consigue.


===Prohemio del autor===
[XCV] Ensordece por algún tiempo.


Así como en las entradas de las famosas ciudades y lugares muy populosos suele haber humilladeros, casas de campo y edificios sumptuosos, los cuales sirven así para la hermosura y adorno de los mismos caminos como para mostrar la magnificencia de las ciudades y pueblos que están cerca, de la misma manera entre las vidas de los santos y personas de santidad y virtud eminentes hay algunas en que se resplandeció tanto la grandeza de Dios, en que se descubrieron tan altamente los tesoros de su bondad infinita, que es menester antes de llegar a ellas señalar algunos como humilladeros donde los entendimientos humanos, que no están hechos a ver cosas tales, se humillen y adoren la omnipotencia de Dios y el admirable artificio suyo en saber y querer enriquecer sus santos. De esto sirven los prohemios que suelen hacer los historiadores que escriben vidas de santos. Pues considerando con la debida atención la que ahora tengo de escribir, de esta milagrosa virgen y santa religiosa, viendo los maravillosos y extraordinarios primores de la divina gracia que se descubren en ella, me pareció necesario para no poner al lector de improviso en tan soberana luz, como verá que procede de los muy resplandecientes rayos de sus heroicas virtudes y de los singulares beneficios y tesoros de su divina gracia que puso el Señor en ella, prevenirle para que se disponga dignamente, con mirar a [259] la fuente original de donde procedieron aquellos resplandores, que es la bondad infinita del muy alto Señor, el cual se precia y tiene por honroso blasón ser maravilloso en sus santos. Sirve también esta humilde y discreta prevención para que los entendimientos de los hombres, que suelen turbarse y deslumbrarse con pequeña luz y se les hace dificultoso de entender todo aquello que sale de la vía común y del ordinario modo de proceder, entiendan que si algunos de los santos salieron de ahí e hicieron cosas tales que ponen en admiración nuestros cortos entendimientos, que no nacieron dellos las tales cosas, sino de la fuente original de todo cuanto hay bueno y santo en el Cielo y en la Tierra a quien se debe la honra y gloria de todo ello, que es Dios Nuestro Señor. Pues la vida de esta gran sierva de Dios es de tal manera prodigiosa que ha causado asombro y admiración a todo el mundo. De mí verdaderamente confieso que cuando la iba escribiendo y notando muchas veces me hacía reparar en si era de carne como los demás hombres mortales, porque siendo así parecía imposible que sobre tan flaco fundamento pudiese subir tan alto y eminente edificio.
[XCVI] Cobra el sentido del oír el día de santa Clara.


Mas luego echaba de ver que el fundamento de todo aquello ni era carne ni tampoco era espíritu humano ni angélico, sino divino y soberano, que es el artífice de todas las cosas grandiosas y el que sabe poner peso en el aire (esto es), que las cosas que son tan flacas como la carne y tan ligeras como el viento, asentadas por la mano de Dios y tocadas con la virtud de su espíritu permanecen firmes y constantes para poder fundar sobre ellas tan eminente alteza de santidad como veremos en esta Iglesia Santa. Finalmente, todo será fácil de entender si, como dije al principio, pusiéramos los ojos en el poder infinito de Dios y en la singular providencia que siempre ha mostrado en querer enriquecer y honrar a sus santos.
[XCVII] Es elegida abadesa de su convento.


La vida de esta santa salió escrita en un libro que sacó de ella el venerable padre fray Antonio Daza, coronista de nuestra sagrada religión, y pareció tan bien en todos estos reinos de España, así por la devoción que comunmente se tenía a la santa como por elegancia y buen espíritu con que salían escritas cosas tan admirables, como eran las que de su santa vida se decían, en breves días se hicieron muchas impresiones de él y andaba ya en manos de todos los que se preciaban de tener alguna centella de [260] devoción y buen espíritu. Mas en breves días también (permitiéndolo así el Señor, para más honra de su sierva) se mandaron recoger todos los dichos libros por la Santa Inquisición. No porque se dudase de la santidad del sujeto, sino por ser cosas tan extraordinarias y raras las que en él se decían, especialmente en materia de revelaciones y éxtasis, que pareció convenía que se notificasen y declarasen algo más para quitar escrúpulos y algunos inconvenientes que pudiera haber para los ignorantes. Estando esto así, el Católico y Cristianísimo rey de España don Felipe III mandó que revisto el dicho libro por personas de toda satisfacción tornase a salir a la luz. ''[1]'' Cometiose la revista al señor Obispo don fray Francisco de Sosa, del Supremo Consejo de la Santa Inquisición y con su aprobación y censura salió de nuevo ilustrado con tan ingeniosas y admirables advertencias y prevenciones que con ellas es ahora doblada estimación y preciosidad de lo que antes era. Y aunque ni para la honra de la santa, ni para la verdad de la historia importaba mucho que yo emprendiera de nuevo el referir su vida (pues personas tales, y por sí misma está tan autorizada y calificada) pero para el adorno de esta historia y para singular decoro y hermosura de esta santa orden tercera (cuya profesora fue) era de grandísima importancia. Y así me pareció ponerla entre las demás, fundando la verdad y autoridad de lo que dijere en el dicho libro que salió a luz el año de mil seiscientos y trece impreso en Madrid y en la aprobación y censura de que dije y también en el libro original de la vida y milagros de esta sierva de Dios escrito de mano de una religiosa discípula suya llamada sor María Evangelista, el cual está originalmente guardado en el archivo del convento de Santa Cruz del lugar de Cubas, donde vivió y murió santísimamente esta sierva de Dios. Y aunque algunas cosas pienso referir con más brevedad por no alargar demasiado esta historia, pero no dejaré de decir lo que me pareciere más importante, referiéndome en lo demás al dicho libro y al original del guardado en aquel convento. Las cosas que en esta segunda revista del libro se han advertido o quitado irán ya anotadas en sus propios lugares, o del todo dejadas, de manera que podrá el lector sin algún escrúpulo proceder en esta lectura.
[XCVIII] Su primera acción fue disponer que sus monjas guardasen clausura.


[261]
[XCIX] Las limosnas que se pedían por las mismas religiosas se aumentan después que observan clausura.
===Cap. I. Del nacimiento, niñez y muestras primeras de santidad de esta sierva de Dios===


En el año del Señor de mil cuatrocientos ochenta y uno, en la Sagra de Toledo, en un lugar llamado Azaña, lugar de la Santa Iglesia de Toledo, llamada Santa María, y en el día de Santa Cruz de mayo fue el muy felice y dichoso nacimiento de la bendita sor Juana. No faltaron en él señales y pronósticos de santidad admirables, porque primeramente ella vino al mundo por petición de la Reina del Cielo María Sacratísima, ''[2]'', que la pidió a su benditísimo hijo para reformación y reparo de una santa casa de religiosas de la Tercera Orden de nuestro padre San Francisco, que está cerca de la villa de Cubas a quinientos pasos de ella, que se llama Santa María de la Cruz. Esta iglesia fue edificada milagrosamente por mandamiento de la Virgen Santísima, la cual para este efecto apareció a una pastorcica de trece años llamada Inés guardando un ganadillo de cerda, muy devota de la Santísima Virgen: porque con ser tan niña rezaba su rosario cada día, ayunaba sus fiestas y la metad [sic] de la Cuaresma, desde que tuvo siete años. Y cuando era de más edad, comulgaba a menudo, y frecuentaba mucho la Iglesia. Pues a esta pastorcica se apareció Nuestra Señora nueve veces, en diferentes días, según lo reveló a la bienaventurada sor Juana el ángel de su guarda y se tiene por común tradición en toda aquella tierra y convento, donde se celebra cada año la fiesta de estos nueve aparecimientos, con grande solemnidad y concurso de muchos pueblos. ''[3]'' Y en el mismo lugar donde se apareció la Madre de Dios y puso de su mano una cruz de madera (que hoy día se muestra en dicho convento) se edificó la iglesia con título de Santa María de la Cruz. ''[4]'' Y después de algunos años se ajuntaron algunas devotas mujeres y a su costa edificaron un convento junto a la dicha iglesia donde tomó el mismo hábito la patrona Inés. Y andando el tiempo, las otras religiosas la eligieron por su prelada y cabeza. La cual, favorecida de la Virgen Santísima, acabó sus días santamente y con demostración de milagros, de los cuales fue uno [262] tañerse por sí solas las campanas a la hora de su dichosa muerte. Mas andando el tiempo este convento, con estar fundado en tanta santidad, vino muy a menos en razón de esto. Y la Virgen Santísima (so cuya protección estaba) pidió a su benditísimo Hijo Jesucristo enviase al mundo persona tal cual convenía para restaurar aquella quiebra. Y el Señor se lo concedió, prometiendo enviaría persona de singular perfección para este efecto. Y en cumplimiento de esta promesa nació esta sierva del Señor el sobredicho día, mes y año, habiendo pasado ya cuarenta años que acaeció el dicho aparecimiento de la Virgen Santísima. Pues aunque todo lo dicho fue milagroso pronóstico de la santidad a que había de llegar la dicha niña con el discurso del tiempo, también lo fueron otras cosas que en su nacimiento concurrieron, como fue nacer en el lugar de la santa Iglesia de Toledo, llamada Santa María, porque la que había de vivir y morir en la casa de la Santísima Virgen naciese en el lugar de su jurisdicción y señorío y que este se llamase Azaña, pues había Dios de obrar en él por intercesión de su Madre Santísima una hazaña en materia de santidad tan admirable que causase asombro y pasmo en todo el mundo, como lo vemos hoy día.
[C] Liberalidad del gran capitán y del arzobispo de Toledo.


Sus padres naturales de este pueblo se llamaron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, cristianos viejos y virtuosos abastecidos de temporales bienes y de muchas virtudes. Apenas hubo nacido (como dicen) cuando ya comenzó a declararse por ella la divina gracia. Porque recién nacida ayunaba los viernes, mamando sola una vez al día y significando ya con aquella tan temprana abstinencia los crecidos ayunos que después haría siendo grande. ''[5]'' Y no solo hacía eso, sino que acaecía pasar sin llegar a tomar el pecho por tres días enteros, y aun sin volver en sí. Por lo cual afligida su madre y creyendo que su hija era muerta, suplicó a Nuestra Señora se la resucitase, prometiendo de llevarla con su peso de cera al convento de Santa María de la Cruz. Hecho eso luego, volvió en sí y estuvo buena. Iba creciendo con la edad en gracias y dones espirituales de que el Señor la iba dotando y enjoyando bien como a la que había de ser esposa suya. Siendo de edad de dos años andaba tan descolorida y enferma que llegó a no poder tomar el pecho ni pasar cosa, por lo cual la llevaron a una romería muy devota de san Bartolomé, en el lugar de Añover, y [263] estando en la iglesia mirando a la imagen del glorioso apóstol que estaba en el altar, se rio la niña y pidió luego que le diesen de comer. Desde este punto se halló sana y contaba después, cuando supo hablar, que había visto al apóstol san Bartolomé, que tocándola con su mano la sanó y quitó el mal color de el rostro. Nunca la vieron jugar con los niños de su edad porque, aunque niña en los años, todo lo demás era seso, cordura y discreta ancianidad. Siendo de cuatro años le acaeció que, imbiándola su madre a holgar a las eras por ser tiempo de verano, pasando por una calle se acordó que poco antes había pasado por allí el Santísimo Sacramento a un enfermo, y de tal manera se arrobó con esta consideración que cayó de una jumentilla en que iba sentada. Viola el cura del lugar y, levantándola del suelo sin sentido, la llevó en sus brazos a casa de su agüela, donde estuvo largo rato sin tornar en sí. Y, según dijo ella misma vuelta después en sí, fue llevada en espíritu a un hermosísimo lugar, donde vio muchas señoras a maravilla hermosas y entre ellas una que a su parecer era la Reina de todas, según su resplandor y hermosura.
[CI] El gobierno de soror Juana es muy prudente.


También vio muchos niños de grande belleza que le dijeron: “¿Qué haces así? Vente con nosotros y adora aquella Señora que es la Madre de Dios”. La bienaventurada niña respondió: “Yo no sé qué tengo de hacer, mas rezaré la Ave María”, y puestas en tierra las rodillas, la rezó. Y luego vio a su lado al ángel de su guarda, que la enseñó muchas cosas. ''[6]'' Y al fin de una larga plática que con él tuvo, le rogó la llevase a casa de su agüela. Y cuando volvió del rapto, contó por orden todas las cosas que había visto. En este mismo año, estando la bendita niña a la puerta de la casa de su padre, pasando por allí el Santísimo Sacramento para un enfermo le adoró y vio sobre el cáliz a Nuestro Señor Jesús Cristo en forma de niño muy resplandeciente y hermoso. [7] Otro día de la Purificación de Nuestro Señor, oyendo misa, al tiempo que el sacerdote acabó de consagrar la hostia, la vio muy clara y resplandeciente y en medio della a Nuestro Señor Jesuchristo, y alrededor de él muchos ángeles, de lo cual la humilde virgen no hizo mucho caso por entonces, creyendo que el ver aquello era común a todos, ni podía caber en su pensamiento que tales cosas se obrasen por ella, hasta que el Señor se lo declaró (como se verá adelante). En este tiempo y siendo de edad de 7 años, sucedió la muerte de su madre, hallándose presente su bianeventurada hija, que no poco la ayudó para [264] ser dichosa su muerte. Diole su bendición y con mucho amor se despidió de ella.
[CII] Paz entre las religiosas.


===Cap. II. De los deseos que tenía de ser religiosa y de las penitencias que en la tierna edad hacía===
[CIII] Prodigio de las cuentas que fueron llevadas al Cielo.


Era tan inclinada la graciosa niña a todo lo que con apariencia de más santidad se le representaba que, cual suele llevar el próspero viento a la navecilla que está en el mar tendidas las velas, así era ligerísimamente llevada y, como se le asentaban los pies, de los afectos de su voluntad, en cosa alguna de la Tierra, de aquí es que corría con increíble presteza a las cosas del Cielo: entre las cuales muy particularmente la incitaba el divino espíritu a la religión de aquel santo convento de Santa María de la Cruz de Cubas (del cual quería la Virgen Santísima que fuese reformadora). Había dejado su madre cuando murió muy encargado que la llevasen a aquella santa casa con otro tanto peso de cera en cumplimiento de una promesa que había hecho. Y acordándose de esto la bendita niña, decía entre sí misma: “Qué necesidad hay de que me lleven a aquella santa casa, mejor será que yo me vaya y me quedé allí religiosa”. Comunicaba sus deseos con una tía suya que en este mismo tiempo tomó el hábito en un convento que se llama Santo Domingo el Real de Toledo, la cual después de profesa creció tanto en santidad que tuvo muchas revelaciones del Cielo. ''[8]'' Y entre otras tuvo una de que aquella sobrina suya había de ser grande santa. Por lo cual deseaba tenerla en su convento religiosa y lo trató con la priora y monjas de él, las cuales ofrecieron recibirla sin dote, por la buena noticia que tenían de ella. Mas su padre y parientes no vinieron en ello, por lo mucho que la amaban. La tía, muy deseosa de que tuviese efecto, dio orden con la agüela de la niña, en cuya casa se criaba, de hurtarla y traerla a su monasterio. Mas como Dios la crió para el de Santa María de la Cruz, deshizo todas sus diligencias y la niña determinó de no tomar el hábito donde tuviese parienta, por parecerla que era poca perfección y llevaba algo de carne y sangre. ''[9]'' Tan discretos eran [265] ya sus pensamientos (aunque niña), y tan enamorada como esto estaba ya de Dios su alma y tan deseosa de servirle y amarle.
[CIV] Muchas reliquias tenemos en la Tierra bajadas del Cielo.


Poco después pareció a su padre llevarla (para que estuviese más guardada) a la casa de otros parientes suyos, que la pedían y deseaban en el mismo lugar de Azaña. Y puesta allí le dieron el cuidado y gobierno de toda la casa, para divertirla con aquello (si pudieran) de los pensamientos que tenía de ser monja.
[CV] Pocas cosas han subido al Cielo de la Tierra para volver a ella.
Aquí comenzó el Señor a descubrir sus virtudes y ella, como precioso nardo, dar de sí maravillosa fragancia. Porque todos los días de precepto ayunaba a pan y agua y aun pasaba algunas veces sin comer los dos y tres días enteros. ''[10]'' Llevaba cilicios junto a las carnes, azotábase con cadenas de hierro hasta derramar sangre y lo más de todo esto es que nunca la oyeron palabra ociosa. Cuando andaba por la casa o hacía labor se pellizcaba los brazos por sentir dolor y se repelaba los cabellos para el mismo efecto. Y en medio de todo esto, sentía de sí tan bajamente que se tenía por indigna del pan que comía y de la tierra que pisaba. ''[11]'' Fuera de aquel cilicio de cerdas que le lastimaba el cuerpo por mil partes, traía cadenas a raíz de las carnes y, aunque fuese en tiempo de invierno cuando las noches son frías y largas después de acostadas las criadas, se levantaba ella y desnuda se quedaba con el cilicio. Y de esta manera pasaba toda la noche en oración hasta que al amanecer, con mucho silencio, y como si tal no hubiera hecho, se volvía a la cama. Mas una vez, viendo las criadas que faltaba de la cama, dieron aviso a su tía. La cual, angustiada y deseosa de saber lo que hacía, mandó a una criada que secretamente la siguiese cuando se levantaba y viese lo que hacía. Y la noche siguiente la siguió y vio que se quedaba dentro del mismo aposento y, puesta de rodillas cubierta con una estera o cilicio, la oyó sollozar delante de una imagen con muchas lágrimas. ''[12]'' Disimuló la dicha criada por entonces y a la mañana dijo a su señora cuán santa era su sobrina y los pasos en que andaba. Esto sintió mucho la santa doncella. Y viendo que sus trazas eran descubiertas, buscó otras para poder hacer sus ejercicios, sin ser vista ni entendida. Luego como entró la virgen en casa de sus tíos, entrando en un aposento vio junto a una imagen de Nuestra Señora una muy hermosa fuente y dos serafines con sendas jarras en las manos, que no hacían otro sino sacar agua de la fuente [266] y muy apriesa hinchir y verter las jarras, los cuales miraban con atención a sor Juana y mirándola se reían y mostraban contento aunque no la hablaban. Ella muy gozosa con tan alegre vista deseaba mucho saber qué se hacía tanta agua como sacaban de aquella fuente, porque nunca vio donde la echaban, ni lo supo hasta que muchos años después el ángel de su guarda la dijo que aquella fuente era milagrosa y el agua que los serafines sacaban representaba la gracia del Espíritu Santo que copiosa y abundantemente infundía en su alma. Un viernes santo por la mañana, habiendo gastado buena parte de ella y de la noche (como otra Magdalena en sus lágrimas) a los pies de Christo, contemplando su Pasión, se le apareció crucificado con todas las insignias de su Pasión sagrada y las tres Marías muy angustiadas y tristes, y la santa doncella lo estuvo tanto con el sentimiento de esta visión (de la cual gozó no estando arrobada, sino en sus propios sentidos) que de lo mucho que lloró dejó regado el lugar donde estaba, y su rostro quedó tan desfigurado que, cuando lo vieron sus tíos, espantados de la súbita mudanza que vieron en ella procuraron que comiese alguna cosa. Mas, como su mal no era de eso, ella misma los consoló diciéndoles que no la obligasen a quebrantar el ayuno en aquel día, que les aseguraba que muy presto estaría buena. Otra noche, estando en casa de sus tíos unos caballeros huéspedes, después de haberles dado de cenar y dejando ordenadas todas las cosas de casa, se salió sola a un corral buscando soledad para orar. Y puesta de rodillas en muy profunda oración, vio que se abría el Cielo y bajaba d’él la reina de los ángeles con su dulcísimo hijo en los brazos. ''[13]'' La cual, acercándose a ella, la miraba con ojos muy amorosos y mansos, y considerando cuán cerca de sí tenía a Dios y a su sacratísima madre, con muy devotas palabras pedía la favoreciese con su precioso hijo en lo que tanto deseaba como era ser religiosa. Y esto decía con tal afecto de espíritu que, a las voces que daba, sin poderlas detener salieron los de casa a ver lo que era. Y hallaron a la sierva de Dios puestas las manos y de rodillas en tierra hablando con Nuestra Señora. Y después de bien certificados de ello y acabada la visión, echó de ver la santa que le habían visto y de ello recibió mucha pena, temiendo ser descubierta en lo que tanto deseaba ser secreto. En estos tan dichosos y acertados empleos ocupaba [267] su vida, y creciendo en la virtud más que en los años llegó a los catorce de su edad. Sus parientes deseaban que se tratase de la casar y animábales a ello el ver su mucha discreción y hermosura con otras muy buenas partes de que Dios la había dotado, las cuales les parecían muy a propósito para que muchos hombres principales deseasen tenerla por mujer (como de hecho la pedían y deseaban). Mas la santa virgen, que guardaba para solo Dios cuanto bueno tenía y para entregársele a sí misma toda entera, no podía esperar que la hablasen en esa materia, y cuanto más diligencias veía hacer a sus parientes para eso, mayores y con mayor instancia de oraciones y lágrimas las hacía ella suplicando a Dios que no la permitiese enredar con los lazos del mundo, sino que la llevase adonde pudiese cumplir su deseo de ser toda suya. Mereció ser oída del Señor y su petición fue tan bien despachada como ahora se verá.


===Cap. III. De como la santa doncella se fue en hábito de hombre al convento de Santa María de la Cruz para ser religiosa===
[CVI] 2. Ad Corint. 12.


Considerando con la debida atención la inclinación santa y fervientes deseos de ser religiosa que Dios había plantado en su tierno pecho, los cuales, si consultara con el mundo y con la carne y sangre, se los había de estorbar y poner a pleito, estando muy asegurada la bendita doncella de que el estado más seguro y el que a Dios era agradable sería el ser religiosa, determinó de romper con todo los estorbos que podía haber para eso. Y para asegurarse más de que era acertado su deseo, había hecho un oratorio en un lugar muy apartado y solo, que era un palomar antiguo y despoblado, donde sin ser vista sino de solo Dios se daba toda a la oración multiplicando gemidos y derramando lágrimas para que diese cumplimiento a sus santos deseos. Un día de la Semana Santa, después de haberse azotado con cadenas de hierro como solía, estando postrada en tierra delante una Verónica dijo: “Oh mi dulce Jesús, suplicoos Señor que por los méritos de vuestra Pasión merezca ser vuestra [268] esposa y entrar para eso en religión, para entregarme toda a vos, único deseo de mi corazón y amor dulcísimo de mi alma”.
[CVII] Anton. 3. p. tit. 24. c.13. Aquil. lib. I. c15. Sánchez de Regno Dei lib. 7; cap. 4. núm. 34.  


Diciendo esto se mudó la santa Verónica y transformó en el rostro hermosísimo de Nuestro Señor Jesús Cristo tan vivo, a su parecer, como si estuviera en carne pasible y mortal, y ella, viendo a su Redentor, tales fueron sus lágrimas, tales sus ansias y congojas nacidas de inefable amor, que el mismo Señor la consoló prometiendo la traería a la religión y recibiría por su esposa. ''[14]'' Mas que de su parte se ayudase ella, haciendo lo que para ello convenía. Dichas estas palabras la santa Verónica se tornó a su ser y la bendita doncella quedó con este favor tan alentada que luego buscó trazas para irse al monasterio de Santa María de la Cruz, adonde el divino espíritu interiormente la llamaba. Y porque en estas cosas no aprovechan los tibios y flacos propósitos sin una buena determinación eficaz que rompa los estorbos, determinó luego en pasar la Pascua de Resurrección irse al dicho monasterio que está dos lenguas de su lugar, y porque para eso convenía ir en hábito de hombre varonil y fuerte, vistiose d’él y, tomando para más disimular una espada debajo de su brazo, salió secretamente de casa de sus tíos y tomó la vía para allá. ''[15]'' Bien se puede creer que en esta ocasión el demonio sacaría todo su poder para estorbar esta jornada. Así lo hizo representándole muchos espantos y temores, y la indignación de su padre y parientes, y la indecencia del hábito en que iba para la virtud que profesaba. Esto hizo tal impresión en ella que, combatida de la natural flaqueza y temor, comenzó a temblar con todo el cuerpo de tal manera que cayó en tierra desmayada. Y estando así, oyó por tres veces una voz que la dijo: “Ten esfuerzo, no desmayes, acaba la obra comenzada que Dios te favorecerá”. No vio entonces quién la hablaba hasta que después supo por revelación que había sido el ángel de su guarda. ''[16]''
[CVIII] Caso maravilloso que sucedió en Constantinopla.


Con este favor quedó muy alentada, y levantándose de la tierra, prosiguió su camino, y, habiendo andado buena parte d’él, sintió que venía tras sí (aunque algo lejos) un hombre de a caballo. Y llegando más cerca, conoció que era un hidalgo que la pretendía por mujer y sus deudos querían que casara con ella. Turbose mucho cuando le vio, considerándose sola y en aquel lugar, pero el Señor, que la quiso [269] guardar, permitió que no la conociese. Y ella, viéndose libre de aquel peligro, puesta de rodillas en tierra, dio luego allí muchas gracias a Dios y a su santísima Madre la cual se le apareció y le dijo: “Esfuérzate, hija mía, que yo ruego por ti y te pedí a mi hijo para que restaures mi casa de la Cruz”. Quedó con esto la sierva de Dios muy consolada y, prosiguiendo su camino, llegó al santo monasterio donde, habiendo hecho oración en hábito de hombre como iba y adorado la santísima imagen de la Madre de Dios, se apartó a un rincón de la iglesia, y desnudándose aquel vestido, se puso el de mujer que llevaba en un lío. Y levantando los ojos a una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción que estaba sobre la puerta seglar del convento (que según se dice es la misma que está ahora), arrollidándose a ella, le dio de nuevo las gracias por haberla librado de tantos peligros y traído a su santa casa. Esta imagen la habló y dijo: “Hija mía, en buena hora seas venida a esta mi casa, entra alegre que bien puedes, pues para ello te crió Dios e yo te torno a dar la superioridad de ella y autoridad para que edifiques y plantes las virtudes y arranques y destruyas los vicios y pecados”. A esto replicó la sencilla doncella diciendo: “Ay señora, que como vengo sola y de esta suerte, temo que no me querrán recibir vuestras siervas”. “Ninguna cosa temas”, dijo la santa imagen, “que mi precioso Hijo que te trajo hará que te reciban”. Con esto la bendita virgen, confortada en el Señor, habló a la abadesa, y dándole cuenta de quién era y de lo que pidía, rogaba la recibiesen en su compañía, pues por gozar de ella dejaba la de su padre y parientes y había venido en hábito tan diferente por no ser conocida. ''[17]'' Reprehendiola la abadesa por haberse puesto en tan manifiesto peligro, aunque interiormente estaba admirada y daba al Señor mil gracias porque tal fortaleza y espíritu había puesto en una tierna doncella. Aficionósele tanto, viéndola tan hermosa, tan bien hablada y discreta en las razones que decía, tan compuesta, tan graciosa, que mandó llamar a todas las religiosas para que la viesen y echasen de ver cómo, sin duda, se la traía Dios a su casa para algún grande bien y secreto de su divina providencia. La cual, para que pareciese bien a todas y no dudasen de recibirla, es de creer que la añadiría particular donaire y gracia como lo hizo con Daniel para que pareciese bien a los ojos del rey Baltasar, y con [270] la santa Judith para que de su vista quedase vencido el ánimo de Holofernes. Pues así todas las religiosas de aquel convento quedaron tan admiradas de ver su buena gracia que la preguntaban mil cosas, y ella con tanta discreción respondía a todas, que la tuvieron muy largo rato en sus preguntas. Y aunque con harta vergüenza suya, hubo de tornar a referir sus historias, y lo que le había acaecido en el camino. Tanto la detuvieron en esto que llegó su padre con otros parientes en busca de ella. Y tales palabras le dijo (con la cólera que traía), tan descompuestas y feas que no lo pudieran ser más cuando la hallara en un crimen de mujer perdida. A todo se hacía la sierva de Dios sorda, a las injurias muda, y a las bravezas de su padre, una oveja. Mas cuando oyó que la quería tornar a su casa, con mucha humildad convertida en lágrimas y postrada a sus pies le decía que no la molestase más ni cansasen en persuadirla otra cosa, porque más fácil sería mover los montes y ablandar las peñas que contrastar la firmeza de su propósito. Porque ella estaba ya debajo del amparo de la Virgen Santísima, de cuya casa no pensaba salir en toda su vida. Y cuando intentasen sacarla por fuerza, esperaba en el Señor que la había traído que la defendería. A este mismo tiempo y sazón llegó aquel mancebo que la había encontrado en el camino y prentendía casar con ella, hizo grandes extremos cuando supo su ausencia buscándola por muchas partes, y pidió licencia a su padre y parientes para llevarla consigo a Illescas, donde vivía, y tenerla con su madre muy regalada y servida mientras se componían sus cosas. La sierva de Dios con mucha humildad y entereza satisfizo a estas palabras y alcanzó de sus parientes la dejasen en aquel monasterio de Nuestra Señora, para donde la misma Virgen Santísima con el divino espíritu interiormente la llamaba. Viendo todas estas cosas las religiosas, y la gran fortaleza y perseverancia de la humilde y devotísima doncella, se enternecieron de suerte que, con ser por extremo pobres, dijeron no querían más riqueza que tener aquella perla del Cielo en su casa. Y que la recibirían con poco o mucho, como su padre quisiese. El cual, aplacado y tocado interiormente del poder divino, dijo: “Líbreme Dios, hija mía, de ir contra la voluntad divina; yo te doy mi bendición, da muchas gracias a Dios y él te guíe y te haga toda suya”.
[CIX] San Joan Damascen. lib. 3 de side ortodora cap. 10. lib. de Trinit Félix III Ep. ft. 3. decretali 2 Conc. Menp. Grac. 25. sepe. Nizef. lib. 14. c. 46.
[CX] Piden las mon- [fol. 26r] jas a soror Juana les alcance algunas gracias y virtudes para sus rosarios.  


[271]
[CXI]Soror Juana propone los deseos de las religiosas a su ángel custodio y consigue benigna respuesta.


===Cap. IIII. De cómo recibió el hábito y de muchas cosas notables que sucedieron siendo novicia===
[CXII] Juntan grande cantidad de rosarios y enciérralos en un cofre.


Habida la bendición y licencia de su padre, y deseando ya las monjas admitirla, llegó a deshora luego el Ministro Provincial, sin cuya licencia no podía ser admitida. Y fue cosa notable que llegase el perlado en aquella sazón y pareció orden del Cielo, porque había muy poco que salió de allí y no le esperaban en muchos días. Supo el caso de lo que pasaba y dio su licencia para que fuese recibida. Vistiéronla el hábito de la religión a tres de mayo, día de la Invención de la Cruz, ''[18]'' en el mismo que cumplió los quince años y en el de 1496, hallándose presentes y con muchas lágrimas de devoción su padre con toda la parentela.
[CXIII] Curiosidad mujeril de las monjas.


Puesta la nueva planta del Cielo en aquel jardín de flores olorosas y plantadas a la corriente de las divinas aguas, comenzó a señalarse entre todas las religiosas así como el sol entre las estrellas. En toda la observancia regular era extremada y señaladamente en la guarda del silencio, pues solo con su maestra y con la prelada lo que precisamente era necesario hablaba. Deseaba tanto agradar a Dios que no solo guardó las cosas que la enseñaban, pero cualquier otra virtud que oyese de otra persona luego sin dilación la ponía por obra. Y así como abeja artificiosa componía su panal de vida espiritual de las mejores y más olorosas flores que en el jardín del Cielo hallaba.
[CXVI] Hállanse los rosarios en el cofre como estaban antes.


La primera vez que la sierva de Dios comulgó entre las otras monjas le acaeció una cosa que la tuvo muy desconsolada y fue que (permitiéndolo el Señor) no vio aquella vez en la hostia consagrada lo que siempre solía ver en ella, que era a Christo Nuestro Señor, de lo cual quedó tan afligida que se fue luego resuelta en lágrimas a los pies del confesor diciendo su desconsuelo. El cual, con muchas razones, procuró de aconsolarla diciendo que no creyese que por no haber visto al Señor en la hostia consagrada, como solía, había comulgado en pecado mortal, que le aseguraba haber sido particular merced que Dios la había [272] hecho cuando le veía y también lo fue entonces el no mostrársele para mayor aumento del mérito de la fe. Y que él, con haber recibido la sagrada comunión y dicho misa muchísimas veces, en toda su vida había visto con los ojos del cuerpo al Señor en la hostia consagrada, sino solo con los ojos de la fe y con eso estaba muy satisfecho, ni deseaba verle de otra manera hasta estar en la gloria. Con estas y otras razones quedó la simple paloma consolada y dio muchas gracias a Dios, así por haberle visto con los ojos corporales en la hostia consagrada como por habérsele escondido aquella vez para que solo le viese con los del alma. Acabado el año de la probación y admitida con mucha conformidad y contento de todo el convento para la profesión, hízola devotísimamente en el mismo día que el año pasado recibió el hábito, que fue día de Santa Cruz de mayo. Por lo cual y por la devoción entrañable que tenía a la Santa Cruz se llamó desde aquel día sor Juana de la Cruz. Y así su vida en adelante fue una cruz tan espantosa al demonio que, no pudiendo sufrir que una mujer niña y flaca le venciese, así cada día la persiguió de cuantas maneras podía. Algunas veces la azotaba tan rigurosa y cruelmente que las señales de los azotes y golpes que la daban le duraban muchos días con heridas crueles, que unas a otras se alcanzaban. ''[19]'' Sucedió una vez que, rogando a Dios por una alma, la azotaron tan cruelemente los demonios y derramaron de su cuerpo tanta sangre que la dejaron por muerta. Llegó a este tiempo el ángel de su guarda, al cual dijo querellándose amorosamente: “Oh, ángel bendito, ¿qué os habéis hecho? ¿Cómo me habéis desamparado? Mirad cual me han tratado los ministros de la divina justicia”. A lo cual respondió el ángel: “No te he dejado yo ni mi Señor Jesuchristo te deja, antes de su parte te digo que ganaste en estas peleas una corona muy esclarecida y yo vengo con la virtud de su nombre a curarte esas llagas”. ''[20]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz y la sanó. Y el Señor la concedió lo que por aquella alma pedía. ¿Quién podrá declarar lo mucho que padeció de los demonios y la paciencia que tenía en los tormentos? ¿Las penitencias tan extraordinarias que ella hacía y la profundidad y alteza de su humildad con que tan altamente sentía de Dios y tan baja de sí misma? Hallábase tan obligada a hacer a Dios particulares servicios que desde el día que profesó se [273] determinó a padecer por su amor cualquier género de tormento hasta dar la vida por quien dio la suya por ella. Y muchas veces, con el excesivo fervor, decía: “No deseo otra cosa sino verme por el amor del dulcísimo Señor mío degollada, abrasada, hecha polvos y quemada”. Y vuelta a su dulce Jesús, decía: “Señor, dadme penas, tormentos, trabajos y dolores. Mandad a los ángeles del Cielo, a los demonios del Infierno y a todas las criaturas de la Tierra que ejecuten en mí todo su poder, pues todo será corto, para lo que por vos, Dios mío, deseo y debo padecer”. No paraba esto en solos deseos porque comenzó a hacer nueva vida, añadiendo a las acostumbradas penitencias otras nuevas y espantosos rigores. Acaecíale no desayunarse en tres días y hartas veces se pasaban ocho enteros sin comer bocado. En vigilias era muy larga, y en el sueño tan corta que no dormía hasta hora de amanecer y entonces solo lo que para aliviar la cabeza bastaba. Su vestido fue siempre humilde, pobre y remendado, pero sin ningún extremo ni singularidad, aunque en lo interior usaba cilicios de cardas y cadenas junto a las carnes. Para mortificar el gusto, traía muchas veces ajenjos amargos en la boca, en recuerdo de la hiel que gustó el Señor. En la oración empleaba la mayor parte de la noche y del día. Y decía que cuando no era muy fervorosa y acompañada de lágrimas no era merecedora de que Dios la aceptase. Los ratos desocupados gastaba en cosas humildes y del servicio del convento. Cuando lavaba las ollas y platos de la cocina consideraba que eran para que comiesen las siervas de Dios en ellos, y en estos humildes empleos recibía del Señor muy particulares regalos y de su santísima Madre, y así con entrañable gusto servía a las religiosas enfermas, desvelándose en su regalo y servicio. En lo cual la acaecieron cosas muy notables y milagrosas. Un día, siendo cocinera y sacando agua del pozo, quebró un grande barreñón de barro que llevaba en las manos, de lo cual quedó muy confusa y, atribuyéndolo a su flojedad y descuido, derribada en tierra hizo oración a Nuestro Señor. Fue cosa maravillosa que luego los tiestos apartados se ajuntaron, y quedando la pieza sana y entera, sirvió despues dos o tres años en la cocina.
[CXV] Consta de información hecha en Valladolid ante don Fernando de Valdés, provisor y vicario de aquella diócesis.  


Una religiosa que se halló presente a todo vio por sus ojos el milagro. Y como la sierva de Dios iba creciendo en virtudes cada día, también las religiosas iban conociendo su mucho valor [274] y talento, y así la ocuparon en oficio de sacristana, después de muy probada en la cocina, del cual dio tan buena cuenta que, sin sacarla d’él, la hicieron juntamente tornera y luego, después, portera. Todo lo cual hacía con tanto fervor de espíritu y con tanto celo del servicio de Dios, del decoro de la religión, que padeció en razón de eso muchos trabajos, porque como la veían de poca edad y nueva en la religión, y por otra parte tan cuidadosa de la observancia della, muchas se le atrevían. Mas la mansísima cordera a todas se humillaba y a las que la reñían decía su culpa, rogando al Señor por quien la ultrajaba y perseguía. Parecíale estar en su gloria cuando en los ejercicios más humildes se ocupaba, y en ellos llevaba siempre a su dulcísimo Jesús presente. Y cuando volvía el torno para dar o recibir algun recaudo, le contemplaba como cuna en que al Niño Jesús mecía. Y tal vez aconteció volver el torno con este pensamiento, que vio en él a Dios niño, el cual con alegre y risueño rostro la hablaba y miraba. Otra vez, siendo portera, la apareció el santísimo Niño Jesús. Y así como le vio, extendió sus brazos para recibirle en ellos, pero luego apareció su santisíma Madre y, tomándole en los suyos, se levantó en alto con él acompañada de infinitos ángeles, que con muy dulce armonía le daban música. Mas como la sierva de Dios viese que se iba Madre e Hijo y la dejaban sola, juzgándose por indigna de tan santa compañía, quedó muy triste. Mas consolola luego la Madre del consuelo, y dijo: “No te aflijas, hija, sino vente hacia las higueras de la güerta, que allí nos hallarás”. Contentísima con este favor, y mirando a todas partes, ansiosa de ver lo que su alma deseaba, llegó a la casa del horno cerca de las higueras y vio a Nuestro Señor Jesucristo con su bendita Madre y con muchedumbre de ángeles que la esperaban, y postrada pecho por tierra, adoró a Dios y a su Madre Santísima. Y estuvo grande rato gozando de aquella visión, tan absorta que, aunque la llamaron con la campana, no lo oyó, hasta que la Madre de Dios la dijo: “Anda, hija, haz la obediencia que te han llamado tres veces, y tú nunca lo oíste”. Fuese corriendo a ver quién la buscaba y, habiendo negociado, se volvió derecha a la casilla del horno, donde dejaba su corazón y descanso. Pero como algunas monjas la vieron y notaron la solicitud que llevaba y que el rostro tenía encendido [275] y resplandeciente (del qual salía suavísimo olor), siguiéronla, deseando saber en qué andaba, y sospechando alguna grande cosa, viéronla entrar en la casilla del horno y oyéronla que decía: “Oh, soberana Madre de Dios, ¿tan grande es vuestra misericordia para con esta indigna pecadora?, pues habiéndome yo ido, dejando vuestra santa compañía en tan humilde y pobre lugar, hallo ahora que os estáis en él aguardándome”. Oyeron también las monjas cómo la Virgen respondió: “Hija mía, hallásteme porque me dejaste por la obediencia, que agrada mucho a mi Hijo”.
[CXVI] Consta de estos milagros por la misma información. Y con este grano en Valladolid sucedieron otros prodigios que se comprobaron por el ordinario de aquella diócesis.


===Cap. V. De un maravilloso rapto de la sierva de Dios, y de sus grandes penitencias===
[CXVII] Consta de información hecha en Madrid, año de 1618, ante Lorenzo de Santeherbas, notario por comisión del cardenal arzobispo de Toledo Bernardo de Rojas y Sandoval.


Estaba tan adelgazada y apurada la carne desta santa doncella, y el espíritu tan elevado de todo lo que es pesadumbre y Tierra, que con mucha facilidad gozaba de raptos y éxtasis maravillosos, de los cuales fue muy notable el que diré agora. Siendo de veinte y cuatro años, la vieron las monjas en un rapto tal que ni antes ni después vieron en ella otro semejante. Porque otras veces cuando se elevaba, quedaba con muy grande resplandor en el rostro, pero esta vez quedó como muerta. Los ojos quebrados y hundidos, los labios cárdenos, arpillados los dientes y todos los miembros de su cuerpo descoyuntados y yertos, el rostro tan pálido como si fuera difunta. Las monjas, admiradas con la novedad del caso, deseosas de saber la causa, rogáronla que se las dijese. Mas ella rehusó de hacerlo hasta que, pasado algunos días, se lo mandó el ángel de su guarda. Y así las dijo: “La causa, madres, de haber visto en mí tal novedad, fue que estando mi espíritu en el lugar donde el Señor se suele poner otras veces, vi con apariencia triste al ángel de mi guarda y, preguntándole yo la causa, me dijo que le había el Señor mostrado las grandes persecuciones, fatigas y enfermedades que sobre mí habían de venir y que, habiéndole rogado por mí, le respondió su Divina Majestad que convenía llevarme por este camino y ver lo que en mí tenía. Entonces le tornó a suplicar que por su clemencia me concediese esta gracia de elevarme, y que no fuese con el trabajo que entonces había sido”. Y el Señor se lo otorgó, y así desde entonces todos los raptos fueron muy suaves, y por [276] ser tantos y tan largos, que lo más del día y de la noche estaba elevada, no podía ya hacer oficio, ni seguir el peso de la comunidad como solía. Por lo cual la dieron celda aparte y una religiosa que cuidase della. Pareciole buena ocasión esta para alargarse en ejercicios de penitencias y así lo hizo. Muchas veces la acaeció en la contemplación de los crueles azotes que el Señor padeció en la columna, deseando ella imitarle algo, pidiendo licencia a su Divina Majestad para ello y habida primero para semejantes mortificaciones de la prelada, se cerraba en un aposentillo y desnuda se amarraba a un madero (como columna) que allí tenía, y atándose ella misma con unos cordeles primero los pies y después el cuerpo, dejando libres los brazos, se azotava por todo él con una cadena de hierro. Y por que la cadena mejor la hiriese tenía en el uno extremo della un hierro grueso, tan largo como una tercia. Y tomándole en la mano, se daba con los extremos de la cadena hasta derramar sangre. Estando en este ejercicio, contemplando los azotes del Señor y abriendo sus carnes con aquellos, la apareció el bendito ángel de la guarda, y mandaba cesar diciendo: “Basta, que hasta aquí llegó la voluntad de mi Señor Jesuchristo”. Y el mismo ángel la desató a veces de la columna en que estaba. Otras veces, en aquel mismo lugar, tomaba un guijarro que pesaba siete libras, y de tal manera se daba con él que a los primeros golpes saltaba la sangre, hasta manchar las paredes. Duraba este ejercicio mientras daba de rodillas quince vueltas por aquel aposentillo, en memoria de las quince más principales llagas de Nuestro Señor Jesuchristo.
[CXVIII] Consta de la misma información.


Una noche hallándose la santa muy afligida y maltratada de los demonios, que con horrendas figuras y deshonestas pretendían inducirla a deseos sensuales, se salió a la güerta y, juntando muchas zarzas (a imitación de nuestro padre san Francisco), desnuda se acostaba sobre ellas. Y luego se entró en una laguna diciendo: “Por que conozcas que eres barro, en este cieno te has de lavar”. Allí estuvo grande rato y antes de volverse a vestir, se azotó con una cadena, que para este efecto tenía. Desde entonces quedó el enemigo tan desengañado de lo poco que podía con ella que nunca más la tentó en aquella materia. Otras mil invenciones sacaba de penitencias, una veces se ceñía por los brazos y por el cuerpo con sogas y esparto, en memoria de las que [277] ataron al Señor en la columna. Otras se ceñía las mismas cadenas con que se azotaba, y por la mayor parte andaba siempre vestida de hierro, como lo prueban los espantosos cilicios de que usó toda su vida: de cerdas, de cardas de hierro y uno de malla con medias mangas hecho a modo de sayo, tan largo que le llegaba a las rodillas. Otro de planchas de hierro, en forma de corazón, que por todas partes la ceñía al cuerpo, y le traía sembrado de cruces y de los pasos de la Pasión, hechos de clavillos muy agudos, aunque de este usaba pocas veces porque con él sin mucha dificultad no podía doblar el cuerpo. Y cuando se inclinaba, se le hincaban las puntas de los clavillos por el cuerpo, lo cual ofrecía a Dios con mucha paciencia. Otras veces se solía arrastrar por el suelo, tirando de una soga que llevaba a la garganta, y azotándose con la cadena decía: “Quien tal hace que tal pague. ¿De qué te quejas cuerpo ruin y miserable, pues tienes a Dios tan ofendido?”. Otras veces, puesta en cruz, andaba con las rodillas desnudas sobre la tierra, hasta derramar sangre dellas. Otras para más dolor ataba en las mismas rodillas unas pedrecitas o tejas. Otras se ponía en cruz, arrimándose a la pared donde tenía hincados unos clavos, y ponía tan fuertemente las manos ensortijadas en ellos que se estaba en cruz una hora sin llegar los pies al suelo. En cierta ocasión, acabando de hacer una grande disciplina, sobre las llagas hechas con las cadenas se puso aquel cilicio de malla (que era el ordinario). Y apenas se vistió el hábito cuando se quedó elevada por seis horas, hasta que, echándola menos las monjas, la hallaron de aquella manera, y que decía cosas maravillosas, en orden al modo con que habían de servir y agradar a Nuestro Señor. Y eran tan llenas de devoción, que encendían y abrasaban en amor de Dios a las que las oían.
[CXIX] Consta de la misma información.


===Cap. VI. De cómo se desposó la santa con el niño Jesús y de su devoción al Santísimo Sacramento===
[CXX] Consta de la misma información.


Han sido tales y tantas las misericordias de Dios hechas a esta sierva suya que en algunos no solo han causado admiración, que es el efecto que deberían hacer en todos, sino también alguna dificultad, y no pequeña, para [278] creerlas. La admiración es muy justa y está en su lugar, porque de ella sale luz para conocer las obras de Dios, según lo dijo David: ''Mirabilia opera tua & anima mea congnoscet nimis''.''[21]'' “Por ser Señor tan admirables tus obras, mi ánima crece en el conocimiento tuyo”; y de ellas, porque la Fe se confirma, la Caridad se enciende para más amar a tan liberal Señor, y la Esperanza se alienta de muchas maneras, esperando que obrará Dios en él lo que obró ya en su prójimo; pero sacar de la grandeza de las mercedes de Dios tibieza para creerlas (por ser grandes) es sentir bajamente de la infinita liberalidad y bondad de Dios, y medirla por la cortedad de su ánimo, triste y escaso. De manera que las mercedes hechas a santa Juana no son menos creíbles por ser grandes, porque si se leen los libros de los santos están llenos de casos maravillosos, donde se muestra haber hecho Dios Nuestro Señor mercedes grandiosas a ladrones y salteadores y a todo género de personas facinerosas (cuando parece que menos lo merecían) por sus secretos juicios y para muestra de su infinita misericordia. ¿Pues qué mucho que haya hecho lo mismo por una sierva suya, escogida desde el vientre de su madre para ser santa? Ni puedo persuadirme yo que los que ahora se espantan sea por la grandeza, porque si della se espantan es señal que no la conocen, sino de la novedad y casos extraordinarios. Y en las cosas humanas tiene esto algún fundamento, pero en las divinas es muy de hombres tibios no advertir en cosas muy grandes que hace Dios muy de ordinario, y admirarse mucho de las extraordinarias, como lo pondera san Agustín: ''Ut non maiora sed insolita videndo, stuperent, quibus quotidiana vilueruns''. ''[22]'' “Y caerán sin duda los sobredichos en la cuenta si hicieren esta consideración”. Y es que suelten las riendas al entendimiento y añadan a las mercedes que Dios hizo a esta sierva suya otras mayores, más estupendas y raras, y porque el entendimiento del hombre es corto, haga esto el más subido serafín, y todo junto esto con aquello no llegará ni en grandeza de obra, ni en firmeza de amor, ni en novedad de maravilla a lo que es solo comulgar una vez. Porque esta merced ni puede tener igual, ni el misterio semejanza. Todo esto, y mucho más a este propósito, advierte el señor Obispo Sosa. Y lo he querido referir porque, llegando a tratar de las soberanas misericordias hechas a esta bendita doncella, vaya el lector con esta prevención. [279] Y, aunque es bien que se admire dellas, por grandes e inusitadas, no por eso deje de creerlas, antes de aquello sacará luz para esto.
[CXXI] Consta de una información hecha en Valdemoro ante el licenciado Sebastián de Ceballos, cura de aquella villa, por comisión del arzobispo de Toledo.


Pues cuando el liberalísimo Señor quiso dar a su sierva más vivas prendas de su amor, determinó visitarla, no ya por solo ministerio de ángeles (como otras veces) sino por sí mismo, y desposarse con ella, con asistencia de su santísima Madre y muchos ángeles y santas vírgenes, que acompañaban a su celestial Rey y Señor. Pues como la sierva de Dios viese a su dulcísimo esposo (en visión imaginaria y verdadera) al lado de su Madre santísima, puso los ojos en él, y favorecida para ello de la Reina del Cielo, pidiole amorosamente la palabra que en otra sazón le tenía dada de desposarse con ella, lo cual pedía también la Virgen Santísima. ''[23]'' Y perseverando con profundísima humildad en esta petición, el clementísimo Señor, movido de los ruegos de su santísima Madre y de los ángeles y vírgenes, que postrados ante su presencia divina rogaban lo mismo, puso Su Majestad en su sierva los ojos de misericordia. Y mirándola con apacible rostro la dijo: “Pláceme de desposarme contigo”. Y extendiendo su poderosa mano, se la dio en señal de desposorio. Con lo cual quedó la bienaventurada virgen tan contenta y consolada (cuanto era razón) de verse del clementísimo Señor tan favorecida.
[CXXII] La censura que dio la facultad de teología se puso a la letra en el principio de este epítome, cuando se habla con Su Santidad, fol. 2. B.


La devoción que tuvo al Santísimo Sacramento fue superior a todo lo que se puede decir. Porque cuanto hacía antes de comulgar lo guiaba en orden a la santa comunión ''[24]'' y lo que después, todo era hacimiento de gracias. Y mientras más gustaba de este divino manjar, más hambre le quedaba d’él, y así todas las veces que podía le recibía. Y cuando por la debida reverencia se detenía, espiritualmente comulgaba. Y esto tan a menudo que toda su vida era una comunión espiritual continuada. Y tanto que, estando una vez arrobada, le dijo el Señor hablando con ella que le agradaban muchos las comuniones espirituales que hacía. ''[25]'' Y muy consolada con esto, solía decir muchas veces: “Oh, Señor, qué buena manera de comulgar es esta, sin ser vista ni registrada, sin haber de dar cuenta dello a ninguna criatura humana sino solo a vos, Criador y Señor mío, que me hacéis tanto regalo a mí, la [280] más vil y desechada de cuantas criaturas hay en el mundo. Oh, Pan de Ángeles, oh maravilloso manjar lleno de toda suavidad y dulzura, ¿qué piedad es esta, mi dulce Jesús?”. Esto decía agradeciendo al Señor el comulgarla espiritualmente cada día y cada hora que ella quería.
[CXXIII] In S. Concilio Trident. ses. 25 ibi: ''adhibitis pys viris et Theologis, in confilium. Episco pus decernat eaque ve itate et pietati consentanea indicaveritt''.


Pues de las cosas milagrosas que le acaecieron en respecto del Santísimo Sacramento, ¿quién podrá dar razón entera? Confesándose un día mientras se decía la misa conventual, mandola el confesor que fuese a adorar al Santísimo Sacramento. ''[26]'' Y llegando a un portal cerca de la iglesia, oyendo tocar a alzar, se hincó de rodillas para adorar desde allí con los ojos del alma al que no podía ver con los del cuerpo. Mas su dulcísimo esposo, que quería ser visto della, ordenó que se abriese la pared a la larga del portal que dividía el convento de la iglesia. ''[27]'' Y vio a la hostia consagrada en el altar, y al sacerdote que decía la misa y todas las personas que estaban en la iglesia. Y habiendo adorado con suma devoción, se tornó a ajuntar la pared, quedándose ella de rodillas hasta que cuando el sacerdote alzó la hostia postrera se volvió a abrir otra vez la pared. Y para perpetua memoria deste milagro, quiso el Señor que la última piedra en que se remató la juntura de la pared quedase más blanca que las otras y hendida en tres partes a manera de cruz (como se muestra hoy en día), y cuando se deshizo después aquella pared para hacer la de la iglesia, en la forma que hoy está, la mayor parte desta piedra como reliquia preciosa se puso en el claustro alto como ahora está, cubierta con una rejita de hierro dorada, y allí van las monjas a rezar y tocar sus rosarios.
[CXXIV] Es muy devota de las ánimas del Purgatorio.
Otra vez siendo cocinera oyó tañer a alzar, y puesta de rodillas de entre los tizones y ollas que estaba, vio el Santísimo Sacramento con haber por medio cuatro o cinco paredes y otros tantos aposentos, y esto le acaeció muchas veces.


Una vez la habló Christo Nuestro Señor en la hostia consagrada prometiéndole la salvación de una monja de su convento, por la cual rogaba. Y estaba ya en la agonía de la muerte.
[CXXV] Pide a Dios la permita padecer por las animas y en satisfacción de sus penas.


Un sábado santo estando en su celda, oyó tañer a gloria, y no pudiendo ir a la misa por estar enferma, arrodillándose en la cama para dar gracias a Dios, vio desde allí todo lo que el preste decía en el altar y lo que las monjas decían en el coro, [281] y lo que más es: vio a Christo resucitado y resplandeciente que salía del sepulcro, con muchos ángeles que le daban músicas y cantaban muchos motetes y letras. Otras muchas veces oía de muy lejos del coro todo el oficio divino que se cantaba y daba razón de todo cuanto pasaba, como si estuviera presente a ello.
[CXXVI] Concédela Dios lo que pide y la colma de dolores y enfermedades.


Una religiosa, buscando otra cosa en la celda de esta santa virgen, vio dentro de un cofrecillo una hostia. Y a este punto volvió ella del rapto en que estaba. Y con mucha agonía, se fue derecha al cofrecillo en que andaba la religiosa y dijo: “Hermana, no toque a esa santa reliquia, porque es el Santísimo Sacramento, que le han traído ahí los ángeles”. Y declarando cómo era, dijo: “Un hombre que por sus pecados se fue al infierno murió con el Santísimo Sacramento en la boca, de la cual se le sacaron los ángeles y le trajeron aquí, mandándome que, pues yo lo había visto, comulgase con la santa hostia y la recibiese por una de las ánimas de purgatorio. [28] Y estando en oración supe que andaba cierta persona en mi cofre, y así quiero luego hacer lo que los ángeles me mandaron”, lo cual hizo con mucha devoción y lágrimas.
[CXXVII] Padece calores grandes en invierno y intensos fríos en verano.


===Cap. VII. De la familiaridad que tenía con los ángeles y en especial con el de su guarda, y cuán devota era de san Antonio de Padua===
[CXXVIII] Caso notable de lo que obraba el incendio interior que padecía soror Juana.


Era tan ordinario el trato que esta sierva de Dios tenía con los santos ángeles que conversaba con ellos con la misma llaneza cual suele un amigo con otro. ''[29]'' Y desto se le pegó la condición angélica y tal olor a las cosas que tocaba y hábitos que vestía que con ninguno de la Tierra se podía comparar: porque era del Cielo, y así toda sabía a Cielo. Los ángeles que guardaban particulares provincias y reinos la visitaban a menudo y le rogaban alcanzase del Señor que templase tal y tal tempestad que quería enviar sobre la tierra de piedra, granizo o rayos. Decíanla sus nombres y oficios y algunas veces las cosas que sucedían en los reinos y provincias que [282] guardaban, así presentes como las que estaban por venir. Una vez estando con las monjas que querían comulgar, se la arrebataron los ángeles y no la vieron hasta que después de haber comulgado apareció en medio de ellas. Las cuales admiradas y deseosas de saber, la rogaron se las dijese. Y ella para su edificación las dijo: “Hermanas, porque os ocupáis conmigo cuando se ha de tratar solamente con Dios, quiso Su Majestad que los ángeles me llevasen a lo alto, de donde ellos y yo adoramos el Santísimo Sacramento. De allí os vi comulgar a todas y lo mucho que los ángeles de vuestra guarda se alegran con las que comulgan santa y puramente, y lo que mostraban apartarse y querellarse los que veían lo contrario en las que ellos guardaban”.
[CXXIX] Otros dolores y tormentos que padece en las coyunturas y en la cabeza.


