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Juana de la Cruz

28 056 bytes añadidos, 15:16 26 jun 2024
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§. IV
A este tiempo abrasaban el reino de Castilla las guerras civiles que ocasionó la plebe, desenfrenada con la ausencia del emperador Carlos V. Conocidas tanto con el nombre de comunidades, entendió soror Juana por revelación que los comuneros de la vi- [fol. 37r] ''[27]'' [CLIII] [CLIV] lla de Torrejón querían robar y destruir su convento. Juntó luego todas las religiosas y las dijo el peligro en que estaban y que el remedio era la oración. Fuéronse al coro, donde imploraron el auxilio divino y, cuando más fervorosas solicitaban su defensa del Dios de los ejércitos, el capitán de los rebeldes y comuneros llegaba con su gente a las puertas del convento; pero en ellas y sobre las paredes vieron los rebeldes tantos hombres armados y dispuestos para la defensa que creyeron ser prevenidos de algunas tropas del emperador con que, amedrentados, se retiraron apresuradamente. Sabido el suceso, creyeron piadosamente las monjas que sus ángeles custodios las habían defendido.
 
===§. V===
 
''[28]''
 
[CLV] En dos clases se dividen los enemigos de los justos y amigos de Dios: pues unos son interiores, que consisten en dolores, enfermedades y pasiones del cuerpo y alma; otros externos y de mayor perjuicio, y estos son los demonios y los hombres cuya persecución obra en el bueno lo que el buril en el bronce, con lo mismo que le quita le ilustra y deja resplandeciente. Ya se ha vis- [fol. 37v] [29] to los enemigos interiores que maltrataron con tan intensos dolores y continuadas enfermedades a esta sierva de Dios. Ahora veremos lo que obraron contra ella los enemigos exteriores de quien toda su vida fue maltratada.
 
Avergonzados los demonios que una virgen de tan débiles fuerzas los venciese en las luchas ocultas de las tentaciones, convirtieron su odio contra el cuerpo delicado, permitiéndolo así Dios para prueba y recomendación de su paciencia. Unas veces, aquellos ministros infernales, la arrastraban; otras la daban pesadísimos golpes y tan crueles azotes que las señales de algunos le duraban por todo un año. Oíase en toda la casa el ruido que hacían aquellos verdugos y las monjas, conociendo el trabajo con que se hallaba su madre, la ayudaban con oraciones.
 
[CLVI] Las persecuciones de los hombres tuvieron principio en las mismas religiosas del convento, pues la vicaria y otras religiosas que se conspiraron decían que no se observaba la regla de su patriarca san Francisco; que ya faltaba una de las piedras fundamentales de su religión cuando poseían las rentas del beneficio de la villa de Cubas que les había aplicado el cardenal arzobispo de Toledo don fray Francisco Jiménez, siendo [fol. 38r] [30] [CLVII] [CLVIII] [CLIX] incapaces de poseerlas; que mejor les estaba pender de la limosna y caridad de los fieles en que se debían vincular sus riquezas; además, que el beneficio por tener cargo de almas estaba mal servido y se conocía la ambición de su abadesa en adquirirle, pues el primero sacerdote que fue nombrado en él, por el sumo pontífice y antes por el arzobispo, era su hermano. Y, aunque la súplica del breve se hizo en nombre de todo el convento, contenía siniestra relación y, para conseguirla, se había gastado muchos ducados. Era cura del beneficio de Cubas un hermano de soror Juana, a quien nombró el arzobispo Jiménez y aprobó su consejo. Esto escribieron la vicaria y monjas conspiradas al provincial, encareciendo los excesos de su abadesa; y que en acudir a negocios y de sus parientes consumía la mayor parte de las limosnas del convento. Con estas falsedades y otras imposturas de menor consideración, obligaron al provincial a que fuese a proceder contra la inocente prelada, a quien hizo cargo de lo que decían la vicaria y sus secuaces. Pero la mansísima virgen no respondió cosa alguna en su defensa, solamente presentó con sinceridad el breve que había obtenido declarando que en la solicitud de su despacho había gastado solos siete ducados, y suplicó [fol. 38v] [31] [CLX] [CLXI] [CLXII] al provincial la perdonase si por ignorancia o buen celo había delinquido, y que estaba pronta a dejar el oficio y recibir la penitencia que se le impusiese. Las monjas que formaban la mejor parte de aquella comunidad se deshacían en lágrimas viendo prevalecer la malicia e invidia contra la inocencia y humildad, reconociendo el provincial no buscaba la satisfacción de los cargos que se hacían a la sierva de Dios, sino pretextos para condenarla. Y sin atención a la honra de soror Juana y al escándalo que causaría en cuantos la tenían por virtuosísima en todos los reinos de Castilla (donde la fama de sus acciones y maravillas se había entendido y acreditado notablemente) y como si las culpas lo merecieran, la privó del oficio de abadesa, nombrando por presidente del convento a la misma vicaria, autora de la persecución.
 
