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Juana de la Cruz

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Vida de Juana de la Cruz
===Capítulo XXX===
Era costumbre de las monjas dormir en un dormitorio, cada una en su cama ''[78]'', con una luz encendida en medio, pero esta ''[79] '' sierva esperaba a que todas se hubiesen recogido ''[80]'', y entonces ella, en el silencio más profundo, cogía una rueca e hilaba al lado de su cama, unas veces de pie, otras de rodillas, y siempre meditando sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo ''[81]', su esposo íntimo ''[82]''. Se ocupaba mucho en el servicio del monasterio, y para holgarse de ello se figuraba que era por el amor de Jesucristo, a quien servía de buen grado ''[83]''. Cuando fregaba los platos, lo hacía como si fueran de oro o de perlas preciosas donde su [164] Majestad hubiese comido. Las escobas con las que barría la casa las tenía por flores, y las losas por pedrería ''[84] '' y por la peana ''[85] '' del Rey de los Cielos: y así hacía con las demás cosas, interpretando cada cosa en buena parte, y recogiendo de todo lo que veía, bellas florecitas que daban buen olor, tanto a su alma como a su prójimo, por el buen ejemplo que se podía sacar de todas sus acciones ''[86]''.
Siendo cocinera fue reprehendida por su compañera y por la provisora al no satisfacerse ellas de lo que hacía. Ella se tiraba a tierra y confesaba ''[87] '' su culpa, pero ellas no le perdonaban, antes le decían que se quitase de su presencia. La sierva de Dios se iba al coro a rogar a Dios que le perdonase su culpa y el enfado que había causado a sus hermanas, y que aplacase el disgusto que tenían con ella. Su compañera la tornaba a llamar y le preguntaba lo que hacía en el coro, ella respondía que rogaba a Nuestro Señor que le perdonara su yerro y el enojo que le había causado, y que la aviniera con ella. Su compañera y la Provisora al ver aquello se edificaron tanto que durante varios días quedaron edificadas , y derramaron muchas lágrimas en lo secreto de su corazón. De este modo se portaba con los que la afligían, haciendo por ellos oración. Ya se ha dicho que aquella virgen ''[88] '' era hermosa y de muy buena compostura ''[89] '' y de conversación muy agradable, hablaba muy bien y daba muy buenos consejos, y sólo con verla u oírla uno se sentía movido a devoción. Frecuentaba los santos sacramentos de confesión y de comunión, y si su prelado no le había concedido comulgar cada día, ella comulgaba espiritualmente en su alma, u oyendo misa ''[90]'', preparándose con antelación en esa ocasión.
Le informaron de un religioso que había sido tentado de no rezar las horas canónicas y el oficio divino diciendo que Dios no necesitaba de sus oraciones. Ella le habló a este religioso y le dijo que Dios no necesitaba de él ni de ninguna criatura, pero que, por lo contrario, todas las criaturas necesitaban de Dios, pues como el villano tiene obligación de pagarle la gabela al rey ''[91]'', que, si no lo hace, es castigado con severidad, así los hombres deben pagar el servicio que le deben a Dios, principalmente los eclesiásticos ''[92] '' rezando el servicio divino, que si no lo hace será castigado con gran rigor, como rebelde. Tanto fue, que aquel religioso se arrepintió de su error y de allí en adelante fue más diligente en el servicio que debemos al que nos hace día y noche tanto bien ''[93]''.
A una monja que le preguntaba lo que podía hacer para agradar a Dios, respondió: “Hermana, hay que dedicarse continuamente a rezos y oraciones, y a guardar estrechamente silencio” ''[94]''.
A otra que también le preguntaba como podría ella permanecer en gracia de Dios, le respondió: “Llorad con los que lloran, reíd con los que ríen, y callad con los que guardan silencio” ''[95]''.
''[96] '' Aconsejaba a todos que tuviesen gran devoción a su ángel custodio, pues no sólo él nos guarda, sino también que nos acompaña [165] y, cuando alguien está en las ansias de la muerte, el ángel va al Cielo y mueve a los santos y a las santas, haciéndoles saber que aquella persona ha hecho algo que merece que rueguen a Dios por su libranza ''[97]''. Añadía además que después de la muerte van al Purgatorio a consolar a las almas de quienes ellos eran custodios, las consuelan y les cuentan las buenas obras que hacen por ellos los vivos para que sean tomadas en consideración ''[98]''.