Por tanto, persuadíalas a que fuesen muy devotas de los ángeles que las guardaban: “Porque no solo nos guardan siempre y acompañan, sino que cuando caemos nos levantan si estamos tibias, en la devoción nos inflaman, en nuestras dudas nos enseñan, en los peligros defienden y en los trabajos nos sustentan y a la hora de nuestra muerte asisten y acompañan nuestras almas y las presentan a Dios, las visitan y consuelan en el purgatorio. Y porque sepáis cuán cierto es esto (dixo la santa) el otro día vi que tañendo la madre vicaria la campanilla de comunidad a que se juntasen todas las religiosas, como no acudieron luego todas, vinieron los ángeles de las que faltaron a hacer la obediencia por ellas”. Otra vez siendo abadesa esta santa virgen, reprehendiendo a dos religiosas mozas en presencia de otras, dijo: “Estando yo poco ha en oración, me mostró el Señor vuestra obediencia y que no quisieses barrer lo que la madre vicaria os mandó, por lo cual perdistes dos coronas que os traían los ángeles de vuestra guarda y, mandándoselo Dios, las dieron a los ángeles custodios de las otras dos que obedecieron mejor que vosotras. Esto me mostró Dios, hijas, y yo lo digo para más confusión y enmienda vuestra y para enseñaros que la campanilla y qualquier otro señal de obediencia es voz de Dios, a quien debemos obedecer si le queremos agradar y servir”.
[CXXX] No come en ocho días mientras duran los dolores de la cabeza.


Con estos ejemplos y otros que contaba a sus monjas, las hacía muy devotas de los ángeles custodios. Y del suyo propio decía grandezas. Decía que era más resplandeciente que el sol y sus vestiduras más blancas que la nieve y que traía alas de singular hermosura y en su sagrada cabeza [283] una diadema preciosísima, sembrada de ricas piedras, y en la frente la señal de la cruz, con esta letra: ''Confiteantur omnes Angeli, quoniam Christus est Rex Angelorum. En los pechos esta: Spiritus Sancti gratia illuminet sensus, et corda nostra''. Y en la manga del brazo derecho la señal de la santa cruz de piedras preciosas, con el siguiente letrero: ''Ecce Crucens Domini fugite partes adversa''. En la del brazo siniestro la misma devisa de la cruz, con los clavos y las demás insignias de la pasión y con esta letra: ''Dulce lignum'', “dulces clavos”. Y en los pies de piedras preciosas este mote: ''Quam pulchri sunt gresus tui''. En las rodillas otro que dice: ''In nomine Iesu omne genuflectatur''. Y más arriba esta letra: ''Celestium terrestium, et infernorum''. Y en las manos suele traer un muy hermoso pendón con las insignias de la Pasión. A este modo publicaba de su ángel tantas cosas esta sierva de Dios que despertó en las monjas gran deseo de saber su nombre, para encomendarse a él. Y así la rogaron supiese cuál era su nombre. Supo que se llamaba Laruel Áureo y se les dijo. [30] Las cuales no solo le tuvieron desde entonces por abogado y patrón, sino que, dejando los apellidos a su linaje y parentela, muchas tomaron por sobrenombre el del ángel san Laruel. Y esta devoción dura hasta hoy en el convento. Mas hase de advertir que no por esto que aquí se dice se ha de entender que los ángeles de su naturaleza sean corpóreos, ''[31]'' sino que algunas veces toman cuerpos formados del aire para que puedan ser vistos de los hombres, como lo dice san Thomas. ''[32]'' Decía también la santa que este bendito ángel era de los muy privados de Dios y que fue custodio sucesivamente de las almas de algunos santos muy señalados, y que consuela y visita las ánimas del purgatorio y a las personas que están en peligro de muerte.
[CXXXI] Oyendo leer la Pasión de Cristo se le aliviaban los tormentos.


Preguntó una vez a su santo ángel: “¿Cómo quedaron los buenos ángeles tan hermosos y los malos tan obstinados y feos y con tanta sed de hacer pecar a los hombres?”. “Muchas cosas has preguntado”, dijo el ángel, “mas a todas te responderé, porque lo quiere Dios”. Y así declaró a la santa tan altos y profundos misterios y la resolución de casi todas las cuestiones y subtilezas que tratan los teólogos en la materia ''de Angelis''. Las cuales no me detengo en contar, por no alargar la historia. También la dijo el ángel que nueve veces arreo se había aparecido la Virgen nuestra Señora en aquella santa casa, los primeros días [284] de marzo. Y que en el último de estos aparecimientos puso con su mano la cruz, señalando con ella el sitio donde quería le edificasen la iglesia, que es en medio de la capilla mayor, en el mismo lugar donde está ahora puesta una cruz, en memoria de la que puso por su mano la Reina del Cielo. El mismo ángel consoló a la santa en muchas persecuciones y enfermedades que padeció, que fueron increíbles, hasta llegar a confesarse con él, no sacramentalmente, sino por vía de consulta y de consuelo.
[CXXXII] Revelación que tuvo del ángel custodio para aliviar los dolores.


Y una vez entre otras le dijo: “Un escrúpulo me atormenta grandemente y es saber si las tentaciones son pecados”. “Sí, respondió el ángel, cuando son consentidas: mas las que no, antes son meritorias”. A esto replicó: “Señor, entre las que me combaten más, tengo por gran tentación parecerme que siento demasiado los testimonios que me levantan”. “No hay que temer en eso”, dijo el ángel, “antes es justo que sientas la pérdida de tu fama, siquiera por la de Dios, a quien ofenden los que te infaman”. “Ay Señor”, dijo ella, “que pienso llegar a ser extremo el que tengo en sentir mis afrentas, porque estoy tal viendo cual me han tratado que, aunque nunca lo digo sino a tu hermosura (que así llamaba a su ángel por la extremada hermosura que tenía), no puedo desechar la pena que me causa y el pensar si por ello estoy aborrecida de los perlados de mi orden, y si por esta causa perderé después de muerte las misas y sufragios que esperaba dellos”. ''[33]'' Diciendo esto derramaba muchas lágrimas, y deseándola consolar la dijo el ángel: “Sosiégate, alma bendita, no pienses que por ser reprehendida de tus perlados eres aborrecida dellos, antes por este camino se labra tu corona y es purificada tu alma, la cual está siempre como la santa escriptura dice, en tus manos”. “No quisiera yo (replicó ella) que mi alma estuviera en tan ruines manos como son las mías, sino en las de Dios, que como soy tan mala y pecadora temo mucho el perderla. Ay, ángel santo, cuán grandes son mis pecados, ¿qué será de mí si Dios por su misericordia no hace como quien es? Rogádselo vos, guardador mío, no se pierda esta alma que está por vuestra cuenta. Dalda buena desta ovejuela vuestra, no se la llevo el lobo. Salvador bendito, consolador de almas, consolad la mía, que estoy muy desconsolada y afligida, aunque mi mayor aflicción es pensar, que por ser tan pecadora padezco estas persecuciones y trabajos, y por eso el Señor permite que me [285] fatigue tanto el Demonio”. “No seas ingrata al Señor”, dijo el ángel, que las persecuciones que padeces mercedes son que Dios te hace: y bien sabes tú que ha mucho tiempo que te dije que Satanás había pedido licencia para perseguirte y tentarte, como hizo el santo Job. Confía en Jesúchristo y en la virtud de su cruz, que, aunque el cuerpo padezca, el alma se salvará”. Estas y otras muy familiares y espirituales razones pasó la sierva de Dios con su santo ángel. Después de las cuales le dijo: “Gracias doy a mi Dios y a vos, santo ángel mío, que así me habéis consolado con vuestras santas razones, pero deseo ahora me digáis: ¿cómo siendo yo tan gran pecadora os veo tantas veces y gozo tan amenudo de la dulce presencia de mi Señor Jesúchristo y de su Santísima Madre?”. Es gracia suya”, dijo el ángel, “que la comunica Dios a quien quiere, de la cual le darás estrecha cuenta”. “Bien sabe su divina Majestad (dijo ella) que nunca se la pedí, ni visiones, ni aparecimientos: porque como tan miserable pecadora no lo merezco. Y así conozco que solo por ser quien es me hace estas mercedes”. “Agradéceselas mucho”, dijo el ángel, “y mira que otras personas sin gozar de este favor son mejores que tú, y esto ten siempre en tu memoria. Y que para mayor bien tuyo y librarte de la vanagloria ha permitido Dios que seas perseguida y atropellada de las gentes y andes en lenguas de tantos”. A la fama de estas cosas acudían a ella tantas gentes necesitadas de consuelo que muchas veces se hallaban a la puerta del convento cien personas juntas y a todas oía y trataba sus necesidades con el santo ángel. Y aprendía tan bien las respuestas que la daba que, con ser muchas y de muchas maneras, ninguna se la olvidaba. A una persona que la rogó supiese de su ángel qué haría para agradar al Señor, respondió: “Paz, oración y silencio son tres cosas que agradan mucho a Dios”. A otra persona que deseaba saber lo mismo, respondió: “Llora con los que lloran, ríe con los que ríen y calla con los que hablan”. Otra persona necesitada de salud y de consuelo, y aun de consejo, se lo vino a pedir para que de su ángel lo alcanzase. El cual la dio esta respuesta: “Di a esa persona afligida que ponga por cielo en su cama a Christo crucificado y por cortinas las insignias de la pasión y ofrezca a Dios sus dolores”. Otras muchas y muy notables respuestas la dio el ángel, de las cuales dejo algunas por no alargarme.
[CXXXIII] Dale por remedio el ángel que se ponga al lado del cuerpo unos guijarros.


[286] Tuvo también especial devoción y familiaridad con san Antonio de Padua, del cual fue siempre muy favorecida y regalada. ''[34]'' Una vez estando en oración, pidiendo para sí y para otras almas la misericordia del Muy Alto, la apareció el santo y dijo: “Hija, quien tanto agrada a su dulcísimo esposo, como tú, mucho le ha de pedir”. Y la santa contemplando aquel dulcísimo niño Jesús que san Antonio traía en su mano, le comenzó a decir tales dulzuras que se detuvo en ello gran rato, hasta que el mismo santo la dijo: “Vuelve, hija mía, la cara y duélete de tus hermanas y de sus necesidades”. Y volviendo el rostro vio cabe sí dos almas muy necesitadas y rogó al dulcísimo niño Jesús por ellas diciendo: “Señor mío, de estos santísimos pies no me levantaré hasta que las hagas la merced”. La cual otorgó luego el piadosísimo Señor y, dándole gracias por haberlas perdonado, extendió san Antonio sobre ella la mano; dándola su bendición dijo: “Aquí descansa en su esposa este divino Jesús, verdadero esposo de las almas”. Duró este rapto largo tiempo y volvió la bienaventurada santa d’él con tanta alegría y resplandor en su rostro, que causó admiración a las religiosas que la vieron. Otra vez, acabando de hacer cierta obra de caridad en una religiosa de su casa quedó con algún desconsuelo, por verla con otras necesidades del alma. Y creciendo en ella esta fatiga, porque la necesidad crecía también, con un gran sospiro llamó a san Antonio de Padua, diciendo: “Oh, mi padre san Antonio, ayudadme ahora con Dios para que libre a esta mi hermana”. Luego al punto se le apareció el glorioso santo y dijo: “Esposa amada de mi Señor Jesuchristo ¿qué me pides? Que sin duda lo alcanzarás”. Ella respondió con humildad profunda: “Yo me hallo tan indigna que no me atrevo a parecer ante mi dulcísimo Jesús, menos que tal intercesión como la vuestra”. Entonces el santo le echó su bendición con su bendita mano y el niño Jesús, que tenía en la otra, con amoroso semblante la dijo: “Yo te ayudaré en tus necesidades y lo que ahora me pides para tu hermana, ya te es concedido, la cual dentro de un mes pasará de esta vida a la eterna, perdonándola muchos años del purgatorio por tu intercesión”. Dadas al soberano Señor muchas gracias por tan inefable merced como la hacía se fue a la religiosa y la dijo lo que había pasado y ella con grande aparejo [287] esperó la hora de su muerte, que puntualmente sucedió cuando le fue revelado.
[CXXXIV] Habla a soror Juana el espíritu de un hombre que tenía su Purgatorio en una piedra.


===Cap. VIII. De cómo la sierva de Dios fue electa abadesa y de un muerto que resucitó===
[CXXXV] Comunica con su ángel custodio el suceso y da la razón de aquel suceso.


Como las religiosas sabían la rara santidad de sor Juana y junto con eso su buen talento y singular prudencia, deseaban tenerla por perlada. Mas los prelados, atendiendo a que era muy moza, pues tenía poco más de veinte y cinco años, rehusaban el admitirla para perlada. Mas ya que en esta ocasión no pudieron las monjas hacer lo que deseaban, en otra siguiente en que vacaba el oficio de abadesa y tenía ya cumplidos veinte y ocho años suplicaron a Dios con instancia pusiese en aquel oficio a su sierva. Oyolas el Señor y, llegando el provincial a hacer elección y considerando la mucha santidad de sor Juana, tuvo escrúpulo de haberla estorbado otra vez, cuando las monjas la quisieron elegir. Solo reparaba en que no podía cumplir con las obligaciones de su oficio porque lo más de el tiempo estaba elevada. Estando dudoso el provincial y combatido destos pensamientos, fue hecha la mano del Señor sobre su sierva y, estando elevada, dijo tales razones que dellas echó de ver el provincial que era la voluntad de Dios que fuese abadesa. Luego entró en la elección y todas las monjas dieron sus votos a sor Juana, sin faltar alguno. Y confirmándola el perlado dijo: “Yo, señoras, no la hago abadesa, sino la voluntad de Dios, que quiere que lo sea”. Ellas no cabían de contento por verse súbditas de tan bendita perlada, la cual en diez y siete años continuos que lo fue hizo cosas importantísimas en el servicio de Dios y aumento del monasterio, el cual estaba tan pobre y necesitado cuando le comenzó a gobernar que solo tenía unas terrecillas donde sembraban una miseria de trigo y nueve reales de renta cada año. ''[35]'' Mas luego quiso Dios, por los méritos de su sierva, que creciese y se aumentase el convento, así en lo temporal como en lo espiritual y que se echase de ver que no contradice, antes se concierta muy bien, la rara santidad con el buen acierto en el gobierno. Muchas [288] personas principales y grandes del reino la dieron gruesas limosnas. El cardenal don fray Francisco Ximénez, su gran devoto, se señaló mucho en esto. Y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba la dio quinientos mil maravedís de una vez, con que la sierva de Dios hizo un cuarto y dormitorio, el mejor que tiene el convento. Para el culto divino hizo muchos ornamentos, vasos de oro y plata, y aumentó en la casa cincuenta fanegas de pan de renta y otros tantos mil maravedís en cada un año, señalándose sobre todo en la santidad y buen gobierno del convento. Cuando tuvo la casa reparada, cuanto al edificio y rentas, hizo que las monjas guardasen clausura, que hasta allí no la guardaban ni prometían, sino que salían como otros pobres a pedir limosna por los lugares de la comarca. Con todo esto era tan amada de todas que se tenían por muy dichosas en tener tal perlada. Junto con este amor la tenían tal reverencia y temor, que acaecía cuando enviaba a llamar alguna religiosa venir luego temblando, de suerte que era necesario que la bendita perlada le quitase aquel temor para poder responder. A todos sus capítulos precedían siempre raptos y muy grandes elevaciones, y allí sabía todas las necesidades del convento y de las monjas, públicas y secretas, temporales y espirituales y todas las remediaba y proveía y el ángel de su guarda la decía lo que había de hacer y ordenar.''[36]'' Exhortábala todo lo bueno y reprehendía lo que no era tal. Castigaba con mucha caridad y prudencia, sin disimular culpa alguna, por muy pequeña que fuese. Y para animarlas al servicio del Señor y observancia de su regla, decía muchas cosas de las que el Señor por su misericordia le mostraba. ''[37]''
[CXXXVI] Muchas ánimas de fieles difuntos se aparecen a soror Juana para que las ayude con oraciones y sufragios.


Estando una religiosa muy enferma en el artículo de la muerte, con grandes ansias por el temor de las penas del purgatorio y del infierno, daba grandísimos gritos y hacía notables extremos. Viéndola así la bendita abadesa, llena de caridad y confianza dijo: “Hija, no temas, confía en mi Señor Jesuchristo que te crió y redimió, y yo de su parte te aseguro que no irás al infierno, ni purgatorio, antes te concederá plenaria remisión de tus pecados”. Dicho esto se fue a comulgar la bendita abadesa y, estando arrobada, expiró la enferma y vio que llevaban a juicio su alma y le tomaban estrechísima cuenta. Viendo [289] esto la santa virgen daba voces a los ángeles diciendo: “Señores, no llevéis esa alma a purgatorio porque he suplicado a mi Señor Jesuchristo que vaya derecha al Cielo”. Luego a los ángeles fue notificado aquello de parte del Soberano Juez, y así se hizo. Donde se ve lo mucho que pueden con Dios las oraciones de los justos.
[CXXXVII] Suceso notable de que fue testigo todo el convento.


La rara virtud y celo de la honra de Dios y vida tan excelente muy justo era que el Señor la confirmara con milagros, que suelen ser el sello destas cosas. ''[38]'' Entre los cuales merece el primero lugar la resurrección de una niña que, habiéndola traído sus padres por devoción al convento de Santa Cruz, murió allí, siendo abadesa sor Juana de la Cruz, de cuya santidad tuvieron tal confianza sus padres, que creyeron si la daba su bendición, cobraría la vida. Rehusolo, excusándose con palabras y pensamientos de humildad, mas al fin, vencida de la piedad humana, de las lágrimas y ruegos de sus padres, mandó que le trujesen la niña muerta, y tomándola en sus brazos, la puso un crucifixo que traía consigo y, hecha sobre ella la señal de la cruz, la resucitó y volvió a sus padres sana y buena en presencia de ochenta personas que fueron testigos deste milagro. Estaba en Madrid una gran señora, llamada doña Ana Manrique, enferma de dolor de costado y, avisándola del peligro de su vida, ''[39]'' cuando este fue mayor, se le apareció la bendita Juana, como constó por el dicho de la enferma y por una carta suya que dice de esta manera: “Yo estoy mucho mejor como vos, madre, sabéis, como la que ha estado conmigo y me ha sanado; bien os vi y conocí cuando me visitasteis al seteno día de mi enfermedad, estando yo desahuciada y con muy grandes congojas; yo os vi subir en mi cama y tocándome las espaldas y el lado donde tenía el dolor, se me quitó luego y, con el gran placer que tuve, porque me alegró mucho vuestra visita, lo dije: ‘No me neguéis madre esta verdad, pues sabéis vos que lo es’”.
[CXXXVIII] Pide soror Juana a Dios que las ánimas que se le aparecían tengan su Purgatorio en las flores y hierbas que tenía en su celda.


Las monjas, entendiendo esto, se lo fueron a preguntar a la humilde abadesa y ella, deseando encubrir el caso, dijo: “No crean, hermanas, todo lo que se dice”. Mas viendo ellas que era público en la corte y que le publicaba la enferma, instaron en que para gloria de Dios contase cómo había sido. Entonces dijo: “No piensen, hermanas, que esa caridad de ir a visitar a nuestra hermana salió de mí, sino de mi santo ángel, que, rogándole yo pidiese a Dios le diese salud, dijo: ‘Mejor será que la [290] vamos a visitar, pues es tu amiga (que para las necesidades son los amigos)’; y, entrando en su aposento, me mandó la tocase en las espaldas y que hiciese sobre ella la señal de la cruz, y el ángel también la dio su bendición, por la cual sanó. Y yo me maravillo mucho que me permitiese Dios me viese a mí y no al ángel”. ''[40]'' Dos religiosas enfermas, que la una tenía dos zaratanes y la otra uno en un pecho tan grande como un puño, sanaron encomendándose a su santa abadesa. Y una religiosa muy enferma de calenturas pidió un poco de pan del que había sobrado a la madre y, así como lo metió en la boca, se le quitó la calentura y quedó sana.
[CXXXIX] Concédesele su pretensión.


Otra religiosa tenía un brazo muy peligroso con una gran llaga y, rogando al ángel de su guarda alcanzase de Nuestro Señor salud para aquella enferma, repondió: “Más mal tiene esa monja del que tú piensas, porque es fuego de san Marcial y tal que no sanará, sino fuere por milagro”; el fuego se comenzó a manifestar en el brazo, ella prosiguió tan de veras su oración que alcanzó de Dios salud para la enferma. A una niña enferma de mal de corazón dio salud haciendo sobre ella la señal de la cruz. Y al confesor del convento, estando enfermo de rabia, sanó santiguándole la comida. Otros muchos milagros hizo semejantes a estos en la cura de los enfermos y en parecer muchas cosas perdidas que se le encomendaron.
[CXL] Las flores y hierbas que tenía en su celda se inclinan al cantar soror Juana el verso del Gloria Patri.


===Cap. VIIII. De las milagrosas cuentas que nuestro Señor bendijo en el Cielo, a instancia de su sierva===
[CXLI] Vuélvese a repetir el milagro en presencia de las religiosas.


Todas las dificultades que puede haber habido, cerca de estas cuentas de que se tratará ahora, se allanan con advertir al lector de algunas cosas. La primera es que no se pretende aquí, ni el autor de quien arriba dijimos que escribió la vida desta santa quiso dar a entender, que las dichas cuentas, por haber estado en el Cielo, viniesen de allá con especiales indulgencias. Porque, aunque las pudo conceder el Señor que nos las ganó y de quien tiene autoridad el Sumo Pontífice para concederlas, pero llana cosa es que esa autoridad se la tiene dada [291] a él, como a cabeza visible de la Iglesia, y por ese medio quiere Su Majestad que se concedan todas.
[CXLII] Las hierbas y flores marchitas despiden de sí olor celestial; y por qué razón.


Lo segundo se ha de advertir que la razón porque las dichas cuentas son en todo el mundo tan estimadas, y es razón que lo sean, ''[41]'' no es por las dichas indulgencias, que cuanto a eso muchas hay concedidas por los Sumos Pontífices, y cada día se conceden en las cuales hallamos todo lo que se puede desear para en razón de indulgencias. La causa, pues, porque deben preciarse como muy preciosas las dichas cuentas es por haber sido llevadas al divino consistorio de la gloria celestial por ministerio de el ángel de guarda de la bendita sor Juana de la Cruz y haber el mismo Dios en el trono de su gloria echado su bendición sobre ellas, de cuya bendición y contacto salieron tan maravillosamente dotadas de tantas virtudes y gracias cuanto se echa de ver en los efectos milagrosos que proceden dellas. Ni debe parecer esto ser cosa inaudita y nunca vista, como algunos han querido afirmar, que es el haber llevado el ángel y bajado de allá benditas las dichas cuentas (como consta por testimonio de un convento de religiosas entero, y por tantos milagros como en confirmación desta verdad consta haber Dios hecho), porque no es caso sin ejemplo, antes hay muchas cosas que se veneran entre los christianos por haber descendido del Cielo y por ministerio de ángeles. ''[42]'' Y dejadas aparte algunas de que se trata la Sagrada Escritura, como el manná, el alfanje o cuchillo santo, que trajo Jeremías a Judas Machabeo,hay otras muchas, que el pueblo christiano venera: ''[43]'' como la cruz de los ángeles que se conserva en la santa iglesia de Oviedo y la de Caravaca, y la casulla de san Ildefonso, el pedazo de velo que el mismo santo cortó de la santa Leocadia, la ampolla christalina, donde pareció incluso el milagro de la Eucharistía, que se conserva en Santarén, el hábito que la Virgen Nuestra Señora trajo a san Norberto, de que le vistió cuando había de instituir su religión, y lo mismo acaeció a otros fundadores de religiones. Y celebrando misa el obispo Próculo Mártir Santísimo, levantaron los ángeles el cáliz y le subieron al Cielo y después de dos horas se la bajaron y dijeron: “El Espíritu Santo le consagró, no le tornes tú a consagrar, sino recíbele”, y así lo hizo, admirándose todos los que presentes estaban. Y Nizeforo Calixto escribe en su historia Ecclesiastica lib.19 cap.20 las excelencias del glorioso Amsiloloquio de Itriana y, [292] entre otras cosas, refiere cómo le consagraron los ángeles. Y muy grandes son las historias que afirman haber descendido del Cielo los tres lirios de oro, llamados Flor de Lis, que traen los reyes de Francia por armas, inviándoselos Dios con un ángel por gran favor al rey Clodoveo cuando se convirtió a la fe y de gentil se hizo christiano. ''[44]'' Y cuando san Remigio, obispo de Remes, [sic] quiso baptizar al rey, faltando acaso la chrisma la bajó del Cielo una paloma en una redomita o ampolla que traía en el pico, ''[45]'' poniéndosela delante de muchas gentes al santo obispo en las manos; desapareció, y ungió luego al rey con la maravillosa chrisma que Dios le enviaba, la cual se guarda en la misma ampolla y se ungen con ella los reyes de Francia el día de su coronación y ha mil y cien años que conserva Dios allí aquel santo liquor. Ni hay mucho que espantarse de estas semejantes maravillas, porque es Dios grande honrador de sus siervos. Todo lo dicho, y mucho más a este propósito, se colige de lo que maravillosamente escribe el doctísimo señor obispo Sola en la aprobación del dicho libro que sale ahora revisto por el Tribunal del Santo Oficio.
[CXLIII] Fue muy devota la sierva de Dios de la Virgen santísima.


Volviendo, pues, al propósito deste capítulo, como las religiosas de aquel santo convento, súbditas de la sierva de Dios sor Juana, la vieron tan favorecida del Cielo, quisieron valerse de la intercesión de su santa madre para que alcanzase del Señor, por medio del ángel de su guarda, que bendijese sus rosarios y les concediese algunas gracias para ellos. ''[46]'' La sierva de Dios con su gran caridad (que nunca supo negar cosa de cuantas por Dios le pedían) ofreció procurarlo, y habiéndolo comunicado con el ángel de su guarda, y alcanzado de Dios lo que pedían, dijo a las monjas que para cierto día ajuntasen todas las cuentas y rosarios que tuviesen porque el Señor por su bondad los quería bendecir y mandaba que el ángel los subiese al Cielo, de donde se los traería benditos. No lo dijo a las sordas porque, oyéndolo las monjas, buscaron en su casa y lugares de la comarca, todos los rosarios que pudieron ajuntar, y para el día señalado se los llevaron todos. Y como eran tantos y tan diferentes las cuentas, de aquí nace haber tanta diferencia dellas. La bendita sor Juana, cuando vio juntas las cuentas, mandolas poner todas en una arquilla, que está guardada en el convento con gran veneración, y a una de las monjas más ancianas [293] que la cerrase con llave y la guardase consigo. Hecho esto se puso en oración y, viéndola arrobada, las monjas tuvieron por cierto ser aquella la hora y punto en el que el ángel había subido a bendecir los rosarios al Cielo. ''[47]'' Y así llevadas de curiosidad, acudieron a la religiosa que tenía la llave de la arquilla y, abriéndola, vieron que estaba vacía, por donde tuvieron por cierto lo que habían imaginado, y volviéndola a cerrar como estaba se fueron de allí, porque volviendo del rapto no las viese. Y quedaron con gran consuelo aguardando las gracias del Cielo que el ángel les había de traer cuando tornase la sierva de Dios de aquel rapto. ''[48]'' Y como volviese d’él, se sintió por todo el convento tan grande fragancia y suavidad de olor que, atraídas d’él, vinieron a preguntar a la santa abadesa la causa de aquella novedad. Presto (dixo): “Hermanas, lo sabréis, y la merced que Dios os ha hecho. Vengan aquí todas y en especial la que tiene la llave de la arquilla”. Fue cosa maravillosa que, con haber poco rato que la habían abierto y hallada vacía, tornándola a abrir ahora la hallaron con los mismos rosarios y cuentas que habían puesto en ella, sin faltar una sola. Porque el ángel que los llevó al Cielo los había ya vuelto benditos y puesto en la misma arquita y, cuando ahora la abrió la monja que guardó la llave, creció tanto el olor que salía della, que se admiraron todas. Y ella dijo que aquella suavidad era la que se había apegado a sus rosarios de haber estado en las sacratísimas manos de Nuestro Señor Jesuchristo, y que no solo les había dado su bendición, sino concedido muchas gracias y virtudes, las cuales iba diciendo y juntamente dando a cada religiosa sus cuentas. Y a estas unas llamaba de los Agnus, porque las había concedido el Señor las gracias que tienen lo Agnus, a otras llamaba contra los demonios por la virtud que tienen de alanzarlos, a otras contra tentaciones y enfermedades, y otras contra otros peligros, conforme a las virtudes que el Señor puso en ellas. Esta grande maravilla sucedió el año de mil quinientos veinte y tres. Quedaron muy consoladas las religiosas y obligadísimas a su bendita Madre, por la misericordia del Cielo que las había alcanzado. Pero, deseando cada una gozar más copiosamente de aquel bien que con sus cuentas tenía y de todas las gracias y virtudes que tenían las otras, rogaron a la abadesa alcanzase de Nuestro Señor que las gracias que estaban repartidas entre todas las concediese [294] generalmente todas a cada una de sus cuentas. La sierva de Dios lo suplicó a Su Majestad y se lo otorgó, advirtiéndolas que por las gracias de aquellas cuentas no despreciasen las que los Sumos Pontífices concediesen en la Tierra.
[CXLIV] ''Facta est Maria fenestra cæli, quia per ipsam Deus verum fudit seculi lumen, sancta est Maria scala cæelestis quia per ipsam Deus descendit ad terras, ut per ipsam homines ascende mererentur ad cœelos. D. Fulg. ser. de laudib. Mariæ''.


Las virtudes de estas cuentas son muchas y por experiencia se conoce que la tienen contra demonios, porque los lanzan de los obsesos y confiesan que salen por virtud de estas cuentas y huyen de los que las traen consigo. ''[49]'' Tiénenlas también contra el fuego, contra los truenos y rayos, tempestades y tormentas del mar, y contra muchas enfermedades del cuerpo y del alma. Valen contra escrúpulos, tentaciones y espantos de demonios, y esto sacaron de la virtud que les dio el Señor, como consta por los milagros que están comprobados. Todo esto se ha colegido de lo que, debajo juramento, dijeron las monjas ancianas que conocieron y trataron a las compañeras de la misma sierva de Dios, que en sus deposiciones juran habérselo oído contar muchas veces y es pública tradición desde aquellos tiempos hasta estos, que estas cuentas estuvieron en el Cielo y todo lo demás que queda dicho dellas. Y muchas personas de cuenta y grandes perlados de Castilla las tienen en mucha veneración, y las han procurado y tenido en mucho. Una tuvo el rey Filipo Segundo de buena memoria; y Filipo Tercero, legítimo heredero de la fe y la devoción de su padre, y la christianísima reina doña Margarita, mujer suya, las han tenido consigo. ''[50]'' Y el Papa Clemente Octavo de gloriosa memoria, antes de ser Pontífice vino a España, con un hermano suyo, auditor de Rota, sobre los negocios del Condado de Puñoenrrostro ''[51]'' y fue desde Torrejón de Velasco al convento de la Cruz, donde está el cuerpo de la beata Juana e, informado de la sancta vida y milagros desta virgen y de la verdad de estas cuentas, después de haber dicho misa en la capilla donde está su cuerpo, pidió a sor Juana Evangelista, abadesa que era del convento, una de las dichas cuentas y con mucha devoción la recibió y llevó consigo. Los benditos fray Francisco de Torres y fray Julián de San Agustín, varones apostólicos de tan aprobadas y santas vidas que después de sus muertes hizo Dios por ellos muchos milagros, ''[52]'' afirman en sus testimonios que dieron que habían subido al Cielo estas cuentas y que Christo Nuestro Señor las bendijo y concedió [295] muchas virtudes y perdones, y persuadían a los pueblos donde llegaban que tocasen los fieles sus rosarios en las cuentas que llevaban ellos. Y cuando de esta verdad no hubiera tantos y tan calificados testimonios, bastaba el de esta sierva de Dios, y el haberlo ella dicho y aseverado, para persuadirnos que no había de engañar a la Iglesia, publicando virtudes y gracias falsas. Mas lo que bastantemente prueba esta verdad son los milagros que Dios ha hecho en su confirmación, de los cuales diremos algunos en el siguiente capítulo.
[CXLV] Venera sumamente una imagen de Nuestra Señora de la Asunción, de escultura tosca y antigua que había en el convento.


===Cap. X. De los milagros hechos en virtud de estas cuentas y de las tocadas a ellas===
[CXLVI] León X restituye al mundo las ciencias y las artes.


Para que nadie pueda dudar con razón de estas santas cuentas, diré aquí para gloria de Dios algunos de los muchos milagros que el Señor ha obrado por ellas, pues es cosa cierta y llana que nunca Dios hace milagros verdaderos en confirmación de cosas falsas, y los que hace en confirmación de alguna verdad la hacen evidentemente creíble. Y porque los milagros hechos en nuestros días mueven más que los antiguos, serán tan nuevos los que aquí dijere que los testigos, jueces y escribanos ante quien pasaron las informaciones están aun hoy vivos, y las mismas informaciones originales o sus traslados aunténticos, en los archivos del convento de la Cruz.
[CXLVII] La imagen de Nuestra Señora es muy venerada de las religiosas.


Doña María Pérez, vecina de Madrid, prestó una cuenta que tenía a Manuel Vázquez, clérigo del mismo lugar, para conjurar con ella una endemoniada y, así como se la pusieron, dijo el demonio que no le echaría de aquel cuerpo la cuenta de Juana. ''[53]'' Mas oyendo el clérigo, dijo: “Por la virtud que Dios puso en esta cuenta de la bendita Juana, te mando, demonio, que salgas luego del cuerpo desta mujer”. Y al punto salió y quedó libre la mujer, de lo cual se hizo acto público.
[CXLVIII] Hay tradición entre las religiosas de que Cristo, Señor Nuestro, mejoró la escultura de aquella Imagen.


Fray Francisco Castañoso, siendo guardián de Pinto, oyó decir que un clérigo estaba conjurando una endemoniada en la iglesia del mismo lugar, fuese allá y así como le vio la mujer dio un salto de más de treinta pies, huyendo d’él y, preguntada por [296] él de qué se espantaba, respondió: “Porque traes una cuenta”. Y él, dismulándolo, mostró las manos vacías y dijo: “¿No ves que no traigo nada?”. Mas el demonio, dando voces, decía: “Cuenta traes, cuenta traes de aquella Juana de la Cruz”. “¿Qué virtud tienen, que huyes dellas?”, dijo el guardián, y el demonio respondió: “No te lo quiero decir”. Y nunca consintió la mujer le pusiesen esta cuenta, con lo cual se experimentó lo mucho que los demonios las temen.
[CXLIX] Los pueblos de la comarca acuden en tiempo de esterilidad y falta de agua a valerse de la imagen.
Lo mismo acaeció otra vez a una endemoniada que llevaron al convento de Santa Cruz.


Isabel del Cerro, vecina de la villa de Torrejón de Velasco, tenía tres cuentas destas y, saliendo de oír misa de los Niños de la Doctrina en Madrid, encontró con una endemoniada y, poniéndola sus cuentas, comenzzó luego a trasudar, dando voces y balidos como cabra y salió della el demonio, pero, así como se las quitaron, se tornó luego a endemoniar. Y poniéndola otra vez otra cuenta de un religioso de san Francisco tornó a salir della y, por qué no la volviese más, se la dejó para siempre el religioso.
[CL] Milagros que obra Dios por intercesión de soror Juana.


La dicha Isabel del Cerro, estando en Torrejón, oyó decir que un mancebo que llegó a su casa estaba endemoniado y le llevaban a conjurar a Santo Toribio y, movida de caridad, le puso sus cuentas, y haciendo el demonio grandes extremos, dijo: “Si supieses el tormento que me das tú, me dejarías”. Diciendo esto se fue huyendo del lugar tan apriesa que no le pudieron alcanzar muchos que fueron tras él.
[CLI] Resucita una niña.


Otra mujer endemoniada llegó a la casa de la dicha Isabel del Cerro tan maltratada que era lástima el verla, pero, tocándola con las cuentas en la boca, cayó como muerta, y se quedó cárdena y cubierta de un gran sudor y el demonio salió della.
[CLII] A una religiosa se le salta un ojo y soror Juana se le restituye, y también la vista. De este milagro y otros muchos consta por una información que hizo el licenciado Luis Galindo, de comisión del arzobispo de Toledo, año de 1615.


El padre fray Pedro de Salazar declaró y depuso con juramento que sabía las dichas cuentas tener virtud contra el fuego, tempestades y rayos y contra las tormentas del mar, por ser esto cosa muy sabida en Castilla y confirmada con muchas experiencias y milagros. Y dijo en su deposición Christóbal del Cerro, vecino de Torrejón, de otro caso.
[CLIII] Los comuneros de la villa de Torrejón intentan saquear el convento.


Contra diversas enfermedades de perlesía, peste, mal de corazzón y otras, hay muchas informaciones hechas en el dicho convento; [297] contra los escrúpulos y tentaciones de la fe, contra desesperaciones y tentaciones de el demonio y contra visiones y espantos de la misma manera. Y de estas informaciones, unas están hechas por comisión del Ilustrísimo de Toledo, otras del Ministro General de nuestra orden. Pues de que no solas las cuentas que subió el ángel al Cielo tengan las dichas virtudes, sino también las tocadas a ellas (como la bendita sor Juana lo dijo a sus monjas), se ve claro, por lo que ahora veremos.
[CLIV] Defienden el convento hombres armados que parece fueron los ángeles custodios de las religiosas.
El siervo de Dios fray Julián de san Agustín, por quien ha hecho el Señor tantos milagros que pasan de seiscientos los que están comprobados jurídicamente, en noventa y dos informaciones auténticas, hechas con mil y cuatrocientos testigos, primero por autoridad del ordinario y después por especial comisión de su santidad. ''[54]'' Este siervo de Dios tenía una cuenta de las originales y tanta devoción con ella que exortaba a todos tocasen sus rosarios a ella, y en esta obra de caridad le sucedieron casos extraordinarios con los demonios, que se lo procuraban estorbar, como lo comprueban los milagros siguientes.
Estando el beato padre en las eras del lugar de Villanueva, vino a él una mujer llamada Mari Sanz, rogándole tocase su rosario con la cuenta que tenía en el suyo. Y él dijo: “Levanta primero esa piedra que está ahí cerca”. Probó la mujer por dos veces, mas no pudo porque abrasaba como fuego y se quemaba. Y viendo esto fray Julián, dijo: “No te canses, hija, que no es piedra esa aunque lo parece, sino un demonio, que pretende impedir que se toquen tus cuentas a la de la beata Juana por que no goces de la virtud que Dios puso en ellas”. Otros muchos casos semejantes le sucedieron en el dicho lugar de Villanueva y en el de Camarma, y las piedras desaparecían, en descubriendo el dicho santo lo que eran. Todo lo cual consta de una información hecha por el Ilustrísimo de Toledo.
Madalena Escrivano, vecina de Torrejón de Velasco, fue tentada del demonio, que se la aparecía muchas veces y, ofreciéndole una soga, la decía que se ahorcase con ella. Fue Nuestro Señor servido que, poniéndola una cuenta tocada, nunca más el demonio la apareció y quedó libre de aquella tentación. Cierto doctor estaba muy apretado de escrúpulos y pensamientos contra la fe, con que el demonio le acosaba. Y procurando [298] haber una cuenta de las tocadas de la santa, solo con traerla consigo quedó libre y con la misma cuenta lanzó al demonio de un hombre.


Carrillo, clérigo y cantor de la santa Iglesia de Toledo, tenía una cuenta de las tocadas y pensaba él ser de las originales (porque por tal se le habían dado) y, llegando adonde estaba un endemoniado, le dijo el demonio que se apartase d’él porque llevaba una cuenta de sor Juana, que, aunque era de las tocadas, tenía la misma virtud que las otras y le atormentaba mucho con ella. Y con esto el dicho clérigo salió del engaño en que estaba, que, aunque el demonio sea padre de mentiras, no permite el Señor que en tales casos nos engañe. Otros muchos milagrosos acaecimientos están tomados por acto público, de que las dichas cuentas tocadas eran de singular virtud contra los demonios. Allende destos, un ciego cobró vista con el toque de las dichas cuentas y un niño de mal de garrotillo. Y una doncella de cataratas de ambos ojos. Y un hombre desahuciado ya con dolor de costado y calenturas terribles. Y una mujer muy enferma y apasionada de mal de corazón. Y otra de los mismos con desmayos y gota coral. Todos estos, con solo el toque de las dichas cuentas que eran de las tocadas a las originales, cobraban salud. Y lo que más es de notar, que muchos de estos milagros acaecieron en el tiempo que las dichas cuentas eran traídas a cuestión de probanzas y cuando muchos dudaban de la virtud de ellas, que fue desde el año de mil seiscientos y once hasta el de mil seiscientos y trece.
[CLV] Persecuciones que padeció soror Juana.
Y no solo eran estos milagros en España, sino en otras naciones muy lejos della, como se vio el año de mil seiscientos y doce por la Pascua de Resurrección en la ciudad de Aix en Francia, donde, por permisión divina, había un convento de monjas, de las cuales las veinte y cuatro estaban endemoniadas. ''[55]'' Y pasando por allí muchos religiosos graves de España que iban a la celebración del capítulo general de toda la Orden de Nuestro Padre San Francisco, que se había de tener en el convento de Araceli en Roma, algunos de los dichos padres llevaban consigo de las cuentas de la beata Juana de la Cruz y, compadeciéndose de aquella tan grande lástima, el primero día de la santa Pascua de Resurrección fueron adonde las dichas monjas estaban, y con una de [299] las dichas cuentas, puesta primero a la que más furiosa estaba y después sucesivamente a las demás, en presencia de mucha gente que se halló presente a aquel caso, salieron los demonios de los cuerpos de las dichas religiosas, a parecer de los que presentes estaban porque, al punto que las dejaban los demonios, quedaban cansadas y sudando notablemente y hacían la señal de la cruz y se santiguaban. Y las que poco antes huían de la cuenta, la besaban dando muestras de devoción y de estar libres del demonio. Y la que primero estaba libre d’él, ayudaba luego a las otras, para que les pusiesen la cuenta. A lo cual se hallaron presentes muchos padres, y dieron verdadero testimonio dello y juraron ser verdad, como más largamente se refiere en el dicho libro de la santa. Lo sobredicho se confirma con una carta escrita de la propia mano del ilustrísimo cardenal Diestrichstain, arzobispo de Nichillpurg en Alemania, para la señora marquesa de Mondéjar, su hermana, donde con mucha instancia la pide que le envíe una cuenta de la beata sor Juana de la Cruz porque con una dellas que tienen allá en Alemania hace el Señor muchos milagros, de los cuales cuenta algunos. Y la dicha señora marquesa envió la misma carta original en Madrid al Señor obispo de Canaria, don fray Francisco de Sosa, para que se tomase testimonio auténtico de ella, (como se hizo), y está en el convento de santa María de la Cruz.


===Cap. XI. De algunas revelaciones que el Señor reveló a su sierva y de la devoción singular que tuvo a la Virgen Santísima===
[CLVI] La vicaria del convento y otras monjas se conspiraron contra soror Juana.


Atendiendo a que el comunicar tan altas revelaciones el Señor a esta sierva suya era en orden al aprovechamiento de muchos, como se lo dijo el ángel de su guarda mandándoselas escribir, me pareció escribir este capítulo de algunas revelaciones suyas, para que, leyéndolas, el pecador se consuele considerando las divinas misericordias que resplandecen en ellas, como se verá en esta que contó a sus monjas de esta manera. “Llevándome mi santo ángel un día de santa Magdalena a visitar [300] la iglesia donde está su santo cuerpo para ganar los perdones allí concedidos, y pasando por cierta ciudad de Castilla, vi en un campo mucha gente alrededor de una hoguera, de entre las llamas de la cual salía una alma más resplandeciente que el sol, con dos ángeles que la llevaban en medio y otro que iba delante con una cruz en la mano, todos caminando muy apriesa para el Cielo. Y díjome mi santo ángel: “Por que veas lo que puede la misericordia de Dios y la gran contrición en un hombre, aquella alma es de un hombre viejo, grandísimo pecador, que estuvo de asiento en un pecado mortal, tan abominable y feo que no solo merecía las llamas de aquella hoguera, sino ser quemado en el infierno. Prendiole la justicia y confesó llanamente su pecado, pidiendo a Dios misericordia y al juez rigurosa justicia, diciendo quería pagar su delito en esta vida. Y aunque la salvara si quisiera, escogió morir y padecer esta pena y afrenta en satisfación de sus culpas. Y así, después de haberle dado el garrote, le quemaron en aquella hoguera, de la cual sale su alma derecha al Cielo, porque sepas que mientras el alma está en el cuerpo, ha lugar la misericordia de Dios, que cabe entre la soga y la garganta del hombre”.
[CLVII] Toman ocasión de la impetración del breve para anexar el breve del beneficio del lugar de Cubas al convento.


Estando en oración un día, la mostró el Señor que a un ermitaño de santa vida que hacía penitencia en un desierto le pareció el demonio en figura de Christo crucificado y le dijo: ''[56]'' “Adórame que soy tu Dios, que por ti me puse en esta cruz y me agrada mucho tu oración y penitencia”. Hízolo el ermitaño y, estándole adorando, arrodillado a los pies de aquel falso crucifijo, llegaron otros muchos demonios diciendo: “Príncipe de tinieblas, vuelve a tu reino infernal, que nos le destruyen los ángeles del crucificado y, pues sabes que se paga de voluntades y que recibe la deste ermitaño, como si adorara al mismo Dios del Cielo, déjate de esas vanas adoraciones y vuelve allá, que es lo que más te importa”. “Quiso Nuestro Señor que oyese esto el ermitaño para alumbrarse por este camino” (dijo la santa) “y que yo os las dijese a vosotras, para que conozcáis las cautelas del enemigo y os guardéis de sus engaños, que son más de los que los hombres piensan”. Sucedió otra vez a esta sierva de Dios, día de santa Lucía, que estando elevada en oración y su espíritu en aquel celestial lugar donde Dios le solía poner, vio (cual otro Esaías) ''[57]'' al Señor de los ejércitos sentado [301] en un trono de grandísima majestad y gloria, cercado de infinitos ángeles y santos, que daba premios y mandaba se hiciesen fiestas a la gloriosa santa Lucía, por haber padecido en tal día. Considerando estas cosas y cuán bien premiaba los trabajos padecidos por su amor, la parecía decirle el mismo Señor con voz sonora y fuerte como el ruido de muchas aguas: “No os despidáis vos, hija mía, de recibir otro tanto como ahora doy a esta mi sierva”. Ella con mucha humildad y confianza, después de haberle adorado, dijo: “Inmensas gracias te doy, Señor mío, por tan soberana merced, mas no me hartan, Señor, estos dones, ni satisfacen esas joyas, regocijos, ni fiestas, porque la hambre de mi alma no se puede satisfacer menos que bebiendo de esa fuente de vida; y hasta conseguir eso, no dejaré de importunar a Vuestra Majestad”. Otra vez estando en profundísimo rapto, la vino a visitar su muy particular devota santa Bárbara y, razonando con ella, dijo: “Bien sabéis vos, señora, lo mucho que os desea servir esta indigna sierva vuestra”. ''[58]'' “Sí sé, hermana”, respondió santa Bárbara, “y querría también que tú supieses que te amo en el Señor y te tengo por mi singular devota y amiga”. Con esto pusieron fin a su plática las santas vírgines, y apenas fue acabada que le apareció el ánima de un niño que acababa de expirar, rogándola que dijese a su madre que castigase a sus hijos, porque daría rigurosa cuenta al Señor de lo mal que los criaba. ''[59]'' “Y yo” (dixo el alma) “doy mil gracias a Su Majestad, por haberme traído a este santo reino en tan tierna edad, que si llegara a ser grande, me condenara por la mala crianza de mi madre. Ella se llama fulana y vive en tal lugar y es mujer de fulano”. Con esto la sierva de Dios la envió a llamar y contó todo lo que pasaba, con tales señas que no lo pudo poner en duda y hizo lo que tan santamente la aconsejaba.
[CLVIII] Y de que un su hermano sacerdote fue nombrado cura.


Todos los años desde el día que se fundó el convento de la Cruz, se celebra en él el aparecimiento de la Reina de los ángeles los primeros nueve días de marzo, en los cuales apareció la Santísima Virgen (como queda dicho), y cada año, en estos nueve días a la hora de maitines, veía la sierva de Dios una solemnísima procesión en que venía la Madre de Dios con muchos ángeles y santos y las almas de muchas monjas de aquella casa y de otras personas difuntas que estaban en la gloria y habían sido devotas del Santo Aparecimiento, y también las que estaban [302] en purgatorio, que las sacaba la Virgen de penas en esta santa fiesta. Y antes de entrar en el convento daba una vuelta alrededor, echando su bendición a los campos en contorno del convento, en el cual entraba luego e iba derecha al dormitorio de las monjas, donde estaban recogidas, unas en oración y otras durmiendo, y a todas las bendecía con palabras de grandísima caridad y hablaba con sus ángeles custodios y ellos la representaban las oraciones y buenos deseos con que se habían de aparejar para celebrar la fiesta de su Santo Aparecimiento. ''[60]'' Y decía nuestra Señora: “Estad constantes en los trabajos, que así se ganan las coronas”. Otras veces mandaba a sus ángeles custodios que las pusiesen guirnaldas de rosas en sus cabezas, aunque ellas no lo veían ni entendían, y otras veces las reprehendía con palabras dulcísimas. Desde aquí se iba al coro con todo aquel acompañamiento celestial y asistía a los maitines, y la bienaventurada sor Juana, en espíritu, se hallaba presente a todo y andaba la procesión. A la mañana, a la hora de misa mayor, que volvía en sus sentidos, se iba al coro, donde oía los oficios divinos y sermón y veía la procesión y, a este punto, se solía elevar y en la elevación veía lo que está dicho. Y después, vuelta en sí, lo contaba a sus monjas.
[CLIX] El provincial procede contra la sierva de Dios.


Había en este santo monasterio una imagen muy antigua de milagros, en quien las monjas tenían mucha devoción, y la traían en procesión el día del Santo Aparecimiento. Mas porque ya estaba muy vieja y deslustrada, la hicieron el rostro y cabeza de nuevo. Y porque la sierva de Dios la viese, que estaba enferma en la cama, se la llevaron a la celda, donde por su consuelo se la dejaron sobre un altar. Y aquella misma noche, estando la santa en oración, vio en visión imaginaria a la Reina de los ángeles, que estaba junto a la imagen, a quien la sierva de Dios suplicó concediese algún favor a su imagen. Y la noche siguiente a hora de maitines, vio cómo Christo Nuestro Señor se apareció y bendijo la dicha imagen, la cual desde entonces es muy venerada por la tradición de este milagro. Lo cual hizo el Señor en confirmación de la verdad de el uso antiguo de las santas imágenes y en confusión de los herejes que las contradicen.
[CLX] No se disculpa ni defiende. Antes pide perdón de sus errores.


Hallose en esta sierva de Dios lo que todos los santos enseñan ser singular medio para la perfección, esto es, la devoción de [303] la sacratísima Virgen Nuestra Señora. Fuela tan devota esta humilde sierva suya que, desde muy niña, la rezaba el rosario y, por no tenerle de cuentas, lo hacía de cordel, con ñudos por pater nostres y avemarías, y así como crecía en edad, iba creciendo en devoción. Y cuando llegaban las fiestas de la Madre de Dios, a los ejercicios de penitencias ordinarias añadía otros extraordinarios, con que se disponía a celebrarlas dignamente. Por lo cual fueron grandes las mercedes que Dios la hizo en tales días y admirables los raptos, en los cuales publicaba y decía maravillosas alabanzas de su reina. Estando en contemplación un día de la Anunciación de mil quinientos y ocho, contemplando aquella maravillosa obra de la Encarnación que aquel día representaba la Iglesia y aquella tan profunda humildad de la purísima Virgen cuando dio su consentimiento, dijo que le fueron en aquella hora revelados muchos misterios y que mereció más en aquella hora obedeciendo la voluntad de Dios y dando crédito a las palabras del ángel que merecieron todos los ángeles cuando dieron a Dios la obediencia, y más que todos los mártires en sus martirios y que todos los confesores y vírgines, en cuantas penitencias hicieron y en la virginal limpieza que guardaron. Otro día de la Presentación de Nuestro Señor del siguiente año, estando en un rapto que la duró muchas horas dijo otra verdad certísima, ''[61]'' y es que desde el punto que fue concebida la Reina del Cielo en el vientre de santa Ana, tuvo perfecto uso de razón y muy grande amor y conocimiento de Dios, en que fue siempre creciendo y en todas las virtudes, hasta llegar a ser entre las criaturas la más perfecta y santa de cuantas hubo ni habrá jamás en el Cielo ni en la Tierra. En otro rapto dijo que, cuando Nuestro Señor salió del sepulcro, apareció primero que a nadie a su Madre Santísima, por ser ella la que más había sentido su muerte y Pasión, y en quien más viva estaba la esperanza de la resurrección. En el día de la Purísima Concepción de la Virgen Santísima era inefable la devoción que mostraba, y después de muy largos raptos, hacía dulcísimas pláticas a las monjas en alabanzas de su Señora y declaraba profundamente lugares de la Sagrada Escriptura que trataban della. ''[62]'' Trujéronla un día una niña de teta muy enferma, para que la diese su bendición, y viéndola, supo por revelación que estaba endemoniada. Y dijo la santa a las monjas [304] con gran sentimiento: “Grande es la alteza de los secretos de Dios. ¿Que sea posible que el demonio tenga poder para atormentar esta niña, que no ha más de siete meses que nació? Ruégoos hermanas, que la encomendemos a Dios”. ''[63]'' Hizo sobre ella la señal de la cruz, y quedó libre de aquel espíritu malo, que la atormentaba. Sucediola muchas veces estando en oración, que veía presentes todas aquellas personas por quien rogaba, aunque estuviesen muy lejos y todas sus necesidades. Y su ángel custodio la dijo un día que con tanto afecto de amor podía una persona sentir y llorar la Pasión del Señor, que le fuese tan acepto sacrificio como si derramase toda su sangre y padeciese grandes tormentos por su amor. Tanto como esto agrada a Dios la memoria de su sagrada Pasión. “Estas cosas y otras muchas” (decía la sierva de Dios a sus monjas) “me muestra mi santo ángel, para mi aprovechamiento, y para el vuestro os las digo. Y que me ha hecho el Señor tanta merced, que ha dado tanta luz y claridad en ellas, que certerísimamente conozco ser suyas y, por tan verdaderas y ciertas, que así lo juraría si me obligasen a ello. Aunque por no haber tenido mi alma tanta claridad y certeza al principio, no recibía tanto consuelo como ahora, por lo cual da esta miserable pecadora infinitas gracias a su Dios”.
[CLXI] Las monjas se lamentan de la desgracia de su madre.


===Cap. XII. De las maravillosas cosas que dijo la sierva de Dios estando elevada y del don de lenguas que el Señor la comunicó===
[CLXII] El provincial priva a soror Juana del oficio de abadesa y nombra por presidenta del convento a la vicaria.


Como toda la virtud desta bendita virgen estaba sobre el fundamento firme de la santa humildad, fundado de aquí es que todo lo que era dar muestras exteriores de los beneficios que el Señor la hacía grandemente la atormentaba. Y si algunas veces las daba, diciendo lo que en las elevaciones y raptos le acaecía, era compelida de la caridad, y por saber que era la voluntad del Señor que lo hiciese. El cual ordenó que estuviese muchos días y meses muda privada de la habla, de tal manera que, si no era el rato que estaba en éxtasis (cuando se vio cumplida la palabra del Señor en el Evangelio, ''[64]'' que no era ella la que [305] hablaba, sino el espíritu de su Padre Celestial que hablaba por ella), fuera de eso, ni hablaba ni aun podía hablar palabra. En todo este tiempo de su mudez predicaba diciendo altísimas cosas y declaraba lugares difíciles de la Escritura, no sin grande admiración de los que la oían. Y esta gracia la duró no solo el tiempo que estuvo muda, sino también mucho después, hasta trece años enteros: hablando unas veces de ocho en ocho días, otras de quince en quince, otras veces de cuatro en cuatro, otras al tercero día, otras un día tras otro, como el Señor era servido. Divulgose por el reino de Castilla esta grande maravilla, venían a verla muchas gentes (aunque muchos venían con intención dañada.) Y para confusión destos y de otros incrédulos, estaba arrobada y hablaba con ellos, mostrando que la recelaba Dios lo que tenían en el corazón y así, reprehendiéndoles, decía: “¿Quién eres tú, que quieres limitar el poder de Dios? ¿No tiene ahora el mismo que tuvo siempre? ¿No puede poner su gracia en quien quiere? ¿No puede hacer vaso en que quepa?”. A este propósito sucedió que una persona muy grave, con celo de las cosas de la fe, no podía sufrir que se dijese que el Espíritu Santo hablaba por boca de aquella mujer; vino a oírla, con ánimo de examinar sus palabras y fueron tales las que le dijo en una plática espiritual que hizo que a la mitad della se hincase de rodillas, derramando muchas lágrimas, hasta que la sierva de Dios acabó de predicar y, vuelta en sus sentidos, rogó con instancia que se le dejase ver. Y puesto delante della, dijo: “Venía yo a examinar las palabras de Dios, pero ya conozco ser suyas todas las que a esta bendita mujer he oído”. Y después de haberla hablado a solas y encomendádose en sus oraciones, se volvió muy edificado de la humildad que conoció en ella y muy devoto a su doctrina. Cumpliose en ella lo que dijo el Señor en el Evangelio a sus siervos: “Daros he boca y sabiduría, a la cual no podrán contradecir todos los adversarios vuestros”. [65] Y para mayor testimonio de que este negocio era del Cielo, no pocas veces la oyeron hablar en diversas lenguas, las cuales nunca había aprendido, como eran latina, griega, arábiga y otras. ''[66]''
[CLXIII] Tolera la sierva de Dios con gran paciencia este golpe y disculpa el provincial.


