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Juana de la Cruz

No hay cambio en el tamaño, 15:45 18 sep 2020
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=== Capítulo I ===
[fol. 1r] '''Comiença la vida y fin de la bienaventurada virgen sancta Juana de la Cruz, monja que fue professa de quatro botos en la orden del señor sant Francisco, en la qual vivió perfeta y sanctamente. Mostró Nuestro Señor Dios en esta bienabenturada muy grandes maravillas y gloriosos milagros, dotándola de su divina graçia y dones de su sancto spíritu Sancto Spíritu muy copiosamente. Primero que digamos las gracias y sanctidad desta bienaventurada, diremos cómo fue edificado el monasterio en que ella vivió y hizo su fin glorioso.'''
Fue mostrada por la voluntad de Dios a una muy santa muger una revelaçión de cómo apareçió Nuestra Señora la Virgen Santa María çerca de un pueblo llamado Cubas a una pastorçica, y cómo rogó a su precioso hijo, Nuestro Señor Jesucristo, con muy gran fervor y humildad y charidad de las ánimas, su Divina Clemençia les diese liçençia con su graçia y poderes para edificar en la Tierra una casa de religiosas donde Él y Élla fuesen servidos y estuviese su culto divino reverençiado y servido y huviese memoria para siempre della y de su bocaçión,
”Y assí es bueno, dixo el sancto ángel, hagan todas las gentes para vivir y entrar en paz con su Dios y recriador, redemptor, salvador, contino hazedor de virtudes, las quales sean conoçidas de sus criaturas, que es mucha razón, pues tienen entendimiento animal, razional, viviente, perdurable, eterna. Que ansí hizimos nosotros, los ángeles: fuymos agradeçidos, reverentes, humildes, prudentes, amorosos de Nuestro Señor Dios, serbiçiales, corteses, bien criados, paçientes, justos, dando la honra al otro, cada uno despreçiando a ssí mesmo, teniéndose en poco, y tiniendo a su Dios en mucho, y a sus próximos, no despreçiando a nadie, ni diziéndole lástimas, ni ynjuriándole por sus faltas. Mexor es dexar el juyzio a Dios de todas las cosas, salvo aquellas que tienen perlaturas o cargos de justiçia, dignidades, poderíos, lo qual todo con prudençia se a de regir y ordenar, hazer a serviçio de Dios y bien y provecho de las ánimas católicas, y convertir los infieles y los peccadores a verdadera penitençia; animarlos, enseñarlas en la virtud y fee de Nuestro Señor Jesuchristo, hazerles saver los exemplos de los sanctos, provocarlos a todo bien, apartarlos de todo mal. Estas son las obras de misericordia spirituales. Las que les hizieren bien, abrán; las que no las hizieren para sí, harán gran daño, y las otras ánimas ayudarán a perder. Mírense bien, mírense bien las gentes, que quien solo peccare solo dará cuenta a Dios; empero, quien a otros hiziere peccar, llevará su peccado y su culpa, y la agena.
”Dizes que te diga sobre el evangelio de sant Juan: ‘''in principio erat verbum''’, y sobre las sanctas liçiones de ‘''in principio creavit Deus celum & terram''’. Pues en la sagrada scriptura esto todo se contiene largamente; y en la sancta ley nueva y vieja, concordantes en una perfeçión, allí se hallarán abundosos pastos; y en la piedra, que es Jesuchristo, se hallarán fuentes de agua dulce, y su [fol. 119v] sanctíssimo cuerpo sacratíssimo, e tierra que mana leche y miel, tierra sancta, tierra prometida que Dios prometió a sus escogidos, lo qual todo se cumplió en el misterio de la sancta Encarnaçión y alçavose el día de la sancta Sancta Asunçión del Señor, y perseverará agora y para siempre jamás”.
===Capítulo XXVI===
Y pasados los dos días que la sancta ymagen estava en su çelda, ayuntáronse allí el abbadesa y monjas, diziendo a la sancta virgen que yban por la ymagen, ymportunándola el abbadesa que, pues estavan allí todas, les dixese alguna cosa de las que Dios les mostrava. Respondió, diziendo: “Lo que ay que deçir es que Nuestro Señor Dios tiene en tanto las imágenes, y se sirve que las aya en la sancta Madre Yglesia, y que sean honradas y beneradas por nosotros peccadores, pues el mesmo Dios de los Çielos vino a la [fol. 121r] vendecir y a enseñarnos cómo son cosa por donde se alcança virtud y devoçión quando se tiene en el coraçón; y bien se pareze, según yo vi en una revelaçión que el Señor fue servido de me mostrar, quánto Él ama y honra la sancta Madre Yglesia y a sus sanctas ymágines por amor della”.