[CLXIII] Bien descubrió aquel provincial en tan injusta y precipitada acción que Dios le había quitado el conocimiento de la razón y de la justicia, permitiendo fuese instrumento de mortificación contra soror Juana que, con su silencio y paciencia, desde la cátedra de la camilla en que la tenían encarcelada sus dolores, enseñaba a todas sus hijas la ciencia sobrenatural con que los justos saben tolerar las persecuciones del siglo. Y las mon- [fol. 39r] jas [33] se quejaban en su presencia de la común desgracia que habían padecido y del escándalo que se había ocasionado. Las consolaba y pretendía persuadir que el provincial había procedido justificadamente por carecer ella de méritos y fuerzas para ejercer el oficio de prelada, y que por sus culpas merecía mayor castigo y represión.
 
[CLXIV] No hay espectáculo en la tierra que más agradable sea a los ojos de Dios que un varón virtuoso, haciendo rostro a los trabajos y persecuciones sin dejarse vencer ni quebrantar de ellas. Así lo escribió una pluma gentil hablando de Catón Vicente, como si fuera pluma cristiana y Catón fuera alguno de los héroes que con mejor constancia se pusieron en la cruz de Cristo.
 
Cuando santa Isabel de Hungría fue expelida de su palacio por sus criados la misma noche en que murió Filipo Langravió [34], su marido, se recogió en un establo la santa viuda y pasó la noche sin dormir, haciendo oración por aquellos que la habían arrojado de su propia casa. Apareciose Cristo, Señor Nuestro, visiblemente y la dijo que más se había agradado de la oración de aquella noche que de cuantas había hecho la santa en toda su vida. Mejor parecía soror Juana a los ojos de Dios sufriendo por su amor en aquella cama [fol. 39v] [35] trabajos y afrentas que cuando, arrebataba en espíritu, gozaba de sus regalos y coloquios; y más acepta le sería la oración que allí hacía por la vicaria y monjas, que la habían perseguido, y por el provincial, que la despojó del oficio, que todas las demás oraciones en que se había ocupado por el discurso de su vida; pues orar por los ingratos y que nos persiguen y calumnian es perfección que se halla solamente en los adornados de virtudes sólidas y en los muy favorecidos de Dios.
 
[CLXV] No se descubriera tanto en soror Juana la inocencia de Abel sino tuviera Caín que la persiguiera, ni hubiera dado tan copiosos frutos de virtudes si las aguas de los trabajos y perfecciones no la hubieran bañado en vez de abnegarla y destruirla. Su caridad, que antes alumbraba y calentaba, brotó llamaradas y rayos de fuego, procurando amar, honrar y reverenciar con todo el afecto de su alma a la que con tanto afecto de ambición e invidia la había perseguido.
 
Las monjas, reconociendo la injusticia con que se había procedido en la deposición de su abadesa, obedecían impacientísimamente en los preceptos de la nueva prelada y la miraban como a causa del escándalo y ruina que había causado, dentro y fuera del conven- [fol. 40r] [36] to, la acción del provincial. Pero la sierva de Dios, con exhortaciones continuas, obligó a las monjas a que obedeciesen a su prelada y, con su ejemplo, sosegaron sus ánimos.
 
