Diferencia entre revisiones de «Juana de la Cruz»

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=Vida manuscrita (1)=
=Vida manuscrita (1)=
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-luengo-balbas/ María Luengo Balbás] y [http://visionarias.es/equipo/fructuoso-atencia/ Fructuoso Atencia Requena]; fecha de edición: abril de 2019; fecha de modificación: noviembre de 2025.
Ed. de [http://visionarias.es/equipo/maria-luengo-balbas/ María Luengo Balbás] y [http://visionarias.es/equipo/fructuoso-atencia/ Fructuoso Atencia Requena]; fecha de edición: abril de 2019; fecha de modificación: agosto de 2026.


== Fuente ==
== Fuente ==
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Y hablando el Spíritu Sancto sin descubrir ni señalar quién hera, dezía: “Az lo que pudieres si tienes poder para ello; si me quieres conjurar, conjúrame, que yo te esperaré como espero al saçerdote en el altar”. Quando çesava el Spíritu Sancto de hablar, dezía cada uno la yntençión con que havía venido.
Y hablando el Spíritu Sancto sin descubrir ni señalar quién hera, dezía: “Az lo que pudieres si tienes poder para ello; si me quieres conjurar, conjúrame, que yo te esperaré como espero al saçerdote en el altar”. Quando çesava el Spíritu Sancto de hablar, dezía cada uno la yntençión con que havía venido.


Quando ella llamava al Señor, dava muy clamorosas he reçias vozes, haziendo muy devotas e humildes suplicaçiones [fol. 28v] e ruegos, para que llegase çerca donde ella estava. E de rato en ratos llamava muy apriesa, con el brazo derecho; e quando çesavan las vozes e llamamientos con el braço, quedava muy sosegada, e no solamente suplicava a Nuestro Señor Jesuchristo tuviese por bien de açercarse a ella, mas aun a los sagrados ángeles haçía muy grandes ruegos y plegarias, diziéndoles: “O, señores, vosotros que traéys el trono muy luçido e aseado de mi Señor; y vosotros, señores, los que traéys los ençensarios de oro e taças de perfumes delante el Rey del Çielo, e los que traéys las hachas ynçendidas y floridas; vosotros, señores, los que traéys los paramientos e las cortinas del pavellón de mi Señor y mi Dios; e vosotros, señores, los que tendéys los doseles muy ricos e paramentos de oro por el suelo, por donde pasa su Real Magestad; e vosotros, señores, los que venís en el ayre volando con los candeleros de oro e velas ençendidas sobre las caveças: suplico a mi Señor que venga por aquí su Divina Magestad. E vosotros, señores, que lleváys los pendones e guiáys las danças, guiad haçia acá, por donde yo estoy; no guiéys por esotras calles, que aquellos señores y señoras contino le ven, e muchas veçes le goçan, mas yo, peccadora, aún no soy digna d’Él ver y goçar sino muy poquito, y contino estoy ambrienta y deseosa d’Él”. Y después volvía su habla con los sanctos apóstoles e mártires, e confesores y vírgenes, e otros muchos sanctos e sanctas.
Quando ella llamava al Señor, dava muy clamorosas he reçias vozes, haziendo muy devotas e humildes suplicaçiones [fol. 28v] e ruegos, para que llegase çerca donde ella estava. E de rato en ratos llamava muy apriesa, con el brazo derecho; e quando çesavan las vozes e llamamientos con el braço, quedava muy sosegada, e no solamente suplicava a Nuestro Señor Jesuchristo tuviese por bien de açercarse a ella, mas aun a los sagrados ángeles haçía muy grandes ruegos y plegarias, diziéndoles: “O, señores, vosotros que traéys el trono muy luçido e aseado de mi Señor; y vosotros, señores, los que traéys los ençensarios de oro e taças de perfumes delante el Rey del Çielo, e los que traéys las hachas ynçendidas y floridas; vosotros, señores, los que traéys los paramientos e las cortinas del pavellón de mi Señor y mi Dios; e vosotros, señores, los que tendéys los doseles muy ricos e paramentos de oro por el suelo, por donde pasa su Real Magestad; e vosotros, señores, los que venís en el ayre volando con los candeleros de oro e velas ençendidas sobre las caveças: suplico a mi Señor que venga por aquí su Divina Magestad. E vosotros, señores, que lleváys los pendones e guiáys las danças, guiad haçia acá, por donde yo estoy; no guiéys por esotras calles, que aquellos señores y señoras contino le ven, e muchas veçes le goçan, mas yo, peccadora, aún no soy digna de le ver y goçar sino muy poquito, y contino estoy ambrienta y deseosa d’Él”. Y después volvía su habla con los sanctos apóstoles e mártires, e confesores y vírgenes, e otros muchos sanctos e sanctas señalava algunas veçes por sus propios nombres, diziéndoles y suplicándoles rogasen al Rey del Çielo, su esposo y su [¿señor?], viniese por donde ella estava a la bendeçir y santiguar, como haçía a los otros señores e señoras. E después tornava su habla con Él, Nuestro Señor, suplicándole por muchas maneras de suplicaciones, e dulçes e amorosas palabras, diziendo la quisiese venir a bendeçir y consolar, aunque ella no hera dina de tan gran benefiçio, viniese su Alta Magestad, porque tenía muchas cosas que le offreçer e dezir y suplicar, ansí de oraçiones que a ella le havían dado le offreçiese e suplicaciones que le havían encomendado le hiçiese; e que tenía muchos padres, y madres y hermanos, y se los quería offreçer y dar. Y esto dezía ella por los frayles y monjas, hijas [fol. 29r] y hermanas suyas spirituales, e perlados mayores e menores, e señoras e amigas, e devotas que assí se lo havían mandado y encomendado, e por todas las personas que se encomendavan en sus oraçiones.  
 