Y dixo la revelaçión susodicha, y añidió, diziendo: “Me dixo mi sancto ángel, después que desapareçió el Señor: ‘Mira qué son las maravillas de Dios, que si en un madero alla Dios bescosidad y no quiere que su sancta madre le quiera y tenga por su ymagen, hasta le haver alimpiado y puesto en él dignidad de bendiçión suya, como la tiene la sancta Yglesia, ¿qué tales estarán las ánimas, que llenas de pecados, están ensuçiadas y asquerosas?, ¿cómo serán dignas aquellas tales que venga Dios en ellas, ni su sancta madre Madre con graçia y piadosa caridad, si primero no son alimpiadas las tales ánimas peccadoras por espeçial graçia de Spíritu Sancto, sin el qual ninguna cosa es buena, ni justa ni sancta, ni digna ni açepta a Dios? Y por semejante, con los dones del sancto spírituSancto Spíritu, las cosas que son d’él preçiadas e baxas, Dios las ensalça y tiene en ellos thesoros muy grandes, aunque ascondidos a los ojos de las personas de la Tierra. Bendito sea Dios en sus dones, e los sanctos en sus obras, y las ymágines en sus altares, y los altares en sus yglesias, y las yglesias en sus sacramentos, y los sacramentos en la cruz y Passión de Nuestro Señor Jesuchristo, y en el sancto baptismo y remisión de los peccados’”. Y acavado esto, dixo la bienabenturada: “Bien se pueden llevar la sancta ymagen”; la qual llevaron el abbadesa y monjas con mucha devoçión y reverençia con candelas ençendidas, cantando el ‘''te deum laudamus''’, al coro, y la pusieron en el altar acostumbrado. Y de aý adelante, se consolaron mucho las monjas con esta ymagen.
Deçía el sancto ángel de su guarda a esta sancta virgen: “Yo te amonesto que las graçias que resçives del poderoso Dios las guardes con humildad y las hagas creçer con agradeçimiento, porque todo lo que tienes es suyo. Mira cómo negoçias con ello, que muchas vezes estoy admirado de las cosas que la clemençia de Dios haze contigo, entre las quales te quiero dezir una, y más porque no seas yngrata ante su Real Magestad, mas singularmente le des graçias por ello: y es que muchas vezes [fol. 121v] te veo en tu cama hechada, padesçiendo muchos dolores, y que en tu entendimiento y voluntad estás gozando y viendo cosas muy grandes, çelestiales, y que las ánimas de Purgatorio te llaman y piden que las ayudes en sus neçessidades, y las gentes de la Tierra están hablando contigo, contándote las cosas secretas de sus ánimas y consçiençias, pidiéndote consejo y ayuda con tus ruegos e consuelos. Con tus palabras veo la graçia de Dios puesta en ti, que con todo cumples enteramente. No es esta pequeña graçia, avísote no seas yngrata a tan grandes benefiçios hechos en ti por la voluntad de Dios”.
Y para la santa transfiguración ha de rezar cinquenta vezes el psalmo de ‘Miserere mei Deis secundum’ con ‘Gloria Patri’ y cinquenta ‘Credos’ y cinquenta ‘Salves’, y an de rezar este día el officio de las vírgines y, en una missa, han de rezar el evangelio de los mártires, que dize: “Dejen padre y madre y parientes y amigos por Dios”. Y para las que esto hizieren y rezaren, vio nuestra madre santa Juana cómo en el Cielo havía un monasterio como esta santa casa y que allí havía un cofre en que el Señor depositava estas oraciones, para enjoyar a las que fuesen allá.
El ayuno de la santa asumpción de Nuestra Señora comiença desde la santa visitación Santa Visitación hasta la víspera de la misma fiesta de la santa asumpción; han de rezar las que le ayunan quinientos ‘Paternostes’ y ‘Avemarías’. Prometió Nuestra Señora a las que esto hizieren de que sacaría de Purgatorio (y yría su Magestad misma por ellas) tantas ánimas como días vivió la [fol. 39v] misma Reyna del Cielo. Y viendo que por la flaqueça de las gentes vendría tiempo que no se ayunasse, dixo su Magestad concedería lo mismo a quien rezase mill y quinientos ‘Paternostres’ y ‘Avemarías’ con requiem.