[CLXVI] [CLXVII] [CLXVIII] No pasaron muchos días cuando una enfermedad muy aguda hirió mortalmente a la abadesa, que luego juzgó era castigada de la mano de Dios. Y así pidió a las monjas la llevasen a la celda de soror Juana y, arrodillada a sus pies con muchas lágrimas y demostraciones de contrición, la pidió perdón de las ofensas que la había hecho y confesó su culpa públicamente. La virtuosa Juana, aunque impedida, se quiso arrojar de la camilla para recibir a su hermana en los brazos y, con amorosas entrañas, la aseguró que antes ella era deudora de muchos beneficios, y que sentía su enfermedad como propia y de su parte rogaría a la Majestad de Dios por su salud y consuelo espiritual. La enfermedad fue en aumento y los médicos desconfiaron de su vida, con que recibió la monja los Sacramentos y pidió a todas las religiosas que, si ella faltaba, volviesen a elegir por su prelada y abadesa a soror Juana, la cual, con noticia del estado y peligro de la enfermedad, fue a visitarla (llevada de las monjas en la silla) a la abadesa a quien consoló y acarició mucho. Re- [fol. 40v] [37] cibió la enferma grande consuelo con los halagos y caricias de la sierva de Dios y, con los consejos que la dio para prevenirse en la jornada que la estaba aguardando, con esto entendió la monja con seguridad que se moría y, precediendo muchos actos de contrición y otras señales de predestinación, dio su espíritu al Criador.
 
[CLXIX] Otras persecuciones la afligieron en el discurso de su vida, que las más de ellas se fundaban en pretender algunas personas poco afectas a la sierva de Dios desacreditar su virtud, poniendo mala voz en sus éxtasis, en sus milagros y en sus sermones. Pero de todo salió vencedora al paso que no se resistía ni safistacía a las calumnias que la imputaban.
 
[CLXX] En este estado, las visitas de su ángel custodio y los consuelos que de él recibía eran más frecuentes, prevenciones todas para el fin de su vida que se acercaba; pues el mismo ángel le previno de cómo ya llegaba al tiempo de salir de aquella cárcel de dolores y, en un rapto que tuvo cuatro días antes de su muerte, la aseguró el ángel que ya estaba dada la sentencia. Y ella lo dijo al médico para que no se cansase en aplicar remedios. Y así lo hizo, publicando entre las religiosas que su madre se les moría. Acudieron todas a la celda con sollozos y lágrimas [fol. 41r] [39], pero soror Juana las consoló diciendo que sería señal de quererla y estimarla el desear que Dios la sacase de esta miserable vida como fuese para gozarle en la eterna; y que así todas la ayudasen con oraciones para que el enemigo común no la persiguiese en aquel trance.
 
La muerte de los justos corresponde a la vida. Del rico avariento no refiere el Evangelio cómo muriese, ni da más señas de su fin que haber sido sepultado en los Infiernos. Pareció superfluo al Evangelista referir la forma en que acabó sus días aquel precito, habiendo dicho la forma en que había vivido entre deleites y pasatiempos.
 
[CLXXI] La vida de soror Juana fue regulada con un orden y serie de virtudes admirables. Toda ella pacífica, toda tranquila, pero en estos últimos días temió y tembló de la justicia divina y, aunque había logrado el tiempo, le pareció entonces haberle desaprovechado. Y como puesta en un campo de batalla, unas veces se acusaba, otras pedía favor, otras apelaba del tribunal de la justicia para el de la misericordia y en este conflicto, manifestaba con las angustias agonías y trasudores que padecía su alma y cuerpo que se hallaba en el último combate.
 
Las religiosas, en el día antes de su muer- [fol. 41v] [40] te, pensando que ya espiraba, llorando su pérdida, la besaron la mano; y la sierva de Dios les echó su bendición.
 
[CLXXII] Poco después se mesuró y compuso en la cama. Y aquel rostro desfigurado con las continuas penitencias y prolija enfermedad se puso resplandeciente y hermoso, y como solía tenerle en la flor de su juventud o cuando estaba elevaba en los éxtasis. Extendiéndose luego por la celda un olor suavísimo, y el médico advirtió que procedía de su aliento y que ya Dios daba premisas de la gloria que había de gozar aquel cuerpo. Con la enfermedad y corrupción de los humores, se le había corrompido el aliento a la sierva de Dios de suerte que, con dificultad, se podía tolerar la molestia que causaba en acercándosele con demasía. Deseosos los circunstantes de experimentar lo que el médico decía, llegaron todos a recibir el aliento de la boca de aquella virgen y le hallaron tan suave y oloroso que los cortaba y sacaba fuera de sí, y les pareció que ninguno de los aromas orientales podía igualarle.
 