El obispo de Ávila don fray Francisco Ruiz fue devotísimo desta santa, y por ella dio a su convento dos esclavas moras, de las que trajo de la conquista de Orán (en que estuvo en compañía [306] del cardenal don fray Francisco Ximénez). Estaban estas tan obstinadas en la ley de Mahoma que no podían oír nombrar a Christo. Lleváronselas una vez a la santa, con ocasión de que predicaba en la forma dicha, y convirtiendo a ellas su plática, las habló en algaravía y ellas también respondieron en el mismo lenguaje. Y tales cosas las dijo que se convirtieron a la fe y se bautizaron. Y después estando arrobada, las habló otra vez en arábigo. También hablaba en latín con algunos letrados que la venían a oír, advirtiéndoles de defectos particulares suyos. Los perlados de la orden, por obviar lo que algunos mal intecionados decían, mandaron a la abadesa que, cuando hablase de aquella manera la sierva de Dios, la encerrasen donde no la oyesen los de fuera de casa, ni aun las mismas monjas. Y esto se guardó algún tiempo, hasta que más enterado el provincial de que no había inconviniente, antes era voluntad de Dios que fuese oída, dio licencia para que hablase ante las monjas y ante algunas personas principales y devotas que lo deseaban. Con esta licencia llegaron muchas personas eclesiásticas y seglares, predicadores, letrados, canónigos, inquisidores, obispos y arzobispos. El Gran Capitán Gonzalo Fernández, el cardenal don fray Francisco Ximénez, y otros muchos que fueron testigos deste milagro. Y entre ellos quiso ver esta maravilla por sus ojos el Emperador Carlos V, de buena memoria, y quedó muy aficionado a la sierva de Dios. Cuando hablaba estas cosas, siempre era estando en rapto y muchas veces se echaba de ver que hablaba con los ángeles, con los apóstoles y santos, como que tenía al Señor presente ante quien hacía sus peticiones, rogando por todos en general, y por algunas personas en particular. Hecho esto, juntaba sus manos viéndolo todos, muy humildes y profundas. Oraba tan en secreto que solo se la veían mover los labios, y después, puestas las manos, se quedaba con grandísimo silencio. Después, comenzando en voces altas y concertadas, en muy apacible y suave tono (que todos los que allí estaban oían) hablaba cosas maravillosas. Finalmente eran los dichos sermones y pláticas espirituales de mucha edificación y provecho, declarando la Sagrada Escritura y Evangelios del año, conforme a las fiestas que ocurrían. Durábanla los sermones cuatro, cinco, seis y siete horas, sin descansar ni menear más que la lengua, que en lo demás estaba como muerta, o como quien está en rapto. Y [307] hablaba con tanta gracia, suavidad y dulzura que con ser tan largos los sermones ninguno se cansó jamás dellos. Cuando acababa y volvía en sí, quedaba hermosísima, el rostro muy resplandeciente y su persona y vestidos y cosas que a ella tocaban llenas de un olor celestial. Y de la fuerza con que había hablado quedaba con un sudor copioso, y así la mudaban las monjas el hábito y la tocas cuando tornaba en sus sentidos. Era cosa notable que no sentía cosa de cuantas por ella habían pasado si después no se lo decían. ''[67]'' Y porque en los siglos venideros hubiese noticia de tan grandes maravillas, dio el Señor sabiduría y gracia a una religiosa que no sabía leer ni escribir, llamada sor María Evangelista, para escribir un grande libro intitulado del Conorte, que contiene los sermones que predicó en un año la bendita sor Juana, ayudándola otras dos religiosas llamadas sor Catalina de San Francisco y sor Catalina de los Mártires. De lo cual hay tradición y pública fama en el dicho convento de la Cruz, y algunas monjas ancianas que hoy viven conocieron a la dicha sor María Evangelista y juran que conocen su letra y se lo oyeron decir públicamente. Este libro del Conorte tiene setenta y un sermones, en otros tantos capítulos divididos, escritos en setecientas y treinta y tres hojas de folio, el cual se guarda en el convento como reliquia grande y con razón por ser milagroso todo cuanto hay en él, como lo es haberle escrito una mujer sin saber leer ni escribir, y que percibiese de memoria todo lo que la bendita predicadora decía, de suerte que, acabando de oír su sermón, le escribía, con ser algunos de doce y de veinte pliegos de papel, llenos de theología y de autoridades de la Sagrada Escritura.
[CLXIV] Seneca lib. de Providentia: capit. 2. ''Non video, quid habeat in terris Iupiter pulchrius, si convertere animun velit quam ut spectet Cathonem, iam partibus non semel fractis stantem nihilominus inter ruinas publicas erectum. Ecce spectaculum Dignum ad quod respiciet intentus operi suo Deus''.


===Cap. XIII. Cómo nuestro Señor dio el sentimiento de sus llagas a su sierva, y el apóstol san Pedro la sanó estando sorda===
[CLXV] Ama soror Juana a la causadora de su persecución.


Queriendo el Señor de más de lo dicho enriquecer y honrar a su bendita esposa, la dio por joyas preciosas los dolores y señales de su sagrada Pasión, lo cual acaeció desta manera: un año después del acaecimiento milagroso de las cuentas, [308] siendo la virgen de cuarenta y tres años de edad, sucedió que un Viernes Santo por la mañana, estando en oración puesta en cruz, se quedó arrobada tan extendidos y yertos los brazos y todos los miembros de su cuerpo como si fuera un crucifixo de piedra, de suerte que ninguna fuerza humana la pudo quitar de aquella santa postura, aunque se probó algunas veces. ''[68]'' Viéndola las monjas así, y que el rapto iba muy adelante, la llevaron a la celda y se fueron todas al coro, por ser hora ya de entrar en los oficios divinos. Estando en él, mientras se decía la Pasión, la vieron entrar por el coro, derramando muchas lágrimas, y vieron cómo entraba arrimándose a las paredes, que no podía andar ni tenerse sobre los pies. Traíalos descalzos como solía y, porque no los podía asentar en el suelo, estribaba solamente en los talones y puntas, con tanta dificultad como si pusiera los ojos donde se asentaba los pies. Viendo esto las monjas, la preguntaron por señas (porque estaba también sorda) cómo venía de aquella manera; respondió que no podía andar, porque la dolían mucho los pies. “Mirámoselos” (dice la monja que escribió esta historia) “y vimos que tenía en los pies y manos las señales del crucificado, redondas de el tamaño de un real de plata, de color de rosas muy frescas y coloradas, y de la propia figura y color correspondían igualmente en los pies y plantas de los pies y de las manos, por arriba y por abaxo, y salía de ellas tanta fragancia de olor que con ninguna cosa criada se podía comparar”. Quexábase de los graves dolores que la causaban estos señales, y las religiosas, cuando la vieron así, lloraban y daban gracias a Dios por lo que veían y palpaban con sus ojos y manos en ella. Y tomándola en brazos (porque no podía andar, ni sustentarse en los pies) la llevaron a la celda y, preguntándola por señas (porque estaba sorda) qué señales eran aquellas, quién se las había dado y cómo, respondió que, estando en aquel preciosísimo lugar, donde por mandato de Dios la llevaba el ángel de su guarda, vio a Nuestro Señor Jesuchristo crucificado, que con el toque de sus sacratísimas llagas la dexó con gravísimos dolores en pies y manos, y acabada aquella soberana visión, se halló en su celda y en sus sentidos con aquellas señales, que la duraron desde el Viernes Santo hasta el día de la Ascensión. Aunque no las tenía todos los días, sino solo los [309] viernes y sábados; y el domingo a la hora que el Señor resucitó se le quitaban los dolores y las señales.
[CLXVI] Enferma gravísimamente la abadesa que perjudicó a la sierva de Dios.


Y como era tan humilde, con muchas humildad, lágrimas y devoción, suplicaba a su Santísimo Esposo no permitiese que tan preciosas y ricas joyas se empleasen en tal vil criatura como era ella y también porque le parecía cosa poco segura tener a vista de los ojos humanos tan singulares mercedes como eran aquellas. Esto pedía con tales afectos y lágrimas que alcanzó lo que quiso, de manera que el mismo día de la fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos se las quitó el Señor, habiéndola dicho primero: “Importúnasme que te quite el precioso don que te di, yo lo haré, mas pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas y cosa que más te duela”. Y cumpliendo esta palabra la quitó estas señales y dio a sentir el Señor los dolores de su sagrada Pasión en todo su cuerpo, mucho más que antes, porque aunque desde los siete o ocho años de su edad se los había dado el Señor a sentir, no habían sido tan rigurosos como fueron desde este día, como se verá en las revelaciones siguientes.
[CLXVII] Visita soror Juana en su celdad y pídela perdón.


Estando elevada un día y su espíritu en aquel lugar donde el Señor la solía poner (era viernes a los veinte y dos de junio antes de amanecer) se le presentaron todos los misterios de la sagrada Pasión, tan vivos a su parecer como si los viera al pie de la cruz del Calvario, cuando Christo padeció. ''[69'' También la mostró el Señor en un gran campo el martirio de san Acacio y sus diez mil compañeros, cómo los crucificaban y que Christo Nuestro Señor desde su cruz los animaba y decía: “Tened ánimo, amigos míos, miradme a mí crucificado y muerto por vosotros”. Viendo ella todo esto, preguntó al ángel de su guarda, qué significaba estar Christo crucificado y tantos crucificados con el. “Después que Dios se hizo hombre” (dijo el ángel) “tiene muchos compañeros de su cruz y tú también has de ser participante de sus dolores; porque así lo quiere, y porque vieses su sagrada Pasión y la de tantos siervos suyos, te traje a este lugar”. Y mirándola Nuestro Señor dijo: “¿Quieres hija de esta fruta?”, “Señor” (respondió ella), “quiero lo que Vuestra Majestad quisiere”. “Pues pláceme que gustes de ella” (dijo el Señor) y desde aquel punto la dejó los dolores de su sagrada Pasión y tan vivo sentimiento de todos ellos que (según decía ella) le parecía que le habían fixado clavos ardientes por todo el cuerpo y que [310] oía gran ruido, como si con martillos de hierro se los clavaran.
[CLXVIII] Muere aquella monja con señales de verdadera penitencia.


Otra vez estando muy enferma en la cama, se la apareció nuestro padre san Francisco (día de su propia fiesta) glorioso y resplandeciente, acompañado de muchos santos y le vio y habló. El santo padre la dio su bendición y ella con mucha humildad le rogó por todos los frailes y monjas de su orden y en especial por las de aquel convento, suplicando las echase su bendición. Lo cual hizo, y al despedirse della, que estaba postrada a sus santísimos pies, se los besó, y él a ella la cabeza, diciendo: “Quiero, hija mía, adorar los dolores de mi Señor Jesuchristo, que por su gran misericordia ha puesto en ti”.
[CLXIX] Padeció otras persecuciones en el discurso de su vida.


Al principio de sus graves enfermedades, como sus dolores eran grandísimos, acaecíale con la fuerza dellos estar dos y tres días sin arrobarse (cosa muy nueva para ella), y atribuyéndola a sus pecados, pensaba que por ellos la trataba Dios como a enemiga. A este punto la apareció el ángel de su guarda, y la dijo: “Escucha y oye al Señor que te quiere hablar y mira lo que dijere”. Apareció luego Nuestro Señor Jesuchristo en un trono de majestad acompañado de muchos ángeles, y hablándola con palabras dulcísimas dijo: “¿Qué haces hija en esa cama?”. ''[70]'' Ella respondió después de haberle adorado: “Señor mío, ¿cómo padezco tantos dolores y no me remedia Vuestra Majestad ni goza mi alma de vuestros regalos como solía?”. Respondió el Señor: “No es mucho que padezcas esos dolores y enfermedades; pues eres esposa mía y me escogiste por esposo a mí, que en el tiempo de mi Pasión fui varón de dolores, justo es que quien bien ama, participe los dolores de su amado”. “Gran favor y merced es esta para mí” (replicó la santa), “pero ¿cómo, Señor, me hallo tan tibia en vuestro amor y no mandáis a mi santo ángel que me consuele tan a menudo como solías?”. “Amiga” (dijo el Señor), “donde yo estoy, está el consuelo y bienaventuranza, así aunque estés en esa cama, ese es tu cielo, pues estoy contigo en la tribulación y trabajo”. Dicho esto desapareció el Señor, dejándola muy consolada, aunque algo confusa, por no saber si había visto esta visión con los ojos del alma o con los del cuerpo. Y para quitarla esta duda, se la apareció segunda vez (según ella lo dijo) y entonces no solo quedó satisfecha, sino esforzadísima y con nuevo ánimo para llevar todos los trabajos del mundo por su [311] amor. Y como después de todo esto estuviese aún sorda, cosa que sentían muchísimo todas las religiosas por el trabajo que tenían de declararle lo que querían, y así suplicaron al Señor la restituyese el oír, oyó la Divina Majestad sus oraciones y aparaciéndose a su esposa día de santa Clara (después de seis meses que la tenía sorda) hizo un maravilloso sermón en presencia de muchas gentes, y declarando grandes secretos, dijo que la había ensordecido por que tuviese más recogidos los sentidos y pensamientos en Su Majestad y que ya al Señor placía de sanarla. Y acabando el sermón, antes que la santa tornase en sus sentidos, se le apareció el gran san Pedro, y poniéndola los dedos en los oídos y haciendo sobre ella la señal de la cruz, la restituyó el oír, y quedó sana, y ella con las religiosas dando muchas gracias a Dios por tan señalada merced.''[71]''
[CLXX] Su ángel custodio la avisa de la cercanía de su muerte.


===Cap. XIIII. De la gran devoción que la santa tenía con las ánimas del purgatorio y lo mucho que rogaba por ellas===
[CLXXI] Teme soror Juana la muerte, sin embargo de que había sido muy ajustada su vida.


La caridad de esta sierva de Dios era tan ancha que todo el mundo entero cabía en su pecho, en razón de querer y desear el bien de todos, y era tan profunda que hasta el purgatorio llegaba, con estar muy cerca del infierno, y si allí hubiera sujetos capaces della, también entrara por aquellas eternas cárceles, para beneficiar si pudiera aquellas desdichadas almas que padecen sin remedio. Siendo abadesa, con deseo de que sus monjas se fundasen de veras en el temor de Dios, las contaba muchas cosas de las que la eran reveladas cerca del riguroso juicio de las almas y de las penas de purgatorio y del infierno, de las cuales diré algunas, con el mismo deseo e intento que ella las decía. Lo primero, que en la hora de la muerte de cada uno, oye su sentencia de condenación o libertad, referida por san Miguel, porque esta constituído por príncipe de todas las almas, y así, que fuesen muy devotas deste santo, porque ella en espíritu le había visto juzgar las almas. Y que cuando condenaba alguna al infierno, cantaban otros ángeles: “¡Oh, Señor, cuán misericordiosa es vuestra justicia! Por ella os bendecimos y adoramos”. Y que maldecían a las [312] almas condenadas al infierno y que otros eran ejecutores de la divina justicia, en las que iban al purgatorio. Decía también, que los ángeles de la guarda llevan las ánimas al purgatorio y las consuelan, como lo afirman doctores santos. Y que a muchos dellos permitió Nuestro Señor que les apareciesen ánimas que penaban, para que rogasen por ellas, y que otros viesen en espíritu al purgatorio y las rigurosas penas que de tantas maneras allí padecen las almas, para que lo contasen a los vivos y, compadeciéndose dellos, escarmentasen en cabeza ajena. Esto acaeció a esta bendita virgen muchas veces y ella lo contaba. Y decía que, siendo sacristana, tañendo una noche a maitines, oyó gritos muy dolorosos, como de persona que se quejaba; y preguntando al ángel de su guarda qué voces eran aquellas, dijo: “Son de un ánima muy necesitada, que con licencia de Dios viene a encomendarse en tus oraciones”. Era esta ánima […] ''[72]'' gran señora de Castilla, que poco antes había muerto; la […] ''[73]'' la beata Juana, que por quanto sus penas eran graves ''[74]'' encomendase a Nuestro Señor y dijese a su madre la ayudase con ciertas limosnas y misas.
[CLXXII] Su aliento corrompido con la enfermedad exhala suavísimo olor.


De estos casos le sucedieron muchos. Y decía que veía en el purgatorio muchos lugares tristes y oscuros, muy espantosos y feos, y a los demonios, que muy crudamente atormentaban las almas, a las cuales por cada culpa daban diferentes penas y ellas muchos gritos diciendo: “¡Ay de nosotras, que tuvimos tiempo para servir a Dios y no lo hicimos, ahora somos atormentadas y no nos vale contrición, ni arrepentimiento”. ''[75]'' “Yo vi por la voluntad de Dios” (dijo una vez a sus monjas) el ánima de cierto prelado en purgatorio, que padecía muchas penas, y preguntando yo la causa de ello a mi santo ángel, me dijo que aquella alma era de un perlado que, por haber sido descuidado con las ánimas de sus súbditos, padecía grandes penas por las faltas que hizo en servicio de Dios y por las que sus súbditos hicieron por su causa y mal ejemplo.
[CLXXIII] Día de la invención de la cruz, dichoso siempre para soror Juana.


Supo la bendita perlada que cierta persona eclesiástica de mucha autoridad, de quien ella había recibido particulares agravios, había muerto. ''[76]'' Y como era tanta su caridad en dar bien por mal, no cesaba de rogar al Señor por ella. Estando en esto, se le apareció una noche en figura formidable y fea, traía una mordaza en la boca y una vestidura muy miserable. Andaba [313] con los pies y manos como bestia, y como no se podía quejar, bramaba como toro y traía sobre sí todos los pecados que contra Dios había hecho, y algunas ánimas que por su respecto se condenaron penaban encima d’él. Traía sobre sí también un gran tropel de demonios a caballo, que le daban en rostro con sus pecados y muchos palos y golpes. Y quitándole la mordaza de la boca, le pusieron una trompeta, por donde salía una voz espantosa, que de solo oírla la santa quedó muy lastimada, aunque mucho más por no entender si sus penas eran de purgatorio y de el infierno. Y deseándolo saber, se lo preguntó al ángel de su guarda, el cual la respondió: “Dios te lo revelará a su tiempo”. Y perseverando en esta oración, alegaba algunas buenas obras que había hecho aquella alma en esta vida, y especial esta: “Señor, yo sé que este hombre fue tan devoto de cierto santo que le hizo pintar su imagen, y le tuvo gran devoción, por tanto os suplico hayáis piedad de su alma y libréis de las penas que padece”. Tanto perseveró rogando por esta alma que, pasados algunos días, vio entrar por la puerta de su celda un ferocísimo toro, que traía entre los cuernos la imagen del santo que había hecho pintar aquel hombre, y él venía junto a ella, como favoreciéndose de la imagen, y mirando a la sierva del Señor dijo: “Yo soy fulano, por quien tú tanto has rogado, y por tus merecimientos me ha hecho Dios grandes misericordias y me dio esta imagen para mi consuelo y defensa, la cual me ayuda mucho en este trabajo”. ''[77]'' “Alivie el Señor tus penas, alma christiana” (dijo la santa), “que harto me has consolado por lo mucho que deseaba saber si estabas en vía de salvación, porque la otra vez que te vi venías con tales tormentos que no lo podía conocer”. “No te espantes” (respondió el alma), “que han sido mis penas muy grandes y, cuando no hubiera otras sino las de este buey en que ando, son gravísimas, porque las padezco en él de sed, hambre, fuego y frío”. Y dicho esto pidió perdón a la santa de muchos agravios que la hizo en esta vida, y dijo que la devoción que algún tiempo la tuvo le había valido mucho y con esto desapareció. Y ella nunca dejó de rogar a Dios por él, hasta que el Señor por sus oraciones le sacó de aquellas penas.
[CLXXIV] Aparecensele los ángeles y santos de su devoción.


Volvió la santa de un rapto muy triste, y derramando tantas lágrimas que las monjas compadecidas della, la rogaron las contase la causa de su tristeza. Mas ella dando un grito muy [314] lastimoso dijo: “¡Ay, si supiesen las gentes lo que padecen las almas en la otra vida no ofenderían a Dios con tantos pecados, porque son aquellas penasmayores que cuantas en este mundo padecer se pueden”. Y entonces contó de un alma que había visto padecer y nunca dejó de rogar a Dios por ella, hasta que la sacó de penas de purgatorio. Un día de cuaresma, estando con sus graves dolores y enfermedades, se fueron a consolar con ella otras religiosas enfermas que andaban convalecientes, y, hablando con ellas, se arrobó, y tornó deste rapto tan alegre que las monjas preguntaron la causa de su extraordinaria alegría. Y ella por el gusto de las enfermas dijo: “Vi a la Reina del Cielo que, con grande gloria y majestad, acompañada de muchos ángeles y del glorioso san Juan Evangelista y de san Lázaro y de sus santas hermanas Martha y María, bajaba al purgatorio, y, pasando por donde yo estaba, mirándome la clementísima Señora dijo: ‘Amiga, vente con nosotros’. ''[78]'' Y fue el Señor servido por su gran misericordia que de esta vez sacase Nuestra Señora gran número de almas de purgatorio, con las cuales se volvió al Cielo y yo quedé tan consolada de esto porque todos mis dolores se me convierten en particular gozo y descanso cuando veo salir alguna ánima de purgatorio, y de esto es tan grande mi alegría que ni lo sé decir, ni está en mi mano poderlo disimular”.
[CLXXV] Muere la sierva de Dios a 3 de mayo de 1534.


===Cap. XV. De los trabajos y enfermedades con que probó Dios a su sierva y de su grande paciencia===
[CLXXVI] Su rostro quedó hermosísimo y su cuerpo exhalaba suavísimo olor.


Revelación tenía esta sierva de Dios (desde muy al principio de su santa vida) que la tenía el Señor escogida para hacerla muy semejante así en sus trabajos y afrentas; estasjoyas deseaba extremadamente tener en su alma y nada pedía con tanta humildad y lágrimas como verse con ellos. ''[79]'' Oyó Dios su oración, y dióselos tan a la medida de sus deseos que parecían bien de su poderosa mano. En la cabeza, padeció tan excesivos dolores que ni podía comer, ni reposar los días que los tenía, ni aun abrir la boca para quexarse, siquiera para algun alivio, ni había médico que los entendiese, y duráronle catorce [315] años a temporadas, que continuos fuera imposible vivir con ellos. Dábale este mal de repente y así se le quitaba. A estos dolores sobrevinieron otros de estómago, de hijada, con tales congojas y trasudores que la habían de mudar hábito y túnica y toda la ropa de cama, cuatro o cinco veces al día. Eran estos sudores heladísimos y fríos y duraban veinte y treinta días continuos, y sobre todo esto, se le encogieron los brazos, las piernas, las rodillas, los pies, las manos, de suerte que nunca más los pudo abrir ni extender y con la gran fuerza de los dolores se le desconyuntaron todos sus miembros, de suerte que quedaron muchos dellos no solo tullidos y mancos, sino torcidos, contrahechos y desencasados de sus lugares, y desta misma suerte está hoy su cuerpo, como se dirá después.
[CLXXVII] Baja el cuerpo al coro y déjanle sin enterrar por cinco días.


Un día, siendo abadesa y hallándose muy fatigada del tropel de los trabajos que ya la amenazaban y con mucha flaqueza corporal por las graves enfermedades, levantó los ojos a una imagen de la Oración del Huerto que tenía cabe sí en la cabecera y con muchas lágrimas suplicó al Señor la ayudase en las persecuciones y trabajos que esperaba. Y estando en esta oración, oyó una voz que la dijo: “El Señor es contigo y quiere que padezcas grandes angustias y dolores y que los miembros de tu cuerpo sean tullidos y quebrantados, así como el pan en la era cuando le sacan el grano”. Y así estaba en sus enfermedades hecha un mar de dolores y un abismo de revelaciones, y queriendo el Señor regalarla más de veras y manifestar al mundo su gran paciencia, permitió viniese sobre ella una persecución que el demonio urdió, tomando por instrumento a alguna de sus mismas monjas. ''[80]'' Gran paciencia fue menester para pasar por esto, señaladamente atravesándose en ello muchas ofensas de Dios e ingratitudes a los grandes beneficios, así temporales como espirituales, que todo el convento había recibido por ella. Fue la ocasión que, habiendo el cardenal don fray Francisco Ximénez hecho gracia al convento del beneficio de Cubas, una persona que le pretendía procuró impetrarle en Roma, por muerte del que le poseía. Y aconsejaron a la sierva de Dios que procurase de Su Santidad confirmación perpetua de lo que el cardenal había concedido. Esto se hizo por medio de una persona devota del dicho convento y se impetró la bula, en virtud de la cual hoy poseen dicho beneficio, y en la [316] impetración desta bula se gastó alguna cantidad de dineros.
[CLXXVIII] Sacan el cuerpo al campo para que pueda verle la muchedumbre de gentes que habían concurrido a la fama de su muerte.


El hecho fue este, y las circunstancias que pudo haber en ello de tan poca advertencia que apenas se alcanzaban: ahora, fuese por haber sido sin consultar al perlado o por gastar aquel dinero sin su licencia o por haberles parecido a algunas que tanta santidad y tan rara como era la de aquella bendita perlada no era para sufrirle mucho tiempo, lo cierto es que la acusación e instancia que se hizo contra ella fue de manera que (permitiéndolo Dios para manifestar su paciencia) el prelado procedió a suspenderla y después a la privación de su oficio, en el cual puso a la vicaria que la había acusado. Y como la sierva de Dios estaba tan acreditada, diose con esto ocasión a que muchos hablasen del caso de muchas maneras poniendo duda en las grandes maravillas que de ella se decían. Pero como quiera que ello fuese, sacó Dios de ahí muy grandes provechos para gloria suya y alabanza de su sierva, porque no solo nos constó de su paciencia, sino de la gran quietud y serenidad de su conciencia en la gran quietud y alegría con que llevó este trabajo, juzgándose no solo digna d’él, sino de otros muchos mayores. Mostró también su ferviente caridad en lo mucho que rogaba a Dios por los que la perseguían, pues para la que más se señalaba en eso impetró perdón de su culpa por sus fervientes oraciones. ''[81]'' Porque, castigándola el Señor con pena temporal, murió poco despues de haber conseguido su pretensión en el oficio de perlada que había deseado, ordenándolo así el Señor, para que se vea cuán poco hay que anhelar por honras ni dignidades en esta vida, pues alcanzadas no pueden asegurarnos la vida, ni librar a sus poseedores de la muerte, que suele venir muchas veces codiciosa de honrarse con las personas que ve más honradas en la tierra. Pues a esta persona luego la salteó la muerte y, siendo fatigada de la última enfermedad, que fue dolor de costado muy fuerte, la sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, rogó al Señor con mucha instancia por ella, con que le dio íntimo conocimiento de su culpa y así públicamente pidió della perdón con grandes lágrimas, y murió habiendo recibido los sacramentos y con grandes muestras de contrición y consuelo de las religiosas. ''[82]'' Poco antes que esto sucediese, mostró el Señor a esta su sierva el Infierno abierto y que salían d’él [317] para su convento infinitos demonios, en figuras de diversas bestias. Entonces con muchas lágrimas pidió a Nuestro Señor socorro y que echase de su casa aquella infernal canalla. Y oyéndola Su Majestad, envió ángeles que expeliesen los demonios, de lo cual, quedando la sierva de Dios por una parte consolada y por otra muy temerosa, juntó a sus monjas a capítulo y con muchas lágrimas las dijo: “Oh, hermanas, y qué trocado veo este palacio de la Virgen Nuestra Señora, que le solía ver lleno de ángeles y ahora le veo lleno de demonios. Mis pecados lo deben hacer y no los vuestros, emendemos nuestras vidas y procuremos ejercitarnos de veras en las virtudes y en especial en la caridad y humildad, que son las que más temen los demonios”. En este mismo tiempo, estando la sierva de Dios cercada de enfermedades y trabajos, se puso en oración delante de una imagen de la Oración del Huerto, pidiendo al Señor la ayudase, mirando su flaqueza y el tropel de los trabajos que la cercaban. Oyó el Señor su oración y quiso, para más consuelo de su sierva, hablarla en la misma imagen con voz dolorosa y triste diciendo: “Mi padre celestial, que no quiso revocar la sentencia de mi muerte aunque oré y lloré, no quiere que se revoque la que se ha dado contra ti, sino que se ejecute rigurosamente, para que, fatigada de todas maneras, goces el fruto de la paciencia”. Con esto la sierva de Dios quedó tan confortada que no solo rehusaba los trabajos, sino antes los pedía y anhelaba tras ellos.
[CLXXIX] Vuélvenle a poner en el coro bajo dentro de la clausura.


===Cap. XVI. De cómo el ángel de su guarda mandó a la sierva de Dios que escribiese las cosas que el Señor le revelaba y de su gloriosa muerte===
[CLXXX] Suceden algunos casos milagrosos en esta ocasión.


Es la misericordia y caridad de Dios tanta que si hace a algunos siervos suyos tan especiales mercedes (como las vemos en esta sierva suya) no las hace para ellos solos, sino para que por medio dellos se aprovechen otros. Así lo afirmaba el apóstol san Pablo cuando decía: “Por eso [318] alcancé yo de mi Dios tan grandes misericordias, para que en mí primeramente mostrase toda paciencia, para información de aquellos que han de creer en él para la vida eterna”. ''[83]'' Pues las mercedes que Dios hizo a esta santa, a ese mismo fin iban encaminadas, y por eso el santo ángel de su guarda le mandó que escribiese las misericordias que Dios le hacía. ''[84]'' Mas ella por su grande humildad se encogía, para escribirlas y allegaba para no hacerlo, ya la poca salud, ya el estar tan gafa de las manos que apenas podía echar una firma. Y así le mandó el ángel que no escribiese más por su mano, sino que lo hiciese escribir por la de otra religiosa (que fue para ella no pequeño tormento), y rehusándolo, dijo a su ángel: “Señor, las mercedes que Dios me ha hecho (y las cosas que su hermosura me ha dicho) han sido todas en secreto, y escribiéndolas por mano ajena, no podrán dexar de publicarse”. Y así con este temor y del juicio de los hombres, como se había visto tan perseguida, dijo al ángel: “Señor, si por esto nos viniese algún mal a mis hermanas y a mí, ¿qué será de nosotras?”. “Dios cuida de ellas y de ti” (dijo el ángel), “no temas, sino haz lo que te mando, porque el Señor que obra estas maravillas en ti, las hace para bien de otros muchos y quiere se escriban y haya memoria dellas, donde no cesarán las mercedes que te hace y tus dolores y persecuciones se aumentarán más de lo que puedes pensar”. Ella, oyendo esto con humildad y temor, obedeció al ángel y comenzó a escribir por mano de otra religiosa, llamada sor María Evangelista, que, según es tradición del convento y consta por información hecha con testigos, no supo leer ni escribir hasta que milagrosamente le concedio el Señor esta gracia para escribir el libro del Conorte, como queda dicho. ''[85]'' Así escribió con mucho acierto la vida y milagros desta bendita virgen. Estos dos libros se han tenido y tienen en el convento como reliquias de mucha estima, valiéndose dellos contra tempestades y truenos y para muchas enfermedades. Viven aún hoy tres religiosas que conocieron a la que los escribió, y se lo oyeron decir muchas veces, y afirman que fue monja de santa vida muy penitente y de mucha oración y que, después de muerta, apareció a otra religiosa en la iglesia con mucho resplandor y con un libro de oro abierto en las manos que fue el que escribió de la beata Juana. Sentía mucho [319] la sierva de Dios ver que nunca se acababa lo que la monja escribía y cuán de asiento se procedía en su escritura. Por lo cual, poco antes que le diese la enfermedad de que murió, rogó al ángel de su guarda que se acontentase con lo escrito y no la obligase a más. Concedióselo y dijo: “Di a tu hermana que cese ya la pluma y no escriba más”. Consolose tanto con esta licencia que la tomó para decirle: “Señor, si las hermanas quisiesen, mucho consuelo sería para mí que se rompiese”. “Haz penitencia de ese atrevimiento” (dijo el ángel), “porque ofendiste a Dios con él”. Con esto se despidió el ángel y cesó la escritura. ''[86]''
[CLXXXI] Aparécese soror Juana a una amiga suya muy virtuosa.


Sobre muchas enfermedades que tenía, le envió Dios la última, que fue un muy recio mal de orina, de que estuvo apretada con gravísimos dolores y quince continuos días con esa pena. Tuvo en esta grave enfermedad singular paciencia y grandísimos raptos y familiares coloquios con su ángel. Habló de Dios altísimamente, cual el cisne cercano a la muerte suele cantar muy dulcemente. Y aunque en otras enfermedades no consintió que la curasen los médicos, en esta lo consintió instada por algunas señoras devotas que se lo rogaron. Ellos, viendo que crecía mucho la enfermedad y su flaqueza, la desahuciaron en las primeras visitas, mas ella, como virgen prudentísima, primero que se lo dixesen recibió el viático y la extrema unción y, tres días antes de su muerte, estando en un rapto que le duró dos horas, vio a los apóstoles san Felipe y Santiago y al ángel de su guarda que le dio la deseada nueva de su cercana muerte, la cual estaba ya por el altísimo Señor decretada. ''[87]'' Entonces la bendita virgen con excesivo gozo aceptó aquella sentencia, y rogó a los santos apóstoles que estaban presentes que la ayudasen a dar gracias al Señor por ella y le rogasen que no le revocase, sino que fuese aquella la definitiva sentencia. El día siguiente, cuando la vino a ver el médico, le rogó que no la hiciese más beneficios, porque la voluntad del Señor era llevarla ya desta vida. Esto se supo luego en Madrid y Toledo y muchas señoras (con licencia que tenían de entrar en el convento), deseando hallarse presentes a tan felice muerte, vinieron de muchas partes; y en especial la señora doña Isabel de Mendoza, señora de la villa de Casarrubios, esta fue de las primeras y se halló presente a las misericordias [320] y maravillas que Dios hizo a su sierva en aquella hora, que fueron para echar el sello a las muchas que la había hecho en su vida. Primeramente, viernes primero día de mayo, día de los apóstoles san Filipe y Santiago, estando la sierva de Dios en sus sentidos, vio con los ojos del cuerpo algunas visiones, de las cuales no quiso decir alguna a las monjas, aunque se lo rogaron muchas. La misma noche deste día dio una gran voz diciendo: “¡Ay de mí, ay de mí! ¡Cómo me he descuidado!”. Aquella noche se arrobó muchas veces y entrando en la agonía de la muerte, entró en la última batalla con el enemigo del género humano (como otro san Hilarión), según que lo echaron de ver los que se hallaron presentes, y se apareció en las cosas que decía. Porque unas veces callaba, otras respondía como si hablara con otra persona diciendo: “¡Oh, qué cruel espada! Téngale, téngale, no me mate con ella”. Y de allí a poco rato dijo: “llámenmela, llámenmela que se va”. Y preguntándola a quién quería que llamasen, dijo que a la bendita Madalena. [88] Sosegose un poco y volvió a decir con mucho afecto: “Vamos, madre de Dios, vamos, que es tarde”. Después de todo esto, dijo con notable ánimo y afecto: “Echadle de ahí, echadle de ahí”. Y fue que en este conflicto la desampararon los santos, permitiéndolo el Señor, para que a solas venciese en la muerte, al que había vencido tantas veces en vida. Todo el tiempo que duró este combate (que fue gran rato) se lamentaba mucho diciendo: “Oh, a qué mal tiempo mehabéis dejado”. Y después dijo: “Señor, ¿sola me dejaste?, pues echad de ahí a ese demonio, que no tiene parte en mí. Mal año para él”. Y vuelta a las religiosas dijo: “Hermanas, levántenme de aquí, daré a mi criador el alma”. Y de ahí a poco, como hablando con otras personas decía: “Búsquenmele, búsquenmele, a mi Señor Jesuchristo. Hálleme él a mí, y yo le hallaré a él. ¿Por qué me le habéis llevado? Dejadme, le iré yo a buscar, aunque estoy desconyuntada”. Preguntáronla las religiosas, a quién quería que le buscasen. Y dijo: “A mi Señor Jesuchristo”. “¿Pues dónde le hallaremos madre?” “En el huerto” (dijo ella) y como aquejada de mucho dolor, con gran sospiro dijo: “Oh, madre de Dios, Iesús qué crueldad, qué crueldad, sobrepuje Señor mío la misericordia a la justicia. ¡Jesús, y qué angustia!”. Y volviendo el rostro a las religiosas dijo muy congojada: “Ayudadme a rogar”. Y paró con [321] la palabra en la boca. Y las monjas muy afligidas dijeron: “¿Qué quiere madre que la ayudemos a rogar?”; respondió: “Que sobrepuje la misericordia a la justicia”. Tras lo cual, muy alegre, comenzó a decir: “Vamos, vamos”, “¡Oh, a qué punto!”, “¡oh, a qué punto!”. Y esto repetía muchas veces. El médico que asistía a su cabecera, viendo estas maravillas dijo: “Dichoso monasterio, que tal alma envías al Cielo, de donde te hará más favores que teniéndola en Tierra”, y respondió la santa: “Podría ser”. A todo esto había cuatro horas que estaba sin habla y tres días sin comer: entonces levantando la voz, volvió a decir: “Amigas mías, llevadme, llevadme luego”. Preguntáronla con quién hablaba y respondió que con las santas y vírgenes. Dijéronla: “Pues, ¿con quién ha de ir, madre?”, “Con Jesuchristo, mi esposo” (respondió). Y decía: “¿Por qué me escondéis a mi Señor y a mi Reina?”, oyendo esto las religiosas, le mostraron una imagen de Nuestra Señora, y adorándola dijo: “No es ella, volvedme, volvedme a mi reina y señora”. Y preguntándola si estaba allí la madre Dios, dijo: “Sí, y mis ángeles y mis santos”. Y dijo: “Vamos Señora mía, vamos”. Y tornó luego a decir con grande alegría: “Hacedle lugar aquí a mi lado, junto a mí”. Y de allí a poco dijo: “Oh, padre mío”, y pensaron las religiosas que hablaba con el padre san Francisco. Y aunque habían estado con la enferma velando toda la noche del sábado, no se les hizo un momento.
[CLXXXII] Aparécese soror Juana después de muerta a una religiosa su amiga.


Llegada la mañana del día de santo Domingo, dijo: “Ea pues, dulce Jesús, vamos de aquí, Señor mío, vamos presto, mi redentor”. Entonces las religiosas, viendo que su consuelo se les acababa y su sol se les ponía, hicieron procesiones, oraciones y disciplinas, rogando al Señor no las privase de tanto bien y diese salud a su bendita madre. Besáronla todas la mano, y ella bendijo a las presentes y absentes y a todos sus devotos. Tornó luego a decir: “Vamos Señor, redentor mío, vamos de aquí”. Preguntáronla si estaba allí el Señor; dijo que sí, y también su santísima madre. Domingo de mañana llegó el médico a la enferma, diciendo: “Paréceme, madre, que se nos va; díganos ¿quién la acompaña en ese camino?”, “Mi Señora la Virgen María” (dijo ella) “y el ángel de mi guarda y mis ángeles y mis santos”. Púsose luego su rostro resplandeciente y hermoso, como cuando solía estar en los raptos, y habiendo tenido hasta aquel punto muy mal olor de boca, ''[89]'' causado de su [322] enfermedad, desde entonces salía della tal suavidad y fragancia que parecía cosa del Cielo, y de allí a un rato con nuevo fervor, como si hablara con otras personas, dijo: “Albricias, dadme albricias”. Esto hacía con tanta alegría, que juzgaron los que allí estaban que su celestial esposo adornaba ya aquella santa alma con las joyas de su desposorio. Quedó la bendita virgen llena de aquel suave olory su rostro muy resplandeciente y los labios encarnados como un coral, con una quietud y alegría admirable, y así estuvo sin hablar palabra, desde el sábado hasta el domingo después de vísperas, día de la Invención de la Cruz, en el mismo que nació, tomó hábito y profesó. Pues este dichoso día a las tres de la tarde, leyendo la Pasión, con un regocijo extraño dio su alma a su celestial esposo, año de 1534, a los cincuenta y tres de su edad, y los cuarenta de su conversión a la orden.
[CLXXXIII] Entierran el cuerpo de soror Juana y échanle encima mucha cal y agua para que se consuma con brevedad.


Quedaron los circunstantes admirados de la quietud y apacibilidad con que había acabado, habiéndole cesado para la hora de la muerte todos los dolores (que suelen en aquella hora apretar más los cordeles) y esto fue muchas horas antes de su dichoso tránsito. Una gran sierva de Dios llamada María de San Juan, que al mismo tiempo era religiosa en el convento de la Concepción de la ciudad de Almería, muy semejante en virtud y santidad a la santa Juana, y tan amigas las dos que con estar tan lejos se comunicaban en espíritu muchas veces, dijo que, cuatro días después de su muerte, la apareció la bendita sor Juana de la Cruz. ''[90]'' Cercada de algunos santos y ángeles, y admirada, preguntó al de su guarda cómo la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en tan altos grados de gloria; respondió el ángel que estaba ya desatada de las ataduras del cuerpo. Y bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: “¿Cómo, hermana, esto sin mí?”, “Sí, hermana” (respondió), “que se cumplió la voluntad del poderoso Señor y ha cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que expirase, comenzó mi ánima a sentir el gozo de la bienaventuranza y a tener prendas de la gloria”. Cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la mudanza de la sierva del Señor dos horas antes de su muerte.
[CLXXXIV] Después de siete años le sacan por un raro accidente.


[323]
[CLXXXV] El cuerpo está fresco, entero y hermoso, y los vestidos sin ofensa de la tierra ni humedad.


===Cap. XVII. De algunos milagros que acaecieron después de su dichosa muerte y de la incorruptibilidad y entereza de su cuerpo===
[CLXXXVI] En el coro alto, debajo de un altar, estuvo el cuerpo otros catorce años.


Luego como esta gran sierva de Dios pasó desta vida, fue tan grande el concurso de la gente que venían para ver y venerar sus santos cuerpos, que pareció (a los religiosos que trataban de su sepultura) convenía que se sacase en procesión fuera del convento, para satisfacer a la devoción de todos. Y un tullido del todo llegando a tocar el santo cuerpo y a besar el hábito, quedó luego sano y dejó allí dos muletas con que andaba. ''[91]'' También una religiosa enferma que tenía una hinchazón muy grande y muchos dolores, tocando el cuerpo difunto, sanó. Lo mismo acaeció a otro hombre, que padecía gran dolor de muelas. Tornando la procesión al convento, hallaron mensajeros de grandes personas con cartas que pedían se dilatase el entierro hasta que llegasen, que ya venían, y así le tuvieron cinco días sin enterrar, saliendo siempre del cuerpo aquel suavísimo olor que dijimos. Fue la gente que vino de Madrid y Toledo y de otras partes tanta que cubría los caminos, los campos, por lo cual, y porque la inquietud era grande y determinaron que se entregase a la tierra aquel precioso tesoro, enterráronle sin ataud, ni otra defensa que pudiese conservarle entero; antes después de cubierto de tierra, echaron sobre él cantidad de agua para allanar la tierra, y fue cosa notable que depués de haber estado debajo de la tierra siete años aquel santo cuerpo, y después (a instancia grande de personas muchas y muy principales) transladándole (para lo cual se fabricó un arco al lado derecho de la capilla mayor, en el altar que divide la capilla mayor del claustro) preparado todo lo necesario, se abrió la sepultura, creyendo estaría el cuerpo ya resuelto, y se halló tan entero, tan fresco y con tan lindo olor como cuando fue sepultado. ''[92]'' Espantados desto, creció la devoción, y el hábito con que fue enterrada, se partieron pedazos, y le vistieron otro de damasco pardo, y colocándola con mucha veneración en la dicha sepultura, se le puso [324] con dos rejas de hierro fuertes y doradas y una lámpara de plata que arde delante del santo cuerpo, donde está muy venerado de todos los que de muy lejanas tierras vienen a visitarle, y tienen allí sus novenas. Y el día que murió, celebra con gran devoción fiesta la villa de Cubas y vienen en procesión al dicho convento, con otros lugares de la comarca, ''[93]'' y dicen la misa mayor delante del mismo cuerpo, en un altar portátil que se pone para este efecto, y se predican las excelencias desta gran sierva de Dios, y da la villa caridad de pan y vino y queso a innumerable gente que allí se llega. Y creciendo la devoción, por particulares beneficios que por la sierva de Dios muchos han recibido, le han ofrecido nueve lámparas de plata que arden de día y de noche delante de su cuerpo, con que está muy venerado. Después de la dicha translación, no consta que la dicha caja se haya abierto, hasta el año de 1552, cuando ajuntándose mucha gente principal en procesión, se abrió, y fue hallado entero con tan buen olor como la primera vez, de lo cual se hizo acto público y está guardado en dicho convento, y lo mismo se ve en el día de hoy y, en diferentes visuras que se han hecho, se ha hallado estar de la misma manera.
[CLXXXVII] Traslándale a un arco que se fabricó para este afecto en la capilla mayor de la iglesia.


La primera vez que en este tiempo le descubrieron sucedieron algunas cosas bien dignas de memoria. El año de 1602 vino a Madrid el reverendísimo padre fray Francisco de Sosa, Ministro General de toda nuestra sagrada religión, y después de haber estado allí algunos días, partió a Toledo, y en el camino acordó de entrar en el convento de Santa Cruz de Cubas, donde fue recibido con la solemnidad que se acostumbran recibir los Generales, y entrando en el monasterio, y hecha plática espiritual a las religiosas en el coro, fue a la enfermería, donde había una religiosa muy anciana, la cual se había hallado a la última translación que se hizo del cuerpo de la beata sor Juana, y relatando al Padre General las cosas que habían acaecido en ella, le dio deseo de ver el santo cuerpo, lo cual se puso en obra con toda la diligencia posible, y abierto el ataúd, hallaron el santo cuerpo tan entero y fresco como las otras veces que le habían descubierto. ''[94]'' Estaba la sierva de Dios vestida de un hábito de damasco pardo, con dos tocas muy blancas en la cabeza, porque cuando murió no llevaban velo negro las monjas. Tenía una cruz en las [325] manos, y una sarta pequeña de naranjillas al cuello y todos con gran consolación y muchas lágrimas veneraron el santo cuerpo y le llegaron a la reja, para que la gente que allí estaba le viese, que no fue poca maravilla ajuntarse tanta gente en pocas horas que estuvo la iglesia llena, como si se hubiera publicado muchos días antes en toda la comarca. El Padre General quitó la toca de sierva de Dios y las naranjillas que tenía al cuello y lo repartió entre los frayles y monjas, y tomando de una de las circunstantes su velo y otra sarta de cuentas, se lo puso a la beata Juana. Y sucedió otra cosa el mismo día también maravillosa, y fue que quitando el Padre General al dicho cuerpo el dedo meñique de un pie, constó después que había salido sangre d’él, como se vio en la ropa que tenía vestida, aunque entonces no se advirtió en ello, ''[95]'' porque el dicho Padre General quitó el dedo con secreto tirando d’él con la mano. Después acá se ha tornado a abrir el arca varias veces, continuando el testimonio de la incorruptibilidad del dicho cuerpo, el cual se guarda en dicho monasterio, para la gloria de Dios y honra de su santa.
[CLXXXVIII] Parece el cuerpo tercera vez entero y fresco, y muy oloroso.


==Notas==
[CLXXXIX] Concurre mucha gente a ver el cuerpo.


''[1]'' Al margen izquierdo: “El rey Felipo Tercero mandó que dicho libro revisto saliese otra vez”.
[CXC] Pone el ministro general velo negro a soror Juana después de muerta.


''[2]'' Al margen derecho: “Vino al mundo por petición de la santísima Virgen nuestra Señora.
[CXCI] El ministro general arranca del cuerpo un dedo de un pie y sale fresco y ensangrentado después de 66 años de su muerte.


''[3]'' Al margen derecho: “Cuéntase el aparecimiento de nuestra Señora a la pastorcica Inés”.
[CXCII] Fabricase una arca de plata muy rica donde se coloca el cuerpo.


''[4]'' Al margen derecho: “Edificose convento de monjas de la 3ª orden donde tomó el hábito y fue abadesa Inés.
[CXCIII] Los devotos de soror Juana llevan a su sepulcro diferentes votos y ofrendas.


''[5]'' Al margen izquierdo: “Luego en naciendo dio muestras de santidad.
[CXCIV] Milagros sucedidos después de la muerte de soror Juana por intercesión.


''[6]'' Al margen derecho: “Aparécesele el ángel de su guarda.
[CXCV] Da vista a un ciego.


''[7]'' Al margen derecho: “Veía en la hostia a Christo nuestro Señor.
[CXCVI] Consta de una información hecha en Torrejón por comisión del consejo del arzobispo de Toledo.


''[8]'' Al margen izquierdo: “Tuvo revelación de la santidad de sor Juana”.
[CXCVII] Aparécese a un enfermo y le sana.


''[9]'' Al margen izquierdo: “No quiso ser monja donde tuviese parienta”.
[CXCVIII] Resucita una niña que cayó en un pozo.


''[10]'' Al margen derecho: “Las asperezas que hacía”.
[CXCIX] Libra dos niños de una ruina de una pared que los cogió debajo.


''[11]'' Al margen derecho: “Los cilicios que traía”.
[CC] Este milagro se comprobó con mucho número de testigos.


''[12]'' Al margen derecho: “En qué ejercicios pasaba las noches”.
[CCI] Libra un navío de manifiesto peligro de perderse.


''[13]'' Al margen izquierdo: “Aparécese la Virgen santísima con su hijo”.
===Notas===


''[14]'' Al margen izquierdo: “Aparece el Señor y le promete de traerla a la religión”.
[1] En el texto impreso aparece el término “votos” y una mano lo corrige posteriormente por “devotos” añadiendo la sílaba “de” a mano.


''[15]'' Al margen izquierdo: “Vase al convento de santa Cruz en hábito de varón”.
[2] La letra del título de la censura es del tamaño del texto base, es decir, no es tan pequeña como la letra del resto de las glosas.


''[16]'' Al margen izquierdo: “Háblale el ángel de su guarda”.
[3] Corrijo “desesparación” por “desesperación”.


''[17]''  Al margen derecho: “Pide el hábito a la abadesa”.
[4] La palabra “tres” aparece escrita sobre un tachón que realiza una mano.


''[18]'' Al margen derecho: “Vístenla el hábito a 3 de mayo”.
[5] En otros testimonios conservados se dice que Juana de la Cruz nació en 1481.


''[19]'' Al margen izquierdo: “Perseguían y azotábanla los demonios”.
[6] Corrijo “pndo” por “pudo”.


''[20]'' Al margen izquierdo: “Cúrala el ángel de su guarda”.
[7] La letra “r” aparece escrita a mano sobre una “l”.


''[21]'' Al margen izquierdo: “Psal. 138”.
[8] Corrijo “peccadora” por “paccadora”.


''[22]'' Al margen izquierdo: “Tract. 24 in Ioan”.
[9] Corrijo “iropinadamente” por “inopinadamente”.


''[23]'' Al margen derecho: “El modo como se desposó Christo con la santa”.
[10] Corrijo “la” por “lo”, pues el impreso se refiere a la campana.


''[24]'' Al margen derecho: “Cómo se había con la santa comunión”.
[11] En el texto impreso aparece el término “de tres” y una mano tacha posteriormente “de” dejando “tres”.


''[25]'' Al margen derecho: “Cómo comulgaba espiritualmente”.
[12] Elimino “vir-” pues aparece esta sílaba repetida antes de la palabra “virtud”.


''[26]'' Al margen izquierdo: “De las maravillas que le acaecieron comulgando”.
[13] Aparece tachada la palabra “siendo”.


''[27]'' Al margen izquierdo: “Abriose la pared para que viese el Santísimo Sacramento”.
[14] En el impreso aparece una tachadura al lado del número “V”.


''[28]'' Al margen derecho: “Los ángeles le trajeron una hostia consagrada”.
= Vida impresa (13)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/belen-molina-huete/ Belén Molina Huete] y Desiré Armero Benítez; fecha de edición: abril de 2023.


''[29]'' Al margen derecho: “Trataba con los ángeles como un amigo con otro”.
== Fuente ==


''[30]'' Al margen derecho: “Como se llamaba su ángel custodio”.
[[Archivo:Portada terceros hijos del humano serafín de Antonio Arbiol.jpg|miniatura|250px|right| Antonio Arbiol, 1697. ''Los Terceros hijos del humano serafín. La venerable y esclarecida Orden Tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco'', Zaragoza: Jaime Magallón. (From the archive of the British Library [Digitalizado por Google]).]]


''[31]'' Al margen derecho: “Nota que los ángeles no son corpóreos”.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Arbiol Arbiol, Antonio], 1697. «[Juana de la Cruz]», en ''Los Terceros hijos del humano serafín. La venerable y esclarecida Orden Tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco'', Zaragoza: Jaime Magallón, Capítulo XXXIV, p. 550.


''[32]'' Al margen derecho: “S. Tho. 1. p. quart. 50, art. 1”.
[[Contexto material del impreso Los Terceros hijos del humano serafín]]. ''La venerable y esclarecida Orden Tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco''.


''[33]'' Al margen izquierdo: “Trata sus desconsuelos con el ángel”.
==Criterios de edición==


''[34]'' Al margen izquierdo: “Fue devotísima de san Antonio de Padua y se la apareció”.
Siguiendo los criterios establecidos en el Catálogo para fuentes impresas, se han actualizado generalmente grafías, ortografía y puntuación manteniendo aquellos rasgos de la lengua que implican valor fonológico o que caracterizan su léxico, morfología o sintaxis. Se han conservado, pues, las oscilaciones en grupos consonánticos cultos (-s-/ct…), así como las vocálicas; igualmente, el uso de s en posición implosiva por x. Se han reducido, por otra parte, los grupos consonánticos latinizantes (Iesu Christo>Jesucristo), incluidos la duplicación consonántica y, de modo concreto, grafías antiguas (-x- por -j-, -qu- por -cu-); se han modernizado también la unión y separación de términos, así como las contracciones. En el uso de la mayúscula se ha atendido la singularidad de tratarse de textos religiosos y se ha unificado su empleo. Se han desarrollado las abreviaciones tipográficas sin marca expresa, pero sí se han marcado las léxicas entre corchetes. No se han detectado erratas. En nota al pie se ha ampliado información oportuna.


''[35]'' Al margen derecho: “Lo que se alegraron las monjas de verla abadesa”.
==Vida de Juana de la Cruz==


''[36]'' Al margen izquierdo: “El ángel de su guarda la enseñaba lo que había de hacer”.
'''Capítulo XXXIV'''
 
''[37]'' Al margen izquierdo: “Por su intercesión fue una alma librada del purgatorio”.
 
''[38]'' Al margen derecho: “Resucita a una niña muerta”.
 
''[39]'' Al margen derecho: “Sanó a una enferma de dolor de costado”.
 
''[40]'' Al margen izquierdo: “Sanó a otros enfermos”.
 
''[41]'' Al margen derecho: “La razón por que son tan estimadas sus cuentas”.
 
''[42]'' Al margen derecho: “Exo. 16.2. Maca. 15”.
 
''[43]'' Al margen derecho: “Surio tom. 3. S. Ant. 3, p. hist. tit. 24, c. 13. Aquilino lib. 1.c.25. Pedro Sánchez li.del Reybo de Dios ca. 4. nu 34. Tritemio in Compen. Anna li. 1p.2”.
 
''[44]'' Al margen izquierdo: “Ludovicus Viu ildus lib. de laudibus tri Liriorum Francia”.
 
''[45]'' Al margen izquierdo: “Monarch. Ecclesiast. 2. p. li. 26. ca. 7. S. 4”.
 
''[46]'' Al margen izquierdo: “Piden las monjas que alcance de Dios algunas gracias para sus rosarios”.
 
''[47]'' Al margen derecho: “Son llevadas las cuentas al Cielo por el Ángel”.
 
''[48]'' Al margen derecho: “El Ángel vuelve las cuentas benditas”
 
''[49]'' Al margen izquierdo: “Virtudes de las cuentas”.
 
''[50]'' Al margen izquierdo: “Estimaron estas cuentas Philipo II y III y la reina su mujer. Clemente octavo llevó consigo una cuenta”.
 
''[51]'' Puñonrostro en su forma actual.
 
''[52]'' Al margen izquierdo: “Testimonio de dos santos religiosos acerca de las cuentas”.
 
''[53]'' Al margen derecho: “Contra demonios”.
 
''[54]'' Al margen derecho: “Las cuentas tocadas a las originales, tienen la misma virtud que ellas”.
 
''[55]'' Al margen izquierdo: “Notable milagro de las cuentas tocadas contra demonios”.
 
''[56]'' Al margen izquierdo: “Aparece el demonio en figura de Christo crucificado”.
 
''[57]'' Al margen izquierdo: “Isaía 6”.
 
''[58]'' Al margen derecho: “Visitola S. Bárbara”.
 
''[59]'' Al margen derecho: “ Apareces el alma de un niño”.
 
''[60]'' Al margen izquierdo: “Vee a Christo y a su madre y alcanza favores para una imagen suya”.
 
''[61]'' Al margen derecho: “Revelación de la Resurrección”.
 
''[62]'' Al margen derecho: “Declaraba lugares de Escrituras”.
 
''[63]'' Al margen izquierdo: “Libra del demonio una niña de siete meses”.
 
''[64]'' Al margen izquierdo: “Math. 10”.
 