La oración de ‘Ave sanctissima Maria’, quantas vezes la rezaren en el tiempo que dura dezir una missa tantas ánimas de Purgatorio saca Nuestra Señora este mismo día de la asumpción; y la oración es esta: “''Ave sanctissima Maria, mater dei Regina Celi Porta paradisi Domina Mundi, pura singularis tu es virgo tu concepta es sine macula, tu peperisti Creatorem et Salvatorem mundi inquo no dubito, liberame ab omini malo, et ora pro peccato meo. Amen''”.
Las quentas que se ponen el día de la sepoltura de la fiesta de la asumpción en las andas, adonde llevan a Nuestra Señora, las llevan los ángeles al valle de Josafad, al sepulcro de Nuestra Señora, y concédeles Nuestro Señor muchas indulgencias. Todo esto veýa la santa. Las vidas se comiençan desde este día hasta las laudes de la víspera de la fiesta, que sacan a Nuestra Señora [fol. 40r] de las andas en el auto que se haze este mismo día en la casa de la labor; concedió el Señor muchas gracias. Y en el que hazen el día de la sancta asumpciónSancta Asumpción, en el refitorio, concedió el Señor grandes gracias, y dixo el mismo Señor, en un sermón que hizo en el santo ''Conorte'' de la sancta asumpción, que gustaba se hiziesse, y dio la industria para ello. Y no tan solamente concedió el Señor gracias en el auto, sino también a quien dixere que se haga y ayudare a poner el tablado.
El desposorio de Nuestra Señora con el santíssimo Joseph es a seis días de setiembre, y pidió la Reyna del Cielo que holgassen aquel día, que recibiría servicio en ello, y dixo a la santa Juana: “Díselo a las monjas de mi parte, y que se ocupen si quieren en colgar ubas”.
Díxole a nuestra madre santa Juana su santo ángel que se contaba en el Cielo por ayuno de pan y agua no comer cosa de sangre, como es pescado y güebos, que todo lo demás lo era.
Hablando con nuestra madre santa Juana señor san Vicente y Anastasio, le dixeron: “Di a tus hermanas que se acuerden de nosotros y que en nuestra fiesta nos pongan luz, que aunque sea un candil lo recibiremos”. Y estos gloriosos santos cayen a veynte y dos de enero. El ayuno de la santa visitación Santa Visitación se comiença desde el día de san Bernabé hasta el mismo día, y las que no pudieren ayunar han de rezar cada día veynte y quatro ‘Magnificas’, y ganan lo mismo que si le ayunassen. Gánase en el adviento lo que Dios concedió a petición de nuestra madre santa Juana en lo demás que concedió en esta santa casa.
Estando mala una monja mandola el médico tomar una purga, y apareciole señor san Lucas a nuestra madre santa Juana [fol. 61v] y díxole: “No le den esa purga a la enferma, que le hará mucho mal, sino escriban al boticario que le imbíe unas píldoras agregas, y estará buena”. Y fue ansí que con las dichas píldoras sanó.
Había en el monasterio una monja enferma, que estaba ética y algo penosa y asquerosa, a la cual servía esta bendita venciendo con mucha alegría todas las cosas que se le ofrecían en el tal ejercicio de caridad, con el espíritu de su mortificación, por muy graves y repugnantes que fuesen. Vino a ella una religiosa, con mucho frío y dolor de estómago, y díjole: “Señora, por caridad que pidáis para vos un trago de vino, diciendo que lo habéis menester para algún dolor que tenéis y dármele heis a mí, que traigo un gran dolor de estómago y no lo oso pedir” (en aquel tiempo no sabían las mujeres qué cosa era vino) y ella dijo que lo [529] haría y, considerando que decir tenía dolor de estómago por entonces que no diría verdad, y dejarlo de pedir era falta de caridad, suplicó a Nuestro Señor por qué ella pudiese decir verdad y la religiosa recibiese refrigerio en su necesidad: Nuestro Señor lo proveyó de manera que esta bendita no mintiese. En la vida del Padre fray Pascual Bailón, cuyo cuerpo está en San Francisco de Villareal de Valencia, se cuenta d’él las grandes diligencias y trabajos que pasó por no decir una mentira ligera, que no pasaba de pecado venial, lo cual es contra tanto como en estos tiempos se miente porque no se sabe decir verdad. Y ansí sucede a los mentirosos lo que dice Aristóteles, que cuando digan verdad no los crean, aunque hay quien nunca la diga. Muchas veces aparecieron ánimas de difuntos a esta bienaventurada, pidiéndole hiciese diligencias con deudos suyos para que hiciesen obras satisfatorias y cumpliesen obligaciones que tenían para por estos medios ser libres del purgatorio, lo cual ella siempre hacía. Las cuales ánimas le tornaban a aparecer y le decían cómo eran libres de las penas de purgatorio y le daban gracias por haberlas ayudado.