Señalava algunas veçes por sus propios nombres, diziéndoles y suplicándoles rogasen al Rey del Çielo, su esposo y su [¿señor?], viniese por donde ella estava a la bendeçir y santiguar, como haçía a los otros señores e señoras. E después tornava su habla con Él, Nuestro Señor, suplicándole por muchas maneras de suplicaciones, e dulçes e amorosas palabras, diziendo la quisiese venir a bendeçir y consolar, aunque ella no hera dina de tan gran benefiçio, viniese su Alta Magestad, porque tenía muchas cosas que le offreçer e dezir y suplicar, ansí de oraçiones que a ella le havían dado le offreçiese e suplicaciones que le havían encomendado le hiçiese; e que tenía muchos padres, y madres y hermanos, y se los quería offreçer y dar. Y esto dezía ella por los frayles y monjas, hijas [fol. 29r] y hermanas suyas spirituales, e perlados mayores e menores, e señoras e amigas, e devotas que assí se lo havían mandado y encomendado, e por todas las personas que se encomendavan en sus oraçiones.  


E durávale hazer estas exclamaciones: primero que la graçia del Spíritu Sancto hablava en ella espaçio de hora y media, y pasado este yntervalo vía señales en su cuerpo cómo el Señor, por su clemençia, se açercava adonde ella estava, e tanto que, según acá se mostraba, le podía adorar e besar el estrado de sus sagrados pies, e ver goçar muy çerca. Y entonçes le haçía muchas suplicaçiones públicas, e otras secretas que nadie no las podía oýr, e grandes adoraçiones por sí mesma e por todas las personas de la Tierra, y se las encomendava en general, y algunos en especial, e todo el estado de la sancta Madre Yglesia e religión christiana, e a los que están en peccado mortal, e a las ánimas de Purgatorio. E algunas vezes permitía el poderoso Dios que en la propia bestidura de su Divina Magestad y en su estrado e trono real, viese ella todos los estados del mundo: primeramente el estado del Sancto Padre, e cardenales e obispos, con toda la clereçía e todas las órdenes, e las perfeçiones e ymperfeçiones dellas; e los emperadores e reyes, e todas las maneras de estados, de grandes e cavalleros que havía en los reynos e ymperios e toda la república, e los mereçimientos e desmereçimientos de cada unos. E vía cómo los ángeles se llegavan a las personas mansas e humildes, e castas e pobres, e despreçiadas e de perfetas obras, mas que no a los malos, e ynchados de riquezas e avariçia, e sobervia e simonía.  
E durávale hazer estas exclamaciones: primero que la graçia del Spíritu Sancto hablava en ella espaçio de hora y media, y pasado este yntervalo vía señales en su cuerpo cómo el Señor, por su clemençia, se açercava adonde ella estava, e tanto que, según acá se mostraba, le podía adorar e besar el estrado de sus sagrados pies, e ver goçar muy çerca. Y entonçes le haçía muchas suplicaçiones públicas, e otras secretas que nadie no las podía oýr, e grandes adoraçiones por sí mesma e por todas las personas de la Tierra, y se las encomendava en general, y algunos en especial, e todo el estado de la sancta Madre Yglesia e religión christiana, e a los que están en peccado mortal, e a las ánimas de Purgatorio. E algunas vezes permitía el poderoso Dios que en la propia bestidura de su Divina Magestad y en su estrado e trono real, viese ella todos los estados del mundo: primeramente el estado del Sancto Padre, e cardenales e obispos, con toda la clereçía e todas las órdenes, e las perfeçiones e ymperfeçiones dellas; e los emperadores e reyes, e todas las maneras de estados, de grandes e cavalleros que havía en los reynos e ymperios e toda la república, e los mereçimientos e desmereçimientos de cada unos. E vía cómo los ángeles se llegavan a las personas mansas e humildes, e castas e pobres, e despreçiadas e de perfetas obras, mas que no a los malos, e ynchados de riquezas e avariçia, e sobervia e simonía.  
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Estavan todas las religiosas de su convento e otras muchas personas muy angustiadas por la neçessidad que tenían de su habla e consolaçión, porque no las oýa, aunque ellas le querían deçir y encomendar sus desseos y cosas tocantes a su consolaçión y conçiençia; por lo qual suplicavan mucho a Nuestro Señor le volviese el sentido del oýr. Y su Divina Magestad tuvo por bien de oýr las plegarias de todos, e tornole el oýr día de la señora sancta Clara. E híçolo desta manera: que estando ella elevada como solía, vido a Nuestro Señor Jesuchristo en spíritu, e la habló e consoló, e le dio el soplo del Spíritu Sancto, e hiço un sermón maravilloso, declarando muy grandes excelençias e maravillas. E hablando, dixo su Divina Magestad que quería dezir por qué la havía ensordeçido, aunque él no tenía neçessidad de dar quenta por qué haçía estas ni otras más cosas: pero que le havía quitado el oýr por tenella más quieta e junta a Él, e recoxidos sus sentidos e pensamientos en Él e no en otra cosa terrena, e tenerla en sancta y simple ynoçençia de niña, y en una puredad de spíritu sin ninguna maliçia, y que no oýa otra cosa sino cosas çélestiales. Mas pues hera tan importunada y rogada de muchas personas, que a Él le plaçía de la sanar. Y en çesando su Divina Magestad de hablar, antes que ella tornase en sus sentidos, vino a ella el apóstol San Pedro, por mandado del poderoso Dios, e metiole los dedos en los oýdos, e bendiciéndola con la señal de la sancta cruz de parte de Dios. Tornando ella en sus sentidos, a deshora se vido sana, e tornado el oýr tan perfetamente como de primero, de lo qual ella y todas las religiosas fueron muy alegres y dieron graçias a su Divina Magestad por la misericordia de ynclinar a su oreja las suplicaçiones que le havían hecho.
Estavan todas las religiosas de su convento e otras muchas personas muy angustiadas por la neçessidad que tenían de su habla e consolaçión, porque no las oýa, aunque ellas le querían deçir y encomendar sus desseos y cosas tocantes a su consolaçión y conçiençia; por lo qual suplicavan mucho a Nuestro Señor le volviese el sentido del oýr. Y su Divina Magestad tuvo por bien de oýr las plegarias de todos, e tornole el oýr día de la señora sancta Clara. E híçolo desta manera: que estando ella elevada como solía, vido a Nuestro Señor Jesuchristo en spíritu, e la habló e consoló, e le dio el soplo del Spíritu Sancto, e hiço un sermón maravilloso, declarando muy grandes excelençias e maravillas. E hablando, dixo su Divina Magestad que quería dezir por qué la havía ensordeçido, aunque él no tenía neçessidad de dar quenta por qué haçía estas ni otras más cosas: pero que le havía quitado el oýr por tenella más quieta e junta a Él, e recoxidos sus sentidos e pensamientos en Él e no en otra cosa terrena, e tenerla en sancta y simple ynoçençia de niña, y en una puredad de spíritu sin ninguna maliçia, y que no oýa otra cosa sino cosas çélestiales. Mas pues hera tan importunada y rogada de muchas personas, que a Él le plaçía de la sanar. Y en çesando su Divina Magestad de hablar, antes que ella tornase en sus sentidos, vino a ella el apóstol San Pedro, por mandado del poderoso Dios, e metiole los dedos en los oýdos, e bendiciéndola con la señal de la sancta cruz de parte de Dios. Tornando ella en sus sentidos, a deshora se vido sana, e tornado el oýr tan perfetamente como de primero, de lo qual ella y todas las religiosas fueron muy alegres y dieron graçias a su Divina Magestad por la misericordia de ynclinar a su oreja las suplicaçiones que le havían hecho.