'''Del mucho amor que le tuvo a la santa cruz, y por qué razones y circunstancias. De los notorios favores que recibió de Nuestro Señor, y de los discursos que hacía estando arrobada'''
===Capítulo XXXI===
''[99] '' Aquella bienaventurada monja era muy devota de la santa cruz, y tenía muchas razones de serlo, tanto por su apellido ''[100] '' como por el monasterio, que se llamaba de la Cruz, y también por haber recibido grandes dones de Dios por medio de la santa cruz, sobre la cual hacía todos los días dulces pláticas ''[101] '' y de la que sacaba gran consuelo para su alma. Nuestro Señor la favorecía mucho, enviándole grandes regalos de su propia mano, de lo que se holgaba mucho ''[102]''. Especialmente cuando estaba en oración, durante la cual estaba a menudo arrobada y en éxtasis, donde se quedaba sin sentido, como se vio en presencia de una señora seglar, quien, habiéndola venido a visitar, y viendo que ni llamándola, ni tambaleándola, se movía ''[103]'', la hirió con un agudo hierro en la cabeza de donde salió al instante sangre, y aunque ella no lo sintió en el momento, no dejó de sentir ese dolor habiendo salido de su arrobo. Ocurrió que, estando a veces en aquellos santos ''[104] '' arrobos y en éxtasis, hablaba y decía cosas muy levantadas, de tal manera que los que la oían resultaban muy edificados. Ahora bien, si bien era una doctrina que nuestra santa fe nos enseña, en esos momentos descubría secretos maravillosos de Dios ''[105]'', y exhortaba a amar las virtudes y a huir de los vicios, reprehendía dulcemente a los presentes, y sus razones eran de tal manera que hablaba con ellos, sin que los demás se diesen cuenta ; pero ellos lo entendían muy bien, reconociendo el mal que habían hecho, pedían perdón a Dios con el deseo de enmendarse de allí en adelante ''[106]''. Y para testimonio de que hablaba como inspirada divinamente, la oyeron varias veces hablar en diversas lenguas, de las que ella nunca había tenido noticia, y así, a cierto provincial de la Orden Franciscana de la Observancia ''[107] '' que deseaba hacerla abadesa del monasterio, como al fin lo hizo, le dijo en lengua vizcaína, pues el padre era de Vizcaya, que ella no sería capaz para el monasterio ni para la casa en aquel oficio: pues bastante tenía que hacer consigo misma ''[108]''. Otra vez, el Obispo de Ávila había mandado al convento a dos esclavas moras para que sirviensen en el monasterio. Aquellas esclavas habían sido traídas de Orán, que había sido conquistada en aquel tiempo, y cuando las [166] monjas las querían persuadir de hacerse cristianas, ellas se estropeaban todo el rostro con las uñas, y especialmente la mayor ''[109]''. Pues bien, aquella santa monja, estando en éxtasis, les habló en su lengua, y ellas entendieron muy bien lo que ella les decía ''[110]'', y le contestaron siguiendo su coloquio, de tal manera que aquellas esclavas moras se bautizaron. Después de que fueron bautizadas, la oyeron una vez más hablar su misma lengua, y se pusieron luego a su lado quedando muy consoladas de oírla hablar, y de entender lo que les decía.