Vino a esta bendita un religioso muy tentado de que no rezaba las horas canónicas ni ninguna cosa de las que tenía obligación, diciendo que Dios no tenía necesidad de sus rogaciones; la cual hizo oración por él y le respondió: “Padre, verdad es que Dios no tiene necesidad de las oraciones de las criaturas que Él crió; empero, que todas las criaturas racionales que Él crió tienen necesidad de la ayuda de Dios y de le servir para agradarle: ansí como de necesidad y fuerza es obligado cualquier labrador pechero de pagar a su rey y señor el pecho que es obligado y le debe y si esto de su grado no lo hiciere, será castigado, ansí el religioso, si no pagare a Dios lo que le debe rezando las horas canónicas y lo que es obligado, será castigado de la mano de Dios”. Deseaba padecer muchos trabajos por Dios y suplicábalo a Nuestro Señor y ansí permitió que los demonios la azotasen muy crudamente y las señales le duraron mucho tiempo y la de uno le duró toda su vida. Y lo mesmo se cuenta haber sucedido al glorioso S. Gerónimo. También le dio Dios de ordinario un dolor [530] de cabeza que la atormentaba en gran manera y todo lo llevaba con gran paciencia. Era devotísima de la santa cruz Cruz y enseñó a las monjas una adoración en esta manera: “Adórote, cruz preciosa; adórote, santa cruz Cruz de Dios; adórote, santo madero; adórote, trono de Dios; adórote, escaño de sus pies con el cual justiciará y pisará los pecadores y les hará ver y conocer cómo solo Él es el Señor y Criador del Cielo y de la tierra y juez de los vivos y de los muertos; adórote, galardón de los justos por el cual se salvan y justifican; adórote, deleite de los ángeles; adórote, penitencia de los pecadores; adórote, tálamo de Dios, en el cual está puesta su corona real; adoro los clavos, tenazas, martillo, escalera y lanza; adoro al Redentor en ti puesto; adoro a mi Salvador; adoro su santo rostro; bendigo, glorifico y adoro sus santos miembros todos, desde las uñas de los pies y plantas hasta encima de la cabeza, que son los cabellos: adórote, árbol santo de la vera cruz”.
=== Capítulo VII ===
Siendo esta bendita de edad de cincuenta y tres años, los cuales había vivido muy bien y muy ejemplarmente a honra y gloria de Dios y salvación y mérito de su alma y aprovechamiento de sus prójimos, vivos y difuntos, como su historia da testimonio dello, quiso el poderoso Dios que después de la Dominica del Pastor, año de 1534, se le agravasen a esta sierva de Dios sus enfermedades, sobreviniéndole otra de nuevo, la cual fue que no pudo orinar en catorce días, y publicándose su enfermedad entre algunas personas muy generosas, devotas suyas, fue luego proveída con mucho deseo de su salud de médicos y de las cosas necesarias para su cura. Y los médicos juntos y concentrados le hicieron muchas y grandes experiencias, y ella, tomando por la consolación de las monjas que se lo rogaban todo lo que los médicos le mandaban, aunque era contra su voluntad, y algunas veces con rostro como de ángel y semblante muy gracioso [533] que reía con las monjas y les decía palabras de muy grande amor y también a los médicos, se mostraba muy agradecida a su trabajo. Y viendo ellos que su mal iba empeorando y que era mortal, dijéronlo a las religiosas, las cuales con muchas ansias comenzaron a invocar la misericordia de Dios haciendo oraciones y derramando muchas lágrimas y sangre, haciendo procesiones con gemidos y sollozos, que parece querían expirar, suplicando a Nuestro Señor no quisiese su Majestad quitarles tan grande amparo, consolación y ayuda para su salvación como tenían en la madre Juana de la Cruz. La cual con muy grande fervor pidió le trujesen su confesor, que se quería confesar y aparejarse para morir, y ansí lo hizo, que confesó y comulgó con admirable devoción y se despojó como muy pobre y perfecta religiosa, y pidió la extremaunción; y todos