Viernes Sancto siguiente, luego que esta bienabenturada ensordeció, estando ella [fol. 38v] elevada e puesta en cruz, assí en la elevaçión tenía tan fijos sus brazos y piernas, e todos sus miembros, como si no fuera de carne sino un crucifixo, de manera que ninguna fuerça bastava para la quitar de así, aunque se provó muchas vezes por las religiosas en otros días que la veýan muchas vezes estar elevada e puesta en cruz. Pero no estava en pie, sino hechada donde las religiosas la ponían. Y en este mesmo ora del Viernes Sancto, estando todas las religiosas en el choro, que hera por la mañana, quando se diçe el sancto offiçio, ella estava en una çelda ençerrada, porque assí hera la voluntad de Dios y de los prelados, que, quando estuviese en rapto, estuviese desta manera. Estando diziendo la sancta Passión, tornó en sí, e fuese al choro, e yba llorando y descalça. Y no pudiendo andar, ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena. E viéndola las religiosas entrar en el choro, assí fueron a ella, e preguntáronla por señas por qué yba de aquella manera. Respondió que le dolían mucho los pies e no podía andar con ellos. E mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, de las señales del Señor: no llagas abiertas ni manantes sangre, sino unas señales redondas, del tamaño de un real, e muy coloradas, de manera que pareçían por las palmas de las manos que estavan ympresas por la parte de ençima, e por semejante pareçía en las plantas de los pies. Tenía también estas preçiosas señales, e muy maravilloso olor, e no de ninguna manera de las flores de la tierra. E quexávase muy reçiamente, e llorava de los dolores que en las partes de las señales tenía. E viéndola las religiosas de aquella manera, llorando e con mucha devoçión, davan muchas graçias a Dios. E tomáronla en sus brazos, e lleváronla a su çelda y hecháronla. Hera tan grande el ardor e fuego que en las manos e pies tenía en el lugar do tenía las señales, que le ponían las religiosas unos pañeçitos de agua fría, y en muy breve espaçio se enjugavan del gran fuego que de allí salía. E muy a menudo le ponían los pañeçitos mojados y ella mesma se soplava las palmas de las [fol. 39r] manos, por mitigarse el gran fuego e dolor que sentía. E las religiosas le preguntavan qué hera aquello o quién le havía dado aquellas señales. Ella, entendiendo, les respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía, diziendo: “Vi a Nuestro Señor Jesuchristo cruçificado en aquel lugar donde mi sancto ángel me suele poner, y assí, llagado y cruçificado como venía, se juntó conmigo, e puso sus manos junto con las mías, e sus pies con los míos; y así como esto hiço, sentí en mi spíritu gran dolor e sentimiento en mis manos e pies y, a deshora, me vi tornada acá en mis sentidos, con estas señales que véys, y con muchos dolores en ellas, y tan reçios que casi no los pudo sufrir”. Tuvo estas señales tan maravillosas y creçidos dolores dende el día del Viernes Sancto, hasta el día de la Sancta Asçençión. Y esto no contino, sino los viernes, y sábados y domingos, tres días arreo hasta la hora que fue la Sancta Resurreçión, y dende aquella ora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta bienaventurada cómo no podía encubrir estas preçiosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio −pues ya se publicava, y su confesor y el compañero se las havían visto junto con las religiosas−, suplicó a Nuestro Señor muy afetuosamente que en ninguna manera permitiese su Divina Magestad que en ella, su yndigna sierva, pareçiesen ni tuviese tal thesoro ni tan ricas joyas, que no hera digna dellas, ni quería tal don, pues no le podía encubrir. E nunca çesó de haçer esta suplicación, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcançó del poderoso Dios. E hablando un día su Divina Magestad por la lengua y boca della, dixo: “Mucho me ruegas e ymportunas que te quite ese don que te he dado. Yo lo haré, y pues no as querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y assí le fue otorgado del Señor no tener ya más aquellas señales.  
Viernes Sancto siguiente, luego que esta bienabenturada ensordeció, estando ella [fol. 38v] elevada e puesta en cruz, assí en la elevaçión tenía tan fijos sus brazos y piernas, e todos sus miembros, como si no fuera de carne sino un crucifixo, de manera que ninguna fuerça bastava para la quitar de así, aunque se provó muchas vezes por las religiosas en otros días que la veýan muchas vezes estar elevada e puesta en cruz. Pero no estava en pie, sino hechada donde las religiosas la ponían. Y en este mesmo ora del Viernes Sancto, estando todas las religiosas en el choro, que hera por la mañana, quando se diçe el sancto offiçio, ella estava en una çelda ençerrada, porque assí hera la voluntad de Dios y de los prelados, que, quando estuviese en rapto, estuviese desta manera. Estando diziendo la sancta Passión, tornó en sí, e fuese al choro, e yba llorando y descalça. Y no pudiendo andar, ponía los pies de lado, que de otra manera no los podía poner, y aun esto con mucha pena. E viéndola las religiosas entrar en el choro, assí fueron a ella, e preguntáronla por señas por qué yba de aquella manera. Respondió que le dolían mucho los pies e no podía andar con ellos. E mirándoselos las religiosas, viéronselos señalados, y ansimesmo las manos, de las señales del Señor: no llagas abiertas ni manantes sangre, sino unas señales redondas, del tamaño de un real, e muy coloradas, de manera que pareçían por las palmas de las manos que estavan ympresas por la parte de ençima, e por semejante pareçía en las plantas de los pies. Tenía también estas preçiosas señales, e muy maravilloso olor, e no de ninguna manera de las flores de la tierra. E quexávase muy reçiamente, e llorava de los dolores que en las partes de las señales tenía. E viéndola las religiosas de aquella manera, llorando e con mucha devoçión, davan muchas graçias a Dios. E tomáronla en sus brazos, e lleváronla a su çelda y hecháronla. Hera tan grande el ardor e fuego que en las manos e pies tenía en el lugar do tenía las señales, que le ponían las religiosas unos pañeçitos de agua fría, y en muy breve espaçio se enjugavan del gran fuego que de allí salía. E muy a menudo le ponían los pañeçitos mojados y ella mesma se soplava las palmas de las [fol. 39r] manos, por mitigarse el gran fuego e dolor que sentía. E las religiosas le preguntavan qué hera aquello o quién le havía dado aquellas señales. Ella, entendiendo, les respondió con muchas lágrimas y dolores que sentía, diziendo: “Vi a Nuestro Señor Jesuchristo cruçificado en aquel lugar donde mi sancto ángel me suele poner, y assí, llagado y cruçificado como venía, se juntó conmigo, e puso sus manos junto con las mías, e sus pies con los míos; y así como esto hiço, sentí en mi spíritu gran dolor e sentimiento en mis manos e pies y, a deshora, me vi tornada acá en mis sentidos, con estas señales que véys, y con muchos dolores en ellas”. Y tan reçios que casi no los pudo sufrir; tuvo estas señales tan maravillosas y creçidos dolores dende el día del Viernes Sancto, hasta el día de la Sancta Asçençión. Y esto no contino, sino los viernes, y sábados y domingos, tres días arreo hasta la hora que fue la Sancta Resurreçión, y dende aquella ora hasta otro viernes no tenía más dolor ni señal. Viendo esta bienaventurada cómo no podía encubrir estas preçiosas señales que no fuesen vistas de personas devotas del monasterio −pues ya se publicava, y su confesor y el compañero se las havían visto junto con las religiosas−, suplicó a Nuestro Señor muy afetuosamente que en ninguna manera permitiese su Divina Magestad que en ella, su yndigna sierva, pareçiesen ni tuviese tal thesoro ni tan ricas joyas, que no hera digna dellas, ni quería tal don, pues no le podía encubrir. E nunca çesó de haçer esta suplicación, derramando muchas lágrimas, hasta que lo alcançó del poderoso Dios. E hablando un día su Divina Magestad por la lengua y boca della, dixo: “Mucho me ruegas e ymportunas que te quite ese don que te he dado. Yo lo haré, y pues no as querido tener mis rosas, yo te daré cosa que más te duela que ellas”. Y assí le fue otorgado del Señor no tener ya más aquellas señales.  