''[65]'' Al margen derecho: “Luca 21”.
 
''[66]'' Al margen derecho: “Hablaba diferentes lenguas”.
 
''[67]'' Al margen derecho: “Una monja que no sabía leer, ni escribir, escribió sus sermones”.
 
''[68]'' Al margen izquierdo: “Llagola el Señor en los pies y las manos, con las señales de su Pasión”.
 
''[69]'' Al margen derecho: “Fuele mostrado el martirio de san Acacio y sus compañeros”.
 
''[70]'' Al margen izquierdo: “Aparece Christo y habla con ella”.
 
''[71]'' Al margen derecho: “Sanola el apostol san Pedro de la sordez”.
 
''[72]'' Ilegible. Este fragmento es ilegible en este ejemplar. El mismo pasaje lo recoge el P. Daza en su biografía y reza lo siguiente: “era esta ánima de una gran señora de Castilla (que poco antes avía muerto) la qual dixo a la beata Juana, que por quanto sus penas eran grandísimas, le rogava la encomendase a Dios”. Daza, A., ''Historia, vida y milagros, éxtasis y revelaciones de la bienaventurada santa Juana de la Cruz, de la Tercera orden de nuestro Seráfico Padre san Francisco'' (Lérida, Luis Marescal, 1613, fols. 174v-175r).
 
''[73]'' Ilegible. Mancha en el documento.
 
''[74]'' Ilegible. Mancha en el documento.
 
''[75]'' Al margen izquierdo: “Vio padecer el alma de un prelado”.
 
''[76]'' Al margen izquierdo: “Aparécesele una alma en figura muy formidable”.
 
''[77]'' Al margen derecho: “Por su intercesión es librada un alma de purgatorio”.
 
''[78]'' Al margen izquierdo: “Vee a la reina del Cielo acompañada de muchos santos que van al purgatorio”.
 
''[79]'' Al margen izquierdo: “Padecía excesivos dolores en todo el cuerpo”.
 
''[80]'' Al margen derecho: “Mostró su grande paciencia en una persecución”.
 
''[81]'' Al margen izquierdo: “Mostró su ferviente charidad, rogando por quien la perseguía”.
 
''[82]'' Al margen izquierdo: “Vio el infierno abierto”.
 
''[83]'' Al margen derecho: “I. ad Timot. 1”.
 
''[84]'' Al margen izquierdo: “Mándale el Ángel que escriba las misericordias que Dios le hacía”.
 
''[85]'' Al margen derecho: “Escribió su vida una religiosa que no sabía leer ni escribir”.
 
''[86]'' Al margen derecho: “Pide al Ángel que se rompa la escritura de su vida”.
 
''[87]'' Al margen derecho: “Aparécele antes de su muerte san Felipe y Santiago y el Ángel le anuncia la muerte”.
 
''[88]'' Al margen izquierdo: “Vio a la madre de Dios y a la Madalena”.
 
''[89]'' Al margen derecho: “El mal olor de la boca se le convierte en bueno”.
 
''[90]'' Al margen izquierdo: “Aparece cuatro días después de su muerte a una religiosa”.
 
''[91]'' Al margen derecho: “Un tullido sana tocando su cuerpo y otros enfermos”.
 
''[92]'' Al margen derecho: “Es hallado su cuerpo incorrupto después de 7 años”.
 
''[93]'' Al margen izquierdo: “Celebra fiesta la villa de Cubas el día que murió”.
 
''[94]'' Al margen izquierdo: “El reverendísimo fray Francisco de Sola, ministro General, abrió el arca y halló el cuerpo incorrupto”.
 
''[95]'' Al margen derecho: “Sale sangre cortándole un dedo del pie”.
 
= Vida impresa (9)=
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/aitor-boada-benito/ Aitor Boada Benito]; fecha de edición: abril de 2025.
 
== Fuente ==
 
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Luca_Waddingo Waddingo, Fr. Luca], 1654. ''Annales minorum in quibus res omnes trium ordinem a S. Francisco institorum ex fide ponderosius afferuntur, calumniae refelluntur…'', tomo VIII, Romae, Ex Typographia Joannis Petri Collinii, pp. 568-579.
 
Vida en latín disponible en: [[Annales minorum in quibus res omnes trium ordinem a S. Francisco institorum ex fide ponderosius afferuntur, calumniae refelluntur…]]
 
[[Contexto material del impreso Annales minorum in quibus res omnes trium ordinem a S. Francisco institorum ex fide ponderosius afferuntur, calumniae refelluntur…]].
 
==Criterios de traducción==
 
La traducción ha seguido los siguientes criterios:
* Los nombres propios y topónimos se presentan en su forma moderna (p. e. “arzobispo Cramner” [568], “Almería” [577], etc.).
 
* La numeración de los capítulos y la separación de párrafos siguen las del manuscrito.
 
==Vida de Juana de la Cruz==
 
[568] Año de Cristo 1534. Año 16 del emperador Carlos V. Año 11 de Clemente VII. Año 327 de la Reelección de Minerva.
 
===XXXIX===
 
Ese mismo año falleció la religiosa Juana de la Cruz, española, en el monasterio de Santa María de la Cruz, cerca del pueblo de Cubas, en la diócesis de Toledo, de cuya fundación hemos hablado antes. Prometimos narrar la vida y hazañas de esta virgen, célebre entre los españoles y extranjeros. El monasterio había caído en una profunda crisis debido a la desafortunada gestión de Inés, su fundadora y primera abadesa, aunque con el tiempo se arrepintió por gracia de Dios. La Virgen María quiso que Juana fuera la restauradora de esta casa. Nació en una humilde aldea de la ya mencionada diócesis, en el hogar de Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, devotos campesinos. Desde su concepción, Dios la llenó de dones y gracias, pues parecía haber sido llamada desde el vientre materno para su servicio [69] divino. De hecho, no había nacido aún cuando ya comenzaba a abundar en dones celestiales. Antes del uso de razón, no buscaba el pecho materno en los días de viernes, tenía visiones celestiales y era liberada de males y enfermedades, a veces por el favor de la bienaventurada Virgen María, a veces por san Bartolomé. A los cuatro años, vio la gloria del Paraíso, a Cristo niño bajo las especies sacramentales y al ángel que le había sido destinado como custodio. Al hacerse mayor, no se dedicaba a juegos propios de niñas, no hacía nada indecoroso, no pronunciaba palabra ociosa, sino que, siempre entregada a la oración, mantenía conversaciones sobre lo divino. A los siete años, tras la reciente muerte de su madre, decidió, junto con su piadosa tía aún joven, ingresar en el monasterio real de Santo Domingo en Toledo. Pero Dios, que la quería como restauradora de Cubas, lo impidió dos y tres veces, y frustró las artimañas de las monjas que querían capturarla con engaños. Trasladada a la casa de los tíos, administraba los asuntos domésticos con suma prudencia y castigaba su cuerpo con admirable penitencia. Se cubría con un áspero cilicio tejido por ella misma, se flagelaba con dureza, debilitaba su cuerpo con continuos ayunos a pan y agua, a veces sin comer nada durante tres días. En las noches más frías, salía de su lecho y, cubierta solo con un cilicio, prolongaba su oración ante la imagen de Cristo hasta el amanecer.
 
===XL===
 
Acostumbrada a las visiones divinas, vio a los serafines vertiendo, en vasos de oro, las aguas de los beneficios celestiales; a Cristo en distintos momentos sufriendo diversos tormentos de la Pasión; a la Virgen María llevando en sus brazos al Niño Jesús y mirándolo con ojos de amor. Estos favores celestiales encendían aún más en ella el deseo de la vida monástica, que anhelaba ardientemente para poder recibir más libremente las misiones divinas, libre de las preocupaciones del mundo. Con el mayor afecto que le era posible, suplicaba ante la imagen de Cristo, que llaman la Verónica y que siempre llevaba consigo, para que finalmente le concediera esta gracia. Entonces, Cristo, apareciéndosele bajo esa misma imagen, le dijo que la tomaría como esposa. Aunque muchas veces intentó alcanzar lo que con tanto empeño deseaba, su padre y sus tíos se lo impidieron. Finalmente, con ánimo viril, decidió eliminar todos los obstáculos y, despreciando la autoridad de quienes se oponían, se cubrió con vestiduras de varón, se armó con una espada y salió cautelosamente de su casa, emprendiendo el camino hacia el monasterio de Cubas, que distaba dos leguas. Satanás se presentó de inmediato para interrumpir su camino y, mostrándole muchos peligros y dificultades, la llenó de temor y la hizo desfallecer de ánimo. Cayendo a tierra, escuchó tres veces una voz del cielo que le decía: “Sé valiente, continúa el camino emprendido, Dios será tu ayuda”. Aunque en ese momento no vio a nadie, más tarde supo que aquel que la había animado era su Ángel Custodio, que la fortalecía en su debilidad. Poco después de avanzar, vio que la seguía un joven de Illescas montado a caballo, que con frecuencia había pedido a su padre que se la concediera por esposa. Aterrorizada por tal peligro, invocó la ayuda de Dios y se desvió un poco del camino hasta que el pretendiente pasó de largo. Arrodillada, dio gracias por el favor recibido y rogó a la Madre de Dios que le fuera propicia en su viaje hacia la casa de su Señor. [Entonces] se le apareció la Santísima Virgen, animándola a tener buen ánimo y asegurándole que sería la restauradora de aquella casa. Cuando llegó al templo del monasterio, retomó sus vestiduras femeninas, que llevaba consigo envueltas en un fardo. Luego, acercándose a la puerta del convento, al ver la imagen de la bienaventurada Virgen colocada en lo alto, oró para que hiciera próspero su deseo. Recibió la respuesta de que todo le iría bien. La Virgen se alegraba de su llegada y le concedió el poder de renovar aquella casa, subsanando errores, eliminando abusos, estableciendo leyes justas y cultivando virtudes. Animada por estos favores, con gran confianza se dirigió a la abadesa, le relató el curso de su vida y de su viaje, y le pidió ser admitida en la comunidad de las hermanas. Tras consultar con ellas y con el ministro provincial –que, habiéndose ido de allí [es decir, Cubas], ya estaba de vuelta desde hace poco por disposición de Dios–, fue aceptada con la aprobación de todos, aunque con gran oposición de su padre y de sus tíos, que se presentaron [allí] antes de que ella ingresara en el monasterio.
 
===XLI===
 
Una vez alcanzado su deseo, abrazó con el máximo fervor la vida monástica. Se impuso a sí misma un silencio perpetuo, la máxima abstinencia posible, admirables formas de penitencia, un sueño brevísimo, vestiduras humildes, el desprecio de sí misma, y hallaba consuelo en los trabajos y en las labores manuales. En todo consideraba por [579] quién y para quiénes trabajaba. No obstante, siempre siguió la vida común, sin emprender nada singular que no fuera aprobado por el juicio de la priora o del confesor.  Una vez, se acercó a este último, consumida por el dolor y las lágrimas porque, estando acostumbrada desde la infancia a ver a Cristo en la comunión sacramental, en la última ocasión no lo había visto. Con una asombrosa simplicidad, creía que todos los que recibían el sacramento de la Eucaristía veían a Cristo corporalmente y que, por lo tanto, se le había negado esta gracia, bien por alguna culpa suya, bien por algún defecto del sacerdote en la consagración. El confesor, actuando como padre y consolador, le explicó que debía considerar aquello como un beneficio, pues el Señor a veces se oculta y retira sus favores para que sean buscados con mayor ardor y para que quienes los reciben en tal abundancia se humillen ante Dios. Pues, así como a Pablo le fue dado un aguijón en la carne y un ángel de Satanás que lo golpeara, para que la grandeza de sus revelaciones no lo enalteciera, de la misma manera Dios priva a sus elegidos de ciertos dones para fortalecerlos en la humildad.
 
===XLII===
 
Justo después de emitir solemnemente su profesión —en la que quiso llamarse “de la santa Cruz”, tanto porque el monasterio se llamaba Santa María de la Cruz como porque había nacido el día de la Invención de la Santa Cruz—, comenzó a florecer con una virtud aún más robusta y a brillar con una santidad más evidente. Dios confirmó esto con muchas y grandes señales. Un vaso de alfarero, roto por descuido, fue completamente restaurado por sus oraciones. Una monja fue sanada, primero de una fiebre terciana y luego de un peligroso tumor en el pecho gracias a sus méritos. Una joven, afligida por una dolencia en el corazón, fue liberada cuando ella le impuso las manos. Siendo encargada del hospital, atendía a las enfermas con una caridad increíble. En ocasiones, pedía a Dios que le transfiriera sus enfermedades, y era escuchada. Por más vil o impuro que fuera, en este ejercicio de amor religioso no rechazaba nada. Más tarde, al ser trasladada al oficio de portera y encargada de la rueda del torno, ejercitó con frecuencia la virtud de la paciencia, tanto por la dureza de aquel tipo de servicio como por la autoridad de su compañera mayor, que le daba órdenes con un modo de proceder poco prudente. Pero ella, en todo muy obediente, jamás se resistió a los mandatos ni respondió con impaciencia, sino que, con la mayor humildad, terminaba todo rápidamente. Por ello, mereció tener a Cristo como su alentador con frecuencia y verlo bajo la apariencia de un niño. En una ocasión, la bienaventurada Virgen María lo tomó de sus brazos y la invitó a un jardín, donde, disfrutando de la conversación de la Madre y el Hijo, fue llamada por el repique de una campana a la puerta. Tras cumplir su deber, regresó y los encontró todavía esperándola, alabando su virtud de obediencia, y enseñándole así que a veces es necesario dejar a Dios por Dios. Por el resplandor del amor divino se iluminaba su rostro, y sus hermanas comprendieron que había tenido visiones celestiales. En otra ocasión, mientras trabajaba en la sala común, fue arrebatada en éxtasis y mereció recibir a Cristo de las manos de su Madre.
 
===XLIII===
 
Ardía de tal deseo que deseaba recibir todos los días el santísimo Sacramento de la Eucaristía, pero, por la debida reverencia y humildad, se abstuvo, contentándose con aquellos que su confesor le indicaba. Los otros [días] lo [el sacramento] recibía espiritualmente con su afecto interno, y al hacer voto de comer ese pan celestial, sentía el fruto y la utilidad de este, a través de una fe viva que obra por el amor. Al oír la campanilla anunciando la hostia para la adoración, a la que el sacerdote se disponía a elevar, acudió rápidamente para venerarla. Pero, cuando intentó llegar al altar desde donde poder contemplarla, no pudo llegar a tiempo. Entonces, inclinándose en el suelo con el deseo de adorar lo que no podía ver con los ojos, de repente, por una gran grieta en la pared, le fue permitido ver claramente lo que deseaba venerar con devoción; aún permanecen señales de esa grieta. Como un milagro aún mayor, desde las dependencias del monasterio, a través de tres o cuatro paredes, veía y adoraba el mismo objeto divino que Dios, accediendo a los votos de su esposa, le mostraba. A un hombre que moría en pecado, sin saberlo el párroco, administró la santa comida para el viático, pero rápidamente falleció. Los ángeles, llevándolo por su boca impura, lo acercaron a la habitación de Juana y lo colocaron en un lugar adecuado. El ángel custodio reveló este asunto a Juana. Ella, al regresar de un largo éxtasis, recibió la santa comunión de manera piadosa y reverente, tal como el ángel le había ordenado. Este hecho lo relata con mayor detalle Pedro Navarro haciendo uso de notables testimonios.
 
[571]
===XLIV===
 
Es un gran beneficio de Dios hacia la virgen el que haya designado para su custodia a uno de los supremos espíritus. Este, como protector de grandes y eminentes santos, cuidaba de ella con tanto esmero, tanto amor y prontitud, apartando el daño tanto del cuerpo como del alma, asistiendo a quien lo invocaba, renovando con consuelos celestiales, de tal modo que en las necesidades se mostraba como un padre, en las tribulaciones como refugio, en las dudas como maestro, en la tristeza como lenitivo, y finalmente, en todo, parecía estar dispuesto a cumplir con su deseo. A menudo se le aparecía bajo diversas y preciosísimas formas, y revelaba secretos celestiales; cuidaba de los asuntos del monasterio de sus amigas y hermanas de tal modo que los beneficios que le proporcionaba a ella eran evidentes para sus compañeras, quienes se le entregaban completamente y se encomendaban a su custodio y a sí mismas [redactar mejor, no sé si esto tiene sentido]. También tuvo conversaciones familiares con otros ángeles, especialmente con los custodios de sus hermanas del monasterio. A través de sus apariciones, y de los rostros tristes o alegres, podía reconocer en qué aspectos algunas fallaban y en cuáles otras progresaban. De ellos aprendió muchas enseñanzas santas y salutíferas, con las cuales instruía a las monjas del monasterio mientras las dirigía. A menudo era transportada en el aire, disfrutando de los deleites celestiales, de los cuales recibía además conocimiento sobre lo que ocurría entre las hermanas del monasterio. Su Custodio le reveló lo que más deseaba: la causa y la secuencia de la batalla de los ángeles, la victoria de los buenos, la caída de los malvados, y su castigo final a través de diversas regiones sublunares.
 
===XLV===
 
Frecuentemente, se le veía arrebatada y elevada por encima de sí misma, y en tales momentos de alienación sensorial veía glorias y triunfos celestiales, experimentaba los más dulces afectos del corazón y resplandecía con el rostro más hermoso. Una vez, ocurrió que en un éxtasis muy fuerte fue arrebatada de forma violenta: su rostro palideció, los ojos se apagaron, los labios se oscurecieron, los dientes rechinaban, los brazos caían, y no se veía nada en su cuerpo sin sufrimiento. Cuando volvió en sí, y al ser interpelada varias veces para que explicara la causa de tan dolorosa transformación, dijo que entonces le fue revelado cuántos y qué tipos de penas, tribulaciones y persecuciones debían sufrir tanto los espíritus impuros como los hombres malvados; que, al recordar tales tormentos, se sintió tan aterrada que perdió el juicio y su cuerpo entero fue arrebatado por el dolor.
 
===XLVI===
 
Daba respuestas muy prudentes y consejos muy saludables a todos los que pedían remedios para males tanto espirituales como corporales. Desde todas partes acudían a ella como si fuera un oráculo celestial, pero ella nunca los pronunciaba sin consultar primero a su custodio y maestro. De él aprendía las necesidades, cualidades y disposiciones del cuerpo y del alma de todos los que acudían a ella. Él, al revelarle los pensamientos de las personas, le permitía saber lo que sucedía con aquellos que, desde lejos, se encomendaban a ella. Cuando él la llevaba, se aparecía a los enfermos y a los que estaban en peligro y los liberaba de las adversidades. Con su ayuda, superaba las constricciones de las tinieblas, ya fuera para ella o para otros que se oponían. Trece años después de que quedara muda durante varios meses, hablaba en éxtasis en diversas lenguas, explicaba pasajes difíciles de las Escrituras y revelaba muchos misterios, pronunciando sermones muy instruidos –cuyo volumen completo aún existe– que duraban hasta la segunda o tercera hora. Para escuchar esos sermones, acudía una gran multitud de personas de toda clase, y entre ellas muchos héroes, príncipes, prelados, obispos, el cardenal Francisco Jiménez, el gran duque Gonzalo Fernández de Córdoba, y el mismo Carlos <César Augusto> ''[1]''. Todos eran admitidos a la presencia de la extática (pues aún no se había introducido el régimen de las monjas recluidas), y a cada uno de ellos, aunque no los viera, les decía lo que era apropiado para su condición y los males que padecían. Sus palabras penetraban en lo más íntimo del corazón, y no hubo nadie que no se sintiera apelado a cambiar sus costumbres.
 
===XLVII===
 
Muchos quisieron poner a prueba si estos éxtasis y sermones venían de Dios. Fue enviado un Inquisidor de la fe a Toledo, disfrazado, y escuchó a la predicadora en éxtasis. Habló de tal manera que conmovió al hombre y este, a mitad del sermón, se arrodilló. Con ese gesto, envuelto en lágrimas, escuchó el resto. Después, al regresar en sí, habló con ella [572] sobre asuntos concernientes al alma, y se despidió de ella recomendando con fervor sus oraciones. Otros, deseando saber imprudentemente si realmente se estaba transformando o si tales éxtasis eran falsificados, realizaron investigaciones que ofendieron a la virgen. Cierta heroína, estando cerca de la cama, mientras Juana predicaba en éxtasis, le clavó una gran aguja en la nuca, que le atravesó el cráneo. La virgen, inmóvil y sin sentir nada, continuó predicando. Al regresar en sí, entonces comenzó a sentir dolor, y pareció que la sangre se derramaba por su cuello. En otro sermón, un eclesiástico de gran renombre la agarró violentamente por el brazo para sacarla del éxtasis. Sin embargo, no sirvió de nada, pues ella permaneció inmóvil y continuó su discurso. Ante tal multitud y las investigaciones indiscretas de algunos, el provincial de la provincia de Castilla, cuyo monasterio dependía [de esa región], ordenó que no fuera aceptado que nadie viera a la predicadora. Así se hizo. Pero, mientras una de las hermanas se acercaba a la puerta de la celda para escuchar lo que decía y miraba por las rendijas, vio muchas aves con los picos alzados, como si escucharan lo que decía. Cuando llamaron a otras que vieron lo mismo, se concluyó que Dios quería que escucharan las personas cuya ausencia las aves suplían. Tras probarse ante la superiora, se permitió escuchar.
 
===XLVIII===
 
El provincial, originario de Cantabria, quedó sorprendido cuando Juana le habló con fluidez en su dialecto cántabro, intentando disuadirlo de un pensamiento que mantenía en secreto: asignarle la dirección del monasterio. Este hecho fortaleció aún más la convicción sobre su santidad, y finalmente la instituyó como abadesa.  Cuando estaban presentes hombres doctos o personas que ignoraban la lengua española, explicaba los misterios de la Sagrada Escritura en latín y transmitía lo que era oportuno. Francisco Ruiz, fraile menor y obispo de Ávila, compañero del cardenal Jiménez en la célebre expedición que conquistó Orán, había donado al monasterio dos esclavas traídas de allí: una mujer mayor y una joven, ambas árabes. Se intentó en varias ocasiones convertirlas a la fe cristiana, pero ellas se aferraban obstinadamente al islam ''[2]''. Un día, estando presentes en una de las predicaciones extáticas de la virgen, escucharon cómo el sermón se dirigía directamente a ellas en lengua árabe fluida. Sus corazones se sintieron conmovidos y experimentaron un impulso tan fuerte hacia la verdadera religión que al finalizar la reunión pidieron inmediatamente ser bautizadas. En otras ocasiones, solía llamarlas y hablarles en árabe. Ellas respondían en la misma lengua, y Juana les instruía sobre muchos asuntos. Permanecieron en el monasterio hasta su muerte, sirviendo a las hermanas con humildad y devoción. Durante un año, [Juana] pronunció setenta y un sermones de este tipo: algunos sobre la vida de Cristo y su Madre, otros centrados en los elogios a los Apóstoles, otros sobre los Evangelios de Adviento y los domingos. En ellos se encuentran numerosas parábolas y muchas enseñanzas claras para el cambio de las costumbres. Sor María Evangelista, alumna del monasterio, registró estos sermones con gran precisión. Dios le concedió la gracia de escribir de manera clara e íntegra todo lo que esta pronunciaba en sus predicaciones, a pesar de que antes ni sabía escribir ni leer. El padre Francisco de Torres, fraile menor de gran celo apostólico, tenía estos sermones en alta estima y los recopiló en un volumen extenso, afirmando que contenían profundos misterios, no accesibles a todos ni adecuados para ser divulgados indiscriminadamente. Este mismo juicio fue confirmado por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición española, que, tras un examen riguroso, ordenó su lectura.
 
===XLIX===
 
Todavía mayores signos de predilección mostró Cristo por esta Virgen. En presencia de la bienaventurada Virgen y una multitud de ángeles, la tomó como su amadísima esposa, colocándole un anillo precioso como símbolo de su unión. Además, un Viernes Santo, mientras meditaba con extrema intensidad en la Pasión de Cristo, recibió en sus manos, pies y costado las cinco llagas, que se imprimieron en su piel como marcas rojizas. Bajo estas, [ardía] un intenso fuego y el dolor era muy profundo. Estas aparecían visiblemente cada viernes y sábado hasta la festividad de la Ascensión. Finalmente, debido a la insoportable insistencia de quienes deseaban verlas, rogó fervientemente para que fueran suprimidas del todo. Así [573] Cristo, escuchando su petición, accedió. Aunque le anunció que, en lugar de las rosas purpúreas de las llagas que deseaba que desaparecieran, sentiría las punzantes espinas de su corona. En efecto, experimentó tormentos acompañados de numerosos dolores y sufrimientos.
 
===L===
 
Disfrutaba con el canto de los pájaros, y en ocasiones junto a ellos entonaba alabanzas y glorificaba a Dios. Pero se distraía mucho por las numerosas súplicas de quienes acudían a ella y por escuchar las penas de los afligidos. Para prepararla mejor para la recepción única de los misterios celestiales, el Señor la afligió con sordera desde el 10 de febrero hasta el 12 de agosto, festividad de Santa Clara. En esta fecha, las hermanas rogaron vehementemente que le fuera restituido el oído, puesto que era indispensable para la dirección del monasterio y para aliviar con mayor facilidad las aflicciones del prójimo. Los ruegos de la virgen fueron escuchados y fue enviado San Pedro Apóstol, que tocó sus oídos mientras se hallaba en éxtasis y le devolvió el sentido. El día de Santa Bárbara, absorta en un éxtasis, se le apareció la santa Virgen, le reveló muchas cosas y le manifestó haber sido mediadora ante Dios para que le fueran concedidas abundantes gracias. En esa misma ocasión, [Juana] vio el alma de un niño ascendiendo al cielo. Este le pidió que advirtiera a su madre —indicándole su nombre— para que tuviera mayor diligencia en la educación de sus hijos, pues sus hermanos eran tales que Dios no los aprobaría, y Él le pediría razonamientos estrictos sobre esto. En otros estados parecidos de elevación de la mente contempló en diversas ocasiones a distintos santos: Francisco, Domingo, Antonio, Lucía y Acacio, junto a sus compañeros mártires. Así parecía habitar constantemente en los cielos, acostumbrada a tantas visiones de Dios, de la Virgen María, de los ángeles y de los santos. 
 
===LI===
 
Con veintiocho años de edad y al decimotercer año de su ingreso en la religión, fue elegida abadesa por decisión unánime de todas las hermanas, bajo la supervisión del provincial cántabro que mencionamos. Durante diecisiete años llevó el monasterio con suma tranquilidad y admirable prudencia, ampliándolo con las edificaciones y rentas necesarias, puesto que se encontraba en un estado paupérrimo antes de que ella asumiera el cargo. Entre sus muchos y principales benefactores se encontraban los ya mencionados Gonzalo y Jiménez, que hicieron grandes aportaciones. Su mayor contribución a la vida monástica fue el establecimiento de la observancia regular, y la prevención de los escándalos que podrían haber surgido, con la introducción de la clausura monástica, pues antes las hermanas solían salir libremente a pedir limosna y los laicos tenían acceso al interior del convento. Desempeñó su oficio con facilidad, bajo la asistencia de su ángel custodio que le ayudaba en todo y le desvelaba lo que fuera necesario cuando era oportuno, además de con la protección de la Virgen María, que se constituyó a sí misma como abadesa perpetua de la casa y designó a Juana como su vicaria o sustituta. En el ejercicio de este cargo recibió muchos favores del Señor y revelaciones únicas. [Entre estas,] vio el alma de su confesor, Pedro de Santiago, vicario del monasterio y varón de vida excelsa, conocida virtud y santidad, coronado con gran gloria en los cielos.
 
===LII===
 
Por petición insistente de las hermanas, oró al Señor para que bendijera y otorgara virtudes a los numerosos rosarios que habían reunido con fervor y que se encontraban guardados en un cofrecillo cerrado bajo la custodia y llave de otra. En éxtasis sagrado permaneció largo tiempo sin sentido. En ese tiempo las hermanas, ansiosas por averiguar lo que sucedía con los rosarios, abrieron la caja y la encontraron vacía. Pero al volver del éxtasis y revisar de nuevo, los hallaron repuestos e impregnados de una fragancia maravillosa y se sorprendieron al ver de nuevo aquello que poco antes creían desaparecido. Al preguntarle sobre esto, Juana respondió: “Fueron bendecidos por Dios, tocados por su mano, y de allí proviene el perfume impreso y la virtud infundida para rechazar múltiples males y curar enfermedades”. Que decía la verdad lo demostraron los eventos prodigiosos que siguieron, debidamente verificados ante diversos jueces en distintas localidades, y recogidos en documentos públicos legítimos. Esto, sin embargo, lo exageraron algunos por exceso de devoción, y le atribuyeron —sin fundamento alguno— numerosas gracias e indulgencias. Esto fue justamente reprobado por quien escribió por último la vida de la virgen y añadió además documentos muy fiables que corroboran la veracidad del caso.
 
===LIII===
 
Contemplando en visión las durísimas penas que padecen las almas fieles en el purgatorio, Juana las compadecía con suma piedad, y [574] procuraba por todos los medios, tanto personalmente como a través de otros, brindarles alivio: ofrecía sufragios de oraciones, sacrificios de misas, aflicciones corporales, obras piadosas y ejercicios religiosos en su favor siempre que le era posible, y se esforzaba además en que otros los ofrecieran. Rogó a Dios que le permitiera asumir en su propio cuerpo penas en satisfacción por las almas purgantes, y que les aliviara a ellas lo que a ella infligiera. En efecto, sufrió tormentos terribles conforme a su deseo, pero cada vez con más certeza —revelada por su custodio— de que sus penas beneficiaban a aquellas almas afligidas. Muchas almas, por tanto, se le aparecían, rogándole que también las acogiera con su caridad. Esto lo hacía de inmediato, sin negar su ayuda a ninguna, por pequeña que fuese. Por esta piedad y caridad singular alcanzó gran favor ante Dios, y se ganó el afecto de las almas. Así, liberadas por sus méritos, intercedían más eficazmente por ella en el cielo. Bien podía contarse entre aquellos de quienes el ángel dijo a santa Brígida: “Benditos sean quienes en el mundo ayudan a las almas con oraciones, buenas obras y el esfuerzo de su cuerpo” ''[3]''.
 
===LIV===
 
Con un afecto indescriptible veneraba la santísima cruz de Cristo, y con razón, pues en la festividad de la Invención de la Cruz recibió de Dios innumerables favores. En este día —como dijimos— nació en el siglo, renació en la vida religiosa y se consagró a Dios con voto solemne. En ese día también, por mandato divino, asumió el mandato del monasterio que debía reformar. Finalmente, ese [mismo día] partió de este valle de lágrimas a la patria celestial para recibir el premio de una vida santísima. Cada día de la semana dedicaba meditaciones únicas a los misterios de la cruz, distribuyendo así los frutos de la cruz a lo largo de toda la semana. Así, su alma, purificada en abundancia y entregada a la contemplación de las realidades divinas, siempre encontraba asuntos suficientes para meditar.
 
===LV===
 
A la gloriosísima Virgen María honraba con la ternura entera de su corazón, con el afecto más íntimo de sus entrañas y con todos sus votos, sabiendo muy bien que así lo quiere Aquel que ha querido dársenos por entero a través de María; [sabiendo] que ella ha hecho la escalera celeste por la que Dios descendió a la tierra, para que merezcamos ascender al cielo por ella. En el monasterio había una antigua imagen de madera de la santísima Virgen. Ciertamente, no estaba esculpida con mucha belleza ni con arte refinado, pero gozaba de gran veneración entre las hermanas y los forasteros. Para que fuera aún mayor su veneración, consiguió de Dios que la bendijera y le concediera el poder de que quienes orasen ante ella alcanzasen lo que pedían, y que en tiempos de necesidad pública en ella pudiera encontrarse remedio. Y así ocurre: con frecuencia se obran frecuentemente grandes milagros en torno a esa imagen. Cuando acechan males colectivos, se lleva en procesión —sea para alejar la peste, para obtener lluvia o para pedir quietud— y el pueblo siempre está seguro de que puede obtener alivio en sus calamidades.
 
===LVI===
 
Estos y muchos otros prodigios similares demuestran cuán grande fue la gracia que Juana halló ante Dios. Cuán grande fue la gracia de sanaciones que Dios le concedió lo testimoniaron con certeza las hermanas. A una extinguió el ardor de la fiebre mortal que llaman de San Marcial; a otra la curó de un cáncer; a otra del dolor de costado; y a otra le enderezó los hombros dislocados. Por la violencia del dolor, a una hermana se le salió un ojo y cayó al suelo; Juana lo recogió con su mano, lo limpió con un paño y lo colocó de nuevo en su lugar. De inmediato, la que antes era tuerta recobró perfectamente la visión y fue liberada de todo mal. Salvó de morir ahogado al criado del monasterio, Juan de la Fuente, cuando [este] precipitadamente intentó cruzar el río Jarama crecido por la corriente desbordada. Protegió a la sirvienta Antonia Rodríguez de morir embestida por un toro; y defendió el monasterio del asalto de los rebeldes, que bajo el título de “Comunidad” y bajo la apariencia del bien común ocuparon gran parte de España ''[4]''. Un carnero infecto de rabia embistió al confesor de Juana y de las hermanas con sus cuernos y lo infectó con su enfermedad. La Virgen oró intensamente por él y se sanó. A una niña muerta la tomó en brazos y, al colocarle sobre el pecho la cruz que llevaba colgada del cuello, le devolvió la vida.
 
===LVII===
 
Iluminada por tantos dones celestiales y colmada de resplandor divino, empezó a pensar que, pese a haber recibido de Dios tantas gracias, no había correspondido en nada; que había tenido muchísimas y grandísimas consolaciones, pero pocas y sutiles aflicciones; ingentes recompensas, [575] y apenas méritos. Anhelaba hacer algo por Dios de igual valor e, igual que había participado de sus consuelos, deseaba también hacerse partícipe de sus tormentos. Sabía muy bien que es verdad lo que dice la Escritura: “La leve amargura del momento presente produce un peso eterno de gloria en nosotros, cada vez superior” ''[5]'', Por eso, entendía por qué el profeta, iluminado por esta verdad, exclamaba: “Que se pudran mis huesos y me devore el gusano rápidamente, con tal de que pueda hallar descanso en el día de la tribulación” ''[6]''. Así, rogaba insistentemente que su cuerpo fuera quebrado por trabajos, dolores, enfermedades y angustias, y que fuera probado como oro en horno de la tribulación. Su ángel custodio, con rostro triste, le reveló que su súplica sería escuchada, advirtiéndole que la paciencia sería indispensable para alcanzar las promesas, y que necesitaría también del auxilio y oraciones de otros para no desfallecer en la prueba. “Tu cuerpo” —le dijo— “será quebrantado por enfermedades gravísimas, y tu espíritu será afligido por persecuciones, envidias, calumnias e injurias contra tu buen nombre”.
 
===LVIII===
 
Poco después de oír esto y comunicarlo a las hermanas, quedó paralizada de cuerpo entero, sin que quedara parte alguna libre de tal lesión. Con tal intensidad sufría que a menudo clamaba y gritaba, pidiendo a Dios ayuda y paciencia. Le dolían todos sus miembros, articulaciones y nervios, y no podía usar ninguna parte del cuerpo para nada. De todos, el más intenso era el de cabeza; tan agudo era que a veces parecía estar muerta. Sufría del estómago y de los intestinos con tal punzada que todo su cuerpo se enfriaba y se empapaba de un sudor helado. Soportó todos estos males durante catorce años con increíble fortaleza e invencible paciencia. A esto se añadían los tormentos demoníacos: golpes, latigazos y, en ocasiones, heridas que requerían días de cuidados, sin que una de ellas pudiera jamás ser curada con medicina a lo largo de su vida. No obstante, en medio de estos intensísimos dolores, en dos ocasiones recibió el consuelo de Cristo, que la reconfortó suavemente con su presencia y palabra.
 
===LIX===
 
La otra parte de su tormento y dolor procedía del entorno doméstico. El anuncio lo dieron los espíritus malignos, que en innumerable multitud y en forma de repugnantes animales inmundos, [como] serpientes, cuadrúpedos y tristes aves nocturnas, llenaron la casa entera, ocuparon el techo y rodearon los muros. Al contemplar esto en una visión, Juana se estremeció y pidió auxilio a los espíritus celestiales. Acudieron su ángel custodio, el Arcángel Miguel y otros muchos soldados de la corte celestial, que inmediatamente expulsaron a aquellos despreciables monstruos infernales, aunque estos se resistían con fiereza. Preguntó entonces Juana cuál era la intención de aquellos demonios y esa tétrica multitud. Su ángel custodio le respondió que venían a perturbar y destruir por completo aquella casa, y que ya se les había abierto el acceso a causa de los resentimientos y discordias recientes entre las monjas, cuyo amargo fruto iba a degustar próximamente. Así ocurrió: la vicaria, con otras hermanas, conspiró contra la abadesa Juana, acusándola de haber malgastado los bienes del monasterio —que aún era paupérrimo— para obtener una bula que confirmara la unión de un beneficio parroquial que el cardenal Jiménez había asignado al monasterio y que ella había concedido a su propio hermano. Se convocó entonces al provincial para juzgar la situación, y, creyendo demasiado pronto las acusaciones de las rivales de la abadesa, la destituyó y puso en su lugar a la vicaria, que había ambicionado el cargo valiéndose de medios indignos. Juana soportó todo esto con suma paciencia, habiendo sido advertida en múltiples ocasiones por su ángel custodio de que Dios había permitido esto para purificar aún más a su sierva, como oro en el horno del sufrimiento. [También] para evitar que, rodeada por tantos favores y revelaciones divinas, cayera en la vana gloria, dulce ladrona de las riquezas espirituales y astuta aliada del enemigo de las almas. Otros vicios también se encuentran entre los siervos del demonio; la gloria vana se encuentra incluso entre los siervos de Cristo.
 
===LX===
 
Consolada por estas palabras, animaba por todos los medios posibles a las hermanas, que llevaban con gran pesar la sustitución de su cargo decretada por el provincial. Las exhortaba a todas a obedecer prontamente a la nueva abadesa, y ella misma, la primera entre todas, le rendía a la abadesa fidelísimos servicios, venerando con todo su afecto como si hubiese sido nombrada [576] por el propio Señor. Pero el Señor no tardó en castigar la injusticia cometida contra Juana: a la falsa acusadora, que había usurpado el cargo confiado por Dios, la golpeó de repente con una grave enfermedad, infundiéndole además un gran temor y temblor por el crimen cometido. Castigada así, la desdichada mujer comenzó a confesar sus culpas y a revelar lo que había hecho contra Juana. Luego le pidió humildemente perdón, que obtuvo con facilidad, rogándole además que intercediese ante Dios para alcanzar el perdón de tantos pecados. Oró por ella Juana y obtuvo indulgencia, y le advirtió de la muerte prematura que se avecinaba, para que no la atrapara desprevenida. La mujer, en efecto, se preparó para la muerte, recibió los sacramentos y, arrepentida, falleció. Encargó a las hermanas que volvieran a elegir a Juana como abadesa y que le restituyeran por medio del sufragio lo que ella le había arrebatado injustamente. Se comprobó que Juana había sido injustamente apartada de su cargo al demostrarse, tras una investigación más precisa, que sólo se habían pagado siete escudos de oro por el diploma romano, y que su hermano había aceptado la carga del ministerio sacerdotal, [con la condición] de aportar los beneficios [obtenidos] al monasterio.
 
===LXI===
 
Cuando se acercaba el momento en que el Señor iba a llamar a su sierva, ya purificada por tantas presiones y pruebas, esculpida como una piedra viva para la edificación celestial, se le apareció un ángel. Dijo que a Dios le complacía que, para su mayor gloria y para la edificación e instrucción de sus siervos, se diesen a conocer los beneficios que le había concedido, tanto las consolaciones espirituales y revelaciones como las aflicciones y dolores corporales; estos debían considerarse también como un don. Por ello, debía dejar todo detalladamente por escrito. Ella, con la humildad de que fue capaz, se excusó de divulgar públicamente los dones que se le habían confiado en secreto. Pero el mensajero celestial, con argumentos razonables, con autoridad y hasta con amenazas, la convenció finalmente de que lo hiciera, y le asignó como escriba a quien hemos mencionado antes, María Evangelista, que no sabía escribir, para que resultara más evidente que esta orden procedía de Dios. Entonces escribió los dos libros que hemos mencionado más arriba, sobre los discursos y sobre la vida y hechos de Juana, con tal claridad y discreción que se concluye que contó con una ayuda superior a lo humano.
 
===LXII===
 
Finalmente, cuando el Señor decidió llamar a su sierva desde la prisión del cuerpo para darle la recompensa de tantos méritos, quiso anunciarlo previamente por medio del ángel custodio, en la vigilia de los apóstoles Felipe y Santiago, que también se le aparecieron y le felicitaron por la corona preparada tras su largo combate. Ella, llena de alegría y exultante, se preparó enseguida para el tránsito, deseando desaparecer y estar con Cristo. Tras recibir los sacramentos, rogó a las hermanas que la ayudasen con sus oraciones en su viaje a una tierra lejana. Luego volvió enteramente a la contemplación de los misterios divinos y de los beneficios que desde su infancia había recibido abundantemente de la misericordia divina. Durante los tres días previos al que está dedicado a la Invención de la Santa Cruz, tuvo muchas revelaciones y visiones de Cristo Señor, de la Virgen María, de María Magdalena, de su ángel custodio y de otros santos, así como terribles apariciones de demonios, que no cesaban de acechar y hostigarla en los últimos momentos de su vida. Finalmente, tras un éxtasis continuo y bellísimo que duró todo un día y comenzó con las palabras: “Alegraos conmigo, alegraos conmigo”, con el rostro resplandeciente, exhalando de su boca un suavísimo aroma, los ojos fijos en el cielo, y tras pronunciar muchísimas palabras santísimas y mantener piadosas conversaciones con las diversas personas que se le aparecieron, se durmió en el Señor el día de la mencionada Invención de la Santa Cruz, siempre para ella feliz y propicio, como hemos dicho, en el año cincuenta y tres de su edad y cuarenta desde su entrada en el monasterio.
 
===LXIIIV===
 
Tras su muerte, aquel rostro exangüe, aquel semblante pálido, aquel cuerpo contraído, compuesto solo de huesos y nervios, se tornó bello y agraciado, tal como había aparecido en su juventud, cuando gozaba del consuelo del discurso divino. Permaneció sin sepultar durante cinco días, exhalando un suavísimo aroma, mientras concurría una innumerable multitud de toda clase de personas, tanto de lugares cercanos como lejanos. Para que todos pudieran satisfacer su piedad con mayor comodidad, los frailes menores, muchos de los cuales habían acudido, llevaron el cuerpo en hombros y lo expusieron fuera [577] del monasterio, ya que los espectadores deseosos no pudieron acceder al interior. Una religiosa del monasterio de la Concepción de Almería, mujer muy devota y de virtud como la de Juana, íntimamente unida a ella en espíritu, refirió que la vio en visión ascendiendo a los cielos, completamente purificada en esta vida por tantas penas. Inmediatamente después de su fallecimiento comenzaron a manifestarse milagros: curó milagrosamente a una hermana gravemente herida en la tibia y en el pecho por una caída, a un hombre con fuertes dolores en los dientes, y a otro con las piernas contraídas que caminaba con andadores. Finalmente, fue sepultada en la parte inferior del coro, sin ataúd, solo sobre la tierra desnuda, cubierta con abundante cal viva y agua. Sin embargo, permaneció incorrupta durante siete años. Ocurrió que una niña, hija del conde de Puebla, que estaba siendo educada piadosamente en el monasterio, mientras jugaba en aquel lugar percibió un grato olor y empezó a escarbar la tierra con los dedos. Al acercarse las hermanas, también fascinadas por aquel olor, decidieron averiguar la causa y comprobar en qué estado se hallaba el cuerpo de Juana. Al cavar profundamente, lo hallaron incorrupto tanto en cuerpo como en vestiduras, sin ningún daño. Lo adornaron entonces con decencia y lo trasladaron al coro superior, donde lo colocaron en una urna bajo el altar.
 
===LXIV===
 
Allí permaneció durante catorce años, frecuentemente manipulado por las hermanas, despojado de sus antiguos hábitos y revestido con nuevos, hasta que una noble dama, Isabel Mendoza, esposa de Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, se encargó de trasladarlo a la principal capilla del templo. Allí lo colocaron, en el lado del Evangelio, dentro de un túmulo arqueado, desde el que tanto las hermanas por el interior como los seglares por el exterior podían contemplar y tocar la noble arqueta reforzada con anillos de hierro en la que reposa el sagrado cuerpo. La traslación tuvo lugar el 14 de septiembre de 1552, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, con la presencia de numerosos nobles y damas. En el año 1600, Francisco de Sosa, general de la orden y luego obispo de Canarias, Osma y Segovia, junto con Pedro González de Mendoza, provincial de la provincia de Castilla, más tarde comisario general de la familia ultramontana, arzobispo de Granada y luego de Zaragoza, y finalmente obispo de Sigüenza, al acudir al monasterio ordenó abrir la urna. Todos los presentes vieron el cuerpo íntegro, salvo por el rostro y las manos, ligeramente oscurecidos. El resto del cuerpo permanecía intacto, fresco y firmemente unido. Le quitaron el antiguo hábito y le pusieron uno nuevo. En lugar de los dos velos blancos de la cabeza, el provincial general restituyó uno blanco y añadió otro negro, dignándola con este honor póstumo a quien en vida tanto había anhelado esa distinción para todas sus hermanas. Sin embargo, al cortar un dedito del pie izquierdo para colocarlo en otro monasterio, quedó sobrecogido al ver que, tras sesenta y seis años, brotaba sangre de la herida.
 
===LXV===
 
Sería difícil expresar cuánta es la devoción que se dice que sienten hacia la santa virgen todos los pueblos de los alrededores, y cuántos dones adornan su sepulcro. Así fue fácil para las hermanas, por medio del procurador del monasterio Alfonso de Espinosa, adquirir una nobilísima urna de plata, profusamente elaborada con magníficos relieves, por un valor de cinco mil ducados de oro, donde el cuerpo fue depositado el día de Todos los Santos del año 1614. Estuvieron presentes Antonio de Trejo, vicario general de toda la Orden (más tarde orador ante la Santa Sede y obispo de Cartagena), y Francisco de Ocaña, ministro provincial, junto con una inmensa multitud de fieles procedentes de la corte del rey católico y de los pueblos vecinos. Para satisfacer la devoción de todos, el cuerpo fue expuesto durante dos días en un lugar elevado del presbiterio del templo, a plena vista de todos. Finalmente, se colocó en la mencionada urna, con dos cerraduras: una llave se entregó al provincial y otra a la abadesa. Al año siguiente, el rey Felipe III, con la familia real al completo, el cardenal de Lerma y los principales nobles de la corte, acudieron a venerar el sagrado depósito. El cuerpo fue expuesto para veneración durante todo el día, reposando en un lecho adornado noblemente, en el coro, salvo durante la hora del almuerzo, que tomaron en el atrio del monasterio. Finalmente, en el año 1622, la dignísima reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, acompañada del infante Carlos, el cardenal Fernando de Toledo (hermanos del rey) y los principales dignatarios de la corte, quiso contemplar ese precioso tesoro y honrarlo con sus dones.
 
===LXVI===
 
Por último, los obispos de Troya y de Cirene, comisarios apostólicos delegados para examinar los hechos relativos a la santa virgen, al abrir el arca declararon haber visto el cuerpo incorrupto y de bello aspecto, y lo expusieron durante tres días a la vista de más de cuarenta mil personas llegadas de todas partes. En Roma se está tratando ahora su inclusión en el catálogo de los santos; en su momento, Gabriel, cardenal de Trejo —hermano del mencionado Antonio—, cubría los gastos para promover la causa, y las Cortes Generales del Reino de Castilla decretaron destinar a este fin cuatro mil escudos de oro. La veneración y el culto en ese lugar son sumamente fervorosos, y su fama está muy extendida por todos los reinos de España. Su glorioso sepulcro se encuentra rodeado de muchas lámparas de plata encendidas, colmado de preciosas ofrendas, y se ha depositado junto al sacristán un ajuar valioso.
 
===LXVII===
 
Los documentos relativos a la santidad y al proceso, enviados a Roma, contienen innumerables y grandes milagros, con toda clase de curaciones e incluso resurrecciones. De los más notables y atestiguados con firmeza da cuenta Pedro Navarro. Este fue el último en redactar los hechos de la santa virgen, haciéndolo con sabiduría y prudencia, tras haber consultado cuidadosamente los escritos de María Evangelista, a quien ya dijimos que se considera la primera en haber escrito sobre su maestra. Antonio Daza, además de lo que publicó en sus ''Crónicas'', realizó un peculiar librito que recoge su vida, aunque más con devoción que con rigor. Esto ha provocado que algunos hombres importantes formularan objeciones y emitieran juicios inexorables, en gran ofensa de tal virgen. A esto respondió con una docta apología Francisco de Sosa —que mencionamos arriba— junto con otros hombres sabios. Pero el más preciso de todos fue el mencionado Navarro. La obra de Daza, con notas añadidas de Sosa, fue traducida al italiano e incorporada por Bartolomé Cimarella como cuarta parte de sus ''Crónicas''. Francisco Gonzaga, Pedro Salazar y muchos otros autores recientes hacen mención destacada a esta virgen.
 
==Notas==
 
''[1]'' ''Codd. ipse Carolus Caesar Augustus'', es decir, Carlos I.
 
''[2]'' ''Codd. Adhaerentibus Mahometanae''.
 
''[3]'' Referencia confusa. En las vitae en latín de Santa Brígida (BHL 1458-1459) no aparece esta referencia. La primera vita sobre esta santa se atribuye a Donato, obispo de Fiesole (ca. 829-877) y es una composición métrica escrita en latín. Para la edición más reciente del texto, véase Kissane (1977, 78-143). Para un estudio de otras ediciones y un análisis de la autoría y producción de este texto, véase también Kissane (1977, 57-77; 144-192). Referencia: Kissane, Noel. (1977) “''Uita metrica sanctae Brigidae'': a critical edition with introduction, commentary and indexes”, ''Proceedings of the Royal Irish Academy'' 77 C, 57–192.
 
''[4]'' La guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), a comienzos del reinado de Carlos I.
 
''[5]'' 2 Cor 4, 17.
 
''[6]'' Abac 3, 16.
 
= Vida impresa (10)=
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/isabel-ibanez/ Isabel Ibáñez]; fecha de edición: marzo de 2025.
 
== Fuente ==
 
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Barezzo_Barezzi Barezzi, Barezzo], 1663. ''Quatriesme partie des Chroniques des Frères Mineurs divisée en dix livres en laquelle sont descrittes les vies admirables, les cruels martyres, les merveilleux miracles, et les saints exercices de plus de huit cens Religieux et Religieuses, vrays serviteurs de Dieu, de la Religions de St François, avec un récit de le nouvelle réforme, et de la continuelle observance en l’ordre, avec le grand accroissement de la Foy Catholique fait par eux tant en France, Italie, Espaigne, qu’aux Isles Orientales et Occidenles .depuis l’an 1500 jusques à l’année présente 1609  composée par Barezzo Barezzi Cremon'', et nouvellement  traduicte en françois par R. P. F. J. Blancone, Relig. du grand Couvent de l’Obser’’ de Tolose et Gardien de l’Obser’’ de Mirepoix, A Paris, chez Robert Fouet, Rue ST Jacques à l’enseigne du temps et de l’Occasion, 1627 avec Privilège du Roy.
 
En línea, en Gallica, Bibliothèque Nationale de France, [https://catalogue.bnf.fr/search.do?mots0=NRI;-1;1;Barezzi%2C+Barezzo&mots1=ALL;0;0;&&pageRech=rav URL].
 
==Bibliografía==
 
* Barezzi, Barezzo, “Libro secondo” ''Delle croniche dell’ordine de frati minori instituito dal seráfico P. S. Francesco. Parte Quarta'',  Venecia: 1608, pp. 156-169.
 
* Gonzaga, Francisco (O. F. M., obispo de Mantua, P.), ''De Origine seraphicae religionis franciscanae ejusque progressibus, de regularis observanciae institutione, forma administrationis et legibus...'' F. Francisci Gonzagae,... opus....1587, Parte III, pp. 644-646.
 
* ''Diccionario de la Real Academia Española''. En línea: < https://dle.rae.es/>
 
* Oudin, César, ''Tesoro de las dos lenguas francés y española. Thresor des deux langues françoise et espagnole'', Paris: Marc Ory, 1607.
 
* Villegas Selvago, Alonso de, ''Flos sanctorum, Tercera parte [...]'', Barcelona:  en casa de D. Bages, 1588, Addenda, Vida 206, fols. 75v-79r.
 
==Criterios de traducción==
 
El relato aparece en el ''Livre second. Des frères mineurs p. 159-171 en Quatrième Partiedes Chroniques …'', Paris, 1627, traducción por Blancone de ''Delle croniche dell’ordine de frati minori instituito dal seráfico P. S. Francesco. Parte Quarta'' de Barezzo Barezzi, en Venecia, 1608.
 
Se ha cotejado con el texto italiano de Barezzi y con el texto de Villegas de 1588 traducido en 1608 por Barezzi. También se ha manejado el diccionario de la Real Academia en línea así como el diccionario de Oudin, para controlar arcaísmos franceses. Se referirá a estas obras respectivamente mediante Blancone, Barezzi, DRAE, Villegas, Oudin. Se han comentado en nota de fin, las diferencias significativas con la fuente original, o sea, el texto de Villegas.
En lo que se refiere al texto propuesto aquí, se ha llevado a cabo una traducción al castellano del texto original francés, en la que se han modernizado las grafías cuando podían ser un obstáculo a la pronunciación actual, y se han aplicado las normas de ortografía y puntuación actuales. Las citas en italiano de Barezzi son una transcripción diplomática.
 
De manera general las diferencias con Villegas se explican por errores o extrapolaciones de Barezzi, seguidas por su traductor francés Blancone.
 
Sin embargo se observan casos en los que Bancone se da cuenta, por la ruptura de lógica del texto, de los errores ocasionales de Barezzi, e intenta subsanarlos, bien corrigiéndolos, bien reescribiendo el pasaje.
 
También se observan añadidos propios de Blancone, sea para darle más claridad al texto, sea por insistencia doctrinal, o sea por deseo de exornarlo.
 
Por fin otras pequeñas diferencias de detalle se explican por una mejor adecuación al uso del francés que una  traducción fiel (por ejemplo, en el caso de “matrona” , nunca traducido por “matrone” que, en puridad, sería aceptable).
Finalmente, no hay que descartar que, tanto Barezzi como Blancone, echaran mano de otra fuente, citada en la primera nota junto con Villegas (el “Obispo Gonz.”) que debe referirse a la vida escrita por Francco de Gonzaga. Esto podría explicar ciertas diferencias que parecen errores pero difíciles de comprender como por ejemplo el hecho de traducir “ottenta” (ochenta) por “setenta”. Esto significaría que algunas erratas o modificaciones e interpretaciones de Blancone se deberían a esa fuente secundaria sin identificar aún.
 
==Vida de Juana de la Cruz==
 
[159] '''De los Hermanos Menores. Libro II'''
 
'''La vida de la bienaventurada ''[1]'' sor Juana de la Cruz, abadesa del monasterio de Santa María de la Cruz de Cuba(s) en Castilla ''[2]'''''
 
===Capítulo XXVIII===
 
''[3]''
 
Cuando el soberbio Holofernes, capitán de Nabucodonosor ''[4]'', Rey de los Asirios, estaba sitiando Betulia, salieron los hebreos una mañana de la ciudad con los estandartes desplegados, y las lanzas y espadas y otras armas en mano, amenazando dar muerte a sus enemigos, los cuales, burlándose ''[5]'' de ellos, decían que las ratas se habían atrevido a salir de sus nidos para causarles daño ''[6]''. ''[7]'' Entonces el camarero ''[8]'' fue a despertar a Holofernes creyendo que dormía en su pabellón ''[9]'', para que se levantara a ordenar la defensa: pero apenas hubo entrado, vio el cuerpo de aquel soberbio ''[10]'' sin cabeza, tendido a todo lo largo por tierra y bañado en su propia sangre. Se quedó muy confuso, conociendo ser aquello obra de la mano de Judith ''[11]'', por lo que salió dando voces y gritando en voz alta: “¡Una mujer ha puesto en confusión a la Casa de Nabucodonosor!”. Aquello fue más que verdadero, pues, oyendo ''[12]'' los asirios que su capitán había muerto, se les heló tanto el alma, presa de un frío terror ''[13]'', que echaron luego a huir y dejaron la victoria en manos de sus enemigos, y todo el saqueo y los despojos que habían juntado ''[14]''. Las razones de aquel criado de Holofernes, que una mujer había puesto en confusión a la Casa de Nabucodonosor, le cuadra y puede adaptarse muy bien a una bienaventurada dama, ''[15]'' llamada sor Juana de la Cruz, monja de la Orden de los Hermanos Menores. Pues ella es la confusión de la Casa de Nabucodonosor, por ahí se entiende que los malos, cualquiera que sea su estado, son puestos todos en confusión, junto con algunos religiosos y personas de Iglesia, que, por muy honrados que sean en el oficio de servir a Dios, son, digo yo, puestos en confusión, respecto a lo que aquella monja hizo ; aunque hayan nacido de personas ilustres y de noble sangre, y hayan sido sustentados con la buena crianza de la corte y casa real, los deja en confusión aquella dama nacida entre labradores y en la pobreza ''[16]''. Ella es, pues, la confusión de toda clase de hombres, pues los ha superado así como veremos en su vida, recogida de antiguos memoriales que están en el monasterio de la Cruz, situado a dos leguas de la villa de Illescas ''[17]'', que atestiguan las extraordinarias virtudes y las grandes perfecciones que el Cielo le otorgó a aquella bienaventurada monja, cuya vida queremos describir y dejar para la posteridad sus bellas acciones para que nos sirvan de modelo '[18]''.
 