'''Como algunas personas ilustres la oyeron hablar estando arrobada en éxtasis, y de un milagro que con la santa oración alcanzó de Dios'''
===Capítulo XXXII===
Con todas esa experiencias, por ser aquellos arrobos cosa nueva y no acostumbrada entre pocos santos ''[111]'', los prelados mandaron a la abadesa de aquel tiempo que, cuando hablara de ese modo en sus arrobos, la dejasen sola. La abadesa obedeció la orden, de tal modo que, la primera vez que habló de este modo, ella quiso que todas las monjas saliesen de la cámara donde estaba su Virgen ''[112]''. Pasado algún tiempo, la abadesa mandó ir a ver si seguía hablando, y la monja que fue allá vio alrededor de ella muchos pájaros de diversas clases, con la cabeza levantada en alto, en actitud de escuchar lo que decía. Se fue al instante a avisar a la abadesa, que fue allá con las otras monjas y vio la verdad de esto, aunque con su llegada los pájaros huyeron; y, para mostrar que no eran fantásticos, ''[113] '' uno de ellos voló y se posó sobre la manga de la bienaventurada hermana, habiendo vuelto esta en su primer sentido. Pareció que era voluntad de Dios que las monjas oyesen lo que decía en aquel momento, y que prohibían sin embargo a personas dotadas de entendimiento y razón de oírlas ''[114]''. Así pues, la vieron y oyeron varias veces el ''[115] '' Cardenal y Arcediano ''[116] '' de Toledo, Fray Francisco Jiménez de Cisneros, que fue padre y religioso de la Orden ; varios obispos, inquisidores, predicadores, duques, marqueses, condes y personas que se reían de ella cuando les contaban aquellas maravillas, pero habiéndola visto con sus propios ojos, se asombraban mucho, y de allí en adelante le eran muy aficionados, creyendo verdaderamente que era la verdadera sierva y esposa de Jesucristo quien le daba aquellos arrobos como prendas de su divino amor ''[117]''. Nuestro Señor hizo también por ella algunos milagros más, y uno de ellos ''[118] '' fue que, trayendo aquella humilde virgen entre sus manos un gran vaso para el servicio del convento, este se hizo pedazos sobre una piedra, tanto que ella quedó muy desconsolada, habiendo considerado lo cual ella se echó a tierra e hizo oración a Dios, y juntando ella los trozos, el vaso resultó en el acto completamente rehecho y de una sola pieza. Todo esto lo vio otra monja que le dijo: “¿Qué es esto, hermana? ¿No estaba roto este vaso, [167] hecho pedazos en tierra? ¿Cómo está ahora entero?”, Ella le respondió con gran humildad: “Así era hermana, pero Dios quiso remediar por su bondad lo que yo había echado a perder por mis pecados, y por mi culpa ''[119]''”,
'''De algunos milagros y gracias que aquella sierva de Dios obtuvo por medio de la santa oración'''
===Capítulo XXIII===
También fue testimonio de ello un gran milagro que ''[120] '' le acaeció varias veces, y es que, estando alejada del servicio divino que se rezaba en el coro, mereció ver el santísimo sacramento del altar, aunque hubiera una muy gruesa pared entre ambos, en el momento en el que el sacerdote alzaba a Nuestro Señor durante la santa misa, y parecía que se partía de tal manera que ella veía la santa hostia y el cáliz, y después la pared se volvía a juntar. Y como testimonio verdadero de aquel milagro, la señal fue vista varios años sobre las piedras, las cuales parecieron no estar bien unidas durante algún tiempo.El milagro siguiente fue público ''[121]'', esto es, que había una niña, la cual, ''[122] '' estando a punto de morir ''[123]'', su padre ''[124] '' la trajo al monasterio de la Cruz, donde se vio por experiencia que iba a morir ''[125]''. A ruego de aquel hombre y de otras personas que le acompañaban en número de setenta ''[126]'', ella le puso encima una cruz, y de repente se levantó la niña, con testimonio muy seguro de que estaba sana y fuera de cualquier peligro, de tanto como agradaban a Jesucristo, su verdadero esposo, los ruegos de su humilde sierva ''[127]''.  