Por entonçes, muchas personas heran consoladas spiritualmente e libradas de sus tentaçiones por consejo e lumbre de esta bienaventurada. Y aunque fuesen más de çiento las que juntamente se le encomendasen para que rogase a Dios por ellas y que huviese respuesta de su sancto ángel, dotola Dios de tanta graçia que ninguna se le olvidava; que por todas rogava a Dios a su sancto ángel le dixese qué respondería a cada una de aquellas [fol. 39v] personas.Y el sancto ángel la respondía en cada cosa, según el poderoso Dios le dava liçençia para ello. E havidas ella las respuestas, las dava a las personas que se le havían encomendado, sin trocar ninguna cosa de lo que el sancto ángel le deçía, e savía lo que havía de dezir a cada persona. Y esto, de una vez que se elevase, traýa todo esto en su memoria.
Por entonçes, muchas personas heran consoladas spiritualmente e libradas de sus tentaçiones por consejo e lumbre de esta bienaventurada. Y aunque fuesen más de çiento las que juntamente se le encomendasen para que rogase a Dios por ellas y que huviese respuesta de su sancto ángel, dotola Dios de tanta graçia que ninguna se le olvidava; que por todas rogava a Dios a su sancto ángel le dixese qué respondería a cada una de aquellas [fol. 39v] personas.Y el sancto ángel la respondía en cada cosa, según el poderoso Dios le dava liçençia para ello. E havidas ella las respuestas, las dava a las personas que se le havían encomendado, sin trocar ninguna cosa de lo que el sancto ángel le deçía, e savía lo que havía de dezir a cada persona. Y esto, de una vez que se elevase, traýa todo esto en su memoria.
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== Fuente ==
== Fuente ==