los días que estuvo enferma de la enfermedad que murió, no pasó noche que no se arrobase, pero no le fue descubierto el secreto de su muerte hasta tres días antes de su bienaventurado fin. Y aunque con mucha flaqueza, no faltándole caridad y compasión de sus hermanas, contoles algunas cosas de consolación que en sus raptos había visto. Y acercándose el día de su glorioso fin tuvo una revelación jueves en la noche, vigilia de los apóstoles San Felipe y Santiago, en la cual conoció que era la voluntad de Dios llevarla desta vida; y súpolo en espíritu, por cuanto aquella mesma noche estuvo elevada desde las once hasta la una, y en esta elevación vido a los gloriosos apóstoles San Felipe y Santiago. Y hablando con su santo ángel le dijo viese cuál estaba y le suplicaba rogase al Señor por ella y por las religiosas de su casa y por sus hermanos y parientes y amigos y por todas las personas que a ella se encomendaban; y la respuesta fue: “Bienaventurados son los que viven y mueren en Dios y malaventurados se pueden llamar los que viven fuera de Dios; esfuérzate y ten paciencia, y encomiéndate a Dios y confórmate con su santa voluntad, y arrepiéntete de tus pecados y de las cosas que pudieras haber hecho en su servicio y no las has hecho”; la cual dijo: “Tan tarde me lo decís”. Y respondió: “No es tarde, que tiempo tienes para lo poder hacer; tú, amiga de Dios, confórtate [534] con todo lo que Nuestro Señor quisiere hacer de ti y suplica a su Divina Majestad se cumpla en bien y salvación tuya la sentencia que está dada, y tiempo es ya, amiga de Dios, de gozar de las cosas prometidas y a Dios pedidas y por Él otorgadas”. Y suplicó esta madre a los gloriosos apóstoles San Felipe y Santiago rogasen a Dios por ella, que no deseaba la muerte por impaciencia, sino muerte con penitencia, contrición y arrepentimiento de sus pecados, y que fuese en ella cumplida la voluntad de Dios. Los santos apóstoles le dijeron: “Ansí tiene de ser para ser la muerte buena y inocente y sin pecado, y ahora es tiempo de padecer los penitentes y amigos de Dios para que después gocen de los gozos del Cielo”. Todo esto pasó estando esta sierva de Dios elevada, y tornando en sus sentidos llamó a una religiosa parienta suya, que desde niña se había criado en el monasterio y ella le tenía mucho amor, y díjole: “Hágoos saber, hermana, que según me ha sido revelado he visto que es la voluntad de mi Señor Jesucristo que muera desta enfemerdad, de lo cual yo mucho me he consolado”. Y contole la sobredicha revelación y díjole muchas cosas de gran dotrina, aconsejándola tuviese paciencia y se conformase con la voluntad de Dios. Y luego, viernes por la mañana, día de los apóstoles San Felipe y Santiago, entrando el médico a visitarla, dijo que le quería hablar en secreto y, llegándose cerca de su cama, le dijo: “Señor, ruégoos por amor de Nuestro Señor que no me curéis ya más ni hagáis algún beneficio, porque yo sé que tengo de morir desta enfermedad y todo aprovechará poco, sino es darme más tormento; y paréceme que todo mi cuerpo le meten en un grano de mostaza y allí le aprietan según que yo siento”. Y ansí estuvo todo aquel día con alguna fatiga causada por la enfermedad. Y como se divulgase mucho que estaba tan al cabo de su fin, muchas señoras generosas deseaban estar presentes a su glorioso tránsito y ansí lo pusieron por obra; y no todas llegaron a tiempo, a causa que algunas venían de lejos, sino fue una muy ilustre señora muy devota suya que se llamaba doña Isabel de Mendoza, hija del conde de Monteagudo, mujer de don Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, que llegó a tiempo [535] y estuvo presente a todas las cosas y maravillas que pasaron en su bienaventurado tránsito y tuvo muchas lágrimas de devoción. Y esta señora, después de viuda, fue monja en el Monasterio de la Concepción de la Puebla de Montalván.