[CLXXIII] Amaneció otro día, 3 de mayo, en que celebra la Iglesia la invención de la santa cruz, dichoso siempre para soror Juana por las felicidades que en él la acontecieron. Y reconociose de los continuos éxtasis y con- [fol. 42r] [41] [CLXXIV] [CLXXV] versaciones exteriores con Dios, en quien tenía empleadas y embebidas todas las potencias sin atender a cosa externa, que como fue aquel día el primero de su vida también había de ser el último. Las monjas que la asistían con los confesores del convento creyeron piadosamente, oyendo las razones que decía ya llamando ya despidiendo los espíritus celestes con quien al parecer hablaba, que había merecido ser visitada de Cristo, Señor Nuestro, de la Virgen santísima y de muchos ángeles y santos, cuyos nombres repetía soror Juana como si los conociese por los favores que de ellos recibía entonces; hasta que a las seis de la tarde, cercada su cama de las religiosas al tiempo de leer su confesor la Pasión de Cristo y su muerte soberana, soror Juana dio su alma al Redentor del mundo en el año de 1534, a los cincuenta y tres de su edad y los cuarenta de su entrada en la religión.
 
[CLXXVI] Su rostro quedó hermosísimo y no pálido como el de los otros difuntos, sino blanco y encarnado. Y la boca con un ademán muy gracioso y como de quien se ríe. Los ojos no quebrados, sino resplandecientes y sin turbarse la viveza de luces. El cuerpo despedía de sí maravilloso y suave olor; y llenó [fol. 42v] [42] [CLXXVII] de suerte la celda y todas las cosas que en ella estaban y a las monjas que la visitaron que por algunos días les duró la fragancia. Después de vestido y compuesto el cadáver, le llevaron al coro bajo, y las monjas y religiosos le hicieron su funeral en la forma que dispone el ceremonial y usos piadosos de la religión franciscana. Fenecidas las obsequias, dejaron allí el cuerpo asistido de todas las religiosas que no querían apartarse de él y, aunque pensaron darle sepoltura en el día siguiente, fue preciso dilatarlo por la infinidad de gentes que concurrieron a ver el cadáver de la sierva de Dios. Y muchas personas tituladas y de gran suposición en la corte despacharon correos al monasterio, pidiendo encarecidamente a las monjas no sepultasen a soror Juana hasta que pudiesen verla y satisfacer su devoción. Por esta causa, estuvo el cuerpo cinco días sin sepultar, arrojando de sí suavísimo olor, y cuantos llegaban al templo luego le sentían y reconocían admirados ser aquella fragancia sobrenatural.
 
[CLXXVIII] El concurso de gentes creció tanto que, no siendo capaz el templo para comprenderle, todos aquellos campos estaban cubiertos de hombres y mujeres de diferentes estados y calidades deseando ver el cuerpo [fol. 43r] [44] [CLXXIX] de la sierva de Dios. Y así los religiosos y confesores del convento resolvieron satisfacer a la común devoción de aquellas gentes: sacaron el cuerpo fuera del convento y le pusieron a vista de la muchedumbre que, con lágrimas y clamores, se encomendaba en las oraciones e intercesión de soror Juana, juzgándose por dichoso el que podía besar su hábito y tocar sus rosarios al cuerpo. Las religiosas, temiendo no le despedazasen por llevarse las reliquias, le volvieron (aunque con dificultad) a poner en el coro bajo dentro de la clausura para que fuese visto de todos y de ninguno tocado.
 
También en esta ocasión acreditó Dios a su sierva dando salud a muchas personas mediante su devoción y contacto de aquel cuerpo.
 
[CLXXX] Una religiosa no podía mover una pierna y en el pecho se le hizo un bulto grande, todo ocasionado de una caída. Sentíase muy fatigada de dolor y acudió a la celda de soror Juana cuando la estaban amortajando y, con devoción, se puso la túnica interior con que había expirado sobre la pierna y sobre el pecho e, inmediatamente, se le quitó el dolor y resolvió la hinchazón, con que pudo andar quedando buena y sin lesión.
 