[160] '''De la patria , de los padres y del nacimiento de esta sierva de Dios, sor Juana de la Cruz, de los ejercicios espirituales que hacía en la infancia, tratando su cuerpo con gran austeridad. De la santa imagen de la gloriosa Virgen María, llamada de la Caridad de Cubas y de su origen'''
 
===Capítulo XXVIII===
 
''[19]''
 
''[20]'' La bienaventurada Juana de la Cruz nació en un lugar vecino de Toledo, llamado Azaña, de un padre cristiano y virtuoso, llamado Juan Vázquez y de su mujer Catalina Gutiérrez el año de gracia de mil cuatrocientos ochenta y uno. Fue dotada de extremada belleza, contribuyendo el Cielo con algo particular de la suya ''[21]'': su madre la crió a sus propios pechos, sin que le doliera ni pesase, antes le era de gran recreo y consuelo. Pues cuando se encontraba presa de alguna tristeza, en tomándola en brazos, ella le servía para recobrar toda su alegría.
 
Habiendo llegado esta niña a la edad de cuatro años, mostraba tener perfecto juicio, tanto en sus palabras como en sus hechos, y jamás la vieron con otras mozas jugando a los juegos con los que las de su corta edad suelen entretenerse, ni decir palabra alguna vana  ni sin provecho: sino que sus pensamientos los ponía sólo en Nuestro Señor Jesucristo, a quien llamaba su caro esposo y con quien comunicaba sus pensamientos ''[22]''. Algunas veces tenía tanta fuerza y aprensión en sus potencias internas que sus sentidos estaban como ausentes de todo, viendo lo cual su madre, desconociendo la virtud de aquellos santos arrobos o éxtasis de los que su hija quedaba presa ''[23]'', creyó que estaba enferma y, teniéndola algunas veces por muerta, hizo voto de llevarla con una imagen ''[24]'' de cera a una casa o monasterio llamado de nuestra Señora de la Cruz, cerca de un lugar llamado Cubas, a dos leguas ''[25]'' de Illescas, villa de la diócesis de Toledo y alejada de esta de seis leguas, ilustrada por una imagen de la madre de Dios, llamada Nuestra Señora ''[26]'' de la Caridad, adonde algunas personas acuden de varias comarcas y lugares ''[27]'' y principalmente los enfermos que son favorecidos y sanados por la intercesión de la bienaventurada Virgen ''[28]''. Este monasterio de la Cruz, donde hay monjas de la Orden de San Francisco, ha sido edificado, según memoria transmitida de mano en mano, y tradición de generación en generación, como atestiguan los moradores de la provincia ''[29]'', por mandato de la bienaventurada Virgen María ''[30]'', quien se apareció en aquel lugar, por donde es muy reverenciada en él ''[31]''. Y es más, según relación de las monjas antiguas, se sabe de quién era la imagen tan reverenciada en Illescas: la cual una devota mujer que servía a las monjas, acompañada por otras buenas mujeres con música y pandero, la ponían ''[32]'' encima de la puerta de la clausura donde estaban las monjas ''[33]'' y la llevaban también ''[34]'' por los pueblos de la provincia pidiendo limosna para vestirla, y, con lo que le daban, la tenían lucida y aseada. [161] Y así, la dejó un día en Illescas, y a medida que el monasterio la fue perdiendo, la villa la adquirió, quedándose en la ciudad el origen de la santa imagen, la cual así como se puede creer es esta ''[35]'': de pequeña estatura, y en alguna manera negruzca, y se considera que ha hecho muchos milagros, lo cual es la causa de ser visitada con gran reverencia ''[36]'' y devoción de toda España ''[37]''.
 
Pues quedando la morada de aquella niña a dos leguas de esta imagen, su madre la consagró a la Virgen María, y prometió llevarla al monasterio con una imagen ''[38]'' de cera, como ya dijimos, y como la muerte la cogió a esta mujer antes de que pudiera cumplir su voto, ella le rogó a su marido, padre de la niña, que lo cumpliese. Habiendo oído esta niña ''[39]'' el voto que había hecho su madre por ella, sintió gran contento y se alegró no sólo por el voto, sino también de que tomó una resolución, la de quedarse monja en el monasterio ''[40]'' para servir con gran afición ''[41]'' a la Madre de Dios todo el tiempo de su vida. La madre murió, ''[42]'' y esta niña quedó de siete años de edad y con el deseo de cumplir su deseo de ser monja, y así empezó a dedicarse a los santos ejercicios propios de la religión, haciendo ''[43]'' muy grandes abstinencias y comiendo sólo una vez al día ''[44]'', y sobre todo cuando ayunaba, conformándose con pan y agua, y a veces se quedaba dos o tres días sin comer cosa alguna, de lo abstinente que era ''[45]''. Con sus propias manos, ella tejió un cilicio asperísimo, y se lo puso sobre sus mismas carnes, con lo cual siempre andaba llagada, aunque ello le daba muy gran consuelo. Nunca estaba ociosa, ''[46]'' antes se esforzaba en lo que hacía, para atormentar más aún su débil cuerpo y que el cilicio la lastimara más ''[47]''. Así es como, no teniendo otra cosa que ofrecer a Jesucristo, ella le ''[48]'' ofrecía sus abstinencias, infligiéndose a veces muy ásperas disciplinas hasta derramársele la sangre que corría por todos los lados de su cuerpo, mostrando siempre en todas sus acciones ''[49]'' muy gran humildad. Hablaba muy poco, y lo que decía era para alabar a Dios o para provecho o buen ejemplo de su prójimo. Un tío suyo y su mujer que también era ''[50]'' su tía ''[51]'', la pidieron con muchos ruegos a su padre para tenerla en su casa, pues ambos la amaban muy tiernamente y eran muy ricos. De manera que, teniendo en ese lugar mucha más oportunidad de emplearlo ''[52]'' en oraciones ''[53]'' u obras santas y en penitencias, no se quedaba corta en ello ''[54]''; su tía se dio cuenta de la vida que llevaba, porque ella se quedaba la mayor parte de la noche puesta en oración, razón por la cual la amó mucho más aún. Viéndose descubierta, buscaba los lugares más recónditos de la casa donde se daba la disciplina, y de resultas se la daba con una cadena de hierro ''[55]'', y así cuando quedaba muy herida, pedía a Nuestro Señor por premio que pudiese ser recibida como religiosa en el monasterio de sus esposas y que contase como una de ellas ''[56]'', lo cual le fue otorgado por la Majestad Divina.
 
[162] '''Como la sierva de Dios ''[57]'' para cumplir su voto de ser Monja, huyó de casa de sus parientes vestida de hombre y se fue al monasterio de la Santa Cruz de Cubas donde fue recibida, de la aspereza de la vida que hacía y de otras virtudes suyas ejemplares'''
 
===Capítulo XXIX===
 
''[58]''
 
Habiendo llegado a la edad de quince años, inspirada por Dios por lo que se vio más tarde ''[59]'', viendo que no podía salir de casa de sus parientes, que la guardaban consigo y que deseaban casarla, una mañana se vistió con hábitos de hombre, y habiendo hecho un hatillo de sus propios hábitos, salió de esta guisa con intento ''[60]'' de ir al monasterio de las monjas de Santa Cruz, que distaba de dos leguas, como se ha dicho. Cuando emprendía el camino, el demonio le quiso impedir el paso, poniéndole a la vista el disgusto que su padre y sus parientes recibirían de ello, y los peligros en los que podría incurrir en aquel viaje. Y así, aquello le llenó el alma con tal aprensión que cayó a tierra muy desalentada, aunque le fue dicho que Dios la favorecería y cumpliría su santo deseo ''[61]''. Así pues, tornó a proseguir su viaje, y habiendo caminado buena parte del camino, vio venir a una persona a caballo, a quien conoció y vio que era un mozo rico ''[62]'' que la había pedido por esposa y que deseaba grandemente conseguirla en matrimonio. Aquello le infundió gran temor, viéndose sola en un lugar solitario, pero fue favorecida de Dios, pues cegó al mozo, que no la conoció, habiéndose apartado ella un poco del camino cuando pasaba ''[63]''. De esta manera caminó con seguridad ''[64]'' a la casa de la Madre de Dios, a cuya iglesia antes de entrar quiso primero ir, y no vio a nadie en ella, y así fue a hacer oración y a reverenciar a Nuestra Señora. Luego se apartó a un rincón y quitándose el vestido de hombre, se vistió con el de mujer y se fue a hablar a las monjas, dando cuenta de quién era y del deseo que tenía de guardar clausura, rogándolas que la recibiesen, a pesar de los impedimentos que le ponían. Sucedió que en ese mismo tiempo llegasen sus parientes que la habían seguido pisando los talones y la regañaron en extremo por haberse ido de su casa sin decirles nada ''[65]'' y se la quisieron llevar consigo. Les pidió perdón por el disgusto causado, con mucha humildad, y les dijo que su intento era servir a Dios en esa casa y que sólo Él podría sacarla de ella. El ''[66]'' prelado vino igualmente ''[67]'', el cual habiendo visto el deseo y la constancia de aquella virgen, mandó que la recibiesen a la religión, lo que las monjas hicieron con gran contento. Visto todo esto por sus parientes, ellos empezaron a tener muy buena opinión de ello.
 
Le señalaron su dote y la moza pudo quedarse en aquella casa y con el hábito. La Maestra de novicias le mandó guardar silencio durante un año, lo que le agradó más que cualquier mandamiento que jamás le hicieron. Pues ella era naturalmente amiga de hablar poco ''[68]'' y [163] así empezó a hacer vida maravillosa, incluso antes de la profesión ''[69]'', la cual hizo cumplido el año y fue de cuatro votos, los tres ordinarios y el otro de clausura. Su vestido fue pobre y humilde, más que el de las otras monjas. Traía una túnica de jerga vieja y remendada, y de lo mismo era el hábito: en los pies zuecos de madera ''[70]'' y la mayor parte del tiempo iba descalza; ceñía una gruesa cuerda y en la cabeza llevaba una gruesa tela hecha de estopa o con una gruesa red ''[71]'', y por encima gruesas tocas. Sobre sus carnes llevaba un áspero cilicio, de lo cual nadie se percataba, y el cual ella nunca dejaba, ni de día, ni de noche ; además de aquello, ella hacía muy ásperas penitencias. Era maravillosa su paciencia ''[72]'' pues deseaba ser menospreciada, injuriada y ultrajada sin causa ''[73]'', sufrir toda clase de tormentos, heridas, golpes, dolores, frío y otros trabajos por amor a Dios ; no hablaba nunca sino con su maestra o con la abadesa o madre vicaria, y esto cuando ellas le preguntaban algo. Algunas veces se llevaba a la boca alguna hierba amarga como el ajenjo en memoria de la hiel que fue dada a Nuestro Señor Jesucristo en su Pasión. Otras veces se metía en ella una piedra algo grande que le causaba grandes dolores, otras veces tomaba agua en la boca y la guardaba hasta que no podía más del dolor que le ''[74]'' causaba, otras veces asía un candelero con la boca y lo tenía en alto hasta tanto como podía ''[75]''. Creía que guardar silencio sin dolor y sin penitencia era poco mérito para Dios. Por eso hacía los mismos ayunos que hacía antes de ser monja, añadiéndoles aún el poco dormir. Pues las monjas que ayunan suelen comer al mediodía y por la noche hacer una pequeña colación, ''[76]'' ella, en lugar de comer al mediodía rezaba los maitines de la noche, y en lugar de la colación, la cambiaba por un breve sueño sobre el final de la noche, al salir el sol.
 
'''Del gran amor que le tenía al esposo de su alma ''[77]'', de los ejercicios a los que se dedicaba con gran humildad, del mucho celo que ponía en el servicio de Dios, y de lo que decía de su ángel custodio'''
 
===Capítulo XXX===
 
Era costumbre de las monjas dormir en un dormitorio, cada una en su cama ''[78]'', con una luz encendida en medio, pero esta ''[79]'' sierva esperaba a que todas se hubiesen recogido ''[80]'', y entonces ella, en el silencio más profundo, cogía una rueca e hilaba al lado de su cama, unas veces de pie, otras de rodillas, y siempre meditando sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo ''[81]', su esposo íntimo ''[82]''. Se ocupaba mucho en el servicio del monasterio, y para holgarse de ello se figuraba que era por el amor de Jesucristo, a quien servía de buen grado ''[83]''. Cuando fregaba los platos, lo hacía como si fueran de oro o de perlas preciosas donde su [164] Majestad hubiese comido. Las escobas con las que barría la casa las tenía por flores, y las losas por pedrería ''[84]'' y por la peana ''[85]'' del Rey de los Cielos: y así hacía con las demás cosas, interpretando cada cosa en buena parte, y recogiendo de todo lo que veía, bellas florecitas que daban buen olor, tanto a su alma como a su prójimo, por el buen ejemplo que se podía sacar de todas sus acciones ''[86]''.
 
Siendo cocinera fue reprehendida por su compañera y por la provisora al no satisfacerse ellas de lo que hacía. Ella se tiraba a tierra y confesaba ''[87]'' su culpa, pero ellas no le perdonaban, antes le decían que se quitase de su presencia. La sierva de Dios se iba al coro a rogar a Dios que le perdonase su culpa y el enfado que había causado a sus hermanas, y que aplacase el disgusto que tenían con ella. Su compañera la tornaba a llamar y le preguntaba lo que hacía en el coro, ella respondía que rogaba a Nuestro Señor que le perdonara su yerro y el enojo que le había causado, y que la aviniera con ella. Su compañera y la Provisora al ver aquello se edificaron tanto que durante varios días quedaron edificadas , y derramaron muchas lágrimas en lo secreto de su corazón. De este modo se portaba con los que la afligían, haciendo por ellos oración. Ya se ha dicho que aquella virgen ''[88]'' era hermosa y de muy buena compostura ''[89]'' y de conversación muy agradable, hablaba muy bien y daba muy buenos consejos, y sólo con verla u oírla uno se sentía movido a devoción. Frecuentaba los santos sacramentos de confesión y de comunión, y si su prelado no le había concedido comulgar cada día, ella comulgaba espiritualmente en su alma, u oyendo misa ''[90]'', preparándose con antelación en esa ocasión.
 
Le informaron de un religioso que había sido tentado de no rezar las horas canónicas y el oficio divino diciendo que Dios no necesitaba de sus oraciones. Ella le habló a este religioso y le dijo que Dios no necesitaba de él ni de ninguna criatura, pero que, por lo contrario, todas las criaturas necesitaban de Dios, pues como el villano tiene obligación de pagarle la gabela al rey ''[91]'', que, si no lo hace, es castigado con severidad, así los hombres deben pagar el servicio que le deben a Dios, principalmente los eclesiásticos ''[92]'' rezando el servicio divino, que si no lo hace será castigado con gran rigor, como rebelde. Tanto fue, que aquel religioso se arrepintió de su error y de allí en adelante fue más diligente en el servicio que debemos al que nos hace día y noche tanto bien ''[93]''.
 
A una monja que le preguntaba lo que podía hacer para agradar a Dios, respondió: “Hermana, hay que dedicarse continuamente a rezos y oraciones, y a guardar estrechamente silencio” ''[94]''.
 
A otra que también le preguntaba como podría ella permanecer en gracia de Dios, le respondió: “Llorad con los que lloran, reíd con los que ríen, y callad con los que guardan silencio” ''[95]''.
 
''[96]'' Aconsejaba a todos que tuviesen gran devoción a su ángel custodio, pues no sólo él nos guarda, sino también que nos acompaña [165] y, cuando alguien está en las ansias de la muerte, el ángel va al Cielo y mueve a los santos y a las santas, haciéndoles saber que aquella persona ha hecho algo que merece que rueguen a Dios por su libranza ''[97]''. Añadía además que después de la muerte van al Purgatorio a consolar a las almas de quienes ellos eran custodios, las consuelan y les cuentan las buenas obras que hacen por ellos los vivos para que sean tomadas en consideración ''[98]''.
 
'''Del mucho amor que le tuvo a la santa cruz, y por qué razones y circunstancias. De los notorios favores que recibió de Nuestro Señor, y de los discursos que hacía estando arrobada'''
 
===Capítulo XXXI===
 
''[99]'' Aquella bienaventurada monja era muy devota de la santa cruz, y tenía muchas razones de serlo, tanto por su apellido ''[100]'' como por el monasterio, que se llamaba de la Cruz, y también por haber recibido grandes dones de Dios por medio de la santa cruz, sobre la cual hacía todos los días dulces pláticas ''[101]'' y de la que sacaba gran consuelo para su alma. Nuestro Señor la favorecía mucho, enviándole grandes regalos de su propia mano, de lo que se holgaba mucho ''[102]''. Especialmente cuando estaba en oración, durante la cual estaba a menudo arrobada y en éxtasis, donde se quedaba sin sentido, como se vio en presencia de una señora seglar, quien, habiéndola venido a visitar, y viendo que ni llamándola, ni tambaleándola, se movía ''[103]'', la hirió con un agudo hierro en la cabeza de donde salió al instante sangre, y aunque ella no lo sintió en el momento, no dejó de sentir ese dolor habiendo salido de su arrobo. Ocurrió que, estando a veces en aquellos santos ''[104]'' arrobos y en éxtasis, hablaba y decía cosas muy levantadas, de tal manera que los que la oían resultaban muy edificados. Ahora bien, si bien era una doctrina que nuestra santa fe nos enseña, en esos momentos descubría secretos maravillosos de Dios ''[105]'', y exhortaba a amar las virtudes y a huir de los vicios, reprehendía dulcemente a los presentes, y sus razones eran de tal manera que hablaba con ellos, sin que los demás se diesen cuenta ; pero ellos lo entendían muy bien, reconociendo el mal que habían hecho, pedían perdón a Dios con el deseo de enmendarse de allí en adelante ''[106]''. Y para testimonio de que hablaba como inspirada divinamente, la oyeron varias veces hablar en diversas lenguas, de las que ella nunca había tenido noticia, y así, a cierto provincial de la Orden Franciscana de la Observancia ''[107]'' que deseaba hacerla abadesa del monasterio, como al fin lo hizo, le dijo en lengua vizcaína, pues el padre era de Vizcaya, que ella no sería capaz para el monasterio ni para la casa en aquel oficio: pues bastante tenía que hacer consigo misma ''[108]''. Otra vez, el Obispo de Ávila había mandado al convento a dos esclavas moras para que sirviensen en el monasterio. Aquellas esclavas habían sido traídas de Orán, que había sido conquistada en aquel tiempo, y cuando las [166] monjas las querían persuadir de hacerse cristianas, ellas se estropeaban todo el rostro con las uñas, y especialmente la mayor ''[109]''. Pues bien, aquella santa monja, estando en éxtasis, les habló en su lengua, y ellas entendieron muy bien lo que ella les decía ''[110]'', y le contestaron siguiendo su coloquio, de tal manera que aquellas esclavas moras se bautizaron. Después de que fueron bautizadas, la oyeron una vez más hablar su misma lengua, y se pusieron luego a su lado quedando muy consoladas de oírla hablar, y de entender lo que les decía.
 
'''Como algunas personas ilustres la oyeron hablar estando arrobada en éxtasis, y de un milagro que con la santa oración alcanzó de Dios'''
 
===Capítulo XXXII===
 
Con todas esa experiencias, por ser aquellos arrobos cosa nueva y no acostumbrada entre pocos santos ''[111]'', los prelados mandaron a la abadesa de aquel tiempo que, cuando hablara de ese modo en sus arrobos, la dejasen sola. La abadesa obedeció la orden, de tal modo que, la primera vez que habló de este modo, ella quiso que todas las monjas saliesen de la cámara donde estaba su Virgen ''[112]''. Pasado algún tiempo, la abadesa mandó ir a ver si seguía hablando, y la monja que fue allá vio alrededor de ella muchos pájaros de diversas clases, con la cabeza levantada en alto, en actitud de escuchar lo que decía. Se fue al instante a avisar a la abadesa, que fue allá con las otras monjas y vio la verdad de esto, aunque con su llegada los pájaros huyeron; y, para mostrar que no eran fantásticos, ''[113]'' uno de ellos voló y se posó sobre la manga de la bienaventurada hermana, habiendo vuelto esta en su primer sentido. Pareció que era voluntad de Dios que las monjas oyesen lo que decía en aquel momento, y que prohibían sin embargo a personas dotadas de entendimiento y razón de oírlas ''[114]''. Así pues, la vieron y oyeron varias veces el ''[115]'' Cardenal y Arcediano ''[116]'' de Toledo, Fray Francisco Jiménez de Cisneros, que fue padre y religioso de la Orden ; varios obispos, inquisidores, predicadores, duques, marqueses, condes y personas que se reían de ella cuando les contaban aquellas maravillas, pero habiéndola visto con sus propios ojos, se asombraban mucho, y de allí en adelante le eran muy aficionados, creyendo verdaderamente que era la verdadera sierva y esposa de Jesucristo quien le daba aquellos arrobos como prendas de su divino amor ''[117]''. Nuestro Señor hizo también por ella algunos milagros más, y uno de ellos ''[118]'' fue que, trayendo aquella humilde virgen entre sus manos un gran vaso para el servicio del convento, este se hizo pedazos sobre una piedra, tanto que ella quedó muy desconsolada, habiendo considerado lo cual ella se echó a tierra e hizo oración a Dios, y juntando ella los trozos, el vaso resultó en el acto completamente rehecho y de una sola pieza. Todo esto lo vio otra monja que le dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba roto este vaso, [167] hecho pedazos en tierra? ¿Cómo está ahora entero?”, Ella le respondió con gran humildad: “Así era hermana, pero Dios quiso remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados, y por mi culpa ''[119]''”,
 
'''De algunos milagros y gracias que aquella sierva de Dios obtuvo por medio de la santa oración'''
 
===Capítulo XXIII===
 
También fue testimonio de ello un gran milagro que ''[120]'' le acaeció varias veces, y es que, estando alejada del servicio divino que se rezaba en el coro, mereció ver el santísimo sacramento del altar, aunque hubiera una muy gruesa pared entre ambos, en el momento en el que el sacerdote alzaba a Nuestro Señor durante la santa misa, y parecía que se partía de tal manera que ella veía la santa hostia y el cáliz, y después la pared se volvía a juntar. Y como testimonio verdadero de aquel milagro, la señal fue vista varios años sobre las piedras, las cuales parecieron no estar bien unidas durante algún tiempo.
El milagro siguiente fue público ''[121]'', esto es, que había una niña, la cual, ''[122]'' estando a punto de morir ''[123]'', su padre ''[124]'' la trajo al monasterio de la Cruz, donde se vio por experiencia que iba a morir ''[125]''. A ruego de aquel hombre y de otras personas que le acompañaban en número de setenta ''[126]'', ella le puso encima una cruz, y de repente se levantó la niña, con testimonio muy seguro de que estaba sana y fuera de cualquier peligro, de tanto como agradaban a Jesucristo, su verdadero esposo, los ruegos de su humilde sierva ''[127]''.
 
Por estas obras y por sus raras virtudes, fue elevada ''[128]'' a abadesa ''[129]'', oficio que ejerció con mucha virtud. Porque no sólo las monjas, con su ejemplo, quedaban muy edificadas y obedientes en lo que tocaba al servicio divino, sino que también con sus fervorosas oraciones alcanzaba de Dios que fuesen como exigía su estado. Cuando fue elevada al cargo de abadesa, no ocurrió que disminuyesen sus virtudes, sino más bien que aumentasen. Dios hizo por amor a ella varias maravillas dignas de publicarse como esta. Estando enferma una señora en el Palacio del Emperador Carlos V en Madrid, llamada Doña Ana Manrique, atormentada por un mal de costado que la dejó en las últimas, ella, que era devota de la abadesa y que sabía que Dios oía las oraciones que ella le hacía y se las otorgaba, le mandó a un mensajero que le dio a entender el peligro en el que se encontraba. Esta buena monja se puso enseguida en oración por ella, y así fue el efecto que siguió, tanto más cuanto que, ''[130]'' estando la enferma desahuciada ''[131]'' y habiendo recibido la extremaunción, se le apareció sobre la medianoche a la abadesa junto a ella que le tocaba con las manos, apretándolo el ardor de su mal de costado, donde más le dolía. Pues estando así, aquella enferma dijo en voz alta: “¿No ven a mi madre que ha venido a verme y a curarme?”. Muchos que estaban presentes oyeron esas palabras aunque no vieron a nadie, sino el efecto de estas que fue recobrar el comer, el beber y su entera curación. Se enteraron de esto las monjas del Monasterio, de manera que [168] le preguntaron a su abadesa cómo lo había hecho. Ella les dijo: “Hijas mías, son obras estas de mi ángel custodio ''[132]''”. Se averiguó también haber sanado al Padre confesor del Convento de una enfermedad muy peligrosa, una rabia que se había apoderado de él, como también a una monja de un zaratán, y a varias personas más, libradas de varios males que siempre iban aumentando hasta que los enfermos la rogaban con gran devoción que los curase, lo que alcanzaba con sus oraciones y ruegos, que agradaban más a Dios que todos los remedios naturales que se había pensado aplicar ''[133]''.
 
'''De algunas persecuciones que esta monja sufrió con gran paciencia y como fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo, al recibir sus santas llagas'''
 
===Capítulo XXXIV===
 
La fama que volaba por el mundo en razón de las obras y de la perfección admirable de esta santa abadesa hacía que la tenían por santa, y para que aquello no le fuera materia a presunción ''[134]'', Dios permitió que fuera grandemente afligida a causa de una persecución que se levantó contra ella ; y fue que la costumbre era que la abadesa y sus monjas tenían facultad de nombrar sacerdote en Cubas para administrar los sacramentos, pues era beneficio que dependía de aquella abadía. Hubo algunos sacerdotes que quisieron impetrarlo, diciendo que las mujeres, aunque monjas o abadesas, eran incapaces para cura de almas. La abadesa tomó consejo sobre esto y le dijeron que debía, por el bien del convento, mandar a alguien al Papa para obtener la bula, y, por su diligencia, adelantarse a los que habían impetrado el beneficio, y asegurarse así contra este daño. Siguió este consejo sin dar cuenta al prelado de la orden, para más diligencia y evitar la tardanza. Una monja del convento que la quería mal, avisó de esto a los prelados de la religión, dándoles a entender que gastaba la hacienda del monasterio para dar ese beneficio a un hermano suyo que había nombrado. La verdad era esta: para sacar la bula se habían gastado siete ducados, pero habían sido pagados por un amigo suyo que le era devoto, sin ningún daño para el convento, y su hermano, que era hombre honrado y de ciencia, había sido requerido para este cargo por el pueblo. Con todo eso, uno de los prelados, y el más principal ''[135]'', mal informado, enojado al extremo, fue al monasterio, y habiéndolas reunido en capítulo, públicamente reprehendió a la abadesa con ásperas palabras, le quitó el cargo de abadesa y le impuso una disciplina que sufrió de buen grado, diciendo que sus pecados merecían mucho más, y que había tenido este cargo sin merecerlo, antes que lo había aceptado por obediencia. Las monjas se disgustaron mucho de esta orden, y aunque el Prelado les mandase eligieran de nuevo una abadesa, no quisieron escucharlo, diciendo que ya tenían a una, tanto que él les dio por presidenta a la que [169] le había dado este mal aviso. Pero al poco tiempo, el prelado y la monja vinieron a morir del dolor que tuvieron de haber actuado injustamente en contra de esta santa abadesa, por lo cual le pidieron perdón: la cual, a cambio, hizo muchas oraciones, mientras estuvieron en vida por su salud y prosperidad, como después de muertos por el reposo de sus almas, si estuvieran en pena, habiendo sido repuesta ella en su primera dignidad ''[136]''.
 
Con esto, los trabajos de esta bienaventurada abadesa no tuvieron fin aún:  pues estando en contemplación en su celda el Viernes de la Cruz, con los dos brazos tendidos en forma de cruz, muy atenta, como si hubiese estado en el coro, cuando se decía la Santa Pasión ''[137]'', llorando y lamentándose y descalza, no podía andar, por el gran dolor que sentía en los pies. Las monjas, viéndola quejarse así, fueron a preguntarle la razón de tal llanto: ella les contestó que los pies le dolían mucho. Entonces las monjas se los miraron y los vieron con señales, y también las manos, como las de Jesucristo, y la señal era redonda, y sin que le manara sangre ''[138]'', del tamaño de un real y muy coloradas. Las monjas le preguntaron la causa de esto: ella les contestó que no sabía más sino que estando en contemplación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, le parecía estar viéndolo en la cruz, y que, uniéndose a él ''[139]'', las señales admirables llenas de dolor se le habían pegado. Esto fue ocasión para que las monjas y dos padres confesores de la casa vertiesen lágrimas en testimonio de tal contento, aunque la bienaventurada se juzgaba indigna de tales favores. Por ser además tan intolerable ese dolor, rogó a Nuestro Señor que le librase de él, y tanto le importunó que alcanzó su petición ''[140]'', y el día de la Ascensión ya no tuvo dolor, ni señal de sus llagas. Pero no por eso cesaron sus penas pues con permiso de Dios, era atormentada y azotada por los demonios tan cruelmente que varias veces las señales de los azotes se veían en su cuerpo, agotado y afligido por la gran penitencia que ella hacía cada vez más a menudo ''[141]''.
 
'''Como la santa monja sufrió una grave enfermedad con mucha paciencia, y de un coloquio que tuvo con Jesucristo, con la contestación que le hizo sobre su muerte y su sepultura'''
 
===Capítulo XXXV===
 
Los trabajos aumentaron aún más: pues plugo a Dios ''[142]'' enviarle una gran y larga enfermedad, de tal suerte que quedó paralítica y con los miembros tullidos, sin tener ninguno en el cuerpo que no le causase muy grandes dolores. Sus huesos se descoyuntaban, hasta los de manos y pies, de tal manera que sus trabajos eran muy grandes, sin poder ocultarlos. Sus nervios se retraían tanto que las rodillas, los brazos y los dedos se le doblaban y ya no pudo extenderlos en adelante: de suerte que no podía [170] beber ni comer con las manos, ni moverse de cualquier manera, sino con el socorro de dos monjas ''[143]''. Resumiendo, que no tenía ninguna parte de su cuerpo que pudiera mover (causando espanto y compasión al que ''[144]'' alcanzaba ese bien de verla), lo cual no era sin padecer en extremo ''[145]'') fuera de la lengua, con la cual daba gracias y alababa al esposo de su alma, Jesucristo, por los dolores que recibía, como otras tantas piedras preciosas venidas de su sagrada mano ''[146]'', y un día ella le habló así: “Señor, ¿cómo es posible que un cuerpo tan quebrantado pueda vivir ? Deme, por favor, paciencia, o quíteme el mal que padece, o la vida, si tal es su voluntad”. Pareció como que el Hijo de Dios le habló y que le decía ''[147]'' que no era maravilla que padeciese lo que sufría, habiéndole elegido por su esposo, a él que había sido tenido en el mundo por leproso, y lleno de dolores: por fuerza, siendo su esposa, y comunicándose con él como su esposo, aunque espiritualmente, ella debía recibir sus males y participar de ellos, no siendo extraordinario que el que ama mucho aguante penas y trabajos por su amado. Pero era necesario que ella creyese ''[148]'' que él le había dado esos males y esas enfermedades por bien suyo. Pues siendo no sólo su esposo, sino también su padre, había procurado darle de sus bienes, como hacen los padres terrenales a sus hijos, los cuales para este fin se meten en muchos trabajos y disgustos, y que, cuando él había hecho lo mismo, teniendo en cuenta que para hacer ricos a sus hijos había padecido muchos males y dolores, para elevarlos al Cielo él se había abajado a la tierra, para librarlos de la muerte y del infierno había padecido una muerte cruel en el madero de una cruz. Para hacer ricas a sus almas, se había hecho pobre en el cuerpo, para hacerlos señores del Cielo e iguales a los ángeles, él se había hecho, en tanto que hombre, servidor y expuesto a un millón ''[149]'' de necesidades. Y que de tanto como hizo por todos, bien pueden comprender por ahí cuánto nos ama y quiere, y que el amor que nos tiene es mayor que el que nos tenemos a nosotros mismos. Tienen que ser grandes los trabajos, para alcanzar los grandes ''[150]'' asientos del Cielo: y esa era la causa por la que mandaba los males, para ese fin, no por complacerse viéndoles padecer, sino porque es una cosa que les conviene hacer para aumentar su gloria y su mérito. “Así pues, hija mía, no tienes que afligirte si padeces mucho para merecer una gran recompensa en el Cielo, ten seguridad que cuando vea que ha llegado el punto señalado de tu gloria en mi eternidad, te llamaré en el acto y tú vendrás» ''[151]''. Así fue, pues habiendo padecido esta virgen ''[152]'' esta enfermedad algunos años, fue afectada por otra enfermedad mucho más áspera. Tanto que, siendo visitada por los médicos, ellos aseguraron que se iba morir, lo cual entristeció mucho a las monjas del convento, porque, aunque estaba así enferma en cama, tenía la mente y la lengua libres, dándoles buenos consejos y santos avisos ''[153]''.
 
Pues habiendo llegado el día de la Santa Cruz, que es el tercer día de mayo, el año 1534, a las seis de la tarde, un día de domingo, siendo de cincuenta y tres años de edad, estando presentes algunos religiosos en su celda y todas las monjas del monasterio con velas encendidas [171] en las manos, habiendo recibido ella los santos sacramentos, tanto el de confesión, como el de la santa eucaristía, como el de extremaunción, con mucha reverencia y derramando muchas lágrimas, habiendo repartido entre todas las monjas y deparádolas todos los pequeños y pobres muebles de su celda para morir más pobre ''[154]'', leyendo la Pasión de Jesucristo según San Juan ''[155]'', entregó su alma a Dios, quedando su cuerpo muy bien compuesto y con gran modestia ''[156]'', y mostrando un rostro sereno y risueño, murió en Jesucristo ''[157]'', con gran admiración de todos los presentes. Después de esta muerte, el olor de su celda, que no era nada grato por el largo tiempo de su gran enfermedad, se mudó en tan buen olor que todos quedaron muy consolados ''[158]''. Las monjas fueron a besar aquel santo cuerpo enseguida, con muchas lágrimas, y se pusieron a buscar de dónde podía manar aquel buen olor, siendo verdad que no se pudiera oler fragancia más suave ni que se pudiera comparar con esta. Su cuerpo permaneció cinco días sin sepultarse, por la gran multitud de gentes que venían a verla de todas partes de la provincia, durante los cuales Nuestro Señor hizo mucho milagros por los méritos de su sierva: a saber, en beneficio de algunas personas, las cuales yendo a tocar aquel cuerpo con devoción fueron sanadas de sus enfermedades. Ahora bien, para que todos pudieran ver y tocar tan raro tesoro, las monjas lo habían mandado poner fuera del claustro. A los cinco días de expirar, su santo cuerpo fue sepultado en el claustro ''[159]'', al lado del lugar en donde las monjas recibían el Santo Sacramento del altar, donde permaneció unos años. Pero después, creciendo la devoción en el corazón de varias personas nobles, esta reliquia fue quitada de aquel lugar, y sepultada en el coro, cerca del altar mayor, del lado del evangelio, en un sepulcro ilustre y elevado por encima del suelo, donde es ahora tenida en gran reverencia: y si no la debemos honrar como a santa, por ''[160]'' no estar canonizada, debemos honrarla mucho, por haber sido virgen esposa de Jesucristo ''[161]''. Su vida atestigua que su alma goza ahora plenamente del dulce abrazo de su Esposo y que la ha puesto en un asiento principal de su bienaventuranza, desde la cual Dios quiera, por su bondad y misericordia y por los méritos de esta bienaventurada Sor Juana, hacernos partícipes ''[162]''. Amen.
 
==Notas==
 
''[1]'' Barezzi: “Vitta della religiosa, e essemplare serva de Dios, la Beata Suor Giovanna…”. Opción estilística de Blancone.
 
''[2]'' Villegas: Cuatro folios sin división interna dedicados a “ Vida 206. De Juana de la Cruz, abadesa del orden de los menores”.
 
''[3]'' Barezzi no numera esta introducción.
 
''[4]'' Al margen derecho: “el Obispo Gonz. p: 3. Alonso de Villegas en el suplemento de la 3ª parte de ''Flos sanctorum''”.La primera fuente es la obra del Obispo de Mantua Francisco de Gonzaga que publicó en 1587 una crónica en latín sobre el origen de las distintas religiones franciscanas. “P: 3” se refiere a la tercera parte dedicada a las fundaciones y monasterios ilustres ultramontanos, o sea desde el punto de vista de Gonzaga, fuera de Italia. En esa parte aparece una nota de 3 páginas sobre el convento de Cubas y Juana de la Cruz (véase bibliografía). La segunda fuente es el conocido ''Flos Sanctorum'' de Villegas, fuente primera del texto de Barezzi e indirectamente del de Blancone (véase bibliografía).
 
''[5]'' Villegas: “teniéndolos en poco” Barezzi: “dei quali non se ne facendo egli conto li burlava”. Interpretación de Blancone que se apoya en Barezzi.
 
''[6]'' “para causarles daño”. Villegas “en daño de sus vidas”. Barezzi: “in danno delle sue vite”. Mala interpretación de Blancone que confunde a quien se refiere “sue vite”
 
''[7]'' Villegas: “Estaba la tienda del Capitán cerrada, y en ella había todo silencio,…”. Barezzi: “All’ora il padiglione del Capitano era chiuso e in quello era sommo silentio”. Pasaje omitido por Blancone.
 
''[8]'' Villegas: “entró Vagao, camarero”. Barezzi: “Vagao suo camariero”.
 
''[9]'' “en su pabellón”. Añadido de Blancone.
 
''[10]'' Interpretación de Blancone. Barezzi fiel a Villegas: “el cuerpo de Holofernes”, “il corpo di Holoferne”.
 
''[11]'' Villegas, Barezzi: “la matrona Judith”. Blancone nunca traduce “matrona” por “matrone” que tiene el mismo sentido que “matrona”. Probablemente porque “matrone” en Francia , o tiene una connotación romana, o una connotación despectiva. Véase Oudin: “Matrona, matrone, femme honorable et d'honneur” y “matrone, femme d'honneur, matrona”.
 
''[12]'' “oyendo”. Villegas: “viendo”, Barezzi: “vedendo”. Interpretación de Blancone
 
''[13]'' “se les heló tanto el alma, presa de un frío terror”. Villegas: “sobrevínoles tan grande temor”. Barezzi: “li sopravene un timor cosi grande”. Interpretación de Blancone.
 
''[14]'' Villegas “ que puestos en huida dejaron en manos de sus enemigos la victoria y despojos”. Barezzi: “lasciareno nolte (/ molte¿ ?) mani dei suoi nemici la vittoria”. Blancone interpreta para más claridad.
 
''[15]'' “dama”. Villegas: “mujer”. Barezzi: “ donna” . Interpretaciónde Blancone. Tanto en francés como en español, ”dame”, término empleado por Blancone, significa mujer de cierto rango social. Blancone emplea intencionalmente este término para encarecer el elevado rango moral de Juana, superior al rango social de las “personas ilustres y de noble sangre” a quienes es comparada.
 
''[16]'' Villegas: “nacida de labradores en pobre aldea”. Barezzi: “nata era lavoratori e in povera terra”. Interpretación de Blancone.
 
''[17]'' Villegas: “Illescas”. Barezzi “Illesca”. Blancone sigue aquí y seguirá de ahora en adelante a Barezzi. Corregimos el error, restituyendo “Illescas”.
 
''[18]'' “que atestiguan las extraordinarias virtudes y las grandes perfecciones que el Cielo le otorgó a aquella bienaventurada Monja, cuya vida queremos describir y dejar para la posteridad sus bellas acciones para que nos sirvan de modelo”: añadido de Blancone. Villegas: “y es en esta manera” ; Barezzi, fiel a Villegas: “la quale sta en esta guisa”.
 
''[19]'' Sigue la numeración de Barezzi, aunque repite su propia numeración en lo que corresponde al prólogo no numerado de Barezzi que encabeza su texto.
 
''[20]'' Al margen izquierdo: “S. Juana de la Cruz, su patria y sus padres”.
 
''[21]'' “Fue dotada de extremada belleza, contribuyendo el Cielo con algo particular de la suya”. Villegas “dotada de mucha gracia y hermosura”, Barezzi: “Questa fu dottata di molta gratia e di singolar belleza”. Blancone desarrolla a Barezzi.
 
''[22]'' Villegas: “deseos”. Barezzi: “suoi pensieri” Blancone sigue a Barezzi.
 
''[23]'' “desconociendo la virtud de aquellos santos arrobos o éxtasis , de los que su hija quedaba presa”. Añadido de Blancone.
 
''[24]'' “una imagen”. Villegas: “una ofrenda”, Barezzi: “una imagine”. Blancone sigue a Barezzi
 
''[25]'' Al margen izquierdo: “Imagen de Nuestra Señora de la Caridad y su origen”.
 
''[26]'' “Nuestra Señora”: añadido de Blancone.
 
''[27]'' “de varias comarcas y lugares”. Villegas: “de diverss partes”, Barezzi: “da diversi parti”. Interpretación de Blancone.
 
''[28]'' “por la intercesión de la bienaventurada Virgen”. Villegas: “por los méritos y intercesión de la Virgen.”. Barezzi: “per li meritie intercessione della Beata Vergine”. Blancone sigue a Barezzi, omitiendo “méritos”.
 
''[29]'' “según memoria transmitida de mano en mano, y tradición de generación en generación, como atestiguan los moradores de la provincia”. Villegas: “es tradición dentro del y en toda la comarca conservada de unos en otros”. Barezzi: “si tiene, e di dentro a quello, e di fora per una memoria conservata di mano en mano, dalli huomini di tutta la Provincia…”. Blancone sigue a Barezzi en su interpretación. El resultado es un sentido confuso y erróneo.
 
''[30]'' “de la bienaventurada Virgen María”. Villegas: “de la misma Virgen María”. Barezzi: “della B. Vergine”. Blancone sigue a Barezzi, añadiendo “María” para mejor comprensión.
 
''[31]'' “por donde es muy reverenciada en él”. Villegas se refiere al monasterio: “ por donde es reverenciado y tenido en mucho”. Barezzi también: “di onde viene, che sia onorato”. Error de Blancone.
 
''[32]'' “la ponían encima de la puerta de la clausura”. Villegas: “llevaba la sancta imagen, quitándola de sobre la puerta de la clausura” ; Barezzi: “portava la santa imagine sopre la porta della clausura”. Error de Barezzi que no traduce “quitándola”, reproducido por Blancone.
 
''[33] “la puerta de clausura donde estaban las monjas”. Villegas: “la puerta de la clausura donde estaba” (o sea, donde estaba la imagen). Barezzi: “oue stava”. Error de traducción de Blancone que lee un plural y para más claridad añade el sujeto “las monjas”.
 
''[34]'' Añadido de Blancone para que el conjunto resulte más claro, pues es algo confuso al haber sido omitido “quitándola”, ver nota 32.
 
''[35]'' “la cual así como se puede creer es esta”. Villegas: “lo que he podido descubrir es esto”, Barezzi: “la quale per quanto se ha potuto scoprire è questa”. Error de Barezzi. Blancone se ciñe a la estructura de Barezzi pero no lo traduce fielmente (“creer” en lugar de “descubrir”). El resultado es un sinsentido.
 
''[36]'' Al margen derecho: “Sor Juana se apresta a cumplir el voto de su madre.”.
 
''[37]'' “y se considera que ha hecho muchos milagros, lo cual es la causa de ser visitada con gran reverencia y devoción de toda España”. Villegas: “y por extremo devota” ; Barezzi: “e in somma, devota, e dicono, ch’a fatto molti miracoli, e è visitata con molta riverenza da tutta la Spagna”. Blancone sigue el añadido de Barezzi.
 
''[38]'' “imagen”. Villegas: “ofrenda”. Barezzi: “l’imagine”. Blancone sigue a Barezzi.
 
''[39]'' Después de “niña” Blancone pone “que”:  probable errata que se enmienda aquí.
 
''[40]'' “Habiendo oído esta niña el voto que había hecho su madre por ella, sintió gran contento y se alegró no sólo por el voto, sino también que tomó una resolución, la de quedarse monja en el monasterio”. Villegas: “Lo cual oído y advertido della, propuso en sí de no solo contentarse con hacer aquella ida, sino de quedarse en el monasterio por religiosa…”. Barezzi: “La qual cosa udita da lei, e ben inteso il voto per lei fatto, si propose nel l’animo, non solo di contentarsi di far quel viaggio per adempire la volontà di sua madre, ma ancore starsi nel Monastero per religiosa”. Añadidos de Blancone.
 
''[41]'' Villegas: “y servir allí a la madre de Dios toda su vida”. Barezzi: “e ivi servire con tutto l’affetto alla Madre di Dio, per tutto il tempo de la sua vita”. Blancone sigue a Barezzi.
 
''[42]'' Al margen derecho: “Las abstinencias que ella hacía.”.
 
''[43]'' Al margen derecho: “Ella se hizo un muy áspero cilicio.”. Barezzi: “Portava un aspero cilicio”. Interpretación de Blancone para hacer hincapié en la determinación de la santa.
 
''[44]'' Villegas añade: “y desto, no todo lo que había menester…”. Barezzzi sigue a Villegas: “ne anco ne mangiava tanto quanto haveva bisogno…”. Blancone omite esta precisión.
 
''[45]'' “de lo abstinente que era”. Añadido de Blancone.
 
''[46]'' “Nunca estaba ociosa”. Villegas: “Nunca estaba ociosa, trabajaba de manos”, Barezzi: “Non mai stava ociosa, lavorava con le proprie mani”. Omisión de Blancone.
 
''[47]'' Villegas añade: “y así tenía más que ofrecer a nuestro Señor que por todos fue tan herido y llagado”. Barezzi: “e cosi non haveva, che piu offerire a Nostro Signore che per tutti fu cosi scrito, e impiagato”: Omisión de Blancone.
 
''[48]'' Al margen derecho: “Se va a vivir con sus tíos.”. Falta esta nota en Barezzi.
 
''[49]'' En el siglo XVII “acciones”, traducción literal de “actions” en francés, significaba “expresiones”, “gestos”, “apariencia”, etc., y corresponde al texto de Villegas, “compostura de su rostro”.
 
''[50]'' Al margen derecho: “Su tía descubre su santidad.”. Barezzi: “E scoperta dalla zia dell’aspra vita ch’ella faceva”.
 
''[51]'' Esto significa que aquella tía lo era en el sentido recto de la palabra, o sea que era hermana de su padre o de su madre, y no simple consorte de su tío.
 
''[52]'' “emplearlo”: hay que entender, “ el tiempo” como reza el texto de Villegas: “Aquí, teniendo mejor oportunidad se empleaba más tiempo en obras santas y penitencias”. Barezzi: “Ora perche qui haveva magior commoditate spendeva più tempo in opere sante, e in penitenze…”. La frase de Blancone cojea a nivel del sentido.
 
''[53]'' “oraciones”: añadido de Blancone.
 
''[54]'' “no se quedaba corta en ello”: añadido de Blancone.
 
''[55]'' “una cadena de hierro”. Villegas  “una cadena”. Barezzi: “una catena di ferro”. Blancone sigue a Barezzi.
 
''[56]'' “…pedía a nuestro Señor por premio que pudiese ser recibida como religiosa en el monasterio de sus esposas y que contase como una de ellas…”. Villegas: “pedía a Nuestro Señor por premio de sus dolores la recibiese en el monasterio de sus esposas, y la hiciese religiosa.”; Barezzi: per premio dei suoi dolori, che la ricevesse nel Monastero delle sue spose, e la facesse religiosa.”. Interpretación de Blancone.
 
''[57]'' Barezzi: “del Signore”: variante de Blancone sin trascendencia. Tal vez debida a que “servante de Dieu” fuera más corriente en francés que “servante du Seigneur”.
 
''[58]'' Se restablece la lógica de la numeración. Barezzi: “XIX”, errata.
 
''[59]'' “inspirada por Dios, por lo que se vio más tarde”. Villegas: “inspirada, a lo que se entiende, por Dios”. Barezzi: “spirata de Dio, per quello che si conosce”. Blancone interpreta el pasaje en un sentido más ‘racionalista’. Quiere decir que los hechos posteriores lo probaron, cuando Villegas y Barezzi se refieren a una creencia compartida.
 
''[60]'' Al margen izquierdo: “Se marcha al Monasterio de la Cruz”. Barezzi: “Se ne va al monastero della Croce e quello che segui”.
 
''[61]'' “aunque le fue dicho que Dios la favorecería y cumpliría su santo deseo”. Villegas: “ le pareció que la hablaban y decían que se esforzase que Dios la favorecería, por donde saldría con su intento”. Barezzi: “quantunque li fusse parlato e detto, che si sforzasse, che i Dio la favorirebbe, e che ella haverebbe il suo intento.”. Interpretación de Blancone, más escueto.
 
''[62]'' “vio venir a una persona a caballo, a quien conoció y vio que era un mozo rico que la había pedido por esposa y que deseaba grandemente conseguirla en matrimonio”. Villegas: “sintió venir tras sí aunque algo lejos, persona a caballo, y, mirando bien, conoció que era un mancebo hijo de padres ricos que la había pedido por mujer, y deseaba grandemente casar con ella.”. Barezzi: “entí venirsi apresso se bene alquanto lontano persone a caballo, e mirando bene conobbe, ch’era un giovanetto di padre rico, che l’haveva dimandata per moglié, e desiderava grandemente maritarsi con lei.”. Barezzi es más fiel a Villegas. Adaptación del pasaje por Blancone con el fin de aligerarlo.
 
''[63]'' En todo este pasaje, Blancone es más escueto, y más prudente que Villegas y que Barezzi. Cabe una explicación natural en su manera de relatar la anécdota, pues, según Blancone, Juana se aparta voluntariamente del camino cuando en Villegas y Barezzi lo hace aconsejada de Dios. Villegas: “en este peligro, la favoreció Nuestro Señor, con cegar al mancebo para que no la conociese y a ella advirtiéndola que se apartase del camino en tanto que pasaba.”. Barezzi: “in questo pericolo, nondimento fu ancora favorita dal Signore, acciecando cosi il giovanetto, che non la conoscesse, e auertendo lei che si apartasse dal camino mentre che egli passava.”.
 
''[64]'' “De esta manera caminó con seguridad”. Villegas: “bien cansada” ; Barezzi: “bene e sicuramente”. Blancone sigue a Barezzi.
 
''[65]'' “la regañaron en extremo por haberse ido de su casa sin decirles nada.”. Villegas: “dijéronle palabras de mucha reprensión por lo hecho”. Barezzi: “Le dissero parole di molta riprensione per queste fatto”. Interpretación de Blancone para más claridad.
 
''[66]'' Al margen izquierdo: “Se hace monja con licencia de su prelado en presencia de sus parientes.”.
 
''[67]'' “El prelado vino igualmente…”. Villegas: “Vino también a este tiempo el Prelado por cuya orden había de ser recibida en el convento …”. Barezzi: “Venne parimente nel medesimo tempo il Prelato per lo cui ordine doveva essere recevuta nel Convento…”. Blancone sigue a Barezzi omitiendo el desarrollo final del pasaje.
 
''[68]'' “lo que le agradó más que cualquier mandamiento que jamás le hicieron. Pues ella era naturalmente amiga de hablar poco…”. Villegas: “y ella holgó de oírlo, porque de su natural era amiga de hablar poco…”. Barezzi: “la qual cosa fu cosi grata allá sue orecchie, quanto ogni altra cosa che li potesse occorere.”. Añadido de Barezzi. Blancone sigue a Barezzi.
 
''[69]'' Al margen derecho: “Guardó un año el silencio que se le mandó guardar.”.
 
''[70]'' “zuecos de madera”. Villegas: “alpargatas en los pies.”. Barezzi: “nei piedi portava zoccoli di legno”. Blancone sige a Barezzi. Por otra parte, no existía traducción exacta de “alpargata” en francés. Oudin: “ Alpargate o Alpargata, une espece de chaussure faite de cordes de laine, ou de chanvre.”. Blancone, siguiendo a Barezzi, establece una equivalencia entre la alpargata y el calzado grosero e hiriente característico de los villanos pobres en Francia y en Italia.
 
''[71]'' “una gruesa tela hecha de estopa o con una gruesa red …”. Villegas: “ una albanega de estopa”. Barezzi: “capo portava una tela di stoppa”. No existía término exacto en francés: Oudin: “Alvanega de red, un filet, une petite rets a pescher , une sorte de coiffure de reseau.”. Sin embargo el término “résille” que es la traducción exacta de “albanega” no se empezó a usar antes de finales del siglo XVIII y sólo para referirse a un tocado español.
 
''[72]'' Al margen derecho: “Hubiese querido sufrir por Dios toda clase de afrentas.”.
 
''[73]'' “pues deseaba ser menospreciada, injuriada y ultrajada sin causa”. Villegas: “menospreciada y reprehendida sin culpa, y que fuessen levantados testimonios …”. Barezzi: “perche desirava di essere sprezzata, e ripresa senza colpa, e ingiuriata, e che li fussero levati testimonii..”. Blancone omite el final del pasaje.
 
''[74]'' Al margen derecho: “ Hubiera deseado padecer toda clase de penas por Jesucristo.”. Barezzi: “Per amor del Signor, haveria volute patire ogni sorte di tormenti e d’astinenze.”.
 
''[75]'' “hasta tanto como podía”. Villegas: “hasta que le dolían las quijadas”. Barezzi: “ sinche li dolevano le ganasse”. Interpretación de Blancone.
 
''[76]'' “Pues las monjas que ayunan, suelen comer al mediodía, y por la noche hacer una pequeña colación…”. Villegas: “porque así, como el que ayuna come después de mediodía, y a la noche hace una pequeña colación…”. Barezzi: “Perche si come quello che digiuna mangia di mezo giorna, e vicino allá notte fa una picciol collatione…”. Interpretación errónea de Blancone.
 
''[77]'' “al esposo de su alma”. Barezzi: “al Signore Dio”.
 
''[78]'' Blancone traduce: “cada una en su cámara”. Añadido de Barezzi: “ciascuna nella sua cella”. Villegas más adelante emplea “cama”. Error de transmisión. Blancone sigue a Barezzi. Este error se repercute más adelante en la comprensión del pasaje. Por lo tanto se ha corregido en “cama” la errata.
 
''[79]'' Al margen derecho: “Dormía muy poco.”. Barezzi: “Dormiva poco e quasi mai”.
 
''[80]'' “a que todas se hubiesen recogido”. Villegas: “a que todas se recogiesen en sus camas”. Barezzi: “quanto tutte si ritirassero nella sua camara”. Error de Barezzi dentro de la línea de traducir antes “cama” por “cella”. Blancone al darse cuenta de que cojeaba el sentido ; omitó la traducción de “camara”.
 
''[81]'' Al margen derecho: “Era muy aficionada a la Pasión de Jesucristo.”. Barezzi: “Affettionata della Passionedi N. Signor Giesu Christo e com’ella meditasse.”.
 
''[82]'' “Su esposo íntimo”. Villegas: “su esposo”. Barezzi: “suo amato sposo”.. Interpretación de Barezzi y de Blancone.
 
''[83]'' “a quien servía de buen grado…”. Villegas: “de quien era esclava”. Barezzi: “di che ella era schiava”. Interpretación de Blancone.
 
''[84]'' “y las losas por pedrería…”. Villegas: “las piedras por tapetes finísimos”. Barezzi: “le pietre per tapetti finissimi” . Interpretación de Blancone.
 
''[85]'' “peana”. Villegas “y estrados del rey de los Cielos”. Barezzi: “e per pavimenti del Rei dei Cielo…”. Interpretación de Blancone. No existía traducción exacta de “estrado” en francés. Oudin: “Estrado, un lieu où on met des couffins pour asseoir les femmes, qui est ordinairement bas.”. Traducción de Blancone: “ le marchepied” traducido por Oudin: “Un marche-pied, peaña, banquillo, rodapies.”.
 
''[86]'' “y recogiendo de todo lo que veía, bellas florecitas que daban buen olor, tanto a su alma como a su prójimo, por el buen ejemplo que se podía sacar de todas sus acciones”. Comentario añadido por Blancone.
 
''[87]'' Al margen izquierdo: “Puso mucho celo en el servicio divino al reprehender a un religioso.”. Barezzi: “ Era zelosa del culto divino, è percio ne represe un religioso, e quello che ne segui.”. Una vez más Blancone es más escueto en su nota.
 
''[88]'' “aquella virgen…”. Villegas: “bendita doncella”. Barezzi: “questa benedetta donzella”. Interpretación de Blancone.
 
''[89]'' “era hermosa y de muy buena compostura y de conversación muy agradable, hablaba muy bien y daba muy buenos consejos, y sólo con verla u oírla, uno se sentía movido a devoción.”. Villegas: “era de rostro agraciado y hermoso: junto con esto tenía presencia de mucha gravedad, era amigable y de agradable conversación, hablaba con grande gracia, y daba muy provechosos consejos, verla y oírla procuraba a devoción”. Barezzi: “era di faccia graciosa, e bella, e infieme haveva presenza di molta gravitate, era amichevole, e di grata conversione: parlava con molta gratia e daba molto utili consegli. Il vederla e udirla procurava a grande divotione.” La traducción de Blancone adapta el conjunto, sintetizándolo, pues este pasaje es difícil de traducir literalmente al francés.
 