Por estas obras y por sus raras virtudes, fue elevada ''[128] '' a abadesa ''[129]'', oficio que ejerció con mucha virtud. Porque no sólo las monjas, con su ejemplo, quedaban muy edificadas y obedientes en lo que tocaba al servicio divino, sino que también con sus fervorosas oraciones alcanzaba de Dios que fuesen como exigía su estado. Cuando fue elevada al cargo de abadesa, no ocurrió que disminuyesen sus virtudes, sino más bien que aumentasen. Dios hizo por amor a ella varias maravillas dignas de publicarse como esta. Estando enferma una señora en el Palacio del Emperador Carlos V en Madrid, llamada Doña Ana Manrique, atormentada por un mal de costado que la dejó en las últimas, ella, que era devota de la abadesa y que sabía que Dios oía las oraciones que ella le hacía y se las otorgaba, le mandó a un mensajero que le dio a entender el peligro en el que se encontraba. Esta buena monja se puso enseguida en oración por ella, y así fue el efecto que siguió, tanto más cuanto que, ''[130] '' estando la enferma desahuciada ''[131] '' y habiendo recibido la extremaunción, se le apareció sobre la medianoche a la abadesa junto a ella que le tocaba con las manos, apretándolo el ardor de su mal de costado, donde más le dolía. Pues estando así, aquella enferma dijo en voz alta: “¿No ven a mi madre que ha venido a verme y a curarme?”. Muchos que estaban presentes oyeron esas palabras aunque no vieron a nadie, sino el efecto de estas que fue recobrar el comer, el beber y su entera curación. Se enteraron de esto las monjas del Monasterio, de manera que [168] le preguntaron a su abadesa cómo lo había hecho. Ella les dijo: “Hijas mías, son obras estas de mi ángel custodio ''[132]''”. Se averiguó también haber sanado al Padre confesor del Convento de una enfermedad muy peligrosa, una rabia que se había apoderado de él, como también a una monja de un zaratán, y a varias personas más, libradas de varios males que siempre iban aumentando hasta que los enfermos la rogaban con gran devoción que los curase, lo que alcanzaba con sus oraciones y ruegos, que agradaban más a Dios que todos los remedios naturales que se había pensado aplicar ''[133]''.
'''De algunas persecuciones que esta monja sufrió con gran paciencia y como fue favorecida por Nuestro Señor Jesucristo, al recibir sus santas llagas'''
===Capítulo XXXIV===
La fama que volaba por el mundo en razón de las obras y de la perfección admirable de esta santa abadesa hacía que la tenían por santa, y para que aquello no le fuera materia a presunción ''[134]'', Dios permitió que fuera grandemente afligida a causa de una persecución que se levantó contra ella ; y fue que la costumbre era que la abadesa y sus monjas tenían facultad de nombrar sacerdote en Cubas para administrar los sacramentos, pues era beneficio que dependía de aquella abadía. Hubo algunos sacerdotes que quisieron impetrarlo, diciendo que las mujeres, aunque monjas o abadesas, eran incapaces para cura de almas. La abadesa tomó consejo sobre esto y le dijeron que debía, por el bien del convento, mandar a alguien al Papa para obtener la bula, y, por su diligencia, adelantarse a los que habían impetrado el beneficio, y asegurarse así contra este daño. Siguió este consejo sin dar cuenta al prelado de la orden, para más diligencia y evitar la tardanza. Una monja del convento que la quería mal, avisó de esto a los prelados de la religión, dándoles a entender que gastaba la hacienda del monasterio para dar ese beneficio a un hermano suyo que había nombrado. La verdad era esta: para sacar la bula se habían gastado siete ducados, pero habían sido pagados por un amigo suyo que le era devoto, sin ningún daño para el convento, y su hermano, que era hombre honrado y de ciencia, había sido requerido para este cargo por el pueblo. Con todo eso, uno de los prelados, y el más principal ''[135]'', mal informado, enojado al extremo, fue al monasterio, y habiéndolas reunido en capítulo, públicamente reprehendió a la abadesa con ásperas palabras, le quitó el cargo de abadesa y le impuso una disciplina que sufrió de buen grado, diciendo que sus pecados merecían mucho más, y que había tenido este cargo sin merecerlo, antes que lo había aceptado por obediencia. Las monjas se disgustaron mucho de esta orden, y aunque el Prelado les mandase eligieran de nuevo una abadesa, no quisieron escucharlo, diciendo que ya tenían a una, tanto que él les dio por presidenta a la que [169] le había dado este mal aviso. Pero al poco tiempo, el prelado y la monja vinieron a morir del dolor que tuvieron de haber actuado injustamente en contra