Una señora de título envió un mensaje- [fol. 43v] [45] ro desde la ciudad de Toledo a saber si era cierta la muerta de la sierva de Dios porque deseaba verla antes que la sepultasen. A este hombre le sobrevino un dolor de muelas que no le dejaba comer ni dormir y llegó al convento cuando sacaban del cuerpo a la campaña; y procuró mezclarse entre la turba y besar el hábito, confiando en los méritos de la sierva de Dios que se le había de quitar la pasión molesta que padecía. Luego que tocó el escapulario con los labios se halló bueno, publicando a todos el beneficio que había recibido.
 
Otro hombre tullido de Torrejón de Velasco se hizo llevar adonde estaba el cuerpo y, habiéndole tocado y besado, dejó las muletas y quedó tan suelto y alentado como si en ningún tiempo hubiera tenido tan grande impedimento.
 
[CLXXXI] En un convento de monjas de la Concepción de la ciudad de Almería vivía entonces una religiosa llamada María de San Juan, muy parecida a soror Juana en las virtudes y en la gracia de raptos y revelaciones con que Dios la regalaba. Y aunque no se habían visto, eran muy amigas y se correspondían y comunicaban en espíritu. Esta María de San Juan refirió después a unos prelados de su orden que soror Juana se le había aparecido [fol. 44r] [46] [CLXXXII] cuatro días después de su tránsito. Se apareció a la amiga, cercada de resplandor, y la dijo cómo había cuatro días que había salido de este mundo y que, por haber tenido en él su Purgatorio, la misericordia de Dios era tan grande que la tenía en la bienaventuranza. Esta revelación, por haberla referido persona tan virtuosa y a personas de tanta autoridad, fue bien recibida de los devotos de soror Juana.
 
[CLXXXIII] Después de los cinco días que estuvo el cuerpo sin enterrar para que le pudiesen ver las innumerables gentes que concurrieron de las ciudades y pueblos circunvecinos, abrieron las religiosas una sepultura en el coro bajo, junto a cratícula de la comunión. Sin encerrar el cadáver en caja o ataúd, vestido con su hábito, le entregaron a la tierra, cubriéndole con ella y con mucha cal y agua que le echaron encima, obrando en esto con desalumbramiento pues, sin afectar desprecio de estimación o vanagloria, pudieran contentarse con la tierra sola y no pasar a extremo tan desproporcionado.
 
[CLXXXIV] Así estuvo sepultado siete años debajo de tierra sin acordarse las religiosas de descubrirle ni sacarle para ver cómo estaba. Hasta que una niña de seis años, hija de los condes de la Puebla, estando jugando en el [fol. 44v] [47] [CLXXXV] coro, comenzó a excavar con los dedos y a sacar tierra de la sepultura donde yacía soror Juana. Preguntaron las monjas a la niña para qué quería la tierra y las respondió que aquella tierra olía muy bien. Repararon las monjas en lo que decía la niña y, con la experiencia, conocieron ser verdad que la tierra exhalaba un olor suavísimo, con que fácilmente pudieron conocer la causa de aquel efecto milagroso; y, convocada toda la comunidad, resolvieron descubrir el cuerpo, el cual hallaron fresco, entero y hermoso, y como estaba el mismo día en que le sepultaron (hasta el hábito y tocas habían conservado su color y limpieza). No puede explicarse con bastantes hipérboles cuál fue el alegría y consuelo de las monjas. Vistiéronla otro hábito y otras tocas, repartiendo las que antes tenía entre todos los devotos, y el cuerpo le pusieron en una caja debajo del altar del coro alto.
 
[CLXXXVI] Allí estuvo otros catorce años, conservando su frescura y hermosura sobrenaturalmente, hasta que doña Isabel de Mendoza, señora de la villa de Casarubios, y otras personas graves hicieron infancia para que el cuerpo se mudase a lugar más acomodado, donde las religiosas y el pueblo le pudiesen tener a la vista. Y para este efecto se [fol. 45r] [49] [CLXXXVII] fabricó un arco en la capilla mayor de la iglesia, al lado del Evangelio, que correspondía el vacío al claustro del convento y con dos rejas; y en parte eminente, se dispuso un lugar acomodado para colocar una arca dorada que hizo a su costa aquella señora doña Isabel de Mendoza. Y vistiendo el cuerpo con un hábito de damasco pardo, le trasladaron al nuevo sepulcro con tanto concurso y devoción de los pueblos como merecía su buena memoria.
 