''[90]'' “u oyendo misa”. Villegas: “desde su choro, oyendo misa”. Barezzi: “overo udendo mesa”. Blancone sigue la traducción errónea de Barezzi.
 
''[91]'' “de pagarle la gabela al Rey”. Villegas: “de pagarle el pecho a su rey y señor”. Barezzi: “è obligato pagare la gabella al suo re e signore”. Tanto Barezzi como Blancone transponen “pecho” a “gabela”, término más usado en francés y en italiano, aunque inexacto desde le punto de vista español.
 
''[92]'' En singular en Villegas y en Barezzi. Extrapolación poco afortunada de Blancone que altera el sentido global pues “el eclesiástico” en Villegas se refiere tanto a los eclesiásticos en general como al eclesiástico particular a quien Juana reprende.
 
''[93]'' “Tanto fue, que aquel religioso se arrepintió de su error y de allí en adelante fue más diligente en el servicio que debemos al que nos hace día y noche tanto bien”. Frase que no está en Villegas. Barezzi: “la onde quel Religiososi enmendó dell èrrore comesso, è ne dimandó perdono al Signore, e su poi piu solecito, e diligente nel servigio di sua Divina Maestà.”. Añadido de Barezzi. Blancone retoma la frase de Barezzi con un comentario final de su propia cosecha.
 
''[94]'' “para agradar a Dios, respondió: hermana, hay que dedicarse continuamente a rezos y oraciones, y a guardar estrechamente silencio”. Villegas: “para agradar mucho a Nuestro Señor dijo: paz, oración, y silencio agradan mucho a su majestad.”. Barezzi: “per far cosa grata a Nostro Signore, le disse fare oratione e osservagli silentio, e cosa molto grata a sua Diuina Maestà.”. Barezzi omite “paz”. Blancone sigue a Barezzi, añadiendo variantes personales.
 
''[95]'' Villegas: “y calla con los que hablan”. Barezzi: “e taci con quelli che taciono”. Barezzi parece restablecer una lógica de frase y en esto le sigue Blancone.
 
''[96]'' Barezzi al margen izquierdo: “Diceva gran cose dell’ Angelo custode e che se gli deve esser molto divoti, e perche”. Nota omitida por Blancone.
 
''[97]'' “haciéndoles saber que aquella persona ha hecho algo que merece que rueguen a Dios por su libranza”.Villegas: “ que él sabe que aquella persona tiene devoción y ha hecho algunos servicios, para que con él rueguen a Dios le favorezca y libre, y que lo hacen ellos de la manera que les es pedido”. Barezzi: “che sappiano che quella persona ha divotione, e ha fatto cosa permezo della quale egli merita, ch’essi infieme con lui preghino Dio che lo favorisca e lo liberi, e che lo faccia salvo, e tale quale li viene da essi dimandato.”. Blancone más escueto y menos enrevesado que Barezzi y que Villegas. Reajuste suyo del pasaje, probablemente para más claridad.
 
''[98]'' “van al Purgatorio a consolar a las almas de quienes ellos eran custodios, las consuelan y les cuentan las buenas obras que hacen por ellos los vivos para que sean tomadas en consideración”. Villegas más escueto: “no desamparan los ágeles a las almas, de los que fueron custodios, sino que si van a Purgatorio, las visitan y consuelan y dan cuenta de las obras santas y meritorias que los vivos hacen por ellas.”. Barezzi: “non si smenticano dell’anime, delle quali furono custodi, perche vanno al Purgatorio e le visitano e le consolano e li danno conto delle opere sante, e meritorie, che i vivi fanno per loro.”. Barezzi sigue a Villegas. Blancone es más escueto y, para más claridad, adapta de manera personal el pasaje.
 
''[99]'' Barezzi, al margen derecho: “Era divota della Croce, e perche ragione.”. Blancone omite esta nota.
 
''[100]'' “Apellido”, en su sentido etimológico de cómo usan llamar a una persona. Blancone traduce “cognome” (Barezzi) por “Surnom”. Oudin: “surnom, sobrenombre, apellido.”. DRAE: Apellido, m. Sobrenombre o mote. Sin.: sobrenombre, alias, apodo, mote, apelativo, remoquete, chapa, seudónimo.”.
 
''[101]'' “sobre la cual hacía todos los días dulces pláticas…”. Villegas: “con la cual tenía dulces y sabrosos coloquios, diversos para cada día de la semana”. Barezzi: “con la quale faceva dolci e soavi ragionamenti per ciascun giorno della settimana”. Barezzi sigue a Villegas pero Blancone aligera el texto, para agilizar el pasaje, cambiando ligeramente el sentido.
 
''[102]'' “enviándole grandes regalos de su propia mano, de lo que se holgaba mucho”. Villegas: “enviándole regalos de su mesa de gustos y recreos divinos.”. Barezzi: “mandandogli delicie della sua mana di gusto, e recreamento mirabile…”.  Traducción errónea de “mesa” por Barezzi, retomada por Blancone que adapta el conjunto.
 
''[103]'' “y viendo que ni llamándola, ni tambaleándola, se movía “Villegas: “y viendo que tratando della ni dándole voces no mostraba sentir”. Barezzi: “e vedendo che ne con il moverla, ne co’l chiamarla non mostraba di sentire cosa alcuna, …”. Blancone sigue a Barezzi, interpretándolo ligeramente.
 
''[104]'' Al margen derecho: “Se quedaba muchas veces arrobada.”
 
''[105]'' Barezzi, al margen derecho: “Essendo in estasi scopriva i pensieri, e secreti altrui a quelli con gran loro stupore.” Blancone omite esta nota.
 
''[106]'' “y a huir de los vicios, reprehendía dulcemente a los presentes, y sus razones eran de tal manera que hablaba con ellos, sin que los demás se diesen cuenta: pero ellos lo entendían muy bien, reconociendo el mal que habían hecho, pedían perdón a Dios con el deseo de enmendarse de allí en adelante”. Villegas: “y se evitasen vicios, tocando en alguno de que algunos de los presentes eran tocados, de modo que les parecía hablar con ellos, y sin que otros entendiesen ellos en semejantes razones lo que habían hecho mal, y era muy secreto, y así les era motivo para tener pesar dello y enmendarse.”. Barezzi: “efuggire i vitii dolcemente riprendendo d’alcuna cosa quelli ch’erano presenti e i suo ragionamenti erano de tanta eficacia, cha pareva parlar con quelli, in guisa tale che gli altri non intendevano, ma essi da simili ragioni scoperti, e vinti conosceva non nel cuor loro il male, c’havevano fatto e cosi li era un motivo di pentirsi delle offese fatte a Nostro Signor Dio chiedendone perdono, con fermezza di emendarsene per l’avenire.”. Blancone se ciñe a Barezzi pero simplificándolo para más claridad.
 
''[107]'' “de la Observancia”. Villegas: “de su orden”. Barezzi: “un certo Provinciale del Ordine de minori Oservanti…”. Blancone sigue a Barezzi. Ambos, frailes observantes, enfatizan la pertenecia de Juana a su misma orden.
 
''[108]'' “que ella no sería capaz para el monasterio ni para la casa en aquel oficio: pues bastante tenía que hacer consigo misma”. Villegas: “que para el monasterio y casa sería provechoso tener ella aquel oficio, aunque para sí penoso.” Barezzi: “che per lo Monastero e casa farebbe utile il tenere lei in quello ufficio quantumque per se stessa sarebbe cosa faticosa e de molta pena”. Blancone sigue a Barezzi aunque adaptándolo y traduciéndolo a contrasentido.
 
''[109]'' Al margen izquierdo: “Hablaba diversas lenguas estando en éxtasis.”.
 
''[110]'' “y ellas entendieron muy bien lo que ella les decía”. Villegas: “hablóles en algarabía, y ellas le oyeron de muy buena gana….”. Barezzi: “di buona voglia…”. Barezzi fiel a Villegas. Interpretación errónea de Blancone.
 
''[111]'' “y no acostumbrada entre pocos santos”. Villegas: “y no oída de algún santo”. Barezzi: “e non udita di alcun santo”. Barezzi sigue a Villegas. Interpretación errónea de Blancone, a no ser que se trate de una rectificación voluntaria.
 
''[112]'' “ella quiso que todas las monjas saliesen de la cámara donde estaba su Virgen …”. Villegas: “mandando salir del aposento a las monjas que estaban en él y quedó sola”. Barezzi: “comandó l’Abadessa che uscissero della camera le Monache che vi erano, e cosi restó sola.”.  Error de traducción de Blancone.
 
''[113]'' En el sentido de fingidos, frutos de la imaginación.
 
''[114]'' “que era voluntad de Dios que las monjas oyesen lo que decía en aquel momento, y que prohibían sin embargo a personas dotadas de entendimiento y razón de oírlas”. Villegas: “en lo cual pareció ser voluntad de Dios que oyesen lo que decía en tales tiempos, y que si a personas de entendimiento y razón se les vedaba, vendrían aves que carecen de todo esto a oírla”. Barezzi: “nella qual cosa parue essere volontade di Dio, che udissero quello, che diceva in tale tempo, e che vietavano a persone di intendimento, e di ragione l’udirla vederebbono angelli, che mancando di tutte queste cosi l’udirebonno…”. Error de traducción de Barezzi (“angelli” en lugar de “aves”) pero fiel a Villegas por lo demás. Blancone omite el final del pasaje, tal vez porque le parecería extraño, y refunde el conjunto según lógicamente lo entiende. Al final, el sentido se pierde.
 
''[115]'' Al margen izquierdo: “El Cardenal de Toledo y varias personas fidedignas la vieron arrobada.”.
 
''[116]'' “Cardenal y Arcediano”. Villegas: “Cardenal y arzobispo”. Barezzi: “Cardenale e Archidiacono.” Blancone sigue la rectificación de Barezzi.
 
''[117]'' “creyendo verdaderamente que era la verdadera sierva y esposa de Jesucristo quien le daba aquellos arrobos como prendas de su divino amor”. Pasaje añadido por Blancone.
 
''[118]'' Al margen izquierdo: “Nuestro Señor, hace por sus ruegos, un gran milagro.”. Barezzi: “N. S. Dio per mezo della serva sua opera un miracolo.”. Barezzi: “Favorita dal Signore segue un nottabil[e¿ ?] miracolo”.
 
''[119]'' “y por mi culpa”: añadido de Blancone.
 
''[120]'' Al margen derecho: “Siendo favorecida de Dios, hace un notable milagro repetido varias veces.”
 
''[121]'' Blancone: “publié” es decir, “ publicado”. Villegas: “público”. Barezzi: “publico”. Errata de Blancone que déja cojo el sentido. Se corrige la errata.
 
''[122]'' Al margen derecho: “Con sus ruegos obtiene la salud para una niña.”
 
''[123]'' “estando a punto de morir…”. Villegas: “una niña que murió”. Barezzi: “una giovanetta che moriva”. El cambio de tiempo por Barezzi cambia el sentido. Blancone sigue a Barezzi ahondando en este cambio. Por otra parte la rectificación hace más creíble el milagro.
 
''[124]'' “su padre”. Villegas: “ sus padres”. Barezzi: “suo padre” Blancone sigue a Barezzi.
 
''[125]'' “donde se vio por experiencia que iba a morir.”. Villegas: “la cual por muchas experiencias hechas en ella, se vio que estaba sin vida”. Barezzi: “la quale per molte sperienze, che si fece in quella si vide, ch’era dubbiosa della vita sua…”. Blancone, como Barezzi, sigue dentro de la lógica de la rectificación anterior, es decir que la niña no estaba muerta sino a punto de morir.
 
''[126]'' “en número de setenta”. Villegas: “en número de ochenta”. Barezzi: “al numero di ottanta”. Error de Blancone, a no ser que sea una rectificación suya
 
''[127]'' “de tanto como agradaban a Jesucristo, su verdadero esposo, los ruegos de su humilde sierva”. Añadido de Blancone.
 
''[128]'' “elevada”. Villegas “electa”, Barezzi: “eletta”. Error de interpretación de Blancone, a no ser que sea una exornación voluntaria para ensalzar la figura de la santa.
 
''[129]'' Al margen derecho: “Es elevada a abadesa en el monasterio.”.
 
''[130]'' “tanto mas cuanto que”. Villegas: “en que” Barezzi: “perche”. Traducción errónea de Blancone, que oscurece el sentido.
 
''[131]'' Barezzi: “Con l’oratione ottene gratia della sanità di dòna Anna Manrique”. Blancone omite esta nota de margen.
 
''[132]'' Al margen izquierdo: “Con sus oraciones alcanza la salud para varias personas.”.
 
''[133]'' “que agradaban más a Dios que todos los remedios naturales que se había pensado aplicar”: comentario añadido por Blancone.
 
''[134]'' Al margen izquierdo: “Trabajos padecidos con paciencia por esta humilde abadesa.”. Barezzi: “Travagli e persecutioni, che pati la serva del Sig. con molta patienza, e la causa perche.”.
 
''[135]'' “uno de los prelados, el más principal …”. Villegas: “uno de los prelados y el principal”. Barezzi: “uno dei Prelatti, e il principale…”. Barezzi sigue a Villegas. Traducción errónea de Blancone.
 
''[136]'' Añadido de Blancone, para más claridad.
 
''[137]'' “muy atenta, como si hubiese estado en el coro, cuando se decía la Santa Pasión”. Villegas: “tornando en sí, fuese al coro al tiempo que se decía la Santa Pasión”. Barezzi: “con attentione in se stessa, come se fusse nel choro quando si dice la santa passione”. Error de Barezzi. Blancone sigue a Barezzi.
 
''[138]'' Al margen derecho: “Contemplando la Pasión de Jesucristo, recibe sus señales en pies y manos, no sin dolor.”. Barezzi: “Contemplando la passione di N. Signore gli rima se i segni nei peidi, che li durarono molti giorni con grandissimo suo tormento.”
 
''[139]'' “a él” Villegas “a ella”. Barezzi: “e che univa a quello”. Error de Barezzi a quien sigue Blancone.
 
''[140]'' “que alcanzó su petición”. Añadido de Blancone.
 
''[141]'' “agotado y afligido por la gran penitencia que ella hacía cada vez más a menudo.”. Añadido de Blancone. En cambio omite “por muchos días” (Villegas), “per molti giorni” (Barezzi).
 
''[142]'' Al margen derecho: “Cae tan enferma que ya no se puede mover.”. Barezzi: “S’amala con gravi pene, e tormenti che nulla si poteva movere.”. Blancone más escueto que Barezzi.
 
''[143]'' “sino con el socorro de dos monjas.”. Añadido de Blancone.
 
''[144]'' Al margen izquierdo: “Coloquio que tuvo con Jesucristo y su respuesta.”.
 
''[145]'' “dando espanto y compasión al que alcanzaba ese bien de verla, lo cual no era sin padecer en extremo…”. Añadido de Blancone.
 
''[146]'' “daba gracias y alababa al esposo de su alma, Jesucristo, por los dolores que recibía, como otras tantas piedras preciosas venidas de su sagrada mano…”. Añadido de Blancone.
 
''[147]'' A partir de aquí, las supuestas palabras de Jesucristo vienen en estilo indirecto cuando en Villegas y en Barezzi aparecen en estilo directo. Tal vez sea esto por prudencia por parte de Blancone, pues el estilo indirecto abre un poco de distancia con lo referido aquí.
 
''[148]'' “era necesario que ella creyese”. Añadido de Blancone.
 
''[149]'' “un millón”. Villegas: “graves”. Barezzi: “gravi”. Interpretación de Blancone.
 
''[150]'' “Tienen que ser grandes los trabajos, para alcanzar los grandes asientos…”. Villegas: “y porque les cumple padecer trabajos, y que sean grandes para tener allá grande y principal asiento…”. Barezzi: “patir travagli per andar al Cielo, e che siano grandi per havere la grande e principal sedia…”. Blancone omite “principal” para establecer un paralelismo con “que sean grandes los trabajos”. Por esta misma razón pluraliza “asiento”. Tal vez podamos vislumbrar aquí la pasión francesa de la época por la simetría y el equilibrio, cuando, tanto en Villegas como en Barezzi, aflora un gusto por el barroquismo.
 
''[151]'' “y tú vendrás.”. Añadido de Blancone.
 
''[152]'' “esta virgen…”. Añadido de Blancone.
 
''[153]'' Al margen izquierdo: “Murió en Dios el 3 de mayo de 1534.”. Barezzi: “Mori nel Sig. a 3. di Maggio del 1534.”.
 
''[154]'' Literalmente hablando, Blancone traduce a contrasentido: “habiendo todas las monjas repartido y deparado todos los pequeños y pobres muebles de su celda para morir más pobre.”. Corregimos aquí siguiendo a Villegas y a Barezzi.
 
''[155]'' “según San Juan”. Añadido de Blancone.
 
''[156]'' “con gran modestia”. Villegas “y mostrando en su rostro un sonriso” (¿errata por una sonrisa?). Barezzi: “mostrando nella faccia un sorriso”. Error de Blancone.
 
''[157]'' “en Jesucristo”. Añadido de Blancone.
 
''[158]'' “Después de esta muerte, el olor de su celda, que no era nada grato por el largo tiempo de su gran enfermedad, se mudó en tan buen olor que todos quedararon muy consolados”. Pasaje completamente reescrito por Blancone. Villegas: “junto con que, habiendo antes en el aposento algún mal olor por causa de su larga enfermedad, al proviso se trocó en otro admirable y del Cielo, de que gozaron todos los presentes.”. Barezzi: “Apparsso allá qual cosa havendo mutossi nella camera qualche cattivo odore per la lunga infirmitade, all’improviso si mutó in un’altro admirabile del Cielo del quale si goderono i presenti.”. Tal vez Blancone haya querido corregir, interprétándola, la traducción algo enrevesada de Barezzi.
 
''[159]'' Al margen derecho: “Hace muchos milagros cuando muere.”. Barezzi: “N. S. per li meriti della serva sua rese la sanità a molti.”.
 
''[160]'' Al margen derecho: “Su cuerpo es trasladado a un lugar más honroso.”. Barezzi: “Fú trasportato il corpo suo, e riposto in un sepolcro alto e illustre nel choro della sua Chiesa.”.
 
''[161]'' “por haber sido virgen esposa de Jesucristo”: añadido de Blancone.
 
''[162]'' “su vida atestigua que su alma goza ahora plenamente del dulce abrazo de su Esposo y que la ha puesto en un asiento principal de su bienaventuranza, desde la cual Dios quiera por su bondad y misericordia y por los méritos de esta bienaventurada Sor Juana, hacernos partícipes”. Pasaje reescrito. Villegas: “por ser cuerpo de persona cuya vida da a entender piadosamente que está su alma de Nuestro Señor en muy principal asiento de su bienaventuranza, de que todos seamos participantes.”. Barezzi: “gozando per essere corpo di persona, la cui vita fa vedere piamente, che l’anima sua se ne stia godendodi nostro Signore in una molto principal sede della sua beatutidine, della quale tutti IDDIO ne faccia partecipi..” Barezzi sigue fielmente a Villegas y Blancone aligera el conjunto adornándolo según sus gustos personales.
 
= Vida impresa (11)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-gonzalez-diaz/ María González Díaz]; fecha de edición: mayo de 2024.
 
== Fuente ==
 
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Alonso_Carrillo Carrillo, Alonso], 1663. ''Epítome de la vida de soror Juana de la Cruz, religiosa de la Orden Tercera de Penitencia de san Francisco en el convento de Santa María de la Cruz, diócesis de Toledo. Presentado a la santidad de Alejandro VII, pontífice máximo y señor nuestro, por fray Juan de San Diego y Villalón, religioso de san Francisco y procurador en la curia romana, para la causa de la canonización de la sierva de Dios''. Zaragoza: Bernardo Nogués.
 
[[Contexto material del impreso Epítome de la vida de soror Juana de la Cruz de Alonso Carrillo]].
 
==Criterios de edición==
 
La edición presenta una sección de notas donde, por un lado, aparecen las citas que el impreso presenta en los márgenes (recogidas con números romanos) y, por otro lado, las aclaraciones de la editora (apuntadas con números arábigos en cursiva y entre corchetes). Es importante apuntar que las cinco primeras citas que hay en los márgenes aparecen en el impreso como números arábigos en superíndices.
Se han adoptado los criterios de edición de vidas impresas estipulados en el ''Catálogo de santas vivas'':
 
* Se ha indicado el folio (r-v).
 
* Se han respetado los párrafos que aparecen en el impreso.
 
* Se han eliminado las consonantes geminadas y se ha modernizado la ortografía (sibilantes, b/u/v, j/g, chr/cr, qu/cu, empleo de h, etc.) aunque se respeta la morfología de las palabras con interés morfológico o fonológico (seseo, leísmos, laísmos, loísmo, etc.).
 
* Se han ajustado a los criterios actuales del español la unión y separación de palabras (“desta”, “desde”, “dello” etc.), el uso de mayúsculas y minúsculas, y la acentuación y la puntuación.
 
* Se han expandido las abreviaturas, primordialmente la expansión de las nasales con la virgulilla encima de la vocal y la abreviación de “que” o “qual”, también con el uso de la virgulilla o la diéresis.
 
* Se han introducido las comillas para delimitar las intervenciones dialógicas de los personajes. También en las cartas.
 
* Se han desarrollado las siglas.
 
* Se ha usado la cursiva para las obras literarias (''El Conorte'').
 
* Los latinismos crudos se escriben en cursiva (''in iure'').
 
* Se han homogeneizado los números (tanto en el caso de las fechas, como en el uso de los números romanos).
 
* Se ha corregido la foliación: El impreso repite el folio 10 dos veces. Por este motivo, se corrige a fol. 11r y fol. 11v. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, a partir del siguiente folio, el impreso presenta la numeración correcta. Posteriormente, el impreso se salta el folio 33 y pasa directamente al 34, por lo que se vuelve a corregir hasta el folio 45, donde la numeración vuelve a ser correcta hasta el final.
 
==Vida de Juana de la Cruz==
 
===El autor al que leyere ese epítome===
 
[fol. [i]r] La vida de soror Juana de la Cruz ha sido asunto de algunas plumas bien doctas en España; pues con sus virtudes, revelaciones y milagros les dio materia esta sierva de Dios para escribir crecidos volúmenes, donde lo accesorio es más que lo principal por la necesidad que tuvieron aquellos escritores de responder a diferentes objeciones que se pusieron a los primeros libros que se publicaron, llenos de algunas maravillas que, con dificultad, hallan aceptación en la credibilidad de los vulgares. Pero tratándose hoy de la canonización de soror Juana es necesario informar al Vicario de Cristo de sus principales acciones con tal brevedad que no se le hurte el tiempo a quien le gasta todo en beneficio del orbe cristiano. No es este de los escritos en que puede ostentar sus primores la elocuencia, ni aquí puede lograr sus sentencias y aforismos la política pues, refiriéndose una vida sin artificio y una verdad desnuda, es preciso faltarle los adornos con que se visten las vidas de los príncipes y de los héroes del siglo que, con el manto de la lisonja y adulación, cubren los defectos; y para estos solamente inventó sus galas el artificio. Por eso, es nuestra relación sencilla y de estilo ordinario, pues nuestro intento solamente pretende informar al Padre Universal, a cuyos oídos han de llegar las cosas como son y no como debieran ser, para que, atendiendo a las súplicas reverentes de tantos devotos ''[1]'' como tiene soror Juana ya de superiores ya de inferiores jerarquías, mande ver el proceso que se hizo a más [fol. [i]v] de cuarenta años sobre verificar por menor lo que por mayor contiene este epítome. Y, contando de los méritos de esta virtuosa virgen, la escriba en el catálogo de los ciudadanos del Imperio con que nuestra España tendrá más este blasón que la ilustre, y la religión de san Francisco logrará las ansias con que propone esta súplica a los pies del sucesor de san Pedro.
 
[fol. 1r]
 
===Santísimo Padre===
 
Aunque la antigua cosmografía puso en España el ocaso del sol y fue tenida por la última de las tierras desde que sus naturales profesan la religión cristiana, ha sido Oriente de muchos soles que resplandecieron y alumbraron el mundo con rayos de virtud y santidad.
No pueden comprehender fácilmente los martirologios y las dípticas de nuestras iglesias el número de los mártires, de las vírgenes y de los confesores que, o por consentimiento de toda la Iglesia universal y tradición recibida por muchos centenares de años o por declaración de los sumos pontífices vuestros antecesores y por vos mismo, son venerados por ciudadanos de la triunfante Jerusalén.
 
Pocas provincias del orbe cristiano se igualan con las nuestras en esta excelencia y ninguna las excede; y no ha muchos años que aumentasteis nuestras glorias con escribir en el catálogo celeste a santo Tomás de Villanueva.
 
Ahora pedimos, sedientos de semejantes favores, declare vuestra beatitud por santa a la singular Juana de la Cruz, hija de la religión de san Francisco y que profesó su tercera regla en el Monasterio de Santa María de la Cruz, diócesis de Toledo.
 
[fol. 1v] Desde que la santidad de Gregorio XV, pontífice máximo, en el año de 1622 expidió su breve para que los obispos de Troya y Cirene hiciesen en la plenaria la información sobre los milagros y virtudes de esta sierva de Dios y, cumpliendo con la comisión exactamente, remitieron el proceso según el orden e instrucción que contenía el breve, no se ha hecho diligencia para acordar a vuestros gloriosos antecesores los deseos que tienen todas las Españas de oír de la boca del oráculo pontificio que soror Juana es santa y que, como tal, se le puede dar pública veneración.
 
Esto piden la majestad católica de Felipe IV, nuestro rey, la virtuosísima y esclarecida reina doña Mariana de Austria, su esposa, y el señor don Juan de Austria, príncipe tan famoso en el mundo por sus hazañas que serán el mejor ornamento de las historias de nuestro siglo.  Esto piden los reinos de Castilla, los prelados y antistites de las primeras iglesias, y sus cabildos eclesiásticos; y, singularmente, el cardenal Sandoval, arzobispo de Toledo, en cuya diócesis nació y murió soror Juana y está hoy sepultado su cuerpo incorrupto. Esto solicita la religión de san Francisco, cuya tercera regla profesó, y también la ilustre villa de Madrid, corte de nuestros reyes. Y yo, aunque indigno de parecer ante la majes- [fol. 2r] tad de vuestro trono, hago esta súplica, gobernado de la devoción que generalmente tenemos los españoles a la virgen Juana de la Cruz.
 
El culto particular con que es venerada no basta a satisfacer la devoción de sus conterráneos que, como hijos obedientes de la Sede Apostólica, aguardan los decretos y determinaciones de Vuestra Santidad para saber el grado de veneración con que la han de estimar e invocar en sus necesidades y aflicciones; pues, hasta ahora, se han experimentado grandes maravillas resucitando muertos, restituyendo los enfermos de achaques incurables a salud vigorosa, y sus granos o cuentas tienen virtudes experimentadas por larga serie de sucesos contra los demonios, contra las tempestades y contra las plagas que suele padecer la naturaleza.
 
Y aunque por las bulas que, en los años 25 y 33 [I], promulgó la santidad de Urbano Octavo, de feliz memoria, se corrigieron los abusos con que el pueblo rudo suele dar veneración y culto a muchas personas sin noticia ni aprobación de la Santa Sede, en las mismas bulas [II] quedan reservados aquellos casos en que, por tiempo inmemorial o por mucho tiempo y con tolerancia de los [fol. 2v] ordinarios [III], han sido venerados algunos con particular culto, dejando a estos en la cuasi posesión en que se hallan y en las dudas que se han ofrecido en esta santa ciudad. Lo han determinado y declarado así las congregaciones que se hicieron sobre tales causas en los pontifi- [fol. 4r] cados de Clemente VIII y Paulo V, de feliz memoria [IV], mandando no se innovase donde in- [fol. 4v] tervenían los requisitos que concurren en culto con que es venerada soror Juana de la Cruz.
 
No tiene altar ni es invocado su nombre públicamente, y en todo se guardan los decretos apostólicos, porque el culto es particular y nacido de un afecto interno y de una voz común agradecida a tantos milagros y maravillas.
 
Y cuando los obispos de Troya y de Cirene hicieron la información plenaria hallaron que, por más de noventa años, antecedentemente tenía el mismo culto pues su cuerpo está colocado en parte eminente y con algunas lámparas que arden continuamente en su obsequio y pendientes los votos que, con frecuencia, llevan al templo donde yace el cadáver sus reconocidos. En esta forma le han visitado los arzobispos de Toledo, los prelados de la religión franciscana, los nuncios que en nombre de la Sede Apostólica residen en la corte de España y, en fin, las majestades desde los grandes monarcas Felipe III y Felipe IV su hijo, y la esclarecida reina doña Isabel de Borbón, y los infantes (grandes y títulos de estos reinos). Y antes de emprender la conquista de Portugal en que hoy se halla emplea [fol. 5r] do, el señor don Juan de Austria visitó el templo de Santa María de la Cruz a devoción de soror Juana de la Cruz y, con liberalidad propia de su ingenio, ha dado muy considerables limosnas [V] y, a su imitación otros, con que la devoción a esta virgen es general. Y, no sin providencia superior, se ha reservado a los felices tiempos de vuestro pontificado el ponerla en la lista y número de los santos canonizados. Y, para que pueda vuestra santidad comprehender las acciones principales de la vida de soror Juana de la Cruz, pongo a vuestras plantas ese dibujo o epítome de todas ellas, refiriendo solamente lo que parece más esencial y que conduce a informar vuestra mente sin que por ello pretenda merecer algún crédito más del que damos a una historia profana, remitiendo la verificación y comprobación de este informe al proceso y papeles concernientes a la prueba que se hizo por los obispos de Troya y de Cirene y que se llevaron a esa curia romana, bastándome por suma felicidad llegar por medio de este escrito a vuestras plantas.
 
Besa los pies de vuestra santidad,
 
Licenciado don Alfonso Carrillo.
 
[fol. 5v]
 
=== §. I.===
 
[VI] Presidiendo en la silla de san Pedro Sixto IV, de feliz memoria, y reinando la mayor parte de las Españas los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, príncipes gloriosos, nació Juana en tres ''[4]'' de mayo del año de 1482 ''[5]'' en el lugar de Azaña, pueblo del arzobispo de Toledo, cuya situación es en la provincia que llaman Sagra. Sus padres fueron Juan Vázquez y Catalina Gutiérrez, personas virtuosas y ricas.
 
[VII] [fol. 6r] Reconociese luego que recibió el agua del Bautismo que la niña se abstenía (con admiración de cuantos observaron la maravilla) en el viernes de todas las semanas de tomar el pecho de su madre, si no es una vez al día ayunando en la forma que se refiere de san Nicolás, obispo de Mira, y de san Estéfano, obispo diense.
 
[VIII] [IX] Sucedió no mamar en tres días y pareció haberla sobrevenido un accidente mortal con suspensión de todos los sentidos. Y creyendo la madre haber fallecido la criatura, pidió a la Virgen santísima intercediese con su Hijo Cristo, Señor Nuestro, la resucitase. Haciendo voto de llevarla al templo nuevamente fundado de Santa María de la Cruz y estar en vigilia allí una noche, volvió la niña del parasismo o desmayo, con que su madre creyó piadosamente había sido resurrección milagrosa la de su hija.
 
[X] [XI] Antes de cumplir dos años, enfermó de suerte que no podía comer ni aún tomar el pecho, con que su madre, valiéndose por medicina en todos los males de niña de la intercesión de los santos, la llevó a un templo dedicado a san Bartolomé en la villa de Añover. Y a vista de la imagen del apóstol, se alegró Juana, mejorando de suerte que pidió de comer; y contaba en la edad de discreción como había [fol. 6v] tocádola el apóstol san Bartolomé en el rostro, de que procedió cobrar salud.
 
[XII] [XIII] No la vieron jugar con otros niños, como es natural en la infancia, y a los cuatro años de su edad tuvo un rapto en que juzgó ser llevada a un lugar ameno donde vio una señora de mucha autoridad asistida de vírgenes y niños hermosísimos; y, por haberla enseñado aquellos coros de vírgenes y niños que la señora era la Madre de Dios, la adoró y alabó con la salutación del ángel. Y en aquella oración, vio también al ángel su custodio. Y, cuando volvió del rapto, refirió cuanto en él había observado hasta que la mandaron callar sus padres y obedeció luego.
 
[XIV] [XV] En aquel mismo año, llevaban por viático a un enfermo el santísimo sacramento de la Eucaristía y, pasando por la puerta de la casa donde vivía Juana, le adoró y vio sobre el cáliz a Cristo, Señor Nuestro, en forma de niño hermoso y resplandeciente. Y en el día que la Iglesia celebra la Purificación de la Virgen, Nuestra Señora, al tiempo que el sacerdote levantó la hostia consagrada, vio en ella distantemente el cuerpo glorioso de Cristo, rodeado de muchos ángeles; y en aquella edad inocente pensaba que a todos eran comunes semejantes favores.
 
A los siete años de su edad murió su madre [fol. 7r] [XVI] y, entre sus agonías últimas, encargó a su marido cumpliese por ella el voto de llevar a la niña con una ofrenda de cera al templo de Santa María de la Cruz. Pero la muchacha, adelantando el discurso a más altos fines, deseaba ir ella a cumplir el voto de su madre y, con esta ocasión, quedarse monja en el convento. Comunicó sus pensamientos a una su tía, que al mismo tiempo entró religiosa en el monasterio de Santo Domingo el Real de la ciudad de Toledo, pero su padre y abuelo, entendiendo lo que pretendía, lo embarazaron considerando la tierna edad de Juana, incapaz, a su parecer, de tolerar los rigores y asperezas de una religión. Y aunque la tía procuró siempre atraerla a su convento hasta disponer medios de robarla, no pudo ''[6]'' conseguirlo. Y la niña, más advertida, propuso tomar el hábito en otra parte por que no dependiese su vocación de afecto al parentesco de la tía.
 
[XVII] [XVIII] Otros sus parientes ricos la llevaron a su casa por tener en ella una joya preciosísima; tales eran las luces que brillaba aquel diamante y tal su capacidad que fiaron el gobierno de su hacienda a la muchacha. Aquí se descubrieron las penitencias con que Juana maceraba su cuerpo en tan tiernos años, ayunando los días de precepto a pan y agua y, tal vez, no comía en dos o tres días; y cual otra Cecilia [fol. 7v] penitente, usaba silicios y se azotaba con cadenas hasta derramar sangre. En las noches frías y dilatas del invierno, después de recogida la gente de su familia, se desnudaba sin dejar sobre si más que el silicio y, en esta forma, pasaba en oración toda la noche. No pudo esto recatarse de la noticia de sus tíos y así vivió con mayor retiro en adelante.
 
[XIX] Gozaba continuamente de visiones maravillosas que la enseñaban o confirmaban en alguna virtud. Y en un Viernes Santo por la mañana, contemplando la Pasión de Nuestro Salvador, le vio crucificado; y fue tanto su sentimiento con aquella soberana visión percibida con los ojos corporales que, con las lágrimas que derramó e interno dolor que tuvo, quedó desfigurada de suerte que aun sus mismos tíos no la conocían.
 
[XX] A los catorce años de su edad, pensaron sus tíos en casarla y, a la fama de su honestidad y hermosura, concurrieron muchos pretendientes, señaladamente un mancebo natural de la villa de Illescas. Pero, como Juana quería consagrarse a Dios perpetuamente, le fue revelado un día de la Semana Santa por medio de una visión (en que Cristo, Nuestro Señor, la apareció) sería su Esposa y que entraría en religión.
 
[XXI] [fol. 8r] Alentada la virtuosa doncella con tal favor, dispuso entre sí misma irse al convento de Santa María de la Cruz de religiosas terceras de san Francisco. Tenía Juana particular devoción a este convento porque su fundación fue prodigiosa y, al parecer, agradable a la soberana Reina de los ángeles, Nuestra Señora. El suceso se cuenta en esta forma.
 
Cinco leguas de Madrid, villa ilustre y corte hoy de los reyes de España, tiene su asiento la villa de Cubas, de corta población y oscuro nombre. [XXII] [XXIII] Apacentaba una pastorcilla, llamada Inés, en los términos de este pueblo un ganadillo de cerda; y era tan devota de la Virgen Santa María que mereció ser instrumento de las maravillas del Cielo. Aparecióse a la pastora la Virgen santísima a quinientos pasos del lugar de Cubas y, después de varios coloquios y apariciones que se continuaron por algunos días, la dijo que en aquel sitio quería tener templo de su advocación; y, para que los de su pueblo le edificasen, la dio ciertas señales y en particular la cerró la mano, dejando el dedo pulgar sobre el índice en forma de cruz y de fuerte que no podía abrirla ni usar de ella.
 
La pastorcilla, instruida de lo que había de decir, publicó el precepto a los habitadores del pueblo y, con vista del prodigio de la [fol. 8v] mano que con sus manos tocaron todos, ordenaron una devota procesión que guiaba Inés llevando arbolada la señal de nuestra redención. En llegando a vista del término donde se había aparecido la Virgen santísima, mandó la pastora se detuviesen todos y, adelantándose con la cruz, la entregó a quien no vieron los circunstantes arrodillados; y, atónitos con el pasmo y la devoción y las manos invisibles, fijaron la cruz en el sitio sobre que hoy está el templo. La sencilla Inés solamente veía y hablaba a la soberana Reina de las jerarquías angélicas; y mostró el lugar que sirvió de trono a aquella majestad, el cual fue venerado recogiendo la tierra donde había puesto sus plantas y con ella sanaron muchos enfermos de dolencias mortales o peligrosas. Después, los padres de Inés la llevaron al templo de Santa María de Guadalupe (también lo había mandado aquella señora) con cierta ofrenda y en presencia de la imagen, que tan aplaudida y venerada es en España, abrió la pastorcilla la mano; y refieren que, en los lugares por donde pasaba a la ida y vuelta de aquel viaje, hizo algunos milagros en los enfermos a quien tocaba.
 
Edificose el templo con advocación de Santa María de la Cruz y a la fama de los prodigios que en él se obraban, pues resucitaron [fol. 9r] [XXIV] once muertos y sanaron innumerables personas de varias dolencias. Unas mujeres devotas se juntaron a vivir en común y edificaron allí una casa.
 
Dieron tales muestras de virtud y santidad que les fue entregada la iglesia con la cruz, que Nuestra Señora tomó con sus manos, y ellas hicieron posesión debajo de la tercera regla de san Francisco. Y una de las principales fue la pastorcilla Inés que, pasado algún tiempo, la eligieron las demás por la cabeza y prelada de aquel convento.
 
[XXV] [XXVI] [XXVII] No guardaban estas mujeres clausura y, con andar vagando y comunicar a personas seculares, se relajaron de suerte que algunas apostataron de la religión y entre ellas Inés (tan poco hay que fiar de nuestra fragilidad e inconstancia). Casose y tuvo hijos, que murieron, y el marido. Arrepentida de su pecado, entró religiosa en un convento de Castilla la Vieja, donde acabó sus días con grandes muestras de penitencia verdadera; y en su muerte hizo señal el Cielo, pues afirman que se tocaron las campanas sin impulso humano.
 
La divina providencia para las grandes enfermedades de nuestra naturaleza previene los remedios proporcionados a su curación: la ruina que amenazaba el edificio místico de [fol. 9v] aquellas monjas se aseguró con ingerirle una columna fortísima, en quien vino a cargar todo el peso de la observancia religiosa.
 
[XXVIII] Esta fue Juana, que, resuelta a entrar en religión en el convento de Santa María de la Cruz (distante dos lenguas de Azaña, su patria), para que su representación tuviese en el teatro del universo algo de vario y deleitable los primeros pasos que dio en su intento fueron festivos y con novedad. [XXIX] [XXX] [XXXI] Vistiose traje varonil, y con espada, sola y a pie, llevando sus vestidos ordinarios debajo del brazo, salió una mañana de su casa antes que el sol pareciese sobre la tierra por el camino que guiaba al convento. Cuando, combatida de varios pensamientos, le representó el espíritu contrario a su resolución todos los inconvenientes que podían resultar por el hábito impropio e indecente en que se hallaba y por el enojo de su padre y tíos, la flaca doncella, rendida a la vehemencia de la aprehensión y amedrentada con la soledad del camino, cayó desmayada y sin aliento, pero una voz la esforzó tres veces a proseguir la obra comenzada. Pasado algún tiempo entendió haber sido aquella voz de su ángel custodio.
 
Alentada Juana del espíritu auxiliador, prosiguió su intento y, habiendo caminado [fol. 10r] [XXXII] considerable distancia, sintió venir por el camino, siguiendo sus pasos, un hombre a caballo; y, cuando pudo discernir ''[7]'' la vista con distinción el objeto, reconoció era el hidalgo de Illescas, fino pretendiente de sus bodas. Volvió a ocuparla el susto y el miedo pero, con el traje de varón, se disimuló de suerte que la desconoció el mancebo y pasó adelante sin observar el semblante hermoso, los pasos débiles y ademán mujeril de la doncella. Culpable, al parecer, fue vestirse como varón, pero este acaecimiento califica el disfraz por acertado.
 
[XXXIII] [XXXIV] Viéndose libre de aquel peligro, se postró en la tierra dando gracias a Dios y aquí tuvo otro consuelo y aparición de la Virgen santísima, con que oyó palabras de esfuerzo y seguridad. Pasó adelante hasta llegar a un pueblezuelo cercano al convento llamado Casarrubuelos y, fatigada de sed, pidió de beber en una casa. Diéronla agua y descansó breve tiempo. Y, al irse, se dejó por olvido la espada junto al asiento donde había estado. Y, acordándose de ella en el camino, volvió en su busca a la casa misma de donde había salido. Y con el descuido natural con que obra quien finge, sencillamente dijo: “Oh, peccadora ''[8]'' de mí, que se me había olvidado la espalda”. Esta concordancia, propia del sexo femenil e impropia para quien [fol. 10v] se fingía varón, despertó la atención de una criada que la había ministrado el agua, la cual advirtió a sus amos cómo era mujer el que parecía mancebo. Pero esta curiosa averiguación no fue creída y aquel solecismo en la gramática de la tierra fue consonancia para las armonías del Cielo.
 
[XXXV] Llegó, en fin, Juana al puerto deseado y, entrando en la iglesia, dio gracias a la estrella que la había guiado en aquella corta, aunque peligrosa navegación. Y, apartándose a un ángulo oscuro del templo, se restituyó a sus propios vestidos, despojándose de la máscara y disimulación con que había temido naufragar entre los escollos de varios peligros y pensamientos.
 
[XXXVI] Impaciente en la dilación de su intento, fue luego a la puerta reglar del convento para hablar a la abadesa y darle noticia de su pretensión. Guardaba la puerta de aquel paraíso una imagen de la Virgen santísima colocada en un nicho y, encontrándola Juana, se postró pidiéndola con una oración fervorosa que, pues era puerta del cielo y en aquel monasterio también era portera, la franquease la entrada disponiendo las voluntades de las monjas para que la admitiesen en su compañía. Es tradición constante que habló la imagen diciendo a Juana: “Bienvenida seáis, hi- [fol. 11r] ja mía. Entre gozoso tu espíritu a tomar posesión de lo que tanto ha deseado que, para reparo de esta casa, te crió Dios en cuyo nombre y en el mío tendrás autoridad para derribar y edificar, destruyendo relajaciones y vicios, y enseñando con doctrina y ejemplo el camino de la perfección”. Es esta imagen por quien Dios obró tal maravilla se ve hoy en el mismo lugar de la puerta reglar del convento, aunque la forma del edificio y lugar de la puerta se ha mudado.
 
[XXXVII] [XXXVIII] Alentada la doncella con semejante oferta, hizo llamar a la abadesa, a quien dio noticia de su vocación y de los acontecimientos que había tenido hasta llegar al convento y que sería felicísima si era admitida en él por criada de las demás religiosas. La abadesa, gozosa en si misma de ver aquella Virgen hermosa y de corazón tan esforzado en edad de quince años y de entendimiento clarísimo, disimulando el gusto interior, reprehendió primero la temeridad de venir sola y en hábito impropio y, en lo demás, respondió lo comunicaría con las monjas. Juntó la comunidad y, propuesto el caso, se conformaron en recibir por compañera a Juana; y, como era necesario además de su consentimiento el del provincial, dispuso la divina providencia que no faltase este requisito, pues el provincial que era entonces entró [fol. 11v] en aquella sazón fuera de toda esperanza pues había ocho días que había estado en el convento.
 
Admiradas las monjas con la venida del prelado en ocasión tan oportuna y que la tuvieron por milagrosa, informaron al provincial de la vocación de la doncella, el cual dio licencia para su admisión.
 
[XXXIX] [XL] [XLI] Caminaban estas cosas con felicidad, y Juana deseaba la hora de su recepción. Pero su padre y parientes, noticiosos de su fuga y del camino que había tomado, fueron al convento, donde procuraron embarazar este santo propósito con palabras descorteses y groseras, persuadiéndola dejase aquel intento con representarla las conveniencias que dejaba en el siglo y los trabajos y desamparo que había de padecer en la religión. Pero la doncella, primero con el silencio y con la modestia, y luego con la perseverancia y resolución que dijo tenía de elegir a Dios por padre, ablandó los corazones de aquellos rústicos que se conformaron en que Juana entrase religiosa ofreciéndola dote competente. Y así, en presencia del padre y parientes, recibió el hábito con devoción y lágrimas en que todos concurrieron, equivocándose los gozos y los sentimientos, los llantos y los parabienes. ¡Oh in- [fol. 12r] comprensibles juicios de Dios! Quien con ojos mortales procura averiguar los rayos y luces con que nos deslumbran queda más ciego e incapaz de observar sus maravillas; lo que vemos solamente es que los mejores medios para conseguir un propósito son los estorbos, y los montes, y riscos; son los llanos y veredas por donde se camina con más seguridad.
 
[XLII] Las memorias que se conservan de la vida de Juana en los libros y en la tradición refieren por menor sus acciones; y el ánimo con que se iba encaminando el año del noviciado a la perfección del espíritu.
 
[XLIII] Con un profundo silencio y con una ciega obediencia, echó los cimientos tan firmes que pudo cargarse en ellos un edificio para la eternidad. En la guerra de los sentidos, la única defensa que tuvo fue el retiro de todos los tratos humanos en la estrechez de una celda; y entre los silicios, disciplinas y ayunos (no comiendo más que una vez al día) y con la oración continua de discípula se hizo maestra, de novicia se hizo veterana de la milicia celeste, con que, pasado el año, fue admitida a la posesión, tomando por nombre Juana de la Cruz. Era devotísima de esta señal como instrumento principal de nuestra redención y [fol. 12v] por haber nacido en el día que la Iglesia celebra su milagrosa invención. Y en otro tal día, tomó el hábito e hizo profesión. Y después, en el progreso de su vida, en otros semejantes días, fue electa abadesa y murió, pero la principal razón fue querer seguir la cruz de Cristo, correspondiendo con las obras a la representación de su nombre.
 
[XLIV] [XLV] El orden que, siendo novicia y después de profesa, tuvo para disimular sus vigilias, oración y penitencia era este: llevaba, al tiempo de recoger las religiosas en el dormitorio común, una rueca; y cuando sentía que dormían las monjas, ocupaba las manos en hilar y los pensamientos en Dios, y en esta forma estaba hasta que tocaban a maitenes. Acudía entonces al coro y, acabadas las divinas alabanzas y recogidas las demás monjas, comenzaba de nuevo la tarea de la oración en que perseveraba hasta el amanecer; y, vencida de la necesidad, se rendía al sueño por dos o tres horas hasta la hora de prima.
 
[XLVI] En las obras de manos y trabajos corporales en que la ocupaba la obediencia hallaba su mayor regalo y deleitación: cuando fregaba los platos y alhajas de la cocina, los figuraba de oro y llenos de perlas y piedras preciosas en que había de comer su soberano esposo, y así se deleitaba en aquel ejercicio [fol. 13r] de humildad. Lo mismo consideraba cuando barría la casa, pues la escoba le parecía un ramillete de flores y, si hacia oficio de cocina, se acordaba de Marta cuando hospedó en su casa al Redentor del mundo. En esta forma lograba en sus empleos un inmenso tesoro de merecimientos.
 
[XLVII] Imitó fielmente a su patriarca san Francisco en guardar verdadera pobreza, pues su cuidado en esta parte fue igual al que tuvo el rico avariento en juntar y guardar los tesoros que le llevaron al infierno. De sola su cama y hábitos era poseedora cuanto al uso, sin tener más celda que las oficinas de la comunidad; y los vestidos eran tan pobres que parecía vestirse los que desechaban las demás monjas: el hábito humilde, la túnica interior de sayal, la camisa un asperísimo silicio ceñido todo con una cuerda de cáñamo y los pies sin más adorno ni abrigo que unas viles sandalias.
 
[XLVIII] Con ser tan espantosa su penitencia y tan singular su modo de vida, la mayor excelencia que se observa de sus virtudes fue la de regular siempre sus acciones con la obediencia y dictamen de su confesor, recibiendo las reglas de vivir sin valerse de su propia voluntad.
 
La hermosura de su rostro y perfección [fol. 13v] [XLIX] [L] de su cuerpo fueron admirables, y se adornaban con gravedad y modestia que componían a cuantos la miraban. Su conversación era dulcísima, sus palabras amorosas vivas y penetrantes, y en la dirección misma traía envuelta la salud y reformación de las almas. Nunca hablaba en vano ni superfluamente, pues todos sus discursos se encaminaban a glorificar a Dios y aprovechar los próximos; y, si tal vez ocurría en la conversación materia de gusto y entretenimiento, era con tanta templanza que más provocaba a devoción que a risa y deleite.
 
[LI] En aconsejar y consolar corazones tuvo don del Cielo, con que venían a consultarla personas gravísimas y de diversos estados y todas las fiaban sus secretos con seguridad de que no serían revelados. Estas calidades eran adornadas de una humildad profundísima y sus virtudes se descubrieron más en los oficios que la encargó la obediencia a sus preladas.
 
[LII] Asistía a la cocina, como hemos referido, y en ella, por leves causas, era maltratada y reprehendida de sus compañeras. Y luego se arrodillaba y las pedía perdón y, si no podía aplacar su enojo, íbase al coro a pedir a Dios la perdonase la pena y turbación que había ocasionado a sus hermanas. Volvíanla a llamar y [fol. 14r] preguntábanla qué hacía en el coro y, con admirable mansedumbre, respondía: “Suplicaba a la divina clemencia me perdone por haber ocasionado vuestra justa indignación y que os diese gracia para sufrirme”. Quedaban confusas y arrepentidas de haber ofendido a aquella cordera que tan poco lo merecía.
 
[LIII] En aquel humilde ejercicio, manifestó Dios cuán agradable le era su sierva con algunos milagros. Merezca contarse uno para ejemplo de que Dios cuida de aliviar a los que le sirven, aun en cosas muy menudas, en la estimación de los hombres: llevaba soror Juana un barreño de barro con la carne que había de comer la comunidad para lavarla en el pozo. Encontró con el barreño en una piedra, hízole pedazos y ella, muy triste, se puso en oración, suplicando al Señor reparase aquella falta. Tomó los pedazos y fuelos juntando, y el barreño quedó como estaba antes de romperse; y sirvió después en la cocina por más dos años.
[LIV] Encargáronla la enfermería, donde halló materia bastante para ejercitar su caridad; no perdonaba ningún género de desvelo y de trabajo por asistir y cuidar de las religiosas enfermas. Sucedió que una monja padecía mucho frío y dolor de estómago y pidió a soror Juana que, pues era enferma, pi- [fol. 14v] [LV] diese para sí un poco de vino diciendo lo había menester y que le diese a ella porque su necesidad era muy grande y no se atrevía a pedirle. Soror Juana ofreció pedir el vino con buena voluntad pero, considerando que si le pedía con pretexto de su necesidad era mentira y dejarle de pedir era falta de caridad, suplicó a Dios le diese por algún tiempo dolor de estómago para que, no faltando a la verdad, pudiese remediar la necesidad de su hermana. El Padre de misericordia, y a quien tan agradables son los actos de caridad con el próximo, concedió lo que pedía a su sierva y, con el propio dolor de estómago, pidió la medicina para el remedio del ajeno.
 
[LVI] En este mismo oficio de enfermera, por su intercesión, cobraron muchas enfermas salud. Sanó una religiosa de unas tercianas, comiendo con particular devoción un poco de pan que soror Juana estaba también comiendo, y no la volvió más la calentura. Esta misma religiosa, por intercesión de su enfermera, se libró de dos zaratanes que se le criaron en los pechos, poniendo en ellos unos paños mojados en agua bendita de consejo de soror Juana.
 
[LVII] Del ministerio de la enfermería, pasó a ser tornera y portera y con su agrado y cortesía, sin faltar al rigor de la obligación de su o- [fol. 15r] cio, cumplía con monjas y seglares. Aquí padeció notables mortificaciones de una compañera más anciana que la perseguía con porfía incansable riñéndola y maltratándola por todo cuanto hacía; y a todo callaba la prudentísima criatura o la pedía perdón de las culpas que no había cometido.
 
[LVIII] [LIX] Como esta sierva de Dios andaba toda transformada en él, cuantas cosas hacía las aplicaba a los más soberanos misterios de nuestra redención. Y así, consideraba el torno por el pesebre en que María santísima reclinó al Niño Jesús recién nacido, y volviendo el torno con esta contemplación halló muchas veces al Niño Jesús que aparecía en forma visible y con dulces palabras la regalaba. En una ocasión, estando gozando la visita soberana del Niño Dios, pretendió abrazarle y regalarse con él pero, al tiempo de extender los brazos, apareció la Virgen santísima que le tomó en los suyos y se levantó en alto, acompañada de coros angélicos; quedó desconsolada soror Juana pensando procedía aquel retiro de su indignidad, pero la Virgen santísima la dijo: “Hija mía, vente a la huerta de casa, hacia la parte donde están las higueras, que allí nos hallarás”. Quedó con esto consolada su alma y, desocupándose del torno, fue apresuradamente al puesto señalado (no así el ciervo de- [fol. 15v] [LX] sea en el verano la frescura de las fuentes, no así la alma ama la visión del hierro como esta sierva de Dios deseaba venir su alma al amor y voluntad de su Esposo Divino). Abrió la puerta de la casilla y viola convertida en alcázar del rey del universo. Estaba en trono de gloria la Virgen María y en sus brazos sostenía al que sostiene el firmamento. Adoró Juana con suma reverencia a aquellas majestades y, con sus alabanzas, hizo compañía a los coros angélicos. Quedó elevada y embebida en aquellos gozos celestiales y, aunque la llamaron con la campana de la portería tres veces, no la ''[10]'' oyó, y la Virgen, Nuestra Señora, la dijo: “Anda, que te han llamado tres veces con la campanilla y no lo has oído, acude a la obediencia”. Dejó luego la dichosa Juana a Dios por Dios, cumplió con la ocupación para que fue llamada y, con las mismas ansias, volvió a la casilla de la huerta. Repararon algunas monjas en sus pasos veloces, en su inquietud extraordinaria, en su rostro encendido, y que arrojaba unos resplandores y luces y el aire por donde pasaba quedaba fragante y oloroso. Siguiéronla hasta la puerta de la casilla, donde oyeron decía: “¡Oh, Reina de los Cielos, cuan bien manifestáis con esta pecadora ser madre de misericordia pues, aunque yo me había ido dejando vuestra compañía, no se ha desdeñado vuestra grandeza y el [fol. 16r] dulcísimo Jesús de esperarme en tan humilde lugar”. Respondió la Virgen santísima: “Hallástenos, Juana, a mi hijo y a mí porque nos dejaste por la santa obediencia”. Y, después de algunas palabras en estimación de lo que merece esta virtud, acabó su Majestad con decir: “Si no hubieras sido obediente, no hubieras gozado de aquestos favores”. Todo esto lo escucharon las religiosas que siguieron a soror Juana, descubriendo Dios por este medio lo que ella con modestia y cuidado les encubría.
 
[LXI] Otra aparición de la Virgen María con el Niño en los brazos tuvo en la sala de la labor pues, arrebatada soror Juana en espíritu y visión imaginaria, vio a la Emperatriz de los ángeles y a su Hijo preciosísimo. Y, después de varios coloquios, consiguió recibir en su escapulario al Niño alegrándose y gozándose en tan soberano bien, y los efectos de este sabor le duraron en su alma por muchos días. 
 
===§. II.===
 
[LXII] Inexplicable es la devoción que soror Juana tuvo con el inefable Sacramento de la Eucaristía; el deseo de gozar siempre de aquel pan angélico la traía absorta y enajenada de sí. Todas sus oraciones, penitencias y mor- [fol. 16v] [LXIII] [LXIV] tificaciones se dedicaban a disponerse para recibirle dignamente y, juzgándose incapaz de sentarse a la mesa del Rey de los reyes, no se atrevía a recibirle cada día sino cuando su confesor lo ordenaba. Suplía la falta de la comunión sacramental con comulgar espiritualmente en que sentía grandes consuelos, con que se podía decir que toda su vida era una espiritual comunión prolongada. Esta devoción se la pagó Dios con muchos favores que recibió su sierva y milagros que acontecieron. Merece referirse uno, cuyas señales permanecen hoy en los mármoles de su convento: confesábase un día en tanto que se decía la misa mayor. Hicieron señal en la iglesia con la campanilla de que el sacerdote levantaba la hostia consagrada. El confesor mandó a soror Juana fuese por el coro a adorar a Cristo Nuestro Señor sacramentado. Salió con prisa y, reconociendo por los golpes de la campanilla que no podía llegar al coro a tiempo, se arrodilló para adorarle en espíritu. ¡Oh maravillas de Dios! Interponíase entre soror Juana y la iglesia una pared de cantería muy gruesa y, por impulso físico y sobrenatural, se abrió la pared desde la parte superior a la inferior, con que pudo la sierva de Dios ver la hostia, el sacerdote el altar y todo cuanto estaba en la iglesia. Quedó asom- [fol. 17r] [LXV] brada soror Juana con milagro tan grande y estando glorificando a Dios por él, cuando alzaron la segunda hostia, se abrió segunda vez la muralla; y, hecha la adoración, se cerró dejando un monumento a la posteridad pues, siendo todas las piedras del muro de mármol negro, quedó una de ellas blanca y abierta por tres partes en forma de cruz, la cual desde aquel tiempo es tenida en veneración; y este mármol es visitado de los prelados y de los reyes que han entrado en la clausura de aquel monasterio.
 