de esta santa abadesa, por lo cual le pidieron perdón: la cual, a cambio, hizo muchas oraciones, mientras estuvieron en vida por su salud y prosperidad, como después de muertos por el reposo de sus almas, si estuvieran en pena, habiendo sido repuesta ella en su primera dignidad ''[136]''. Con esto, los trabajos de esta bienaventurada abadesa no tuvieron fin aún: pues estando en contemplación en su celda el Viernes de la Cruz, con los dos brazos tendidos en forma de cruz, muy atenta, como si hubiese estado en el coro, cuando se decía la Santa Pasión ''[137]'', llorando y lamentándose y descalza, no podía andar, por el gran dolor que sentía en los pies. Las monjas, viéndola quejarse así, fueron a preguntarle la razón de tal llanto: ella les contestó que los pies le dolían mucho. Entonces las monjas se los miraron y los vieron con señales, y también las manos, como las de Jesucristo, y la señal era redonda, y sin que le manara sangre ''[138]'', del tamaño de un real y muy coloradas. Las monjas le preguntaron la causa de esto: ella les contestó que no sabía más sino que estando en contemplación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, le parecía estar viéndolo en la cruz, y que, uniéndose a él ''[139]'', las señales admirables llenas de dolor se le habían pegado. Esto fue ocasión para que las monjas y dos padres confesores de la casa vertiesen lágrimas en testimonio de tal contento, aunque la bienaventurada se juzgaba indigna de tales favores. Por ser además tan intolerable ese dolor, rogó a Nuestro Señor que le librase de él, y tanto le importunó que alcanzó su petición ''[140]'', y el día de la Ascensión ya no tuvo dolor, ni señal de sus llagas. Pero no por eso cesaron sus penas pues con permiso de Dios, era atormentada y azotada por los demonios tan cruelmente que varias veces las señales de los azotes se veían en su cuerpo, agotado y afligido por la gran penitencia que ella hacía cada vez más a menudo ''[141]''.
'''Como la santa monja sufrió una grave enfermedad con mucha paciencia, y de un coloquio que tuvo con Jesucristo, con la contestación que le hizo sobre su muerte y su sepultura'''
===Capítulo XXXV===
Los trabajos aumentaron aún más: pues plugo a Dios ''[142] '' enviarle una gran y larga enfermedad, de tal suerte que quedó paralítica y con los miembros tullidos, sin tener ninguno en el cuerpo que no le causase muy grandes dolores. Sus huesos se descoyuntaban, hasta los de manos y pies, de tal manera que sus trabajos eran muy grandes, sin poder ocultarlos. Sus nervios se retraían tanto que las rodillas, los brazos y los dedos se le doblaban y ya no pudo extenderlos en adelante: de suerte que no podía [170] beber ni comer con las manos, ni moverse de cualquier manera, sino con el socorro de dos monjas ''[143]''. Resumiendo, que no tenía ninguna parte de su cuerpo que pudiera mover (causando espanto y compasión al que ''[144] '' alcanzaba ese bien de verla), lo cual no era sin padecer en extremo ''[145]'') fuera de la lengua, con la cual daba gracias y alababa al esposo de su alma, Jesucristo, por los dolores que recibía, como otras tantas piedras preciosas venidas de su sagrada mano ''[146]'', y un día ella le habló así: “Señor, ¿cómo es posible que un cuerpo tan quebrantado pueda vivir ? Deme, por favor, paciencia, o quíteme el mal que padece, o la vida, si tal es su voluntad”. Pareció como que el Hijo de Dios le habló y que le decía ''[147] '' que no era maravilla que padeciese lo que sufría, habiéndole elegido por su esposo, a él que había sido tenido en el mundo por leproso, y lleno de dolores: por fuerza, siendo su esposa, y comunicándose con él como su esposo, aunque espiritualmente, ella debía recibir sus males y participar de ellos, no siendo extraordinario que el que ama mucho aguante penas y trabajos por su amado. Pero era necesario que ella creyese ''[148] '' que él le había dado esos males y esas enfermedades por bien suyo. Pues siendo no sólo su esposo, sino también su padre, había procurado darle de sus bienes, como hacen los padres terrenales a sus hijos, los cuales para este fin se meten en muchos trabajos y disgustos, y que, cuando él había hecho lo mismo, teniendo en cuenta que para hacer ricos a sus hijos había padecido muchos males