[CLXXXVIII] Desde esta ocasión, no consta se manifestase el cuerpo a ninguna persona hasta que, en el año de 1600, don fray Francisco de Sosa, que después fue obispo de Osma, siendo ministro general de la orden de san Francisco, visitó el convento en compañía de don fray Pedro González de Mendoza. Y deseando saber el estado que tenía el cuerpo de soror Juana, a instancia de las monjas, hizo bajar el arca; y le hallaron fresco y entero (fuera del rostro que estaba algo seco, pero las facciones muy perfectas), el hábito de damasco pardo y las tocas olorosísimas y fragantes por la comunicación y contacto del cadáver. Y causó admiración que, sin haberle divulgado la intención de los prelados, pues cuando entraron en el con- [fol. 45v] [CLXXXIX] [CXC] [CXCI] vento no la tenían de descubrir el cuerpo, concurrió tanta gente a la iglesia como si mucho tiempo antes se hubiera premeditado esta manifestación, en la cual sucedieron dos cosas bien singulares. La primera fue que, habiendo repartido el ministro general las tocas blancas entre los circunstantes, pidió un velo la madre reformadora que tanto le había deseado y en fin se le puso con sus manos el prelado superior de toda la orden. La segunda que, deseando el ministro general llevar consigo alguna parte del cuerpo de soror Juana, pretendió quitar el dedo menor de un pie y, con la fuerza que hizo para arrancarle, le sacó con todo un nervio fresco y ensangrentando después de sesenta y seis años de su fallecimiento. Caso notable y digno de admiración.
 
Después de este suceso se ha mostrado el cuerpo en diversas ocasiones de orden de los prelados superiores o por haber ido a visitar- [fol. 46r] [CXCII] [CXCIII] le los reyes de España, sus mujeres, principies e infantes; y con las ofrendas y limosnas que hacían los devotos se hizo un arca de plata riquísima donde le trasladaron y hoy permanece en el mismo arco y lugar eminente cercado de los votos y lámparas que con frecuencia ofrece la devoción de muchas personas beneficiadas en sus enfermedades y peligros, a su parecer, por la intercesión y méritos de esta sierva de Dios; y en esta posesión ha estado soror Juana a vista del celo de la santa y general Inquisición de España, y los arzobispos de Toledo y de los prelados de su religión, creciendo cada día más el crédito de su virtud con los milagrosos que se han experimentado en sus aficionados y devotos; y, aunque luego que murió se atendió poco a escribir y observar otros muchos que acontecieron por el natural desprecio y olvido con que se miran semejantes cosas, después ha permitido Dios que haya mayor atención en observar las maravillas de sus milagros de los cuales referiremos algunos.
 
En el año de 1612, un provincial mostró al pueblo el cuerpo de soror Juana ,y habiendo ido desde la villa de Torrejón de Velasco doña Agustina Romana para verle, llegó tarde y quedó muy des- [fol. 47v] [CXCIV] [CXCV] consolada. Las monjas, por satisfacer en parte su devoción, le dieron un poco del velo de la sierva de Dios. Dentro de breves días esta doña Agustina cegó de una enfermedad en los ojos y, acordándose de la reliquia que la dieron las monjas, se la puso sobre los ojos y luego quedó sana y vio perfectamente.
 
[CXCVI] [CXCVII] El doctor Francisco González de Sepúlveda, médico de la Inquisición general en Madrid, padeció una dolencia mortal y, con devoción y fe, se encomendó a la intercesión de soror Juana, pidiendo su socorro. En la noche siguiente, le apareció la sierva de Dios y le aseguró que sanaría de la enfermedad, y así sucedió.
 