El mesmo día de los apóstoles, antes de vísperas, estando en sus sentidos, vido algunas cosas, las cuales ella no dijo claramente, aunque mucho se lo importunaron y rogaron. Este mesmo día, ya que quería anochecer, le dieron la santa unción, la cual recibió con muy gran devoción, y desde a un rato dijo con gran gemido y contrición: “Ay, ay de mí, cómo me he descuidado”. Pasada una hora, después de recebida la santa unción, le sucedió una indisposición, que pensaron era desmayo, y viéndolo el médico dijo que no tenía pulsos, que verdaderamente se moría, y estuvo ansí un rato; y tornando sobre sí, comenzó a hablar con buen semblante, en lo cual conocieron había sido arrobamiento. Y destos tuvo muchos aquella noche y empezó a hablar, diciendo lo que había visto, como quien responde a lo que le decían, y parecía a todos los que la veían que lo que hablaba eran respuestas que daba a quien hablaba, e dijo como persona muy admirada: “O, qué cruel espada, tenédmele, tenédmele, no me mate con ella”. Y ansí estuvo sosegada un gran rato en silencio, como persona que veía grandes cosas. Y después dijo con gran sosiego y manera pacífica: “Tened ese cuchillo, tenedle”; y alzando un poquito la voz, decía: “Llamádmela, llamádmela que se va”. Y preguntándole a quién habían de llamar, respondió: “A la santa Madalena”; y diciéndole qué Madalena, dijo: “La que estuvo al pie de la cruz, que viene del sepulcro”; y decía: “Ay, ay, amiga de mi alma”. Preguntándole si estaba allí la Madalena, respondió que sí; y de rato en rato decía, a manera de mucho deseo: “Pues vamos, Madre de Dios, vamos”, y esto decía muchas veces; y algunas veces añadió: “Vamos a casa, vamos, Madre de Dios, que es tarde”. Y con manera de ahínco y esfuerzo fervoroso decía: “Echalde de ahí, echalde de ahí, ¿por qué me dejáis?”; y parecía que estaba angustiada y que peleaba con el demonio y para esta pelea la dejaron sola; la cual venció poderosamente, según pareció la plática que ella tenía con el demonio, [536] que ansí como Dios le dio gracia de fortaleza que en su vida le venciese, ni más ni menos en la hora de la muerte no la desamparó, que maravillosamente quedó vencedora. Y volviendo la plática a las religiosas, dijo: “Señoras y hermanas mías, levantadme de aquí, daré mi alma a Dios en sacrificio”. Dende a poco comenzó a decir apriesa, como quien habla con otras personas: “Buscádmele, buscádmele a mi Señor, ¿por qué me le llevastes?, dejádmele ir a buscar, aunque estoy descoyuntada”; y con gran fervor decía: “Mi Señor, la misericordia sobre la justicia: Jesús, y qué angustia”. Y muy fatigada, volvió el rostro a las religiosas, e díjoles: “Amigas, ayudadme a rogar”; y dijeron: “Señora, ¿qué quiere que roguemos y pidamos?”. Respondió que misericordia y piedad, que la misericordia era sobre la justicia. El médico que la curaba, viendo todas estas cosas, dijo con gran devoción y lágrimas: “Bienaventurado colegio que tal alma como esta envía el Cielo; por cierto, señoras, creo yo que serán mayores los favores que desta bendita recebirán desde el Cielo que los que han recebido en la tierra, aunque han sido muchos”; y respondió la bienaventurada: “Podrá ser”. Y todo esto pasaba estando sin pulsos en ninguna parte de su cuerpo, y estándola todos mirando empezó a mascar, como persona que comía con mucho favor, y cesando le dijo el médico: “Señora, parece que come”. “Es verdad”, dijo ella, “sí”. Tornándole a preguntar que quién se lo había dado y qué era, respondió que cierto manjar, y dijeronle: “con tal manjar muy esforzada estará”, y dijo: “Sí, estoy”. Y tomándole el médico el pulso dijo que se le había tornado muy esforzado y grande, que parecía de nuevo le habían dado vida porque había más de cuatro horas que estaba sin él y desde el día de los santos apóstoles no había pasado ninguna sustancia. Y después de todo esto comenzó a decir con muy alegre gesto: “Amigas mías y señoras mías, llevadme, llevadme”; y entendieron que hablaba con santas vírgines; y de a poco rato dijo con gran