[LXVI] Entre los favores extraordinarios que soror Juana recibió de Dios, fue muy singular el permitirla comunicase a su ángel custodio en sus éxtasis y raptos y, algunas veces, fuera de ellos. Y aquel hermoso espíritu se le manifestaba glorioso y resplandeciente. Y, en estas visiones y aparecimientos, gobernaba a la virtuosa monja, respondiendo a sus consultas, satisfaciendo a sus dudas, y enseñándola altísimos misterios que, después explicados por la virgen Juana a sus monjas y a los que venían a oírla, quedaban alumbrados y confusos cuantos bebían de aquel néctar científico y sobrenatural, reconociendo ser sus palabras centellas de incomprensible fuego del Espíritu Santo que la asistía.
 
[fol. 17v] [LXVII] [LXVIII] Aunque el ver con sus ojos corporales y hablar familiarmente con su santo ángel era muy frecuente en soror Juana, con todo eso gozaba más de su vista, comunicación, y enseñanza en los raptos y elevaciones estáticas que tenía, en las cuales gastaba lo más del tiempo, pues toda su conversación era con el cielo. No había ejercicio ni ocupación, por precisa que fuese, que pudiese apartarla del amor de su dulce Jesús, en quien tenía embebida y transformada el alma. De noche, de día, comiendo, descansando, hablando o rezando, ya hiciese labor, ya estuviese en pie, ya asentada u echada de cualquier suerte que la hallase la visita de su celestial esposo. Luego se enajenaba de sus sentidos y quedaba absorta en profundos raptos que duraban algunas veces cuatro horas, otras doce, otras catorce. Y con el discurso del tiempo y frecuencia de aquel comercio divino, creció tanto esta gracia que perseveraba en el rapto veinticuatro horas, y tal vez pasaron tres ''[11]'' días sin volver del éxtasis.
 
[LXIX] En su rostro, cuando se elevaba, crecía la hermosura natural de que era dotada, descubriendo con señales exteriores los gozos que interiormente gozaba su espíritu.
 
Veíanse algunos prodigiosos efectos de los [fol. 18r] raptos, derivándose también con señales exteriores al cuerpo los afectos tristes o alegres del alma; y, particularmente, cuando eran revelados los trabajos y perfecciones que había de padecer o las felicidades o aceptación de las buenas obras de sus próximos en la presencia divina y estado en que estaban sus conciencias o su salud. Y así, daba avisos importantísimos para ajustar conciencias perdidas y para prevenir y evitar grandes daños en las almas y cuerpos. Advirtió a muchos la cercanía de su muerte y sucedía todo como lo decía.
 
[LXX] [LXXI] Uno de los prodigios que hacen más memorable a esta sierva de Dios es el don de las lenguas que tuvo. Sucedió pues que, volviendo de un rapto dilatado, se halló embarazada la lengua para articular palabras y, aunque entendía y oía, no podía responder sino con señas. Y en esta forma estuvo algunos meses, quedando reducida a tal extremo de bondad y sinceridad que parecía hallaría en él estado de inocencia. Y así las monjas hacían de ella lo que querían, tratándola como a una criatura y paloma mansísima y, aunque para las cosas del mundo vivía con esta enajenación, para las del Cielo tenía las potencias del alma vivas despiertas y perspicaces.
 
[fol. 18v] [LXXII] Continuaba sus éxtasis y raptos como siempre. Y en uno de ellos, se le apareció el Niño Jesús, a quien suplicó con profunda oración que, si había de ser para su santo servicio, la restituyese a estado de poder hablar. Entonces el Señor, tocando la boca de soror Juana con sus manos divinas, la dijo: “La causa de haberte enmudecido es porque seas instrumento por quien yo quiero hablar y, aunque ahora te sano, guarda de mi secreto y algo di y algo calla de lo que te revele”.
 
[LXXIII] Volvió del rapto y con expedición en la lengua, con alegría y consuelo de las monjas. Y, desde entonces, se manifestó en ella un espíritu de predicación y enseñanza, hablando en los éxtasis cosas muy singulares y declarando profecías y lugares de la Escritura Sagrada. Cuando había de predicar estos sermones y declarar lo que Dios la revelaba, se transfiguraba; y enajenada de los sentidos, las religiosas la llevaban en brazos a su celda (fiel éxtasis la cogía fuera de ella) y poníanla sobre su cama, donde quedaba con los ojos cerrados con el rostro sereno y con las manos sobre el pecho. Así perseveraba por tiempo de hora y media, y luego interrumpía en amorosas exclamaciones a Dios y parecía le hablaba y comunicaba como si le viera personalmente: ya le rogaba se acerca- [fol. 19r] se; ya extendida los brazos como para llamarle; ya se quejaba de su soledad y desamparo si se iba; ya gozaba como si poseyera tanto bien; le daba gracias de los favores que hacía a una indigna pecadora y, entonces, hacía actos de grande reverencia y profunda adoración y, con voz más templada, hacía oración vocal por el estado de la Iglesia, y por los que se hallaban en pecado mortal, y por todas las necesidades de que tenía noticia y, especialmente, por las almas del Purgatorio. Acabada esta deprecación, callaba por algún tiempo y las religiosas la reclinaban en la cama con toda decencia y compostura en tal forma que los oyentes pudiesen ver su semblante y oír distintamente sus palabras. Después de este silencio, levantaba la voz más sutil y delicada y declaraba los misterios y lugares de Escritura que le eran revelados del divino espíritu con suma velocidad y gracia. Su más ordinario asunto era el Evangelio o festividad de aquel día. Estos sermones o pláticas duraban tres o cuatro horas y, cuando acababa, despedía el auditorio echándole bendición.
 
Toda la gente que concurría a oírla, que era innumerable y entraba dentro del convento porque entonces no se guardaba en [fol. 19v] [LXXIV] él clausura, se arrodillaba y recibía la bendición con devoción y lágrimas. Volvía luego soror Juana del rapto sin poder decir ni saber cosa alguna de lo que había pasado. Esta gracia se manifestó tres años, después que comenzó a elevarse públicamente, y le duró por espacio de trece años. Y en todo este tiempo fue aquel convento cátedra de sabiduría y de doctrina revelada del Cielo. Y aquellos sermones acontecían en días y por términos inciertos y varios según era la divina voluntad, pues pasaban quince días, tal vez ocho, tal vez tres y, finalmente, hubo día en que predicó dos veces.
 
[LXXV] [LXXVI] Divulgose la fama de esta maravilla por todo el reino, y así concurrieron a la novedad del caso diferentes gentes para ver con sus ojos aquel prodigio: letrados, predicadores, prelados de todas las religiones, arzobispos, obispos, inquisidores, duques, marqueses, condes y sus mujeres. Entre los más señalados fueron el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez de Cisneros, esclarecido varón en aquel siglo; y el insigne y gran capitán don Gonzalo Fernández de Córdoba; y, algunos años después, la cesárea majestad del emperador Carlos V, que dio gracias al altísimo Dios y quedó muy aficionado y devoto a soror Juana.
 
[fol. 20r] [LXXVII] [LXXVIII] [LXXIX] Con ser tan varias las fuentes y condiciones de personas que la oían, cada uno entendía por si lo que predicaba la sierva de Dios; y para que a todas luces se descubriese la asistencia soberana que la inspiraba, si los oyentes eran personas doctas u eclesiásticas, hacía su sermón en lengua latina; y algunas veces predicó en las lenguas francesa y arábiga, y con un sermón que hizo en esta lengua convirtió dos esclavas africanas obstinadísimas en la secta de Mahoma, las cuales dio al convento un obispo de Ávila y fueron de las cautivas que se trujeron a España de la ciudad de Orán cuando la conquistó el arzobispo don fray Francisco Jiménez. En una oración que fue a oírla el provincial de los religiosos franciscos de aquella provincia, que era vizcaíno, predicó el sermón en lengua vascuence o cantábrica, la cual es muy extraña en el dialecto en las voces y sin conveniencia con otra alguna de las lenguas que se conocen hoy en el mundo.
 
[LXXX] Con el celo que los Reyes Católicos tuvieron de conservar en España la pureza de la fe católica, erigieron el tribunal de la santa Inquisición en la forma que hoy se conserva. Y, por la mayor necesidad que entonces había de atender a los nuevos conversos de indios y moros, este ministerio santísimo [fol. 20v] [LXXXI] [LXXXII] entró a ejercer su ministerio con notable crédito y autoridad, y se componía de varones consumados en letras y acreditados en ''[12]'' virtud. Uno de estos, deseoso de averiguar si tales sermones procedían de ilusión diabólica y la doctrina que contenían era sólida y sin sospecha, fue encubierto y disimulando quién era al convento y se introdujo con la demás turba a ser oyente de soror Juana. Fue tal el sermón de aquel día y tan eficaces los discursos según lo que el inquisidor llevaba reservado en su corazón que, en el progreso de la plática, se arrodilló el buen hombre y, con gran copia de lágrimas, la oyó hasta el fin. Luego rogó a la abadesa le permitiese hablar a la sierva de Dios en el locutorio. Allí la pidió perdón de no haberla tenido en el crédito que merecía y que ya creía ser Dios el autor de aquel prodigio. Respondió la virtuosa virgen con palabras humildes y reconocimiento de su miseria pues, siendo un instrumento vil y desechado, usaba Dios de él en utilidad de los próximos. El inquisidor, después de larga conferencia, se despidió admirado y devoto.
 
[LXXXIII] Algunos que iban llevados de su curiosidad hacían experiencias indiscretas con soror Juana para conocer si los éxtasis eran verdaderos, y así la hirieron en la cabeza y [fol. 21r] dieron golpes imprudentemente, que no sentía con la inestabilidad en que la dejaban los raptos. Después se condolía de aquellos daños, cuando no los había manifestado antes la sangre que derramaban las heridas.
 
[LXXXIV] Estas cosas pusieron en cuidado a los prelados de la religión de san Francisco, y más a aquellos que suelen ser espíritus de contradicción: todo lo niegan y lo contradicen todo, fundando en esto hacerse temidos y necesarios.
 
Para evitar la variedad con que se discurría y que la verdad quedase más apurada, el provincial de Castilla, a quien esta sujetó aquel convento, mandó a la abadesa encerrase en su celda a soror Juana siempre que tuviese los raptos en que solía predicar, sin permitir que persona alguna la oyese. Hízose así y la abadesa la señaló una celda a soror Juana donde pudiese estar en tanto que permanecía en los éxtasis, y mandó a una monja que la acompañase y asistiese.
[LXXXV] Pasaron algunos días y, deseando la abadesa saber lo que hacía soror Juana, mandó a una religiosa que fuese a su celda y viese si estaba transportada o si predicaba. La monja mensajera, por entre las puertas de la celda, vio que predicaba soror Juana en el tono que [fol. 21v] [LXXXVI] solía y que tenía por auditorio (cual otro Antonio Paduano) innumerables aves y pájaros que, levantados los cuellos en forma de atender, oían la palabra de Dios. Turbada y alegre, la monja dio cuenta a la abadesa y a las ancianas del monasterio, y todas fueron a ver aquel milagro, el cual miraron y reconocieron hasta que acababa la plática. Echó soror Juana su bendición a las aves, que volaron a sus ordinarias mansiones, y en la manga de su túnica se halló un pajarito que se había quedado allí puede ser que para mayor comprobación de aquel prodigio.
 
[LXXXVII] Averiguado el caso por el provincial tan exactamente como pedía su gravedad, dio licencia para que oyesen a soror Juana cuantos quisiesen sin excepción de personas, grados ni calidades.
 
[LXXXVIII] Y, porque no se perdiese el tesoro de la doctrina singular que contenían sus sermones, obró Dios otro milagro dando repentinamente gracia de escribir a una monja llamada María Evangelista, no sabiendo si habiéndolo aprendido. Y hoy permanece en el convento un libro escrito por esta monja de todos los sermones que predicó soror Juana en el discurso de un año, incorporado en otro que se titula El Conorte. La letra es clara y legible y el estilo llano y sin artificio, pero [fol. 22r] igual al que usaban en aquel siglo los más versados en la lengua vulgar. Los hombres doctos y espirituales que han leído estos libros no saben cómo encarecer su doctrina llena de teología escolástica y mística y de muchas autoridades de la Sagrada Escritura. Ya tuvo estos libros en su poder la santa Inquisición de Toledo para registrarlos y expurgarlos si lo mereciesen, pero los restituyó al convento intactos y sin corrección alguna.
 
===§. III===
 
[LXXXIX] [XC] La mayor señal de cuán adelantada estaba la virgen Juana en la gracia del Altísimo y de su Madre bendita fue haberse desposado en un éxtasis con el Niño Jesús, en preferencia de María Santísima y de muchos coros de ángeles y santos, quedando con este favor enriquecida su alma. Las joyas y preseas con que regaló el Esposo celestial a esta su sierva fueron unos dolores acerbísimos que empezó a sentir en manos y pies desde un día del Viernes Santo inmediato al éxtasis del desposorio. Manifestáronse también unas señales de color de rosa en las mismas partes de pies y manos donde Cristo, Señor Nuestro, tuvo sus llagas y donde las [fol. 22v] [XCI] [XCII] tuvo san Francisco. Despedían de sí aquellas señales suavísimo olor y que excedía al de las flores más fragantes y, como el dolor era intenso y las fuerzas flacas, soror Juana se quejaba con grande amargura y no podía tenerse en los pies. Las monjas, con devoción y lágrimas, la llevaban en brazos al coro y a su celda, y sobre las señales ponían paños mojados en vinagre u agua para que templasen los ardores que sentía en ellas, y que no la dejaban sosegar estas preciosas señales y dolores intensos. Duraron desde aquel Viernes Santo hasta el de la Ascensión pero no continuados, pues solamente se descubrían las señales y sentía los dolores los viernes y sábados hasta el domingo, y a la hora en que Cristo resucitó cesaban.
 
[XCIII] La fama de este favor corrió luego por los lugares comarcanos, con que los pueblos enteros se conmovían a visitarla y ver con sus ojos lo que habían visto todas las religiosas, sus confesores y muchas personas eclesiásticas y fidedignas; y con el gran concurso causaban inquietud grande en el convento.
[XCIV] La humildad de soror Juana no pudo tolerar las exclamaciones de los que la visitaban y, como su corazón le tenía rendido y abatido en horror de las honras mundanas, huyendo de toda vanidad, suplicó a Dios la [fol. 23r] [XCV] quitase aquellas señales no permitiendo que tan vil criatura gozase de una merced con que fueron honrados grandísimos santos. La oración fue tan fervorosa que mereció alcanzar lo que pedía y así, en un rapto que tuvo el día de la Ascensión, la dijo el redentor del mundo: “Importúnasme que te quite el precioso don que te he concedido. Yo lo haré mas, pues no quieres mis rosas, yo te daré mis espinas”. Experimentolo así la buena virgen, pues los dolores y tormentos de toda la Pasión de Cristo los padeció en alma y cuerpo con las persecuciones y enfermedades que la siguieron hasta el fin de sus días. El primero regalo que sucedió a esta labor fue ensordecer en tanto grado que no oía ninguna voz ni ruido por grande que fuese. Gustaba mucho esta virgen el canto de las aves; su divertimiento después de la oración y raptos y demás obligaciones de su instituto era salirse a la huerta, donde se divertía con la música de los pajarillos contemplando las alabanzas que dan a Dios todas sus criaturas, retirando su inteligencia de nuestro grosero conocimiento. Quedó con esto soror Juana más recogida entre sí misma y sin atención a cosa exterior por quererla Dios toda para sí. Las monjas se desconsolaron y afligieron notablemente por faltarles maestra que las enseñase y quien [fol. 23v] las consolase en sus trabajos y aflicciones.
 
[XCVI] Perseveró el impedimento de los oídos desde el día de santa Escolástica, que es en diez de febrero, hasta el día de santa Clara, que se celebra en doce de agosto; pues, en un rapto y sermón que hizo, manifestó ser la voluntad de Dios que oyese por las oraciones e instancias de todas las religiosas; y en volviendo del rapto, oyó perfectamente, con que dio gracias al Autor de tanas mercedes en que la acompañaron las religiosas de su convento hasta en la devoción y lágrimas.
 
[XCVII] No está vinculada siempre la prudencia para las canas venerables, y no siempre la senectud es madre de las acciones cuerdas; una vida concertada califica el juicio y entendimiento y asegura por buenos los futuros procedimientos. Aquel provincial vizcaíno, a quien soror Juana predicó en lengua vascuence, oyó en aquel idioma retirado notablemente a todas las provincias de España (excepta la Cantabria) que era voluntad de Dios fuese selecta abadesa nuestra virgen; y aunque no tenía más que veintiocho años, las monjas la deseaban por prelada. Hízose elección en la vacante primera de aquel oficio, y todos los votos, sin saltar uno, nombraron a soror Juana. El provincial, que ya estaba prevenido en el prodigio del manda- [fol. 24r] to, confirmó la elección y, al tiempo de publicarla, afirmó a las religiosas que la abadesa había sido escogida por inspiración del Espíritu Santo.
 
[XCVIII] El fruto primero de elección tan acertada fue disponer la nueva abadesa que sus monjas guardasen clausura, venciendo grandes contradicciones que se hicieron al intento, fundadas en que no se podrían recoger las limosnas que las religiosas pedían por los lugares de la comarca y a quien los fieles acudían con particular devoción.
 
[XCIX] Las limosnas que, ya conseguida la clausura, no se pedían por las religiosas, crecieron en abundancia y el convento se aumentó en edificio y rentas.
[C] El gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, devoto de la virgen Juana, dio de una vez quinientos mil maravedíes, limosna en aquel tiempo digna de un corazón tan grande. Y el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez, en virtud de breve apostólico, aplicó al convento la renta del curato de Cubas, y esta piadosa atención del cardenal le costó a la sierva de Dios muchos desconsuelos y perfecciones como se notará en otra parte. Y en diecisiete años continuos que fue abadesa, el convento consiguió tener cuatrocientas fanegas de [fol. 24v] pan y cuarenta mil maravedíes de renta en cada un año; y enriqueció y adornó la sacristía con muchos ornamentos, vasos de plata y otras cosas necesarias al culto divino.
 
[CI] [CII] El gobierno de un pueblo o de una ciudad es la piedra de toque donde se experimenta la fineza del juicio y de la prudencia. También esta virtud resplandeció en esta virgen con igualdad de luces a las demás de que fue adornada. Sin faltar a la severidad de prelada, era afable con todas las súbditas y, así, mezclaba los halagos y las represiones con tal dulzura y utilidad que corregía los errores y enmendaba los de estos con agradecimiento de las mismas monjas, que recibían la corrección y tanto más se contenían en aquel respeto y veneración cuanto entendían que todo se lo revelaban sus ángeles custodios por algunos casos que sucedieron; pues llamaba a la religiosa que había incurrido en algún descuido y, por secreto que fuese, le decía pidiéndola se enmendase y, con asegurar no se saltaría otra vez, quedaba la prelada satisfecha y la religiosa corregida de su imperfección sin escándalo de sus hermanas. Con esto parecía el convento una porción del Paraíso y un remedo del consorcio de los bienaventurados; tal era la paz, tal la unión y amor en Jesucristo de aquellas religiosas.
 
[fol. 25r] [CIII] En lo que se halló dudosa la credibilidad de muchos fue en cuanto a los granos o cuentas que por intercesión y ruegos de soror Juana bajaron benditas del Cielo, en las cuales se han experimentado y hoy se experimentan tan notables virtudes. Pero conocido el proceder de esta virgen, su integridad de vida, las frecuentes revelaciones de que era favorecida, su comunicación con el ángel custodio, los éxtasis y raptos profundos y maravillosos en que decía cosas tan altas y, finalmente, los milagros que Dios ha obrado por medio del contacto de estos granos, se podrá creer, con la fe que se debe a una persona reputada por santa, sería cierto aquel favor y prodigio.
 
[CVI] [CV] Bajar del Cielo reliquias a la tierra por ministerio de los ángeles muchas veces se ha visto. Y de que tenemos ejemplares en la casulla de san Ildefonso y en la ampolla del olio sagrado, con que se ungen los reyes de Francia en el hábito de san Norberto, y otras preseas que guarda la devoción cristiana con suma veneración. Pero subir de la Tierra al Cielo alguna cosa corpórea y elemental para volver a ella, pocos sucesos se hallan escritos.
[CVI] San Pablo fue llevado al tercero Cielo (que [fol. 25v] [CVII] sería el impireo sin repugnancia a los lugares que da la astronomía a las estrellas ya errantes y fijas, pues todas pueden correr con sus regulados movimientos por un mismo cielo aunque en diversas alturas). También a san Próculo, obispo y mártir, diciendo misa le tomaron los ángeles el cáliz antes de consagrar y, después de dos horas, le volvieron al altar y le dijeron: “Cristo, Señor Nuestro, le consagró; no le vuelvas a consagrar tú si no recibe su preciosa sangre”. Y así lo hizo el santo obispo.
 
[CVIII] [CIX] En Constantinopla, el año de 446, iba en procesión todo el pueblo para aplacar la ira divina que le castigaba con un espantoso terremoto. Y en un campo donde se habían congregado innumerables gentes a vista del emperador Teodoro el Menor y del patriarca Proclo, fue arrebatado un niño por los ángeles y llevado al cielo. Y, después de una hora, le pusieron en el mismo campo, donde refirió cómo había estado en la patria de los bienaventurados y oyó que los ángeles y santos alababan a Dios con aquel santísimo trisagio: ''Sanctus Deus, Sactus fortis, Sanctus inmortalis''.
 
[CX] Sucedió pues que, deseosas las monjas de tener alguna prenda de devoción autorizada de su abadesa y madre, la pidieron con [fol. 26r] humildad que por medio de su ángel custodio alcanzase de Cristo, Señor Nuestro, algunas gracias para sus rosarios. Esta noción parece fue misteriosa, pues al mismo tiempo en Alemania hacía cruel guerra a las cuentas benditas y a los rosarios de Nuestra Señora el perverso Lutero.
 
[CXI] Como la sierva de Dios anhelaba a conseguir el bien espiritual de sus próximos, prometió a las religiosas que comunicaría sus buenos deseos con su ángel custodio. A la consulta que hizo soror Juana a su santo ángel, se le respondió favorablemente por aquel espíritu celestial. Mandola que, para cierto día, juntase todos los rosarios que pudiese porque el mismo ángel los había de poner en la presencia del Señor en el Cielo para que los bendijese, con que aquellas cuentas se llenarían de gracias y virtudes especialísimas.
 
[CXII] Fue grande el consuelo y gozo espiritual que recibieron las religiosas con tan alegre nueva; y, no contentas con juntar los rosarios que había en el convento, dieron aviso a la gente de la comarca para que todos enviasen sus rosarios. Y así se juntó una gran suma y tan varia como se ve en las cuentas y granos que unos son pequeños, otros grandes, unos de coral, otros de jaspe o vidrio.
 
[fol. 26v] [CXIII] Juntos, pues, los rosarios, mandó soror Juana los pusiesen todos en un cofre, y que una religiosa anciana le cerrase y tuviese la llave guardada. Luego se puso en oración, pidiendo a Dios favoreciese los piadosos deseos de aquellas sus siervas, a que sobrevino un éxtasis de los que solía tener: las monjas, con ligereza y curiosidad mujeril, desearon saber si faltaban ya del cofre los rosarios, para cuyo efecto persuadieron a la monja que guardaba la llave le abriese. Consiguiéronlo en fin por ir todas a la parte en la curiosidad y hallaron el cofre vacío, causándoles asombro la experiencia de la vista y el tacto. Y, aunque se habían hallado presentes al encerrar las cuentas y no habían faltado testigos y guardas, volvían una y muchas veces a registrar el mismo cofre. Cerráronle como antes estaba y aguardaron hasta que soror Juana volvió del rapto, y en esta suspensión sintieron en el convento una fragancia y olor celestial que fue el indicio cierto del favor que Dios les hacía. Acudieron todas a su madre abadesa, que las dijo cómo ya el Señor, por su inmensa bondad había querido hacerlas una singular merced pues, según le había dicho su glorioso ángel, los rosarios habían estado en el Cielo, en las manos sacrosantas de Cristo, Señor Nuestro.
 
[fol. 27r] [CXIV] Abrieron el cofre donde se hallaron todos los rosarios sin faltar un solo grano, los cuales despedían de sí aquel olor profundo y maravilloso que se había esparcido por el convento. Y también dijo la virtuosa virgen que las gracias concedidas a aquellas cuentas no se limitaban en ellas solas porque habían de participar de las gracias mismas cuantos granos y cuentas se tocasen a las originales, pero no a las que se tocasen a las cuentas tocadas.
 
El crédito que se debe dar a esta maravilla pende de los milagros que han acontecido por medio del contacto de estos granos, y de la estimación que de ellos han hecho varones santos y doctos.
 
Cuando estuvo en España, antes de ascender al Pontificado, la santidad de Clemente VIII, de feliz memoria, en compañía de un su hermano, auditor de Rota, con ocasión del pleito que siguió sobre el condado de Puñoenrrostro, visitó el cadáver de soror Juana y pidió una cuenta con mucha devoción.
 
El mayor regalo que reciben en aquel convento los reyes y reinas de España, sus hijos e infantes, cuando le visitan es alguna cuenta de las originales, la cual guardan nuestros príncipes como precioso tesoro [fol. 27v] entre los principales monumentos de la piedad austríaca.
 
Asunto fuera de un volumen copioso, si se refieren por menor, los milagros que se han comprobado ante los ordinarios, cuyas probanzas e informaciones están en el proceso que se ha hecho sobre la canonización de soror Juana.
 
Diremos solamente, y con la brevedad que pide este epítome, algunos bienes singulares.
 
[CXV] En Valladolid, año de 1611, un mozo perdió la vista y, aunque los médicos se la procuraron restituir con varios remedios, no lo consiguieron. Y el mozo, por ser pobre, resolvió pedir limosna por la ciudad. Y un día pidió limosna al portero del convento de san Francisco, el cual tenía una cuenta original y, compadecido del trabajo de aquel hombre, le tocó los ojos con la cuenta y un rosario que traía; y aconsejole que, en la noche siguiente, durmiese con el rosario puesto sobre los ojos y con mucha fe de que Dios usaría con él de misericordia. Hízolo así el hombre y, cuando dispertó a otro día, se halló con vista y, dando gritos de regocijo, fue al convento a dar gracias a Dios de aquel benefició.
 
En la misma ciudad, una doncella cobró vista con el contacto de aquella misma cuen- [fol. 28r] [CXVI] ta. Y un niño de trece meses acometido de un garrotillo, desahuciado de los médicos, sanó también tocándole con unas cuentas que se habían tocado a la original, que tenía el portero del convento de san Francisco.
 
[CXVII] En Madrid, doña María de Mata, mujer de Iospeh Suárez de Carabajal, procurador de cortes de la ciudad de Zamora, enfermó el año de 1613 de una grave apoplejía que la puso en estado de espirar; y ayudábala a morir el licenciado Jerónimo de Quintana, rector del hospital de la latina. Y estando la enferma sin habla ni sentido, la tocó con una cuenta original e, instantáneamente, volvió en sí y cobró perfecta salud.
 
[CXVIII] En la misma villa, año de 1618, Pedro Díaz Morante estuvo a peligro de muerte por habérsele travesado en la vía de la orina una piedra que le impedía la evacuación. Tocáronle con una cuenta original y arrojó la piedra que, naturalmente, no pudiera salir por su grandeza si no interviniera causa sobrenatural.
 
[CXIX] Un niño de edad de veinte meses encontró en su casa con dos onzas de solimán que su madre había prevenido para hacer un afeite; y, juzgando ser azúcar, se lo comió el niño. Obró luego el veneno, y los accidentes mortales y espumas que arrojaba por la bo- [fol. 28v] ca manifestaron la desgracia. A los lamentos de la madre, entró una mujer llamada Melchora de Alameda que accidentalmente pasaba por la calle, la cual tenía dos cuentas originales. Púsolas en la boca de la criatura que, a vista de todos, volvió el veneno, quedando tan bueno y sin peligro el niño que dentro de una hora andaba jugando por la misma casa.
 
[CXX] Pedro Pacheco, vecino de Madrid, padeció una apoplejía tan fuerte que por cinco días le privó de todos los sentidos. Tocole con una cuenta original Juan Suárez de Canales sobre el corazón y luego volvió en sí el enfermo, y pudo confesar y recibir todos los Sacramentos.
 
Soror Luisa de las Llagas, religiosa descalza del convento de Santa clara de la villa de Valdemoro, padeció por espacio de seis una enfermedad de perlesía que la dejó baldada sin poder mover las piernas, y de la cintura arriba temblaba de suerte que no podía comer por su mano. Y otras religiosas la daban de comer y la tenían continuamente porque no se hiriese y maltratase con los temblores. Curábala el doctor Joaquín de Salcedo, médico de aquella villa y, desconfiado de todos los medios científicos [fol. 29r] [CXXI] de su facultad, tocó a la enferma en un brazo con una cuenta original que tenía y cesó en él el temblor; puso la cuenta en el otro brazo y paró el movimiento en la misma forma; tocó luego la cabeza y habló la religiosa. El médico hizo llamar a la abadesa y demás monjas y, siendo todas testigos de aquella maravilla, se levantó la enferma buena y sana; y anduvo con mucha expedición en una profesión muy devota, con que las monjas la llevaron al coro cantando el himno de las gracias al Autor de tan grande maravilla.
 
[CXXII] [CXXIII] Estos milagros y los demás que en el progreso de muchos años sucedieron, se autorizaron con informaciones auténticas de comisión de los arzobispos de Toledo. Y después, la Universidad de Alcalá hizo junta de los doctores y maestros más insignes en las facultades de teología, jurisprudencia y medicina, los cuales dieron honradísimas y doctas censuras que se presentaron por parte de la orden de san Francisco ante el consejo del cardenal arzobispo de Toledo para que, en su aprobación (según lo dispuesto por el santo Concilio), interpusiese su autoridad.
 
Compónese aquel consejo de varones muy doctos que los arzobispos de Toledo [fol. 29v] eligen de las mejores universidades de España, sacándolos de las primeras cátedras y colegios mayores para aquel ministerio. Este consejo dio auto de calificación de los milagros referidos y otros de que se hizo información, y mandó se diese traslado auténtico a la religión que está presentado en el proceso original de esta causa de la canonización de soror Juana:
“En la ciudad de Toledo, a veintiún días del mes de octubre de 1617, los señores del consejo del ilustrísimo cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, habiendo visto estas informaciones que tratan en razón de la vida y milagros que Nuestro Señor ha obrado por medio e intercesión de la bienaventurada madre soror Juana de la Cruz y los pareceres y censuras que, con vista de ellas, han dado los doctores y catedráticos de la Universidad de Alcalá de Henares y personas a quien fueron remitidas, dijeron que, en conformidad de las dichas censuras y pareceres, aprobaban y aprobaron las dichas informaciones; de las cuales y de las dichas censuras mandaban y mandaron se dé a la parte de la religión del seráfico padre san Francisco un traslado, dos o más, los que pudiera para el efecto que pretende. A los cuales dijeron que interponían e interpusieron su autoridad y decreto judicial para que valgan y hagan fe en juicio y fuera de él. Y así lo proveyeron y mandaron.
 
Ante mí, Benito Martínez, secretario.”
 
===§. IV===
 
Volvamos, pues, a proseguir la narración de los empleos y acciones más memorables de la vida de soror Juana.
 
La devoción de esta sierva de Dios con las [fol. 30r] [CXXIV] [CXXV] ánimas de Purgatorio fue tan grande que, con fervorosos deseos y continuas penitencias, procuró siempre el alivio y remisión de sus penas; de cuyo rigor y acerbidad estaba muy informada por diferentes éxtasis y visiones en que el Señor la reveló el estado y necesidad de las benditas almas como por la relación que hicieron a soror Juana algunas de ellas, a quienes permitía Dios viniesen a pedir socorro. Y así, no solamente exhortaba a sus monjas a que aplicasen sus buenas obras para satisfacer las penas de las ánimas del Purgatorio, sino que con ternísimo afecto suplicaba a Dios que excusase en ella lo que les restaba de pagar, y que sobre sus hombros cargase el peso de los tormentos y dolores que merecían por sus culpas, y que la diese esfuerzo para subirlas.
 
[CXXVI] Muy aceptos fueron estos deseos a la Divina Majestad pues, desde entonces, comenzó a sentir vehementísimos dolores y enfermedades; y, muchas veces, con el exceso de lo que sentía daba terribles gritos y quedaba como atónita y fuera de sí.
 
[CXXVII] Peleaban en su cuerpo extremos contrarios de frío y calor por el tiempo que la divina voluntad quería ejercitarla. Unas veces, en medio del verano, parecía en lo yerto y helado una nieve contra la naturaleza de la [fol. 30v] estación ardiente; y las monjas la cercaban de braseros y estufas que la calentaron. Otras veces, en el rigor del invierno, eran tan crueles los ardores que sentía como si la tuvieran dentro de un horno encendido, y aunque las monjas la ponían lienzos mojados en agua y vinagre, luego se secaban y no le servían de alivio.
 
[CXXVIII] Sucedió una vez en que soror Juana padecía aquellos incendios internos que pidió a una monja la trujese una cantidad de hielo del estanque de la huerta para tomar con él algún refrigerio. La religiosa, con sinceridad y deseo de agradar a su prelada, la llevó un gran trozo de hielo del estanque que tenía cuatro dedos de grueso. Tomole soror Juana y, por debajo de la túnica, le arrimó al cuerpo; y pidió a la religiosa que de allí a poco tiempo volviese a verla. Pasada media hora, vino la monja, a quien dijo la sierva de Dios: “Hija mía, llevaos el hielo que trujisteis no sepan las religiosas lo que habemos hecho que, como ignoran mi necesidad, lo tendrán a exceso y desorden”. La monja buscó el hielo y solamente halló un paño en que le envolvió al tiempo de aplicársele al cuerpo sin señal de humedad, y la sierva de Dios satisfizo a la admiración de la monja diciendo que, con el gran fuego que padecía [fol. 31r], se había derretido el hielo en un punto y lo mismo aconteciera con todos los hielos del estanque si se los aplicaran.
 
[CXXIX] [CXXX] No se cifraba su padecer en solos los fríos e incendios que sentía porque, en todas sus coyunturas, padecía dolores gravísimos que la tenían gafa y tullida sin poderse mover en la cama ni comer si no es por manos ajenas. Otras veces tenía los dolores en la cabeza, que duraban ocho días y más, y estos la afligían de suerte que, en todo este tiempo, no comía, tomando solamente unos tragos de agua con que se sustentaba sobrenaturalmente.
 
[CXXXI] El refrigerio mayor con que aliviaba estos dolores era leer alguna religiosa la Pasión de Cristo, Señor Nuestro, a cuyo ejemplo se alentaba con nuevos deseos de padecer mucho más por los prójimos, viendo lo que padeció nuestro Dios por redimirnos del pecado. Y como en la bondad divina es tan propio seguirse a la herida el remedio, y a la aflicción el consuelo, sacando los justos de sus trabajos la crecida usura de ciento por uno. En aquellos martirios y dolores que padeció soror Juana, consiguió grandes sabores y medras para el alma pues ''[13]'', ordinariamente, su padecer se remataba en un éxtasis profundísimo y su rostro entonces parecía [fol. 31v] de ángel más que de criatura humana. Cuando volvía en sus sentidos, protestaba padecer de nuevo por el descanso de las ánimas de Purgatorio.
 
[CXXXII] [CXXXIII] [CXXXIV] Por revelación de su ángel custodio entendió la sierva de Dios que para mitigar alguna parte de aquellos ardores que la afligían el invierno sería remedio un guijarro frío arrimado a las carnes; y al contrario, caliente y envuelto en un paño, cuando sintiese helado y encogido el cuerpo en el verano. Usó de este remedio y, una vez que pidió un guijarro caliente contra el gran frío que la atormentaba, la trujeron uno que había estado mucho tiempo a la entrada de una cueva del convento y como se le aplicase al cuerpo oyó unos gemidos y voces lastimosas que la pedían socorro y advirtió que salían del guijarro; y conociendo ser algún espíritu, le exhortó de parte de Dios la dijese quién era y qué quería. La voz dijo ser el alma de un hombre pecador que había partido de este mundo sin haber satisfecho enteramente a la justifica divina por sus culpas, y así tenía asignado su Purgatorio en aquella piedra que, desde la orilla del río Tajo, fue traída con otras para la obra del convento; y que la rogaba le ayudase con sus oraciones y le aplicase algunos dolores de los que padecía pa- [fol. 32r] ra poder salir de aquella cárcel en que había mucho tiempo estaba detenido. La virtuosa virgen, encendida en caridad, prometió hacer y padecer por aquella alma.
 
[CXXXV] Comunicó luego con su ángel custodio lo que había sucedido, y que ignoraba hubiese otros lugares asignados para purgar las almas. Enseñola el ángel que, aunque era verdad, había un lugar común y ordinario donde las ánimas de los difuntos pagan las deudas de sus culpas. Dispensa Dios a veces con algunos cuyos pecados fueron muy graves y les da el Purgatorio en piedras, hielos o ríos, o en el mismo lugar donde cometieron la culpa según es su voluntad. Dijo también el ángel a la sierva de Dios cómo a la Majestad divina le era agradable que soror Juana fuese refugio y hospital de las ánimas del Purgatorio, y que por esta causa tendría muchos junto a sí.
 
[CXXXVI] Desde entonces, permitió la divina providencia que muchas ánimas se le apareciesen implorando su socorro, y otras la hablasen desde los guijarros fríos o calientes que se ponía. Y en diversas ocasiones que las religiosas la llevaban al coro en una silla porque los dolores la tenían tullida y sin poder mover, la cual ponían en el lugar que deben tener las preladas, después de compo- [fol. 32v] [CXXXVII] nerla la ropa, pretendían desviarla los guijarros que traía pegados y asidos a las coyunturas y, aunque tiraban de ellos con mucha fuerza, de ninguna manera se los podían quitar y la sierva de Dios decía: “Dejadlos estar, hijas, donde Dios les dio licencia que estuviesen, y no trabajéis en quitarlos que será por demás vuestro cuidado hasta que yo padezca lo que tiene dispuesto la divina voluntad”. De esta maravilla fueron testigos todas las monjas de aquel convento.
 
[CXXXVIII] En los coloquios que tenía soror Juana con su ángel, le preguntó si sería petición indiscreta suplicar a Dios que las ánimas que venían a valerse de su socorro tuviesen el Purgatorio en las hierbas y flores que las monjas ponían en su celda en unas jarras y ramilleteros, pareciéndole con sinceridad que con la mudanza del lugar se les mitigarías las penas. Respondiola el ángel que el Purgatorio no se mitigaba por mudar lugar, sino con los sufragios y oraciones y demás obras satisfactorias que pueden hacer los vivos por los difuntos pero que, si ella pretendía conseguir aquel consuelo, hiciese oración a la soberana Majestad de nuestro Dios, que era el mejor medio para alcanzar la gracia que pedía. Hízolo así la devota virgen, y la infinita piedad de nuestro Redentor la conce- [fol. 33r] [CXXXIX] [CXL] dió que las ánimas que enviaba a pedirla socorro tuviesen su asiento en las hierbas y flores que la ponían en su celda para que, tiniéndolas presentes, se alentase a padecer más trabajos y dolores por ellas. Desde aquel tiempo tuvo cuidado en pedir a las religiosas la trujesen hierbas y flores de la huerta, y se las pusiesen en los ramilleteros y jarras con color de que con ellas se divertía y alegraba, callando el misterio que en ello había. Estaba un día de verano soror Juana reclinada en su pobre camilla, cercada de las flores y albahacas que la traían para su consuelo, aunque muy debilitada en las fuerzas corporales; y con voz sonora y alentada, entonó el himno ''Magnificat'' de suerte que se oyó en el convento. Las monjas, admiradas de la novedad del canto, acudieron a la celda y, por las quiebras y resquicios de la puerta, acecharon lo que hacía su abadesa. En esta curiosidad estaban y en grande silencio para no ser sentidas cuando, diciendo soror Juana el verso ''Gloria Patri'', todos los ramilleteros se inclinaron profundamente hasta tocar las hierbas y flores en la tierra; y en acabando el verso, se restituyeron a su estado primero. Las monjas, a vista de un milagro tan grande, entraron de tropel en la celda y, bañadas en lágrimas de devoción y [fol. 33v] alegría, la dijeron que no podría negarles con el disimulo de hierbas y flores el misterio que encerraban aquellas profundas inclinaciones que hicieron al cantar el verso del ''Gloria Patri''. Respondiolas soror Juana que, pues Dios había permitido viesen aquella maravilla, sería para su mayor edificación y encenderlas en la devoción de las ánimas de Purgatorio, muchas de las cuales estaban en aquellas flores alabando en su compañía a su Redentor hasta que, purificadas con las penas de daño y de sentido que padecían (en que procuraba ayudarlas, aplicándolas sus oraciones, dolores y tormentos), subiesen a gozarle eternamente.
 
[CXLI] Admiradas las religiosas de lo que obraba Dios por los méritos de su sierva, y para confirmarse en la fe y devoción que tenían de lo que obran los sufragios en beneficio de los difuntos fieles y de la reverencia que tienen todas las criaturas celestes, terrestres e infernales al inefable nombre de Dios trino y uno, pidieron con muchas lágrimas a su virtuosa madre volviese a cantar el verso mismo; y, aunque rehusó el hacerlo, vencida de los ruegos importunos de sus hijas entonó delante de todas el verso de ''Gloria Patri''. Apenas había empezado la primera palabra cuando las albahacas y flores se inclinaron [fol. 34r] otra vez hasta tocar con sus puntas a la tierra, perseverando en aquella forma hasta que soror Juana acabó de cantar enteramente todo el verso, volviéndose a poner después como estaban antes.
 
[CXLII] Las religiosas dieron, en compañía de su madre abadesa, repetidas gracias al Autor de la naturaleza que las había favorecido con aquel milagro. Y su devoción con las ánimas creció mucho, y en adelante tenían gran cuidado de renovar las hierbas y flores, y las que quitaban las guardaban como por reliquias; y en ellas se hallaba tanta fragancia y olor tan suave, aunque marchitas y lacias, que excedía con grandes ventajas a las flores y hierbas frescas que ponían de nuevo en los ramilleteros. Esto también despertó la curiosidad de las monjas para preguntar a soror Juana de qué procedía aquel olor. Respondiolas que era un rastro que dejaban en aquellas flores de su asistencia los ángeles custodios de las ánimas que allí habían estado, a las cuales consolaban y visitaban con frecuencia sin desampararlas hasta haberlas puesto en la presencia de Dios. Y como uno de los tormentos que padecen en el Infierno los condenados consiste en el mal olor, así uno de los dotes de que se adornan los espíritus gloriosos es el de los olores fragantes [fol. 34v] [CXLIII] y excelentes de que gozan y que exhalan; lo cual se prueba bien con el don y privilegio que se experimenta en muchos cuerpos de santos, pues la hediondez y corrupción a que estaban sujetos por la condición de su propia naturaleza se truecan en suavísimos y celestiales olores como en señal de los que han de gozar desde el día de la resurrección general.
 
[CXLIV] No fuera esta sierva de Dios tan perfecta y virtuosa si no se hubiese valido de la intercesión de la Virgen santísima, Nuestra Señora, a quien rindió siempre su corazón con devoción profunda y entrañable reconociendo que, como ventana del impireo, por ella ha de salir la luz con que Dios alumbra el mundo y, como escala celeste, por ella baja Dios a la Tierra y para que por ella merezcan subir los hombres al Cielo.
 
[CXLV] El objeto que tenía soror Juana para ejercitar su devoción era una imagen en que representaba cuando María santísima en su tránsito glorioso subió a los Cielos; delante de esta imagen hacía sus ejercicios de devoción y en su presencia levantaba la consideración a venerar y contemplar la Reina de las jerarquías angélicas que se sienta la diestra del Altísimo.
 
La imagen era de escultura poco primo- [fol. 35r] [CXLVI] rosa según la ignorancia que en el tiempo en que se hizo (al parecer era antiquísima) había en España de arte tan excelente y aún en la Italia. Habían padecido un naufragio no solo las artes, sino aún las ciencias desde la caída del Imperio Romano hasta que los pontífices sumos restituyeron la sabiduría al universo, desterrando la ignorancia y barbaridad de que llenaron el Orbe cristiano las incultas naciones del septentrión. Todos los siglos venideros deben reconocer a los sucesores de san Pedro por autores de tanto beneficio, entre los cuales se erigió un monumento de eterna alabanza León X, de feliz memoria, en cuyo feliz pontificado florecieron las ciencias y artes con el rocío de su liberalidad y magnificencia.
 
La pintura, escultura y arquitectura subieron en su tiempo a la cumbre de la perfección y, desde entonces, estas artes campean con excelencia en beneficio de todo el género humano; y con ellas se ilustran los mayores templos, los palacios magníficos y las más ilustres ciudades de Europa.
 
[CXLVII] La imagen de la Asunción que veneraba sor Juana era el más precioso tesoro que tenían las monjas de su convento por los muchos milagros que en su presencia había Dios obrado. Y la sacaban en procesión [fol. 35v] [CXLVIII] [CXLIX] a nueve de marzo, que fue el día de aparecimiento de la Virgen santísima a la pastora Inés, por los campos circunvecinos hasta el lugar de Cubas. Sentían las monjas que esta imagen fuese de suma perfección, pues representaba a la criatura más perfecta y hermosa que ha tenido la naturaleza fuera de la humanidad de Cristo, Señor Nuestro. Y es tradición que en un éxtasis se apareció Cristo, Señor Nuestro, a su sierva Juana y, habiendo echado su bendición a la imagen, la tocó en el rostro, con que sus facciones quedaron mejores en la forma que hoy se venera. Y en los tiempos de carestía y falta de aguas, acuden los pueblos comarcanos al templo de Santa María de la Cruz y, las más veces, se ha visto que, llevando en devota rogativa y procesión la imagen santa, se deshace el cielo en lluvias y la tierra acude con abundantes frutos.
 
[CL] No se olvidaba la providencia divina de autorizar la virtud de su sierva por este tiempo para que el mundo la tuviese en veneración. Sucedió llegar al convento un hombre con su mujer que, con devoción, iban a visitar a soror Juana y llevaban consigo una niña a quien sobrevino repentinamente un accidente mortal de que espiró en breve tiempo. Los padres, con gemidos y lágrimas, ma- [fol. 36r] [CLI] nifestaban su dolor y, acordándose de los remedios del Cielo, acudieron a soror Juana pidiéndola pusiese las manos sobre el cadáver de la niña porque confiaban que por su intercesión había Dios de darla nueva vida, y aunque ella se escusaba con su natural modestia, diciendo que sus oraciones no podían merecer efecto tan prodigioso; pero la instancia y porfía de los circunstantes y los ruegos de los padres la apretaron tanto que, más por darles aquel consuelo que por afectar santidad y méritos, tomó la criatura en sus brazos llena de fe e hizo oración al Autor de la vida para que se la diese a la niña difunta, sobre la cual hizo la señal de la cruz y puso un crucifijo que traía consigo y, en el mismo instante, volvió la niña como el que dispierta de un profundo sueño. Y en brevísimo tiempo se la restituyó a sus padres sana y buena, con que la alegría y pasmo de más de ochenta personas que se hallaron presentes manifestaron bien la grandeza del milagro.
 
El vicario del convento, herido de mal rabioso por haberle maltratado y llenado de espumas un carnero que se entró en el convento arrebatadamente y por tener el mismo mal, habiéndose dispuesto para morir, desahuciado ya de los médicos, pidió a las mon- [fol. 36v] jas que dispusiesen cómo soror Juana le echase la bendición a su comida. Las religiosas significaron a la piadosa abadesa el estado de la enfermedad de su confesor y el consuelo que recibiría con que le bendijese la comida. Obedeciendo luego con buena voluntad y sobre la comida del enfermo, hizo la señal de la cruz y, luego que la comió, mejoró de suerte que brevísimamente quedó libre el religioso de aquel mal pestilente.
 
[CLII] No permite la brevedad con que referimos lo más memorable de la vida de soror Juana. Decir por menor los milagros que obró Dios con las monjas por intercesión de su sierva y con otras personas que la tomaron por su abogada, hallándose en acontecimientos muy peligrosos. A una religiosa se le saltó un ojo de un vehemente dolor de cabeza y, tomándole la sierva de Dios en la mano, se le puso en la misma concavidad de donde había faltado e, instantemente, quedó sin el dolor de cabeza y con la vista restituida y clara.
 
A este tiempo abrasaban el reino de Castilla las guerras civiles que ocasionó la plebe, desenfrenada con la ausencia del emperador Carlos V. Conocidas tanto con el nombre de comunidades, entendió soror Juana por revelación que los comuneros de la vi- [fol. 37r] [CLIII] [CLIV] lla de Torrejón querían robar y destruir su convento. Juntó luego todas las religiosas y las dijo el peligro en que estaban y que el remedio era la oración. Fuéronse al coro, donde imploraron el auxilio divino y, cuando más fervorosas solicitaban su defensa del Dios de los ejércitos, el capitán de los rebeldes y comuneros llegaba con su gente a las puertas del convento; pero en ellas y sobre las paredes vieron los rebeldes tantos hombres armados y dispuestos para la defensa que creyeron ser prevenidos de algunas tropas del emperador con que, amedrentados, se retiraron apresuradamente. Sabido el suceso, creyeron piadosamente las monjas que sus ángeles custodios las habían defendido.
 
===§. V===
 
''[14]''
 
[CLV] En dos clases se dividen los enemigos de los justos y amigos de Dios: pues unos son interiores, que consisten en dolores, enfermedades y pasiones del cuerpo y alma; otros externos y de mayor perjuicio, y estos son los demonios y los hombres cuya persecución obra en el bueno lo que el buril en el bronce, con lo mismo que le quita le ilustra y deja resplandeciente. Ya se ha vis- [fol. 37v] to los enemigos interiores que maltrataron con tan intensos dolores y continuadas enfermedades a esta sierva de Dios. Ahora veremos lo que obraron contra ella los enemigos exteriores de quien toda su vida fue maltratada.
 
Avergonzados los demonios que una virgen de tan débiles fuerzas los venciese en las luchas ocultas de las tentaciones, convirtieron su odio contra el cuerpo delicado, permitiéndolo así Dios para prueba y recomendación de su paciencia. Unas veces, aquellos ministros infernales, la arrastraban; otras la daban pesadísimos golpes y tan crueles azotes que las señales de algunos le duraban por todo un año. Oíase en toda la casa el ruido que hacían aquellos verdugos y las monjas, conociendo el trabajo con que se hallaba su madre, la ayudaban con oraciones.
 
[CLVI] Las persecuciones de los hombres tuvieron principio en las mismas religiosas del convento, pues la vicaria y otras religiosas que se conspiraron decían que no se observaba la regla de su patriarca san Francisco; que ya faltaba una de las piedras fundamentales de su religión cuando poseían las rentas del beneficio de la villa de Cubas que les había aplicado el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez, siendo [fol. 38r] [CLVII] [CLVIII] [CLIX] incapaces de poseerlas; que mejor les estaba pender de la limosna y caridad de los fieles en que se debían vincular sus riquezas; además, que el beneficio por tener cargo de almas estaba mal servido y se conocía la ambición de su abadesa en adquirirle, pues el primero sacerdote que fue nombrado en él, por el sumo pontífice y antes por el arzobispo, era su hermano. Y, aunque la súplica del breve se hizo en nombre de todo el convento, contenía siniestra relación y, para conseguirla, se había gastado muchos ducados. Era cura del beneficio de Cubas un hermano de soror Juana, a quien nombró el arzobispo Jiménez y aprobó su consejo. Esto escribieron la vicaria y monjas conspiradas al provincial, encareciendo los excesos de su abadesa; y que en acudir a negocios y de sus parientes consumía la mayor parte de las limosnas del convento. Con estas falsedades y otras imposturas de menor consideración, obligaron al provincial a que fuese a proceder contra la inocente prelada, a quien hizo cargo de lo que decían la vicaria y sus secuaces. Pero la mansísima virgen no respondió cosa alguna en su defensa, solamente presentó con sinceridad el breve que había obtenido declarando que en la solicitud de su despacho había gastado solos siete ducados, y suplicó [fol. 38v] [CLX] [CLXI] [CLXII] al provincial la perdonase si por ignorancia o buen celo había delinquido, y que estaba pronta a dejar el oficio y recibir la penitencia que se le impusiese. Las monjas que formaban la mejor parte de aquella comunidad se deshacían en lágrimas viendo prevalecer la malicia e invidia contra la inocencia y humildad, reconociendo el provincial no buscaba la satisfacción de los cargos que se hacían a la sierva de Dios, sino pretextos para condenarla. Y sin atención a la honra de soror Juana y al escándalo que causaría en cuantos la tenían por virtuosísima en todos los reinos de Castilla (donde la fama de sus acciones y maravillas se había entendido y acreditado notablemente) y como si las culpas lo merecieran, la privó del oficio de abadesa, nombrando por presidente del convento a la misma vicaria, autora de la persecución.
 
[CLXIII] Bien descubrió aquel provincial en tan injusta y precipitada acción que Dios le había quitado el conocimiento de la razón y de la justicia, permitiendo fuese instrumento de mortificación contra soror Juana que, con su silencio y paciencia, desde la cátedra de la camilla en que la tenían encarcelada sus dolores, enseñaba a todas sus hijas la ciencia sobrenatural con que los justos saben tolerar las persecuciones del siglo. Y las mon- [fol. 39r] jas se quejaban en su presencia de la común desgracia que habían padecido y del escándalo que se había ocasionado. Las consolaba y pretendía persuadir que el provincial había procedido justificadamente por carecer ella de méritos y fuerzas para ejercer el oficio de prelada, y que por sus culpas merecía mayor castigo y represión.
 
[CLXIV] No hay espectáculo en la tierra que más agradable sea a los ojos de Dios que un varón virtuoso, haciendo rostro a los trabajos y persecuciones sin dejarse vencer ni quebrantar de ellas. Así lo escribió una pluma gentil hablando de Catón Vicente, como si fuera pluma cristiana y Catón fuera alguno de los héroes que con mejor constancia se pusieron en la cruz de Cristo.
 
Cuando santa Isabel de Hungría fue expelida de su palacio por sus criados la misma noche en que murió Filipo Langravió, su marido, se recogió en un establo la santa viuda y pasó la noche sin dormir, haciendo oración por aquellos que la habían arrojado de su propia casa. Apareciose Cristo, Señor Nuestro, visiblemente y la dijo que más se había agradado de la oración de aquella noche que de cuantas había hecho la santa en toda su vida. Mejor parecía soror Juana a los ojos de Dios sufriendo por su amor en aquella cama [fol. 39v] trabajos y afrentas que cuando, arrebataba en espíritu, gozaba de sus regalos y coloquios; y más acepta le sería la oración que allí hacía por la vicaria y monjas, que la habían perseguido, y por el provincial, que la despojó del oficio, que todas las demás oraciones en que se había ocupado por el discurso de su vida; pues orar por los ingratos y que nos persiguen y calumnian es perfección que se halla solamente en los adornados de virtudes sólidas y en los muy favorecidos de Dios.
 
[CLXV] No se descubriera tanto en soror Juana la inocencia de Abel sino tuviera Caín que la persiguiera, ni hubiera dado tan copiosos frutos de virtudes si las aguas de los trabajos y perfecciones no la hubieran bañado en vez de abnegarla y destruirla. Su caridad, que antes alumbraba y calentaba, brotó llamaradas y rayos de fuego, procurando amar, honrar y reverenciar con todo el afecto de su alma a la que con tanto afecto de ambición e invidia la había perseguido.
 
Las monjas, reconociendo la injusticia con que se había procedido en la deposición de su abadesa, obedecían impacientísimamente en los preceptos de la nueva prelada y la miraban como a causa del escándalo y ruina que había causado, dentro y fuera del conven- [fol. 40r] to, la acción del provincial. Pero la sierva de Dios, con exhortaciones continuas, obligó a las monjas a que obedeciesen a su prelada y, con su ejemplo, sosegaron sus ánimos.
 
[CLXVI] [CLXVII] [CLXVIII] No pasaron muchos días cuando una enfermedad muy aguda hirió mortalmente a la abadesa, que luego juzgó era castigada de la mano de Dios. Y así pidió a las monjas la llevasen a la celda de soror Juana y, arrodillada a sus pies con muchas lágrimas y demostraciones de contrición, la pidió perdón de las ofensas que la había hecho y confesó su culpa públicamente. La virtuosa Juana, aunque impedida, se quiso arrojar de la camilla para recibir a su hermana en los brazos y, con amorosas entrañas, la aseguró que antes ella era deudora de muchos beneficios, y que sentía su enfermedad como propia y de su parte rogaría a la Majestad de Dios por su salud y consuelo espiritual. La enfermedad fue en aumento y los médicos desconfiaron de su vida, con que recibió la monja los Sacramentos y pidió a todas las religiosas que, si ella faltaba, volviesen a elegir por su prelada y abadesa a soror Juana, la cual, con noticia del estado y peligro de la enfermedad, fue a visitarla (llevada de las monjas en la silla) a la abadesa a quien consoló y acarició mucho. Re- [fol. 40v] cibió la enferma grande consuelo con los halagos y caricias de la sierva de Dios y, con los consejos que la dio para prevenirse en la jornada que la estaba aguardando, con esto entendió la monja con seguridad que se moría y, precediendo muchos actos de contrición y otras señales de predestinación, dio su espíritu al Criador.
 