[[Archivo:Historia de la tercera orden de Juan Carrillo (1).jpg|miniatura|250px|right| “Vida y milagros de la bienaventurada virgen sor Iuana de la Cruz, de la Tercera Orden del Glorioso Padre San Francisco” en Juan López, 1613, ''Historia de la Tercera Orden de nuestro Seraphico P. S. Francisco'', Zaragoza: Juan de Lanaja. Volumen 2. (Fuente: München, Bayerische Staatsbibliothek). ]]
[[Archivo:Historia de la tercera orden de Juan Carrillo (1).jpg|miniatura|250px|right| “Vida y milagros de la bienaventurada virgen sor Iuana de la Cruz, de la Tercera Orden del Glorioso Padre San Francisco” en Juan Carrillo, 1613, ''Segunda parte de la Historia de los santos y personas en virtud y santidad ilustres de la Tercera Orden del glorioso Padre San Francisco'', Zaragoza: Juan de Lanaja. (Fuente: München, Bayerische Staatsbibliothek). ]]


* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Juan_Carrillo Carrillo, Juan], 1613. ''Historia de la Tercera Orden de nuestro Seraphico P. S. Francisco'', Zaragoza: Juan Lanaja, Volumen 2, pp. 258-325.
* [http://catalogodesantasvivas.visionarias.es/index.php/Categor%C3%ADa:Juan_Carrillo Carrillo, Juan], 1613. ''Segunda parte de la Historia de los santos y personas en virtud y santidad ilustres de la Tercera Orden del glorioso Padre San Francisco'', Zaragoza: Juan Lanaja, pp. 258-325.


[[Contexto material del impreso Historia de la Tercera Orden de nuestro Seraphico P. S. Francisco]]''.
[[Contexto material del impreso Segunda parte de la Historia de los santos y personas en virtud y santidad ilustres de la Tercera Orden del glorioso Padre San Francisco]]


==Criterios de edición==
==Criterios de edición==
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Mas luego echaba de ver que el fundamento de todo aquello ni era carne ni tampoco era espíritu humano ni angélico, sino divino y soberano, que es el artífice de todas las cosas grandiosas y el que sabe poner peso en el aire (esto es), que las cosas que son tan flacas como la carne y tan ligeras como el viento, asentadas por la mano de Dios y tocadas con la virtud de su espíritu permanecen firmes y constantes para poder fundar sobre ellas tan eminente alteza de santidad como veremos en esta Iglesia Santa. Finalmente, todo será fácil de entender si, como dije al principio, pusiéramos los ojos en el poder infinito de Dios y en la singular providencia que siempre ha mostrado en querer enriquecer y honrar a sus santos.
Mas luego echaba de ver que el fundamento de todo aquello ni era carne ni tampoco era espíritu humano ni angélico, sino divino y soberano, que es el artífice de todas las cosas grandiosas y el que sabe poner peso en el aire (esto es), que las cosas que son tan flacas como la carne y tan ligeras como el viento, asentadas por la mano de Dios y tocadas con la virtud de su espíritu permanecen firmes y constantes para poder fundar sobre ellas tan eminente alteza de santidad como veremos en esta Iglesia Santa. Finalmente, todo será fácil de entender si, como dije al principio, pusiéramos los ojos en el poder infinito de Dios y en la singular providencia que siempre ha mostrado en querer enriquecer y honrar a sus santos.