y dolores, para elevarlos al Cielo él se había abajado a la tierra, para librarlos de la muerte y del infierno había padecido una muerte cruel en el madero de una cruz. Para hacer ricas a sus almas, se había hecho pobre en el cuerpo, para hacerlos señores del Cielo e iguales a los ángeles, él se había hecho, en tanto que hombre, servidor y expuesto a un millón ''[149] '' de necesidades. Y que de tanto como hizo por todos, bien pueden comprender por ahí cuánto nos ama y quiere, y que el amor que nos tiene es mayor que el que nos tenemos a nosotros mismos. Tienen que ser grandes los trabajos, para alcanzar los grandes ''[150] '' asientos del Cielo: y esa era la causa por la que mandaba los males, para ese fin, no por complacerse viéndoles padecer, sino porque es una cosa que les conviene hacer para aumentar su gloria y su mérito. “Así pues, hija mía, no tienes que afligirte si padeces mucho para merecer una gran recompensa en el Cielo, ten seguridad que cuando vea que ha llegado el punto señalado de tu gloria en mi eternidad, te llamaré en el acto y tú vendrás » vendrás» ''[151]''. Así fue, pues habiendo padecido esta virgen ''[152] '' esta enfermedad algunos años, fue afectada por otra enfermedad mucho más áspera. Tanto que, siendo visitada por los médicos, ellos aseguraron que se iba morir, lo cual entristeció mucho a las monjas del convento, porque, aunque estaba así enferma en cama, tenía la mente y la lengua libres, dándoles buenos consejos y santos avisos ''[153]''.
Pues habiendo llegado el día de la Santa Cruz, que es el tercer día de mayo, el año 1534, a las seis de la tarde, un día de domingo, siendo de cincuenta y tres años de edad, estando presentes algunos religiosos en su celda y todas las monjas del monasterio con velas encendidas [171] en las manos, habiendo recibido ella los santos sacramentos, tanto el de confesión, como el de la santa eucaristía, como el de extremaunción, con mucha reverencia y derramando muchas lágrimas, habiendo repartido entre todas las monjas y deparádolas todos los pequeños y pobres muebles de su celda para morir más pobre ''[154]'', leyendo la Pasión de Jesucristo según San Juan ''[155]'', entregó su alma a Dios, quedando su cuerpo muy bien compuesto y con gran modestia ''[156]'', y mostrando un rostro sereno y risueño, murió en Jesucristo ''[157]'', con gran admiración de todos los presentes. Después de esta muerte, el olor de su celda, que no era nada grato por el largo tiempo de su gran enfermedad, se mudó en tan buen olor que todos quedaron muy consolados ''[158]''. Las monjas fueron a besar aquel santo cuerpo enseguida, con muchas lágrimas, y se pusieron a buscar de dónde podía manar aquel buen olor, siendo verdad que no se pudiera oler fragancia más suave ni que se pudiera comparar con esta. Su cuerpo permaneció cinco días sin sepultarse, por la gran multitud de gentes que venían a verla de todas partes de la provincia, durante los cuales Nuestro Señor hizo mucho milagros por los méritos de su sierva: a saber, en beneficio de algunas personas, las cuales yendo a tocar aquel cuerpo con devoción fueron sanadas de sus enfermedades. Ahora bien, para que todos pudieran ver y tocar tan raro tesoro, las monjas lo habían mandado poner fuera del claustro. A los cinco días de expirar, su santo cuerpo fue sepultado en el claustro ''[159]'', al lado del lugar en donde las monjas recibían el Santo Sacramento del altar, donde permaneció unos años. Pero después, creciendo la devoción en el corazón de varias personas nobles, esta reliquia fue quitada de aquel lugar, y sepultada en el coro, cerca del altar mayor, del lado del evangelio, en un sepulcro ilustre y elevado por encima del suelo, donde es ahora tenida en gran reverencia: y si no la debemos honrar como a santa, por ''[160] '' no estar canonizada, debemos honrarla mucho, por haber sido virgen esposa de Jesucristo ''[161]''. Su vida atestigua que su alma goza ahora plenamente del dulce abrazo de su Esposo y que la ha puesto en un asiento principal de su bienaventuranza, desde la cual Dios quiera, por su bondad y misericordia y por los méritos de esta bienaventurada Sor Juana, hacernos partícipes ''[162]''. Amen.
= Vida impresa (8)=

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