[CLXIX] Otras persecuciones la afligieron en el discurso de su vida, que las más de ellas se fundaban en pretender algunas personas poco afectas a la sierva de Dios desacreditar su virtud, poniendo mala voz en sus éxtasis, en sus milagros y en sus sermones. Pero de todo salió vencedora al paso que no se resistía ni safistacía a las calumnias que la imputaban.
 
[CLXX] En este estado, las visitas de su ángel custodio y los consuelos que de él recibía eran más frecuentes, prevenciones todas para el fin de su vida que se acercaba; pues el mismo ángel le previno de cómo ya llegaba al tiempo de salir de aquella cárcel de dolores y, en un rapto que tuvo cuatro días antes de su muerte, la aseguró el ángel que ya estaba dada la sentencia. Y ella lo dijo al médico para que no se cansase en aplicar remedios. Y así lo hizo, publicando entre las religiosas que su madre se les moría. Acudieron todas a la celda con sollozos y lágrimas [fol. 41r], pero soror Juana las consoló diciendo que sería señal de quererla y estimarla el desear que Dios la sacase de esta miserable vida como fuese para gozarle en la eterna; y que así todas la ayudasen con oraciones para que el enemigo común no la persiguiese en aquel trance.
 
La muerte de los justos corresponde a la vida. Del rico avariento no refiere el Evangelio cómo muriese, ni da más señas de su fin que haber sido sepultado en los Infiernos. Pareció superfluo al Evangelista referir la forma en que acabó sus días aquel precito, habiendo dicho la forma en que había vivido entre deleites y pasatiempos.
 
[CLXXI] La vida de soror Juana fue regulada con un orden y serie de virtudes admirables. Toda ella pacífica, toda tranquila, pero en estos últimos días temió y tembló de la justicia divina y, aunque había logrado el tiempo, le pareció entonces haberle desaprovechado. Y como puesta en un campo de batalla, unas veces se acusaba, otras pedía favor, otras apelaba del tribunal de la justicia para el de la misericordia y en este conflicto, manifestaba con las angustias agonías y trasudores que padecía su alma y cuerpo que se hallaba en el último combate.
 
Las religiosas, en el día antes de su muer- [fol. 41v] te, pensando que ya espiraba, llorando su pérdida, la besaron la mano; y la sierva de Dios les echó su bendición.
 
[CLXXII] Poco después se mesuró y compuso en la cama. Y aquel rostro desfigurado con las continuas penitencias y prolija enfermedad se puso resplandeciente y hermoso, y como solía tenerle en la flor de su juventud o cuando estaba elevaba en los éxtasis. Extendiéndose luego por la celda un olor suavísimo, y el médico advirtió que procedía de su aliento y que ya Dios daba premisas de la gloria que había de gozar aquel cuerpo. Con la enfermedad y corrupción de los humores, se le había corrompido el aliento a la sierva de Dios de suerte que, con dificultad, se podía tolerar la molestia que causaba en acercándosele con demasía. Deseosos los circunstantes de experimentar lo que el médico decía, llegaron todos a recibir el aliento de la boca de aquella virgen y le hallaron tan suave y oloroso que los cortaba y sacaba fuera de sí, y les pareció que ninguno de los aromas orientales podía igualarle.
 
[CLXXIII] Amaneció otro día, 3 de mayo, en que celebra la Iglesia la invención de la santa cruz, dichoso siempre para soror Juana por las felicidades que en él la acontecieron. Y reconociose de los continuos éxtasis y con- [fol. 42r] [CLXXIV] [CLXXV] versaciones exteriores con Dios, en quien tenía empleadas y embebidas todas las potencias sin atender a cosa externa, que como fue aquel día el primero de su vida también había de ser el último. Las monjas que la asistían con los confesores del convento creyeron piadosamente, oyendo las razones que decía ya llamando ya despidiendo los espíritus celestes con quien al parecer hablaba, que había merecido ser visitada de Cristo, Señor Nuestro, de la Virgen santísima y de muchos ángeles y santos, cuyos nombres repetía soror Juana como si los conociese por los favores que de ellos recibía entonces; hasta que a las seis de la tarde, cercada su cama de las religiosas al tiempo de leer su confesor la Pasión de Cristo y su muerte soberana, soror Juana dio su alma al Redentor del mundo en el año de 1534, a los cincuenta y tres de su edad y los cuarenta de su entrada en la religión.
 
[CLXXVI] Su rostro quedó hermosísimo y no pálido como el de los otros difuntos, sino blanco y encarnado. Y la boca con un ademán muy gracioso y como de quien se ríe. Los ojos no quebrados, sino resplandecientes y sin turbarse la viveza de luces. El cuerpo despedía de sí maravilloso y suave olor; y llenó [fol. 42v] [CLXXVII] de suerte la celda y todas las cosas que en ella estaban y a las monjas que la visitaron que por algunos días les duró la fragancia. Después de vestido y compuesto el cadáver, le llevaron al coro bajo, y las monjas y religiosos le hicieron su funeral en la forma que dispone el ceremonial y usos piadosos de la religión franciscana. Fenecidas las obsequias, dejaron allí el cuerpo asistido de todas las religiosas que no querían apartarse de él y, aunque pensaron darle sepoltura en el día siguiente, fue preciso dilatarlo por la infinidad de gentes que concurrieron a ver el cadáver de la sierva de Dios. Y muchas personas tituladas y de gran suposición en la corte despacharon correos al monasterio, pidiendo encarecidamente a las monjas no sepultasen a soror Juana hasta que pudiesen verla y satisfacer su devoción. Por esta causa, estuvo el cuerpo cinco días sin sepultar, arrojando de sí suavísimo olor, y cuantos llegaban al templo luego le sentían y reconocían admirados ser aquella fragancia sobrenatural.
 
[CLXXVIII] El concurso de gentes creció tanto que, no siendo capaz el templo para comprenderle, todos aquellos campos estaban cubiertos de hombres y mujeres de diferentes estados y calidades deseando ver el cuerpo [fol. 43r] [CLXXIX] de la sierva de Dios. Y así los religiosos y confesores del convento resolvieron satisfacer a la común devoción de aquellas gentes: sacaron el cuerpo fuera del convento y le pusieron a vista de la muchedumbre que, con lágrimas y clamores, se encomendaba en las oraciones e intercesión de soror Juana, juzgándose por dichoso el que podía besar su hábito y tocar sus rosarios al cuerpo. Las religiosas, temiendo no le despedazasen por llevarse las reliquias, le volvieron (aunque con dificultad) a poner en el coro bajo dentro de la clausura para que fuese visto de todos y de ninguno tocado.
 
También en esta ocasión acreditó Dios a su sierva dando salud a muchas personas mediante su devoción y contacto de aquel cuerpo.
 
[CLXXX] Una religiosa no podía mover una pierna y en el pecho se le hizo un bulto grande, todo ocasionado de una caída. Sentíase muy fatigada de dolor y acudió a la celda de soror Juana cuando la estaban amortajando y, con devoción, se puso la túnica interior con que había expirado sobre la pierna y sobre el pecho e, inmediatamente, se le quitó el dolor y resolvió la hinchazón, con que pudo andar quedando buena y sin lesión.
 
Una señora de título envió un mensaje- [fol. 43v] ro desde la ciudad de Toledo a saber si era cierta la muerta de la sierva de Dios porque deseaba verla antes que la sepultasen. A este hombre le sobrevino un dolor de muelas que no le dejaba comer ni dormir y llegó al convento cuando sacaban del cuerpo a la campaña; y procuró mezclarse entre la turba y besar el hábito, confiando en los méritos de la sierva de Dios que se le había de quitar la pasión molesta que padecía. Luego que tocó el escapulario con los labios se halló bueno, publicando a todos el beneficio que había recibido.
 
Otro hombre tullido de Torrejón de Velasco se hizo llevar adonde estaba el cuerpo y, habiéndole tocado y besado, dejó las muletas y quedó tan suelto y alentado como si en ningún tiempo hubiera tenido tan grande impedimento.
 
[CLXXXI] En un convento de monjas de la Concepción de la ciudad de Almería vivía entonces una religiosa llamada María de San Juan, muy parecida a soror Juana en las virtudes y en la gracia de raptos y revelaciones con que Dios la regalaba. Y aunque no se habían visto, eran muy amigas y se correspondían y comunicaban en espíritu. Esta María de San Juan refirió después a unos prelados de su orden que soror Juana se le había aparecido [fol. 44r] [CLXXXII] cuatro días después de su tránsito. Se apareció a la amiga, cercada de resplandor, y la dijo cómo había cuatro días que había salido de este mundo y que, por haber tenido en él su Purgatorio, la misericordia de Dios era tan grande que la tenía en la bienaventuranza. Esta revelación, por haberla referido persona tan virtuosa y a personas de tanta autoridad, fue bien recibida de los devotos de soror Juana.
 
[CLXXXIII] Después de los cinco días que estuvo el cuerpo sin enterrar para que le pudiesen ver las innumerables gentes que concurrieron de las ciudades y pueblos circunvecinos, abrieron las religiosas una sepultura en el coro bajo, junto a cratícula de la comunión. Sin encerrar el cadáver en caja o ataúd, vestido con su hábito, le entregaron a la tierra, cubriéndole con ella y con mucha cal y agua que le echaron encima, obrando en esto con desalumbramiento pues, sin afectar desprecio de estimación o vanagloria, pudieran contentarse con la tierra sola y no pasar a extremo tan desproporcionado.
 
[CLXXXIV] Así estuvo sepultado siete años debajo de tierra sin acordarse las religiosas de descubrirle ni sacarle para ver cómo estaba. Hasta que una niña de seis años, hija de los condes de la Puebla, estando jugando en el [fol. 44v] [CLXXXV] coro, comenzó a excavar con los dedos y a sacar tierra de la sepultura donde yacía soror Juana. Preguntaron las monjas a la niña para qué quería la tierra y las respondió que aquella tierra olía muy bien. Repararon las monjas en lo que decía la niña y, con la experiencia, conocieron ser verdad que la tierra exhalaba un olor suavísimo, con que fácilmente pudieron conocer la causa de aquel efecto milagroso; y, convocada toda la comunidad, resolvieron descubrir el cuerpo, el cual hallaron fresco, entero y hermoso, y como estaba el mismo día en que le sepultaron (hasta el hábito y tocas habían conservado su color y limpieza). No puede explicarse con bastantes hipérboles cuál fue el alegría y consuelo de las monjas. Vistiéronla otro hábito y otras tocas, repartiendo las que antes tenía entre todos los devotos, y el cuerpo le pusieron en una caja debajo del altar del coro alto.
 
[CLXXXVI] Allí estuvo otros catorce años, conservando su frescura y hermosura sobrenaturalmente, hasta que doña Isabel de Mendoza, señora de la villa de Casarubios, y otras personas graves hicieron infancia para que el cuerpo se mudase a lugar más acomodado, donde las religiosas y el pueblo le pudiesen tener a la vista. Y para este efecto se [fol. 45r] [CLXXXVII] fabricó un arco en la capilla mayor de la iglesia, al lado del Evangelio, que correspondía el vacío al claustro del convento y con dos rejas; y en parte eminente, se dispuso un lugar acomodado para colocar una arca dorada que hizo a su costa aquella señora doña Isabel de Mendoza. Y vistiendo el cuerpo con un hábito de damasco pardo, le trasladaron al nuevo sepulcro con tanto concurso y devoción de los pueblos como merecía su buena memoria.
 
[CLXXXVIII] Desde esta ocasión, no consta se manifestase el cuerpo a ninguna persona hasta que, en el año de 1600, don fray Francisco de Sosa, que después fue obispo de Osma, siendo ministro general de la orden de san Francisco, visitó el convento en compañía de don fray Pedro González de Mendoza. Y deseando saber el estado que tenía el cuerpo de soror Juana, a instancia de las monjas, hizo bajar el arca; y le hallaron fresco y entero (fuera del rostro que estaba algo seco, pero las facciones muy perfectas), el hábito de damasco pardo y las tocas olorosísimas y fragantes por la comunicación y contacto del cadáver. Y causó admiración que, sin haberle divulgado la intención de los prelados, pues cuando entraron en el con- [fol. 45v] [CLXXXIX] [CXC] [CXCI] vento no la tenían de descubrir el cuerpo, concurrió tanta gente a la iglesia como si mucho tiempo antes se hubiera premeditado esta manifestación, en la cual sucedieron dos cosas bien singulares. La primera fue que, habiendo repartido el ministro general las tocas blancas entre los circunstantes, pidió un velo la madre reformadora que tanto le había deseado y en fin se le puso con sus manos el prelado superior de toda la orden. La segunda que, deseando el ministro general llevar consigo alguna parte del cuerpo de soror Juana, pretendió quitar el dedo menor de un pie y, con la fuerza que hizo para arrancarle, le sacó con todo un nervio fresco y ensangrentando después de sesenta y seis años de su fallecimiento. Caso notable y digno de admiración.
 
Después de este suceso se ha mostrado el cuerpo en diversas ocasiones de orden de los prelados superiores o por haber ido a visitar- [fol. 46r] [CXCII] [CXCIII] le los reyes de España, sus mujeres, principies e infantes; y con las ofrendas y limosnas que hacían los devotos se hizo un arca de plata riquísima donde le trasladaron y hoy permanece en el mismo arco y lugar eminente cercado de los votos y lámparas que con frecuencia ofrece la devoción de muchas personas beneficiadas en sus enfermedades y peligros, a su parecer, por la intercesión y méritos de esta sierva de Dios; y en esta posesión ha estado soror Juana a vista del celo de la santa y general Inquisición de España, y los arzobispos de Toledo y de los prelados de su religión, creciendo cada día más el crédito de su virtud con los milagrosos que se han experimentado en sus aficionados y devotos; y, aunque luego que murió se atendió poco a escribir y observar otros muchos que acontecieron por el natural desprecio y olvido con que se miran semejantes cosas, después ha permitido Dios que haya mayor atención en observar las maravillas de sus milagros de los cuales referiremos algunos.
 
En el año de 1612, un provincial mostró al pueblo el cuerpo de soror Juana ,y habiendo ido desde la villa de Torrejón de Velasco doña Agustina Romana para verle, llegó tarde y quedó muy des- [fol. 47v] [CXCIV] [CXCV] consolada. Las monjas, por satisfacer en parte su devoción, le dieron un poco del velo de la sierva de Dios. Dentro de breves días esta doña Agustina cegó de una enfermedad en los ojos y, acordándose de la reliquia que la dieron las monjas, se la puso sobre los ojos y luego quedó sana y vio perfectamente.
 
[CXCVI] [CXCVII] El doctor Francisco González de Sepúlveda, médico de la Inquisición general en Madrid, padeció una dolencia mortal y, con devoción y fe, se encomendó a la intercesión de soror Juana, pidiendo su socorro. En la noche siguiente, le apareció la sierva de Dios y le aseguró que sanaría de la enfermedad, y así sucedió.
 
[CXCVIII] En la villa de Parla, cayó en un pozo una niña de cinco años, en el cual estuvo por espacio de tres horas hasta que advirtieron sus padres en que faltaba. La buscaron y la hallaron en el pozo. La madre la encomendó a soror Juana de la Cruz y, entrando un hombre en el pozo para sacarla, afirmó haberla hallado muerta y lo mismo testificó la gente que concurrió a la desgracia por no hallarse en ella señal alguna de vida. Pero la madre, invocando el nombre de soror Juana, tomó a la niña en los brazos y en ellos volvió la niña a cobrar aliento, y hablaba y respondía, diciendo que una monja muy hermosa la había ayu- [fol. 47r] dado para que el agua no la ahogase.
 
[CXCIX] [CC] En el lugar de Casarrubuelos, el año de 1619, se arruinó una pared cogiendo a dos niños debajo. La madre, vista del peligro, los encomendó a la protección de soror Juana y, acudiendo la gente, se quitó la tierra y ruinas y parecieron los dos niños sin lesión alguna.
 
[CCI] Un navío que hacía viaje desde las Indias a España padeció una tormenta, con que se rompió y quebrantó por muchas partes, entrando en él tanta agua que se iba a pique conocidamente. Y en este estado, un religioso franciscano hizo voto con todos los navegantes de visitar el cuerpo de soror Juana y, arrojando al mar una cuenta tocada a una original, instantáneamente cesó la tormenta y pudieron cerrarse las aberturas del navío, y los navegantes después cumplieron su voto.
 
Doña Lucrecia Galbarro, vecina de la ciudad de Sevilla, el año de 1619 hizo voto de visitar el cuerpo de soror Juana de la Cruz por hallarse tullida de ambas piernas. Cumplió el voto, y la entraron en la iglesia dos personas respeto de que ella no podía moverse. Luego que llegó a la presencia del cuerpo e hizo oración a Dios pidiéndole que por los méritos de su sierva la sanase, se levantó y [fol. 47v] anduvo por la iglesia a vista de un su hermano canónigo de Sevilla y de diferentes religiosos que se hallaron presentes.
 
Pedro del Portal, vecino de Madrid, cobró la vista que había perdido en una enfermedad.
 
Pedro García, en el año de 1618, sanó de una herida que no se había podido curar en seis meses con tocarle a la pierna una cuenta original en la parte lastimada en término de veinticuatro horas, sin medicamento alguno.
 
María Ruiz, vecina de Madrid, estuvo endemoniada. Y su marido la llevó al convento de Santa María de la Cruz y, aunque se hicieron las diligencias ordinarias de los conjuros y exorcismos que se dicen en tales casos, no aprovecharon hasta que la llevaron a la presencia del cuerpo. Y con besar unas cuentas de los originales, se reconoció que el demonio había dejado aquella miserable mujer, que desde entonces quedó libre, reconociendo este beneficio a la intercesión de la sierva de Dios.
 
Un niño llamado Juan, en el lugar del Almonacid junto a la ciudad de Toledo, cayó en un pozo de donde le sacaron a vista de más de cien personas sin pulsos, ni aliento ni otra señal de vivo. Los padres le encomendaron a soror Juana de la Cruz y el niño empezó a [fol. 48r] mover brazos y pies, y a echar mucha agua por la boca. Luego abrió los ojos y, dentro de dos horas, andaba por la calle entre los demás niños de edad.
 
Otros casos milagrosos de esta calidad están comprobados en las informaciones que hicieron los obispos de Troya y de Cirene, que se remitieron al proceso de la canonización y se refieren por los escritores que hicieron particular memoria de soror Juana: como fueron don fray Francisco Gonzaga, arzobispo de Mantua, en su crónica; el obispo de Jaén en el ''Libro de la veneración de las reliquias''; el maestro Villegas en el ''Flos Sactorum''; fray Pedro de Salazar en la crónica que escribió de los religiosos de san Francisco de la provincia de Castilla; el maestro Peredo en la ''Historia de Nuestra Señora de Atocha''; fray Antonio Daza en la ''Cuarta parte de las crónicas de la orden de san Francisco'' y en un tratado particular de la vida de soror Juana; y fray Pedro Navarro en su erudito libro intitulado ''Favores del rey del cielo'', ocupando estos escritores sus plumas en alabanza de esta virgen virtuosa con la esperanza de que había de llegar el día en que los pontífices sumos la escribiesen en el ''Catálogo de los santos canonizados'' o lleguen ya para honra y gloria de Dios Omnipotente, Autor y Criador, de todo lo perfecto y santo.
 
FIN.
 
===Citas en los márgenes===
 
[I] [fol. 2r] Destas bulas hace mención ''Barb. de offic. & potest. Episcopi, part. 3. alleg 107. Trullen. opus morale tom. I. libr. I cap. 9 dub. 6 n. I0. & seqq''.
 
[II] ''In bulla'' an. 1625. Ibi: Declarans, quod per supra scripta præiudicare in aliquo non vult, neque intenditiis, qui aut per commune Ecclesiæ confensum, vel inmemorabilem temporis cursum, aut per Patrum virorumque sanctorum scripta, vel longissimi temporis scientia, ac tolerantia Sedis Apostolicæ, vel ordinaris coluntur.
 
[III] [fol. 2v] Han tenido tanto cuidado y atención los ordinarios de Toledo en estar a la mira de la veneración y culto particular que se daba a soror Juana de la Cruz para reconocer el fundamento que tenían los milagros que se publicaban de ella y de sus granos o cuentas que no se puede hacer más segura demostración de este cuidado, según lo dispuesto por el santo Concilio Tridentino, que poniendo a la letra una censura que hizo la Universidad de Alcalá en el año 1617, la cual es como sigue:
 
Censura de la muy insigne Universidad de Alcalá ''[2]''
 
Los doctores Bartolomé de Sosa (canónigo de la santa iglesia colegial de la villa de Alcalá de Henares, catedrático de teología de Durando de esta Universidad de la dicha villa) y Andrés Merino (canónigo o, asimismo, de la dicha iglesia, catedrático de prima de Escoto de la dicha Universidad) y fray Juan González de Albelda de la orden del señor santo Domingo (catedrático de la prima de la dicha Universidad) y fray Pedro de Oviedo (abad del colegio del señor san Bernardo y catedrático de víspera de teología de la dicha universidad), habiendo visto por comisión suya y del claustro ciertos procesos y probanzas hechos por comisión del ilustrísimo cardenal arzobispo de Toledo, en razón de la vida y muerte de la bendita soror Juana de la Cruz (monja en el monasterio de Nuestra Señora de la Cruz, junto a la villa de Cubas), que una de las dichas probanzas fue hecha en el dicho monasterio por el licenciado Luis Galindo (cura propio de la dicha villa) ante Juan Fernández de la Plaza, comenzada a 12 de mayo de 1614 años y acabada en 17 del dicho mes de 1615, y otra fecha en la villa de Torrejón de Velasco por el licenciado Mimbreño (cura propio de la dicha villa) ante Gabriel de Illescas (escribano), empezada a 26 días de abril de 1615 y acabada a 23 de mayo del dicho año, y otra fecha en la villa de Al- [fol. 3r] calá por el señor don Diego Ortiz de Zayas (vicario general) ante Sebastián de Villegas (notario), comenzada en 2 de septiembre del dicho año y acabada a 12 de abril del siguiente 1616, y otra fecha en Toledo por el licenciado Juan Barrentes de Aguilar (capellán de la capilla de la reina) ante Francisco (maestre notario), acabada a 6 de octubre de 1616 años; y habiendo visto juntamente los pareceres de los señores doctores canonistas, en cuanto al artículo de lo probado ''in iure'', y de los señores doctores médicos, en cuanto a la naturaleza de las enfermedades, nos parece que, según lo que de todo referido, resulta son casos milagrosos que, por el consiguiente, exceden toda facultad de naturaleza y se deben tener y calificar por tales, cuales son los siguientes: lo primero, la incorruptibilidad del cuerpo de la bendita soror Juana de la Cruz, cuya preservación de corrupción, vistas las circunstancias del caso y accidentes que le acompañan, le hacen sin duda obra milagrosa; lo segundo, parece haber obrado Dios, Nuestro Señor otros milagros por el contacto y uso de las cuentas de la dicha bendita sor Juana de la Cruz que, según la común tradición de aquel santo convento donde la susodicha murió y de aquella tierra y comarca, fueron llevadas al Cielo, a infancia suya, por el santo ángel de su guarda a la preferencia de Cristo, Nuestro Señor, y les echó su bendición y dio muchas y diferentes virtudes. Y en particular, consta que Juana Manuda (vecina de la villa de Cubas) fue libre y sana de una grave enfermedad, que había siete años padecía, de pesada melancolía y desmayos que le duraban tres o cuatro horas, dejándola sin movimiento ni sentido y de muy continuas tentaciones de desesperación ''[3]'', por ponerse dichas cuentas y traer consigo una de las sobredichas cuentas, lo cual fue efecto milagroso, como también lo fue el librarla Dios muchas veces de ejecutar sus intentos de desesperación por la devoción que tenía a la dicha soror Juana de la Cruz. Lo tercero, por el contacto de una de las dichas cuentas, fue milagrosamente sana Luisa de las Llagas (monja profesa del convento de Descalzas del señor san Francisco de la villa de Valdemoro) porque, habiendo estado más de cinco meses continuos en la cama paralizada de todos sus miembros sin poderse mover por sí y con grandes dolores en todos ellos, habiendo ya cesado los medicamentos porque nada aprovechaban, tocándole una de las dichas cuentas, se le fue quitando el dolor y fue extendiendo sus miembros; de manera que, en breve rato, se levantó del todo buena de la cama y se fue en presencia de las demás monjas al coro a dar gracias a Nuestro Señor, sin que le volviese jamás la dicha enfermedad. Lo cuarto, Catalina de la Purificación (monja del dicho convento), después de otra semejante enfermedad que había año y medio que casi continuamente la tenía trabada la lengua sin poder articular las voces con un género de pasmo en los miembros y, a veces, con movimientos convulsos y parte de gota coral tocándole en la lengua con una de las dichas cuentas, habló mila- [fol. 3v] grosamente de allí delante con expedición y claridad; y, asimismo, tocándole con ella en las demás partes que padecían la dicha enfermedad, se le quitaban de manera que quedaba libre para acudir a todas las obligaciones de la comunidad; y, cuando le volvía a tocar algo de la dicha enfermedad con el contacto de la dicha cuenta, se le quitaba al punto. Lo quinto, doña Francisca de Bustamante de la Tercera Orden de Señor San Francisco (vecina de la ciudad de Toledo) era muy perseguida de un género de alferecía o gota coral que la privaba del sentido y caía en tierra (traspillados los dientes, heridos los pies y manos) con tanta violencia que eran menester tres o cuatro horas personas para tenerla; y, de esta suerte, solía estar tres y cuatro horas; y tocándola una de las dichas cuentas, invocando al santísimo nombre de Jesús y de la bendita soror Juana de la Cruz, al punto hablaba y se le quitaba totalmente por entonces el dicho mal y quedaba sin los accidentes penosos que solía; lo cual sucedía siempre que la acometía el dicho mal, por el contacto con dicha cuenta, el cual impedía los daños y efectos que naturalmente se siguieran y libraba de los que ya había incurrido, que todo era casi milagroso. Demás de lo cual, de las dichas informaciones, resulta ser muy verosímil haber obrado Dios Nuestro Señor otros muchos casos milagrosos por el uso y contacto de las dichas cuentas y por la intercesión de la bendita sor Juana de la Cruz que, aunque en sí son muchos y continuos en esta materia de milagros, no tanto se ha de atender al número de ellos cuanto a la verdad y sustancia de ser obras extraordinarias del poder de Dios, y siéndolo como lo son las sobredichas que se han referido, es cosa del todo cierta e indudable que a las sobredichas cuentas se les debe particularísima reverencia y devoción, y que gozan de muy particular favor y merced de Dios los que las tienen. Lo sexto, yendo la señora condesa de Orgaz, doña María de Figueroa, con dos hijas suyas y otras personas en un coche a visitar el cuerpo de la bendita sor Juana de la Cruz a su casa, junto a la villa de Cubas, habiéndoles anochecido en el camino con mucha oscuridad, sin saberlo alguno de los que allí iban,  cayó el coche de un alto de más de dos estados de distancia en un pantano de agua; y encomendándose a la bendita Juana, se hallaron abajo del pantano sin haberse trastornado el coche y sin daño alguno en las personas ni mulas: efecto sin duda sobrenatural. Lo octavo, habiendo salido la dicha señora condesa con ánimo de un capellán que llevaba le dijese misa en el dicho lugar, no sabiendo el camino, se pasaron adelante y llegaron a un lugar diferente; y, conocido el yerro, hubieron de retroceder para llegar adonde iban; y llegaron a tiempo competente de decir misa como en efecto se dijo, habiendo, desde las nueve o las diez de la mañana, caminado más de diez leguas usuales con el coche, que fue obra milagrosa. [fol. 4r] Lo último, es de gran ponderación la común tradición de los maravillosos y milagrosos éxtasis que, según ella, tuvo la bendita sor Juana en su vida, gozando de coloquios divinos con Cristo, Nuestro Señor, y con su benditísima Madre, ángel de su guarda y otros santos. Y no menos se debe hacer peso de la perfección de todo género de virtudes en que se dice (y es la dicha común tradición) haberse ejercitado desde su tierna edad hasta el fin y remate de su vida, especialmente en obras de penalidad y mortificación del cuerpo, alcanzando perfecto reconocimiento de todas las pasiones justamente con muy profunda humildad; nacida de grandes persecuciones, así del demonio como de los hombres que, según ellos, mereció alcanzar de Dios, Nuestro Señor, la común aceptación y devoción de los fieles a su santidad e incorrupta vida no solo en ella, sino después acudiendo a venerarla a su sepulcro con públicas aclamaciones de su santidad y milagros que solo puede ser efecto del divino espíritu. Por lo cual, según la común doctrina que traen los doctores, así teólogos como canonistas, en el capítulo último de ''Reliquis & veneratione santorum in 6. De los requisitos para la dicha veneración de los santos, nos parece falvo meliori iudicio'' y el de la Santa Sede Apostólica, a quien, como es justo, sometemos el nuestro: la dicha bendita sor Juana de la Cruz, por concurrir en ella en vida y en muerte después hasta ahora, con general continuación los dichos requisitos (en cuanto podemos alcanzar), ser digna de toda veneración de los fieles y merecer se publiquen sus grandezas para edificación de todos ellos y confusión de los herejes. En Alcalá de Henares, a nueves días del mes agosto de 1617 años:
 
El doctor Bartolomé Sosa.
 
El doctor Andrés Merino.
 
El maestro fray Pedro de Oviedo.
 
El maestro fray Juan González Albelda.
 
[IV] En cuanto al culto particular que se da a las personas que están por santas, concurriendo en esto la voz común, posesión de tanto tiempo y tolerancia de los ordinarios, aunque no haya precedido licencia del sumo pontífice, lo que se ha visto es que en la curia romana han sido mantenidos en su posesión sin innovar en cosa alguna, como sucedió en tiempo de la santidad Clemente VIII en cuanto a san Carlos y san Felipe Neri antes de sus canonizaciones; y en tiempo de la santidad de Paulo V en cuanto a san Gaetano, como se refiere por Trullench, opus morale lib. I, cap. 9, dub. 6, num 22.
 
[V] Justo es que la piedad y liberalidad de los grandes príncipes tenga padrón eterno en nuestra memoria, y alabanza para que sus acciones gloriosas sirvan de ejemplo y sean imitadas de los sucesores en sus altos puestos. El serenísimo señor don Juan de Austria, con noticia de los prodigios de soror Juana de la Cruz y del lugar que deben tener sus virtudes en la estimación de sus devotos, por serlo de esta sierva de Dios, visitó su sepulcro antes de emprender la conquista del reino de Portugal y dio quinientos escudos de limosna que se aplicaron para los gastos que ha de hacer en su viaje fray Juan de San Die- [fol. 5v] go Villalón, religioso de San Francisco, y procurador de la causa de canonización en la curia romana. Y después, sabiendo Su Alteza que con efecto se había de despertar esta pretensión, dio otra limosna de cuatro mil escudos sin perder de vista su magnanimidad, el deseo y gusto de hacer nuevos socorros por esta misma causa. Y en manifestación de lo que se debe en ella a este esclarecido príncipe, pondremos a la letra la carta que escribió a fray Juan de San Francisco (que solicita en Madrid, con celo singular, todo lo concerniente a la canonización de soror Juana) y en que hace la gracia y limosna referida:
“He visto las noticias que me da fray Juan de San Francisco del estado en que se halla la canonización de soror Juana de la Cruz y, continuando los buenos deseos que siempre he tenido de que se concluya brevemente con obra tan justa y piadosa, escribo a Su Majestad con todo aprieto para que mande dar las cartas en la forma  que fray Juan pide; y al secretario Pedro Fernández del Campo, que lo solicite con el fervor posible a quien podrá acudir en las dependencias que se ofrecieron del adelantamiento de esta materia, a que no dejaré de asistir como tan devoto hijo de la religión y de soror Juana, hasta que se llegue a perfección. Y, para ello, puede fray Juan hacer capital de cuatro mil escudos de limosna que estarán pronto en esa corte, siempre que fueren menester.
Nuestro señor, etc.
 
Zafra, a primero de enero de 1663,
 
Don Juan.”
 
[VI] Nacimiento y patria de soror Juana de la Cruz.
 
[VII] Luego que nace, se abstiene de los pechos de su madre por ciertas horas y tiempos.
 
[VIII] No mama en tres días y padece gravemente.
 
[IX] La madre la encomienda a la Virgen santísima; vuelve la niña a su primera salud, que a la madre le parece ser milagrosa.
 
[X] Enferma de edad de dos años y es llevada a un templo de san Bartolomé.
 
[XI] El santo apóstol se aparece a Juana y, tocándola, cobra perfecta salud.
 
[XII] En un rapto que tuvo siendo de cuatro años ve a la Virgen santísima en un lugar deleitoso.
 
[XIII] En esta ocasión ve al ángel su custodio.
 
[XIV] Ve soror Juana en su edad tierna a Cristo, Nuestro Señor, en cuerpo humano; y en forma de Niño en la Hosita sacramentada.
 
[XV] Y otra vez al levantar la hostia vio el cuerpo glorioso de Cristo, Señor Nuestro, y piensa que todos ven lo mismo.
 
[XVI] Muere su madre, que encarga lleven a la niña al templo de Santa María de la Cruz con cierto voto.
 
[XVII] Llevan a Juana unos sus tíos ricos a su casa.
 
[XVIII] Hace rigurosa penitencia en sus tiernos años.
 
[XIX] Goza continuamente de visiones maravillosas.
 
[XX] Intentan sus tíos casarla, pero ella resuelve entrar en religión.
 
[XXI] Elige ser monja en el convento de Santa María de la Cruz.
 
[XXII] Dase noticia de la maravillosa fundación de aquel convento por medio de una pastora llamada Inés.
 
[XXIII] La Virgen santísima se aparece a la pastora.
 
[XXIV] Fúndase el convento debajo de la Tercera Regla de San Francisco.
 
[XXV] Las primeras religiosas descaecen del rigor y observancia con que empezaron.
 
[XXVI] La pastora Inés deja la religión y se casa.
 
[XXVII] Después muere con señales de verdadera penitencia.
 
[XXVIII] Soror Juana de la Cruz nació para reformar y restituir aquel convento a su primera observancia.
 
[XXIX] Desampara su casa en hábito de hombre para ir al convento a pedir el hábito.
 
[XXX] Turbación de ánimo y temores que padece en el camino.
 
[XXXI] Aliéntala una voz que, después, supo ser de su ángel custodio.
 
[XXXII] Nuevo peligro en que se halla.
 
[XXXIII] Da gracias a Dios de haberse librado de aquel peligro y aparécesela la Virgen santísima que la conforta; asegura de nuevo a su intento.
 
[XXXIV] Descuido gracioso en que incurre soror Juana.
 
[XXXV] Llega al convento y se desnuda al convento del traje de varón.
 
[XXXVI] Una imagen de la Virgen Nuestra Señora, que estaba sobre la puerta reglar, habla a Juana.
 
[XXXVII] Habla a la abadesa, a quien da noticia de su intento.
 
[XXXVIII] Viene al convento el provincial inopinadamente ''[9]'' y da licencia para la admisión de Juana.
 
[XXXIX] El padre y parientes de Juana van en su seguimiento y procuran embarazar el que sea religiosa.
 
[XL] La doncella los reduce y vienen en lo mismo que ella deseaba.
 
[XLI] Recibe el hábito de religiosa.
 
[XLII] En el año del noviciado echa profundas razones de virtud.
 
[XLIII] Fue devotísima de la señal de la santa cruz y así tomó su advocación cuando hizo profesión.
 
[XLIV] Modo de vivir de soror Juana después de profesa.
 
[XLV] Cómo repartía el tiempo.
 
[XLVI] Ocúpase en oficios humildes en servicio de su comunidad.
 
[XLVII] Imita en la suma pobreza a san Francisco.
 
[XLVIII] No obraba cosa alguna de su propia voluntad, sino comunicando cuanto hacía con sus confesores y debajo de su consejo y obediencia.
 
[XLIX] Perfecciones personales de soror Juana.
 
[L] Su discreción y conversación admirable.
 
[LI] Buscaban todos sus consejos y doctrina.
 
[LII] Humildad grande con que asistía a los oficios humildes.
 
[LIII] Milagro singular en una cosa muy menuda.
 
[LIV] Hácenla enfermera, en que obra con mucha caridad.
 
[LV] Manifiesta su ardiente caridad con sus hermanas.
 
[LVI] Cobran las religiosas enfermas salud por su intercesión.
 
[LVII] Hácenla tornera y portera.
 
[LVIII] Aparécesele en el trono el Niño Jesús.
 
[LIX] Aparición admirable de la Virgen santísima y su Hijo.
 
[LX] Favores que recibe soror Juana de la Virgen santísima por haber sido obediente.
 
[LXI] Otra aparición de la Virgen santísima.
 
[LXII] Es muy devota del Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
 
[LXIII] Milagro notable.
 
[LXIV] Ábrese una pared muy gruesa para que soror Juana viese la hostia consagrada al tiempo de la misa mayor.
 
[LXV] Permanecen hoy señales de este milagro.
 
[LXVI] Comunica a su ángel custodio con mucha frecuencia.
 
[LXVII] Flores que recibe de su ángel custodio.
 
[LXVIII] Sus raptos y éxtasis son muy continuos.
 
[LXIX] Señales exteriores que se veían en soror Juana al tiempo de estar en éxtasis.
 
[LXX] Tuvo don de hablar diversas lenguas.
 
[LXXI] Enmudece por algún tiempo.
 
[LXXII] Restitúyele el habla.
 
[LXXIII] Tiene don de predicar y concurren varias gentes a oírla.
 
[LXXIV] Tiempo que le duró esta gracia.
 
[LXXV] Personas señaladas que concurren a oír los sermones de soror Juana.
 
[LXXVI] El emperador Carlos V la visita.
 
[LXXVII] A los hombres doctos los predica en latín.
 
[LXXVIII] Convierte a dos esclavas africanas predicándolas en arábigo.
 
[LXXIX] Al provincial de la provincia, que era vizcaíno, le predica en vascuence.
 
[LXXX] Quieren algunos que la lengua vascuence sea primitiva de los antiguos o primeros pobladores de España. Lo más cierto es que fue lengua pro- [fol. 20v] vincial de los vascones, y que habitaban los Pirineos. Véase a Alderete, Origen de la lengua castellana.
 
[LXXXI] Un inquisidor va desconocido a soror Juana.
 
[LXXXII] Reconoce ser obra de Dios.
 
[LXXXIII] Indiscretas experiencias que hacen algunos en los raptos de soror Juana.
 
[LXXXIV] Entran en cuidado los prelados y prohíbenla predicar delante de la gente.
 
[LXXXV] Milagro singular.
 
[LXXXVI] Predica a las aves que concurren a su celda en gran número.
 
[LXXXVII] Dan los prelados licencia de que predique a cuantos la quisiesen oír.
 
[LXXXVIII] Una monja es dotada repentinamente de la gracia de escribir para que escribiese los sermones y el libro de El Conorte.
 
[LXXXIX] En un éxtasis se desposa soror Juana con el Niño Jesús.
 
[XC] Siente en manos y pies dolores intensos en la parte donde Cristo, Señor Nuestro, tuvo sus llagas.
 
[XCI] Manifiéstanse unas señales de color de rosa en las manos y pies de soror Juana.
 
[XCII] Siente los dolores en los viernes y sábados.
 
[XCIII] Corre la fama de este favor por los pueblos circunvecinos y concurre mucha gente al convento.
 
[XCIV] Pide soror Juana a Dios le quite las señales de pies y manos, y lo consigue.
 
[XCV] Ensordece por algún tiempo.
 
[XCVI] Cobra el sentido del oír el día de santa Clara.
 
[XCVII] Es elegida abadesa de su convento.
 
[XCVIII] Su primera acción fue disponer que sus monjas guardasen clausura.
 
[XCIX] Las limosnas que se pedían por las mismas religiosas se aumentan después que observan clausura.
 
[C] Liberalidad del gran capitán y del arzobispo de Toledo.
 
[CI] El gobierno de soror Juana es muy prudente.
 
[CII] Paz entre las religiosas.
 
[CIII] Prodigio de las cuentas que fueron llevadas al Cielo.
 
[CIV] Muchas reliquias tenemos en la Tierra bajadas del Cielo.
 
[CV] Pocas cosas han subido al Cielo de la Tierra para volver a ella.
 
[CVI] 2. Ad Corint. 12.
 
[CVII] Anton. 3. p. tit. 24. c.13. Aquil. lib. I. c15. Sánchez de Regno Dei lib. 7; cap. 4. núm. 34.
 
[CVIII] Caso maravilloso que sucedió en Constantinopla.
 
[CIX] San Joan Damascen. lib. 3 de side ortodora cap. 10. lib. de Trinit Félix III Ep. ft. 3. decretali 2 Conc. Menp. Grac. 25. sepe. Nizef. lib. 14. c. 46.
[CX] Piden las mon- [fol. 26r] jas a soror Juana les alcance algunas gracias y virtudes para sus rosarios.
 
[CXI]Soror Juana propone los deseos de las religiosas a su ángel custodio y consigue benigna respuesta.
 
[CXII] Juntan grande cantidad de rosarios y enciérralos en un cofre.
 
[CXIII] Curiosidad mujeril de las monjas.
 
[CXVI] Hállanse los rosarios en el cofre como estaban antes.
 
[CXV] Consta de información hecha en Valladolid ante don Fernando de Valdés, provisor y vicario de aquella diócesis.
 
[CXVI] Consta de estos milagros por la misma información. Y con este grano en Valladolid sucedieron otros prodigios que se comprobaron por el ordinario de aquella diócesis.
 
[CXVII] Consta de información hecha en Madrid, año de 1618, ante Lorenzo de Santeherbas, notario por comisión del cardenal arzobispo de Toledo Bernardo de Rojas y Sandoval.
 
[CXVIII] Consta de la misma información.
 
[CXIX] Consta de la misma información.
 
[CXX] Consta de la misma información.
 
[CXXI] Consta de una información hecha en Valdemoro ante el licenciado Sebastián de Ceballos, cura de aquella villa, por comisión del arzobispo de Toledo.
 
[CXXII] La censura que dio la facultad de teología se puso a la letra en el principio de este epítome, cuando se habla con Su Santidad, fol. 2. B.
 
[CXXIII] In S. Concilio Trident. ses. 25 ibi: ''adhibitis pys viris et Theologis, in confilium. Episco pus decernat eaque ve itate et pietati consentanea indicaveritt''.
 
[CXXIV] Es muy devota de las ánimas del Purgatorio.
 
[CXXV] Pide a Dios la permita padecer por las animas y en satisfacción de sus penas.
 
[CXXVI] Concédela Dios lo que pide y la colma de dolores y enfermedades.
 
[CXXVII] Padece calores grandes en invierno y intensos fríos en verano.
 
[CXXVIII] Caso notable de lo que obraba el incendio interior que padecía soror Juana.
 
[CXXIX] Otros dolores y tormentos que padece en las coyunturas y en la cabeza.
 
[CXXX] No come en ocho días mientras duran los dolores de la cabeza.
 
[CXXXI] Oyendo leer la Pasión de Cristo se le aliviaban los tormentos.
 
[CXXXII] Revelación que tuvo del ángel custodio para aliviar los dolores.
 
[CXXXIII] Dale por remedio el ángel que se ponga al lado del cuerpo unos guijarros.
 
[CXXXIV] Habla a soror Juana el espíritu de un hombre que tenía su Purgatorio en una piedra.
 
[CXXXV] Comunica con su ángel custodio el suceso y da la razón de aquel suceso.
 
[CXXXVI] Muchas ánimas de fieles difuntos se aparecen a soror Juana para que las ayude con oraciones y sufragios.
 
[CXXXVII] Suceso notable de que fue testigo todo el convento.
 
[CXXXVIII] Pide soror Juana a Dios que las ánimas que se le aparecían tengan su Purgatorio en las flores y hierbas que tenía en su celda.
 
[CXXXIX] Concédesele su pretensión.
 
[CXL] Las flores y hierbas que tenía en su celda se inclinan al cantar soror Juana el verso del Gloria Patri.
 
[CXLI] Vuélvese a repetir el milagro en presencia de las religiosas.
 
[CXLII] Las hierbas y flores marchitas despiden de sí olor celestial; y por qué razón.
 
[CXLIII] Fue muy devota la sierva de Dios de la Virgen santísima.
 
[CXLIV] ''Facta est Maria fenestra cæli, quia per ipsam Deus verum fudit seculi lumen, sancta est Maria scala cæelestis quia per ipsam Deus descendit ad terras, ut per ipsam homines ascende mererentur ad cœelos. D. Fulg. ser. de laudib. Mariæ''.
 
[CXLV] Venera sumamente una imagen de Nuestra Señora de la Asunción, de escultura tosca y antigua que había en el convento.
 
[CXLVI] León X restituye al mundo las ciencias y las artes.
 
[CXLVII] La imagen de Nuestra Señora es muy venerada de las religiosas.
 
[CXLVIII] Hay tradición entre las religiosas de que Cristo, Señor Nuestro, mejoró la escultura de aquella Imagen.
 
[CXLIX] Los pueblos de la comarca acuden en tiempo de esterilidad y falta de agua a valerse de la imagen.
 
[CL] Milagros que obra Dios por intercesión de soror Juana.
 
[CLI] Resucita una niña.
 
[CLII] A una religiosa se le salta un ojo y soror Juana se le restituye, y también la vista. De este milagro y otros muchos consta por una información que hizo el licenciado Luis Galindo, de comisión del arzobispo de Toledo, año de 1615.
 
[CLIII] Los comuneros de la villa de Torrejón intentan saquear el convento.
 
[CLIV] Defienden el convento hombres armados que parece fueron los ángeles custodios de las religiosas.
 
[CLV] Persecuciones que padeció soror Juana.
 
[CLVI] La vicaria del convento y otras monjas se conspiraron contra soror Juana.
 
[CLVII] Toman ocasión de la impetración del breve para anexar el breve del beneficio del lugar de Cubas al convento.
 
[CLVIII] Y de que un su hermano sacerdote fue nombrado cura.
 
[CLIX] El provincial procede contra la sierva de Dios.
 
[CLX] No se disculpa ni defiende. Antes pide perdón de sus errores.
 
[CLXI] Las monjas se lamentan de la desgracia de su madre.
 
[CLXII] El provincial priva a soror Juana del oficio de abadesa y nombra por presidenta del convento a la vicaria.
 
[CLXIII] Tolera la sierva de Dios con gran paciencia este golpe y disculpa el provincial.
 
[CLXIV] Seneca lib. de Providentia: capit. 2. ''Non video, quid habeat in terris Iupiter pulchrius, si convertere animun velit quam ut spectet Cathonem, iam partibus non semel fractis stantem nihilominus inter ruinas publicas erectum. Ecce spectaculum Dignum ad quod respiciet intentus operi suo Deus''.
 
[CLXV] Ama soror Juana a la causadora de su persecución.
 
[CLXVI] Enferma gravísimamente la abadesa que perjudicó a la sierva de Dios.
 
[CLXVII] Visita soror Juana en su celdad y pídela perdón.
 
[CLXVIII] Muere aquella monja con señales de verdadera penitencia.
 
[CLXIX] Padeció otras persecuciones en el discurso de su vida.
 
[CLXX] Su ángel custodio la avisa de la cercanía de su muerte.
 
[CLXXI] Teme soror Juana la muerte, sin embargo de que había sido muy ajustada su vida.
 
[CLXXII] Su aliento corrompido con la enfermedad exhala suavísimo olor.
 
[CLXXIII] Día de la invención de la cruz, dichoso siempre para soror Juana.
 
[CLXXIV] Aparecensele los ángeles y santos de su devoción.
 
[CLXXV] Muere la sierva de Dios a 3 de mayo de 1534.
 
[CLXXVI] Su rostro quedó hermosísimo y su cuerpo exhalaba suavísimo olor.
 
[CLXXVII] Baja el cuerpo al coro y déjanle sin enterrar por cinco días.
 
[CLXXVIII] Sacan el cuerpo al campo para que pueda verle la muchedumbre de gentes que habían concurrido a la fama de su muerte.
 
[CLXXIX] Vuélvenle a poner en el coro bajo dentro de la clausura.
 
[CLXXX] Suceden algunos casos milagrosos en esta ocasión.
 
[CLXXXI] Aparécese soror Juana a una amiga suya muy virtuosa.
 
[CLXXXII] Aparécese soror Juana después de muerta a una religiosa su amiga.
 
[CLXXXIII] Entierran el cuerpo de soror Juana y échanle encima mucha cal y agua para que se consuma con brevedad.
 
[CLXXXIV] Después de siete años le sacan por un raro accidente.
 
[CLXXXV] El cuerpo está fresco, entero y hermoso, y los vestidos sin ofensa de la tierra ni humedad.
 
[CLXXXVI] En el coro alto, debajo de un altar, estuvo el cuerpo otros catorce años.
 
[CLXXXVII] Traslándale a un arco que se fabricó para este afecto en la capilla mayor de la iglesia.
 
[CLXXXVIII] Parece el cuerpo tercera vez entero y fresco, y muy oloroso.
 
[CLXXXIX] Concurre mucha gente a ver el cuerpo.
 
[CXC] Pone el ministro general velo negro a soror Juana después de muerta.
 
[CXCI] El ministro general arranca del cuerpo un dedo de un pie y sale fresco y ensangrentado después de 66 años de su muerte.
 
[CXCII] Fabricase una arca de plata muy rica donde se coloca el cuerpo.
 
[CXCIII] Los devotos de soror Juana llevan a su sepulcro diferentes votos y ofrendas.
 
[CXCIV] Milagros sucedidos después de la muerte de soror Juana por intercesión.
 
[CXCV] Da vista a un ciego.
 
[CXCVI] Consta de una información hecha en Torrejón por comisión del consejo del arzobispo de Toledo.
 
[CXCVII] Aparécese a un enfermo y le sana.
 
[CXCVIII] Resucita una niña que cayó en un pozo.
 
[CXCIX] Libra dos niños de una ruina de una pared que los cogió debajo.
 
[CC] Este milagro se comprobó con mucho número de testigos.
 
[CCI] Libra un navío de manifiesto peligro de perderse.
 
==Notas==
 
[1] En el texto impreso aparece el término “votos” y una mano lo corrige posteriormente por “devotos” añadiendo la sílaba “de” a mano.
 
[2] La letra del título de la censura es del tamaño del texto base, es decir, no es tan pequeña como la letra del resto de las glosas.
 
[3] Corrijo “desesparación” por “desesperación”.
 
[4] La palabra “tres” aparece escrita sobre un tachón que realiza una mano.
 
[5] En otros testimonios conservados se dice que Juana de la Cruz nació en 1481.
 
[6] Corrijo “pndo” por “pudo”.
 
[7] La letra “r” aparece escrita a mano sobre una “l”.
 
[8] Corrijo “peccadora” por “paccadora”.
 
[9] Corrijo “iropinadamente” por “inopinadamente”.
 
[10] Corrijo “la” por “lo”, pues el impreso se refiere a la campana.
 
[11] En el texto impreso aparece el término “de tres” y una mano tacha posteriormente “de” dejando “tres”.
 
[12] Elimino “vir-” pues aparece esta sílaba repetida antes de la palabra “virtud”.
 
[13] Aparece tachada la palabra “siendo”.
 
[14] En el impreso aparece una tachadura al lado del número “V”.
 
= Vida impresa (12)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/belen-molina-huete/ Belén Molina Huete] y Desiré Armero Benítez; fecha de edición: abril de 2023.
 
== Fuente ==
 
[[Archivo:Portada terceros hijos del humano serafín de Antonio Arbiol.jpg|miniatura|250px|right| Antonio Arbiol, 1697. ''Los Terceros hijos del humano serafín. La venerable y esclarecida Orden Tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco'', Zaragoza: Jaime Magallón. (From the archive of the British Library [Digitalizado por Google]).]]
 
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Antonio_Arbiol Arbiol, Antonio], 1697. «[Juana de la Cruz]», en ''Los Terceros hijos del humano serafín. La venerable y esclarecida Orden Tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco'', Zaragoza: Jaime Magallón, Capítulo XXXIV, p. 550.
 
[[Contexto material del impreso Los Terceros hijos del humano serafín]]. ''La venerable y esclarecida Orden Tercera de nuestro seráfico patriarca San Francisco''.
 
==Criterios de edición==
 
Siguiendo los criterios establecidos en el Catálogo para fuentes impresas, se han actualizado generalmente grafías, ortografía y puntuación manteniendo aquellos rasgos de la lengua que implican valor fonológico o que caracterizan su léxico, morfología o sintaxis. Se han conservado, pues, las oscilaciones en grupos consonánticos cultos (-s-/ct…), así como las vocálicas; igualmente, el uso de s en posición implosiva por x. Se han reducido, por otra parte, los grupos consonánticos latinizantes (Iesu Christo>Jesucristo), incluidos la duplicación consonántica y, de modo concreto, grafías antiguas (-x- por -j-, -qu- por -cu-); se han modernizado también la unión y separación de términos, así como las contracciones. En el uso de la mayúscula se ha atendido la singularidad de tratarse de textos religiosos y se ha unificado su empleo. Se han desarrollado las abreviaciones tipográficas sin marca expresa, pero sí se han marcado las léxicas entre corchetes. No se han detectado erratas. En nota al pie se ha ampliado información oportuna.
 
==Vida de Juana de la Cruz==
 
===Capítulo XXXIV===


'''Cómo de las hermanas seglares de la Tercera Orden Seráfica se fundaron las religiosas de la misma Tercera Orden en el estado regular, y los grandes frutos de santidad que ha dado a la Iglesia Católica esta religión'''
'''Cómo de las hermanas seglares de la Tercera Orden Seráfica se fundaron las religiosas de la misma Tercera Orden en el estado regular, y los grandes frutos de santidad que ha dado a la Iglesia Católica esta religión'''
Línea 8630: Línea 7076:
La B[eata] Juana de la Cruz fue tan maravillosa desde su nacimiento que más parecía hija de la gracia que de la naturaleza. Se abstenía del pecho de su madre tres días en la semana, perdía el color y el calor, y volvía después tan alegre como si saliese de un éxtasis soberano. El año segundo de su edad feliz, estando gravemente enferma, se le apareció san Bartolomé Apóstol y la dejó repentinamente sana. Siendo de cuatro años tuvo dos visiones divinas admirables, y desde entonces fueron muy frecuentes los dulces coloquios con los ángeles y con la purísima Virgen María. Así comunicaba su ángel de la guarda con esta sierva de Dios como suele hablar un amigo con otro. Sentía los dolores de las llagas de Jesucristo, su amante esposo. La fama de santidad de esta venerable Virgen ha sido tan grande que por toda la cristiandad se ha estendido, y se trata de su canonización solemne en la Curia Romana. Salazar ''in Chron. Provint. Castellae [1]''.
La B[eata] Juana de la Cruz fue tan maravillosa desde su nacimiento que más parecía hija de la gracia que de la naturaleza. Se abstenía del pecho de su madre tres días en la semana, perdía el color y el calor, y volvía después tan alegre como si saliese de un éxtasis soberano. El año segundo de su edad feliz, estando gravemente enferma, se le apareció san Bartolomé Apóstol y la dejó repentinamente sana. Siendo de cuatro años tuvo dos visiones divinas admirables, y desde entonces fueron muy frecuentes los dulces coloquios con los ángeles y con la purísima Virgen María. Así comunicaba su ángel de la guarda con esta sierva de Dios como suele hablar un amigo con otro. Sentía los dolores de las llagas de Jesucristo, su amante esposo. La fama de santidad de esta venerable Virgen ha sido tan grande que por toda la cristiandad se ha estendido, y se trata de su canonización solemne en la Curia Romana. Salazar ''in Chron. Provint. Castellae [1]''.


==Notas==
===Notas===


''[1]'' La resunta concluye con remisión a su fuente, probablemente la obra de Fr. Pedro de Salazar, O. F. M., ''Historia Provinciae Castillae Ordinis Minorem'', 1579 (con versión en castellano en 1612 como ''Corónica y Historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado padre San Francisco, Madrid: Imprenta Real). Dicha obra recoge la biografía de Juana de la Cruz bajo el siguiente epígrafe: «Síguese la vida de la sierva de Dios Juana de la Cruz'', que tantas personas tiene aficionadas, religiosas y seglares, que gustan mucho de verla y tenerla consigo, y no es según la impresión de 1610, sino compuesto de nuevo» (véase entrada de Salazar).
''[1]'' La resunta concluye con remisión a su fuente, probablemente la obra de Fr. Pedro de Salazar, O. F. M., ''Historia Provinciae Castillae Ordinis Minorem'', 1579 (con versión en castellano en 1612 como ''Corónica y Historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado padre San Francisco'', Madrid: Imprenta Real). Dicha obra recoge la biografía de Juana de la Cruz bajo el siguiente epígrafe: «Síguese la vida de la sierva de Dios Juana de la Cruz, que tantas personas tiene aficionadas, religiosas y seglares, que gustan mucho de verla y tenerla consigo, y no es según la impresión de 1610, sino compuesto de nuevo» (véase entrada de Salazar).