La vida de esta santa salió escrita en un libro que sacó de ella el venerable padre fray Antonio Daza, coronista de nuestra sagrada religión, y pareció tan bien en todos estos reinos de España, así por la devoción que comunmente se tenía a la santa como por elegancia y buen espíritu con que salían escritas cosas tan admirables, como eran las que de su santa vida se decían, en breves días se hicieron muchas impresiones de él y andaba ya en manos de todos los que se preciaban de tener alguna centella de [260] devoción y buen espíritu. Mas en breves días también (permitiéndolo así el Señor, para más honra de su sierva) se mandaron recoger todos los dichos libros por la Santa Inquisición. No porque se dudase de la santidad del sujeto, sino por ser cosas tan extraordinarias y raras las que en él se decían, especialmente en materia de revelaciones y éxtasis, que pareció convenía que se notificasen y declarasen algo más para quitar escrúpulos y algunos inconvenientes que pudiera haber para los ignorantes. Estando esto así, el Católico y Cristianísimo rey de España don Felipe III mandó que revisto el dicho libro por personas de toda satisfacción tornase a salir a la luz. ''[1]'' Cometiose la revista al señor Obispo don fray Francisco de Sosa, del Supremo Consejo de la Santa Inquisición y con su aprobación y censura salió de nuevo ilustrado con tan ingeniosas y admirables advertencias y prevenciones que con ellas es ahora doblada estimación y preciosidad de lo que antes era. Y aunque ni para la honra de la santa, ni para la verdad de la historia importaba mucho que yo emprendiera de nuevo el referir su vida (pues personas tales, y por sí misma está tan autorizada y calificada) pero para el adorno de esta historia y para singular decoro y hermosura de esta santa orden tercera (cuya profesora fue) era de grandísima importancia. Y así me pareció ponerla entre las demás, fundando la verdad y autoridad de lo que dijere en el dicho libro que salió a luz el año de mil seiscientos y trece impreso en Madrid y en la aprobación y censura de que dije y también en el libro original de la vida y milagros de esta sierva de Dios escrito de mano de una religiosa discípula suya llamada sor María Evangelista, el cual está originalmente guardado en el archivo del convento de Santa Cruz del lugar de Cubas, donde vivió y murió santísimamente esta sierva de Dios. Y aunque algunas cosas pienso referir con más brevedad por no alargar demasiado esta historia, pero no dejaré de decir lo que me pareciere más importante, referiéndome en lo demás al dicho libro y al original del guardado en aquel convento. Las cosas que en esta segunda revista del libro se han advertido o quitado irán ya anotadas en sus propios lugares, o del todo dejadas, de manera que podrá el lector sin algún escrúpulo proceder en esta lectura.
La vida de esta santa salió escrita en un libro que sacó de ella el venerable padre fray Antonio Daza, coronista de nuestra sagrada religión, y pareció tan bien en todos estos reinos de España, así por la devoción que comunmente se tenía a la santa como por elegancia y buen espíritu con que salían escritas cosas tan admirables, como eran las que de su santa vida se decían, en breves días se hicieron muchas impresiones de él y andaba ya en manos de todos los que se preciaban de tener alguna centella [260] de devoción y buen espíritu. Mas en breves días también (permitiéndolo así el Señor, para más honra de su sierva) se mandaron recoger todos los dichos libros por la Santa Inquisición. No porque se dudase de la santidad del sujeto, sino por ser cosas tan extraordinarias y raras las que en él se decían, especialmente en materia de revelaciones y éxtasis, que pareció convenía que se notificasen y declarasen algo más para quitar escrúpulos y algunos inconvenientes que pudiera haber para los ignorantes. Estando esto así, el Católico y Cristianísimo rey de España don Felipe III mandó que revisto el dicho libro por personas de toda satisfacción tornase a salir a la luz. ''[1]'' Cometiose la revista al señor Obispo don fray Francisco de Sosa, del Supremo Consejo de la Santa Inquisición y con su aprobación y censura salió de nuevo ilustrado con tan ingeniosas y admirables advertencias y prevenciones que con ellas es ahora doblada estimación y preciosidad de lo que antes era. Y aunque ni para la honra de la santa, ni para la verdad de la historia importaba mucho que yo emprendiera de nuevo el referir su vida (pues personas tales, y por sí misma está tan autorizada y calificada) pero para el adorno de esta historia y para singular decoro y hermosura de esta santa orden tercera (cuya profesora fue) era de grandísima importancia. Y así me pareció ponerla entre las demás, fundando la verdad y autoridad de lo que dijere en el dicho libro que salió a luz el año de mil seiscientos y trece impreso en Madrid y en la aprobación y censura de que dije y también en el libro original de la vida y milagros de esta sierva de Dios escrito de mano de una religiosa discípula suya llamada sor María Evangelista, el cual está originalmente guardado en el archivo del convento de Santa Cruz del lugar de Cubas, donde vivió y murió santísimamente esta sierva de Dios. Y aunque algunas cosas pienso referir con más brevedad por no alargar demasiado esta historia, pero no dejaré de decir lo que me pareciere más importante, referiéndome en lo demás al dicho libro y al original del guardado en aquel convento. Las cosas que en esta segunda revista del libro se han advertido o quitado irán ya anotadas en sus propios lugares, o del todo dejadas, de manera que podrá el lector sin algún escrúpulo proceder en esta lectura.


[261]
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= Vida impresa (10)=
= Vida impresa (10)=
Ed. de [https://visionarias.es/equipo/aitor-boada-benito/ Aitor Boada Benito]; fecha de edición: abril de 2025.
Edición y traducción de [https://visionarias.es/equipo/aitor-boada-benito/ Aitor Boada Benito]; fecha de edición: abril de 2025.


== Fuente ==
== Fuente ==
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'''LXIIIV'''
'''LXIIIV'''


Tras su muerte, aquel rostro exangüe, aquel semblante pálido, aquel cuerpo contraído, compuesto solo de huesos y nervios, se tornó bello y agraciado, tal como había aparecido en su juventud, cuando gozaba del consuelo del discurso divino. Permaneció sin sepultar durante cinco días, exhalando un suavísimo aroma, mientras concurría una innumerable multitud de toda clase de personas, tanto de lugares cercanos como lejanos. Para que todos pudieran satisfacer su piedad con mayor comodidad, los frailes menores, muchos de los cuales habían acudido, llevaron el cuerpo en hombros y lo expusieron fuera [577] del monasterio, ya que los espectadores deseosos no pudieron acceder al interior. Una religiosa del monasterio de la Concepción de Almería, mujer muy devota y de virtud como la de Juana, íntimamente unida a ella en espíritu, refirió que la vio en visión ascendiendo a los cielos, completamente purificada en esta vida por tantas penas. Inmediatamente después de su fallecimiento comenzaron a manifestarse milagros: curó milagrosamente a una hermana gravemente herida en la tibia y en el pecho por una caída, a un hombre con fuertes dolores en los dientes, y a otro con las piernas contraídas que caminaba con andadores. Finalmente, fue sepultada en la parte inferior del coro, sin ataúd, solo sobre la tierra desnuda, cubierta con abundante cal viva y agua. Sin embargo, permaneció incorrupta durante siete años. Ocurrió que una niña, hija del conde de Puebla, que estaba siendo educada piadosamente en el monasterio, mientras jugaba en aquel lugar percibió un grato olor y empezó a escarbar la tierra con los dedos. Al acercarse las hermanas, también fascinadas por aquel olor, decidieron averiguar la causa y comprobar en qué estado se hallaba el cuerpo de Juana. Al cavar profundamente, lo hallaron incorrupto tanto en cuerpo como en vestiduras, sin ningún daño. Lo adornaron entonces con decencia y lo trasladaron al coro superior, donde lo colocaron en una urna bajo el altar.
Tras su muerte, aquel rostro exangüe, aquel semblante pálido, aquel cuerpo contraído, compuesto solo de huesos y nervios, se tornó bello y agraciado, tal como había aparecido en su juventud, cuando gozaba del consuelo del discurso divino. Permaneció sin sepultar durante cinco días, exhalando un suavísimo aroma, mientras concurría una innumerable multitud de toda clase de personas, tanto de lugares cercanos como lejanos. Para que todos pudieran satisfacer su piedad con mayor comodidad, los frailes menores, muchos de los cuales habían acudido, llevaron el cuerpo en hombros y lo expusieron fuera [577] del monasterio, ya que los espectadores deseosos no pudieron acceder al interior. Una religiosa del monasterio de la Concepción de Almería, mujer muy devota y de virtud como la de Juana, íntimamente unida a ella en espíritu, refirió que la vio en visión ascendiendo a los cielos, completamente purificada en esta vida por tantas penas. Inmediatamente después de su fallecimiento comenzaron a manifestarse milagros: curó milagrosamente a una hermana gravemente herida en la tibia y en el pecho por una caída, a un hombre con fuertes dolores en los dientes, y a otro con las piernas contraídas que caminaba con andadores. Finalmente, fue sepultada en la parte inferior del coro, sin ataúd, solo sobre la tierra desnuda, cubierta con abundante cal viva y agua. Sin embargo, permaneció incorrupta durante siete años. Ocurrió que una niña, hija del conde de Puebla, que estaba siendo educada piadosamente en el monasterio, mientras jugaba en aquel lugar percibió un grato olor y empezó a escarbar la tierra con los dedos. Al acercarse las hermanas, también fascinadas por aquel olor, decidieron averiguar la causa y comprobar en qué estado se hallaba el cuerpo de Juana. Al cavar profundamente, lo hallaron incorrupto tanto en cuerpo como en vestiduras, sin ningún daño. Lo adornaron entonces con decencia y lo trasladaron al coro superior, donde lo colocaron en una arca bajo el altar.