[CXCVIII] En la villa de Parla, cayó en un pozo una niña de cinco años, en el cual estuvo por espacio de tres horas hasta que advirtieron sus padres en que faltaba. La buscaron y la hallaron en el pozo. La madre la encomendó a soror Juana de la Cruz y, entrando un hombre en el pozo para sacarla, afirmó haberla hallado muerta y lo mismo testificó la gente que concurrió a la desgracia por no hallarse en ella señal alguna de vida. Pero la madre, invocando el nombre de soror Juana, tomó a la niña en los brazos y en ellos volvió la niña a cobrar aliento, y hablaba y respondía, diciendo que una monja muy hermosa la había ayu- [fol. 47r] dado para que el agua no la ahogase.
 
[CXCIX] [CC] En el lugar de Casarrubuelos, el año de 1619, se arruinó una pared cogiendo a dos niños debajo. La madre, vista del peligro, los encomendó a la protección de soror Juana y, acudiendo la gente, se quitó la tierra y ruinas y parecieron los dos niños sin lesión alguna.
 
[CCI] Un navío que hacía viaje desde las Indias a España padeció una tormenta, con que se rompió y quebrantó por muchas partes, entrando en él tanta agua que se iba a pique conocidamente. Y en este estado, un religioso franciscano hizo voto con todos los navegantes de visitar el cuerpo de soror Juana y, arrojando al mar una cuenta tocada a una original, instantáneamente cesó la tormenta y pudieron cerrarse las aberturas del navío, y los navegantes después cumplieron su voto.
 
Doña Lucrecia Galbarro, vecina de la ciudad de Sevilla, el año de 1619 hizo voto de visitar el cuerpo de soror Juana de la Cruz por hallarse tullida de ambas piernas. Cumplió el voto, y la entraron en la iglesia dos personas respeto de que ella no podía moverse. Luego que llegó a la presencia del cuerpo e hizo oración a Dios pidiéndole que por los méritos de su sierva la sanase, se levantó y [fol. 47v] anduvo por la iglesia a vista de un su hermano canónigo de Sevilla y de diferentes religiosos que se hallaron presentes.
 
Pedro del Portal, vecino de Madrid, cobró la vista que había perdido en una enfermedad.
 
Pedro García, en el año de 1618, sanó de una herida que no se había podido curar en seis meses con tocarle a la pierna una cuenta original en la parte lastimada en término de veinticuatro horas, sin medicamento alguno.
 
María Ruiz, vecina de Madrid, estuvo endemoniada. Y su marido la llevó al convento de Santa María de la Cruz y, aunque se hicieron las diligencias ordinarias de los conjuros y exorcismos que se dicen en tales casos, no aprovecharon hasta que la llevaron a la presencia del cuerpo. Y con besar unas cuentas de los originales, se reconoció que el demonio había dejado aquella miserable mujer, que desde entonces quedó libre, reconociendo este beneficio a la intercesión de la sierva de Dios.
 
Un niño llamado Juan, en el lugar del Almonacid junto a la ciudad de Toledo, cayó en un pozo de donde le sacaron a vista de más de cien personas sin pulsos, ni aliento ni otra señal de vivo. Los padres le encomendaron a soror Juana de la Cruz y el niño empezó a [fol. 48r] mover brazos y pies, y a echar mucha agua por la boca. Luego abrió los ojos y, dentro de dos horas, andaba por la calle entre los demás niños de edad.
 
Otros casos milagrosos de esta calidad están comprobados en las informaciones que hicieron los obispos de Troya y de Cirene, que se remitieron al proceso de la canonización y se refieren por los escritores que hicieron particular memoria de soror Juana: como fueron don fray Francisco Gonzaga, arzobispo de Mantua, en su crónica; el obispo de Jaén en el Libro de la veneración de las reliquias; el maestro Villegas en el Flos Sactorum; fray Pedro de Salazar en la crónica que escribió de los religiosos de san Francisco de la provincia de Castilla; el maestro Peredo en la Historia de Nuestra Señora de Atocha; fray Antonio Daza en la Cuarta parte de las crónicas de la orden de san Francisco y en un tratado particular de la vida de soror Juana; y fray Pedro Navarro en su erudito libro intitulado Favores del rey del cielo, ocupando estos escritores sus plumas en alabanza de esta virgen virtuosa con la esperanza de que había de llegar el día en que los pontífices sumos la escribiesen en el Catálogo de los santos canonizados o lleguen ya para honra y gloria de Dios Omnipotente, Autor y Criador, de todo lo perfecto y santo.
 
FIN.
===Citas en los márgenes===

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