reverencia: “O, Padre mío”, y las religiosas pensaron que lo decía por el glorioso Padre San Francisco. Y cuando esto pasaba, ya venía el día y era sábado, y todos los que allí habían estado aquella noche, ansí a las religiosas como a las personas de otra manera, no se les hizo o pareció ser aquella [537] noche una hora. Estando ansí esta sierva de Dios, dijo: “Ea, pues, Jesús, vamos de aquí”; “vamos presto, Señora mía”; “vamos, vamos mi Redentor”. Entonces las religiosas se levantaron con muchas lágrimas y grandes sollozos y le besaron las manos con mucha devoción y ella las bendijo presentes y ausentes. Y tornó a decir: “Vamos, vamos, Redentor mío, vamos de aquí”. Y llegándose el médico a esta bienaventurada y hablándola, recibió el aliento que de la boca le salía y dijo a los que allí estaban no podía conocer ni alcanzar qué olor fuese, salvo que olía muy bien, de lo cual estaba admirado porque hasta aquella hora había tenido mal olor en el aliento, que le procedía de la corrupción de los humores, y entonces le tenía bueno. Y todos los que estaban allí que oyeron esto al médico se allegaron con mucha devoción y, recibiendo el huelgo, conocieron no ser de los olores deste mundo, y toda su persona estaba con grande olor y hermosura. Y desde el sábado a la tarde hasta el día siguiente domingo después de vísperas, día de la Invención de la Santa santa Cruz, no habló; y antes que entrasen por la puerta de su celda se olía los maravillosos olores que de ella salían.
=== Capítulo X ===
'''Del tránsito'''
Siendo la hora de las seis, después de mediodía, domingo día de la Santa santa Cruz, año de 1534, día en que la sierva de Dios nació y entró en la religión, acompañada su ánima de muy buenas y perfetas obras, y ansimismo su cuerpo acompañado de religiosos de su Orden y de todas las monjas de su casa, las cuales con candelas encendidas en las manos, y los padres leyendo la Pasión, dio esta sierva de Dios el alma en manos del poderoso Dios que la crió y redimió, quedando su gesto con hermosura y compostura admirable, quedándole la boca muy buen puesta, a manera de quien se ríe. Y admirados los padres que allí estaban, con gran reverencia llegaron a mirarle los ojos, y alzando los párpados vieron que no los tenía quebrados, sino con aquella hermosura que los tenía cuando era viva, y ansí como agradó con ellos mucho a Dios, permitió en la hora de su muerte que no se le quebrasen, en testimonio de las buenas obras que con [538] ellos había hecho; de lo cual todos se maravillaron mucho y dieron gracias a Nuestro Señor por las grandes maravillas y mercedes que con sus fieles amadores hace. Como acabó de expirar, allegáronse con grande ansia todas las religiosas, llorando lágrimas muy dolorosas a ver y besar el cuerpo, y como se cercaron a él, eran tan grandes los olores que d’él salían y tan subidos que no se podían comparar con cosa desta vida, y las religiosas que tocaron el cuerpo les quedó por muchos días muy admirable olor en sus personas y manos y en cualquier cosa que se le ponía encima, y le tuvo en su persona y hábito todo el tiempo que estuvo por sepultar, que fueron cinco días. Y aderezado el cuerpo, la abadesa y monjas del convento, con candelas encendidas y rezando, le llevaron al coro y allí le fue dicho el oficio muy solenemente, y estuvieron aquella noche con él acompañándole con mucho dolor de lágrimas, y con ellas la dicha señora doña Isabel de Mendoza, que con mucha devoción se halló a su tránsito. Y divulgándose cómo ya era pasada desta vida esta sierva de Dios Juana de la Cruz, concurría mucha gente de toda la comarca con gran deseo de ver su cuerpo. Ansimismo vinieron muchos padres de la Orden a hacer sus exequias y enterramiento, y como la gente era tanta, daban licencia a algunos que entrasen en el monasterio; los cuales, cuando veía el cuerpo y olían los olores que d’él salían, daban muchas gracias a Nuestro Señor, derramando lágrimas de devoción.
=== Capítulo XI ===

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