'''LXIV'''
'''LXIV'''


Allí permaneció durante catorce años, frecuentemente manipulado por las hermanas, despojado de sus antiguos hábitos y revestido con nuevos, hasta que una noble dama, Isabel Mendoza, esposa de Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, se encargó de trasladarlo a la principal capilla del templo. Allí lo colocaron, en el lado del Evangelio, dentro de un túmulo arqueado, desde el que tanto las hermanas por el interior como los seglares por el exterior podían contemplar y tocar la noble arqueta reforzada con anillos de hierro en la que reposa el sagrado cuerpo. La traslación tuvo lugar el 14 de septiembre de 1552, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, con la presencia de numerosos nobles y damas. En el año 1600, Francisco de Sosa, general de la orden y luego obispo de Canarias, Osma y Segovia, junto con Pedro González de Mendoza, provincial de la provincia de Castilla, más tarde comisario general de la familia ultramontana, arzobispo de Granada y luego de Zaragoza, y finalmente obispo de Sigüenza, al acudir al monasterio ordenó abrir la urna. Todos los presentes vieron el cuerpo íntegro, salvo por el rostro y las manos, ligeramente oscurecidos. El resto del cuerpo permanecía intacto, fresco y firmemente unido. Le quitaron el antiguo hábito y le pusieron uno nuevo. En lugar de los dos velos blancos de la cabeza, el provincial general restituyó uno blanco y añadió otro negro, dignándola con este honor póstumo a quien en vida tanto había anhelado esa distinción para todas sus hermanas. Sin embargo, al cortar un dedito del pie izquierdo para colocarlo en otro monasterio, quedó sobrecogido al ver que, tras sesenta y seis años, brotaba sangre de la herida.
Allí permaneció durante catorce años, frecuentemente manipulado por las hermanas, despojado de sus antiguos hábitos y revestido con nuevos, hasta que una noble dama, Isabel Mendoza, esposa de Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, se encargó de trasladarlo a la principal capilla del templo. Allí lo colocaron, en el lado del Evangelio, dentro de un túmulo arqueado, desde el que tanto las hermanas por el interior como los seglares por el exterior podían contemplar y tocar la noble arqueta reforzada con anillos de hierro en la que reposa el sagrado cuerpo. La traslación tuvo lugar el 14 de septiembre de 1552, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, con la presencia de numerosos nobles y damas. En el año 1600, Francisco de Sosa, general de la orden y luego obispo de Canarias, Osma y Segovia, junto con Pedro González de Mendoza, provincial de la provincia de Castilla, más tarde comisario general de la familia ultramontana, arzobispo de Granada y luego de Zaragoza, y finalmente obispo de Sigüenza, al acudir al monasterio ordenó abrir la arca. Todos los presentes vieron el cuerpo íntegro, salvo por el rostro y las manos, ligeramente oscurecidos. El resto del cuerpo permanecía intacto, fresco y firmemente unido. Le quitaron el antiguo hábito y le pusieron uno nuevo. En lugar de los dos velos blancos de la cabeza, el provincial general restituyó uno blanco y añadió otro negro, dignándola con este honor póstumo a quien en vida tanto había anhelado esa distinción para todas sus hermanas. Sin embargo, al cortar un dedito del pie izquierdo para colocarlo en otro monasterio, quedó sobrecogido al ver que, tras sesenta y seis años, brotaba sangre de la herida.


'''LXV'''
'''LXV'''


Sería difícil expresar cuánta es la devoción que se dice que sienten hacia la santa virgen todos los pueblos de los alrededores, y cuántos dones adornan su sepulcro. Así fue fácil para las hermanas, por medio del procurador del monasterio Alfonso de Espinosa, adquirir una nobilísima urna de plata, profusamente elaborada con magníficos relieves, por un valor de cinco mil ducados de oro, donde el cuerpo fue depositado el día de Todos los Santos del año 1614. Estuvieron presentes Antonio de Trejo, vicario general de toda la Orden (más tarde orador ante la Santa Sede y obispo de Cartagena), y Francisco de Ocaña, ministro provincial, junto con una inmensa multitud de fieles procedentes de la corte del rey católico y de los pueblos vecinos. Para satisfacer la devoción de todos, el cuerpo fue expuesto durante dos días en un lugar elevado del presbiterio del templo, a plena vista de todos. Finalmente, se colocó en la mencionada urna, con dos cerraduras: una llave se entregó al provincial y otra a la abadesa. Al año siguiente, el rey Felipe III, con la familia real al completo, el cardenal de Lerma y los principales nobles de la corte, acudieron a venerar el sagrado depósito. El cuerpo fue expuesto para veneración durante todo el día, reposando en un lecho adornado noblemente, en el coro, salvo durante la hora del almuerzo, que tomaron en el atrio del monasterio. Finalmente, en el año 1622, la dignísima reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, acompañada del infante Carlos, el cardenal Fernando de Toledo (hermanos del rey) y los principales dignatarios de la corte, quiso contemplar ese precioso tesoro y honrarlo con sus dones.
Sería difícil expresar cuánta es la devoción que se dice que sienten hacia la santa virgen todos los pueblos de los alrededores, y cuántos dones adornan su sepulcro. Así fue fácil para las hermanas, por medio del procurador del monasterio Alfonso de Espinosa, adquirir una nobilísima arca de plata, profusamente elaborada con magníficos relieves, por un valor de cinco mil ducados de oro, donde el cuerpo fue depositado el día de Todos los Santos del año 1614. Estuvieron presentes Antonio de Trejo, vicario general de toda la Orden (más tarde orador ante la Santa Sede y obispo de Cartagena), y Francisco de Ocaña, ministro provincial, junto con una inmensa multitud de fieles procedentes de la corte del rey católico y de los pueblos vecinos. Para satisfacer la devoción de todos, el cuerpo fue expuesto durante dos días en un lugar elevado del presbiterio del templo, a plena vista de todos. Finalmente, se colocó en la mencionada arca, con dos cerraduras: una llave se entregó al provincial y otra a la abadesa. Al año siguiente, el rey Felipe III, con la familia real al completo, el cardenal de Lerma y los principales nobles de la corte, acudieron a venerar el sagrado depósito. El cuerpo fue expuesto para veneración durante todo el día, reposando en un lecho adornado noblemente, en el coro, salvo durante la hora del almuerzo, que tomaron en el atrio del monasterio. Finalmente, en el año 1622, la dignísima reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, acompañada del infante Carlos, el cardenal Fernando de Toledo (hermanos del rey) y los principales dignatarios de la corte, quiso contemplar ese precioso tesoro y honrarlo con sus dones.


'''LXVI'''
'''LXVI'''


Por último, los obispos de Troya y de Cirene, comisarios apostólicos delegados para examinar los hechos relativos a la santa virgen, al abrir el arca declararon haber visto el cuerpo incorrupto y de bello aspecto, y lo expusieron durante tres días a la vista de más de cuarenta mil personas llegadas de todas partes. En Roma se está tratando ahora su inclusión en el catálogo de los santos; en su momento, Gabriel, cardenal de Trejo —hermano del mencionado Antonio—, cubría los gastos para promover la causa, y las Cortes Generales del Reino de Castilla decretaron destinar a este fin cuatro mil escudos de oro. La veneración y el culto en ese lugar son sumamente fervorosos, y su fama está muy extendida por todos los reinos de España. Su glorioso sepulcro se encuentra rodeado de muchas lámparas de plata encendidas, colmado de preciosas ofrendas, y se ha depositado junto al sacristán un ajuar valioso.
Por último, los obispos de Troya y de Cirene, comisarios apostólicos delegados para examinar los hechos relativos a la santa virgen, al abrir el arca declararon haber visto el cuerpo incorrupto y de bello aspecto, y lo expusieron durante tres días a la vista de más de cuarenta mil personas llegadas de todas partes. En Roma se está tratando ahora su inclusión en el catálogo de los santos; en su momento, Gabriel, cardenal de Trejo —hermano del mencionado Antonio—, cubría los gastos para promover la causa, y las Cortes Generales del Reino de Castilla decretaron destinar a este fin cuatro mil escudos de oro. La veneración y el culto en ese lugar son sumamente fervorosos, y su fama está muy extendida por todos los reinos de España. Su glorioso sepulcro se encuentra rodeado de muchas lámparas de plata encendidas, colmado de preciosas ofrendas, y se ha depositado junto a la sacristía un ajuar valioso.


'''LXVII'''
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===Notas===
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''[1]'' La resunta concluye con remisión a su fuente, probablemente la obra de Fr. Pedro de Salazar, O. F. M., ''Historia Provinciae Castillae Ordinis Minorem'', 1579 (con versión en castellano en 1612 como ''Corónica y Historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado padre San Francisco, Madrid: Imprenta Real). Dicha obra recoge la biografía de Juana de la Cruz bajo el siguiente epígrafe: «Síguese la vida de la sierva de Dios Juana de la Cruz'', que tantas personas tiene aficionadas, religiosas y seglares, que gustan mucho de verla y tenerla consigo, y no es según la impresión de 1610, sino compuesto de nuevo» (véase entrada de Salazar).
''[1]'' La resunta concluye con remisión a su fuente, probablemente la obra de Fr. Pedro de Salazar, O. F. M., ''Historia Provinciae Castillae Ordinis Minorem'', 1579 (con versión en castellano en 1612 como ''Corónica y Historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado padre San Francisco'', Madrid: Imprenta Real). Dicha obra recoge la biografía de Juana de la Cruz bajo el siguiente epígrafe: «Síguese la vida de la sierva de Dios Juana de la Cruz, que tantas personas tiene aficionadas, religiosas y seglares, que gustan mucho de verla y tenerla consigo, y no es según la impresión de 1610, sino compuesto de nuevo» (véase entrada de Salazar).